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¿Has visto a Dios alguna vez?
Este texto en español es una traducción automática del original turco y puede contener errores.
Prólogo
La humanidad encuentra las cosas visibles mucho más convincentes que las invisibles. Cuando el tema tiene que ver con valores espirituales, el hecho de que algunas personas lo zanjen con una sola frase, diciendo «Yo no creo en las cosas que no veo», se percibe casi como un motivo de orgullo y como una respuesta sabia.
Partiendo de la experiencia que he adquirido con el tiempo, consideré necesario escribir un libro con semejante título. En realidad, yo también sé que existen libros mucho más logrados y convincentes sobre este tema. Durante miles de años la humanidad ha librado la guerra entre las cosas visibles y las invisibles. Por esas cosas, visibles o invisibles, algunos no han dado ningún valor a sus vidas, o bien han hecho amarga e insoportable la vida de otros. Ya se trate de cosas visibles o invisibles, he intentado subrayar, aunque sea un poco, por medio de este libro, cuán distintos y descabellados pueden llegar a ser nuestros puntos de vista respecto a ellas.
Por lo general, las razones o los pretextos que planteamos no reflejan necesariamente nuestra fe, sino más bien el camino que realmente seguimos. Además, es completamente natural que cada persona defienda a su manera el camino que sigue. Si con los pensamientos que he escrito logro arrojar algo de luz a quienes lo hacen con sinceridad, dichoso seré.
Una de las razones más grandes y válidas de las personas que no quieren creer en nada es que las cosas invisibles no benefician a nadie en absoluto. Tampoco son pocos, por supuesto, los numerosos pensamientos filosóficos como «No son más que supersticiones y pensamientos vacíos, el opio de los pueblos». Y muchas veces tienen razón al pensar así.
En estos escritos he intentado, sin ahondar tanto, expresar únicamente las ideas generales de las que se habla junto a una puerta o en una charla frente a un té. He usado ejemplos de nuestra época que todos pueden entender. Los asombrosos recursos que poseemos están hoy disponibles en casi todos los hogares. Esa ayuda y esa información que hay en los ordenadores llamados Internet son, por así decirlo, incluso más de lo necesario. Desde que existe la humanidad, obtener información o investigar nunca había sido tan fácil como en nuestros días. Y, aun siendo así, es igual de mayoritaria la humanidad que odia el conocimiento.
Como el mayor valor que conocemos como invisible es Dios, espero que este libro sea una pequeña ayuda para quienes tienen dificultad en creer en las cosas invisibles.
Muchas veces sucumbimos ante ideas cuya respuesta no sabemos. Nos avergonzamos de hablar sobre ellas, porque nuestro conocimiento sobre ese asunto resulta insuficiente. Y si las cosas en las que creemos no se apoyan en el conocimiento, nos parece más fácil enfrentar con fuerza bruta o con bombas a quien critica nuestra fe. Por desgracia, adquirir conocimiento parece ser para la humanidad algo peor que morir.
Pensar es una capacidad. Sobre la faz de la tierra, la humanidad es el ser vivo más avanzado en esta capacidad. En lugar de reprimir y aniquilar esta capacidad nuestra, deberíamos usarla de un modo que nos haga sentir felicidad y confianza.
Índice
Prólogo
Ver
Lo que más valoramos
Puntos de vista
¿El ser humano ve, y Dios no ha de ver?
La saciedad del alma
Ver
Martes 31 de mayo de 2005
¿Acaso son iguales el ciego y el que ve? ¿Quién puede negar que ver es útil? Y también, ¿quién no admite que ver es necesario, vital y, por encima de todo, placentero, pero al mismo tiempo también espiritualmente doloroso? Es más, algunas personas dicen que el primero de los cinco sentidos más valiosos es «el ojo».
En realidad, o no somos conscientes de muchas de las cosas que poseemos, o necesitamos perderlas para conocer su valor como es debido. Hay sentencias que se dicen como si fueran adivinanzas y que ya se han convertido en refranes. Por ejemplo: «El valor de dos cosas no se conoce hasta que se pierden: «la una es la salud y la otra la juventud»». Nuestra capacidad de ver también entra dentro de la salud. Ahora bien, ¿acaso solo son dos las cosas cuyo valor no se conoce hasta que se pierden? En realidad hay tantísimas cosas que podríamos enumerar. Por desgracia, como ocurre con muchas otras cosas, también comprendemos el valor de ellas cuando lo perdemos. Junto a esto, sea que la gente posea aquella cosa o no, ven en el dinero lo único que jamás pierde su valor a sus ojos y en su corazón. Y lo curioso de este asunto es que casi todo lo que se consigue con dinero se dirige a la vista. Mientras escribía estas líneas, me puse a pensar: qué se podría conseguir que no se vea con dinero. Si no entramos en juegos de palabras, créanme que no se me ocurre nada. A veces, aunque no veamos la cosa en sí, seguro que vemos su efecto. Seguramente hay muchísimas cosas que no se ven a simple vista, y aun así la humanidad ha hecho enormes inversiones materiales en ellas. Lo que quiero decir no es solo algo como la electricidad o el gas natural. Tampoco vemos el gas, pero vemos su efecto cuando arde convertido en llama. Con la electricidad ocurre igual. Pues bien, yo no me refiero solo a estas cosas. En la naturaleza, en nuestra tierra, hay tantísimas cosas que no se ven con el ojo. Pero, al final, la humanidad se las ha ingeniado de un modo u otro para tratar de volverlas visibles. Si se está tratando de vender algo, ¿quiénes son los que más se esfuerzan por mostrarlo, y además por mostrarlo del modo más deseable posible? Los publicistas, los vendedores, la gente que se lucra con ese trabajo o que está satisfecha con él. Lo mostrarán para poder despertar el interés del que tienen enfrente.
Igual que ocurre en la imaginación de toda persona que desea ser rica, imagínense también ustedes su propio sueño de riqueza. ¿Qué querrían hacer con esa riqueza? ¿Qué comprar, adónde ir, con quiénes estar? Si lo piensan todo con cuidado, se darán cuenta de que también la mayoría de estas cosas, es más, todas ellas, se dirigen a la vista. Junto a esto, ¿acaso nuestra nariz, nuestra piel, nuestra lengua, nuestro oído no desempeñan ningún papel? Claro que lo desempeñan. De lo contrario, tendríamos que decir que las personas discapacitadas de la vista, que no ven nada, «no tienen necesidad de nada y no desean nada tampoco», lo cual sería un absurdo. Yo solo subrayo cuán valioso es ver, no defiendo la inutilidad de nuestros demás sentidos. ¿Acaso no es el deseo de todos nosotros que todos ellos trabajen en armonía unos con otros?
Pongamos de nuevo un ejemplo para señalar el valor que se le da a ver. Digamos, por ejemplo, que «comer es una necesidad corporal del ser humano». Lo decimos así, pero en realidad comer es al mismo tiempo también un placer tremendo. Es más, en el Evangelio, el apóstol Pablo, llamando la atención sobre estos sentimientos de la gente, menciona que algunos casi divinizan la importancia que dan a su estómago y a sus sensaciones sexuales. Allí se escribe exactamente así:
…su dios (su Dios) es su estómago. Se glorían de lo que debería avergonzarlos. Filipenses 3:19
A partir de la verdad de este versículo, también aceptamos que comer, más que una simple necesidad, es un placer enorme. Por muchos millones de personas que haya, y especialmente mujeres, que deseen ser hermosas, como no logran dominar su garganta, no consiguen de ningún modo librarse de esos kilos que quieren perder. ¿Por qué? Porque para ellas la mayoría de las veces es imposible decir «¡no!» al placer de comer. En realidad deberíamos sentir gratitud y satisfacción por estos placeres, sin caer en el exceso en nuestros sentimientos. Por ejemplo, en el mundo hay restaurantes tan lujosos que dan un valor desmedido a su trabajo. Si dijera que casi valoran más el aspecto de la comida que su sabor, seguramente no estaría diciendo algo del todo equivocado. De todos modos, el interior de tales restaurantes está preparado con esmero desde el suelo hasta el techo, y desde el techo hasta las paredes. Los uniformes especiales y los modales de los camareros provienen de una experiencia y una formación adquiridas a lo largo de muchos años. Aquellas mesas, y sobre ellas, colocadas para comer, copas de cristal relucientes de toda clase, grandes y pequeñas, que deslumbran la vista. Platos de un blanco impecable, con un brillo como si les hubieran aplicado barniz. A veces cada uno de los platos es del tamaño de una bandeja y es solo para usted. De una belleza tal que ni siquiera se atrevería a comer en ellos. Una parte de los tenedores y las cucharas está adornada con oro, pero tienen un brillo que no lleva ni una sola huella de dedos ni mancha de agua. Algunos camareros llevan en las manos guantes blancos como la nieve. Ellos ordenan las cosas de su mesa, como las copas, los tenedores, las cucharas, para no dejar marcas con sus manos sobre ellas. Si se inclina sobre el plato, puede ver su rostro tal cual es. Y si mira de reojo su cuchillo y su tenedor, o le da la impresión de estar muy lejos, o puede ver su nariz y sus ojos dentro del tenedor como en los espejos de los circos. Si están escogidos con cuidado, mientras ve su rostro en aquella parte plateada como en un espejo perfecto, aquellos motivos dorados que descienden hacia abajo lo adornan como si fueran un traje que lleva puesto. Según la variedad de los platos que llegan, tanto los platos como los tenedores que tiene delante se cambian una y otra vez. También esto lo hacen aquellos camareros con pinta de pingüino y con guantes blancos en las manos. En esta atmósfera que se posee, nadie piensa que vaya a llegar una comida mala. Las comidas preparadas en los platos se le ponen delante de un modo tan esmerado que es como un cuadro, como quien dice: túmbate junto a la comida. Si está acostumbrado a estos ambientes, entonces su capacidad de distinguir el sabor de la comida también funciona mejor. Si es la primera vez que entra en lugares así, todo puede parecerle como un teatro; y por supuesto usted mismo está sentado en el escenario ante tantos espectadores. Con todo esto, a veces aún no ha comido, es más, ni siquiera ha visto aquella comida. Pero las cosas que ha visto con sus ojos le han dado la sensación de tener el gran privilegio de comer allí. De todos modos, todos aquellos gastos tremendos que se hacen en el restaurante persiguen también el objetivo de dar al cliente esta sensación. A veces, en lugares así, mientras la comida más barata para dos personas empieza en 300 dólares, ustedes ya pueden, según su imaginación, elevar esta cifra hasta 50 mil dólares, e incluso más. Y no esperen por fuerza que, después de pagar tanto dinero, su barriga vaya a quedar llena. A veces, mientras se paga el precio de un coche nuevo por una botella de vino de las que existen en un número determinado en el mundo, cierta especie de pez que los japoneses crían para adornar grandes acuarios y estanques a veces superará también, y con mucho, los 50 mil dólares. ¿Les parecen absurdas estas personas que comen y beben tales cosas? Y bien, ¿qué me dicen de espolvorear polvo de oro sobre la bebida que se toma? El precio de la bebida con polvo de oro, por supuesto, es acorde a ello. Mientras estas cosas atraen la atención de la gente de un modo que se dirige no solo al bolsillo, sino también a la vista, lo que yo quiero contar en pocas palabras es precisamente ver y disfrutar de las cosas que se ven. Incluso en los anuncios de comida para gatos, al mostrar cómo se pone en el plato la conserva que se abre, le ponen al lado además un poco de perejil. Sin embargo, al gato no le gusta nada el perejil y no se lo come. El propósito es mostrarle esto bonito al comprador. Y el comprador no es un gato, sino una persona. Es decir, hay que impresionarla.
Solo que no toda imagen le resulta agradable a todo el mundo. Por ejemplo, las imágenes del restaurante que acabo de mencionar, o de otro restaurante de lujo parecido, preparado así en otro país, son muy distintas. Por ejemplo, en China, dicen que el hijo de una madre que ha sufrido un aborto, en estado de feto, encuentra comprador enseguida en restaurantes así por 300 dólares. A ese niño, con su cabeza plenamente formada, con sus pies, es más, con todo su estado corporal en el que se distingue hasta su sexo, se lo sirve a la gente en cuencos de porcelana en forma de una sopa con verduras. No sé cuánto le llenará la barriga a quien lo coma, pero si nos ponemos a pensar en el dinero que paga, ver qué come la gente y a qué le da valor a veces nos deja muy asombrados. El precio de 300 dólares con que llega el bebé abortado a esos restaurantes, y a cuántas veces esa cantidad se lo ofrecen al cliente, también es un misterio.
Sobre todo por la zona de Tailandia, a un mono vivo, cuya sola cabeza asoma desde el centro de la mesa, se le trae también al cliente un martillo. Con el martillo destrozan la cabeza del animal y se comen su cerebro. ¡Dicen que el cerebro comido vivo o muy fresco es más sabroso!
Estas cosas que escribo ya se muestran abiertamente en todas partes, en las películas, en Internet, en los periódicos, y no son ningún secreto. Mientras que para unos tales imágenes abren tremendamente el apetito, a otros les revuelven el estómago. Es decir, no todo lo que vemos nos da forzosamente placer. Es más, a veces ha habido momentos en que, por culpa de las cosas que hemos visto, que nos hemos visto obligados a ver, hemos deseado con muchas ganas ser ciegos, no ver.
No podemos abordar nuestro deseo de ver evaluándolo solo desde el punto de vista del placer. Es decir, las personas no miran siempre cosas placenteras y cierran los ojos a las cosas aburridas y feas. Cuando éramos niños, cerrábamos los ojos en la escena del beso del cine. Que cerráramos los ojos no era porque la escena del beso fuera fea, lo hacíamos por vergüenza. Nos daba vergüenza mirar; nos avergonzábamos, tanto por aquel actor como por nosotros mismos, de que aquel actor se estuviera besando delante de todos. Esto era así también en América y en Europa en años algo anteriores a mi época. Es decir, si no metemos el tiempo en el asunto, vemos que las personas tienen los mismos sentimientos. Los niños de algunos grupos religiosos todavía muestran el mismo comportamiento cuando ven escenas así. Mientras que de niños cerramos los ojos a algunas cosas, cuando pasa el tiempo y la persona empieza a desarrollarse y a crecer, se manifiestan sentimientos y reacciones justamente contrarios. Por ejemplo, cuando tenía apenas 12 años, al mostrarme mi amigo alemán revistas de contenido pornográfico en su garaje, durante mucho tiempo no logré recuperarme. No logré recuperarme emocional y espiritualmente. No es que me desmayara y volviera en mí, pero se me revolvió muchísimo el estómago. Me llené de rabia contra mi madre y mi padre. Esa rabia no duró mucho, porque debía comprender que tenía que aceptar algunas cosas. Yo también tenía a esa edad sentimientos y fantasías sexuales. No tenía fantasías como las de aquellas revistas pornográficas, pero comprendí que iba por un camino en esa dirección. Antes de ver aquello no era tan consciente de ello. Por eso luché con estos sentimientos míos, pensando que odiar a mi madre y a mi padre sería odiarme a mí mismo. Mientras uno se imagina a sus padres de una manera completamente distinta, seguramente en mi mundo interior debí de pensar: «¿y ahora qué es esto en ellos?». Lo que más recuerdo de aquel momento son las náuseas que tuve durante mucho tiempo. Recuerdo cosas mucho más repugnantes, pero me avergüenza escribirlas incluso a esta edad mía. Igual que de pequeño cerraba los ojos, ahora también cerraré la boca y no hablaré de estas cosas. Porque en aquellas revistas había, más que relaciones normales, personas en relación con individuos perversos e inimaginables. Así como, al hablar de comer, nadie piensa en romper con un martillo la cabeza de un mono vivo y comerse su cerebro, tampoco en la relación sexual se podían concebir las cosas que había en aquellas revistas. En nuestra época, Europa mira a quienes hablan y piensan como yo en estos temas como a personas que no han logrado integrarse en la sociedad. A quienes quieren pasar de ser turcos a ser ciudadanos alemanes, ahora los someten a examen y les hacen preguntas de este tipo. Les piden que escriban sus opiniones sobre estos temas. Los que piensan como yo tienen algo difícil hacerse ciudadanos.
Es más, más adelante leí un chiste gracioso relacionado con aquellas náuseas mías por las cosas que vi. Un profesor iba a dar una conferencia, y el tema era el sexo. Pero le dijo a su mujer: «Voy a dar una conferencia sobre veleros», y salió de casa. Unos días después, en una fiesta, algunas señoras saludaban a la mujer del profesor sonriendo y mirándola con intención. Como la mujer no le encontraba mucho sentido a la situación, al tomarla del brazo una amiga cercana y decirle: «por la conferencia que dio el otro día tu marido, se notaba que sabía muy bien de este asunto», la mujer, con asombro, dijo: «¡Qué extraño! En realidad no entendía nada. Además, en su vida lo intentó dos veces. Una se mareó, y la otra se le voló el sombrero», y yo, por mi parte, sacando mi propia lección de ello, siempre me he reído.
A esa edad mía, mi deseo de ver era solo curiosidad. Mientras el sentimiento de curiosidad enseña muchas cosas a la persona, a veces también puede perjudicarla. Por ejemplo, todavía me he preguntado a mí mismo por qué sigo mirando así los anuncios de contenido pornográfico e indecente que de repente se me abren delante en Internet. ¡Es más, hago clic sobre ellos para que se abran otras páginas! El mayor motivo es la curiosidad. Para mí es así, claro. Los sentimientos y los puntos de vista de cada uno son distintos. Los círculos religiosos ven este asunto como pecado. Ellos temen el peligro de estar cometiendo adulterio en su corazón mientras miran esas escenas. Aunque todos parezcan no ser partidarios de estos asuntos, en mi opinión, en cuanto encuentran la ocasión, son también ellos los que más miran. Los que más miran son ellos, porque a ellos les está prohibido este asunto. Cuanto más se desean las cosas prohibidas, tanto más desean ellos también este asunto. Y además, lo que se muestra no son animales, plantas, ni manzanas o peras. Es un ser humano como él mismo, y él lo está mirando. ¿Quién no siente curiosidad por esto? Naturalmente, toda persona siente curiosidad y mira también. Pero, junto a esto, si la persona tiene una mente sana, también sabe mantenerse alejada de estas cosas y se disciplina a sí misma. Porque la persona que tiene una mente y un espíritu sanos conoce una verdad. Una parte tremenda de las cosas que entran en nuestra mente se almacena mediante las imágenes que se toman a través de los ojos. Queramos o no, nuestra mente saca automáticamente una fotografía de las cosas interesantes que vemos con los ojos. Y después esas imágenes, queramos o no, se nos aparecen ante los ojos una y otra vez. ¡Y luego lucha con eso! Algunas personas llaman «basura» a estas imágenes. Creen que hacen buenas exhortaciones al decir: ¿acaso llena la persona su mente de basura? Sí, a veces es cierto, pero si la persona no tuviera la curiosidad que posee, quizá no habría podido aprender nada desde que fue creada. Por eso no podemos mirar con malos ojos todos estos sentimientos. Pero si nos empeñamos, diciendo «yo voy a mirar por fuerza», en las cosas que se exhiben ante los ojos de la gente, es más, que perturban la salud espiritual de la persona y la sumen en depresiones, eso es cosa nuestra. Como con cada uno de nuestros sentimientos, al final cada uno debe decidir por su cuenta cómo será mesurado. Y debe hacerlo cargando en su bolsillo las angustias espirituales que ello acarreará luego, derivadas de lo que ha visto.
Yo, más que meter mi tema en terrenos morales, quiero desarrollarlo sobre el ver y los efectos de ver. Dijimos «placer», dijimos «salvajismo», dijimos «curiosidad»; en realidad, tenemos todavía muchos otros sentimientos que se pueden enumerar y que están relacionados con ver.
Dicen que los acuarios relajan a las personas. Mírenlos durante horas y sentirán calma y paz. Por supuesto, mirar peces de colores que nadan en un agua limpia y cristalina, entre plantas acuáticas cuidadosamente dispuestas, es sin duda un gran placer. Esta es solo una de las especies de animales que se dirigen puramente a la vista. Digo que se dirigen puramente a la vista, porque a los peces de acuario no se los toma en el regazo y se los acaricia como a un gato o a un perro. Ni tampoco puede darle un pez a la persona esas sensaciones que se dirigen a la piel, algodonosas, como de plumas, que acarician nuestras manos como un conejo suavecito. Sin embargo, a los peces del acuario se los ama con los ojos. Y aquello que vemos por lo general nos tranquiliza.
Dicen que los japoneses son muy expertos en criar estas especies de peces. Una vez lo vi en la televisión: algunas variedades de estos peces que crían en estanques especiales empiezan por el ejemplar más barato en 3 mil dólares y llegan hasta medio millón. Quizá haya incluso algunos que alcanzan un precio mayor. Dicen que los aficionados vienen a comprar estos peces desde todos los rincones del mundo. A veces el valor de un solo pez llega al mismo precio que construir una casa como un palacio. Puesto que la gente paga tantísimo dinero por ellos, quiere decir que disfrutan. Vamos, si dejamos a un lado la parte de ostentación del asunto, queda solo el placer de ver. Imagínense que tienen un acuario enorme, de colores, resplandeciente. En medio de una habitación amplia, con las luces apagadas, los contemplan como si fuera una película. Mucha gente disfruta de esto. Sobre todo si además usted mismo ha hecho y preparado ese acuario. Justo al lado de esa imagen que relaja el interior de la persona, que de pronto alguien meta en el acuario pirañas hambrientas echa el asunto a perder por completo. Ver cómo aquellos preciosos peces se despedazan ante sus ojos no es nada difícil. ¿Se dolerá por los peces, o, si tiene una curiosidad del tipo que mencioné antes, por el dinero, cientos de miles de dólares que pagó? Que las imágenes hermosas se conviertan en un salvajismo tremendo tampoco resulta nada difícil. Mientras en una imagen se hallan la paz, la calma, la comodidad; la otra imagen trastorna por completo el mundo de la persona. Estas cosas de las que hablo tampoco son seres humanos vivos; hasta ahora solo he hablado de peces, de comida, de un mono, de un niño en estado de feto. Las imágenes de las guerras que las personas hacen unas contra otras, por alguna razón, no las muestran tal cual son. Lo máximo que muestran son siempre los muertos y los heridos. Y en ellos también se ocultan muchas imágenes. Porque dicen que tales imágenes incomodan a la gente. Igual que aquella revista pornográfica que vi a los 12 años, dicen que producen en la gente el efecto de las náuseas. En cambio, los que miran continuamente, un día llegan a acostumbrarse y no sienten nada.
Al escribir que ver es una característica muy valiosa nuestra, había escrito al mismo tiempo también que da dolor. Cuando lo pensamos así, las cosas que vemos con nuestros ojos nos meten y nos sacan de una infinidad de sentimientos tan variados que no podríamos enumerarlos. Placenteros, tristes, feos, aburridos, sin sentido, hermosos, tranquilizadores, irritantes, aterradores, espeluznantes, vengativos, rencorosos, indescriptibles, que inspiran respeto, humillantes, sorprendentes, que despiertan codicia, que dan envidia y que despiertan muchísimos más sentimientos de los que podríamos enumerar; el nombre de este órgano sensorial nuestro es, de nuevo, el ojo.
En el diccionario turco, ver se explica como: «percibir con el ojo la existencia de algo».
Junto a esto, existe también el mirar. Mucha gente cree que ambos son lo mismo, pero no lo son. En el diccionario, mirar se describe como: «volver los ojos hacia algo para verlo». La persona ve muchas cosas ante sus ojos, pero de entre esas muchas cosas mira la que quiere. Por ejemplo, si alguien le preguntara «¿dónde exactamente está escrito el número de su casa por cuya puerta entra cada día?», quizá no lo sabría. O si le preguntaran si abre la cremallera del pantalón que lleva puesto con la mano derecha o con la izquierda, le resultaría difícil responder sin mirar. Dicen que así se distingue el pantalón de hombre del pantalón de mujer. El del hombre es el que se abre con la mano derecha, es decir, el lugar por donde se accede a la cremallera está a la derecha, y en la mujer, a la izquierda. Dicen que incluso los botones de las camisas y de las demás prendas se hacen según esta regla. Y esta regla se estableció partiendo de que antiguamente el hombre usaba espada. Se pensó así para que, al desenvainar la espada con la mano derecha desde la izquierda, no se le enganchara en la ropa. Aunque en nuestra época ya no se hacen tales distinciones, el cuerpo del hombre y el cuerpo de la mujer son bastante distintos. Las señoras que quieren verse hermosas prestan atención a estas cosas cuando van de compras. En fin, nuestro tema es señalar la diferencia entre mirar y ver. Por ejemplo, si le dijeran que luego contara una por una las cosas que vio así de pasada por la ventana, saldrían a la luz tantísimas cosas que se le escaparon. En cambio, sobre las cosas que ha mirado, puede contarlas incluso entrando en detalles. En pocas palabras, como también advertimos por el significado del diccionario, aunque percibamos muchas cosas con nuestros ojos, para mirar necesitamos volver nuestros ojos hacia esa cosa, prestar atención.
Lo que cada persona ve y lo que percibe de lo que ve también es distinto. Esto lo conté hace un momento con el ejemplo del restaurante, hasta llegar al salvajismo en el modo de comer de la gente. Si partimos de los sentimientos que produce la imagen, los sentimientos que se experimentan hacia esa cosa serán sin duda distintos según la cultura, la educación y la conciencia de cada persona. Y además, los sentimientos que experimentamos hacia las cosas que miramos es una situación que tiene mucha relación también con nuestro estado de ánimo en ese momento. En relación con este tema me vino a la mente de nuevo un chiste.
En tiempos antiguos, un hombre fue a la ciudad para vender el producto de su campo. Después de resolver sus asuntos, entró también en un cine. En una escena de amor de la película, el hombre abrazaba a la mujer y le preguntaba: «¿Qué ves en mis ojos?». Y la mujer, como respuesta, decía: «Nuestro amor». Esta escena de la película, seguramente por el efecto de llevar también un tiempo alejado de casa, le gustó mucho al aldeano. Cuando volvió de nuevo a su pueblo, a su casa, mientras su mujer dormía en la cama dándole la espalda, a medianoche a nuestro hombre se le vino a la mente aquella escena de la película y le preguntó a su mujer. Al decirle: «¡Muchacha Hatça! ¿qué ves en mis ojos?», la mujer, sin siquiera mirar, dijo: «naaada». Esto no satisfizo a nuestro hombre, y volvió a preguntar. Le dijo: «¡Muchacha Hatça! échale un vistazo a mis ojos y dime qué ves». Esta vez la mujer, refunfuñando, se dio la vuelta, echó un vistazo así en la oscuridad y volvió a decir: «naaada». El hombre vio de nuevo que la cosa no marchaba, pero, empeñado, insistió otra vez: «¡Muchacha Hatça, no seas así, por favor, echa un buen vistazo con atención, ¿qué ves en mis ojos?». La mujer se levantó, encendió la lámpara de gas y, acercándola a los ojos del hombre, miró con atención. Cuando el hombre volvió a decir: «¿Qué ves? dime», su mujer respondió: «Una legaña gordota», lo cual sin duda era una respuesta que aquel hombre no quería oír.
Aunque este chiste nos haga reír, la verdad que subyace en él a veces es amarga. Por más que aquel hombre deseara, desde un punto de vista romántico, que su mujer viera también en ese momento como él quería —lo cual no es dañino—, por otro lado las personas se esfuerzan muchísimo por presionarse unas a otras para que la cosa que se ve no se vea como es, sino en el sentido que ellos quieren. Es más, que incluso los noticieros se transmitan a la gente manipulándolos con la técnica de las películas de Hollywood es otra realidad. Las cosas que vemos, que contemplamos con los ojos como noticias, en realidad no son reales, sino solo una película. Las imágenes, los sonidos, todo ello se ha preparado especialmente en estudios. Y a la gente, entretanto, se lo cuelan como si fueran noticias reales.
Por ejemplo, una gran mayoría de los estadounidenses no cree que se haya ido a la Luna. Más exactamente, no creen que pie humano haya pisado la Luna. Hay muchas pruebas que demuestran también que esto es así. Bien, ¿qué eran entonces aquellas imágenes que vimos? Como dije, se sostiene que son una película. Y además demostrándolo. Esto lo advirtieron por casualidad algunos expertos a partir de las imágenes. Llamó la atención que las sombras de las imágenes que se afirma que fueron tomadas en la Luna tenían luces de distintos ángulos. Mientras que la luz que viene del Sol debería venir de una sola dirección y hacer sombra hacia un solo lado, en las imágenes a veces hay incluso sombras hacia cuatro lados. Dicen que hay muchas pruebas como esta, y más científicas. Dicen que, con todos los ojos del mundo de aquel entonces vueltos hacia América, no podía ser que los estadounidenses dijeran «no pudimos hacer bajar un hombre a la Luna». Había que bajar a la Luna por fuerza. Si hacía falta, aunque fuera una patraña, que lo fuera, pero había que bajar. Dicen que toda la humanidad quería ver esto. Y además por aquel entonces se estaba echando un pulso de meados con los rusos. ¡Se lo mostraron, tranquilizaron el interior de la humanidad, de los ciudadanos estadounidenses que pagan impuestos! ¡Y además cuántas veces!
Después de oír y de ver estas cosas, uno ya no sabe qué creer. Hasta lo que se ve puede ser una estafa. Como los trucos que hacen los magos. A tales espectáculos se los llama «engañar los ojos». No es que le pinten los ojos con pintura al espectador, sino que le muestran aquella cosa de un modo distinto ante sus ojos. Por ejemplo, en el circo, el mago que lanza cuchillos a la hermosa mujer en bañador atada al centro de una tabla circular en realidad no lanza cuchillo alguno. Los cuchillos salen disparados por sí solos de aquella tabla circular preparada con maestría. Es decir, los cuchillos están en sus alojamientos detrás de la tabla. El acróbata hace como que lanza el cuchillo, pero deja el cuchillo en la manga de su traje, y al lanzar la mano, al mismo tiempo el cuchillo cuyo resorte se ha soltado sale disparado de la tabla haciendo ruido. Estas imágenes que cuento se han difundido mucho en Internet y en las televisiones. Esto es solo una técnica. Hay muchos espectáculos como este. Como cortar a un hombre con una sierra, que salgan un montón de aves de cosas como un dedal, desaparecer dentro del agua, caminar sobre el agua, etc. Es más, hay magos que hacen desaparecer incluso un tren enorme parado en la estación. Todo esto puede resultar posible gracias a escenas técnicas y preparadas con maestría. Pero las escenas que allí se muestran a nuestros ojos no tienen relación alguna con la realidad. Más exactamente, no tienen relación alguna con la realidad que quieren que creamos. Quiere decir que no es necesario que todo lo que vemos, percibimos y miramos con atención sea real. Y esto crea un gran peligro en la gente. Que las cosas que se despliegan ante los ojos para distorsionar las verdades y sacar provecho sean mentira, y que nosotros lo aprendamos años después, significa que se sacude toda clase de sensación de confianza. Ya no podemos creer ni siquiera en las cosas que vemos. Aunque sean verdad, creer resulta muy difícil. Porque decimos «quién sabe cuántas veces nos han engañado, por qué no habría de ser también esto así» y no creemos. Como humanidad, tampoco estamos equivocados.
Cuando aparecieron por primera vez las televisiones, eran sin color. De niño ni siquiera era consciente de ello. Es más, las películas turcas eran sin color, y cuando eran en color siempre ponían en los carteles de los cines el anuncio de «En color». Yo tenía entonces unos 6 o 7 años. Mi hermana me contó esta diferencia, y a partir de entonces empecé también a fijarme. Me había dicho: «en la película sin color, el color de los coches se ve o negro o blanco, mientras que en la de color se distinguen el rojo, el azul, el verde». Y de veras, la primera vez me fijé más en los colores que en el tema de la película. A veces, fijarme puramente en estos colores, más que en la película, me duró mucho tiempo. Poco a poco nos acostumbramos, y de todos modos ya no quedaron películas sin color. En cuanto a la televisión, en comparación con el cine, estos colores llegaron algo tarde. Aparte de que las películas mismas fueran sin color, incluso cuando eran en color, en la televisión sin color seguían siendo en blanco y negro. Por entonces tenía unos 10 años. En Alemania, el hijo de nuestro casero le regaló un televisor en color, y en Año Nuevo nos lo mostraron. Como yo tenía experiencia del cine en Turquía, aunque no entendía en alemán la mayoría de las cosas que contaban, capté lo que querían decir. Aunque para mí no era algo nuevo, me molesté por qué en nuestra televisión no lo mostraban también en color. Por entonces el precio de los televisores en color era cuatro o cinco veces el de los televisores sin color. Mucho después, le compramos un viejo televisor en color a un soldado estadounidense que iba a volver a su país. El 98% de las personas que conocíamos tenían siempre televisores sin color. Mi padrastro se alegraba mucho de que nosotros entráramos en aquel 2%. Estos sucesos que cuento eran así en Alemania; en Turquía, la entrada de los televisores en color en los hogares tardó unos 10 años más. La gente le dio muchísimo valor a este asunto. He conocido a mucha gente que se endeudó y metió por fuerza un televisor en color en su casa. Yo incluido. Todo esto provino siempre del placer de ver. Aquellos colores mencionados eran un placer que daban siempre la vista y la capacidad de distinguir. Y la ostentación que da ser distinto de los demás, de un modo u otro, seguramente desempeña también un papel.
Dicen que algunas personas también tienen daltonismo. Dicen que no logran distinguir algunos colores. Por ejemplo, cuando conducen en el tráfico, no prestan atención, como nosotros, a que la luz esté en rojo, sino a en cuál de esas tres luces del semáforo está encendida. Porque como de todos modos no distingue el color rojo, por eso, al mirar las luces, dirige su atención al lugar donde está encendida. Si está encendida la de más arriba de esos tres círculos, se detendrá, porque es rojo. Si está encendida la de más abajo, puede pasar, es decir, es verde. Dicen que el color que primero se distingue incluso desde muy lejos es el rojo. Por eso el color de «alto» de los semáforos es el rojo. Pero mucha gente no comprende que uno que tiene daltonismo, aunque de noche el semáforo desde lejos esté en verde, como si por fuerza tuviera que detenerse, solo pisa el acelerador cuando llega al pie del semáforo, y sueltan la maldición. Sin embargo, para esa persona lo importante es ver en qué parte está encendida la luz, más que su color. De todos modos no distingue su color. En Turquía no daban el carnet de conducir a los daltónicos. Ahora seguramente, para adaptarse a la UE, puede darse. En realidad, si supieran cuántas capacidades tiene este ojo nuestro. Naturalmente, creo que son muy pocas las personas que conocen todas las capacidades de este órgano nuestro que usamos. Usamos la cosa que poseemos, pero conocemos muy poco de lo que hace, de cómo lo hace y de todo lo que además podría hacer. Pasamos de largo diciendo: «Total, no es más que un ojo».
Se han dicho, y se dicen, muchas expresiones relacionadas con el ojo. Por ejemplo, con expresiones como «hombre de mundo» o «persona corrida» o «grosero» ensalzamos o rebajamos a esas personas. Con estas expresiones de «cortés-grosero», mientras se subrayan las características que la persona ha adquirido viendo literalmente con sus ojos, se quieren introducir también en el asunto verdades relacionadas con la educación, algo del carácter y del espíritu. Por ejemplo, cuando alguien no sabe cómo debe comportarse en un lugar, o cuando hace gestos que atraen todas las miradas hacia sí, a esa persona se la llama «grosera». Esto no significa por fuerza que esa persona haya ido a lugares así por primera vez. Ha ido y ha estado en tales lugares repetidas, incontables veces. En realidad, lo que le vale a esa persona ese apodo de «grosera» es su carácter y sus rasgos zafios. Al contrario, quienes son dignos de expresiones como «cortés, persona de mundo» son individuos que reflejan rasgos de carácter superiores. Sin embargo, junto a las características que muestra en los lugares que frecuenta ese tipo de persona que entra en la categoría de «grosero» y la reacción que suscita; la persona a la que se llama «cortés, de mundo», quizá esté en aquellos lugares por primera vez en su vida, o no haya entrado a menudo en tales ambientes. Gracias a su modo de comportarse, a su capacidad de evaluar el ambiente en que se encuentra, y al valor que da a las personas con atención y humildad, las palabras que se dicen de esa persona, como «alguien de mundo», le hacen ganar puntos positivos. Una de las características más importantes en este tema es también el sentimiento de codicia que posee la persona. El tema de la codicia contiene uno de los diez mandamientos que Dios dio a Moisés, el más famoso conocido en la Sagrada Escritura. Allí se escribe exactamente así:
No pondrás el ojo (no codiciarás) en la casa de tu prójimo, ni en su mujer, ni en su siervo, ni en su sierva, ni en su buey, ni en su asno, ni en cosa alguna suya. Éxodo 20:17
La palabra «no pondrás el ojo», traducida en la nueva traducción anterior, en las traducciones antiguas se tradujo como «no codiciarás». Mientras «poner el ojo» adquiere a veces significados distintos según la construcción de la frase, «codiciar» se entiende de inmediato. Por ejemplo, «poner el ojo» puede equivaler también a mirar algo con atención, prestar atención. También, por ejemplo, decir «pon bien el ojo en estas cosas y no dejes que nadie te las arrebate» ordena a la persona que proteja esas cosas con atención. Pero con una frase similar, diciendo «codicia estas cosas y no dejes que nadie te las arrebate», nadie hace que otro proteja sus bienes. Que las palabras puedan tener muchos significados proviene también de la pobreza de esa lengua. Si describimos brevemente el codiciar:
Codicia: avidez, poner el ojo: dejarse llevar por el deseo de apoderarse de algo que es de otro, codiciar 1) ser ávido 2) desear mucho una cosa y quererla poseer. Codicioso: 1) ávido, 2) tacaño, avaro, agarrado.
Las expresiones «cortés, grosero» que mencioné hace un momento están también muy estrechamente relacionadas con que la persona sea codiciosa. Sin duda, la persona puede comportarse de forma torpe, equivocada en algunos lugares, pero eso no la hace «grosera». De todos modos, al decir «grosería, mundología», más que la torpeza o la madurez, se subraya el hambre o la saciedad del ojo de la persona respecto a esas cosas.
Hay tantísimas palabras y expresiones relacionadas con el ojo usadas en sentido simbólico. Yo escribiré unas cuantas de las más famosas:
Primer amor (dolor de ojos), ir a dar la enhorabuena (ir al alivio de ojos), venir al ojo (ser objeto de mal de ojo), intimidar la mirada, caer en desgracia, saltar a la vista, ganarse el favor, ojo por ojo diente por diente, ojo hambriento, ojo saciado, quedarse con la mirada atrás (con inquietud), morder el ojo (resultar familiar), ojos enardecidos, tener agallas, ojo cobarde, resuelto, ojo meón (miedoso), ojo puesto en lo alto (ambicioso), metérselo por los ojos, no escatimar el ojo ni ante la rama ni ante el nudo (ser temerario), cubrírsele el ojo de sangre...
Y hay tantísimas más, que se han dicho tantísimas comparaciones y refranes relacionados con nuestro ojo que casi no terminaría de escribirlos.
Casi todo entra en nuestra mente y en nuestro corazón por medio de nuestro ojo. Con el efecto que producen las cosas que vemos con nuestro ojo, determinamos las cosas que hacemos o haremos una y otra vez. El que nuestros ojos nos influyan desempeña un papel tan enorme que no es nada difícil que por esta vía desviemos incluso nuestra vida. A veces, aparte de que nosotros mismos nos veamos influidos, incluso hacia dónde miramos con él es muy importante. Hemos oído hablar mucho de personas que se mataron unas a otras por culpa de una sola mirada equivocada. Solo aquella mirada. También, por culpa de una sola mirada, nos hemos prendado de amores como locos. El comienzo de aquello que produjo un efecto tan grande como para hacer horadar montañas, como a Ferhat, provino de nuevo de aquella sola mirada. La suma de los productos de adorno y maquillaje que las mujeres gastan solo en sus ojos se puede calcular con cifras astronómicas. Y aunque desde el punto de vista médico se hayan escrito quién sabe cuántos libros sobre el ojo, es seguro que tiene muchos otros aspectos y funciones que no conocemos con certeza, sobre lo que es al describirlo. Qué órgano tan interesante tenemos, y no lo sabemos. O no somos conscientes. Como dije, quizá no conocemos su valor, no lo usamos como es debido.
Algunas personas temen muchísimo el efecto del ojo. Es más, dicen que la cuenta contra el mal de ojo se cuelga para protegerse de una mala mirada, de ser objeto de mal de ojo. Y dicen que algunas personas tienen la capacidad de hechizar con la mirada a quien tienen enfrente. Dicen que hay personas que hechizan con sus ojos incluso a los animales. Es seguro que existen también personas que, hechizando con sus ojos a la cobra tan venenosa, la influyen y la vuelven inofensiva. Es más, yendo aún más lejos, hay quienes creen en la existencia de personas que tienen miradas tan poderosas que, con solo mirar con sus ojos, pueden derribar incluso un avión. Se han rodado muchas películas sobre este tema. El hombre o la mujer, con solo mirar con sus ojos, hace y hace hacer cuántas cosas. Todo esto proviene, de nuevo, del efecto del ojo, que está relacionado con nuestro tema.
Dijimos que uno de los mayores motivos que nos obligan a mirar algo es también nuestra curiosidad. De veras es un sentimiento tremendo este. Solo que no olvidemos también esto: tenemos también muchos otros órganos sensoriales que quieren, que desean las cosas que ve nuestro ojo. Ellos ejercen una presión tan grande sobre nuestro ojo que, en realidad, deseos como mirar y disfrutar, satisfacerse, saciar por fuerza la curiosidad, no provienen de nuestro ojo. El ojo no tiene por sí mismo tales deseos. Aunque haya cosas que benefician al ojo, en los sentimientos de mirar por fuerza a algún sitio y disfrutar de ellos, el ojo no es más que un instrumento. Nuestro ojo envía las imágenes a nuestro cerebro y, desde allí, según cuál de nuestros sentimientos reciba la parte que le corresponde, hace que ese se relaje o, al contrario, que se pierda su calma. Por ejemplo, las comidas que ve una persona hambrienta y sin dinero. En realidad esto no le sirve de nada al ojo. Con aquellas comidas que ve el ojo, el sentimiento de hambre que posee el cuerpo se aviva aún más. Y esto no le sirve a ese cuerpo más que para una capa más de dolor. O al mirar a alguien del sexo opuesto, sobre todo si esa persona tiene además una imagen que desearíamos. De nuevo, más que nuestro ojo, es nuestro cuerpo, nuestros sentimientos que nos cuesta frenar, precisamente ellos, los que sufren o disfrutan. Sentimientos nuestros como la comida, los impulsos sexuales, la ira, los celos, la pereza, la codicia, todos son producto de nuestros deseos corporales. El ojo es también un órgano de nuestro cuerpo, pero con la mayoría de las cosas que ve estimula otras ramas del cuerpo y del espíritu. Puesto que estos son sentimientos verdaderos que poseemos y que además hay que frenar, las organizaciones religiosas tienen sobre este tema muletillas que se dicen como refranes. Por ejemplo, una de las órdenes religiosas enseña a sus miembros: «debes dominar por fuerza tres cosas». Y son: «tu mano, tu lengua y tu cintura». Con las cosas que aquí se quieren decir se subraya que estamos obligados a decir no a nuestros deseos corporales, a nuestras ambiciones, a nuestros placeres. Que los monjes y las monjas del cristianismo se ocultaran durante siglos tras gruesos muros de piedra se debe también a estas razones. Seguramente por costarles aplicar las advertencias de Jesús, por eso escogieron un camino así. Porque los profetas de Dios ya habían tratado y habían advertido a la gente sobre este tema de dominar «la mano, la cintura, la lengua», que se dice como una muletilla. Pero con ocultarse tras estos muros de piedra, con hacer huuu día y noche en las órdenes religiosas, con quedarse quién sabe cuántas rakats en postración, con predicar durante horas de puerta en puerta, con quedarse hambrientos durante días guardando ayuno, no se han logrado frenar estos sentimientos.
Por ejemplo, Jesús el Mesías dijo una vez:
«Habéis oído que se dijo: «No cometerás adulterio» (relaciones sexuales fuera del matrimonio). Pero yo os digo: cualquier hombre que mira a una mujer con lujuria ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho es causa de tu tropiezo (de que peques), sácalo y échalo de ti; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros (una parte de tu cuerpo), y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha es causa de tu tropiezo, córtala y échala de ti; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno». Evangelio-Mateo 5:27-30
Con estas palabras, ni Jesús ni ningún otro profeta incitaron a la gente a mutilarse. Porque Dios tiene mandamientos que prohíben terminantemente tales cosas. Por ejemplo, en el libro de Levítico de la Torá, en el versículo 21:5, Dios dice claramente acerca de sus siervos: «no harán heridas en su carne». Con las palabras anteriores, los profetas dieron comparaciones lógicas para que la gente se dominara a sí misma y mantuviera esos sentimientos bajo control. Porque nadie quiere que le saquen el ojo. Cuando comprende la seriedad de que le saquen el ojo, la persona ya no mira aquella cosa. O la mira y carga con su castigo, lo cual, ¿a quién le agrada? Ni que le saquen a uno el ojo ni ser arrojado al infierno es el deseo de ninguna persona normal. Estas son palabras que nos incitan a estar atentos ante las cosas que nos hacen caer en pecado. Por ejemplo, el santo Job, consciente del peligro de caer en pecado por culpa de las cosas que veía con sus ojos, toma para sí mismo una precaución así:
«Hice pacto con mis ojos, ¿cómo, pues, había yo de mirar a una virgen?» Torá-Job 31:1. Y en otra traducción turca se escribe exactamente así:
«Hice pacto con mis ojos, para no mirar con lujuria a una joven». La nueva traducción ha expresado esta situación de un modo más fácil de entender.
Quiere decir que estas personas se dieron cuenta de que el codiciar tiene mucha relación con los ojos. Eran también conscientes de que lo que llamamos pecado, las cosas que a los ojos de Dios no deben hacerse, por lo general primero maduran en nuestra mente. Y este tema de caer en pecado tampoco está por fuerza relacionado con las mismas cosas que todos ven. Mientras que para una persona aquella cosa que ve le es perfectamente natural, para otra es causa de su tropiezo, es decir, de que resbale su pie, de que caiga en pecado. Que esto pueda ser así lo expresa el apóstol Pablo en el Evangelio de esta manera:
… «no en todos hay este conocimiento; sino que algunos, acostumbrados hasta ahora al ídolo, comen una cosa como sacrificada al ídolo, y su conciencia, siendo débil, se contamina. Pero el alimento no nos hace aceptos a Dios; si no comemos, no nos falta nada; y si comemos, no nos sobra nada. Pero mirad que esta libertad vuestra no venga a ser tropezadero para los débiles. Porque si alguno te ve a ti, que tienes conocimiento, sentado a la mesa en un lugar de ídolos, ¿no será la conciencia de aquel que es débil animada a comer de lo sacrificado a los ídolos? Y por tu conocimiento se perderá el débil, el hermano por quien Cristo murió… Por lo cual, si el alimento es causa del tropiezo de mi hermano, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano». 1 Corintios 8:7-13
En realidad esto no es solo en el tema del alimento; es solo una advertencia que exige que las personas presten atención unas a otras en todos los temas relacionados con la conciencia. Hay todavía otros temas más en los que, mientras que para cierta persona aquella cosa significa caer en pecado, para otra no tiene ninguna importancia. Que esto es así, no solo mirándolo desde su punto de vista, sino mirándolo también desde el punto de vista de Dios, lo leemos en los libros que llamamos Sagrados. Es decir, la persona mira algo, pero en aquello que mira no peca ni siquiera con su mente. Junto a esto, hay quien, en lo que mira, no solo con su mente, sino al mismo tiempo con su corazón y con sus obras, comete grandes crímenes por causa de lo que ve. Quiere decir que no podemos establecer una regla fija de que el efecto de las cosas que se ven será igual en toda persona. Pero estas reglas se establecen partiendo de las cosas que son generales. Más que las cosas que vemos, es mucho más importante lo que yace en nuestro corazón, en nuestro yo, y aquello que codiciamos. Las cosas contra las que debemos luchar no son solo las cosas que se ven, sino los sentimientos que nos harán tropezar. Si con lo que veo puedo cometer un crimen y perderme a mí mismo, entonces mi dominio sobre mí mismo no es nada. Quiere decir que quien me gobierna ya no soy yo, sino las cosas que veo. Hay tantísimas cosas que hacen caer a la gente en la codicia que no se acaban de enumerar. Tomen aquellas revistas de colores y están llenas, casi desde la primera hasta la última página, de imágenes que harán que la gente las desee. Una foto de vacaciones en un lugar de vistas maravillosas, un yate blanco como la nieve sobre unas aguas verdosas de una limpieza cristalina y sobre él la foto de un hombre, o de una mujer, con aspecto feliz. Coches del último modelo y llenos de quién sabe cuántas características, casas como palacios, aquellas comidas de aspecto delicioso, son siempre los temas por excelencia de estas revistas. Influido por aquellas imágenes, todo el mundo se lanza a algún sitio según la fuerza de su imaginación y de su cartera. En su imaginación no se sabe adónde va y vuelve. Y lo importante, ¿no es acaso meter a la persona en aquellas fantasías? Nuestra tierra tiene mucho éxito en este tema. Que no vaya nadie a pensar que yo veo con malos ojos ni aquella foto del coche del último modelo que muy poca gente tiene en el mundo, ni ninguna otra foto, y que digo, como algunos: «ponte a prohibirlas» o algo así. Pero lo que quiero decir es que, única y exclusivamente, se está tratando de dar a la humanidad una orientación en esta dirección. Los valores llamados espirituales, que no se ven a simple vista, o no existen en absoluto, o, si existen, es de forma escandalosa, y no sirven más que para envenenar espiritualmente a la gente. Quizá con estas palabras parezca yo muy rígido y como si no hiciera ninguna excepción, pero de veras la humanidad de nuestra época, en comparación con las posibilidades que posee, es muy pobre en este tema. Siempre mirar cosas que se desean, verlas y hacer de ellas su objetivo en la vida; para conseguir lo que sea, si hace falta del modo más cruel y despiadado, no quieren reconocer regla alguna. Vivimos siempre por causa de nuestras fantasías, que damos forma a partir de las cosas que ven nuestros ojos, por esa causa trabajamos, y por esa causa morimos y matamos. En realidad, como dice el apóstol Pablo, estamos en un estado digno de lástima.
¿Por qué estamos en un estado digno de lástima? Como dije, por muchos que sean nuestros cinco sentidos, había dicho que el mayor papel lo desempeña el ojo. Pues bien, lo que dice el apóstol Pablo en el Evangelio, ¿es nuestro ojo el único órgano nuestro que nos sume en este estado digno de lástima? Antes, vengan, leamos este tema de la carta que Pablo, inspirado por el espíritu de Dios, escribió a los romanos.
…sabemos que la ley (la ley y las reglas religiosas) es espiritual; mas yo soy carnal, vendido bajo el pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior (espiritual), me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros (en mi cuerpo), que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mi cuerpo. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Romanos 7:15-25
Así como este apóstol acepta abiertamente sus errores, sus pecados, que algunas personas no logran de ningún modo aceptar, también explica las razones. Y lo hace, además, con el espíritu que recibió de Dios. Dice que peca y que su cuerpo tiende de continuo, es decir, está dispuesto, a pecar. Pero expresa estas situaciones de un modo interesante. Al decir «porque lo que hago, no lo entiendo; no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago», ustedes también ven sin duda cuán cercanos están de estos sentimientos. Sí, ¿acaso no somos nosotros mismos quienes hacemos las cosas que no queremos, a las que nos oponemos, que a veces son tan feas que nos repugnan? ¿Qué significa no saber lo que uno hace, o lo que uno lleva a cabo? ¿Ocurren estas situaciones estando borracho? No, no tiene nada que ver. El apóstol, después de hacer las cosas calificadas como pecado, cuando lo piensa, se da cuenta de que el propósito que subyace no tiene relación alguna ni con la lógica ni con la razón.
Hay personas que juegan a los juegos de azar. Yo también empecé a jugar a los juegos de azar siendo aún niño. Y además con apenas 6 o 7 años. Cuando llegué a los diez años, jugaba al póquer por dinero con hombres de 40 o 45 años. Unas veces ganaba y otras perdía. Más que ganar o perder, ni el final ni el comienzo de este asunto eran agradables. Mientras que cuando ganaba derrochaba el dinero que tenía en la mano por considerarlo caído del cielo, sé que en mis años posteriores a veces jugué en el juego hasta el alquiler de mi casa y lo perdí. Por mucho que odiara este asunto, aun así jugaba. Y además en ambientes que no quería en absoluto y que no me agradaban. Como si no fuera yo, sino una fuerza la que me hacía hacer esto. Estas palabras, por supuesto, no hacen inocente a esa persona ni nada por el estilo. Lo que quiero contar es que, de veras, las personas que se han metido en este asunto también saben por sí mismas que lo hacen de tiempo en tiempo odiándolo. He conocido incluso a personas que perdieron a sus mujeres en el juego. Dicen que entregaban a sus mujeres con sus propias manos al hombre que las ganaba. Esto solo lo he oído, pero no lo he visto. De todos modos, cosas tan desagradables no se hacen abiertamente. No sé si a aquellas mujeres esta situación les agradaba desde otro punto de vista y sentían emoción. Y además con una conciencia tranquila, diciendo que salvaban a su marido. ¡El culpable son siempre esos maridos! Y este es otro aspecto del asunto. En fin, sin escarbar demasiado, vengamos a por qué las personas hacen esas cosas aunque no quieran. Sí, como ejemplo dije el juego, esto es solo un ejemplo. Cuántas cosas más hay. ¿Los que fuman hachís odiándolo, sin querer; los que esnifan heroína; las que trabajan en burdeles; los que hacen la guerra; los que degüellan hombres; los que roban; los que mienten; los que se enfurecen cada día de celos contra los que los rodean; los que se pelean por una nadería; los que, después de beber y beber y emborracharse, se revuelcan en su vómito? Los hay y los hay. Aunque estas personas odien todas estas cosas, aun así hacen las mismas cosas una y otra vez. Vamos, digamos que estas cosas que enumeré eran cosas extremas. Se casan con la mujer o el hombre más hermosos, y no pueden pasar sin echarle un vistazo a alguien interesante del sexo opuesto que se cruza ante ustedes, que pasa a su lado. Aunque sea con el rabillo del ojo, echar un vistazo así. Ya se ponen a pensar si es más hermosa mi mujer o mi marido. O lo hacen sin pensar nada. Sin embargo, una cosa así, si es usted mujer, no querría en absoluto que su marido la hiciera, e igualmente, si es usted hombre, aborrecería que su mujer lo hiciera. Aunque todos seamos iguales, todos hacemos también las mismas cosas, o cosas parecidas, que no queremos, que no se quieren.
No sé si con tan pocos ejemplos pude contar lo que quiere decir el apóstol. La razón de que aborde este tema del pecado que poseemos y que cometemos de continuo tiene que ver, de nuevo, con el ver. Porque, como escribí también en el significado del diccionario, ver es al mismo tiempo la labor de percibir. Y dije que el percibir se manifiesta de formas distintas en mucha gente. Vemos algo, pero lo que percibimos de aquello que vemos muestra en cada persona diferencias grandes y pequeñas. Como en los ejemplos que di al principio del libro, mientras que cierta persona percibe apetito, sentimiento de placer, de lo que ve, para otra esto es un salvajismo, se le revuelve el estómago, tiene arcadas durante días. Siempre percibimos las cosas que vemos con nuestros sentimientos, con la educación que recibimos, con nuestra conciencia. Por eso, en las preguntas que se hacen a los testigos oculares en los tribunales, se trata de purificar a esas personas del efecto de las cosas que vieron tal cual y de que den un testimonio imparcial. Es decir, lo que se pide a la persona es solo lo que vio, y que lo cuente además sin ningún añadido. Quizá esto sea algo que ninguno de nosotros hace. Sea lo que sea lo que contemos de lo que hemos visto, nos esforzamos mucho, y además muchísimo, por contarlo con nuestros sentimientos, como lo percibimos. Por eso, antes de que se condene a una persona, no se recurre a la palabra de una sola persona, sino al testimonio de más de un testigo. Cuantos más testigos oculares haya, tanto más fácil es tomar una decisión. Aunque incluso esto puede cambiar tremendamente según la situación y las circunstancias. Por ejemplo, por la actitud que se toma contra los negros, decimos que es «muy normal» que todos los blancos del tribunal den un testimonio ocular de un modo que incrimine a aquel negro. Y no vayan a pensar que esas personas mienten por fuerza ni nada por el estilo. Por causa de los sentimientos de los que son esclavos, solo así percibe y así cuenta el suceso que vio. La mayoría de las veces ni siquiera él mismo es consciente de ello. No sé si han visto alguna vez películas así. Resultan muy interesantes. Sobre todo si además el papel se interpreta en la figura de un buen abogado. Contemplar sus preguntas y su esfuerzo por sacar a la luz la verdad es un verdadero placer. Quedamos admirados de su inteligencia, de su lógica, de su imparcialidad y demás. Por supuesto, siempre y cuando no tomemos partido. De lo contrario, no es nada difícil que salgamos de aquella película que vimos con un sentimiento completamente distinto, lleno de ira.
Por ejemplo, en el genocidio emprendido contra los judíos en la Alemania de Hitler, también vivimos en la historia cuánto cambiaron de pronto los sentimientos del pueblo alemán al ver y percibir a aquellas personas con las que había convivido durante siglos. Ocurrieron sucesos tales que los niños, desde el momento en que oyeron que sus madres, a las que habían visto durante años, provenían de estirpe judía quién sabe cuántos siglos atrás, ya no miraron ni percibieron a esa persona como una madre, sino como una criatura despreciable, un enemigo. Todavía llenos de estos mismos sentimientos, esta vez contra otra nación, especialmente contra los turcos, los sentimientos y comportamientos del pueblo alemán no han cambiado mucho. Solo que no encuentran el ambiente necesario, quizá esta sea la única diferencia. Que toda una nación repita la misma historia con la melodía que toque un gobernante dictador no es nada imposible. Aunque quizá algo así no ocurra jamás, por desgracia los sentimientos que poseen las personas van siempre en esta dirección. Mientras conversa amablemente contigo, en un momento inesperado, cuando se entera de que eres turco, cambia hasta la forma del rostro de aquel alemán. He vivido muchos sucesos así. Sin embargo, no ha ocurrido nada; en ese momento, solo que oiga que eres turco ha bastado para cambiar de golpe sus sentimientos. Como sus conversaciones y charlas continuas van siempre en la dirección de sembrar este odio, además lo dejan ver mucho.
Aunque se puedan dar muchísimos otros ejemplos, quiero dar por último un ejemplo más de los círculos religiosos. Cuando aquella persona, a la que durante años, conviviendo juntos, se dirigían como hermano, con la que tenían la esperanza de compartir juntos el paraíso, dice: «Dios lo ve todo, tanto el pasado como el futuro, del mismo modo que lo ve», la organización de esa religión, diciendo «esta es una enseñanza contraria a nuestra enseñanza», la expulsa de entre ellos. Allí donde la ven, ya ni la saludan ni comen juntos con ella. Cada vez que la ven, el sentimiento que perciben hacia esa persona también se ha vuelto de pronto muy distinto.
Las cosas que hacen que la percepción de las personas hacia las cosas que ven cambie de inmediato o permanezca siempre igual son o esa sociedad, o la educación que ha recibido, o su conciencia, o su interés, o el miedo a sufrir un daño, o la ambición de obtener un provecho, o su amor, su odio, su belleza, su fealdad, y demás. Podemos enumerar tantísimos efectos. En pocas palabras, ver las cosas que se ven tal cual son es una capacidad que hay que desarrollar y que a veces parece imposible para nosotros. Sea lo que sea aquella cosa, verla así, tal cual es. No es algo fácil. Es más, la mayoría de las veces ni siquiera hay posibilidad de que veamos todo de aquello que creemos ver. Al mirar un suceso, solo lo vemos desde nuestro propio punto de vista. En el asunto entran también las diferencias de verlo por detrás, por el lado, por arriba, por abajo. Y además esas cosas tienen aspectos que no logramos percibir con los ojos pero que aun así se ven. Sí, aunque la persona no pueda verlos a simple vista, existen. Existen y existen posibilidades de ver, ya bajo microscopios, microscopios electrónicos, ya con rayos, radiografías, tomografías, o muchos otros aparatos. Aparte de los aspectos de aquella cosa que se pueden percibir hasta sus partes más pequeñas que los átomos, pero que no vemos con nuestros ojos. Estas son las que contamos como físicas. Si nos ponemos a meter en el asunto también las cosas mentales, espirituales, emocionales, ¿qué hacemos? Percibir el propósito, lo que piensa, lo que siente, las obsesiones, el amor, el odio, la disposición del corazón del que tenemos enfrente es aún más distinto. Después de meter también todo esto en el asunto —y cuando hay todavía muchísimas otras cosas que no se ven a simple vista que he pasado de largo sin enumerar—, vengan entonces a decir «yo lo he visto todo» sobre algo. En realidad, con esta palabra que llamamos «todo», estamos señalando, sin ser conscientes de ello, que no logramos rebasar los límites de nuestro propio conocimiento.
Cuando hablamos con las personas, dicen «yo no creo en lo que no veo» y, como si hubieran dicho una frase muy lógica y grande, se acomodan de nuevo tan a gusto en su asiento. Para ellos la mayor medida es ver. Como si todo el cuerpo de aquel pobre desdichado fuera solo ojo. Como si en él no hubiera nada, pero absolutamente nada, de cosas como cerebro ni capacidad de pensar, espíritu, inteligencia, lógica. ¡Como si fuera una persona creada por completo puramente de ojo! Sin embargo, tenemos tantísimos órganos sensoriales y cosas por percibir que se perciben sin ver. Dos ejemplos, los más simples: digamos una comida rica, o el mal olor de un perfume. Sin haberlos visto siquiera, los percibimos enseguida con nuestra nariz. O cualquier música que escuchamos. Incluso al hablar por teléfono, comprendemos enseguida si la persona que habla al otro lado es alguien simpático o antipático, y de nuevo lo distinguimos sin ver. Y esto es la labor del oído. Y qué decir de las diferencias de calor y frío. ¿Quién ve que hace frío o calor? ¡De dónde viene este sentimiento que hace que, en sueños, nos envolvamos con una capa más de la manta! ¿Han cerrado alguna vez los ojos para sentir el viento que viene del mar en un caluroso día de verano? Aunque no les haya ocurrido abrir los brazos de lado, en la proa del barco que zarpa, y cerrar los ojos, al menos, cuando ven a quien hace esto, comprenden más o menos lo que siente. Sin embargo, lo que da a esa persona este placer no es lo que ve con sus ojos. Nuestros sentimientos, qué decir de estos sentimientos nuestros que nos gobiernan, que nos esclavizan, que a veces también nos arrastran, nos aniquilan, o nos alegran, nos hacen desbordar de alegría. Decimos «¡amo!». Decimos «me he prendado, oye» y no sabemos qué hacer. ¿Qué son estos sentimientos? Sea quien o lo que sea lo que hemos visto, en nuestra mente ya está siempre presente. ¿Quién ve estos sentimientos nuestros que suben y bajan? ¿Acaso se ven los volcanes que estallan en nuestro interior? Tenemos la capacidad de percibir hasta el punto más pequeño de nuestro sistema nervioso, que envuelve todo nuestro cuerpo. Teniendo tanto un cuerpo físico como uno espiritual, ¿cómo se puede decir «yo no creo en lo que no veo»? Pues bien, ¡qué haríamos si todo nuestro cuerpo fuera solo ojo! Quién querría algo así. Doy estos ejemplos, quizá de un modo algo exagerado, para presentárselos a quienes dicen «yo no creo en nada más que en lo que veo». Y de nuevo, que incluso los sucesos que vemos tal cual son, que se desarrollan ante nosotros, tengan un cuadro muy distinto, y que las cosas que vemos nos engañen, es otro tema. Arriba dimos los ejemplos más simples de acróbatas y magos.
De niño, con unos 13 años, mientras caminaba por el puente de Gálata de Estambul, vi que un hombre encendía su cigarrillo con una sandía. Había reunido a su alrededor a un montón de curiosos como yo, ociosos, pobres desdichados, y a la vez que vendía aquella cosa, mostraba cómo se enciende un cigarrillo con una sandía. Que no vayan a pensar que era una estafa, un engaña-ojos o algo así. De veras, ya fuera sandía, melón, o cualquier cosa jugosa, es más, incluso escupiendo, encendió su cigarrillo. Me gustó mucho y, mientras contemplaba a aquel hombre, no me di cuenta de cuánto tiempo pasaba. Yo también compré algo de lo que él vendía. En realidad el asunto es una realidad química. Cuando ciertas mezclas se combinan con agua, muestran un efecto inflamable, eso es todo. Es más, hacía calor y, cuando mis manos empezaron a sudar, aquella cosa maldita se me calentó como si me fuera a quemar la mano. Era algo de color crema, como una pasta. Arrancas un trozo muy pequeño y lo pones en la punta del cigarrillo, o de la cosa que quieres encender. Luego, poco después de sostener sobre ello algo jugoso, aquel lugar se prende enseguida. La cosa pequeña y blanca que se coloca de antemano en el cigarrillo casi ni se ve dentro del tabaco. Ni siquiera ahora conozco el detalle de qué clase de mezcla química es. A pesar de que me gustaba la clase de química, no me llevaba nada bien con ella. Porque lo que aprendíamos por lo general se quedaba siempre en la teoría. Pues bien, el efecto inflamable de esta mezcla en contacto con el agua era algo que se ve, algo real. Pero ¿cuánta gente entiende esto y puede explicarlo? Anda, cuéntale esta realidad a alguien, pero con maestría. Di: «yo enciendo un cigarrillo con una sandía». Te mirará a la cara como a un loco. O te sonreirán pensando que bromeas. Ni estás loco ni la cosa que cuentas es una broma. En cuanto un químico oiga estas palabras, lo comprenderá enseguida y hablará contigo seriamente sobre este tema. Mientras que unos dicen «loco» y otro cree que bromeas, la diferencia entre la persona que habla contigo seriamente sobre este tema y las demás es su «conocimiento». De la persona instruida decimos: «Ella vio esta realidad, recibió su formación y por eso lo sabe». A que la persona sin ningún conocimiento y que no ha visto tal cosa acepte lo que cuenta esa persona instruida, o lo que ahora escribo yo aquí, leyéndolo tal cual, también lo llamamos creencia. En los círculos religiosos lo llaman «fe». Es creer en lo que no se ha visto. Es más, aunque lo vea, no logra explicar del todo lo que es, como yo. Todavía, como dije, no conozco la mezcla de esta pasta del todo, ni siquiera un poco. Pero esto es para mí una realidad. Ya sea que pueda explicar aquella cosa científicamente, ya sea que mi conocimiento sobre este tema sea nulo. O ya sea que ni siquiera haya visto aquella cosa. Aceptaré esta realidad creyendo en las palabras de las personas que he escuchado, que he leído. Mientras la fe se explica así, de un modo que todos comprendan, en la Sagrada Escritura la fe se describe de esta manera:
La fe es confiar en lo que se espera, estar seguro de la existencia de las cosas que no se ven. Evangelio-Hebreos 11:1
De todos modos, no tenemos necesidad de fe respecto a las cosas que se ven. En la cosa que se ve no se cree, porque de todos modos ya se ve. La fe es válida para las cosas que no se ven. Para la fe, es decir, para creer, si aquella cosa está en manos de la persona, ante sus ojos, ya no se le hace la pregunta: «¿crees en la existencia de esto?». De todos modos la ve, y ya no hay necesidad de que crea, de que tenga fe en lo que ve. El apóstol expresa una realidad más, muy clara, en el tema del ver y del comprender:
Aunque hablamos palabras de sabiduría entre los que son maduros; pero esta sabiduría no es la de esta era ni la de los gobernantes pasajeros de esta era. Hablamos de la sabiduría oculta, secreta de Dios. Ninguno de los gobernantes de esta era comprendió esta sabiduría que Dios determinó desde antes del comienzo de los tiempos para nuestra gloria. Si la hubieran comprendido, no habrían crucificado al glorioso Mesías Jesús. Como está escrito:
«Cosas que ningún ojo vio, ningún oído oyó, ni han subido al corazón de ningún hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman».
Dios nos las reveló por medio del Espíritu. El Espíritu todo lo escudriña, aun las profundidades de Dios. Porque ¿quién de entre los hombres puede conocer los pensamientos del hombre, sino el propio espíritu del hombre que está en él? De igual modo, nadie conoce los pensamientos de Dios sino el Espíritu de Dios.
Para que conozcamos lo que Dios nos ha concedido, no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que viene de Dios.
Al revelar las verdades espirituales a los que siguen al Espíritu, no lo hacemos con palabras enseñadas por la sabiduría humana, sino con palabras enseñadas por el Espíritu. La persona en su estado natural no acepta las verdades relacionadas con el Espíritu de Dios. Porque le resultan un absurdo. Y como se evalúan espiritualmente, tampoco puede comprenderlas.
La persona que sigue al Espíritu puede juzgar en todo asunto, pero no hay nadie que pueda juzgar acerca de ella. «Pues ¿quién conoció el pensamiento del Señor, para poder aconsejarle?»… Evangelio-Corintios, 1ª Carta, 2:6-16
Si se han fijado, el apóstol, con estos versículos, habla siempre de valores que no se ven, de verdades que no se ven. Y para poder comprenderlos sin verlos, llama la atención sobre que hay que poseer por fuerza el espíritu de Dios. Así es, si yo hago un plan y lo concibo en mi mente, ya lo conozco yo mismo hasta en sus más pequeños detalles. Porque yo lo diseñé y estas cosas se planearon de antemano en mi mente, en mi espíritu. Los pensamientos que hay en la mente y en el espíritu de la persona, mejor que ella misma solo puede conocerlos Dios. Lo mismo vale para Dios. Dios mismo pensó y preparó primero todos los planes relacionados con la creación de la tierra. Dijimos que toda la verdad relacionada con los pensamientos de la persona solo la conocen Dios y las personas que Él quiera. Pues bien, ¿hay quien conozca los pensamientos de Dios aparte de Él mismo? ¿No acabamos de leer ahora: «nadie conoce los pensamientos de Dios sino el Espíritu de Dios»? Quiere decir que, para conocer los dones de Dios (su gracia), es decir, todo lo que nos ha dado a la humanidad, la tierra y el plan relacionado con todas estas cosas, creamos con toda certeza que necesitamos el espíritu, que debe venir no de este mundo, sino de Dios. Igual que nuestro espíritu conoce nuestros pensamientos, el de Dios tampoco es distinto. La diferencia es que, aunque haya muchas cosas superiores a nosotros, no hay nada superior a Dios.
Los psicólogos, haciendo preguntas a las personas, durmiéndolas, haciéndolas hablar, tratan de entrar en su mundo interior. Porque estas cosas se aplican de tiempo en tiempo para que descubra algún trastorno espiritual, o ciertas verdades, que ni la propia persona conoce. Pues bien, el mundo interior de Dios, sus pensamientos, su propósito, ¿quién puede conocerlos aparte de Él mismo? De todos modos, Dios mismo dice sobre este tema lo siguiente:
«Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos», dice el Señor. «Porque como los cielos son más altos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos». (Isaías 55:8-10) Y unas tres o cinco páginas atrás en el mismo libro se escriben estas palabras:
¿Quién puso medida al Espíritu del Señor, y fue su consejero y le enseñó? ¿A quién consultó, y quién le dio entendimiento, y le enseñó en el camino de la justicia, y le enseñó conocimiento, y le mostró la senda del entendimiento? (Isaías 39:13-14) Nosotros, por supuesto, respondemos a estas preguntas con «nadie».
Junto a todas estas realidades, Dios tampoco tiene, como nosotros los humanos, una personalidad déspota, es decir, que solo da órdenes y no escucha a nadie. Él siempre ha explicado sus pensamientos, su propósito, a sus criaturas. Ha escuchado sus problemas y ha dado valor a sus pensamientos. La Sagrada Escritura y el Corán que tenemos en las manos hablan de un suceso de resurrección de la humanidad en el futuro, y después de él, de un período de mil años completos. Lo que se ha metido en la mente del pueblo como el fin del mundo, «kıyamet», que en realidad no es el fin del mundo, en árabe «kıyam etmek» significa levantarse, ponerse de pie. En el Corán esto se ha abordado en el sentido del día en que los muertos resucitarán y se pondrán de pie. En cuanto a la tierra, fue creada y modelada por Dios para que permanezca eternamente. El Corán, hablando del libro de los Salmos:
«Mis siervos justos heredarán la tierra» (sura 21, de los Profetas, versículo 105); con el libro de los Salmos (Zebur) que se menciona ahí se refiere al libro de los Salmos de la Sagrada Escritura. De veras, en aquel lugar al que se refiere se escribe exactamente así:
Los justos heredarán la tierra, y morarán en ella para siempre. Salmos 37:29.
Como dije, mientras nuestro Creador nos da información sobre el futuro relacionada con su propósito, jamás ha tenido tampoco una personalidad déspota.
En un suceso, el santo Abraham casi entabla un regateo con Dios. Antes de destruir unas ciudades que habían caído en toda clase de degeneración moral y humana, Dios le explica este propósito a Abraham. Aunque nuestro mundo actual está lleno de gentes mucho más violentas que las naciones de aquel entonces. En fin, lo que quiero contar es mostrar la personalidad de Dios y el valor que Él nos da. Aunque Él sea tan superior, cómo se interesa por nosotros, cómo da valor a nuestros pensamientos. Sí, respecto a aquellas ciudades que iban a ser destruidas, a Abraham le entra una inquietud y le dice a Dios así:
¿Destruirás también al justo con el malo? Quizá haya cincuenta justos (personas rectas) dentro de la ciudad; ¿destruirás también y no perdonarás al lugar por los cincuenta justos que estén dentro de él? Lejos de ti el hacer tal cosa, que hagas morir al justo con el malo, y que el justo sea tratado como el malo; ¡lejos de ti! El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer justicia? (Génesis 18:23-25)
Estas palabras se las dice Abraham a Dios. ¿Cómo creen que reacciona Dios ante estas palabras? Nosotros los humanos, a medida que aumentan nuestras atribuciones, nuestro poder, ¿qué actitud tomamos ante la reacción de los que están por debajo de nosotros? ¡Sobre todo si además ellos se ponen a darnos lecciones! Y además una lección tal que Abraham, en los temas relacionados con la justicia de Dios, habla como si pusiera su propia idea de la justicia por encima de la de Dios. «Lejos de ti el hacer tal cosa, que hagas morir al justo con el malo, y que el justo sea tratado como el malo; ¡lejos de ti! El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer justicia?». ¿Puede una persona decir estas palabras contra un juez sobornable e injusto del más simple pueblo? Y aunque las diga, ¿qué hace ese juez? Miren nuestro mundo, ¿qué hacen ellos? Te mete en un agujero tal del que además luego cuesta salir. ¿No hace todo lo que puede para que uno se arrepienta mil veces de haber nacido? Estas cosas se hacen cada día en nuestro mundo. Ya en las escuelas teníamos miedo de atrevernos a hacerles preguntas a nuestros maestros. Nos asustaban, y por eso teníamos miedo. Hacían todo lo que podían para que tuviéramos miedo, y por eso teníamos miedo. Esta era la escena de la escuela; y además están el militar del Estado, el policía, el gendarme, el subprefecto, el gobernador, el diputado, el ministro, el primer ministro. ¡A ver si te atreves, ve tú y habla con ellos como Abraham habló con Dios! Duda de su justicia como si les dieras lecciones. ¡Y que él te dé respuestas según tu gusto! ¿Es esto algo posible? Miren, en cambio, cómo responde Dios a esta pregunta escéptica de Abraham, es más, que casi parece una provocación:
Y dijo el Señor: «Si hallo en Sodoma cincuenta justos dentro de la ciudad, perdonaré a todo el lugar por amor a ellos».
Abraham tampoco se satisface con esta respuesta, y volviendo a abordar una y otra vez el mismo tema, va reduciendo el número de cincuenta de cinco en cinco hasta bajar a diez. Y cada vez Dios dice que «perdonará la ciudad por amor a ese número de personas». Después de este regateo que sigue bajando hasta diez personas, Abraham ya no dice nada más. Este tema aparece en el capítulo 18 del libro del Génesis de la Sagrada Escritura.
Solo este diálogo entre Abraham y Dios nos da una información tremenda sobre Dios. Algunas personas, con la información que perciben de las personalidades que poseen y de la marcha de nuestro mundo, defienden que este suceso de la Sagrada Escritura es una mentira muy absurda. Yo me he topado con muchas personas así. Según ellos, dicen «Dios no entra ni ha entrado en un diálogo tan absurdo con ningún ser humano». ¡Como si Dios fuera a rebajarse tanto! Con estas palabras creen que al mismo tiempo defienden también a Dios. La respuesta, de nuevo según ellos, es muy simple. ¡La Sagrada Escritura de todos modos ha sido alterada, y por eso hay dentro de ella tales absurdos! Y las cosas que subyacen a este absurdo son en realidad aún más interesantes. Comparándose a sí mismos con Dios, en realidad significa decir «¿por qué habría de hacer Dios lo que yo no hago y jamás haría?». Y no lo dicen por fuerza personas malas, injustas, déspotas, dictadoras; también Abraham, a quien Dios calificó llamándolo mi amigo, pensó así en cierto punto. Quizá desde un ángulo contrario al de nuestro mundo actual, es decir, Abraham, mirando el asunto desde el lado del bien, con una intención pura y limpia, pensó y también lo dijo. Aun así, en el fondo de su pensamiento surge la impresión, como si Abraham poseyera cualidades superiores a las de Dios. Por eso, unos por el bien y otros por el mal, dicen «Dios no debería hacer tal cosa y no la hace». Sin embargo, ¡¿quién es Dios y quiénes somos nosotros?!
Vamos, puesto que estos sucesos ocurrieron hace unos cuatro mil años, digamos que el conocimiento de la humanidad sobre Dios era muy escaso. El primer ser humano, Adán, también fue creado hace unos seis mil años. Es posible demostrar estos años a partir de las escrituras sagradas. No hasta el año exacto, pero tampoco como esa patraña que se nos ha enseñado, de que hace quién sabe cuántos miles de millones de años, hace quién sabe cuántos billones de años, la estructura de la cabeza de la humanidad mostraba tantos centímetros de diferencia respecto al mono. En fin, por aquel entonces el conocimiento de la humanidad sobre Dios es muy escaso. Además, Dios es de todos modos Alguien que existe desde la eternidad, y conocerlo es también algo infinito. De todos modos, jamás, nadie, podrá decir «yo conozco a Dios exactamente, lo conozco». Para decir esto tendríamos que ser superiores a Él, lo cual es algo que jamás ocurrirá. Y menos mal que es así. En tiempos de Abraham no había, como ahora, libros que llamamos Sagrados, llenos de tantas experiencias escritas sobre Dios. Ellos solo tenían un conocimiento de oídas sobre Dios. Que esto es así lo leemos también del diálogo que transcurre entre Dios y Job. Allí Job dice: «De oídas te había oído…». (Job 42:5)
Frente a la ignorancia de la humanidad sobre Dios, ¿cómo se comporta Dios? Pues bien, si nosotros los humanos estuviéramos en su lugar, ¿cómo nos comportaríamos? Bueno, aunque fuera incluso una pregunta que creyéramos que quien tenemos enfrente hace, como Abraham, con buena intención y con corazón recto, ¿cómo nos comportaríamos? ¿No le daríamos, cuando menos, un buen escarmiento a esa persona para que fuera también una gran lección para los demás? Así es, para que los otros que ven y oyen esto no vuelvan a hacernos, en otro suceso, en otro momento, una insolencia tan insensata. ¡Que aprendan quiénes somos nosotros! ¡¿Con qué derecho pueden hacer semejantes bravatas de forma tan insensata?! ¡Quiénes son ellos y quiénes somos nosotros! Y venga a hincharse. Se han hinchado a sí mismas las personas por esta causa hasta reventar. Han reventado, pero aun así no han renunciado a hincharse. Pues bien, ¿por qué Dios da respuestas tan serias y tan distintas de nuestros pensamientos, y escoge un camino así?
¿Cómo se educa a un ignorante? ¿Cuál es la mejor reacción que se muestra ante las preguntas que hace? Es más, si por su ignorancia habla incluso como acusándonos, ¿qué se hace? ¿Dicen ustedes «lo más fácil es reñir. Si hace falta, hasta se le pega. Si va más lejos, se lo tortura y se lo deja pudrir en las cárceles. Y por lo menos se lo ajusticia»? Sí, si nosotros la humanidad escogemos estos caminos, nuestro verdadero propósito no es educar, enseñar. Con estos caminos, o pensamos en nuestra propia comodidad, o, mientras tratamos de tapar un fallo nuestro y cubrir nuestra suciedad, o no logramos tragarnos tales preguntas y consejos por nuestro orgullo y nuestra soberbia. ¿Acaso se educa a una persona y se le enseña algo con este método que enumeré? Sí, en realidad esto también es un método y es posible dar tanto educación como enseñanza de esta forma. De lo contrario, ahora tendríamos que decir que «no fuimos educados de ninguna manera y no nos enseñaron nada». Y esto también sería mentira. Fuimos educados, recibimos enseñanza, pero no pudimos amar en absoluto a quienes se nos acercaron con estos métodos que enumeré. Fuimos a las escuelas con odio, aprendimos con odio, tuvimos muchos educadores a los que sentíamos odio. Ir a la escuela y el día en que terminaban las vacaciones eran como una pesadilla. Si tuvimos educadores que fueron causa de que aprendiéramos con amor, con placer, con entusiasmo —los cuales quizá eran tan pocos que ni con los dedos podríamos contarlos—, a esos educadores, a esos maestros, en cambio, los amamos, y además de corazón. Sus métodos de educación y enseñanza eran distintos. No sé si ellos también aprendieron este método de Dios. De todos modos, como en muchas cosas, en realidad Dios creó bueno al ser humano. De dentro de esa bondad, ya escogemos nosotros qué haremos. Y quien escoge lo bueno, aunque muy poco, lo hay. Dijimos «amor», pues bien, ¿quién le da valor a esto? Es seguro que Dios le da valor. En el fondo de todo lo que se quiere que sea eterno yace el amor. Y Dios, mirando no aquellas cosas del momento, sino la eternidad, se interesa por nosotros, nos ama, porque somos obra de su mano. Por eso no ve con malos ojos la pregunta curiosa y torpe de Abraham. Pues bien, de todo esto, ¿aprendió Abraham algo sobre Dios y lo amó? ¡Y de qué manera! Lo amó tanto que, solo porque Dios lo quería, emigró a ciudades a miles de kilómetros de distancia que no conocía, que no sabía. De nuevo Abraham, que sentía la angustia de la muerte de personas rectas que no conocía en absoluto y entabló un regateo con Dios, cuando llegó el día en que Dios le dijo «sacrifícame a tu hijo», ni hizo pregunta alguna ni miró esta petición con recelo. Tomó a su hijo y, justo cuando iba a sacrificarlo, Dios impidió esta situación. Las preguntas que hizo Abraham en realidad eran muy acertadas. Los ejemplos de estos dos sucesos deben bastarnos para comprender que Abraham no era un tipo que fuera a creer casi cualquier cosa, sino que se esforzaba por investigar y conocer a quien tenía enfrente. Como dije, para los lectores que no piensan a fondo y no prestan atención, en un punto Abraham puede parecer un sabelotodo, un insensato; mientras que en otro punto puede caer incluso en una situación como la de un necio que obedece ciegamente. En realidad Abraham no es ninguno de estos dos tipos. Es una persona con una curiosidad sana, un buen carácter, una personalidad capaz de decir sin miedo su propia idea y defenderla; y, sobre todo, es una persona llena de amor.
En este ejemplo con Abraham, si Dios lo hubiera reñido allí mismo de inmediato, hubiera descargado su ira sobre él, se hubiera puesto furioso, y años, siglos después nosotros leyéramos estas cosas, ¿qué disposición de corazón tendríamos hacia Dios? Además, ¿cuáles serían los sentimientos de Abraham hacia un Dios así? ¿Amaría, aun así, tanto a Dios? De todos modos, quienes afirman ser los representantes de Dios en la tierra, ¿acaso no nos lo presentaron como un coco? O nos lo presentaron como un coco, o hablaron de un amor sin sentido. Vinieron con explicaciones de amor tan vacías, sin sentido, y con las mismas repeticiones, que esta vez vomitamos de la cosa que llaman amor. Si dejamos a un lado el interés, el miedo, el provecho y las lealtades que las personas de las religiones tienen unas con otras, ¿cuántas personas irán a esas organizaciones solo porque aman a Dios? ¡Un sentimiento así no existe en los educadores de allí como para que se lo den a sus miembros! Y a quien presentan es a alguien a quien tratan de asemejar a sí mismos, pero no es el Dios verdadero mismo.
Junto a esto, ¿acaso Dios no mostró nunca violencia? ¿Acaso no se enfureció nunca? ¿Acaso no descargó por completo su ira sobre aquellas naciones enteras? Sí, y menos mal que lo hizo así. Esto también se debió de nuevo a su justicia y a su amor. Porque si hubiera callado por completo... que este es también uno de los mayores problemas de las personas que no creen en Dios. Según ellos, si Dios existe, ¿por qué permite cosas como todas las injusticias, hambrunas, guerras, suciedad, enfermedades, muertes súbitas y dolores, asesinatos, odio, etc. que hay en toda la tierra? A causa de la respuesta que no encuentran a esta pregunta, hay miles de millones de personas que han perdido su fe en Dios. Sin embargo, Dios permite tantísimas cosas. Si de tiempo en tiempo Dios intervino, como en los ejemplos de Abraham, de Moisés, de Job y de tantos otros profetas, si arrancó de raíz y destruyó a aquellas naciones, con tales ejemplos que dio, aunque fuera a pequeña escala, Dios fortaleció nuestra fe. Mostró que odia todas estas cosas. También, aunque fueran pocos en número, han vivido personas buenas en la tierra. Y mostró que le agradan las buenas obras que ellas hicieron. Estos libros que hizo poner por escrito por medio de sus profetas nos ayudaron a conocer a Dios mismo. Aunque muy poco, pero con un conocimiento que nos basta y nos sobra, Dios se dio a conocer a la humanidad. Y esta labor de conocer y darse a conocer, como dije, es infinita. Si Dios nos permite continuar nuestra existencia por la eternidad, no tengamos duda de que nosotros también conoceremos muchos aspectos suyos, antiguos y nuevos.
Hasta ahora, en relación con este tema, no he hablado en absoluto de ver. Aunque dentro de los sucesos que he mencionado haya tocado la existencia de nuestros otros órganos sensoriales, ¿acaso he hablado de ver?
La conversación de Abraham con Dios. Aunque, por cierto, en este ejemplo que di, Abraham habla con un ángel en forma humana. Que en aquellos versículos se hable de Dios, o del Señor, se debe a que aquel ángel es el representante de Dios. Igual que el Estado envía a su soldado, a su policía, a su ministro, o el dueño de un negocio envía como representantes a las personas que escoge, también Dios ha comisionado a sus propios ángeles, y además muchas veces. Por eso Abraham, al hablar con aquel ángel que vio ante sí, gracias a la comodidad y la libertad que este le dio, pudo decir abiertamente su opinión. Esta es una realidad que se le escapará enseguida a quienes lo leen por primera vez. En cambio, cuando se lee con atención, allí se trata de tres personajes. (Génesis 18:1-2) Dos de ellos van a las ciudades de Sodoma y Gomorra. El personaje del que, respecto a Abraham, se dice «estaba de pie delante del Señor» es aquel tercer personaje, un ángel en forma humana que se ve con el ojo. (Génesis 18:22 y 19:1) Qué ángel era, no es posible decir nada con certeza. No sabemos si era Miguel, Gabriel u otro ángel. Si hay algo cierto, es que había un ángel comisionado que representaba a Dios. De lo contrario, el personaje que vio Abraham no era el Dios verdadero. Un ejemplo similar aparece en el suceso de Job. En el tema de Job que mencioné arriba, en realidad Job le dice a Dios:
«De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven». (Job 42:5)
Es seguro que con esta expresión no se refiere a los ojos literales. Porque Dios habla con Job desde dentro de la tormenta. No mostrando una figura o una forma. (Job 38:1) Que Job diga al final de esta conversación «Mis ojos te vieron» es muy acertado. Sobre la aparición del Dios verdadero y su forma daré cabida, en la medida de lo posible, en los temas posteriores. Porque a esta curiosidad que hay dentro de la humanidad Dios también le ha dado respuestas. Pero en estos sucesos que cuento, aquellas personas, en su relación con Dios, perciben a Dios usando también sus oídos, uno de los cinco sentidos. Por cierto, aunque hubieran sido sordos, esta vez Dios habría hablado a sus mentes.
Una cosa se percibe con el ojo, y también se percibe con el oído. Se dice que las personas tienen cinco órganos de percepción de este tipo. Ojo, oído, lengua, nariz, piel. Entre los enumerados, la cosa llamada espíritu, por alguna razón, no está. Sin embargo, usando todos estos órganos sensoriales nuestros nos dirigimos a nuestro espíritu. Sea en sentido bueno o malo, con ellos se ve influido nuestro espíritu. La biología no toca en absoluto este tema, porque el «espíritu» no es un órgano nuestro. ¡Ellos han dividido a los seres vivos en dos: plantas y animales! ¡El tema del ser humano se trata bajo la categoría de animal! Es decir, nosotros los humanos, según la ciencia biológica, somos una especie de animal. Miren, mientras que en el don que la ciencia biológica da a los animales existe el sexto sentido, al ser humano ni siquiera esto se le ha dado. Las verdaderas realidades, en cambio, son que el espíritu del ser humano es lo más valioso, aparte de estos cinco sentidos que poseemos. Nuestra tristeza, nuestra alegría, nuestro placer, los sentimientos de comodidad o incomodidad en nuestro interior, no dependen por fuerza ni de lo que vemos, ni de lo que oímos, ni de lo que saboreamos, ni de lo que tocamos y olemos. Mientras por medio de estos se ve influido nuestro espíritu, a veces nuestro espíritu se ve influido también sin ningún efecto de estos. Sin embargo, aunque el mundo dé importancia a la ciencia del espíritu, cómo es que pueden decir que en el ser humano solo hay cinco sentidos, créanme que no lo logro comprender. No hay error en las palabras, de veras se habla de cinco órganos, pero no cuentan en absoluto al espíritu como el sentido de percepción más importante. En mi opinión, esto se debe de nuevo a la insensatez de las personas y a que el pueblo está muy atrasado en este tema. Los gobernantes ponen además mucho esmero en que ellos permanezcan tan atrasados en estos temas.
Las de toda clase de experimentos sin límite sobre seres humanos, por lo general, se han hecho siempre durante las guerras. El acto de tomar y dar sangre, que hoy conocemos como lo más simple y que significa la vida, y el conocimiento sobre este tema, se materializan sobre todo en la primera guerra mundial. Ni siquiera entonces conocen la existencia del grupo sanguíneo. Solo con el descubrimiento de los grupos sanguíneos en el ser humano por el científico austríaco Karl Landsteiner en la década de 1920 se registra un gran avance en este tema. Hasta entonces se da sangre, pero al azar. Si el hombre muere, que descanse en paz su alma; si vive, los médicos se alegran diciendo que lo salvaron nosotros, y sobre todo se enorgullecen. Empiezan a advertir el primer factor sanguíneo (Rh) en la década de 1940. Incluso entonces, oímos, vimos y vivimos en los años posteriores que en el tema de la sangre no se conocían todavía muchas cosas, y que por eso se cometían muchos errores.
En la Alemania de Hitler, con los experimentos que hicieron en materia de medicina sobre los judíos y sobre quienes se oponían a ellos, han salido a la luz muchos conocimientos nuevos y desconocidos. Aunque investigaron estos conocimientos en gran medida para lograr el éxito en la guerra, entretanto también demostraron que, por causa de esta libertad que cayó en manos de los médicos, la mayoría hacía experimentos como los de Frankenstein. Por cierto, aunque esta situación de experimentar sea algo que los médicos aplican siempre, en todo momento, pues bien, en aquellas guerras se probaron en ellos las cosas más inauditas, poniéndolos en el lugar de conejillos de indias. Y en quienes se probaba eran, según los alemanes, personas de las naciones, razas, grupos siempre malqueridos de aquel entonces. Por eso todavía no querría en absoluto caer en manos de los médicos alemanes. No los quiero ni los deseo, no por ser alemanes, sino porque la mayoría todavía tiene la misma cabeza. Aunque no experimente contigo, te pone en la operación al médico más torpe, más descabezado. Porque nosotros, como turcos, ahora somos los más despreciables a sus ojos. Además, como se presenta a los jubilados, los desempleados, los ancianos y los extranjeros como una carga tremenda para ellos, hacen todo lo que pueden por matarlos en sus hospitales. Los médicos y los curas son las personas en las que más confía el pueblo. El Estado, usando a estas personas, hace y hace hacer sus trabajos más sucios por medio de ellos. De nuevo, los alemanes que yo conozco son los número uno en este tema. De todos modos, quien lea el libro de Hitler titulado «Mi lucha» reconocerá también a esas personas por sus frutos. En todo el país, se ha puesto de gobernantes a las personas con esa cabeza. No sé de todos, pero mis experiencias, lo que he visto, lo que he oído, personalmente fueron siempre así. Al que entiende, un laúd; al que no entiende, poco es el tambor y la zurna. Nuestro médico de familia, muy caballero y de confianza, también era alemán, y cuando se jubiló me entristecí mucho. También había, uno en un millón, algunos así, de los de antaño. Ahora, en cambio, ni siquiera dan una oportunidad de vida a un médico recto que se resiste y no se pega a esa red repugnante que ellos mismos han tejido.
Por ejemplo, en aquella Alemania de Hitler despellejan toda la piel de un niño de unos 6 años. Y observan qué reacción mostrará el cuerpo. Al hombre le extraen el cráneo, como en la película «Hannibal», y en el hombre vivo, que sigue viviendo, con el cerebro visible al descubierto hacia fuera por arriba, hacen experimentos durante días. Aquellos pobres desdichados creen además que están enfermos y piensan que los médicos los ayudan. También por entonces, en los experimentos que hacían para ver qué le ocurriría al ser humano a muy alta presión, o cuánta presión podía soportar, aumentaban la presión poco a poco hasta que a aquellas personas les salía sangre por la boca y la nariz y sus pulmones quedaban hechos pedazos. Aquellas personas eran por lo general judíos. Y todos los informes de estos experimentos y hallazgos los buscan afanosamente los estadounidenses y los rusos cuando llegan. La técnica que los alemanes usaron en la guerra y la técnica de misiles actual, que todavía no existía en América ni en Rusia, la materializan más adelante desarrollándola a partir del invento de los alemanes. Que tanto los rusos como los estadounidenses avanzaran tanto en técnica de guerra se debió también en gran medida a la información obtenida de los alemanes, que salieron derrotados de la segunda guerra mundial. En materia de medicina y en materia de la ciencia del espíritu la situación es la misma. El régimen de Hitler no fue un régimen que durara uno o dos años. En esta dictadura que duró muchos años, los médicos y los médicos del alma realizaron y materializaron, con la orden y la autorización que recibieron del Estado, experimentos que ni en sus fantasías podrían ver.
Desde la Edad Media hasta mediados del siglo veinte, a las personas llamadas enfermos del alma, dicen que o las quemaban, o las golpeaban y torturaban. A tales personas les hicieron padecer dolores corporales durante días, durante años. Aplicaron muchos métodos absurdos. Por alguna razón, la humanidad, seguramente por no interesarse por las cosas que no se ven, se comportó de forma muy descabezada. Prefirió por fuerza andar enredada con las cosas que se ven, más que con las cosas que no se ven. Pues bien, ¿acaso no habló nunca de las cosas que no se ven? ¡Cómo no habría de hacerlo! ¡Y de qué manera! ¿Qué creen que son las cosas de las que hablan aquellas religiones, aquellos hechiceros, incontables en todo el mundo? El conocimiento de aquellas religiones sobre estas cosas que no se ven ha quedado, por lo general, muy ignorante, igual que en el tema del espíritu del ser humano. Y a la verdad, o la quemaron, o se esforzaron mucho por aniquilar esa verdad. En cambio, exaltaron tanto la mentira que, para hacerla aceptar, con todo su empeño, con sus látigos, con torturas, con la guillotina, con amenazas y con muchos otros caminos repugnantes y feos inimaginables, hicieron creer en ella a la gente. En realidad nadie creía en nada, sino que, por estos caminos, aquellos hombres lograron asegurar su propia comodidad, satisfacer sus sentimientos perversos y permanecer en el dominio. Mientras no se perturbara su comodidad, mientras no tuvieran miedo de un peligro, en qué creía nadie no les interesaba en absoluto. Sus áreas de interés estuvieron siempre en su propio provecho. Por mucho que padecieran y se esforzaran, sus propósitos fueron siempre preparar un sitio para sus propios traseros, hacer carrera y satisfacer sus ambiciones egoístas.
El nombre pionero más famoso en la ciencia del espíritu es Sigmund Freud. Un investigador de la ciencia del espíritu que vivió desde finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX. En tiempos de los nazis, por ser judío, huye de Austria, donde vivía, y se refugia en Inglaterra. Un año después muere de cáncer. Sin embargo, con las tesis que él planteó, también empiezan a cambiar los métodos de tratamiento que se hacían a los enfermos del alma. Es decir, en el mundo de la humanidad, hasta un tiempo muy reciente, tuvimos en este tema conocimientos y prácticas escandalosos. En cuanto al espíritu, dejando a un lado el esforzarse sobre los demás, las personas ni siquiera quisieron comprender y conocer su propio espíritu. Trataron siempre de reprimir sus propias necesidades espirituales como si las aniquilaran. Aunque hablemos de una cosa que no se ve, con el tiempo los efectos de estas presiones, de esta indiferencia, de este hambre hacia nuestro espíritu empezaron a manifestarse de forma visible en nuestro cuerpo, en nuestros trabajos, en nuestros comportamientos. En pocas palabras, por más que se niegue, el efecto de las cosas que no se ven empezó a verse.
En el método de psicoanálisis que desarrolló Sigmund Freud, se vio que hablar con los enfermos del alma y conversar con ellos daba mejores resultados. Se trató de entrar en el mundo interior del paciente, en su subconsciente. A esto se lo llama también tratamiento de la «escucha». ¿Cuándo dijimos que Freud se dio cuenta de estas cosas? Hace casi 60 u 80 años. Sin embargo, si las personas hubieran mirado el método que Dios aplicó hace miles de años, si hubieran tomado ejemplos de aquellos sucesos, no habría hecho falta que estuviéramos tan atrasados. Aquel suceso que transcurre entre Abraham y Dios, si hubiera transcurrido en la Edad Media, e incluso en nuestros días, entre Abraham y un católico devoto, quién sabe qué torturas le habrían hecho a Abraham. Según ellos, para sacar de él aquel mal espíritu que poseía Abraham, quién sabe qué órganos suyos le habrían agujereado. Durante estas torturas y después, ¿podría Abraham dar de nuevo los frutos del mismo espíritu? Esa misma persona, además viviendo en un tiempo de hace miles de años, al tener enfrente a Dios, mostró reacciones completamente distintas. Se volvió más lleno de amor y empezó a creer más. Su creer, no en el sentido de ver o no ver; porque en la relación de Abraham con Dios no había un problema así. Lo que yo quiero decir con creer es en el sentido de confiar, no en el sentido de ver. Yo veo a mucha gente ante mí, pero no hay una regla de que vaya a confiar en todos ellos. Y una regla de que toda cosa que se ve es fiable no existe en absoluto. En pocas palabras, el sentimiento de confianza no tiene por fuerza relación con el ver. Si Abraham hubiera vivido junto con los devotos descabezados de la Edad Media y de nuestra época, siendo esa persona inteligente, en su convivencia con ellos se habría topado con cosas que le harían perder la cabeza. La misma persona, en cambio, en el ejemplo de su relación con Dios, muestra características que dejan renombre miles de años después. Abraham habla con Dios, sea de forma inteligente o insensata; pero de quien tiene enfrente recibe respuestas lógicas, tranquilizadoras, serenas, rectas. ¿Podría Abraham ser amigo de Dios asustándolo, con amenazas, a patadas y golpes, con torturas, con reprimendas? ¿Amaría Abraham a un Dios que fuera así?
El Corán habla de un suceso que no está escrito en la Sagrada Escritura. Es un tema relacionado con la resurrección, acerca de la fe de Abraham en Dios. En el versículo 260 de la sura de la Vaca este suceso se escribe así:
Y cuando Abraham dijo: «Señor mío, muéstrame cómo resucitas a los muertos». Dios dijo: «¿Es que no crees?». Dijo: «Sí, pero es para que mi corazón se tranquilice del todo». Dios dijo: «Toma cuatro aves y hazlas a ti. Luego, (despedazándolas) mezcla cada pedazo suyo y déjalo sobre un monte. Luego llámalas. Vendrán a ti volando». Sabe que Dios tiene poder sobre todas las cosas y es dueño de la sabiduría. (Traducción de Osman Nebioğlu, la Vaca, 2:260)
Como vemos en este suceso, está claro que Abraham tenía un problema. Le abre este problema suyo directamente a Dios. Sin seguir ningún montón de caminos ocultos, de intrigas, taimados, dice su problema directamente, tal cual. Y Dios le dirige una pregunta: «¿Es que no crees?». La pregunta en realidad es muy acertada. No sabemos cuándo surgió este problema como para que Abraham hiciera una pregunta así. Pero es seguro que fue antes del intento de sacrificar a su hijo. A pesar de que Abraham había visto de forma probada, en muchos temas, que Dios era digno de crédito y de confianza, en este tema está claro que había dentro de él algo incompleto. Lógicamente, Abraham ya había visto de parte de Dios tantas razones como para no poder decirle: «No tengo razones para creerte». Pero la lógica de Abraham es una cosa; su espíritu, es decir, sus sentimientos, a los que simbólicamente llama mi corazón, son otra cosa completamente distinta. Y esto Abraham tampoco lo oculta y lo dice abiertamente. Pues bien, ¿cómo le responde de nuevo Dios? ¿Cómo resuelve de raíz este problema suyo?
Que dijera: «Toma cuatro aves y hazlas a ti. Luego, (despedazándolas) mezcla cada pedazo suyo y déjalo sobre un monte. Luego llámalas. Vendrán a ti volando», quién sabe qué suceso tan lleno de entusiasmo sería para Abraham. ¿Pueden imaginarlo? La respuesta a la pregunta que se hizo requiere en realidad mucho tiempo y esfuerzo. Y al decir mucho tiempo, tampoco tanto como para que pasen siglos. Sino encontrar aves pequeñas, criarlas y hacerlas a sí mismo. Y hacerlas de tal modo que, cuando las llame, vengan volando hacia su voz. Estas cosas, sin duda, para las personas de aquel entonces tampoco eran un problema tan grande. Ellos sabían bien qué clase de relación debían tener con los animales. Porque estaban de continuo enredados con ellos. Lo importante: ¿pueden imaginar la emoción y los sentimientos que le daría a Abraham, después de este suceso, encontrar las aves, tomarlas y criarlas, y hacerlas a sí mismo? Después de haber hecho experimentos suficientes como para estar bien seguro de que se habían hecho a él —y el que cada animal se acostumbre a esto lleva también tiempos distintos, y estando seguro de todos ellos—, que llegara también el día en que diría «ya puedo hacer lo que Dios dijo». Quién sabe en qué sentimientos estaba Abraham mientras ponía uno a uno, por separado, los pedazos de aquellas aves sobre los montes. Y lo más asombroso de todo es que aquellas aves muertas y despedazadas, con el llamamiento de Abraham, como si no hubiera ocurrido nada, vuelen de nuevo hacia él llenas de vida. ¿Pueden imaginar el entusiasmo de una respuesta así que recibió aquella persona a la pregunta que le hizo a Dios por causa de su duda?
En el Evangelio, al hablar del grupo de los creyentes, miren lo que dice acerca de Abraham en relación con este tema:
Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las promesas ofrecía a su unigénito, aquel de quien se le había dicho: «En Isaac te será llamada descendencia», considerando que Dios es poderoso para levantar (resucitar) aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también le volvió a recibir. (Evangelio-Hebreos 11:17-19)
Quiere decir que el que Abraham viera las pruebas que vencerían todas las dudas de su interior muestra también que él mismo suplicó acerca de estas cosas, hizo algo. Si Abraham no hubiera afrontado las dudas de su interior, si las hubiera ocultado dentro de sí, Dios no le habría dicho: «Vamos, Abraham, no lo ocultes dentro de ti, cuéntamelo, mira que yo ya veo lo que pasa por tu corazón». Que él tenía un problema así, Dios ya lo sabía antes incluso de que el propio Abraham conociera ese problema. Además, Dios da mucho valor a nuestra actitud y a nuestro comportamiento. Al mismo tiempo, puesto que es parte de la buena educación que Él da, debemos ser francos con Él. En el libro de la Sagrada Escritura llamado Proverbios de Salomón, o en la nueva traducción turca Máximas de Salomón, miren lo que dice sobre este tema:
El que encubre sus faltas no prosperará (no tendrá éxito); pero el que las confiesa y las abandona alcanzará misericordia. (Proverbios de Salomón 28:13)
Abraham, en su relación con Dios, se interesaba por Él tan de corazón, sin dejar lugar a ninguna duda, que se mantenía de continuo ocupado en su mente con preguntas y respuestas. No ocultó dentro de sí tales preguntas como si fueran una falta. ¿Cuántas personas creen que viven hoy con esta disposición de corazón? En mi opinión son tremendamente pocas. Después de todo esto, ya sin hacer ninguna pregunta, si Dios lo había dicho, Abraham no escatimaba ni a su hijo, e incluso podía emprender la locura de sacrificarlo. Y en efecto la emprendió, y con esto Dios dio un mensaje tanto a él como a toda la humanidad. De lo contrario, Dios, con las leyes que dio, no quiso ni aceptó que se matara a las personas como sacrificio. Al contrario, en la historia ha mirado con odio a las sociedades paganas que hacían esto.
Las personas que leen todo esto pueden pasar por su interior: «Si Dios se interesara por nosotros como se interesó por Abraham, sin duda también nosotros seríamos distintos». Sí, de veras, la relación de Dios con Abraham puede parecer, en apariencia, como si a Abraham se le diera un privilegio, como si se le hiciera un favor. Yo, aun así, digo que no pasen por su mente tales cosas. Porque, créanme, no aguardan en cada esquina personas que puedan mostrar el amor de aquel hombre hacia Dios y la obediencia y lealtad que mostró por esa causa. De esto pueden estar seguros. Pero esto, de nuevo, tampoco significa decir «nosotros jamás podremos ser como Abraham». Si Abraham fuera alguien imposible, del que no se puede tomar ejemplo, Dios tampoco lo mostraría para que nosotros la humanidad tomáramos lección. Además, ¿acaso solo Abraham? Cuántas personas han venido y pasado, y de entre estas cuántas personas leemos, de las palabras que Dios hizo poner por escrito por medio de sus profetas, que muchas eran conforme al corazón de Dios. Que aquellos escritos no se escribieran en vano, que preserven su existencia durante siglos para que sean ejemplo para nosotros la humanidad, es la voluntad de Dios. En la parte de Corintios del Evangelio se escribe así sobre este tema:
Estas cosas ocurrían como ejemplo, y se escribieron para amonestación de nosotros, que hemos alcanzado el fin de las eras. (1 Corintios 10:11)
Quiere decir que si todos estos escritos se escribieron para que fueran ejemplo y amonestación para la humanidad, ¿no habrían de ser aplicables los ejemplos que se dan? Si los escritos estuvieran llenos de ejemplos imposibles, tan difíciles que no se pueden hacer para nosotros los humanos, ¿de qué provecho serían para nosotros? Si yo jamás voy a poder hacer aquella cosa, si no me es posible mostrar jamás aquella fe, aquel amor, aquella lealtad, aquella caballerosidad, tendríamos que decir «estos libros también se escribieron en vano, y Dios no sabe lo que quiere». Miren, dos versículos después del versículo que acabo de escribir, qué promesa hace Dios a las personas:
No os ha sobrevenido ninguna prueba que no sea humana; pero fiel es Dios, que no permitirá que seáis probados más allá de vuestro poder (vuestra fuerza); sino que con la prueba dará también la salida, para que podáis soportar. (1 Corintios 10:13)
¿Dicen estos versículos que es imposible hacer las cosas que se esperan de nosotros, o justamente lo contrario?
Si nos ponemos a leer solo la Sagrada Escritura, podría sacarse la impresión de que el primer lugar donde vivió Abraham fue la ciudad de Ur, y que de allí partieron y fueron a Harán como por deseo de su padre (Téraj). Porque allí se escribe claramente así:
Téraj tomó consigo a Abram, su hijo (Abraham), y a Lot, hijo de Harán, su nieto, y a Sarai, su nuera, la mujer de su hijo Abram, y salió con ellos de Ur de los caldeos para ir a la tierra de Canaán; y llegaron a Harán, y habitaron allí. Y fueron los días de Téraj doscientos cinco años; y murió Téraj en Harán. (Génesis 11:31-32)
Cuando leemos los versículos posteriores a este suceso, también podría sacarse la impresión de que Dios, como sin que ocurriera nada, así de repente, le dice a Abraham que salga de allí; por supuesto, si leemos solo la Sagrada Escritura. El Corán toca también el trasfondo de estos temas. Mientras vivían en la ciudad de Ur, aquella ciudad empieza ya a volvérseles peligrosa e inconveniente. Y la razón de que todo esto ocurra es también que Abraham se opone a los ídolos que la gente de aquella ciudad adora. Lo interesante del asunto es que el padre de Abraham también era, según las costumbres de aquella nación, alguien que adoraba ídolos. Es decir, el padre de Abraham no aprueba en absoluto la fe de Abraham en Dios ni sus comportamientos en esa dirección. Nosotros empezamos a conocer a Abraham en la Sagrada Escritura después de su vejez. Sin embargo, cuando ocurrían estas cosas, Abraham era un mozo joven. A pesar de que el Corán habla de Abraham repetidas veces, yo quiero llamar la atención sobre el aspecto relacionado con este tema que no está escrito en la Sagrada Escritura. Este tema, escrito en la sura de los Profetas, es decir, la sura 21, comienza en el versículo 51. Al hacer Abraham pedazos los ídolos, que eran la creencia de aquella sociedad, el pueblo se subleva y se dispone a quemar a Abraham en el fuego. Más exactamente, lo queman. (los Profetas, 21:68-69; la Araña, 29:24; los en Fila, 37:83-98) Dios, en cambio, vuelve el fuego ineficaz sobre él. Después de estos sucesos, la vida de Abraham y la de algunos parientes que se pusieron de su lado debieron de correr peligro allí, de modo que sus padres, aunque no quisieran, obligadamente salen junto con ellos de aquel lugar y van a la ciudad de Harán. Que su padre le amargara de continuo la vida a Abraham en este asunto podemos suponerlo, y aparece tanto suficientemente en el Corán como, aunque poco, en la Sagrada Escritura. (Josué 24:2)
Cuando abren todos estos sucesos y los leen de donde están, y se ponen a sí mismos dentro de aquellos sucesos, verán también que Abraham todavía no había hablado ni una sola palabra con Dios, es más, que casi no sabía nada acerca de Dios. Abraham, en su juventud, solo usando su razón, mantiene con las personas de aquella ciudad en que vivía la discusión de que unos ídolos de madera hechos con la mano no pueden ser un creador y un Dios.
Toda persona tiene capacidad de pensar. Y esta capacidad cada persona la usa en direcciones distintas. El ser humano no es una criatura tonta, simple, sin valor. Sin duda, junto a muchos efectos, dominar nuestros pensamientos y escoger los temas con los que los ocuparemos está, de nuevo, en nuestras manos. Tampoco esperemos que una persona no ejercitada en este tema, que no se ha disciplinado a sí misma, domine enseguida sus pensamientos, su mente. Es más, la persona que pueda mantener por completo bajo control sus pensamientos y su mente tal cual no vive en la tierra, por causa de que somos pecadores, y esto es otra realidad aparte. A pesar de todo esto, las cosas que ocupaban la mente de Abraham eran, por lo general, investigar la existencia de Dios. Y para que hiciera esto nadie lo obligó. Al contrario, lo obligaron a que no lo hiciera y, yendo más lejos, lo quemaron. Solo con el milagro de Dios pudo Abraham librarse de aquel fuego. ¿Quién de nosotros, oponiéndonos a los demás por advertir su descabezamiento respecto a algo que ni siquiera conocemos exactamente, defendiendo a un Dios que no conocemos, ponemos en peligro nuestra vida? Las personas se mueren de miedo de oponerse a las reglas que ponen las sociedades. Y a las personas que no aplican esas reglas les ejercen las presiones que pueden. Los países más civilizados, que hablan de libertad, de democracia, de derechos humanos, no toleran ni siquiera el pañuelo en la cabeza. Yo ni defiendo el pañuelo ni estoy en contra de él. Si, frente a que un testigo de Jehová llame a la puerta de todos diciendo «tu religión es falsa, la mía es verdadera», aquellos Estados pueden decir «debemos aceptar esta organización como una religión», si les dan esta libertad —y ¿solo a ellos?, si los monjes y las monjas de las religiones católica, protestante, con un pasado lleno de vergüenza y de repugnancias, con sus atuendos especiales, gozan de tolerancia o de simpatía—, ¿por qué no habría de gozar de ella la religión de quien lleva el pañuelo en la cabeza? Ni el pasado de esa religión de quien lleva pañuelo es más limpio que el de ellos, ni más sucio. ¿No ve como peligro la religión que hay dentro de sí, y es peligrosa esa religión de quien lleva pañuelo? Sin embargo, sus propias religiones, en la historia y ahora, han oprimido a las personas durante miles de años, han chupado su sangre. ¿O es que conocen esta verdad y dicen «los nuestros ya nos bastan, ¿vamos a meter además dentro de nosotros nuevos venidos de fuera?»? Cuando la libertad se usa de forma parcial, su nombre no es libertad. Si la vas a dar, o se la das a todos, o no se la das a nadie. Pero cuando empiezas a decir «tu religión es falsa, la mía es verdadera», esto no será correcto ni desde el punto de vista de la justicia ni desde el punto de vista del derecho que han vuelto ridículo. Si se la das a otro, estás obligado a dársela también a él. Por cierto, en nuestro mundo hablar de justicia y de libertad resulta como un cuento. Y yo por ahora tampoco tengo la intención de escribir un libro de cuentos.
En este suceso sobre Abraham que tomé arriba del Corán, los cristianos no creen. Porque dicen que no aparece en su libro y por eso encuentran este tema muy absurdo. ¡¿Dios va a salvar del fuego a una persona?! Se burlan diciendo: «Vaya absurdo». Sin embargo, el que en el libro de Daniel que tienen en las manos, ante el hecho de que los tres jóvenes dijeran «nosotros no adoraremos la estatua que has erigido», el rey que hacía el papel de dueño del mundo de aquel entonces los hiciera arrojar al horno, y que a aquellos tres del horno no les pasara nada, que Dios enviara a su ángel y los salvara del fuego, lo aceptan tal cual. (Daniel, capítulo 3) En sus iglesias, en sus congregaciones, han hecho muchas exhortaciones y han dado sermones sobre la fe respecto a este suceso. Mientras que cuando aparece en la Sagrada Escritura el Dios que hace esto parece muy normal, ¡cuando está escrito en el Corán, aquel Dios, a sus ojos, ha hecho un absurdo tremendo! ¡Y lo más importante, cómo va a ser que un suceso tan importante relacionado con Abraham no aparezca en su libro y sí aparezca en este Corán! Por razones como estas, se le ha metido en la cabeza al cristianismo el Corán como «un libro lleno de absurdos». ¡Y las razones de los absurdos son estas!
Hasta ahora había hablado de nuestros órganos de la vista. Había dicho que de tiempo en tiempo podemos caer incluso en un gran engaño con las cosas que vemos ante nuestros propios ojos. Vengamos al tema del oír, ¿acaso cómo estamos en este tema? Del ejemplo que acabo de dar, ¿no se ve claramente cuán insensatos somos? Oímos las mismas cosas, creemos o no creemos. A pesar de que no hay prueba alguna que exija que creamos o no creamos, lo hacemos mirando solo las etiquetas. Quién dice qué bajo qué etiqueta, precisamente estas son las cosas a las que más importancia damos nosotros la humanidad. Las naciones de tiempos de Abraham también dieron importancia a estas cosas. Abraham, en cambio, dicen que no era partidario de venderse como ellos. Abraham era alguien dispuesto a caminar por el camino en que creía, aunque estuviera solo. Él jamás dijo cosas como, respecto a su nación, «cuidado, que no se rompa la unidad, conservemos nuestras costumbres, pase lo que pase integrémonos en el orden de la sociedad». Por eso también se dispusieron a quemarlo. Por alguna razón, este acto de quemar a la gente se ve en la historia sobre todo en las sociedades cristianas. Los otros también han hecho cuántas cosas, pero el acto de quemar viva a la gente, igual que las sociedades paganas de tiempos de Abraham, también este cristianismo lo ha querido mucho. Y ahora, con el modelo de la integración, los alemanes están frente a nosotros quemando a los turcos. Y como la señora Merkel, la primera ministra alemana, es también la hija de un pastor de iglesia, decimos que, según la educación que recibió, es normal. Los otomanos, en cambio, ante que Çelebi volara (1623-1640), dijeron «vaya, ¿cómo vas a volar tú?, esto que has hecho es obra del diablo», pero no lo quemaron. ¡Le cortaron la cabeza! No sé cuál es más misericordioso, pero seguramente, en mi opinión, ¡la leña del otomano era más valiosa! No usaron su leña para quemar personas. ¡Ellos no anduvieron perdiendo el tiempo en vano con ramaje, con leña y demás! A pesar de que nosotros aprendemos desde la niñez que a Çelebi le cortaron la cabeza, en nuestra época, en lugar de esta verdad, también han cambiado la historia con «Çelebi fue desterrado a Argel». Espero que de veras haya sido así. Pues bien, cuando un hombre así fue a Argel, ¿por qué renunció a volar? ¿O acaso se esforzó puramente por demostrar que se voló desde la torre de Gálata? Las personas, por miedo a que les caiga una mancha, están en el empeño de cambiar todo, y no digamos las historias.
No sé quiénes leerán estas líneas. Las personas de qué sociedad, los que son de qué religión las leerán, tampoco lo sé; pero también creo que todo el que las lea se enfurecerá. O bien tomará partido y se enfurecerá conmigo, o bien, si puede mirar los sucesos con imparcialidad, me dará la razón en lo que escribo y se enfurecerá con esas personas. Es decir, en ambos casos se le trastornará la cabeza. Deseo que la humanidad lo haga mirando desde un ángulo imparcial.
De nuevo, después de todo esto, si aunque sea un poquito han podido hacer en sus mentes una imagen sobre Abraham, dichoso yo. ¿Todavía pueden decir: «Dios tomó su partido pero a nosotros no nos mira a la cara»? Ni Dios tiene una razón para hacer algo así, ni nosotros tenemos un derecho válido para hacer semejante afirmación. Abraham fue probado tantísimo. Y no piensen tampoco que esto era por fuerza de parte de Dios. Toda persona que vive en este mundo es probada. La prueba de Dios a Abraham ocurre solo en un suceso. Y es en el tema de sacrificar a su hijo. Por lo demás, yo no leí en ningún lugar que Dios probara a Abraham. No leí que probara con cosas malas y equivocadas ni a Abraham ni a nadie. Sobre este tema el apóstol Santiago escribe así en el Evangelio:
Cuando alguno sea tentado, no diga: «Soy tentado de parte de Dios»; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él mismo tienta a nadie; sino que cada uno es tentado cuando es arrastrado y seducido por su propio deseo. Luego el deseo, habiendo concebido, da a luz el pecado; y el pecado, cuando llega a su plenitud (madura), produce (hace surgir) la muerte. Santiago 1:13-15
Como vemos también claramente de estos versículos, en las cosas en que somos probados se trata siempre de ceder a nuestros propios deseos. Incluso en estos puntos débiles nuestros, la criatura espiritual llamada Satanás no nos toma del brazo y nos hace hacer aquella cosa a la fuerza. Sino que pone ante nosotros cosas deseables con las que tropezaremos y caeremos, y nosotros las codiciamos. A veces, mientras pone ante nosotros cosas como el dinero, u otro provecho, placer, ambición, orgullo, a veces puede ser también esta vida nuestra. Dirán ustedes: «¿acaso la persona no codicia su propia vida?». Por saberlo, también Jesús el Mesías dijo una vez así:
El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por mi causa, la hallará. (Mateo 10:39)
Estos versículos nos incitan a la rectitud, a un sacrificio sin límites por conocer y hacer las cosas que son la voluntad de Dios. Usando estos versículos, las organizaciones religiosas por lo general han obligado a las personas a hacer sacrificios no a Dios, sino a ellas mismas. Sea por la fuerza de la conciencia, sea, si hace falta, por la fuerza del cuerpo. Por esta razón, como en el ejemplo de Abraham, no hagamos las cosas que hacemos por miedo a la sociedad, diciendo que ellos así lo enseñaron, apoyándonos en la presión de nuestra religión, de nuestra nación. Abraham, aunque estuviera solo, no tuvo miedo ni siquiera de ser arrojado al fuego por causa de las cosas que hacía, renunció a su vida, pero justo entonces la halló. El versículo anterior tampoco quiere decir por fuerza que ocurrirán tales milagros. Subraya que, más que nuestra muerte física, nuestra verdadera vida real está en manos de Dios. Aunque muramos, resucitarla es de nuevo posible solo con la voluntad de Dios. Además, cuando los que gritan patria, nación en nuestro mundo abren la guerra con injusticia contra las personas de otro país por su propio bienestar, ¿cómo creen que animan a aquellos soldados? Basta con que animen a aquellos soldados que envían a la muerte solo como héroes de la patria, y ellos mueren. Pues bien, ¿tienen quienes animan así a aquellas personas también el poder de resucitar a los muertos? Sin duda no, y esto también lo sabe todo el mundo. Yo quiero llamar la atención sobre cuán rápido vamos a la muerte por cosas vacías, e incluso dañinas, y sobre lo fácilmente que nos dejamos engañar con cosas simples. Cada guerra se le presenta a la propia nación como justa al principio. Cuando pasan años, siglos, las personas de la misma nación, sus presidentes, sus primeros ministros, sus parlamentos la califican de absurdo y de vergüenza. Pues bien, ¿qué les ocurrió entonces a los que murieron? Fueron diciendo que serían héroes, murieron, y pasó el tiempo, y la humanidad empezó a mirar con dolor su exhibición de heroísmo en la historia, como una necedad. Y de veras era así. Y no esperen tampoco que el desarrollo de estos pensamientos ocurra siglos después. Se va un gobierno, en su lugar viene contra ese gobierno otro gobernante, y empieza a sacar ante el pueblo los trapos sucios del anterior. Nosotros también empezamos entonces a decir «¡Ay! ¡Uy!», cuando ya es demasiado tarde. Por eso también:
Así dice el Señor: Maldito el hombre que confía en el hombre, y hace de la carne (del hombre) su brazo (su fuerza), y cuyo corazón se aparta del Señor. Jeremías 17:5
Yo, yo soy vuestro consolador; ¿quién eres tú para que temas al hombre, que ha de morir, y al hijo del hombre, que será como la hierba…? (Isaías 51:12) que diga esto no son palabras dichas en vano.
Estos versículos no se escribieron en el sentido de que nos volvamos rebeldes y nos alcemos contra todo orden. Se dijeron para que no vendamos los valores superiores, los valores que llevan a la vida. Oponerse a un gobierno y provocar una guerra para que llegue al poder otro gobierno de color distinto pero que será, aun así, igual, no es uno de los valores vitales. O robar a otros países y hacer la guerra por el bienestar del propio país tampoco es salvar la patria ni es vital. Al contrario, por esa causa perdemos la vida, y además en vano. Matar y morir por dinero es una insensatez aún mayor. O si nuestra religión, las tradiciones y costumbres de nuestro patriotismo son falsas, seguirlas a sabiendas también nos llevará no a la vida, sino a la muerte. No tener miedo de decir «no» a estas cosas lo ordena especialmente Dios. Además, de veras, ¿por qué vivimos nosotros? ¿Solo para comer, beber, para el sexo? Esto también lo hacen los animales. Pues bien, ¿cuál es nuestra diferencia con ellos? De veras, cada uno debe hacerse esta pregunta a sí mismo. Vendiendo todo lo que es recto y defendiendo, por la razón que sea, lo falso y la hipocresía, ¿qué podemos obtener? ¿Qué clase de nombre dejaremos tras de nosotros? Para algunas personas esto no tiene ninguna importancia. Si partimos del modo de pensar acostumbrado, para mí tampoco tiene ninguna importancia. Pero también sé que los nombres duraderos, los que son eternos, los da no las personas, sino Dios. En este sentido dije qué clase de nombre dejaremos tras de nosotros. Por lo demás, no me refería puramente a los nombres que aparecen en los libros de historia, que se nos enseñan.
Lo que más valoramos
Lamentablemente, siempre señalo que lo más valioso que la humanidad ve sobre la tierra es el dinero. Es lo más valioso a lo que las personas no pueden resistirse. Aparte de eso, casi todas las demás cosas a las que dan valor son también cosas relacionadas de una u otra forma con el dinero. Por ejemplo, incluso el criterio de valor de alguien que se hace pasar por artista aumenta o disminuye únicamente según el valor material que esos cuadros, pinturas o libros tienen en el mercado. La medida más valiosa que tienen en la cabeza es siempre el dinero. Para decir que algo es bueno o malo, usan esa medida. No se asombre si un cuadro que un pintor hizo mientras vivía no valía ni el precio de un plato de comida en un restaurante, y cien años después ese mismo cuadro se vende por 80 millones de dólares americanos. Y no vaya a pensar tampoco que quien compra ese cuadro entiende de pintura o que ama ese cuadro. Para ignorantes como yo, no es más que un cuadro que no supera a cualquier retrato. En nuestros tiempos, los cuadros que muchos artistas de las calles y avenidas hacen sobre las aceras me parecen más hermosos. En realidad, dentro de este supuesto amor por el arte de nuestra época se pueden encontrar cosas que van desde intrigas fiscales hasta toda clase de vulgaridad. O que el viejo coche del Papa electo se venda a 40 veces su valor real tampoco proviene de amar ese coche o al Papa. Con estas cosas que compran con dinero, las personas se ven a sí mismas dentro de una personalidad especial y privilegiada. De lo contrario, ni ese trasero del Papa que se sentó en el asiento del coche es sagrado, ni lo era antes. Lo que ahora lo hace tan valioso es solamente la etiqueta.
Sí, después del dinero, e incluso en algunos casos algo que parece más valioso que el dinero a los ojos de las personas, es la etiqueta. Hablo de las cosas que más valoramos los seres humanos. Por eso algunos eligen o bien el dinero o bien la etiqueta. La mayor causa de esas repugnantes cosas, de esas feas acciones despiadadas que las personas hacen unas contra otras para hacer carrera, es precisamente poseer esa etiqueta. Que las personas se inclinen ante uno, que un montón de personas trabajen a sus órdenes, el derecho de hacer lo que quiera con quien quiera cuando le convenga, subirse a la espalda de este o de aquel para hacerles ejecutar sus trabajos sucios, que una multitud de aduladores lo rodee, etcétera, les produce un placer tremendo. Ya sea que posean dinero o etiqueta, las expectativas de las personas respecto a estas dos cosas son en el fondo siempre las mismas. Aparte de esto, ¿no ha habido acaso algunas excepciones aisladas? Por supuesto que las ha habido. Ya fuera artista, militar, ministro o primer ministro, rico y acaudalado o pobre, entre estas personas también han surgido idealistas que no daban valor ni a esa etiqueta ni a su riqueza que poseían. Aunque muy pocas, con el surgimiento de tales excepciones, el momento de los efectos que destruirían nuestro mundo se ha prolongado un poco más. Si hay que compararlo, es como cuando los habitantes de una casa sumida en la inmundicia van muriendo por enfermedades contagiosas, y alguien de afuera viene, se arremanga y ayuda a esas personas y a ese entorno. En realidad, tanto la inmundicia como quienes invitan a esas enfermedades mortales son los propios habitantes de la casa. Que, cuando estaban a punto de perecer, con la ayuda de alguien todos se pongan en pie en poco tiempo e intenten meter de nuevo ese entorno nuevo y limpio dentro de la misma inmundicia, ciertamente no hace más que prolongar un tiempo más esa labor de perecer. Por mucho que se les ayude, mientras esas cabezas y esos espíritus no cambien, la ayuda tampoco tendrá mucho sentido. Solo quizá pueda prolongarse el plazo, nada más. Junto a esta realidad, sea como sea, el deber del ser humano es también ayudar, no ponerse en el lugar de Dios y dominar. No di este ejemplo en nombre de personas concretas una por una. El ejemplo que di lo tomé mirando nuestro mundo, inspirándome en los libros de historia. Esa casa sucia es el mundo, y las personas que se retuercen a punto de morir por la enfermedad contagiosa somos nosotros. Es una realidad amarga, pero no hacer lo bueno tampoco es motivo para desanimarse.
Los mejores ejemplos relacionados con esto puede leerlos en la historia de las Sagradas Escrituras. En el momento en que las personas, con esas cabezas tercas, consideraban valiosas las cosas sin valor y pisoteaban las cosas valiosas, Dios extendió su mano. Ya fuera dando castigo, ya fuera enviando salvadores, pero los salvó de en medio de esa inmundicia, de ese vómito suyo. Limpiaron también esas torceduras que había en su interior y se dijo: «¡Ah!». Adivine hasta cuándo duró esta situación. A veces no duraba ni 40 días, mientras que otras veces se mantenía así, a lo sumo, hasta que surgía una nueva generación. (Éxodo 32; Deuteronomio 9 y todo el libro de Jueces) Por lo general, no duraba ni siquiera 20 años. Y quien enderezaba esto de raíz tampoco era ningún ser humano, sino Dios. Piense usted mismo también cómo endereza Dios algo de raíz. Sin que pasara mucho tiempo, sino nada, pero nada de tiempo, esas personas libraron por así decir una lucha espantosa por caer en una situación peor que la anterior. Y de hecho no les resultó nada difícil establecer ese mismo entorno de inmundicia que buscaban.
Las cosas que causan todo esto son los criterios de valor de las personas. No sé por qué, no solo pisoteamos las cosas valiosas, sino que ni siquiera toleramos oír esos valores. También empujamos fuera de la sociedad a quienes los proclamaban, y los matamos en las cárceles o con torturas. Todo esto, otra vez, para volver a revolcarnos en nuestro vómito. De vez en cuando hemos tenido incluso la insolencia de decirle a Dios: «No te metas con nosotros, déjanos en paz». En cuanto a quienes pretenden andar por Sus caminos y se nombran a sí mismos representantes de Dios en la tierra, esos, pareciendo correctos desde lejos, pensaban continuamente, al acostarse y al levantarse, en cómo hacer tragar al pueblo toda clase de torceduras. Toda esta habilidad de acróbata que desarrollaron en sí mismos se convirtió ya en su arte. Se pasaban la vida maquinando en su cabeza dónde y cómo responder, cómo engañar a esas personas con esa respuesta de modo que, sin decir la verdad, tampoco mintieran a menos que fuera absolutamente necesario. El objetivo es siempre engañar, subirse a la espalda, oprimir, pero se pasan la vida esforzándose por cómo hacerlo y ajustarlo a la medida. Si se trataba de una religión de aleros anchos, esos ni siquiera se rebajaban a estos caminos. Hicieran lo que hicieran, lo hacían sin coartarse, sin avergonzarse.
Junto a todas estas cosas visibles, no sé por qué no hemos querido pensar mucho en que los verdaderos valores invisibles son mucho más necesarios para nosotros y nos traen felicidad. Cuando enumero así lo que me viene a la mente, creo que estos valores son siempre invisibles, pero que, a pesar de ser invisibles, son más valiosos que las cosas visibles; y estoy seguro de que usted también se dará cuenta al leerlo. Venga, hagámoslo comparándolo de nuevo con las cosas que se pueden obtener con dinero:
-Con dinero puedes comprar muchos regalos valiosos, pero no el amor,
-Con dinero puedes comprar las mejores medicinas, pero no la salud,
-Con dinero puedes comprar las comidas que quieras, pero no el apetito,
-Con dinero puedes comprar sexo, pero no el placer,
-Con dinero puedes comprar personas, pero no un amigo,
-Con dinero quizá puedas comprar el mundo, pero no la felicidad.
-Con dinero puedes comprar médicos y hospitales, pero no la vida.
Seguramente se podrían enumerar muchas más comparaciones así. A mí, por ahora, solo se me han ocurrido estas. La primera vez que oí un discurso relacionado con este tema fue en un congreso de contenido religioso, y me gustó mucho. Cierto es que, aunque ellos mismos daban discursos venenosos sobre este asunto, no querían que el dinero fuera valorado sino por sus miembros, para que la fuente fluyera hacia el consejo de administración de esa religión. En realidad, en mi opinión ellos mismos eran mucho más débiles que nadie en este terreno. Es decir, que no nos asombre que quienes dicen palabras tan grandilocuentes sean ellos mismos, en persona, más ambiciosos y codiciosos que nadie en este asunto. Pero cuando nos ponemos a pensar en el significado de las palabras anteriores, habría que estar ciego para no ver cuán limitado es el poder del dinero. Quienes lo quieren obtener con todas sus fuerzas seguramente o no conocen estas realidades o no quieren conocerlas. Dejando a un lado el valor del dinero en las palabras anteriores y uniendo todas las cosas necesarias para el ser humano, también podríamos construir una frase así:
Sale un sentido como «Una vida eterna transcurrida sana, con placer y felicidad, junto a amigos llenos de amor», ¿y quién no querría eso? ¿Se dio cuenta de que las cosas que aparecen en esta frase no se obtienen con valores visibles a los ojos? Sus efectos seguramente serán visibles a los ojos. Pero las cosas que proporcionan esos efectos no serán necesariamente dinero.
Insisto en los valores que no se pueden tocar con la mano ni ver con los ojos; entonces, ¿acaso yo defiendo la ceguera respecto a estos? En realidad, mi verdadero propósito es señalar que tenemos dos clases de capacidad de ver. La primera es lo que vemos y percibimos con nuestros ojos literales; la segunda es lo que vemos y percibimos con nuestros ojos espirituales. Muchas personas no aceptan, no quieren aceptar, una visión fuera de estos ojos literales. Y si se atreve a entrar en el mundo espiritual, se dará cuenta enseguida de para qué sirven las decenas de miles de religiones que hay en nuestra tierra. Decimos «Dios es uno», pero entonces ¿qué son estas decenas de miles de organizaciones de toda clase? He aquí que esas son las religiones, sectas, organizaciones y agrupaciones que supuestamente tratan de abrirnos estos ojos espirituales. Yo, en cambio, digo todo lo contrario: que son acróbatas expertos que tratan de cerrarnos estos ojos espirituales, o de distorsionar lo que debería verse y mostrarnos cosas equivocadas. Así como los acróbatas de circo y los magos que mencioné antes tienen la habilidad de engañar los ojos literales de las personas y mostrar algo distinto de como es, cuando miramos estas religiones tampoco nos sorprende que los ojos espirituales de la humanidad hayan quedado ciegos, o que hayan enloquecido viendo torcido, viéndolo todo al revés de principio a fin. Es seguro que el mayor efecto se debe también a nuestros maestros espirituales. De acuerdo, por más que haya malos aprendices, alumnos perezosos, estudiantes sin cabeza; pero si todos los alumnos entran en esta categoría, entonces ¿no es en realidad más lógico sospechar también de los maestros? Cuanto peor sea el maestro de un alumno, tanto más defectuosa será la educación que reciba.
En fin, digamos, y dejemos a un lado las religiones y volvamos de nuevo a nuestras dos clases de capacidad de ver. La capacidad de ver de los seres humanos con nuestros ojos literales también es en realidad bastante limitada. Por ejemplo, con los ojos desnudos se nos hace imposible ver bajo el agua. En la oscuridad, nuestra capacidad de ver puede incluso ser nula, según la intensidad de la oscuridad. Igualmente, con los ojos desnudos jamás podemos distinguir cosas como una bacteria o un microbio. Por culpa de los científicos que no creen sino en lo que ven con sus ojos, también han muerto muchas personas. A ellos les costó creer que existieran seres vivos que no se ven con nuestros ojos. Menos mal que inventaron microscopios y demás y salvaron la situación. Pero algunos, aunque no lo veían con sus ojos, usando su lógica se dieron cuenta de que existían tales seres. Porque ellos vieron los efectos de estas cosas. En cambio, los cabezaduras aceptaron esta situación con mucha dificultad, o nunca la aceptaron. Igualmente, el ser humano no puede ver nada dentro del fuego con el ojo desnudo. Solo entonces, con ropas especiales y a condición de no pasar de cierto grado, si entra en el fuego. En situaciones de humo o niebla, nuestros ojos también quiebran. Cuando miramos al sol con los ojos desnudos, solo se cuentan segundos para que quedemos ciegos. ¿Quién pensaría que el sol que cada día nos calienta sobre nuestra cabeza tiene la capacidad de dejarnos ciegos en muy poco tiempo? Las gafas de sol nos son muy necesarias para los ojos en estas situaciones. Las hay de tantos tipos que algunas personas han renunciado al sol, a la salud de sus ojos, y es posible encontrar a quienes las llevan incluso de noche solo por adorno. Otros, por miedo a que se diga que presumen, se avergüenzan de ponérselas y entornan y entornan los ojos bajo el sol ardiente y brillante, sin poder ni levantar la cabeza del suelo. Como las personas que nunca usan paraguas bajo la lluvia.
También nos es imposible ver, en sentido literal, la estructura interna de algo. Solo con ciertas ayudas técnicas como las radiografías, las tomografías (tomógrafos), los rayos, podemos ver esas cosas. Igualmente, con nuestros ojos no podemos distinguir con sus detalles una distancia ilimitada. Es más, si junto a todo esto metemos también muchas enfermedades oculares, los límites de nuestro órgano sensorial de la vista se estrechan aún más.
Ver con nuestros ojos espirituales también es limitado, igual que ver con estos ojos literales. Cuando decimos «espiritual», no vaya a creer que ese mundo de la imaginación que enseguida viene a la mente es ilimitado. La educación que recibimos, nuestro conocimiento, nuestra lógica, nuestra fe, nuestro sentido común y demás afectarán mucho a estos ojos espirituales. Y además tenemos un cerebro que es limitado. Ya sea con los ojos literales o con nuestros ojos espirituales, dado que las cosas que percibimos se realizan primero en el cerebro, debemos aceptar que también allí hay un límite. Vemos u oímos, pero en realidad vemos con nuestro cerebro y oímos con nuestro cerebro. Órganos como los ojos y los oídos no servirían para nada si no fuera por nuestro cerebro.
Por ejemplo, imagine un micrófono con cable que funcione a la perfección: mientras su cable no esté conectado a ninguna parte, no puede por sí mismo oír ni percibir sonidos. O pensemos en un objetivo. Si el objetivo no está montado en la cámara de fotos, no percibirá imágenes. Tanto el objetivo como el micrófono tienen sus propiedades, pero por sí solos no sirven para nada. Nuestros ojos, nuestros oídos, las manos, los pies y todo nuestro cuerpo tampoco sirven de nada si no fuera por nuestro cerebro. En realidad, de nuestro cerebro, que tiene una estructura muy compleja y muchas funciones, solo usamos una porción de entre el 6 y el 10 por ciento. Y esta proporción es para las personas normales y corrientes. En los muy, muy inteligentes, los que se han pasado la vida almacenando conocimiento en su cerebro, ni siquiera la proporción ha podido llegar al 20 por ciento. Eso significa que no usamos una gran parte de nuestro cerebro. Y leemos que, cuando lo usamos por completo, ese diminuto cerebro humano posee capacidades tan grandes como para detener las memorias. Además, nuestro cerebro no es solo un almacén de conocimiento. Nuestras manos, nuestros músculos, nuestros dedos y las cosas que hacemos con rapidez usándolos, nuestras capacidades y demás son todo posible gracias a nuestro cerebro, con las órdenes que él envía. Que estas cosas sean tan rápidas y como automáticas es posible gracias a la educación y a los ejercicios dados al cerebro. Solo después de que el cerebro aprende avanzamos en esas tareas con nuestras capacidades. Cuanto más usemos determinado órgano, tanto más trabaja también esa parte de nuestro cerebro y con el tiempo muestra un mayor desarrollo. Por ejemplo, como el olfato del conejo y del perro está mucho más desarrollado que el del ser humano, la zona del cerebro humano que percibe esto es mucho más pequeña en comparación con la del perro y el conejo. Junto a esto, como el ser humano es muy superior al perro y al conejo en pensamiento e inteligencia, las circunvoluciones del cerebro son más marcadas y más llenas de entrantes y salientes que en estos animales. Mientras que el cerebro del conejo casi se parece a un riñón completamente liso, el cerebro humano está lleno de entrantes y salientes como una nuez. En el sentido de que cuanto más liso sea el cerebro, tanto menos capacidad muestra. Lo interesante del asunto es que nuestro cerebro afecta al mismo tiempo también a nuestro espíritu. De hecho, yo también toqué el tema del cerebro mirándolo desde este ángulo. Por lo demás, mi conocimiento sobre el cerebro es tan escaso que casi puede decirse que no existe. ¡Según muchas personas, esto se nota también en los libros y escritos que he escrito!
Sí, en un tiempo las personas establecían una conexión uniendo el espíritu con el corazón literal. Como si creyeran que todo el conocimiento de nuestro espíritu, la fe, el amor, el odio, los celos y toda clase de sentimientos vinieran del corazón. En realidad, con el corazón que aparece en las Sagradas Escrituras se hace referencia a nuestras actitudes y comportamientos espirituales mediante ese órgano literal. Partiendo de este pensamiento, las personas habrán visto como la fuente de los sentimientos que salen de nuestro espíritu, de nuestro interior, a nuestro corazón. Sin embargo, nuestro corazón solo aspira y bombea la sangre de nuestro cuerpo. Es decir, si hay que compararlo, tiene la función de una bomba aspirante e impelente. Al mismo tiempo, funciona al margen de nuestra voluntad. Como he dicho, nuestro cerebro, que es muy complejo, así como tiene siempre una estructura perceptiva, también envía órdenes al cuerpo. ¿En qué se basa para enviar estas órdenes, por qué nos comportamos de este o aquel modo, pensamos de esta o aquella manera, con todo esto nos volvemos felices o infelices, etcétera? ¿A comprender las causas de tantos efectos se le llama psicología? Quizá pueda describirse simplemente así. Ya había señalado que como humanidad tenemos muy poco conocimiento sobre este tema. Y aunque haya bibliotecas llenas de conocimiento sobre este asunto, la mayoría son o suposiciones o, como he dicho, se han escrito con el propósito de hacer la guerra, con el propósito de la tortura, con el propósito de imponer cosas a las personas, con el propósito de convertirlas en robots teledirigidos, y las investigaciones se han hecho en esa dirección. Estos conocimientos van casi siempre en el sentido de dañar a la humanidad. Quizá una parte muy, muy pequeña esté orientada a hacer feliz al ser humano. Y eso también el ser humano solo puede obtenerlo quizá con dinero que pagará de su propio bolsillo. La psiquiatría se ha convertido en una de las profesiones que algunos eligen con gusto para buscar remedios a los problemas crecientes de las personas ricas y acaudaladas y para vivir de su dinero. Y la felicidad que recomiendan a sus pacientes le ha traído después a la persona, pasado un tiempo, o bien una depresión mucho más espantosa, o incluso la ha arrastrado al suicidio. Si es un médico muy cuidadoso, solo se ha esforzado en aliviar al paciente, pero los propios médicos no han encontrado una solución absoluta como para dársela a sus pacientes. A pesar de que hay muy pocas excepciones, hay que reconocer también la existencia de psiquiatras exitosos que hacen su trabajo con amor. Y lo más importante es que sea el propio paciente quien tenga el esfuerzo por mejorar.
Escribo estos temas sin tener conocimiento, por eso no quiero pasarme de listo. Mi conocimiento no llega más que a la investigación de una persona corriente. Escribí esto para llamar su atención sobre el hecho de que la humanidad se encuentra en una situación escandalosa. También hay que no olvidar esto: el mundo de la humanidad ya de por sí ha rechazado con el dorso de la mano conocimientos, hallazgos e investigaciones muy valiosos, y siempre se ha aferrado a todas las cosas que resultan dañinas para el ser humano, y a los que producen tales cosas les han dado premios Nobel. Pero claro, no siempre hemos trabajado nosotros, la humanidad, sobre cosas vacías y dañinas. Solo que hasta las buenas, esos conocimientos e inventos que serían útiles para la humanidad, los hemos distorsionado y usado en perjuicio de la humanidad, para lograr el éxito en las guerras. Y quienes hacían esto, por lo general siempre han vencido, mientras que los buenos han sido vencidos. He aquí que en la idea central de los conocimientos que quiero exponer subyace este pensamiento. Por más que me pase de listo en estos temas, tiene mucha relación estrecha con los temas que quiero explicar, y lo hago por eso. Por lo demás, no soy oftalmólogo, ni otorrino, ni dermatólogo, ni radiólogo, ni informático como para abordar cada uno de los temas que aparecen en todo mi libro. Y psiquiatra, médico del alma, no lo soy en absoluto. Solo soy un observador corriente y escribo lo que veo, lo que vivo, lo que leo, lo que oigo, lo que percibo y lo que siento.
¿Alguna vez ha hablado consigo mismo? Seguramente sí; hablar consigo mismo es, además, algo que todos hacen. Claro que esto también varía según el grado de soledad. Las personas que viven solas tienen más trato consigo mismas. Es más, hay personas que incluso riñen consigo mismas. Estas personas tampoco están enfermas del alma ni nada por el estilo. Usted también seguramente ha reñido consigo mismo, poco o mucho. Por ejemplo, habrá hecho algo de lo que al final se ha arrepentido mucho. Y ya se pone a comerse a sí mismo: «¿Por qué lo hice así y no de otra manera?». Las empresas de publicidad saben incitar a las personas a esto mucho mejor.
En Alemania, una emisora de radio, para aumentar el número de oyentes y por tanto atraer más publicidad para sí misma, hace al público la siguiente petición: «Quien, cuando suene el teléfono, lo conteste diciendo »alo« pronunciando exactamente el nombre de esa emisora de radio, ganará 50 mil euros». Una cifra tremenda por el trabajo a realizar. Supuestamente al azar, cada hora se marca el número de teléfono de alguien y se pone en directo en la radio. Aunque yo nunca creí que este asunto se hiciera con honradez, había algo que yo sabía. Si quien contestaba ese teléfono respondía presentándose de forma normal, o diciendo simplemente «alo», ¡ah, ya se fastidió! El locutor se pone a contarle, dulcificándolo y dulcificándolo, a esa persona y a todos, cómo dejó escapar los 50 mil euros. Para la persona del otro lado, a partir de entonces ese día, y quizá toda una vida, se convertirá ya en veneno. En su vida posterior seguramente despertará de vez en cuando teniendo pesadillas. En sus sueños, con el teléfono en la mano, o bien dirá una y otra vez esas palabras de los cincuenta mil euros, o bien vivirá también en sus sueños el dolor de no haber podido decirlas. Sin embargo, no cuesta nada que en este asunto haya una estafa tan grande. El locutor marca un número de teléfono y, si el otro lado da la respuesta de los 50 mil euros, cuelga de nuevo sin decir nada. El del otro lado nunca lo entiende. Cree que se habrán equivocado de número, o ni siquiera se pone a pensar a fondo diciendo que no entró la llamada. Porque el locutor de todos modos no habla nada, solo está esperando a ver qué dice el del otro lado. Como no va a dar cincuenta mil euros a cada hora, cuando lo da, ya se lo da de antemano y a sabiendas a quien quiere. Esta conversación que ha grabado enseguida en cinta la emite en unos pocos segundos. Y todos creen que es en directo. Con la técnica que tenemos todo es posible. En realidad, lo que quiero explicar con este ejemplo es subrayar cómo el ser humano se culpa a sí mismo tras el error que comete, e incluso cómo llega hasta a reñir consigo mismo. Ya lo digo: hasta nuestra manera de hacer publicidad es de las que enferman del alma a las personas; pero eso es otro tema aparte. Este era un simple ejemplo de entre ellos.
Seguramente cometemos también errores de los que le pasan a cualquiera. Por ejemplo, herimos a alguien que amamos mucho con un comportamiento o una palabra insensata y nuestra relación se rompe de golpe. En un instante nos quedamos completamente solos en medio de la nada. O hacemos algo tal que nuestra conciencia nos incomoda. Es más, en las Sagradas Escrituras hay incluso traducciones que, en un asunto relacionado con el rey David, dicen «su conciencia lo golpeó», y ese es también el sentido en los escritos originales. En las traducciones turcas que tenemos en la mano se escribió como «su corazón lo reprobó» o «se culpó a sí mismo». (1.Samuel 24:5; 2.Samuel 24:10) Cuando hablamos con nosotros mismos, no tiene por qué ser siempre así, en riña y pelea. También hemos conversado con nosotros mismos durante horas. Basta con que las condiciones y las circunstancias sean propicias. Esta es una característica que hay en las personas dotadas de esta capacidad. Podemos hablar como leyendo algo por dentro. No se oye ningún sonido, pero solo nosotros lo oímos, lo entendemos, lo percibimos, sentimos placer o ira, etcétera. En realidad, qué características tan curiosas tenemos como seres humanos. Otra más de nuestras características que, por hacerla desde que nacimos, no notamos en absoluto, o cuyo valor ni siquiera conocemos. También esta está entre los valores que no se pueden tocar con la mano ni ver con los ojos.
De vez en cuando Dios también ha hablado con personas así. Y esas personas entendieron enseguida que esa voz no venía de ellas mismas. Como cuando se oye algo con auriculares. Nadie oye, pero es como si alguien hablara dentro de tu cerebro. Y además muy claramente, pero esa voz no es la tuya. He aquí que, si hay que compararlo, Dios también habló con las personas de una manera parecida a esto. Lo que se hablaba no lo oyó nadie sino aquella persona. Por eso mataron a muchos profetas, los echaron a las cárceles, los torturaron. A algunos los calificaron de locos. Por lo general se ha mirado a estas personas con ese ojo por decir las palabras de Dios. Pero la verdad es que aquellas sociedades, por sus propios criterios de valor, sus bajos criterios morales y su mentalidad, junto con sus obras feas, sucias y repugnantes, llamaron locos a esos profetas o vieron con malos ojos lo que hacían y decían. La humanidad no pudo tolerarlos, porque los profetas venían con palabras que condenarían sus obras. Dios tampoco susurró siempre al oído de tales profetas. En una ocasión habló abiertamente con más de unos 6 millones de personas. Este suceso ocurrió de una sola vez a los pies del monte Sinaí, después de que los israelitas, por medio de Moisés, se salvaran de Egipto, de la esclavitud. Las leyes conocidas como los Diez Mandamientos las oyeron con sus oídos todas estas personas, pero no vieron a nadie. (Éxodo 3:1-2 y 12 de las Sagradas Escrituras; todo el capítulo 19 de Éxodo y hasta el versículo 19 del capítulo 20)
Aquí tampoco nadie vio a alguien llamado Dios, pero todos oyeron Sus palabras. Es más, después de oírlo, a todos les entró tal temor que vinieron y le dicen a Moisés:
«Habla tú con nosotros, y escucharemos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos». (Éxodo 20:19)
Eso significa que estas personas, cuando oyeron las palabras de Dios, quedaron aterradas, temieron incluso como para morir. Y Dios quiso que fuera así para que aprendieran a temerlo, a respetarlo, a obedecerlo. En un momento dije: «Dios quiere que las personas vengan a Él no con temor, sino con amor». No vaya a creer que este temor del que hablé Dios se lo dio para siempre. Tampoco crea que este temor es de la clase habitual de establecer dominio, obtener provecho, dictadura y demás. Porque nosotros tememos muchas cosas, pero estas significan para nosotros una protección y al mismo tiempo también vida. Temer las alturas, temer la velocidad, temer el fuego y muchas otras cosas que tememos por naturaleza es algo protector para nosotros. Estos son sentimientos que requieren que seamos cuidadosos. También podemos calificar esa conversación aterradora de Dios con aquellas personas como una protección que las lleva a la vida, e incluso, por eso mismo, como un regalo. Por otro lado, tampoco piense que Dios remachó a la fuerza estos sentimientos en su interior. Cada uno, si quería, podía o bien adoptar este temor y guardarlo dentro de sí, o bien alejarlo de sí. Y de hecho, muy poco tiempo después de este suceso que despertaba tanta reverencia, aquellas personas hacen un becerro de oro y lo adoran. ¿Y sabe cuánto tiempo después? Que hicieran ese becerro, lo adoraran e incluso le ofrecieran sacrificios no dura ni cuarenta días. (Éxodo 20:20-21; Éxodo 24:18; todo el capítulo 32 de Éxodo)
Si a la persona con quien Dios habla se le llama profeta, en cierto sentido Dios les concedió este rango a todas aquellas personas. Y demostrar que no eran dignas de ello les lleva un tiempo muy, pero muy corto. Además, estas personas no solo oyeron una palabra. Hasta que llegaron al monte Sinaí, ya fuera en Egipto o después de ser sacados de Egipto, ninguna generación de seres humanos ha visto de una sola vez, desde que se fundó la tierra y se creó al hombre, los milagros y las maravillas que ellos vieron con sus ojos. (Deuteronomio 34:10-12)
Aquellos sucesos milagrosos se dirigieron tanto al ojo como al oído, a la piel, a la nariz y a la lengua; es decir, a todos los cinco órganos sensoriales de las personas, y a la vez se dirigieron también a sus espíritus invisibles. Si lee las señales y maravillas que Dios hizo por medio de Moisés en Egipto —que no es tan largo, unas 15 páginas—, verá que todo esto fue así. Desde el mismísimo principio del capítulo de Éxodo de las Sagradas Escrituras hasta el capítulo 16. Contra el faraón, rey de Egipto, que no quería dejar a Israel salir de la esclavitud, y contra su país, que Dios convirtiera todas las aguas en sangre y todo el país oliera a sangre, que las ranas que invadieron el país entraran hasta en las artesas de amasar, que del cielo cayera granizo de fuego, tres días y tres noches de densa oscuridad, mosquitos, que en la piel de las personas salieran úlceras y llagas repugnantes... La última plaga fue que Dios hiriera a todos los primogénitos que vivían en todo Egipto. Mientras ocurrían todos estos sucesos, las personas los vieron, los oyeron, los olieron, los gustaron con todos sus sentidos, con sus sensaciones, con su ser. A pesar de esto, ¿ensalzaron a Dios como Dios, como era debido? Cuando lo leemos, decimos: «Lamentablemente, no». Eso significa que, dejando aparte el mero ver, a pesar de aquellos sucesos vividos con todos sus efectos, estas personas no cambiaron, no abandonaron sus malas obras. No digo que no creyeran en Dios, porque eso no era posible. La humanidad ha usado el «no creer» solamente como una excusa para aferrarse a sus malas obras. Aquella generación no pudo tener ni siquiera semejante excusa; solo para las generaciones posteriores se planteó de vez en cuando esta excusa de «no creo». A pesar de todas estas maravillas, en las generaciones posteriores, ante la insensatez de un pueblo tan dudoso, Dios de nuevo actuó con misericordia y probó a esas personas su propia existencia. (1.Reyes 18:21-40)
Que un rey, una reina, abandonaran al verdadero Dios y se volvieran a los ídolos, y que casi todo el pueblo estuviera con ellos, no resultó nada difícil. El pueblo de Israel del que hablé hace un momento, a pesar de la cercanía y las pruebas que Dios les había mostrado, sus nietos, o los hijos de sus nietos, olvidaron de golpe todo esto. Llegó el día en que Dios, por medio del profeta Elías (Ilyas), probó de nuevo su propia existencia ante todo aquel pueblo que se había vuelto a los ídolos, de un modo tan hermoso y lógico que, venga, leámoslo del texto.
Elías avanzó hacia el pueblo y dijo: «¿Hasta cuándo vais a andar cojeando así entre dos bandos? Si el SEÑOR es Dios, seguidlo; y si es Baal el Dios, id tras él». El pueblo no respondió a Elías ni una palabra. Elías continuó su discurso así: «Solo yo he quedado como profeta del SEÑOR. Pero Baal tiene cuatrocientos cincuenta profetas. Traednos dos toros. Que los profetas de Baal tomen uno, lo maten, lo despedacen y lo pongan sobre la leña; pero que no enciendan la leña. El otro toro lo mataré y prepararé yo, y lo pondré sobre la leña; pero no encenderé la leña. Después vosotros suplicad a vuestro dios, y yo suplicaré al SEÑOR. El que responda con fuego, ese es Dios». Todo el pueblo dijo: «Está bien, que así sea».
Elías dijo a los profetas de Baal: «Como sois muchos, elegid primero uno de los toros, preparadlo y suplicad a vuestro dios», «pero no encendáis fuego». Los profetas de Baal, que tomaron el toro que les fue dado y lo prepararon, suplicaron desde la mañana hasta el mediodía: «Oh Baal, respóndenos». Pero no había ni voz ni respuesta. Saltaban y danzaban alrededor del altar que habían hecho. Al mediodía Elías empezó a burlarse de ellos: «¡Gritad, gritad en voz alta! Es un dios. Quizá esté distraído, o esté en el retrete, ¡o quizá esté de viaje! ¡O esté durmiendo y haya que despertarlo!». Así, gritaron en voz alta. Conforme a su costumbre, se hicieron heridas en el cuerpo con espadas y lanzas hasta que corría su sangre. Se retorcieron desde el mediodía hasta la hora de la ofrenda de la tarde. Pero seguía sin haber ni voz ni atención ni respuesta. Entonces Elías dijo a todo el pueblo: «Acercaos a mí». Todos se reunieron a su alrededor. Elías empezó a reparar el altar derruido del SEÑOR. Tomó doce piedras. Este número era igual al número de las tribus de los hijos de Jacob, a quien el SEÑOR había anunciado: «Tu nombre será Israel». Elías hizo con estas piedras un altar en el nombre del SEÑOR. Alrededor de él cavó también una zanja del tamaño para contener dos medidas (26 litros; unos 30 kg.) de semilla. Colocó la leña sobre el altar, cortó el toro en pedazos y lo puso sobre la leña. Dijo: «Llenad cuatro cántaros de agua y derramadla sobre la ofrenda quemada y sobre la leña». Luego dijo: «Hacedlo otra vez». Lo hicieron otra vez. Dijo: «Hacedlo una vez más». Por tercera vez hicieron lo mismo. Entonces el agua que corría alrededor del altar llenó la zanja. A la hora de la ofrenda de la tarde, el profeta Elías se acercó al altar y oró así: «Oh SEÑOR, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel. Que hoy se sepa que tú eres el Dios de Israel, y que yo soy tu siervo y he hecho todas estas cosas por tus mandatos. ¡Oh SEÑOR, respóndeme! Respóndeme para que este pueblo entienda que tú eres Dios. Haz que ellos se vuelvan de nuevo a ti». En ese instante cayó del cielo el fuego del SEÑOR. El fuego que cayó consumió la ofrenda quemada, la leña, las piedras y la tierra, y secó el agua de la zanja. Cuando el pueblo vio lo ocurrido, se postró rostro en tierra. Dijeron: «¡El SEÑOR (Jehová) es Dios, el SEÑOR (Jehová) es Dios!». 1.Reyes 18: 21-39
La mayor causa de que el pueblo tuviera así dudas sobre Dios era la reina que estaba a su cabeza y el rey dirigido por ella. Por culpa de sus reyes y sus reinas, los israelitas han cometido en la historia crímenes muy grandes. Con esto no quiero decir que ellos fueran inocentes, seguramente ellos mismos también eran culpables, pero el miedo a pasar por encima de la orden del rey los empujó al crimen un grado más. Porque cuando a estas personas les venía un buen rey, se volvían buenas, mientras que cuando les venía un mal rey, casi todas se volvían malas de golpe. Puede ser, puede ser, pero lo peor de este asunto era que la enfermedad de una sola persona se contagiaba enseguida a casi todos. No se decía «sea como sea ese rey». De todos modos, ¿no son por lo general estos gobernantes quienes dirigen al pueblo? Esto ha sido así en todos los estilos de gobierno de todos los tiempos. No vaya a pensar que era así en la monarquía pero no en la democracia y demás. Ya sea democracia, monarquía, comunismo o dictadura, o cualquier estilo de gobierno que sea, el pueblo siempre ha trazado la línea de su propia vida con la dirección de estos. Todo rey, igual que todos, ha pretendido que su propio pensamiento y su propia creencia son los más correctos. Y no se han quedado solo en la pretensión, sino que además han obligado a todos a hacerlo. A veces, con tal de no perder el trono, no se han abstenido de urdir cuantas intrigas podían. En resumen, lo que hicieron los gobernantes de toda la humanidad del mundo, lo hicieron también los israelitas y sus reyes y sus reinas. Es decir, decir «¡qué malos fueron los israelitas, nosotros no habríamos sido así!» es la mayor insensatez. Si nosotros hubiéramos estado en su lugar, la gran mayoría de nosotros habríamos hecho también las mismas cosas; y de hecho las hacemos. Solo muy pocas personas no lo hicieron, dijeron «no». Como este tema lo escribí también en el libro titulado «Las Mafias de la Religión y Nosotros», quiero explicarlo sin repetir los mismos temas, pero mirando los sucesos desde ángulos distintos. Lo interesante de este tema es, precisamente, que empieza con que aquella nación, llegado el día, quisiera a toda costa un rey a su cabeza como las demás naciones.
Aquella nación, hasta que quiso así un rey a su cabeza, no tenía sobre sí ningún dominio humano. Entonces, ¿no había nadie que los gobernara? En realidad, si el asunto es solo ser gobernado en persona, cada uno se gobernaba a sí mismo. Que de esto no salga el sentido de que vivían una vida sin reglas. Reglas y leyes sin duda tenían, y estas reglas y leyes habían sido dadas por Dios. No vaya tampoco a pensar que con estas reglas y leyes vivían de nuevo bajo opresión. Todo lo contrario: cuando dijeron «a toda costa queremos un rey a nuestra cabeza como las demás naciones» y tuvieron esos reyes, entonces echaron sobre sí una carga espantosa, e incluso tomaron sobre su cabeza sufrimiento y, la mayoría de las veces, desgracia. Porque, como Dios le dijo también a Samuel, el profeta de aquel tiempo:
«...Porque no te han rechazado a ti, sino que me han rechazado a mí, para que yo no reine sobre ellos». 1.Samuel 8:7
Después de esto, Dios les dice claramente, de nuevo por medio de ese profeta, qué les harán los reyes que quieren tener sobre sí. Veamos, leamos qué les harán esos reyes:
Samuel comunicó todo lo que el Señor había dicho al pueblo que le pedía un rey:
«Así será el gobierno del que os hará de rey: Tomará a vuestros hijos y los pondrá en los carros de guerra y en los escuadrones de caballería. Correrán delante de sus carros de guerra.
A unos los nombrará comandantes de mil, a otros de cincuenta. A algunos los pondrá a arar su tierra y a segar su cosecha, a otros a fabricar el equipamiento de sus armas y de sus carros de guerra. Tomará a vuestras hijas como perfumistas (que entienden de especias y las mezclan), cocineras, panaderas. Tomará vuestros mejores campos, vuestras viñas, vuestros olivares y se los dará a sus servidores. Tomará el diezmo de vuestros granos, de vuestras uvas, y lo repartirá entre los funcionarios del palacio y sus demás servidores. Tomará vuestros esclavos y esclavas, vuestros mejores toros, vuestros asnos, y los pondrá a trabajar en sus asuntos. Tomará también el diezmo de vuestros rebaños. Y vosotros seréis sus esclavos.
Cuando esto suceda, clamaréis por culpa del rey que elegisteis. Pero el SEÑOR no os responderá aquel día». 1.Samuel 8:10-18
Claro que la situación tampoco se quedó solo en esto. En realidad, aquellos reyes, gobernantes, les robaron estas cosas, desde a Dios hasta sus propias personalidades, su propio ser. La palabra robar resulta un poco suave, porque quien roba procura hacer su hurto en secreto y sin que se vea. Aunque en estos también había secretismo, las cosas que querían hacer ejecutar y tomar las hicieron o las hicieron ejecutar a la fuerza y abiertamente. Y a quienes se oponían los destruyeron con toda clase de opresiones y torturas. Una destrucción tal que, para que sirviera de lección a los demás y no se rebelaran ellos también del mismo modo, mataron cobardemente a personas inocentes dando la impresión de que eran los peores criminales. Por una nadería serraron a las personas con sierras, las clavaron en cruces, las echaron al fuego, les arrancaron la piel, les cortaron el cuello, las abandonaron a la muerte en mazmorras, hambrientas y sedientas. Esto ha venido siendo siempre así en la historia de la humanidad hasta nuestros días, y así va. ¿Por qué? ¿Lo sabe usted? ¿Es porque somos incapaces de gobernarnos a nosotros mismos?
¿Acaso Dios, al crear al ser humano, no le dio la cabeza, la inteligencia, el cuerpo para gobernarse a sí mismo? ¿O se los dio solo a ciertas personas determinadas? Puede ser; la capacidad, el conocimiento, la razón, la inteligencia, el cuerpo, la fuerza de cada persona tampoco son iguales. Uno puede ser muy inteligente, mientras que otro puede ser muy tonto. ¿No puede ser uno muy fuerte mientras que otro es muy debilucho? ¿Debe todo esto hacernos dueños de dominio sobre esas personas? ¿Quién no está enamorado de subirse sobre la espalda de otro y hacerse su rey, su reina, su ministro, su primer ministro? Casi no hay personas que no estén enamoradas de eso. El anhelo de ser superior entre sus semejantes ha sido siempre el mayor deseo del ser humano. Y además en todos los temas. Es más, las personas no hacen esto desde el punto de vista de hacerse bien unas a otras, para competir; lamentablemente es una competición que se hace desde el punto de vista de oprimir y chupar la sangre, de presumir y menospreciar a los de alrededor. Aunque más adelante también de dentro de Israel surgieran de vez en cuando algunos buenos reyes, Dios miró con aborrecimiento que pidieran un rey. No porque sintiera celos de que lo abandonaran, sino que Dios miró con aborrecimiento esa insensatez de su petición. Y cuando leemos toda la historia de las Sagradas Escrituras, vemos claramente que por culpa de sus reyes les vinieron desgracias mucho mayores. (2.Reyes 17:7-8)
El propósito es siempre que haya alguien visible a su cabeza, que se inclinen ante él, y que él los oprima. Aunque vaya a aborrecer, que sea también alguien visible. La humanidad no ha logrado captar el sentido de aborrecer siquiera algo que no ve. Sin embargo, todo el mundo ha oído algo sobre la criatura espiritual llamada Satanás. La mayoría, cuando lo oyen, o bien se ríen, o bien no saben nada sobre esta criatura espiritual y tampoco quieren saber. Es seguro que, si lo viera, la situación sería muy diferente. Como no lo ve, por eso ni le importa. Por él ni ama ni aborrece. Incluso los religiosos que dicen aborrecerlo solo aborrecen ese nombre, pero no a esa persona. ¿Y esto qué quiere decir? ¡Que va a aborrecer ese nombre, pero no a esa persona!
Cuando yo leía e investigaba las Sagradas Escrituras y el Corán, me daba cuenta de algo. Y esto lo hacía haciéndome preguntas a mí mismo. Porque las personas que conocía a mi alrededor y de cuyas obras yo sentía frialdad, e incluso cuyas obras aborrecía, decían también creer en Dios y amarlo. Cuando miraba al mundo en general que vive en ambientes religiosos, casi no había nadie que no conociera y supiera de Dios y de Satanás. Por esta apariencia externa, así, mirándolo solo por encima, parece que fuera así. ¿Alguno de ustedes no sabe que las cosas que salen de la boca de las personas y las cosas que aplican viniendo de su corazón, o por las que arden de deseo de aplicar, son muchas veces diferentes? Aquellas personas, amando las etiquetas, y aborreciendo esas etiquetas cuyo significado ni siquiera conocen, es más, obedeciendo ciegamente, hasta el punto de ir a la muerte, a personas que no ven ni conocen mirando solo su rango, en realidad no le servían a Dios, sino a un puñado de hombres. Habría que estar ciego para no ver esto. Por eso yo tenía que examinarme a mí mismo, tenía que conocerme a mí mismo. Una de las cosas que más temen las personas es conocerse a sí mismas. Mientras que a todas les gusta que las inflen, las adulen, las alaben, conocer en el verdadero sentido lo que ellas mismas son a veces puede incluso volverlas locas. Yo, al contrario, amo mucho conocerme a mí mismo. Porque si no conozco la verdad de quién soy, qué quiero y qué he hecho verdaderamente mi meta, ese camino que ando no será para mí más que un mundo de fantasía. Si soy alguien que ama no la mentira sino la verdad, al final de un camino andado inconscientemente me esperará también una espantosa decepción e infelicidad. En mi opinión, esta es una regla válida para todos. Debemos preguntarnos a nosotros mismos abierta y claramente, sin ningún reparo, qué queremos, qué esperamos, qué amamos y qué aborrecemos. Aunque sería un absurdo poner una regla fija sobre cómo se hace esta labor de conocerse a uno mismo, como he dicho, el ser humano no debe rehuir pensar profundamente, hacerse preguntas a sí mismo y darse a sí mismo, también, respuestas correctas. En mi opinión, este es el camino más sencillo. Yo también lo sigo haciendo de vez en cuando, haciéndome las preguntas más inesperadas. Por ejemplo, si Dios —pero el Dios que yo conozco en las Sagradas Escrituras y en el Corán— fuera Satanás con esas características; y si Satanás fuera Dios según las características que yo conozco en las Sagradas Escrituras y en el Corán, ¿amaría entonces a Satanás, al que conocemos por las Escrituras con sus características actuales, solo por ser Dios? Aquí solo cambiarían los rangos. Satanás sería Dios, y Dios sería Satanás. ¿Amaba yo a Dios, sin pensarlo, sea quien sea, tenga la etiqueta que tenga, solo por ser Dios? Es decir, ¿me fijaba en la posición que ocupa, en su ser Todopoderoso (para quien todo es posible) y demás? No sé si alguien se habrá atrevido alguna vez a hacerse por dentro semejante pregunta. Entonces, hasta yo mismo me asombré de la pregunta que me hice. Por supuesto, tampoco quería dar la respuesta a esta pregunta engañándome a mí mismo.
La criatura llamada Satanás es un ángel espiritual que Dios ha creado. En un tiempo, hasta que se halló pecado en él, también era alguien así. (Ezequiel 28:11-19) Pero al rebelarse contra Dios, al hacerse enemigo de la humanidad, recibe el título de «Satanás», que significa rebelde, insurrecto. El mundo musulmán cree, y así lo enseña también, que Satanás fue creado por Dios, pero que desde el principio fue creado como Satanás. Esta es en realidad una enseñanza que acusa a Dios. ¡Que Dios cree a alguien así, precisamente para que se le oponga y sea su enemigo! Sí, aunque con el tiempo se haya desarrollado tal situación en la tierra y en el cielo, esto tampoco significa que Dios haya creado robots que se le opongan a sí mismo, que lo amen si Él quiere y que aborrezcan si no quiere. Si Dios creó a los seres humanos y a los ángeles con libertad tanto de elegir como de decidir —a lo cual llamamos libre albedrío—, entonces habría que decir «no» también a la existencia misma de esa voluntad llamada libre. Pues sí, ya que si Satanás fue creado de tal forma que hiciera a la fuerza lo malo, entonces eso no es algo que esté en manos de Satanás. La enseñanza que dice «Dios lo creó así, como rebelde y Satanás» desemboca en esta puerta. Y esto lleva a la conclusión de que la obra de Dios es mala, y además a propósito. Pero Dios ni hace ni quiere semejante cosa. Sin embargo, con el libre albedrío que les dio a las criaturas que ha creado, vemos que Dios no crea robots y que tampoco lo desea. Es seguro que Dios sabía y veía de antemano que, como consecuencia de las características que dio de sí mismo, en el ser humano y en los ángeles podrían darse tales riesgos. Pero esto es un tema completamente aparte. Los Testigos de Jehová, en cambio, miran este asunto no como algo aparte, sino como si fuera lo mismo. Que Dios haya visto de antemano lo que alguien iba a hacer, o que le haya dicho haz esto o no lo hagas, para ellos es lo mismo. Es decir, según ellos, cuando Dios le dijo a Adán «no comerás de este fruto», si Él podía ver de antemano que este iba a comer este fruto, entonces ¿por qué habría de prohibir lo que Adán no iba a hacer? El problema está precisamente ahí. Dios ordena y prohíbe a Adán no lo que no puede hacer, sino lo que sí puede hacer. Si Adán, con su libre albedrío, no iba a hacerlo y en cambio iba a hacer todo lo contrario, y Dios ya veía esto de antemano, entonces ¿debía Dios haberse abstenido de dar semejante orden? Si Dios hubiera empezado a ponerse a sí mismo tales límites, entonces no habría tenido necesidad de crearnos con libre albedrío a los seres humanos y a los ángeles. ¡Y encima Dios sabrá que Adán puede hacer esa cosa, pero por algo que Adán no hizo solo por su placer, o por ser engañado, o por deporte, Dios se pondría límites a sí mismo y renunciaría a su propósito diciendo «cuidado, no le vaya a dar semejante orden al pobre Adán, porque no me va a obedecer»! Esto significaría que Dios se niega a sí mismo. Este es precisamente el sentido de que nos hagamos preguntas a nosotros mismos, si nosotros, como seres humanos, no queremos engañarnos. Además, ¿por qué habría Dios de esforzarse en engañarse a sí mismo? ¡Quién podría pedirle cuentas! Una cosa es pedirle a alguien algo que no puede hacer, y otra cosa muy distinta es pedirle algo que sí puede hacer, y además hacer con mucha facilidad. Adán fue creado con una naturaleza tal que podía obedecer esa orden de Dios, y además con mucha facilidad. Podía obedecer, pero no obedeció. Fue engañado, usó de forma torcida esa característica que poseía, y demás. Yo no veo aquí ningún error de Dios. De hecho, que enviara a la tierra a Jesucristo —que en un tiempo era un ángel que vivía en los cielos— como a alguien equivalente a Adán, demostró que Dios no se había equivocado en su expectativa respecto a Adán. Porque Jesucristo, mientras estuvo en la tierra, al obedecer a Dios sin cometer ningún pecado bajo condiciones mucho más difíciles que las de Adán, dio respuesta a Satanás y a todas las criaturas dotadas de inteligencia que piensan como él. Lo que Dios espera de sus criaturas, las ha creado dotadas de las características capaces de cumplir su expectativa. Que lo hagan o que no lo hagan; y que Dios lo vea y lo sepa también de antemano, no hace responsable a Dios, sino a esas propias personas. Porque fuimos creados con la capacidad de poder cargar con esa responsabilidad.
La interpretación del mundo cristiano sobre el tema del pecado de Adán es mucho más cómica. ¡Según ellos, el fruto prohibido era la relación sexual! La palabra «fruto» de las Escrituras se usó en sentido simbólico. ¡Y encima Dios va a bendecir a Adán y a Eva y a decir «multiplicaos, llenad la tierra», pero va también a prohibir la relación sexual! Y así surge una clase de interpretación de la que se dice «qué ayuno es este y qué encurtido de col». (Génesis 1:27-28) Aquí veo que de nuevo me he visto obligado a tratar los mismos temas que escribí en el libro titulado «Las Mafias de la Religión y Nosotros».
La afirmación que plantea Satanás y que Dios, siendo Dios y teniendo poder sobre todo, le dé campo, también resulta asombroso. (Job 1:6-22; 2:1-6; Sura Al-A'raf (7):11-22; Sura Al-Hiyr (15):28-37; Sura Al-Isra (17):61-64) Y la prueba, por parte de Satanás, del pleito planteado es muy interesante. Las cosas que Satanás quiere probar son siempre de forma que darán al ser humano dolor e infelicidad. Y si tiene algunas cuyo comienzo parece dar emoción y felicidad, su final termina sin duda en dolor. En cambio, la manera de Dios de acercarse al ser humano, e incluso a quienes no lo obedecen, es muy diferente. A pesar de tener razón, es siempre cariñoso, misericordioso, comprensivo, alguien que educa, que enseña. Junto a muchas otras cualidades, tampoco es alguien equipado con una debilidad de bondad. Su ira, capaz de tomar venganza cuando es necesario y que es justa, también es espantosa. En resumen, mientras que Dios es siempre mesurado, virtuoso, alguien que ama al ser humano y que posee características muy superiores, ver las características de Satanás, siempre bajas, repugnantes, mentirosas, taimadas y, sobre todo, llenas de odio contra la humanidad, todo lo que digo es posible a partir de estas Sagradas Escrituras. Yo trato de mostrarles la diferencia entre Dios y Satanás abordando un solo tema. Si me pusiera a explicar todos los temas, significaría sacar aquí de nuevo una copia de las Sagradas Escrituras, y eso también sería absurdo. Sin enumerar todas las fealdades, miremos de nuevo nuestra tierra, y las pruebas de que podemos estar seguros de que detrás de cada mentira, cada repugnancia, cada maldad, cada dolor, cada tortura está Satanás como representante están de nuevo escritas claramente en las Sagradas Escrituras.
Vengamos a la respuesta de la pregunta que me hice a mí mismo. ¿Amaba yo a Dios según el rango que posee? ¿Debía aborrecer a Satanás según la mala fama que posee? Cuando pensaba y hacía valoraciones honestas conmigo mismo, la respuesta salió de mi boca de la siguiente manera, aunque no estuviera acostumbrado a esas palabras: «Si este Dios que amo fuera Satanás, entonces yo lo seguiría amando aunque su título fuera Satanás», dije. O si Satanás fuera Dios, pude decir «yo aborrecería a semejante Dios». Lo que fuerza y asombra al ser humano son los rangos, los títulos. ¿Era yo también esclavo de ellos? ¿O lo que me ponía en movimiento eran esas características que aprendí sobre él, que amé o aborrecí? He aquí lo que quise saber. Sin embargo, a muchas personas que poseen por completo las características de Satanás y andan por sus caminos, al contrario, no les faltan nunca en la boca las declaraciones de amor y fidelidad hacia Dios. Aquellas personas en realidad aman el rango que se posee, no sus características. Porque la persona que dice amar a Dios debe mostrar también las características que Él quiere, que posee. Mientras muestre las características de Satanás, al que dice aborrecer, en realidad el amor de esa persona hacia Dios también es vacío y sin sentido. Cree que ama a Dios, pero las cosas que le gustan y desea pertenecen siempre a la persona que dice aborrecer y a su voluntad. Aunque estas situaciones, por ser imperfectos, es decir, defectuosos, se retuerzan y retuerzan dentro de todos nosotros, amar o hacer esas cosas son cosas distintas. También nos ha ocurrido hacer de vez en cuando las cosas que aborrecemos. Hay cosas aborrecibles que nos hemos visto incluso obligados a hacer por el impulso del pecado que hay dentro de nosotros o por muchas razones. (Romanos 7:15) Estas, por más que no sean correctas a los ojos de Dios, son comprensibles. Pero una cosa es hacer esas cosas con gusto y amándolas, y otra distinta es hacerlas sin quererlo, con esos sentimientos que en ese momento no podemos frenar. Algunas personas, en cambio, no hacen o no pueden hacer esas cosas, pero sienten un gran placer en contemplar a quienes las hacen. (Apocalipsis 22:15) Y no hacer jamás las cosas aborrecibles y apartarse de ellas con voluntad debe ser la meta más elevada a la que todos quieran llegar. (Levítico 19:2)
Ya sea Dios o ya sea Satanás, estos son seres invisibles a los ojos de nosotros los humanos. Entonces, ¿el amor que mostramos hacia las cosas visibles es distinto del ejemplo que di arriba? No los seres espirituales, sino los seres corporales, es decir, nosotros los humanos, ¿cuánto nos amamos unos a otros? ¿O amamos a las personas que decimos amar conociéndolas de verdad? ¿O nuestro amor o nuestro odio hacia ellas está también ligado, para nosotros, a cosas como la etiqueta, el rango, la bandera, la raza, el interés, el color, el idioma? Amamos, pero en realidad no porque amemos de verdad. Nos hemos hecho marido y mujer, hermano mayor y menor, son nuestra madre y nuestro padre, se han hecho presidente o primer ministro a nuestra cabeza. Son nuestros hermanos de religión, comparten con nosotros la misma comunidad, somos hijos de la misma nación y de la misma patria, somos de la misma raza, tenemos intereses comunes, vamos al mismo club, etcétera, etcétera. Aunque estas personas no se amen nada unas a otras, ¿han de ser solo estas las cosas que las hacen parecer que se aman? Casi no hay personas que se amen unas a otras fijándose en sus características. Se dice «el amor no es a la fuerza», pero por lo general todos dicen amarse unos a otros a la fuerza por estas razones que he enumerado.
Nuestro aborrecer tampoco es muy distinto. Ahora venga, eche un vistazo a sus razones:
No es de nuestra familia, es un extraño. No es de nuestro partido, es del partido contrario. No es de nuestra nación, viene de no sé qué nación. Vienen de sexos, razas, linajes distintos. No es miembro de nuestro club. No habla el mismo idioma. No piensa las mismas cosas. Nuestra religión es distinta. Nuestra confesión es diferente. Uno va a no sé qué iglesia, el otro a no sé qué mezquita. Uno enseña el trasero mientras que el otro se cubre hasta la cabeza. Uno tiene un coche de seis cilindros, el otro solo tiene una carretilla de mano. Y podemos alargarlo y alargarlo. Créame, las personas se aborrecen unas a otras por razones interminables e inagotables. Hasta se les para el aliento del miedo a acercarse unos a otros. Sin embargo, esas personas de las que uno se mantiene alejado por las razones que hemos enumerado, ¿no podrían ser en realidad, cuando las conociera, personas mucho más cercanas a él y que poseen características que amaría y disfrutaría? Aunque lo fueran y aunque se conocieran unos a otros durante años, no, por culpa de una de estas razones que he enumerado arriba de ningún modo logran entrar en calor unos con otros. Que no puedan entrar en calor, que sientan frialdad, créame, es solo por culpa de estas etiquetas, títulos, rangos, colores, velos, vestimenta y, por supuesto, de que las sociedades vean esto como valioso o sin valor. Incluso cuando uno de ellos vaya a dar el paso y a abrazar a esa persona contra su pecho, la sociedad en la que vive siempre le pone un tropiezo por delante. Pero si salta también ese tropiezo y se arriesga a vivir con esa persona y la acepta, entonces la sociedad siempre le hará sentir esta carencia, como si tuviera un brazo cortado, como si tuviera una pierna cortada. Y la razón es por culpa de cualquiera de las sandeces que he enumerado arriba como motivo de aborrecimiento. Eso es todo. Si ni siquiera con las cosas que he enumerado como amor logran amarse unos a otros con sinceridad, ¡piense usted en el empeño de estas personas en las cosas que consideran necesario aborrecer! He aquí el amor de nosotros los humanos, he aquí el odio de nosotros los humanos. Y si encima de esto añadimos también nuestras características verdaderamente aborrecibles, creo que no hace falta que pensemos qué ocurrirá. Escuche las noticias diarias de nuestro mundo y lo entenderá. Y encima esas noticias filtradas cuántas veces. Estamos en un estado que se puede llamar escandaloso, y ni nos avergonzamos ni nos damos cuenta. Y esto se ve más que nada en esas sociedades llamadas ricas, avanzadas, que gritan por los derechos humanos. Pues sí, así como todos luchan por lo que no tienen, estas también gritan a voz en cuello por las características que no tienen. En los demás países no sale mucho ruido sobre este tema. ¿Acaso ellos son más humanos y conocen mejor los derechos humanos? No. Uno grita a voz en cuello, pero su interior en realidad está lleno de odio, rencor y toda clase de características inhumanas; su griterío es solo por hipocresía, es decir, por fanfarronería. El otro no dice ni pío sobre este tema, pero también está lleno de características inhumanas. La diferencia está solo en su debilidad. Ese que es débil no puede estamparse una etiqueta y hacerse publicidad como los demás. Y si lo intenta, ese que es fuerte lo estropea. Dice: «Nadie fuera de mí o de nosotros puede aferrarse a este título». Y así se mostrará siempre grande a sí mismo. Ande usted ahora a pensar cuál de ellos es mejor.
En la Segunda Guerra Mundial, los americanos, viéndose a sí mismos superiores, luchan contra los alemanes y, hablando de derechos humanos, condenan lo que se hacía a los judíos. Al mismo tiempo, los soldados americanos en el campo de prisioneros alemán ni siquiera comen en una misma mesa con el oficial americano de su misma nación por ser negro. Y encima ambos libraban la misma guerra y servían al mismo país. ¿Cuál será más o menos humano? ¿El alemán o el americano? ¡Uno aborrece al judío, el otro por su color, por ser negro! Los soldados ingleses y americanos que, con el pretexto de llevar la democracia a Irak, ponían sacos en la cabeza de los hombres y les orinaban, les defecaban en la cabeza, les daban alto voltaje, matándolos con torturas y masacrando a cientos de miles de ellos, se quedan de golpe en shock con unas cuantas bombas terroristas que estallan en sus propios países. En las televisiones anuncian que se vengarán de ellos. Piense usted de nuevo quién es malo y quién es mejor. En los libros en que creen los cristianos está escrito «amad también a vuestros enemigos». (Mateo 5:44-46) En cambio, en el libro en que creen los musulmanes está escrito: «A quienes os ataquen, atacadlos vosotros también en la misma medida». (Al-Baqara (2):178; Al-Maida (5):45) El libro de uno dice «amad también a vuestros enemigos», pero él muestra hostilidad y ataca muchísimas veces más; el del otro dice «a quien te ataque, respóndele tú también», y a quien lo ataca solo puede responderle con una pizca. Piense de nuevo quién es mejor. Como estas, en nuestra época y en la historia hay tantas repugnancias que la humanidad se ha hecho unos a otros. Toma de uno y pega al otro.
Ni nuestro amor se parece al amor, ni nuestro odio tiene sentido alguno. Ni amamos lo que vemos, ni nos esforzamos en conocer los valores que no vemos. Ni conocemos lo que aborrecemos, ni sabemos el sentido de ese aborrecimiento. Así como no sabemos por qué luchamos, ni siquiera conocemos a quienes matamos. Quizá, mientras matamos a las personas que más amaríamos, nos hacemos siervos y esclavos de quienes de verdad nos aborrecen y buscan nuestro daño. Ni hay amistad dentro de la humanidad, ni la humanidad conoce el sentido de esa amistad. Lo que llaman «amistad, compañerismo» no es más que cubrir las inmundicias unos de otros, no sacar a la luz las cosas que hacen en secreto. Si hay amigos verdaderos, tampoco oímos su voz ni su aliento; es más, no la dejan oír para que la oigamos. La nueva moda actual de blanco de odio son los «terroristas». Como ser judío en la antigua Alemania nazi. A quien fuera que no les gustaba, se lo llevaban a medianoche y nadie volvía a verlo. No se sabe dónde lo quemaban, dónde lo cortaban y descuartizaban; nadie quería saberlo tampoco. Todos vivían sin decir ni pío, temiéndose unos a otros. Cierto es que hay tantos alemanes que aún añoran aquellos días. Mientras que sus voces no salían, mientras temían, más y más a menudo venían y se llevaban a la gente. De miles, decenas de miles, sus números pasaron a ser muchísimos millones. Todos callaron, temieron, dijeron «ah, esta vez también me salvé». Como a él en ese momento no le pasó nada, ¡ah! Ahora también hay «terroristas» que sacan de cada casa y no vuelven nunca más. Nadie dice ni pío. ¡Vaya, así que era esto! ¡Ya se veía venir! Que los demás que lo conocen teman y callen. ¡A ver si se atreve a hablar! Que diga: «Anda ya, era buena persona, no tenía ninguna maldad, vivió años entre nosotros, ¿por qué dicen eso?». Al atardecer también a él se lo llevan, y ya no vuelve nunca más. Luego también él se convierte en un terrorista que desaparece. Y si uno de ellos saca fotos de lo que les hacen a esos terroristas y las reparte por ahí, eso ya se pone un poco difícil; pero digamos que aunque ocurriera, con pedir a lo sumo unas disculpas basta y sobra. Y las disculpas tampoco por esas personas ni por lo que se les hizo, sino por eso: por qué se repartieron esas fotos por el mercado y a la gente se le revolvió el estómago. Por más en secreto que hagan estas cosas, ahora hasta nosotros lo vemos; ¿y Dios, acaso Él no lo ve?
Puesto que está escrito: «El que hizo el oído, ¿no oirá? El que formó el ojo, ¿no verá?» (Salmos 94:9), eso significa que tanto oye como ve. Y para el final de su paciencia solo queda muy poco tiempo.
Seguramente habrá oído mucho sobre el profeta Job, pero muchas personas no saben nada más que este nombre. Quizá algunos de ustedes hayan oído lo de «la paciencia de Job». Yo también, si no hubiera leído las Sagradas Escrituras, mi conocimiento sobre Job habría sido tan escaso que se podría decir que era nulo. El Corán pasa por los temas que aparecen en las Sagradas Escrituras solo tocándolos por encima, o mencionándolos a modo de recordatorio. En resumen, el Corán no es una copia de las Sagradas Escrituras. Por más que sean muchos entre nosotros los que rompen el ayuno por rabia contra el infiel, tanto las Sagradas Escrituras como el Corán son libros distintos. Dentro de las Sagradas Escrituras hay 66 librillos pequeños. Todos han sido reunidos en un solo libro bajo el nombre de Sagradas Escrituras, pensando en la comodidad. Por lo demás, dentro de este libro que llamamos Sagradas Escrituras, y que los musulmanes conocen como Torá-Salmos-Evangelio, hay no tres, sino los libros de muchos profetas. La mayoría de los musulmanes, así como no leen el Corán que llaman «nuestro propio libro», encima, cuando se dice «Sagradas Escrituras», se les hace muy cuesta arriba. A lo largo de mi vida no he oído ni visto a una persona que crea en todos estos libros. Hay muchos que dicen creer en todos por ignorancia; los hay, pero sus creencias no se apoyan en ningún fundamento. Dicen creer en todos solo en las conversaciones de las mesas de bebida, para intentar señalar que ellos, según dicen, no son de mente estrecha. Pero cuando el asunto se pone serio, ni toma en la mano las Sagradas Escrituras ni lee e investiga el Corán. Hace un momento expliqué cómo y hacia qué cosas sentimos amor y odio. Ahora, si me pusiera a explicar las cosas en que cree toda la humanidad, créame, les resultaría más fácil darse cuenta de que estamos en una situación mucho más cómica que aquel tema del odio y el amor. Como en este libro quiero llevar el peso del tema hacia los ojos literales y espirituales, y como al mismo tiempo también toqué estos temas en mi libro anterior, venga, digo que por ahora hablemos solo de Job.
En las Sagradas Escrituras este tema se trata bajo su nombre, es decir, se lo conoce como el libro de Job. Con esos escritos que Dios quiso que se escribieran y que ha conservado hasta nuestros días, Dios no solo dio importancia a los tiempos antiguos, sino que también se propuso que cada persona sacara de esos escritos su propia parte y aprendiera de ellos. (1.Corintios 10:11; 2.Timoteo 3:16; Al-Anbiya (21):83; Sad (38):41 y 44) Es imposible no entender lo que le sucedió a Job, su paciencia, su amor hacia Dios incluso mientras se retorcía entre dolores e ira. Job es al mismo tiempo un tema de sermón que el mundo cristiano utiliza mucho para animar a las personas, para hacer frente a los dolores, para resistir y mostrar aguante. Y es muy hermoso y lleno de sentido. Solo que, si va a leer este libro de principio a fin, salvo sus dos primeras páginas, es posible que no entienda casi nada de la mayor parte. Una de las mayores razones que dificultan la comprensión de este libro es que resulta imprescindible el conocimiento para distinguir cuál de los personajes de allí dice la verdad y cuál dice lo falso. Porque Satanás toma como blanco a Job y se esfuerza en probar que el amor de Job hacia Dios se basaba solo en el interés. Y por esta causa hace realmente todo lo que está en su mano. Mata de una sola vez a todos los hijos de Job. Le hace perder de nuevo, en un solo día, toda su fortuna —y es que Job era un hombre muy rico—. Le hiere todo el cuerpo con úlceras malignas. A pesar de todo esto, Job no abandona su fidelidad a Dios y no deja de amarlo. (Todos los capítulos 1 y 2 del libro de Job) He aquí que, después de ocurrir estos sucesos, tres amigos suyos que se enteran de esto vienen a visitar a Job. Amigos, y encima supuestos amigos. Por insensatez, por ignorancia, hacen aún más difícil el estado de ánimo de Job. Según ellos, todas estas desgracias que le vinieron a Job las ha hecho Dios. Dicen: «Como Job seguramente tiene también muchos lados malos, Dios le está haciendo esto para castigarlo». Por más que Job parezca una persona correcta, aun así, según esos amigos suyos: «¡¡¡eso significa que los lados farsantes e hipócritas de Job no se le han escapado a Dios!!!».
Sin embargo, mientras nosotros leemos estos sucesos en el libro, conocemos el asunto que ocurre en los cielos entre Dios y Satanás. Por tanto, que leamos también que, según las propias palabras de Dios, alguien como Job poseía en aquella tierra de entonces características sin par ni semejante, nos hace tener una mejor opinión sobre Job. (Job 1:8) Cuando leemos las palabras de Job, su comprensión y su sabiduría sobre Dios nos asombran mucho. Porque en aquellos tiempos no había ni tantos libros ni tanto conocimiento sobre Dios como ahora.
Cierto es que, aunque el conocimiento sobre Dios de las personas de nuestra época esté por debajo de cero, esto no significa que ese conocimiento no se pueda encontrar. Porque las Sagradas Escrituras hoy en día son de una facilidad tal que a veces se pueden obtener al precio de dos paquetes de cigarrillos. La mayoría de las veces se reparten incluso gratis. Esos libros, así como contienen miles de años de historia de la humanidad, tratan también de las relaciones de las personas con Dios. Es de nuevo posible encontrar en esos libros los conocimientos que van desde cómo fue creado el ser humano hasta toda la tierra y el propósito de Dios respecto a la humanidad, y luego hasta las profecías que anuncian un futuro de mil años. Por supuesto, lo más importante es que a través de estos escritos es posible conocer a Dios. Pero digo posible, no digo que se conoce. Por más que en cuanto a conocimiento poseamos tanto conocimiento y material como para no poder compararse con la época de Job, llegar a la comprensión no depende ni de memorizar los libros ni de llevarlos con nosotros cada día. Aunque supiéramos tanto como para memorizar esos libros, no habrá garantía de que vayamos a entender. Sin duda hay que leerlos, si es necesario podemos también tenerlos siempre con nosotros, pero estos no son más que un material. Todos quizá puedan hacer una casa. No se puede decir que, con los mismos materiales, dando a esas personas todo lo necesario, desde el martillo, el cemento, hasta el hierro, todas vayan a edificar la misma casa. Es más, lo que algunos edifican puede derrumbarse antes incluso de llegar al tejado. Sin embargo, el material que todos tienen en la mano es el mismo. O cuando a dos amas de casa se les dice que hagan comida con los mismos materiales, el sabor que ambas alcancen en esa comida será diferente. Mientras que la comida que hace una la masticamos a duras penas, sin masticar, para que no quede feo, la que prepara la otra la comemos con apetito, según la expresión «nos hemos chupado los dedos». Eso significa que, más que las cosas que uno posee, lo importante es cómo las aprovecharemos, y esto depende de nuestras características. Nuestras capacidades, nuestra atención, que estemos deseosos respecto a esa cosa, nuestro conocimiento, la actitud de nuestro corazón, nuestro empeño, nuestra paciencia y demás jugarán sin duda un papel muy grande. Obtener sabiduría (ser sabio) y comprensión quizá pueda compararse también con estos ejemplos que he dado.
Job, en comparación con los ejemplos que he dado, por eso nos asombra mucho. Porque, a pesar de no tener ningún material en la mano, la sabiduría que ha alcanzado y su comprensión sobre Dios son realmente asombrosas. Conocer a Job como un profeta quizá pueda engañarnos. Sin duda la fuente de la comprensión y la sabiduría es Dios, y aunque se la da a quien quiere, Job no tuvo con Dios de ninguna manera conversación verbal ni revelación recibida, hasta que Dios habló con él precisamente al final de sus dolores. (Job 42:5) Job desarrolló todo su conocimiento, su comprensión y su sabiduría sobre Dios solo de oídas. Sea como sea, en mi opinión el mayor secreto para obtener comprensión, conocimiento y sabiduría sobre algo, de nuevo, como he dicho, depende de cuánto amamos y deseamos esa cosa. Aunque Job tuviera un conocimiento de oídas muy escaso sobre Dios, él trabajó, desarrolló, amó ese conocimiento dentro de sí, en su espíritu, y fue recompensado por Dios. Tanto con cosas espirituales como materiales.
Las moléculas del átomo no se ven con los ojos, pero la energía que esparce alrededor hacer estallar el núcleo del átomo es espantosa. O si vamos a pensar en la semilla de una hortaliza, la situación no es muy diferente. El comienzo de la sandía o de la calabaza —a veces se han encontrado de 12-15 kilos e incluso, en récords, mucho más grandes— es solo una única semilla que hay dentro de ella misma. El agua que posee una sandía de quince kilos de peso, su tamaño y su transformación en cientos de semillas comenzó con una única semilla. Cuando esa semilla estalló y se desarrolló, he aquí que entonces, llegado el día, se convirtió en una sandía. Por supuesto, el dióxido de carbono que tomó del aire, el agua, el sol, la tierra eran los materiales que la sandía usó en su desarrollo. Nosotros los humanos también podemos dar dirección a cómo hacemos funcionar dentro de nosotros, en nuestra mente, los conocimientos que poseemos, y a cómo esos conocimientos, luego, se fragmentarán o brotarán en nuestra mente, en nuestro corazón, y con qué efecto saldrán a la luz. Lo que no está en manos de una calabaza o de una sandía, si queremos, puede ser moldeado bajo la voluntad, en el desarrollo y con el control de nosotros los humanos. Al decir «si queremos», surge una percepción como si fuera un trabajo, como si fuera una obligación. Aunque la comprensión y la sabiduría requieran también disciplina, deseo, trabajo, empeño, paciencia, aguante, la fuerza más importante que hace estallar la semilla es nuestro amor hacia esa cosa. Las demás cosas, de nuevo, como he dicho, no son más que un material. Ya sea la sandía o cualquier otra hortaliza, cuando encuentra un entorno adecuado, para hacer estallar su semilla y mostrar desarrollo no se fuerza a sí misma. Esa cosa ocurre por sí sola. Porque ha amado el entorno que posee. Pero si la metes también en un entorno que no ama, su desarrollo se congela y así mismo se seca y desaparece. Sobre este tema hay un ejemplo famoso de Jesús. Esta comparación, que casi todo cristiano se sabe casi de memoria, es exactamente así:
Jesús les contó muchas cosas con comparaciones. «Mirad», dijo, «un sembrador salió a sembrar semilla. De las semillas que sembró, unas cayeron junto al camino. Vinieron los pájaros y se las comieron. Otras cayeron en lugares pedregosos donde había poca tierra. Como la tierra no era profunda, brotaron enseguida. Pero cuando salió el sol, se quemaron y, como no habían echado raíces, se secaron. Otras cayeron entre espinos. Los espinos crecieron y ahogaron los brotes. Otras cayeron en buena tierra. Unas dieron cien, otras sesenta, otras treinta veces más de fruto. ¡El que tenga oídos, que oiga!» Mateo 13:3-9
Los discípulos (apóstoles) que estaban junto a Jesús no entienden esta comparación y le preguntan. Y Jesús explica su significado.
«Ahora escuchad vosotros la comparación del sembrador. A todo el que oye la palabra sobre el Reino Celestial (el Reino de Dios) y no la entiende, viene Satanás y arrebata lo que se sembró en su corazón. Esta es la semilla sembrada junto al camino.
La sembrada en lugares pedregosos es la persona que oye la palabra y la acepta enseguida con alegría, pero que, como no echa raíces, solo resiste un tiempo. Alguien así, cuando le sobreviene aflicción o persecución a causa de la palabra de Dios, enseguida tropieza y cae.
La sembrada entre espinos es esta: oye la palabra, pero las preocupaciones mundanas y el engaño de las riquezas ahogan la palabra e impiden que dé fruto.
La semilla sembrada en buena tierra, en cambio, se parece a alguien que oye la palabra y la entiende. Este sin duda da fruto, uno cien, otro sesenta, otro treinta veces más». Mateo 13:19-23
A las personas se las fuerza casi a hacer las cosas buenas. Es posible ver esta presión más que nada en los ambientes religiosos. Yo digo ambientes religiosos porque tiene que ver con Dios. En realidad sería más correcto si dijera todos los ambientes organizados. En tales entornos se empuja siempre a las personas a hacer algo por el interés de esa religión, de esa organización. Ya sea esta religión, ya sea la ciencia, ya sea el ejército. Igualmente, ya sea el hospital, ya sea la cárcel. En todos estos lugares, ya sea funcionario, enfermo, recluso, alumno, maestro, médico o lo que sea, siempre se incita, se fuerza a esas personas a hacer algo por esas instituciones, e incluso por esta causa se imponen incluso castigos. Ya según el entorno. No se sabe si lo hacen dando castigo, acariciando, amando o golpeando. He aquí que el amor a Dios que quiero explicar no se obtiene con nada de esto. Desde dar castigo hasta toda clase de presión aplicada por las cosas correctas y buenas, aunque quizá sea necesaria para la educación, no pueden jugar ningún papel en el camino del amor. ¿Con esto acaso cree que sin amor no se puede obtener nada? Seguro que no. A la fuerza, con presión, atemorizando, con soborno —y me refiero a las cosas que se ponen delante de las personas mediante soborno—. Esto suele ser dinero en el sentido de salario. A veces puede ser también una mujer, una carrera, un nombre, un cargo. He aquí que con estas cosas también se pueden hacer ejecutar muchas cosas. Dios, en cambio, así como ni siquiera se rebaja a dar valor a ninguna de estas cosas, aborrece especialmente tales caminos aplicados para acercarse a Él. La característica nuestra que Dios más valora es nuestro amor. Porque lo más fuerte que hay en nosotros es eso. Aunque el odio parezca aterrador y repugnante por las obras que hace, lo fuerte es el amor, no el odio. De nuevo en las Sagradas Escrituras se dice que lo permanente y eterno no es ni la fe ni la esperanza, sino solo el amor. (1.Corintios 13:13)
Que las personas den más valor a las cosas que ven y necesariamente amen lo que ven no es en realidad amor verdadero. El amor no es de todos modos un órgano nuestro visible a los ojos, ni una cosa que tengamos en la mano. El amor es sentimiento, es emoción. La persona lo vive en su ser. Al mismo tiempo, el amor es un impulso tremendamente grande. Viene de dentro de nosotros y ese impulso nos arroja sin reparos, con los ojos cerrados, a la muerte, a los fuegos, a las torturas y dentro de toda clase de desgracia. Porque en el amor no hay temor. Mire lo que escribe el apóstol Juan sobre este tema:
En el amor no hay temor; sino que el amor perfecto (sin defecto) echa fuera el temor, porque el temor conlleva tormento; y el que teme no ha sido perfeccionado en el amor (es decir, no ha llegado a la perfección o a la madurez). 1.Juan 4:18
Tampoco debe entenderse que todo aquel que se arroja a la muerte y se quema lo hizo con un impulso que nace del amor. Me he visto obligado a volver de nuevo a los temas de mi libro anterior. Si no los explico, esta vez el sentido de las cosas que escribo quedará desconectado. Por eso permítame tomar tal cual del Evangelio y volver a escribir estas palabras sobre el amor, para que nos sea más fácil entender los temas.
Si hablase las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tuviera amor, no sería diferente de un bronce que resuena o de un címbalo que retiñe. Si pudiera profetizar, conociera todos los misterios y poseyera toda clase de conocimiento, si tuviera una fe tan grande como para mover montañas de su sitio, pero no tuviera amor, no soy nada. Si repartiera todos mis bienes como limosna y entregara mi cuerpo para ser quemado, pero no tuviera amor, esto no me sirve de nada. El amor es paciente, el amor es bondadoso. El amor no tiene celos, no se jacta, no se envanece. El amor no se comporta con rudeza, no busca su propio interés, no se irrita fácilmente, no lleva la cuenta del mal. El amor no se alegra de la injusticia, sino que se alegra con la verdad. El amor todo lo soporta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta. El amor jamás termina. Pero las profecías desaparecerán, las lenguas cesarán, el conocimiento desaparecerá. Porque nuestro conocimiento es limitado, y nuestra profecía también es limitada. Pero cuando venga lo perfecto, lo limitado desaparecerá. Cuando era niño, hablaba como niño, entendía como niño, pensaba como niño. Cuando me hice un hombre adulto, dejé los comportamientos infantiles. Ahora vemos todo como una imagen borrosa en un espejo, pero entonces veremos cara a cara. Ahora mi conocimiento es limitado, pero entonces conoceré plenamente, como también soy conocido.
He aquí que, así, hay tres cosas permanentes: la fe, la esperanza y el amor. Y la más grande de ellas es el amor. 1.Corintios, capítulo 13
El significado de este escrito inspirado por el espíritu de Dios es realmente muy grande. En el resumen de todas las Sagradas Escrituras, Dios solo pide amor. Mire lo que dice claramente Jesucristo sobre este tema:
...«'Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.' Este es el primero y más importante mandamiento. Y el segundo mandamiento, semejante al primero, es este: 'Ama a tu prójimo como a ti mismo.'
Toda la Ley y las palabras de los profetas se apoyan en estos dos mandamientos.«
Evangelio-Mateo 22:37-40
¿Se lo puede imaginar? El resumen de tantos escritos que se han escrito se apoya en realidad solo en estos dos mandamientos. Que la humanidad no dé ningún valor, pero ningún valor, a este sentimiento que quizá no le baja de la boca y del que hace tema por todas partes, es otra realidad. Aunque prueben y se esfuercen con todos los métodos, no le han dado importancia al amor en el verdadero sentido, con sinceridad y viniendo de dentro. Hasta el Papa, cuando fue elegido, invitó a las personas no al amor, sino primero a aborrecer. Será porque es alemán; nada más llegar al puesto, se sentó en ese sillón diciendo primero palabras de hostilidad contra los turcos. Al decir «hasta el Papa», con la palabra «hasta» que uso no escribo en el sentido de que fuera imposible que esas personas hicieran algo así. Al contrario, en todos los odios de la historia, entre quienes empujaban a las naciones a la guerra y al odio, entre los grupos que sembraron en las personas sentimientos de amargura, tortura, rencor, venganza y matanza, el papado y el clericalismo cristiano han jugado un papel muy grande. Sin embargo, en este libro y en el libro de las Mafias de la Religión que escribí antes de este, con los versículos que continuamente cito de las Sagradas Escrituras, el mensaje que Dios y Jesucristo dan a la humanidad y en especial a los creyentes es muy diferente.
Es seguro que entre el amor de estos religiosos de etiqueta y el amor a Dios de Job hay tanta diferencia como entre la tierra y el cielo. Cuando las personas están bajo el dolor y la presión, dicen sus palabras viniendo de todo su corazón. De hecho, como también leemos en el libro de Job, Satanás, planteando esta afirmación, riñe con Dios. Porque Satanás es alguien que sabe también por sus experiencias que las personas, cuando están bajo presión, no pueden hacer muchos numeritos. La razón por la que golpea a Job con toda clase de desgracias es precisamente esa. Metiéndolo en aflicciones, quiere que se rebele con odio contra Dios. (Job 2:4-5) Cuando leemos el libro de Job de principio a fin, vemos claramente que su amor no estaba ligado a la riqueza, al bienestar, a la presión, a la organización, a la congregación a la que iba, al nacionalismo, al interés, al provecho, a sus seres queridos, al temor, al dolor; mejor dicho, a nada.
En cuanto a ver, el deseo de Job también era poder encontrar a Dios en un lugar donde pudiera verlo. ¿De cuál de nosotros no es ese el deseo? Así como no todos nuestros deseos y anhelos pueden ser correctos, tampoco son correctos nuestros deseos de vez en cuando sobre este asunto, como los de Job. Menos mal que Dios no está en un lugar determinado. ¿Y si fuera así? ¡Si tuviéramos que hacer cola para verlo y hablar con Él! ¡Si tuviéramos que ir a saber a qué parte del mundo para contar nuestra aflicción, para abrir nuestro corazón! ¡Y allí también nos afanaríamos por conseguir un lugar en las primeras filas dando sobornos a saber a quién! ¿Y qué harían los que no pueden ir, los débiles, los enfermos, los que están en la cárcel o en el hospital, los que no tienen dinero? Si existiera algo así, creo que de nuevo los que estarían más al frente serían esos chupasangres. Ellos estarían siempre haciendo la pelota en Su puerta y se afanarían por no dejarnos entrar allí a nosotros. Menos mal que a todo esto lo llamamos una pesadilla y un absurdo. A Dios, dondequiera que queramos, ahí, dondequiera que lo llamemos, nos oye allí. En cualquier idioma que hablemos, nos entiende. Aunque no hablemos nada, conoce nuestros sentimientos. Alguien que, antes incluso de que conversemos con Él, sabe lo que vamos a decir. ¿Cuál es más hermoso? ¿Lo que es como esa pesadilla que conté hace un momento, o lo que es de esta manera? Cuando pensamos estas cosas con nuestra lógica, con nuestra razón, podemos entenderlo y decimos «menos mal que es así». Pero cuando uno se retuerce entre dolores como Job, el ser humano necesariamente quiere una solución en ese momento. Buscamos ver a ese Dios que calmará nuestros dolores. En medio de sus aflicciones, Job dice:
«¡Ojalá supiera dónde poder hallarlo, para llegar hasta su trono!». (Job 23:3)
Yo también he entrado muchas veces dentro de estos sentimientos. Necesariamente he querido hablar delante de Dios. Viéndolo cara a cara, recibiendo respuestas. Job era alguien que veía también con su espíritu que Dios no estaba en un lugar determinado, sino en todas partes. Si leemos la continuación de sus palabras de hace un momento, allí también sigue así:
«He aquí que voy hacia adelante y allí no está; voy hacia atrás y no lo percibo. Cuando obra a la izquierda tampoco lo distingo; se oculta a la derecha y no lo veo». (Job 23:8-9)
Job no tenía ninguna duda de la existencia de Dios, pero también había captado, había entendido, que no se lo ve con los ojos.
Job era alguien que de todos modos no creía que ver todo, e incluso mirar a todas partes, fuera necesariamente útil. Aunque no tiene relación con ver a Dios, pero como está relacionado con el tema de ver, hay otro lugar que quiero señalar. Es más, sobre este asunto Job hasta ha tomado medidas a su manera. Mire lo que dice Job con sus propias palabras:
«He hecho un pacto (una alianza) con mis ojos, ¿cómo, pues, iba a poner la mirada en una muchacha?». (Job 31:1)
Es seguro que ver con los ojos causa grandes movimientos en nuestro mundo interior. De entre muchas cosas que van a nuestra mente, las imágenes las almacenamos solo por medio de nuestros ojos. Por más fuertes que seamos y por más que nos afanemos por borrar de nuestra mente esa cosa que hemos visto, no será tan fácil. Borrar en ese momento la imagen que entra en nuestra mente, o desecharla, lamentablemente no está en nuestras manos. Sobre este asunto podemos hacer esfuerzos, pero borrarla y eliminarla es algo que depende del tiempo. Aun así, su desaparición a veces puede llevar un tiempo espantosamente largo. Aunque pasen muchos años, cuando se recuerda, podemos encontrarnos con una situación como si esa imagen se hubiera grabado en algún lugar del ordenador y así, de golpe, apareciera ante nosotros. Por supuesto, ¡menos mal que estas cosas ocurren en nuestra mente y no las ve todo el mundo! Es más, algunas imágenes se asientan hasta en el subconsciente. Aunque no nos demos cuenta, por culpa de esas cosas que hemos visto y que están en nuestro subconsciente podemos sufrir trastornos espirituales. Los psicólogos han escrito muchas cosas sobre este tema y también las explican. Job, en cambio, se dio cuenta de esta situación por sí mismo y enseguida tomó también su precaución. Job era sin duda alguien que usaba esa sala de pensar que hay en su cerebro. Las personas no quieren en absoluto pensar cosas profundas, edificantes. Aunque encuentre un pequeñísimo hueco de tiempo, de nuevo prueba a pasar su tiempo con cualquier cosa para no pensar. Y si piensan, no piensan para el bien, sino que piensan para el mal, y se ponen a maquinar también cómo hacerlo. En la época del profeta Noé, la humanidad estaba exactamente en esta situación que he escrito. La opinión de Dios sobre aquellos días es exactamente así:
El Señor vio que la maldad del hombre (del ser humano) era mucha sobre la tierra, y que cada día los pensamientos y las cavilaciones de su corazón eran solo malos. (Génesis 6:5)
De hecho, después de esto Dios borra y elimina por completo al ser humano que vive sobre la tierra, salvo Noé y su familia. Aparte de las maldades que hacemos, encima tratar de llenar nuestra mente y nuestro corazón solamente con estas es como intentar apagar el fuego echándole gasolina. Job, en cambio, sin que hubiera ninguna ley, regla o sharía, hace un pacto con sus ojos, para no pensar, ni siquiera en su mente, por medio de esos ojos, algo que sea incorrecto. ¿Puede este hombre tener necesidad de ley, de regla, de presión que venga de otro, de disciplina? Es libre, pero usa su libertad de forma mucho más útil, productiva y cómoda que alguien que está bajo la más estricta disciplina y reglas. Porque ama y lo hace amando. Por eso el apóstol Pablo, en su carta a los Colosenses, dice así con el espíritu de Dios:
«...¿por qué, como quienes viven en el mundo, os sometéis a reglas como »No tomes esto«, »No pruebes aquello«, »No toques lo otro«? Todas estas reglas se refieren a objetos que se destruyen con el uso; se apoyan en los mandamientos y las enseñanzas de los hombres. Sin duda estas reglas tienen apariencia de sabiduría (de hikmet) por su religiosidad inventada, su falsa humildad y su severidad con el cuerpo; pero no sirven de nada para prevenir las inclinaciones de la naturaleza carnal.» (Colosenses 2:23)
Entre Job y el profeta que escribió este texto hay una diferencia de tiempo de unos 1700 años. Si metemos en el asunto también a los aficionados de nuestra época a poner shariá, ley, reglas, y a los adictos a la organización, nuestro mundo se ha llenado de personas que, a pesar de haber pasado 3700 años, todavía no entienden estas palabras, o que las entienden pero no pueden tragarlas.
Dios, que dio las reglas que llamamos leyes de la sharía diciendo «cumplidlas», por medio de esta verdad que hizo escribir después a su profeta, ahora quiere que las personas entiendan algo. Por muy duras y disciplinantes que sean las leyes que vienen de afuera, mientras nosotros no las aceptemos desde dentro, así como no tienen ninguna utilidad, al contrario, nuestros deseos y debilidades corporales aumentan siempre con el deseo de quebrantar estas reglas. Dios, en cambio, no quiere que seamos siempre culpables con reglas que no cumplimos ni podemos cumplir, sino que quiere que le sirvamos con su misericordia; es decir, con su perdón hacia nosotros, con el valor que una buena conciencia da a nuestros corazones. Y bien, ¿esto qué quiere decir?
Las personas que reciben las leyes de la sharía, mientras cumplen esas leyes, son inocentes. Pero quien comete un error en una de esas leyes, a sabiendas o sin saberlo, es culpable. Adán no cumple una sola ley que debía cumplir y que nosotros conocemos. No debía comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. Eso es todo. Pero cuando quebrantó esa ley, la inmortalidad se le iría de las manos y se volvería mortal. De hecho, es claramente evidente que Dios, al decir «ese día ciertamente morirás», no se refería a un tiempo de 24 horas, sino a un tiempo de mil años. Que mil años nuestros son como un día a los ojos de Dios lo hemos leído muchas veces tanto en el Corán como en las Sagradas Escrituras. (Salmos 90:4; 2.Pedro 3:8; Al-Hach (22):47; As-Sayda (32):5) De hecho, Adán muere dentro de los mil años, a los 930 años de edad. (Génesis 5:5) Además, que perdieran la vida eterna se realiza en el momento en que comen del fruto prohibido. Solo que morir envejeciendo lleva tiempo, nada más.
Si, según la sharía, todo pecado debe pagar sin falta un precio, ¿a quién le hace bien Dios al abolir la sharía? ¿Al ser humano o a sí mismo? Esto, por supuesto, lo hizo por nosotros, es decir, por la humanidad. Porque todo hombre que no cumple la sharía queda privado de la gloria de Dios. (Romanos 3:22-23) Dios, en cambio, no quiere alejarnos de sí, sino atraernos hacia sí perdonándonos. Ninguna persona será considerada justa (correcta) por las obras de la sharía. (Gálatas 2:16) ¿Por qué? Porque no podemos cumplirlas, y por eso no podemos ser considerados justos. Algunas personas, al insistir necesariamente diciendo «yo cumpliré la sharía, la ley, las reglas», en cierto sentido subrayan que no quieren la misericordia de Dios, que la rechazan. En el libro está escrito claramente: «La sharía no es de la fe; sino que quien la practique vivirá por ella.» (Levítico 18:5; Gálatas 3:12) Y puesto que nadie puede cumplirlas, entonces nadie tiene derecho a la vida. De nuevo, claramente:
«Porque la paga del pecado es la muerte», escribe Romanos 6:23. Las organizaciones, religiones y quien sea que se afana en hacernos cumplir sin falta la sharía, en ponernos leyes y reglas encima, en realidad se afana en alejarnos de la misericordia de Dios. Y las personas, sin saberlo, van bobamente detrás de ellos.
«Si las cosas son así, entonces ¿para qué se dio la sharía?», surge una pregunta así. La respuesta es muy sencilla. Dios dio la sharía porque quiere que seamos conscientes de que somos pecadores. De nuevo, claramente:
«Porque en su presencia ninguna persona será considerada justa (correcta) por las obras de la sharía; porque el conocimiento del pecado es por medio de la sharía», dice. (Romanos 3:20)
No sé por qué, estas verdades los judíos y los musulmanes no pueden tragarlas de ninguna manera. Sin embargo, aunque el libro en que creen los musulmanes no dice en absoluto que vuelvan a la sharía ni nada, ellos, influidos por los judíos, quieren aferrarse a toda costa a las leyes de la sharía. Por un lado dicen: «El último libro, el Corán, ha venido y el mandato de los demás ha quedado abolido», y por otro lado, yendo incluso más atrás que el mandato del Evangelio, tratan de presentar el cumplir las leyes de Moisés como si fuera una obligación y una rectitud, atribuyéndolo al Corán. Porque en el Corán no hay sharía. Si no, ¿en qué otra cosa iba a apoyarse para cumplir la sharía, si no en las leyes dadas a Moisés? Aunque el Corán menciona a modo de consejo aislado temas como cubrirse, el pacto, el divorcio, el chismorreo, ¿acaso con estas cosas se gobierna a la humanidad, a un Estado? ¿A esto le llaman ellos «sharía»? Al hablar de temas que no conocen, de los que son ignorantes, como si fueran eruditos de la sharía, no complacen en absoluto a Dios. Al aferrarnos también nosotros los musulmanes a la mentira que Dios trató de explicar a los judíos hace cientos, miles de años, y que ellos no pudieron aceptar de ninguna manera y a la que se aferraron, ¿qué queremos decirle a Dios? ¿Nos afanamos por decir que también nosotros somos dignos del odio que los judíos atrajeron sobre sí por su terquedad? Mire lo que dice el apóstol Pablo hace miles de años a quienes estaban enamorados de cumplir la sharía, repitámoslo:
...Solo quiero aprender esto de vosotros: ¿recibisteis el espíritu por las obras de la sharía, o por el mensaje de la fe? ¿Tan insensatos sois? Habiendo empezado por el espíritu, ¿ahora termináis por la carne? ¿Tantas cosas padecisteis en vano? Si es que de veras fue en vano. Entonces, el que os da el espíritu y hace obras poderosas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la sharía o por el mensaje de la fe? Así como Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia. Sabed, pues, que los que son de la fe, esos son hijos de Abraham. Y la Escritura, previendo que Dios consideraría justas (correctas) a las naciones por la fe, anunció de antemano a Abraham la buena nueva: «En ti serán benditas todas las naciones». De modo que los que son de la fe son benditos junto con el creyente Abraham. Porque todos los que son de las obras de la sharía están bajo maldición; porque está escrito: «Maldito todo aquel que no permanece en todas las cosas escritas en el libro de la sharía para hacerlas». Es evidente que ante Dios nadie es considerado justo por la sharía; porque: «El justo vivirá por la fe», y la sharía no es de la fe; sino: «Quien las haga vivirá por ellas». Para que la bendición de Abraham llegara a las naciones en Cristo Jesús, Cristo nos redimió de la maldición de la sharía, habiéndose hecho maldición por nosotros; porque está escrito: «Maldito todo el que es colgado en un madero». Evangelio-Gálatas 3:2-14
De nuevo, en el mismo lugar está escrito así:
...Antes de que viniera la fe, estábamos guardados bajo la sharía, encerrados para la fe que había de ser revelada. De modo que la sharía fue nuestro maestro para llevarnos a Cristo, a fin de que fuéramos considerados justos por la fe. Gálatas 3:23-24
Estas explicaciones nos muestran claramente que la sharía se dio por un tiempo determinado para educar a las personas y para hacer que fueran conscientes del pecado. De nuevo en Romanos 3:20 escribe: «...Porque el conocimiento del pecado es por medio de la sharía.». Lo que los judíos y los musulmanes no pueden entender de ninguna manera es que Jesucristo se hizo sacrificio a cambio de los pecados de toda la humanidad. En realidad, como toda la humanidad, no hemos podido aceptar esto de corazón de ninguna manera. No vaya tampoco a creer que los que tienen la etiqueta de «cristiano» lo hayan entendido. Creo que en la tierra son realmente muy pocas las personas conscientes de esto. Al llamar absurdo al principio que posee Dios, ¿volvemos absurdo a Dios, o a nosotros mismos? El libro de Romanos del Evangelio ha escrito sobre este tema con una justicia y una lógica muy hermosas. Aunque estos temas se escribieron para que fueran una advertencia a los judíos de entonces, contienen también una gran advertencia e información vital para nosotros los musulmanes de ahora, que estamos en las mismas ilusiones.
Quienes leen mis escritos no logran entender qué soy. Se preguntan por dentro: ¿este hombre es musulmán, cristiano o judío? En sentido literal, no pertenezco a ninguna religión de las que se presentan bajo estos nombres en la tierra. Pero en el sentido que Dios explica, soy a la vez cristiano, musulmán y judío; y además con una sinceridad que viene del corazón. Aunque naciera perteneciendo automáticamente a una de ellas, esta fe la poseí después con mi libre albedrío. Además, yo ni tomo el partido de nadie, ni tengo la insensatez de ser de todos los bandos. Pero las verdades de esos libros que trato de explicar tampoco las escribí yo. El autor de esos libros escritos hace miles de años tampoco soy yo (Torá-Salmos-Evangelio-Corán). Solo quiero ayudar a las personas sobre temas que han quedado ocultos y escondidos, distorsionados, hechos creer de forma equivocada. Semejante ayuda la querría yo de corazón para mí mismo, entonces ¿por qué no dársela a los demás? ¿Debo por eso callarme porque algunos vayan a aborrecerme? Yo no me invento estas cosas escritas de mi cabeza. Aun así, al final cada uno decidirá por sí mismo si es correcto o incorrecto. ¿No es acaso esto lo que es válido ante Dios?
Como he dicho, no crea que los cristianos son diferentes en este tema de la sharía. Al decir que creen en Jesús, no aplican automáticamente las cosas que Dios anhela ni con sus obras ni con sus conocimientos. Por más que los versículos que he escrito arriba estén escritos en los libros en que dicen creer, sus prácticas, bajo otros nombres, siempre han sido opresoras de las personas, reglamentistas, imponedoras de leyes, organizadoras, llenas de presiones. Mirando solo a este último siglo nuestro, no vayamos a evaluar la religión cristiana como si siempre hubiera habido tal libertad. Además, estas libertades son solo para deslumbrar los ojos de los que están afuera. Si entra usted dentro, es posible encontrar de nuevo en ellos esas espantosas cabezas medievales y a quienes destruyen a la humanidad con lo más duro de los materiales que la nueva técnica usa en las guerras. Ellos lograron bautizar a las personas de sus colonias con los látigos que tenían en la mano. En resumen, si decimos «ellos no cumplieron en absoluto lo escrito en las Sagradas Escrituras que tenían en la mano», tampoco exageraríamos mucho. La única diferencia entre la comprensión de la sharía del musulmán-judío y la del cristiano son las palabras. Uno dice: «Seamos partidarios de la sharía, nombremos a nuestra cabeza un muftí, un sumo sacerdote, y hagamos lo que él diga», y el otro dice: «Dios nos tiene misericordia, pero aun así nombremos a nuestra cabeza un Papa, cardenales, presidentes del consejo de administración, y hagamos lo que ellos digan». El deseo de ambos grupos está fuera de la misericordia de Dios y de la libertad del libre albedrío que Él dio al ser humano. El propósito es oprimir a las personas con el nombre de Dios. Y la meta es hacer a las personas esclavas no de Dios, sino de un ser humano como ellos mismos. Y durante miles de años, tal como viven los parásitos, ellos también, subiéndose a la espalda de las personas, se han hecho mantener así, y han estado chupando su sangre. Por favor, les pregunto a ustedes y a todo el mundo: durante miles de años, ¿qué provecho han sido para el mundo de la humanidad? Miren nuestro mundo, la humanidad, y respóndanse a sí mismos.
«¡Que si uno era alcohólico, que si otro pegaba a su mujer y no cuidaba de su casa, que si otro era ladrón, que si otro era un juerguista, y luego tomó la mano de cualquier grupo religioso que se le tendió y se enderezó!!!». Las sectas y cofradías que han surgido en estos últimos siglos se hacen su propia publicidad de esta manera. Quienquiera que se hubiera acercado a esas personas con amor, seguramente en ellas también se habrían producido tales cambios. Si en tales cambios esas religiones tienen poder sobre las personas, ese poder la religión lo usa con las personas solo como cebo, para hacerse publicidad. Si hubieran querido, realmente habrían podido prestar mucho servicio a la humanidad, pero no quisieron, y además a propósito.
Job, en cambio, pone reglas según sus propias debilidades. Él no es alguien que busca todo en los libros de leyes. Es alguien que piensa por sí mismo la pregunta de cómo puedo hacerlo mejor. No vaya tampoco a creer que el amor a Dios que posee se le dio a la fuerza, en un paquete ya listo, de nacimiento. Él también, como toda persona, debía nacer y llevar su vida bajo las mismas condiciones que toda persona. Si un amor, si una curiosidad, si la sabiduría y la comprensión se aferraron a Job, y si con todo esto él amó a Dios, esto era solo el propio deseo y la propia decisión de Job. Nadie lo forzó. Nadie hizo presión sobre él para que amara a Dios, no le puso reglas. No pasó por la educación de ninguna organización religiosa. Si se hizo presión, esa la hizo Satanás, para que abandonara a Dios, para que lo maldijera. El consejo que su mujer le dio a Job sobre Dios, mientras él, habiéndolo perdido todo, se retorcía en un pozo entre dolores, es mucho más curioso. Aquella mujer dice:
«¿Todavía sigues aferrándote a tu integridad (a tu entereza)? ¡Maldice a Dios y muérete!». (Job 2:9)
Y después, el consejo y los razonamientos que le dan esos tres amigos suyos que vienen a visitarlo son peores que los de la mujer de Job.
Si trata de entender a Job no solo por haberlo leído, sino entrando dentro de ese espíritu y de esos dolores, quizá pueda sacar un sentido de los escritos sobre él. Para entender a Job es imprescindible el amor, porque él amó a Dios más que a nada. Si lee este libro deprisa, como quien lee una novela, le resultará muy aburrido. Yo, cada vez que lo leía, subrayaba los lugares que me gustaban. Cada vez que lo leía, los lugares que subrayaba se multiplicaban más. Hay también algunos lugares en los que quise subrayar por completo cada línea, pero no lo hice. Por ejemplo, la maldición de Job al día de su nacimiento empieza en el capítulo 3. Como en mi vida nunca he celebrado ni he querido celebrar cumpleaños (no como lo entienden los Testigos de Jehová), estas palabras de Job me gustaban mucho. Más que nada, en la riña de Satanás con Dios, quien juega el mayor papel es el ser humano. El pleito de Satanás con Dios es por culpa del ser humano. Y el libro de Job aporta una gran claridad a este tema y expone el resumen de ese pleito enseguida, ya en los dos primeros capítulos. Es un libro que interesará realmente a todo el que sea humano. Porque las personas, quieran o no, nacen automáticamente dentro de este pleito, viven, luchan y mueren. Este pleito, aunque solo fuera por curiosidad, yo querría leerlo y aprenderlo, y lo hice, además incontables veces.
En sociedades como la nuestra, para valorar a los ancianos, mostrarles respeto y aprovechar su conocimiento y sus experiencias, se les enseña continuamente a los jóvenes a ser humildes y, más que nada, respetuosos. Esta enseñanza no es algo malo. Pero hacer de esto una regla es una insensatez. El ser humano debe ser respetuoso y humilde con todos. Debe hacerlo, al menos, aunque no sea por el otro, también por el respeto que se tiene a sí mismo. Job tiene, aparte de esos tres amigos que vinieron a él, otro amigo joven. Mientras hablaban los tres amigos, él siempre calló y escuchó. Al final, empieza a dar respuesta a la insensatez de aquellos con estas palabras:
«No son los grandes los sabios, ni los ancianos los que entienden lo correcto». (Job 32:9)
El amor a Dios de este joven llamado Elihú, su comprensión y su sabiduría acerca de Él, son también realmente muy valiosos. De hecho, solo sobre él Dios no dice nada malo. Dios solo se enoja contra esos tres amigos, y subraya que Job también fue ignorante en sus acusaciones contra Dios mismo. (Job 42:7-9)
Todas estas personas que he enumerado, fueran buenas o malas, correctas o equivocadas, eran conscientes de algo. Ellas creían en la existencia de seres vivos invisibles a los ojos del ser humano. Eran conscientes de un gran poder que los creaba. Usando sus capacidades de pensar, habían obtenido también mucha sabiduría sobre este tema. A pesar de los miles de años transcurridos, nuestro mundo se ha llenado y desbordado de millones de religiosos que no han alcanzado en absoluto estos conocimientos suyos y, más que nada, sus comprensiones, pero que han sido muy ensalzados por las personas. Y si se encuentra también con los que tienen conocimiento, son como los libros viejos, fríos y polvorientos de las bibliotecas. No tienen en sí ni rastro del amor, de la humildad.
Entonces, ¿es que no hay ningún hombre correcto en el mundo? En sentido literal, en realidad, en el mundo no hay ni un solo hombre correcto, ni una sola persona correcta. Mire, estas palabras que al principio me asombraban e incluso me entristecían a mí también expresan las opiniones de Dios sobre nosotros:
«Dios miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, para ver si había alguien entendido que buscara a Dios. Todos se apartaron; a una se corrompieron; no hay quien haga el bien, ni siquiera uno solo». (Salmos 14:1-3 y 53:2-3)
Lamentablemente, qué palabras tan amargas, pero verdaderas. El profeta Isaías, en cambio, habla con Dios con estas palabras muy significativas:
«Porque todos nosotros venimos a ser como algo inmundo (en el sentido de suciedad corporal y espiritual), y todas nuestras obras justas son como trapo sucio; y todos nos marchitamos como la hoja; nuestras iniquidades nos arrastran como el viento». (Isaías 64:6)
El profeta compara aquí incluso nuestras obras correctas con un trapo sucio. Ante Dios somos realmente así. Si somos honestos con nosotros mismos, veremos que también a nuestros propios ojos somos así. Como humanidad, en el tiempo actual, estamos más sucios que nunca, más que en cualquier época.
¿Se da cuenta de cuántas expresiones relacionadas con ver usamos a veces sin darnos cuenta? ¿Quién puede negar que poseemos también otros ojos aparte de los ojos literales? Felices los que ven también con esos ojos y no permanecen ciegos.
Puntos de vista
Me duele tanto la cabeza, desde la nuca hacia arriba. Nunca supe lo que era un dolor de cabeza. Me ha dolido todo el cuerpo a lo largo de la vida, pero la cabeza no me dolió ni una sola vez. Quienes padecen migrañas y dolores de cabeza quizá habrían envidiado esta condición mía. De niño, todavía no puedo olvidar cómo mi padre, ante cualquier cansancio o una pequeña molestia, decía enseguida «me duele la cabeza» y se cubría con la manta. Seguramente yo salí a mi madre, pues a mí, igual que a ella, tampoco me dolía nunca la cabeza. Mientras escribía mis libros, tenía un problema con la nariz. Estornudaba continuamente, sin parar. Pensamos que sin duda tenía alergia a algo. Al final no aguanté y fui al médico. No me gusta mucho ir a los médicos. Y en Alemania no me gusta en absoluto. Los médicos turcos dan ánimo, dan medicina; los médicos alemanes, en cambio, enseguida echan mano del bisturí, del cuchillo. No sé si será mi mala suerte o si es así el sistema en Alemania, pero en cada una de mis operaciones ocurre inevitablemente algún contratiempo, alguna negligencia, algún descuido que no figura en los informes. Además, el odio que sienten hacia los turcos y el trabajo que hacen dejan aún más claras sus intenciones. Y encima, las cifras estadísticas que tienen en la mano les hacen decidir quién vive y quién no. De todos modos, como sabe todo el que va al médico en Alemania, los médicos, más que preocuparse por tu dolencia, hacen un montón de preguntas personales. No se decide qué hacer según tu enfermedad, sino según las respuestas a esas preguntas. Por ejemplo, tengo en la mano estas cifras estadísticas. En Alemania, en el año 2007, vivían:
42 057 327 mujeres, 39 954 835 hombres, 17 713 394 jubilados, 6 084 973 trabajadores, 10 069 146 estudiantes, 2 736 032 personas que generalmente crían a sus hijos sin marido (Alleinerziehende), 1 838 455 universitarios, 343 556 médicos. (Evangelisch-Freikirchliche Brüdergemeinde e.V Frauenweg 7 74072 Heilbronn- 2007)
Ellos consideran perjudiciales para el país a esos casi 18 millones de jubilados, a los desempleados, a los extranjeros y en especial a los turcos. Estos, entendiendo que en tiempos de Merkel se quiere aplicar de nuevo, sin decirlo abiertamente, la política de Hitler de aquella época, han vuelto a ponerla en práctica. Ya no se da directamente, como antes, la orden de «matad a este o a aquel». Hitler era de esos necios que se creen listos. Sus hijos hacen ahora este trabajo de modo que nadie pueda demostrarlo.
Mi primera operación me la hicieron cuando tenía 21 años. Pensando que se había reventado el apéndice, me abrieron el lado derecho del vientre con un corte repugnante, ¡pero no era ningún apéndice! Como a los médicos no les gusta nada salir con las manos vacías, me quitaron también mi apéndice sano. Pero si os contara cómo me obligaron a esa operación y sus groserías, mi escrito se alargaría sin sentido. Cuando uno los escucha, se deja llevar por la impresión de que en cualquier momento vas a morir. Sobre todo en aquellos años, en Alemania al que decía dos veces «me duele la cabeza» enseguida le cortaban la cabeza. Yo, a aquella corta edad, que tenía la sensación de que hasta un coche podría pasar por encima de mis músculos abdominales, después de salir de la operación tenía el vientre reventado hacia afuera exactamente como un africano hambriento, como los niños vietnamitas en tiempos de guerra. Por mucho que lo intenté, nunca más pude volver a meterlo como antes. Además, cuando terminó la operación, ¡me dejaron caer al suelo desde la mesa de operaciones! Desperté tan mal. Y encima, la enfermera jefe, ya al día siguiente, ¿no se me plantó insistiendo en que a la fuerza tenía que ponerme de pie? Intenté levantarme, pero pensé que me moriría. Y aquella no paraba de insistirme. Recuerdo que llegué a decir «por favor, quítenmela de encima y váyanse», y casi me desmayé. No pasaron muchos días y empezaron a salirme moretones por todo el cuerpo. De entre ellos solo una enfermera, y esa solo trabajaba en los turnos de noche, me contó este suceso después de que hubieran pasado 8 días. Los demás y los médicos no soltaban ni una palabra, nada de nada. Como digo, tales cosas nunca aparecen en sus informes de operación.
Un año o dos después de cortarme de aquel modo los músculos abdominales, tuve una hernia lumbar. Es algo bastante normal después de una operación así. No hay músculo en el vientre, toda la carga recae sobre la espalda. Con aquellos dolores me las arreglé unos 13 años, hasta que un día empecé a cojear de la pierna izquierda, y de nuevo dijeron que había que operar. Después de operarme, esta vez, aunque no había nada, tenía un dolor terrible en la pierna derecha. No podía ni ponerme un calcetín. Durante un año, caminando con dolores, haciendo gimnasia y demás, fue disminuyendo, y luego se me pasó del todo. Por mucho que los alemanes se enfaden y se enfurezcan, yo a esto lo llamo «hostilidad», lo llamo «desgana», lo llamo «desprecio». Ellos, en cambio, a esta situación la llaman «patriotismo». Como digo, ¡y sobre todo si además eres turco o, según ellos, de otra nación de clase inferior! Te ven como un conejillo de indias. Solo por el dinero que van a sacar de tu seguro, te cortan alguna parte del cuerpo. Y nuestros turcos, por alguna razón, son un pueblo aficionado a las operaciones. Con tal de dar lástima y no trabajar, están dispuestos incluso a que les corten cualquier parte. Con tal de no trabajar en esos trabajos sucios y pesados de los alemanes, están dispuestos hasta a la muerte, en fin. ¿Acaso es fácil ser esclavo por dinero? Mientras ellos siguieran aficionados a las operaciones, los alemanes los cortaban y los rebanaban, los probaban en lugar de conejillos de indias. Todos los turcos vinieron a Alemania con la ilusión de ganar dinero y disfrutar de la buena vida en su patria; yo, en cambio, no he visto ni a uno solo que lo haya logrado. Pero hubo quienes no es que se fueran de Alemania, sino que —si vale la expresión— huyeron. Algunos de estos pobres se arrepintieron después. Y sobre todo los niños, claro. Durante muchos años no lograron de ninguna manera adaptarse a Turquía.
En los 35 años que estuvimos en Alemania tuvimos dos médicos de cabecera de toda la vida. Uno era alemán, pero un ser humano valioso. Los alemanes no lo querían nada. Era a la vez sabio y sumamente misericordioso. En pocas palabras, una persona con muchos valores humanos. Cuando se jubiló, casi me eché a llorar pensando: ¿a quién iremos ahora, adónde iremos? Cerca de nosotros había uno al que llamaban «el médico árabe», pero yo nunca había ido a él. Todavía no sé de qué país venía ni lo pregunté. También él parecía ser una persona valiosa. Cuando enfermé de lo que llaman herpes zóster, había creído que era otra vez la hernia lumbar, y mientras el traumatólogo me mandaba de aquí para allá, como último recurso fui a él y enseguida comprendió mi enfermedad. Y solo con escuchar. Los demás, por lo visto, ni siquiera se habían dignado a escuchar, o eran médicos ignorantes y sin cabeza. Ya toda la familia empezamos a ir a este médico. Volvamos otra vez a mi nariz. Tenía una llaga en la nariz. Era como un corte hecho con cuchilla por dentro, pero no se curaba de ninguna manera. Y dolía muchísimo. Debía de ser por el movimiento de la boca al comer, por el ir y venir de los músculos, aquel dolor de la nariz a veces me hacía saltar las lágrimas y se volvía insoportable. Decíamos que quizá aquello también producía los estornudos que mencioné. Fui a este médico árabe, nuestro médico de cabecera. Nada más mirarme dijo «tienes tapado el lado izquierdo de la nariz». Me dio medicina y añadió «tómate esto, pero tienes que operarte». Dice: «con los medicamentos mejora, pero solo por poco tiempo, y luego vuelve a hacer lo mismo». Tomé los medicamentos, como él dijo, unos días estuve como bien, nada más. Otra vez continuaron los estornudos, el dolor. Esta vez el médico me remitió al otorrinolaringólogo. Y este, nada más mirarme, ¿no me remitió al hospital? Ay, Dios, no lo tenía nada en mente, digo, pero en aquella situación no era algo soportable, me consuelo.
Mis estornudos avanzaron tanto que incluso la mañana del día en que iba a ingresar en el hospital tenía los ojos completamente rojos y estornudaba sin parar. Le dije incluso a mi mujer: «Mira en qué estado estoy, ya lo ves, este es mi último recurso», y fuimos al hospital. Enseguida, si no me equivoco al segundo día, me operaron. Cuando desperté de la anestesia, desperté con dolores terribles. Tengo mucho dolor, pero no logro entender de dónde viene el dolor, qué parte me duele. Era seguro que venía de la zona de la cabeza, de la nuca, pero, aunque me habían operado de la nariz, los dolores no venían de la nariz. Como no me operaban de la nariz todos los días, tampoco tenía experiencia en estos asuntos. Con el efecto continuo de la anestesia, me esfuerzo por dormir para olvidar aquellos dolores. Las enfermeras, para este dolor mío, dicen «es normal, se le aplicó presión en la cabeza y tiene tapones en la nariz, por eso hace presión». Qué voy a decir, pensaba que ellas seguramente sabían la verdad. Y aunque lo dijera, ¡a quién le importaría lo más mínimo!
Cuando uno tiene la nariz tapada no puede tragar nada. Y si traga, como el aire que debería salir por la nariz no puede salir, cada vez se produce una presión en la nariz. Esto no ocurre tanto al comer, pero al beber agua es terrible. Porque al beber agua toda la boca se cierra, con cada trago se aplica presión en la nariz, y ni preguntéis qué dolor. Los tapones se quedaban en la nariz dos días o algo así. El día que iban a quitarlos, a algunos les dolía. Y esto, en las curas del hospital, lo hacía el médico que le tocara a cada uno, es decir, al azar. Porque había cuatro o cinco médicos y casi cada vez me hacía las curas otro distinto, pero uno de ellos, aquel médico delgado como una caña, de unos dos metros de altura, era mucho más brusco que un veterinario. Abren los orificios nasales y meten dentro una gasita muy fina con medicina para que aquello no se infecte. Todos lo hacen abriendo ese orificio nasal de manera normal. Este médico que era como una caña, en cambio, me abrió la nariz de tal modo que era como si quisiera meterse dentro con todo su cuerpo. De golpe me eché atrás de dolor. Y encima, sonriendo, ¡me pregunta si me dolió! Aunque, gracias a Dios, no volví a caer en sus manos, cuando estaba en la sala de reconocimiento, de entre tantos médicos, por alguna razón me observaba de aquel modo. En verdad, ya me había metido en la cabeza que rechazaría rotundamente que él me hiciera las curas. Todavía, de esta situación que me ha ocurrido, tengo dentro la sensación de que fue como si él lo hubiera hecho adrede. ¡¡¡Y demuéstralo!!! Quizá ni siquiera entró al quirófano, o entró un instante y, de modo que no aparezca en los informes, ayudó cinco minutos a sus compañeros y se fue. ¿No puede ser? Y a quién se le ocurre pensar que él vaya a lisiar adrede a los hombres que no le caen bien. ¿Acaso no es fácil?, ¡el hombre presta un servicio a su patria! Cuantos más extranjeros, en especial turcos, deje lisiados, tanto más servicio habrá prestado. Aunque no pueda hacerlo, hay tantísimos alemanes con esta mentalidad y este deseo. Estoy absolutamente convencido, en estos últimos tiempos, de que el que tenga la ocasión lo hará sin pestañear. Además, el padre de uno de aquellos jóvenes que quemaron a los turcos mientras dormían en Solingen es también un médico alemán. Antes yo creía en esta gente y, confiando en ellos con todo mi corazón, viví 40 años en Alemania. Aunque, según algunos, todas estas acusaciones mías sean incluso infundadas, fueron ellos quienes nos hicieron ganar esta creencia. Pero cuando miro la historia y lo que me ha pasado, no creo estar hablando tan sin fundamento. En la historia, cada país con el tiempo se ha trastornado, ha sufrido muchos cambios. Pero los pensamientos arraigados de aquel pueblo no se los podéis sacar de ninguna manera. Estas experiencias y conocimientos los he obtenido tanto de leer la historia de Israel, que en las Sagradas Escrituras dura miles de años, como de haber sido testigo de que cada nación que he conocido no ha logrado de ninguna manera librarse de aquellas características corruptas del pasado que fueron su ruina. Aunque hayan hecho muchos cambios de apariencia externa en sus formas de gobierno y en sus gobernantes, esas características que carcomen, agotan, aniquilan a esas naciones y al final las arrastran a la desdicha y a la destrucción, no se han ido de ninguna manera de las mentes y de los corazones de muchos. Un columnista alemán plasmó muy bien estos sentimientos de su propio pueblo. Su escrito, que leí por casualidad en algún sitio, dice tal cual así:
…¿Por qué? No lo sé. También lo de que cada desempleo se convierta automáticamente, de manera vergonzosa, en derechismo, en nacionalismo. Sobre este tema, Henry M. Broder usó una expresión clara: «Una de las filosofías sociales más queridas y extendidas es la que se repite continuamente como un lamento: que el desempleo conduce al extremismo de derecha». (en realidad, una afirmación no demostrada)
Pero ¿por qué? Un inglés desempleado se va a pescar, un holandés desempleado juega al billar, un italiano desempleado se busca una amante, mientras que un alemán, solo con quedarse desempleado, se convierte casi automáticamente en un nazi. ¿O es esto una herencia genética?
Que lo ilógico se vuelva lógico se debe a que todos lo creen. Los expertos, por su parte, sostienen que hay que hablar de todo con todos. Así como entender algo no significa aprobarlo, también deben investigarse los motivos de aquello, es decir, no solo lo que se hizo, sino por qué se hizo. Que un nazi, por haber entrado en una discoteca, le pegue a un africano, no demuestra que sea alguien pendenciero, que disfrute de la violencia. Probablemente esté desempleado y, por la incertidumbre de su situación, no sabe mostrarse de otra manera.
Pero ¿por qué siempre tienen que ser los extranjeros, los sin techo, los discapacitados? ¿Por qué quienes están en esta mala situación no muestran su ira contra un brazo del Estado, o en forma de protesta en una gala donde se reúnen los superricos, por no ayudarse a los pobres de los países del tercer mundo?
Jörg Kachelmann
En verdad, esta situación de los alemanes la ha descrito así, de buena manera, precisamente otro alemán, uno capaz de ver los hechos con imparcialidad. Aunque, para los alemanes, tales personas son los mayores traidores a la patria. ¡Ellos, en tiempos de Hitler, también fusilaron a muchos traidores a la patria como estos! Sin fijarnos en quién perdió y quién ganó en el desarrollo de la historia, sino solo mirando sus frutos, no nos resulta nada difícil comprender que en verdad aquellas personas fusiladas amaban de veras su patria.
Menos mal que el médico que por casualidad me quitó aquellos enormes tapones de la nariz —a pesar de ser alemán— era muy educado y cuidadoso. Empezó a advertirme de antemano. «Que no se me ocurriera ponerme a toser por algún dolor mientras me tiraba de los tapones, pues si no, con la sangre que saldría de mi boca y de mi nariz, toda su cara y sus ojos se llenarían de sangre». «Si puedo no hacer lo que usted dice, entonces no toseré», dije. «Si quieres, puedes», dijo. Dijimos «de acuerdo» y quedamos en ello, y él me quitó los tapones. Fue para mí una situación como quien saca un pelo de la mantequilla. Ay, señor mío, qué alivio sentí, ni preguntéis. ¡Hermano, qué gran calamidad era aquella obstrucción de la nariz! Sobre todo, debe de ser por el tamaño de los tapones, cuando los quitan la nariz de uno queda como los tubos de una estufa. ¡Oh! Qué manera de respirar y de entrar el aire por la nariz. Pero luego, cuando la carne de la nariz vuelve a su estado anterior, ya no entra tanto aire. Además, si entra demasiado aire, la nariz huele mal, por lo visto. Por eso los orificios nasales no deben agrandarse demasiado. Todo esto me lo dijeron los médicos. Después lo pensé y creo que entendí lo que querían decir. Porque entonces la persona, al tomar por la nariz la mayor parte del aire, todo lo que hay en el aire pasará por la nariz. Los pelos de la nariz ya hacen la función de filtro, y como muchos quedan retenidos ahí, esta vez aquello se ensuciará más rápido. Así que quienes se hurgan mucho la nariz y siempre se sacan mocos secos, o tienen los orificios nasales muy grandes y por eso hacen mocos, o los tienen muy pequeños y la nariz los molesta, y a saber si creen que agrandan los orificios, no lo sé. Y si lo llamamos un mal hábito, no estaría mal.
No es un tema muy alegre. Mi mal, en cambio, empezó después de aquella operación. Empecé a darme cuenta mucho más, al salir del hospital, de que estos dolores venían de verdad de la raíz de la nuca. Y además era como si todo el suelo se deslizara bajo mis pies. Después del hospital, todavía durante dos semanas tenía que ir al otorrinolaringólogo que me había enviado allí para hacerme las curas. Cuando le conté esta situación al médico, dijo «que lo que le contaba podía ser peligroso». Pero la siguiente vez, cuando saqué el tema, dijo «que no era tan importante y que se me pasaría», así que qué voy a hacer, no le creo pero tampoco puedo hacer nada. Y esto no es solo viviendo entre alemanes, sino que quizá es así en cualquier parte del mundo. En cuanto le dices a la gente algo que no le gusta, debes estar preparado para la guerra. Diréis: ¿por qué no le iban a gustar al médico estas cosas que dices? Para los alemanes, que un extranjero se queje del error cometido por los médicos, y que ese médico se ocupe de la situación y ayude al paciente, es algo que ni siquiera se puede concebir. Para ellos, como digo, esta situación es traición a la patria. Se esfuerzan cuanto pueden por hacer ver a ese paciente como un loco, un insensato, alguien lleno de aprensiones infundadas, un quejica perpetuo y un mentiroso. Haciéndolo así, salvan, dicen ellos, a sus colegas médicos, a quienes no conocen y, cuando los conocen, se odian entre sí, y salvan a la patria. Además, en los últimos años los médicos alemanes han sido muy bien organizados. Como toda organización, estos se unieron ante todo para proteger sus propios derechos. La forma de trabajar de las organizaciones, sea cual sea, es protegerse a sí mismas. Miente, niega, comete fraude, mata y usa todas las bazas hermosas y feas que tiene en la mano, imposibles de imaginar. Rechaza por completo, tal cual, cualquier acusación dirigida contra ellos. Igual que los testigos de Jehová, o que cualquier organización. También ellos, ante cualquier acusación que se dirija contra su organización religiosa, adoptan una única actitud: reaccionar en contra. No se hace ninguna distinción entre lo justo y lo injusto, entre lo correcto y lo incorrecto. Por esta causa hacen todo lo que está en su mano. Si es mentira, mienten; si lo vieron, dicen «no lo vi», e incluso llegan tan lejos que, diciéndose a sí mismos «si no hacemos esto, desaparecemos», se convencen ellos mismos de aquello. En realidad, su organización es un ídolo para ellos. Esta situación es posible verla no solo en los testigos de Jehová, sino, como digo, en todo organismo organizado. Ya seáis policía, ya soldado, ya médico, ya maestro, ya juez, ya fiscal, todos estos asumen como deber propio protegerse unos a otros. Claro que también según a quién tienen enfrente. Si tienen delante a alguien superior a ellos, capaz de hacer oír su voz, con prestigio, ese está por encima de todas estas organizaciones. Pero a los que somos como nosotros, muestran todo el heroísmo que pueden, y con tal de decir que lo negro es blanco y de hacerlo creer, están dispuestos, si hace falta, incluso a toda clase de bajezas ruines y vulgares. No os dejéis engañar mirando sus rangos, sus etiquetas, sus tarjetas de visita; son seres humanos y, como todo ser humano, tienen las mismas características. No se limitan a pisotear por esta causa las cosas superiores y virtuosas, sino que, al contrario, aniquilando también a quienes las defienden, dicen «he cumplido otro deber» y duermen tranquilamente en sus camas. Si no logran lo que digo, entonces sí se les quita el sueño. Si no logran hacer ver lo torcido como si fuera recto, eso es para ellos algo así como una derrota y una muerte. Estos sentimientos, en su forma extrema, los he visto mucho en el pueblo alemán y en los testigos de Jehová. Seguramente también los hay en nuestra Turquía y en otros países, pero, en mi opinión, en las personas de los países organizados y de disciplina estricta estas características son mucho más extremas y de una inteligencia satánica. Con los pensamientos y creencias que trae la excesiva disciplina del orden, estos, al cometer fraude de manera profesional, ¿acaso sirven a la patria, salvan su religión o defienden a Dios? Y sin embargo, Dios siente asco y mirad lo que dice:
No irás en pos de la multitud para hacer mal; ni en un pleito hablarás desviándote tras la mayoría para pervertir la justicia; ni favorecerás al pobre en su causa. (Tomar su parte por compasión)
Si encuentras el buey de tu enemigo o su asno extraviado, sin falta se lo devolverás. Si ves caído bajo su carga al asno del que te odia, te guardarás de dejarlo así; sin falta lo levantarás con él. …Aléjate de toda cosa falsa; y no mates al inocente ni al justo… Éxodo 23:2-7
Si un extranjero morare como huésped contigo en vuestra tierra, no lo maltrataréis (ponerlo en situación difícil). Como a un natural de vosotros tendréis al extranjero que more entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo… Levítico 19:33
…Oíd las causas entre vuestros hermanos, y juzgad con justicia entre un hombre y su hermano, y el extranjero que está con él. No hagáis distinción de personas en el juicio; así al pequeño como al grande oiréis. No tendréis temor de nadie, porque el juicio es de Dios… Deuteronomio 1:16-17
Hacer justicia y juicio es más agradable al Señor que el sacrificio. Proverbios 21:3
Una misma ley habrá para vosotros, la asamblea (todos vosotros), y para el extranjero que more con vosotros; como vosotros sois delante del Señor, así será el extranjero. Una misma ley y un mismo decreto tendréis, tanto vosotros como el extranjero que more con vosotros. Números 15:15-16
¡Ay de los que a lo malo llaman bueno, y a lo bueno malo; que ponen las tinieblas por luz, y la luz por tinieblas; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo! ¡Ay de los que son sabios (prudentes) a sus propios ojos, y de los que se tienen por sagaces (inteligentes, lógicos, hábiles)! (Isaías 5:20-21)
Estos versículos que he escrito solo de seis lugares aparecen en la Torá, en el libro sagrado de los cristianos. Ni siquiera he escrito aquí uno solo de los versículos del Evangelio que hablan del amor de Jesús el Mesías a todas las personas sin distinción alguna. Quien quiera leerlos, del Evangelio puede abrir y mirar versículos como Mateo 5:43-48, Juan 13:34; 15:16-17 y 1 Juan 4:10-11. Para muchas personas, aplicar justamente lo contrario de lo que está escrito aquí es, a veces, junto al amor a la patria y a la nación, ¡un deber que sin falta hay que cumplir! Pero todos, al hacerlo, recurren a la mentira, al engaño, al fraude. Porque, aunque sus propias leyes escritas tampoco los apoyan en esa dirección, por desgracia el fuego que arde dentro del juez, del fiscal, del abogado no es conforme a las leyes ni a la rectitud, sino que fuerza y pisotea las leyes y la justicia. La palabra «todos» que empleo aquí es solo en sentido general; encontrar a los que quedan fuera de mis generalizaciones es en verdad muy difícil. Decir que no los hay sería una insensatez. No todo ser humano se vende. Cuantos alemanes se opusieron a los nazis en la Alemania de Hitler, tantos son en estas situaciones que describo los que están del lado de la rectitud, de la justicia. Es decir, son tan pocos que casi puede decirse que no los hay. Porque los alemanes, sobre todo en estos últimos tiempos, la persona que defiende a un extranjero, o que se opone incluso a las acusaciones que se dirigen contra él a sus espaldas entre los vecinos, según ellos claramente no ama a su patria ni a su nación y es un traidor. Para vilipendiar por todos los medios a los extranjeros y en especial a los turcos, si la persona es alemana, también debe sumarse a esto. Esto también se ha convertido en una regla que la propia sociedad ha establecido y ha desarrollado rápidamente con el tiempo. Las personas que no tienen parte en estas feas e inhumanas injusticias también callan. Piensan: «¿Por qué voy a atraer sobre mí, sin más, la ira y el odio?». Vuelven la cabeza y no miran hacia allí, se tapan los oídos y no quieren oír aquellas cosas. Además, todo ser humano tiene ya sus errores y fallos. Poner la lupa solo sobre cierta clase, hablar negativamente de ellos, en mi opinión no salva ni a la patria ni a la nación. Pero cuando miramos la historia, con esta mentalidad esa patria, esa nación, esa religión un día llegan a derrumbarse, a desaparecer. Y si no desaparecen, pagan el precio a un costo terrible y se ven odiados.
Estaba hablando en el aeropuerto con un turista alemán que regresaba de Turquía. Era un hombre solo, de unos 55-60 años. No paraba de hablar mal de Turquía. Que en el hotel le habían dado no una habitación con vistas al mar, sino una que daba a la parte de atrás, y que él, discutiendo, había conseguido igualmente una habitación con vistas al mar. Lo sé porque nos alojábamos en el mismo hotel, a mí me habían hecho lo mismo y no había dicho nada. Que el camarero había traído tenedor y cuchillo pero no había traído cuchara. Que él no soportaba en absoluto tales cosas. Me contaba todo esto. Del mar que veía desde su habitación todos los días que estuvo allí, de la comida que comía a un precio que puede llamarse gratis, haciendo cola innumerables veces, de la paciencia con que el personal respondía a cada una de sus quejas, de la comodidad del hotel, de nada de eso hablaba. Como este rey había ido allí, ellos, a la fuerza, tenían que tratarlo de manera tan servil y simpática. Esa es la cabeza y la expectativa. Por favor, que alguien me diga qué diferencia hay entre este hombre y esos turcos que en Alemania llamamos los peores. Su carácter, su insatisfacción, sus quejas son, en mi opinión, mucho peores. Aunque sea muy raras veces, si dijera que los turcos son a veces mucho más educados que ellos, estaría tomando partido, por eso no lo digo. Uno es turista, el otro es obrero extranjero, esclavo. Y encima obrero claramente oprimido. Yo no defiendo al turco, ni quiero alabar al alemán con mentiras y falsedades, pero ¿cuál es la diferencia? Si las cosas que hacen diferentes a las personas son sus razas, sus nacionalidades, su dinero, sus etiquetas, en mi opinión, aun siendo esta la diferencia, estas cosas no hacen a la persona ni humana ni inhumana. Lo que hace humana a la persona, o la priva de humanidad, son sus características. Si vamos a hacer una valoración según las características mostradas, es imposible encontrar en nuestro mundo, como Estado entero o como nación, personas rectas, honradas, justas, misericordiosas, cariñosas. Dentro de todos hay en su mayoría los que son malos, y los buenos son una minoría muy pequeña. Y esta situación tampoco tiene que ver con la raza ni con nada de eso, con la cultura, con el color, con la forma del pelo. Solo que las circunstancias someten a las personas al cambio. Pero, sobre todo, las distinciones de raza y color, el nacionalismo fascista, por alguna razón son siempre una suciedad que ha salido de estos cristianos. La esclavitud, la opresión y las matanzas contra los negros que en América han durado siglos, los intentos de los alemanes de aniquilar en masa a los judíos, a los gitanos, a los ancianos, a los discapacitados, el comercio de esclavos, el robo de personas, las guerras mundiales, creo que no sería mentira decir que en general son todas obra de estos cristianos. La esclavitud quizá exista desde que la humanidad empezó a extenderse sobre la faz de la tierra, pero yo, partiendo de la dirección de la fe que los cristianos deberían tener, quiero expresar los esfuerzos justamente contrarios que ellos han mostrado en este asunto. Algunos musulmanes atribuyen la causa de estas hostilidades que ven en los cristianos a su propia religión, el islam, que profesan. Aunque exista ese pretexto, sin embargo, a pesar de que casi todos los negros de América eran cristianos, el odio que sufrieron durante siglos no se basaba en la diferencia de religión. La primera y la segunda guerra mundial también tuvieron lugar en su mayoría entre países cristianos. Pertenecer a la misma religión tampoco los hizo amigos. En el genocidio mostrado contra los judíos, también muchos judíos eran cristianos. Que las divisiones, la hostilidad, el odio, el rencor entre las personas los siembran, o siempre los apoyan, los religiosos, es algo seguro; pero, en la historia, ellos, al hacer estos trabajos, conforme a sus intereses políticos, tampoco se fijaron mucho en que las personas fueran de la misma o de distinta religión. Conforme a sus intereses y a sus miedos, siempre hicieron toda clase de suciedades. Cuando miramos al pasado, vemos que produjeron tales frutos. Mirad lo que dijo Jesús el Mesías acerca de los que son como ellos:
«¡Guardaos de los falsos profetas! Vienen a vosotros vestidos de piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así también, todo árbol bueno da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos.
El árbol bueno no puede dar frutos malos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego. Así que por sus frutos los conoceréis a los falsos profetas. No todo el que me dice: «¡Señor, Señor!», entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: «Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre? ¿Y en tu nombre no expulsamos demonios? ¿Y en tu nombre no hicimos muchos milagros?». Entonces yo les declararé abiertamente: «Nunca os conocí. Apartaos de mí, hacedores de maldad»». (Mateo 7:15-23)
Después de leer estas palabras, preguntaos a vosotros mismos, con justicia, lo siguiente: ¿qué religión, sobre la faz de la tierra, ha dado buen fruto conforme a estas palabras? Yo digo abiertamente «ninguna». Aunque las haya que hicieron un buen comienzo, al final todas fueron vencidas por este mundo. Queriéndolo o sin quererlo, llegó un día en que se desviaron de Dios y de sus mandamientos.
Algunas personas sostienen que el odio proviene de los sucesos ocurridos en el pasado. Aunque las personas nunca han tenido dificultad en encontrar siempre una razón para odiar, tampoco la causa de esto se ha basado necesariamente en el pasado. Si pensamos otra vez en los esclavos negros de América y en los turcos de Alemania, en la historia estos dos pueblos no hicieron nada que exigiera que se los odiara. Al contrario, como país los turcos siempre comieron la misma tunda que los alemanes, así que la cabeza de los turcos nunca se libró de calamidades. A los negros, en cambio, se los robó de su propia patria, y sometidos a las cosas más ruines, que no se les hacen ni siquiera a los animales que llamamos dañinos, se los obligó durante siglos a vivir en aquellos países, a la esclavitud. Aquellos hombres no habían tenido ninguna guerra contra aquel país ni malos tratos contra aquellas gentes. Si algo malo hicieron, fue o bien salvar la vida siendo esclavos, huir en aras de la libertad, o robar por hambre, por desesperación. Si mucho después, tras la libertad concedida a los negros, con el odio de los blancos, la ilegalidad fue aumentando cada vez más entre los negros, eso también se produjo por el hecho de que la sociedad empujaba afuera a estas personas y, de nuevo, por su odio. Igual que la vida de los turcos en Alemania. Por mucho que la sociedad alemana apretó a los turcos, por mucho que les amargó la vida y los despreció, es asombroso que ellos ni se hicieron enemigos ni se hartaron de vivir en Alemania. Pero muchos se convirtieron en un problema en esa sociedad. Si las mismas cosas se le hicieran a un alemán, a un americano, a un inglés, también ellos serían problemáticos en esa sociedad. Los que en verdad son un problema y crean problemas en el mundo de la humanidad han sido siempre las naciones con esa mentalidad que clasifica y humilla a las personas. Odiar sin ninguna razón mirando el tipo de las personas, su forma, su falda, su pelo, su pañuelo en la cabeza, son las razones más válidas que ellos defienden. Nunca he podido comprender este lado feo de la humanidad. Con el pretexto de que los kurdos son humillados en Turquía, iniciaron una guerra recibiendo apoyo de Alemania, Inglaterra, Francia y de todos los demás países de Europa. Muchos de ellos, además, lanzaron bombas en Turquía y se refugiaron en estos países. Si su razón para refugiarse fuese una dificultad económica, lo entendería, pero si es el problema de la exclusión de las personas, eso sí que no lo puedo entender. El kurdo, en Turquía, podía pasearse por las calles con la chaqueta al hombro, el rakı en la mano, con sus zapatos de punta pisando el talón, dando gritos de júbilo. ¡Que hiciera eso en Alemania, en Inglaterra! Yo no he visto que se le diera semejante libertad a ninguno de ellos. Diréis: «Esa libertad no se la dan ni siquiera a su propio pueblo, ¿cómo se la iban a dar al kurdo?». Sí, sí, pero para el kurdo esa manera de comportarse significaba, según él, libertad. Eso lo encontró estando en Turquía, pero no lo encontró en aquellos países en los que se refugió. Comió carne, se le llenó la barriga, se compró un coche, se subió a un Mercedes, pero ¿le sonríe la cara? Sea alemán, sea inglés, ¿te hace sonreír la cara? Mientras lloras, ellos tienen la conciencia tranquila; cuando empiezas a reír, todos esos pueblos primero te odian. El que no puede reír, ¿cómo va a soportar que tú rías? Si ese pueblo ve que la situación del hombre a quien acogió en su país como esclavo, como obrero, como asno necesitado, ha mejorado con el tiempo, y encima ve que algunos de ellos han llegado a estar más felices y mejor que él mismo, ¿qué hace esa nación? Los quema en estufas, en hornos, y hace jabón. Y así lo hicieron, en efecto. Como digo, el tiempo no cambió nada. El odio no está dentro de las personas, el odio se enseña a las personas. Estas situaciones, digan lo que digan, aunque en los libros en los que creen esté escrito justo lo contrario, en su mayoría estas hostilidades salen siempre de los países llamados cristianos. Ayuda a un alemán y, si está necesitado, dale algo; si quien hace esto eres tú, un extranjero, él es quien más te odia. Se ve a sí mismo como si hubiera quedado muy por debajo. Quizá morir no le resulte más doloroso. En este asunto, todos los sentimientos más repugnantes que hay se los han inculcado unos a otros. También me he esforzado por meterme a mí mismo dentro de esos mismos sentimientos, pensando «¿acaso yo también pienso así?». Aunque, para una sociedad educada según la filosofía del libro de Hitler titulado «Mi lucha», todo esto es normal.
A nuestra casa venían mujeres a ayudar a mi madre. Las llamo «ayudantes», porque nunca usamos la palabra «sirvienta». Aunque nadie prohibió esta palabra, para nosotros era como un pecado. En nuestra casa siempre tuvimos tales criadas. Con el tiempo hemos visto y hemos sabido que aquellas personas llegaron a ser mucho más ricas que nosotros. Es más, todavía no puedo olvidar el dinero que una de ellas me dio en un momento muy difícil, cuando yo era estudiante. Esto lo vi no como una humillación hacia nosotros, sino como un honor. Es decir, cuánto amor debimos de dar a aquellas personas, para que, sin esperar nada, me mostrara semejante cercanía, y encima sin que yo se lo pidiera. Portarme bien y ganar el amor de las personas en lugar de su odio me hace feliz, y por eso me alegro. ¿Y si aquella persona, en un momento difícil mío, me hubiera maldecido e insultado? Y encima, si dijera: «Tú y los tuyos, ¿qué cosas me hicisteis? Ahora tú también sufre tu castigo», ¿sería mejor? Por supuesto que no voy a alegrarme de mi pobreza, de mi decadencia, de mi miseria. Pero odiar a aquella persona que me ayudó por el hecho de que en otro tiempo sirvió en nuestra casa no me pasa por la mente ni por ninguna parte. En Turquía, donde he vivido, y por mis propias impresiones, apenas he visto personas que odien a alguien por esta razón. ¿Que no las hay? Seguramente las haya, pero yo no las vi; hay que buscarlas. Pero si vives en Alemania, lo ves en todas partes; ahí está la diferencia. Que sea así, ¿acaso los alemanes son orgullosos, honrados, y yo soy un sin orgullo, un sin honra? Mirad, precisamente sobre estos dos conceptos hay que detenerse sin falta.
Ante todo, de eso que llaman orgullo es de lo que más odio siente Dios. Cuando lo leí por primera vez en las Sagradas Escrituras me quedé muy asombrado. Y sin embargo, lo primero que se le enseña a la persona en toda sociedad es el orgullo. No confundamos el orgullo, la soberbia, con ser digno, honorable y decoroso. En verdad, no tienen ninguna conexión de significado equivalente, ni de lejos ni de cerca. A quienes no lo saben puede parecerles que son la misma cosa o cosas relacionadas entre sí, pero son conceptos distintos.
En el diccionario, Orgullo (Gurur): 1. Sentimiento de la persona de darse valor a sí misma; 2. engreimiento, jactancia, altanería, mientras que;
Honor (Onur): 1. El respeto que la persona siente por sí misma (sinónimo: dignidad, amor propio); 2. La muestra de valor que otros dan a alguien: por ejemplo, «Se dará una comida en su honor». (Diccionario Básico de Turco, Kemal Demiray)
Que no parezca que este «sentimiento de la persona de darse valor a sí misma» que aparece en el diccionario bajo el nombre de orgullo, y aquel «respeto que la persona siente por sí misma» del honor, son como si fueran lo mismo. Mientras que en el respeto que la persona siente por sí misma subyacen el honor y la dignidad, el que la persona orgullosa se dé valor a sí misma tiene un sentido solo egoísta y egocéntrico. Y quien diga «no es así» es que no conoce el significado del orgullo.
Si os habéis fijado, el orgullo se explica siempre en sentido negativo, como un sentimiento que piensa en sí mismo, presumido, egoísta; pero, junto a esto, el honor se explica en sentido equivalente al respeto. El respeto de la persona hacia sí misma, su dignidad y su honra, orientan a esa persona a hacer las cosas virtuosas, valiosas, misericordiosas, llenas de amor, justas, en pocas palabras, superiores; mientras que el orgullo, haga hacer lo que haga, siempre apela solo a los sentimientos egoístas de esa persona. Bajo el sentimiento que orienta desde la vanidad hasta hacer pisotear todos los valores superiores subyacen el orgullo, la soberbia. El honor es paciente, resistente, tolera y también tiene misericordia. Es comprensivo, se apiada, ama, porque el honor no es un sentimiento egoísta que piensa solo en sí mismo. El orgullo, en cambio, todo lo contrario, muere, mata, no se apiada, no tiene misericordia, y aunque ame, ahoga ese amor dentro de sí. Es un sentimiento siempre propenso a pisotear todas las características buenas y virtuosas. El honor es humilde, mientras que el orgullo, de nuevo al contrario, es sinónimo de soberbia, altivo de espíritu, presumido. Además del diccionario turco, en el diccionario alemán que consulté, el orgullo se explica al mismo tiempo como «la alegría que se siente por un logro alcanzado». (Una explicación de diccionario según la cabeza alemana, pero es verdad. Porque ellos están exactamente en esos sentimientos). Por ejemplo, una alegría que se siente por la victoria de uno mismo o del equipo deportivo, del deportista o los deportistas de los que uno es hincha. O el orgullo que se siente por el éxito de la hija o el hijo de uno también puede significar la alegría de esa persona, por lo visto. El orgullo que se siente por el éxito que muestra el país de uno, el orgullo que se siente por la guerra ganada por el país de uno y, por supuesto, su alegría, etc. Salvo uno, ninguno de estos ejemplos está escrito en el diccionario. Solo que multipliqué los ejemplos ligándolos a las explicaciones para que nos resulte más fácil entenderlo. En apariencia, estas frases parecen sentimientos razonables y apropiados. El sentimiento solapado que subyace, en cambio, proviene siempre, de nuevo, de darnos valor a nosotros mismos. El objetivo es atraer la gloria sobre nosotros mismos. Aunque no haga falta que nadie se dé cuenta de ello, nuestros sentimientos van en esta dirección. Por ejemplo, que un padre diga que «se siente orgulloso» de su hija o su hijo por las muy buenas notas que ha traído, según la moral educativa que se da en todo el mundo, esto es normal. Sin embargo, si el orgullo de esa persona son sentimientos que muestran su alegría, ¿no debería al mismo tiempo alegrarse, sentir orgullo, por el éxito del hijo y la hija de cualquier otro? Si todos son miembros de un grupo, brazos de una organización, pertenecen al mismo club deportivo, entonces la situación en verdad a veces es así. Pero si ha mostrado éxito la hija o el hijo de alguien con quien no tiene ninguna relación, o incluso de una nación o de una persona a la que no quiere, esta vez ¿puede esa persona decir aún que se siente orgullosa de ellos? Al contrario, el sentimiento de orgullo que posee lo hará estar enojado y aún más lleno de odio hacia estas personas. Sea el hijo, sea la hija, sea la esposa, sea el esposo, o sean nuestros parientes, el orgullo que sentimos por ellos va dirigido, de nuevo, solo hacia nuestra propia gloria, no depende necesariamente solo de que los amemos. La persona que más quiere ensalzar a alguien, o que quiere sacar tajada de alguien ya ensalzado, lo hace con el sentimiento y el deseo de sentir orgullo. Con ello, en realidad, quiere ensalzarse también a sí misma.
Pensad en las competiciones deportivas. Y en cuanto se dice fútbol, vienen a la mente las selecciones nacionales y la copa del mundo. Los alemanes, en este tema, son muy pero que muy fervientes. He llegado a esta edad y ni una sola vez he visto a nadie ser hincha del equipo contrario o de otro país porque juegue de manera más educada, mejor. Imaginad que hay un equipo tan educado y todos sus futbolistas de aptitudes muy superiores, y que los alemanes se caen a pedazos y encima juegan de manera muy grosera, con faltas. En una situación así, tampoco ningún alemán es hincha del otro equipo ni lo dice. Para ellos, esto es una traición espantosa a la patria. Si lo hace en el estadio, no sale de allí con vida. Y esto no es solo para los alemanes, sino que, para cada nación, aunque la forma varíe más o menos, es lo mismo. Ya dije que, mientras el orgullo se muestra en el diccionario como «a veces la alegría que se siente por un logro», en realidad esa alegría es siempre egoísta y unilateral. Para la persona orgullosa, solo si muestra éxito el equipo, el deportista, el soldado, el lo-que-sea de aquello de lo que es hincha, de lo que él desea, de lo que él quiere, de lo que él ama, de su propio país, solo entonces esto le supone una alegría. Por muy educado que sea el bando contrario, por muy justo y con razón, por muy talentoso, por muy recto y honrado, dejemos ya lo de alegrarse: como frente a estas características virtuosas suyas la persona orgullosa se ve a sí misma como más rebajada, se deja llevar hacia ese bando por un odio mucho mayor.
Si no me equivoco, en un partido de una copa del mundo, tras la derrota de los alemanes, su entrenador, de manera airada, abandonó enseguida el campo y se fue. Y sin embargo, aquellos muchachos justo en ese momento lo necesitaban. Muchos años antes, su antepasado Hitler también abandonó las tribunas ante la derrota de los alemanes en un partido. En toda la prensa mundial esta situación se escribió en sentido negativo sobre aquel entrenador. Lo único que hizo comportarse así a aquel hombre es el orgullo.
Imaginad de nuevo que vuestro hijo juega al fútbol. Por un error suyo todo el equipo pierde el partido. Como padre o madre, ¿qué le decís a vuestro hijo? Si se hubiera ganado el partido gracias a su éxito, ya se sabe lo que diríais. Era muy probable que lo abrazarais y le dijerais: «Como padre (o madre) tuyo, me siento orgulloso de ti». Y sin embargo, con estas palabras claramente nos ensalzamos a nosotros mismos y, sin darnos cuenta, preparamos el camino para hundir a ese niño bajo tierra. ¿Cómo es eso? ¿Al ganar presumíamos de ser su padre, y al perder tendríamos que avergonzarnos? Muchas veces, insensatamente, metemos tales imágenes en la mente de nuestros hijos. Digamos que esta vez la cosa fue mal y el partido se perdió, y encima por el error de vuestro hijo. Vuestro hijo ya está triste, los del equipo también murmuran contra él. Aunque no sea forzoso que vosotros a la fuerza le gritéis y le chilléis —que también hay muchos padres que hacen esto—, al menos vosotros también, tristes, le decís en silencio, o a lo sumo con desgana, palabras de consuelo. Y sin embargo, para una persona virtuosa y honorable estas cosas no importan nada. Aunque pierda, ese niño sigue siendo amado, y también se comparte junto con él la alegría de la victoria del otro equipo. Porque esto es un deporte y sin falta un bando perderá y el otro bando ganará. Y si el objetivo es única y exclusivamente ganar, que nadie participe en competiciones deportivas. Porque la medalla de oro o la copa se le dará solo a un bando. Si para los que quedan esto significa orgullo o muerte, entonces que no empiecen siquiera este asunto. Pero si el objetivo es la alegría que se siente por ese deporte, la persona ya vive ese sentimiento mientras juega ese juego. Ya pierda, ya gane. El orgullo, si es compartir la alegría, ¿por qué está siempre ligado a que ganen, a que tengan éxito, siempre ciertas personas? En nuestro mundo hay tantísimos juegos, diversiones, bodas, viajes y aficiones que, si el objetivo, más que disfrutar, es llegar primero en todas partes y en todo, entonces retiremos nuestras manos y nuestros pies de todo. No participemos en absoluto en esas carreras de maratón en las que entran de una vez decenas de miles, cientos de miles de personas. No empecemos ninguno de todos los deportes que puedan contarse. Porque, lo repito, aquella medalla mayor la ganará solo uno. Quizá diréis: «Los futbolistas hacen ese trabajo a cambio de dinero, y encima de mucho dinero; eso no puede verse como una afición».
Primero, a ese futbolista que gana tanto dinero lo ha enriquecido el espectador. Si no hay espectadores, el futbolista tampoco puede ganar dinero. Pues bien, ¿qué niño empezó a jugar al fútbol para ganar dinero más adelante por esta vía? Dejemos a los niños, ¿por qué creéis que hombres mayores ya talludos forman equipos de barrio, entrenan continuamente después de un trabajo agotador y el fin de semana van al partido bajo la lluvia, bajo el barro? Estas personas, encima, cubren todos los gastos de su propio bolsillo. Sin duda, cuando se dice deporte, hay de por medio un dinero espantoso. Por eso nuestro mundo aniquila a muchas personas valiosas, a personas talentosas. Si el deporte, a nuestros ojos, se ha vuelto como el combate de los gladiadores en las antiguas arenas romanas, la culpa es nuestra. Y la razón de que, siendo cautivos de él, hayamos aniquilado esos sentimientos que llamamos alegría, es por nuestro orgullo. Claro que no todos son tan groseros como aquel entrenador alemán. Por eso, al final del partido, los equipos se cambian la camiseta, se abrazan y con tales gestos se esfuerzan por expresar que comparten su alegría. Aunque muchas veces esto sea solo un espectáculo, se hace. En pocas palabras, el orgullo es solo egoísta, feo, piensa en sí mismo. Ya sea acerca de su hijo, ya de su país, ya en un juego entre equipos de barrio; el orgullo siempre toma partido y al final busca su propia gloria, mientras que al amor no le da ningún lugar.
«Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran», escribe en los versículos 12:15 del libro de Romanos del Evangelio. Aquí no hay lugar para el orgullo.
Cuando se llega, mirando el asunto desde otro ángulo, a su raíz, en realidad, en cosas como estas, además del orgullo, tomar partido también desempeña un gran papel. Nuestro mundo cría siempre a la humanidad con la mentalidad de tomar partido. Según ellos, aunque sea malo, sin falta hay que tomar partido por algún lado. Desde la política, el nacionalismo, hasta la familia, que se dice el más pequeño de los individuos de la sociedad, las personas deben tomar partido unas por otras. Nos alimentan con enseñanzas como «no hay nada peor que una persona que no toma partido», «la mayor falta de carácter es la neutralidad». Pero hay una verdad, y es que tomar partido ciega a la persona. Bajo el hecho de tomar partido subyace, en realidad, un «vuélvete ciego». Claro que en esta ceguera, sea quien sea aquel por quien se va a tomar partido, sea el grupo, el partido, el equipo, la nación, el ejército, la familia, el patrón, todos sus errores, torcimientos, suciedades, fealdades no deben verse. Y si existe siquiera el peligro de que todos los vean, eso también debe encubrirse. Las personas que toman partido se dejan dirigir muy fácilmente. Porque, así como es fácil dirigir por el camino equivocado a una persona ciega, esto es igual. Todos esos medios que llamamos prensa —el periódico y toda la prensa, la radio, la televisión y aparatos semejantes— proporcionan una enorme facilidad para dirigir, como masa entera, a las personas que toman partido hacia donde se quiera. El espíritu que en la Alemania de Hitler unió a todo un pueblo de un país en un solo pensamiento y en un solo odio se realizó tomando y haciendo tomar partido. En los tribunales de la posguerra, las palabras de aquellas personas, como «nosotros no sabíamos nada, no lo vimos», aunque en sentido literal fueran mentira, en sentido espiritual eran verdad. Como no querían oír, saber, ver, en cierto modo habían dicho también la verdad. Como estas verdades son bien conocidas por los gobernantes, ellos, lejos de impedir el tomar partido, incluso abiertamente atizan a la sociedad para que mire con malos ojos a ciertos grupos. Y sin embargo, tomar partido ciega no solo nuestra facultad de ver, sino también nuestros demás órganos, con los que poseemos la facultad de sentir y percibir. Claro que los gobernantes, los que quieren gobernar el mundo teniéndolo en la punta del dedo, quieren precisamente esto. Porque atraer hacia donde se quiere a una sociedad ciega es mucho más fácil.
Incluso una persona corriente, con palabras como «si el amigo con quien salgo no va a hacer la vista gorda ante mis errores, ese hombre no es para mí», se refiere aquí a que un buen amigo o compañero tome partido. Pero que no vayamos a ligar esto con cosas como ayudar, mostrar empatía, sacrificio. Hay hombres que no toman partido, pero que darían hasta la vida por la humanidad. Por ejemplo, leamos en su propio lugar con qué palabras se acercaban, incluso los que le eran enemigos, a alguien a quien Dios valoraba, es más, valoraba «mucho».
Cuando ellos vinieron, le dijeron: Maestro, sabemos que eres veraz y no te cuidas de nadie (no tomas partido); porque no miras la persona de los hombres, sino que enseñas el camino de Dios con verdad. (Evangelio, Marcos 12:14 y Lucas 20:21)
Aunque en el escrito no se advierta enseguida, estas palabras llenas de elogio se las dijeron a aquella persona sus enemigos. Según el entendimiento de nuestro mundo, ¿cómo se llama a semejante persona? ¿Cómo pudo esta persona, que no mira la persona de nadie, que no toma partido entre las personas, pero que se acerca a ellas con rectitud, llegar a ser alguien a quien Dios amaba tanto? Nosotros odiamos tales características, mientras que Dios las ama mucho. Yo creo que para comprender que en nuestro tiempo hay una separación espantosa entre Dios y la humanidad ni siquiera hace falta ver. Está claro hasta el punto de que se comprende aunque seamos ciegos. Claro, si es que aún queremos comprender.
En los tribunales se espera imparcialidad de los jueces. Si no, no hay justicia. Yo, en Alemania, en cada uno de mis juicios contra alemanes, por mucha razón que tuviera, perdí claramente. Por mucha razón que tuviera, de nuevo perdí. Solo cuando pleiteaba contra un turco actuaron con justicia. Muchos años atrás, incluso los turcos que no tenían razón salían con razón. A principios de los años ochenta fui al tribunal laboral de un amigo y viví esto en persona. Aun sabiendo él mismo que no tenía razón, el tribunal le dio la razón. Aunque quizá jurídicamente sí tuviera razón. Y en aquellos tiempos el bloque comunista estaba en pie, firme, y aunque uno fuera turco, se les daban muchos derechos a los obreros. Esto tampoco era justicia. De nuevo, cosas relacionadas siempre con tomar partido. Por mucho que las personas griten «no tomamos partido», no logran vencer estos sentimientos. Es que tampoco quieren vencerlos. La expectativa de Dios, en cambio, es clara.
No harás injusticia en el juicio; no favorecerás al pobre, ni honrarás al poderoso. Levítico 19:15
Estas palabras nos dicen claramente: ni te apiadarás del pobre por el hecho de ser pobre, ni tendrás miramientos con alguien poderoso y con prestigio. Porque ambas cosas son tomar partido, y estas también ciegan a la persona. El derrumbamiento de las sociedades, la desconfianza, el odio, el valor para hacer cosas malas: las personas los sacan de estas cosas. El pueblo alemán todavía no se ha dado cuenta de estas cosas que escribo. Tras la unificación del este y el oeste y la retirada de los americanos, si un día se dan cuenta de que las leyes están de su lado de manera parcial, entonces aquellas situaciones difíciles de los turcos serán mucho más duras. Y así fue, en efecto. Por eso, abandonar la justicia y tomar partido, tomando partido por un solo lado, aplastar injustamente al otro, ya sea en las relaciones turco-alemán, ya hombre-mujer, ya negro-blanco, pisoteando la justicia, los Estados, las naciones nunca aseguran ni han podido asegurar por sí mismos su propia felicidad. Antes de la ruina de cada nación, de cada Estado, de cada reino, se derrumbó la moral de esa nación, de ese Estado, de ese soberano.
Volviendo de nuevo al tema del orgullo, demos otro ejemplo del orgullo tomándolo del concepto de la hospitalidad. Por ejemplo, según el concepto de hospitalidad de un turco, de un kurdo o de otra persona asiática, lo correcto es que el anfitrión se rebaje ante ese huésped y se haga su servidor. Quiere, haciendo lo que esté en su mano, con todo lo que hace según sus capacidades, satisfacer al huésped. Aunque no todos lo hagan así, esta es, según ellos, una manera de comportarse muy correcta. Esta forma de comportarse es también un sentimiento que le tranquiliza la conciencia por dentro. Junto a esto, el concepto de hospitalidad de un alemán es muy distinto. Aunque estéis horas sentados en su casa por asunto suyo, no quiere daros ni siquiera un café o un agua. Y si os lo da, deja ver que lo hace de muy mala gana. Para ese alemán, ponerse a correr de acá para allá por un huésped, y sobre todo por alguien a quien no conoce, con quien no tiene interés, arrojándose por los suelos, y servir a esa persona, es una rebajamiento y una necedad espantosamente grandes. Según ellos, estas son cosas que haría una persona sin orgullo. Claro que dar algo requiere generosidad, y servir es lo contrario de la pereza. Pero, más que la avaricia y la pereza, el sentimiento de orgullo pesa más que todo. El alemán, en cambio, presume de ser orgulloso. En cuanto ve delante a alguien que sirve de ese modo, esa persona enseguida se empequeñece a sus ojos. Y no solo se empequeñece: casi le da asco. No porque a él se lo hagan, sino que a él le da asco ser así. Según ellos, la persona orgullosa es valiosa. La forma de recibir al huésped que muestra el turco, el kurdo, en cambio, para él es equivocada y fea. Y, por el contrario, que quieran que todos se comporten con ellos de esa manera humilde y servil es otra realidad. Esa manera servil de comportarse, que a él le gusta, según ellos deben hacerla solo las personas de clase inferior. Ellos, de todos modos, tampoco pueden ser orgullosos. El orgullo es un regalo dado solo a las razas superiores. Por eso no es de extrañar que los domingos, y sobre todo si el tiempo es soleado, mientras hacen caminatas de salud de 20-30 kilómetros de una vez, estando juntos, al cónyuge que pide un agua o una cerveza de la cocina que está a unos pocos metros en casa le digan: «Ve y cógelo tú mismo, y de paso tráeme uno». Ese temor de que tales peticiones de los cónyuges puedan convertirse, según ellos, en una costumbre espantosamente mala, subyace siempre dentro de ellos. Y encima, ¿acaso es un criado para hacer tales cosas? Todo esto son siempre frutos del sentimiento de orgullo y nunca se basa en el amor. Aunque su corazón quiera hacer aquello, se frena a la fuerza y no lo hace. El orgullo no le deja hacerlo. Aunque sea alguien a quien considera superior a él, para un asunto, por interés, o incluso alguien a quien ama y conoce, se libra del sentimiento de estar rebajándose por servir llevándolo también a un restaurante. Y si su situación no es holgada y esas personas, según él, no son dignas de que se las lleve a un restaurante, y aunque él haya sido agasajado al menos diez veces comiendo y bebiendo en casa de esa persona, casi como para pagar una deuda lo hace un día determinado, y llama el mismo día a todos los conocidos cuya deuda de su orgullo quiere pagar, para que salgan todos de una vez. Y sin embargo, el concepto de hospitalidad que aparece en los libros que estos «supuestos cristianos» dicen que creen es muy distinto. Que no vayáis a pensar que digo esto solo por los alemanes. Creo que un inglés, un americano, un francés, o las personas de cualquier nación rica, en general son así. Si una persona, siendo de un país pobre, es allí alguien rico, también él se vuelve así. Ya sea kurdo, ya turco, si ellos también son ricos, están en la abundancia, muestran enseguida, más o menos, las características de esas naciones que llamamos orgullosas. Porque, con poseer riqueza, su corazón también se ha ensalzado ya.
Junto a esto, hemos leído en las Sagradas Escrituras que no toda persona acaudalada y rica es necesariamente orgullosa ni ve como una humillación servir a los demás. Uno de los ejemplos más conocidos y famosos aparece acerca de Abraham, el amigo de Dios. Él, cuando vio bajo el ardiente calor del oriente a unas personas a las que no conocía en absoluto, se levantó de delante de su tienda y corrió, y, inclinándose ante aquellas personas, encima les suplicó que pasaran a hospedarse a su lado. A pesar de que tenía muchos criados y sirvientes, dijo que los panes que había que hacer para aquellas personas desconocidas los hiciera también su esposa. Las características de esta persona de la que hablo casi no las he visto en ningún alemán entre los que viví durante 40 años, ni siquiera en sus religiosos más fervientes. Este comportamiento de Abraham no es un comportamiento que reciba aprecio entre los supuestos cristianos; en realidad, esto, según ellos, es servilismo de perro. (Génesis 18:2-8) Por supuesto, esto nunca lo expresan abiertamente de esta manera. Una persona orgullosa nunca debe hacer tales cosas. Es cierto, porque la persona orgullosa, de todos modos, no hace tales cosas. Como digo, aunque quiera, no puede hacerlas. En cambio, en todas las personas que llamamos hombres de Dios casi no hay nada de orgullo. Cuando les vino a ellos también semejante sentimiento, eso mismo los llevó a la ruina, a una catástrofe, o los alejó de la protección de Dios. (1 Samuel 18:6-9)
En verdad, el orgullo no tiene ningún lado positivo. Aunque para hacer la guerra, por la religión, por la patria, por el nacionalismo, para alcanzar el éxito, se muestre el orgullo como un sentimiento útil que pone en marcha a las personas, este sentimiento es una característica que Dios odia. Y no solo Dios: también las personas odian ver este sentimiento en otro, aun cuando ellas mismas lo hacen con gusto. La mayor característica de los profetas es que no son orgullosos, sino humildes. En la historia tampoco han tenido el orgullo como característica las personas que se han hecho el mayor nombre y que hay que tomar como ejemplo. El mensaje que Dios nos da con Jesús el Mesías, nacido en un establo, va también en esta dirección. Mientras que, para nosotros los humanos, dar a luz a un niño en un establo se califica no como bendición de Dios, sino como maldición, para Dios y sus ángeles este detalle no tiene ninguna importancia. Al contrario, ellos sintieron alegría por las obras de Dios y por aquella persona que nació. (Lucas 2:1-14) Nosotros percibimos el hecho de dar a luz en un establo como una maldición no solo por su dificultad, sino porque lo calificamos de humillación y no lo podemos tragar por nuestro orgullo. De nuevo, muchos profetas —a pesar de tener autoridad— vieron el dejarse llevar por el orgullo, frente a las personas que insensatamente se daban grandeza ante ellos, como un pecado espantoso. (Lucas 9:52-55) Se les escupió en la cara, se les azotó y maldijo, se les persiguió, en las cárceles, el sufrir tortura, ellos no lo hicieron cuestión de orgullo. Y sin embargo, todos estos eran personas rectas, honradas, valientes, honorables. La persona orgullosa, presumida, un día debe meterse en el bolsillo el ver, junto con toda clase de odio e insulto de parte de los demás, también la hostilidad. A la persona humilde, honorable, también pueden pasarle las mismas cosas. La diferencia es que la persona orgullosa está recibiendo lo que se merece, pero lo que se le hace a la persona honorable se califica de injusticia. Ante Dios, en cambio, mientras uno va a la vergüenza y a la muerte, el otro va a la vida eterna y a la felicidad. Daniel 12:2
Mirad, leamos en su lugar lo que dijo Jesús el Mesías por medio del sabio Salomón:
El temor del Señor es aborrecer el mal (la maldad); la soberbia y el orgullo, el mal camino y la boca perversa, aborrezco. (Proverbios 8:13) Sobre el orgullo y la soberbia hay muchas más palabras hermosas. Por ejemplo:
Antes del quebrantamiento va la soberbia, y antes de la caída el espíritu altivo (orgulloso, presumido). Proverbios 16:18
Cuando viene la soberbia, viene también la deshonra; mas con los humildes está la sabiduría. Proverbios 11:2
En el Corán tampoco se escribe nada bueno acerca del orgullo. En algunas traducciones de las Sagradas Escrituras se ha usado, en lugar de orgullo, la palabra jactancia, o en lugar de jactancia, orgullo. Y a veces, en lugar de orgullo, la palabra «se envaneció». Quizá la única palabra que podría confundirse con el orgullo, con dos sentidos posibles, positivo y negativo, sea «jactancia». Pero aunque la jactancia a veces pueda usarse en sentido positivo, esto tampoco lo encontramos en el orgullo. Por ejemplo, la persona puede gloriarse en Dios. Aquí se quiere dar la gloria a aquello en lo que uno se gloría, a sus características. Solo que aquí también hay que tener cuidado. Dios, poniendo un límite también a la jactancia, revela por medio de su enviado que se diga lo siguiente.
Por tanto, que nadie se gloríe en los hombres… (1 Corintios 3:21) Así dice el Señor: No se gloríe el sabio en su sabiduría, ni se gloríe el valiente en su valentía, ni el rico se gloríe en su riqueza; mas gloríese en esto el que se hubiere de gloriar: en entenderme y conocerme, que yo soy el Señor, que hago misericordia (bondad, gracia, perdón), juicio y justicia (rectitud) en la tierra; porque en estas cosas me complazco, dice el Señor. (Jeremías 9:23-24, Romanos 2:23)
Estos versículos nos subrayan claramente que solo podemos gloriarnos en el Señor y en las cosas que le pertenecen. Ahora bien, ¿se puede sentir orgullo en el Señor? Semejante forma de expresión, uniendo el Señor con el orgullo, no la he leído en ningún lugar de las Sagradas Escrituras. En pocas palabras, tal cosa no está escrita. De nuevo, como digo, porque en el orgullo hay egoísmo, pero la diferencia entre la persona que se gloría en Dios y la persona que siente orgullo en Dios es esta: el que siente orgullo toma también para sí una parte de la gloria, pero el que se gloría en las obras de Aquel da toda la gloria, toda la grandeza, a Aquel, es decir, en este caso, a Dios.
De nuevo, en las Sagradas Escrituras, algunas traducciones han usado, en lugar de orgullo, las palabras «se desmandaron». Al usar el orgullo y el desmandarse como una misma cosa y en sentido equivalente, tampoco se equivocaron mucho. Y a veces, mientras se usan en lugar de orgullo palabras como «engreírse», «soberbia», incluso en un lugar, en vez de «responde con orgullo», se ha usado la expresión «responde con dureza». (Proverbios 18:23) Es posible ver, también en este tipo de traducciones, que el orgullo es despiadado. En otra traducción, seguramente por estar en armonía con la frase, hay quienes usaron, en lugar de orgullo, la palabra «desvergonzado», es decir, sin pudor, sin apuro, insolente. Y muy acertado. Porque la persona orgullosa posee estas características. Aunque desde que nacemos nos hayan mostrado el orgullo a nuestros ojos como un sentimiento muy superior, virtuoso, según el entendimiento de Dios este sentimiento es en verdad algo espantoso. El orgullo es una causa que empuja a la persona a la vergüenza, al odio, a la desvergüenza, incluso a la deshonra. A los ejércitos, a los que van a la guerra, a los que van a masacrar seres humanos, se les inculca este sentimiento de antemano y en cantidad excesiva. Las fealdades que allí pueden cometerse solo son posibles poseyendo este sentimiento. El orgullo, que según las Sagradas Escrituras es también sinónimo del ensalzamiento del corazón, es la mayor característica que hace de Satanás lo que es. (Ezequiel 28:13-19) ¿Quién puede decir que Satanás es digno y honorable? El orgullo, en cambio, ha sido la causa de que pisoteara todos los valores que había en él. Aunque el orgullo, supuestamente, se explique como si se diera valor a sí mismo, al contrario: el orgullo toma y aniquila hasta el más pequeño valor que la persona posee. No nos engañemos mirando a las personas orgullosas que tienen poder. La gloria, el respeto, la reverencia que se les muestra se basan solo en el interés y en un miedo mezclado con odio. Es decir, es falso. Y a la primera oportunidad, se los aniquila de la manera más despiadada. Por eso, tales personas no pueden ni siquiera salir a la calle sin protección, solas.
Aunque en los círculos religiosos muestren el orgullo como si fuera una característica mala, son partidarios de mostrar su contrario, la humildad —también esa, de manera falsa—, en general solo unos a otros. Hacia los de fuera, en cambio, todo su comportamiento es orgulloso, soberbio, presumido. Cuando miramos la historia, mientras la gran mayoría de las guerras se hicieron bajo el nombre de la religión, el sentimiento que enviaba a esas personas a morir y a matar fue, en la mayoría, de nuevo el orgullo.
Las personas, con la educación y la instrucción que han recibido, no pueden fácilmente conciliar estas cosas que escribo. Pero, si en profundidad, y no solo mirando las Sagradas Escrituras, pensáis en el significado de esta palabra en el diccionario, aun así no nos será nada posible unir el orgullo con cosas tan buenas. Decidid vosotros mismos preguntándoos. ¿Con quién queréis vivir siempre, con una persona orgullosa o con una humilde y honorable? Sin fijarse, sin conocer bien su significado y sin pensar, como en la mayoría de la educación y la instrucción que se nos da, sin tomarse la molestia de investigar, uno de los conocimientos que tomamos servidos en bandeja debe de ser también este. Llegó un día en que no solo nuestra boca se acostumbró a estas palabras, sino que también aplicamos esas palabras de una manera acorde a su pleno significado. Y encima con el pensamiento, la creencia y la conciencia de «estoy haciendo lo más correcto».
Volviendo de nuevo a mi operación de nariz, estos dolores, que avanzaban de manera espantosa, los sufrí catorce meses. Al final no aguanté e hicieron una tomografía de mi cuello. Y así salió a la luz lo que yo suponía desde el principio. El cartílago de mi cuello se había herniado y reventado hacia afuera. Es decir, uno de los cartílagos del cuello se había lanzado hacia afuera, hacia el canal donde están los nervios que vienen del cerebro. Durante la operación me habían presionado tanto la cabeza hacia atrás que, si hubieran forzado un poco más, que todo mi cuerpo saliera de la operación paralizado no habría costado nada. El médico que hizo estas imágenes me llamó a su despacho y, ¿sabéis qué fue lo primero que preguntó? En qué hospital me habían operado. En ese momento no logré recordar el nombre del hospital y dije «no lo sé». Esta vez preguntó si me había operado o no en Alemania. Antes de salir de casa ya suponía que me encontraría con estas preguntas. Si hubiera mentido y dicho «me operé en Turquía», ¡quién sabe qué clase de informe habría escrito! Eso también lo sé. Estos son sucesos que nosotros vivimos aquí todos los días. Ya digo, ¡estos hombres se comportan así por amor a la patria! Cuando el error cometido es de otro Estado, y sobre todo si es contra Turquía, todo se examina bajo el microscopio, con los sentimientos y sensaciones más despectivos que salen de lo más hondo, y encima añadiendo de su cosecha. Y conforme a ello se escribe el informe. Esta es una manera de comportarse que se espera de todo alemán y que, según ellos, es del todo normal. Lo anormal, según ellos, es ser imparcial. ¿Sabéis qué me dicen? «¡Esto quizá no sea de esta operación, sino de antes o de después!». Y esto no solo los médicos, sino incluso los terapeutas a los que iba a fisioterapia, aunque no tenga ninguna relación ni sentido, hacen casi un gran esfuerzo por alejarme continuamente de esta verdad. Las personas de una nación que se las da de muy lógica e inteligente son a veces tan insensatas e ilógicas. Cuando hacen así, dejando a un lado toda confianza y respeto, la persona puede perder incluso todo su amor a la humanidad. No en vano se ha dicho en las Sagradas Escrituras: «Tomar partido y el soborno ciegan el entendimiento de la persona». Si la religión, el amor a la patria y el nacionalismo se basan en la mentira, el engaño, la hipocresía, el fraude, la masacre, la injusticia, a esto yo no lo llamo ni amor a la patria ni amor a la nación; esto es lisa y llanamente falta de honra. Estas son solo el tipo de amor que muestran las personas que se venden a sí mismas y venden también su patria, que no tienen respeto por sí mismas. Repetiré de nuevo las mismas cosas. A los alemanes que no obedecían las órdenes de Hitler se les llamó traidores a la patria y los fusilaron. Cuando miramos la historia y los sucesos que se desarrollaron, quedó claramente de manifiesto quiénes eran los traidores a la patria. Y esto tampoco lo digo porque Alemania perdiera la guerra. Llamo la atención sobre el hecho de que el final de toda nación que pisotea los valores superiores y se vende a sí misma, tarde o temprano, es y será así. Además, hice la comparación de la falta de importancia de la etiqueta, del rango, del poder, comparando entre sí a Dios y a Satanás. Si los alemanes, en la segunda guerra mundial, en lugar de ser vencidos hubieran vencido y dominado el mundo, ¿acaso habrían sido muy encantadores? ¿Creéis que la simpatía que se sintió a escala mundial hacia América y los americanos de aquella época fue solo por haber ganado la guerra? Yo digo que no a todo esto.
¿Os podéis imaginar? Si yo dijera: «Vino un médico, chocó contra mi coche e hizo chatarra mi coche de 50 mil euros; y encima protesta, no acepta pagar el daño», esto lo entiende todo el mundo. Aunque no quisieran, por el hecho de ser extranjero, quizá se verían obligados incluso a darme la razón. Y las leyes también, quizá, le sacarían igualmente ese dinero. Pero, cuando el tema tiene que ver con la salud de las personas, ¿por qué les cuesta tanto entenderlo? Y sobre todo darme la razón se vuelve casi imposible. Y sin embargo, si el asunto es de error, en ambos casos del ejemplo hay un causar daño derivado del error. ¿Por qué es tan distinta la comprensión que se muestra hacia uno de la que se muestra hacia el otro? ¿Será que el organismo que organiza a los médicos no se mete en la vida privada de ese médico y por eso no lo protege? Es una situación como aquella de antaño en Texas, en que enseguida ahorcaban a los ladrones de caballos, mientras que a un asesino le mostraban mucha más tolerancia. ¿Se valoraba más al caballo que a la persona? Vale, antaño caballo significaba el sustento de esa persona, pero ¿ahora? Si vamos a comparar la salud con el coche, ¿cuál es más valioso y vital para esa persona? El valor que los alemanes dan a la vida humana y el cuidado que le muestran son muchas veces menores que los de un perro. No me refiero a los espectáculos que hacen para la galería. Ya estoy viendo, como si fuera de antemano, que muchos alemanes se van a enfadar por estas cosas que escribo. Diciéndolo una y otra vez, yo digo que solo me esfuerzo por expresar lo que he visto, vivido, percibido. Aunque no lo crea, mirad que no me sorprendería si dijeran: «Es verdad, ¡pero esto solo os lo hacemos a vosotros los turcos!». Las organizaciones, con el gobierno de un puñado de personas al frente, no miran a nadie más que a su interés. Veamos cuándo lo entenderán. A mi vecino alemán, que se sienta a mi lado, después de jubilarse lo operaron literalmente 10 veces, y el hombre, que tenía más de 100 kilos, bajó a 55, ¡y aún no han logrado matarlo! También él, diciendo «patria, nación», está dispuesto incluso a la muerte, pero, a pesar de haber vivido en su propio cuerpo estas verdades que digo, aún no logra de ninguna manera aceptarlas y tragarlas.
Le di al traumatólogo especialista, con quien logré cita a duras penas en unos tres meses, las imágenes tomadas de mi cuello. Le dije que estos dolores habían surgido después de la operación de nariz. Cuando, como si fuera alguien que no sabe nada, le pregunté «¿qué hicieron para que me quedara así, o acaso me dejaron caer?», ante su respuesta de «qué va, hombre, esto ha sido por hacer la operación en mucho tiempo y presionaros la cabeza hacia atrás», le rogué: «¿me podría dar por escrito también esto que dice?». Enseguida preguntó: «¿Quién lo quiere?». Dije que mi seguro, lo cual era verdad, pues por mi primera queja el informe lo llevaban ellos. No dije que mi abogado, porque sabía qué pasaría. «Que ellos me escriban a mí, y yo se lo doy a ellos», dijo. Ay, qué alegría sentí. Le contaba a mi mujer: mira qué médicos, qué personas tan rectas y que no se rebajan a venderse, también los hay. En cuanto llegué a casa, llamé al seguro de enfermedad correspondiente y expliqué la situación con el nombre del médico. Di su número de teléfono, su nombre. A mi abogado le dije lo mismo. ¿Y no fue el hombre y les escribió a ellos un informe justamente contrario a lo que me había dicho a mí? Que de una operación de nariz nunca ocurría tal cosa. Y que yo, de todos modos, ya estaba enfermo crónicamente de los huesos de la columna. Y encima este fraude pide 25 euros por aquellas palabras que escribió. Al mismo tiempo, este médico escribe estas mentiras como informe, sin ningún reparo, bajo el techo de un hospital religioso llamado Diakonie, en Schwäbisch Hall. Incluso aquel médico de cabecera árabe, del que decíamos que era el mejor, informó de que «en toda su vida de médico nunca había oído de semejante error en una operación de nariz». Aun así, haciendo gala de humildad, dice: «pero consúltelo también con un especialista». Los tres médicos, como a una sola voz, informaron de que esta situación «no puede ser posible».
Me volvieron a la mente los testigos de Jehová. Estos son una organización religiosa con más de seis millones de miembros. Si a todos los miembros los citaran a juicio por un error de su organización, creo que todos ellos, aunque no se les hubiera enseñado de antemano, defenderían esa organización con lenguaje rotundo y mintiendo. Pase lo que pase, lo tienen por un deber. En pocas palabras, la educación que da el pensamiento de organización ha logrado convertir a más de 6 millones de personas en falsos testigos que mienten sin pestañear. ¿Qué clase de conferencias creéis que la organización y el Estado les dan también a aquellos médicos? Vamos por un camino muy espantoso como humanidad, nuestro final no será nada bueno para toda la humanidad. ¿Os podéis imaginar? Hagan lo que hagan los médicos, como paciente no tenéis ningún derecho. Y si corréis mucho reclamando derechos, a lo sumo no creo que podáis siquiera recuperar el dinero de vuestros abogados. Yo llevo dos años y no he conseguido nada. Por ahora, mi salud no me alcanza ni para montar un negocio ni para trabajar. Estos libros que escribo también me esfuerzo por terminarlos a duras penas, con el alma. Por otro lado, quiero darles la razón a los médicos, me pregunto: ¿acaso alguno de ellos me hizo esta suciedad especialmente adrede?, que es lo que he creído desde el principio. ¡Y demuéstralo! Por otra parte, si no hay ningún peligro de que ocurra tal cosa, ¿por qué hacen firmar antes de la operación un consentimiento sobre el riesgo de que «le dolerá la cabeza y puede durar incluso meses»? ¿Por qué toman firmas a las personas por un riesgo que no va a ocurrir?
Por casualidad, en una revista que sacan aquellas aerolíneas, en el avión, en un artículo aparecía una conversación con un cirujano acerca de las quejas del público sobre esta hernia cervical. A la pregunta de por qué se produce sobre todo esta enfermedad, el cirujano, profesor especialista, responde así: «Pintando el techo, colgando una cortina, cambiando una bombilla, incluso con un estornudo repentino, se puede contraer este maldito mal», dice.
Mirad la sorpresa del asunto: presionar durante dos horas en la operación el cuello de una persona hacia atrás, ¡eso no lo produce, por lo visto! Y esto también lo informan los médicos alemanes. Más tarde, en Turquía, a la esposa de un amigo, mientras le hacían una operación de bocio, los médicos, de la misma manera, le provocaron una herniación en el cuello. Como a mí me habían ocurrido los mismos sucesos, pregunté: «¿Qué hicisteis, no reclamasteis vuestro derecho?». Y él, cuando dijo: «Reclamamos, pero protestan diciendo que en una operación así esto no ocurre», me vinieron enseguida a la mente los médicos alemanes. Los trabajos sucios son como un virus, así que no me sorprendió en absoluto lo rápido que se había extendido.
Yo, en cambio, acudiendo a siete abogados, expliqué mi situación por carta y por teléfono. La primera pregunta de todos ellos fue si tenía o no un seguro que cubriera los gastos de este pleito. Cuando dije que no lo tenía, todos, de nuevo, aconsejándome que me presentara ante la comisión de médicos, dijeron que no podían tomar el caso con otros pretextos. Y encima esta comisión era gratis, por lo visto. Si ellos confirmaban la causa de mi enfermedad, la cosa sería mucho más fácil y sin gastos, por lo visto. En internet, estos médicos tienen también una página organizada sobre sus comisiones. La leímos e intentaré escribir tal cual, según yo, los lugares más importantes. Las cifras pueden ser aproximadas; yo, escribiéndolas redondas, me esforzaré por facilitar la comprensión.
De unos 1100 casos, todos salvo 75 se resolvieron en estas comisiones. Yo, para mis adentros, dije enseguida con prisa: ¡oh! También han escrito algunos ejemplos de los casos en que dieron la razón. Siempre dos o tres a lo sumo. Después continúa: de estas 1100 personas que acudieron, 750 fueron consideradas increíbles, es decir, mentirosas. Y a la gran mayoría restante les dieron la razón en cuanto a su estado de salud, pero eso no lo podían aceptar como error de los médicos, por lo visto. Es decir, los mandaron diciendo: es verdad que tienes esta enfermedad, pero la has contraído no durante la operación, sino en otro lugar. O sea, como mi situación. Con esta cifra, por alguna razón no dieron el número exacto de las personas a las que dieron plenamente la razón. Por muy astutos que se crean, en realidad estos anuncios son muy estúpidos. En mi opinión, el número de esas personas a las que dieron la razón no es más de 30-40. Y esas, en general, siempre en problemas de las mujeres relacionados con el parto y los bebés. Debe de ser por el miedo a que la estirpe del pueblo alemán se extinga; por lo visto necesitan valorar mucho solo este tema. Si no, no reconocerían ninguno, en fin. Es decir, ¡de tantísima gente que acudió a la comisión, solo 75 personas fueron a juicio sin quedar satisfechas! Estos hombres ven estos escritos como logros suyos y por eso organizan esas páginas. Y a esos a los que dieron la razón, ahora vosotros pensáis que «obtuvieron sus derechos». Yo también lo creí así. Al darle la razón, a esa persona a lo sumo le dan moral, fisioterapia y quizá un poco de dinero, eso es todo. Al final, explicando y explicando que ellos también pueden equivocarse, que son seres humanos, que tales situaciones son inevitables, se ablanda a la parte contraria. Como digo, aunque no hayan dado cifras sobre esto, para muy, muy pocas personas es así. Y no vayáis a pensar que ante esta comisión saldréis así de fácil, al primer chasquido. Después de que todos los expedientes lleguen a sus manos con los informes de operación, si no ponen objeciones, solo podéis presentaros ante ellos después de esperar, como muy pronto, entre 9 meses y un año y medio. A veces este tiempo puede alargarse aún más, claro. ¡Y no están obligados en absoluto a rendir cuentas! Porque la persona no está obligada a ir allí. Además, ellos, supuestamente, posan como que os ayudan. Yo, después de leer aquellos escritos, decidí rotundamente no hacer jamás semejante cosa. Es seguro que más del 80 por ciento de aquellas personas que acuden a estos hombres, en mi opinión, tienen realmente razón. Esto lo sé por mis propias experiencias, que cuento habiéndolas vivido, y sé con pruebas cómo mienten los médicos. Aquel otorrinolaringólogo no me dio ni la información más simple sobre mi enfermedad por escrito. Solo cuando la caja del seguro se lo pidió por escrito lo dio a la fuerza. Estas dificultades son así solo por un asunto pequeño como una cabeza de aguja; los demás, imaginadlos vosotros. Y eso lo envió no escribiendo la verdad, sino escribiendo cosas falsas y equivocadas. Del otro traumatólogo que escribió un informe falso no hace falta que escriba una y otra vez. Todo esto, y mucho más, es una realidad que viven quienes se presentan ante esa comisión. Las estadísticas están a la vista. Y esto no lo digo yo, sino que ellos, en sus páginas, lo cuentan con jactancia diciendo: «Mirad cómo lo hemos apañado sin llevar los casos a los tribunales». Porque, sea cual sea el pleito, cuando llega a los tribunales, ese caso resulta espantosamente costoso. Y encima para ambas partes. Por muy encallecido que sea el juez, aunque tenga delante a un montón de falsos peritos testigos, todos ellos son exactamente como las personas miembros de los testigos de Jehová y del papado católico. Por eso, por mucho colmillo que tenga el juez, no deja de revolvérsele el estómago. Y encima los hechos están clarísimos, a la vista. Por mucho que este juez tenga delante a mil de ellos, no manda, no puede mandar, a 750 con el sello de increíbles y mentirosos, como ellos. En el peor de los casos, aunque no le dé la razón al paciente —que, de todos modos, no les gusta mucho dar la razón así como así—, el simple hecho de decir que cada uno debe pagar sus propias costas judiciales ya es una gran derrota para los médicos. Pensadlo: el daño de todos los gastos de abogados y de tribunales de 1100 pleitos. El más pequeño empieza en 5-10 mil euros. Esto era para sus 1100 pleitos. Hay cientos de miles de pleitos así. Por eso, a ese médico, a ese juez, en una reunión, en una fiesta, dándose consejos unos a otros, diciendo «encargaos vosotros mismos de arreglar vuestra propia suciedad», con el empuje también del Estado, se ha incitado a esos médicos a crear comisiones, a organizarse. En pocas palabras, aunque de esas 1100 personas quizá 50 se ganen el derecho a entrar, os hacen bregar durante años y os sacan de nuevo el alma por otro lado. El número de quienes, como yo, no van o no pueden ir, en cambio, es incontable. Sus logros en verdad son dignos de elogio, bravo por ellos. Todo esto que cuento no es por las religiones organizadas, sino por los médicos organizados. Yo creo que, mientras seamos así nosotros la humanidad, lo que nos pasa es incluso poco. Venga, si tenéis agallas, id al médico, echaos bajo la anestesia y entregadle vuestra vida. Como paciente no tenéis ningún derecho para que los hombres tengan miedo de cometer un error. Además, ellos también han asumido la tarea de limpiar la patria. Y encima, ¡después de cargarles a estos hombres semejante trabajo sucio, aún les van a pedir cuentas! ¡Dios nos libre!
Por lo que yo sé, en Alemania y, en general, en estos países llamados desarrollados, ningún médico da ni puede dar un escrito que perjudique a otro médico. Aunque sepa que ese paciente tiene mil por cien la razón, no le dejan hacerlo. Porque ellos, al estar organizados, están obligados, es más, forzados, a seguir ciertas reglas. Si dentro de ellos hay quienes tienen la autoridad para decidir e investigar si hubo o no un error, esto también solo deben hacerlo esas comisiones de las que hablé. Esta lógica se les inculca a todos los médicos. El médico que va más allá de esto es expulsado de esa organización. A partir de entonces le vuelven un veneno la vida y esa profesión. Solo puede volver a probar suerte, si acaso, huyendo de ese país a lugares muy lejanos. Pero, vaya donde vaya, el mundo está lleno de suciedades y se verá obligado a librar su lucha en todas partes, o se rendirá y agachará la cabeza ante ellos. Quienes tengan curiosidad por este tema, del que he hablado muy brevemente, sobre las organizaciones, que lean el libro «Las mafias de la religión y nosotros» y, en lugar de las organizaciones religiosas de las que allí se habla, pongan estas organizaciones de médicos: encaja calcado y su funcionamiento se basa en el mismo principio. Así como al testigo de Jehová que quiere dar un paso correcto y dice «ya no me someteré a esa organización» se le recuerda la promesa que hizo durante el bautismo, a los médicos también se les recuerda el juramento hipocrático que prestaron con el nombre de no sé qué dioses suyos. La mayoría de ellos, por pertenecer a estas organizaciones, creen que se protegen y aseguran también su vida. En realidad, al hacerse pertenecientes a esa organización, se venden a sí mismos y se hacen esclavos. Yo a esto lo llamo hacerse asno voluntariamente. ¿Creéis que por esta vía ellos van a ser felices? A todos, por haberse vendido y por verse obligados a venderse, se les vuelve un veneno la vida. Además, los jefes que también los oprimen pueden sentir, como todo gobernante, un placer sádico con este asunto. Antaño un médico tenía prestigio y un valor por el que se le tenía el mayor afecto entre el pueblo; ahora, en cambio, mucha gente ni siquiera les tiene confianza. Por lo visto, el dicho «lo que siembres, eso cosecharás» nunca envejecerá y conservará su vigencia.
Como vivimos en un entorno de hospital, andamos más metidos en estas cosas. El médico que se mudó a nuestra calle, durante la mudanza y todo eso debía de estar bastante agotado, pues justo por aquellas fechas, mientras operaba, se le murió un paciente en la mesa. Y encima en una operación sencilla. Yo, la verdad, ¡le di la razón al hombre! El hombre tiene dos hijos como dos camellos, pero de esos tipos que no se molestan ni en llevarle un agua. La madre, aún peor. Toda la carga la lleva este hombre diciendo «mi familia». Y encima esto es Alemania, no es como Turquía, donde para cada tarea se contrata a un mozo de carga y demás, y nadie puede mudarse con las manos en el trasero. Además, este pobre alquiló no una, sino dos casas de golpe. En las cortas vacaciones que se tomó para todos estos asuntos tenía que terminar el trabajo y dejar cómoda a su mujer de aproximadamente 1,90 de estatura y 120 kilos, y a sus criaturas peludas como gigantes, para irse enseguida a trabajar. Yo sé que él es cirujano desde hace años, porque operó a mi padrastro. Y encima, que Dios le bendiga, lo hizo muy bien. Yo, durante aquella mudanza, le había dicho a nuestra señora que este hombre no podía operar con ese cansancio. Pero no: ellos tienen que operar como máquinas y hacerle ganar dinero al hospital. Y así, justo por aquellos días, un hombre, por el error de este, se fue al otro barrio. Es decir, la sangre de las víctimas de la mudanza, el cansancio, la moral, la derraman ellos sobre esas mesas. No va a ir al matadero, ¿acaso son carniceros estos hombres, médicos? Cada uno debe hacer su trabajo en su sitio, ¿verdad?
Como mi madre siempre tuvo amor por los animales, también nosotros teníamos un perrito. A él, aunque a veces me diera mucha pereza, también yo lo llevaba a pasear por la calle. ¡Ay, señor mío, tenéis que ver a esos fríos alemanes! Como mucho, de cada cinco personas, una sin falta o miraba, o se paraba a hablar con nuestro perro y a acariciarlo. En aquellos tiempos yo era muy joven, tenía 21-22 años. Qué asombro, y sin embargo, mientras nadie hablaba conmigo, ni me miraba a la cara siquiera, cuando tenía un perro en la mano la situación cambiaba. A mí tampoco me gustaba nada que me miraran por el bien del perro. Y encima a los alemanes les encanta mostrar amor a los bebés y a los niños pequeños como si nunca hubieran visto uno. Y sin embargo, las verdaderas relaciones humanas las guardan en congeladores profundos. Y encima en congeladores de choque. Y no os molestéis en descongelarlas, porque no sabéis qué saldrá de dentro.
He visto a mucha gente, ya alemanes, ya turcos, enfadarse por las cosas que escribo. A mi tío de Ankara, que es ingeniero, le pedí que me ayudara con la publicación de mi libro, y él, después de leer mi libro seguramente así por encima, debió de encendérsele también su sentimiento nacionalista turco y su amor a la religión, pues me había enviado un correo que terminaba con «sinvergüenza», con los últimos versos de Neyzen Tevfik, y creo que quería decirme esos versos no con sus propias palabras, sino con las palabras de aquel poeta. Mi amigo, al que conozco desde hace años y que después se hizo médico, en cambio, después de leer el mismo libro, «Las mafias de la religión», desapareció sin dejar rastro. Es más, ni siquiera se dignaron a decir si lo habían leído o no. Es decir, ¡el que toma el libro en la mano se vuelve algo raro! Los testigos de Jehová, en cambio, por este libro que escribí, expulsan de la congregación incluso a los que me saludan. Y los que, siendo alemanes, leen estos libros míos, me odian solo por las opiniones que escribo acerca de los alemanes. Mi objetivo no es vilipendiar ni al alemán ni al turco, ni declararles la guerra ni a los testigos de Jehová ni a todas las religiones. Pero, por escribir las verdades de manera imparcial, tal como las he visto, las he vivido, las he oído, ¿me convierto yo en el malo? Si yo callo, si aquel calla, si nosotros callamos, ¿quién hablará? ¿Acaso debo escribir un libro de cuentos como todo el mundo?
«¡Ay de los que dictan decretos injustos, y de los escribas que escriben cosas torcidas!» (Isaías 10:2), dice el Señor.
Además, mi objetivo tampoco es buscar la satisfacción, la gloria de las personas. Que cada uno que se enfade se pregunte a sí mismo: «¿Lo que escribe es mentira o verdad?». Si es verdad, ¿qué puede cambiar con enfadarse conmigo? Estos sucesos, estas verdades que solo yo he plasmado, ¿acaso las demás personas no las ven y no las saben? Porque callan, ¿creen que todos son ciegos, o que callan por estar satisfechos o por ser culpables? Pero no, si lo que escribo es mentira, entonces que acepten lo que escribo como un libro de cuentos. Con los libros de cuentos no se enfada uno. ¡A alguien que ha escrito un libro de cuentos no se le expulsa de la congregación por haberlo saludado! Esa persona tampoco resulta ser un traidor a la patria ni nada. ¡Las religiones, supuestamente, enseñan a las personas el amor a Dios! Unos, siendo patriotas, ¡qué cosas no hacen; otros, amando así a Dios, qué cosas no hacen! Cualquier cosa, sea la que sea, si decimos que la amamos, su valor solo se vuelve sabroso y aumenta si se amasa con conceptos superiores, virtuosos, justos, como el amor. Con la mentira, el fraude, la injusticia, tomando partido, con la falta de honra, solo rebajamos el valor de esas cosas, y quiere decir que nos esforzamos por aniquilarlas. Ya sea esta la patria, ya nuestra religión, ya cualquiera que sea la organización a la que pertenezcamos. Si hubiéramos aprendido de la historia, no repetiríamos las mismas cosas. Algunas personas valoran la historia como los números de la lotería, de la rifa. Es decir, para ellos esto es cuestión de suerte. Sobre las cosas ocurridas en el pasado, ellos piensan: «Si nosotros también hubiéramos tenido suerte, entonces habría sido mejor, no habríamos sido vencidos, no habríamos desaparecido». Y sin embargo, en toda la Sagrada Escritura y en el Corán, Dios nunca usó una expresión como «si tenéis suerte seréis así, si no tenéis suerte seréis asá». La persona que creó la faz de la tierra y todos los cielos no hizo ni hace sus obras con la suerte. Como dijo Albert Einstein: «Dios no juega a los dados». Puede haber quienes digan: «¿Qué tiene que ver Dios con los sucesos de la historia?». Aunque Dios permita muchas cosas, tampoco ha abandonado la faz de la tierra sin dueño, a la locura de Satanás y de las personas.
Sin pedir nada a nadie, pero esforzándome por dar cuanto podía a muchas personas, pasé mis 40 años en Alemania. Hace 25 años, cuando me quedé sin trabajo y cuando iban a darme el subsidio de desempleo, al no quererlo, el funcionario se asombró y se puso a discutir conmigo. Había dicho: «¿Estoy obligado a recibir subsidio?», y él, mirándome a la cara desconcertado, fue a llamar a su jefe. A duras penas me salvé firmando unos papeles según los cuales yo rechazaba el subsidio por mi propia voluntad. Y nunca más, ni por asomo, ni siquiera para buscar trabajo, pasé por la puerta de ese organismo. Y no penséis que hice esto por ser muy bueno o por ser como un ángel. Porque si alguien te da algo, luego te lo saca por la nariz. Esto también lo sabía. Solo si tenéis la piel gruesa y sois además un poco caraduras, solo entonces podéis conseguir algo. Según mi creencia, la gran mayoría, en realidad, no son los que de verdad necesitan ayuda, sino los que, necesitándola de verdad, no reciben ayuda. Ellos, de todos modos, no alzan la voz, y si la alzan, se les hace arrepentirse de haber nacido. Los que tienen la piel gruesa, en cambio, triunfan. Se oye que muchos refugiados, con las ayudas sociales que reciben de Alemania, se han hecho casas, han abierto negocios. Aunque no vi feliz a ninguno, así es, por lo visto. No me incumbe, pero quise llamar la atención sobre nuestro mundo justo, sobre las formas de aplicación de la religión, del patriotismo y de los sentimientos nacionalistas de las personas.
Tampoco puedo dejar de contar algo que todavía mi mente y mi lógica no aceptan. Por lo terribles que eran mis dolores de cabeza, cuando en la fisioterapia me colgaban la cabeza me aliviaba mucho. En realidad es un aparato muy simple. Con cuerdas colgadas del techo ponen bajo el cuello una tela, estando uno tumbado. La cabeza de la persona queda como suspendida en el aire. Como las fisioterapias tampoco son gratis, la caja del seguro paga mucho más de lo que pagamos nosotros. Aunque estas fisioterapias sin duda sean muy útiles, como mi dolor era un dolor de 24 horas, quise comprar esta suspensión y colgarla del techo en casa, porque me aliviaba. Ninguno de los fisioterapeutas a los que preguntábamos dónde podía comprarse quería decírnoslo. Dije: «seguramente piensan que por esta vía podría reducir sus oportunidades de trabajo», y empecé a buscar yo mismo. Pero no la encontramos. Se lo dijimos al seguro de enfermedad, y ellos dijeron que si el médico lo recetaba lo aceptarían. La cabeza de todos, también, en el dinero que iban a dar. Yo, en cambio, preguntaba: ¿dónde se encuentra?, ¡quizá ellos lo sepan! Fuimos y el médico lo recetó. Pero resulta que no encontramos lo mismo de aquello. Y cuando preguntábamos: bueno, ¿de dónde lo sacan estos que hacen la fisioterapia?, nadie ayudaba. Ni el seguro de enfermedad, ni los lugares que hacen el tratamiento. Y que no vayáis a pensar que lo que buscábamos era algún aparato peligroso. Yo, cuando estaba en fisioterapia, de esta suspensión que me ponían bajo la cabeza, en cuanto se cumplía el tiempo me levantaba y me iba yo solo cada vez. Como digo, esta suspensión solo tiene que estar a una altura de tres o cinco centímetros por encima de la cama para estar cómodo, eso es todo. Por una terapia de tratamiento así, junto con masaje, cada diez sesiones, no estoy seguro, pero el seguro paga entre 200-300 euros. Y ve al médico y hazte recetar cuantas quieras. Nadie dice nada, y menos en esta situación no puede decirlo. Los aproximadamente 700-800 euros de una receta así de tres veces diez sesiones salen de la caja del seguro de enfermedad, mientras que de nuestro bolsillo, la parte que nos corresponde, sale al menos unos 100 euros, y encima el tiempo y los gastos de transporte para ir allí. Al final, este aparato entero que buscamos y encontramos en internet no llega ni a 50 euros. Lo encargamos y llegó. Los seguros alemanes gritan a voz en cuello: «¡Ahorremos, no queda dinero en las cajas!». ¡Que sigan gritando! ¡Y a mí no me ayudan porque, según ellos, temen que me haga algo mal! Bueno, si en casa duermo sobre una almohada muy alta o anormalmente baja, torcida y deforme, ¿no es eso perjudicial para mi cuello? Al final, el precio de este aparato de cincuenta euros, del que decían «si el médico lo receta, nosotros lo pagamos», lo rechazaron sin pagar diciendo que «no es necesario». El aparato que dicen que no es necesario me lo aplican en la fisioterapia, dan diez veces su precio, pero cuando lo compro yo, por la cosa que me alivia, que aligera mis dolores, encima me escriben una carta sin vergüenza diciendo que «no es necesario». ¡He aquí la cabeza disciplinada alemana! Este sistema se parece a la misma lógica del comunismo. Los alemanes, cuando se unieron con la parte oriental, se habían remangado diciendo «también a ellos los enderezaremos nosotros». Cuando, pasado el tiempo, miro a Alemania, digo que hay que estar de nuevo ciego para no ver quién ha enderezado a quién, quién ha estropeado a quién. Aquellas personas con la mentalidad de organización del comunismo asumieron cada una un cargo con posición de dirigente en el oeste. El país que hundió aquella mentalidad arrastra ahora también a estos al mismo lugar. Los alemanes, que tanto miedo tuvieron a los turcos diciendo «ay, nuestra cultura se va a corromper», con semejante clavo que se han tragado bajo el nombre de la patria, la nación, la unificación, me temo que perderán muchas más cosas. Toda nación un día recibe la paga de la injusticia, del odio, de la hostilidad que ha cometido. Las historias lo muestran. Quienes echen un vistazo así a la historia de la Sagrada Escritura sobre Israel y las naciones lo entenderán enseguida. Cuando éramos niños, mi madre nos contaba mucho las virtudes superiores y los comportamientos humanitarios de los alemanes. En verdad, escuchábamos estos relatos durante horas boquiabiertos. Aunque otros vinieron a Alemania por dinero, por trabajo, nuestra mayor razón era vivir con un pueblo de un país que poseía estas características. Como digo, a pesar de que los alemanes siempre tuvieron problemas con lo relativo al amor, aquellas leyes suyas justas, humanitarias de entonces las sentíamos en la infancia, en los años en que llegué. Ahora, en cambio, no queda rastro de ninguna de ellas.
Otra razón de que cuente todo esto también tiene que ver, de nuevo, con el ver. Había hablado del ver físico y del ver espiritual. Ojalá con estas cosas que escribo llame la atención sobre los puntos de vista de las personas. Yo, escribiendo lo que he visto, lo que he vivido, quiero advertir, si es posible, a la humanidad. Sin duda, al final, todo esto que escribo es, en definitiva, mi propio punto de vista. Así como, ante los objetos que vemos con nuestros ojos literales, la reacción de todos nosotros puede ser más o menos distinta, esta diferencia proviene también de nuestro punto de vista. Esta cosa llamada punto de vista se da tanto con los ojos espirituales como con los ojos literales. Un diccionario que tengo en la mano ha explicado el ver y el punto de vista en estos dos sentidos.
Ver (Görüş): 1. Manera o acción de ver. 2. Juicio al que se llega acerca de los sucesos, los pensamientos y las cosas. Punto de vista (Görüş açısı): 1. Manera de pensar para valorar algo. 2. El campo que el ojo puede ver en su propia dirección. (Diccionario Básico de Turco - Kemal Demiray)
Por ejemplo, los ángulos desde los que ven ese suceso quienes presencian un accidente, las personas al otro lado y detrás de la calle, están en lugares distintos. Quien mira desde atrás ve también las luces de freno del coche. Quien mira desde delante quizá haya visto la reacción del conductor. Quienes miran de lado, de nuevo, han hecho observaciones muy distintas. A veces puede haber quienes, por casualidad, miran el accidente desde arriba, desde un piso de un edificio, a vista de pájaro. El punto de vista de todos ellos es distinto entre sí. Cuando se valora el suceso teniendo en cuenta todo esto, es más fácil comprender la verdad. Aunque ningún testigo mienta en este suceso, lo que hace, aun así, distintas esas declaraciones son los lugares donde están las personas y, por consiguiente, sus ángulos de mirada a los sucesos.
Dije que también hay ángulos de mirar con los ojos espirituales. Con esto quiere decir que saldrán a la luz opiniones distintas. No pensemos que esto tenga que producirse necesariamente entre quienes están en pensamientos y creencias opuestos entre sí. También los puntos de vista, las valoraciones de los sucesos, las cosas a las que prestan atención de personas que tienen el mismo pensamiento y creencia, y que se han puesto como meta los mismos valores, son distintos, igual que en el ejemplo del accidente de hace un momento. Por ejemplo, los apóstoles que escribieron los primeros cuatro libros del Evangelio narran los mismos sucesos, pero mirando desde puntos de vista distintos. Por mucho que ellos escribieran lo que vieron y oyeron, tal cual, de manera imparcial, estaban espiritualmente bajo la influencia del mismo punto de vista. Al tema al que uno prestó atención y dio importancia, el otro no lo mencionó en absoluto, pero llamó la atención sobre el detalle de otro tema distinto. Con esto, ellos no escribieron mentira, sino, al contrario, verdades. Aunque a veces escribieron abordando los sucesos desde ángulos muy distintos, todos, al final, hablan de Jesús el Mesías y de su vida. Para alguien que lee el Evangelio por primera vez, los escritos de estas cuatro personas no son sino repeticiones innecesarias. De nuevo, algunos, en aras de refutar el Evangelio y de demostrar que fue alterado, hacen investigaciones y, sin tener en cuenta los puntos de vista de esas personas, con valoraciones solo superficiales, van por el camino de comparar palabra por palabra. Igual que lo que hacen los cristianos comparando el Corán con la Sagrada Escritura. Investigar la verdad, en cambio, se hace con métodos muy distintos. Este tema lo traté algo más a fondo, de nuevo, en el libro titulado «Las mafias de la religión y nosotros».
Las personas que son conscientes de que los puntos de vista pueden ser distintos se comportan con más cuidado. Alguien que es consciente de que los sucesos pueden verse desde muchos ángulos será más prudente en el paso que dé, en la decisión que tome, en las palabras que diga. La mayor característica de la persona sabia es también poder sopesar de antemano los sucesos, las personas y lo que puede ocurrir en el futuro. Con esto, la persona debe poder valorarse tanto a sí misma como a los demás. Como una persona sabia sabrá ya que este asunto tampoco es tan fácil, pase lo que pase, no se comportará según lo que ve, oye en ese momento y, lo más importante, según sus sentimientos. Y sobre todo, nunca debe hacerse a sí misma dueña de todo. Creo que todos aceptarán que poder sopesar algo desde todos los ángulos requiere una investigación imparcial, abordar los sucesos desde muchos ángulos y, lo más importante, el conocimiento para discernir qué es lo correcto y lo incorrecto. Si nos ponemos a actuar solo según lo que vemos en ese momento, podemos llegar, gritando «¡hurra!», hasta linchar a las personas. Esta es una opinión y una manera de comportarse de esa clase de canallas. En verano, estando en Turquía, casi todos los días escuché en las noticias movimientos del pueblo para linchar a alguien. No sé si tenían razón o no. Lo único que sé es que en el linchamiento no hay tal cosa como el derecho, de todos modos. Ponerse a linchar es, además de no tener en cuenta a ese Estado, a ese juez, a esas leyes, al mismo tiempo, una espantosa falta de sabiduría. Y además es una masacre. Por mucho que el suceso, a nuestros ojos, muestre el linchar como si tuviera razón, nunca puede defenderse que sea una manera sabia de comportarse. Si hay una injusticia, si hay un error clarísimo cometido, y tú tienes fuerza incluso para linchar a las personas, puedes usar esa fuerza para entregar a esa persona a las leyes, a las personas autorizadas, y demandarla. Puede ser que estos asuntos sean muy agotadores y que puedan durar tanto, para obtener resultado, como para aniquilar la moral de la persona. Es más, no cuesta nada que al final el que tenía razón salga sin razón y el que no la tenía salga con razón. Ya hablé de mis experiencias sobre lo que les ocurre a los pacientes en Alemania. Además, quién sabe, quizá esa persona ni siquiera sea alguien culpable como tú supones o ves. Si la linchas, así como serás culpable, sin más, de la sangre de un inocente, también, por no haber podido frenar tus propios sentimientos y tu insensatez, puedes quedarte, en lugar de la vida de ella, sin tu propia vida. Aunque esa vida no te la exijan las leyes ni la persona, un día, en un momento inesperado, te la exige Dios.
Sobre lo equivocado de juzgar según las apariencias, el Corán cuenta una historia interesante. Este tema no se trata en absoluto en la Sagrada Escritura. Mejor dicho, en la Sagrada Escritura, sobre Moisés, leemos sobre todo sus relaciones con Israel. Y sin embargo, casi no sabemos nada de los detalles de su vida en Egipto hasta los cuarenta años, ni de los detalles de su vida posterior, otros 40 años, en Madián. Está claro que se puso mucho cuidado en que los registros de la Sagrada Escritura se escribieran de manera concisa y esencial. En el Corán, en cambio, mientras se habla de muchos sucesos de la Sagrada Escritura, también se mencionan algunos detalles que allí no aparecen. A ojos de los cristianos y de los judíos, mientras por un lado es una copia exacta, por otro lado, por haber entrado en detalles distintos, esta vez es un libro «inventado». Para refutar algo a toda costa, ¿acaso faltan palabras? Escuchad a los políticos antes de las elecciones y veréis. En sus acusaciones mutuas simultáneas y, por consiguiente, cuando se ven acorralados, la manera en que se defienden hábilmente y de un modo insospechado es en verdad un arte. Quizá el arte del fraude, pero aun así, ejecutar ese trabajo así, en el acto, no es cosa de cualquiera. Sí, sobre lo equivocado de juzgar según las apariencias, vayamos a aquella interesante historia que le ocurrió a Moisés. Esta vez, del Corán, de nuevo quiero escribir tal cual, de su propio lugar:
…Luego encontraron a uno de nuestros siervos, a quien habíamos dado de nuestra misericordia y a quien habíamos enseñado un conocimiento de nuestra parte. Moisés le dijo: «¿Puedo seguirte para que me enseñes también a mí del verdadero conocimiento que se te ha enseñado?». Él (Jidr) dijo: «Tú no podrás tener paciencia conmigo. ¿Cómo vas a tener paciencia con algo que no abarcas con tu conocimiento?». Él dijo: «Si Dios quiere, me hallarás paciente. No te desobedeceré en nada». Él dijo: «Bien, en tal caso, ya que quieres venir conmigo, no me preguntes por nada hasta que yo mismo te lo aclare y te lo cuente». Así partieron y se fueron.
Subieron a un barco. Él (Jidr) hizo dentro un agujero. (Moisés) dijo: «¿Has hecho un agujero para ahogar a los que van dentro? ¡En verdad has hecho algo terrible!». Él dijo: «¿No te dije que no podrías tener paciencia mientras estuvieras conmigo?…». (Moisés) dijo: «No me reprendas por lo que he olvidado. No me impongas por ello una carga difícil». Así siguieron el camino. Encontraron a un muchacho. Él lo mató. (Moisés) dijo: «Has matado a un alma inocente. Ella no había matado a ninguna alma. ¡En verdad has hecho algo muy malo!». Él dijo también: «¿No te dije que no podrías tener paciencia mientras estuvieras conmigo?». (Moisés) dijo: «Si después de esto te pregunto algo, ya no me tengas por compañero. Esta será mi última disculpa ante ti». Así siguieron el camino. Encontraron a la gente de una ciudad. Pidieron comida a la gente de la ciudad. Pero ellos no quisieron hospedarlos. Allí encontraron un muro a punto de derrumbarse. Y él lo enderezó. (Moisés) dijo: «Si hubieras querido, habrías cobrado un salario por este trabajo». Él dijo: «He aquí, esta es la separación entre tú y yo. Voy a explicarte el fondo de los asuntos en los que no pudiste tener paciencia.
Aquel barco era de unos pobres que trabajaban en el mar. Quise dejar el barco algo defectuoso. Porque tras ellos había un rey que se apoderaba por la fuerza de todo barco. En cuanto al muchacho, su padre y su madre eran creyentes. Temimos que los arrastrara a la rebeldía y a la incredulidad. Deseamos que su Dios les diera a cambio uno mejor en pureza y más cercano en misericordia. En cuanto al muro: era de dos muchachos huérfanos de aquella ciudad. Bajo él había un tesoro que les pertenecía. Su padre también era un hombre recto. Tu Dios quiso que ambos alcanzaran la madurez y sacaran su tesoro como una misericordia de tu Dios. Yo no hice esto por mi propia voluntad. He aquí el significado de aquellas cosas en las que no pudiste tener paciencia». La Caverna (18):65-82 (traducción de Osman Nebioğlu)
Aquí leímos lo equivocado de juzgar según las apariencias. En aquellos tres sucesos que ocurrieron entre Moisés y aquella persona, que la persona señale «yo no hice esto por mi propia voluntad» aclara que las cosas que hizo eran de parte de Dios. Si hay algo seguro, es que Dios se ocupó de Moisés desde el día en que nació. (Éxodo 2:1-10) Tampoco tenemos duda de que le hizo vivir muchos sucesos para que fuera sabio y comprensivo. Porque los sucesos se desarrollan de tal modo que Moisés, a pesar de haberlo prometido, no puede contenerse y se opone. Por ejemplo, en cuanto a la construcción de aquel muro: antes de que se construyera el muro, está escrito que estos pidieron comida a la gente de aquella ciudad. Es decir, no tenían dinero y sus barrigas estaban también hambrientas. Está claro que la gente de la ciudad no era muy hospitalaria. Estando agotado y afligido, que el hombre que iba a su lado construyera un muro sin esperar nada a cambio no cabe en la lógica de Moisés, y, enfadándose, al decir «si hubieras querido, habrías cobrado un salario por este trabajo», en cierto modo quiere decir: «nuestra barriga está hambrienta y estos hombres no nos dieron nada, y encima no tenemos dinero. Si al menos hubieras pedido algo por este trabajo, también nuestra barriga se habría llenado». En mi opinión, Dios usó sucesos como estos para formar a un profeta que iba a existir en el futuro. No nos es posible conocer las investigaciones que Moisés hizo hasta que le llegó la profecía, con los registros que en la Sagrada Escritura pasan muy brevemente. Ni siquiera el Corán menciona mucho. Pero en la esencia del tema relacionado con la vida del profeta Moisés vemos que él estaba siempre investigando. Ahora bien, ¿qué investigaba Moisés?
A pesar de haberse criado y educado, cuando menos, en las mejores condiciones y estándares de un país dominador del mundo como Egipto, Moisés no estaba satisfecho. Ellos no habían respondido a los deseos espirituales de Moisés. Ya sabemos y vemos que, en la historia y en nuestro tiempo, en general los gobiernos no dan mucho respuestas que contengan la verdad al hambre espiritual de la humanidad. Si Moisés fue considerado digno de la profecía por parte de Dios, esto provino de que Moisés, usando su propia voluntad, hizo las cosas que agradarían a Dios. Como Dios sabía que él haría las cosas que le agradarían, Dios hace plasmar su vida desde el principio. Si en lugar de él hubiera sido otro, esta vez habría hecho plasmar la vida de aquel desde el principio. Es decir, no es como nosotros creemos, que la persona nace automáticamente como profeta. Las cosas que esas personas iban a hacer, buenas o malas, tampoco son cosas programadas de antemano. Solo que, por haber visto y sabido de antemano estas cosas que iban a ocurrir, por haber conocido a esas personas antes incluso de que nacieran, Dios las elige. Me vino a la mente una frase del libro de Yaşar Nuri Öztürk titulado «Respondo». Además, una verdad que también debería ser una gran lección para los testigos de Jehová. Allí dice tal cual así:
«No es que nosotros no hagamos porque Dios lo sabe, sino que Dios lo sabe porque nosotros lo hacemos o lo haremos».
Con esta verdad, expresada muy bien, queda también refutado el entendimiento fatalista de las personas y el pensamiento de «nosotros somos así porque nuestro destino se escribió así». Si nuestro destino se escribió de antemano, esto no es porque se programara de antemano, sino que proviene únicamente de la característica de Dios de ver el futuro tal como es. Él lo vio, pero vio lo que nosotros hiciéramos. Ni obligó diciendo «¡hazlo!», ni ejerció presión. Al final, hayamos hecho lo que hayamos hecho, lo hicimos solo usando nuestra propia voluntad. Quizá podamos tener disculpas comprensibles, y de esto tampoco es la causa Dios. Es decir, si nosotros maldecimos a Dios, si no tenemos en cuenta en absoluto su existencia, esto no lo hacemos porque Dios lo quiera. Ni tampoco Satanás y sus demonios nos toman del brazo y nos hacen hacer lo que quieren, decir lo que quieren. Y si hablan por medio de nosotros, es porque nosotros lo permitimos. O bien, al alejarnos de Dios, nos arrojamos nosotros mismos a aquel abismo, a aquella corriente de la que no se puede salir. De nuevo, con nuestra propia voluntad, preparamos nosotros mismos de antemano el terreno para que otros nos dominen. Y después ya no podemos mantener bajo control ni lo que hacemos ni lo que decimos. (Lucas 4:33-35; Lucas 22:3)
Las palabras que expresan el punto de vista y los sentimientos de las personas se usan también en la lengua del pueblo. De nuevo, ojos envidiosos, mal de ojo, ojos soberbios, son expresiones que se usan en las sociedades. Aquí, más que del ver, del mirar literal, se llama la atención sobre el punto de vista de la persona y, por consiguiente, sobre la actitud de corazón que posee.
Empequeñecer a las personas a los propios ojos, o al contrario, agrandarlas e hincharlas, es también otro arte. De vez en cuando, las personas, conforme a las cosas que quieren obtener, han recurrido a métodos como estos, y todavía es un método muy aplicado, útil. Esto también es algo como una especie de sugestión psicológica. Quizá pueda explicar mejor esta situación con un suceso reciente.
Se está preparando para los partidos de la copa del mundo y se hacen las eliminatorias. El partido se hará en Alemania y los demás son el equipo visitante. Los alemanes, en cuanto son vencidos en el fútbol, pueden hasta tirarse por las ventanas. En fin, hay partido de México contra Alemania. Los mexicanos, en cambio, juegan bien. Los alemanes, en cambio, en aquellos tiempos están hechos unos zorros. Mientras se hacían los preparativos en la concentración, ¿qué van y muestran por casualidad en la televisión? Los alemanes se han traído desde el mismísimo México al alcalde de allí y demás, diciendo «os ayudaremos a construir una escuela», y lo han llevado al centro de la concentración. Todo el equipo de televisión, los alemanes en pose de ayuda y, de tanto en tanto, con escenas que muestran la lamentable situación de la pobre México y a los niños mexicanos sin escuela, la televisión vuelve de nuevo a los jóvenes futbolistas de la concentración. Los alemanes, en la posición de hermanos mayores que los ayudan, hunden psicológicamente por completo a aquellos jóvenes. Es imposible que sea porque a estos les haya rebosado un gran amor por los mexicanos y por eso lo hagan. Y encima, ¿vas a ayudar? Hermano, ¿no quedaba sitio ni ambiente para que tú, tocando la trompeta delante de aquellos deportistas jóvenes y, según ellos, honorables, digas «mirad, os estamos ayudando, eh»? El objetivo no es la ayuda ni nada, sino empequeñecer psicológicamente a aquellos jóvenes a sus propios ojos, para poder darles una paliza en el partido. Y ya veréis a los deportistas alemanes: los abrazan, del brazo, como hermanos mayores caritativos. Y sin embargo, los alemanes no abrazan a nadie de hombre a hombre, ¡para ellos esto es una homosexualidad! Aquellos muchachos, unos avergonzados, otros desconcertados con un sentimiento entre la alegría y la vergüenza. Y sin embargo, contra tales caritativos, Jesús el Mesías dice palabras muy hermosas y acertadas.
Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos por ellos; de otra manera no tenéis recompensa delante de vuestro Padre que está en los cielos.
Así que, cuando des limosna, no toques trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas (lugares de culto) y en las calles, para ser honrados por los hombres. De cierto os digo: «Ya tienen su recompensa». Mas cuando tú des limosna, no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará. (Mateo 6:1-4)
Estos, en cambio, lejos de tocar la trompeta en aquel barrio, están haciendo alarde tocando la trompeta al mundo por los canales de televisión. Está claro que el entrenador alemán no puede confiar en sus deportistas y por eso ha recurrido a esta vía. La moral de aquellos niños de cuyo país se hace la ayuda, ya imaginadla vosotros. ¡A partir de ahora sal y vence a aquel equipo que te ayuda! ¿Es cosa que pueda ser? Y así, en efecto, fueron vencidos. En resumidas cuentas, esta política funcionó. Si aquellos hombres solo hubieran venido ellos y dicho «os ayudaremos», quizá el entrenador mexicano habría impedido esta situación. Por eso hacen traer desde el mismísimo México a los hombres de ellos, a los que no podrán decir que no, para que les queden atadas las manos y los brazos. Bueno, ¿quién no lo entiende? A mí, por la vergüenza, tanto en nombre de Alemania como en nombre de aquellos jovencísimos niños mexicanos, me corrió el sudor por la espalda. Y tampoco pude dejar de decir: qué lástima de deporte que se gana así.
Esto era empequeñecer a las personas a los propios ojos; y hablé también de justo lo contrario, que es agrandar a esas personas a los propios ojos. Aunque nosotros a veces hagamos esto a los que amamos para dar valor a esa persona, para animarla e incitarla al esfuerzo, esto también hay que hacerlo con cuidado. A mí, en general, me viene a la mente siempre cómo las personas pueden usar mal estos sentimientos. Por ejemplo, los soldados, antes de ir a que los masacren en la guerra, el comandante o el jefe da un discurso. A aquellos soldados a los que ni siquiera mira a la cara, a los que siempre da palizas y a cada uno de los cuales solo ve como un robot, los hincha e hincha. Cuanto mayor sea su capacidad de hablar, tanto más los agranda y los hincha. Y después, hala, a la muerte. Sin duda, no todos los que dan tales discursos son sinvergüenzas. Las personas saben muy bien que, humillando o ensalzando a alguien a sus propios ojos, se pueden obtener ciertas cosas. Cuántas cosas hay relacionadas con el ver quizá me dé cuenta yo también al escribir este libro. Tiene tantísimos significados distintos.
De nuevo dijimos que la curiosidad relacionada con el ver está en toda persona. El profeta Moisés también, como toda persona, era alguien con curiosidad por ver. Quería ver a Dios. Esto no significa que dudara de la existencia de Dios. Cuando menos, por el hecho de que Dios hablara continuamente con él, por los milagros que hacía y por muchos otros sucesos asombrosos, Moisés no podía dudar en absoluto de la existencia de Dios. El deseo de ver de Moisés, en mi opinión, se basaba solo en la curiosidad. Como Dios también conocía esta curiosidad de las personas, hizo plasmar este suceso que le ocurrió a Moisés. Y encima nos dio una respuesta a nosotros, que tenemos los mismos sentimientos. Moisés le dice a Dios:
«Te ruego (te suplico) que me muestres tu gloria». (Éxodo 33:18) Dios responde así:
«No podrás ver mi rostro; porque el hombre no me verá, y vivirá». (Éxodo 33:20)
Cuando leí estas palabras por primera vez no las entendí muy bien. Me habían pasado por la mente pensamientos como «¿Acaso no es posible para Dios? Aunque esa persona muriera, ¿no podría resucitarla de nuevo?». La mente humana no tiene una estructura capaz de abarcar a Dios. Es decir, tenemos una creación limitada. Es más, también en las cosas que vemos y que veremos hay grandes límites. Ver bajo el agua, mirar al sol, distinguir las bacterias, contemplar la bomba atómica que estalla, son cosas que no son posibles a nuestro ojo desnudo, o que son muy limitadas, como ya dije de antemano. Dejemos lo de poder mirar a una energía como Dios: ¿de qué manera debería aparecérsenos Dios para que nosotros pudiéramos decir «lo hemos visto»? ¿Acaso nosotros los humanos, al decir Dios, buscamos delante a alguien palpable con la mano, a quien abrazar, a quien estrechar? A pesar de que estos sentimientos no son equivocados, cuando se trata de Dios se vuelven imposibles.
Por ejemplo, que tomemos en la mano aquellos pececitos del acuario y nos pongamos a acariciarlos, a hacerles caricias, significa la muerte para esos animales. O el vuelo por el aire de una mariposa multicolor nos hace nacer dentro como una alegría de primavera. Si la tomamos en la mano y nos ponemos a acariciarla, esto también significa la muerte para esa mariposa. Quienes viven en Alemania conocen muy bien el valor del sol. Acercar el sol sobre esas personas tampoco les traerá alegría y placer, sino solo dolor y muerte. Es decir, para amar algunas cosas no hace falta necesariamente estrecharlas y verlas. Hay incluso personas que quieren ir al sol y hacer investigaciones dentro de él. Al contar este tema, me ha venido ahora a la mente un chiste. De los chistes del Mar Negro.
Unos americanos vinieron al Mar Negro para un proyecto. Nuestro Temel, para no quedar por debajo de los ingenieros americanos que contaban jactándose de la luna, del espacio y de sus obras, dijo de golpe: «Pues nosotros vamos a ir al sol». Ante el «venga hombre, cómo va a ser, os derretiréis antes de llegar allí» del ingeniero americano, Temel replica: «¿Nos has tomado por tontos? Nosotros iremos con el fresco de la noche».
Como Dios sabía que también nuestro deseo de ver a Dios solo puede sernos perjudicial, responde: «No podrás ver mi rostro; porque el hombre no me verá, y vivirá». Algunos israelitas debieron de entender mal este tema, pues con el tiempo, por un ángel al que vieron en forma de hombre, presos del miedo, dicen «hemos visto a Dios y moriremos». Para algunos de ellos, que la persona que ve a Dios no pueda vivir era como si tuviera el sentido de un encantamiento. Como si «si lo has visto, aunque vivas, sin falta debes morir». Para estos padres que iban a tener físicamente al niño más fuerte del mundo, ocurren sucesos milagrosos. Este tema aparece así en el capítulo 13 del libro de los Jueces de la Sagrada Escritura.
Había un hombre de Zora, de la tribu de Dan. Se llamaba Manoa. Su mujer era estéril y no había tenido hijos. El ángel del Señor se apareció a la mujer y le dijo: «Aunque eres estéril y no has dado a luz, concebirás y darás a luz un hijo. A partir de ahora ten cuidado de no beber vino ni licor, y no comas nada impuro. Porque concebirás y darás a luz un hijo. Sobre su cabeza no pasará navaja. Porque, desde que esté aún en el vientre, estará consagrado a Dios. Él es quien comenzará a librar a Israel de la mano de los filisteos». La mujer fue a su marido y le dijo: «Vino a mí un varón de Dios. Tenía un aspecto imponente, semejante al del ángel de Dios. No le pregunté de dónde venía. Tampoco me dijo su nombre. Pero me dijo: «Concebirás y darás a luz un hijo». «A partir de ahora no bebas vino ni licor, no comas nada impuro. Porque el niño será Consagrado de Dios desde el momento en que caiga en el vientre de su madre hasta el día en que muera»».
Manoa suplicó así al Señor: «Oh Señor, te ruego que el varón de Dios que enviaste venga otra vez y nos enseñe qué debemos hacer con el niño que va a nacer». Dios oyó la súplica de Manoa. Mientras la mujer estaba en el campo, el ángel de Dios se le apareció de nuevo. Solo que Manoa no estaba junto a su mujer. La mujer, para dar la noticia, fue corriendo a su marido. «¡He aquí que se me ha aparecido de nuevo el varón que vino a mí el otro día!», dijo. Manoa se levantó y fue tras su mujer. Al llegar junto al varón, le preguntó: «¿Eres tú el varón que habló con mi mujer?». El varón dijo: «Sí, soy yo». Manoa preguntó: «Cuando se cumpla lo que has dicho, ¿cuál será la norma sobre la vida y la misión del niño?». El ángel del Señor respondió: «Que tu mujer se guarde de todo lo que le dije. Que no coma nada producido de la vid, que no beba vino ni licor. Que no coma nada impuro. Que cumpla todo lo que le he ordenado».
Manoa dijo: «Queremos retenerte y sacrificar un cabrito en tu honor». El ángel del Señor dijo: «Aunque me retengas, no comeré la comida que prepares. Si vas a ofrecer un holocausto, debes ofrecerlo al Señor». Manoa no había entendido que era el ángel del Señor. Preguntó al ángel del Señor: «¿Cuál es tu nombre? Que lo sepamos, para que, cuando se cumpla lo que has dicho, te honremos». El ángel del Señor dijo: «¿Por qué preguntas mi nombre? Mi nombre es indescriptible». Manoa tomó un cabrito y la ofrenda de grano, y los ofreció al Señor sobre una roca. En ese instante, ante los ojos de Manoa y de su mujer, ocurrieron cosas asombrosas: el ángel del Señor subió al cielo junto con la llama que se elevaba del altar. Al ver esto, Manoa y su mujer cayeron rostro en tierra.
Como el ángel del Señor no volvió a aparecerse a Manoa ni a su mujer, Manoa comprendió que era el ángel del Señor. Dijo a su mujer: «Sin duda moriremos, porque hemos visto a Dios». Su mujer respondió: «Si el Señor quisiera matarnos, no habría aceptado el holocausto ni la ofrenda de grano. No nos habría mostrado todas estas cosas. Ni habríamos oído hoy lo que ha dicho». Y la mujer dio a luz un hijo. Le puso por nombre Sansón. El niño creció y se desarrolló. El Señor también lo bendijo. El Espíritu del Señor comenzó a impulsar a Sansón, que estaba en Mahané-Dan, entre Zora y Estaol. (Sagrada Escritura, Jueces capítulo 13)
Ni el marido de aquella mujer fue el primer ser humano en entender mal las palabras de Dios, ni serán los últimos. Leemos en los registros que también el conocimiento del primer hombre, Adán, acerca de Dios era equivocado. Adán, después de comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, del que no debía comer, empieza a ver sus partes pudendas y se avergüenza. Hasta entonces, en cambio, ellos no tienen en absoluto tal sentimiento. Cuando oye que Dios viene al jardín, se esconde. ¿Acaso Adán no sabía que esconderse de Dios es absurdo? Quizá no lo sabía y quizá la vergüenza le hizo hacer esto automáticamente. Al leer estos temas, el lado que me llama la atención es el comportamiento de Dios. En su relación con Adán, el amor de Dios hacia Adán. Y sin embargo, Dios está en todas partes y desde todas partes ve a todos y todo. A pesar de ser así, no hace esta característica suya de una manera que incomode a las personas. En el libro del Génesis este tema aparece así:
Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; y cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales. Y oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba en el jardín, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia del Señor Dios entre los árboles del jardín. Génesis 3:6-8
De este registro también es posible comprender que entre Dios y Adán había una relación continua. Que no pensemos, según el escrito, que Dios se paseara en el jardín en sentido literal ni nada. Tampoco podemos pensar que se apareciera de manera alguna. Cuando Dios quería hablar con Adán, sin duda le hacía sentir su presencia con ciertos sonidos determinados. Solo después de oír estos sonidos Adán comprende que el Señor ha venido y se esconde. Dios, así como vio que ellos comieron aquel fruto desde el principio mismo, es alguien que lo vio y lo supo antes incluso de que comieran. (Job 35:14; Hebreos 4:13; Salmos 33:13) A pesar de todo esto, qué lleno de amor es el comportamiento de Dios hacia personas que además habían cometido una falta. Primero hace notar su venida poco a poco. Pregunta «¿dónde estás?» para que Adán ya no se esconda. Solo después de todo esto y de la respuesta que recibe, Dios empieza a hablar y a hacer preguntas.
Cuando alguien de rango superior va a entrar en el despacho de alguien de rango inferior, sin llamar a la puerta la abre de golpe y entra. Los funcionarios del Estado y quienes trabajan en organismos organizados conocen bien estas situaciones. Esto es muy normal. El dueño de un negocio, el patrón, el jefe, lo que sea, también entra así en cualquier parte de ese negocio. Alguien de rango inferior, en cambio, primero llama a la puerta, y cuando no oye la voz que le da permiso para entrar, espera así sin entrar. ¡A ver si tiene agallas de entrar! Estos ejemplos son del todo normales en nuestro mundo, y se enseñan a las personas necesariamente como un orden, una disposición, una forma de respeto que hay que observar como regla moral. Dios, en cambio, muestra características espantosamente distintas en comparación con nosotros. Antes de hablar con la persona que ha creado, hace sonidos que hacen notar su venida. Y sin embargo, en ese infinito y espantoso espacio, ¿quién es la persona y quién es Dios? Además, después de cometer un pecado, después de no obedecer aquel mandamiento de Dios que parece el más pequeñito, ¿cuál debería ser, según vosotros, el valor de la persona? Dios, pase lo que pase, muestra siempre características superiores y virtuosas. Nosotros, en cambio, nunca tomamos a Dios como ejemplo, como un Dios, un señor, un padre. Dentro de las repugnantes reglas que nosotros mismos hemos establecido, nos alabamos y nos hinchamos a nosotros mismos, y todavía nos esforzamos por aplastarnos y aniquilarnos unos a otros. Y encima de la manera más grosera.
En las leyes que Dios dio a Moisés sobre las reglas del sacerdocio, vemos también algo interesante relacionado con este tema. En el borde inferior de la vestidura que había de llevar el llamado sumo sacerdote debía haber campanillas pequeñitas. Para que, cuando caminara, se oyera el sonido que hacía. Y sin embargo, el sumo sacerdocio de aquel entonces era el mayor rango que Dios dio entre las personas. Dios, con leyes y reglas como estas, aseguraba tanto el respeto que se mostraría a esa persona como que nadie cayera en una situación difícil ante esa persona. (Éxodo 39:22-26) De nuevo, en un versículo:
Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque. Tampoco apliques tu corazón a todas las palabras que se dicen, para que no oigas a tu siervo que te maldice; porque tu corazón también sabe que muchas veces tú también maldijiste a otros. Eclesiastés 7:19-22
Este es el entendimiento del respeto que he aprendido de Dios. Ahora bien, ¿cómo es el entendimiento y la aplicación del amor y del respeto que nosotros aprendemos desde la infancia? Las personas cuyo rango crece, ¿cómo se comportan en nuestro tiempo?
Es decir, también en el ver y en el oír Dios pone límites a las personas, queriendo aumentar el amor y el respeto que ha de haber entre unas y otras. No es necesario que todo el de rango superior sin falta aparezca de repente, sin hacer ruido. Esto, cuando menos, no es una buena intención y no edifica. Esta manera de comportarse tampoco aumenta el respeto de la persona hacia sí misma. En nuestro tiempo, en cambio, dejemos lo de entrar de repente: hay cámaras colocadas en todas partes. ¡Y todas por nuestra seguridad! Ahora bien, si Dios ya nos ve en todo tiempo y en todo lugar, ¿por qué no se lo hizo notar entonces directamente a Adán, sino que eligió semejante camino? La mayor primera razón era dar tranquilidad a Adán. En realidad, si queremos, vemos que Dios siempre nos da ejemplos, mensajes con las cosas que hace, ya sea en Abraham, ya en Moisés, ya en los demás profetas. O nos deja ejemplos que hay que aplicar, o nos da lecciones que debemos comprender. Además nos mete también dentro de los sentimientos, de la conciencia que debemos sentir. Porque en el transcurso del tiempo desarrollado después de Adán, en la relación de Dios con las personas, no vemos las mismas cosas que en aquella primera pareja humana. Con el tiempo, las personas empiezan poco a poco a aprender muchas cosas acerca de Dios.
Es como que un niño crece cada año que pasa y también cambia el comportamiento de sus padres hacia ese niño. Los padres que, cuando era bebé, decían «hala, vamos a pasear (attaya)», no expresan que van a algún sitio diciéndole las mismas cosas a su hijo de 15 años. Con esto, ni esos padres han cambiado de una manera que signifique falta de carácter, ni este cambio de comportamiento es equivocado. Comportarse según el conocimiento y la educación que ha recibido el que tenemos enfrente es necesario y correcto. Muchas personas que empiezan a pensar ignorantemente sobre versículos como estos se esfuerzan por sacar significados muy distintos, como acusando a Dios, como si Dios hiciera hipocresía. Dios, en cambio, en su relación con nosotros y en su juicio sobre nosotros, es justo y nunca es partidario de que se nos haga injusticia. Al contrario, tenemos un Dios que lo ve todo también para librarnos siempre de toda suciedad. En la parte de Job de la Sagrada Escritura, Elihú, que es alguien sabio y comprensivo, expresa de la siguiente manera la actitud y la manera de comportarse de Dios frente a la persona que ha cometido una falta:
Si hubiera junto a él un ángel, un intercesor (que sea mediador), uno entre mil, para dar a conocer al hombre lo que es recto para él, entonces Dios tendrá de él misericordia y dirá: «Líbralo de descender a la fosa, yo he hallado el rescate». Su carne se pondrá más tierna que la de un niño; volverá a los días de su juventud. Orará a Dios, y este se agradará de él, y verá su rostro con gozo; y devolverá al hombre su justicia. Cantará delante de los hombres (cantará de alegría), y dirá: «Yo pequé, y torcí lo recto, y no me aprovechó; él libró mi alma de ir a la fosa, y mi vida verá la luz».
He aquí, todas estas cosas hace Dios con el hombre dos, tres veces, para apartar su alma de la fosa, y para que sea iluminado con la luz de los vivientes. (Job 33:23-30)
He aquí, así es la actitud de corazón, es decir, el motivo, de Dios en el ver todo. No como quien busca nuestras faltas, nuestras maldades, sino, al contrario, con un acercamiento como quien busca cómo librarnos de esas faltas y maldades nuestras.
De nuevo, en las generaciones posteriores, en otro ejemplo, el profeta David expresa las siguientes verdades interesantes sobre el tema del ver de Dios:
Porque tú formaste mis riñones; me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidable y maravillosamente he sido hecho; maravillosas (asombrosamente admirables) son tus obras; y mi alma lo sabe muy bien. No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mis ojos vieron mi embrión, y en tu libro estaban escritos todos aquellos días que me fueron determinados, sin faltar uno de ellos. (Salmos 139:13-16)
De estos versículos vemos claramente que con el tiempo aumentaron los conocimientos de la humanidad acerca de Dios. Y quien proporcionó estos conocimientos no fuimos nosotros, sino el mismísimo Dios. Es decir, Dios no se ocultó a sus criaturas. No solo dio información acerca de sí mismo, sino que también dejó leyes y ejemplos con los que nosotros seremos felices. Aunque de vez en cuando nuestros conocimientos, nuestras figuraciones, nuestras expectativas acerca de Dios fueran muy equivocados, Él, siempre dándose a conocer, explicando sus expectativas —expectativas que son solo para nuestra alegría—, y con innumerables y muchos más conocimientos, se dirigió a nosotros la humanidad. Nosotros, en cambio, aunque nos tapamos los oídos, cegamos nuestros ojos espirituales para no ver, cauterizamos nuestras conciencias para no sentir, Él sigue dirigiéndose a nosotros, y su mano todavía está tendida. (Isaías 5:25; 9:12; 9:17; 9:21; 10:4; 14:26!)
Después de estos conocimientos y explicaciones, a pesar de haber transcurrido un tiempo bastante largo, vemos que en las personas todavía existen el deseo y el anhelo de ver a Dios. Esto también lo sabemos leyéndolo en los registros que aparecen en el Evangelio. Cuando Jesús el Mesías, antes de su muerte, hablaba con sus discípulos (aprendices), entre ellos ocurre la siguiente conversación:
…Si me hubierais conocido, también a mi Padre habríais conocido; desde ahora lo conocéis, y lo habéis visto. Le dijo Felipe: «Señor (maestro mío), muéstranos al Padre, y nos basta». Jesús le dijo: «¿Tanto tiempo estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta; sino que el Padre que mora en mí hace sus obras. Creedme, que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; y si no, creed por las mismas obras». (Juan 14:7-11)
Para alguien que lee toda la Sagrada Escritura de principio a fin, esta petición de Felipe a Jesús le resulta muy infantil. Lo entendemos, compartimos su curiosidad, pero aun así nos resulta pueril. La respuesta del Mesías, en cambio, ha sido causa, más adelante, de confusiones en la mente de las religiones cristianas y de las personas. Con que Jesús diga «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre», el cristianismo hace de Jesús el Dios Todopoderoso. Este versículo es también una de las pruebas que usan sobre sus pretensiones de que «hay tres Dioses». Y sin embargo, cuando leemos los versículos con cuidado, Jesús claramente:
Al decir «Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta; sino que el Padre que mora en mí hace sus obras», no surge en absoluto el entendimiento de que Jesús vaya a ser un Dios Todopoderoso. Al contrario, llama la atención sobre el hecho de que él, como los demás profetas, como todos los ángeles creados, hace la voluntad de Dios. ¿Qué necesidad hay de que Dios haga la voluntad de otro Dios? Y encima, ¿cuál debería obedecer a cuál? Según la enseñanza de los cristianos, si hay tres Dioses, ¿no se esperaría que las palabras de los tres fueran de sí mismos? Jesús, en cambio, dice: «Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta; sino que el Padre que mora en mí hace sus obras». Jesús aquí llama la atención no sobre la voluntad de tres Dioses, sino de un solo Dios. Llamando la atención también sobre las obras que ha hecho, quiere decir «todas estas obras que habéis visto eran de Dios». Quiere decir «más que ver a Dios con los ojos, alegraos con sus obras que habéis visto, y en este tema dad valor a percibir con vuestros ojos espirituales en lugar de una imagen física». Como el profeta David.
Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría. No hay lenguaje, ni palabras, ni es oída su voz. Pero por toda la tierra salió su voz, y hasta el extremo del mundo sus palabras. Salmos 19:1-4
La fe que se espera de estas palabras es llamar la atención sobre la persona creadora que está detrás de las cosas que apelan a los ojos literales. Y esa es Dios. Así como una persona se refleja a sí misma con sus obras, también el reflejo de Dios podemos verlo mirando sus obras. Que no vayamos a buscar a Dios en esas obras mirando nuestro mundo convertido en un infierno sobre la faz de la tierra. Esas no las hizo Dios, las hicimos nosotros. Mejor dicho, estropeamos lo que estaba hecho. Así como las obras de Dios son, en cierto modo, un reflejo de Dios, también las obras que hemos logrado sobre la faz de la tierra son un reflejo del espíritu de nosotros los humanos y de Satanás. Yo nunca he visto a Satanás y tampoco tengo tal curiosidad. Pero, con el reflejo de las obras que he visto en él, no me resulta nada difícil imaginar qué clase de ser es. No quiero decir qué clase de imagen tiene. Que posee una creación muy hermosa y que por eso, dejándose llevar por el orgullo, se convirtió en Satanás (rebelde, insurrecto), ya lo leemos en la Sagrada Escritura y en el Corán. (Ezequiel 28:11-19; Sura al-Araf (7):11-13) El lado que me interesa no es su apariencia externa. En realidad, lo que toda la humanidad debería saber sobre Satanás es su gran odio y hostilidad hacia las personas. Y las razones que subyacen en la raíz de este odio son también el odio que proviene del orgullo, de la soberbia y de la vanidad.
Dios, al crear a Satanás, tampoco lo creó para que fuera orgulloso. Cuando el orgullo se usa acerca de Satanás, se usan palabras como «se dejó llevar por el orgullo y se volvió rebelde». En realidad, así es como nos dejamos arrastrar por todo lo que nos llevará al peligro. Al principio puede parecer incluso agradable, es más, hasta necesario. Pero su final es exactamente como dejarse arrastrar por la corriente de una catarata. Si no podemos salvarnos, podemos llegar incluso a hacernos pedazos. A medida que la corriente se intensifica, la persona ya no puede hacer ni las cosas que son su propio deseo y voluntad. Por consiguiente, también las cosas que hará después para salvarse, y la imagen que reflejará hacia afuera, serán bastante anormales.
Al hablar sobre el ver y sobre Satanás, hay que señalar también esta verdad. Mientras nosotros los humanos tenemos una estructura limitada en cuanto al ver, las criaturas espirituales que llamamos ángeles —entre las cuales están también los demonios que fueron tras Satanás—, sus facultades de ver no son tan limitadas como las nuestras. De noche, de día, tras cosas como la oscuridad y las paredes, así como ellos nos ven, tienen incluso la facultad de susurrar en nuestras mentes, lo cual, de nuevo, leemos en estas sagradas escrituras. Por ejemplo, en los versículos 27 y 201 de la sura al-Araf (7), acerca de Satanás y los demonios:
…Él y su tropa os ven desde donde vosotros no los veis.
Cuando Satanás susurra el mal a los que se guardan del mal, recuerdan (a Dios) y empiezan a ver la verdad.
No todos, en estos susurros, recuerdan sin falta a Dios, ni tampoco procuran ver la verdad. Aunque parezca que estas criaturas espirituales que llamamos Satanás y sus demonios, enemigas de la humanidad, están en una situación ventajosa respecto a nosotros, su capacidad de imposición sobre nosotros es limitada. En pocas palabras, ni Satanás ni sus demonios pueden usar una presión física, tomando del brazo a ninguna persona y arrastrándola diciendo «sin falta harás esta maldad». Junto a esto, si nosotros lo permitimos, podéis estar seguros de que, dominando nuestra mente, pueden hacernos hacer muchas más cosas. Por eso, dominando nosotros mismos nuestra mente, debemos decidir a quién queremos someternos. Como dijo el apóstol Santiago:
Así que, someteos a Dios; pero resistid al diablo, y huirá de vosotros. (Santiago 4:7)
Lograr que el diablo llamado Satanás huya de nosotros es posible haciendo las cosas que no le agradan. Y estas son las cosas que son la voluntad de Dios. Cuanto más vea Satanás cuánto nos domina, tanto más placer le dará este asunto, y por eso estará también con nosotros. Incluso los niños, mientras están juntos, permanecen juntos mientras están de acuerdo. Cuando los desacuerdos empiezan a acumularse, también ellos se alejan unos de otros. Porque ya esa situación deja de darles placer. El versículo de arriba quiere contarnos estas cosas. Si no, como en las películas de Drácula, sosteniendo la cruz ante el vampiro, Satanás no huye de nosotros; al contrario, se acerca más. No busquemos la salvación o la protección en los amuletos que hemos idolatrado ni nada. Ni la cruz del cristiano, ni la cuenta contra el mal de ojo del musulmán, ni la palabra «Jehová» que los testigos de Jehová no se quitan de la lengua nos protegen de Satanás ni nos alejan de él. Si creemos que el nombre de Dios es Jehová, el apóstol Santiago dice que solo haciendo su voluntad podremos ahuyentar a Satanás. (Santiago 4:7) Además, tampoco tendremos éxito usando como si fueran amuletos las oraciones que decimos de memoria y de las que ni siquiera conocemos el significado.
¿El hombre ve, y Dios no habría de ver?
Con la técnica de nuestro tiempo, las personas pueden ver y observar otra habitación, o los alrededores de una casa, e incluso lugares situados a miles o decenas de miles de kilómetros de distancia, por medio de cámaras. Sin estar personalmente allí, es posible observar estas cosas al instante y en vivo desde muy lejos. También, por medio de los satélites enviados al espacio, es posible seguir incluso a una persona desde la puerta de su casa hasta el lugar adonde va. Es más, aunque estuvieras dentro de una tienda de campaña cerrada, por medio de esos mismos satélites pueden ver cuántas personas hay dentro y registrar cada uno de sus movimientos. El ojo humano, con la ayuda de la técnica, está casi en todas partes. Esto es lo que nosotros sabemos; hay que admitir que existen posibilidades mucho mayores que no se nos dan a conocer. Por medio de cámaras instaladas en las grandes ciudades, en las estaciones donde la gente se reúne en masa, en los aeropuertos, en los puertos y en muchos otros lugares, siempre hay unos ojos que nos vigilan. A esto lo llaman seguridad. Es decir, que la gente hace esto por nuestro bien. A veces quizá sí, y a veces no. Porque, después de todo, todas estas evaluaciones se hacen al final por mano humana, y es esa mano la que decide qué es lo correcto y qué es lo incorrecto. Por eso nadie puede decir: «Esto siempre se hace con buena intención, sin perjudicar a nadie».
Aunque nosotros los seres humanos hayamos avanzado tanto en cuanto al ver, en el entendimiento y en la sabiduría, por alguna razón, nos hemos quedado muy atrás. El hombre, que con esa técnica que arriba he mencionado solo a grandes rasgos ve casi todo lugar, no puede de ningún modo aceptar ni la existencia de Dios ni que Él pueda ver y oír todo lugar. Para ellos eso es imposible. ¡Como si alguna vez pudieran ser vistas a la vez seis o siete mil millones de personas, y encima ser oídas! Dios, en cambio, responde a nuestras dudas humanas sobre este asunto con las siguientes palabras dichas hace miles de años:
Él cuenta el número de las estrellas; a todas ellas llama por sus nombres. Salmos 147:4
¡Con nuestra insensatez y con nuestra falta de entendimiento, cuántos pensamientos equivocados tenemos acerca de Dios, cuando con estas palabras escritas hace más de unos tres mil años Dios nos da información acerca de sí mismo! Sin haber escrito los versículos anteriores y posteriores, había también otra verdad que señalé en mi libro. Vengan, leámoslos escribiéndolos todos, para que nuestro escrito tenga más sentido.
Oh vosotros los insensatos del pueblo, prestad atención; y vosotros los necios, ¿cuándo os haréis prudentes?
El que hizo el oído, ¿no oirá? El que formó el ojo, ¿no verá? El que corrige a las naciones, ¿no habrá de reprender? El que enseña al hombre, ¿no habrá de saber? Salmos 94:8-10
Hay también algunas personas que, aunque ven con sus propios ojos y oyen con sus propios oídos, aun así no logran entender. Por muchas pruebas que les traigas, no, no quieren entender. En algunos casos, en cierto sentido, Dios quiere que sea así. Es decir, que nosotros los seres humanos seamos faltos de entendimiento; o, más exactamente, mientras somos faltos de entendimiento, Dios no quiere cambiar esa situación ni darnos el espíritu de sabiduría y de entendimiento. Y no le falta razón. A ojos de Dios sería una injusticia rescatarnos de repente de todas las inmundicias que hemos hecho, de nuestro estado de corazón y de cabeza de piedra, y decirnos: «Bienvenido al camino que lleva al paraíso». Esto no significa que esas personas, hagan lo que hagan, no puedan ser perdonadas. Porque de Dios leemos claramente que dijo: «Sea lo que sea que hayáis hecho, si os arrepentís y os apartáis de vuestros malos caminos, Yo también os aceptaré». (Ezequiel 18:1-23) El que Dios no atraiga hacia sí a cierto tipo de personas se debe a que ellas no se corrigen arrepintiéndose. Ellas, aunque muestren un cambio momentáneo solo por sus intereses, o después de las angustias y las desgracias que sufren, eso no significa arrepentimiento ni cambio. Contra tales personas, Jesucristo llamó la atención a esta profecía dicha de antemano:
Por eso les hablo por comparaciones; porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se cumple la profecía de Isaías, que dice:
«Oyendo oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis; porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyeron pesadamente, y cerraron sus ojos; para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y con el corazón entiendan, y se conviertan, y yo los sane». Es aquí donde se cumple la profecía. Mateo 13:13-15 e Isaías 6:9-10)
Porque estas personas no amaron ni el camino que lleva a la salvación ni a Dios. No quisieron entenderlo ni amarlo. Con sus obras convirtieron este mundo en un infierno, en un lugar donde no se puede vivir. Y Dios, por supuesto, no se agradará de ellas. También hay muchos religiosos que, en apariencia exterior, aparentan amar a Dios y honrarlo. En nuestra tierra hay un montón de religiones y sectas llenas de personas que aparentan estar apegadas a su religión y que se jactan de obedecer a sus líderes sin desviarse ni un centímetro. También acerca de ellas dice Dios lo siguiente:
Dijo el Señor: Puesto que este pueblo se acerca a mí, y con su boca y con sus labios me honra, pero aleja de mí su corazón, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado; por tanto, he aquí que yo volveré a hacer en medio de este pueblo una maravilla, sí, una maravilla y algo asombroso; y perecerá la sabiduría de sus sabios, y se ocultará el entendimiento de sus hombres prudentes (hábiles).
¡Ay de aquellos hombres que esconden profundamente del Señor sus intenciones, y cuyas obras están en tinieblas, y que dicen: «¿Quién nos ve? ¿Y quién nos conoce?»! ¡Ah, vuestra perversidad! ¿Acaso el alfarero ha de ser tenido por igual al barro, para que la obra diga de aquel que la hizo: «Él no me hizo»; y lo que ha sido formado diga del que le dio forma: «Él no tiene entendimiento»? Isaías 29:13-16
Como humanidad, ¿no estamos acaso exactamente en un estado así? En realidad, en qué estado tan lamentable nos hallamos, y ni siquiera queremos darnos cuenta. ¿Por qué, como humanidad, tenemos un problema con que Dios siempre nos vea? ¿Por qué nos incomoda tanto esta verdad? Una verdad que más nos incomoda es que Dios no solo nos ve siempre, sino que, además, así como conoce todo lo que pasa por nuestra mente y por nuestro corazón, también es alguien que sabe exactamente lo que haremos en el futuro. Por todo esto, sí, únicamente por esto, hay muchas personas que niegan a Dios. ¿Acaso ven estas cualidades que Dios posee como una invasión de su vida privada? ¿O es esto una injusticia a sus ojos? ¿Por qué las personas con esta mentalidad no plantan cara en este asunto a los gobiernos bajo cuya autoridad se hallan? Porque, como dije, bajo el nombre de seguridad, esos gobiernos poseen registros que llegan a saber todo de una persona, desde el número de dientes que hay dentro de su boca y cuál de ellos es postizo, hasta dónde hiciste vacaciones, en qué avión te subiste y qué te gusta y qué no te gusta. Los teléfonos y los ordenadores del pueblo están, en cambio, bajo constante vigilancia. Es más, no mentiría si dijera que lo saben todo hasta las tripas. Sobre todo desde que pusieron de moda eso del terrorista, encima hacen todo esto viéndose a sí mismos como si tuvieran razón. Sin pedir permiso a nadie, metieron sus narices hasta en toda la vida privada de todos. Y todos los gastos de esos dispendios que hacen bajo el nombre de seguridad salen de nuestras espaldas. Son tan desvergonzados que no darían de su propio bolsillo ni el dinero que gastan para proteger sus propios traseros. Digo todo esto por los que dicen «yo no creo en un Dios así» frente a la cualidad de Dios de vernos en todo lugar. Mientras la humanidad soporta cuántas cosas que la ponen en apuros y le causan perjuicio con tal de proteger a un puñado de hombres —hombres que ese llamado puñado están siempre ocupados en perjudicar a la humanidad—, ¡¿por qué miramos con ojos hostiles la cualidad de ver del Dueño y Creador de todo, cualidad que además está orientada únicamente al bien y al beneficio de esas mismas personas?! ¿O acaso, al contrario, si Dios no pudiera vernos, qué haríamos entonces? Mi palabra, por supuesto, es para quienes tienen una buena relación con Él y no se abstienen de llamarlo enseguida ante el más mínimo de sus apuros. Pero ¿quién a lo largo de su vida nunca ha caído en apuros? Se han escuchado en las grabaciones incluso las voces registradas de pilotos criados en el comunismo, que nunca conocieron a Dios, gritando «¡Dios!» con su boca en los últimos segundos, cuando su avión resultó dañado en un accidente o en la guerra y comprendieron que iban hacia una muerte segura. ¿Quién no querría, en uno de nuestros apuros, que Dios nos viera y nos librara de ese apuro? Examinado con lógica, el que Dios lo vea todo es a la vez provechoso y, además, un derecho suyo. Porque, al hablar con Dios, ¿diciendo qué somos nos acercamos a Él? Decimos: «somos tu siervo». Esta expresión se emplea también respecto a Jesucristo y a muchos otros valiosos profetas. (Hechos de los Apóstoles 3:26)
¿Qué significa siervo, o esclavo? Se llama esclavo (siervo) a la persona comprada a cambio de un precio. A partir de entonces, ya es como una propiedad de su amo. Al menos así era la concepción de la esclavitud entre los hombres. Ahora bien, cuando nos acercamos a Dios y nos hacemos siervos suyos, ¿con qué entendimiento hacemos esto? ¿O nuestro acercamiento es por decir algo, una falsa humildad? Si es así, créanme que no podremos hacerle tragar a Dios estos sentimientos nuestros. Quizá por esta y otras razones parecidas no queremos que Dios lo sepa todo. Con este ejemplo, si somos hipócritas, queremos que Dios tampoco lo entienda.
Quiero abrir un poco más este tema poniéndoles como ejemplo a mi propio hijo y también a un amigo mío. Porque, si nos acercamos a los hechos mirándolos solo desde un único ángulo, nunca podremos ver nuestro propio error ni nuestra propia enfermedad. Por eso necesitamos obligarnos a pensar sobre nosotros mismos desde muchos ángulos.
A mi amigo, que por entonces tenía alrededor de 35 años, cuando le pregunté a quién amaba más, me respondió: «a mi padre». Con el tiempo, al fijarme en sus relaciones con su padre, ese amor me pareció extraño. Él mismo decía: «Cuando mi padre entra en la habitación, yo aguanto como mucho cinco minutos, me aburro y me voy enseguida». Cuando le preguntaba: «¿No dices que a quien más amas es a tu padre?», respondía: «sí, es verdad». Como yo también tengo un hijo, cuando sopesaba estos sentimientos suyos, ya fuera como padre o como hijo, esa situación, según yo, no se parecía en nada al amor. Cuando se lo dije, su respuesta fue: «yo fumo, y quizá por eso no puedo estar mucho a su lado». Sin embargo, como sabía que a mí también me molestaba que mi ropa oliera a tabaco, cuando estábamos juntos durante horas, el buen hombre no fumaba nada. Al decirle: «aunque fumes, ¿solo cinco minutos puedes estar sin cigarro?», me miró a la cara sin dar respuesta alguna. Yo temía mucho que mi hijo me amara así. Porque si el amor es esto, si en nombre del respeto no vamos a poder juntarnos nunca, y cuando por fin nos juntamos él apenas va a poder estar conmigo cinco minutos, añadí que, por favor, que no me ame así. Y no vayan a pensar que el padre de mi amigo sea alguien déspota, irascible, autoritario y mandón. A su manera es bromista, callado, por lo general tranquilo, un pobre hombre. Por supuesto, por el bien de su hijo, de vez en cuando le habla a modo de consejo, cosas como «¿no sería mejor que hicieras esto así?» o «¿no sería más correcto que hicieras esto de esta manera?», refunfuñando y rezongando; eso sin duda ocurre. Pero nuestro amigo tampoco era de un tipo que se molestara por estas cosas. Él tenía su propio negocio, y una vez, estando también su padre a su lado, a un cliente que lo llamaba le dijo riendo: «si buscas a mi padre, lo encontrarás en la mezquita; si me buscas a mí, en el bar». Y su padre era alguien que sabía estas cosas. En realidad, esta persona de la que hablo amaba de verdad a su padre, pero por compasión. Es decir, su amor se apoyaba en la lástima. Desde niño había visto las cosas que su padre, abnegado y sin pensar en sí mismo, daba a su familia, como bobería, ingenuidad, estupidez. Como de toda esa bobería, ingenuidad y estupidez él también sacaba, según su interés, la parte que le tocaba, miraba esta situación no con malos ojos, pero sí solo con lástima. Si su padre hubiera sido ingenuo, bobo y estúpido con los demás y en casa se hubiera convertido en un león, entonces lo habría odiado. Pero, al ver que su padre aplicaba estas cualidades suyas con todo el mundo, sabía muy bien que no hacía distinción de personas, y que, si iba a tomar partido, tomaba el de su familia. El padre, a su manera, era una persona creyente y ponía cuidado en mantener una buena relación con Dios. Nuestro amigo, en cambio, parecía haber archivado todo esto. Mientras con las personas que decía no amar en absoluto se sentaba durante horas, hasta la medianoche, bebiendo, riendo y bromeando, con su amado padre no tenía casi nada que compartir en común. Cuando me fijaba en mi hijo, veía también en él estas mismas cualidades, o parecidas. Estoy seguro de que él también me ama. Pero esto también se parece un poco al amor de aquel amigo. Yo he pensado mucho en la razón de esto. En realidad, entenderlo a veces es difícil, y a veces no.
Cuando estaba en el instituto tenía coche, y a menudo iba a distintos sitios con mis profesoras. En esos lugares adonde íbamos, ellas me ofrecían cigarrillos. No los cogía, pero cuando me preguntaban si fumaba o no, no podía mentir, y a sus preguntas agachaba la cabeza de una manera que quería decir «sí, fumo». Entonces insistían: «anda, coge, fuma», pues querían que yo estuviera cómodo. Una vez lo cogí y fumé, pero ellas debieron de darse cuenta, porque dijeron: «al chico le hemos amargado hasta su cigarrillo». Yo había fumado aquel cigarrillo no como un placer, sino, frente a la insistencia de mis profesoras, casi como un deber, por miedo a que fuera una falta de respeto. Todas eran mujeres hermosas, y yo por entonces era un jovencito estudiante de último curso. En realidad, lo que hacía la situación incómoda eran las posiciones que ocupábamos. Ellas eran profesoras, y yo un estudiante; y por aquel entonces yo tenía incluso una amiga, una mujer quizá mayor que ellas. Con ella podía hacerlo todo sin ningún reparo. Pero estas señoras, con la condición de profesoras, eran las maestras de la escuela en la que yo estudiaba. Eran estos sentimientos los que me incomodaban. Pero, junto a esto, también tenía suficientes amigos muy caraduras. Vi también a algunos que, abusando de la buena intención de profesoras tan cercanas, hacían payasadas hasta hacerle sudar a uno la gota gorda por la espalda. A veces tampoco puedo decir de estas situaciones si eran buenas o malas. Porque, al mirar los hechos, junto a esos llamados payasos, algunas profesoras no se incomodaban en absoluto. Quizá ellas, al contrario, así como se incomodaban con alguien que, como yo, sentía incomodidad, junto a esos que llamo payasos se reían y se sentían más cómodas y relajadas.
En otro ejemplo, yo estaba siempre con el director de la escuela, y por eso, cuando estábamos juntos, incluso fumaba sin ningún reparo. Es más, en el instituto estaba prohibido casarse, y cuando le pregunté por esta situación me dio permiso diciendo: «si quieres, cásate», y me consintió. De lo contrario, yo no me habría casado hasta terminar la escuela. A pesar de tener una compañía tan cómoda, yo nunca había fumado dentro de la escuela, salvo una vez. ¡Y aquella única vez él no fue y apareció por los servicios! Yo tiré el cigarro y salí; no sé si me vio o no, porque el servicio estaba a rebosar de un montón de chicos, pero me avergoncé y me incomodé mucho pensando por qué lo había puesto a él en una situación difícil. Aquel mismo día, ni siquiera el que él dijera riendo «por poco te pillo a ti también» me tranquilizó, y le dije que era la primera vez que hacía algo así. Mi tutora era además su esposa, que era subdirectora en la escuela. Yo nunca podría abusar de toda esa buena intención suya. Además, según ellos, aquello no era ninguna maldad. Ellos simplemente tenían que aplicar las leyes, y para él aquello era una tarea corriente que debía cumplir, nada más. Porque, cuando estaba en el instituto, él mismo había hecho y vivido esas mismas cosas.
Para poder entender por qué las personas, en sus relaciones unas con otras, a pesar de amarse, sienten incomodidad al estar juntas, a veces es realmente necesario hacer un análisis espiritual. Por mucho que digamos cuánto amamos, a veces sentimos incomodidad ante la presencia de esas personas. Según yo, esto en realidad no es un amor del todo sano. Aunque quizá haya de todo, cosas como respeto, temor, reparo, vergüenza, me resulta difícil decir que sea un «amor» completo. O bien ese amor, por el efecto contrario de todas estas cosas, no logra que la persona viva el estado del verdadero amor. Es decir, si, despojándose de todos esos elementos, hubiera un amor puro, ese amor sería entonces mucho más natural, sincero, franco, cómodo, pero no logra despojarse. Es algo así como mezclar dentro del cucurucho de un helado que te gusta también sabores que no te gustan. De vez en cuando lames también ese lado que te gusta, pero a tu boca vienen siempre esos otros sabores que no quieres y que te incomodan. En realidad, es una situación como si se estuviera trabajando también para destruir el amor por el helado. Si cada vez que compras un helado alguien te lo da mezclándole siempre lo que no quieres, llegará el día en que te aburrirás mucho de comer helado. Porque no te dará placer.
Las relaciones de las personas con Dios son también así. Había dicho: «Mucha gente no cree, ni quiere creer, que Dios siempre nos ve. Porque esto solo le produce una sensación de incomodidad». Las personas que son nuevas en los ambientes religiosos, llega un día en que, con la información que han reunido, creen con absoluta certeza que Dios siempre las ve. Pero esta creencia les quita y destruye toda su alegría y todo su gozo. No solo cuando están con otros, sino también cuando están solas, es como si vivieran siempre en una especie de aflicción. Esta información que posee la ha puesto en semejante aflicción. En cierto punto, ella también querrá decir «ah, ojalá Dios no pudiera verme en todo lugar», pero no se atreve a decirlo. Si esa persona no soporta esta aflicción y arroja de sí esa creencia, esa fe que posee, en poco tiempo se vuelve alguien mucho más alegre y cómodo. Y, como si tuviera una enfermedad psicológica, para librarse de esta creencia se hace a sí misma continuas autosugestiones, para que ese estado de aflicción no vuelva a caer sobre ella. A partir de entonces, para ella Dios o bien no existe, o bien, aunque exista, no lo ve todo. La organización de los testigos de Jehová, que se percata de este problema psicológico, difunde de vez en cuando entre sus miembros enseñanzas como: «Dios no siempre nos observa, no nos ve, no nos presta atención». Como las personas que sienten esta aflicción son la mayoría, empezando por ellos mismos, no quieren que sus miembros se les escapen de entre las manos ni perturbarles su comodidad. Aunque muchas personas conozcan esta verdad por las Sagradas Escrituras escritas con pruebas y, naturalmente, por sí mismas, por medio de estas publicaciones de la organización no logran vivir plenamente la conciencia de que Dios siempre las ve. Es más, de vez en cuando la circunstancia de que Dios lo vea todo o bien la olvidan, o bien quieren olvidarla, o bien, sabiéndola, la desestiman y no les importa.
Ser respetuoso no es algo malo. Hacerlo todo delante de todos es una falta de respeto. Es decir, que ante algunas personas, por sus circunstancias y sus posiciones, nos comportemos hacia ellas con respeto, con deferencia e incluso con reparo, es además la voluntad de Dios. Miren lo que se escribe en cierto lugar respecto a este tema:
Pagad (dad) a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que temor, temor; al que honra, honra. Romanos 13:7
Hay tantos versículos que nos dicen que seamos respetuosos y que nos honremos unos a otros. Ya sea dentro de la familia (Efesios 5:22 y 33; 6:1-4), la actitud de corazón que debemos tener hacia los gobiernos y hacia todos se explica en los versículos también de esta misma manera:
…Sabiendo que el bien que cada uno hiciere, ese recibirá del Señor, sea siervo o sea libre, obedeced a vuestros amos según la carne con temor y temblor, con la sencillez de vuestro corazón, como a Cristo. (Este versículo, que en turco figura en Efesios 6:8, en algunos idiomas extranjeros aparece en los versículos 5 y 6)
Dios subraya claramente, incluso en solo estos pocos versículos de aquí, que seamos deferentes y respetuosos, y que hagamos estas cosas de una manera que salga de dentro. Aunque de vez en cuando estas situaciones no sean nada fáciles, con la ayuda de Dios y con voluntad, forzándonos también a nosotros mismos, podemos lograrlo.
Como se entiende, respetar a alguien, y encima que uno respete a alguien a quien ama, es a la vez apropiado y algo muy hermoso. Lo que no se entiende es la incomodidad que sentimos al estar junto a esas personas. Lo que yo no logro conciliar es meter la incomodidad justo al lado del amor y del respeto. Por eso, según yo, el problema no está en el «respeto»; cuando se habla de amor, el respeto se emplea solo como una excusa para mantenerse a distancia. Por lo general, la verdad del asunto es esta. Los ejemplos que he dado, ya sea de mí mismo, de mi hijo o de otras personas, también lo demuestran. Esta vez me hice a mí mismo la siguiente pregunta: «Pues bien, ¿me incomodaría yo estar ante la presencia de Dios?», dije, y me sumí en un profundo pensamiento. ¿Me incomodaba Dios con su cualidad de vernos en todo momento? Cuando la persona piensa sin engañarse a sí misma, salen a la luz resultados interesantes. Con aquella pregunta, enseguida me vino a la mente el momento en que, buscando en internet la letra de una canción, miré aquellas imágenes de contenido pornográfico que no había manera de cerrar y que, al contrario, se multiplicaban cada vez más. Por mucho que no quisiera, pensé en aquellas chicas jovencísimas y hermosas que mantenían relaciones con animales, y me avergoncé espantosamente y se me revolvió el estómago. Tanto por ellas —que además hacen esto— como por mí mismo, por qué mis ojos lo vieron. Puede ser, el hombre ve, pero librarse de estas imágenes que trastornan y ensucian nuestra mente tampoco ocurre en un instante. Cada dos por tres nos vienen a la mente. De niño se me había revuelto el estómago con las cosas que miré, y ni siquiera aquellas eran normales; pasaron los años, envejecí, y las cosas que veo siguen revolviéndome el estómago. Aunque el hombre tenga hacia alguien del sexo opuesto incluso el sentimiento más elevado, con esas imágenes todos esos sentimientos también se destruyen. Si esto es avanzar, en todo lo relacionado con revolver el estómago realmente hemos avanzado mucho. En fin, esto es solo un ejemplo. En realidad, el lado que nos incomoda en nuestra relación con Dios sale a la luz cuando hacemos cosas que ni siquiera nosotros mismos podríamos, o querríamos, hacer abiertamente delante de todos. Es decir, la base de nuestra incomodidad está en nuestras obras. En el ejemplo de internet, yo no me sentí para nada culpable ni nada por las cosas que vi, pero en cuanto me hice la pregunta de si estar junto a Dios me incomodaría, enseguida me vinieron a la mente estas imágenes, y por eso me incomodé. De nuevo, no de Dios, sino de lo que vi; y por haber mirado, me avergoncé también un poco de mí mismo. Yo me esforzaba por cerrar las páginas, ¡pero mirando con atención algunas imágenes! Cosas que nunca deberían poder verse las han traído en nuestro tiempo hasta el salón. En fin, que cada cual haga lo que quiera; pero lo que somos, cuánto nos hemos degradado a nuestros propios ojos, espero que como humanidad no lo olvidemos jamás. Por eso mismo Dios permite todas estas cosas.
…Y cuando yo te haya perdonado todo lo que has hecho, confirmaré mi pacto contigo, para que recuerdes y te avergüences, y a causa de tu vergüenza no vuelvas a abrir la boca, y sepas que yo soy el SEÑOR, palabra del Señor Jehová. Ezequiel 16:62 y también:
Por tanto, así dice el Señor Jehová: He aquí que mis siervos comerán, y vosotros tendréis hambre; he aquí que mis siervos beberán, y vosotros tendréis sed; he aquí que mis siervos se alegrarán, y vosotros os avergonzaréis; he aquí que mis siervos cantarán por la alegría de su corazón (entonarán cánticos), y vosotros clamaréis por el dolor de vuestro corazón, y aullaréis por el quebrantamiento de vuestro espíritu. Y dejaréis vuestro nombre a mis escogidos por juramento de maldición; y el Señor te matará; y a sus siervos los llamará por otro nombre; de modo que el hombre que se bendiga a sí mismo en la tierra, se bendecirá con el Dios de verdad; y el hombre que jure en la tierra, jurará por el Dios de verdad; porque las angustias anteriores han sido olvidadas, y porque quedaron encubiertas a mis ojos. Isaías 65:13-16
Puesto que Dios ha dicho que todas estas situaciones se desarrollarán así, así también sucederá.
Volvamos de nuevo a las incomodidades que sentimos al ser vistos en todo lugar, o al estar junto a quienes amamos y respetamos. Cuando la situación tiene que ver con Dios, decir que «todas nuestras incomodidades relacionadas con que Dios siempre nos vea provienen de lo que nosotros mismos hacemos, no de Dios», sigue siendo, según yo, lo más correcto. Si estamos haciendo algo bueno, mientras que estamos a favor de que casi se toque la trompeta delante de nosotros, de que todos lo oigan y lo vean, no debería resultarnos difícil entender por qué queremos que nuestras obras malas y torcidas queden ocultas y no estamos a favor de que Dios también lo vea todo. Mientras que con las ayudas que damos por ostentación ante la gente, con la limosna de tres perras que damos, deseamos que Dios y sobre todo la gente nos vea, frente a nuestros grandes delitos, tan grandes como para meternos en la sangre de otros, ¡¿encima nos ponemos a acusarlo a Él diciendo «por qué Dios lo ve todo»?! En cuanto al ver, ¿somos nosotros quienes debemos decidir qué cosas verá Dios? Aunque mucha gente no se acerque al asunto con esta lógica, el deseo que llevan dentro y que ni ellos mismos pueden explicar va en esta dirección. Yo, en resumen, llego a esta conclusión: nuestras obras o bien nos alejan de Dios, o bien nos acercan a Él.
Aunque no está mal que las personas se respeten unas a otras, si en ese respeto hay una situación de incomodidad, creo que ambas partes deben esforzarse por eliminarla. Ni quien es digno de respeto debe usarlo para su interés y para aplastar y atemorizar a quien tiene enfrente; ni quien va a mostrar respeto debe abusar de la tolerancia, el amor y la libertad que le da la persona de enfrente, usándolos mal. Según yo, Dios quiere que la vida de las personas sea tal que puedan hacer todo lo que hacen también delante de todos de manera natural, sin reparo, sin miedo, sin incomodidad. De estas palabras mías saldrán también algunos pensamientos anormales. Por ejemplo, el hombre, es más, todo hombre, está obligado a ir al baño, pero no puede esperarse que haga esto sin incomodidad delante de todos, ni debe ser así. Yo todavía, en los baños públicos, ni siquiera en los urinarios puedo hacer mis necesidades cuando hay alguien a mi lado. Por muy apretado que esté, me cuesta. Según hemos visto en las películas, antiguamente en el ejército estadounidense, en los baños sin aquella pared que separa unos de otros, los soldados hacían sus necesidades mayores unos al lado de otros. Y en las cárceles la situación era igual. Si hubiera sido yo, seguramente me habría costado muchísimo esta situación. Quién sabe qué habrán querido lograr eligiendo de nuevo un método así bajo el nombre de seguridad, no se sabe. Desde las relaciones de marido y mujer, o el deseo de dos amantes de quedarse a solas, hasta a veces incluso al comer, el hombre no quiere estar solo, o abiertamente en medio de todos. Estos son los sentimientos naturales de las personas, y, como dije, es necesario que así sea. Al decir «debemos hacer todo lo que hacemos sin incomodidad también delante de todos», no me refería precisamente a cosas como estas. Al decir todo lo que el hombre hace, incluso las cosas que hace en secreto, me refería a que nunca haga cosas vergonzosas, feas, incorrectas a los ojos de Dios, es decir, lo que llamamos pecado. Ese es, de hecho, el propósito de la fe en que Dios siempre nos ve. Y si hay cosas que nos incomodan, debemos esforzarnos por dejarlas. Ni la relación de marido y mujer, ni nuestro alivio en el baño, ni a veces el deseo de comer solo, ni bromear, jugar y reír con nuestros amigos, son malos ni incorrectos a los ojos de Dios, y mucho menos pecado. El que nos creó nos creó de esta manera. Necesitamos purificar nuestra mente de algunas cosas. Así como a esto se le llama una mente sana, el que tengamos también una creencia sana depende de la información correcta que recibamos.
¿Acaso no hay también un lado real en unir el respeto con el sentimiento de incomodidad? ¿Cómo no habría de haberlo? Y encima lo hay de la tierra al cielo. Uno de los sentimientos taimados que las personas usan para aplastarse, explotarse, utilizarse, obtener provecho e incluso a veces destruirse unas a otras es también el respeto. Cada vez que pienso en el respeto que nos enseñaban en la escuela y en cómo se nos exigía, tanto entonces como todavía ahora lo recuerdo con odio. Nuestros profesores más inmundos eran los que exigían que se les mostrara el mayor respeto. En los tiempos en que estudié interno en el Instituto Haydarpaşa, también vi cómo un profesor de nombre Ziya Bey, al pasar por aquellos enormes pasillos, atrapó a un estudiante que caminaba con su amigo y de repente lo golpeó hasta romperle la boca y la nariz. Y después, dejando así en el suelo, ensangrentado, a aquel chico que gritaba como una gallina degollada, siguió caminando y se marchó sin siquiera mirar atrás. Todos nosotros habíamos creído que detrás del asunto había algo grande. Sin embargo, el chico ni conocía a aquel profesor, ni él le daba clase. Toda su culpa era que, al verlo, no se había abrochado el botón ante él. Incluso esto lo averiguábamos nosotros por conjeturas. Aquel profesor llamado Ziya Bey, aun si la había, ni siquiera se dignaba decirle su culpa a aquel chico. Esta era solo una de los cientos de impresiones que viví. Mientras veía que quienes eran más dignos de respeto se avergonzaban muchísimo de exigir algo así y ni siquiera se dignaban a ello, es también una verdad que las personas menos dignas de respeto hacían a quienes las rodeaban toda la inmundicia que estaba en sus manos. Será por todas estas razones que, en cuanto las personas meten en el asunto eso que llaman respeto, ya se les caen los pantalones de miedo ante esa persona, y no soportan ni su presencia. En cuanto se dice respeto, debajo yace enseguida el temer, el ser atemorizado, las amenazas, no el amor. Las personas a las que hay que temer, despiadadas, lejanas de la misericordia y de la humanidad, siempre se han esforzado por ser respetables. Y esto, por lo general, están a favor de obtenerlo siempre por la fuerza. Este es el sentimiento que bajo el nombre de respeto nos ha aportado este mundo. Por alguna razón, estos tipos no han buscado un respeto que brote del amor. Sin esforzarse por ganarse el amor, por la fuerza, diciendo «pero me habréis de respetar», han hecho y hacen a las personas toda clase de presión que está en sus manos. Por cierto, no vayamos a percibir las excepciones como si fueran la regla general. También en los lugares donde a los estudiantes se les da libertad y tolerancia, esos estudiantes literalmente les cuelgan hasta una lata en la espalda a sus profesores y lo difunden a todo el mundo por internet. De nuevo, quita de uno y pon en otro.
En la Edad Media, entre los monjes, reírse parecía casi merecer la muerte. Antiguamente, ver a un hombre religioso de rostro sonriente era imposible también en el islam. El mismo problema lo vivió Jesús también entre los judíos, tanto que dijo estas palabras:
«Cuando ayunéis, no pongáis cara larga como los hipócritas. Ellos, para hacer ver a la gente que ayunan, se dan un aspecto desaliñado. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
Vosotros, cuando ayunéis, ungíos la cabeza (aroma agradable, perfume) y lavaos el rostro. De modo que no parezcáis a la gente que ayunáis, sino a vuestro Padre que está en lo secreto. Y vuestro Padre, que ve lo que se hace en secreto, os recompensará. Mateo 6:16-18
Cuando estábamos en el servicio militar, nos habían enseñado: «El hombre soldado no ríe mostrando los dientes, sino que como mucho sonríe». Según la tarea que ha de hacer el soldado, esta enseñanza es también correcta. A causa de las complejas educaciones y culturas que hemos recibido, como toda la humanidad estamos casi en un estado de indecisión respecto al respeto, el amor y el comportamiento. A veces, incluso en los temas más simples, tenemos que pensar largo y tendido para decir qué es lo correcto o lo incorrecto. Aunque de vez en cuando nos sea incluso imposible adaptarnos a las tantas culturas complejas que hay entre las personas, aprender cuál es la voluntad de un único Dios y hacer todo lo que esté en nuestra mano para conocerlo es, en realidad, una necesidad vital de todo ser humano. Al mismo tiempo, es también un camino que nos libra de la presión de costumbres y tradiciones complejas y a veces absurdas, y que lleva a la humanidad a una felicidad sana. Porque la vida eterna debe significar «felicidad» para todos. Nadie quiere caminar por un camino de vida eterna que al final vaya a llevar a dolores y angustias. La promesa de Dios a la humanidad es exactamente esta:
… Oí una potente voz que salía del trono y decía: «He aquí, la morada de Dios está entre los hombres. Dios vivirá en medio de ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos. Y enjugará de sus ojos toda lágrima. Ya no habrá muerte. Ya no habrá ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el orden anterior ha desaparecido».
El que estaba sentado en el trono dijo: «He aquí que hago nuevas todas las cosas». Luego dijo: «¡Escribe esto! Porque estas palabras son fieles y verdaderas». Apocalipsis 21:3-4
La promesa de Dios a nosotros en el camino de la vida es exactamente esta. Ya sea en mi hijo o en mi amigo, la concepción del respeto de los ejemplos que he dado no debe apoyarse en un amor tan ridículo que no logre retenernos junto a esas personas ni siquiera cinco minutos. El amor, en realidad, siempre busca la compañía. Las personas que aman sienten tristeza por la separación. Las personas que aman, por el gozo que sienten al reunirse, a veces incluso lloran. El amor tampoco es compartir el mismo techo apoyado en intereses. Como vivo en Alemania, con las impresiones que naturalmente me he formado de ellos, sería más correcto decir que el verdadero amor de los alemanes unos por otros está, dejemos ya el grado cero, por desgracia en no sé cuántos grados bajo cero. Aunque entre ellos no parece haber demostraciones de respeto absurdas como las nuestras —eso de «abróchate el botón, ponte de pie»—, aplican sus sanciones con tácticas mucho más distintas. Como también los profesores de sus escuelas tienen autoridad y derechos ilimitados, y como pase lo que pase siempre salen con la razón ante las leyes, no es en vano que enloquezcan a sus estudiantes, y que algunos de estos empuñen un arma y maten a cada profesor que se les ponga delante. ¡Que se le dé a las personas la más pequeña autoridad, y que esa persona no la use mal! Sea esto para el estudiante o sea para el profesor. Aunque los hechos, según los colores y los gustos, se manifiesten de distintas formas, dado que somos las personas que llenamos nuestro mundo, es del todo normal que tengamos también lados parecidos unos a otros. Esto en Turquía es así, y en Alemania asá, pero en cuanto al amor, por desgracia, todos son iguales.
Respecto al tema del respeto, me vino a la mente uno de los relatos acerca de Jesucristo. Como los líderes religiosos judíos no podían tragar a Jesús, envían hombres para que lo arresten. Pero los hombres vuelven sin arrestar a Jesús. Vengan, leamos en su lugar la razón y aquellas palabras.
Cuando los alguaciles volvieron, los principales sacerdotes y los fariseos (la secta judía de aquel tiempo) les preguntaron: «¿Por qué no lo habéis traído?». Los alguaciles respondieron: «Jamás hombre alguno ha hablado como habla este hombre». Juan 7:45-46
¿Pueden imaginarlo? Incluso los propios enemigos de Jesús, impresionados por su modo de hablar, no lo arrestaron, y en cierto sentido se rebelaron contra sus superiores. Y uno de esos superiores era el sumo sacerdote. El sumo sacerdocio, como dije, era el rango más alto que Dios dio a esa persona en Israel. Dios, que se lo dio a Israel en tiempos de Moisés, dice: «Sin la mediación de esa persona no recibiré ni miraré los sacrificios que tengáis en la mano». Piensen ustedes en el derecho que Dios reconoció a esa persona y en la honra que le dio. En Israel, todo el que quisiera acercarse a Dios debía primero pasar los sacrificios que traía por delante de estos hombres. En cierto sentido, ellos debían aprobar este asunto. En resumen, los sacerdotes debían hacer la representación de la morada de Dios. Aunque de vez en cuando ellos no produjeran obras dignas de ello, tampoco poseían este rango por sí mismos, sino que, al contrario, lo habían recibido de Dios. Y esto no debe significar que ellos tuvieran dominio sobre la fe de las personas. (Números 18:21; Deuteronomio, todo el capítulo 12; 2 Corintios 1:24)
A pesar de ser así la situación, estos hombres no les obedecieron. El respeto que sintieron por Jesucristo se debía solo a que allí quedaron impresionados por aquella conversación momentánea. Habría quien dijera: «si desde el principio hubieran estado juntos, lo conocían y por eso lo amaban», pero no. Jesús ni los amenazó, ni los atemorizó haciendo bajar fuego del cielo, ni los intimidó usando algún otro poder. A pesar de muchos obstáculos, el respeto que aquellas personas sintieron por Jesús era verdadero. Sin ninguna presión ni coacción, ellos sintieron respeto. Y encima hacia alguien en la posición de enemigo. Más adelante también vimos la autoridad que poseían. Los que hicieron azotar a Jesús, lo entregaron en manos de los torturadores y luego presionaron para que muriera, fueron de nuevo estos sacerdotes y su comunidad. Con todo esto intento explicar cuán grandes dificultades soportaron aquellos hombres para respetar a Jesús. Respetar a alguien a quien todos respetan, y mostrarlo, es fácil. Pero respetar de verdad a una persona con sentimientos que salen de dentro, y encima a costa de ganarse la ira de vuestros superiores, de las personas que tienen dominio sobre vosotros, esto es muy difícil. ¿Quién podría dudar de que este sentimiento mostrado no era verdadero? Miren lo que dicen acerca de Jesús las personas que vivieron con él:
Él no cometió pecado, ni se halló engaño en su boca. Cuando le injuriaban, no respondía con injurias. Cuando padecía, no amenazaba a nadie; sino que encomendaba su causa a Dios, que juzga con justicia. 1 Pedro 2:23
¿Creerían ustedes que alguien así pudiera ejercer presión para que las personas lo respetaran? Respecto a Moisés y a todos los demás profetas, la situación tampoco era nada distinta.
«…Y Moisés era más humilde que todos los hombres sobre la faz de la tierra», está escrito. (Números 12:3)
No hay ningún relato en el que las personas que sirven a Dios, por alguna razón, hayan dicho a nadie por la fuerza, con amenazas, a golpes: «me tenéis que respetar». En cambio, esta cualidad la han mostrado quienes se alejan de Dios, y de las personas la han exigido incluso por la fuerza si era necesario. Con los verdaderos siervos de Dios, en cambio, las personas adoptaron una actitud justo contraria. La mayoría de las veces los despreciaron, los golpearon y les escupieron a la cara, los lincharon y los serraron con sierras, los arrojaron a hornos de fuego, fueron maldecidos por sus parientes más cercanos, y la humanidad no se abstuvo de hacerles cuanto mal estuviera en sus manos. Ellos, en cambio, dieron mucho valor al amor a Dios. Y sabían muy bien que esto no se lograba por la fuerza, con amenazas, atemorizando, a golpes. Al fin y al cabo, ¿qué valor tiene un respeto sin amor? Además, ¿cuánto dura la vida de un respeto así? Según yo, es cero. A una persona se la respeta por sus cualidades dignas de ser amadas. El respeto que se muestra por el rango, la etiqueta, la posición, la persona misma no se lo ha ganado. Por mucho que ella diga «este rango me lo gané yo, me lo dieron porque lo merecía», el respeto que se muestra se está dando únicamente a ese rango. Mientras esa persona no muestre esfuerzo por ganárselo de cada individuo que tiene enfrente, ese respeto se queda en ese rango y está vacío. El respeto y el amor, en realidad, deben ganarse. Aunque parezca terriblemente difícil, pueden ganarse. Sí, esto no será posible en todo lugar y con todo el mundo, pero la persona debe, aun así, hacer todo lo que esté en su mano. Por lo general, los rangos que se obtienen no se dan, de todos modos, según el amor que se muestra a las personas. Aunque los presidentes y los primeros ministros sean elegidos por el pueblo, también el pueblo que los elige hace esto no tanto por un sentimiento de amor, sino o bien dando valor al bienestar material que se les proporcionará, o bien porque no tiene otro remedio. Porque las promesas que los políticos hacen antes de llegar al poder van, por lo general, únicamente en esta dirección. De todos modos, si encima hablaran de amor, en eso soltarían un montón de patrañas, igual que en cuanto al bienestar. En resumen, si miramos a la esencia, ni el elector ama en el verdadero sentido a quien elige, ni el elegido a quien lo elige. En este tema, ambas partes tienen los mismos sentimientos. Si, mirando a aquellas personas que llenan las plazas, piensan «vaya, mira cuánto lo aman», es que están completamente equivocados. Aunque entre ellos haya algunos amantes soñadores que están allí porque quedaron impresionados por el color de su camisa o por la forma de su pelo, la gran mayoría viene por curiosidad, por el espectáculo, para presenciar la exhibición de fuerza. Y muchos, sin saber lo que hacen. Todos van a algún sitio, y él también va detrás de ellos.
Como el tema de mi libro tiene que ver con el ver, hay que señalar sin falta también esto: «ver es una aptitud». Porque la palabra «aptitud» se explica así en el diccionario:
Aptitud: fuerza innata adquirida en el hombre respecto a aprender cualquier cosa, hacer y completar un trabajo o adaptarse a una situación (sinónimo, capacidad).
Por mucho que nos parezca que ver con los ojos lo hacemos de manera natural, e incluso a veces en contra de nuestra voluntad, esto es realmente una aptitud. Y encima una aptitud que hay que desarrollar. Puede haber también quien diga: ¿qué aptitud nuestra relacionada con el ver podría desarrollarse? Lo que se relaciona con el tema en el que yo quiero detenerme más es «nuestra aptitud de mirar». De nuevo, no estaríamos para nada equivocados si dijéramos que tanto la aptitud de ver como la aptitud de mirar, ambas, se desarrollan. Desarrollar los músculos de nuestros ojos, o acostumbrarlos a la pereza, está también en nuestras manos. Si no los desarrollamos, no sería de extrañar que como consecuencia acabáramos necesitando por fuerza unas gafas. Pero ahora quiero detenerme un poco, más que en el ver, en desarrollar la aptitud de mirar. Es realmente un tema muy necesario, incluso a veces vital. La mayoría de los accidentes que nos suceden por falta de atención tienen que ver con esto. En las noticias, a esto se le llama en pocas palabras «falta de atención» y se pasa por alto. Sin embargo, la mayoría de las veces es una situación estrechamente relacionada con el ver y el mirar. Con las educaciones que recibimos, nosotros, sin siquiera darnos cuenta, hacemos que también esta aptitud nuestra se desarrolle. La perspectiva con que un niño mira a su alrededor cambiará continuamente a causa de la educación que recibe. Cuando mire las cosas que ve cada día en el mismo camino, ya sacará de ellas significados distintos. Por ejemplo, si está aprendiendo a leer por primera vez, intentará descifrar el significado de los letreros que ve en el camino. Si está aprendiendo a hacer cuentas por primera vez, a partir de las cifras que ve, sumando y restando, obtendrá en su cabeza ciertos resultados, aunque sean erróneos. El significado de aquellas letras, cifras y colores que antes le parecían a sus ojos carentes de sentido, después de la enseñanza que recibe, combinándolos, ya los mirará con ojos completamente distintos. Lo mismo vale también para distinguir con nuestros oídos y con nuestra nariz. Pero quedémonos en nuestro tema, que es el ver. Todos ellos tienen cualidades maravillosas, muy superiores. Como dije, yo no soy experto en ninguno de ellos. Sin embargo, usando con ejemplos la información general, me esfuerzo por explicar la existencia también de los seres que no podemos ver con nuestros ojos.
La razón por la que las personas muestran interés por las películas policíacas y de asesinatos también proviene de la aptitud de ver. De todo lo que a los ojos de la gente común parece muy natural, aquellos detectives, aquellos agentes, ven y sacan un significado. Y así ese detective puede encontrar al asesino o al culpable, sea quien sea. El lado más interesante que hallamos en estas películas que vemos durante horas con gusto es la aptitud de ver de esas personas. Lo que admiramos sintiendo por dentro fascinación, diciendo «vaya», es a veces que aquel detective ha resuelto el asesinato viendo algo que ni siquiera se nos pasaría por la mente. Y hay tantos detalles como estos relacionados con cada profesión que no se acaba de contarlos. Desde que un buen mecánico de coches determine la avería mirando la forma en que anda el coche, hasta que sepa que un coche que a nosotros no nos parece tener ningún defecto ya ha tenido antes un accidente. Que un cocinero, sin siquiera probarlo, confirme la exactitud de sus pensamientos sobre aquella comida solo con lo que ha visto: estos conocimientos son las aptitudes de ver y, por consiguiente, de mirar, que por su profesión, a veces a sabiendas o sin saberlo, han desarrollado naturalmente en sí mismos. Los pieles rojas eran, según se dice, muy diestros en seguir el rastro de los caballos o de todo lo que camina por tierra. Por ejemplo, podían descifrar el significado de las huellas de tal modo que sabían cuántos jinetes habían pasado por aquel camino, cuántas personas iban sobre los caballos, el sexo de esa persona por su modo de cabalgar, e incluso de qué ambiente podía provenir, y hasta si sobre el caballo había o no alguien enfermo o herido. Mientras un buen pastor llama por sus nombres a cada oveja del rebaño, para nosotros esos cientos de ovejas del rebaño son todas iguales. Esta aptitud, cuyos ejemplos he enumerado, se desarrolla con la enseñanza que se recibe, o con los conocimientos que con el tiempo se adquieren por sí solos. Sean niños pequeños o adultos grandes, hay muchos métodos para desarrollar estas aptitudes. Si de nuevo damos un ejemplo de lo más simple de nuestro tiempo, como los pasatiempos de encontrar los errores entre dos dibujos iguales en las revistas y los periódicos. En cualquier página de muchas revistas puede uno toparse con pasatiempos de adivinar los dibujos que no son del todo iguales entre sí, ya sean siete, ya sean diez. A veces tales concursos se hacen poniendo también un límite de tiempo. Cuantos más errores pueda encontrar la persona en poco tiempo, de ella dicen que es «alguien con la aptitud de ver desarrollada». El propósito de algunos test de inteligencia es también este. Con un montón de esos test se evalúa nuestra aptitud de ver, nuestra atención a las cosas que vemos, y qué hacemos combinando estas cosas con la inteligencia que poseemos como base.
Hay una expresión que oímos siempre: «zapatero, a tus zapatos». Esta expresión también ha surgido, de manera indirecta, de la aptitud de ver.
Un hombre, mientras recorría una exposición de pintura, se detiene largo rato ante un cuadro y sacude la cabeza sin sentido. El pintor ve también a este hombre en la exposición y se acerca despacio a su lado. Y le pregunta: «¿Qué le parece el cuadro?». El visitante dice sobre el retrato: «La hebilla de la bota que el hombre lleva en el pie está mal hecha». Ante la pregunta del pintor: «¿Cómo lo ha sabido?», responde: «yo llevo tantos años haciendo de zapatero; esta hebilla no es así, sino asá». Y el pintor coge enseguida las pinturas, los pinceles, y junto al hombre corrige la hebilla. El zapatero, al ver esto, con la mano en la barbilla, pensativo y en actitud crítica, dice: «el pantalón también está mal», ante lo cual el pintor responde: «zapatero, a tus zapatos». Y así esta frase se ha convertido en una expresión que subraya que las personas conozcan sus límites. No sé si realmente ocurrió, o si es solo una historia. Aunque sea quien fuere quien la inventó, el significado es bonito. El lado relacionado con nuestro tema es que la causa de que el zapatero viera la hebilla mal hecha de la bota y se diera cuenta de ello enseguida fue su conocimiento. El pintor también había calzado botas y sin duda había visto muchas botas, pero no mirando con el ojo con que veía aquel zapatero. Que el pintor, después de corregir aquel error suyo, será más cuidadoso la próxima vez, ese ya es otro tema. Nuestro ojo nunca mirará con el ojo con que veía aquel zapatero. Así que ver está muy estrechamente relacionado con la educación que se recibe, con las experiencias. Cuando somos ignorantes, ¿acaso no vemos? Sí que vemos, pero aquello que vemos no nos aporta ningún significado. Lo que un ignorante encuentra diciendo «una piedra amarilla», en cambio, atraerá muchísimo el interés de un joyero. Hay un montón de chistes de este tipo, contados en forma de humor. Yo, de nuevo, quiero llamar sobre todo la atención a la capacidad de ver con nuestros ojos espirituales.
Aunque también sobre este tema hay muchos hechos vividos, contaré con ejemplos los que me vengan enseguida a la mente. Por ejemplo, un hecho que voy a contar ocurre después de que los israelitas se libraran de la esclavitud en Egipto. Los pueblos de aquel país que vivían en las tierras que Dios daría a Israel como herencia se habían ganado la ira de Dios con sus vidas muy malas e inmorales. El más valiente de entre ellos, un pueblo de nombre Gabaón, viniendo con engaño a Josué, a quien Dios eligió y comisionó después de Moisés, presentándose como si vinieran de un país muy lejano, para hacer un tratado de paz entre ellos e Israel, piden que se den palabra unos a otros en el nombre de Dios. Porque Dios no quería que Israel hiciera tratado de paz con ninguno de estos pueblos del país. La situación, más que combatir entre naciones enemigas, es que el pueblo de Israel era como los oficiales ejecutores que ejecutaban el juicio de Dios a causa de los pecados de aquellas personas. Por ejemplo, como cuando un juez dicta la pena de muerte y hace que sea otro quien ejecute este trabajo. Como los de Gabaón también sabían que era así, recurren a semejante camino engañoso. (Josué, todo el capítulo 9) Así que estos hombres habían visto que Dios estaba con los israelitas. En los relatos esto figura ya claramente. Los de ustedes que conocen la Sagrada Escritura dirán: «la verdad es que, después de aquellos hechos, para no ver esto habría que estar ciego», pero quien no veía, no veía. Por ejemplo, desde el faraón, rey de Egipto, hasta todos los demás reyes heteos, amorreos, cananeos, ferezeos, heveos, no habían logrado de ningún modo ver esto. ¿Cuáles eran aquellas cosas que ellos no veían? Todas las aguas del país de Egipto y el río se convertían en sangre, caía granizo de fuego, en el país había tres días y tres noches de densa oscuridad, Egipto era invadido por ranas y langostas, morían todos los primogénitos del país excepto los israelitas, los mares se abrían, y un montón más de plagas y sucesos milagrosos se sucedían unos a otros. Y que todos iban a suceder lo decía también Moisés de antemano en el nombre de Dios. Sin embargo, aquel rey de Egipto en el papel de amo del mundo y sus gobernantes, y muchos otros reyes y los pueblos de aquel país, aunque vieran todas estas cosas, no podían sacar semejante significado. Si hay algo que es verdad, es que ellos miraban el oro diciendo «piedra amarilla». Sin duda veían, pero, a causa de sus pecados, no podían percibir lo que veían combinándolo con ciertas cosas. Los de Gabaón, en cambio, vieron, se esforzaron por salvar la vida aunque fuera con engaño, y la salvaron. Porque temieron a Dios. En cierto sentido, este valioso sentimiento suyo hizo que se les perdonara incluso el engaño que habían hecho. Por muy pecadores que fueran, así que, según eso, los dignos de la salvación se comportan conforme a ella.
Mientras estos hechos ocurrían en la misma región, gracias a su fe en Dios, a veces también individuos aislados pudieron salvarse a sí mismos. Por ejemplo, cuando dos espías israelitas fueron descubiertos en la ciudad, una mujer que era prostituta los salva escondiéndolos en la azotea de su casa, y dice:
«…Y antes que ellos se acostasen, la mujer subió a ellos a la azotea, y les dijo: «Sé que el Señor os ha dado la tierra, y que el temor de vosotros ha caído sobre nosotros, y que todos los habitantes del país se derriten ante vosotros. Porque hemos oído cómo el Señor secó las aguas del mar Rojo delante de vosotros cuando salisteis de Egipto, y lo que hicisteis a los dos reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán, a Sehón y a Og, a quienes destruisteis por completo. Lo hemos oído, y nuestro corazón se ha derretido, y ya no ha quedado aliento en nadie delante de vosotros; porque el Señor vuestro Dios, él es Dios arriba en los cielos y abajo sobre la tierra». (Josué 2:8-11), dice, y les toma palabra a estos hombres para salvar la vida de los de su propia casa. Cuando toda aquella ciudad fue pasada a espada y destruida, los israelitas no los tocan. A pesar de que sobre los reyes de todos los pueblos de aquella región había caído el miedo y el pavor, mientras unos buscaban la solución en combatir contra Israel, el pueblo de Dios, otros, como Rahab, la llamada prostituta, eligen sabiamente un camino. A veces lo que ve la prostituta que una sociedad llama de lo más simple y sin valor, no lo pueden ver ni los reyes, ni los superiores, ni los funcionarios, ni el simple pueblo. Y esto figura en los relatos de la Sagrada Escritura, que llamamos el libro de Dios. Todavía miles de años después seguimos leyendo acerca de estas personas. Además, aquella mujer llega a ser la bisabuela del profeta David, que más adelante nacería y haría nombre entre los más valiosos profetas de Dios. (Mateo 1:5-6; Hebreos 11:31; Josué 2:1) Que esta mujer tuvo después un hogar y una familia honrada entre el pueblo de Israel lo leemos de los relatos que vienen más adelante. De todos modos, era del todo impensable que volviera a ejercer la prostitución, porque en las leyes que Dios dio no había permiso para ello. (Éxodo 20:14; Levítico 19:29; Deuteronomio 23:17) Está claro también que aquella mujer, sin duda, hacía antes este trabajo a causa de condiciones forzosas que tenían un lado real. Porque los relatos nos señalan que será así. Por ejemplo, esta mujer, después de hacer el tratado con los agentes israelitas, va enseguida a los de su casa, a su padre y a su madre y a sus parientes, y los reúne junto a sí. (Josué 6:22-24) Porque, según su tratado, los israelitas no harían nada a la casa a cuya ventana ataran un cordón rojo. Todos los demás que estuvieran en la ciudad, en cambio, morirían. Todos aquellos hermanos, parientes y el padre y la madre confían en la palabra de esta mujer, se fían de ella, y se reúnen en aquella casa. Así que estaba claro que era una mujer de palabra. Tampoco veamos esto siempre como si fuera del todo normal. En un hecho parecido a este, antes de destruir a los pueblos de las ciudades de Sodoma y Gomorra, Dios envía dos de sus ángeles, es decir, para salvar a Lot y a su familia. Lot, que comprende la seriedad del asunto, va primero a los hombres que iban a ser sus yernos, es decir, a los jóvenes prometidos con sus hijas. Ellos, en cambio, ni siquiera se toman en serio estas palabras de Lot. Y encima siendo Lot una persona tan honrada. Y así perecen en la destrucción de la ciudad. (Génesis 19:14)
Al leer los relatos cuyo final conocemos, o cuyo final conoceremos enseguida, no veamos los comportamientos insensatos de aquellas personas como si fueran un cuento sin sentido. Nosotros leemos en unas pocas páginas los 20, 30 o 50 años que figuran en aquellos relatos, y por eso así nos lo parece. Es más, en aquellos relatos a veces un tiempo de 950 años se trata en dos páginas. Que estas cosas no nos engañen y nos hagan decir «yo nunca haría semejante insensatez». Aunque vivimos en un mundo igual, e incluso mucho peor y parecido, como humanidad miramos aquellos hechos que están ante nuestros ojos en un estado del todo indiferente. Y quienes los ven y los entienden, con el pensamiento de «que la serpiente que no me toca a mí viva mil años», buscan una concha en la que esconderse y callan ante aquellos hechos feos. Si aquellos de quienes decimos que mejor ven temen, callan y observan sin hacer nada, ¿qué podemos esperar de quienes no ven?
Cuando leemos los relatos que figuran acerca de Jesucristo, se viven también hechos parecidos a estos. Los israelitas llevaban siglos esperando un salvador llamado Mesías. Ellos poseían incluso profecías llenas de detalles sobre dónde nacería. Cosa asombrosa, solo 12 personas creen que él es el Mesías. Y una de ellas encima traiciona y lo entrega. Es decir, en total, 11 personas activas. Cierto es que mucha gente se convenció de que Jesús era el Mesías, pero no como estos 11 apóstoles. De nuevo, de los relatos leemos también que muchas mujeres servían a Jesús con todo lo que tenían. (Marcos 15:40-41; Lucas 8:1-3) A pesar de todo esto, en el último suceso, incluso la persona que decía «Tú eres el Mesías del Dios viviente» lo negó. A pesar de que ocurran tales fallos, lo que yo quiero dar a entender es que algunas personas poseen el espíritu de poder ver las verdades. Estas personas, a pesar de sus pecados, a pesar de sus errores, aun así vieron. Y encima vieron cosas que nadie veía. De nuevo, cuando leemos los lugares que tratan de la vida de Jesús, el que nosotros comprendamos que él era el Mesías, o al menos un profeta de Dios, parece del todo natural. Que las personas impresionadas por Jesús y por aquellos milagros lo abandonaran no tarda para nada mucho tiempo. Cuanto más despreocupadas y cobardes eran las personas que figuran en aquellos relatos, así también lo somos nosotros. Esto, al menos, lo demuestran nuestras obras. Decimos que vemos, pero, al comportarnos como si fuéramos ciegos, amontonamos aún más pecado sobre nosotros. Como dijo Jesús, ojalá no hubiéramos visto nunca.
Y Jesús dijo: «Para juicio he venido yo a este mundo, para que los que no ven, vean, y los que ven, sean cegados». Algunos de los fariseos (una secta) que estaban a su lado, al oír estas cosas, le dijeron: «¿Acaso también nosotros somos ciegos?». Jesús les dijo: «Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero ahora, porque decís: «Vemos», vuestro pecado permanece». Juan 9:39-41
Cuando Mahoma dijo que era profeta, al principio su tío lo insultó y todos lo abandonaron, y no quedó nadie a su alrededor. Es más, se vio incluso obligado a huir de aquellos lugares por su vida. Estos relatos, que no figuran en el Corán, nos los habían enseñado como conocimiento histórico, pero eran ciertos. Algunos relatos del Corán también están escritos en un sentido que confirma estos pensamientos. Poco a poco las personas empiezan a ponerse del lado de Mahoma. Hay incluso quien dice: «los árabes ignorantes fueron siempre ciegos, de todos modos». Pero créanme, este ver del que yo hablo no tiene nada que ver con la ignorancia ni con la sabiduría.
La saciedad del espíritu
La ceguera espiritual también se describe como el oscurecimiento del corazón. En cierto sentido, es correcto. Como en la oscuridad no se puede ver nada, el oscurecimiento de los ojos espirituales que aquí simbolizamos con nuestro corazón, es decir, de nuestra comprensión, significa la pérdida de nuestra capacidad de discernir. Incluso alguien cuyos ojos físicos ven muy bien, no puede ver en la oscuridad y se golpea de un lado a otro. El oscurecimiento del corazón, aunque en el diccionario significa pesimismo, al mismo tiempo indica que nuestros ojos en sentido espiritual no pueden ver. Contra qué cosas se golpeará uno después, el tiempo lo dirá. Miren nuestro mundo; sin duda verán las vidas de las personas, las cosas a las que dan valor, por qué se devoran unos a otros, por qué sufren angustia y por qué se afanan cada día. Las cosas que ven a su alrededor y oyen en las noticias, que terminan en infelicidad y dolores, son las cosas contra las que nosotros los seres humanos nos golpeamos. De algunas nos libramos por casualidad al pasar, no porque las hayamos visto. Así como el cauterizar la conciencia significa que la conciencia queda insensible para distinguir el bien del mal, así también el oscurecimiento del corazón significa quedar incapaz de seleccionar los acontecimientos y captar su significado, incapaz de ver. Mientras que el que los ojos no vean y quedar ciego produce en las personas una terrible aflicción, ese oscurecimiento del corazón del que hablo, el que la conciencia esté cauterizada, la ceguera espiritual, parece no afectar en absoluto a las personas. De igual modo, una persona que ve con sus ojos no se conmueve tanto en su propio nombre por las cosas que oye acerca de los ciegos y de la ceguera. Pero cuando se trata de que él mismo pueda quedar ciego, entonces esto le interesa. Tampoco nos conmovemos mucho cuando oímos hablar del estado de ceguera espiritual y de estar en tinieblas espirituales. Este tema la mayoría de las veces no nos interesa en absoluto. Sin embargo, la situación es urgente y sin duda debemos hacer algo. ¿No haríamos todo lo posible para no quedar ciegos en sentido literal? Además, una persona que se encuentra en ceguera espiritual, si quiere, puede volver a hacer que esos ojos vean. Y lograrlo está en sus propias manos.
Las personas que no pueden ver con sus ojos físicos vienen a Jesucristo y le suplican que se les abran los ojos. Y Jesús a veces les hace una pregunta. Por ejemplo, dice: «¿Crees que puedo hacer esto?». (Mateo 9:27-28) Y ellos responden: «Sí». No entendamos ese «sí» como algo dicho de labios, dicho por decir. Porque si fuera así, no habrían podido engañar a Jesús. Estas personas creyeron de corazón, sin dudar de que Jesús había sido enviado por Dios. Eran ciegas, pero creyeron viendo con sus ojos espirituales lo que habían oído acerca de Jesús. Además, esa fe les hizo ganar también ojos físicos que ven. ¿Es esto una infelicidad? Rotundamente no. Ambas maneras de ver hacen feliz al ser humano. Aunque a veces las cosas que vemos y sentimos sean muy feas, nunca queremos perder esta capacidad nuestra. Lo fácil es estar ciego; ver, en cambio, es difícil. Por eso hemos explicado el ver como «una capacidad». La capacidad es una cualidad que hay que adquirir. Aunque los órganos de los sentidos que tenemos, como el ojo, el oído, la nariz, la piel y el paladar, nos fueron dados por Dios como un regalo, sin haberlos ganado, a estas cosas que poseemos o bien las embotamos, o bien podemos desarrollarlas para que sean más finas y sensibles. Solo que no hay una regla fija de que estos funcionen automáticamente siempre de la mejor manera y con la máxima sensibilidad. Como dije, esto es algo que depende mucho también de nosotros. Si pongo el ejemplo de la computadora, quizá pueda explicar más fácilmente lo que quiero decir.
Aunque dentro de una computadora comprada en una tienda haya ciertos datos y programas para hacerla funcionar, esto es solo lo general. Es decir, digamos que es como el ojo, el oído, la nariz y los demás órganos de los sentidos que toda persona posee por naturaleza de nacimiento. Lo que ustedes hagan de ahí en adelante con esa computadora es mucho más importante. Lo que le den a la computadora, es decir, lo que le carguen, es lo único que ella podrá devolverles. Tampoco pueden esperar que les dé algo que no tiene. Con esto está en sus manos enriquecer esa computadora ya sea como una biblioteca municipal, ya sea como una compañía de música, o incluso como un estudio fotográfico, con toda clase de cosas que se les puedan ocurrir. O, por el contrario —lo cual me pasó a mí muchas veces cuando no sabía usarla— tampoco es difícil que ese aparato que posee esas valiosas cualidades se convierta en una caja irritante, que no sabe lo que hace, que no entiende ni de manos ni de brazos, ni de palabras ni de razones. Como las cualidades que nosotros poseemos de nacimiento, también la computadora ya posee ciertas cualidades cuando sale de la producción a la venta. O bien la desarrollamos y enriquecemos, o bien, por el contrario, nosotros mismos le añadimos después a la computadora cualidades que llegan hasta enloquecer a la persona. Esto no vale solo para la computadora, sino que en cierto sentido vale para todo. Dichos como «lo que siembres, eso cosecharás» no se han dicho en vano.
El desarrollo espiritual en las personas, sobre el cual nunca nos detenemos y la mayoría de las veces ni siquiera conocemos su significado, también es muy importante. Ese espíritu que hay que desarrollar sin duda debe poder ver, y también debe poder discernir lo que ve. Dirán: «¿Acaso no ve ya de nacimiento?». Sí, como nuestros ojos, también él ve. Así como la educación y la enseñanza que recibimos para la capacidad de ver con los ojos físicos o bien nos desarrollan en este aspecto o bien a veces pueden embotarnos, así también es la situación respecto a nuestro espíritu. Lo mismo que significan los libros que ve y toda clase de escritura para alguien que nunca aprendió a leer y escribir, de manera semejante nuestros ojos espirituales, no educados, dejados en la ignorancia, tienen únicamente una capacidad de ver en ese sentido. La humanidad, consciente de esto, también ha hecho algo por nuestro desarrollo espiritual. Cuando miramos al mundo en general, en realidad no se puede evitar sacar un resultado negativo de lo que han hecho. Es como si se hubieran esforzado no por desarrollar espiritualmente, sino por embotar y cegar. En realidad, sería más realista que en esta frase, en lugar de la palabra «como si», usáramos la palabra «especialmente».
El desarrollo espiritual de la humanidad, el responder a sus problemas, lo han asumido sobre todo las instituciones religiosas, las sectas, las organizaciones, los psicólogos y algunas otras instituciones. Las más grandes de ellas, sin comparación posible con ninguna otra por su falta de rival, son las religiones y las sectas ligadas a ellas. Las religiones, como están seguras de la existencia de estos ojos espirituales en las personas, se esfuerzan, supuestamente, por desarrollarlos. De nuevo, si hay que decir la verdad, ellas, esos ojos en las personas, en lugar de dirigirlos hacia donde deben mirar y ver, los vuelven hacia direcciones completamente distintas y, como en el ejemplo de la computadora, aparte de enloquecer a las personas, si es necesario están dispuestas incluso a sacar los ojos que ven para cegarlos. Y no vayan a creer que ellas mismas ven en este asunto. Acerca de esos religiosos, de nuevo Jesucristo dice palabras hermosas y esclarecedoras para nosotros sobre este tema. Como todo el asunto tiene mucho significado, en lugar de solo esa frase yo escribiré todos los versículos. Porque si doy únicamente la ubicación del versículo, quedará sin sentido. Y además supongo que por lo general nadie se tomará la molestia de abrir ese lugar y leerlo. Dejar un libro y abrir otro no se deja de hacer por pereza. Sin embargo, es una de las cosas que un buen investigador tiene forzosamente que hacer. Vengamos a lo que Jesús dice acerca de esos religiosos sobre este tema.
En esto, algunos fariseos (una secta judía de aquel tiempo) y escribas de Jerusalén vinieron a Jesús y le preguntaron esto: «¿Por qué tus discípulos van contra la tradición de nuestros antepasados? No se lavan las manos antes de comer».
Jesús les dio esta respuesta: «¿Y ustedes, por qué van contra el mandamiento de Dios en favor de su tradición? Dios ordenó así: «Honra a tu padre y a tu madre», y: «El que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado sin falta con la muerte». Pero ustedes dicen: «Cualquiera que diga a su padre o a su madre: toda ayuda material que ibas a recibir de mí está dedicada a Dios, ya no está obligado a honrar a su padre». De ese modo, en favor de su tradición, han anulado la palabra de Dios.
¡Hipócritas! Qué acertada es la profecía que Isaías dijo acerca de ustedes: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me adoran, porque lo que enseñan son solo reglas de hombres»». Jesús llamó a la gente a su lado y les dijo: «Escuchen y graben esto. Lo que contamina al hombre no es lo que entra por su boca. Lo que contamina al hombre es lo que sale de su boca». En esto, sus discípulos vinieron a Él y le dijeron: «¿Sabes que los fariseos se ofendieron al oír estas palabras?».
Jesús dio esta respuesta: «Toda planta que mi Padre celestial no haya plantado será arrancada de raíz. Déjenlos; ellos son guías ciegos de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo». Pedro dijo: «Explícanos esta parábola». «¿Todavía ustedes tampoco entienden?», preguntó Jesús. «¿No saben que todo lo que entra por la boca baja al estómago y de ahí se echa a la letrina? Pero lo que sale de la boca procede del corazón. Y eso es lo que contamina al hombre. Porque del corazón proceden los malos pensamientos, el homicidio, el adulterio, la inmoralidad sexual, el robo, el falso testimonio y la calumnia. Estas son las cosas que contaminan al hombre…». Mat 15:1-20
La frase «si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo», ¿acaso no es realmente verdadera? En este ejemplo, Jesús, usando a los ciegos literales, en realidad habló de los ciegos espirituales. Aunque nuestros ojos vean, cegarlos está de nuevo en nuestras manos. No pensemos necesariamente en clavarnos algo en el ojo a propósito. No es difícil que quedemos ciegos por las cosas equivocadas que hacemos por ignorancia, y a veces por terquedad. Además, hay ciertos oficios en los que las personas deben tener cuidado en este aspecto. Lo más simple: aunque no se puede concebir soldar a ojo desnudo, aún hay muchas personas que lo hacen. Junto a muchos oficios como este, tampoco es una minoría la gente que, no usando las posibilidades que tiene en sus manos, se esfuerza como conscientemente por embotar sus ojos. En seguida nos damos cuenta cuando nuestro ojo no ve. Los ojos espirituales, en cambio, no son así. Así como nos damos cuenta del hambre de nuestro cuerpo y, cuando no lo saciamos, sentimos un apetito, un impulso, una incomodidad continuos, el darnos cuenta de nuestra hambre espiritual y hacer algo para saciarla no es tan apremiante ni tan insistente como en nuestra hambre corporal. Y si además no somos conscientes de estas cosas, aunque nos sintamos incómodos —y toda la humanidad sufre mucha incomodidad en este asunto—, al buscar la causa en lugares completamente distintos solo vamos hacia dolores e infelicidades mayores. Y precisamente somos dirigidos a buscar en esos lugares. Los televisores, las películas, las radios, la educación y enseñanza que recibimos en las escuelas, los libros que se escriben, los periódicos, los anuncios, etc., que Dios los bendiga, se esfuerzan muchísimo en este asunto. Con todo esto hemos producido un mundo vacío y hombres vacíos a quienes agradan las cosas vacías. Como toda la humanidad, estamos en la situación de aquellas palabras que Dios dijo acerca de la nación que en cierto tiempo había escogido, antes de su destrucción:
Todo esto vino sobre los israelitas porque habían pecado contra Jehová su Dios, que los había librado del yugo del faraón de Egipto y los había sacado de Egipto. Porque habían adorado a otros dioses y habían vivido según las costumbres de las naciones que Jehová había expulsado de delante del pueblo de Israel, y según las reglas que habían puesto los reyes de Israel. Habían hecho en secreto estas cosas que Jehová su Dios no aprobaba, y habían levantado lugares de adoración en todas partes, desde las torres de los centinelas hasta las ciudades amuralladas. Sobre toda colina alta y debajo de todo árbol frondoso levantaron piedras erigidas e imágenes de Asera. Quemaron incienso en todos los lugares de adoración, como las naciones que Jehová había expulsado de delante de ellos. Con las maldades que hicieron provocaron la ira de Jehová. Adoraron ídolos a pesar de que Jehová había dicho: «No harán esto». Jehová había advertido al pueblo de Israel y de Judá por medio de todos los profetas y videntes, y les había dicho: «Vuélvanse de sus malos caminos», «cumplan mis mandamientos y mis reglas, obedeciendo toda la Ley Santa que ordené a sus antepasados y que les envié por medio de mis siervos los profetas». Pero no escucharon, y se obstinaron como sus antepasados, que no confiaron en Jehová su Dios. Despreciaron las reglas de Dios, sus advertencias y el pacto que había hecho con sus antepasados, y fueron tras ídolos sin valor, y así perdieron también su propio valor. (anduvieron tras la vanidad y se volvieron hombres vanos) Aunque Jehová les había dado mandamiento de que no vivieran como las naciones que los rodeaban, vivieron según las costumbres de las naciones. Abandonaron todos los mandamientos de Jehová su Dios. Se hicieron dos becerros de fundición y una imagen de Asera para adorar. Adoraron los cuerpos celestes. Sirvieron a Baal. Sacrificaron en el fuego a sus hijos y a sus hijas. Practicaron la adivinación y la hechicería. Hicieron lo que era malo a los ojos de Jehová, y entregándose a la maldad lo provocaron a ira. Jehová se enojó mucho con los israelitas, y los expulsó de su presencia a todos, excepto a la tribu de Judá.
Ni siquiera los de Judá cumplieron los mandamientos de Jehová su Dios. Vivieron según las costumbres que Israel había adoptado. Por eso Jehová rechazó a todo el linaje de Israel. Los castigó entregándolos en manos de saqueadores. A todos los expulsó de su presencia. 2 Reyes 17:7-20
En la antigua traducción turca, en el versículo de 2 Reyes 17:15, en lugar de:
«Despreciaron las reglas de Dios, sus advertencias y el pacto que había hecho con sus antepasados, y fueron tras ídolos sin valor, y así perdieron también su propio valor», tradujo exactamente de esta manera: «…despreciaron sus estatutos, y su pacto que había hecho con sus antepasados, y sus testimonios con que les había amonestado; y anduvieron tras la vanidad, y se volvieron hombres vanos…».
En muchas traducciones a idiomas extranjeros también se usa palabra por palabra esta expresión: «se volvieron hombres vanos». Lo que les sucedió a ellos, o bien lo leemos como historia, o bien nos aburrimos y no le damos ningún valor. Pero ¿acaso, huyendo de esta información, podremos cambiar los pensamientos de Dios? Si por casualidad están leyendo este libro en turco, no vean tampoco estas palabras como un libro escrito solo para los turcos. Yo con estos escritos me refiero a toda la humanidad.
Hay una angustia, pero no la comprendemos. La humanidad, aburrida, oprimida por dentro, pesimista, que haga lo que haga de ningún modo puede ser feliz, aunque al final recurra al alcohol, al cigarrillo, a las drogas, al sexo desenfrenado y desviado, no encuentra lo que esperaba. Todo esto procede del hambre espiritual y de no saciarla, o de no poder saciarla. La humanidad busca algo y cree constantemente que saciará su espíritu con las cosas que le da a su cuerpo, pero en vano.
Aunque la satisfacción de nuestra hambre corporal parezca fácil, como en casi todos los temas, en este también nos equivocamos mucho. Nuestros trastornos físicos la mayoría de las veces proceden de una alimentación equivocada. Incluso en lo que parece lo más simple cometemos errores terribles. La mayoría de las veces o bien no sabemos —de todas maneras casi no enseñan nada sobre estos temas—, o bien, usando nuestro propio esfuerzo, ni siquiera nos tomamos la molestia de saber. Uno de esos soy yo. En toda mi vida de secundaria recibimos educación solo con datos simples del tipo «en qué alimentos se encuentra la vitamina C». Sin embargo, yo no sabría ni siquiera sembrar una cebolla y cultivarla como es debido. Pues bien, ¿cuántos egresados de secundaria y de universidad saben esto? ¿Acaso es también por eso un trabajo muy sin valor y vano según nuestro tiempo? Comer todo lo que nos apetece nos parece que hacemos algo bueno y correcto. Ni siquiera sabemos qué es necesario para nuestra salud corporal, qué es innecesario e incluso qué combinaciones alimenticias pueden ser dañinas. Sin embargo, el comer y llegar a disfrutar del sabor de los alimentos empieza primero en la mente. Como comemos las comidas que se asientan en nuestra mente y conocemos su sabor, nos apetecen. Aquello que nunca conocimos ni comimos, aunque tengamos hambre, la mayoría de las veces nuestro interior no lo deseará. Es más, aunque sea muy provechoso, hasta podemos sentir asco de esa comida. Aunque en los años de la niñez, por más hambre que tengamos, nuestro interior no acepte algunas cosas, el sabor que se asienta en nuestra mente y el conocimiento que tenemos acerca del provecho de esas comidas desarrollará en nosotros, con el tiempo, un apetito diferente. Cuando yo era niño no me gustaba nada el pescado, y menos aún el rodaballo, pero ahora quizá el rodaballo se ha vuelto mi pescado preferido. Es tan caro que ahora tampoco puedo comprarlo y comerlo siempre. Detestaba el guiso de apio. A fuerza de comerlo, aunque fuera obligado, porque decían que era provechoso, ahora me gusta mucho. Es decir, primero nuestro cerebro debe conocer esa comida. Y esto por lo general empieza primero dentro de la familia. La cultura de comer realmente empieza a desarrollarse en la familia, en la niñez. El que esas personas pobres que se han enriquecido después estén excesivamente pasadas de peso a veces se debe también a los nuevos tipos de alimentos que descubren. Sin alargar demasiado el tema, vengamos a donde quiero llegar. Así como toda nuestra salud corporal, es decir, física, e incluso nuestra belleza, están muy estrechamente relacionadas con nuestra alimentación, también nuestra salud espiritual depende de cómo alimentamos nuestro espíritu. Tanto que las quejas corporales de la persona cuya salud espiritual está trastornada irán aumentando poco a poco. Porque si estos no están en armonía uno con otro, llega el día en que ambos sin duda se afectan mutuamente.
Por ejemplo, alguien que tiene un dolor terrible en su cuerpo no puede silbar ni cantar canciones. Y aunque lo haga, no disfruta. De nuevo, alguien que se retuerce con una dolencia corporal también tendrá dificultad para percibir las cosas espirituales. Los enfermos de cáncer, en sus últimas etapas, si no se les administra morfina, sufren mucho dolor. A estas personas, sea lo que sea lo que se les vaya a explicar sobre temas espirituales, incluso aunque sean cosas que ellas deseen, como su mente está siempre en sus dolores no pueden lograr una concentración plena. Al contrario de esto, es igual la situación de alguien que, siendo corporalmente sano y firme, está en dolores espirituales. Si van a leer las Sagradas Escrituras, o si las han leído, verán incluso que muchas personas con angustias espirituales suplicaban a Dios y a sus profetas que les ayudaran. Sobre todo en el Evangelio, a los dolores espirituales de estas personas angustiadas también causaban otras criaturas espirituales. (Mateo 4:24; Mateo 8:16; Mateo 12:22; Lucas 6:32-34; Hechos de los Apóstoles 19:12) No leamos estos versículos como si fueran un cuento. Esas personas no eran ninguna leyenda, eran reales. Cuando leemos acerca de Jesucristo en el Evangelio, aunque muchas personas vinieron a Él para sanar, en los registros no vemos que hayan venido todos los discapacitados de Israel. Es decir, algunos no creían en esto. Y para los que estando espiritualmente enfermos fueron sanados, la situación no es diferente. Jesús, en aquellos tiempos, sanó únicamente a los que se daban cuenta de esta enfermedad suya y creían para sanar. ¿Acaso la situación es diferente en nuestros días? Hay muchísimas personas que están enfermas y no se dan cuenta. Tanto en el aspecto corporal como en el espiritual. Para lo que ni siquiera se advierte no se busca ni ayuda ni remedio. Si las personas no sienten espiritualmente ninguna carencia, entonces tampoco buscarán remedio. O quizá sin duda hay una carencia, la hay, pero uno la busca de maneras y en ambientes completamente distintos. Y lo peor de todo, ya sea corporal o espiritual, es caer en manos de un médico equivocado, inexperto y malo. Es muy acertado el refrán que dice: «El medio médico quita al hombre la vida, y el medio maestro quita a la persona la fe».
El Creador de toda la humanidad es también el que mejor conoce nuestro espíritu y cómo saciarlo y educarlo. Como los religiosos fanáticos, decir «debemos consultar cada dolencia espiritual nuestra a un religioso y esperar ayuda solo de él» es una insensatez. Sin duda Dios sabe lo más correcto de todo. Pero no todo el que dice creer en Dios es el portavoz o representante de Dios. Otra realidad es que las personas que no creen en Él también poseen conocimiento correcto en muchos temas. O digámoslo así: todos los alimentos, las bebidas y el sol son de Dios, pero Él los da tanto a los buenos como a los malos. (Mateo 5:45-46) Es más, esos que llamamos incrédulos, sin Dios, a veces, pensando de manera más razonable y lógica que muchas personas creyentes, religiosas, ligadas a su religión y organización, ven y evalúan muchos acontecimientos de forma mucho más humana y clara. (Lucas 16:8) Yo no quiero juzgar qué es ni cómo es la religiosidad de las personas que formaron esas religiones. Más que el hecho de que anden por el camino equivocado, califico de gran ceguera el que se vean y se presenten a sí mismas como la única y exclusiva fuente de la verdad. Ningún hombre de Dios se ha vanagloriado ni ha proclamado: «El más correcto soy yo, no hay otro fuera de mí». Ni siquiera Jesucristo, en quien los cristianos creen como Hijo de Dios (lo cual solo es correcto cuando se mira desde el aspecto espiritual) y que era perfecto como Adán en el principio, mencionado también en el Corán (sura Al Imrán (3):59), aceptó semejante atribución, sino que dio la gloria a Dios. En el Evangelio se relata una conversación así:
Cuando Jesús salía al camino, alguien vino corriendo a su lado. Se arrodilló delante de Él y le preguntó: «Buen maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?».
Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Uno solo hay que es bueno, y ese es Dios». Marcos 10:17-18
Estas personas nunca fueron del tipo vanidoso. Su humildad tampoco era un espectáculo ni una hipocresía, sino, al contrario, una realidad que venía de sus corazones sinceros. Y las palabras que decían expresaban las verdades.
Pues bien, una persona que es consciente de todo esto, ¿cómo debe saciar su hambre espiritual? ¿Dónde debe buscar los comedores, los restaurantes, los mercados que la sacien? Para una persona sin experiencia esto puede parecer muy difícil, incluso imposible. Solo unas pocas preguntas pueden ayudarnos acerca de esto. Por ejemplo: «El que creó toda la tierra y todo el cielo y sacia dentro de ellos a los seres humanos y a los animales con tantas clases de alimentos, ¿acaso nos ha abandonado al hambre y a la escasez en el aspecto espiritual? ¿Su propósito es hacernos infelices, o más bien anhelar que vivamos en un mundo feliz y tranquilo?». Si a estas dos preguntas tan simples damos respuestas positivas, orientadas a nuestro provecho, quiere decir que hay esperanza para nosotros. Porque, aunque no tengamos el conocimiento para responder a esta pregunta, aceptaremos al menos lógicamente que Dios nos ha provisto suficiente alimento también en los temas espirituales.
Por ejemplo, las Sagradas Escrituras y el Corán, que en nuestro tiempo se obtienen por la vía más barata y fácil, fueron escritos por la voluntad de Dios y también han sido preservados hasta nuestro tiempo. Si no hacemos de los puntos, las comas y los errores de imprenta sin valor, ni de las traducciones con interpretaciones equivocadas, una cuestión de vida o muerte, veremos que poseemos abundantes alimentos espirituales. En mi opinión, Dios permite especialmente tales cambios para que sean como una trampa para aquellos que tienen un defecto en su espíritu. Pero la trampa no la pone Dios; son ellos mismos quienes desarrollan la actitud de corazón que los lleva a su propia perdición. (Al Imrán (3):7; 2 Pedro 3:14-18) Según ellos, «los hombres corrompieron y cambiaron la palabra de Dios». Como también escribí en el libro «Las Mafias de la Religión y Nosotros», si nos atrevemos a creer esta afirmación, hacemos a Dios mentiroso. Porque Él dice claramente en todos los libros sagrados que preservará su palabra. (Al Anam (6):34 y el versículo 115; An Nisa (4):136; Salmos 12:6-7; 1 Pedro 1:24-25; Mateo 24:35) Los cambios en los puntos, las comas, los números, los lugares y los tiempos que aparecen en esos libros no nos alejan de Dios ni de conocer sus cualidades. Ya sea el Corán o las Sagradas Escrituras, he leído con gran gusto a quienes los critican. Nunca ha sido cuestión de que yo conozca mal a Dios por los temas que ellos llaman «cambiados» o «falsos». Algunas personas no toleran ni siquiera la realidad tan simple del «ver Dios siempre el futuro». Es más, a pesar de que dicen creer en esos libros. A esta y otras informaciones semejantes que no les agradan, con interpretaciones equivocadas del tipo «ahí no se quiere decir así sino de esta otra manera», creen que se engañan a sí mismos y a quienes los siguen. Está bien, al final cada uno debe creer como quiera. Cada uno debe poder escoger tanto lo correcto como lo erróneo como quiera. Como yo no soy legislador, no quiero hacer una interpretación de dónde deben empezar o terminar los límites de estas cosas. Como toda la humanidad rendirá cuentas en su propio nombre, cada uno es responsable de su creencia, de aquello en lo que quiere creer, de sus interpretaciones correctas o erróneas. Con el espíritu que Dios dio, el sabio Salomón expresa estas verdades en la sección de Eclesiastés de las Sagradas Escrituras:
El fin del asunto es este: todo se ha oído; teme a Dios y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios llevará a juicio toda obra, junto con toda cosa oculta, sea buena o sea mala. Eclesiastés 12:13-14
Así de simple. No hay nadie que escape o se libre de este juicio. Y como nuestro Juez será Dios, nadie podrá darle soborno delante de Él, ni engañarlo, ni hacer fraude. Como todas estas cosas serán así, no necesitamos angustiarnos ni temer por nuestra rectitud, por nuestra sinceridad, por nuestra honradez y, lo más importante de todo, por nuestro amor. Nuestros errores ya existen y existirán. Pero a las cosas que hacemos especialmente a sabiendas no se les llama error. En estos temas debemos examinarnos a nosotros mismos con sinceridad. Consejos largos y largos sobre estas cosas ya los hemos recibido todos desde el nacimiento en todas partes del mundo, o los seguimos recibiendo. Yo no quiero detenerme en esas cosas que parecen un caos, del que hablo, sino en el tema de la importancia de que nuestro espíritu vea y de cómo debemos alimentarlo.
Cómo alimentamos nuestro espíritu afectará de una manera que podría llamarse terrible tanto a nuestros ojos físicos como a los espirituales. Desde los significados que sacamos de las cosas que miramos hasta las cosas que oímos, leemos, escuchamos y hablamos; nuestro acostarnos y levantarnos, nuestro comer y beber, nuestro andar e incluso, si hay que exagerar, hasta nuestra apariencia se verán afectados por esto. Yo no soy científico del espíritu, ni psicólogo ni nada, pero les recomiendo también que crean con toda seguridad que estas cosas son así. Junto con las cosas que enumeré, en este asunto hasta nuestra salud tendrá su parte. Si mostrarán un efecto en el buen sentido o en el mal sentido, esto dependerá de los alimentos que recibamos. Porque es muy importante con qué alimentamos nuestro espíritu. El espíritu humano, desde el escuchar música hasta la puesta del sol, hasta el paisaje de una montaña, un bosque, un mar, se ve afectado, y siente de estas cosas un alivio, y a veces también una incomodidad. Esto depende de las cosas que ve, escucha y percibe. La razón por la que en la saciedad del espíritu llamo continuamente la atención sobre las palabras de Dios es que quiero decir que, como todo el mundo de la humanidad, podemos comer y beber de esa fuente sin ninguna preocupación. Como humanidad, una situación interesante es también que nuestro espíritu busca siempre una creencia. Vayan a donde vayan en el mundo, hasta la tribu más pequeña que vive en los bosques llamados vírgenes tiene una creencia que enaltece y adora. Y ello a pesar de que nadie les enseñó nada. Así como la humanidad, en cualquier parte del mundo que esté, posee el sentimiento y la necesidad del hambre para saciar su cuerpo, es totalmente evidente que también posee los mismos sentimientos respecto a la creencia y a buscarse un Dios. Y de esto se saca este significado: poseemos de nacimiento este sentimiento de buscar a Dios que está en nuestra naturaleza, en nuestro interior. Como también está escrito en el libro:
El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que hay en él, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos; como es Él mismo quien da a todos vida, aliento y todas las cosas, no es servido por manos de hombres como si necesitara de algo; y de una sola sangre hizo a cada uno de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra, señalándoles sus tiempos determinados y los límites de sus moradas; para que busquen a Dios, y si es posible, a tientas (buscándolo) lo hallen; aunque Él no está lejos de ninguno de nosotros; porque en Él vivimos, nos movemos y existimos; como también algunos de vuestros poetas han dicho: «Porque linaje suyo somos (somos su descendencia)». Hechos de los Apóstoles 17:24-28
Cuando se mira la historia, la humanidad ha ido por caminos de diversas formas para satisfacer esta necesidad. La existencia de muchas religiones y la creencia en toda clase de dioses se debe a esto. Aunque las personas de los países del mundo llamados «modernos» se esfuerzan por reprimir estos sentimientos con las cosas que obtienen con el placer y el dinero, ellas también poseen la misma necesidad. Puesto que hay un solo Dios que creó a toda la humanidad y todas las cosas, así como para nuestro cuerpo, también para nuestro espíritu debe ser Él mismo quien sabe y da cuál es el mejor alimento para nosotros. Por eso, cuando se habla de alimento espiritual, yo digo: «Podemos desarrollar nuestro espíritu con la sabiduría que hay en las palabras de Dios».
Ya sea para nuestro espíritu o para nuestro cuerpo, a veces comprendemos si los alimentos que recibimos son buenos o malos solo después de mucho tiempo. Las cosas que son excesivamente malas, por supuesto, se comprenden fácilmente. Mientras que una comida muy mala se nota ya por su olor, nuestro espíritu tampoco se desarrollará de manera positiva al ver a quienes en sus reuniones se agujerean y se acuchillan con espadas y pinchos diciendo que están adorando a Dios. Pero en el mismo acontecimiento, esta situación puede ser provechosa para quienes tienen el propósito de hacer acrobacias en el circo. Por esta razón, en los ambientes en que nos encontremos debemos preguntarnos a nosotros mismos qué buscamos, y esto sin engañarnos. Cuando miro a las personas de muchos ambientes religiosos, digo: créanme, a veces es imposible encontrar entre miles de personas, en esos lugares donde se reúnen, a una sola persona sincera que realmente busque y ame a Dios. Cada una tiene expectativas, propósitos y pensamientos completamente distintos, buenos o malos, correctos o erróneos, pero muy lejos de Dios. De todas maneras, yo tampoco tengo la intención de poner una regla de que debe haber una comunidad de personas que piense en Dios continuamente las 24 horas. Pero quiero decir que, al menos en los ambientes en que nos encontremos, debemos tener un pensamiento y una actitud del espíritu acordes con su propósito. En los lugares donde se menciona el nombre de Dios, yo no quiero pasar en vano mis horas, mis días, mis meses y mis años, e incluso toda una vida. En mi opinión, en lugar de que una persona esté en esos lugares en vano, el estar de espantapájaros en los campos, en el aspecto espiritual, la aliviaría mucho más. Al menos no incomoda su cuerpo con formas como acuéstate, levántate, canta himnos, ora, en nombre del culto. En resumen, sea lo que sea lo que buscamos, dondequiera que lo busquemos, sea un lugar correcto o erróneo, esto no lo comprenderemos de inmediato con mirar desde afuera ni con entrar adentro. Al entregarnos a aquello que sea, debemos hacer una búsqueda que venga plenamente del corazón. También podemos hacerla a medio corazón, por decir algo, con pereza. Pero entonces la tarea de comprender qué es qué tomará esta vez mucho tiempo. Es más, a veces podemos vivir y hasta morir toda una vida sin comprender y sin siquiera querer comprender, con una creencia completamente vacía que poseemos. Como seres humanos no tenemos ya, como antaño, una vida de 700, 800 e incluso 900 años. Como una flor, salimos de repente y en seguida nos marchitamos. Y la ruina de nuestro cuerpo a veces es cosa que sucede en un instante. A los jóvenes esta afirmación les parece muy sin sentido, pero la esencia del asunto es así. Porque a mí también, cuando era joven, me lo parecía.
Por ejemplo, cuando estaba entre los testigos de Jehová, con los conocimientos e impresiones que tenía en tres meses, en algunos temas era tanto más informado como podía ver los acontecimientos de manera más clara y nítida que un anciano (encargado en el sentido de guía espiritual) que llevaba allí cuarenta años. Dirán: «A sus propios ojos cada uno se ve así a sí mismo». Ha pasado más de veinte años desde entonces, y yo veo que esas personas, a pesar de todo el esfuerzo corporal que gastaron, siguen siendo niños de cuna en cuanto a espíritu, conocimiento y capacidades de ver. Y esto no lo escribo solo yo, sino que también Raymond Franz, que vivió 63 años entre ellos, trabajó activamente 40 años y ascendió hasta el llamado cuerpo gobernante del nivel más alto, lo escribe en sus libros. Como muchos otros que anduvieron por esos caminos y se dieron cuenta del error. Pues bien, si preguntan «¿cómo son las demás religiones?», quizá aún peor. Dejando de lado que los testigos de Jehová sean niños en conocimiento, los de las demás religiones casi es como si ni siquiera hubieran nacido en conocimiento.
Junto a esto, algunos ven especialmente como suficiente poseer muy poco conocimiento en materia de religión. Según ellos, la diferencia entre una persona débil que ha quedado excesivamente hambrienta y una persona convertida en un odre de grasa por comer mucha chatarra y muchas cosas equivocadas está solo en los números de la balanza. Dan ejemplos demagógicos del tipo de que en realidad la vida de ambos está en peligro en cuanto a la salud, y así huyen también del exceso de conocimiento.
El tema que quiero explicar es que las personas, en su búsqueda de la verdad, deben hacer esa tarea con todo el corazón. ¿Qué pasa si no lo hacemos? Como dije, la tarea solo se alarga y se alarga. No podemos estar realmente conscientes ni de lo que hacemos ni del camino por el que vamos. Solo hace falta que alguien nos agarre y nos sacuda. Aunque nos sacudamos y se nos abran los ojos a algunas verdades, si de nuevo continuamos con la misma actitud, a lo sumo quizá cambiemos de lugar. Es decir, como salir de tal partido y pasarse a tal otro partido. O es igual pasarse no de tal religión o secta, sino a otra religión u otra secta. Este tema también lo señaló Charles Taze Russell, que hace años inició la fe de los testigos de Jehová y que, comprendiendo y dándose cuenta, lo escribió en su libro. Si diciendo «estamos saciando nuestro espíritu» nos atrevemos en realidad a engañarnos a nosotros mismos dejándolo hambriento, así como nuestro tiempo que nunca podremos hacer volver atrás, nuestros más hermosos años de juventud y nuestra energía se van en vano, también podemos entrar en depresión con un espíritu lleno de cosas completamente vacías o dignas de llamarse basura, y hasta ser arrastrados al suicidio. No digo esto necesariamente en el sentido de que debamos mantenernos alejados de ellos. Pero digo que, antes de dejarnos arrebatar por ellos, debemos hacer continuamente, sin cansarnos nunca, una muy buena investigación. Entonces, así como no nos lamentaremos por los años que pasamos, tampoco veremos nuestro tiempo como pasado en vano. Yo también pasé cerca de veinte años investigando a Dios entre los testigos de Jehová y en otras religiones. Pero mi propósito siempre fue ser siervo de Dios, no del hombre. Por eso nunca me sometí a ninguno de ellos ni por un instante. Por eso también veo el tiempo que pasé con ellos no como un arrepentimiento, sino como «qué bien que yendo aprendí, quizá también sea de provecho para otros». Si nunca hubiera entrado entre ellos, quizá no habría aprendido nada y tampoco habría comprendido a esas personas. No quiero decir que aprendí de ellos conocimientos correctos, sino que quiero decir que yo mismo me desarrollé investigando si esos conocimientos que enseñaban serían acaso correctos o erróneos. También podía investigar solo con quedarme sentado en casa, pero esas cosas que se enseñan no se me habrían ocurrido para investigarlas estando yo solo, sentado en mi lugar.
Por ejemplo, digamos que van a un restaurante para saciar su hambre. Piden comida, pero sin comerla pasan el tiempo de una manera u otra. Así como pagan por comidas cuyo sabor ni siquiera probaron, salen de allí también con el cuerpo hambriento. Con esta manera, aparte de que quedaron con hambre, ni siquiera les es posible saber si ese restaurante es bueno o malo. Supongamos que cada vez que sienten hambre van al mismo restaurante, y que salen de allí de la misma forma. En el hambre corporal quizá nadie haría tal cosa. Pero en la saciedad de nuestro espíritu, casi como toda la humanidad, estamos exactamente como en el ejemplo que escribo aquí. Con el ejemplo que doy aquí, quiero comparar el restaurante con los lugares donde recibimos educación religiosa. Que en el restaurante esa atmósfera que nos rodea, los olores de comida, los meseros que corren, los sonidos de platos y vajilla, los que están sentados en las mesas y demás, no nos engañen haciéndonos creer que este es un lugar al que se viene para saciarse. Como la saciedad de nuestra hambre espiritual se realizará en sentido espiritual, tampoco en esos lugares nadie puede ver qué come otro, o cuánto se sacia comiendo. Solo hace conjeturas, y esas conjeturas la mayoría de las veces son equivocadas. Además, aunque creamos que nos saciamos con lo que comemos en sentido literal, el valor nutritivo de los alimentos de ese restaurante también puede ser cero. A esto también se le llama hambre oculta. No es cosa imposible que, entrando como ustedes a ese restaurante con el estómago completamente vacío, salgan de ese mismo restaurante o bien con el estómago completamente vacío, o bien hinchados de comida pero con cero alimento. Tampoco nos engañemos con estar presentes de manera regular en esos lugares. Cuando miramos las religiones sobre la tierra y a las personas que ellas alimentan espiritualmente, podemos comparar cuán desarrollado está su espíritu con el cuerpo del niño sudanés de África que vemos en la imagen de abajo. La diferencia entre el hambre corporal que sufre ese niño y el que las religiones sobre la tierra sacien nuestro espíritu es que la una se ve con los ojos físicos, y la otra es del tipo que se ve, si queremos, con los ojos espirituales. Mi propio pensamiento no es siquiera tan optimista como lo que uso en esta comparación. En mi opinión, tenemos una humanidad del mundo espiritualmente muerta. Y hacer una generalización con nuestros contadísimos moribundos sería contrario a la realidad.
Dije: «Para saciar nuestro espíritu, podemos alimentarnos sin pensarlo dos veces de los libros que Dios hizo escribir», y luego dije cuánta hambre nos hacen pasar las religiones. El tema que quiero explicar es precisamente este. Confundimos dos cosas. Cuando se dice religión, en seguida nos viene a la mente Dios. Bien por ellas que lograron meter esto en las mentes de las personas. Por ejemplo, cuando se dice banco, en seguida nos viene a la mente el dinero. O como cuando se dice restaurante nos vienen a la mente las comidas. Estas asociaciones nos las han dado esos lugares. Que cuando se diga religión se nos asocie en la mente a Dios no debe de estar mal. El aspecto que no debemos olvidar es que no hay una regla de que ni ese banco, ni ese restaurante, ni ninguna religión trabajen forzosamente de manera automática, de forma acorde con su propósito, correcta, sana y satisfactoria, para nuestro provecho.
Pues bien, ¿quién decidirá qué es el bien o el mal?
Sin duda, al final la decisión es nuestra.
Pues bien, ¿de dónde sabremos nosotros lo correcto de esto? ¿Acaso no queremos todos tomar la decisión más correcta?
Cultivarnos a nosotros mismos espiritualmente, cuidarlo y hacerlo crecer como a un niño, es al final también tarea nuestra. Nuestro espíritu es algo que depende de nosotros; sea cual sea la forma que le demos nosotros, o sea cual sea la forma que le den ellos, primero debemos quererlo o permitirlo nosotros. Y el que decidamos qué es lo correcto o lo erróneo se logra con poseer una medida. ¿A quién, qué, qué normas tomamos, o debemos tomar, como medida en nuestra vida? Vengan, ampliemos un poco más el tema también acerca de estas cosas.
Empecemos esto con un ejemplo simple. Para estimar el largo de una mesa, o para que una persona que no conoce ninguna unidad de medida de longitud sepa si esa mesa cabrá en el lugar que desea, también debe poseer una unidad de medida. Podemos medir el ancho y el largo de esa mesa tomando en la mano una cuerda, o tomando un metro. Si tomamos el metro, la medida que poseemos será válida en todas partes y sobre todo, mientras que la medida con que medimos con la cuerda será válida solo para esa única cosa. Claro, la mesa que medí con la cuerda, ¿qué otra cosa puedo medir con ella? La unidad de medida llamada metro también fue, a fin de cuentas, inventada por los seres humanos. Lo importante no es que un metro sea cien centímetros o que sea 140 centímetros; lo importante es que un metro sea igual en todas partes. Los números en las unidades de medida cambiarán siempre. Nosotros los humanos hemos llamado a un metro 100 centímetros. Al principio podríamos haberle dicho también 120, o 240. En efecto, en muchos países estas unidades cambian. No dicen metro, kilómetro, sino milla. No dicen litro, sino galón. Sus cantidades también cambian. Pero en cada lugar es igual. Cuando se dice galón, hay una tabla que muestra cuántos litros es. Como cuando se dice milla, hay una tabla que muestra cuántos metros es. Es decir, que los nombres, las unidades, no nos confundan. Si poseemos una medida que todos aceptarán, comprenderemos más fácilmente qué queremos decir y qué se nos quiere decir.
Nuestra pregunta era estimar cuán larga es una mesa. Sin duda saldrá una voz de cada cabeza, y los números que diga cada una también serán diferentes. Al final de todas estas estimaciones, cuando esa mesa se mide con el metro, su largo queda determinado de manera definitiva. Por ejemplo, cuando medimos con el metro, sea cual sea el largo de la mesa, queramos o no, tenemos que aceptar ese número. Cuando empezamos a hablar acerca de Dios, la situación tampoco es muy diferente. Si creemos en un ser que es Creador de absolutamente todo, nuestra lógica también debe aceptar que su nombre, aunque sea en diferentes idiomas como Allah, Gott, Teo o Elohi, tiene el mismo significado. De igual modo, sea cual sea la religión a la que digamos pertenecer, lo que debemos aceptar como medida es leer e investigar el libro sagrado de esa religión; al menos puede ser un comienzo. Además, si Dios es el Creador y dueño de todo, ¿acaso no tenemos que aceptar, queramos o no, las cosas que Él pone delante de nosotros como alimento espiritual, y al menos probar su sabor? Las cosas que da para nuestro cuerpo las comemos cada día y nos saciamos. Aunque usemos estos alimentos de manera correcta o equivocada, los usamos. ¿Por qué habría de ser diferente la situación en los alimentos espirituales?
Con estas cosas no digo forzosamente que crean ni en Dios ni en los libros que Él considera sagrados. Por ahora nuestro objetivo es encontrar la respuesta a nuestra pregunta dando ejemplos. ¿Acaso el propósito no es buscar algún lugar, un mercado, un bazar, un restaurante, una tienda donde podamos comer alimentos espirituales? Nos es posible saciar el hambre de nuestro estómago en muchos y diversos comedores y restaurantes. En cada mercado de alimentos podemos comprar lo que nuestro corazón apetece. En las calles, en las avenidas, desde los autobuses hasta los barcos y los aviones, tenemos abundante cantidad de materiales que satisfacen esta necesidad, entonces, ¿por qué en el aspecto espiritual todo el mundo se nos aparece casi como un desierto?
En este tema también quizá pueda explicar mejor escribiendo algo, en mi propio nombre, acerca de las verdades más correctas, sobre las experiencias que adquirí. Créanme, alimentarnos espiritualmente no es tan difícil en absoluto. Sí, es algo que le quita a uno tiempo y energía, pero esto es así para todo. ¿Acaso no nos sentamos horas frente a la película más mediocre sin entenderla? Si se ponen a llevar un informe diario de «gasto de tiempo» sobre ustedes mismos, se darán cuenta también de con cuántas cosas vacías pasan su tiempo. Así como yo mismo sé que, para los alimentos corporales preparados con un poco de esmero de una familia de solo cuatro personas, hay que pasar al menos de 4 a 6 horas del día en la cocina, esto solo es posible con una cocina totalmente llena de aparatos electrónicos. Si van a traer el agua del pozo, a tomar la verdura del campo y a moler el trigo en el molino, difícilmente saciarán ustedes solos a estas cuatro personas. No olvidemos que durante miles de años la humanidad vivió bajo estas condiciones. Las mujeres de nuestro último siglo no se lanzan a la calle en vano diciendo «voy a ir a trabajar». El trabajo de la casa a veces es mucho más aburrido y pesado que el de afuera. Además, así como casi nadie aprecia este trabajo, al final tampoco jubila ni da nada de dinero.
Los profetas, las personas de fe que aparecen en esos escritos que llamamos las Sagradas Escrituras, la mayoría de las veces tampoco encontraron estas cosas que enumeré. Se enfrentaron o bien a una escasez, o bien a una invasión enemiga. Las condiciones entonces, solo para saciar el estómago, fueron mucho más graves. Como el tema surgió del tiempo, por eso lo escribo. Esta frase de «no tengo tiempo» es la mayor excusa que usan los alemanes. Las demás personas, diciendo otras cosas, plantean también otras excusas. Así como el tiempo es condición para saciar el cuerpo, el tiempo también es condición para saciar el espíritu. Uno pasa esas 4 a 6 horas de tiempo que dije comprando algo ya listo con el dinero que gana trabajando afuera, otro en la cocina de su casa. Aunque, a medida que uno se enriquece, estos problemas disminuyen, su tiempo es aún más escaso con otros problemas y programas. En resumen, así como aceptamos obligatoriamente como forzoso el tiempo que se gasta para saciar nuestro cuerpo y sin falta le reservamos tiempo, para saciar nuestro espíritu la situación también debe ser igual.
Si hemos zafado la cuestión del tiempo para hacer investigación y leer, la razón más importante después de esto es nuestro deseo, nuestro anhelo por esa cosa. El anhelo, el deseo, a veces es una razón que viene muy al frente. Por supuesto, tampoco es lógico que la persona desee algo que no conoce, que no comprende, de lo que no tiene noticia alguna. El deseo que hay dentro de nosotros empieza primero en nuestra mente. De todas maneras, lo que llamamos nuestro interior es primero nuestra mente, nuestro cerebro. Cada día nos topamos con algunas preguntas. ¿Por qué nacemos y por qué morimos? ¿Cuál es el propósito de la vida? ¿Qué seremos después de morir? ¿A dónde van los muertos? Cada persona está frente a esta y otras preguntas semejantes. Lo quiera o no, esto se lo enseñan sin falta su entorno y lo que ve. Las cosas que aprende no son forzosamente la respuesta a la pregunta. La persona, planteándose tales preguntas ya sea en su interior a sí misma, ya sea preguntándolas a alguien de afuera, sin duda ha esperado también su respuesta. Precisamente las respuestas a estas y otras cosas semejantes son solo unos pocos de los alimentos que nuestro espíritu desea. Mientras no obtengamos respuestas satisfactorias a tales preguntas, así como en sentido literal nuestro cuerpo no se sacia, así también es el hambre de nuestro espíritu.
Por ejemplo, a mí me nació el deseo de investigar en mi interior con tales preguntas y respuestas. Aunque las personas me dijeron cosas como «¿qué haces?», o «¿qué necesidad hay de hacer esto?», o «¡bien hecho!», yo no hice esta investigación por ninguna de ellas. Solo yo mismo, sí, yo mismo en persona, quería encontrar la respuesta a estas preguntas. De todas maneras, aquello de lo que yo mismo no me había convencido, ¿cómo podría explicárselo a otro diciendo «esto es correcto»? Entretanto, di importancia sobre todo a la alegría. Nunca quise entrar en la impresión de una cara amargada, como forzado, como si estuviera endeudando a Dios, o de que estuviera sufriendo. Porque, por lo que comprendí claramente de las cosas que leí, Dios está a favor de ver alegre al ser humano que creó y de que uno haga con alegría lo que hace. ¿Acaso no somos así también nosotros los humanos? A veces preferimos a la persona que nos dice «sí» con una cara como maldiciendo, como diciendo «malditos sean», antes que a una persona que nos dice «no» con cara sonriente. Así como no nos agradan a nosotros las cosas hechas a la fuerza, sin deseo, tampoco son aceptables para Dios.
Junto a esto, ya que ha llegado el momento, tengo que señalar también una verdad. Preguntar es fácil, pero a veces o bien no queremos saber la respuesta en absoluto, o bien preguntamos solo por llevar la contraria. Mientras creemos que con tales tácticas soberbias nos engrandecemos, sin saberlo y sin darnos cuenta también dejamos hambriento a nuestro espíritu y empezamos a tratarlo casi con hostilidad.
En tiempos de Moisés, en el desierto, Dios manda hacer una tienda de adoración. Miren, ante los deseos de Dios, con qué actitud de corazón respondió y actuó incluso aquel pueblo de dura cerviz y que no entendía razones de aquel tiempo; leámoslo de su lugar.
Y toda la congregación de los hijos de Israel salió de delante de Moisés. Y vino todo hombre a quien su corazón movió, y trajeron la ofrenda de Jehová para la obra de la tienda de reunión y para todo su servicio y para las vestiduras sagradas. Y vinieron hombres y mujeres, todos los de corazón dispuesto. Cada uno de los que presentaban ofrenda de oro a Jehová trajo broches, y zarcillos, y anillos, y brazaletes, toda clase de objetos de oro… Para toda la obra que Jehová había mandado que hicieran por mano de Moisés, los hijos de Israel, todo hombre y toda mujer cuyo corazón los dispuso a traer, trajeron ofrenda voluntaria a Jehová.
(Éxodo 35:20-22 y 29. Véase también Génesis 4:3-8; Isaías 61:7; Apocalipsis 21:4; Deuteronomio 28:47-48)
Este tema relativo al «dar» en cuanto a sentir alegría fue un versículo que usé por casualidad. En realidad, el que estemos alegres tampoco requiere en absoluto que demos forzosamente cosas materiales. Dios no quiere el oro, la plata, el dinero que hay en nosotros; nos quiere a nosotros. Esas cosas ya son de Dios. El oro, la plata, el dinero solo podemos dárselos a las personas. Pero el libre albedrío que poseemos nuestro Creador nos lo dio solo a nosotros, y quiere que nos acerquemos a Él con ello. Nunca comprendí ni comprenderé a esos religiosos que de ningún modo pueden entender que debemos servir a Dios de corazón, con alegría, y que oprimen y aplastan a las personas con presión, a la fuerza. En realidad ellos quieren que sirvamos no a Dios, sino a ellos mismos y a sus propósitos.
Cuando la persona hace investigación para desarrollarse espiritualmente, mucha gente se esfuerza bastante por captar esa alegría en ella. Si son vencidos, quiere decir que están perdidos. Todo comienzo significa inexperiencia. Al adquirir conocimiento, también se desarrolla en la persona una conciencia inexperta. Precisamente en ese momento empieza la tarea de las instituciones religiosas. Si van tras ellas, se parecerán a las personas que, impacientes, entran en seguida al primer restaurante que se les cruza y sacian su estómago o bien con cosas que descomponen el estómago o bien con cosas que no querían en absoluto. Entre las personas, a los más fáciles de engañar es a los niños. Porque ellos carecen de experiencia y de práctica. Cuando también nosotros empecemos a crecer espiritualmente, sin duda tendremos nuestro período de niñez. No vayan a creer, mirando su edad corporal, que su edad espiritual también se ha desarrollado automáticamente en la misma proporción. En algunos temas quizá sí, pero en los temas que conducen a la vida verdadera, créanme, la mayoría de las veces no somos ni siquiera como un bebé. Si digo que en este aspecto no hemos nacido en absoluto, quizá diga la verdad. (Juan 3:1-15) Esto no es cosa vergonzosa. No se avergüencen nunca. Al adquirir conocimiento y al crecer espiritualmente, algunos de nuestros mayores enemigos dentro de nosotros mismos son la pereza, el complejo de inferioridad, la vergüenza, el orgullo y la soberbia. Estos tienen casi la cualidad de una bomba atómica, aniquiladora del alimento del espíritu. Sea cual sea la edad que tengan, como no podrán saber todo, no teman escuchar ni preguntar. Aunque a veces haya quienes se rían con burla de sus preguntas, con las respuestas correctas que obtengan esa cosa tendrá ya significado para ustedes. Tampoco hay una regla de que estas respuestas serán forzosamente correctas o de que los satisfarán. Pero estos temas deben impulsarlos a investigar. Aunque parezca correcto y lógico, tampoco crean todo de golpe sin hacer investigación. La más pequeña amargura a la que no dan valor, que ocultan en su interior, un día llegará a crecer y se desarrollará como un gigante. Llega el día en que vencer a ese gigante se vuelve imposible. Si nos ocupamos de aniquilar cuando son pequeñas todas las maldades que consideramos insignificantes, quiere decir que poseemos ya un interior limpísimo y un espíritu que nos alivia. ¿Quién quiere criar en su cuerpo larvas de gusanos u otros parásitos? Así como estos incomodan nuestro cuerpo y nuestra salud, en nosotros también hay una multitud de sentimientos malos y equivocados, en forma de parásitos que incomodan nuestro espíritu, que nos parecen pequeños a la vista, que al principio creemos tener bajo control. Contra estos debemos librar una guerra decidida. Y después de hacer todo esto, no se vean nunca como si hubieran quedado limpísimos. Si cometen el error de caer en semejante suposición, sepan que sin duda están en un gran error. Por más que se esfuercen, por más conocimiento que adquieran, por más bien que hagan, nunca podrán purificarse de todos los pecados, ni habrán completado tampoco su desarrollo espiritual. Porque el apóstol de Dios señala esta verdad:
Si decimos que «no tenemos pecado», nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos abiertamente nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y limpiarnos de toda injusticia. (Evangelio - 1 Juan 1:8-9)
Si el pecado llama la atención sobre la existencia de nuestras carencias, tampoco debemos poner nunca fin al desarrollo espiritual. Es más, cuando la humanidad herede de Dios la vida eterna llamada paraíso, aunque se haya despojado de todos sus pecados, su desarrollo espiritual continuará, y debe continuar. Es decir, nuestro proceso de mostrar desarrollo espiritual es infinito, no lo olvidemos. Seamos humildes de verdad, no de labios, ni tampoco como quien posa solo con la apariencia externa, sino viniendo del corazón. Esto es un factor de los más grandes en este desarrollo espiritual. Muchos evalúan el ser verdaderamente humilde, desde el punto de vista de hacer bien a otros, como si fuera solo en beneficio de otros. En realidad, con ser humilde la persona se hace el mayor bien a sí misma. Esta cualidad alivia su interior y a la vez lo hace crecer y desarrollarse rápidamente en cuanto a espíritu. De todas maneras, como dije, las cosas que levantan un muro de bronce delante de nuestro espíritu son cosas como la soberbia, la envidia, los celos, el orgullo, el tomar partido, el avergonzarse de hacer lo correcto, el temor a la sociedad, etc. Vengan, veamos, no con nuestras propias palabras sino leyendo de las palabras del apóstol del Señor, qué clase de personalidad debemos tener espiritualmente.
Por esta razón, hagan morir los aspectos terrenales de su ser interior: la inmoralidad sexual, la impureza, las pasiones, los malos deseos y la avaricia, que significa idolatría. Por estas cosas viene la ira de Dios sobre los que no obedecen. En el pasado, cuando vivían entre tales personas, ustedes también anduvieron por estos caminos. Pero ahora despójense de todas ellas: la cólera, la ira, la mala intención inclusive. Que de su boca no salga ninguna injuria ni palabra indecente. No se mientan unos a otros. Porque se han quitado de encima la vieja naturaleza con sus malas costumbres y se han vestido de la nueva naturaleza, que se renueva a la semejanza de su Creador para alcanzar el conocimiento completo. (Evangelio - Colosenses 3:5-10)
Si poseemos las cualidades que Dios quiere de nosotros, el desarrollarnos espiritualmente y el aliviarnos vendrán también con ello. Un buen medicamento que toma con náuseas una persona enferma, aunque no le corte al instante la náusea, con el efecto del medicamento le calmará el estómago con el tiempo, sin que la persona siquiera se dé cuenta. Al vestirnos como un traje del hombre nuevo creado según Dios, cambiaremos rápidamente, sin siquiera darnos cuenta. Nuestro entorno lo notará, pero no esperen de ningún modo que los elogien. Al contrario, a medida que aumente su simpatía hacia las cosas correctas, si empiezan a amar sin esperar nada a cambio, si defienden las verdades, si sin temor alguno, con respeto y a conciencia, hablan de su fe, las personas se alejarán de ustedes y de vez en cuando también los odiarán. No es posible, mirando a las personas, no ser afectado por este odio suyo. Si caen en el desaliento y son vencidos, quiere decir que están perdidos. Pregúntense siempre a sí mismos: «¿Debe ser el hombre a quien quiero agradar, o Dios?».
Habíamos partido dando ejemplos de restaurantes. Habíamos comparado las religiones, el comer para recibir alimento espiritual, con ir a un restaurante. Solo con los conocimientos que reciban acerca de Dios y que apliquen, habrán probado el sabor de esa comida. De ahí en adelante, comer o no comer esas cosas es cosa que ustedes sabrán.
¡Gusten y vean cuán bueno es Jehová, cuán feliz es el hombre que se refugia en Él! (Salterio - Salmos 34:8)
Ya sea espiritual, ya sea corporalmente, tampoco en el comer esperen de nadie una lista reglamentista. A las reglas que Dios ha puesto no les añadan ni les quiten. Algunos puntos que les escribí fueron solo para que fueran su alegría. Porque si no tienen alegría, si lo que hacen no se apoya en el amor, hagan lo que hagan, llega el día en que caerán. Si no aprenden la lección, esta caída puede ser incluso para no levantarse jamás. Hay un refrán que dice: «empieza como turco y termina como inglés». Aunque correr rápido parezca un factor para acercarse a la meta, cansándonos en exceso también podemos enfrentarnos al peligro de perder nuestra energía y, por consiguiente, nuestra alegría. Corramos hacia la meta, pero con un ritmo que no se detenga jamás. Porque la meta se establece para obtener ciertas cosas. Si nuestra meta es agradar a Dios y sentir alegría de ello —y Dios creó al ser humano precisamente con este propósito—, esto también es infinito, eterno. Por eso, si no saben disfrutar de Dios, de sus cualidades, aprendan esto lo primero de todo. Todas las religiones sobre la tierra, en mi opinión, no hacen sino hacernos perder este disfrute. No les permitan que hagan de sí mismas un muro entre Dios y ustedes. Dios, sobre este tema, dice claramente:
«Aparten la mano del hombre cuyo aliento está en su nariz: porque ¿cuál es su valor?», dice. (Torá - Isaías 2:22)
Ya sea sobre este tema, o sobre cualquier tema que sea la voluntad de Dios, para que Él ayude, pidámosle la ayuda a Él mismo con oraciones que vengan de lo íntimo. Nuestras peticiones también deben ser con palabras que vengan de nuestra mente y de nuestro corazón. No nos pongamos a posar delante de Dios con palabras cuyo significado no conocemos. Además, Dios tampoco necesita formas especiales del cuerpo para orar. Ninguna de las formas de culto que nos han enseñado se escribe ni en el Corán ni en los cuatro libros que conocemos como la Torá, el Salterio y el Evangelio. Con las tradiciones de los hombres no se busca a Dios ni se le rinde culto. Vemos en qué estado nos han puesto las tradiciones de los hombres. Espiritualmente nos arrastraron a la muerte. Corporalmente también, a nivel de todo el mundo, damos nuestro último aliento. Dios nos ordena y nos pide que rompamos todas las cadenas de esclavitud que nos impiden acercarnos a Él. Y de nuevo, porque nos ama.
Yo, yo soy el que os consuela; ¿quién eres tú para que temas del hombre que ha de morir, y del hijo del hombre que será como la hierba; y te olvidas de Jehová, tu Hacedor, que extendió los cielos y echó los cimientos de la tierra; y todo el día, sin cesar, te aterras de la furia del opresor cuando se dispone a destruir? Pero ¿dónde está la furia del opresor? (Torá - Isaías 51:12-13)
No sean siervos de las personas por temor y por una vergüenza sin sentido. Cuando Dios dio a Jeremías la tarea de la profecía siendo aún de edad a la que se le llamaría niño, miren qué cosas dice:
«…Pronunciaré mis juicios contra ellos por todas sus maldades, porque ME abandonaron… No te acobardes ante ellos, para que YO no te acobarde delante de ellos… Pelearán contra ti; pero no te podrán, porque YO estoy contigo para librarte», dice el Señor. (Torá - Jeremías 1:16-17 y 19)
Alguien que lea mis escritos puede pensar que tengo un odio hacia las religiones. Pero las cosas que odio no son las religiones, sino sus malas cualidades y las nuestras. A pesar de amar a mi hijo, odio también sus malas cualidades. Pero esto no significa de ningún modo que odie a este hijo mío. Sin duda, al final lo aceptaré también tal como es, pero esto tampoco significará que ame las cualidades malas y equivocadas que hay en él. Las personas, con palabras grandes e infladas, al decir «te amé con todo lo tuyo, o te amo», quizá se refieren a la grandeza, a la fuerza del amor. Pero nunca podemos amar las cualidades que consideramos malas de las personas que amamos. De todas maneras, tampoco podemos hacer esto porque la amamos, ni debemos. Yo, ¿cómo diré «pero tú hazlo» a la cosa que a mis ojos es mala? O si veo en la persona que amo la cosa que hace daño, ¿cómo me voy a callar? Solo que no confundamos: aquí hablo de amor, no de dominar. Así como no se puede decir que Estados Unidos ame al pueblo de Irak, tampoco se puede decir que los fanáticos religiosos, al hacer estallar bombas contra las personas, sea «por el bien» de unos y otros. El amor no pone bombas; al contrario, da vida y educa. Espera la salvación. En la bomba y en la guerra hay interés, provecho, cólera, rencor, venganza. No armonizan en absoluto con el amor. Aunque callar ante las injusticias que se cometen, mostrar paz, a veces parezca realmente imposible, Dios dice: «Mía es la venganza, yo daré la retribución», y de nuevo:
No te vengarás ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo; amarás a tu prójimo (a las personas) como a ti mismo; yo soy Jehová. (Levítico 19:18), y así ordena mantenerse alejado de este sentimiento. Entretanto, tampoco confundamos el defenderse a sí mismo con vengarse.
Puesto que nuestro tema es desarrollarnos espiritualmente, y ya que con aprender algo de Dios y de sus palabras iremos no hacia atrás sino hacia adelante, no veamos las religiones como si fueran leprosas, sacando de mis escritos significados equivocados. Al contrario, en la educación que recibamos y en el deseo de investigar, ellas son un factor muy grande. Asistir a la iglesia, o a la sinagoga, o a la mezquita, o a las reuniones de los testigos de Jehová, no les hará perder nada. La pérdida es solo cuando los hacen sus amos —lo cual sucede de manera muy insidiosa—, cuando los hacen un intermediario entre Dios y ustedes, y de nuevo cuando creen que se salvarán únicamente gracias a ellos; precisamente entonces están perdiendo, y quiere decir que en cuanto a espíritu se alimentan como el niño sudanés de África. Bueno, la situación de ese niño se debía a razones que no estaban en su mano, pero ¿y nosotros? Si con nuestro propio consentimiento y deseo nos volvemos burros, ¿qué van a decirnos? Si puedo decir que me he desarrollado espiritualmente aunque sea un poquito —y, como dije, esto es algo infinito—, esto también lo obtuve entrando dentro de muchas religiones, pero solo con la ayuda de Dios. Con ir a escucharlos no caemos en pecado ni nada. Es más, miren qué dice Jesucristo acerca de ellos:
Después de esto, Jesús se dirigió así a la gente y a sus discípulos: «Los escribas y los fariseos se sientan en la cátedra de Moisés. Por esta razón, hagan y cumplan todo lo que les digan, pero no hagan lo que ellos hacen. Porque no hacen las cosas que dicen. Atan cargas pesadas y difíciles de llevar y las ponen sobre los hombros de otros, pero ellos mismos ni con el dedo quieren mover estas cargas para llevarlas. Todo lo que hacen, lo hacen para exhibirse. Por ejemplo, hacen grandes sus filacterias y largos los flecos de sus vestiduras. Les encanta ocupar el lugar de honor en los banquetes y los sitios más distinguidos en las sinagogas. Disfrutan de que los saluden en las plazas y de que las personas los llamen «Rabí» (mi maestro, mi guía). Que nadie los llame a ustedes «Rabí». Porque tienen un solo maestro, y todos ustedes son hermanos. No llamen «Padre» a nadie sobre la tierra. Porque tienen un solo Padre, y Él es el Padre celestial.
Que nadie los llame «guía». Porque tienen un solo guía, y Él es el Mesías. El más excelso entre ustedes, sea el servidor de los demás. El que se ensalza a sí mismo será humillado, y el que se humilla a sí mismo será ensalzado.
¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Cierran en la cara de las personas la puerta del Reino de los cielos; ni ustedes mismos entran, ni dejan entrar a los que quieren entrar.
¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Recorren mares y continentes para convertir a una sola persona a su religión. Y al que se convierte a su religión lo hacen dos veces más digno del infierno que ustedes mismos». Evangelio - Mateo 23:1-15
Yo, con mis experiencias acerca de las religiones, apruebo por completo, viniendo del corazón, estas palabras de Jesús. En realidad, los culpables no son solo esos guías religiosos; con hacerlos guías nuestros, la culpa en realidad es nuestra. Además, por esta vía también echamos a perder a esas personas. Ser guía es una gran trampa para toda persona. Por eso, sea cual sea el lugar en que entren, no hay necesidad de que echemos en seguida sobre nuestra espalda a las personas, a las religiones, a los maravillosos oradores y a los que dicen bellas palabras, y de que nos volvamos burros de ellos. Solo mientras los vean como a un hermano mayor, una hermana mayor, un hermano, avanzarán también espiritualmente. Pero no, si dicen «ellos nos salvarán, yo entraré al paraíso gracias a ellos»; dejando de lado el retroceder espiritualmente, se enfrentarán también a la muy grande ira de Dios.
Todo dueño de restaurante quiere que ustedes se alimenten siempre de él. Este deseo de ese restaurantero es, por supuesto, normal. Pero ¿quién de nosotros hace esto? Los alimentos que se toman de diversos y variados restaurantes, y también la diferencia de sabor, nos abrirán aún más el apetito y disfrutaremos del comer. Escoger las cosas que comeremos y beberemos está por lo general en nuestras manos. Y la medida de qué es provechoso y qué es dañino está presente en los libros que llamamos la palabra de Dios que tenemos en la mano. A veces, también en las cosas que parecen muy enredadas y sin salida, en lugar de tomar en seguida una decisión equivocada, es más sabio esperar e investigar. Lo importante depende de qué escogeremos y qué tiraremos como basura de los conocimientos que recibimos y de los comportamientos que vemos. Si no sabemos qué debemos ver como valioso y qué como sin valor, investiguemos y oremos sin cesar. Miren, de nuevo Jesucristo, ¿a qué compara este tema?
De nuevo, el reino de los cielos es semejante a una red que se echa al mar y recoge de toda clase; cuando se ha llenado, la sacan a la orilla, y sentándose en el suelo ponen lo bueno en cestas, pero lo malo lo echan fuera. Mateo 13:47
Este principio vale para todo. Los ángeles de Dios también, en los últimos días, separarán a los malos de los buenos según este principio. En buscar a Dios y avanzar espiritualmente, ya sea con las religiones, ya sea con los no religiosos, o incluso en nuestra relación con todo el mundo, ¿por qué no habríamos de aplicar este principio? Además, si señalamos únicamente a las religiones como la causa de nuestra hambre espiritual y de nuestro escaso desarrollo, esto también es una injusticia. Desde las compañías de cine de Hollywood hasta todos los canales de televisión, las emisoras de radio, los periódicos y las revistas, los libros, los políticos que gobiernan los estados y la educación que recibimos en las escuelas, a nivel de todo el mundo estamos ya en una situación espiritualmente vergonzosa. Además, hay que expresar también esta verdad. Que sean policía, gendarme, militar, médico, maestro, imán, presidente, primer ministro, papa, muftí, religioso o incapiado, ellos son lo que son. El alimento espiritual que todas estas instituciones dan a la humanidad es realmente mil veces peor que el hambre de África. Sí, quizá aunque todo esto sea así, dentro de ellos también hay sin duda, en ciertas medidas, sabiduría, comprensión, conocimiento y lo que llamamos el alimento del espíritu. Haciendo como dijo Jesús, si queremos podemos recoger los valores esparcidos por todo el mundo y desarrollarnos. Esperar siempre de los demás, ver y criticar sus fallas, sus debilidades, sus aspectos deficientes, en mi opinión no edifica a nadie. Sí, quizá proteja a la persona del peligro y le abra los ojos, pero no edifica. Por eso, nosotros, haciendo algo nosotros mismos en persona, aprendiendo y enseñando, podemos ser útiles a la humanidad. Criticar siempre, esperar de los demás, es fácil. Si edificamos algo de manera constructiva, tendremos también nuestra recompensa. Si este mundo está con todo lo suyo dentro de una inmundicia, como seres humanos sin duda también nosotros mismos tuvimos nuestra parte en esa inmundicia; no olvidemos esto tampoco.
Aunque todas las religiones, como los testigos de Jehová, pretendan que la sabiduría de todo el mundo está en el monopolio de un solo hombre, o de una institución, de una organización, aceptar esta insensatez no es otra cosa que locura, vanidad, fraude. Sea lo que sea, ¿por qué sentimos una necesidad tan grande de vestir forzosamente la camiseta de equipo de cierto lugar? Por supuesto, según ellos su libertad de ustedes es una «traición». Como el propósito ya de por sí es esclavizarnos a ellos mismos, como el restaurantero que cree que siempre debemos ir a comer donde él, ¿por qué no vemos también como natural estas acusaciones suyas, y en cambio nuestra conciencia se ve forzada en este tema? Como cada religión se presenta a sí misma como representante de Dios, ellos ya de por sí reciben con una gran reacción la relación que ustedes tengan en su investigación con diversas religiones, e intentan crear en ustedes una conciencia como si fueran a distintos dioses. Ya lo digo, el pensamiento insidioso que ellos dan bajo el nombre de educación es: «solo ellos son los representantes del único Dios, todos los demás son fraudulentos». Y el verdadero fraudulento es esa religión o secta que hace esta pretensión. Aunque para mí todas son una misma cosa, hay que aceptar que dentro de ellas también hay contadas personas valiosas. Miren lo que, respecto a los últimos días, el apóstol Pedro escribe en el Evangelio, en todo el capítulo 2 de 2 Pedro, acerca de estos falsos religiosos, de los que arrastran a las personas a la muerte. A pesar de que es un poco largo, quisiera que lo leyeran y meditaran con atención.
…Pero hubo falsos profetas entre el pueblo de Israel, así como también entre ustedes habrá quienes difundan enseñanzas falsas. Estos, negando incluso al Amo que los compró, introducirán solapadamente entre ustedes enseñanzas destructivas. Tales personas sufrirán una destrucción repentina. Y muchos se dejarán llevar por su libertinaje. A causa de ellos se difamará el camino de la verdad. Por su avaricia, los explotarán con afirmaciones inventadas. La sentencia dictada contra ellos desde hace tiempo no tarda. Y la destrucción que los espera no dormita. Dios no perdonó a los ángeles que habían pecado; los arrojó al infierno y los encadenó en las tinieblas. Serán retenidos allí hasta el tiempo en que sean juzgados. Dios tampoco perdonó al mundo antiguo. Pero cuando envió el diluvio sobre el mundo de los impíos, protegió a Noé, que anunciaba el camino de la justicia, y a otras siete personas. Juzgó a las ciudades de Sodoma y Gomorra quemándolas y destruyéndolas. Con esto dio un ejemplo de lo que les sobrevendría a los impíos. Dios rescató a Lot, hombre justo, que se atormentaba por la vida disoluta (dado al placer y a la diversión, libertino) de las personas que no reconocían principios. Porque este hombre justo, que vivía entre ellos, sufría cada día en su corazón recto a causa de los comportamientos sin ley que veía y oía. Se ve, pues, que el Señor sabe cómo librar de las pruebas que enfrentan a los que andan en su camino. Y sabe también cómo retener hasta el día del juicio, castigándolos, a los que no son justos, especialmente a los que van tras los deseos corrompidos de la naturaleza carnal y desprecian la autoridad. Estas personas insolentes y obstinadas no temen injuriar a los seres gloriosos. Sin embargo, ni siquiera los ángeles, aun siendo superiores en poder y potencia, juzgan a estos seres injuriándolos delante del Señor. Pero estas personas que injurian en los temas que no comprenden son como animales sin razón, que viven por sus instintos, nacidos para ser atrapados y degollados. Y como los animales, ellos también sufrirán destrucción. Recibirán daño a cambio de la injusticia que cometen. Consideran diversión el entregarse a los placeres en pleno día. Ellos son una mancha y una vergüenza. Cuando comen y beben con ustedes, disfrutan de sus propios caminos engañosos. Sus ojos están llenos de adulterio, no se sacian de pecar. Seducen a las personas inconstantes. Son personas malditas, cuyo corazón está acostumbrado a la avaricia. Tomando el camino de Balaam hijo de Beor, que amaba la ganancia obtenida con injusticia, dejaron el camino recto y se extraviaron. Balaam fue reprendido por el delito que cometió. El asna, que no puede hablar, hablando con lengua humana, impidió la locura de este profeta. Estas personas son manantiales sin agua, nubes arrastradas por la tempestad. A ellos les espera la densa oscuridad. Porque, con palabras vacías e infladas, seducen con las pasiones de la naturaleza carnal y con los deleites de la lujuria a los que apenas se han librado de quienes andan por el camino equivocado. Les prometen libertad, cuando ellos mismos son esclavos de la corrupción. Porque la persona se hace esclava de aquello que la vence. Si, después de haberse librado de las inmundicias del mundo por conocer al Señor y Salvador Jesucristo, se enredan de nuevo en las mismas cosas y son vencidos, su estado final resulta peor que el primero. Porque más les valdría no haber conocido nunca este camino, que, habiendo conocido el camino de la justicia, volverse atrás del mandamiento santo que se les había confiado. Este proverbio verdadero describe su situación: «El perro volvió a su vómito, y la cerda, después de lavada, a revolcarse en el lodo». (2 Pedro capítulo 2)
Cuando se dice religión y religiosidad, a la mente vienen los cultos y las obligaciones. Aunque ninguno de nosotros lo diga abiertamente, nos aterran. No es una minoría la gente que, diciendo que está ayunando, come a escondidas afuera, y en su casa se sienta a la mesa de nuevo con la pose de estar rompiendo el ayuno de la tarde con sus hijos. Por un lado no podemos llevar las cargas que echamos sobre nosotros, y por otro no alzamos la voz ante que se nos carguen cargas continuamente, y recurriendo a caminos de cómo engañar con hipocresía estas presiones suyas, nos volvemos fraudulentos en vano. ¿Acaso creemos que nos exhibimos ante las personas? ¡Y todo esto sucediendo ante los ojos de Dios! Como el tiempo que un testigo de Jehová, para llenar sus horas de predicación a fin de mes, pasa durante horas, con desvergüenza, en casa de alguien de rostro amable que le da de comer y beber. Porque su religión le pide cada mes un informe de él. Sin falta debe escribir cuántas horas anduvo de puerta en puerta. Sean ustedes una persona todo lo llena de alegría que quieran, cuando hacen esto durante años no le queda a la persona ni la letra a de alegría. Y no solo a ustedes, no le queda a nadie. Una pareja jubilada, ligada a grupos religiosos católicos, que conocí de vacaciones, tejía como culto. Por lo que entendí también de esto, ¡el hombre y la mujer muestran su fe con las cosas que tejen! Sin duda, aunque no se les haya pedido tal cosa con este propósito, con el tiempo la comprensión de esas personas se convirtió en seguida en semejante deber de fe. Uno, diciendo que ayuna y hace la oración ritual, se acuesta y se levanta con un corazón vacío; otro, diciendo que va a llenar sus horas, busca de puerta en puerta los lugares donde saciar su estómago; y otro, ¡teje! Todas estas personas cumplen un deber. ¿Qué deber? ¡Su deber religioso hacia Dios! ¡Ay, cuánta necesidad tiene Dios de estas cosas que ustedes hacen! Sigan haciéndolas. Sin embargo, si viéramos nuestra devoción a Dios más como un disfrute que como un deber, obtendríamos éxitos mucho mayores y tendríamos también una buena relación con Él. Sea cual sea la cosa que se hace, cuando nos empeñamos en hacerla siempre con mentalidad de deber, llega el día en que sin duda nuestra alegría por esa cosa también desaparecerá. Por eso cada uno debe tomar decisiones por sí mismo y establecer por sí mismo su relación con Dios. Nuestro entorno, si queremos, sin duda puede ayudarnos, pero no ser intermediario. La intermediación de un tercero entre el padre y el hijo procede de la vergüenza, de la culpa. Y Dios, que es nuestro Padre espiritual, ya ve y sabe todo; ¿qué necesidad hay de intermediario? Además, ¿acaso Dios no conoce también a ese intermediario? ¿Quién sabe si él es más limpio o más pecador que nosotros? Aunque esa persona sea incluso un profeta muy limpio, se salvará únicamente con sus obras rectas, pero ni hijo ni hija puede salvar a nadie; esto lo escribí en mi otro libro. (Ezequiel 14:12-20) Como dijo el apóstol:
«Hermanos, no sean niños en el entendimiento, sino sean como niños pequeños en la maldad, pero maduros en el entendimiento». (1 Corintios 14:20)
Si buscamos forzosamente un intermediario para nosotros a fin de ir a la salvación, Dios lo dio también.
«…y en ningún otro hay salvación; porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que podamos salvarnos». (Hechos de los Apóstoles 4:12)
Si alguien, cualquier religión, hombre o incluso ángel, después de esta explicación de arriba, promete la salvación, es fraudulento. Y esta obsesión de prometer la salvación existe, no sé por qué, sobre todo en las religiones cristianas. Mientras que los musulmanes la mayoría de las veces ni siquiera saben lo que dicen en este tema, los cristianos, a pesar de aquellas explicaciones que se escriben en el libro que tienen en sus manos, siguen gritando a voz en cuello a las personas: «el camino que lleva a la salvación pasa solo por nosotros». ¡Y todo el que esté fuera de ellos también arderá crepitando en el infierno! Estados Unidos, Inglaterra y los demás cristianos, ¿acaso creen que ya desde ahora están ayudando a Dios en esta tarea de quemar a estas personas? ¡Eh, ¿acaso es fácil ser ayudante de Dios?! Además, dicen que pronto tampoco quedará petróleo. ¡Seguramente para que tampoco se viva un problema de energía en aquellas calderas del infierno, Estados Unidos y los demás países están haciendo los preparativos ya desde ahora! Después de los votos fervientes de los religiosos en las elecciones y del apoyo de los curas a la guerra estadounidense-iraquí, yo saqué estos significados. ¿O es el odio, el rencor, el dinero lo que les hace hacer esto? Bueno, entonces, en este asunto, ¿en nombre de quién están hablando los religiosos? ¿En nombre del Dios que representan?!!! Pues bien, estas también son las sociedades cristianas espiritualmente ricas. El que quiera, que vaya y espere la salvación en uno de estos. ¡Buen viaje le deseo!
Ahora les pregunto: para ver las verdades, para comprenderlas, para percibirlas, ¿qué más cosas necesitamos? En mi opinión, el problema a veces no está ni en nuestros ojos espirituales ni en los físicos. Como digo continuamente, el verdadero problema es que hace falta querer, para ver, comprender, percibir. Y por lo general vemos lo que queremos. Las cosas que no queremos ver ni mirar, naturalmente tampoco las vemos ni las percibimos, y no sentimos nada acerca de ellas. Dejemos de lado el ver y percibir estas cosas: nos esforzamos incluso por embotar todos estos sentidos nuestros que enumeré. Porque nos han asustado, nos han acobardado, y diciendo «de todas maneras no está en nuestras manos hacer nada», permitimos que un puñado de personas gobierne a toda la humanidad del mundo. Mientras estemos en la enfermedad de ser gobernados y sigamos siendo incapaces de gobernarnos a nosotros mismos, no tenemos derecho ni a ver, ni a sentir, ni a percibir. Y esto lo queremos así nosotros como humanidad. Por eso, no vayan a hacerse enemigos ni nada de esas personas por el hecho de que yo diga «traemos sobre nuestra cabeza a un puñado de hombres y les dejamos gobernarnos». Si nos quitamos de encima a ese puñado de hombres, somos un mundo de humanidad dispuesta también a coronar sobre nuestra cabeza a dos puñados llenos. Porque no vemos que pueda haber otro tipo de solución. Como todos somos malos, tampoco damos lugar a otro remedio. Como humanidad, ante la más pequeña libertad, casi enloquecemos. Si no nos ponen encima hombres con garrotes, palos y culatas, estamos dispuestos en todo momento a aniquilarnos unos a otros. Y la mayoría de las veces, por desgracia, tampoco somos mejores que esos que nos gobiernan. Con lo que escribo, yo quiero explicar estas cosas por si acaso nos avergonzamos.
Pues bien, ¿qué hacemos? Por un lado digo que debemos esforzarnos por ver espiritualmente, y por otro, diciendo que desde los gobernantes hasta todas las instituciones religiosas, hasta las personas, es más, que todos son poco fiables, malos tanto en poco como en mucho, llenos de errores, ¿acaso en realidad no meto nuestra situación en un callejón sin salida total? En esta situación, ¿de qué provecho es ver? Con ver, saber, percibir, ¿qué cambia? Como dicen algunas personas, no es en vano que digan «lo sé, pero no quiero saberlo». Porque la humanidad se acobarda diciendo que no podrá cambiar nada. Lean la historia y pensarán ustedes lo mismo. Cuántas y cuántas cosas ha hecho la humanidad, y al final resultó otra vez el mismo cuenco, el mismo baño. Si no podemos cambiar nada, ¿tiene realmente importancia ver, percibir y sentir?
Cuando leemos todas las Escrituras Sagradas, en cambio, la persona llega a esta otra conclusión. Antes que nada, la persona debe primero cambiarse a sí misma. Sin ponerse a cambiar a nadie más, primero a sí misma. Precisamente por esto debemos poder ver, primero por nosotros mismos. Y además desde todos los aspectos y mirando desde un ángulo lo más amplio posible. No al mundo; primero a nosotros mismos debemos amasarnos con obras dignas de la salvación. El derecho de cambiar a los demás, de todas maneras Dios no se lo da a nadie. Ni siquiera los profetas a quienes dio más importancia tuvieron este propósito. Ellos dejaron siempre la libertad de escoger entre el bien y el mal a las personas mismas. Solo que diciendo también qué clase de resultados les esperan.
«Hoy pongo por testigos contra ustedes al cielo y a la tierra de que he puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición; por tanto, escoge la vida», dice en Deuteronomio 30:19.
Estas palabras que señalan esta libertad de escoger las dijo el profeta Moisés en nombre de Dios. De todas maneras, si no fuera así, ¿qué significado tendrían el convencer, la fe, la investigación, el que Dios anime a las personas al bien? Esto también es algo que cada persona hará por sí misma en persona. Es decir, borremos y arrojemos de nuestra cabeza el pensamiento de «cambiaré a los demás». A lo sumo podemos ayudar a los demás, advertirlos, nada más. Además, precisamente para que cada uno se cambie a sí mismo, Dios permitió sobre la tierra tantas cosas feas. Si no, el libre albedrío no tendría ningún significado. Si Dios no diera valor al libre albedrío, ¿acaso, como despreciándolo, no podría convertir a toda la humanidad en un instante en los robots que quisiera? Esto solo lo hacemos nosotros los humanos. También nosotros sabemos cuán difícil es cambiar a una persona. Y a los que nos esforzamos por cambiar, damos nuestro esfuerzo solo para ordeñarlos, para obtener provecho; no sin esperar nada, no solo por la vida de esa persona.
Por más amargo que sea, por más que no podamos cambiar nada, esforcémonos a pesar de todo por ver. Para ver las verdades, para poder aprender la lección de lo que vemos, para ser felices, para poder correr hacia la meta, en resumen, esta valiosa cualidad de la que hablo continuamente nuestro Creador se la dio a todos para que vivan con disfrute. Aunque, por supuesto, parezca que todos conocen su valor, Dios y los ángeles ponen mucha más atención en cómo evaluamos las cosas que miramos y que queremos ver. Como dijo incluso un poeta inexperto: «El amor no está en que dos personas se miren a los ojos, sino en que dos personas miren hacia la misma meta». Más que a dónde miramos, qué cosas vemos, importa por qué miramos, qué cosas queremos ver. Con estas cosas, ¿desarrollamos en nosotros un espíritu que va hacia la salvación, hacia la paz, o un espíritu que va hacia la destrucción, hacia la amargura?
En educar nuestro espíritu hay tantísimos factores que, por más libros que se escriban en este empeño, es difícil decir que se han puesto por escrito todos los detalles. Y lo más importante es el móvil de la persona, es decir, la actitud del corazón. Habíamos hablado de los diferentes ángulos de ver los acontecimientos, y esto es igual también en esta actitud del corazón. Aunque hay muchas razones que hacen terriblemente diferentes las cosas que perciben de un acontecimiento dos personas que ven las mismas cosas, esta es una de las razones más importantes. Está el mirar una cosa sintiendo odio, sintiendo amor, con sentimiento de compasión, con un ojo negativo o imparcial, y muchos sentimientos así pueden entrar en juego, y ese acontecimiento crea en nosotros una impresión completamente distinta. Por eso Dios quiere que toda la humanidad posea un ojo, un espíritu, una comprensión que le procure provecho, con el conocimiento para distinguir el bien del mal, y también una actitud del corazón acorde. Por eso, tomemos y leamos esos libros que llamamos sagrados, llenos de los acontecimientos que Dios quiso que se pusieran por escrito a lo largo del considerable tiempo que transcurrió con las tareas que dio a tantos profetas, y metámoslos bien en nuestra mente y en nuestro corazón. Este es el verdadero culto. Este es el amor a Dios. Dejando de lado el esforzarse por intentar comprender esos libros, hasta miembros de religiones que en toda su vida no se han tomado la molestia de leerlos de principio a fin, diciendo que aman a Dios, muestran el atrevimiento de llamar de puerta en puerta a las personas a la salvación con esos libros. El mejor ejemplo son los testigos de Jehová. Dentro de ellos hay muy pocas personas que hayan leído ese libro de principio a fin. Y no son solo ellos los que poseen una fe tan ignorante que irían incluso a la muerte sin pestañear. Además, si estos son la religión más aplicada de todas —y lo son—, imagínense ustedes las demás religiones. Tampoco son pocas las personas que, con un movimiento del dedo de sus guías religiosos, irían a matar con los ojos cerrados. La fe de estas personas es ciega y no se apoya en ningún conocimiento verdadero. Por eso tienen los ojos cerrados y están dispuestas también a hacer cualquier cosa. Si sus ojos estuvieran abiertos, si hubieran visto las verdades, ¿acaso esas personas seguirían escuchando ya a este o a aquel? La razón de enfrentarse a grandes obstáculos con esas religiones en el empeño por saber, aprender, comprender, es también por esto. Pero, a pesar de todo, para la persona que quiere aprender la verdad y amar a Dios, estas cosas no pueden ser una excusa. Por todo esto, leamos de su lugar qué dice Dios:
Mi pueblo fue destruido (aniquilado) por falta de conocimiento; puesto que tú rechazaste el conocimiento, yo también te rechazaré para que no seas mi sacerdote; puesto que olvidaste la ley (los mandamientos) de tu Dios, yo también olvidaré a tus hijos. Cuanto más se multiplicaron, tanto más pecaron contra mí; cambiaré su gloria en vergüenza. Se alimentan del pecado de mi pueblo y anhelan su iniquidad (sus malas obras). Y como es el pueblo, así es el sacerdote; y examinaré sobre ellos sus caminos, y les pagaré conforme a sus obras. Comerán, y no se saciarán; fornicarán, y no se multiplicarán; porque dejaron de escuchar a Jehová. Oseas 4:6-10
Si Dios dijo estas palabras en aquel tiempo a las personas que llamaba «mi propio pueblo», ¿qué no hará a los que están fuera de él? Como humanidad, odiamos el conocimiento. Para obtener sabiduría y comprensión, dejando de lado tocarlas, no queremos ni siquiera que pasen a nuestro lado. Aunque nos rompamos la cabeza por muchas cosas, aunque nos consumamos por muchas cosas, estas no nos llevan a la vida, al Dios que da la promesa de la vida eterna. Nos aburrimos de sus palabras hasta grado de muerte. Hablar de ellas casi nos mete en depresión. Como si Dios se hubiera vuelto para nosotros no la salvación, la felicidad, la esperanza, sino una pesadilla. Y de esto son causa nuestras obras y las cosas que pasamos por nuestro corazón, pero no Dios. El muro de enemistad de bronce que hay entre Él y nosotros lo levantamos nosotros. Aunque muy tarde, todavía no estamos sin esperanza. Cambiarnos a nosotros mismos en sentido positivo, o abandonar nuestro final realmente a una amargura terrible, sigue siendo algo que está en nuestras manos. Por eso tengamos muy en cuenta estas palabras de Dios:
Vuélvanse cuando yo los discipline (corrija); he aquí, derramaré mi espíritu sobre ustedes; les daré a conocer mis palabras.
Por cuanto yo llamé, y ustedes se resistieron; extendí mi mano, y no hubo quien atendiera; despreciaron todo mi consejo, y no quisieron mi corrección (mi encaminamiento); yo también me reiré en su calamidad; cuando les venga el temor, cuando sobre ustedes venga el temor como una tempestad, cuando sobre ustedes venga la angustia y la aflicción, me burlaré (me mofaré).
Entonces me llamarán, pero no responderé; me buscarán de mañana, pero no me hallarán. Porque odiaron el conocimiento y no escogieron el temor de Jehová, no quisieron mi consejo, despreciaron toda mi corrección (mi disciplina); por tanto, comerán del fruto de su propio camino y se saciarán de sus propias tramas. La rebeldía de los hombres necios (insensatos) los matará, y la despreocupación de los necios los destruirá. Pero el que me escuche habitará seguro y estará tranquilo, sin temor del mal. Proverbios de Salomón 1:23-33
Dios dice exactamente así. Puesto que Él será quien mejor conozca el desarrollo de nuestro espíritu, si aún queremos odiar el conocimiento y poseer un espíritu sin espíritu, o el repugnante espíritu que este mundo intenta crear en nosotros, esto es algo que nosotros mismos sabremos y decidiremos. Qué camino escoger debe decidirlo cada persona por sí misma en persona.
Jehová es compasivo y clemente, tardo para la ira y grande en amor.
No acusa constantemente, ni guarda su ira para siempre.
No nos trata conforme a nuestros pecados, ni nos da la paga de nuestras iniquidades.
Porque cuanto están de altos los cielos sobre la tierra, tan grande es su amor hacia los que le temen.
Cuanto está lejos el oriente del occidente, tan lejos apartó de nosotros nuestras rebeliones.
Como un padre trata con compasión a sus hijos, así Jehová trata con compasión a los que le temen. Porque Él conoce nuestra masa; se acuerda de que somos polvo.
(Salmos 103:8-14)
El profeta David describe de esta manera a Dios y la relación del ser humano con Él. La sección de las Sagradas Escrituras conocida como el libro de los «Salmos» (palabras divinas que se cantan con instrumento musical) los musulmanes la conocen como el «Zabur*» (*libro, carta). En las traducciones del Corán también se habla de este libro como el «Zabur». (An Nisa (4):163; Al Isra (17):55) Aunque en el mundo musulmán, y únicamente por la explicación del Corán, surja la impresión de que este libro lo escribió solo el profeta David, en realidad en el libro de los Salmos hay también revelaciones que otras personas valiosas recibieron de Dios. Los nombres de estas personas se escriben al comienzo de cada Salmo. De algún Salmo tampoco se sabe con exactitud quiénes lo escribieron. Entre los nombres que se me vienen así en seguida a la mente, además del profeta David, hay también nombres como el profeta Moisés, los hijos de Coré, Asaf y Salomón.
Si se ponen a leer también este libro como una novela, como un cuento, se aburrirán mucho. Porque, como trata de manera poética temas que hacen pensar, que informan, que aconsejan e incluso proféticos, si a veces, después de leer una estrofa, a veces una frase corta, pasan en seguida rápidamente, la probabilidad de que les procure algo será difícil. Al menos a mí esto me sucede así. Si nos esforzamos por captar el significado de esos escritos, están llenos de conocimientos ligados entre sí, que requieren que pensemos e incluso que conozcamos bien las Escrituras Sagradas. Antes que nada, al leer el libro de los Salmos debemos reservar abundante tiempo. Por ejemplo, aunque los versículos que escribí arriba expresen con palabras muy simples cosas que todos comprenderán, cuando pensamos su significado uno por uno, nos daremos cuenta de que se habla de cualidades muy elevadas, que en nuestro mundo nadie muestra a nadie. Con estas palabras se da a conocer a Dios. En el libro de los Salmos podemos encontrar muchos conocimientos acerca de Dios. Estas palabras tampoco son como los carteles publicitarios que usan los políticos. Se habla de las cualidades del verdadero Dios. Además, de todas maneras, cuando ponemos a trabajar nuestra lógica, aceptaremos también que Dios no tiene necesidad de nadie. Es decir, estas palabras no fueron escritas por ninguna de las razones como recoger votos para Dios, hacerle ganar dinero, procurarle un provecho comercial, hacerlo famoso. Gracias a Dios que Él no tiene necesidad de tales cosas. Los necesitados somos nosotros. Los que estamos en necesidad, impotentes, somos de nuevo nosotros. Estas palabras que escribieron personas sinceras, de todo corazón, también fueron escritas para dar a conocer a Dios a la humanidad, para hacerlo amar, para llamar la atención sobre la existencia de alguien que nos comprenderá en nuestras angustias, en nuestros dolores. El libro de los Salmos en las Sagradas Escrituras es el lugar donde estos conocimientos son abundantes.
El que la persona simplemente conozca los versículos de arriba y crea, ¿acaso tendría ya angustia, dado que Dios la ve en todo momento y siempre, y se ocupa de ella? Yo no he conocido a una persona que esté en esta fe a lo largo de las 24 horas de todo su día. De labios, cuando se les pregunta, todos responden: «Dios, por supuesto, ve siempre». Pero este conocimiento a veces pasa en sentido verdadero por sus mentes unos pocos minutos del día, y en algunas personas, dejando de lado unos pocos minutos del día, ni siquiera una vez al mes, al año, e incluso en toda su vida, han podido aceptar de todo corazón esta verdad.
Es más, algunas religiones enseñan: «Dios no anda siempre en nuestra nuca como un espía». Según ellas, sacaron el significado de que nosotros nos aburrimos de que Dios nos vea siempre. Es decir, ¡que Dios de vez en cuando hace la gentileza de dejarnos solos! Piensen que si, precisamente en ese momento, en una angustia nuestra llamamos a Dios, si clamamos a Él con oración, ¿de dónde sabremos cuándo empieza y cuándo termina el momento de gentileza de Dios? Esta enseñanza es una enseñanza de los testigos de Jehová. Según ellos, Dios no ve siempre; es más, así como cuán poco es el interés de un jardinero por la mala hierba, Dios tampoco se interesa en absoluto por las personas malas ni las mira. Es más, en un lugar dicen exactamente así:
«…Él no usa esa capacidad de conocer el futuro para inmiscuirse en los asuntos de sus criaturas. Él no es un Dios receloso, sospechoso, que continuamente quiere buscar defectos en los pensamientos, los propósitos y los corazones de sus criaturas y causarles dificultades». (En el número alemán de La Atalaya, 53/pág. 468, párrafo 13)
Según esta religión, la cualidad de Dios de ver siempre y respecto al futuro se presenta como si fuera algo malo. Y se explica de tal manera que, si ve siempre, se despierta una imagen como si Dios viera solo para buscar maldad en sus criaturas. Es decir, quieren decir que si ve, como verá maldad en nosotros, por eso, a causa de su amor hacia nosotros, no ve siempre. ¡Y de esta manera creen que alaban a Dios! Como los musulmanes que creen que protegen a Dios diciendo «Jesús nunca fue asesinado». El ser visto siempre por Dios es en realidad un tema del que se aburre la mayoría de las personas. Sin duda los Testigos también comprendieron esto, y no quieren aburrir a sus seguidores ni a sí mismos. Yo, en cambio, de ningún modo puedo comprender estos sentimientos. Los comprendo, pero no puedo combinar lo que comprendo con la lógica. ¿Por qué se aburre la persona de Dios?
Si volvemos a la primera pareja humana, ellos también, después de un acontecimiento, de repente se aburrieron de Dios, tuvieron miedo, se escondieron. ¿Recordaron a esta primera pareja humana y aquel acontecimiento? Adán y Eva y la fruta prohibida. Esta pareja, antes de aquel acontecimiento, no tenía nunca, pero nunca, semejante problema. Las Sagradas Escrituras y el Corán escriben que en ellos no había ni siquiera rastro de estos sentimientos que angustian al ser humano, como el miedo, el esconderse, el avergonzarse. Mejor dicho, no encontramos un escrito que muestre que poseían tales sentimientos, para nada. En cuanto cometen el pecado, de repente ambos entran en unos sentimientos extraños y angustiosos. Y esto sucede así a pesar de que ellos ni siquiera conocían aún a Dios como es debido. Es decir, ellos ni siquiera saben aún que Dios ve todo lugar en todo momento. Si no, como dije también en los temas anteriores, no se habrían escondido. (Génesis 3:8) Yo, después de estas verdades, llego a esta conclusión. Como señalé también en el amor entre el padre y el hijo, nosotros, a causa de las cosas que no queremos que se vean, de las que nos avergonzamos, no estamos a favor de que Dios nos vea siempre. Y estas por lo general son cosas que no agradan a Dios. Sin embargo, cuando hacemos una entre mil de las cosas que le agradan, queremos casi tocar la trompeta delante de nosotros y decir: «vean, miren lo que hice». Es decir, nosotros, en cuanto al tema de ver, estamos a favor de que Dios mire no cuando Él quiere, sino cuando nosotros queremos. Es como si nos esforzáramos por que Dios sea una cámara con control remoto. Cuando posamos la ponemos a funcionar y esparcimos alrededor imágenes artísticas, y después, ¡zas!, apagamos de nuevo la cámara e impedimos que Dios vea. A veces, cuando pienso acerca de nosotros los humanos, me pregunto a mí mismo: «¿somos humanos o somos gansos?». El nombre de la religión, supuestamente la más disciplinada, la más pretenciosa, que cree seria y sinceramente estas cosas que escribo, lo di hace un momento. Además, ellos, aparte de esto, aprenden, enseñan y creen: «en el mundo nadie se salvará excepto nosotros». ¿Ya comprendieron por qué yo no puedo de ningún modo combinar estas cosas con la lógica? No quiero meterme en las pruebas ni nada sobre este tema, porque las pruebas suficientes acerca de ellos ya las escribí en mi libro titulado «Las Mafias de la Religión y Nosotros».
Sin embargo, uno de los sentimientos que más me alivia está en que la persona pueda encontrar a Dios en todo momento y en todo lugar. Si no, ¿cómo confiaríamos en Él? ¿Cómo creeríamos en su fuerza? ¿Cómo podría sostener la existencia de criaturas dotadas de inteligencia en número incontable, ya sea en los cielos o en la tierra? Sí, nosotros, en este mundo que hemos convertido en un infierno, vemos todo como si estuviera atado a la casualidad. A los que están con el alma en apuros y llaman a Dios, los clamores de las personas masacradas en masa, quemadas, los que se retuercen en dolores en los hospitales, en los campos de batalla, viendo a las personas que apenas pueden respirar de hambre, el preguntar «¿acaso Dios realmente ve?», lo comprendo diciendo que, por ignorancia, por dolor, no saben lo que dicen. Pero Dios no va a quedar ciego por nuestra ignorancia. El no saber una cosa es una realidad, pero la existencia de esa cosa es otra realidad. Dios, ¿acaso va a decir: «bien, este siervo mío no sabe que yo lo veo, entonces yo tampoco lo veré»? ¿Es cosa que pueda existir semejante insensatez?
¿Acaso no deberíamos sentir alegría de esta cualidad de Dios que incomoda a algunos? Muchas veces, hablando con Dios y orándole, he alabado esta cualidad suya. Piénsenlo, para ver al más simple funcionario del estado, por cuántas dificultades pasamos, y la mayoría de las veces quizá ni siquiera podamos verlo ni explicarle nuestro problema. Y los que ponemos en el poder no tienen tiempo en absoluto para las personas. En una angustia suya, llamen a alguien y veamos si los escucha. Yo no digo que traiga solución; digo que al menos escuche. Ni siquiera a ese lo encontrarán. A esos de arriba les aterra hacer tal cosa. ¿Y si lo hace, qué pasa después? Después, ¿acaso no acuden también los demás como un enjambre de langostas? Son humanos, ¿para cuál de ellos van a hallar tiempo? Además, la mayoría de las veces esta situación se comprende. Ustedes se sientan sobre su trasero con su angustia, su problema, su dolor, y hasta dándoles la razón a ellos. ¿Es así Dios acaso? En todo momento, ya sea en su propia casa, ya sea de viaje, ya sea en el lugar de trabajo, ya sea a cientos de metros bajo tierra. O estén en los cielos o en el fondo del mar, Él los ve y los oye siempre. Sin que ustedes se pongan ninguna ropa especial, sin mirar el estado de su cabello ni de su cabeza, en el estado en que estén, sin tomar cita ni nada, los oye y los ve en todo momento. Y nosotros también podemos hablar con Él cuando queramos, en todo momento. Ya sea de noche, ya sea de día, ya sea bajo el sol abrasador, ya sea en el frío glacial, podemos hablar, orar, compartir con Él nuestra angustia, nuestra alegría, nuestros sentimientos de gratitud, nuestros pensamientos. Nunca dice «no tengo tiempo, hoy vete, ven mañana», o «espera en la fila, cállate, no hables». Es más, escucha sin echarnos en cara, aunque sean verdad, acusaciones como «hablaste demasiado, no alargues la conversación en vano, eres muy ignorante, y además hipócrita». Solo lo hace decir a nuestra conciencia. Si nosotros también queremos oír. Por más insensatamente que hablemos, nos escucha sin regañarnos. Por favor, díganme, ¿quién hace estas cosas que enumeré? No es del ser humano de quien hablamos, tampoco del ángel; hablamos del dueño de todo el universo, de la más alta autoridad. Él mismo es el dueño del universo y de todo. Todo esto, ¿prueba el odio de Dios hacia nosotros o su amor? ¿A quién que odien escuchan las personas de buena gana? No me refiero a las cosas que hacemos a la fuerza. Tampoco quiero comparar a Dios con el ser humano, con el ángel ni con ninguna otra cosa. Solo escribo para que nos avergoncemos. Teniendo un Dios tan valioso, nosotros, en cambio, huimos de Él por todos los rincones. No toleramos ni siquiera que vea, que oiga. Y encima: «¡¿Acaso también sabe las cosas que pasan por nuestra mente, por nuestro corazón?!», diciendo esto y continuando además «yo, aunque muera, no creeré en ese Dios», a una mujer así la vi en la televisión estadounidense en una pregunta de encuesta. En cuanto se dice Dios, entramos en angustias terribles. Nos golpeamos la cabeza contra cada piedra, pero no queremos saber nada que le pertenezca. Y los que pretenden ser sus representantes sobre la tierra se esfuerzan otro tanto por enfriarnos contra Él. Con sus enseñanzas absurdas, sus amenazas, sus presiones, su hipocresía, sus guerras, han acorralado a la humanidad. Conceptos como Dios, las verdades, la sinceridad, la rectitud, el libre albedrío, el amor, tienen tantísimos enemigos sobre la tierra. Al mundo lo pusimos en este estado no otros, sino nosotros. Aunque contemos también a las criaturas espirituales llamadas Satanás y sus demonios, aun así, a este estado lo llevamos nosotros. Ellos solo lo dijeron, y nosotros lo hicimos con gusto. Por más que Dios haya advertido a la humanidad desde los tiempos pasados, a pesar de todo hicimos exactamente lo contrario. Durante miles de años empujamos hacia atrás al Dios que siempre nos tiende la mano. Aunque pecamos mil veces, Él quizá castigó solo una. Él calló, y nosotros nos enfurecimos aún más. Aunque de antemano advirtió por medio de sus profetas «no hagan, no cometan», nosotros, a propósito, hicimos otro tanto más. Con fraude fuimos ante Él, con hipocresía, le oramos con la sangre de los hombres inocentes que derramamos con nuestras manos. Solo nos vimos a nosotros mismos como sagrados y a todos los demás como inmundos. Y cuando nuestros deseos y anhelos no se cumplieron, lo amenazamos a Él. Alargamos tanto nuestra lengua que la elevamos hasta los cielos. Él, de nuevo, siempre calló, tuvo paciencia. Nosotros, esta vez, enloquecimos aún más. Le pedimos cuentas diciendo por qué callas. Lo maldijimos diciendo por qué no intervienes. Mientras hacíamos nuestras obras inmundas, malas y llenas de crueldad, encima nos hicimos tomar fotos riendo, con burlas. Y nos burlamos de Él diciendo: «¿dónde está Dios?, mira, no hace nada».
Y a veces, de ningún modo pudimos compartirlo. Dijimos: mi religión es la más correcta y la tuya, en cambio, es equivocada. Por eso también derramamos a raudales sangre humana. Mordimos, despedazamos, nos comimos y consumimos unos a otros. Diciendo «iremos al paraíso», con lo que despojamos a otros, con lo que robamos hurtando, creímos que le dábamos limosna, soborno a Él. Lo creímos a Él un bandido como nosotros. Y a los lugares que reunimos y a los que dimos su nombre los convertimos en una guarida de bandidos.
«…y vienen para hacer todas estas obras abominables, y se paran delante de mí en esta casa que es llamada por mi nombre, y dicen: «Estamos librados», ¿es así? ¿Se ha vuelto ante sus ojos esta casa que es llamada por mi nombre una guarida de bandidos? He aquí, yo, yo también lo he visto», dice Jehová. Jeremías 7:10
Aunque Dios dijo todas estas advertencias a las generaciones anteriores a nosotros, nosotros no aprendimos la lección ni nos avergonzamos, no se nos enrojeció la cara, y como toda la humanidad no nos volvimos de nuestras malas obras. Cuanto más nos exaltamos, tanto nos exaltamos, que incitamos a nuestras esposas, a nuestras hijas, a la prostitución. Si ellas se descubrían el trasero, las tratamos bien; si se sentaban en nuestro regazo, les dimos trabajo. Ofreciendo de una vez cien veces el dinero que ganaba con su honra, con esfuerzo, dijimos: «con tal de que te prostituyas». Y ellas lo hicieron con gusto. Los padres llevaron con sus propias manos a sus hijas y, acerca de ella, «mi hija es artista», diciendo, las hicieron actuar abiertamente en películas porno ante sus propios ojos. Junto al director, el padre miraba a su hija, le hacía recomendaciones sobre qué cosas debía hacer. Estos, ante los tribunales, con collar de oro en el cuello, con brazalete de oro en la muñeca, no se avergonzaron; al contrario, tanto la hija como el padre maldijeron a quienes los miraban con vergüenza. Las leyes también tomaron su parte. Adoraron como Dios al dinero, que es obra de sus propias manos. Diciendo «si te llamo Dios, no lo eres, pero obras como Él», enaltecieron tanto al dinero que inventaron incluso refranes así acerca de él.
No crean que también el silencio de Dios es eterno. Nosotros, al cegarnos a nosotros mismos, creímos que Él tampoco veía. Nosotros, al ensordecernos a nosotros mismos, creímos que Él tampoco oía. Su nombre lo usamos unos contra otros solo en nuestra ira, y aun eso únicamente para maldecir. De nuevo, en nuestra ira blasfemamos con su nombre. En los momentos en que creíamos alegrarnos, nos aterraba que se acercara siquiera a nosotros, huimos de Él por todos los rincones. Convertimos el creer en Él en una cuestión de orgullo.
Cada uno de nosotros creó un Dios inventado de su propia cabeza y se jactó de él, se enorgulleció, cortó la lengua a quienes tendían la lengua contra él. Llamamos a millones a la masacre en este empeño. Nos esforzamos por hacer creer que cuantos más masacres, tanto más grande crece tu terreno en el paraíso. De orgullo, de soberbia, enloquecimos tanto que dijimos sin avergonzarnos que toda clase de repugnancia que hicimos la hicimos para alegrar a Él. Sin decir criatura ni niño, mujer ni hombre, anciano ni enfermo, antes de masacrarlos hicimos con los libros de Dios oración de bendición para los soldados. Las obras de los que pasan por ser los mejores de nosotros eran, ante Dios, como escribió también el profeta Isaías:
Porque todos nosotros somos como cosa inmunda, y todas nuestras obras rectas son como trapo (vestido) sucio; y todos nos marchitamos como una hoja; y nuestras malas obras (iniquidades) nos llevan como el viento. Isaías 64:6
Pusimos al mundo en tal estado que a ninguno de nosotros le quedó confianza en el otro. En los tribunales dimos sentencias torcidas, tomamos soborno y tomamos partido. Declaramos culpable al inocente y al culpable inocente. Desde aquel con quien dormíamos juntos en el mismo seno, hasta aquellos a quienes engendramos y criamos, a quienes llamábamos nuestra alma, nuestra sangre, compartimos el mismo techo solo por interés y provecho. El que daba, daba por su orgullo y su soberbia; el que tomaba, tomaba porque pensaba en su provecho; y el amor no estuvo en ninguno.
Las profecías que dicen: «Hasta sus padres, sus hermanos, sus parientes y sus amigos los entregarán y harán que maten a algunos de ustedes. Todos los odiarán a ustedes a causa de mi nombre» (Lucas 21:16-17), en los últimos días, alcanzando su punto culminante, sin duda se cumplirán.
Todas estas son cosas que crecen, que son los frutos de lo que sembramos. La primera vez que leí estos versículos me quedé asombrado; decía: «¡¿acaso puede existir tal cosa?!». Nosotros, mientras hacemos todo esto, decimos también: «Dios no existe, Él no ve». Un pueblo que en cierto tiempo decía exactamente estas palabras, a pesar de que no era malo como nosotros ahora, sino mejor que nosotros, miren qué le dijo Dios:
… «Jehová abandonó la tierra, y Jehová no ve», dicen. Pues yo, mi ojo no perdonará ni tendré compasión, y haré recaer sus caminos sobre su propia cabeza. Ezequiel 9:9b-10
Si leen qué cosas hizo aquel pueblo al que Dios dijo estas palabras para provocar la ira de Dios (basta con que lean los capítulos 8 y 9 del libro que escribió el profeta Ezequiel), a nuestro lado ellos quedan limpísimos como ángeles. Mirando las obras de nuestro mundo actual, cuando comparamos con nosotros mismos a las personas de aquel tiempo, con asombro decimos: «¿por esto se enojó tanto Dios con ellos?». Piensen qué cosas estará sintiendo ahora Dios hacia nosotros. Ese Dios a quien hicimos ciego, a quien, diciendo «a veces ve y a veces no ve», comparamos con los canales de radio, ¿acaso comprenderemos que Él veía solo cuando dé a cada uno de nosotros la paga conforme a sus obras? ¿Acaso nos salvará ya esta comprensión?
Además, la verdadera cuestión tampoco depende de la creencia de si Dios nos ve siempre o no. Satanás y sus demonios están ya en esta conciencia. Por eso también:
«Tú crees que Dios es uno; bien haces; también los demonios creen, y tiemblan» (Santiago 2:19), no en vano se escribe así en la Escritura.
Ellos, así como saben la existencia de Dios, conocen también muy bien sus cualidades. Pero todos estos conocimientos no los hacen buenos y aceptables ante Dios ni los cambian. Tampoco hay una regla de que nosotros cambiaremos si sabemos. Más que saber, importa cuánto amamos y aplicamos lo que sabemos. Yo creía con absoluta certeza que todo el que conociera a Dios lo amaría, pero por desgracia, por los conocimientos y las experiencias que adquirí, vi que me equivocaba mucho. Puse atención a las personas que creen hacer muchas cosas por su religión. Porque va a la mezquita, a la iglesia, porque ayuna y celebra la Navidad, porque siempre está presente en las primeras filas en los cultos, si está en una religión que predica de puerta en puerta, porque tiene como meta hacer al mes el máximo de horas, porque murió en pánico apedreando al diablo, y con cuantos sacrificios más pueda exhibirse, todas estas cosas también las hacía para poner a alguien bajo obligación y obtener provecho. A veces, si un Testigo, predicando de puerta en puerta, llena las horas para poseer cada mes la etiqueta de precursor, lo hace, si es joven, para casarse, para encontrar cónyuge, o porque espera de su congregación reputación o algo material, o si sus padres tienen dinero, lo hace para tomárselo a ellos. Y sus padres también les hacen estas recomendaciones solo para jactarse en su entorno. Y no crean que estas personas de las que hablo son solo jóvenes o niños ni nada; a veces son personas adultas de más de 40 años. Ellas se parecen a los musulmanes que en Alemania extienden la alfombra de oración en el estacionamiento y hacen la oración ritual mirando alrededor. Sobre este tema, miren qué cosas le dice Dios a Mahoma:
Ellos quieren ponerte bajo obligación por hacerse musulmanes (o por creer). Diles: «No crean que me ponen bajo obligación por hacerse musulmanes. Quizá, si son sinceros en su fe, ustedes están bajo obligación ante Dios por haberlos guiado Él al camino recto». Al Huyurat (49):17
No sé por qué, siempre esperamos de los demás que comprendan nuestra tristeza y las cosas que nos entristecen, y de Dios también. No quiero decir que Dios tenga necesidad de consuelo. En el camino por el que vamos nos espera una destrucción, y esto Dios lo hará no con disfrute, sino con tristeza. Todos nosotros, como toda la humanidad, ya hace tiempo debíamos habernos arrepentido y vuelto de aquellas obras abominables. Sin embargo, vamos con tal rapidez que solo un final que venga de los cielos podrá frenar todas estas obras nuestras abominables, feas y repugnantes. (Apocalipsis 6:10; 9:20-21; 16:21)
«…El que peca contra mí hace injusticia (agravia) a su propia alma;
Todos los que me odian aman la muerte». (Proverbios de Salomón 8:36)
Ojalá nuestros ojos pudieran ver, ojalá nuestro corazón pudiera comprender, ojalá discerniéramos y nos arrepintiéramos y nos volviéramos de todas nuestras maldades. Quizá, sí, quizá Jehová nos sea clemente y se vuelva de su ardiente ira.
Quédense con salud.
Ihsan Kiper. Alemania, miércoles 12 de octubre de 2005
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