Messias.Life

Español · Leer en línea

La Mafia de la Religión y Nosotros

57 Capítulo · Leer en línea

Este texto en español es una traducción automática del original turco y puede contener errores.

Prólogo

10 de diciembre de 2003

En este libro intentaré tratar temas que conciernen a todo el mundo y que atañen personalmente a cada uno. Al escribir las experiencias que he vivido, emplearé también pruebas tomadas de las Escrituras Sagradas que llamamos la Torá, los Salmos, el Evangelio y el Corán. Al leer este libro, tenga sin falta a su lado la Sagrada Escritura y el Corán, y lea abriendo los pasajes indicados. Decida usted mismo si acaso todo esto es así. Mi propósito con este libro no es atraer a nadie ni a la mezquita, ni a la iglesia, ni a la sinagoga, ni a ningún otro templo; al contrario, por medio de este libro quiero dirigirme a quienes ya están allí.

Mi propósito será —si es posible— animar, por medio de este libro, a hacer uso de la libertad que Dios ha dado a la humanidad. Estos no son más que mis deseos y anhelos. No pretendo enfurecer a muchas personas ni ganarme el odio de muchas; y si es cuestión de ganar, me esforzaré por ganar a los seres humanos para su Creador, Dios el Señor. Comencé a escribir estas líneas inspirándome en las palabras de Dios y partiendo del hecho de que se ajustan muy bien también a nuestro tiempo.

El Señor miró, y vio que era mucha la maldad que el hombre hacía en la tierra, y que todo designio de los pensamientos de su corazón era de continuo solamente el mal… Dios miró la tierra y vio cuán corrompido estaba todo… Y dijo Dios a Noé: «Voy a poner fin a la humanidad, porque a causa de ellos la tierra se ha llenado de violencia. He aquí que los destruiré junto con la tierra». (Nueva traducción de la Sagrada Escritura, libro del Génesis, capítulo 6, versículos 5 y 12-13) …Oh Dios mío, perdona… y a los extraviados no les aumentes sino la perdición. (Sura de Noé del Corán, sura 71, versículo 28.)

Las palabras anteriores son del propio Dios; están tomadas de la Torá, los Salmos, el Evangelio y el Corán, que Él hizo escribir por medio de sus profetas. Así como su relación con nuestro tiempo se puede leer en las palabras de muchos profetas, aquí trataré de mostrarles tan solo un versículo más. En el libro de Mateo del Evangelio, Jesús el Mesías dice lo siguiente respecto a los últimos días:

Como fueron los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre (es decir, de Jesús el Mesías). Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no lo supieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del hombre. Mateo, capítulo 24, versículos 37-39

Por favor, reflexione si aquello que lee le concierne a usted personalmente o no. Si duda de que Dios se ocupe personalmente de toda

la humanidad, uno por uno, y de la tierra, lea estas palabras:

No cae una sola hoja sin que Él lo sepa. Sura de los Rebaños (al-Anaam), sura 6, versículo 59

Y aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. Parte de Mateo de la Sagrada Escritura, capítulo 11, versículo 30.

Piense en los árboles que hay sobre la tierra: ¿podría calcular el número de las hojas que caen de ellos?

Piense igualmente en todos los seres humanos que hay sobre la tierra, y en cuántos cabellos se les caen cada día y cuántos nuevos les salen en su lugar; pues bien, ¿podría contarlos? En realidad, para nosotros es algo imposible. Y eso en esta era técnica en la que vivimos. Incluso puede parecernos innecesario. ¿Qué padre o madre, por mucho que ame a su hijo, ha contado sus cabellos y conoce su número exacto en todo momento? ¿Acaso todo esto nos parece absurdo? Puede ser, pero lo que se quiere expresar es que nuestro Creador conoce todas estas cosas. Arriba leímos los versículos que muestran que esto es así. Junto a cientos de versículos, ¿no son acaso incluso estos dos solos una prueba de cuán poderoso es Él y de cuán de cerca se ocupa personalmente de todas sus criaturas? Un Dios que se ocupa del número de los cabellos de cada uno de nosotros, ¿no se ocupará de las cosas que pasan por nuestros corazones, de lo que hacemos, de lo que haremos y de lo que decimos? Sí, a nuestros actos, a nuestros pensamientos, a los motivos de nuestra conducta, a lo que tramamos en nuestro corazón, Dios les da muchísima más importancia.

Sobre estas cosas seguramente hemos oído algo desde nuestra infancia. Por poco religiosos que seamos, y por mucho que nos hayan escaldado los que se hacen pasar por devotos, ocupémonos de Él —aunque no del modo en que Él mismo se ocupa de nosotros— sino de la manera en que Él espera de nosotros. Nosotros no podemos contar los cabellos de nuestro Creador; eso sería un disparate. Pero si dedicamos tiempo a buscar el verdadero conocimiento, esto significará vida para nosotros.

Por medio de este libro, les recomendaré que lean reflexionando sobre las cosas que quiero contarles. Porque le concierne a usted personalmente. Podemos decir que muchas cosas —por ejemplo, la política, el problema turco-kurdo, Estados Unidos-Irak, la pobreza, el hambre, los problemas entre hombres y mujeres, el rumbo del mundo— no nos conciernen. A menudo, en verdad, no nos conciernen. Porque, por lo general, no está en nuestras manos hacer nada. Aunque hiciéramos grandes esfuerzos, no lo cambiaríamos.

Pero los temas de los que aquí se habla, sea usted quien sea, le conciernen a usted personalmente, sí, conciernen a toda la humanidad. Porque la relación entre usted y Dios significa para usted, o bien la vida eterna, o bien recibir una condena eterna. Y nosotros, aunque no podamos cambiar muchas cosas, sí podemos cambiarnos a nosotros mismos. Porque vivimos en un tiempo igual al de los días de Noé.

Los comentarios e interpretaciones que leerá no son profecía. Es decir, Dios no me habló personalmente de palabra como lo hizo con sus profetas. Sino que, investigando a partir de las palabras de los profetas, me esfuerzo por tener una comprensión correcta.

Que en nuestros días esto sería así, también lo dijo Dios de antemano. En la Sagrada Escritura, al profeta Daniel, en el capítulo 12, versículo 4, Dios le dice:

«Pero tú, Daniel, guarda estas palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin; muchos hombres investigarán, y el conocimiento aumentará».

Precisamente porque vivimos en el tiempo del fin, trataré de transmitir a todos los conocimientos que poseo.

Pues mirad, hermanos, vuestra vocación: no fueron llamados muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que Dios eligió lo insensato del mundo para avergonzar a los sabios, y Dios eligió lo débil del mundo para avergonzar a lo poderoso, y lo vil del mundo y lo menospreciado eligió Dios, y lo que no es, para anular lo que es; a fin de que ninguno de los hombres se jacte delante de Dios. 1 Corintios 1:26-29 (Sagrada Escritura)

Si respecto al lugar de los versículos citados no se indica nada, están tomados de la traducción antigua y de la nueva de la Sagrada Escritura. En cuanto al Corán, si tampoco se indica nada, generalmente la mayoría de los versículos citados pertenecen a la traducción de Osman Nebioğlu, y una pequeña parte a la de Süleyman Ateş. Si hay otras fuentes, las indicaré también al escribirlas en mi libro. Los nombres de las personas mencionadas en el libro también han sido cambiados.

Cómo empezó

Del mismo modo que se comprende el fondo verdadero de algo, así también yo, en mi juventud, cuando tenía 22 o 23 años, había comprendido, por así decirlo, el fondo verdadero de este mundo y lo había aborrecido. A pesar de que no tenía conocimiento acerca de Dios, creía que existía un poder. Cuando me acostaba en mi cama, cansado, empezaba a hablar con Dios en mi interior y le decía: «Dios mío, si tú existes y fuiste tú quien me dio esta vida, por favor, quítamela, no la quiero. Sé que, mientras viva, solo me esperan sucesos amargos. Y los días en que verdaderamente he reído tal vez puedan contarse con los dedos. Por favor, cuando ahora me duerma en mi cama, haz que no vuelva a despertar jamás. No soy una buena persona, tengo muchos defectos y muchos lados malos. También lo sé. ¿Acaso no nos diste esta vida como un regalo? Pues yo no la quiero. Y, para no sufrir, quítamela sin que la sienta.»

Yo ya no tenía ningún propósito en este mundo. Comer, beber, ahorrar, edificar, acumular, casarse: solo esto no podía ser un propósito. Porque la humanidad siempre había hecho estas cosas, pero no había logrado ser feliz. Todas las penurias sufridas, las opresiones, las maldades, las envidias, las guerras, los odios, todo era por estas cosas. En pocas palabras, cuando dicen «el mundo entero gira en torno al dinero y al placer» no es una frase dicha en vano. Feo, repugnante, pero la verdad que yace debajo describía en qué estado se hallaba la humanidad. Eran cosas probadas durante miles de años por incontables generaciones. ¡Iba yo acaso a cambiarlas! Pero había algo que me sumía en la duda. Si yo ya me había quedado tan sin propósito, si nada de lo que el mundo me ofrecía despertaba mi interés, y si por todo ello la muerte se me presentaba como el mejor camino, quizá esto era así solo a mis ojos. Además, ¿no había en este mundo algo que yo desconocía, pero que, de conocerlo, me haría pensar de un modo completamente distinto? ¿Era yo un sabio por querer morir y liberarme? Y, si Dios existe, ¿acaso no nos conocía? ¿Nos creó Dios solo para sufrir y para oír nuestras súplicas de que nos diera la muerte? Aunque preguntas como estas no cruzaban entonces mi cabeza con tanta claridad, creía que en mi mente podía existir una puerta abierta, y que al menos Dios lo sabría. Pues sí, si le pedía a Él la muerte, y Él es Dios, ¿no podría también obrar la salvación?

Pero ¿de qué debía yo salvarme? Mi angustia no era como una enfermedad, un padecimiento corporal, la cárcel o la muerte de mis seres queridos. Por supuesto, a una edad tan joven estaba bajo cargas enormes, difíciles de sobrellevar. Teníamos que vivir en un país extranjero, como personas de un país nada querido. Matrimonios, de nuevo separaciones, desavenencias, intentar vivir entre dos países, ir a la escuela y, al final, retorcerme bajo una deuda tan grande como una montaña. ¿Merecían la pena las penurias que había que soportar? ¿Por qué había de debatirme? ¿Acaso la vida solo significaba esto?

En mis sueños, era como si tuviera el mundo ante mí; yo había alcanzado todo lo que podía alcanzarse y, al final, no había logrado ser feliz de ningún modo. Cuando me acostaba, me sumergía en mis fantasías. Todo lo que un ser humano pueda imaginar, eso mismo llegaba yo a poseerlo. Pero, mientras me sumergía en las fantasías, poco a poco había empezado también a volverme realista. Incluso en mis fantasías siempre surgían problemas. Aunque podía hacer todo lo que quería, ni siquiera allí se resolvían aquellos problemas. Por supuesto, estas fantasías no se parecían a las de un niño de tres años. En realidad, eran cosas que quería alcanzar y hacer en el futuro. ¿Acaso no fantaseamos todos de antemano con aquello que deseamos poseer? Lo mío era exactamente así. A veces, mientras me esforzaba por convertir en un paraíso el país del que habíamos salido, para librarnos de aquel país donde éramos extranjeros y no queridos, otras veces pensaba en un coche que quería tener, o en una chica que me gustaba, o en poseer una inteligencia que nadie más tuviera. También en mis fantasías, mientras mis enemigos se derretían ante mí, podía darles a mis seres queridos todo. Pero, aun así, ni yo ni los que aparecían en mis fantasías éramos felices.

Me había puesto como meta llegar a ser muy rico, ser el hombre más rico del mundo. Pero, en realidad, los ricos no eran felices. Ellos mismos lo confesaban abiertamente. Aquellos contados ricos del mundo cuyas vidas leí eran sinceros cuando decían: «Dadme la felicidad y os daré todo lo que tengo.» El mayor problema con la heroína, con las drogas, salía de los hijos de estas familias ricas. Yo vi que quienes lo tenían todo eran más infelices que quienes no tenían nada. ¿Qué propósito podía quedarme ya a mí? Estaba muy sombrío y en mi cabeza ya solo había muerte. Aun así, pensando que no podía saberlo todo, al final de mi oración a Dios me había dormido diciendo: «Si no me matas, si no me quitas la vida, entonces, por favor, cambia mi vida.»

Dentro de mí tenía la sensación de que sin duda existía alguien que me escuchaba. Y ese era Dios. Estaba tan seguro de que iba a morir que, cuando desperté por la mañana, me sorprendió mucho no haber muerto, pero enseguida me alegré también. Porque decía: «Entonces mi vida va a cambiar.» No lograba imaginar cómo sería ni cuándo sería. Para Dios todo era posible. Él podía cambiar mi vida. Creyendo en esto, por la mañana me fui al trabajo.

Conociendo las Sagradas Escrituras

Por mi mente pasaban voces que yo no quería. Me decía a mí mismo: «tal vez me estoy volviendo loco». Sin embargo, oraba a Dios. Porque aquellas blasfemias que había en mi mente eran cosas ajenas a mi voluntad. Y mi oración a Dios era: «Dios mío, acepta estas oraciones que me enseñaron pero cuyo significado ni siquiera conozco, líbrame de estas angustias».

En la escuela primaria y secundaria había suras en árabe que memorizábamos. Cuando las recitaba, creía que hacía algo muy valioso. Eran suras como la Fatiha, el Kevser, el Elham en árabe. Y también, por una costumbre que me quedó de la infancia, decir tantas veces que no sabría contarlas «Bismillahirahmanirahim». Ni siquiera eso sabía qué significaba. Creía que sin duda era algo muy bueno, pero no conocía su significado. Su significado en turco lo aprendí mucho después. Resulta que quiere decir «En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso». Sin embargo, vi que muy poca gente lo sabía tampoco. Mejor dicho, ninguna de las personas que conocía lo sabía. Es decir que en este asunto ellos tampoco eran distintos de mí. Y encima, hasta llegar a los 60 o 70 años de sus vidas, habían dicho esta palabra sin conocer su significado. Ellos también creían que decían grandes palabras, y seguramente pensaban que con estas palabras se divinizaban. La palabra sin duda era grande y significativa, pero no para quien la decía ni para quien la escuchaba. Porque ni el uno conocía el sentido de lo que decía, ni el otro el significado de lo que escuchaba. En este caso no se diferencian en nada de un loro. La persona quizá dice cosas bellas, pero con estas cosas cuyo significado desconoce no edifica ni a sí mismo ni a quien la escucha. Estas palabras resultan sin sentido para ellos. Mejor dicho, es como si fueran un amuleto, o una cuenta contra el mal de ojo, o esos pequeños Coranes que cuelgan en los coches como mascotas. Todo esto se hace con fines como protegerse, atraer suerte, tener éxito, que se cumplan los deseos. Al esperar de tales cosas la ayuda que debe esperarse del propio Dios, las personas en realidad ponen esas cosas en el lugar de Dios. Es decir, las igualan a Dios. En pocas palabras, las convierten en ídolos. Sin embargo, el Corán, con innumerables versículos, subraya que asociar copartícipes a Dios es algo muy malo y erróneo. Incluso dice que «no os caséis» con quienes hacen tal cosa. Yo abrí por casualidad una página del Corán y allí decía lo siguiente:

No os caséis con mujeres que asocian copartícipes a Dios (o con hombres) mientras no crean. Aunque esa mujer (u hombre) os agrade, una mujer creyente (u hombre) es mejor que una mujer que asocia copartícipes a Dios. (Traducción de Osman Nebioğlu, Bakara 221. Los textos entre paréntesis se han escrito para ayudar a comprender el sentido del Corán, no figuran en el Corán.)

Como indiqué entre paréntesis, por supuesto que esta es una regla válida para ambos sexos. Porque no creo que sea erróneo decir que esto de asociar copartícipes, o igualar a Dios con otra cosa, está escrito en casi cada parte del Corán.

Respecto a predicar en lenguas que no se entienden y orar a Dios por ese medio, el apóstol Pablo lo trata en la primera carta a los Corintios en el Evangelio y, con el espíritu que recibió de Dios, dice: 1.Cor.14:4-33

...el que habla en (una) lengua (extranjera) se edifica a sí mismo (él conoce el significado, pero si el pueblo, la congregación, no lo conoce) pero el que profetiza edifica a la iglesia. (Iglesia: en el sentido de congregación, comunidad de creyentes) Así que yo quisiera que todos vosotros hablaseis en lenguas, pero más aún que profetizaseis (anunciar la palabra de Dios a las personas en la congregación en la lengua conocida) porque el que profetiza es mayor que el que habla en lenguas, a no ser que las interprete para que la iglesia (reciba edificación (desarrollarse y fortalecerse espiritualmente). Ahora pues, hermanos, si yo voy a vosotros hablando en (las) lenguas (que no conocéis), ¿qué os aprovecharé, si no os hablo o con revelación, o con ciencia, o con profecía, o con enseñanza? Ciertamente las cosas inanimadas que dan sonido, como la flauta o el arpa (un instrumento musical), si no dieren distinción de voces, ¿cómo se sabrá lo que se toca con la flauta o con el arpa? Y si la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla (guerra)? Así también vosotros, si por la lengua no diereis palabra bien comprensible, ¿cómo se entenderá lo que decís?... Versículo 16 - Porque si bendices con el espíritu (con lengua extranjera), el que ocupa el lugar del pueblo sencillo, ¿cómo dirá el Amén a tu acción de gracias, pues no sabe lo que has dicho? Porque tú, a la verdad, bien das gracias; pero el otro no es edificado… Versículo 22 - Así que las lenguas son por señal, no a los creyentes, sino a los incrédulos; pero la profecía, no a los incrédulos, sino a los creyentes. Si, pues (ahora), toda la iglesia (congregación) se reúne en un lugar, y todos hablan en lenguas, y entran los del pueblo sencillo o los incrédulos, ¿no dirán que estáis locos? Pero si todos profetizan, y entra algún incrédulo o alguno del pueblo sencillo, por todos es convencido (persuadido), por todos es juzgado (examinado); lo oculto de su corazón se hace manifiesto; y así, postrándose sobre el rostro, adorará a Dios, declarando (diciendo abiertamente) que verdaderamente Dios está entre vosotros… versículo 33 - pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz (sosiego).**

El mismo pensamiento se apoya también en el Corán y se le dice así a la sociedad árabe:

En verdad lo hemos enviado como un Corán en árabe para que comprendáis y reflexionéis. Sura de Yusuf:2

Como se entiende también de estos versículos, se da importancia a que esa lengua se comprenda claramente para esa sociedad. ¡A los árabes, por supuesto, será un Corán en árabe! De nuevo, en el versículo 44 de la sura Fussilet (sura 41):

Si lo hubiéramos hecho un Corán en lengua extranjera, ellos dirían: «¿Por qué no se han expuesto claramente sus versículos? ¿Qué clase de asunto es este? A los árabes se les habla en lengua extranjera».

Si estas palabras hubieran venido en una lengua que no se entiende, en el Corán no se subrayaría que los árabes también tendrían razón en sus acusaciones como «¿Qué clase de asunto es este? A los árabes se les habla en lengua extranjera». Sin embargo, Dios, enviándolo a las personas no para que su palabra no se entienda, sino al contrario, para que se entienda, dice también en el versículo de la sura Zuhraf (43):3:

Lo hemos hecho un Corán en árabe para que comprendáis dice.(Todos los versículos son de la Traducción de Osman Nebioğlu)

Sí, para que se entienda. En cambio, con nosotros se ha luchado para que no se entienda, y todavía se sigue luchando por ello. El cristianismo vivió los mismos problemas durante miles de años. En la historia ellos quemaban vivos a quienes leían las Sagradas Escrituras, a quienes se atrevían a traducirlas. En este asunto los musulmanes vienen un poco más atrasados en cuanto al tiempo, nada más. Para oponerse a la lectura y comprensión de estos libros, se han aplicado más o menos siempre el mismo sistema y los mismos métodos. Imaginad, si se dice «leed las Sagradas Escrituras y el Corán forzosamente en sus lenguas originales», y esta lógica existe tanto en el cristianismo como en el islam, entonces tendríamos que aprender tanto hebreo como arameo, griego y árabe. Yo, por mi parte, veo esto casi como imposible. Vivo en Alemania desde hace unos 35 años, pero aún no puedo decir «domino tal vez ni siquiera la mitad del alemán como mi lengua materna». Imaginad que para poder leer y comprender las palabras de Dios tuviera que conocer cuatro lenguas mejor que mi lengua materna. Y con mi propia lengua materna, cinco. Para que jamás comprendamos las palabras que Dios nos ha dicho, mediante la política de permanecer ignorantes y de mantener ignorante que perdura desde el feudalismo de la Edad Antigua y Media, tales prohibiciones se han inculcado a las sociedades. En realidad, el propósito que subyace es tal como dijo Jesucristo:

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos (una secta religiosa de aquella época), hipócritas! Porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; pues ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren entrar. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque recorréis mar y tierra para hacer un solo prosélito a vuestra religión, y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros. Mateo 23:13-15 (Sagradas Escrituras, Nueva Traducción)

Ya sea el cristianismo, ya el islam y las demás religiones de la tierra, ¿no produjeron obras acordes con estas palabras? Sus actitudes y comportamientos durante miles de años, ¿no mostraron esto?

De niño tomaba el rosario en la mano y por dentro decía cientos, miles de veces «Bismillah, Bismillah». Es una tarea muy fatigosa. En aquel entonces tenía apenas 8 o 9 años. Abría las manos hacia el cielo y oraba en secreto, como escondido dentro de mi edredón. Miraba mis pequeñas manos y pensaba por dentro: «¿estas manos, cuando crezcan, orarán también así?». La razón por la que me hacía esta pregunta eran las personas que veía a mi alrededor. Cuanto más miraba sus vidas, lo que hacían, menos creía que pudieran orar abriendo todo su corazón sinceramente a Dios. No me refiero a las personas que rezan por ostentación, o que rezan porque es costumbre, o que rezan porque es un hábito, o quizá a quienes abren las manos al rezar por miedo a la sociedad. Ellos, a mis ojos, era como si estuvieran haciendo un trabajo. Así como yo iba cada día a la escuela, y otros iban al trabajo, y la mujer en casa cocinaba, así me parecía a mí el rezar de esa persona. Era como si eso se hubiera vuelto una costumbre para ellos. De memoria, échate, échate, levántate. Sin saber ni comprender lo que se dice. Sin duda también hay creyentes entre ellos. ¡Esto se parece a mi decir «bismillah» innumerables veces! Lo que quiero decir es que, en mi pensamiento de aquellos años de niño, orar era como si fuera cosa de niños. Es decir, era una niñería. Cuando uno crece se vuelve fuerte y poderoso, y no sentía necesidad de orar. ¿Acaso sigue siendo un niño para orar a Dios? Y además tenía miedo de que esto se viera como algo de burla. Porque incluso en las películas, cuando a un hombre malo lo acorralaban y estaban a punto de matarlo, se decían palabras como «ahora reza tu última oración». Orar era como si fuera una burla.

En fin, de vez en cuando volveré a las experiencias que adquirí en la infancia. Pero en aquellas angustias de mis 22 o 23 años, oraba a Dios con todo el corazón. Aunque dijera oraciones en árabe cuyo significado no conocía como un loro, antes le abría mi corazón. También después le suplicaba con aquellas cosas cuyo significado no conocía para que me ayudara. Primero suplicaba con palabras que yo mismo entendía, y luego los árabes. Por aquellas cosas que decía sin entender pedía perdón, pero también suplicaba que me comprendiera. Esta regla era como si me la hubiera puesto yo mismo. No sabía qué hacer. Estaba casado, pero ¿a quién podía contar estas cosas? Dejando a un lado el miedo de que me llamaran loco, ¿quién me comprendería y me escucharía? Solo Dios. Sí, si Dios existía, Él comprendería. Incluso empecé a hacer oraciones tales como:

«Dios mío, ni siquiera en mis imaginaciones logro salir del enredo, ¿de dónde voy a saber yo qué pedir? Por eso, que se haga conmigo aquello que tú halles correcto», decía.

Antes, en mis oraciones, especificaba siempre exactamente lo que quería que Dios me diera. Ahora comprendo que, para nosotros, era como si Dios fuera el genio que sale de la lámpara de Aladino. Dios podía darnos nuestros deseos, pero si ese deseo era erróneo, si al final no me traía bien sino al contrario me metía en un callejón sin salida, debía pensarlo muy bien. Por eso, en nuestros deseos hacia Dios, era como si no oráramos sino que casi ordenáramos. Especificando con condición los deseos que queríamos obtener, «que sea exactamente así, o asá». El genio de la lámpara de Aladino también era muy poderoso, pero Aladino tenía que decirle sus deseos al pie de la letra sin cometer ningún error. Como la instrucción que un comandante da a su soldado, como la inquietud que siente el comandante cuidando de que no haya ningún error. Nosotros, sin darnos cuenta, nos parecemos mucho a esto en nuestras relaciones con Dios. Es decir, ¡en Dios solo hay poder, pero nosotros somos más listos que Él! ¿No sale este sentido, no dicen esto nuestros corazones? Siempre suplicamos que en nuestros deseos y peticiones sea según nuestra voluntad. Nos morimos de miedo de decirle a Dios: «Que se haga tu voluntad». Porque en algún lugar de nuestra mente, en nuestro subconsciente, existe este pensamiento: «Las cosas que son voluntad de Dios son aburridas, sin gusto, dan infelicidad». ¡Quién va a querer ya la voluntad de Dios! En realidad, en cierto modo queremos decir: «Dame lo que yo quiero, no te metas en lo demás». Quienes tienen hijos, o todos nosotros, ya que en algún tiempo fuimos niños, conocemos bien estas situaciones respecto a las cosas que pedíamos a nuestros padres, que pedíamos con insistencia. Por ejemplo, con algo que pedimos insistentemente, a veces ellos se esfuerzan por mostrarnos los efectos secundarios perjudiciales de aquella cosa que pedimos. Intentan explicárnoslo con ejemplos. Suplicando, dicen: «¡Por favor, no lo hagas así!». Nada, nosotros no queremos ni oír ni escuchar. Usando todos nuestros caprichos y también su amor, finalmente obtenemos aquella cosa que queríamos. Y al final, aunque veamos que ellos tenían razón, aunque nos equivocamos, ni siquiera queremos dejarlo entrever. Porque si una vez les damos la razón, entonces tendríamos que hacer esto también en los demás deseos de nuestros padres. Y no siempre los padres tienen razón. Pues bien, esta guerra empieza así ya desde la infancia. Nuestra relación con Dios, ¿acaso será distinta de esto? ¿Quién cree que Dios está lleno de amor y se interesa por nosotros de manera que proporcione a la humanidad un beneficio eterno? Es decir, no solo de palabra, quiero decir con todo el corazón. Por ignorancia, hay también quienes se rebelan diciendo: «Si existe un Dios, ¿por qué no interviene en todos estos sucesos que ocurren en la tierra, en las injusticias, las crueldades, las guerras, las torturas, las peleas, las muertes?». En realidad es una pregunta acertada. Yo también, en la medida de lo posible, daré cabida de vez en cuando a tales temas en mi libro.

Estaba en una crisis espiritual, pero estas oraciones mías no quedaron sin respuesta. Un día, un domingo, estando solo en casa por la mañana, llamaron a la puerta. Cuando abrí, un hombre y una mujer ancianos contaban algo. No entendí lo que contaban, pero los invité a entrar. Pensé que dijeran sentados adentro lo que fueran a decir. Además, tener a esas personas en la puerta era muy vergonzoso para mí. Esto será una educación en hospitalidad que recibimos de mi madre. Nunca vi perjuicio de ello. Bendita sea mi madre. Qué bueno que nos inculcó cosas tan buenas. Las personas que yo pensaba que quizá eran de un seguro resultaron ser Testigos de Jehová.

Aunque nosotros nos criamos en Alemania, no teníamos un conocimiento del idioma alemán respecto a temas religiosos. No sabíamos cuál era la palabra alemana para «profeta». Si digo que no sabíamos en alemán más que que Dios era «Gott» y que la iglesia era «Kirche», seguramente no mentiría. La palabra alemana incluso para mezquita la aprendimos muchos años después. En las escuelas, en los lugares de trabajo, se burlaban deliberadamente de la fe en Mahoma. Al mirar con atención a la sociedad alemana, notaba que ellos iban por delante de nosotros en asuntos técnicos, en asuntos de riqueza, pero que en asuntos de humanidad no eran para nada tan llenos de amor. Al contrario, no era posible encontrar ni siquiera rastro de la hospitalidad de Abraham, del amor perdonador de Jesucristo, de la humildad que es mandamiento de Dios, todo lo cual está en ese libro en el que dicen creer. Había buenas personas, pero muy, muy pocas. ¡Y ellas tampoco tenían casi ninguna relación con la religión ni nada de eso! Bien, y nosotros, es decir, nosotros los musulmanes, ¿cómo éramos? Sin duda éramos distintos, pero ante Dios ninguna de las dos sociedades era distinta ni mejor la una que la otra. Yo quiero decir esto: en la apariencia externa sí, pero en el fondo no éramos distintos el uno del otro. Ya fuera el musulmán o el cristiano. Sobre todo, cuando se mira a estas sociedades con los ojos de Dios, ¿cuál podría decirse que era mejor? La envidia, la enemistad sin motivo, el egoísmo, el amor al dinero, que los intereses vengan en primer plano, mentir sin pestañear, eran características similares de ambas sociedades. La diferencia estaba solo en el talento, el conocimiento, la habilidad, las ventajas económicas. Por lo demás, todos éramos básicamente iguales. ¿No sería más correcto decir toda la humanidad? El Estado otomano también fue en algún tiempo muy fuerte y poderoso. El tiempo cambió, pasó a ser otro Estado. Así, en la historia hay un montón de Estados, de naciones. En cada época, la que era fuerte, el pueblo de esa nación empezaba a creerse algo de manera exagerada. Ya sea que se llamen a sí mismos raza especial, o una especie humana superior sin igual ni semejante entre las demás, o quizá que son así porque, por ser muy valiosos, sus dioses, su Dios, está solo con ellos. Y las demás personas serían criaturas sin valor, sucias, culpables, sin cabeza, malas. Cuando en las naciones, en las sociedades, empieza semejante mentalidad, en general significa que también llega su fin. Esto no es mi opinión, son datos históricos y hechos.

La diferencia no debemos buscarla en las comunidades, sino en nosotros mismos personalmente. Si nosotros mismos hacemos también estas cosas que vemos, que criticamos, que llamamos malas, significa que recibiremos las mismas manchas que reciben aquellas personas, sociedades, religiones, naciones, organizaciones, agrupaciones que criticamos. Si el asunto es cuestión de poder, eso es otro tema. Y esto significa: «Yo puedo hacerlo, pero tú no puedes». Un mundo de la humanidad que dice: «Yo hago la ley, pongo la luz roja, esa es para ti, no para mí». Significa: «Si tú no te detienes, te quemo, pero yo nunca me detengo, eso no te incumbe». Si pedir cuentas es cuestión de poder, el que es fuerte pide cuentas, el débil no tiene derecho a ello. A menos que otro poder le reconozca ese derecho, eso es aparte. En realidad, la justicia casi no existe en la mayoría de los lugares. Estas no son cuestiones de una nación o religión en particular. Tanto el musulmán como el cristiano, el judío, el hindú, el budista, el turco, el kurdo, el alemán, el estadounidense, el inglés y cuantas religiones y naciones haya, todos por igual. Es decir, el problema está en el ser humano, en nosotros mismos, en cada uno de nosotros personalmente.

Sí, cuando los Testigos vinieron, los escuché. También comprendí que hablaban sobre temas religiosos. Pensé que venían de la iglesia o de algo así. Sobre las distintas sectas y religiones solo había oído en teoría, pero nunca me había conocido personalmente con ninguno de ellos. De todos modos, el aspecto que me interesaba no era lo que había detrás de las personas, sino aquellas personas mismas con las que hablaba cara a cara. Todavía procuro mantener mi relación con las personas con esta mentalidad y este punto de vista. Para mí lo importante debe ser esa persona misma. No su religión, su idioma, su raza, su dinero, su pobreza, su ignorancia, ni su etiqueta o nada de eso. Es fácil hablar así en grande, pero en realidad también es una gran verdad que las personas se ven influidas por la apariencia externa, por lo que las sociedades inculcan y por muchas otras razones. De hecho, si no existiera esta influencia, no sería fácil, como sentado en el sillón moviendo figuras de un lado a otro, arrastrar a la muerte a esas enormes naciones, a esas masas humanas, en nombre de la patria y la nación, según creo. Es como si la humanidad estuviera en un tablero de ajedrez, y los peones fuéramos nosotros. Y todo el esfuerzo es salvar al rey. ¡Cueste lo que cueste! Pues bien, ¿no se gobierna el mundo precisamente según la regla de este juego? Cuando aprendí este juego por primera vez, me pareció como si todo fuera real. No quería perder ni una sola de mis piezas. Yo era el rey, ¿y ellos me protegían? ¿Cómo iba yo a empujarlos a la muerte? Aunque en aquel entonces yo tuviera 21 años, este era un sentimiento infantil. Y el amigo que me enseñó este juego me daba tácticas como «anda, haz esto o aquello». Y cuando yo decía: «Pero entonces rompes esa pieza», él decía: «Que se rompa, ¿qué importa? Lo importante es que protejas a tu rey y ganes el juego. No estás jugando al backgammon, el asunto no está en reunir muchas piezas. A veces, aunque tengas todas las piezas, puedes perder el juego. Tú fíjate en el rey». Y yo decía: «Claro, sí, tienes razón» y demás, pero mis sentimientos por dentro eran otros, siempre pensaba por dentro: «Ah, va a morir otro más, ¡cómo voy a empujarlo a la muerte!». No podía explicarle esto a aquel amigo. Cuando miré a la vida real, vi que el mundo también es igual que ese juego de ajedrez. Aunque juegue a este juego, no me gusta nada precisamente por esto. ¿Por qué eran diferentes aquellas figuras? ¿Acaso no eran todas seres humanos? ¿Por qué no son todas peones? ¿O por qué no son todas rey? Antes, si alguien escribía algo así, lo metían preso por comunista. Ya dije que soy alguien muy poco listo para este mundo, pues aquí tenéis las pruebas. Y hay más: si aguantáis y leéis este libro hasta el final, quizá pueda llegar a ser incluso la persona que más odiéis.

Volvamos de nuevo a nuestra conversación con los Testigos. Mientras los escuchaba, pensaba por dentro: «Les hago un par de preguntas y después estos ya se marcharán huyendo». Me vino a la mente nuestro maestro de la clase de religión en la primaria. Al final de la clase había preguntado: «¿Tenéis alguna pregunta?». Nadie decía ni pío, un silencio. Yo había vuelto de Alemania a Turquía de nuevo tres años después. Perdiendo tres años, en lugar del último curso de secundaria había empezado desde el quinto curso de primaria. Cuando estaba en Turquía, donde lo dejé, al venir de Alemania volví a empezar desde allí. ¡Porque en el boletín que traíamos de Alemania casi no teníamos ninguna nota! Cómo iba a tenerlas. Vas como jornalero a un país cuyo idioma no conoces en absoluto. Y nosotros somos sus hijos. Ir a la escuela es obligatorio, pero sacar notas no es obligatorio. Como si dijeran «anda, haz lo que quieras». Es decir, ¡ya sea dormir o perderte en fantasías! El maestro explica, pero tienes que estar sentado así sin comprender nada, pero nada de nada, sin decir ni pío, durante años, cada día. Cuando lo recuerdo, me sorprende cuán pacientes fuimos. ¡Y esto también es la cabeza y la conciencia alemanas!

Turquía, en cambio, supuestamente se apiadó de nosotros y nos envió maestros. Y encima resultó una escuela por la tarde. Vendría un maestro turco una vez a la semana. Yo me alegré. Decía: «Ah, él nos enseñará el alemán y así hablaremos y nos entenderemos con la gente de aquí». Pero resultó que el maestro que vino ni siquiera sabía subirse al autobús. No sabía explicar lo que quería para comprar el billete. Casi no sabían ni una sola palabra de alemán. ¡¡¡Resultó que estos maestros venían desde Turquía a ayudarnos para que nuestra cultura no se perdiera y nos salvaran!!! Una vez recibí una paliza en su clase por haberme reído mucho. Qué buenos eran los alemanes, y de dónde salió este hombre, cómo se me revolvió la cabeza. Al menos los alemanes no golpeaban así directamente. Ellos desahogaban su rabia de otra manera. Junto a esto, había también uno o dos maestros alemanes muy correctos, sensatos, que cumplían su deber no por ti ni por mí, sino porque lo amaban, porque era lo correcto. Hay un dicho: «Si te han de ahorcar, que sea con cuerda de franco», pues así. Quizá tampoco en ellos había amor, pero ¿era el respeto hacia sí mismos lo que les hacía hacer estas cosas, el sentido de rectitud, o la educación de una conciencia recta que habían recibido lo que los ponía en marcha? No lo sé, pero eran personas valiosas. Si hicieron algo bueno y nos enseñaron algo, lo hicieron sacrificando su propio tiempo, no porque estuvieran obligados. No sé cómo salieron después leyes que dieran educación a estos niños extranjeros. Ni entonces lo sabía, ni ahora lo sé. Solo cuento lo que viví, lo que vi, lo que percibí. Cuando ningún maestro se dignaba siquiera con nosotros, si uno de entre ellos, y encima alguien que debía tener el mayor trabajo y no tener tiempo, el director de la escuela, hacía esto, aunque tuviéramos 10 años, uno comprendía que esa persona hacía un sacrificio y era alguien valioso. Lo único que sé es que ni Alemania ni Turquía dieron a esos niños ni educación ni instrucción. Los alemanes trajeron a los trabajadores extranjeros y a sus hijos, pero ellos pensaron ardientemente en un solo punto: «que nuestro trabajo marche por la vía barata». Viendo a los hijos de esos extranjeros como una carga, una responsabilidad molesta, un gran problema, la sociedad no hizo más que atizar el odio contra esos niños. Cuando miro qué llegaron a ser esos niños al crecer, aún me sorprendo. Yo pensaba que resultarían muy terribles, y aún lo sigo pensando. Cada uno hizo cuanto pudo para que esos niños no avanzaran más allá de ser, como mucho, torneros, obreros de la construcción, basureros, limpiadores. Sorprendentemente, no lo lograron del todo. En realidad, deberían haber comprendido, mirando a los negros de América, que esto no sería posible. Además, no siempre viene un Hitler a decir: «Eliminemos a todos estos que despiertan, traigamos nuevos sirvientes, nuevos criados para que nos sirvan». Los alemanes hablaron después de los derechos humanos aplicados al pueblo kurdo en Turquía, y alimentaron a los terroristas y les prestaron ayudas de dinero. Y ellos, con ese dinero, compraron bombas, armas, y las hicieron estallar en Turquía. Saber estas cosas ya no es algo secreto. Incluso quienes lo hacen lo dicen abiertamente.

En fin, déjenme decir, y volvamos de nuevo al tema de la clase de religión, en el quinto curso. Sí, que el maestro dijera «preguntad lo que queráis» me pareció como si fuera sincero, y al ver que todos callaban, mi propósito era tanto salvar la situación como preguntar algo que de verdad quería saber. Y en efecto pregunté. Dije: «Maestro, ¿por qué memorizamos las oraciones en árabe y no en turco?». Sin decir nada, hizo un gesto con la mano como diciendo «siéntate», y me senté enseguida. Debieron de tomar valor de mí, porque uno de aquellos niños tres años menores que yo levantó también enseguida la mano e hizo una pregunta parecida a esta. Yo estaba en la posición de los más aplicados de la clase, por eso el maestro no me mostró su ira directamente. Pero contra el niño que hizo esa pregunta, como se dice, «cerró los ojos y abrió la boca», exactamente así. Comprendí que a mí también me tocaba parte de la tunda. Cómo nos regañaba a gritos. «¡Es que acaso hay oración en turco!» y muchas otras palabras que ya no puedo recordar. Yo me hundí de vergüenza bajo la tierra. Ah, por qué habré preguntado semejante cosa, casi me metía debajo del pupitre. Menos mal que sonó el timbre. Pero comprendí una cosa: en la clase de religión no había preguntas ni nada. Como el dicho «mueve la cabeza y cobra el sueldo». Saca tu nota y pasa de curso. ¿En qué año se libró la batalla de la Trinchera? ¿Cuándo fue la migración de La Meca a Medina? Recítame el Kevser a ver. ¿Cuántos años tenía el profeta cuando le llegó la primera profecía? Decía: «Quemaré a quien no sepa al menos cinco suras largas en árabe». Pues estas eran nuestras clases de religión. No había ningún valor espiritual. El sentimiento y la emoción que se daban hacia Dios estaban por debajo de cero. En sus enseñanzas había de todo menos Dios. Y cuando intentaban enseñar a Dios, Él era como si fuera solo un poder que nos acechaba para castigarnos. Con el paso del tiempo, a medida que fui adquiriendo conocimiento, comprendí que la respuesta a la pregunta que hice tampoco la sabía aquel director que precisamente daba las clases de religión. ¿Qué iba a hacer el hombre? Enseñaba tal como venía la orden del Ministerio de Educación Nacional.

Pues bien, yo también, tras estas experiencias, decía: «Les hago una pregunta a los Testigos y me libro de ellos». No es que huyera de tener conocimiento sobre Dios ni nada de eso. Pero desde la infancia nadie nos había presentado a Dios. Ya os conté cómo eran nuestras clases de religión. Nuestro conocimiento solo podía estar dentro de nuestras imaginaciones, y yo también conocía a Dios como fuera, tal como me lo imaginaba. Y esto solo lo sabía yo. Como dijo un amigo mío que llegó a ser médico; mientras explicaba un tema con preguntas y respuestas del tipo «¿cuántos dioses puede haber?», me interrumpió y dijo: «Hay tantos dioses como personas; porque el Dios que cada uno tiene en la cabeza es diferente», así era seguramente también mi situación. El Dios que yo representaba en mi cabeza sin duda era distinto del de cualquiera. Y el de cada uno era distinto del mío. Una vez, respecto a orar, mi padrastro dijo: «Mientras Dios se ocupa del asunto de tantísimas personas, ¿va a escuchar encima tu oración, va a tener tiempo para ella?», y le miré a la cara pensando si se burlaba. Pero él estaba muy serio y era muy sincero. Era seguro que creía así en Dios. Este también era el Dios que él tenía en la cabeza. Aunque yo atribuí esto a la ignorancia de mi padre, más adelante llegaría a aprender que las personas que viven en lugares como Europa y América, y entre ellas los Testigos de Jehová, los más pretenciosos en cuanto a investigar, en su conocimiento sobre Dios, creían incluso «que Dios no lo ve todo, e incluso que ni siquiera mira». Y esta creencia, si estás dentro de ellos, tienes que aceptarla a la fuerza. Y a quien no la acepta lo expulsan de entre ellos. Y hacen esto diciendo «ya nunca más te salvarás». En fin, no vaya a mezclar estos temas desde ahora. Estos temas los abordaré ampliamente más adelante.

Mi pregunta se la hice a los Testigos que vinieron a nuestra casa en aquellos días míos angustiosos. Dije: «¿Por qué lleváis vosotros una cruz al cuello?». Yo esperaba que se enfureciera, mejor dicho, que hablara disparates. Porque nosotros, criados como musulmanes, habíamos aprendido estas costumbres de los cristianos como idolatría. Pero él, con toda calma, dijo: «Nosotros no llevamos ninguna cruz al cuello ni nada de eso». Yo dije: «¿Cómo que no, hombre?, en las películas, en las calles, esa cosa que la gente lleva puesta, ¿no es una cruz? ¿No es esa la cosa que simboliza la muerte de Jesús?». Y él objetaba: «No, nosotros no hacemos tales cosas». Yo pensaba por dentro: «O no me entiende o miente descaradamente». Pero él, haciéndome una pregunta, me dio un ejemplo. Dijo: «¿A quién es a quien más quieres?». Y yo había dicho: «A quien más quiero es a mi madre». «Bien, si alguien hubiera matado a tu madre con un cuchillo o una pistola, ¿llevarías ya al cuello la maqueta de ese instrumento?», y cuando dijo esto, yo dije «no». «Bien, ¿y los que la llevan, en las iglesias y en todas partes, qué son?», y ante mi pregunta, dijo: «Con ellos nosotros no tenemos ninguna relación. Ellos no viven según la voluntad de Dios», y abrió y leyó uno de los diez mandamientos que Dios dio a Moisés, allí:

No te harás imagen tallada, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en los cielos, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra; no te inclinarás a ellas, ni les rendirás culto, porque yo soy el Señor tu Dios... así decía Éxodo 20:4-5. Y yo leí estos escritos de las Sagradas Escrituras en turco que ellos me encargaron a un precio muy barato, que serían entonces 16 marcos. Este libro que digo muy barato lo he regalado a lo largo de mi vida a casi todo el mundo. A algunas personas a quienes les pedí el dinero, lamentablemente, jamás me lo trajeron ni me lo dieron. Aunque a uno, que encima era Testigo de Jehová, se lo pedí siendo descarado, tampoco me lo dio. En fin, la pregunta que hice en la conversación y la respuesta que recibí, y encima que me lo mostraran en su lugar, me había gustado mucho y me había sorprendido muchísimo. Porque no lo esperaba en absoluto. Hasta entonces yo siempre había creído que en las religiones no hay lógica. Esta pregunta y respuesta, en cambio, eran muy lógicas. Por supuesto que yo no creí en ellos de inmediato con una sola pregunta y respuesta. Hice una pregunta más. También, por lo que sabemos, en cada iglesia hay un cuadro como si fuera Jesús o una estatua clavada en la cruz. Y quien entra hace ante ella con las manos una señal en forma de cruz sobre su pecho. A este gesto lo llaman «persignarse» o algo así. Según nosotros, esto también es una idolatría, mientras que en los musulmanes, en las mezquitas, no hay ningún cuadro ni nada. Sin duda habréis visto en películas y demás semejantes iglesias y a esas personas. En este sentido, los cristianos adoran también a Jesús como a Dios. El «como» sobra, en realidad lo adoran como Dios. Ellos creen que hay tres dioses. Subrayan que estos tres son también uno. Incluso, para explicar esto, toman tres cerillas y preguntan: «¿Cuántas cerillas tengo en la mano?». Dices: «Tres». Luego, cuando las juntan todas y las encienden, vuelven a preguntar: «¿Cuántos fuegos ves?». Dices: «Uno». «¡Pues así son también los tres dioses!», dicen. Este es también un ejemplo muy bueno para describir la demagogia (Demagogia: intentar mostrar algo falso como si fuera verdadero; sinónimo: charlatanería). Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo, estos tres, según ellos y su entendimiento, son Dios, y desde hace miles de años esto sigue siendo así. Creo que en este asunto, como cristianos, solo los Testigos creen en un único Dios. Después habría que señalar de esta manera también la opinión de un pastor que escribió que había otros y que me criticaba. Mi segunda pregunta fue: «¿Por qué adoráis vosotros a Jesús?». Y ellos dijeron: «Nosotros no adoramos a Jesús, solo se adora a Dios, no se adora ni se rinde culto a nadie más». Y me explicaron que no hay tres dioses como enseñan las iglesias cristianas. Y encima mostrándomelo con versículos. Por ejemplo, la noche en que Jesús iba a ser entregado y muerto, mientras oraba a Dios suplicaba así:

«Padre mío, si no puede pasar esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad», oró así. (Mateo: 26:42) Si Jesús fuera como el Dios todopoderoso, ¿acaso Dios ora a Dios? ¿Y encima le dice «hágase tu voluntad»? Por supuesto que no existe semejante disparate. De nuevo, en otro lugar, Jesús:

«Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es...» (Marcos 12:29), repitiendo con esto claramente las palabras de los escritos conocidos como los diez mandamientos de Moisés, llama la atención sobre que Dios es uno solo, pero que no existe ningún disparate de que sean tres. Los judíos también creen que Dios es un único Dios, y los musulmanes también. Yo quedé muy impresionado con estos versículos que aquel Testigo dijo y leyó mostrándolos en su lugar. Vamos, si el libro que tenía en la mano no fuera en turco, diría que me engañan, o que se lo inventa de su cabeza o algo así. Pero contra las pruebas que traían no podía decir nada. De hecho, nosotros también creíamos así, pero no teníamos un conocimiento basado en pruebas. En realidad, las preguntas que yo hacía eran tirar piedras a los cristianos. Y las respuestas lógicas y probadas que él daba eran satisfactorias. Yo, que decía que los espantaría, si no me equivoco, aquel día hablamos ¿4 horas o cuánto? Al irse, ante su «volveremos de nuevo», dije: «Claro, venid».

Ellos se fueron, pero yo pensé que quizá habían podido hablar así conmigo por ser despiertos, listos y también instruidos. Conocían bien también el libro que tenían en la mano. Yo, ante todo, debía leer sin falta este libro. Solo después podría decidir si decían la verdad, o si estaba mal, o era mentira. Pero lo más importante era que a mí me había gustado muchísimo semejante conversación, las cosas que se contaban, las preguntas y respuestas. De lo contrario, si no me hubiera interesado, no me habría metido a hacer una investigación solo para examinar a aquellas personas, para ver si decían verdad o mentira. Primero, el tema que se planteaba, siendo un tema serio y concerniente a toda la humanidad, sin duda merecía ser investigado. De hecho, cuando tomé en la mano las Sagradas Escrituras, pensé para mis adentros lo siguiente: «He leído tantos libros, algunos incluso eran bagatelas. Vivimos en este país, si alguien me preguntara: ¿En qué creían esas personas? ¿Qué significa el cristianismo? A preguntas así, al menos debería saber responder. ¿Acaso, aunque solo fuera por esto, no merecía la pena leer este libro?». Una razón muy importante también era que habíamos sufrido mucho de los fanáticos religiosos. Y contra ellos no podíamos hablar en absoluto. Cuando decían: «Infiel, impuro, gavur, hereje, pecado», yo no sabía qué decir. Yo de nuevo pensaba por dentro: «Voy a leer este libro y así, en una injusticia, solo podré golpearlos con sus propias armas». Pues bien, tenía bastantes razones para leerlo. Pero respecto a una sola razón, jamás pude imaginar que este libro desempeñaría un gran papel en cambiar mi vida. Y lo más importante, que me haría feliz.

En las Sagradas Escrituras que tenía en la mano había muchas palabras en turco antiguo y no entendía la mayoría. Y también tenía un problema con esos «y y y» que aparecían a menudo al principio. No había un estilo de libro (forma de narración) al que estuviéramos acostumbrados. Pero yo, después, leí como si aquellos «y» no existieran. Se entendía más fácilmente. De hecho, tras las primeras dos páginas, aquellos «y» disminuían de golpe. Decidí leer las Sagradas Escrituras. Estas personas me hicieron algunas visitas más, y el deseo de leer este libro se afianzó ya aún más en mí. Cada vez que venían, yo hacía preguntas. El hombre era alguien de pensamiento espiritual, lógico y tranquilo. Su mujer no hablaba mucho. Y cuando hablaba, notaba que no me entendía. El hombre captaba más rápido lo que yo quería decir, y daba respuestas también sabias (juiciosas).

Ahora que lo pienso, había llegado a mis manos las Sagradas Escrituras y yo podría leerlas. En cambio, el Corán nadie nos lo dio diciendo: «Léelo, y pregunta las partes que no entiendas». Recuerdo el Corán solo colgado en la pared de nuestra casa, dentro de una tela de paño con forma de gran sobre. ¡Ni siquiera entonces podíamos tocarlo para que no nos alcanzara un castigo! Y para que no nos castigara si lo tocábamos, dentro de la funda de tela le habían echado naftalina, o azúcar, o qué sé yo. Estas cosas no eran de las que mi madre hiciera. Ella era genuinamente estambuliense, isleña, pero no era griega. Restos del Imperio otomano. Aquellas fundas para colgar el Corán en la pared sin duda se vendían ya hechas y así las habían comprado. De todos modos, aquel Corán que tomé en la mano muchos años después ni siquiera era posible leerlo. Estaba solo en árabe. Ni siquiera era del todo seguro si era el Corán o no. Porque yo había visto muchos libros así en árabe. Y ellos tampoco eran el Corán. Nosotros, en nuestra sociedad, con cualquier cosa que viéramos en árabe, nos encontrábamos con palabras como «cuidado, no lo toques, te castigará», o «pecado». Mi madre no era alguien religioso, mi padre tampoco. Nunca lo olvido, un día mi padre me despertó al alba, dijo: «Vamos, hijo, levántate, vamos a ir a la mezquita». Adormilado, dije: «¿Por qué?». Aquella vez habíamos ido de vacaciones de Alemania a Turquía por primera vez tras 3 años y medio. Mi padre vivía en Turquía. Él nunca vino a Alemania a trabajar ni nada. Solo muchos años después vino de visita. Susurrando había dicho: «Es fiesta, hijo, levántate». Además, hacía tiempo que no veía a mi padre. Decir que no me resultaba muy descortés. Justo me estaba levantando cuando desde la cama de mi madre oí una voz: «¿Adónde?». Dije: «Parece que vamos a ir a la mezquita, mamá». Mi madre le gritó a mi padre. Ante su «Acuéstate, hijo, deja que ellos vayan a la mezquita al alba con la mierda que llevan en el culo», yo me alegraba diciendo «uf, me libré», pero por otro lado también me había apenado de que mi padre recibiera la reprimenda. Mi madre y mi padre eran de todos modos dos personas con una diferencia cultural tremenda. Sobre todo mi madre generalmente decía sin ningún reparo, abiertamente, lo que pensaba. Mientras uno venía del corazón de Anatolia, la otra había nacido en Estambul, había recibido aquella educación y crianza, venía de una familia de buenos modales. Por mucho que hubieran tenido que luchar contra las carencias, su educación, su cultura, eran muy diferentes. Años después, hablando con mi padre sobre el tema de la religión, le hice una pregunta sobre este asunto. Dije: «En realidad tú no tienes mucho que ver con la religión ni nada de eso, ¿por qué de niño querías llevarnos a la mezquita?». Solo en la fiesta, y eso ocurrió una vez en mi vida. Mi padre dijo: «Hijo, es que todo el mundo iba, por eso». Es decir, era porque era la costumbre. La gran mayoría también iba sin duda con el mismo propósito. Quizá, sin exagerar, podría decirse que todos. Era el miedo a la sociedad lo que los reunía allí, no el amor a Dios. No lo conocen para amarlo. No lo saben para conocerlo. Sobre todo, no querían en absoluto saber ni conocer, y esto es otro tema. De nuevo, es uno de los temas que sin duda abordaré más adelante.

Estoy decidido a leer las Sagradas Escrituras

Cada día sentía un gran placer al leer las Sagradas Escrituras. Antes de conocer las Sagradas Escrituras, cuando volvía del trabajo a casa, por lo general no sabía en qué pasar el tiempo. Pero ahora iba a casa con tanta alegría, pensando: «voy a leer las Sagradas Escrituras». Los fines de semana, cuando estaba con los amigos y les oía decir que se aburrían, pensaba para mis adentros: «¿existiendo las Sagradas Escrituras, cómo puede aburrirse una persona?». Sabía que no podría explicárselo. De todos modos, mientras leía este libro no hacía sino callar. No se lo mencioné a nadie. Primero tenía que convencerme yo. Y aunque me convenciera, también debía tener conocimiento. Mientras leía estos libros con la intención de oponerme a ellos, al contrario, en mí crecía un gran amor y una gran fe. Si dijera que el tiempo más alegre y más feliz de mi vida transcurrió leyendo las Sagradas Escrituras, créanme, estaría diciendo algo muy cierto. Si a uno le dijeran «vuelve atrás» y le preguntaran a qué época de tu vida quisieras volver, sin duda diría «a ninguna», pero si me preguntaran «¿con qué fuiste más feliz?», entonces respondería «leyendo las Sagradas Escrituras».

Mi relación con los Testigos había comenzado poco a poco con esta anciana pareja. Pero creo que era nuestra tercera o cuarta reunión, cuando iba a hablarles del malestar espiritual que me perturbaba y de la voz que había en mi interior. Ya lo digo, uno no puede hablar de estas cosas con nadie. Y además, alrededor de uno tampoco hay siempre alguien inteligente, sensato, instruido y, sobre todo, que te ame. Si tiene inteligencia, no tiene amor; si ama, es un insensato. Y encima, después te tachan de loco. Quizá de verdad estaba loco. Pero ¿acaso el loco sabe que está loco? ¿Se da cuenta de que él mismo es un enfermo mental? No lo sé. ¿Cómo iba a saberlo, si no me volvía loco y luego cuerdo todos los días como para tener esa clase de experiencias? Además, yo era una persona que encontraba un completo disparate esas cosas de espíritus, genios, hadas y demás.

Pensando en mi interior: «de todos modos, estos son extraños y, diga lo que diga, nadie lo oirá; quizá incluso puedan ayudarme», y con recelo, le conté mi problema al hombre. Ya fuera por las preguntas que siempre hacía y por las respuestas que recibía, que me impresionaban, había empezado a sentir confianza en este hombre. En ese momento tampoco quería que mi mujer ni nadie estuviera en casa. Me había divorciado de mi mujer, pero aun así seguíamos viviendo juntos. Ella nunca tuvo el menor interés en esta clase de temas. Aquel día, si no me equivoco, había ido a la piscina. Mejor dicho, yo la animé mucho a que saliera de casa. Por lo general trabajaba, pero justo aquel día estaba en casa, como por terquedad. En fin, ella también se fue, y yo le abrí mi corazón al hombre —se llamaba Josef—. «Esto no se lo he contado a nadie, pero a usted seguramente sí pueda contárselo», le dije. «Oigo voces que no quiero en mi interior. Y a veces incluso dicen malas palabras contra Dios. Eso me perturba. Que yo sufra no es lo importante, pero esas palabras dichas contra Dios yo no las quiero. ¿Cómo puede ocurrir esto sin que yo lo quiera? ¿Acaso será el comienzo de alguna enfermedad?», le dije. Esperaba que Josef se riera con sorna y me diera consejos vacíos. Por más que me había sorprendido en muchos temas, también en este me sorprendió. Después de escucharme, con seriedad abrió las Sagradas Escrituras y me dijo que yo también las abriera. El pasaje que abrió era la parte de Mateo del Evangelio. Empezó a leer desde allí. Decía así: Mateo 4:1-11

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el Diablo. Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre. Y el Tentador (el Diablo, Satanás) vino y le dijo: Si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan.

Pero Jesús respondió y dijo: «Escrito está: «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios»». Entonces el Diablo lo llevó a la ciudad santa, y poniéndolo sobre la torre del templo, le dijo: «Si eres el Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: «A sus ángeles mandará por ti, y en sus manos te sostendrán, para que tu pie no tropiece en piedra»».

Jesús le dijo: «También está escrito: «No tentarás al Señor tu Dios»».

El Diablo llevó también a Jesús a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y el Diablo le dijo: Si te postras y me adoras, todas estas cosas te daré. Entonces Jesús le dijo:

Vete, Satanás, porque escrito está: «Al Señor tu Dios adorarás, y solo a él servirás». Entonces el Diablo lo dejó, y he aquí que vinieron ángeles y le servían.

Josef me miró y preguntó: «¿Quién hablaba aquí con Jesús?». «Satanás», dije. «¿Crees que hablaba como un hombre cara a cara?», dijo. «¿No es así?», dije. «Si quiere, también puede ser así, pero ese al que llamamos Satanás es una criatura espiritual, es decir, alguien que, siendo un ángel, se rebeló y se sublevó contra Dios. En cambio, nosotros los humanos no podemos ver con nuestros ojos a las criaturas espirituales», dijo. «Satanás habló aquí con él, pero esta conversación ocurría en la mente de Jesús; no debemos buscar por fuerza que hubiera alguien corporal frente a él. Es más, también se habló a la mente de los profetas; recibir revelación de parte de Dios es precisamente eso. Ellos oyeron esta voz ya fuera caminando por el camino, acostados o sentados. Incluso vieron visiones del futuro como quien mira la televisión. Para Dios todo es posible. Estos libros nos lo muestran», dijo. «Bien, entonces, puesto que las voces en mi mente son malas, ¿esas voces vienen de Satanás?», dije. «No tiene por qué ser necesariamente Satanás. Cuando leas el Evangelio, muchas veces habla de que Jesús liberaba a personas que estaban bajo la opresión de los demonios», dijo, y yo le dije: «¿y quiénes son los demonios?». «Ellos también son criaturas espirituales y todos fueron alguna vez ángeles. Pero, siendo desobedientes a Dios, siguieron el camino de Satanás. Satanás es el primero de ellos, el Diablo, que en su significado literal aparece como el que se rebela, el rebelde. Por rebelarse y sublevarse contra Dios le pusieron el nombre de Diablo o Satanás», dijo, y me mostró otras pruebas más que demostraban la existencia de Satanás. Por ejemplo, las dos primeras páginas del libro de Job en las Sagradas Escrituras hablan del diálogo entre Satanás y Dios que se desarrolla ante los ángeles. Allí se trata de una causa que Satanás plantea. Esa causa es: «que todo hombre, o todo hombre que esté bajo dolor y presión, maldecirá a Dios si no obtiene provecho». Como prueba, se permite que Job sea probado. Y la causa la gana Dios. Estos hechos sucedieron aproximadamente hacia el año 1600 a. C. Lo que le sobrevino a Job sigue siendo para nosotros una enorme fuente de aliento para soportar los sufrimientos. Puesto que aún en nuestros días hablamos de los sufrimientos que él padeció, quiere decir que Dios no permitió en vano que Satanás probara a Job.

Todo lo que me contaba era una gran revolución en mi alma y en mi mente. Cuando dije: «pero yo no creo en Satanás», Josef dijo de nuevo algo muy sensato. «Cuanto mejor conozcamos a nuestro enemigo, tanto más preparados, atentos y alerta estaremos para no ser vencidos. Pero no aceptar siquiera la existencia de nuestro enemigo, por débil que sea, hace que nos venza con mayor facilidad. Y que tú no creas en Satanás es precisamente lo que más desea Satanás. Porque, haga lo que haga, tú creerás que lo haces tú mismo. Así es, puesto que no crees en su existencia…». No sé si estas palabras que escribo eran exactamente así, palabra por palabra, pero como esta enseñanza es la enseñanza de los Testigos, pueden investigarla y encontrarla en sus publicaciones. Pero era cierto. En cuanto a mí, era como si me hubiera quitado de encima un peso enorme. Aunque las voces no desaparecieron del todo, ya no les hacía caso, y además había averiguado de dónde venían. De todos modos, leía las Sagradas Escrituras casi todos los días. Y encontraba en ese libro las pruebas de esta verdad que me contaban. A medida que leía, en el futuro también llegaría a poseer más conocimiento sobre este Satanás.

Algunas personas dicen: «no existe ningún Satanás, eso no es más que un cuento de la gente. Es una criatura inventada con la que quieren quitarse de encima sus propias maldades». Sí, en realidad cada uno es responsable de lo que hace. Nadie, sea quien sea, puede librarse de ello echándolo sobre otro. Pero un mal amigo también lleva muy fácilmente a la persona al delito. En los tribunales se han visto muchas causas de este tipo y semejantes. Aunque hayan cometido el mismo delito, el juez no impone a todos la misma pena. La mayor pena se impone al que incita al delito, al que lo encabeza. Miren lo que dice Dios también sobre esto:

No os engañéis; las malas compañías corrompen las buenas costumbres. 1 Corintios 15:33

¿Acaso no es realmente así? Una vez más, en cierta ocasión Josef me había hecho una pregunta: «¿Quién gobierna este mundo?». Y yo, tras pensarlo brevemente, había dicho: «Dios». Y él había dicho: «Entonces Dios gobierna muy mal». Sí, pero es culpa de nosotros los humanos, dije. Sí, también era culpa de los humanos, pero no solo de los humanos, sino que había también un poder que causaba toda esta inmundicia.

En mi juventud había leído casi todos los libros de Aziz Nesin. En una novela llamada Tatlı Betüş, la protagonista de la novela, una mujer llamada Betüş, decía: «¡Ah! Si tan solo pudiera encontrar la fuente de esta inmundicia». Sí, según la novela, la mujer, partiendo desde lo más bajo, desde criada, había llegado a ser amante de primeros ministros, de presidentes. Tanto dentro del país como fuera. En realidad, aunque la mujer estaba llena de deseo de venganza, cuando creía haber encontrado por fin a la persona de quien quería vengarse, veía que esa persona también, en algún punto, era impotente como ella, tenía a veces facetas llenas de amor y otras insensatas, y que, junto a sus bondades, tenía también, como todo ser humano, sus maldades. Además, mientras se les hacía maldad a esas personas, ellas también les hacían maldad a otras. Es decir, en pocas palabras, no era una sola persona quien había puesto al mundo entero en ese estado. Por eso la mujer decía: «¡Ah! Si tan solo pudiera encontrar la fuente de la inmundicia». Y yo entonces me había dicho a mí mismo: «la mujer en realidad tiene razón, ¿dónde estará la fuente de la inmundicia?». Sin duda, no solo la protagonista de la novela, aquella mujer, no conocía esa fuente, sino que tampoco la conocía el escritor Aziz Nesin, o no había querido conocerla.

Las Sagradas Escrituras y el Corán dan por completo la respuesta a estas preguntas. Son las fuentes más fidedignas que la humanidad posee sobre la tierra, las que dan a conocer el propósito de Dios respecto a la tierra y a la humanidad, y los acontecimientos del pasado y del futuro. Además, revelan también la fuente de esta inmundicia que domina la tierra. Estos libros son como si fueran el manual de uso de algo. Cómo debemos vivir en el mundo, cómo podemos superar los problemas, cuáles deben o no deben ser nuestras expectativas, y las respuestas a un sinnúmero de innumerables preguntas semejantes, Dios se las ha dado a la humanidad en forma de mensaje por medio de estos libros.

Es como si en este momento oyera las voces de tantísima gente que va a oponerse a esta idea. Pero a todos esos que se oponen, cuando se les dice «¿y qué es lo mejor y lo correcto?», empiezan a explicarlo sumergiéndose en la filosofía. No paran de contar historias de Darwin, del mono que evolucionó hasta ser humano, de cómo la célula, siendo una sola, llegó a ser así. ¿De dónde saben la historia de una sola célula, cómo se multiplicó, quién creó esa célula? También sobre esto le hacen responder a Darwin. Ese hombre llamado Darwin también era un investigador cualquiera, tiene hallazgos valiosos, pero también muchos errores. Solo, en las montañas, en las islas, en los bosques, por sí mismo, con sus observaciones; sí, únicamente con lo que veía con sus ojos, plantea una tesis. Este hombre incluso tenía que sumergirse en el mar en aquellos tiempos a simple vista. Las posibilidades de entonces daban para eso nada más. Esta tesis no es como ahora, con ayuda de los deslumbrantes laboratorios actuales de tan gran técnica, donde se investigan los genes que hacen del hombre un hombre en nuestros días. Mira la naturaleza con sus ojos; que, mirándola así, aparte a un lado la verdad de Dios y diga simplemente que nosotros surgimos de una célula, de explosiones, eso lo entiendo; pero el punto que no logro entender es que un hombre plantee una tesis con sus observaciones y que además todo el mundo se vuelva loco por ella y la adopte con avidez; ¡eso sí que no me cabe en la cabeza! Junto a esto, también hay quienes dicen que ni el propio Darwin planteó semejante afirmación. En fin, puede ser. Como Darwin o cualquier otro, todos son libres de hablar, y así debe ser. Que Darwin diga lo que diga después de aquellas experiencias suyas. Pero que esto se reciba y se salude como si fuera una gran buena nueva para la humanidad, que se acepte en las escuelas y en todo el mundo como si fuera una enseñanza verdadera, ¡eso sí que no me entra de ninguna manera en mi dura cabeza! (En cambio, en los EE. UU. y en algunos países está prohibido enseñar esta educación en las escuelas.) Es como en otros tiempos la enseñanza de la tierra plana sobre el caparazón de la tortuga o sobre los cuernos del buey. Y lo más curioso es que a esta teoría de Darwin también empezaron a enseñarla los que se hacen pasar por religiosos, los que creen en Dios. No son pocos los que se esfuerzan por acomodar la verdad de Adán y Eva a la teoría de Darwin. Pero también debo señalar esto: si no hubiera habido Darwins, si todos se hubieran quedado simplemente sentados diciendo «esto es lo correcto y no hay otra verdad más que esta», en primer lugar no habría libertad, y en segundo lugar nosotros, los llamados seres humanos, nunca podríamos habernos desarrollado. Aunque este desarrollo la mayoría de las veces haya salido a escena en forma de maldad, ¿no podemos decir acaso que también de las maldades aprendimos muchas cosas? Si no fuera así, Dios no permitiría la maldad. Además, también he aprendido esto: que una persona diga «solo lo que yo digo, o lo que a mí me cuadra, es lo correcto» no es sino meter a la humanidad en un calabozo, encarcelarla. Puede ser, yo puedo no aceptar la teoría de Darwin, pero eso no quiere decir que todo lo que ese hombre diga sea falso para mí. Estos que dictan leyes de modo despótico, los que hacen de dominar a la gente su afición, los que sostienen que todo lo que no sea lo suyo es falso, y no se limitan a sostenerlo sino que incluso declaran guerras, cometen torturas, son los que han formado este mundo que hoy tenemos. Cuando se mira la historia, los seres humanos llevan miles de años haciendo las mismas cosas. Nuestras duras cabezas no quieren asimilarlo, no podemos ver la verdad, no queremos verla, y lo más importante: no nos la muestran.

Por todo esto también hay que saludar a Darwin. El hombre hizo investigación. Al menos yo también sé lo que es hacer investigación. ¿Quién puede decir «solo mi investigación es una verdad absoluta»? Todos hemos visto que en aquello que creíamos lo más cierto, mucho después, a veces resulta ser cuán equivocado o carente de valor, o que no era en absoluto un conocimiento, una opinión, un invento o una creencia tan extraordinaria. Si el ser humano no logra usar ni siquiera el diez por ciento de su inteligencia, quiere decir que aún hay un noventa por ciento de espacio vacío. Dios no le ha dado a nadie el derecho de meter estas capacidades del ser humano en el congelador, en los congeladores de choque profundo. Y nosotros veremos que en las religiones, en la ciencia y en las relaciones de las naciones con Dios ha sido justo al revés. Los llamados hombres de ciencia se han devorado unos a otros por envidia. Han entrado en competencia mutua diciendo «¿lo que dice quién es lo correcto?». Los religiosos, en cambio, han sido más terribles. La guerra de los hombres de ciencia entre sí, a su lado, queda en cero a la izquierda. Los Estados y los reyes, por su parte, han visto en la religión una excelente fuente para embrutecer a la gente, y en ese sentido han colaborado con ellos. Allí donde el poder de ese Estado no hacía posible la colaboración con los religiosos, ha eliminado también al religioso. Al modo del pez grande y el pez chico, el grande se tragó al chico. Y el que era más grande que él también se lo tragó a él. Y esto no lo hicieron solo los peces, ¡lo hicieron los seres humanos! Al hacer estas cosas, cuando la humanidad se creía muy poderosa, inteligente y capaz, en realidad no hizo sino demostrar que eran cabezas de pez.

Debo hacer estas explicaciones. De lo contrario, me resultaría difícil explicarles mi causa, las disputas, las discusiones, el tema que se trata en este libro. Porque el principio es el mismo, los temas pueden cambiar. Ellos serán solo detalles.

Mientras leía las Sagradas Escrituras decía que se acababan muy pronto. Pero la finura del papel y el pequeño tamaño de las letras me habían engañado. En realidad, sería más correcto decir: ojalá nunca se hubieran acabado. Mientras trabajaba, llegaba a casa del trabajo, comía, me acostaba enseguida, y desde donde estaba acostado seguía leyendo las Sagradas Escrituras. Hasta quedarme dormido, lo cual dependía de mi cansancio.

Trabajaba en un trabajo físicamente pesado. El lugar donde trabajaba quebró una vez, y hasta que quebró yo había trabajado allí en cada vacación de verano. En mis años de estudiante, este lugar de trabajo me fue de mucho provecho. El dinero que ganaba trabajando allí en las vacaciones de verano, aunque no me alcanzara para todo el invierno, podía cubrir muchas de mis necesidades, e incluso cosas que podrían llamarse lujos. Empecé en ese trabajo por primera vez a los catorce años. Cuando cumplí 21 años, la empresa declaró la quiebra. Después, cuando volvieron a empezar como una pequeña empresa familiar, contrataron solo a una mujer que había trabajado allí durante años y a mí. Es decir, solo dos trabajadores, y los otros tres eran los dueños de la firma. Uno de sus hijos tenía mi edad. Trabajábamos juntos. Mientras trabajábamos, en un momento le pregunté si conocía o no a los Testigos. «¡Ay! ¿A ti también fueron?», dijo. «Sí, pero ¿por qué?», pregunté. «No se te ocurra dejarlos entrar en casa ni nada», dijo. «¿Por qué, qué hacen? ¿Son ladrones, asesinos o algo así?», me inquieté. Pero ¿qué podía perder yo? «No, pero una vez que empiezan a venir, ya vienen siempre», decía. Su abuela también había creído en ellos, e incluso había esperado que en 1974-75 llegaría el fin del mundo. Pero el dichoso fin no llegó. Como, igual que muchos otros, ella también se llevó una decepción con esto, no quiso volver a verlos. Por supuesto, mientras contaba esto, él subrayaba tanto que su abuela había sido engañada como que aquellas religiones son embusteras y albergan creencias vacías. Si todo el riesgo era ese, a mí eso no me importaba.

Aquí cuento estas cosas escribiéndolas así, de manera sencilla, pero en aquel entonces era como si viviera en un mundo cubierto de niebla. No hay experiencia ni conocimiento ni nada. A esas edades uno no puede calcular qué cosas producen qué efectos sobre la persona y qué clase de huellas pueden dejar. Trabaja, come, bebe, duerme; trabaja, come, bebe, duerme. Y otra vez levántate, trabaja, come, bebe, duerme, y además deudas como para dar la vuelta al mundo. Según mis cuentas de entonces, estas deudas, si no incurríamos en ningún déficit, se terminarían apenas al cabo de 6 años. ¡Y eso según mis cuentas! Aunque, la verdad, han pasado 25 años y mis deudas aún no se han acabado. No importa; si dijera que uno se acostumbra, mentiría; yo jamás, pero jamás me gustó, ni pude acostumbrarme a la deuda. Sin embargo, me endeudaba con mucha facilidad. Pues bien, en una vida así me comparaba un poco con los animales. Pero cuando miraba a los demás países del mundo, estaban llenos de hambre, miseria y carencia. Yo, en cambio, estaba mejor que ellos. ¿Acaso yo era desagradecido? ¿Pensar así era ingratitud? Había personas cuyas vidas enteras transcurrían así, entre trabajo y casa, comer y dormir. Es más, yo decía sobre los alemanes: «estos solo viven para trabajar, no trabajan para vivir». Pero esa era la cara que nos mostraban a nosotros y se mostraban entre sí; eso lo entendí más adelante. Sí, no eran irresponsables ni holgazanes como nuestra sociedad. Por ejemplo, prostituirse no era tan vergonzoso, ¡pero dormir era para ellos muy vergonzoso! Mientras corrían de un lado a otro diciendo que no tenían nada de tiempo, algunos se iban a un pasatiempo, a un lugar donde se bebía durante horas, o a dormir. Si vas a sus casas sin avisar, fuera de ciertas horas apenas le abren la puerta al que toca el timbre; y esto también es cuestión de cultura. En realidad, como todo ser humano, ellos también eran personas holgazanas que odiaban trabajar. Pero en apariencia padecían la enfermedad de dar siempre la impresión de estar trabajando. En nuestra nación es justo al revés. A los ojos de ellos parece que no hay nada tan vergonzoso como trabajar. Teníamos amigos, íbamos a visitarlos a sus lugares de trabajo. Si acaso estaba trabajando: cuando decíamos «¡Vaya! ¿Estás trabajando?», daban respuestas como «qué va, hombre, así, por hacer algo» y en realidad se enorgullecían de decir que no hacían nada. Aunque estaba trabajando, decía que no trabajaba; como si solo los obreros trabajaran, ha montado un sistema tal que da la impresión de no hacer nada. ¡Como si al ganar dinero trabajando uno se rebajara, y el mérito estuviera en ganar dinero sin trabajar! Cuando se reunían todos juntos, aunque a veces fuera mentira, no paraban de contar dónde habían bebido rakı, con qué mujer se lo habían montado, las comidas que habían comido. Las mujeres de los europeos también son de esta mentalidad. Si trabaja, trabaja sin dejar que su marido huela ni un céntimo. Siempre prefieren más recibir. Los alemanes, en cambio, en cuanto se reúnen, empiezan a hablar de su trabajo. No paran de contar cómo trabajan, qué oficio ejercen, temas técnicos. Lo de ellos también a veces es mentira, pero sus temas son así de distintos. Por supuesto, su tema más común es despellejar a los extranjeros. En esto no encuentran ninguna oposición. En ese momento ya todos están en unidad, en hermandad. Sin embargo, aunque se conozcan desde hace cuarenta años, ¡estos hermanos no se han tomado ni un café en casa del otro! Y lo peor es, como extranjero, y sobre todo como turco, charlar con un alemán que acabas de conocer. Con ellos nunca puedes tener una charla normal. Empiezan a contarte «que en realidad aman a los extranjeros, que no tienen mala relación con nadie, que no tú, pero los otros extranjeros no son tan buenos». Y a cada extranjero el mismo cantar: «Tú no, pero los otros turcos...». Como si no hubiera otro tema. Y su primera pregunta, si te cruzas con ellos por el camino, en el ascensor, donde sea, y sonríes, es enseguida: «¿De dónde vienen ustedes?». Uno entiende lo que quieren decir, pero por malicia yo decía el nombre del pueblo donde vivíamos. Si es terco: «Noo, quise decir de qué país vienen», dice, y cuando se lo dices, se le agría un poco la cara así. Por más que se contenga, se le nota. Luego se recompone y empieza otra vez a contar. Que tiene vecinos en la calle de atrás, ¡y que también son turcos! ¿Hay algún lugar donde no haya turcos? Hasta han ido donde los esquimales y hacen pesca. Me lo contó un amigo que conocí cuando estaba en América, que trabajaba en un barco de pasajeros. Es decir, que el turco esté en todas partes no es nada nuevo. Y sigue: «hasta he ido a Turquía», dice. La charla va únicamente en esa dirección. Ya lo digo, es como si en el mundo no hubiera otro tema. Quizá ellos de verdad no encuentran otro tema. ¿De qué van a hablar con nosotros? Hay un solo tema, y es leer tu ficha de identidad. Y cuando se ven entre ellos, no sale ni un pío. Es como si se hubieran juntado un montón de neveras. Ya según sus estrellas. Si son congeladores, ni con un cuchillo se les abre la boca.

Los nuestros, en cambio, de repente entran en efervescencia y enseguida se calientan. También he pensado en esto. Quizá también estos hombres fueron así alguna vez. Es decir, como nosotros, pero han visto que no funciona. Se han apartado unos de otros. Tampoco es agradable pelearse con nadie. Solo te da su saludo, y se acabó. Así son las relaciones que tengo desde hace 21 años en una estrecha calle. Aunque vivas allí 50 años, todo sigue siempre igual. Pero lo que saben sobre ti te deja pasmado. Personas a las que no conozco de nada, que creía no haber visto nunca, me conocen de memoria, saben quién soy. Qué hago, con qué me ocupo o dejo de ocuparme. ¡Quiere decir que la noticia, el chisme y la difusión funcionan con fuerza! Algunos ni siquiera saludan. Los orientales, en cambio, te miran fijamente a la cara así, sin más. Aunque saludes, no responden, pero siguen mirándote fijamente a la cara. En las peleas de gallos yo he visto a los que se miran y se miran así, preparándose para atacar. Como digo, hay muy pocas personas valiosas, pero esto es así en toda sociedad. La humanidad, por desgracia, ya se ha vuelto así.

Cuando fui a Turquía por un asunto de trabajo, en un barco de turistas les había preguntado a los muchachos de qué país venían los mejores turistas. Y ellos empezaron a contar justo al revés. Que los peores eran los turistas locales. Sobre todo los que venían de Estambul, que eran engreídos y de modales cursis. Que los rusos eran a la vez maleducados y sucios. Que tiraban su basura en medio del mar. De sus mujeres ni hablar, ¡todas eran unas prostitutas! Que los árabes venían a comer en pijama. Enumeró también a los polacos y demás, y de nuevo, al final, dijo que los mejores eran los alemanes, salvo los que venían del este, y los ingleses. Yo también tuve la misma experiencia. Junto con ser muy interesados, por lo general los alemanes eran educados y no hacían groserías. Nuestras mejores experiencias en el negocio que también montamos habrían de ser con los clientes alemanes. Nunca lo olvido: a principios de los años 90, yendo en coche a Turquía, en la frontera de Rumanía habíamos esperado 26 horas o algo así, y mientras esperaba en aquella inmundicia, en aquella carencia, me vino por dentro una angustia como de muerte. No había ni retrete, ni agua, ni nada que satisficiera las necesidades más naturales del ser humano. Había hablado con el camionero alemán que esperaba en la cola del lado contrario, y no me habría alegrado tanto de haber visto al hijo de mi madre. Con aquella charla de 3 a 5 minutos con él fue como si recuperara el ánimo. Que fuera alemán o lo que fuera no me interesaba en absoluto. El camión del hombre estaba limpio, él mismo estaba limpio. En medio de aquella inmundicia, de aquella carencia, como fuera se había afeitado, y se lavaba la cara por el camino con su bidón bien limpio. Eran estas cosas las que me atraían de aquel hombre. Cuando conocí a un amigo por primera vez, había empezado a tratarme con él solo por ser limpio. Y eso que ni siquiera era una buena persona, ni de fiar en su palabra. No importa, era limpio. Aquella limpieza y esmero suyos me tapaban muchas de sus maldades.

No lean esto que he escrito como «reglas absolutas y todos son así». Son solo mis impresiones, los lados negativos y positivos de estas culturas que he visto y vivido. Sin duda hay también muchas personas que quedan fuera de esta generalización.

Ser perfecto

En aquel entonces, y también ahora, apenas me he encontrado con alguien que quiera a los Testigos. Precisamente por eso me interesaron aún más. Las acusaciones que se hacían contra ellos me parecían, además, cosas del todo infundadas. De todos modos, lo que en realidad me interesaba no eran los Testigos. Solo me gustaba muchísimo conocer a Dios. Cuando leo los sucesos que aparecen en las Sagradas Escrituras o en cualquier otro libro, siempre trato de ponerme en el lugar de aquellas personas. Con el ladrón trato de ser ladrón, con el policía trato de ser policía, para poder comprenderlos mejor. Porque quiero saber el porqué de preguntas como: quien haya hecho algo, por qué lo hizo, qué fue lo que lo empujó a hacerlo, y sobre todo quiero comprenderlo. Por ejemplo, al leer la desobediencia de Adán y Eva hacia Dios, primero fui Eva y luego Adán. Y aun cuando no leía, me ponía a pensar. Si yo fuera Eva, ¿qué habría hecho en una situación así? ¿Por qué no corrió enseguida a decírselo a su marido y en cambio comió? Y bien, ¿por qué comió Adán? De nuevo me decía a mí mismo: «Yo, antes de comer, sin falta se lo contaría a Dios y le diría: ‹esto que habla como si fuera una serpiente nos está molestando›». Pero ¿acaso Eva no sabía que la serpiente no podía hablar? ¿Es que en el Paraíso todas las serpientes hablaban? Sin duda me decía que no. La serpiente no tenía tal característica. En realidad, más adelante aprendería del Corán que Dios los había advertido contra Satanás. Quien no lee el Corán, quien se queda solo en las Sagradas Escrituras, no conoce esta verdad. En la sura Al-A'raf 7:22, Dios, después de que Adán y Eva comieran del fruto prohibido, los reprende diciendo:

«...¿acaso no os prohibí ese árbol? ¿No os dije que Satanás es vuestro enemigo declarado?» Así los reprende. Es decir, Dios había dicho de antemano que Satanás era enemigo de ellos y que no debían escucharlo. En cambio, las Sagradas Escrituras dicen:

«El Señor Soberano Jehová no hace nada sin revelar su asunto confidencial a sus siervos los profetas», dice en Amós 3:7. Esta declaración de las Sagradas Escrituras también respalda la aleya del Corán citada arriba. En realidad, sería más correcto decir: «esto es un principio de Dios».

Estas verdades, por supuesto, arrojan luz sobre muchas preguntas. ¿Cómo iba Eva a decirle ya a Adán: «Mira lo que esto me dice»? Porque sabía qué respuesta iba a recibir. Primero fue creado Adán. Cuántos años después fue creada Eva, no lo sabemos. Pero la experiencia de Adán era mayor que la de Eva. Su relación con Dios también era mayor que la de Eva. Por eso Satanás se ocupa primero de Eva. En experiencia, en conocimiento, en fuerza, Eva no era como Adán. Y bien, ¿qué iba a decirle Adán a Dios? Dios ya los había advertido a ambos de antemano. Si dijera: «Dios mío, esto nos dice tal y cual cosa», ¿acaso Dios no le preguntaría: «¿No os dije que no lo escucharais?». Y además, si Dios ya les había dicho de antemano las cosas que debían saber, no tiene sentido hacer una pregunta cuya respuesta ya se conoce. En resumen, Eva sabía muy bien que la persona que hablaba detrás de la serpiente era Satanás. Por eso pensó a escondidas. No tomó de aquel fruto y comió enseguida, pero en sus pensamientos elaboró tanto las palabras de Satanás que al final ya no pudo aguantar. Vamos a leer directamente cómo describen las Sagradas Escrituras esta situación de Eva.

Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella. Génesis 3:6.

Más adelante, en el Evangelio, lo que le sucedería a Eva y a los que son como ella, cómo esta cosa llamada pecado empieza primero en la mente del ser humano y cómo luego puede llegar a dominarlo, se relata así hacia el final del Evangelio, en la Carta de Santiago 1:14-15:

Sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, engendra la muerte.

Sin duda, Eva permitió que se desarrollara exactamente una situación así. Elaboró en su mente el pensamiento de pecado que Satanás le había introducido hasta que este maduró. Y esto no solo la llevó a ella, sino a toda la humanidad, a la muerte. En cuanto a Adán, sobre por qué escuchó la palabra de su mujer y comió, solo podemos hacer conjeturas. En las Sagradas Escrituras y en el Corán no se explican en profundidad los pensamientos de Adán sobre «por qué escuchó la palabra de su mujer y tomó y comió algo que estaba prohibido». Quizá Adán esperaba que aquel fruto mostrara enseguida su efecto de muerte. Porque Dios había dicho: «El día que comáis de él, ciertamente moriréis». (Génesis 2:17) Sin embargo, para ellos, un día en su mente eran las 24 horas en que giraba el mundo en que vivían alrededor de su eje. Pero ¿acaso el lugar donde vive Dios era como el mundo, para que la unidad de tiempo que Él llama «día» fuera de 24 horas? Por supuesto, Dios sabía que nosotros, y también Adán en aquel entonces, entendíamos algunas cosas de forma equivocada. Y precisamente con estas cosas se ponen a prueba nuestra fe, nuestra paciencia, nuestra fuerza para resistir y nuestro amor. Si se mira el fondo del asunto, desde el momento en que comieron del fruto prohibido perdieron la vida eterna y se volvieron mortales, pero eso lo advertirían más adelante. En efecto, Eva, al decir «toma, mira, yo he comido» y dárselo también a él, mostró como si no le hubiera pasado nada, que en ese momento no había muerto. Aquí lo que estaba en juego era la confianza en Dios. Si en aquel momento hubiera confiado más en Dios que en sí misma y en su duda, entonces sin duda no habría comido. Al menos, si dudaba incluso de que Dios hubiera mentido, ¿no podía decírselo abiertamente a Dios antes de comer? Sí, podía haberlo dicho. Y además pensé esto otro: si la mujer, después de comer de aquel fruto, se hubiera arrojado al suelo retorciéndose de dolor, ¿habría tomado Adán de todos modos y lo habría comido? Sin duda me decía que no. Porque algunas organizaciones religiosas (los Testigos), diciendo «Adán, porque amaba a su mujer, ya que de todos modos su mujer iba a morir, comió para morir junto a ella», se empeñan en montar un guion como el de aquellas viejas películas turcas, tipo «que se hunda este mundo».

En realidad, las aleyas y versículos posteriores nos dan la impresión de que Adán y Eva, en su relación con Dios, tenían una relación como de amigo, como de padre e hijo. Al contrario de lo que nos enseñan, no tenemos un creador que tenga los ojos clavados sobre nosotros solo para castigar y dictar sentencia. Vemos que esta buena relación solo se estropeó después de que pecaran. Adán, al oír que Dios venía, se esconde. Es decir, Dios estaba en un diálogo continuo con Adán. Por los sonidos que surgen en el jardín, Adán comprende que el que viene es Dios. (Génesis 3:8) Al mismo tiempo, el que Adán se escondiera muestra claramente que, aun siendo perfecto, no poseía mucho conocimiento acerca de Dios.

Aquí nos vemos obligados a hacer una breve explicación de qué significa perfecto. Porque muchas personas confunden el ser perfecto, es decir, sin defecto, sin pecado, ¡como si fuera ser igual al Dios Todopoderoso! Perfecto no significa que lo sepa todo. El conocimiento es algo infinito, igual que conocer a nuestro creador. Así como Él se presenta a sí mismo como «un Dios sin principio ni fin», tampoco tendrá fin la adquisición de conocimiento.

Entonces, ¿qué significa ser perfecto? Ser perfecto significa estar sin pecado a los ojos de Dios, no significa saberlo todo. Porque ¿acaso no nos parece muy infantil, con los conocimientos que ahora tenemos, que Adán se escondiera? ¿Es que uno puede esconderse de Dios? Pero Adán no tenía, como nosotros, libros escritos que abarcaran más de cuatro mil quinientos años sobre el tema de la humanidad y de Dios. (Torá-Salmos-Evangelio-Corán) Adán no poseía, como nosotros, este conocimiento histórico que abarca miles de años sobre lo ocurrido entre la humanidad y Dios. Nosotros también solo pudimos conocer a Dios gracias a estos ejemplos vividos y a estas experiencias. Lo diré así: en cuanto al conocimiento acerca de Dios, poseemos un conocimiento incomparablemente mayor que el de Adán. Pero el que sepamos mucho más que aquel Adán de entonces no nos hace perfectos; y el que aquel Adán de entonces supiera poco en comparación con nosotros ahora no hace imperfecto a Adán. En resumen, el conocimiento no es una medida de la perfección. Con estas explicaciones subrayo también que en nuestra época estos conocimientos se pueden encontrar con mucha facilidad. Pero para adquirirlos hace falta leer y pensar. Y esto, por desgracia, lo hace muy poca gente.

En realidad, adquirir continuamente nuevos conocimientos es algo muy placentero. De lo contrario, todo sería muy aburrido. Pues sí, para nosotros significaría —ya no hay nada nuevo—. Si lo supiéramos todo y no nos quedara nada por saber, ¿qué haríamos después? Junto a esto, para muchas personas adquirir conocimiento es casi como una tortura. Dicen: «Mátame, dispárame, pero no me digas que aprenda algo». Y esto tiene muchas razones. La primera: en nuestro mundo, adquirir conocimiento está lleno de un montón de barreras, siempre a la fuerza, sin gusto, sin sentido, punitivo, humillante para la persona. Y además, la mayor razón: la presión del tiempo. ¡Todo tiene que ser deprisa! Porque la vida es corta. Piensen en un ser humano. A los siete años empieza la escuela. Cada día se le enseñan cosas según un plan organizado. Aunque en esta enseñanza llegue hasta la universidad y también la termine, la persona no sabe cómo se hace el pan ni sabe hacerlo. Y si lo sabe hacer, sin duda lo ha aprendido en otro sitio distinto de la escuela. Incluso en las molestias más simples e insignificantes de su propio cuerpo, tampoco sabe qué hacer. Antiguamente la humanidad no disponía de una posibilidad de conocimiento tan grande. Ahora poseemos un conocimiento y unos medios que permiten investigar la estructura de la más pequeña célula y saber también cómo puede multiplicarse. Yo describo esto así con mi mente ignorante, pero es seguro que están aún más avanzados. Sin embargo, las cosas que se enseñan en las escuelas son una vergüenza. En el examen de segundo de bachillerato, del que quedé pendiente en Biología, ¡dibujé el interior y la estructura del caracol! Pero no sabía nada útil sobre mi propio cuerpo. Y lo que sabíamos era un conocimiento de oídas, oído de nuestro entorno, de nuestra familia. Quizá en los países avanzados se enseñan ordenadores y demás, y mientras esos niños pequeños, que son unas fieras en temas técnicos, nos dejan asombrados, si se mira con atención, uno ve que esos niños no saben hacer las cosas más simples. Por ejemplo, no saben meter la ropa sucia en la lavadora y lavarla. Y si la lavan, la echan a perder. Los que ni siquiera saben ponerse los calcetines ¡están hilando muy fino delante del ordenador! Lo que quiero decir es esto: no tienen conocimientos sobre las cosas necesarias para la vida cotidiana, pero quizá aprenden muchas cosas que no son necesarias para la vida y la felicidad. La vida es corta, pero nos llenan la mente de basura. Con los sistemas educativos que han montado, nuestra mente casi tiene que llenarse a la fuerza de basura, o de un montón de trastos innecesarios. Y esto suele realizarse siempre en teoría. Las cosas útiles que enseñan son muy, pero que muy pocas. Dios, en cambio, sin duda creó al ser humano para que adquiriera conocimiento siempre y para que lo hiciera además con placer. Aplicaría lo que sabe, y con ello tanto él mismo como quienes lo rodean obtendrían provecho y felicidad. La prueba de esto aparece tanto en el Corán como en las Sagradas Escrituras de esta manera:

Jehová Dios, pues, formó de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre. Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo... Génesis 2:19-20. Y en el Corán:

Él dijo: «¡Oh Adán! Comunícales sus nombres». Y cuando Adán se los comunicó... aleya de La Vaca 2:33.

Piensen en todos aquellos animales; ante los nombres que Adán, sabiamente, les daba conforme a las características de aquellos animales, hasta los ángeles se asombran. Y es seguro que Adán realizó con alegría esta tarea que recibió de Dios.

En el Corán se arroja más luz sobre este tema. Cuando Dios dijo: «Voy a crear en la tierra un gobernante» (un ser humano). (En la aleya 30 de La Vaca) Los ángeles, casi como oponiéndose a que Dios creara al ser humano, sabiendo que ese ser humano sería una criatura que provocaría guerras y sembraría corrupción en la tierra, quieren decir: ¿acaso se hace esto? Y hacen una pregunta como oponiéndose a ello. Dios, en cambio, responde diciendo: «Yo sé lo que vosotros no sabéis». (sura de La Vaca, 2:30)

Diciendo: «Si el ser humano aún no había sido creado en el mundo, ¿de dónde iban a saber los ángeles lo que harían los seres humanos?», el mundo cristiano hace de estas aleyas un motivo de crítica. La relación de Dios con sus criaturas es de gran libertad y de tal manera que otorga conocimiento; de lo contrario, ¿podrían los ángeles haberle hecho esa pregunta? Además, los ángeles poseían también el conocimiento de las cosas que la humanidad haría en el futuro. Y eso cuando ese ser llamado hombre aún no existía.

Más adelante, en la relación de Dios con Abraham, vemos también esa misma libertad y el valor que le da. Y eso en una relación con un ser humano imperfecto, es decir, defectuoso, pecador. Sí, Dios dice en un lugar:

Y el Señor dijo: ¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer? Génesis 18:17, y le cuenta lo que va a hacer. Es más, si leen directamente este asunto sobre cómo Dios destruye las ciudades de Sodoma y Gomorra a causa de sus pecados, Abraham habla casi como si dudara de la justicia de Dios, y además hace como si negociara con Dios. Hace preguntas diciendo: «¿A cuántos vas a matar, o a cuántos justos?». Dios, que no ocultaba su propósito a aquel Abraham de entonces, ¿por qué iba a ocultar a los ángeles las verdades que ocurrirían en el futuro? De estas aleyas y versículos comprendemos claramente que Dios, de vez en cuando, ha comunicado de antemano a sus criaturas su propósito y las cosas que se realizarían en el futuro. Al fin y al cabo, ¿de qué hablan todas las Sagradas Escrituras y el Corán? ¿Acaso no hablan también de sucesos que ocurrirán en el futuro? Dios comunica a los seres humanos los cambios que ocurrirán en el futuro en los cielos, los ángeles que son genios, el fin futuro de Satanás, y esto no resulta absurdo; entonces, ¿por qué resulta absurdo que los ángeles reciban de Dios información sobre los seres humanos? En realidad, con esto vemos tanto el valor que Dios da a sus criaturas como cuán libres y sueltas las deja. No tenemos un Dios déspota. Sabemos que los ángeles fueron creados antes que el ser humano. Que Dios les hablara a sus ángeles del ser humano que iba a crear en la tierra, y que luego les diera, en forma de profecía, información sobre lo que haría esa humanidad, ¿por qué asombra tanto a los cristianos y a quienes critican el Corán? ¡Por esta razón, para ellos el Corán es también un disparate! Si el que Dios haya dicho el futuro de antemano es un disparate, entonces ¿qué son todas las Sagradas Escrituras? Cuando uno les hace esta pregunta, ¡miran con ojos inexpresivos y mueven la cabeza sin sentido! Esto era para los cristianos; a los disparates de los que se hacen pasar por musulmanes me referiré en temas más adelante.

Sí, dije que en el tema del aprendizaje hay presión del tiempo. El ser humano, en su corta vida, tiene que aprender, lanzarse a la vida y ganar dinero, y luego, con la vejez que llega detrás, retirará las manos y los pies de todo. Si esto ocurre a los 60 años —lo cual, aunque en algunos países es más tarde, en Turquía puede ser incluso mucho antes—. En fin, digamos que de media son 60. Por lo general empieza la escuela a los 7. Es decir, en 53 años empieza una lucha y también todo se acaba. Un tiempo terriblemente corto. Y si dentro de esto va además a esas escuelas tan largas, tipo medicina y demás, apañado está. Recién a los 25 años va a empezar a vivir la vida y a ganar dinero. Si es varón, este asunto tiene además el servicio militar y demás. Luego, sin un céntimo, o con grandes deudas, monta un negocio y trabaja hijo, trabaja, paga la deuda. ¿Podrá casarse a los treinta? Y si se casa, ¡eso es otro incendio! Los que llamamos nuestros años más hermosos pasarán y se irán en un instante. Se hará viejo, avanzará hacia la edad en que ya empieza a no disfrutar de nada, y lo que viene después ya se sabe. Estas cosas no son nuestro tema, pero es un hecho que el ser humano tiene muy poco tiempo en su vida para aprender. Y si a esto le añadimos la técnica de nuestros tiempos, que cambia una vez por semana, ¡si uno no tiene cuidado, casi puede llegar a necesitar llamar a alguien de la calle hasta para encender el televisor! ¡A ver quién sigue el ritmo de aprender cada novedad que sale!

De nuevo, después de todas estas explicaciones, si volvemos a la perfección; para que alguien perfecto peque, es decir, para que se salga de la voluntad de Dios, tiene que forzarse a sí mismo. Así como para nosotros pecar es más fácil que no pecar, para alguien perfecto esta situación es justo al revés. Pero esto no significa que no pueda pecar en absoluto. Solo significa que, para hacer lo correcto, no sufre él mismo como nosotros ahora. Al contrario, lo hace casi por naturaleza, de buena gana. Nosotros, en cambio, sobre todo si no tenemos experiencia ni educación en el tema de la rectitud, cuando vamos a hacer algo bueno nos retorcemos sin parar. Hacer lo correcto nos resulta muy difícil, como si estuviéramos sufriendo. ¿Acaso no es por esto que los seres humanos huyen de Dios a rincones y recovecos? Aunque Dios no pide de la humanidad cosas imposibles, sus deseos nos resultan difíciles a nosotros, imperfectos y pecadores. La verdad, en cambio, es justo lo contrario: hacer lo que Él desea es mucho más fácil que ir por el camino que sigue este mundo. En realidad, los mayores obstáculos surgen del orden del mundo, del hecho de que sea el mundo de Satanás. Y Dios, porque sabe esto, nos ha dado mandamientos, leyes y consejos que nos facilitan las cosas mientras vivimos dentro de ese orden.

Piensen así: ¿qué es más fácil, mentir o decir la verdad? En realidad, decir la verdad es más fácil. Porque no hace falta tener cuidado. Sea lo que sea, se dice tal cual. Pero una vez que el ser humano ha mentido, ya se le va la vida por no descubrirse en todo, en todos los asuntos relacionados con ella. Por mucho que se le vaya la vida, aun así se descubre. Que salga a la luz es solo cuestión de tiempo. Por supuesto, muchas veces los seres humanos no dicen la verdad por miedo al castigo que traerá, por miedo a pagar su precio, y recurren a la mentira. Las presiones son grandes. ¿Quién no ha mentido nunca? En realidad, todos hemos mentido, y consciente o inconscientemente seguimos mintiendo. Las proporciones, sin duda, pueden ser distintas. Si lo pusiéramos en proporción, si el 90 por ciento de lo que habla el que más miente son embustes, la proporción del más bueno y más veraz de este mundo tampoco puede ser jamás cero en cuanto a embustes. Sin duda él también mintió, y también miente. ¡Y encima a sabiendas! El ser humano perfecto, en cambio, no miente. Porque sobre la mentira, en el Evangelio, aparece: «Satanás es el padre de la mentira». (Juan 8:44) Es decir, esta «mentira» salió primero de él y se propagó. Dado que es algo que Dios tampoco acepta, el ser humano perfecto no puede mentir. A menos que se fuerce a sí mismo y peque, eso es otra cosa. Es decir, alguien que es perfecto tendría que hacer este asunto forzándose a sí mismo. Y entonces ya no se le llama perfecto, es decir, sin defecto. Pierde esta característica, se vuelve defectuoso, es decir, imperfecto.

De nuevo sobre el tema de Adán y Eva, una gran parte de los cristianos interpreta que aquel fruto prohibido era en realidad la relación sexual. La persona que no sabe, o alguien que no piensa a fondo, acepta esto también enseguida. Pero este pensamiento tiene un montón de puntos débiles. Si aquel fruto prohibido era la relación sexual, ¿por qué Dios creó y le dio a Adán a alguien del otro sexo? ¿Acaso no podía hacer, como ayudante, a otro varón más? Y lo más importante: Dios, al darle la mujer a Adán y casarlos, les da también mandamientos así:

Y creó Dios al hombre a su imagen. A imagen de Dios lo creó. Los creó varón y hembra. Y los bendijo, diciéndoles: «Sed fecundos y multiplicaos. Llenad la tierra...» Génesis 1:27-28.

Si la relación sexual fuera el fruto prohibido, ¿cómo iba Dios a darles a estos seres humanos el mandamiento «sed fecundos y multiplicaos»? Es decir, ¡tanto va a ordenar que lo hagan como va Dios a poner una prohibición! Y quien los casó, además, fue el mismísimo Dios.

Pues bien, siempre tuve el oído atento también a interpretaciones absurdas como estas que difunde el cristianismo. Además, el ser humano aprende y se desarrolla por medio de estas interpretaciones. Porque estas interpretaciones me empujaban a investigar más. De lo contrario, solo para mí, para creer, me había bastado ya el primer libro, es decir, el Génesis que escribió Moisés, o el libro que en su nuevo nombre en turco se llama Yaratılış. Personas distintas significan también puntos de vista distintos. Las preguntas de personas con pensamientos, culturas y conocimientos distintos también son mucho más variadas. Estas eran preguntas y respuestas que quizá yo nunca habría pensado. Pero, como dije, ya fuera discutiendo, ya fuera conversando, ya fuera escuchando, ya fuera aprendiendo, yo disfruté. Incluso a veces también al reñir. Sin embargo, ver que aquellas personas que hacían tantos sacrificios por su fe daban más consideración al ser humano que a Dios, a veces me enfurecía y a la vez me asombraba. Y la mayoría de las veces no lograba comprenderlo. Sigo sin poder comprender a los que eligen el miedo al hombre en lugar de a Dios. ¡Y encima ese miedo lo eligen ellos de buena gana! Se meten a sí mismos en la Edad Media en materia de religión. Mientras uno dice: cuánto dolor, cuánto padecimiento, cuánta tortura ha sufrido la humanidad durante miles de años para romper las cadenas de aquellos fanáticos religiosos de la Edad Media, y gracias a Dios las han roto; ¡tú vas y te metes a ti mismo, de buena gana, otra vez en ese mismo ambiente! Estas situaciones las he visto mucho en personas que se hacen pasar por muy devotas. Y sobre todo lo vería en mi relación con los Testigos mientras estaba dentro de ellos.

Había una película de Tarık Akan. La película debe de llamarse «Yol». En esa película se trataba de un preso que sale de la cárcel con un permiso de una semana a su casa, a su pueblo. Su mujer, mientras él estaba en la cárcel, había cometido un error y se había acostado con otro, es decir, había cometido adulterio. Nosotros miramos con desprecio el miedo a la sociedad que hace que el marido, aun sin quererlo, abandone a su mujer a la muerte en medio de la nieve, diciendo: «insensatez, ignorancia de la sociedad de Anatolia». Ver que las personas de países como Europa y América se habían metido bajo presiones aún más ignorantes que estas, iba a asombrarme mucho más. Es decir, la humanidad era igual en todas partes. Por supuesto que debe ser igual, porque ¿acaso no descendemos todos de una única pareja humana? Que nos parezcamos unos a otros también es normal. Escribo estas cosas para que se avergüencen esos que se creen algo. Han caído en situaciones mucho peores que las de las sociedades que desprecian. Además, ellos lo hacen de buena gana. La mayoría de la gente de Anatolia, lo que hace lo hace bajo la presión de la obligación. Se han vuelto, sin quererlo, esclavos de las costumbres equivocadas de aquella sociedad. Pero ¿qué habría que decir de aquellas personas de Europa, de América, que se esclavizan de buena gana, con deseo, a un ser humano igual que ellas? Sus gritos de democracia y libertad son en realidad forzar a la gente, solapadamente, a una completa esclavitud. En mi libro trataré de mostrar con ejemplos temas como estos.

Como conté en el tema de Adán y Eva, así, exactamente así, leía yo las Sagradas Escrituras; pensando a fondo. Lo que escribí no eran, por supuesto, comprensiones que adquirí de inmediato en la primera lectura. Yo solo di un ejemplo. Cuando las leí por primera vez, los pasajes que más se me quedaron en la mente eran, como a todo el mundo, los pasajes que a mí, a mi manera, me llamaban la atención. Había algunos pasajes cuyo significado, por muchas veces que los leyera, solo captaría mejor al vivir aquellos sucesos. Una cosa es aprender algo solo en teoría, y otra es aplicarlo en la práctica. Aunque sean distintas, ambas son cosas ligadas entre sí. ¿Cómo vas a aplicar lo que no sabes? Y si no lo aplicas, ¿cómo vas a comprenderlo y a tener experiencia?

Esto tampoco debe significar que, para que uno comprenda qué significa el pecado, todos tengan que pecar sin remedio. Yo nunca me he arrojado al fuego, pero si me arrojo, muero. Y para comprender esto no hace falta que me arroje al fuego. Aunque nunca lo haga, lo sé. Pero hay esta diferencia: tampoco puedo tener la experiencia de alguien que se ha quemado en el fuego y ha muerto. Solo comprendo que no es nada agradable. Con los ángeles la situación es también así. Hay un montón de ángeles que, habiendo visto y aprendido qué es el pecado, nunca han pecado. (Génesis 3:22) Ellos tampoco necesitan hacer las mismas cosas que los que pecan para adquirir experiencia sobre el pecado. Por lo que han visto, saben qué es el pecado. Y que ellos lo sepan no significa que hayan pecado. Lo diré así: alguien que nunca ha padecido dolor no sabe qué significa el dolor. Pero si ve a alguien que ha padecido dolor —aunque él mismo no lo sienta— ve en él los efectos de esto; igual que en el ejemplo del fuego. ¿Acaso una persona se quema el dedo porque siente mucha curiosidad? ¿Ve delante de sí a alguien que ha muerto en el fuego y dice: «espera, que al menos se me queme el dedo»? En mi opinión, alguien que tenga un pensamiento sano no hace esto. Pero estos son solo ejemplos. Como dicen que en la comparación no hay error, yo usé estos ejemplos para que fueran comparaciones. De lo contrario, si los aplican al pie de la letra a las cosas que hay en nuestro mundo actual, estos ejemplos resultarán muy absurdos. Por eso no generalicemos, como si fueran una medida, las locuras que la humanidad hace de vez en cuando.

En resumen, ser perfecto, es decir, ser sin defecto, significa una persona que no ha cometido ni un solo pecado a los ojos de Dios. Y el pecado significa hacer lo que es malo a los ojos de Dios. Como dije, no confundamos de ningún modo el conocimiento con la perfección. Tanto un ser humano perfecto de poco conocimiento como un ser humano perfecto de mucho conocimiento no han pecado. Tampoco confundamos entre sí el concepto de estar sin defecto y el de Todopoderoso. Estar sin defecto tampoco significa ser omnipotente, es decir, que para él todo es posible, que no puede haber nada que no sepa. Esta es una característica que pertenece solo a Dios. Cuando Adán y Eva fueron creados, ambos eran perfectos. Pero sus capacidades en todos los ámbitos eran limitadas. Y unas capacidades limitadas tampoco hacen pecadora a la persona. Si no comete ningún pecado, esto muestra que sigue siendo perfecta. Con esta característica, hasta ahora solo han vivido en la tierra tres personas: Adán, Eva y Jesús el Mesías. Ninguno de estos tres tuvo un padre corporal; fueron creados directamente por Dios. (Génesis 1:27; Hebreos 7:26-28; 9:14-28; Juan 1:13; aleya 59 de la sura de la Familia de Imran) En el Paraíso, Dios les proporcionará a los seres humanos la posibilidad de volver de nuevo a este estado de ser perfectos. De nuevo no habrá obligación, sino libre albedrío y de buena gana. (Apocalipsis 21:1-8)

El pecado de Adán

23 de diciembre de 2003

Ha transcurrido cerca de un año. Empecé a llegar a las últimas partes de las Sagradas Escrituras. En mi relación con este matrimonio que venía a visitarnos, yo siempre tenía preguntas. No solo por mí mismo, sino que pensaba: «¿y si alguien me hace una pregunta así a mí también?», y sentía curiosidad por la respuesta. A estas preguntas Josef siempre me respondía. Su esposa estaba con nosotros, pero la fe de Josef acerca de Dios era distinta de la de su mujer. En Josef uno percibía la existencia de un amor, de un anhelo hacia Dios, pero de su esposa no podía decir lo mismo. No todas las personas son iguales, claro está. Así que unos aman poco mientras otros pueden amar mucho. La relación de mi esposa con Dios tampoco iba a ser, en el futuro, como la mía. No sé si esto es bueno o malo. Cada persona debe amar a Dios como le nazca del interior, con sinceridad, con todo el corazón. No por presión, por obligación, por miedo, por ostentación ni por interés. Y para que sea así, cada uno debe ser libre en este asunto, y debe dar libertad. Porque con mi presión esa persona no puede salvarse. Como dicen: «la belleza no se logra a la fuerza», tampoco a la fuerza se puede hacer amar a Dios. Solo se puede alentar, animar, enseñar, estimular, pero para todo esto no se emplea la fuerza. La fuerza el hombre puede emplearla en su propio nombre, para hacer cumplir sus propios deseos, en nombre de la ley, por la justicia, en nombre de los intereses del lugar de trabajo y demás, y quizá hasta tenga utilidad. Pero nadie puede obligar a otro a amar a Dios. Porque con la fuerza quizá se obtenga todo, pero no se obtiene el amor. Por eso nadie debe ser forzado en este asunto tampoco. A la fuerza, al contrario, pueden surgir reacciones aún más adversas.

Por desgracia, las cosas que veo en los religiosos y en sus hijos siempre me entristecen. Las niñas de ocho o diez años entre los musulmanes cubiertas como espantajos, los Testigos yendo con sus hijos a las reuniones y a los congresos, y esos niños sentados durante horas sin hacer el menor ruido… Uno dirá: «¡qué bien se portan los niños!», pero al cabo de los años vean a esos niños cuando hayan crecido. Muchos de ellos tienen problemas irresolubles, crisis psíquicas, comportamientos anormales. Estas religiones, en nombre de Dios, no han traído la salvación a la gente, sino un montón de enfermedades psíquicas que acarrean el pensamiento de la muerte, a causa de esas presiones desconsideradas basadas en sus propios intereses. Con esto no quiero recalcar que las sociedades no religiosas no tengan problemas en sus pensamientos, en sus vidas, en la educación que imparten. Pero pregunto: ¿acaso no deberían disminuir todos estos problemas en la relación de una persona con Dios, con los conocimientos que aprende de Él y aplicándolos en su vida? Se decía que en Francia no reconocían a los Testigos de Jehová como religión oficial también por figurar entre los primeros lugares en casos de suicidio. Que los Testigos son una religión que oculta muy en secreto tales vergüenzas, pero que siempre está embriagada de jactarse de sí misma, lo iba a aprender más adelante. Habría otra cosa más que aprendería: seguir a ninguna religión, institución, organización o persona traería la salvación. Dios expresa esto con palabras muy significativas y concisas. Miren, por medio de Moisés dice así:

Porque este mandamiento que yo te ordeno hoy no es demasiado difícil para ti, ni está lejos. No está en el cielo, para que digas: ¿Quién subirá por nosotros al cielo, y nos lo traerá y nos lo hará oír para que lo cumplamos? Ni está al otro lado del mar, para que digas: ¿Quién pasará por nosotros el mar, para que nos lo traiga y nos lo haga oír, a fin de que lo cumplamos? Porque muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas. Deuteronomio o Repetición de la Ley 30:11-14

Así pues, cumplir la voluntad de Dios no está ni allá ni acá; está en nosotros, en nuestra boca y en nuestro corazón. Ni en la tienda de adoración de entonces, ni en una institución religiosa, ni dentro de una organización. Entonces, ¿quién puede forzar esto que está en nosotros? Solo nosotros mismos, y eso si lo queremos. El hombre, forzándose a sí mismo, sin duda puede apartarse de las cosas malas, pero ¿puede otro hacerlo por él? Cree que lo hace, nada más. Pero no puede hacerlo para siempre. Porque lo que Dios quiere de nosotros no es ostentación ni una tarjeta de visita, sino nosotros mismos, nosotros en persona.

Por fin había terminado de leer las Sagradas Escrituras de principio a fin. Tenía que ir al servicio militar. Había un servicio militar breve y de pago que se concedía a quienes vivíamos en el extranjero. Me había inscrito en él un año antes. Leer las Sagradas Escrituras enteras había hecho que quisiera hacer cambios en mí mismo por voluntad propia. Mientras leía las Sagradas Escrituras no había ido a ninguna parte: ni a una institución religiosa, ni a una reunión, ni a una mezquita, ni a una iglesia. Aunque aquel matrimonio Testigo insistía a veces en que fuera sin falta a su congregación, yo siempre los evadía diciendo: «Déjenme primero terminar este libro». Sin embargo, la esposa de Josef, por alguna razón que en aquel entonces no lograba comprender, no era muy partidaria de que yo leyera las Sagradas Escrituras y demás. Sostenía, diciendo «aunque leas estas cosas no las entenderás», que ella misma tampoco podía entenderlas y que solo había llegado a la comprensión por medio de las congregaciones. Como yo era testarudo, ¡no le hacía ningún caso! ¡Me encanta que la gente ponga reglas! Se basa en la lógica de que, si es así para uno mismo, debe serlo para todos. Y más tarde iba a aprender que estas lecciones de lógica se las enseñaban sus organizaciones en las congregaciones a las que asistían. Dicho breve y toscamente, en sus enseñanzas esas organizaciones les inculcaban decir: «Ustedes sin nosotros no pueden entender, sin nosotros no pueden creer, y sin nosotros tampoco pueden salvarse». Por eso dicen abiertamente: «Nadie fuera de nosotros puede interpretar ni decir que este libro se entiende así». Y lo que dicen no lo dan como consejo, sino como orden. Si la persona quiere permanecer allí, está obligada a cumplir esta orden incondicionalmente. La lógica de esta enseñanza la defienden con todas sus fuerzas. Yo viví y vi que ellos eran así durante unos 15 años de forma activa, en total 20 años entre ellos, pero sin ser jamás uno de ellos. En los documentos que escribí en la 2ª Parte del libro, bajo el último tema titulado «Actas del Juicio», ustedes también lo verán.

Y hay algo asombroso: esas palabras que dicen estos Testigos de los que hablé arriba no las dijeron ni siquiera los profetas. No las dicen, claro, ¿cómo iban a decirlas si Dios no les dijo que dijeran tal cosa? Jesús, que en el Evangelio se sacrificó a sí mismo como víctima, es la única persona presentada como salvador para toda la humanidad. Y esto es un regalo de Dios a la humanidad. Quienes leen estas palabras por primera vez seguramente no entienden nada. El islam no sabe, ni quiere saber, qué significa la muerte de Jesús mencionada en el Evangelio ni la gracia de Dios. ¿Acaso lo sabe el cristianismo? Dentro de estos cristianos también hay miles de sectas. Cada uno tiene una opinión distinta. Igual que el islam y las demás religiones. Por eso ahora me veo obligado a explicar este tema también de la manera más breve posible.

Dios envía a Jesucristo desde los cielos a la tierra. Sí, leyeron bien. Al decir «desde los cielos», Jesús fue el primer ángel que vivía en los cielos y que Dios creó. (Proverbios-Máximas de Salomón 8:22-31; Juan 1:1-14; 8:57-58; Al Imran, 2:55 y 59) Es decir, en su primera creación era una criatura espiritual. Como prueba de esto hay muchos versículos. No puedo darlos todos, pero por ahora señalaré uno o dos escribiéndolos en su lugar. En realidad, la mayor prueba son en su totalidad las Sagradas Escrituras y el Corán. Y estos deben leerlos ustedes mismos. Esto no se logra sentados escuchando a los que emiten dictámenes. Si empezamos a decir «no, este dice así, no, aquel dice asá», en vez de acercarnos a Dios empezamos a alejarnos de Él. Escuchemos a todos, pero hagamos también nosotros algo. Por ejemplo, abramos y leamos esos libros llamados sagrados. Oremos a Dios para que nos dé entendimiento. Escuchemos también a la gente, e investiguemos si sus palabras concuerdan o no con lo escrito. Y que la medida no sean las palabras del hombre, sino siempre las de Dios. (1 Juan 4:1)

Que Jesucristo fue creado de antemano, desde el mismísimo principio, lo leemos en estos versículos:

El Señor me creó a mí el primero cuando comenzó su obra de creación; antes de que existiera el mundo, desde el mismísimo principio, en la eternidad, ocupé mi lugar. Proverbios de Salomón 8:22-23

Estos escritos el santo Salomón los escribió con carácter profético. La persona de la que se habla arriba no puede ser en absoluto el propio santo Salomón. Porque, como se sabe, Salomón había nacido en la tierra como hijo de David. En el Evangelio, que Dios lo creó antes de que existiera el mundo, esta vez lo leemos de las propias palabras de Jesús. En Juan 8:58, cuando los judíos le preguntan: «Aún no tienes cincuenta años, ¿y viste a Abrahán?», Jesús dice: «Antes que Abrahán existiera, yo soy». No necesito dar más información sobre este tema, porque el Evangelio y todos los escritos sagrados respaldan esta idea. En el Corán no se escribe que Jesús vino de los cielos, pero se menciona que Jesús es alguien como Adán. He notado que muchos musulmanes buscan información sobre esto. Preguntaban el significado del versículo que dice: «Ante Dios, Jesús es como Adán». (Al Imran, Sura 3, versículo 59)

Adán, como sabemos, no tenía un padre corporal. Tenía un Padre espiritual, y ese era Dios. (Vean Lucas 3:38) La situación de Jesús es la misma. Y también tenía que ser así. Es decir, Dios debía enviar a alguien como Adán, sin pecado, perfecto, para poder entregar una víctima en pago por la falta de Adán. Los musulmanes tampoco entienden esto. ¿Qué significa que Dios entregue una expiación, es decir, una víctima que sea el pago de algo? En realidad es muy sencillo. Dios le había dicho a Adán: «Si comen de este árbol, morirán». Comieron y debían morir. Porque Dios no miente. (Vean Tito 1:2) Si dijera: «Bueno, comieron, pero aun así los perdono, no lo vuelvan a hacer», Dios se volvería mentiroso, lo cual no sería justo. Aunque Dios perdonara, esto debía tener un precio. En efecto, todos los escritos sagrados dan a la humanidad un mensaje en esta dirección. Al hablar de la justicia de Dios, es precisamente a esto a lo que se arroja luz. El lado que nos resulta chocante es preguntar por qué Dios no puede quebrantar sus propias órdenes. Es decir, si lo que hizo mortal a Adán fue comer del árbol prohibido, y esto trajo la muerte, y Dios no quería esto, ¿por qué tuvo que venir Jesús y demás a ser víctima de salvación? Pues bien, lo que ellos no logran entender es que Dios no puede quebrantar sus propios principios. Los hombres promulgan leyes, ¡pero el primero que no cumple esas leyes es quien las promulga! Esto se espera del hombre, pero no de Dios. De lo contrario, ¿a quién le quedaría confianza en Él? Y todo este universo, el firmamento y las estrellas, las galaxias, ¿acaso funcionarían, girarían y trabajarían con mentiras, engaños y sobornos?

La primera humanidad se había vuelto mortal y había caído de la perfección. Los hijos que nacerían de ellos también recibirían esto unos de otros por herencia. Así es: los hijos de personas defectuosas o imperfectas también son imperfectos, es decir, defectuosos. Si ser defectuoso trajo la muerte, entonces esa muerte pasaría de sus padres Adán y Eva a todos. Como una enfermedad genética contagiosa. ¿Es este pensamiento nuestro? No, los Escritos Sagrados y en especial el Evangelio lo explican exactamente así.

Este pecado que trajo la muerte a la humanidad debía tener un pago. De lo contrario, la humanidad sería siempre mortal, y esto no era algo que Dios quisiera. Dios creó al hombre inmortal. Puso la eternidad en su interior. (Vean Eclesiastés 3:11) Por eso la humanidad no logra de ninguna manera aceptar la muerte ni acostumbrarse a ella. Este sentimiento de eternidad es un sentimiento que Dios nos dio. Dios no podía mentir, pero en la humanidad se producía la desaparición. Por eso, si alguien como Adán entregaba su vida como víctima en pago por el pecado de Adán, Dios podría eliminar el efecto de esa muerte que el pecado trajo. Porque en el Evangelio, en el libro de Romanos, el apóstol Pablo escribe:

Porque la paga del pecado es la muerte (Romanos 6:23). Así que esto es una justicia, una regla, una ley, un principio de Dios. Al mismo tiempo, hay también otra regla de Dios, y esa aparece igualmente en el libro de Romanos, capítulo 6, versículo 7:

Porque el que ha muerto ha quedado libre del pecado. Es decir, el que muere queda pagando el precio del pecado. Puesto que en toda la humanidad se muere, quedan pagando el precio de sus pecados. Pero, ¿de dónde viene resucitar, nuestra esperanza de resurrección? Pues bien, esto también proviene de que Dios envió a Jesucristo a la tierra para ser sacrificado como pago del pecado de la humanidad que viene de Adán. La muerte de Jesucristo se debe también a esto. Dios lo envió a la tierra como víctima por los pecados de la humanidad. Y esto Jesús lo sabía antes de venir. Porque Jesús lo hizo, no bajo obligación ni presión, sino por su libre voluntad y deseo. Porque amó a Dios y a la humanidad. ¿Cómo lo sabemos? Leámoslo de nuevo de los Proverbios de Salomón, esta vez los versículos 8:30-31:

Estaba junto a Él como aprendiz maestro; y era su regocijo día tras día. En todo tiempo me alegraba delante de Él, me alegraba en su tierra habitada, y mi regocijo era con los hijos de los hombres. Jesús dijo esto cuando estaba en los cielos y tenía esta actitud de corazón. Y con estos ojos miraba a la humanidad que ya había caído de la perfección, que se había vuelto mala, pecadora. En cambio, a su lado, Satanás, que al principio era un ángel, miraba a la humanidad con odio e ira. El regocijo de Jesús, en cambio, era con los hijos de los hombres. (En relación con este tema, lean por favor en las Sagradas Escrituras Job 1:6-11, 2:1-10, y en el Corán los versículos de la Sura 7 del 11 al 19, los versículos 28-43 de la Sura 15, y los versículos 71-85 de la Sura 38)

Así pues, las criaturas inteligentes de los cielos también pueden tener puntos de vista diferentes. Esta realidad demuestra que ellas, igual que nosotros, poseen una voluntad libre. Algunos los ven como robots, como si no tuvieran libertad de elección. Sin embargo, estos ángeles, tan numerosos como los ejércitos de los cielos, poseen una creación muy superior a la del hombre en inteligencia, capacidad y experiencia.

Vayamos ahora al primer hombre, causante de que este pecado pasara al hombre, y a su prueba en el Evangelio:

Por eso, así como por medio de un hombre entró el pecado en el mundo, y por medio del pecado la muerte, así también la muerte se extendió a todos los hombres, porque todos pecaron se explica en el versículo 5:12 de Romanos del Evangelio. Después de la muerte que viene de Adán, el acontecimiento que causó la salvación mediante Jesucristo lo explica así:

Así pues, como una sola transgresión llevó a la condenación de todos los hombres, así también un solo acto de justicia proporcionó a todos los hombres la declaración de justos que da vida. Porque, así como por la desobediencia de un hombre muchos fueron hechos pecadores, así también por la obediencia de un hombre muchos serán hechos justos.

versículo 21: De modo que, así como el pecado reinó por medio de la muerte, así también la gracia de Dios reine por medio de la justicia para dar vida eterna mediante nuestro Señor Jesucristo. Romanos 5:18, 19, 21. Si prestaron atención, dice «para dar vida eterna». Estas palabras de arriba son la justicia de Dios en la dirección de su voluntad y su propósito.

A algunos el significado de estos escritos de arriba les parece muy absurdo. Sobre todo, a causa de una fe basada en la educación e información deficientes que han recibido durante años, lo ven como un disparate terrible. So pretexto de no ser vencidos por la enemistad de los cristianos, siempre han emitido dictámenes en las mezquitas: «¡Alteraron el Evangelio, cuidado, no lo lean, y si lo leen, no crean en él!». Si el Evangelio es la palabra de Dios y fue alterado, y Dios permite esto, entonces esta regla debería valer también para los demás libros sagrados de Dios. Es decir, para el Corán y la Torá. En tal caso, ellos también habrían sido alterados. Lo más curioso es que semejante advertencia no aparece en absoluto en el Corán. Al contrario, el Corán siempre respalda la Torá y el Evangelio y anima a leerlos, incluso lo ordena. Sobre esto hay muchísimos versículos. En uno de ellos se escribe así:

«Si sois personas veraces (si sois sinceros) traed la Torá y leedla» (Al Imran) final del versículo 3:93. (Compárese con la Sura 2:4; 5:59; 7:157; 10:37; 21:24 y 29:46. Los números de las Suras se escribieron según el orden habitual del Corán, no según el orden cronológico de la traducción de Yaşar Nuri.)

Estos versículos del Corán presentan la Torá, los Salmos y el Evangelio, es decir, las Sagradas Escrituras, como una prueba y como testimonio de que son la palabra de Dios. Lejos de que hayan sido alterados, al contrario, el Corán los ratifica como prueba diciendo: «abran y lean esos libros para que entiendan que este libro tampoco puede venir de otro que no sea Dios». Así que esos libros son, en cierto modo, pruebas y evidencias que debemos ver como testigos fiables. Ahora bien, pese a todo esto, ese «fue alterado» del que siempre se habla, ¿de dónde sale? Claro, este pensamiento debe tener alguna raíz. ¿Qué significa el concilio de Nicea, un montón de Evangelios y demás? Yo no sé cuál era el verdadero propósito de las personas que se reunieron en aquellos concilios. ¿Hay alguien que lo sepa? Pero lo que es seguro es que su propósito era reconocer, de entre las muchas traducciones que surgieron, algunas determinadas, y no reconocer las demás. Con una explicación breve y concisa, es así. Ahora bien, ¿acaso no existe esta misma guerra en el islam? En mis muchas discusiones con quienes se hacen pasar por musulmanes, cuando yo, como prueba, leía de la traducción del Corán de Osman Nebioğlu que tenía en mis manos, a los que se oponían les mostraba el Corán traducido por Süleyman Ateş, que era el presidente de Asuntos Religiosos de aquella época, y tampoco creían en él y atacaban a la persona del traductor. Incluso con insultos decían: «El Corán traducido por esas personas no se lee». En realidad, para esas personas el verdadero problema no eran las traducciones; su verdadero problema era lo que estaba escrito dentro del Corán o de las Sagradas Escrituras. ¿Saben cuántos Coranes traducidos solo al turco hay? No sé si su número es menor o mayor que el de los Evangelios del concilio de Nicea, pero no estaría mal decir que no hay mucha diferencia. Algunos, en cambio, dicen: «¡pues por eso decimos que hay que leerlo en árabe!».

Si hay algo que es seguro, es que no todos los idiomas tienen la misma riqueza. Sobre todo nuestro turco, al lado de otros idiomas, resulta muy nuevo e infantil. Lo que en un idioma se expresa con una sola palabra, en otro quizá obligue a la persona incluso a construir una frase para explicarlo. Sobre todo, algunas cosas no se entienden en absoluto. Por ejemplo, en turco la palabra «O» («él/ella/ello») vale tanto para un hombre como para una mujer o para un objeto. Pero en otros idiomas, los que llamamos ricos, existen palabras que marcan todas estas diferencias. Sea para la mujer, sea para el hombre, sea para el objeto, hay palabras o pronombres distintos. Es decir, con esa sola palabra se entiende de inmediato. Pero ¿qué importa? ¿Acaso esa persona no sabe, en su propia lengua materna, que con esta palabra «O» se dan a entender todas estas cosas? ¿No lo entiende en la frase? Y si no lo entiende, pero quiere entenderlo a toda costa, que investigue, que mire otras traducciones. Y si aún así no lo encuentra, entonces que investigue más a fondo. Junto a las distintas traducciones, que investigue qué significa esto en aquel idioma original. Pero, pregunto: ¿cuántas veces cae una persona en semejante apuro al leer todo el Corán? Sobre todo si lo lee por primera o segunda vez. Pero por esto no se le puede exigir a esa persona que aprenda otro idioma. Para conocer a Dios, a su creador, para saber lo que es correcto, por muy pobre que sea su propia lengua, esto será suficiente. Además, es mil veces mejor que no leer nada. El detalle de este tema lo retomaré más adelante, en relación con la profecía acerca de Mahoma.

En Arabia se usan coches americanos, se montan en jeeps japoneses, hay técnica alemana y francesa. Se equipan los ejércitos con tanques y fusiles de invención americana y rusa. Todo esto lo explica, lo repara el mecánico, el ingeniero, el maestro, el soldado árabe; ellos traducen y usan esos aparatos y equipos. Incluso se construyen centrales atómicas, y las hacen funcionar ingenieros árabes. ¡Ya saben lo que ocurre si en una central atómica así hay un mínimo error! Todas estas cosas complicadas y que en el mundo muy pocos entienden, los árabes también las traducen a su propio idioma, las entienden y las hacen. Pero ¿por qué es imposible traducir aquellas palabras que aparecen en el Corán con las palabras que usamos cada día en los sucesos cotidianos? ¡¿Por qué habrían de ser intraducibles palabras como «no robes, no mientas, no hagas el mal, si sois veraces traed la Torá y el Evangelio y leedlos»?! Incluso si hablas con personas con estudios universitarios que no tienen relación alguna, ni de lejos, con Dios, si les hablas del Evangelio y de la Torá, ¡se te oponen con esta lógica absurda, es decir, con que el Corán ha de leerse por fuerza en árabe! Si esto lo dice un universitario, imagínense ustedes lo que dirá el sector al que se llama ignorante.

Si este idioma es un problema, debería serlo para absolutamente todo. Entonces no aprendamos nada. Ni en las escuelas ni en los lugares de trabajo. Porque en todo el mundo, cuanto se ha inventado y descubierto, quienes lo hallaron no hablaban todos la misma lengua. Si la palabra de Dios solo se lee y se entiende en aquel idioma en que se escribió entonces, y se dice que no puede leerse ni entenderse en otro idioma, que habrá errores; ¡entonces todo el conocimiento fuera de lo que inventaron los turcos deberíamos aprenderlo en aquellos idiomas! ¿O acaso no habría grandes errores? Sobre todo, ni siquiera dejen que un ingeniero turco se acerque a esas centrales atómicas. La televisión, la radio, las antenas parabólicas, los teléfonos móviles, los coches, las medicinas y la medicina, los hospitales, los aparatos para medir la tensión, el azúcar… etcétera. ¡Ni compren nada de esto, ni se beneficien de ello, ni crean en su versión en turco! ¡Porque será erróneo! ¿Cómo se llama a semejante lógica? Yo, cortésmente, la llamo disparate. Si tenemos semejante lógica, significa que nosotros estamos cometiendo este disparate. Pero no olviden que ¡esta lógica derribó imperios! Fueron los dueños de esta lógica quienes mandaron cortar la cabeza a Çelebi diciendo «¿cómo va a volar haciéndose alas?». Y eso que era enteramente invención suya, y voló sin traducirla, sin cometer errores; las personas con esta cabeza se opusieron, y ahora, quienes nos venden como sirvientes a estos países extranjeros también han salido de estas cabezas. ¡Es decir, en el asunto de Çelebi no había infieles! ¡Esta vez metieron a Satanás en el asunto! Es verdad, Satanás sin duda desempeñó un gran papel, ¡es seguro que desempeñó un gran papel en colaboración con aquellos religiosos que mandaron cortar la cabeza a hombres como Çelebi! Y todavía lo desempeña.

En resumen, cada uno debe, a ser posible, leer y entender la palabra de Dios en su propia lengua. Por eso deben emplearse todos los esfuerzos. Junto a esto, las iglesias del mundo cristiano hicieron algunas alteraciones en las Sagradas Escrituras en la dirección de sus propias enseñanzas. Escribieron y tradujeron algunos pasajes de las Sagradas Escrituras no como estaban escritos allí, sino de manera que respaldaran sus propias interpretaciones. Pero como estas situaciones no quedaron ocultas, como fueron oídas por todos, al final aquellas religiones, sectas y organizaciones que hicieron esto también quedaron en ridículo, viéndose obligadas a reunir y destruir esos libros. Es decir, como el dinero falso: todos lo supieron, lo oyeron, no quedó oculto. Dios permitió cosas como estas. ¿Por qué? En realidad, porque Dios no decía que este conocimiento pudiera hallarse tan fácilmente para quienes lo buscan. En los Proverbios de Salomón 2:4-5 dice:

Si la buscas como a la plata, y la rebuscas como a tesoros escondidos, entonces entenderás el temor del Señor y conocerás de cerca a Dios.

Este versículo recalca que debemos buscar a Dios como quien busca plata, tesoros escondidos, riquezas. ¿Acaso Dios no sabe que buscar oro, plata y tesoros no es fácil? Pero si buscamos a Dios de esta manera, también podemos estar seguros de que lo encontraremos. Y esto no es imposible. Satanás y las personas que lo siguen quieren hacer que sea imposible, nada más.

Los musulmanes también creen que todos los cristianos conocen el Evangelio y lo leen. ¡Qué va a leer el Evangelio! Durante siglos quemaron vivos a quienes se atrevían a leer esos libros. Los religiosos europeos de aquella época tampoco escatimaron ninguna maldad de las que estuvieran en su mano contra quien tradujera las Sagradas Escrituras. Solo durante estos dos últimos siglos podemos decir que los Escritos Sagrados fueron traducidos y distribuidos en muchos idiomas, casi por todos los rincones del mundo. Y esto se hizo pagando precios altísimos. Pero, aun así, siempre se opusieron a quien los leía, exactamente igual que en el islam. Todavía, después de aquellas verdades históricas que ha vivido la humanidad, los fanáticos musulmanes se desgañitan: «¡El Corááán no puede traducirse! ¡Léanlo en áraaabe!». El objetivo es que, por Dios, no aprendan. Porque si aprenden, ¿cómo va aquel ignorante hodja escupidor a hacérselo tragar a esa comunidad? Para él esto significa que se le fue el pan, el interés, el prestigio de las manos. Más que sus berrinches, lo que me entristece es que haya quienes, mirando lo que hacen, se alejan de Dios. O que, influidos por las presiones ignorantes de esos escupidores, cogen en sus manos ese libro que dicen «creo» y no lo leen en su propia lengua, viéndolo como si fuera algo imposible; me deja atónito. ¡Y a quien por casualidad, con sinceridad, se atreve a buscar a Dios, en seguida lo mandan a un curso de árabe! De hecho, aunque en el interior de esa persona haya una diminuta chispa, se esfuerzan también en apagarla, y por lo general la apagan. ¡Como si esa persona fuera a ir a Arabia a hacer negocios! ¿O acaso Dios hizo escribir, de forma intraducible en su lengua, cosas como no robar, no mentir, no matar, tratarse bien unos a otros, etcétera, de modo que sea necesario aprender un idioma? ¡Como si Dios solo supiera árabe y no supiera ningún otro idioma! ¿O como si fuera solo el Dios de los árabes?

Hace años salió una noticia en el periódico. Me la contó un amigo que venía de Turquía. Dos árabes vienen a Turquía. Los dos son amigos. Un viernes se dicen: «ven, vamos a la mezquita». Y esto, si no me equivoco, sucede en Estambul, en Sultanahmet. Bueno, los dos van a la oración del viernes para su culto religioso. El hodja recita el Corán en árabe en la mezquita. Hace calor de verano, la mezquita está llena, casi no hay sitio ni fuera. Nuestros árabes están en la parte exterior de la mezquita. Mientras se recita el Corán en árabe, nuestros turcos se balancean con «ay, ay», e incluso hay algunos que lloran. A medida que el hodja recita, ¡a estos les entra el arrobamiento! ¡Algunos se ahogan en lágrimas de aflicción! Los árabes miraban y miraban y se reían por lo bajo. Al final, seguramente sin poder aguantar más, soltaron la carcajada. Nuestros turcos se les echaron encima diciendo «¡conque riéndote, eh!». A duras penas salvaron los hombres el pellejo y se los llevaron a comisaría. El comisario escuchó la situación y, por medio de un intérprete, les preguntó: «¿Qué grosería es esta que han hecho? ¿Acaso uno se burla en la mezquita? ¿Por qué se rieron?». Los hombres, zarandeados, molidos, hechos un mar de sangre, dicen: «No, señor, nosotros no fuimos a la mezquita a burlarnos ni nada, fuimos para nuestro culto religioso», y prosiguen: «el hodja recitaba versículos del Corán, y algunos de los del pueblo que estaban a nuestro lado se afligían, incluso empezaron a llorar. Nos extrañamos de por qué lloraban. Lo que recitaba el hodja no era como para llorar. Porque el hodja recitaba del Corán cómo se repartirían los bienes tomados como botín en la guerra. Por eso nos dio la risa preguntándonos por qué lloraría esta gente». El comisario seguramente entendió el caso y dijo: «Sea como sea, en nuestras mezquitas no se ríe». ¿Qué iba a decir el hombre? Escupa para arriba, bigote; escupa para abajo, barba.

Y el nuestro fue a la mezquita, ya está. Cumplió también con su deber. ¡Aaah! ¡Seguro que al nuestro hasta se le despegaron los pies del suelo, ya va volando! Y véanlo luego, para colmo. ¡A sus propios ojos, ya nadie es recto ni digno del paraíso! Incluso de los que están en la mezquita, solo algunos son piadosos, no todos. ¡El resto del mundo es todo perverso, Dios hará llover piedras sobre sus cabezas! ¡Y si encima lloró, ay, ay, ay! ¡Al hacer esto, estos creen que hasta han puesto a Dios en deuda! ¿Es que quieren decir «mira qué grandes cosas hacemos ante ti»? Nunca se pregunta a sí mismo por qué lloro yo así a moco tendido. Hay algo en su interior, pero ¿qué es? Ni él mismo lo sabe ni quiere saberlo. Pero llora y menea la cabeza. ¡Fue a la mezquita, deber cumplido! Por favor, no hagan esto en turco. Su miedo tampoco es que se estropee el significado del Corán; su miedo es que se estropee lo que crearon en su imaginación según sus propios caprichos, ¡de eso es de lo que tienen miedo!

Pero hombre, ¿qué sentido tiene que tú también, el viernes, sueltes en árabe a la congregación un discurso sobre los botines de guerra? Edifica a esa gente, anímalos hacia las cosas buenas. Él mismo está derruido, ¿cómo va a edificar a la congregación? ¿No es del todo acertado que Jesús dijera de los así: «Déjenlos, son guías ciegos de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo» (Mateo 15:8)?

Cuanto más ignorantes son las personas, cuanto más pequeños son los valores que hay en sus mentes, y si solo dan lugar a ellos, tanto más pequeñas se quedan dentro de un marco tan estrecho, en el mundo que se construyen. Con esto se les estrecha también el ángulo de visión. Todo es tan grande o tan pequeño como las cosas que pusieron en su mente. Y mientras salir de ahí les resulte muy penoso, aburrido y sin sentido, se verán obligadas a vivir en ese mundo que se construyeron en sus mentes tan estrechas. Mirado desde otro ángulo, a causa de la inseguridad que sienten, para llenar ese vacío, esa inseguridad, para poder apoyar la espalda, para sentirse seguras, buscan un muro. Por eso las personas eligen entrar en las religiones, hacerse miembros de un partido, la gran riqueza, la gente con etiquetas, hacerse de amigos y conocidos, la unión de los parientes, etcétera. El objetivo siempre es estar seguras. Con la expectativa de «¿y si algún día necesito algo?». Naturalmente, a ser posible sin dar nada y siempre recibiendo. Y estas relaciones tampoco son por amor de todo corazón. Siempre se hacen de forma fingida, llena de interés, por miedo y con hipocresía. Lo que vi y me llamó la atención en toda mi vida escolar de 15 años, luego en el servicio militar y en las relaciones con la gente, era que la persona mostraba respeto por fuerza. En las escuelas se esperaba de nosotros que mostráramos respeto por fuerza. Si llevábamos chaqueta, cuando veíamos a un maestro esperaban por fuerza que nos abrocháramos, que nos pusiéramos de pie, que saludáramos. Ninguno esperaba amor. En realidad, ¿no era el amor lo más importante? Por más presión que hagan a la fuerza, las cosas que se obtienen con amor no se obtienen. Que esto es así lo dice nuestro creador Dios, y le da mucha importancia. En realidad, Dios ni siquiera mira la víctima, es decir, el regalo, traído a la fuerza, sin ganas (lean por favor los versículos de Génesis 4:3-7). Pues bien, ¿acaso nosotros los humanos no lo sabemos? Aquellas cosas que nos enseñaron como respeto, hazlas a alguien en Europa y en América, y se te reirá en las narices. Y encima se enseñan a la fuerza, y son cosas que fuera de ellos mismos no valen ni se entienden en ninguna parte. Yo no estoy a favor de vender los valores que se poseen mirando a América y a Europa. Pero digo que, si en realidad no son valores, sino disparates, cosas dañinas que no sirven a la humanidad, ya debemos deshacernos de ellas.

Junto a todo esto, hay que confesar también esta verdad. A las personas les cuesta salir de sus costumbres, tienen miedo. Y si salen de ellas, si se rebelan, tampoco lo hacen en pro de algo bueno. Muestran su valentía por el camino del mal, no en la dirección del bien y de la rectitud. Y quienes hacen lo correcto, lo verdadero, lo útil, son muy minoría. Por ejemplo, un Testigo, después de rebelarse contra las presiones absurdas de la organización y abandonarla, ¡¡¡al salir de allí se inscribe en un partido que apoya a los nazis!!! El ejemplo aquel de «vaya ayuno y vaya col en vinagre» le viene que ni pintado a esto. Aunque cosas así quizá sean muy minoría, con esto quiero explicar que las personas no actúan en armonía con aquello contra lo que se rebelan. Además, a las personas se les cae el alma a los pies con solo tomar decisiones, aunque sea en su propio nombre. Para huir de la responsabilidad, según su gusto e interés, con qué institución u organización simpaticen, se adscriben a ella, y así soportan toda clase de esclavitud.

Estábamos en segundo, a lo más en tercero de primaria, y se contaba una historia. También estaba escrita en nuestros libros de texto. Sobre una apuesta entre el viento y el sol. El viento sostiene que es superior y más fuerte que el sol. Apuestan sobre quién es más fuerte. Y esto lo van a probar en un hombre. Porque el viento dice: «Yo le quito a ese hombre la ropa de la espalda», y primero empieza el viento y va aumentando cada vez más su tormenta sobre ese hombre. El hombre, en cambio, cuanto más arrecia el viento, más se aferra a su ropa, a las solapas. Busca una cueva para esconderse. Por más que el viento se esforzó, no logró de ninguna manera quitarle la ropa que llevaba el hombre. Sucede lo contrario. El hombre se esconde en una cueva, en una gruta; se pega tanto más a sus ropas, a sus solapas. Le llega el turno al sol, y el sol empieza a lanzar su calor, sus rayos, sobre el hombre. El hombre empieza a quitarse poco a poco, primero el abrigo, luego la chaqueta, e incluso hasta los zapatos.

No sé qué significado saca cada uno de esto, pero yo, con mi cabeza de niño de entonces, saqué que con la bondad y el amor pueden lograrse muchas más cosas. Aunque el viento a la fuerza le hubiera arrancado la ropa de encima al hombre, el hombre no habría sido feliz, habría luchado aún más. Pero lo que hizo el sol es que la persona se desnudaba por voluntad propia. De hecho, en mi opinión, el propósito del libro era también mostrar al sol como lleno de amor y al viento como una violencia forzada. Sin embargo, en el fondo del asunto ambos eran una fuerza violenta. Los dos mostraban su poder en la dirección de sus objetivos. Mientras a una fuerza uno se resiste, ante la otra fuerza es como si la persona cumpliera su deseo de buena gana. Pero en ambos casos no se le deja a la persona una libertad verdadera. Sea el viento, sea el sol, en la imposición de ambos la persona no lo hacía sintiendo comodidad. En apariencia, ante la imposición del sol es como si esa persona lo hiciera de buena gana, pero no es más que un engaño. Sin embargo, el que se desnuda, se desnuda porque el calor lo agobia; el que se cubre, se cubre para protegerse del viento. Muchas veces debemos fijarnos no en qué se hace, sino en por qué se hace.

Todos esos anuncios, esas películas, se preparan basándose en este principio. El objetivo es hacer que las personas deseen hacer aquello, porque de todos modos no pueden forzarlas. ¿Acaso los políticos no recogen votos así también? La verdad es que la política funciona de manera muy injusta. Ponen delante de las personas a determinados hombres para que elijan. Sin embargo, todos son peores unos que otros. Aunque no elijas a ninguno, uno sube al poder a la fuerza. Aunque tú no votes, e incluso aunque el 50 por ciento del pueblo no vote, quien tenga toda la mayoría es elegido. Y con esto, quienes no gustaron de esa persona, o quienes no la eligieron, tampoco tienen otra oportunidad. No importa: ¡los políticos no nos piden amor, piden votos para subir al poder! ¡Ámalos o no los ames! ¡Como si eso le importara mucho! ¿Acaso es eso posible? ¡¿Quién ha sido amado por todos para que lo sean los políticos?!

Piensen lo que piensen, sopesen por el lado que sopesen, la humanidad no puede traer una solución absoluta, y no la ha traído. Las historias y nuestro tiempo son la prueba de que esto es así. Por eso, cuando el hombre se mete dentro de ciertos sucesos, no puede decir «seguro que este es el culpable, o aquel es el culpable». Muchas situaciones resultan como cuando Nasreddin Hodja, en un pleito, dijo: «tú tienes razón, tú tienes razón, y tú también tienes razón». Para nosotros los humanos es una situación difícil. Por eso Dios, por medio de las Sagradas Escrituras, nos dice que «no seamos precipitados en juzgar». (Evangelio-Romanos 14:13) Pero lo que quiero decir aquí es que, aunque esta situación valga para todos, no vale para Dios. Él es impecable en su juicio y en sus obras. ¿Dio una orden respecto a la humanidad? Esta orden puede aplicarse a todo hombre y es útil para todo hombre. Sea cual sea la sociedad, sea cual sea la cultura. Sea cual sea la constitución geográfica que se posea. Sea joven o viejo, mujer u hombre, estos juicios, que valen para todos, nunca se parecen a los del hombre.

Al explicar un tema se abre otro. Espero que no les cueste unir entre sí estos temas de los que se habla de forma entrecortada. Porque, si no explico las palabras y expresiones que empleo, no entenderán en absoluto lo que quiero decir. Este lenguaje y estas expresiones que no se usan en la vida cotidiana, en cuanto uno empieza a adquirir conocimiento acerca de Dios se ve obligado a aprenderlos. Lo sé, es casi como otro idioma. Yo, además, con el tiempo iba a aprender cómo se expresan estas cosas en alemán, pero con ganas. Ya lo dije, yo no soy escritor ni nada por el estilo. Vean también este libro como el cuaderno de recuerdos, el diario de una persona. Percíbanlo tal como esa persona lo sintió, según sus capacidades, tal como lo escribió como le nacía del interior. No busquen su valor literario. Pero sí procuren oír las verdades que contiene, los secretos, las respuestas a las preguntas, y la voz de su conciencia interior. Investiguen si acaso lo que se cuenta es así o no. Abran esos libros que dicen «creo», y léanlos, aprendan; y vivan según lo que decidan.

El servicio militar al que fui duró dos meses. En realidad, exactamente 56 días. Sobre todo los primeros días transcurrían como si cada uno fuera un año entero. Sin embargo, en el ejército, puedo decir que nos trataron muy bien. A los soldados de pago se los trataba bien. Pero la situación de los de 18 meses era muy distinta de la nuestra. La mayor desavenencia provenía de aquellos soldados de pago que venían con nosotros. Como estudié en un internado, sabía lo que significa vivir en lugares colectivos. Nunca logré acostumbrarme a vivir en lugares colectivos así. El servicio militar, el internado, el hospital, los orfanatos; quién sabe cómo serán las cárceles. Seguramente lo peor de todo deben de ser la cárcel y el orfanato. Al menos el orfanato en el que me metieron de niño era así. Tenía unos tres años. Estuve en aquellos orfanatos unos 2-3 años. Casi todos los días me pegaban. Por las noches me orinaba encima. Para levantarme al baño a medianoche se encendían las luces, y a mí sin falta me pegaban. Y también durante los sucesos cotidianos. O porque no comí, o porque me reí, o porque me senté, o porque lloré, o porque caminé, o porque me detuve, siempre me pegaban. Seguramente no hay nada tan malo como recibir palizas sin saber por qué, y encima por cosas que no están en tu mano. Esas son las que más duelen. Las palizas que recibía por las faltas que cometía no dolían nada. Y aunque dolieran, no llegaban a mi corazón. Pero, por las palizas que recibía sin que estuviera en mi mano, no sabía qué hacer. No sabía qué era lo correcto ni qué lo incorrecto por lo que me pegaban. A medianoche nos levantaban al baño. El dormitorio era una habitación grande. Camas de niños con barrotes, en hileras, dispuestas de modo que los pies de cada uno quedaran hacia la cabeza del de delante. El mayor de nosotros tenía seis años. Junto a la ventana había cuatro o cinco camas alineadas así. Luego un hueco en medio para caminar. Inmediatamente después, dos hileras de camas juntas sin separación. En la misma disposición. Que yo recuerde, había cinco o seis hileras. Éramos unos 25-30 niños internos en la institución de protección de la infancia de Estambul-Kasımpaşa. Quizá había también algunos que venían de día, pero muy pocos. Aunque lo recuerdo muy borroso, los sucesos malos no se le borran a uno de la mente ni por asomo. Me despertaba, atontado por el sueño, con una tras otra bofetada por haberme orinado encima. Me pegaban donde cayera. Estoy empapado en orina hasta la cintura. Me quitan la ropa interior. Total, un calzoncillo y una camiseta, y la mitad de la camiseta mojada de orina. Después de que terminara el asunto del baño de todos los niños, a mí y a veces quizá a otro niño más no nos mandaban a la cama, desnudos sobre la piedra. Nos acuclillábamos en la piedra, con la parte de abajo desnuda, subíamos hasta las rodillas nuestra camiseta medio mojada de orina, poníamos la cabeza sobre las rodillas y dormíamos. A mí esta situación me gustaba mucho. Por muy duras que fueran las condiciones, al menos no me pegaban. Aceptaba de buena gana cualquier castigo. Cuánto tiempo o cuántas horas pasaban, con la cabeza de aquel entonces, cómo iba a saberlo. Pues bien, aquel esbirro con la cabeza cubierta, que dormía en la cama pegada a la pared frente a todas las camas, el que estaba encima de nosotros, si le daba compasión, con odio decía: «venga, id a vuestra cama». La orina de la cama se había quedado helada, mojada. Y encima el lugar más cómodo para acostarse, el centro, empapado de orina. Yo, ya en aquella camita, buscaba sin hacer ningún ruido un sitio seco, pero nunca lo encontraba. Siempre, por más que me escurriera hacia cualquier rincón, la mitad de mi cuerpo se quedaba de todos modos en aquella orina fría y mojada. Mi niñez más temprana transcurrió así en varios orfanatos distintos. Año 1964, cada uno era peor que el otro. Los orfanatos que vi incluso en las películas americanas de aquellos años eran horribles. Claro, esto valía siempre para los desamparados. Porque sin duda había también orfanatos donde a los niños no se les negaba nada. Aquellos eran los orfanatos de los que tenían a alguien.

Mi madre se había ido a Alemania a trabajar. Mi padre, en cambio, por alguna razón, como no podía cuidarme, me mete en el orfanato. De los tres hermanos, el más pequeño soy yo. ¡En Alemania siempre contratan primero a las mujeres! ¡Por alguna razón, sigue siendo así! Seguramente en esos empleadores y en los obreros que trabajaban allí también el placer sexual iba por delante. Aunque no pudieran hacer nada, para ellos hasta un baño de vista bastaba. No sé si esta situación es así porque las mujeres no son tan listas ni tan rebeldes como los hombres a la hora de reclamar sus derechos, de rebelarse. Lo más importante es que, en comparación con el hombre, la mujer significa mano de obra barata. ¿Eres mujer? En seguida te dan trabajo. ¿Eres hombre? Estás perdido. Al hombre, solo el trabajo más pesado y más sucio que haya. No digo que esto valga para todos, pero yo en todos lo vi así. ¿Acaso no hay entre los extranjeros hombres con muy buenos trabajos? Por alguna razón, ¡a mí no me tocó encontrarlos! Alemania, para hacerla trabajar en su país, contrata primero a la mujer con tres hijos; su marido, sus hijos, ¿por qué habría de pensar en eso? ¡El resto le trae sin cuidado! A mi madre, en cambio, porque le encontraron una infección en la orina, le hacen sacar los dientes hasta el fondo. ¡Sus dientes sanos! Hiciera lo que hiciera, se hiciera lo que se hiciera, aun así en su orina salía una sustancia extraña. Al final entrega la orina de un ordenanza de allí y salva el asunto, y le dan un informe de que está sana y puede ir a Alemania. En aquel entonces, para poder ir a Alemania, se endeudaba uno hasta el cuello. Iban cada día a esperar durante horas en las colas. Y a Alemania en aquellos tiempos se iba en el tren negro. Yo ni sabía ni entendía estas cosas. Ya lo dije, tenía tres años. Solo que los sucesos malos se hicieron un hueco en mi mente. Más tarde, cuando vi a mi madre, le dije «tía». Ni siquiera sabía que era mi madre. Cada domingo era el día de visitas. Mi padre, en cambio, venía una vez al mes. A veces cada dos semanas, a veces cada semana, y a veces no venía en absoluto. Se podía estar juntos dos o tres horas. Siempre se recogía dinero de las visitas que venían. No sé ya cuánto podía dar cada uno, pero paseaban a un niño para que se echara el dinero dentro de algo como un sombrero. A veces me ponía a pensar si mi padre no venía por esto, o porque no pensaba en nadie más que en sí mismo. Yo digo: «no dejaría a mi hijo en esos sitios». Pero, pensando en aquella época, digo: «no sé». Como si acaso yo tuviera que vivir a la fuerza aquella vida de dolores. Con ese dinero supuestamente les compraban algunas cosas a los niños. Si a mí me tocaba una galleta de cinco céntimos, la lira echada se quedaba para la institución. La vieja regla: ¡toman diez, veinte, cien, y dan uno!

Eres un niño diminuto. No tienes ninguna protección. Estás en un lugar donde no hay ni la «a» de amor. Solo que nunca puedo olvidar que había una tal hermana Oya. Era una señora rica. No sé bien si no tenía hijos o si no podía tenerlos. Pero, para todos los niños, aquella mujer era la mayor alegría y una enorme salvación. Le decíamos hermana Oya, pero tampoco era alguien tan joven. Quién sabe qué habrá sido de ella ahora. Era nuestra salvadora. A veces nos reunía a todos, apagaba las luces. La hermana Oya tenía un tren de juguete, avanzaba con lucecitas rojas encendidas delante y a los lados. Era de aquellos viejos trenes negros, y delante del tren tenía un hierro amarillo como el oro, puntiagudo en forma de punta de flecha. Ninguno de nosotros podía tocar aquel tren, estaba prohibido. De todos modos, yo nunca sentía deseo de tocar aquel tren. Con mirar y no recibir palizas me bastaba. Los que nos pegaban tenían miedo de la hermana Oya. Junto a ella no podían darnos ni un capirotazo. Pues bien, esto para mí lo era todo. ¿Qué iba a hacer yo tocando el tren? Pero luego, si aquel esbirro de alma corrompida que se encargaba del dormitorio nos había prestado atención de lejos por cualquier motivo, después me daba una buena paliza, me empujaba y me zarandeaba diciendo: «¿por qué te hiciste el mimado con la hermana Oya?». Es decir, el final de las visitas de la hermana Oya se volvía otra vez veneno. Pero por lo general este episodio de palizas no siempre ocurría. Seguramente tenían miedo de que los niños lo contaran. Pues bien, el servicio militar, mientras escribía este libro, me recordó también aquellos días míos. No porque en el ejército me trataran mal, sino porque yo viví una niñez muy mala en aquellos orfanatos. Aquellos lugares no eran como su nombre. Se suponía que era una institución de protección de la infancia; eran instituciones de desprotección de la infancia. Eran orfanatos de tortura.

Si dijera que el servicio militar pasó fácil, sería mentira. En mi opinión, en ningún lugar donde no hay libertad los días pasan fáciles. Pero, aunque no fuera cuestión de vida o muerte, también hubo en aquellos dos meses momentos en que le supliqué mucho a Dios. Y Dios me salvó de aquellas malas situaciones, en eso creo. El haber leído las Sagradas Escrituras había hecho en mí cambios muy grandes. Tenía en mi interior el deseo de cambiarme a mí mismo, de vivir según las palabras de Dios. Los amigos que hice allí, cada fin de semana que salíamos de permiso, buscaban burdeles o prostitutas. Yo no quería hacer cosas así. Y eso es lo que me sorprende. Porque, de haber sido antes, yo iba por delante de todos ellos. Aquella mujer que ninguno de ellos, por ser soldados, encontraba, yo, si hubiera querido, creía que la encontraría. Pero en mi interior había crecido un amor, un anhelo hacia Dios. Como dije, no iba en absoluto a la oración en la mezquita, al culto en la iglesia ni nada, pero prestaba más atención a hacer las cosas correctas. Porque, después de leer las Sagradas Escrituras, la educación que tomé de ellas no era postrarse una y otra vez ante Dios, ni hacer la señal de la cruz en la iglesia. Estas cosas no agradaban a Dios. A los ojos de Dios, las obras correctas, la honradez, amar y perdonar a las personas eran mucho más valiosas. En realidad, el verdadero culto era esto. Con el conocimiento que tenía entonces no veía mal ir a la mezquita o a la iglesia, pero tampoco iba. En la atmósfera de aquellos lugares no había calidez. En aquellas comunidades era como si el Dios que yo leía, que aprendía, no estuviera en absoluto. Pensaba, y también creía, que si quería servir a Dios, hablar con Él, podía hacerlo en cualquier momento y en cualquier lugar. Pero no tenía un conocimiento como para confiar tanto en mí mismo. Sentía también que las cosas que sabía no le gustarían a todo el mundo. Sobre todo sabía que, en una sociedad musulmana, meterme en discusiones sobre este tema, o cuando decía «leí la Torá, el Evangelio», aquellas personas no lo verían con muy buenos ojos. Por eso me callaba. Pero a mis amigos muy cercanos les había recalcado que quería servir a Dios. Porque estaban en una constante enfermedad de buscar mujeres, y esto a mí también me parecía normal en su caso. Yo, en su lugar, quizá haría lo mismo. Pero pensaba que eran así porque no sabían las cosas que yo sabía. En mi interior había una creencia: «si lo supieran, seguramente ellos tampoco lo harían». Esta iba a ser una creencia que más adelante me decepcionaría mucho. Conocer la verdad no siempre cambiaba a las personas en la buena dirección.

Había lugares de las Sagradas Escrituras que se me quedaron en la mente, que no puedo olvidar. Al leerlos yo adquiría experiencias. Las Sagradas Escrituras me hacían reflexionar sobre mí mismo, sobre las personas, sobre las causas de los sucesos. Sobre todo, me daban a conocer a Dios y sus cualidades. Como dije, al leer algo siempre he intentado ponerme en el lugar de aquellas personas. Esto resulta tanto agradable como calador para el alma de uno, y además aquellas cosas que se leen cobran significado. Sobre todo, uno empieza a conocerse a sí mismo. Una vez, mientras leía las Sagradas Escrituras por primera vez, llegué al tema de Salomón, hijo de David, haciéndose rey. Salomón ofrece muchas víctimas a Dios. Y Dios se le aparece en sueños y le dice: «¿Qué quieres que te dé? Pide». (1 Reyes 3:5) Yo en aquel entonces tenía unos 22 años; creo que Salomón, cuando se hizo rey, era un poco más joven que yo. No lo sé con exactitud, pero debía de tener unos 21. Al leer estas líneas dejé de leer y me detuve un momento. Me pregunté a mí mismo: «Si fuera yo, y Dios me diera también una opción así, ¿qué querría?», y empecé a pensar para mis adentros: «pues seguramente querría un montón de mujeres hermosas y ser muy rico». Al decir «seguramente», quiero decir, al menos por ahora. ¡Como si los deseos del hombre tuvieran fin! Estas cosas solo pasaban por mi cabeza en un instante muy breve. Todavía no sabía qué decía el libro, qué iba a pedir Salomón ni nada. De vez en cuando, deteniéndome así en lugares importantes para mí, con preguntas como estas, a la vez que quería saber qué haría yo, sentía también mucha curiosidad por ver qué iba a hacer aquella persona que estaba ante Dios. Seguí leyendo. Salomón, en cambio, le dice a Dios:

…Y ahora, oh Señor mi Dios, tú has hecho rey a tu siervo en lugar de mi padre David; y yo no soy más que un niño pequeño; no sé salir ni entrar. Y tu siervo está en medio del pueblo que has escogido, un pueblo grande que no se puede contar ni numerar por su multitud. Da, pues, a tu siervo un corazón entendido para gobernar a tu pueblo, para discernir entre lo bueno y lo malo; porque ¿quién podrá gobernar este tu pueblo tan grande? 1 Reyes 3:7-9

Al leer estas líneas, sin poder contenerme, dije: «¡puaj!». Era como si por dentro, ardiendo, dijera: «¡mira lo que va y pide este!». Sin embargo, aquel hombre jovencísimo no pide ni mujeres, ni riqueza, ni fama, sino que dice: «dame un corazón entendido para discernir entre lo bueno y lo malo». Por dentro dije: «qué loco era este Salomón». Pues claro, ¡justo cuando se le presentaba la oportunidad, cuando podía tomar tan a gusto y de balde lo que quisiera, mira lo que va y pide! ¿Acaso a uno le toca semejante lotería cada día? ¿Cuántas veces viene Dios y dice: «pide lo que quieras y te lo daré»? Después de decir «has echado a perder un saco de higos, Salomón», seguí de nuevo leyendo el libro. Dios, en cambio, responde así a Salomón:

Esta petición de Salomón agradó al Señor. Y Dios le dijo: «Puesto que no has pedido para ti larga vida, ni riquezas, ni la muerte de tus enemigos, sino que en lugar de eso has pedido sabiduría (sensatez) para un gobierno justo; cumpliré tu deseo. Te daré una sabiduría y un corazón tan lleno de discernimiento que no ha habido nadie igual antes de ti, ni lo habrá después de ti. Y también te daré lo que no has pedido. Mientras vivas alcanzarás una riqueza y una honra que ningún otro rey igualará. Y si tú también, como tu padre David, cumples mis reglas y mis mandatos y andas por mis caminos, te daré también larga vida.» 1 Reyes 3:10-14

Cuando leí estas líneas me avergoncé mucho y también me emocioné mucho. Empecé a llorar. No podía contener el llanto. Como estaba solo en casa, podía dar rienda suelta a estos sentimientos con libertad. Aunque lloraba en parte por vergüenza de mis propios pensamientos, lo que más me emocionaba eran las palabras de Dios. ¡Qué generoso era Dios! Y al mismo tiempo, qué amante de la rectitud era. Misericordioso y también comprensivo. Y esta vez, por dentro, le decía a aquel deseo tan sensato y lleno de responsabilidad de Salomón, a esa edad tan joven: «¡bravo, la verdad!».

Después pensé mucho: por qué yo pedía cosas tan tontas y no pensé como Salomón, no miré los sucesos desde ese ángulo. En realidad, Salomón conocía a Dios mucho mejor que yo. Su padre David era a la vez rey y profeta. Con la educación que recibió de él y en la dirección de sus deseos, Salomón se había vuelto alguien sabio. Salomón no daba tanta importancia a los deseos de su cuerpo, a las cosas carnales y demás. Esas, de todos modos, iban a llegar por naturaleza. Sin embargo, estos sentimientos y este entendimiento no permanecen en la persona de forma automática y permanente. Tenemos que dar lucha. Salomón, en cambio, más adelante, en su vejez, actúa con laxitud en este asunto y, por no prestar oído a los consejos de Dios, por casarse con mujeres extranjeras que no conocían a Dios, aquellas mujeres arrastran a Salomón al pecado.

Yo, en cambio, así como no conocía a Dios, el Dios que me imaginaba en la mente era, como dije, como el genio de la lámpara de Aladino. En ese instante pediste lo que quisieras. Es más, si pedías algo equivocado, es culpa tuya, y entonces estás perdido. Por eso pensaba que nosotros los humanos debíamos tener mucho cuidado con lo que íbamos a pedir; mejor dicho, así lo creía también. Sin embargo, el Dios verdadero era muy distinto. Así como nos conoce muy bien, era alguien que se afanaba por corregir nuestros errores. No era un Dios que se alegrara de nuestra insensatez, sino, al contrario, un Dios que nos ayudaba para salvarnos de esa situación. Un Dios que, hagamos lo que hayamos hecho, cuando arrepentidos volvemos a Él con todo el corazón, no nos aparta con el revés de la mano. Es más, al profeta Ezequiel le dice: «Al que se aparte de sus faltas no le recordaré sus faltas pasadas» (Ezequiel 3:18-21). Ni siquiera las recuerda. Nosotros los humanos, en cambio, qué diferentes somos. Aunque parezca que perdonamos a alguien, a la primera oportunidad le echamos en cara sus errores pasados. Humillamos a esa persona, la hundimos en el suelo. Dios, en cambio, aunque lo ve, lo oye y lo sabe todo al desnudo, cuando, arrepentidos de todo corazón de las bajezas, las infamias, las desvergüenzas que hicimos ante Él, de cuanto pueda haber de peor, volvemos a Él, dice: «no recordaré tus faltas». Nosotros, o quién, ¿qué padre puede amar tanto? No comparo a Dios con las personas, pero escribo para que entendamos a Dios. Cómo somos nosotros hacia Él y cómo actúa Él hacia nosotros. Yo, en cambio, al leer las Sagradas Escrituras, iba a caer mucho en situaciones así. Por este medio, también iba a empezar a conocerme a mí mismo. Estos libros que llamo palabras de Dios iban a responder a mis preguntas de «por qué y para qué». Este libro escribía cosas por las que lloré mucho, que leí muy emocionado, e incluso, mientras a veces me llenaba de ira, cosas por las que otras veces no podía contener la risa. En cuanto encuentre la ocasión, intentaré, con la ayuda de Dios, contarles estos recuerdos míos. Por qué me indignaba, por qué me reía, por qué lloraba; e incluso a veces, quizá, por qué no entendía.

Conociendo el Corán

El servicio militar había terminado. Todos los amigos que conocí allí y con quienes estuve siempre juntos salían antes que yo. Porque ellos habían llegado antes que yo. Dos salieron dos días antes y uno un día antes. Pero todos me esperaron antes de irse. Nos reunimos en un hotel. Qué hermosa es la libertad. Sentarse, tomar aunque sea un té, pero en libertad, no bajo presión, no atemorizado. Por supuesto que quería que me esperaran, pero tampoco podía pedirles que lo hicieran. Eso me parecía un deseo egoísta. Sin embargo, como me esperaron, me alegraba y a la vez sentía gratitud. En general todos se habían marchado. Nosotros dijimos que iríamos juntos primero a Antalya y luego a Alanya. Durante dos meses habíamos vivido juntos siempre bajo ciertas condiciones, pero ahora las condiciones y las circunstancias eran distintas. No sé si queríamos conocernos también de esta manera. Quizá lo nuestro era, sin pensar en nada, solo compartir nuestra alegría. Ellos fueron enseguida a un burdel en Antalya. Yo dije que no iría. Había otro amigo más, tenía dos esposas. Una turca y una alemana; con la alemana casado legalmente, y con la turca iba a vivir con matrimonio religioso (imam nikâhı). Más tarde supe que de ninguna manera fue feliz. En fin, este amigo parecía un poco religioso. No creo que practicara esa religiosidad con gusto. Quizá era así porque lo habían criado de esa forma, no lo sé. No tenía conocimiento alguno sobre Dios. Pero cuando yo dije «no iré», él también se dejó influir y dijo «yo tampoco iré». Los otros dos amigos, en cambio, insistían: venid, por favor, aunque sea a echar un vistazo. Y yo lo tomaba a broma diciendo: «de todos modos no iría solo por él». Ellos entendieron que estábamos decididos y se fueron. Nosotros esperábamos en el coche. Pasó bastante tiempo y las horas transcurrían, pero no volvían. El que estaba a mi lado empezó a inquietarse. Cada dos por tres decía: «ven, vamos a ver qué les ha pasado a estos». Yo lo distraía, porque para mí ir allí era una prueba enorme. Al final ya no aguantó más y dijo, vamos. Y yo, para seguir eludiéndolo, decía: «ve tú al menos, yo esperaré solo aquí en el coche, quizá entretanto vuelvan y así tu ida no habrá sido en vano, enseguida te enviaré a uno de ellos detrás», pero fue en vano. Tenía que ir por fuerza. Bien, dije, y por dentro pensaba: «¿Tan débil eres? Sea donde sea, si una persona es valiosa, los lugares y las circunstancias no destruyen ese valor». De nuevo por dentro me decía: «¿Acaso el oro pierde su cualidad cuando cae en el barro?». Al final entramos en aquellas casas, mirando en cada una: dónde están estos, ¿o les habrá pasado algo? Todas aquellas mujeres nos miraban de forma incitante y eran hermosas unas más que otras. «Qué fácil es pasar una noche con ellas», pensaba. Sin embargo, si uno viera a tales mujeres en la calle, se diría por dentro: «algo así nunca podría suceder». Aquí, en cambio, estas mujeres, a cambio de dinero, se volvían tuyas como un coche de alquiler. Un coche que quizá uno nunca podría comprar, pero cuando lo alquila, por ese día es suyo. Y encima, ¿cómo se puede comparar a una persona con un coche? Por desgracia, es así. Por más que miramos, salí como si fuera de hielo, pero por dentro me estallaban volcanes. No encontramos a los amigos, fuimos al coche, y ellos luego llegaron uno por uno.

Yo mismo me quedé asombrado de este asunto. Con extrañeza pensaba para mis adentros: ¿cómo fue posible que volviera sin haber hecho nada? Me alegraba; poseer una voluntad fuerte me alegraba. El haber leído la Sagrada Escritura una sola vez había producido en mí este deseo, estos cambios. En un año, mientras yo leía la Sagrada Escritura, aquellos Testigos ancianos habían venido, todos ellos quizá unas 10 veces. Pero jamás pude imaginar que aquellos conocimientos que adquirí leyendo acostado en mi cama me cambiarían.

Más tarde, tras pasar un día juntos en Alanya, nos separamos. Yo iba a ir a Gemlik, a un apartamento que mi madre había alquilado sin haberlo visto nunca. Se mudaron allí desde Estambul mientras yo estaba en el servicio militar. Era un mes de diciembre húmedo y brumoso. La casa, los muebles, todo estaba por todas partes. No era en absoluto un lugar para llegar del servicio militar y descansar. A mi madre le encantaba el desorden, el desbarajuste, cambiar de casa con frecuencia. Por lo que recuerdo de mi infancia, nosotros siempre nos mudábamos y cambiábamos de casa. Es como si hubiéramos recorrido cada barrio de Estambul. Seguramente también tenía sus razones. ¡Los muebles no cabían en el apartamento de 130 metros cuadrados! Mi madre convivía también con un hombre. El ingeniero agrónomo Nihat Bey había trabajado en muchos cargos y, tras su jubilación, había ejercido de director en la fábrica Ülker. Yo lo llamaba padre Nihat. Conversaba mucho, era alguien que adoraba hablar más que escuchar. Ambos eran ancianos. Al unirse los muebles del hombre con los de mi madre, por supuesto la acumulación de años de dos casas no cabía en un solo apartamento. La tarea recaía otra vez sobre mí. Todo se puede hacer, con tal de que el otro quede satisfecho y valore lo que has hecho. Mi deseo de un ambiente ordenado y cómodo no era solo por mí; yo creía que también era agradable para esas personas. Sin embargo, mi madre no daba ningún valor a esas cosas. En estas luchas que libré desde la infancia, vi que las personas tienen aspectos muy diferentes unas de otras; aunque sea tu madre, tu hermano, incluso tu hijo, es así. Mientras alguien a quien no conoces en absoluto, de muy lejos, disfruta exactamente de las mismas cosas que a ti te gustan y piensa como tú en muchos temas; las personas con las que vives tan estrechamente juntas, con las que compartes la misma casa, familia y educación, son tan opuestas entre sí que uno cae en el asombro. Aun así, la persona a la que más quería en el mundo era mi madre. Pero ese amor, más que felicidad, generalmente daba dolor. Después de las cosas que vi de aquellas personas en los orfanatos, mi madre me pareció un ángel. Cuando me orinaba encima, ni una sola vez me regañó. Mi madre era la única persona que entendía que esto no estaba en mis manos. Quizá por eso sentía mucha gratitud. Salvo dos veces, mi madre nunca nos golpeó a ninguno. Esas dos veces las descargó sobre mí. La primera vez tenía razón, pero de la segunda todavía no puedo decir que la tuviera. Mi madre, como toda persona, era alguien con defectos y también con buenas cualidades. Creo que era aún mejor sobre todo con nosotros, es decir, con sus hijos. Era hospitalaria y generosa con todos. No le gustaba ir a casa de nadie, pero a todo el mundo, viniera quien viniera, le daba de comer y beber y así lo despedía. Entonces era feliz. Es decir, en mi madre pesaba por naturaleza el sentimiento de Jesús el Mesías: «hay más dicha en dar que en recibir» (Hechos 20:35). La mayoría de la humanidad, en cambio, ha desarrollado en sí misma un sentimiento totalmente contrario. ¡Para ellos rige el principio de que «recibir es más dichoso que dar»! ¡Y sobre todo para los religiosos! Puede ser, la gran mayoría de las personas es así, pero que los religiosos sean así es aún más contradictorio. Porque Dios es generoso y ama al que es generoso. Entonces, ¿por qué los religiosos, al contrario, son los que más aman el dinero? Mientras que para satisfacer a una persona que llamamos mundana hay que dar mucho, uno religioso se conforma con muy poco. ¡Pero tú con tal de dar, y él con tal de recibir! El sueño de casi todos los jóvenes Testigos, cuando predican de puerta en puerta, es entrar por la puerta de alguien rico, y además que ese rico crea lo que le cuentan. Por supuesto, el pensamiento que hay detrás es evidente. Si de todos modos este pensamiento se ha convertido en el principio de su cuerpo directivo, ¿por qué habría de pensar él de otra manera? ¡Ellos también tienen las mismas ensoñaciones! Y si encuentran a alguien así, ¿qué esperarán de él? Todas las aguas de la presa se volverán ahora hacia ellos y fluirán. En la mayoría de los casos así ha sido. El rico, que además tiene que ser generoso, compartirá ahora con ellos todo lo suyo. ¿Le agrada a Dios acercarse a las personas con esa esperanza? Pero, si uno se fija, los Testigos no juegan a ningún juego de azar. Ni lotería ni loto; incluso aunque sea gratis, evitan los juegos de azar. Salvo los que lo hacen a escondidas, no se sabe. Mientras creen que esto es pecado, entonces, ¿qué es esto otro? ¿Solo los Testigos son así? Ya lo dije: al menos yo no me he encontrado con una persona generosa que se las diera de religiosa. Los había buenos, los había sabios, los había instruidos, pero generoso no había. Seguramente también los hay, pero yo no lo he visto. Sin embargo, también debo decir que muy, pero muy pocos de entre ellos me acogieron en su casa con gusto, sin esperar nada. Lo más importante es que dieron comodidad a aquel huésped. En mi relación de casi veinte años me he encontrado con dos o tres familias, como máximo, que fueran así. Pero por lo general dan mucho valor a lo material. El que conoce a Dios parece aferrarse aún más a los valores materiales. Sin embargo, Dios enseña justo los valores contrarios. Quiere que se dé valor a las cosas espirituales. Por ejemplo, Jesús en Mateo 6:19-21 dice:

«No os acumuléis tesoros en la tierra. Aquí la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones penetran y roban. Más bien, acumulaos tesoros en el cielo. Allí ni la polilla ni la herrumbre los consumen, ni los ladrones penetran y roban. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.»

Es decir, aquello a lo que damos valor como tesoro, allí está también nuestro corazón. Entonces, a partir de esta explicación, de mis propias experiencias, de las verdades de la historia, ¿no está claro dónde están los corazones de los religiosos? Durante años vienen a tu casa, comen, beben, y solo años después llegas a enterarte de dónde viven ellos siquiera. Supuestamente dan a conocer a Dios. Sin embargo, cuando miras sus obras, te dices a ti mismo: «no puede ser, hombre». Por dentro piensas: «Dios no dice que se hagan tales cosas, ni lo ha dicho». Y si, tras cien sucesos, ya no aguantas y estallas, y le dices lo que llevas dentro a uno de ellos; el malo resultas ser tú otra vez. Por qué lo dijiste. Como dije, por dinero las personas han hecho de todo. ¿Para qué se han hecho las guerras, si no? Napoleón también expresa esta verdad hablando con estadistas en una mesa. Ante su afirmación «nosotros luchamos solo por dinero», un inglés le responde despreciándolo: «nosotros luchamos por nuestro honor y nuestra gloria», y Napoleón le suelta la réplica: «¡Cada uno lucha por aquello que no tiene!».

Y para quienes ven el dinero como un señor, Jesús el Mesías dice:

«Nadie puede servir a dos señores. Porque o aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a la vez a Dios y al dinero (mammón, la riqueza)», dice en Mateo 6:24. Mientras estos versículos orientan a la persona a ser mesurada frente a los valores materiales, subrayan también, de manera absoluta, no confundir a Dios con las cosas materiales. También en el Corán se dice continuamente que no debemos dar valor a los bienes y a la riqueza de este mundo. (Sura La Vaca (2):200) Un orador en un congreso de los Testigos había dicho así: «El dinero es un pésimo señor, pero un muy buen sirviente». Por más que ellos den tales sermones en beneficio propio, esta frase era muy cierta. Es decir, esto dependía de con qué ojo lo miráramos. Si tenemos el dinero por encima de todo, entonces es nuestro Dios. Si tenemos el placer por encima de todo, entonces esta vez él es nuestro Dios. Si nos vemos a nosotros mismos por encima de todo, entonces nos hemos convertido a nosotros mismos en dios y nos hemos divinizado. Mejor dicho, aquello o aquel a quien tenemos por encima de todo, ese es nuestro Dios. Si tenemos al verdadero Dios por encima de todo, significa que hemos creído en Dios y hemos aceptado sus leyes y sus principios. No se debe esperar que nadie diga: «yo adoro al dinero». Eso lo muestra la propia persona con sus obras. Ese valor de tener algo por encima de todo, a veces las personas se lo dan a su coche, a su esposa, a sus joyas, o al afán de hacer carrera. Entonces la persona ha puesto en lugar de Dios su carrera, su esposa, su coche, sus joyas, e incluso el seguir la moda, es decir, los ha convertido en ídolos. Por eso en las Escrituras Sagradas se dice:

«Que el hombre ame a Dios con todo su corazón, con todo su entendimiento y con todas sus fuerzas, y ame a su prójimo (a las personas) como a sí mismo, es más importante que todas las ofrendas quemadas y los sacrificios», aparece así en el Evangelio, en Marcos 12:33. Con esto Dios indica que debemos entregarle, con gusto, con alma dispuesta, todas nuestras fuerzas, nuestro entendimiento y nuestro corazón. Así debemos acercarnos a Él. No con hipocresía, como si estuviéramos haciendo un trabajo impuesto. De todos modos, ninguno de estos versículos da lugar al egoísmo, al interés propio. Algunos ven estas cosas como detalles pequeños y sin valor. Sin embargo, estos son los frutos de esa persona, de esa religión, de ese Estado, etc. Un árbol no puede pensarse como compuesto de un solo fruto. Tiene muchos frutos iguales. Cuanto más podridos estén sus frutos, se dice que ese árbol es un árbol que da mal fruto. La avaricia, la mentira, comportarse sin misericordia, estar lejos del amor, ser injusto, la mentira; ¿acaso cada una de estas cosas no es un mal fruto? Todos tenemos malos frutos. Pero a quienes dicen «si no fuera por nosotros no os salvaríais», ¿no habría que prestarles más atención en estos temas? ¿No habría que buscar en ellos buenos frutos? Precisamente por eso las religiones, cualquiera que sea, a lo largo de la historia han producido muy malos frutos. Pero Jesús el Mesías, para que no nos engañemos, establece una hermosa regla. Al decir «Por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:15-20), nos arroja luz y nos da una medida.

En aquel ambiente miserable recién mudado, no sé bien si tuve la oportunidad de hablar con mi madre sobre mis creencias, sobre las cosas que acababa de aprender. Pero seguramente unos días después la tuve. Si lo acogieron como «vaya, otra idea nueva», tampoco lo sé. Pero más adelante, hiciera lo que hiciera, acertado o equivocado, conforme a mi conocimiento acerca de Dios, entre los que más se opondrían estaría también mi madre. No éramos nada religiosos. En el siglo XX ya había comenzado en el mundo un odio contra los religiosos. Los países que llamamos comunistas les habían roto todas las uñas. No podemos decir que aquellos tuvieran razón, pero tampoco podemos decir que no la tuvieran. Junto a lo seco seguramente quemaron también lo verde. En nuestro caso también, la llegada de Atatürk y de la república a Turquía significó que se les quitara de las manos el poder a los religiosos. Y eso fue algo que muchas personas acogieron con simpatía. Después de todo esto, la generación de mi madre miraba naturalmente con ojos fríos las cosas que se hacían bajo el nombre de la religión. Todavía les doy mucha la razón. Ellos llegaron a esa conclusión sin hacer grandes investigaciones como yo, sino por lo que oyeron, por lo que vieron, por sus sentimientos naturales.

Uno se opone a ciertas cosas pero no sabe explicarlo. O tampoco hace falta ver muchos, muchísimos sucesos negativos para entender ciertas cosas. Con pequeñas cosas que dan náuseas uno toma enseguida una postura en contra de eso. El que no tenga conocimiento sobre ese tema no significa que necesariamente se equivoque. ¿Son las decisiones tomadas sin conocimiento como un juego de azar? Es difícil establecer una regla fija. Hay muchas cosas buenas que hacemos sin saberlo. Las hemos hecho sin siquiera prever su resultado. Junto a esto hay cosas malas que se hacen, y estas dan, o han dado, buenos resultados. Por ejemplo, en un suceso que aparece en la Sagrada Escritura y en el Corán, mientras que el que sus hermanos vendieran a José como esclavo era algo malo, Dios lo encamina de manera que dé buenos resultados. (Génesis 45:5-8) Pero lo que hicieron los hermanos que lo vendieron era, sin duda, malo. Con esto no apoyo un pensamiento fatalista. Además, sea bueno o malo, seremos responsables personalmente de lo que hacemos. El que lo que hicimos sea malo y Dios lo haya encaminado hacia el bien, no significa que nos hayamos salvado, o que la maldad que cometimos fuera incluso buena. Quien encamina hacia el bien una cosa mala es Dios; la maldad, en cambio, sale de nosotros. Dios no nos hace cometer la maldad, la cometemos nosotros mismos. El que corrige, el que tiende la mano de ayuda, es solo Dios. Sobre este tema surgirán preguntas aún más arduas, que también trataré en los temas siguientes. Por ejemplo: si Jesús el Mesías debía morir como sacrificio, debía inmolarse a sí mismo, ¿por qué entonces son culpables quienes lo mataron? Sin falta abordaré las respuestas a esta y a preguntas semejantes. No quiero saltar demasiado de rama en rama en mi libro. Si es posible, quiero reunir los temas en lugares concretos, pero veo que no lo consigo. Mi objetivo es esforzarme para que este libro sea de un modo que todos entiendan. Porque las palabras que se usan en relación con estos temas, como dije, no se usan con frecuencia en nuestra vida cotidiana. Por eso me veo obligado a dar explicaciones a menudo. Espero que esta vez tampoco se os haya escapado de la mente el otro tema.

Había venido a Turquía tomando un permiso de tres meses en total. Dos meses transcurrieron en el servicio militar, y una semana en los caminos de ida y vuelta. Junto a mi madre podía quedarme solo tres semanas más. Sin que yo se lo pidiera y en un momento inesperado, antes de acostarse, mi madre trajo un libro rojo y dijo: «Toma, este es el Sagrado Corán en turco, era mío, que sea tuyo». Con sentimientos que no lograba comprender lo tomé enseguida. ¿Este libro, como la Sagrada Escritura, atraería mi interés? Más que nada era un libro importante para mí. De todos modos, todo mi conocimiento provenía de la Sagrada Escritura que terminé de leer en un año. Empecé a leer también el Corán. Estaba escrito con un estilo distinto. No tenía el estilo de la Sagrada Escritura. Sin embargo, los sucesos que se narran en el Corán yo los entendía enseguida. En el Corán los sucesos pasaban de forma muy breve, incluso de una manera que alguien que no conociera la Sagrada Escritura no podría entender en absoluto. Los sucesos que en la Sagrada Escritura se narran como largas historias, en el Corán se contaban de forma fragmentada. Çetin Altan tenía un libro titulado «Kopuk Kopuk» (Fragmentado), y me vino a la mente. Creo que a este libro mío también se le podría llamar fragmentado. Con aquel Corán que cayó en mis manos, sin saberlo, iba a caer dentro de grandes discusiones, disputas y odios. Yo, en cambio, lo hice con placer y todavía siento placer. Se subraya una profecía acerca de Jesús el Mesías y aparece: «Las personas me odiaron sin motivo». Yo he hallado mucho ánimo, consuelo y fuerza en estas palabras. Pero el que yo tenga estos sentimientos no demuestra que lo que hago, lo que creo, sea necesariamente correcto. Por sus creencias, las personas, a sabiendas o sin saberlo, han hecho cosas tan absurdas y tan malas. Ellos también expresaron de la misma manera la fuerza, la fe, el apoyo que recibieron. Sin embargo, cuando se mira la historia, uno dice: «lo que hicieron esas personas Dios no pudo haberlo apoyado en absoluto». Y sin embargo aquellas personas siempre atribuyeron a Dios ese apoyo y esa fuerza. Como yo también sabía esto en aquellos tiempos, jamás traté de dejar mi fe a merced de mis sentimientos. Diréis: ¿puede haber fe sin sentimientos? Desde luego no puedo decir que sea cien por cien posible. Yo traté de obtener mi fe, en la medida de mis fuerzas, de forma imparcial, dando lugar a la comprensión, a la lógica, al conocimiento, a la investigación y, lo más importante, a estos libros que podemos llamar los documentos que tenemos en mano. Quizá, sin darme cuenta, me esforcé por que fuera científico, es decir, demostrado. Porque en la ciencia no hay sentimiento. Es decir, que una persona diga: «yo siento que el mundo es redondo» sería ajeno a la ciencia. O que diga: «me sale de dentro decir que 2 por 2 es cuatro», aunque el resultado sea correcto, estas cosas no pueden demostrarse solo con sentimientos. Las religiones, por desgracia, son muy pobres en estos temas. Si buscas la respuesta a algo, si preguntas; ese hombre religioso autorizado, quienquiera que sea, no puede decir «yo no sé la respuesta a esto». Dice muchas cosas, ninguna es una respuesta, pero no dice, no puede decir «no lo sé». Por qué es esto una cuestión de orgullo, no lo sé. Y además teme salir del conocimiento religioso que le enseñaron. Si sus propias autoridades religiosas le dijeron en ese tema «la respuesta a tal pregunta es esta», ya está. Sea correcta o incorrecta, la respuesta a esa pregunta es para él esa. Que la entienda o no, no tiene ninguna importancia. Tampoco puede explicarla. Dice «esto es así, ya está» y así continúa. Y si se le pone delante alguien sincero, que busca con todo el corazón las respuestas a las preguntas, incluso el más honesto y esforzado de entre ellos busca y rebusca y te da la respuesta diciendo: «mira, en nuestro libro se da tal explicación sobre este tema». Lo lees y ves en esa respuesta un montón de incongruencias y vacíos, y los muestras. Esta vez esa persona te pone un sello con palabras como «orgulloso, engreído, obstinado, descerebrado». Y tú, casi como suplicando, preguntas: «por favor, quizá yo esté entendiendo o pensando mal, pero ¿no podría pensarse este tema también como yo digo? ¿Soy solo yo quien piensa así?». Y si dijiste eso, muy pocos, pero hasta el punto de poder decir que ninguno, hay quien tenga el valor de decir con sinceridad «puede ser, yo te entiendo». E incluso ese, al final, dice «pero tú, a pesar de todo, cree en lo que nosotros te mostramos». Sin embargo, aunque la persona diga «bien, ya que vosotros lo queréis así, entonces yo también lo creeré así», ¿podéis llamar a eso una fe verdadera? ¿Puede haber amor en una fe así?

Los temas que mencioné arriba resultaron como una descripción enigmática. Cuando lo explique dando ejemplos, creo que lo entenderéis mejor. Pues bien, al leer el Corán, sin saberlo, iba a entrar de lleno en estos sucesos de los que hablo.

¿Prohibió Jesús el matrimonio con varias mujeres?

En mis escritos no digo cosas como «leyendo las Sagradas Escrituras me libré de todos los pecados», ni nada por el estilo. Cuando volví del servicio militar, cada vez que iba a Turquía le había mandado una postal a mi antigua esposa de la que me había divorciado y con la que me juntaba. Si no me equivoco, habíamos pasado un año entero sin vernos. Ella sabía que yo me había casado con otra, pero cada vez que iba a Turquía volvíamos a juntarnos. Sobre este asunto hay un montón de consejos del tipo «esta no es una relación sólida, no es un matrimonio sano». Eso también lo sabíamos nosotros. Pero creíamos más en las respuestas que en aquel entonces nos parecían las correctas a preguntas como: «¿Qué había de sano en ella? ¿Qué relación era necesariamente la más correcta? ¿Cuál de ellas había garantizado la felicidad eterna?». Es decir, vivíamos con el sentimiento y el deseo de dar valor a la felicidad de aquel momento. Y las consecuencias que traería, de todos modos, no podíamos determinarlas. Esa forma de pensar se la da al hombre el mundo. Porque nadie es más consecuente. Y esos que sí eran más consecuentes eran de una insoportabilidad tal que, al oír con una noticia que nunca hubieras esperado que ellos se ocupaban de cosas aún más viles, y que encima disfrutaban de ellas, yo me decía: «aun así, mi propia cabeza es la mejor». Creía que no era en vano cuando decían: «se ha abierto el mercado de la razón y cada cual se ha comprado su propia razón». Con esto tampoco digo en absoluto que «yo soy el hombre más inteligente». Es seguro que existen personas mucho más inteligentes, sabias y cultas que yo. Es más, a veces me ha pasado que veía a todos como los más inteligentes y a mí mismo como muy tonto. Pero, en definitiva, sobre sí mismo, sobre su vida y sus opciones, sobre su fe y su amor, en resumen, sobre su vida, cada cual debe al final decidir por sí mismo. Esto no es algo que tenga que ver con cuánto más inteligentes o tontos sean los demás. Al final, así como cada cual es responsable de sí mismo, y así como cada cual dará cuentas a Dios cargando con su propio peso, también las decisiones sobre sí mismo debe tomarlas él en persona. En la práctica, sin embargo, esto es algo que casi nadie hace. Como nos dejamos influir por las palabras de la esposa, de la suegra, del hijo, del jefe, del amigo, de la religión, incluso de un autor en un periódico o una revista, aunque en realidad no queramos esas cosas, aun así las hacemos obedeciendo. Bajo esta situación subyacen también un montón de razones, pero no quiero salirme demasiado de nuestro tema, así que digamos «en fin» y sigamos adelante.

Ocurrió algo que nunca había esperado: de noche llamaron a la puerta. Mi madre abrió y me dijo: «ha venido tu mujer». Ni ella lo esperaba ni yo. Cuando volví del servicio militar le había mandado una postal. La razón por la que le mandé la postal era que sabía que, cuando se enterara de mi llegada, diría: «¡Por qué! ¿Es que uno no podía al menos mandar una postal?». En realidad no me importaba mucho lo que dijera la gente. Si algo tiene un lado correcto, y sobre todo si aquello que yo hacía me parecía despiadado o descortés, ¿acaso mi amor a Dios debía impedirme hacer las cosas buenas? Al contrario, para mí no mandarle una postal era una gran descortesía. Y todavía lo pienso así. Junto con esto, a veces las cosas que parecen buenas en realidad pueden llevarnos a sucesos amargos y agrios, e incluso a la muerte. De todos modos en mi vida había muchas equivocaciones que, por eso mismo, ¿acaso no me habían hecho pedirle a Dios la muerte? Eso quiere decir que las cosas que hacía y en las que creía me habían llevado a ese punto. En aquel entonces no podía ver los hechos de una manera tan clara y nítida. Pero ya había aprendido que no podía tener relación con una mujer con la que no estaba casado. Al menos, que no debíamos tener una relación de marido y mujer. Cuando mi madre dijo «ha venido tu mujer», mi rostro se puso como blanco. Porque sabía lo que iba a pasar. Y sí, pasó. ¿Cómo iba yo a decirle «no» a aquella mujer? En cuanto tuvo la postal en la mano, se echó a los caminos. Había venido desde cientos de kilómetros, estaba en la puerta con cara sonriente, y no pude decir que no, me dio vergüenza. ¿Es que yo no quería, acaso? Estaba dispuesto desde el día anterior, pero lo que me apuraba era el conocimiento de Dios que yo tenía. Le dije a mi madre: «Mamá, ¿qué voy a hacer yo ahora?». Y dijo: «¿Qué vas a hacer, hijo? Lo que has hecho siempre, eso harás». «Pero Dios no quiere esas cosas», le dije. «Hijo, que tu pecado recaiga sobre mí, anda, ve, va a quedar feo», me dijo, pero eso de «que tu pecado recaiga sobre mí» mi interior no lo aceptó en absoluto, para nada. Mi madre veía estas cosas como muy normales. Pero no había en mí la lógica de que Dios le imputara a otro el pecado cometido por alguien. ¿Acaso no era cada cual responsable de sí mismo, de lo que hacía? En un suceso distinto, también la madre de Jacob le da a su hijo la misma respuesta. (Génesis 27:8-13) Sí, en la primera prueba había vencido, pero en la segunda no lo había logrado. Aquel día en que salí del servicio militar, cuando las circunstancias eran aún más favorables, me había mantenido firme con una fe robusta, pero esta situación, aunque fuera distinta, para mí estaba mal, y yo fui vencido.

Ya que he abierto este tema, no lo dejaré pasar sin tocar también una verdad importante. Después de veinte años transcurridos, al preguntarme un amigo que se había apartado por su propia voluntad de los Testigos de Jehová acerca del matrimonio con varias mujeres, yo iba a darle la respuesta hecha que conocía. Pero aquella pregunta se me quedó en la cabeza y me ocupó. Los cristianos defienden el matrimonio con una sola mujer. Desde hace miles de años lo enseñan como «mandato de Dios». Es más, no ya con una sola mujer, sino que incluso está prohibido que los religiosos se casen. Por eso los sacerdotes y las monjas no se casan. En realidad esto es una costumbre de los católicos, no un mandato de Dios. Las palabras de Jesús el Mesías sobre este asunto son exactamente estas:

Cualquiera que se divorcia de su mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa con otra, comete adulterio; y el que se casa con la divorciada, comete adulterio. Sus discípulos le dijeron a Jesús: «Si tal es la condición del hombre con su mujer, no conviene casarse». Pero Jesús les dijo: «No todos son capaces de recibir esta palabra, sino aquellos a quienes ha sido dado. Pues hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre, y hay eunucos que fueron hechos eunucos por los hombres, y hay eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos por causa del reino de los cielos. El que sea capaz de recibir esto, que lo reciba». Mateo 19:9-12

El sacerdocio y las monjas han existido basándose en estos versículos. Ellos creen que, al no casarse, podrán acercarse más a Dios. No dicen que todos deban no casarse, pues de lo contrario no quedaría gente en el mundo. Pero dicen: «quien quiera estar cerca de Dios, si ha empezado esta tarea, ya no puede casarse». Y con astucia presentan el estar cerca de Dios como si fuera una tarea de condiciones malas y difíciles. En apariencia parece que hay libertad, pero esa conciencia se la imponen por la fuerza a las personas aquellas religiones. Un Testigo de Jehová tampoco está obligado a ser precursor, pero la educación que reciben los obliga en conciencia a hacerlo. En este trabajo de manipular la conciencia, es decir, de influir sobre las personas de manera intencionada y de dirigirlas, las religiones y los políticos son muy diestros. Si estas palabras que Jesús dijo arriba se entienden así, entonces, ¿por qué muchos de los discípulos de Jesús estaban casados? Por ejemplo el apóstol Pedro y otros. ¿Es que entonces esos hombres no estaban cerca de Dios? Sin embargo Jesús no puso una regla que dijera: «prohibid el matrimonio a los que quieran acercarse a Dios».

Ahora bien, el matrimonio conlleva responsabilidades. El tiempo, la energía y toda clase de esfuerzo que se dedicará a esas responsabilidades pueden ser innecesarios y carentes de sentido para algunas personas. Si en lugar de eso la persona quiere dedicar más tiempo a Dios y a las cosas espirituales, en el Evangelio se dice «entonces que no se case». Pero esto es algo que solo esa persona puede saber. No es un mandato de Dios, ni una regla que Él haya puesto, ni nada por el estilo. Además, también es un error decir que «toda persona casada o soltera no puede acercarse espiritualmente a Dios». Sin embargo, Dios dijo al principio: «sed fecundos y multiplicaos». Y en ningún lugar está escrito que Él haya anulado este mandato. Junto a esto, tampoco existe un mandato que diga que forzosamente debes casarte y tener hijos. En resumen, en este asunto Dios deja a las personas en libertad. De todas maneras, el impulso que llevamos dentro, seamos del sexo que seamos, es muy grande. Quien pueda vencer este impulso, que no se case. Eso es algo que solo él puede saber. Pero también es adulterio meterse en la cama con lo primero que uno encuentre por ahí. Entendemos la palabra «adulterio» que aparece en las Sagradas Escrituras y en el Corán como todas las relaciones sexuales fuera del matrimonio. El hecho de casarse, en cambio, se realiza de una manera diferente según las leyes de cada país. Casarse en una tribu de África puede ser distinto de casarse en Europa. Para Dios, lo importante no son las culturas ni las costumbres, sino que el matrimonio sea condición para la relación sexual. Y no importa de qué manera sea. Las leyes y culturas de cada país pueden ser diferentes, pero aun así es más sano que las personas se casen antes de la relación. Por ejemplo, el matrimonio de Isaac, hijo de Abraham, no se realizó con grandes reglas. A pesar de ello, ellos llegaron a ser marido y mujer. (Génesis 24:65-67) Casarse se explica en el diccionario de la siguiente manera: «la unión de un hombre y una mujer para formar una familia». (Diccionario turco - Kemal Demiray) Dios también ve el matrimonio como un pacto entre la mujer y el hombre, es decir, como una palabra dada, una alianza. Mirad lo que dice Dios por medio del profeta Malaquías:

…Porque Jehová ha sido testigo entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual tú has sido desleal, siendo ella tu compañera y la mujer con quien hiciste pacto. Malaquías 2:14

Aquí Dios habla claramente del pacto de dos personas entre sí, es decir, de la palabra que se dieron. En este asunto no pensemos necesariamente en los registros civiles de matrimonio de nuestros tiempos, en la aprobación de los funcionarios del Estado, en las iglesias, en los imanes, ni nada por el estilo. En tiempos antiguos, en los miles de años de historia de la humanidad, el matrimonio no dependía en absoluto de tales formalidades. Por lo general, el aspecto de este asunto que concierne a los Estados es el fiscal y el jurídico. Breve y sencillamente, casarse podría definirse como: «la unión del hombre y la mujer mediante la palabra que se dan mutuamente con el fin de formar una familia». Y Dios da mucho valor a esa palabra. Las relaciones fuera de esto se califican como adulterio. Esto vale tanto para el hombre como para la mujer, para ambos sexos. Porque en la Torá, en una de las leyes conocidas como «los diez mandamientos», dice «no cometerás adulterio», y este mandato no quedó abolido ni por el Evangelio ni por el Corán. (Éxodo 20:14) Ahora bien, ¿qué significa exactamente «cometer adulterio»? Muchos no saben definirlo. Es más, sería más exacto decir que «cada cual se inventa su significado». En este asunto, hasta las religiones han hecho, y siguen haciendo, cosas terribles. Nosotros hemos definido el adulterio, con una explicación sencilla, como «las relaciones sexuales fuera del matrimonio». El cristianismo, en cambio, no logra decir con certeza qué es lo que debe hacerse en este asunto. A veces se dice «la relación entre dos personas solteras no es adulterio», y otras veces se ha dicho «¡si se hace por vía anal y no se ha tenido relación con los órganos reproductores de la mujer, no es adulterio!». Que esto es así, exactamente como lo escribo, y que está demostrado, lo escribe en su libro Raymond Franz, un miembro del cuerpo gobernante que salió de entre ellos mismos, en una decisión del cuerpo gobernante de los Testigos de Jehová, los más pretenciosos de todos, en nuestro siglo veinte. De todos modos, en aquel entonces estas decisiones no eran algo secreto. Más adelante, entre los Testigos esta situación cambió. En el siglo veinte, si una religión que dice «entre los cristianos nosotros somos los más correctos» mira con estos ojos el asunto llamado adulterio, imaginaos vosotros la comprensión del adulterio que tienen las religiones llamadas modernas de nuestros tiempos. También algunas religiones, según parece, no consideran adulterio únicamente el sexo oral. Sin embargo, Jesús el Mesías trae, sobre este asunto del adulterio, una regla que para nuestros tiempos parece muy estricta, pero clarísima:

Oísteis que fue dicho: «No cometerás adulterio». Pero yo os digo: todo hombre (o mujer) que mira con deseo a una mujer (o a un hombre) ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Mateo 5:27-28

¿Puede este asunto explicarse de una manera más clara que esta? Pensad cuánto cuida Dios, dejando de lado el mirar lo que hacemos, incluso las cosas que pasan por nuestra mente. Ahora bien, diréis: «¿quién puede hacer esto?». Aunque parezca muy difícil, si queremos, podemos. Aunque un cambio así no se realice en un día, como muchos de nuestros lados débiles, también podemos esforzarnos por quitarnos de encima esta costumbre. El santo Job desarrolló un método propio y dice:

Hice pacto con mis ojos; ¿cómo, pues, había yo de mirar a una virgen? (Job 31:1). Yo digo: «para aplicar esta regla al pie de la letra en nuestros tiempos, habría que estar ciego». Pero, más que la aplicación literal de este asunto, son muy importantes las precauciones que la persona toma y la actitud del corazón que desarrollará en esa dirección. Si es necesario poner una regla definitiva, esa es, como dijo Jesús el Mesías, dominar nuestro propio corazón, nuestros ojos, nuestros deseos. A muchas personas, en cambio, todo lo contrario: las gobiernan sus ojos y sus deseos. Son como niños de tres años que no saben lo que quieren y no pueden frenarse, y a veces, en este asunto, incluso como animales.

Jesús, por su parte, está en contra del repudio y del divorcio. En la Torá y en el Corán este asunto del divorcio se realiza de una manera sencilla. La persona se separa de un cónyuge que no quiere dándole un papel de repudio. En el Corán, además, se pide que quien repudia no recupere las cosas que le dio a aquella mujer, que sea generoso para el sustento de esa mujer. Por ejemplo, en la sura Nisá, 4:20-21:

Si queréis cambiar de esposa dejando a una y tomando a otra, aunque a la primera le hubierais dado un quintal, no toméis nada de ello. ¿Acaso lo tomaríais mediante una calumnia o un pecado manifiesto? ¿Y cómo lo tomaríais (lo que le disteis), habiendo sido un solo cuerpo con ella, y habiendo ellas recibido de vosotros un solemne pacto?**

Aunque en el Corán hay muchos versículos acerca de casarse y separarse, el pensamiento general del Corán se asemeja a este versículo de arriba. El que estos versículos hablen de que los cónyuges se dieron mutuamente un solemne pacto también es muy importante para el significado del matrimonio. Asimismo, entre todas las Sagradas Escrituras, solo el Corán pone una regla y limita el matrimonio a cuatro mujeres. Sí, no lo habéis entendido mal. Al decir que pone un límite, me refiero a que este límite sobre el número en el matrimonio solo existe en el Corán. Ni Jesús puso un límite así, ni existe tal límite en las leyes de Moisés. Sin embargo, cuando aún no había rey ni nada en Israel, Dios, respecto al rey que gobernaría a Israel, dice que no acumule «oro», es decir, la riqueza que corrompe al hombre, ni «caballos», que son fuerza de guerra para la confianza en uno mismo, ni «mujeres», en el sentido del placer que va al exceso. (Deuteronomio 17:14-17) Tampoco se indica el número. Pero las mil mujeres que tomó Salomón sin duda deben entenderse como muchas. Y en efecto, estas mil mujeres lo empujan al pecado. Y su inclinación al pecado, más que por el número de mil mujeres, fue porque las mujeres que tomó adoraban no al Dios verdadero, sino a diversos ídolos, a otras deidades. Salomón, en vez de tomar mujeres que apoyaran su fe, tomó al contrario como esposas y se casó con personas que no creían en el Dios en quien él había creído, lo cual fue un gran error. De todos modos, el exceso de mujeres, es decir, el placer, la riqueza y el poder, todo esto son factores que desvían fácilmente el corazón del hombre. Y que era así y que sería así, Dios lo había dicho de antemano.

En el Evangelio, el apóstol Pablo da consejos sobre este asunto a su joven discípulo Timoteo. Estos consejos vienen a ser, para los cristianos, una regla sobre el matrimonio, y además una regla muy definitiva. Mirad, ahí está escrito exactamente así:

Si alguno anhela de corazón ser superintendente, buena obra desea. Pero es necesario que el superintendente sea irreprochable, esposo de una sola mujer, moderado, sensato, respetable, hospitalario, apto para enseñar. No dado al vino ni violento; sino apacible, apartado de contiendas y del amor al dinero. Que gobierne bien su casa, que haga que sus hijos obedezcan, que sea respetado en todo. Porque el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la congregación de Dios? Que el superintendente no sea un recién convertido. De lo contrario, podría llenarse de orgullo y caer en el juicio que sufrió el diablo… 1 Timoteo 3:1-6

Aquí Pablo, con el espíritu que recibió de Dios, pone una medida ideal para la persona que vaya a ser superintendente. Pero las personas, como en todos los asuntos, se vuelven locas por las reglas limitadas y definitivas. O al contrario, así como se vuelven locas por toda clase de desenfreno sin reconocer límite alguno. Por lo general están lejos de los comportamientos sabios y moderados. Porque una persona sabia y sensata no es una legalista rígida que lleva a la ruina, sino alguien suave pero coherente, que sabe lo que hace y lo que quiere. El cristianismo, en cambio, puso reglas rígidas sobre estos versículos. Eran reglas que no podían cumplir ni sostener. Prohibieron el matrimonio, se enardecieron unos por otros entre ellos. Los hombres se acostaron con hombres y las mujeres con mujeres. Diciendo «en el servicio a Dios haremos incluso más de lo que Dios quiere», se volvieron el hazmerreír y quedaron en la más completa deshonra. Bajo la influencia de estos, crecieron también sociedades y naciones que no reconocen regla alguna, que no conocen a Dios ni nada, que se oponen a todo lo que es correcto. Nuestra situación está a la vista; ¿hace falta describir nuestro mundo?

Volvamos a que Pablo diga que «la persona que vaya a ser superintendente sea esposo de una sola mujer». Eso quiere decir que también de este versículo se entiende claramente que entre los cristianos de aquel tiempo, es decir, entre los seguidores de Jesús el Mesías, había también personas con varias mujeres. En ningún lugar del Evangelio, en ninguno de sus libros, hay un mandato que diga que esos casados con muchas mujeres, después de hacerse cristianos, se separen de sus mujeres. Los que se hacen pasar por cristianos presentan la situación de esas personas como si «de todos modos ya estaban casados, y esto es una equivocación que procede de la antigua ley, es decir, de la ley que Dios dio a Moisés». Pero ni antes ni después existe, ni existe todavía, una regla que diga a nadie: «estás obligado a tener una sola mujer», o «quien ha tomado y toma más de una mujer no puede ser cristiano, ya no es seguidor de Jesús». Aquí Pablo habla de las cualidades que deben tener las personas que vayan a dirigir la iglesia o la congregación, o los que tengan cargos. Como dije, se recalca que el superintendente tenga una situación ideal. Porque Pablo y Dios saben que un cabeza de familia con muchas mujeres tendrá muchos asuntos y problemas. Estos son motivos que le pondrán obstáculos a esa persona para ayudar a otros en asuntos espirituales. Pero esto no significa que estas personas casadas con muchas mujeres sean malos monstruos. Y no significa en absoluto que Dios odie a los que tienen muchas mujeres. Jesús el Mesías estaba en contra del divorcio, y para divorciarse el único motivo podía ser que uno de los cónyuges cometiera adulterio. No dijo nada que estuviera en contra de casarse, ni de casarse con muchas mujeres. También, una crítica que se opondrá a lo que escribo es:

Algunos fariseos se acercaron a Jesús, y para ponerlo a prueba le preguntaron: «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer por cualquier motivo?». Jesús respondió así: «¿No habéis leído las Escrituras, que el Creador desde el principio los creó ‘hombre y mujer’, y dijo: ‘Por esta razón el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán un solo cuerpo’? De modo que ya no son dos, sino un solo cuerpo. Por lo tanto, lo que Dios juntó, que no lo separe el hombre». Mateo 19:3-6.

También aquí estos versículos están en contra de la separación y del divorcio. Basándose en estos versículos, ellos dicen lógicamente: Dios creó un hombre y una mujer. Y defienden que no creó dos, tres o cuatro mujeres para un hombre. En otro tiempo yo también compartía esta lógica. Al principio no creía que Dios hubiera querido que existieran esos matrimonios con muchas mujeres. Pero, ¿acaso todo se desarrolló de una manera conforme a lo que Dios quería, como para que nosotros busquemos únicamente esto y pongamos nosotros mismos leyes? Es seguro que Adán tuvo un montón de hijos. Con esto surge una pregunta: ¿tuvo Adán solo un hijo y una hija? ¿Dio a luz Eva siempre un varón y una hembra? No. Ya entonces esas personas tenían más de una mujer. (Génesis 4:19) Adán también tuvo después muchos hijos e hijas. (Génesis 5:4) Ellos tampoco nacieron necesariamente siempre según el orden de un varón y una hembra. Si decimos que este matrimonio con muchas mujeres existe desde que comenzó el pecado, habremos dicho algo más acertado. Uno de los mejores ejemplos es también Agar, la sierva que su esposa Sara le dio a Abraham. Si el matrimonio con muchas mujeres hubiera sido pecado, Abraham, conocido como el amigo de Dios, sin duda lo habría rechazado.

En las leyes que llamamos la ley de Moisés (que eran las leyes de Dios, pero como fueron dadas por medio de Moisés la gente lo dice así), ahí está escrito: «que un sacerdote que vaya a servir en el altar de Dios no tenga defecto, que no tenga un impedimento corporal». Es más, ni siquiera debía tener algo de más en su cuerpo. Por ejemplo, un sacerdote de seis dedos no debía servir en el altar. Señalemos algunos pasajes escribiéndolos aquí mismo.

Jehová dice a Moisés: «Di a Aarón: Ninguno de tu descendencia, por sus generaciones, que tenga algún defecto, se acercará a su Dios para ofrecer la ofrenda de alimento. Porque ningún hombre en el cual haya defecto se acercará: ni ciego, ni cojo, ni de rostro deforme, ni con algún miembro de más, ni con quebradura de pie o de mano, ni jorobado, ni enano, ni con defecto en el ojo, ni sarnoso, ni con llaga que supura, ni eunuco. Ningún hombre de la descendencia del sacerdote Aarón que tenga estos defectos se acercará al altar para ofrecer la ofrenda quemada a Jehová. Porque tiene defecto. No se acercará para ofrecer la ofrenda de alimento a su Dios. Levítico 21:16-21

Con estos versículos Dios recalca qué cualidades debe tener el sacerdote que sirve en el altar. Dios había organizado el sacerdocio en Israel de manera que pasara de padre a hijo, empezando por Aarón. Se dice que, si la persona es sacerdote y tiene estos defectos, no puede tomar cargo en el altar; es decir, en presentar ante Dios los sacrificios y las ofrendas, en degollarlos, en quemarlos, etcétera. Ahora bien, ¿acaso aquí Dios habla mal de los ciegos, los cojos, los discapacitados? En absoluto. Porque en el Evangelio leemos muchas veces que Jesús el Mesías siempre tuvo misericordia de los ciegos, los cojos, en resumen, de los discapacitados, y los sanó. Pero un sacerdote defectuoso que desempeña un cargo en la obra de Dios, en aquel lugar donde el pueblo se ha reunido con el fin de adorar, al atraer la atención hacia sus propios defectos, dispersaría esta vez la atención espiritual del pueblo. Y además, a la persona que sirve a Dios se le exige que no tenga defecto. Que no se saque el sentido de que ninguno de nosotros es sin defecto. Pero a una persona que incluso a los ojos de nosotros los hombres es llamada defectuosa, tampoco podemos encargarla de representar a Dios ante los ojos de todo el pueblo. Por ejemplo, tampoco se le da a Dios como sacrificio un animal ciego, cojo o enfermo. Aunque ese animal vaya a ser degollado, e incluso en algunos casos vaya a ser quemado por completo. Es decir, nadie va siquiera a comer su carne. ¿Qué pasaría, acaso, si degolláramos este animal como sacrificio a Dios? Sería una falta de respeto. Esto muestra el valor que le damos a Dios. Esta insensatez la hizo el pueblo de Israel; ¿y qué les dijo Dios?

…Y cuando presentáis un animal ciego como sacrificio, ¡como si no fuera mala cosa! Y cuando presentáis el cojo y el enfermo, ¡como si no fuera mala cosa! Anda, preséntaselo a tu gobernador; ¿acaso se agradará de ti? ¿O te tendrá consideración? Malaquías 1:8

¿No es lógico? Cuanto más limpios y puros sean el aspecto y los comportamientos del sacerdote que va a mediar entre Dios y los hombres, más honra traerá esto a Dios. Esta situación también influye en las personas de allí. Por ejemplo, en Turquía, e incluso quizá en el mundo entero, no es normal, y también está prohibido por ley, que ningún oficial cargue con su uniforme, delante del pueblo, enormes bultos y sacos pesados. Esta ley no se dictó para proteger al oficial, sino con el fin de proteger la dignidad del ejército militar de aquel país. O también está prohibido que un general entre entre la gente con su uniforme. Lo explico hablando de la vida cotidiana; los casos especiales son distintos. Por ejemplo, un general no puede ir a su casa con su uniforme subiéndose a un autobús, a un ferry o a un tren. Por eso ellos tienen sus coches oficiales, sus choferes. Estas leyes no se hicieron para la comodidad personal de esos oficiales de alto rango, sino para que el ejército no pierda su dignidad en la sociedad. Para los hombres de Estado la situación es la misma. Por eso, cuando una persona ve incluso a un coronel, automáticamente lo respeta. En Alemania, la dignidad de un policía puede compararse con la dignidad que tienen nuestros oficiales. El objetivo de todo esto no es dar honra, confianza y respeto solo a esas personas, sino más bien a las cosas que esas personas representan. Por lo demás, esas personas no son diferentes de nosotros. Lo que las hace diferentes de nosotros son los cargos que tienen y que representan. De todas estas explicaciones, no se saque que Dios puso una regla militar que diga que estas cosas es correcto que sean así, o que forzosamente deben ser así. Sino que di estos ejemplos para que nos ayuden a comprender las cualidades que deben tener los sacerdotes. Por ejemplo, en el ejemplo de la dignidad del oficial y del ejército que acabo de dar, hay también otras experiencias que echan por tierra esas reglas. Cuando miramos a los profetas y a la vida de Jesús el Mesías, leemos que esas personas, incluso sin todas estas reglas enumeradas, tenían lugares respetados en la sociedad, y de una manera que nos sorprende. Aunque fueron golpeados, escupidos en la cara y asesinados, ellos ganaron el respeto de la sociedad no basándose en el rango que tenían, sino con las personalidades que ellos mismos reflejaban. (Mateo 7:28-29; Juan 7:46)

El propósito de las leyes de Moisés fue dado por Dios para educar a las personas, para hacerles comprender los valores superiores y para prepararlas para el Mesías. No esperemos en absoluto que estas mismas leyes se apliquen también en el cielo. (Mateo 19:8; Efesios 2:14-15; Gálatas 3:11-12 y 24-25)

Si pensamos en qué cualidades deben tener las personas que vayan a tomar un cargo especial en el servicio a Dios, tanto en las leyes dadas a Moisés como en los escritos del apóstol Pablo, en ambas se buscan cualidades superiores y personas que reúnan estas condiciones. Y la persona que no tiene estas condiciones tampoco es en absoluto alguien lejos de Dios, alguien desechado. Tampoco podemos entender literalmente las palabras de algunos versículos. Por ejemplo, si de las palabras de Pablo «esposo de una sola mujer, que haga que sus hijos obedezcan» entendemos que esta es forzosamente una cualidad que debe tener alguien que, como seguidor de Jesús, vaya a hacer de superintendente, ¡entonces tendríamos que decir que los que no están casados y no tienen hijos tampoco pueden llegar a este cargo! Pues así es, si estas son condiciones que como regla deben cumplirse al pie de la letra, así debería ser. Es más, cuando Pablo le escribe esta carta a Timoteo, ese joven no solo no estaba casado, sino que normalmente tampoco tenía hijos. Eso quiere decir que debemos comprender estas reglas sopesándolas de una manera que esté en armonía con todo el libro. En realidad, lo que Pablo quiere decir con esos versículos es: «si tiene mujer, que sea una sola; si tiene hijos, que pueda hacer que obedezcan». Tener o no tener mujer o hijos no es un impedimento, pero si los tiene, entonces, añadiendo nosotros mismos junto a esas palabras la palabra «si», podemos tener una comprensión más fácil para captar el significado de esos versículos.

En tiempos de Moisés, algunas cualidades que se exigían a los sacerdotes eran, por supuesto, diferentes de las que se exigían a la gente común. Aunque sobre este asunto hay muchas leyes que se extienden mucho, yo os recomiendo que leáis únicamente el capítulo 21 de Levítico. Unos poquísimos ejemplos sencillos: ahí está escrito que la esposa que tome el sacerdote debe ser virgen. (Levítico 21:7) Más adelante dice que aquel que tenga en sí, en su cuerpo, un defecto no puede desempeñar el cargo del sacerdocio para presentar las ofrendas de Dios ni acercarse al altar. (Levítico 21:17-22) Pero, ¿acaso porque esa persona no tenga estas cualidades significa que sea alguien a quien Dios odia? Por supuesto que no; es más, esa persona sigue siendo sacerdote, y aunque no tome cargo en estos lugares, recibe parte de las cosas sagradas y las come. (Levítico 21:22) Dije que Dios estableció el cargo del sacerdocio según un orden que pasaba de padre a hijo. Por eso en la Escritura se dice «hijos de Aarón», y con esto se hace referencia a los sacerdotes. Todos los hijos y la descendencia de Aarón eran automáticamente sacerdotes. Sin embargo, uno de entre ellos llegaba a ser Sumo Sacerdote y permanecía en ese cargo hasta su muerte. También el papado surgió inspirándose en esta regla. Aunque con Jesús el Mesías estas cosas ya fueron abolidas, los cristianos recurren, según les convenga, ya a las leyes de Moisés, ya a las leyes de Jesús.

Por las razones aquí escritas, una persona que no puede cumplir los requisitos del sacerdocio en el altar no es mala, ni merecedora de la muerte, ni nada por el estilo. De igual modo, una persona que no puede cumplir las reglas de Pablo a Timoteo acerca de las personas que vayan a ser superintendentes o a tener cargos tampoco es maldita, ni mala, ni está privada de la misericordia de Dios. Ella también es una creyente en Jesús y en Dios, y además siervo de Dios. Por supuesto, todo creyente debe hacer todo el esfuerzo que pueda por las cualidades superiores. Aunque esto vale en muchos asuntos, si la situación y las condiciones inclinan a casarse con muchas mujeres, esto es una responsabilidad que solo esa persona puede conocer. Pero por ello no está lejos de Dios. En las Sagradas Escrituras venidas por medio de Jesús, de Moisés o de Mahoma, no está escrita ninguna regla que diga que está lejos.

También de estos versículos entendemos que es seguro que entre los seguidores de Jesús de aquel entonces había creyentes casados con muchas mujeres. De nuevo, como dije, los cristianos dicen: «pero estas personas se casaron con el conocimiento antiguo, por eso era así». ¡En el tiempo actual, a los que se casaron con muchas mujeres con el conocimiento antiguo, si se convierten al cristianismo, se empeñan en hacerlos divorciar! ¿Por qué no se les muestra tolerancia? En México, en África y en muchos otros lugares, los Testigos, la iglesia y cuantos se hacen pasar por cristianos, si estas personas casadas con muchas mujeres no se divorcian, no las admiten entre ellos, y se empeñan en educarles la conciencia así: «te perderás y morirás». Además, ¿por cuál debe empezar aquel hombre este asunto de quién echar? ¿Acaso Dios quiere una cosa así? ¿La palabra de Dios debe ser reconciliadora de las personas, o separadora? Sin embargo, Jesús está en contra del divorcio con palabras terminantes, y leímos claramente en Malaquías 2:16 que Dios «odia el divorcio». Solo el adulterio puede alterar esta situación. La separación se permite en casos de incompatibilidad muy severa, pero no el divorcio. En los versículos, además, se anima a esas personas a que se junten. Los versículos de 1 Corintios 7:8-15 ya dan información detallada sobre este asunto.

Se ha dicho: quien se divorcie de su mujer, que le dé papel de repudio. Pero yo os digo que el hombre que se divorcia de su mujer por un motivo que no sea la fornicación, la hace adúltera (la empuja al adulterio); y el que se casa con una divorciada, comete adulterio. Mateo 5:31-32

¡A pesar de estas palabras de Jesús, las religiones cristianas todavía presionan diciendo: «no te divorcies, y si no te separas de las otras mujeres y te quedas con una sola mujer, morirás»! Si es que no existe un mandato terminante que diga: no toméis muchas mujeres, vivid con una sola. Si hay un límite, como también dije, ese está en el Corán. Escribe: «No toméis más de cuatro, y si os conformáis con una sola, será mejor para vosotros». (Sura Nisá) 4:3 y los versículos 19, 20, 21 y (Ahzab) 33:50.

El asunto del divorcio en el Corán, en cambio, es como las leyes que trajo Moisés. Pero la razón de esto también la dice Jesús: «La razón por la que Dios permitió el divorcio fue por la dureza de vuestros corazones». (Mateo 19:7-8) Si Dios va a mostrar también esta tolerancia a los árabes y a las personas que se hagan musulmanas, ¿quiénes somos nosotros para mirar con malos ojos esta misericordia, esta tolerancia?

No podemos poner límites ni reglas para todos, apoyando nuestra fe en fundamentos equivocados. Ninguno de los dos libros apoya este pensamiento ni esta creencia. Además, el Corán tampoco es un libro que refute las Sagradas Escrituras. De todos modos, quien lee el Corán se da cuenta también de esto:

Que la gente del Evangelio juzgue según lo que Dios les envió… (Máida) 5:47

Cuando Dios dijo: «¡Oh Jesús! Voy a hacer que cumplas tu plazo y te elevaré hacia Mí (a Mi presencia). Te libraré y te purificaré de los que no creyeron. Y a los que te siguieron los pondré por encima de los que no creyeron hasta el día de la resurrección. (Al-i Imran) 3:55

También con este versículo de la sura Al-i Imran se dice claramente que a los que siguen a Jesús el Mesías Él no dice «hasta que venga el Corán», sino que dice hasta el día de la resurrección, es decir, hasta el día del levantamiento; hasta ese día los pondré por encima de los que no creen. Los musulmanes, en cambio, enseñan: «después de que vino el Corán, terminó también la validez del Evangelio». En el Corán, entre las personas, el único que fue elevado a la presencia de Dios, que vive y que fue resucitado sin ver corrupción, es únicamente Jesús el Mesías. ¡Y esto no está en la creencia de los musulmanes, sino que en el Corán es así! Los que lo saben huyen de estas verdades. ¡Me pregunto por qué las personas se avergüenzan de las verdades que Dios enseñó! De nuevo quiero señalar: ¿acaso estos temen ser vencidos por los cristianos? ¿Acaso el hombre queda vencido por decir, por aceptar la verdad de Dios? En resumen, el Corán apoya claramente el vivir según las disposiciones del Evangelio.

Por otro lado, los que dicen «soy cristiano» hacen ciertos juegos de palabras en el asunto del matrimonio y muestran este versículo. Ahí:

Jesús respondió y dijo: «¿No habéis leído que el Creador, al principio, los creó hombre y mujer, y que por esto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán un solo cuerpo?». De modo que ya no son dos, sino un solo cuerpo. Por lo tanto, lo que Dios juntó, que no lo separe el hombre. Mateo 19:4-5

Tomando de aquí las palabras se unirá a su mujer, dicen: «mira, ahí no dice a sus mujeres, dice a su mujer». Es decir, señalan que, a causa de la expresión que usa a la mujer en singular, se saca también este sentido. Aunque un hombre tenga una mujer, o cinco mujeres, e incluso mil mujeres como Salomón, esa persona ha llegado a ser un solo cuerpo con esas mujeres. Con cada una ha llegado a ser un solo cuerpo. Al aumentar el número, esta regla no se rompe. Hay familias con un hijo, hay familias con cinco hijos. Es más, hay familias que no tienen ningún hijo. La cualidad que las hace familia no está en el número de los hijos.

Pero el espíritu dice claramente que en los tiempos posteriores algunos apostatarán de la fe (se apartarán), escuchando a espíritus engañadores y a enseñanzas de demonios, y por la hipocresía de los mentirosos tendrán cauterizada la conciencia, prohibirán casarse 1 Timoteo 4:3

Estas enseñanzas de demonios, sobre las que Pablo profetizó de antemano a modo de advertencia, la Iglesia católica las puso más adelante en práctica bajo la forma del sacerdocio y de las monjas. ¡Según ellos, esto también procede del consejo de Pablo! (Todo el capítulo 7 de 1 Corintios) Pero Pablo, en lugar de casarse solo por costumbre o por presión social, les dijo a las personas que tenían esa voluntad —y eso solo como recomendación— que permanecieran solteras. En absoluto dijo: «no os caséis, pero detrás de los gruesos muros de iglesia que habéis levantado, enardeceos unos con otros, hombre con hombre y mujer con mujer». La Iglesia, en cambio, con tales prohibiciones, vino a incitar a esas personas a la perversión. Por esta razón, Dios, advirtiendo a las personas de manera terminante y con severidad:

Yo doy testimonio a todo el que oiga las palabras de la profecía de este libro: si alguno les añade algo, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro; y si alguno quita algo de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del árbol de la vida y de la ciudad santa que están escritos en este libro, dice en Apocalipsis 22:18-19. Un versículo similar aparece también en Deuteronomio 4:2.

Aunque Dios ordenó de manera tan terminante que no se añada nada a sus leyes, a sus palabras, nosotros los hombres, ¿acaso creemos que le servimos mejor a Dios cargando sobre nuestras espaldas aún más cargas y reglas inventadas? Breve y claramente, esto viene a significar: al decir «Dios mío, con lo que nos pides en realidad no supiste lo que era del todo correcto y bueno; mira, yo te haré algo mejor», lo único que hacemos es descaro y falta de respeto. Contra tales reglas que ellos inventan, hasta los creyentes conocedores y sinceros se retraen de oponerse. Porque la respuesta está lista: «¿Qué quieres decir, acaso miras esto con malos ojos porque nosotros queremos servir mejor a Dios?», dicen, y hacen callar a esas personas. Así son tanto el Testigo, como el católico, como el protestante, como el musulmán, como el judío.

También entre los Testigos de Jehová, durante mucho tiempo estuvieron en vigor reglas iguales a las católicas sobre el matrimonio. Una cualidad que se esperaba de los que querían pasar todo su tiempo en esta obra era también que permanecieran solteros. Sin embargo, si esos versículos se hubieran comprendido exactamente al pie de la letra, ¿no debería ser la situación justo al revés? ¿No deberían todos, según el versículo, tener una sola mujer e hijos? Hasta la época de Martín Lutero, aproximadamente hasta el siglo XVII, hasta que la Iglesia católica fue a una división en forma de Iglesia protestante, los curas o la clase llamada religiosa no podían casarse. Sin embargo, si esa persona ama a Dios y toma un cargo en tal obra, dedicando su vida a ayudar a las personas a conocer a Dios, se encontraba de pronto frente a una ley carente de sentido, procedente de un mandato humano, muy difícil de mantener, que decía que no podía casarse. Estas prácticas de las religiones eran mandatos humanos satánicos y egoístas que ponían a las personas en apuros inútilmente. Entre los católicos, en cambio, todavía están en vigor las mismas reglas. Ahora, entre los Testigos, el matrimonio es libre, pero a los que tienen hijos, o los que tienen hijos pequeños —salvo en unos pocos países— no se los acepta para trabajar en un servicio de tiempo completo. (¡Dichosos los que no son aceptados!) Y en cuanto a casarse: cuando su propio presidente Knorr, si no me equivoco en los años 1950, no aguantó y se casó, ¡también eso quedó libre para todos! Ellos mismos no cumplen las reglas que ellos mismos ponen y quedan en ridículo. ¿Acaso una persona no puede equivocarse y haber comprendido mal las Sagradas Escrituras? Puede, por supuesto que puede, pero en todos los escritos que estos han sacado hasta ahora no encontraréis que nunca hayan pedido perdón de este modo. ¡Eso quiere decir que no tienen ningún error!

Algunos, en cambio, dan ejemplos aludiendo a que este matrimonio con muchas mujeres no puede ser correcto, refiriéndose a los problemas de celos de Jacob con sus mujeres, a los problemas entre Agar y Sara, la esposa de Abraham, a las mujeres que causaron el descarrío de Salomón.

Primero señalemos algunas cosas. Si el problema son los celos, entonces que nadie tenga tampoco más de un hijo. Porque la incompatibilidad de los hermanos, sus celos, son algo que existe siempre. Si nos ponemos a poner prohibiciones para evitar los celos, tendríamos que poner muchas más leyes carentes de sentido. Por ejemplo, según algunas mujeres, que no exista ninguna otra mujer más hermosa que ellas.

Si porque Agar quedó embarazada su señora, es decir, Sara, la esposa de Abraham, se menospreció ante sus ojos, si el menospreciar es un problema, que no se case en absoluto. Porque muchas mujeres han menospreciado, y menosprecian, a sus maridos, y los maridos a sus mujeres, y no solo eso, sino que de vez en cuando incluso se han odiado, y se odian, mutuamente.

De nuevo, si el problema es apartarse de Dios, como en el caso de Salomón, Dios trae también una aclaración a esto y dice en el Evangelio: «que vuestros matrimonios sean en el Señor». En el Corán, en cambio, como señalé, dice: «no os caséis con los que no creen». Pero aplicar también esta regla mirando la etiqueta de religiosidad de la persona sería muy erróneo. He conocido innumerables hombres y mujeres que se hacen pasar por religiosos y que han sido, en muchos asuntos, tropiezo para sus mujeres y sus maridos en la fidelidad a Dios y en la rectitud. Ellos son religiosos solo en la etiqueta. En realidad, con sus obras tienen una comprensión, un conocimiento, una fe y también un espíritu muy lejanos de Dios. Yo digo que, si aplicáramos esta situación a nuestros tiempos, el matrimonio parece casi imposible. ¿De cuántas personas puedo esperar que crean personalmente las cosas que escribo en este libro? Además, Dios tampoco dice «que crea necesariamente exactamente igual que tú». Dice: «cásate con alguien que crea, que tenga fe en el Señor». Y esta investigación cada cual debe hacerla conforme a su conciencia y a sus posibilidades, sin engañarse tampoco a sí mismo. No olvidemos también esto: en nuestros tiempos, encontrar a alguien que esté «en el Señor» se asemejará a buscar una aguja en un pajar.

Por ejemplo, los Testigos, basándose únicamente en estos versículos, por lo general se casan con otro Testigo como ellos. Yo, en cambio, en este asunto no los veo como personas que estén en el Señor, sino todo lo contrario, como personas que están en contra de la voluntad del Señor. Como las mujeres que tomó Salomón, que adoraban a otras deidades. Creo que son personas que alejarán a uno del Dios verdadero. Porque a quien sirven, a quien adoran, no es a Dios, sino a su organización. Y ellos son personas impotentes, la mayoría de las veces interesadas y malas. Sin duda se enfadarán mucho por estas palabras. Pero lo mismo vale también para el mundo musulmán, judío y cristiano. Ellos también, como los Testigos, dicen de palabra que adoran a Dios. Pero la mayor honra los musulmanes se la dan a Mahoma, los judíos a Moisés, y los cristianos a Jesús, llamándolo Dios, y así adoran. Un musulmán ni siquiera puede decir solo «Mahoma». Sallallahu Aleyhi ve Sellem (SAV). A esto se le llama pronunciar la bendición. Según ellos, incluso pronunciar el nombre de Mahoma sin la bendición es falta de respeto y pecado. ¿Cuántas personas saben el turco de esta bendición? Yo todavía no lo sé exactamente. Podría traducirse como: «Que la paz de Dios sea sobre vosotros». ¿Acaso esas personas creen que ensalzan a Dios con palabras que no conocen ni entienden? ¿A quién puede una persona dar honra con palabras que le salen de la boca como un loro, sin entenderlas? Al hablar con esas personas, si les preguntaras: «en grandeza, ¿es más grande Dios o Mahoma?», dirían: «Dios, por supuesto, arrepentimiento, qué manera de hablar». «Entonces, cuando tú expresas a Dios con una sola palabra, ¿por qué no es falta de respeto, y en cambio decir solo ‘Mahoma’ sin pronunciar esta bendición en árabe sí es falta de respeto?», y en cuanto lo dijeras, te miran a la cara desconcertados, y después, llenos de ira, te odian. ¡Todos estos religiosos son iguales en ciertos asuntos! Se enfadan mucho conmigo diciendo: «¿Cómo hablas así acerca del santo Mahoma, diciendo solo ‘Mahoma’? ¿Acaso hablas de él como si fuera tu amigo?». Según parece, al menos hay que decir un «santo». Ahora bien, ¿por qué nadie dice «santo Dios»? Si esta palabra «santo» es tan buena y forzosamente debe decirse, ¿no es Dios más digno de ella? Estos religiosos se parecen a los anuncios de los bancos. Ya sabéis, esos que dicen: «en realidad no hay ninguna diferencia entre nosotros, pero somos el banco tal». ¿Cuál es más valioso? ¿Pronunciar la bendición sin saber siquiera su significado, viviendo muy lejos de esa persona con un montón de títulos añadidos como nombres y apellidos, y no aplicar nunca sus palabras; o dar valor a lo que esa persona dijo, tomándose la molestia de aprender cuál es la verdadera voluntad de Dios y vivir según esa verdad? ¡No saben otra cosa que enseñar regla sobre regla! También en tiempos de Jesús los judíos se habían aferrado a Moisés. Como si Jesús estuviera en contra de Moisés. La táctica es siempre la misma, pero a estos Jesús les da una respuesta muy acertada:

No penséis que yo os voy a acusar delante del Padre; hay quien os acusa, Moisés, en quien tenéis puesta vuestra esperanza. Porque si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, pues de mí escribió él. Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras? Esta palabra de Juan 5:45-47, así como valía para los supuestos seguidores de Moisés de aquel entonces que decían defender a Dios, vale en igual grado para los supuestos cristianos que ahora defienden a Jesús y para los supuestos musulmanes que defienden a Mahoma. ¿Cuál de todas estas religiones que he enumerado cree en el Dios verdadero? ¿Con alguien de dentro de cuál debe uno casarse? ¿Cuál de estas está en el Señor? Según yo, francamente, ninguna cumple la voluntad de Dios en cuanto a fe y a obras. Y a las personas que por naturaleza son buenas, contadas, podéis encontrarlas no solo en esas religiones, sino en todas partes, también entre los que no creen en Dios. Esto también, como dije, se asemeja a buscar una aguja en un pajar.

Volvamos de nuevo a este matrimonio con muchas mujeres. ¿Por qué he tocado yo este asunto de casarse con muchas mujeres? ¿Acaso para defender que yo mismo volviera a juntarme con la mujer de la que me separé? No. Ese comportamiento, durante años, desde que empecé mis investigaciones sobre Dios, incluso cuando estaba al principio del camino, siempre lo vi como un pecado que cometía. Y todavía, con estos conocimientos, no puedo decir que sea correcto. Aunque en otro tiempo hayamos estado casados. En realidad digo que ni entonces ni después del divorcio tuvimos en absoluto un propósito conforme al significado del matrimonio que Dios espera de nosotros. Además, estas uniones después del divorcio dan a ambas partes esperanzas que no van a ser, y meten esta relación aún más en un callejón sin salida. Por otra parte, tampoco tengo por ahora la intención de tomar otras mujeres. Sino que mi propósito es sacar a la luz algo que está equivocado. He conocido a muchas personas que tiran el Corán de las manos diciendo: «cómo va a decir Dios que puedes tomar cuatro mujeres». Como razón decían que «ellos no podían creer en un Dios así». Esto, por supuesto, siempre lo defienden las mujeres, y algunos hombres también lo apoyan supuestamente. ¡Esos hombres, de todos modos, se atreverían acaso a otra cosa que no fuera apoyarlo! En realidad nuestro tema no es este, y estas cosas no me interesan tanto.

El cristianismo, en cambio, de una manera que halaga los sentimientos de las mujeres, se ha opuesto durante siglos al Corán con estos argumentos. ¡Defienden ser de una sola mujer, pero son cristianos estos que odian también a las mujeres tapadas que no enseñan el trasero! Y el nombre que le ponen: vosotros adoráis a Satanás, y nosotros a Jesús. ¡Que dizque lo siguen! Esos jefes alemanes que ni siquiera contratan a la que lleva la cabeza cubierta se acuestan en su vida con muchas mujeres, y muchos tienen hijos ilegítimos. Puede ser, y ocurre, ¡a nosotros qué! El aspecto que nos interesa es que aquella persona a quien ve con la cabeza cubierta es idólatra, y él, en cambio, es creyente, ¡ganado para el cielo! ¿Por qué no se sienta también ella en su regazo, en vez de hacer el papel de honesta con su pañuelo? Y encima, si según él es fea, desaliñada, se acabó. En Alemania, junto a las turcas que llevan pañuelo, las búlgaras, las rumanas, las rusas, que no saben en absoluto qué es Dios, recibieron enseguida simpatía, ¿por qué? Porque, aunque no puedan hacer nada, por medio de ellas al menos pueden darse un baño de ojos. Además, un cristiano y una persona que no cree en Dios no se distinguen por su apariencia externa. ¡Pero la que lleva pañuelo sí se distingue!

Ahora bien, ¿qué decimos de las que llevan la cabeza cubierta? ¿Qué hay de las creyentes que se cubren la cabeza, con vaqueros bien ceñidos debajo, con el cigarrillo en la mano, subiéndose a un Mercedes? ¿Son acaso muy honestas? Los sucesos que hay entre ellos, solo cuando estallan, los leemos en los periódicos, en las revistas. Esto lo sabe también el alemán, todo el mundo lo sabe. Y de nuevo, nada de esto me interesa de verdad. El aspecto que más me entristece es que estas personas siempre usan el nombre de Dios como paravento, y de eso me avergüenzo. El odio de la gente también, según yo, es por esto. No es por sus pañuelos. Si aquellas de la cabeza cubierta fueran siempre personas de palabra fiable, que hacen su trabajo con gusto, de corazón, honestas, verdaderamente honradas, conocedoras, limpias y apacibles, ¿acaso no les tendría simpatía el mundo entero? No quiero decir que hacer las cosas correctas reúna forzosamente simpatía; quizá incluso las odien más, pero entonces ese sería un odio sin motivo. ¡Pero ahora! Además, el papado, que representa al cristianismo, odia a todo el que no le trae beneficio.

A causa de esta regla del «una mujer como máximo» que inventó el mundo cristiano, yo creo que a lo largo de la historia muchas personas se vieron obligadas a sufrir dolores sin sentido. En nuestros tiempos esto no parece un problema. Pero cuando retrocedemos un poco en la historia, muchas mujeres, a causa de la presión cristiana de la sociedad, no pudieron encontrar una casa, una familia, un orden matrimonial que les sirviera de refugio, y no pudieron establecer una relación con honra. ¿Cómo iban a establecerla? Los religiosos cristianos se opusieron al matrimonio con muchas mujeres. La prostitución que aumentó en Europa, las enfermedades de transmisión sexual que surgieron, y más aún las enfermedades del alma, son todas a causa de las reglas basadas en las enseñanzas humanas de estos religiosos falsos. Desde que se estableció el mundo de la humanidad, en toda época ha habido guerras. Estas guerras han durado años y han dejado también a muchas mujeres sin hombre, viudas. ¡Habrá guerras, morirán cientos de miles de hombres, pero la regla de una sola mujer que los religiosos se inventaron no se quebrantará! ¡Y encima, sin vergüenza, estos religiosos supuestamente seguidores de Jesús que dicen «el matrimonio con más de una mujer es pecado» van a consagrar y bendecir esas guerras y a esos soldados! A las que quedan atrás, esas viudas, esas muchachas y esos hombres casados, quien forzosamente los empuja al adulterio delante de Dios son, de nuevo, las reglas que estos religiosos se inventaron. Durante épocas muy largas las personas fueron a estas guerras, y millones de ellas no regresaron jamás. Las epidemias, las enfermedades de las mujeres que duraban largos años, las hambrunas —que significan estas condiciones difíciles—, las miserias, las mujeres que no podían dar a luz, etc., empujaron a las mujeres a la prostitución y a los hombres al adulterio. No solo era estéril la mujer, sino también el hombre, y ese hombre se daba cuenta de ello únicamente después de haber tomado tres o cinco mujeres. En aquel entonces no existía algo llamado medicina, o era muy primitiva en comparación con nuestros tiempos. Las mujeres feministas miran con ira esta situación y dicen: «¿por qué, si el hombre es estéril, no se le trae a la mujer otro marido?». ¡Porque, mientras el hombre da toda la lucha por el sustento y carga también con esa responsabilidad, no puedo concebir a alguien que traiga a casa con su propio dinero a un hombre semental! Salvo excepciones, esto no lo hace ni el hombre, ni la mujer que tenga las posibilidades de ese hombre.

Al final de las guerras, a veces en un pueblo quedaban un puñado de hombres y un montón de mujeres viudas y muchachas. No debe de ser difícil imaginar qué hacían aquellas mujeres viudas y muchachas con los hombres, que eran tan pocos en número. Lo que se hizo, de todos modos, ya se hizo. ¿Por qué aquellos religiosos le pusieron obstáculo a esto y, en lugar de casarlas de una manera honesta y honrada, transformaron la conciencia de esas personas en una forma que la mancharía siempre delante de Dios? Esta conciencia manchada significa que la persona, al cabo de un tiempo, naufraga en el asunto de la fe. Es decir, cuando nuestra conciencia nos incomoda, cuanto más ahogamos su voz y nos vemos obligados a ahogarla, llega un día en que ya nos volvemos insensibles también en el asunto de la fe, de las promesas de Dios, de la esperanza que Él da. En realidad, el propósito satánico de esos mandatos humanos es precisamente este. Crear una conciencia equivocada en las personas y tratar de arrancarlas de Dios. Mirad, en el Evangelio está escrita esta verdad:

…Ten fe y buena conciencia; algunos rechazaron la buena conciencia y naufragaron en cuanto a la fe. 1 Timoteo 1:19

El objetivo es crear en las personas una conciencia incómoda, inventándose de sus cabezas mandatos absurdos, imposibles de mantener, o muy pesados. Y a alguien de conciencia incómoda les es mucho más sencillo esclavizarlo, porque es más fácil dominar a la persona que siente siempre culpabilidad. Salvo muy pocas excepciones, en toda época la verdadera tarea de los religiosos ha sido alejar a las personas de Dios, convertirlas en sus burros. Sí, nosotros, en cambio, siempre los hemos visto como representantes de Dios, hombres de Dios, santos. ¡Y ahora, de nuevo, los hombres de la misma religión casan a un hombre con otro hombre y los consagran diciendo: «que Dios os envejezca sobre una misma almohada»! Ellos saben bien adaptarse a la moda en toda época, con tal de que tú sigas siendo su burro.

Vengamos a la respuesta de las preguntas que hay en los pensamientos de las feministas relacionadas con este asunto. Por ejemplo, yo hasta ahora ni he visto ni he oído de ningún hombre casado con muchas mujeres —pero que además sea un necesitado—. Dicen que hay gigolós que se comen el dinero de las mujeres. Estas son siempre cosas que ocurren en las relaciones fuera del matrimonio. Yo, con este asunto, no trato las estupideces, las inmoralidades que las personas hacen por placer. Muchas mujeres siempre se buscaron una puerta, y junto a esos hombres a los que llaman «malos monstruos» la encontraron también a ella. Sin embargo, ¿quién obliga a esa mujer a casarse forzosamente con aquel monstruo? ¡Las mujeres a la vez tienen celos, a la vez declaran la guerra, y a la vez no pueden en absoluto dejar aquella puerta! ¿Cómo se llama esto? ¡Aquellas pobres mujeres que trabajan en los campos, que cortan árboles en los bosques, que hacen todas las tareas de la casa! El campo en el que trabaja es el campo del mal hombre con quien vive, la casa cuyo trabajo hace es de nuevo de ese mal hombre, y con la leña que corta se calentará de nuevo en la casa de ese mal hombre. Como cuando los turcos les dicen a los alemanes: «si no fuera por nosotros, vosotros no os habríais desarrollado». Sí, sin duda esas mujeres trabajan duro y los hombres se aprovechan de ello. Son interesados, están lejos de la justicia y, sobre todo, del amor. O los alemanes, haciendo que los turcos hagan los trabajos más sucios y pesados, los que ellos mismos no hacen, y como estas personas no conocían el idioma ni sus derechos, engañándolas mucho, se han asegurado a sí mismos beneficio durante largo tiempo. Y encima en muchos asuntos, además sintiendo odio. Pero si no hubiera venido el turco, habría venido otro, y a ese lo habrían engañado. Si se quiere que la situación se vea desde este ángulo, en la realidad es así. ¿Qué persona no piensa en sí misma? Comparé a la mujer que llega como novia a una casa sin nada con la persona que llega como trabajador a un país sin nada, para que las situaciones se entiendan mejor. Según la palabra de Dios «Amarás a tu prójimo como a ti mismo», ¿la gente de qué país vive así? ¡Que las mujeres tengan sus casas, sus campos, sus posadas, sus baños, y encima se lo den de comer a un hombre! ¡Y que hagan que ese hombre diga: «pan a mano y agua del lago»! Si vosotros habéis oído o visto algo así, bravo de verdad. Yo ni lo he oído ni lo he visto. Y si lo hay, sin duda la mujer tiene alguna otra necesidad. No pensemos que esta necesidad es forzosamente dinero. Por lo general, esta generosidad, por alguna razón, siempre la hacen los hombres, y la han hecho. De nuevo, sin duda ha habido excepciones. También han vivido, y viven, mujeres tan señoras, honestas, que una sola vale por cien hombres. ¿Acaso no existe la mujer honrada que da valor no al dinero, no al beneficio, sino al amor, a la rectitud? Quien dice «no, no la ha habido» miente. Yo siempre hablo de la mayoría general, no de seres ni de conocimientos que haya que investigar con microscopio. Estas palabras mías, en condiciones normales, es decir, para los matrimonios de una sola mujer en los que ambos son pobres, no valen tanto. Ellos, aunque sea raras veces, aunque a veces incluso se odien, se arrastran uno a otro. En realidad estas situaciones son la mayoría de las veces necesidad, desamparo, indigencia, situación de beneficio. No es un problema de hombre y mujer, sino de la humanidad. Quien tiene el poder en la mano, el débil ha quedado aplastado bajo él. Esto no ha sido en absoluto diferente ya sea con el dominio del hombre sobre la mujer o de la mujer sobre el hombre. El egoísmo, el beneficio, los celos, el odio, la crueldad, ¿están solo en el hombre o también en la mujer? Sin duda están en ambos sexos. De nuevo, por lo general, las mujeres siempre han perseguido el objetivo de tomar del hombre, y la mujer, de todos modos, nunca ha dado. Como la mujer no puede confiar en su fuerza como el hombre, siempre está en el afán de arrancar algo. Para no quedar en la calle, para no quedar necesitada. De nuevo se trata del miedo, el miedo a quedar necesitada.

Satanás os atemoriza con que seréis pobres. Os ordena la tacañería. Dios, en cambio, os promete perdón y misericordia. Baqara (2):268

Por lo general, a causa de este miedo, las mujeres han recurrido a todos los caminos, como toda persona que teme, impotente. Las personas de miras cortas, de cabeza de araña, creen que, separando a las personas según sus sexos, resolverán los problemas del mundo.

En algunas regiones donde predican los Testigos de Jehová, como México y África, hubo también hombres y familias casados con muchas mujeres que, al escuchar esto y quedar influenciados, sintieron amor y una gran calidez hacia Dios. Aunque estas mujeres se peleen entre sí, por lo general su única y más importante queja de aquel hombre es decir: «debió tomarme solo a mí, ¿por qué están también las otras aquí?». Por lo demás, todas están contentas con aquel hombre. Aunque a sus espaldas lo pongan verde, no dejan aquella puerta. A veces toda una familia así cree, tiene fe en Dios, en el Dios que presentan los Testigos. Y ahí es cuando empieza el problema. El hombre debe separarse de todas esas mujeres salvo una. En realidad ni las mujeres ni el hombre quieren esto. Esto tiene un montón de efectos económicos, legales, del alma. Es más, cada una tiene también sus hijos. Puede ser; si Dios ha querido algo así, que debes separarte, sea como sea yo estoy a favor de que se haga. Pero si no hay algo así, si no es Dios, sino que esto es solo una enseñanza humana, mira, de eso es de lo que me duelo. A menudo esas personas reciben el sello de «no digno de Dios», y de nuevo se les mancha la conciencia. O toda aquella gran familia, aunque ninguno lo quiera, se dispersa. Con sus peleas, con sus golpes, con sus celos, con sus intolerancias, aun así han llegado a ser una familia; como la familia de Jacob, una familia que defiende cosas comunes. (Génesis 31:1-16) ¡Ven ahora tú a separar a estas personas en nombre de Dios! ¿Con qué derecho y en nombre de quién hace este trabajo? ¿Sabiendo qué? ¿Basándose en qué? Si el libro que tiene en la mano no dice tal cosa. ¿Dicen acaso «pero esos hombres tampoco son Jacob»? ¿A ellos qué les importa quién es qué? ¿Acaso será él quien dé cuentas en nombre de aquel hombre? Pero de las cosas que se empeña en hacer hacer, que no pertenecen a Dios, sin duda cada cual dará cuentas. Por eso también:

«Hermanos míos, sabéis que los que enseñamos pasaremos por un juicio más riguroso; por esta razón que no seáis muchos de vosotros maestros. Porque todos cometemos muchos errores» dice el Evangelio en Santiago 3:1-2. También en el mundo, a este trabajo de enseñar los que más se aficionan son los Testigos. No hablo mal de ser maestro; llamo la atención sobre las responsabilidades que ello conlleva.

Sin embargo, las mujeres, desde hace miles de años, han necesitado la protección de un hombre. Por mucho que ese hombre haya abusado de ello, como no había otro remedio, las mujeres se vieron obligadas a soportar esta situación. Al mismo tiempo, también los hombres se vieron obligados a soportar a las mujeres. Pero aquellas mujeres, reunidas en una comunidad familiar, lo hicieron con su castidad, con su honra y, lo más importante, con una conciencia buena y limpia ante Dios; eso es lo importante. El compartir a un hombre con muchas mujeres no las arrancó de Dios. (Todo el capítulo 1 de 1 Samuel) La soledad, el estar solas, la responsabilidad, para aquellas mujeres es lo más amargo de todo. Es más, la mayoría de las veces esto significa para ellas claramente la muerte o la prostitución. Las Sagradas Escrituras han contado en este asunto las experiencias que vivieron algunas personas creyentes. Por ejemplo, Rut, la bisabuela de David. Las Sagradas Escrituras escriben los sucesos que le ocurrieron bajo este nombre. Si sentís curiosidad, leed por favor de su propio lugar ese pasaje de tres páginas y media en total. Por encima de todo, esas personas pensaron no solo en su propio placer, sino también en el Dios que amaban y en las personas que amaban. Para esas personas, una familia, la protección de un hombre y el apellido que él daba eran muy valiosos. Las palabras que expresan estos sentimientos aparecen en el versículo de Isaías 4:1 de las Sagradas Escrituras:

En aquel día siete mujeres echarán mano de un hombre y le dirán: «Nuestro propio pan comeremos y con nuestra propia ropa nos vestiremos; solo déjanos llevar tu nombre. ¡Quítanos nuestra vergüenza!». Si esto aparece con carácter profético, eso significa que estas palabras tienen también un lado real.

Las personas, por alguna razón, siempre han mirado con malos ojos la libertad que Dios dio. Y encima ellas mismas añadieron leyes. Junto a esto, también la situación de aquellas muchachas y mujeres que están en la abundancia se volvió altiva, con la nariz un palmo hacia arriba. (Isaías 3:16) En cambio, había muchas más mujeres que se esforzaban por conseguir un bocado de pan y meterse bajo un techo, por tener un hogar donde protegerse, en una carencia, en una necesidad. Sin embargo, ¿quién obliga a casarse forzosamente? ¿Acaso Dios no podía poner reglas terminantes? Si Él nos dio libertad, leyes conformes a nuestras malas condiciones sobre la tierra, ¿por qué nosotros hablamos mal de Dios o tergiversamos sus mandatos?

Pensad en un marido y una mujer que se aman. Pero la mujer es estéril, no tiene hijos. La descendencia del hombre va a desaparecer y todos sus bienes y propiedades se van a dispersar. Toma otra mujer más que le dé hijos. Ahora bien, ¿acaso debe poner en la puerta a la otra a quien ama? No, tampoco en Dios hay un mandato tan absurdo. Tales leyes solo las ponen los hombres. Como en el ejemplo que arriba os di, recomendándoos leerlo, así era la relación de los padres del profeta Samuel. Este asunto está escrito en el capítulo primero de 1 Samuel. Porque el hombre tomó otra mujer, ni aquella mujer odió a su marido, ni el hombre, porque fuera estéril, dejó de amar a su mujer. También dimos el ejemplo de Abraham, de Jacob. Hay miles, decenas de miles de personas así. Esto era así solo en el asunto de la esterilidad. Y si pensamos también en las mujeres enfermas, el número aumenta aún más. ¿Acaso no había mujeres con hemorragias durante años, o con otro tipo de enfermedad? (Marcos 5:25) ¿Debía echarse a estas personas de la puerta afuera? ¿O debía el hombre agachar la cabeza y aceptarlo todo? A causa de las leyes que los cristianos se inventaron, aquellos hombres ni agacharon la cabeza y lo aceptaron, ni se quedaron sin mujer. Cometieron adulterio a escondidas, vivieron teniendo una mala conciencia ante Dios. Y los celos son tan grandes y ciegos que hacen que muchas mujeres de ahora digan: «qué le vamos a hacer, sea yo así o asá, me soportarás». No a todas; no toda mujer es tan egoísta, tan celosa sin sentido, tan ciega. En los lugares donde se aplican las leyes de Dios, las personas no sintieron necesidad de recurrir a escondidas al adulterio y a la prostitución. Con el matrimonio protegieron una buena conciencia, no naufragaron en el asunto de la fe. Aquellos hombres no eran ni tan sin honor ni tan sin honra como se empeñan ahora en presentárnoslos. Si eran ya sin honor y sin honra, eso no tiene que ver con casarse o no con muchas mujeres. En las Sagradas Escrituras y en el Corán leemos una y otra vez los matrimonios con muchas mujeres de muchos profetas. El que un hombre se case con muchas mujeres no lo hace sin honor. Y el que una mujer, sea quien sea el hombre con quien se casó, lo comparta con muchas mujeres tampoco hace de esa mujer una prostituta. En ambos casos estas personas no están cometiendo adulterio ante Dios. La humanidad, en cambio, vive desde hace siglos, bajo la influencia de las religiones, con una moral y una lógica completamente contrarias.

Vengamos a la situación moral de este asunto. Y esa es el deseo de las mujeres, quizá de ninguna mujer, de no compartir a su marido con otra esposa. ¿Quién no comprende esto? Pero esto, como dijimos, no puede conservar, ni ha podido conservar, su validez en todo tiempo y en toda época para las condiciones y las situaciones. Bien es verdad que las mujeres se han esforzado mucho por celar, no solo de otras mujeres, sino porque el amor de aquel hombre se iba a dividir, ahora de todo lo que el hombre ame, cela de esa cosa que ama, y por alejarla de él. Según muchas mujeres, el hombre debe amar solo las cosas que ella quiere, y vivir a sus pies únicamente para ella. Estos sentimientos enfermizos y egoístas que llamamos egoísmo, si existen también en los hombres, no son tan excesivos como lo son, por lo general en nuestros tiempos, en las mujeres. Tales mujeres en realidad no buscan un marido, sino un perro con correa al cuello; ¡pero la correa estará únicamente en sus propias manos!

Antiguamente, y quizá todavía en muchos lugares, hijo significaba fuerza, poder, futuro, bendición. Incluso en nuestros tiempos actuales, en nuestro mundo, solo en muy pocos países no se necesita esta situación. Pero, en su gran mayoría, los padres y las madres, en su vejez, quedan necesitados de sus hijos. Aunque no sea forzosamente en el aspecto material, también están necesitados en el aspecto espiritual. Los que los aman, de los que reciben provecho, los más cercanos a ellos, son de nuevo sus hijos. Todavía los hijos son el seguro de vida futuro de las personas, sus más cercanos, y los únicos seres sobre la tierra que los aman o no los aman, pero con quienes se desahogan sus mimos. Esto es así también en esta rica Europa, y en la pobre África, y en Turquía. Por muy desagradecidos que sean esos hijos, todos sabemos que a los padres y madres, en la vejez, se los busca no forzosamente por su dinero, sus riquezas, sus fuerzas, sino a veces solo por su mera existencia. El que nuestros tiempos den también en este asunto ejemplos muy torcidos no cambia estas verdades del pasado. Hay muchas razones que podríamos enumerar y que incluso obligan a un hombre a tomar muchas mujeres. Nuestros tiempos actuales miran este asunto solo como placer sexual. Por eso también las mujeres se llenan de ira, de celos. Los hombres, en cambio, puede que de verdad busquen solo su placer. Ahora bien, ¿qué buscan las mujeres? ¿Acaso en este mundo solo los hombres han sido aficionados a la diversión y al placer? Si el asunto que reúne toda la ira es el placer, en nuestros tiempos las mujeres, en toda clase de placer y diversión, están mucho más adelantadas de lo que puede compararse con los hombres.

Nosotros los hombres hemos olvidado todas las verdades históricas; solo nos interesa nuestra situación actual. Con los ojos y la comprensión oscurecidos, podemos incluso torcer el labio y decir: «qué asombro, cómo pudo Dios decir cásate con muchas mujeres», ¡e incluso llegar a decir: «yo no creo en un Dios así»! Qué ángulo de visión tan estrecho. Como dije hace poco, en aquel entonces un hogar lo significaba todo para las mujeres. Un techo bajo el que meterse, un hombre a quien poder llamar marido, aunque estuviera casado con cuantas mujeres, era muy imprescindible. Ahora, las mujeres de nuestros tiempos dicen: «antes muero que hacer de nuevo algo así». Además, Dios tampoco obligó nunca a ninguna mujer diciendo: «ve y cásate forzosamente con este o con aquel hombre». Y los hombres, ¿acaso tomaron a la fuerza a esas mujeres? Aunque esta presión, de vez en cuando, todavía exista en muchos lugares, no era exclusiva de aquellos tiempos. Además, ¿qué cambió con los tiempos actuales? En aquel entonces las muchachas se casaban con alguien según el gusto de sus padres, de sus madres. Es decir, la mujer o la muchacha, lo que fuera, se casaba sin ganas. Ahora, en cambio, las mujeres, las muchachas, han salido a la caza de un hombre rico, o se casan diciendo «por dinero soporto por cierto tiempo toda clase de condiciones», y tienen hijos para cobrar la pensión. Si de una u otra manera las mujeres siempre se vieron obligadas a casarse sin ganas por causa de esta materialidad, si, queriéndolo o sin quererlo, se malgastaron a sí mismas por el beneficio, ¿qué diremos? ¿Vamos ahora a hacer distinción entre hombre y mujer? Quien no da valor al amor, también debe cargar con el peso de aquello a lo que da valor. En vez de culpar a todos los hombres por las relaciones que soportaron por el dinero, la riqueza, el beneficio, con odio, sin amor, ¿no deberían esas personas culparse a sí mismas? También el hombre ha tenido otros problemas, otras cargas diferentes. Seamos hombre o mujer, ninguno de nosotros tiene una vida sin apuros, sin penas, sin problemas. Si nuestra mujer o nuestro marido salió malo, ¿vamos a hacer distinción de sexo? ¿Acaso los hijos no dirán entonces: «por qué no nací yo hijo de tal hombre rico, de tal rey»? ¿O acaso los hijos de esos reyes, de esos ricos, no pueden decir también: «ojalá mis padres hubieran comido cebolla, pero me hubieran amado y hubieran tenido tiempo para mí»? Ejemplos como estos pueden multiplicarse. ¿Acaso nuestros padres y madres no tuvieron también muchos errores, comportamientos que a veces no podemos comprender en absoluto? A causa de estos, hay también quienes odian a sus padres y madres. Pero todos estos sucesos ni nos privan del deseo de ser padres, ni nos dan la garantía de que no cometeremos otros errores diferentes y más equivocados que los que ellos cometieron. Todos somos iguales, y ninguno de nosotros tiene derecho a hincharse por encima de otro. Sea poco o sea mucho, no seamos aficionados a dominar. Porque no olvidemos que con lo que dominemos a otro, con eso se nos dominará también a nosotros. (Mateo 7:1-2 y de nuevo Mateo 6:14-15)

Respecto al matrimonio, ¿qué habría sido mejor? ¿Que Dios diera leyes limitadas, o que dejara en libertad? ¿Diréis: «pues sí, pero porque dejó en libertad, esta vez los hombres se descarrían»? ¿Quién te dijo «cásate» con aquel hombre depravado? Si te casaste a sabiendas, ¿por qué te quejas todavía? Incluso si no tienes ningún remedio, ¿eres acaso tú la única persona que vive en el desamparo sobre esta tierra? ¿Acaso son muy felices los casados de un solo cónyuge? ¿A quién obliga Dios diciendo «debes casarte»? Pero es vital que seamos honrados, honestos, y que tengamos una buena relación con Dios. Como dije de nuevo, esta situación no la altera el estar casado con muchas mujeres ni el compartir a ese hombre con muchas mujeres. Junto a esto, además, ¿qué mujer rica tiene un problema así? Tampoco hace falta ver la situación económica como un problema y hacer cualquier cosa para conseguir riqueza. De todos modos, ¿la idea principal de todo nuestro tema no es «cómo, si es posible, podemos agradar a Dios sin cometer pecado»? La persona que hace y soporta cualquier cosa por poseer riqueza, así como daña su relación con Dios, significa que ya está levantando muros de bronce entre Él y ella misma.

Piense yo como piense y desde el ángulo que sea, no encuentro ningún error en la libertad que Dios nos permitió. Y encima, ¿quién soy yo, o quiénes somos nosotros? ¡Curas que no pueden cumplir las leyes que ellos mismos pusieron y se enardecen unos por otros; los hijos que esas monjas enterraron perforando los muros de las iglesias! ¿Era acaso mejor meter a las personas bajo tales apuros? El que un religioso hindú, que consideraba pecado dormir, no aguantara y, porque se durmió, se cortara los párpados, procede también del mismo espíritu. ¿De quién vienen tales mandatos opresores? Estos no vienen de Dios, sino que no son otra cosa que mandatos inventados por ellos mismos, venidos de los demonios, de Satanás. Y que fuera así, en cierto sentido, Dios lo quería. Ahora bien, ¿por qué querría Dios una cosa así?

En este asunto, el pueblo de Israel que se apartó de Dios es un ejemplo para toda la humanidad. Ellos no eran diferentes de nosotros. Nosotros tampoco somos diferentes de ellos. Sus experiencias fueron un ejemplo para toda la humanidad. ¡Dichoso el que comprende! Acerca de Israel, acerca de aquel pueblo que caminaba obstinadamente por sus propios caminos, mirad lo que dice Dios:

En el desierto dije a sus hijos: No caminéis en las leyes de vuestros padres, ni guardéis sus juicios, ni os contaminéis con sus ídolos. Yo soy Jehová vuestro Dios; caminad en mis leyes, guardad mis juicios y ponedlos por obra… … Pero los hijos se rebelaron contra mí; no caminaron en mis leyes ni guardaron mis juicios para ponerlos por obra, esos juicios que, si el hombre los pone por obra, vivirá… … (24-26) …sus ojos estaban en los ídolos de sus padres. Yo también les di leyes que no eran buenas y juicios por los cuales no vivirían. Y los contaminé con sus propias ofrendas, haciendo pasar por el fuego a todo primogénito, para asolarlos, a fin de que supieran que yo soy Jehová. Ezequiel 20:18,21,24-26

Esta explicación de Dios debe ser para nosotros una lección muy hermosa. En realidad, aquellas enseñanzas absurdas, aquellas prácticas repugnantes que tenían los que dicen «creo en Dios», eran a causa de sus propios pecados. Dios, en cambio, contemplando esta situación, no los rescata de dentro de aquella inmundicia, solo lo permite. Pero también dice la razón. Dice: «Porque no me escucharon». Al decir «Yo también les di leyes que no eran buenas y juicios por los cuales no vivirían», no creamos que fue el propio Dios quien les dio juicios que ellos no podían cumplir. Dios no les puso obstáculo en aquellos juicios y prácticas que ellos se inventaron de sus propios corazones corrompidos, sino que solo lo permitió. Hasta que, a causa de estas leyes que ellos mismos se inventaron, fueran destruidos, quedaran contaminados, y vieran y comprendieran que aquellos juicios no eran la voluntad de Jehová. En nuestros tiempos, ¿por qué no habrían de ser así estas situaciones? Dios, entonces, ¿no es igual que como era? ¿Cambia Dios? No; Jehová mismo dice en Malaquías 3:6: «Yo no cambio». Estas religiones, estos religiosos y la humanidad, ¿cómo escaparán del juicio que ha de venir? ¿Acaso Jehová no los dispersará también a ellos a los cuatro extremos del viento? Si Dios le hizo esto a Israel, a quien llamó «mi elegido», ¿no nos hará a nosotros aún más?

Con estos asuntos que he contado, ¿quiero decirles a las personas «aumentad vuestras mujeres»? No, eso es algo que cada cual puede saber; lo que quiero contar es únicamente mostrar, basándome en los documentos que tenemos en la mano, la equivocación, el absurdo de lo que se nos enseña. Dios y Jesús el Mesías estaban en contra del divorcio. Los supuestos religiosos, los devotos, poniendo obstáculos a las personas que en esta situación quieren acercarse a Dios y haciéndolas divorciar, dispersaron sus hogares, la unidad de la familia. Y encima haciendo estas cosas en nombre de Dios. Yo estoy en contra de esto. Si después del Evangelio Dios permite de nuevo el divorcio en el Corán, esto también es a causa de la dureza de corazón de los árabes, o de las personas, como los antiguos israelitas. (Mateo 19:3-12)

Sobre el asunto de casarse hay en el Evangelio consejos de Pablo. Y además muy sabios. Pero, como dije, es solo un consejo, no un mandato de Dios. Tampoco puede valer para todos. Solo lo hacen quienes lo aceptan y pueden hacerlo con gusto. El apóstol Pablo escribe así sobre este asunto:

En cuanto a las vírgenes, no tengo mandamiento del Señor acerca de ellas. Pero, por la misericordia del Señor, os digo lo que pienso, como quien es digno de confianza. Creo, pues, que a causa de las presentes dificultades es bueno que el hombre se quede como está. ¿Estás unido a mujer? No busques divorciarte. ¿Estás sin mujer? No busques mujer. Pero, si te casas, no pecas. Y si una virgen se casa, tampoco peca. Sin embargo, los que se casen tendrán aflicciones en esta vida. Y yo quiero ahorrároslas.

Hermanos, esto es lo que quiero decir: el tiempo se ha acortado. De aquí en adelante, que los que tienen mujer sean como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que se alegran, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; y los que disfrutan del mundo, como si no disfrutaran a más no poder. Porque la condición presente del mundo es pasajera.

Quiero que estéis sin inquietudes. El hombre no casado se inquieta por las cosas del Señor, pensando en cómo agradar al Señor. Pero el hombre casado se inquieta por las cosas del mundo, pensando en cómo agradar a su mujer. Así queda dividido su interés. La mujer no casada, o la virgen, se inquieta por las cosas del Señor, con el fin de ser santa tanto en el cuerpo como en el espíritu. Pero la mujer casada se inquieta por las cosas del mundo, pensando en cómo agradar a su marido. Esto lo digo para vuestro bien, no para limitar vuestra libertad. Quiero que viváis, sin distraer vuestro interés, consagrados al Señor, de una manera digna de Él. Evangelio - 1 Corintios 7:25-35

Supuestamente basándose en estos versículos, la Iglesia se trazó un camino según el orden del sacerdocio y de las monjas. Se metieron detrás de aquellas construcciones de gruesos muros de piedra, como si fueran a durar mil años sin derrumbarse jamás. No se casaron, prohibieron el matrimonio e hicieron cosas muy repugnantes. También a las personas de su alrededor, resguardándose detrás de aquellos edificios, las despojaron. Les quitaron los últimos bocados que tenían en la mano. Aquellos lugares se convirtieron en nidos de tortura. ¿Creyeron que seguían a Pablo? Pablo se sacrificó a sí mismo por las personas. Se esforzó para que a ellas no les llegara ni el más mínimo daño. No se escondió a sí mismo detrás de gruesos muros. Vivió junto a esas personas. Por ellas fue apedreado, azotado, pasó días en interminables naufragios en el mar habiendo perdido la esperanza de su vida. Trabajó para su sustento. Aunque tenía derecho a ser una carga, no fue carga para nadie. (2 Corintios 11:20-29 y 2 Tesalonicenses 3:7-9) Estas personas fueron aceptadas por Dios, Dios mostró sus obras sobre ellas y puso su sello sobre ellas (las aprobó). En cambio, la mayoría de los que se adornaban a sí mismos como si fueran estas personas eran impostores, despiadados, crueles. Todavía salen de entre estos los que se esfuerzan por chupar la sangre de las personas. En los edificios que hacen llamándolos casa de Dios, despojan a las personas. No solo materialmente, sino tomando también todo lo espiritual que tengan. Y cuando su trabajo termina, arrojan a esa persona como si fuera basura. ¡Son estos los que caminan según los consejos de Pablo y son como Pablo! Lo hemos visto, lo vemos, y los que no se ven tampoco quedarán en absoluto ocultos. Y el fin de todos ellos está muy, pero muy cerca. No os asombréis si un día todas las naciones se juntan y se sacuden de encima todas esas religiones, calificadas como «la Gran Babilonia» o «la prostituta» en el Apocalipsis, conocido como el último librito de las Sagradas Escrituras, y todo lo que a ellas pertenece. Hay profecías que escriben que la destrucción de todas las religiones vendrá en un solo día, de repente. Porque todas se comportaron exactamente como una prostituta, se vendieron a sí mismas, vendieron la rectitud, la justicia, la fe, la misericordia, el amor a Dios. Y encima, la mayoría de las veces, por cosas que se llaman una nada. (Apocalipsis 14:6-8 y 18:1-24)

Si recapitulamos brevemente todo el tema y lo repetimos: en el Evangelio no hay un límite que diga con cuántas mujeres puedes casarte para un cristiano. Dios no puso tal límite. Sobre el divorcio, Jesús el Mesías, en el Evangelio, poniendo un límite, dice: «no os divorciéis salvo por adulterio, y no os caséis tampoco con una divorciada». (Mateo 19:3-12) De nuevo, este «una divorciada» significa alguien que se divorció por su propio antojo, no por adulterio. No hay un límite que diga con cuántas mujeres puedes o no puedes casarte. Puede tomar cuantas quiera, pero el divorcio no sería tan fácil como antes; tampoco debía olvidar esto. Si una persona quiere vivir según las disposiciones del Evangelio como seguidora de Jesús el Mesías, el que esté casada con muchas mujeres no es un impedimento. Sin embargo, el que quien desempeña el cargo de superintendente tenga más de una mujer no es lo ideal. Pero esta persona puede tomar muchos cargos, muchas responsabilidades en esa congregación, en esa comunidad. Solo que, para la persona que vaya a tomar cargo como superintendente (inspector), es decir, en muchas comunidades de creyentes de determinadas regiones, este tener muchas esposas es una situación que estorba. Pero todo esto no aleja a una persona de Dios. También en las leyes dadas a Moisés se dice que alguien con defecto no puede desempeñar el sacerdocio en el altar. Pero no se dice que la persona que no tiene estas condiciones esté lejos de Dios. Aunque no pueda tomar cargo en estos lugares, sigue siendo un sacerdote de Dios. El único libro que pone un límite al número del matrimonio es el Corán. Ahí hay un límite que dice hasta cuatro. Y de nuevo, como consejo, dice: «si os quedáis con una sola, será mejor para vosotros». Eso es todo. (Nisá, sura 4:3 y 19-21; Ahzab, sura 33:50)

De nuevo, he visto que algunos musulmanes sinceros siempre parecen avergonzarse en este asunto. Los que defienden el cristianismo se aferran a este asunto del matrimonio con muchas mujeres para demostrar que el Corán fue descendido por Satanás. «¿Por qué Dios permitió de nuevo en el Corán casarse con muchas mujeres?». El objetivo, supuestamente, es demostrar que este libro no puede ser de Dios. Si toda la medida es esta, entonces, ¿de quién son las Sagradas Escrituras? Como respuesta a los que dicen «no pueden ser de Dios», es muy acertado decir: «las mismas leyes, principios y libertad existen también allí».

En el Corán se entra en más detalles sobre los asuntos de casarse y separarse. (Baqara) 2:221-242 Ya que aquí se ha abierto el asunto del matrimonio, y ya que me viene a la mente, quiero también yo llamar la atención sobre uno de los absurdos que hacen los musulmanes relacionados con este asunto. En Baqara, 2:229, dice:

«El divorcio es dos veces. Después de eso, o bien se convive con bondad, o bien se separan de buena manera. No os es lícito recuperar algo de lo que les disteis».

Y en Baqara, 2:230, dice:

De nuevo, si el hombre se divorcia de su esposa (por tercera vez), ella ya no le es lícita hasta que se case con otro marido. Y si este marido también se divorcia de ella, no hay pecado en que los dos primeros vuelvan a casarse, si creen que van a cumplir los límites de Dios.

Los musulmanes, basándose en estos versículos, recurrieron a los caminos muy ridículos de la época otomana que conocemos. Aunque los versículos de arriba reconozcan el derecho al divorcio, están a favor de que sea de una manera limitada. Así, según su cabeza, o según su ira, decirle a la mujer «estás divorciada» y divorciarse según le convenga tampoco encuentra aprobación en el Corán. El objetivo es asegurar que no se abuse de estos derechos, o de esta tolerancia, entre marido y mujer. Se propone que el respeto entre los cónyuges, el dominio de los propios deseos, ocupen el primer plano. Aquí se habla de dos divorcios. La incompatibilidad entre los cónyuges, y que el divorcio es la vía de solución más fácil, también lo sabían los apóstoles de la época de Jesús. (Mateo 19:9-10) Pero según las palabras de Jesús el Mesías, para divorciarse solo el «adulterio» podía ser un motivo válido. El apóstol Pablo, además, dice sobre este asunto: «si el cónyuge de alguien que no cree se va, dejadlo ir». Pero también señala diciendo: «si quiere quedarse, que no se separe». No le reconoce a esa persona el derecho al divorcio porque no creyó. Y esto Pablo lo dice claramente no como mandato de Dios, sino basándose en su propia preferencia. Podemos estar seguros de que Dios también aprueba estos pensamientos. Pero, aun así, la obligación de vivir con alguien sin fe, que vive en contra de los mandatos de Dios, no es una ley de Dios. (1 Corintios 7:10-16)

Los musulmanes han entendido, entienden, o quieren entender este divorcio al pie de la letra. Es decir, que un hombre, con ira o por el motivo que sea, diga por su boca «estás divorciada, estás divorciada, estás divorciada» tres veces, aunque sea el primer divorcio, para ellos significa que se ha divorciado tres veces. Según yo, esto es de nuevo una falta de lógica, de nuevo se hacen juegos de palabras. Si esa persona tiene un motivo suficiente para separarse, si en ese momento tiene ira, dirá esta palabra que le viene a la boca tres veces y cinco veces también. En el Corán, en cambio, lo que se menciona es una separación, un divorcio de hecho. Aunque este divorcio dure un día, diez días, un año, es así. Después de esto pueden volver a reconciliarse. La misma situación puede ocurrir una última vez más, pero en la tercera ya no hay reconciliación ni nada. Aunque ambas partes lo quieran, sus deseos no bastan para que traspasen este límite. Si la ley es así, ¿quién se atreve a cometer de nuevo un error así en su vida? Si aquella mujer ya no tiene ningún valor para su marido, el que se separen y que la mujer se case también con otro no debe entristecerlo. Pero al contrario, si la mujer es valiosa para ese marido, si separarse le va a resultar muy difícil a esa persona, entonces deben tener cuidado con sus palabras, con las decisiones que van a tomar. Dios dice aquí que solo puede hacer la vista gorda ante dos veces que cometan tal error. El divorcio, según estas reglas de aquí, tampoco encuentra tanto partidismo. En las leyes de Moisés estos asuntos no son tan detallados como en el Corán. En su lugar hay otros detalles. En fin, nuestro tema son las prácticas de los musulmanes. En Turquía, con la República, estos asuntos como que se cerraron, desaparecieron. Los religiosos rigurosos del mundo islámico, en cambio, aplican de nuevo esta regla como en la práctica de la época otomana.

Si el hombre o bien se ha divorciado de su mujer dos veces, o bien ha dicho tres veces «estás divorciada», el asunto se acabó. Pero si el hombre después se arrepiente, entonces empiezan a buscarse vías de solución. El imán, como el político, ¡como en la democracia, cómo se le van a acabar las soluciones! Según el Corán, la mujer forzosamente debe casarse con otro y luego divorciarse también de él, para que el hombre pueda tomar de nuevo a la mujer de la que se divorció. Pero esto es el matrimonio; el hombre que la toma, ¡quién sabe cuándo se separará de esa mujer! Y además, este asunto puede durar mucho. Y lo más importante, su mujer se meterá en el regazo de ese hombre. Vaya, se fastidió el hombre. Encontraron la solución. Contratan a un hombre con dinero. Este hombre permanecerá casado con la mujer una noche y luego se separará. Todo planeado, del tipo que llaman lucha amañada. El que el hombre sea ya de confianza y demás son asuntos aparte. En estos sucesos se han vivido también muchas vergüenzas. El nombre de este suceso es «hülle», y a quien lo hace se le llama «hülleci». En Europa se le llama gigoló, y ese tipo hace su trabajo como le dé la gana. En nuestro islam, bajo el nombre de «hülle», supuestamente le juegan a Dios una jugarreta de Alí Cengiz. ¡Y esto será, seguramente, la versión musulmana del asunto! En el Corán, en cambio, tal enredo no está escrito en absoluto. Sin embargo, Dios con esta regla en realidad cierra todas las vías para que esas personas vuelvan a casarse. Puesto que los matrimonios de personas así, a pesar de mostrárseles tanta tolerancia, terminan con una ira momentánea o con lo que sea, ¿cuántas veces debe suceder esto? ¿Quién vuelve a casarse y luego se separa y regresa de nuevo a esa persona? Estas son solo excepciones muy contadas. Con tales astucias las personas solo se han esforzado por tergiversar los mandatos de Dios. Ahora bien, ¿a quién han engañado? Solo a sí mismos. Y al pueblo ignorante, sin conocimiento, le han hecho tragar tales cosas diciendo: «está escrito en el Corán, es mandato de Dios». ¿Acaso creen que Dios también es como ellos? No miremos a los artistas de nuestros tiempos que aparecen en periódicos y revistas de colores con fotos. No busquemos normalidad en las relaciones de estos bajo el matrimonio. Sin embargo, en la Torá se escribe así sobre este asunto:

«Si un hombre se divorcia de su mujer, y ella se va de su lado y llega a ser mujer de otro, ¿acaso volverá aquel hombre a esa mujer? ¿No quedaría aquella tierra muy contaminada?», dicen… aparece así en Jeremías 3:1.

En el Corán hay versículos escritos contra los que tergiversan las palabras de Dios. Los musulmanes, basándose en estos versículos, diciendo «corrompieron los libros de Dios», dejan a un lado la Torá y el Evangelio. Ahora bien, ¿qué vienen a hacer ellos mismos en esta situación? Una cosa es tergiversar la palabra de Dios con las interpretaciones y las prácticas que se hacen, y otra cosa es cambiar esas palabras sobre los libros, en la escritura. Además, si estas pretensiones suyas sobre la Torá y el Evangelio fueran ciertas, esto debería estar también en armonía con todos los versículos del Corán. En el Corán, en cambio, en innumerables lugares, hay un montón de versículos como: «Traed la Torá y leedla, que la gente del Evangelio viva según las disposiciones que se les dieron, la palabra de Dios no puede corromperse». En este ejemplo de la «hülle» que di arriba, y en todas las demás prácticas equivocadas, lo que se ha corrompido no son los libros, sino las propias personas. Son sus propias enseñanzas torcidas, que corrompieron e imputaron a Dios. Con estos ejemplos que llamamos jugarretas de Alí Cengiz, las personas se engañaron a sí mismas y se corrompieron a sí mismas. Por lo demás, la palabra de Dios no se corrompió. Mirad lo que se escribe en el Corán acerca de las corrupciones relacionadas con este asunto y con muchos otros.

¿Acaso esperáis que os crean, cuando había entre ellos un grupo que, tras haber escuchado y comprendido la palabra de Dios, la corrompió a sabiendas? (Baqara) 2:75

¿Se refiere este versículo solo a los musulmanes? Si miramos los versículos anteriores, habla también de Moisés y de Israel. En otros asuntos habla también de los cristianos. Cuando leemos claramente estos versículos y miramos a todas las religiones, no vemos ni una sola religión que no haya corrompido la palabra de Dios. Como dije, además, el significado de esta palabra, «tras haber escuchado y comprendido la palabra de Dios, la corrompió a sabiendas», debe entenderse no como una corrupción sobre el libro, sino en el asunto de interpretar esos libros de una manera corrompida y torcida, en la enseñanza y en la práctica. Yo no me refiero a los errores que se cometen. El versículo, de todos modos, no habla de error, sino de algo hecho a sabiendas, adrede. Una persona puede comprender mal, o, a causa de su comprensión equivocada, puede tener prácticas equivocadas y también expectativas equivocadas. También las religiones pueden comprender mal. ¿Acaso no hay cosas que yo he comprendido mal? Si dijera que no, ¿qué diferencia quedaría entre mí y estas religiones de las que hablo mal? Una cosa es comprender algo mal con sinceridad, y otra cosa es tergiversarlo conscientemente. Ahora bien, ¿cómo puede demostrarse esto? ¿Acaso no dice todo el mundo, toda religión, lo mismo? ¿Acaso no dicen todas: «nosotros somos los más rectos y sinceros»? En realidad, acerca de lo que ellos son, ¿no nos dio Jesús el Mesías, con su medida, el ángulo de visión que nos ayudará a distinguir, diciendo: «Por sus frutos los conoceréis»? (Mateo 7:15-20)

Lo que yo no puedo comprender, hablando de lo más sencillo, sea en este asunto del matrimonio, es que las personas, con asuntos como estos, se pongan a poner a prueba a Dios, a interrogarlo, e incluso a sentarlo como si fuera en el estrado del juicio. Que si: «¿Cómo puede Dios dar una libertad así?», o que si: «Si es así, yo tampoco creo en ese Dios», o: «Si Dios existe, ¿por qué permite tales cosas?». Para empezar, ¿acaso somos conscientes de quiénes somos? ¿Qué nos creemos? ¿Acaso nos vemos a nosotros mismos como más justos que Dios, o algo así? ¿O somos acaso más misericordiosos, más llenos de amor que Dios? Además, ¿qué sabemos nosotros? ¿Acaso nos conocemos a nosotros mismos, como para hablar tan fácilmente en nombre de las necesidades, los sentimientos espirituales, los amores y los odios de todas las personas? ¿Acaso creamos nosotros a toda la humanidad? ¿Somos nosotros sus dueños? Por muy poderosos que seamos, en lo más sencillo, ¿podemos acaso hacer que hasta uno de nuestros hijos haga todo lo que queremos? ¿Puede el presidente de Estados Unidos? El que quema y destruye países, el que saca a los presidentes de los pozos y los cuelga, ¿puede hacer que su hijo obedezca una palabra que, además, es para su propio bien? Derribar, quemar, destruir, eso lo hace cualquiera, porque es lo más fácil. ¿Puede enseñar qué es el amor? ¿Puede hacer que lo amen? Que lo intente a la fuerza, a ver si se logra. ¿Puede sacar lo que hay dentro de las personas, en sus corazones? La mayor habilidad de las personas siempre ha sido destruir. ¡Que construyan, a ver! Sin embargo, los nombres de los reyes misericordiosos se han recordado más después de ellos. El nombre de los otros ha quedado olvidado. Esos que se enfrentan a Dios, ¿pueden acaso enfrentarse a un hombre como ellos? ¡Que vaya y le vomite su ira a su propio gobernador, y lo interrogue! O a su presidente, o a su jefe, y si no tiene fuerza para ninguno, que empiece por el más pequeño. Mientras las personas ni siquiera pueden tomar sus derechos unas de otras, ¿quiénes son para que nos enfrentemos a Dios? Y encima porque Él le dio libertad a la humanidad. Porque no obliga a nadie. Qué descarados somos. ¡Ay, por favor, creamos nosotros en Dios! ¡Cómo va Dios a establecer el cielo si no estamos nosotros! Como si el mundo se hundiera si nosotros no creemos, no aceptamos. Las personas se desgañitan gritando libertad, libertad, y a quien da la libertad, en cambio, siempre se esfuerzan por mostrarlo con malos ojos.

De entre los temas que vendrán, en el tema titulado «¿Igualdad o libertad?» intentaré arrojar quizá un poco más de luz sobre este problema, mirándolo desde un ángulo diferente.

¡Pero solo Dios comprende!

El servicio militar había terminado y había regresado de nuevo a Alemania. Traía conmigo también un Corán en la traducción de Osman Nebioğlu que me había dado mi madre. Fui al lugar de trabajo, tanto para saludar como para que supieran que había vuelto. El Año Nuevo estaba muy cerca. Me dijeron: «Pensábamos que ya no volverías, por eso contratamos a otra persona.» Dicho de otro modo, me despidieron cortésmente. Incluso me pusieron en la mano el dinero del aguinaldo de fin de año. Cualquiera se afligiría sin duda con esta situación. Yo, en cambio, mientras me afligía únicamente por preguntarme por qué habían actuado de forma tan injusta, por el otro lado me alegré mucho. Un trabajo así podía encontrarse en cualquier parte. No era un lugar con nada especial. Pero yo había trabajado allí desde mi infancia, desde los 14 años, en cada vacación escolar. De entre ellos, el padre, que era el jefe principal, me trataba bien, con comprensión. En mis años de estudiante, mientras iba a la escuela todo el invierno, el dinero que ganaba allí en las vacaciones de verano me resultaba muy útil.

Aproximadamente un año después de aquel cortés despido, me llamaron de nuevo, y yo fui pensando que, si tenían algún apuro, les ayudaría. Había creído que era algo temporal. Pero resultó que querían que trabajara siempre; no acepté. De todos modos, ya trabajaba a media jornada en otro empleo. Además, no quería volver a los antiguos apuros. El único obrero era yo y todos ellos eran patrones. Todos los trabajos pesados y sucios del lugar recaían sobre mis espaldas. Sus casas estaban junto al lugar de trabajo. Los hijos, que se marchaban a comer al mediodía, a veces se quedaban enganchados con alguna película en la televisión y no volvían en dos horas; y después, para que el trabajo se terminara, nosotros trabajábamos más rápido que la máquina. Antes de irme al servicio militar yo había hablado con el padre sobre este tipo de problemas. Era imposible que trabajara a ese ritmo hasta jubilarme. Me despedí de ellos diciéndoles que lo pensaran y decidieran hasta que yo volviera del servicio militar. Les dije también que, si me despedían, para que se quedaran tranquilos, no reclamaría ningún derecho ni nada. Porque mi propósito no era amenazar a nadie. Estaba a favor de que tanto yo como los demás estuviéramos tranquilos. En realidad, me habían despedido por eso mismo, y no porque no creyeran que yo iba a volver. La situación de sus hijos era, sin duda, distinta de la mía. Pero yo, en aquellos ratos en que él no venía, partía leña en la sala de la calefacción. Decir «leña» resulta un poco pequeño; será más correcto si digo troncos. Enormes cuerpos de árbol. Para que salieran baratos, compraban los árboles más gruesos del bosque. Y yo tenía que partirlos para que entraran en la caldera de la sala de calefacción. Aquella caldera tenía una boca tan grande que una persona delgada podía meterse dentro. Pero, cuando los árboles eran muy gruesos, no entraban, y aunque entraran no se podían echar del todo adentro. Por dentro era muy grande, como un horno. En invierno, en el descanso de mediodía de 45 minutos comía y, como estaba caliente, me tumbaba allí media hora o así. Yo veía este lugar de trabajo como pura miseria. A esto bien podía llamársele también trabajo de mozo de carga de leña. En realidad, en aquel lugar hacíamos tableros de aglomerado revestidos de auténtica madera para paredes y techos. Y esto lo lográbamos haciendo pasar aglomerados ya preparados por numerosos procesos. Antes de que quebraran, el trabajo que en un día hacían unos 12 obreros lo terminábamos nosotros dos o tres personas en una semana, trabajando cada día en otra sección. Hasta quedar listo, era necesario que el aglomerado pasara por muchas secciones y procesos. En realidad, al ritmo al que nosotros trabajábamos, ese trabajo se terminaba en tres días y medio. Pero el hijo del jefe, como he dicho, en su cabeza había repartido todo el trabajo a lo largo de cinco jornadas laborales. No venía, venía tarde, se enganchaba con una película, etcétera. En esos ratos restantes yo era responsable de toda la fábrica. Es decir, limpiar su suciedad, partir leña, un montón de trabajos de fatiga que había que hacer y cosas así. Los sábados iba también al bosque y cortaba los enormes troncos en rodajas de aproximadamente 1 metro de largo cada una, del tamaño necesario para que entraran en la caldera de la calefacción. Y después los traíamos a la fábrica. Más adelante, aquellos troncos del bosque llegaron en camiones directamente delante de la fábrica. Esto era más cómodo para mí y para ellos era un ahorro de tiempo. Trabajar en el bosque resultaba mucho más difícil. Sudaba con el calor y me desnudaba, y entonces las moscas se abalanzaban sobre mí para chuparme la sangre. Una vez estuve a punto de cortarme la pierna entera. En una mano tenía la motosierra y, mientras con la otra intentaba espantar a aquella mosca que me chupaba la sangre, la sierra que tenía en la mano se me escapó y entró con fuerza entre mis dos piernas. Si hubiera venido de través o de alguna otra forma torcida, cortarme la pierna entera habría sido lo más fácil del mundo.

Cuando terminé de leer la Sagrada Escritura en un año, pues era en este trabajo donde yo estaba. Mientras trabaja uno, tiene también mucho tiempo para pensar. En el trabajo me cansaba mucho. Uno no podía ver nada de la vida. Solo trabaja y acuéstate, trabaja y acuéstate. La moral también influye mucho. Del hijo del jefe llego a saber incluso que a veces venía al trabajo sin haber dormido, desde las discotecas hasta la mañana. Como he dicho, su situación era cómoda en todos los sentidos. Al fin y al cabo, cumplía con su responsabilidad ante su padre. Y el trabajo, de una u otra manera, se terminaba, pero cómo. Pensaba mucho y me enojaba también con esta situación, preguntándome por qué me cargaban tanto. Y eso que nadie me decía: «¿Por qué no hiciste esto o aquello?» Tampoco había nadie que se metiera en nada. Pero yo tampoco podía pasar el tiempo sin hacer nada, con la excusa de que la situación era así. Algunas personas hacen este trabajo muy bien. Mientras trabajan pasan su tiempo de forma tan tranquila y cómoda, sin cansarse, sin apurarse en absoluto, que eso también es un arte. Este arte los alemanes lo conocen muy bien. Si vamos a pensarlo con lógica, así debe ser. ¿Acaso se termina alguna vez el trabajo? Si se termina, entonces uno se queda sin empleo. Es decir, en mi ritmo de trabajo no había mucha lógica. De casa iba al trabajo limpio y aseado. Pero que aquel chico llegara tarde al trabajo, que me dejara solo, significaba que empezaba el trabajo de fatiga para mí. Mientras partía leña con el mazo, sudaba a mares. La ropa se me pegaba al cuerpo. Y cuando él llegaba al trabajo, fuera la hora que fuera, en ese instante lo dejaba todo y volvía a trabajar de nuevo con él. Él descansado y cómodo, y yo empapado en sudor y con la moral por los suelos. Pero, como he dicho, cuando lo pensaba, decía que si yo estuviera en el lugar de aquel chico quizá haría lo mismo, y por dentro trataba de darle la razón. Aunque por mi carácter yo no hiciera lo que él hacía, aun así pensaba que la mayoría de la gente actuaría como él. Aquellos hombres me habían contratado como obrero. No trabajaba allí gratis, al fin y al cabo. En las horas de trabajo se trabaja. Bien, ¿por qué me enojaba yo, acaso porque el trabajo era pesado? ¿Quién me tomaría a mí para un trabajo fácil? En Turquía, cuando éramos niños, había obreros y empleados a las órdenes de mi padre. A aquellas personas yo, de niño, no las veía en absoluto como dignas de lástima, ni pensaba en qué mala situación estaban ni nada de eso. Ni tampoco me pasaba por la cabeza si se les estaba haciendo alguna injusticia o no. En realidad no era algo en lo que fuera a pensar un niño de ocho o diez años. Pero teníamos aquel espíritu. Aquellas personas eran de abajo y nosotros de arriba. Se mira el asunto desde ese ángulo. No solo yo, sino todos. Yo, a mi corta edad, quizá estaba bajo el influjo de ese espíritu que había en ellos. ¿Por qué tenían que ser distintos los alemanes? Creo esto: que ellos a veces eran mejores que nosotros. Si ellos hubieran venido como nosotros, a trabajar a nuestro país, ¡quién sabe qué cosas les habríamos hecho nosotros! Pero aquella generación que quedaba de la guerra se fue, y en su lugar surgió una nueva generación alemana venida también del este. Alemania se llenó de gobernantes y patrones puramente interesados, embusteros, que mienten sin la menor vergüenza, llenos de odio. El amor jamás había existido dentro de ellos, pero sí existían cosas llamadas rectitud y humanidad. Ahora, desde sus tribunales hasta sus abogados, desde sus hospitales hasta sus médicos, hay mucho más de forma desmesurada de injusticia, de discriminación entre las personas, de odio, de soborno y de todo tipo de falsedad. Y bien, ¿dónde no las hay? En la súplica que el profeta David dirigió a Dios ante una pena que iba a serle impuesta, frente a las opciones que se le pusieron delante, qué deseo tan sabio es aquel de decir: «que no caiga en manos de hombres». (2.ª Samuel 24:10-14) Que alguien robe pan porque tiene hambre quizá todos lo entiendan, pero aun así ese ladrón cumplirá su condena. Entonces, ¿acaso aquellas cosas que hacen los alemanes, con las que yo trato de mostrar comprensión, van a quedar sin castigo? Así como todos los demás pueblos pagan el castigo de las maldades que cometen sin sensatez, ¿por qué no lo van a pagar los alemanes? Nosotros, los seres humanos, estamos en la tierra y el Señor está en los cielos. Llegará un día en que todos le rendirán cuentas a Él, estoy seguro de ello. (Eclesiastés 5:2 y 12:14)

Has venido a un país como hijo de un obrero extranjero, ¿qué puedes esperar de ellos? Creo que sería mejor si los alemanes no tuvieran, además, ese odio sin sentido suyo. Trajeron obreros para que estos trabajos sucios y pesados los hicieran los extranjeros, y a la vez no quisieron ni ver sus caras, aunque fuera por la calle. Buscaron en ellos cualidades muy superiores. Si voy a enumerar así las características que buscaban en los extranjeros: para empezar, las mujeres de todos ellos debían ser hermosas. Debían pasearse en biquini y, al menos, hacer suspirar por dentro a sus hombres. Y aquellos hombres obreros que traían debían ser muy dóciles, limpios y muy honrados, y no debían mentir nunca. Además, debían tener también la cabeza que funciona y talentos. Y bien, ¿acaso las personas que poseen todas estas características van a hacer de mozo de carga y a apalear mierda en tu país? Yo a los alemanes, o mejor dicho a este tipo de personas, siempre los comparo con las muchachas turcas que buscan marido en los anuncios matrimoniales. Estos anuncios matrimoniales los leía mucho de niño, entre los 14 y los 17 años. De todos modos, salían una vez por semana. En aquellos anuncios, las características que se buscaban en los hombres solían ser exactamente así:

Debía ser guapo, alto, arquitecto, ingeniero o al menos haber terminado una carrera universitaria superior, tener el servicio militar cumplido y tener también coche y casa. Debía ser una persona bromista, ingeniosa, romántica, y no debía ser de esas que le buscan tres pies al gato. No debía ser nada apegado a su madre ni nada de eso, ¡¡¡debía ser alguien que la amara únicamente a ella!!!

Todas estas eran las características que, como mínimo, debía poseer el hombre con quien se iba a casar. Y acerca de sí misma:

Los que la rodeaban decían que era muy hermosa. Le encantaban pasear, los viajes largos, el teatro, la música. En sus ratos libres leía libros y escuchaba música. Hacía también ejercicio y cuidaba mucho su físico. ¡¡¡Quería compartir su vida con un cónyuge en quien apoyarse y en quien poder confiar!!!

Sí, todos los anuncios son, más o menos, exactamente así, o parecidos a esto. Como se deduce también del anuncio, solo quieren recibir, siempre recibir. Tanto al describirse a sí misma como al trazar el modelo del cónyuge que va a tener, siempre está pensando en recibir. Estas son, claro está, las tontas. La lista no dice con anuncios ni nada lo que quiere; ella, de todos modos, se encuentra por sí misma a alguien así. Y sabe muy bien dónde encontrarlo. Y en cuanto le hace un hijo, cosa asombrosa, de repente empiezan de golpe las desavenencias. Según la posibilidad del hombre, todo lo que este tenga, todo lo que haya ahorrado y ganado durante años, la mujer se lleva una gran tajada de ese pastel y se va. ¡Al fin y al cabo tiene que cuidar de su hijo! Y las leyes que llaman civilizadas no hacen sino incitar a esas personas a ello.

Pero con estos anuncios yo pensaba lo siguiente: «El hombre debía ser tal y cual, bien, muy bien, pero frente a todas esas capacidades y características que pides, ¿qué le ofreces tú, aparte de aquello que hay dentro de tu braga? ¿Qué características superiores tienes tú para que ese hombre te tome también a ti? Aunque, la verdad, los hombres por lo general también buscan solo una cosa. Si ellos son así, ¿no es acaso natural que las mujeres sean también de este modo?

Como he dicho, dado que la mujer es de naturaleza débil, su cabeza funciona más orientada a su propio interés, para no quedar desamparada en el futuro. Y las mujeres que trabajan y ganan dinero suficiente, o no se casan, o sus matrimonios son solo sobre el papel. Entretanto, si por casualidad surge una buena oportunidad material, tampoco se ha visto jamás que se les escape a ninguna. El asunto no es solo en las relaciones germano-turcas ni nada de eso, ni tampoco solo en las relaciones hombre-mujer; nosotros, los seres humanos, somos así. Con este ejemplo quise recalcar cómo las personas piensan ante todo en su propio interés, y a quien tienen enfrente ni siquiera le dan valor ni quieren comprenderlo. «Qué puedo recibir»; todo el pensamiento es siempre este. No digo «qué dará», sino siempre qué recibirá. Y aunque reciba, entonces también odia. ¿Acaso es feliz la humanidad siendo así? No, uno no puede decir que sí. El apóstol Santiago dice así:

¿Cuál es el origen de las peleas y contiendas entre vosotros? ¿No es acaso vuestras pasiones que combaten en los miembros de vuestro cuerpo? Deseáis algo y, al no poder obtenerlo, matáis. Tenéis envidia y, al no poder alcanzar vuestro deseo, contendéis y peleáis. No obtenéis. No obtenéis, porque no lo pedís a Dios. Y cuando lo pedís, tampoco alcanzáis lo que pedís. Porque lo pedís con mal propósito, para gastarlo en vuestras pasiones… …Por eso dice la Escritura: «Dios se opone a los soberbios, pero da su favor a los humildes». Evangelio-Santiago 4:1-6. ¿Qué decís, acaso estos versículos no expresan exactamente algunos de los problemas de la humanidad?

En Alemania, antes de las elecciones, la mayoría de los políticos, para llegar al poder, prometen las maldades que harán a los extranjeros. ¡Y sobre todo los partidos que llevan el nombre de cristianos! Y cuando dicen extranjeros, por lo general se refieren a los turcos. ¡No van a estar refiriéndose al francés, al inglés, al americano! Solo por este motivo reúnen muchísimos votos y llegan también al poder. Yo siempre pensaba por dentro: «Qué fácil lo tienen los políticos alemanes.» ¡Cuántas patrañas tienen que soltar nuestros políticos turcos para llegar al poder! ¡A los pobres se les va la vida pensando «qué mentira le echo a este pueblo»! ¿Qué es lo que suele gustarle al pueblo? Hay que encontrar eso, y luego suelta: «Haré millonario a todo el mundo». ¿Acaso mintieron? Hubo un tiempo en que, con la inflación, el valor del dinero cayó de tal manera que hasta un niño de ocho años que limpiaba zapatos se hizo millonario, es cierto. En América, en cambio, la situación es un poco distinta; allí, ¿quieres ser presidente?, con decirle al pueblo americano «a quién le haré la guerra para traeros la nata de allí, y a vosotros os cobraré menos impuestos» basta. Volvamos de nuevo a la hostilidad de los alemanes contra los turcos extranjeros. Y bien, ¿acaso estos sentimientos hostiles de los alemanes no tienen razón alguna? Aunque la hostilidad no tenga ningún derecho, en ellos también hay, claro está, algunos aspectos que se pueden comprender y a los que se les puede dar la razón. Pero es que no hay facilidad sin penas ni problemas. Salomón, con su sabiduría, dice así:

Donde no hay bueyes, el pesebre está limpio; pero la abundancia de cosecha se debe a la fuerza del buey. (Proverbios de Salomón 14:4. ¡En la nueva traducción de la Sagrada Escritura este pasaje está traducido de una forma incomprensible! El versículo de la vieja traducción es como lo he escrito, de una forma más comprensible.)

¿Acaso no conocen este versículo estos alemanes que van de cristianos? Además, si no hubiera ningún extranjero, ¿serían acaso muy felices los alemanes? Sin duda que no, y precisamente esto es lo que me enoja. Y bien, ¿acaso los políticos no saben que esto es así? Solo por reunir votos, usan el odio equivocado y malo del pueblo, y encima dan promesas en esa dirección. Y no penséis que, cuando llegan al poder, no aplican aquellas promesas. Las aplican, y encima con enorme gusto. El pueblo alemán a veces es también como un cordero. Ponte en el camino de su casa y pídele peaje; el hombre se lo cree y, sin protestar, paga. En resumen, quiero decir que ellos confían tanto en sus gobernantes. Rara vez se encuentran en el mundo pueblos así. Nosotros, en cambio, somos justo lo contrario. ¿Se va a hacer algo útil? ¡Nuestro pueblo lo primero que hace es oponerse! Lo entienda o no lo entienda, protesta una vez, sea como sea. Por ejemplo, ¿sus gobernantes van a darles un trono de oro?, aunque sea así, ¡de ellos viene enseguida antes una protesta! Y ellos también tienen razón. El hombre ha sido siempre estafado, hijo mío, ¿cómo va a mirar ahora con buenos ojos a quien le da ese trono? Tiene miedo de qué palo va a salir por debajo de ese oro. En los alemanes, en cambio, la situación es al revés, es decir, en realidad es al derecho, al revés según nosotros. Por muy locos y disparatados que sean sus gobernantes, ¡siempre han pensado en los intereses del pueblo! Como Hitler, que al final quemó al pueblo junto consigo mismo, pero da igual, dijeron «riesgo del oficio». Cuando yo miro este tipo de asuntos con ojos de hombre, digo que todos tienen razón. Cuando lo miro a la luz de los Libros Sagrados, con los ojos de Dios, digo que todos están equivocados, llenos de maldad y errados. Y que esto es así respecto a todos los pueblos, Dios ya lo dice.

«¡Oh naciones, acercaos para oír; y vosotros, pueblos, escuchad bien; que oigan la tierra y cuanto hay en ella, el mundo y cuanto de él procede! Porque el Señor tiene ira contra todas las naciones y enojo contra todos sus ejércitos…» (Isaías 34:1-2) dice Dios, y escribe también qué cosas les sobrevendrán. Para que lo miréis y lo leáis desde vuestro sitio, unos versículos más Jeremías 10:1-3, Jeremías 17:5

Difamar a las personas es muy fácil. Si esa persona es un turco, difamarlo es también fácil. Leía yo una revista que reparten en el avión. El autor se quejaba de que en Alemania no se hablaba un alemán correcto. El problema, de nuevo como siempre, eran los turcos: los turcos no sabían bien ni el turco ni el alemán. Y el autor, al ver esta situación, se enojaba por el amor a la patria que poseía. Los indignos autores de estas cosas, que se enojan por todo esto, no se limitan a gritar a voz en cuello que por qué no se habla kurdo en Turquía, que por qué no se les da un Estado a los kurdos, que por qué se les oprime, sino que además les ponen bombas en las manos y envían a esos kurdos diciéndoles «haz estallar esto en Turquía». Mientras viví en Turquía, en ningún lugar vi que a los kurdos en Turquía se les hiciera la hostilidad que se les hace a los turcos en Alemania. Sin embargo, cosas aún peores las vemos en las películas hechas a los judíos. Te esforzarás por que esos turcos, ya sea en sus escuelas, ya sea en sus lugares de trabajo, o como sociedad, sean siempre los últimos, ¡y luego tu amor a la patria se encrespará por preguntar por qué no hablan bien el alemán! Ya escribí qué cosas nos enseñan en las escuelas alemanas. Y después, levántate en la guerra de Irak y plántale cara a América con la excusa de los derechos humanos. ¡Como si él fuera muy humanitario y cariñoso y le fuera a enseñar humanidad a América! Y América se lo va a tragar. Creen que tienen enfrente a un turco. En una catástrofe, en una tormenta en América, primero se salvó solo a los blancos y a los que tenían dinero, y a los negros y a los pobres se les dejó para el final. Nuestro vecino alemán, que se sentaba a nuestro lado, vino corriendo a contarme con enojo esta noticia. Cuando dije «lo sé, lo sé, y encima lo sé de lo mejor por mis propias experiencias», enseguida comprendió y cerró el tema. Él mismo es también alguien con quien me entiendo y a quien aprecio. En ese momento los alemanes andan con la prisa de mostrar como culpable de esta tensión, nacida de su «no» a la guerra de Irak en sus relaciones con América, a la propia América. Por supuesto, todo el mundo ve y comprende también las injusticias, pero no cuando las hace uno mismo. Estos son de esos que, frente a las astillas que no soportan ver en los demás, ven la viga en su propio ojo y no la distinguen. Tú odias al turco y, ya sea en el lugar de trabajo, ya sea en la calle, ya sea en la escuela, dondequiera que sea, piensas ante todo en tu propio provecho a costa de ellos y actúas así, ¿por qué iba a ser distinta la situación en América? ¿Cuál es la diferencia entre vosotros? Si el poder que él tiene lo tuvieras ahora tú, después de los judíos inventarías máquinas para hacer jabón con los turcos y para quemarlos. Aunque, la verdad, ya han empezado a quemar, ¡pero por lo visto a las máquinas de jabón todavía les falta madurar del todo! América al menos no discrimina a nadie más que a su propio interés. Haga lo que haga, como objetivo lo que está en juego es su interés, su provecho; ¿acaso puede decirse lo mismo de los alemanes? Entre las personas que, solo por su odio sin sentido, aun sin ver ninguna maldad en la persona misma, muestran el espíritu de quemar vivo a un ser humano que ni conocen, de exterminarlo, de abrir guerras de matanza, ¿en qué puesto del mundo están los alemanes? No, mira, esto no lo puede comprender. Si no se lleva bien con alguien, entonces le va a buscar un defecto. ¡Y América como si fuera un tonto que no sabe estas cosas!

El turco vino a Alemania a hacer de mozo de carga y metió a su hijo en las escuelas alemanas. A esas escuelas fui yo también. Ya escribí tal cual qué cosas nos enseñaban a nosotros, que no sabíamos ni una sola palabra de alemán. Ya lo digo, estos son de la clase que quiere recibir mucho sin dar nada. Diréis que quizá todo el mundo hace esto así; cierto, pero, hermano mío, tampoco se toma partido hasta este punto. También vinieron a Alemania rusos que afirmaban ser alemanes. ¿Solo de Rusia? De Rumanía, de todas partes vinieron. Estos hombres hablan un alemán peor que aquellos turcos. ¡Y encima estos son alemanes! Se abrieron las puertas de Alemania Oriental, personas que no habían trabajado nunca se jubilaron con documentos falsos. Esto en Alemania lo sabe todo el mundo. Cada uno se hizo poner gratis sus dientes y sus coronas. Las cajas de salud alemanas quebraron. No, pero de estos nadie dijo ni una sola palabra. Y encima, además, sus economías se estropearon supuestamente porque se le plantó cara a América. Y de todo esto, de nuevo, siempre los culpables son los turcos. Los del este tampoco son como corderos, como los del oeste. Como ellos vienen del régimen comunista, casi todos son pendencieros y proclives a la falsedad. Y encima, a pesar de todo esto, se quejan continuamente de los alemanes occidentales. Ni un pío otra vez. Al contrario, en todas partes se les reconoce la preferencia. ¡Siempre los turcos son malos, hombre! Y de los sueldos de todos esos malos turcos llevan años, sin vergüenza, descontando un impuesto de solidaridad para Alemania Oriental. Si los hijos de los alemanes traen malas notas en la clase de alemán, ¡la culpa es de nuevo de los turcos! Y encima, para ahuyentar a los turcos, con el apoyo de sus leyes han desplegado bien alta la bandera de toda clase de bajezas. Y para amasar al pueblo como masa y moldearlo a su gusto, en los programas de televisión intentan presentar como problema por qué los turcos no se integran en la sociedad alemana. Que primero se integren ellos entre sí unos con otros, y así también nosotros veamos y nos avergoncemos. Que primero ellos se hagan amigos entre sí y convivan, y así aprendamos cómo se hace. Pero al parecer todo el problema es el pañuelo en la cabeza. ¡Mirad vosotros la magnitud del problema! Los turcos son unos ignorantes, dicen. Bien, ¿y qué eran en su día los judíos? ¿Acaso no eran también estos mismos alemanes los que los quemaban en los hornos con la excusa de que por qué no había hombres ignorantes, obreros, jornaleros entre ellos? Lo mismo les hicieron al italiano y al español. Yo aquí no defiendo al turco, sino que digo: «con este odio, ¿adónde van otra vez estos hombres?» Si América, después de la Segunda Guerra Mundial, a causa de los rusos, no hubiera invertido en Alemania y no hubiera tenido una participación tremenda en su desarrollo, los alemanes hoy serían o como una Checoslovaquia o, en el mejor de los casos, como aquella Alemania Oriental. En cuanto las personas se envalentonan un poco, ¡cómo se gustan a sí mismas! Este enojo mío no es ni por amor a la patria ni por odio al alemán, sino por la hostilidad, por las injusticias que se les hacen a las personas. Sea alemán, sea turco, sea americano, sea gitano; el ser humano es ser humano, y por las injusticias que se le hacen todos rendirán cuentas a Dios ante el estrado del juicio. (Eclesiastés 12:14) Sobre todo en los años de 2008, tras la política seguida por la señora Merkel, cada día se queman vivas casas de turcos con mujeres y niños, y ni siquiera se les hace llegar a nadie. El padre, mientras arde, arroja a su bebé desde no sé qué piso por la ventana a un policía, y el policía por casualidad puede atraparlo y el bebé se salva. Ni una foto ni una postura, en el mundo no hay voz. ¡Que un joven turco vagabundo golpeó en una estación de metro a un alemán anciano, y el Parlamento alemán se pone en pie! Y mientras al turco se le da de 10 a 20 años de cárcel, en el incendio provocado de los turcos en Solingen, en el que murió casi por completo toda una familia junto con sus bebés, la pena máxima que se les dio a aquellos jóvenes fue de 15 años. Ahora aquellos hombres están fuera y trabajan como funcionarios con responsabilidad en las instituciones sociales. El turco, por los dos golpes que dio, con los 20 años que le cayeron, difícilmente sale de allí. Y además, ahora, nadie que queme a turcos es atrapado ni hace falta que se le imponga castigo. Esta es también la debilidad de los alemanes como pueblo. Cada pueblo tiene toda clase de debilidades. Pase lo que pase en la historia, ellos, dando vueltas y vueltas, vuelven a aferrarse otra vez a las mismas cosas; lo demás son patrañas.

Si vuelvo de nuevo al tema del trabajo, los trabajos que hice en Alemania fueron por lo general siempre así. Eran trabajos muy duros, que siempre había que hacer con el cuerpo, y que se hacían con la moral que daban las personas de las que hablé arriba. Pero yo, cuando pensaba, siempre pensaba por los dos lados. Tanto me ponía en su lugar, y luego a ellos en el mío. Un día me dije a mí mismo: «¿Qué es lo que quieres, al fin y al cabo?» ¿Qué, acaso porque tú trabajas muy rápido y el trabajo se termina, estos hombres te iban a decir ven, siéntate con nosotros, tómate un té o un café? ¿Qué habría pasado, en realidad, si nos sentáramos aunque fueran diez minutos y charláramos, como un amigo, como un compañero? De nuevo me decía «no» a mí mismo. Me consolaba pensando que, si ellos empezaran a hacer así, aunque fuera una vez, con sus obreros, aquella fábrica no se mantendría en pie y saldrían muchos otros problemas también. Y el obrero en cuestión era yo, no había otro, en realidad. «Como si por hacerlo de otra manera se hubiera mantenido en pie; quebraron igualmente», pasaba también por dentro. (Es más, muchos años después me enteré de que ese hijo dilapidó todo su patrimonio, y que unos y otros se enemistaron entre sí. El padre, a los 71 años, se levantaba a las cinco de la mañana a repartir periódicos.) Aunque en aquel entonces me pusiera a defenderlos, veía que también en su nombre entraba en un callejón sin salida. Es decir, a las personas que, por mi enojo y mi cansancio, quería difamar, a la vez las difamaba y no las podía difamar. O, aunque me esforzara por darles la razón, esta vez ellos resultaban siempre estar equivocados. Todas estas cosas las pasaba por dentro de mí mismo. Como he dicho, lo que menos puedo soportar es el odio sin motivo. No veía nada bien las numerosas hostilidades llenas de odio y humillantes de este tipo que contaba el hijo de aquel jefe. A veces no hablaba en absoluto y dejaba también notar la cara larga que ponía. Ellos también lo veían y, sin duda, se incomodaban con esta situación. El padre era un hombre caballeroso. Quizá las circunstancias y los apuros le apretaban también a él. Decía: «Es mi hijo, ¿qué puedo hacer?»

Como leía la Sagrada Escritura cada día, iba aprendiendo también muchas hermosas cualidades de Dios. Al final, mientras partía los troncos, llegué a mí mismo a la siguiente conclusión: «A mí solo Dios me comprende, y ningún otro puede comprenderme; solo puedo trabajar en Su obra», dije. Con esto recalqué como una ilusión que jamás se cumpliría. Esto para mí era solo un deseo ideal, nada más. No es que, por leer la Sagrada Escritura, quedando bajo el influjo de los temas, hubiera empezado a tomarme por profeta, o por ángel o algo así. Además, ¿cómo podría ver un ser humano como Dios? Dios ve hasta los sentimientos más ocultos de la persona. Nadie está obligado a demostrarle nada a Él. Porque Él ya sabe todo tal cual es. Ante Él no hace ninguna falta demostraciones largas y tendidas, contiendas, defensas ni relatos. Y esta cualidad que yo quería, o que esperaba, solo la había también en Dios. En el libro de Job, sobre este tema, dice así acerca de Dios:

Aun cuando dices que no lo ves, tu causa está delante de Él, espera. (Job 35:14) En nosotros, en cambio, hay dentro de nosotros la creencia de que nadie nos ve, nos conoce ni nos oye. Sin embargo, en el libro de los Salmos, llamado también Zabur, se escribe de nuevo exactamente así:

El que formó el oído, ¿no oirá? El que hizo el ojo, ¿no verá? Salmos 94:9

Confiar en Dios es algo muy hermoso. Pero, si es de corazón, sincera y con amor, es eterno. Yo iría comprendiendo muchas cosas con el tiempo, más adelante. En la medida en que comprendía y aprendía, sentí dentro de mí un gran amor hacia Dios. Este amor era completamente distinto. También los he tenido hacia mi madre, mi hijo, mi esposa, mi amigo u otras personas y cosas que amaba. Estos amores eran siempre sentimientos que le dan dolor al ser humano. Que si a esa persona le pasa algo, que si enferma, que si la pierdo. ¿Por qué comete errores así, a ojos vistas? ¿Por qué está triste y yo tampoco puedo hacer nada? ¿Por qué él tampoco me ama? ¿Por qué me hizo esta maldad? ¿Por qué no me comprende? Un montón de figuraciones y expectativas así le dan dolor al ser humano. Y lo más doloroso ocurre si ambas partes sienten un gran amor la una hacia la otra. Sin duda, a esas personas las recibe, de una u otra forma, algún suceso desdichado, y todo se acaba en un instante. Por ejemplo, se meten de por medio un accidente repentino, una enfermedad, la cárcel, la separación, la guerra, la muerte y un montón de cosas más, como la pobreza y la miseria que ni se les ocurren a uno. Y ya te quedas ardiendo. No se apaga aquel fuego dentro de ti. Cuando le llevaron a Jacob la noticia de «tu hijo José ha muerto», quién sabe cuánto dolor sufrió aquel pobre hombre. En la Escritura se dice: «Todos sus hijos y todas sus hijas se levantaron para consolarlo, pero él no quiso ser consolado» (Génesis 37:32-35). ¿Acaso hay personas que no puedan comprender estos sentimientos? Solo en las personas de los países de riqueza material, y aun eso quizá no lo comprenda. No quiere comprenderlo, porque ellos también, por temer que el amor traiga dolor, se afanan por matar por completo estos sentimientos. Además, lo ven como un logro.

Amar a Dios, en cambio, es algo completamente distinto. No tienes ninguna inquietud respecto a Él. La única inquietud es que uno diga: «¿y si peco y lo abandono a Él?» Sí, porque siempre ha sido así. Dios no abandona a nadie. A Él siempre lo abandonan primero las personas. Esta primacía es siempre propia de los seres humanos, no le pertenece a Dios. Sobre este tema pueden darse miles de ejemplos. Es decir, el ser humano no teme en absoluto ser abandonado. Si hay un espíritu de desconfianza, ese es también una desconfianza que la persona siente respecto a sí misma. El ser humano se dice a sí mismo: «¿y si yo también hago lo que ellos hicieron y abandono a Dios?» Diréis que esto también es un amor lleno de dolor, ¿no? Sí, nuestro mundo no es el paraíso y también en el amor a Dios hay dolores así. Pero, en comparación con otros amores, la mayor diferencia es esta: que en él todo está en manos de la propia persona. Es decir, no es injusto como los otros amores. Cuanto más valoras este amor, cuanto más te aferras a él, tanta felicidad te da también ese amor. Si tú no lo abandonas, Dios no te abandona jamás. Y lo más hermoso es que Él, sin duda, te ama. Seas lo que seas, seas persona de cualquier nación, país, cultura, lengua, raza o sexo, Él te ama. Porque eres la obra de Sus manos. Él te creó. No necesitas afligirte en absoluto respecto a Él. No tienes ningún temor de que Él cometa un error. Cosas como morir, enfermar, que le hagan maldad, sufrir dolor, odiarte sin motivo, no poder comprenderte, no oír tu voz, ser ingrato, etcétera, tampoco son válidas para Dios. En resumen, en el Corán se dice muchas veces «no tiene igual ni semejante», y estas palabras son una verdad muy cierta. No hay nada que le sea igual. Bienaventurados quienes sienten, saborean y viven este amor.

Despojaos del Viejo Hombre

Sábado, 10 de enero de 2004

Cuando volví a casa, en Alemania, después del servicio militar y de estar con mi madre, me encontré en el baño con una escena muy curiosa. En medio del baño había un montón de ropa sucia amontonada como una montaña puntiaguda. Miré a ver de quién podía ser: toda era de mi esposa. Nadie podría producir tanta ropa sucia en una semana más o menos. Yo estuve fuera tres meses, ¡y mi mujer no había lavado ni una sola vez en tres meses! Y eso que hay lavadora automática y todo. Pues no la había usado. ¡Es como si fuera obligatorio que yo viera algo curioso dondequiera que voy! La mudanza de mi madre, y al volver a casa, otra situación así. Y estas son solo las que se ven al instante. Cuando estaba en casa, era yo quien lavaba la ropa en la lavadora. No todo el mundo daba tanta importancia a las cosas a las que yo se la daba. Por eso los que me rodean disfrutan mucho haciéndome pasar por un loco de manicomio, ¡y la que más, mi madre! Y la vida está siempre llena de sorpresas desagradables. Pero tomad todo esto que cuento solo como una broma.

Y pensándolo bien, aunque no se enseñen, algunas cosas o están o no están de forma natural dentro de las personas. No lo escribo para entenderlo desde una concepción fatalista, sino para subrayar que las debilidades contra las que cada uno debe luchar existen por naturaleza, de nacimiento. Aquellos libros que creemos que son la palabra de Dios nos animan siempre a cambiar hacia el bien, e incluso a cambiar por completo nuestra personalidad. Por ejemplo, en cuanto a esto me vino a la mente un versículo. El apóstol Pablo dice así a los creyentes de Éfeso:

...en cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que se va corrompiendo según los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. Efesios 4:22-24, traducción antigua.

El apóstol Pablo, inspirado por el espíritu de Dios, ordena un cambio que todos deben hacer. Es decir, dice que debemos desechar nuestra personalidad anterior como ropa vieja y vestirnos, como ropa nueva, la personalidad conforme a la voluntad de Dios. ¿A quién le escribe esto? ¿Solo a aquella pequeña comunidad que entonces vivía en Éfeso? No, en realidad a toda la humanidad. Nadie nace automáticamente solo con buenas cualidades. Tampoco nace con cualidades malas de arriba abajo. Por muy grande que sea la influencia del entorno en que vivimos, Dios subraya que, para librarse de los efectos negativos que dicho entorno producirá en nosotros, todos deben luchar sin falta. ¿Y acaso solo influye nuestro entorno? Dejando aparte la herencia de pecado que recibimos de nuestro antepasado Adán, también nuestros propios pecados desempeñan un papel muy grande. Por muy fuertes que seamos frente a las influencias externas, en realidad se produce con más facilidad nuestra derrota ante las debilidades que hay en nuestro interior, en nuestro yo, en nuestra alma. ¿Quién no posee estas debilidades? Es así aunque seamos el hijo del rey más grande sentado en el trono, y es así aunque seamos el niño de la calle de unos padres que no encuentran ni un pedazo de pan. En pocas palabras, al venir al mundo nacemos dentro de una guerra. Si amamos la vida, si amamos a Dios, es absolutamente necesario que libremos esta guerra. Pero esta guerra no se hace con cañones ni fusiles. Es una guerra espiritual; no es como una guerra de carne y sangre. Por esta razón, el único responsable de las cosas malas que reinan sobre la tierra —la injusticia, las guerras, los odios, los celos, la insatisfacción, la corrupción, etc.— no es únicamente el ser humano. Como mencioné al principio de mi libro, ¿qué habría que ser para no ver que un ser espiritual influye mucho en este asunto? Tal vez, para no verlo, para no entenderlo, haga falta ser ciego y falto de entendimiento. Porque el libro dice claramente:

Por lo demás, fortaleceos en el SEÑOR, y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura que Dios proporciona, para que podáis estar firmes contra las artimañas del Diablo.

Porque nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra los gobiernos, contra las autoridades, contra los poderes de este mundo tenebroso, contra los ejércitos espirituales de la maldad en las regiones celestiales. Por eso, vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiéndolo hecho todo, quedar firmes en vuestro lugar.

Estad, pues, firmes, ceñida vuestra cintura con la verdad, colocada sobre vuestro pecho la coraza de la justicia, y calzados los pies con la disposición de propagar la buena nueva de la paz. Además de todo esto, tomad el escudo de la fe, con que podréis apagar todas las flechas encendidas del Maligno. Tomad el yelmo de la salvación, y la espada del espíritu, que es la palabra de Dios. Orad en todo tiempo con toda oración y súplica bajo la guía del espíritu. Con este propósito, manteneos alerta con toda perseverancia, haciendo súplicas por todos los santos. Efesios 6:10-18

Antiguamente, los caballeros que iban a la guerra con espada y escudo protegían su cintura, su pecho, desde la cabeza hasta los pies. Vestían pesadas armaduras para no ser heridos con facilidad. Partiendo de esta comparación, el apóstol habla, en lugar de armaduras literales, de una protección relacionada con valores espirituales. Por ejemplo, habla de ceñirnos con la verdad. ¿Amamos nosotros la verdad? Compara la justicia con una coraza. Sin embargo, la humanidad ha recurrido siempre a la mentira como coraza. Han intentado protegerse con mentiras. Y esta coraza de la justicia hay que colocarla sobre el pecho, porque tanto la mentira como la justicia salen del corazón. Las mentiras no nos sirven de protección en absoluto, ni nos servirán. Solo a corto plazo creemos que lo hacen. Al decir «debemos calzar nuestros pies con la buena nueva de la paz», nuestros pasos deben encaminarnos a propagar la buena noticia llamada la buena nueva de Dios. Y para poder hacer esto, primero debemos aprender nosotros mismos la buena noticia que vamos a anunciar. Y luego, con ese conocimiento, no debemos ser pastores perezosos, sentados en su sitio, que solo se apacientan a sí mismos, sino que debemos hacer algo. (Ezequiel, capítulo 34 entero) Y con esto no quiero decir que haya que parecerse a los Testigos que, con hipocresía, van de puerta en puerta con la Sagrada Escritura en la mano. Lo que ellos creen: «Todos, todas las religiones son malas, solo nosotros somos verdaderos y buenos. Puedes criticar a todo el mundo, pero a nosotros no nos digas ni una palabra», ¿qué es esto sino hipocresía? De este modo, ya no digamos salvar a la gente: aunque esas personas fueran dignas de salvación, con el tiempo, mediante las enseñanzas de esa organización, no llegan a ser sino hipócritas, embusteros, sin fe; y como se obliga a la persona a venderse por completo a su organización, no llega a parecerse sino a aquella ramera que aparece en el libro del Apocalipsis del apóstol Juan. (Apocalipsis, capítulos 17 y 18 enteros) En pocas palabras, si queremos permanecer en lugares así, tenemos que tirar también a la basura las palabras que dijo Pablo arriba. Esas organizaciones, de todos modos, obligan a la persona a ello. No confundamos la tarea de llevar la buena nueva que Dios quiere fijándonos en los Testigos y sus semejantes. (Mateo 23:15) La fe y el amor que se han de sentir hacia Dios el ser humano solo puede desarrollarlos con una voluntad libre, sin estar bajo miedo ni presión. Dios no quiere obligar a nadie. Si quisiera, Él mismo posee el mayor poder y potestad para ello. Por eso debemos anunciar a la gente la buena noticia que hemos aprendido como buena noticia, de una manera digna y apropiada a su nombre. Hacer que una persona acepte lo que no cree de forma sistemática e insidiosa, por la fuerza, con presión, con amenazas; encasillar todas sus creencias, y formar con esa gente todo un enorme ejército de hipócritas, no es propagar la buena noticia, la buena nueva. Y no es en absoluto un logro. Porque nuestro mundo tiene ejércitos disciplinados y obedientes más que de sobra, y hasta rebosa de ellos. Y el estado en que estamos con los logros que hemos conseguido está a la vista. Al hablar de fuerza y presión, no las entendamos necesariamente siempre como una fuerza bruta. Conocer la psicología humana y jugar con las conciencias de la gente, moldearlas solo en beneficio de nuestros propios fines, no requiere en nuestros tiempos tanta maestría. Jesucristo anunció esta buena nueva de una manera muy hermosa; tomémoslo a Él por ejemplo. (Mateo, capítulos 5, 6 y 7 enteros)

Además de todo esto, pase lo que pase que pueda quebrar todo nuestro ánimo, debemos usar la fe como un escudo. El escudo es para la persona un parapeto, una protección para impedir los golpes que llegan. ¿Podéis imaginar cuántos ataques sufrirá quien ama la verdad, lo verdadero, la paz? En una ocasión, que un antiguo presidente estadounidense preguntara «¿sabéis qué hay más terrible que la mentira?» y respondiera «la verdad» es una descripción acorde al rumbo de nuestro mundo. Como esas personas están metidas de lleno en estos asuntos, veían y sabían muy bien lo que decían al respecto. Por muy agradables que nos resulten las cualidades mencionadas arriba, al ponerlas en práctica enfurecerán de vez en cuando muchísimo a la gente que nos rodea. Por eso, no solo frente a las iras dirigidas contra nosotros, sino en toda clase de dificultades, nuestra fe debe protegernos como un escudo. También aquí me veo obligado a hacer una aclaración. La gente ve como «escudo de la fe» taparse los oídos ante las acusaciones verdaderas dirigidas contra sus propios errores y contra las religiones a las que pertenecen. En realidad, esto, al contrario, no muestra nuestra fe, sino nuestra falta de fe respecto a aquellas cosas que defendemos. Una fe buena y fuerte se desarrolla estando abiertos a toda idea. Esconderse, huir, taparse los oídos son señales de falta de fe. Y esta situación, en general, procede de la ignorancia y del desinterés. Yo no he leído que ningún profeta ni ningún hombre de Dios huyera de cosas semejantes. Una cosa es mantenerse alejado del mal, y otra cosa es que la persona hable de su fe y la defienda. Los Testigos o los fanáticos religiosos la mayoría de las veces perciben estas cosas de forma totalmente confusa. (1 Pedro 3:15) Estas cosas las hacen quienes temen a los hechos, a la verdad, y la odian.

El apóstol subraya que tomemos en nuestra mano como espada la palabra de Dios, y que esto debemos expresarlo con toda clase de oraciones a Dios. ¿Por qué dice aquí toda clase de oración? ¿Por qué no dice «repetid las mismas cosas como loros»? Porque las situaciones y las circunstancias se desarrollarán siempre de una manera distinta. Nosotros percibiremos aquellos sucesos de maneras distintas. Y aquí precisamente debemos cuidar de que las oraciones, tal como salen de nuestro interior, de nuestro corazón, sean sinceras. Además, en aquellas cosas que suplicamos a Dios por medio de las oraciones, nos estaremos edificando también a nosotros mismos.

Por ejemplo, cuando oramos a Dios para que el paraíso venga cuanto antes y para que se haga la voluntad de Dios también en la tierra, sabemos que esto, oremos o no oremos, Dios un día establecerá el paraíso de todos modos. Entonces, ¿por qué oramos por algo que sin duda va a ocurrir? En realidad, con ello subrayamos cuánto deseamos esa cosa, mostramos cuánto valor le damos desde el corazón, y con ello nos preparamos a nosotros mismos para ese deseo y anhelo.

A un niño su padre le ha encargado una bicicleta, e incluso la ha comprado. Pero hasta que llegue tiene que esperar unos días. ¿Acaso el niño no se detiene ya largo rato delante de las bicicletas parecidas a aquella, mirándolas? Y eso que ya está comprada, seguro que llegará, y él la montará. Que se siente a esperar, que no le importe en absoluto. ¿Existe un niño así? Dejando a los niños, yo conozco a hombres de 45 años que, siendo cultos y acomodados, han ido en plena noche, con una linterna en la mano, a mirar el coche nuevo o la motocicleta que se habían comprado. ¿No muestran estas cosas el valor que aquellas personas les dan de corazón? Pues el apóstol también nos anima a que nuestras oraciones sean para expresar las cosas a las que damos valor de corazón. Solo que tengamos cuidado: NUESTRO SEÑOR no es el genio de la lámpara de Aladino. Pensemos primero si nuestras oraciones, más que de nuestros deseos egoístas, son conformes o no a la voluntad de Dios.

Y por último, el apóstol nos anima a permanecer alerta en estas cosas con plena entrega. Con plena integridad, no de forma dividida; con toda sinceridad, no a medias.

Así es como debe ser la guerra que tenemos que librar. Todos estamos dentro de este campo de batalla. ¿Acaso solo los que creen en Dios libran una guerra? En mi opinión, la situación de quienes no creen y libran una guerra por sus ambiciones dirigidas a sus propios caprichos y anhelos es aún más difícil. Esta guerra la libran las naciones del mundo cada día. Estas guerras suyas son tema de películas, de cuentos, de novelas. La guerra por el pan, la guerra por la carrera, la guerra por el interés, la guerra de sexos, la guerra por el dinero, la guerra del nacionalismo y del racismo... ¡No se acaba de enumerarlas! Vivir no es fácil.

Entonces, ¿se puede permanecer pasivo sin querer hacer nada? Escondiéndose en una isla, en un lugar donde no hay nadie, en palacios de gruesos muros de piedra, en fortalezas, en templos, ¿puede la persona decir «me he quedado lejos de esta guerra»? No. Con eso, a lo sumo, solo se logra quedarse lejos de las sociedades, de la gente. Y no faltan quienes piensan: ¿acaso no basta con esto? Las Sagradas Escrituras hablan de tres influencias fundamentales que nos afectan de forma mala, negativa. Nuestro yo, es decir, nuestra alma. La segunda es la influencia del mundo, es decir, todas las cosas que hay en este mundo, el sistema mundano organizado en que vivimos. Como tercera causa, Satanás y sus demonios, es decir, los seres espirituales del cielo. (Evangelio-Santiago 3:15)

Según estas verdades, ¿cómo vamos a huir de nosotros mismos, de nuestro propio yo? Para Satanás y sus demonios, a quienes llamamos criaturas espirituales celestiales, ni una isla, ni una fortaleza, ni lugares como las profundidades de la tierra son un escondite para ellos. Y si a esto añadimos además nuestras propias debilidades, quiere decir que no tenemos ninguna posibilidad de huir. Algunos, en cambio, eligen la muerte para librarse de todo. Yo también había elegido ese camino. Pero yo estaba sin esperanza, sin conocimiento, sin recursos. No me quedaban fuerzas para vivir con lo que tenía. Sin embargo, después de adquirir conocimiento, comprendí que me había equivocado. Pensé: «Morir no debería ser tan barato». Puesto que ya había puesto la muerte en mi bolsillo, entonces vivir de ahí en adelante la vida para Dios sería mucho más significativo y dador de felicidad que morir. Y el impulso más valioso es el amor que siente el ser humano. Sí, si amas a alguien, revives de golpe. Yo había sentido ese amor, esa admiración indescriptible, hacia Dios. Y mientras me esforzaba por conocerle a Él, me conocía a mí mismo.

«¡Y qué querrá decir eso de conocerse a uno mismo!», les resulta cómico a muchos. En realidad, nosotros no nos conocemos a nosotros mismos. Solo creemos que nos conocemos. Todos, ante un suceso, aunque sea sencillo, decimos de antemano: «yo, en ese caso, haría esto o lo otro». Pero cuando ese suceso ocurre, vemos que hacemos cosas muy distintas. Es más, hacemos cosas en las que nunca habíamos pensado. En estos engaños caen las personas innumerables veces en su vida. Además, ¿acaso nos es posible a nosotros los humanos sopesar por completo todos los sucesos y también a nosotros mismos? Tenemos emociones, tenemos miedos, tenemos intereses, tenemos placeres, es decir, nuestra alma, tenemos una ira que no podemos contener, tenemos celos, pereza, glotonería, avaricia, y más y más. Estas cosas nos influyen tanto que aquello que decíamos que «lo haría de tal o cual manera» lo hacemos de una manera completamente distinta. Y esto ocurre precisamente cuando se está dentro del suceso. Para quien está fuera, la situación es muy sencilla y fácil. He conocido y oído hablar de personas con una fe muy fuerte, que habían pasado por grandes pruebas, y sin embargo, por cosas muy sencillas, lo tiraron todo de golpe, toda su fe, su amor. Para nosotros es algo muy sencillo, pero para que aquella persona se derrumbara, cayera, resulta que esto fue suficiente. Por eso no menospreciemos las cosas malas que intentamos ocultar. Aquellas cosas que llamamos insignificantes crecen dentro de nosotros con el tiempo, sin que nos demos cuenta, hasta tal punto que llega un día en que se presentan ante nosotros convertidas en un gigante. Somos vencidos por aquella cosa que un tiempo era tan pequeña dentro de nosotros, cuando menos lo esperamos. Los microbios que entran en nuestro cuerpo también son pequeños, y sus efectos también empiezan poco a poco. Los médicos, con su experiencia y su conocimiento, dan medicinas, antibióticos que vencerán ese microbio. Porque ellos saben que cuanto más pequeño esté el microbio al vencerlo, tanto más fácil será la curación del enfermo. Pero si se dejan, aquellas enfermedades que empiezan como algo insignificante pueden llevar a la persona incluso a la muerte. Los diversos pecados que aparecen en nosotros también pueden compararse a esto. Si no tomamos precauciones desde el principio y no lo vencemos, él nos vencerá a nosotros. Si volvemos a pensar en la situación de Eva, nuestra primera madre, ella también dio ocasión a que este microbio creciera dentro de sí. Aquí, lo que era como un microbio consistía en poseer una cualidad que posee Dios, quebrantando su mandato. Con el tiempo, en sus pensamientos aquello creció tanto que, en lugar de resistir, al contrario, lo deseó terriblemente. Cedió a aquel deseo que dominaba su alma, y tomó el fruto que le estaba prohibido comer, y lo comió. Y no se quedó solo en comer, sino que arrastró a su marido a la misma desobediencia. Se lo dio también a él, y él también comió.

Cuando estaba en el internado, los alumnos fumaban en los baños. Yo no fumaba. ¡Si hubierais visto los cigarrillos que siempre me ofrecían! Aquellos cigarrillos americanos de todas clases, cigarrillos con filtro de carbón, cigarrillos mentolados, cigarrillos de no sé qué. En aquella época decía: «Ni el mismísimo director del colegio ha visto tantas clases de cigarrillos». Pero en cuanto empecé a fumar y me acostumbré, entonces ya nadie me daba ni el cigarrillo más barato, el de primera sin filtro. ¿Por qué se volvieron de repente tan tacaños? Mejor dicho, ¿por qué antes eran tan generosos? Porque cada vez que fumaban, mirar frente a ellos a alguien que no era como ellos incomodaba su conciencia. Porque ellos mismos habían sido vencidos por algo malo. Pero aquel que no fumaba, que no hacía lo que ellos hacían, mientras se mantuviera firme, ellos sentirían incomodidad en su conciencia. Por eso, con una insistencia constante, era como si dijeran: «haz tú también lo que hacemos nosotros, sé como uno de nosotros». En cuanto te volvías como uno de ellos, decían «¡ah!» y su interior se calmaba. Se sentían satisfechos diciendo: «resulta que no éramos solo nosotros los que caíamos así vencidos». Su ánimo subía. Ya que te habías vuelto como uno de ellos, en lugar de un cigarrillo te quedabas lamiéndote la palma de la mano. Más adelante yo también hice las mismas cosas. A un amigo que me decía frente a mí «yo no fumo» le insistía sin parar para que fumara. En cuanto él también fue vencido, se volvió como yo, dije: «¡ah! Resulta que no soy solo yo quien hace esta cochinada», y mi conciencia se calmó. No en vano dijo Dios, por medio de sus siervos los profetas: «No os dejéis engañar: las malas compañías corrompen las buenas costumbres». (1 Corintios 15:33) También Eva, sin duda, le dio de aquel fruto a su marido con un sentimiento parecido a este. No quiso quedarse sola en lo que había hecho y en aquello por lo que había sido vencida. Yo solo he usado el ejemplo de un cigarrillo. Vosotros, si queréis, podéis usar también ejemplos como el hachís, la heroína, la prostitución, el robo, la pelea, el asesinato, el alcohol, la creencia, etc. La gente, en todo asunto que incomodaba su conciencia, ha animado a los demás a hacer también esas mismas cosas. Si uno mismo ha sido vencido por aquello que al principio no quería, generalmente quiere que los demás también sean vencidos. Estos ánimos se los han dado las personas unas a otras durante miles de años. Es una maldad, una debilidad que hay en nuestro yo. Y a los que se han mantenido firmes y no han sido vencidos, la gente los ha odiado. La razón por la que mataron a los profetas es también por esto. De por sí, mientras uno estaba muriéndose de esfuerzo hasta cauterizar aquella conciencia que le incomodaba y dejarla insensible, aparece otro que se empeña en hacer funcionar esa conciencia suya. Ya no hay más que dos opciones: o destruir aquellos sucios asuntos, o destruir a quien critica esos asuntos. Y la humanidad, la mayoría de las veces, más que aquellos sucios asuntos, ha destruido a las personas que critican esos asuntos.

El Corán, los Testigos y la hospitalidad

11.enero.2004-domingo

Ahora tenía tiempo de sobra. También leí el Corán. No era tan largo como las Sagradas Escrituras. Era un libro más o menos del tamaño del Nuevo Testamento. Lo leí muy rápido. Como ya he dicho, en aquel entonces ya no trabajaba. Si dijera que leía libros todo el día y toda la noche exageraría un poco, pero no mentiría si dijera que leía una media de ocho horas al día. El Corán estaba escrito con un estilo distinto, es decir, con otra manera de narrar. Allí los acontecimientos aparecían fragmentados, entrecortados. Como antes había leído las Sagradas Escrituras, también sabía cómo habían ocurrido en detalle los sucesos que se mencionaban. Por eso todos esos sucesos que se mencionaban cobraban vida enseguida ante mis ojos. Y para mis adentros me pasaba por la cabeza: «¿Cómo van a captar estos sucesos y sus significados quienes no leen ningún otro libro más que este ni creen en él?». Porque los musulmanes ni siquiera conocen las Sagradas Escrituras. Aunque, a decir verdad, con sus obras tampoco conocen el Corán, en fin. Porque, según ellos, ¡las Sagradas Escrituras son el libro de los infieles! Se resisten hasta a tomarlas en las manos. En las escuelas, en las clases de religión, en las mezquitas, en los escritos y en las revistas siempre han recibido información en ese sentido. Y mejor no hagamos la pregunta: «¿Cuántos de los que dicen »soy musulmán« han leído el Corán en su propio idioma y, a ser posible, lo han investigado?». La respuesta es terrible, porque son tan pocos que casi se puede decir ninguno.

Antes de leer el Corán y las Sagradas Escrituras, no sentía nada hacia ellos. Mejor dicho, ni creía ni dejaba de creer. ¿Qué podía yo decir sobre cosas que no conocía? Por lo que había aprendido de los Testigos y de Josef, el Corán no era palabra de Dios. Y aquellas personas habían dejado en mí una buena impresión respecto a las Sagradas Escrituras. Podía ser; si el Corán no venía de Dios, pensaba para mis adentros: «Estarán diciendo la verdad». Pensaba que seguramente ellos lo habrían investigado y aprendido. Entonces, ¿por qué leí yo el Corán? Por encima de todo, había algo que sabía muy bien. Lo primero que iba a hacer era contar esta verdad a los más cercanos que me rodeaban, a mis seres queridos. Y ellos —mi madre, mi padre, mi esposa, mis hermanos y muchos otros conocidos— eran todos musulmanes. También podía imaginar cómo reaccionarían conmigo. Creyeran o no, cuando yo dijera «el Evangelio, la Torá», me responderían: «Hijo, primero podrías haber leído tu propio libro». Y usarían el Corán, igual que hacía mi hermano, solo como un escudo para llevar la contraria. Aparte de estas razones, la razón más importante era yo mismo. Yo también, en su lugar, diría: «Pregunto». ¿Acaso una persona salta de golpe a otra religión sin investigar la religión en la que nació y se crió? Y si salta, esa persona solo piensa en sí misma, es alguien sin juicio. Porque todos le preguntarán: «¿Por qué?». Aunque, más que la pregunta del porqué, también es una razón importante ayudar a esas personas. Si alguien se esfuerza por establecer un buen vínculo entre él y Dios, aprende que también está obligado a amar a las personas. En realidad, estas deberían ser siempre las características de las personas que investigan para hallar la verdad de manera sincera y de corazón. Estas razones me obligaron a leer el Corán. Y digo «obligaron», pero aunque no hubiera tenido ninguna razón, después de haber leído tantos libros, habría sido muy vergonzoso no leer el libro en el que cientos de millones de personas dicen «creo». Yo había empezado a leer las Sagradas Escrituras con este mismo pensamiento. ¿Por qué no habría de valer el mismo pensamiento para el Corán?

En mi libro hablaré mucho de los testigos de Jehová. Mi verdadero propósito, más que difamarlos, será mostrarlos solo como un ejemplo en el camino que siguen. Su comportamiento, sus actitudes, sus reacciones, su forma de creer, etc.; en resumen, serán solo un ejemplo entre muchos otros. En mi opinión, ninguno es muy diferente del otro. Como son los Testigos, así son también los musulmanes, así son los cristianos y los judíos. La diferencia está solo en cuánto se toma en serio esta cuestión cada persona. Según mis creencias y opiniones, el espíritu que domina en ellos también proviene de la misma fuente. Pero esta fuente no es Dios. Porque, en el fondo, las obras de todos se parecen entre sí. Todo lo que hacen no lo hacen porque amen a Dios. ¡Ni lo conocen para amarlo! No quieren conocerlo, para saber si lo van a amar o no. La diferencia entre unos y otros se ha vuelto como una cuestión de color y de gusto. Coloread todas las religiones según sus variedades y elegid el color que os agrade. Pero quien está dentro de esa religión ni siquiera puede usar esa libertad de elegir entre los colores; porque esa cinta de color se le ata desde el nacimiento. Y él, sin pensar siquiera si es correcto o incorrecto, sin investigar, se aferra y se ata a ella como a su propio nombre.

Cuanto más intensa es la relación de una persona con una religión o con esa secta, tanto más difícil, incluso imposible, resulta demostrarle algo, explicarle algo, hacerle creer algo. Traedle todas las pruebas que queráis. Por muchos versículos que le mostréis del libro en el que cree, por mucho que intentéis explicárselo con suficiente lógica y con ejemplos, esa persona ni escucha, ni investiga, ni lee. Porque ha entregado su fe como si fuera al mandato de otras personas. Esta situación puede compararse con contratar a un abogado. Quien contrata a un abogado le entrega un documento llamado poder notarial. Es un contrato que indica que autorizas a ese abogado a actuar en tu nombre. De lo contrario, ese abogado no podrá representarte ante las leyes. A partir de entonces, todo lo que ese abogado diga o haga en tu nombre significa que lo has aceptado. Pues así también las personas, en su relación con Dios, contratan como si fuera a un abogado a personas semejantes a ellas, a religiones, organizaciones, sectas y cofradías, y las autorizan. Su comportamiento y sus creencias significan: «Creed vosotros en nuestro nombre, tened fe en nuestro nombre, explicad estos libros en nuestro nombre, y nosotros haremos lo que vosotros digáis». Pero ¿acaso una persona mete a un abogado por medio en la relación con su padre, que le da todo? Esas personas dicen que hacen esto porque tienen miedo de equivocarse en su relación con Dios. El ejemplo del abogado que he dado viene muy al caso. También se contrata a un abogado para no cometer errores ante las leyes. Puede ser; una persona puede establecer con su padre una relación por una vía tan formal. Pero esa persona tampoco debería esperar de su padre, a partir de entonces, más que un trato con esa misma formalidad. Ya lo he dicho, todo esto proviene de una falta de amor. Y encima, esas personas se engañan a sí mismas diciendo: «De todos modos, ellos rendirán cuentas en nuestro nombre». Sí, digamos que ellos rendirán cuentas en su nombre y en el tuyo; pero ¿acaso eso te salvará y te hará libre de pecado? Al hacer lo que ellos dicen y obedecerles, ¿acaso quedarás purificado de todos esos delitos porque ellos te lo hicieron hacer? En el ejemplo de Adán y Eva, ¿acaso ellos pudieron salvarse a sí mismos o a sus hijos con una defensa semejante?

Antes, si alguien me hubiera explicado esto así, no lo habría creído, habría dicho «este hombre está loco», pero la humanidad se encuentra exactamente en esta situación. Abrid y leed los libros de historia que tratan sobre estos temas. Muestran cómo, durante miles de años, esos gobernantes, sacerdotes, imanes, rabinos, organizaciones y demás se convirtieron en una plaga sobre las personas. Aunque en parte hay algo de verdad en ello, en realidad fueron las propias personas las que se afanaron mucho en poner al frente a semejantes individuos, diciéndoles: «Ten tú la autoridad de hacerlo todo por nosotros». Y con el tiempo, esas personas que pusieron al frente les hicieron la vida imposible. Sobre los detalles de estos temas volveré a menudo más adelante, añadiendo también las páginas que he publicado en internet.

Había leído el Corán, pero por supuesto no lo había entendido todo. Quizá, igual que con las Sagradas Escrituras, había entendido a la vez muchas cosas y ninguna. Pero si algo quedó como una imagen en mi mente sobre estos dos libros, fue que no encontré nada que refutar. Y cuando digo «nada», me refiero a que no encontré lo que los musulmanes dicen contra las Sagradas Escrituras, ni lo que los cristianos dicen sobre el Corán, ni ninguna otra cosa mala. Y lo más importante: este libro tampoco escribía todas esas reglas, leyes y fiestas que los musulmanes guardan dándoles tanta importancia. Podía ser que no lo hubiera entendido. Ellos llevaban años ocupados en este asunto, y pensaba: «Seguramente lo saben mejor que yo».

Empecé a hablar de estos temas con la persona más cercana a mí, mi hermano, un año y medio mayor que yo. Cuando nos reuníamos los fines de semana, le decía que estos libros eran libros interesantes y le contaba los sucesos de allí narrándoselos como historias. Estos temas seguramente eran, tanto para él como para mí, algo distinto. Sin embargo, mi hermano era alguien que no tenía fe alguna en Dios ni nada por el estilo. Nunca se había interesado. Ni de niño ni después; ni siquiera lo he visto nunca orar. De mi hermana no puedo decir lo mismo. Ella era tres años mayor que yo. Era creyente. Pero más adelante vería que ella no creía en el Dios verdadero, sino, como muchos otros, en un Dios que había creado solo con su cabeza y su corazón. En mis veinte años de experiencia, las personas que quisieran creer en Dios de la manera en que Dios se ha dado a conocer a sí mismo, personas con las que me haya topado o de las que haya oído hablar, no llegarían ni a los dedos de una mano. Dicen que no se sabe quién tiene fe ni quién tiene dinero. Este dicho seguramente tiene también su parte de verdad. Nosotros somos humanos y miramos a las personas con esos ojos. El SEÑOR, en cambio, ve a las personas con ojos completamente distintos. Por eso, percibid estas palabras mías solo como mis sentimientos, mis opiniones, mis experiencias. Y en muchos temas desearía mucho haberme equivocado. Porque estos temas que se tratarán son cosas amargas, agrias, feas, terribles; incluso, a mi parecer, más terribles que la muerte. Por eso he deseado mucho estar equivocado respecto a las cosas que leeréis en este libro.

Mi hermano empezó a aburrirse mucho de todo lo que le contaba. Decía: «¿No hay otro tema o qué?». Me puse a pensar de qué hablábamos, si no era en las ocasiones en que peleábamos. Como si estos temas tuvieran algo de malo. ¿Acaso estos temas no eran más valiosos que pasar el tiempo con cosas totalmente vacías? Y además eran cosas que él no conocía en absoluto, que nunca había oído. Le concernían a él en persona. Como no tenía a nadie, los fines de semana venía a verme por obligación, cuando se aburría. Solía pasar el fin de semana por lo general con nosotros, y el domingo por la tarde se iba peleando. Casi siempre ocurría así. El viernes de nuevo iba bien, y el domingo, cuando terminaba su asunto, al irse otra vez una pelea, una maldición. Las Sagradas Escrituras, el Corán y estos temas eran distintos de todo eso. Yo también creía para mis adentros respecto a las personas: «Nadie puede ser malo, sino que hacen el mal porque no saben». Tenía la firme convicción: «Si este hermano mío también llega a saber, seguramente se volverá bueno, aprenderá el bien y lo amará, porque esto no lo quiere el ser humano, sino Dios». Ya no me alteraba por las cosas que él hacía. Desde la infancia, la relación entre nosotros los hermanos había transcurrido siempre entre peleas y disputas. Pensé: «A partir de ahora hago yo un cambio, quizá ellos también se vean influidos», y empecé a mostrar mucha tolerancia. En lugar de encenderme y enfurecerme enseguida, me esforzaba por ser una persona tranquila y apacible. Debía esforzarme por tener estas medidas no solo con las personas de mi familia, sino con todos. A veces no era nada fácil. Pero quienes veían este cambio empezaban a envalentonarse aún más conmigo. Y quien más me lo hacía era la persona a la que llamo hermano.

Un día volvió a llamarme por teléfono. Decía: «Oye, estos hombres han aprendido hasta turco para hacernos apostatar de nuestra religión». Con una voz emocionada y a la vez burlona. Decía: «Y encima, chicos jovencitos como nosotros», y añadía: «pero estos no creen en el Corán». ¡Como si él creyera! Yo le dije: «Déjalos entrar y escúchalos un poco». Y él dijo: «Ahora no tengo tiempo, pero venid tal día», decía, «y justo ese día me iré de casa para que no me encuentren». Yo prácticamente le suplicaba: «No lo hagas, escúchalos». ¿Qué otra cosa tenía que hacer? Vivía en una habitación de seis o siete metros cuadrados, gastándose todo lo que ganaba y otro tanto más pedido prestado en sus placeres, en su coche. Dijo: «Si vienes tú también, los escucho». Y justo entonces era un invierno nevado, y entre nosotros había 50 km de distancia. Aunque no quisiera, dije: «Está bien, iré». Justo aquel día estábamos esperando en su habitación cuando sonó el timbre. Como vivía en el último piso, cuando llegaba alguien, naturalmente pasaba un rato hasta que esa persona subía. Yo también me quedé asombrado al verlo. Dos jóvenes alemanes de unos veinte, veintiún años hablaban turco. Yo veía algo así por primera vez. Nuestro cuñado era alemán, pero incluso después de veinte años nunca lo había visto construir siquiera una frase en turco. Solo de vez en cuando decía ciertas palabras. Además, los alemanes casi en ningún asunto quisieron molestarse por algo que tuviera la más mínima utilidad en turco. Aquellos primeros turcos que llegaron a Alemania, como en las latas había dibujos de vaca, compraban comida para perros y se la comían. Después, con el tiempo, en esas latas pusieron dibujos de perro. Estos chicos jovencitos, en cambio, en un lugar como Alemania iban de puerta en puerta para proclamar aquello en lo que creían. Y para eso habían aprendido turco. ¡Qué alemán haría o había hecho algo así! Yo me quedé muy impresionado por este empeño de los Testigos. Empezamos a hablar. El acento de uno era muy malo, pero a medida que se le iba conociendo se le entendía. Por el habla del otro casi no se notaba que fuera alemán. Nosotros los recibimos con mucha calidez, y como ellos también se adaptaron a ese ambiente, entre nosotros se creó una atmósfera agradable. En la habitación no había nada más que una sola cama, así que mi hermano y yo nos sentamos en el suelo. La conversación transcurrió con preguntas mutuas para conocernos. Nuestra curiosidad era mayor que la suya, así que éramos nosotros quienes les hacíamos preguntas. Cómo habían aprendido turco, por qué turco y no otro idioma, cosas así. Y ellos nos lo contaban. Yo esperaba todo el rato que entraran en los temas relativos a Dios. De un modo u otro entramos en el tema. El mío enseguida dijo: «El Corán». Su intención era únicamente llevar la contraria. ¡Porque yo lo conocía bien! Entre los que se hacen pasar por musulmanes casi no hay nadie que no recurra a esta vía. En mi opinión, su objetivo no era hacer preguntas ni aprender, sino llevar la contraria. Yo también había llevado la contraria, pero de otra forma y con otro propósito. Cada cual hace unas cuantas preguntas, por absurdas que sean según su criterio. Y la respuesta que recibe o le influye de manera positiva o le enfurece. Yo saqué de mi bolsa el Corán. Mi intención era intentar mostrar que ambos libros escribían las mismas cosas. Pero al ver el Corán que yo tenía, vi también cómo se le arrugaba la cara a aquel chico del mal acento.

En aquella habitación diminuta hablamos, creo, una o dos horas. Después, justo en el edificio de al lado había una pizzería, y fuimos allí. Yo no quise comer nada, solo pedí una bebida. En aquel entonces todavía fumaba. Cuando encendí el cigarrillo, también les ofrecí a ellos. Yo conocía a los Testigos solo por aquel matrimonio anciano que venía a verme, y sabía también que creían que fumar era pecado. Según nuestra educación de entonces, se lo ofrecí igualmente por cortesía. Y ellos dijeron: «Nosotros nunca fumamos, a Dios no le agradan esas cosas». Por aquellas fechas mi hermano también había dejado de fumar. Él lo dejaba y lo retomaba. A veces pasaba un año sin fumar y luego volvía a empezar. Como ocurría a menudo, ya estábamos acostumbrados. Solo que él quería que todo el mundo hiciera lo que él hacía. ¡Si él dejaba el cigarrillo, tú también debías dejarlo! Justo en aquella ocasión hizo del hecho de que yo fumara un tema, y delante de ellos me lanzaba pullas burlonas. Y ellos también, dejándose llevar por ese ambiente, tomaron partido a su lado. A pesar de todo, lo que decían los Testigos sobre el tabaco era cierto. Pero a mi hermano le había gustado mucho que estuvieran en mi contra. Desde nuestra infancia le encantaba difamarme. Como he dicho, como no tenía a nadie, por lo general se hacía amigo de mis amigos, y luego yo me veía obligado a separarme de ellos por su culpa. O bien me difamaba siempre a mis espaldas como si fuera un enemigo mío. Pero cuando me fijaba, veía que en realidad hacía eso con todo el mundo. No era solo conmigo. Sin embargo, a veces veía también que lo hacía de manera muy solapada y con mala intención. Es decir, una persona habla en un momento de ira, suelta improperios, y aunque sea por efecto de la ira, esas son palabras que salen de dentro. Pero si el combustible de esto es la ira, ¡ese combustible nunca se le agotaba! Yo no le di importancia, porque conocía a mi hermano. Pero sí prestaba atención a lo que hacían los otros. A primera vista habían simpatizado no conmigo, sino con él, y además me habían visto el Corán en la mano. Y encima él, por naturaleza, tenía un carácter más tranquilo, hipócrita que yo. Eso hacía que a mi parecer pareciera apacible. A mí, por supuesto, esta situación me alegró mucho. Me decía para mis adentros: «Ojalá aprenda él, ojalá empiece, sea como sea». Después de la pizzería, fuimos a mi casa, a 50 kilómetros de distancia. Estuvimos hasta la medianoche. No hubo mucho de temas espirituales profundos. Uno se llamaba Bernd; el del mal acento, Schmid. Si no me equivoco, Schmid tenía entonces 19 o 20 años. Su aspecto externo se parecía mucho al de un turco. Y ese, a mi parecer, era su mayor problema. Bernd era seguramente dos años mayor que él. Bernd era una persona tranquila, de carácter apacible. Si dijera que era alguien a cuyo lado cualquiera se sentiría cómodo, seguramente no me equivocaría. En mi opinión, cuando esto es excesivo, también puede convertirse en una gran trampa para uno mismo. En aquel entonces nunca pensé que la relación que tendríamos con este amigo, a pesar de un montón de obstáculos y prohibiciones, se prolongaría hasta el día de hoy. A pesar de que amaba mucho el dinero y su propio interés en las cosas relacionadas con el dinero, su carácter tranquilo y apacible tapaba estos malos rasgos suyos. Yo siempre intenté ver sus lados buenos. Aunque de vez en cuando les dije a la cara sus errores en beneficio de su propio interés, ni ellos cambiaron ni yo.

Antes de despedirse a medianoche, dijeron que también había reuniones en las que se hablaba turco. Querían que fuéramos allí. Esta situación nos había despertado el interés. Porque cuando se decía «religión», siempre nos venían a la mente personas mayores. Que gente joven, de nuestra edad, diera valor a Dios, aunque solo fuera en apariencia, no era algo con lo que uno se topara todos los días en la calle. Los otros que venían a verme también me habían invitado mucho a las reuniones en su propio idioma, es decir, en alemán, pero yo no había querido ir. Para que no fuera una descortesía, fui una vez. En sus reuniones, naturalmente, las personas cercanas a ellos también eran de su edad. También había jóvenes, habían venido a la reunión con sus padres. Y además, para mí ellos eran personas extrañas. O quizá fui yo quien percibió ese ambiente. Pero las cosas que se decían y demás no me llamaron tanto la atención. No era en mi propio idioma, para entender tenía que pensar antes. Y mientras tanto, se me escapaban las demás palabras. Porque estos temas debían llegar al corazón de la persona. No eran cosas simples y superficiales que se entendieran sin pensar. Cuando se dice manzana, pera, enseguida las visualizo ante mis ojos, no necesito pensar en absoluto. Pero estos temas no eran simples como manzana, pera. Y aunque llevábamos años viviendo en Alemania, este idioma que se usaba casi no se empleaba en la vida cotidiana. Es decir, para nosotros era como un idioma nuevo. Por eso, cuando dijeron «también hay reunión en turco», nos interesamos. Pero la razón más importante eran Bernd y Schmid. De lo contrario, no iríamos a aquella reunión que estaba a 200 kilómetros ida y vuelta, un domingo al despuntar el alba. Además, nos había gustado su amistad de aquel momento. ¡Y sin embargo ellos rendían informe por estas visitas que nos hacían, y hacían todo esto con un sentido de deber y de obligación! Para mí, como en el asunto estaba Dios de por medio, ir allí era muy importante.

En este primer encuentro nuestro yo, por mi parte, quedé influido. Por ejemplo, el asunto de fumar. Aunque lo hicieron como burlándose, influidos por mi hermano, tenían razón. De todos modos, yo no creía que nadie estuviera pensando en mí. Aunque fuera con oposición o incluso con burla, el tema del que se burlaban era cierto. Esta situación de todos modos me incomodaba a mí también. Para que no oliera a cigarrillo, en el salón y en muchos otros lugares de la casa nunca fumaba. O bajaba al sótano, salía al jardín y fumaba allí, o fumaba en la cocina. Allí teníamos una estufa; cuando acercaba la punta del cigarrillo a su orificio, se tragaba todo el humo hacia dentro. Quienes veían esta situación se reían conmigo diciendo: «Lo tuyo no es fumar, es una tortura». El olor del cigarrillo también resultaba molesto después. Y a veces sé que oraba a Dios incluso con el cigarrillo en la mano. Y cuando digo orar a Dios, será más correcto si digo que hablaba con Él.

Al orar, en realidad no es necesario que adoptemos una postura especial. Las formas de orar que practican los musulmanes, los cristianos e incluso los judíos no son un mandato de Dios, a lo sumo son solo un orden establecido por ellos mismos. Si digo que es para mantener un orden al adorar en lugares concurridos, entonces ¿por qué también en casa adoran de esa forma? Si digo que es porque les sale de dentro, es imposible creer eso también. En las Sagradas Escrituras, incluido el Corán, no hay ninguna regla estricta sobre la forma de adorar. La intención del versículo que dice «postrarse en tierra» es en el sentido de respeto. No es una descripción de la oración ritual ni nada por el estilo. Salât significa exaltar; y «levantarse para el salât» significa «levantarse a adorar, a exaltar a Dios». Vuelvo a señalarlo: no hay reglas estrictas sobre la forma de adorar. Si buscamos a toda costa una regla, esa es acercarse a Dios con todo el corazón lleno de amor y respeto, y hacer esto con un espíritu sincero más que con el cuerpo. Esto es lo que Dios espera de las personas como adoración. Sobre este tema, como también los judíos, igual que los musulmanes, defendían adorar a Dios en un lugar y de una forma determinados basándose en el conocimiento derivado de la antigua ley, a una mujer que creía así Jesucristo le responde de esta manera (pues algunas reglas solo eran válidas hasta que Jesús viniera):

«…Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren» dice en el Evangelio de Juan 4:19-26.

La verdadera forma de adoración es esta. La persona debe presentarse ante Dios con palabras que salen de su espíritu, de su interior, no con palabras que no entiende. Y sin embargo, solo sobre estas reglas de adoración, el mundo musulmán tiene, bajo los nombres de «oración ritual y súplica», libros de reglas dos o tres veces más gruesos que el Corán. Ninguna de las reglas que allí están escritas pueden conciliarlas con los versículos del Corán. A esos niños que nunca han leído el Corán en su propio idioma ni han sido animados a leerlo, les enseñan, con volúmenes gruesos, con figuras de trazos negros, con reglas que determinan hasta sus formas, cómo se realiza la oración ritual. En resumen, esas reglas rígidas, absurdas e interminables que se han inventado en sus cabezas sobre cómo se adora a Dios, han intentado meterlas durante años, sin desfallecer ni cansarse, en esos cerebros pequeñitos. Algunos mandan a sus hijos a los 7 años a esas mezquitas, a los cursos de Corán, y esperan que reciban educación de allí hasta la edad del servicio militar. Y la educación que ellos reciben allí es casi únicamente aprender estas reglas. Al hacer la ablución, ¿con qué mano tocará primero qué parte? ¿Está en estado de ablución o se le ha roto la ablución? Si se mete al mar, ¿nadar rompe el ayuno? Esto es lo que se enseña a niños de diez, doce o dieciséis años. Y aparte las palizas que reciben esos niños por causa de estas cosas, los castigos que se les imponen. Estas son solo las reglas corporales de la oración ritual; y además está el asunto de que se ha de recitar en árabe, con oraciones que no entiende y que nunca podrá entender. Si avanza aún más, aprenderá el árabe como si fuera su lengua materna, ¡para poder leer el Corán! Y luego que se atreva alguien como yo a hablar del «amor de Dios». ¿Acaso quien lo lea no pensará para sus adentros: «¿Este asunto es así de sencillo? Nosotros no logramos terminar sin errores el libro de cómo se hace la oración ritual en toda nuestra juventud»? En el islam se empieza ya desde niño a dar a conocer a Dios y, si es posible, a hacer que se ame a ese Dios que se les da a conocer, con estos estímulos.

Al leer estas cosas escritas, ¿pensáis que estas personas son ignorantes? ¿Decís: «¿Esta necedad solo existe en nuestro país?»? Venid a ver a los religiosos de América, de Europa. En este libro hablaré una y otra vez, a menudo, de los testigos de Jehová, una de las religiones cristianas más numerosas. ¿También a ellos los llamaréis «ignorantes»? No sé si son inteligentes o ignorantes, pero, dado que gobiernan el mundo, saben muy bien lo que hacen. Y además, el objetivo de todas estas religiones ¿es de verdad hacer que se ame a Dios? ¿Acaso trabajan afanosamente para esto? Antes de decidir enseguida para qué trabajan, veamos, como dijo Jesucristo, sus frutos. (Mateo 7:15-23) ¿Cuántas personas hay sobre la faz de la tierra que conozcan a Dios y de verdad lo amen y sientan ese amor? Pero ¿cuántos miles de millones de personas hay que, por causa de las religiones, de los religiosos y, por desgracia, por medio de ellos, se han alejado de Dios con odio? Según vosotros, ¿en qué asunto han tenido éxito estos? ¿En hacer que se ame a Dios, o en apartar de Él y hacer que se le odie? En aquello en lo que hayan tenido éxito, pues esos son sus frutos y aquello por lo que se afanan. Además, las mayorías numéricas que figuran automáticamente en los documentos de identidad y en las estadísticas respecto a las religiones no son una prueba de amor.

Volvamos de nuevo al tema de la adoración, al inclinarse en la adoración. Las personas se han postrado en tierra también ante los reyes. En Génesis 18:2 se dice que el profeta Abraham se inclinó hasta el suelo también ante unos hombres a los que había invitado y a los que no conocía en absoluto. Entre los chinos, los japoneses, en el Lejano Oriente, inclinarse ante las personas sigue siendo una muestra de respeto. Entre nosotros la situación tampoco es muy distinta. Ante Dios, por supuesto, también uno se inclina. Y es ante Él ante quien de verdad uno se inclina. Pero esto muestra nuestro respeto, no que la adoración deba tener a toda costa una forma determinada. En algunas traducciones de los Evangelios, el original de los versículos que dicen «adoró ante Jesús» significa «se postró, se inclinó». Como el primer Evangelio se redactó en griego, y en griego las palabras «postrarse» y «adorar» se entendían como sinónimos, algunas traducciones, con el fin de apoyar esa absurda doctrina de la trinidad del cristianismo, tradujeron esta palabra como «adorar». Y sin embargo, Jesús no hizo que nadie lo adorara a él; al contrario, subrayó que, si había alguien a quien se debía adorar, ese era Dios, y lo demostró siempre también en su vida. (Mateo 26:38-44 Juan 20:17) En resumen, postrarse y adorar no son la misma cosa. Aunque se adopte la misma postura corporal, esto no se hace con la misma actitud del corazón. Aunque yo me incline ante muchas personas por respeto, no lo hago ante ninguna persona con la misma actitud del corazón con que lo hago ante Dios. Por eso, en la adoración no tiene importancia la forma de nuestro cuerpo. Lo mucho más importante es el amor y el respeto que sentimos de corazón hacia Dios. Y esto tampoco se manifiesta necesariamente en la apariencia externa. La persona puede hablar con Dios y orar sentada, caminando, acostada, comiendo, trabajando y en cualquier otra situación que no haya nombrado. Junto a esto, por supuesto, también se adora a Dios en una habitación tranquila y cerrada, con una postura respetuosa, y también en un lugar concurrido. Lo que quiero decir con esto es que no hay una regla corporal ni un lugar estrictos para acercarse a Dios. De nuevo, como he dicho, si a toda costa se quiere poner una regla, esa es el amor, el respeto y exaltar a Dios haciendo lo que Él quiere. Y esto tampoco se manifiesta al instante mediante formas tomadas de la apariencia externa.

En fin, sigamos contando sin volar de un tema a otro. Sí, hablando con Dios en cada oportunidad, le abría mi corazón. Pues a veces, cuando hacía esto con el cigarrillo también en la mano, empezaba a sentirme incómodo. Aunque no en el sentido de una falta de respeto. Por ejemplo, hablar con Dios para mis adentros mientras comía no me incomodaba. Pero fumar era, a mi parecer también, algo que Dios no quería. ¿Quién quiere que su hijo —tenga la edad que tenga— se vuelva adicto al tabaco? Hablo de las personas normales. Ya han empezado a escribir hasta claramente en las cajetillas «el tabaco mata». No puedo decir que Dios «quiera» jamás que nos empujemos a nosotros mismos hacia la muerte de esta manera. Los Testigos tienen muchos aspectos injustos y equivocados, pero en este asunto del tabaco les doy la razón. Pero no son la única religión en este tema. Los mormones (esto también es una religión), aparte del tabaco, perciben incluso beber té negro o café como pecado. Con esto quieren indicar que el té negro y el café son perjudiciales para la salud humana. Quiero subrayar que no son solo los Testigos quienes evitan ciertos alimentos y bebidas; hay incluso otros más fanáticos. Sí, debía dejar el tabaco. No solo porque pensara en mí mismo, sino que ante todo debía hacerlo porque amaba a Dios.

Mi primera esposa fumaba mucho. Una vez le había dicho: «¿Me amas?». Había dicho: «Sí». Cuando le dije: «Bien, ¿me amas más que a ese cigarrillo?», comprendiendo la situación, intentó zafarse del tema diciendo: «No digas tonterías, ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?». Yo quería que lo dejara, o que al menos lo redujera. Fumaba de aquellos Maltepe interminables de olor agrio. Y esto llegaba a ser casi un paquete al día, incluso dos. Entonces me vino a la mente esa pregunta que le había hecho a mi esposa. Es decir, que si yo tampoco lograba dejar el tabaco —según mi propia lógica— amaba el tabaco más que a Dios. Así es; con esa misma lógica se lo había preguntado yo a mi esposa. Y eso que yo por lo general fumaba cinco o seis cigarrillos al día, y esos con boquillas que retienen la nicotina y el alquitrán. Aquellas boquillas no eran como las de ahora. Las limpiaba yo mismo abriéndolas por dentro con alcohol. Incluso al ir al servicio militar me llevé conmigo la boquilla y los materiales necesarios para limpiarla. A veces, cuando se llena y esa nicotina te llega a la boca, no sé si sabéis qué sabor de una amargura tan repugnante tiene. Quienes hayan fumado con boquilla lo saben. No es ni siquiera del tamaño de una gota, pero por muy ínfima que sea, es terriblemente repugnante. ¡Pues esto es lo que aspiramos a nuestros pulmones! Y quizá hayáis oído que una sola gota de nicotina mata a un conejo.

Estar con una mujer que huele a tabaco era desagradable. En el tema de que mi esposa dejara el tabaco, en cierto modo también pensaba en mí mismo. En cambio, Dios solo piensa en nuestro bien. Dejar el tabaco fue doloroso y difícil. En una gran angustia mía, mientras suplicaba a Dios, una voz, como desde mi conciencia, me dijo estas palabras: «¿Ahora pides ayuda a Dios, por quien ni siquiera has podido sacrificar todavía el tabaco?». Aquel día hice una promesa y dejé el tabaco. Todavía hoy, después de 24 años, no he fumado ni uno solo. A veces sueño que fumo. Me despierto con miedo, y cuando comprendo que era un sueño, me alegro.

En aquel entonces le había prometido a Dios: «Dejaré el tabaco», pero solo aguanté apretando los dientes una semana, dos semanas. Por dentro volvía a pasárseme por la cabeza fumar. Incluso, engañándome a mí mismo, decía: «Pero yo lo prometí, no lo juré». Sin embargo, en aquel entonces asistir a las reuniones de los Testigos me benefició mucho en este asunto. Justo cuando estaba pensando estas cosas, aquel domingo el orador dio un discurso sobre «la importancia de cumplir una promesa». Mostró con versículos, en su lugar, que «Dios pide cuentas del alma de quien promete y no cumple». Prometer para con Dios era muy importante. En realidad tenía el mismo significado que jurar. El juramento se hace en el nombre de Dios, mientras que la promesa parece algo que solo se usa entre las personas. Pero en ambos casos, cuando la persona no cumple, se vuelve claramente mentirosa, y esto es algo que Dios detesta. Cometemos muchos errores, muchos pecados, pero si, sabiendo lo que sabemos, no lo aplicamos a propósito, sino que hacemos justo lo contrario, sin duda debemos pagar el precio. Y por lo general ese precio resulta muy alto. De aquel discurso que escuché, en el tema del tabaco y en el asunto de la promesa que había hecho a Dios ligada a ello, ya tenía yo suficiente conocimiento. Todavía hoy veo aquel discurso como si se hubiera dado solo para mí. Con las cosas que escuché a lo largo de todo el discurso y con las pruebas que leí de las Sagradas Escrituras, aprendí que ya debía borrar por completo de mi mente el fumar. Porque yo también había hecho una promesa. Quien dio el discurso era una persona corriente. En años posteriores, en los congresos y demás me fijé en él, por si acaso había sido la capacidad de aquel orador la que me había influido. No, al contrario, no era en absoluto un orador tan dotado. Pero los versículos que mostró sobre este tema y la idea que defendía eran correctos. Y fue eso lo que me influyó. Más adelante también conocería a oradores dotados. Por muy eficaces que sean, si la persona no está decidida a cambiarse a sí misma, para quien lo escucha ese orador es como un buen cantante. En resumen, si la persona no da cabida en su corazón a esas palabras, su efecto también es cero. (Ezequiel 33:31-32) Es decir, yo había quedado influido por aquellas palabras más que por el orador. Además, este tema del tabaco no aparece en absoluto en las Sagradas Escrituras. No dice claramente «no fuméis». En aquel entonces de todos modos no había tabaco, para que lo dijera. Pero hay un principio, y es el de 2.Corintios 7:1, que dice: «Mantén limpios tu cuerpo y tu espíritu». De ninguna manera puede decirse que el tabaco mantenga limpio el cuerpo humano. Igual que esto, tampoco es correcto comer ni dar de comer un alimento echado a perder. Salvo situaciones de necesidad extrema, pero comer sin necesidad, por pereza, o vender por avaricia una carne echada a perder, es como fumar tabaco, hachís, heroína. O servir a la gente alimentos preparados en la suciedad es lo mismo. De estas cosas que he enumerado solo son distintas las dosis y los efectos. Tanto quien roba una bicicleta como quien roba un coche es un ladrón. Como el coche es más valioso, esa persona no es ni más ladrón, ni quien roba la bicicleta es menos ladrón. Solo que el precio del castigo que esas personas pagarán ante la ley es distinto desde el punto de vista material. Pero esto no los libra de ser ladrones. Porque el robo, sea cual sea su cantidad y su valor, no se ajusta a los principios de Dios. Igual que a una persona meticulosa que se esfuerza por mantener limpio su cuerpo, si fuma, ya no le quedará ningún sentido a esa meticulosidad y a esa limpieza.

En realidad, aparte de los problemas de salud del tabaco, ¿no me molestaba también su olor? Y no solo el olor del tabaco; al cocinar también, si le había puesto la tapa a la olla, se la ponía para que no saliera el olor. Y cuando tenía que mirar la comida, sacaba la olla o la sartén por la ventana hacia la calle y abría así la tapa. Cuando salía una enorme nube de humo, siempre me alegraba como un niño. «¡Uf! De lo contrario este vapor grasiento se iba a esparcir por dentro de la habitación y íbamos a oler fatal». Más adelante compramos extractores, los conectamos a la chimenea para que el olor saliera afuera, pero aun así no queda del todo bien. Los hay muy caros, de motores potentes. En mi opinión, aunque el olor no se vaya al cien por cien, uno puede reducirlo muchísimo. Mi esposa, con la que llevo casado casi veinticinco años, en cambio, todavía hoy no presta ninguna atención a estas cosas. Entra al baño con la puerta cerrada, y si ella está cocinando, lo notas por el olor. Quiero decir que no todas las personas perciben del mismo modo estas molestias del olor. A pesar de que la razón más grande que me alejó del tabaco fue mi promesa, he intentado expresar también, naturalmente, cuánto me repugnaba el tabaco.

En los días de invierno, en aquellos grandes almacenes de cuatro o cinco plantas con escaleras mecánicas, cuando algunas personas pasaban a mi lado, percibía el olor a comida que llevaban encima. La ropa de algunos turcos por lo general olía a grasa y a tabaco. En los meses muy fríos del invierno, incluso mucha gente olía así encima. Como hace frío, no ventilan. Y además, como los turcos en su mayoría hacen la comida en casa, se produce este problema. Los alemanes no cocinan mucho en casa con olla y sartén. Sobre todo si marido y mujer trabajan. Ellos por lo general comen salami, salchichas o cosas ya preparadas. Y como el döner ha llegado casi hasta el último pueblo, resuelven ese problema de la comida comprando döner, pollo o pizza. Los que quedan de antaño, quien no impregna su casa del olor de la col agria, ese plato nacional de los alemanes, ese ya no es alemán. Los jóvenes siempre buscan lo cómodo. Por lo general todos compran cocinas carísimas para sus casas, pero por miedo a que salga trabajo no son capaces ni de hacerle un café a alguien. No puede decirse que los turcos no se hayan visto afectados por esta situación. Este no hacer nada les ha venido bien también a las nuevas generaciones que se han criado aquí. Su famosa hospitalidad también se ha ido al traste de esta manera. En realidad esto debe estar dentro de la persona. La generosidad, el sacrificio, el amar; si estas cosas se hacen a la fuerza, la calidad se echa a perder. Al mismo tiempo produce infelicidad, y encima se convierte en odio. Esto era así también cuando se vivía en Turquía. Aquellas personas hacían la hospitalidad a la fuerza, por miedo a la sociedad, porque temían las habladurías. ¿Cuántos la hacen porque les sale de dentro, con gusto, sintiendo felicidad? Lo que sea que hagan, las personas lo hacen mirando a quien tienen delante. Según ellos, si el huésped es alguien valioso, vale la regla de que a quien va a venir una oca no se le escatima una gallina. Y muchos son conscientes de que es así. Por eso, si has valorado a alguien de una manera muy hospitalaria, esa persona se atribuye a sí misma el honor y piensa para sus adentros: «Mira qué persona tan valiosa debo de ser para que me traten así». Las personas están tan corrompidas, sus conciencias tan cauterizadas, que o bien no se las valora en absoluto, o cuando hay alguien que da al azar, atribuyen el honor no a quien da ese valor, sino de nuevo a sí mismos. Según ellos, todo se basa en el interés. Los alemanes, en cambio, se mueren de miedo ante el buen trato de alguien sin ton ni son. Se incomodan pensando: «¿Qué me va a pedir este?». Y para no quedar en deuda, buscan enseguida darle algo que, según su criterio, sea una contrapartida: una bebida, chocolate o algo así. Sopesando ya que sea del valor de lo que sea que le hayas dado o le hayas hecho. Que las personas se den cosas unas a otras, que muestren su aprecio, su gratitud, por supuesto que es bueno. Pero con el tiempo notarás enseguida si esto se hace o no con una actitud del corazón así. Igual que casi no vuelves a ver a esa persona, además parece que hay hielo de por medio. Comprendes que, sea lo que sea lo que tú hayas hecho, en realidad, con lo que da parece querer decir: «Toma y cállate; yo tampoco te debo nada a ti». ¡Estos son los orgullosos y justos alemanes! Y también los hay descarados, que son como una azuela de tornero. En cuanto han olido que eres generoso, en cada cosa que te toman adoptan además una postura como si te estuvieran haciendo un favor. Es decir, ¡hasta el que te saluden es, según ellos, un gran favor, un regalo! Por eso nosotros los turcos casi les hemos lamido las posaderas alguna que otra vez. Y ellos, a su vez, se han mostrado como si se vieran obligados a soportar cada cosa que sale de corazón que hacen esos turcos. Es decir, es como si el hombre te ofreciera halva diciendo «toma, come», e insistiera encima, y el alemán se lo tragara a duras penas. Y a veces tienen razón en sentir fastidio por esa insistencia absurda. Estos son problemas que valen para ambas culturas. El turco da halva, y para dejarlo contento le da también vino. Y en cuanto, después, ha visto una cara sonriente, ¡seguro que vuelve con algún problema suyo! Con problemas interminables. Cuando una persona se pone a difamar a una sociedad, si es imparcial ve que ambos lados tienen muchas carencias. El color y la forma pueden ser distintos. Pero por lo general los alemanes tienen miedo de alguien que enseguida se comporta bien y con cara sonriente. Yo también tengo miedo, pensando: «A ver qué va a salir de esto». Sin embargo, como yo mismo conozco estas situaciones, me he esforzado por no dejarme vencer por estos sentimientos míos. Dios también subraya de vez en cuando que es muy erróneo, o puede serlo, que nos comportemos según nuestras emociones, nuestros sentimientos. (Jeremías 17:9)

Las personas siempre se difaman unas a otras. Quizá esto sea lo más fácil. Di de alguien a quien no conoces en absoluto que es malo, y seguro que le cuela. Pero esto tampoco significa que seas alguien que entiende todo al instante y desde lejos. Sí, la humanidad puede ser errada, defectuosa e incluso mala. Por eso también tus opiniones sobre esa persona pueden acertar, más o menos, como las mujeres adivinas. Pero hasta que se mira siempre a las personas con ojos de «a ver qué defecto tiene», ¿por qué no se mira con ojos de «qué lados buenos tiene»? Encontrar la buena cualidad de una persona es difícil, pero las cosas difíciles dan felicidad. Destruir es muy fácil, pero construir; lo difícil es construir. En la construcción de un puente trabajan miles de obreros, ingenieros, maquinaria y herramientas, y terminarlo lleva años. Pero para derribarlo a veces basta con una sola persona. Colocar las bombas en los lugares donde va a colocarlas y derribarlo no le lleva a esa persona ni unas pocas horas. A veces basta incluso con pulsar un botón para destruir. Ser constructivo, edificar es difícil, pero hermoso; destruir, en cambio, es fácil y feo. Vivimos en una época en la que se da mucho esfuerzo para que las relaciones humanas lleguen a este estado destructivo. Las relaciones humanas y las amistades de años son exactamente como la construcción y la destrucción del puente de esta comparación. Las relaciones que han sido buenas durante años, incluso durante toda una vida, desaparecen de golpe. Es muy fácil derribar en un instante, con un comportamiento o unas palabras erróneas, los sacrificios, las amistades, las palabras hermosas, los amores, la convivencia que ambas partes se han mostrado la una a la otra. Aun así puede repararse, pero esto es difícil y trabajoso como edificar. La mayoría de las veces las personas huyen de este trabajo penoso. Por alguna razón, alimentar sentimientos como el odio, el rencor, el orgullo, la ira, la envidia y los celos les parece más fácil.

En el tema de la hospitalidad me vino a la mente el patriarca Abraham. Se inclina ante unas personas a las que no conoce en absoluto y les suplica, y les dice: «No pases de largo sin quedarte junto a tu siervo; por favor, que se traiga un poco de agua, lavaos los pies, descansad bajo el árbol; traeré un pedazo de pan para que fortalezcáis vuestro corazón; después seguiréis vuestro camino» dice en Génesis 18:1-8. Estas son personas a las que Abraham no ha visto ni conocido nunca. Y Abraham es alguien muy rico; en el libro se dice que «la tierra no podía soportar su riqueza». Tiene muchos rebaños, animales, esclavos y esclavas. Si lo comparáramos con los ricos de nuestra época, en realidad Abraham quedaría muy pobre a su lado. Aquellas tres mil, cinco mil ovejas, burros, terneros que él poseía entonces son hoy una fortuna que es el ahorro de muchas personas no solo en los países ricos, sino también en nuestro país. La forma es distinta. En lugar de rebaño de ovejas, tiene dinero en el banco, casa, coche, jubilación y demás. En aquel entonces estas personas vivían en tiendas en el desierto. Hay un dicho de que sacaban el pan de la piedra; pues así lo ganaban. En nuestra época obtener harina fina con dinero es el alimento más barato. La harina gruesa o integral casi ni se vende. En tiempos de Abraham, poder hacer siquiera esa harina fina era una labor terrible. Y fijaos en su humildad: a los que llegan les dice: «venid a comer un pedazo de pan y fortaleced vuestro corazón». Y mientras tanto corre enseguida a su mujer y le dice: «date prisa, prepara panes con harina fina». Corre al rebaño, escoge un ternero del rebaño y se lo da a su criado ordenándole: «matad el ternero joven y preparadlo enseguida». ¿Podéis visualizar todas estas escenas ante vuestros ojos? Abraham, que estaba sentado tranquilamente en la entrada de su tienda en el calor del día, al ver a estos que llegan se pone en una acción tremenda. Corre de aquí para allá, da órdenes a su mujer, a su criado.

Ahora, ¡a qué mujer se le pueden dar órdenes de «hazles enseguida panes a esos hombres a los que no conozco en absoluto»! Y si se le dan, ¿acaso esa mujer, en lugar de la masa, no metería al marido al horno y haría panes en el horno?! O bien: «¡Sin tener ningún interés, con estos hombres que pasan por la calle, ¿qué te pasa, hombre, te has vuelto loco!», ¿no diría eso? Una mujer como Sara no diría eso. Ella es alguien que, incluso desde su corazón, desde su interior, se dirigía a su marido con el trato de «señor». (Génesis 18:12 y 1.Pedro 3:5-6.) Qué distintos son estos ejemplos de las personas de nuestra época, de sus religiosos, y sobre todo de la mentalidad y de las prácticas de las mujeres de los testigos de Jehová, que afirman que no se salvará nadie más que ellos mismos.

Si os habéis fijado, dijimos: «Abraham tiene también un montón de esclavos y esclavas». Si algo así ocurriera en nuestra época, ni siquiera el mejor de entre ellos se levantaría en persona a invitar a esas personas, sino que enviaría a su esclavo y le haría decir: «Pregunta a ver qué quieren». Fijaos en el respeto de este hombre, y por encima de todo en el amor. Si no amara, de todos modos no podría hacerlo. Es seguro que ama a las personas, porque él mismo es humano. Bien, ¿y cómo era su mujer? ¿Era una calva, ciega, sarnosa? ¿O es que estaba muy necesitada y, como no tenía a nadie, obedecía a Abraham a la fuerza? Al contrario. En el versículo se dice que, cuando Sara fue a Egipto con su marido Abraham, «en todo Egipto no había mujer más hermosa que ella a la vista». Es más, como Abraham tenía miedo a causa de la belleza de su mujer, para que no lo mataran y le quitaran a su mujer de las manos, encargó a su mujer Sara: «di que soy tu hermano». Y su mujer comprende esta situación. ¡Que en la época actual un marido le diga algo así a su mujer! En primer lugar, ese hombre quedaría en cero a los ojos de la mujer. En segundo lugar, la mujer abriría la boca y cerraría los ojos. Empezaría diciendo: «¡Pero ¿tú eres un chulo?!», y el final ya podéis imaginarlo. Y esto no porque sean honestas ni nada por el estilo; al contrario, este tipo de mujeres son mucho más expertas en excitar a los hombres. Esta moda es famosa en Europa. En cuanto la mujer ve delante a otro hombre que le pone caliente, con el que está al lado ya no hay nada que no haga. Y esto lo hace no porque ame mucho al que tiene al lado, sino para poner caliente al que tiene enfrente. ¿Es que no tienen casa acaso? Y en casa están entre ellos como el perro y el gato. Ese gran espectáculo o se hace para excitar a los de fuera, o porque no quieren frenar sus instintos animales.

Que el rey de Egipto, del que se habla respecto a Abraham en Génesis 12:10-20, tomara como esposa a Sara, la mujer de Abraham, que no se saque enseguida el significado de que Sara entrara en el lecho del rey. Porque los reyes, cuando se casan con alguien, como ocurre en nuestra época, no se acuestan enseguida con ella esa misma noche. De todos modos, el rey tiene un montón de mujeres y esclavas también. En el libro de Ester, capítulo 2, versículo 12, está escrito que la costumbre de los reyes era así. No sé si ellos eran más dueños de sí mismos y más tranquilos que los reyes de nuestra época, pero desde luego no tenían la prisa y la impaciencia de nuestro tiempo. Y además Dios se ocupa de Abraham y de Sara. Y encima Dios tampoco permitiría algo así. Si se dice: «El Dios que en nuestra época lo permite todo, ¿por qué entonces no lo permitía?»; pues entonces también lo permitía, pero con Abraham, a quien había elegido, Dios tenía un plan. Además, sucesos como este se escribieron en las Sagradas Escrituras también para dar a conocer a Dios. Y de haber ocurrido algo así, sin duda figuraría en el escrito. Por ejemplo, un hombre se acuesta con la hija de Jacob sin casarse con ella y la ama mucho. El padre del hombre y el hombre vienen y suplican: «Por favor, dadle vuestra hija por mujer a mi hijo». Aun así, dos de sus hermanos varones, con ira, «¿por qué se acostó con nuestra hermana antes de casarse?», con engaño pasan a cuchillo a todos los hombres que viven en aquella ciudad. Es decir, los degüellan, derraman sangre inocente. (Génesis 34:18-31) Lo que quiero contar aquí es que aquellas personas no tenían la moral de una mujer que, como ahora, entra en el lecho de alguien de quien ni siquiera sabe el nombre. Y cuando digo aquellas personas, me refiero a las que conocían a Dios. Por todo esto, antes de que Sara tuviera una relación así con el rey de Egipto, Dios tomó su medida preventiva. De lo contrario, esa medida preventiva tampoco tendría sentido. Y el rey, al enterarse de esta situación, devuelve enseguida a la mujer de Abraham, porque dice claramente que no lo sabía. (Génesis 12:10-20 y mirad, por favor, los versículos del capítulo 20 de Génesis.)

Junto a esto, existían al mismo tiempo también sociedades moralmente muy degradadas. Por ejemplo, las ciudades de Sodoma y Gomorra. Ellos, lejos de invitar a casa al hombre que entraba en la ciudad, darle de comer y de beber, encima lo atacaban para violarlo. De todos modos, aquellas personas a las que Abraham invitó sin saberlo eran ángeles. Sin duda Abraham también se dio cuenta más adelante de que eran ángeles, pero es seguro que hasta que llegaron a su lado y él los invitó no sabía tal cosa. La misión de los ángeles era sacar de allí y salvar al sobrino de Abraham, Lot, y a su familia, antes de incendiar y destruir Sodoma y Gomorra. El pueblo de Sodoma y Gomorra, en cambio, mostraría hacia aquellos ángeles una reacción completamente distinta. Querrían violarlos. Ellos sin duda no eran como Abraham. A pesar de que los ángeles golpearon con ceguera a la gente de aquella ciudad que atacaba la casa, en el escrito se dice: «a pesar de todo no cesaron, hasta que se cansaron de buscar la puerta». Génesis 19:11

¡Fijaos en su empeño! Si yo hubiera estado dentro de aquella ciudad, entre aquella misma gente pervertida, vamos, al menos cuando me hubiera quedado ciego mostraría por lo menos una reacción de desconcierto, me ocuparía de mi propio problema. Como dicen aquello de «hay muerte, no hay vuelta atrás», por sus fines pervertidos hasta la ceguera les da igual. Y lo que quieren atacar y conseguir tampoco son mujeres hermosas y maravillosas, sino hombres velludos y barbudos. Atacan para tener relaciones hombres con hombres. Así que las personas pueden pervertirse hasta este punto. Sin embargo, Lot era distinto. Él, sacando afuera a sus hijas, dice: «Tomad, aquí están mis hijas que no han conocido varón; haced con ellas lo que os parezca bien a vuestros ojos, pero no toquéis a estos hombres». (Todo el capítulo 19 de Génesis.) ¿Quién se pone ahora a proteger así al huésped que ha venido a su casa? ¿Nadie? Entonces, ¡ay de nosotros! Es decir, que la persona diga: «Aquel hace así, este hace así y nos vemos influidos» es una excusa. La persona valiosa puede conservar su valor en cualquier lugar. Si nosotros no lo hacemos, si nadie lo hace, esto no nos salva ni a nosotros ni a nadie. «Solo se salvará quien haga lo correcto y lo justo»; Dios hizo redactar estas ciudades de Sodoma y Gomorra para que nos sirvieran de ejemplo a nosotros los humanos. (1.Corintios 10:11) Además, el profeta Lot, al ofrecer sus hijas a aquellas personas, pensó quizá que así podría frenarlos. Lot, siendo alguien que vivía entre ellos, sabía que no podrían hacerles tal cosa a sus propias hijas. Porque las hijas de todos modos vivían en aquella ciudad, y si hubieran tenido un propósito así, aquella gente pervertida podría haberlo hecho en cualquier momento. En resumen, Lot no ofrecía «tomad a mis hijas, haced lo que queráis» a cada uno que se plantaba a cada momento a su puerta soltando insolencias. Y de todos modos los hombres, comprendiendo el propósito de esta advertencia de Lot, se enfurecen aún más con él. (Génesis 19:6-9)

Es decir, que, como piensan muchos, nadie puede afirmar respecto a la actitud y el comportamiento de Abraham: «En aquellos tiempos de todos modos todo el mundo era así». En aquellos tiempos, en algunos lugares había quizá una brutalidad y una ilegalidad aún más terribles que las de ahora. Leemos que esto era así. Pero no estaba tan extendido como en nuestra época actual. Ahora todo es global, es decir, ocurre a escala mundial.

Detrás de la bondad siempre se busca una excusa. Como he mencionado arriba, ¿es una persona sonriente, hospitalaria, generosa, de carácter apacible?; muy bien, para ellos seguro que hay una razón de esta situación. O es así por su interés, o seguro que de este asunto va a salir algo. No pueden comprender ese comportamiento de la persona que nace, sin esperar nada, solo porque es lo correcto y del amor a las personas. Y encima, si la educación y la cultura que ha recibido la persona no son del tipo que ama al huésped, si tampoco hay amor dentro de ella, mira con malos ojos a quienes muestran este amor y se esfuerza por humillarlos. Como la mala conciencia que tenían mis amigos fumadores en la escuela cuando yo no fumaba. Este también es un método que las personas usan contra las buenas cualidades que ven delante, porque ellas mismas no las practican. Si alguno de los suyos, uno de cada cuarenta, se comportó bien así, seguro que también ha ocurrido algo negativo. Es decir, su buena intención y su amor han sido usados para mal. Por eso humillan ese sentimiento diciendo: «¡Y qué es eso del amor!». Como él mismo no lo siente, y si además ha visto siempre esto a su alrededor, esta frialdad se convierte para él en una regla, en una ley que nunca cambia. Y según él, nadie tiene eso que llaman amor. Por desgracia el pensamiento general es así. También hay razones que empujan a esas personas a este pensamiento. A las personas que son humildes e inclinadas al bien se les sube encima por todos lados. Personas tan bienintencionadas son de todos modos un cero a los ojos de ellos. A pesar de que odian a las personas que sueltan bravatas, les muestran más respeto y las toman como ejemplo. Piensan para sus adentros: «No importa, que me odien a mí también, pero que yo también goce de consideración». Las personas encuentran más fácil hacerse aceptar no por la vía del amor, sino por la vía del odio. Toman a esos como ejemplo, los envidian. Se obligan a sí mismas a ser así también.

Justo mientras revisaba estas líneas me sucedió un incidente. Mi padre, de setenta y cuatro años, iba a venir a Alemania, a mi lado, como huésped. ¿Acaso una persona le dice a su padre «no vengas»? ¿Puede haber semejante falta de educación? Pero para venir necesita obtener un visado. Hablamos por teléfono y mi padre me dijo: «Dicen que si vosotros hacéis la solicitud desde ahí, será mucho más fácil y rápido». Dije: «De acuerdo, padre, haré lo que esté en mi mano por lo que haga falta». Telefoneamos a la oficina correspondiente. Nos dijeron qué cosas hacían falta. Lo escribo tal cual: el último certificado de ingresos que muestre los tres últimos meses. El contrato de la casa donde vives, cuántos metros cuadrados tiene y demás. Cogimos estas cosas y fuimos. En nuestra casa trabaja también mi mujer, y solo media jornada. Pero nuestra vida y demás es cómoda y estamos bien. Vivimos sin pedir ni tomar nada de nadie. El funcionario a cargo miró los certificados de ingresos y dijo: «Esto no vale». Hace cuentas con las cifras que escribe una debajo de otra sobre los papeles. Una y otra vez para y dice: «¡No vale, vuestros ingresos son escasos!». Dijimos: «Es decir, ¿que no podemos invitar a un huésped a nuestra casa?». Dice: «En este caso no podéis». Dijimos: «Además, nuestro padre no nos necesita. Al contrario, en cuanto a bienes él es mucho más rico que nosotros». El hombre dice: «Da igual». Yo me volví hacia mi mujer y dije: «Esto también es la libertad, no puedes ni invitar a un huésped a tu casa». El funcionario lo oye, ha bajado la cabeza hacia los papeles, pero también se nota que se ha enfadado conmigo. Dijo: «Las leyes son así, no hay nada que yo pueda hacer». El «no» de todo funcionario del Estado sale de esta manera. Y nosotros somos, por así decirlo, ciudadanos alemanes. Mi esposa, en cambio, nació y se crió en Alemania. Cuando salimos afuera, me volví hacia mi mujer y le dije lo siguiente: «En realidad esta ley se aplica solo a los países con visado, es decir, a los pueblos de los países pobres. Por ejemplo, aunque un estadounidense viva incluso debajo de un puente, para él esta ley no vale. O un inglés que no tiene nada de nada, viene meneando los brazos, y a nadie se le ocurre siquiera creerse con derecho a hacerle preguntas tan absurdas. Como »¿tienes dinero en el bolsillo?«. O »¿cuánto dinero gana la familia de la casa en la que te vas a quedar?«». Las personas de los países ricos de todos modos no aman al huésped y por lo general tampoco son hospitalarias. Para ellas tampoco hay tales limitaciones. Al huésped lo ama el pobre, el desdichado. El pueblo de la nación pobre, ese es hospitalario. Y ese se topa con la prohibición de la ley que dice: «¡Si no tienes suficiente dinero, tampoco puedes traer huésped!». De todos modos la humanidad vive de forma humillada, ¿no basta con eso para que encima lo apoyen con leyes tan viles? Ojalá las preguntas que hacía fueran del tipo: «¿Tiene vuestro padre antecedentes penales y demás? ¿Lo han pillado haciendo algo ilegal? ¿Va a pedirnos algo así como ayuda? ¿Ha pedido alguna vez?». Entonces lo entendería. Ese Estado que dice «no tienes suficiente dinero» nos cobra a nosotros cada año un impuesto, sea poco o mucho, y somos de nuevo nosotros quienes cubrimos el seguro de enfermedad, los medicamentos y todo lo demás que haya. No tienes suficiente dinero para invitar a un huésped, pero cuando se trata del impuesto, el Estado dice: «entonces tu dinero es suficiente, debes pagarlo». Este es el Estado. Casualmente, en aquel entonces el partido que gobernaba este Estado era también «¡el Partido Socialdemócrata!». Cuando salimos afuera, de nuevo me decía a mí mismo a mi mujer: «Nosotros hablamos de la hospitalidad de Abraham, pero si no tienes dinero, el Estado alemán dice: »Tampoco puedes ser hospitalario«».

Por otro lado, no hablemos de los terroristas, los matarifes de personas, los estafadores, los farsantes que se refugian en Alemania, de los que se quedan diez en una o dos habitaciones. Aparte del dinero que cada uno esconde bajo su almohada, Alemania les da además dinero de ayuda por cabeza. Da igual, ellos de todos modos siguen quedándose diez en esas dos habitaciones. Nosotros, gracias a Dios, sin pedir nada, desde el día que llegamos, sin poder recibir ni siquiera el fruto de nuestras manos, trabajamos y trabajábamos. Y a nosotros nos dicen: «No, tú ni siquiera puedes invitar a un huésped, no ganas lo suficiente». Y sin embargo yo mismo he visto a cuantiosos que viven a costa de Alemania. Personas de más de sesenta años que se han refugiado y reciben dinero todos los meses sin trabajar ni hacer nada. Esta es la Alemania que jubila a personas de un Estado oriental con millones de habitantes, personas que no han trabajado, que no han sido de un céntimo de provecho para aquella caja alemana, y les cambia uno a uno aquel dinero suyo que no vale nada. ¡Incluso ellos, cuando llegaron, primero odiaron a los turcos diciendo: «¿Por qué, cuando llegamos nosotros, no volvieron atrás para abrirnos un puesto de trabajo?»!

En nuestro mundo, tomes lo que tomes, por lo general todo está del revés. Estas situaciones no las abarca la lógica. Pero también comprendemos a esas personas. Porque nosotros también de vez en cuando pensamos así, nos comportamos así, hablamos así, y nosotros tampoco, por desgracia, somos distintos de ellos. Pero que seamos distintos es obligatorio. Si queremos hallar favor a los ojos de Dios, no podemos ir por el camino por el que va este mundo. Si vamos, es muy, pero que muy dudoso que nos salvemos. La diferencia está justo aquí, en saber y comprender este conocimiento y en que la persona sienta a toda costa la necesidad de cambiar algo en sí misma. Algunos critican al mundo entero y quieren cambiarlo. ¿Cuál es más fácil? ¿Cambiar el mundo entero, o a nosotros mismos en persona?

¡Testigos de Jehová!

Miércoles, 28 de enero de 2004

Las reuniones de los Testigos me habían gustado muchísimo. En aquellas salas de reunión ordenadas, limpias y sin olores me sentía a gusto. Y había otra cosa interesante: la gente de aquellas reuniones era de naciones mezcladas y, según los criterios de Alemania, gente de la clase más baja. Turcos, kurdos, armenios, árabes e incluso alemanes que hablaban turco, todos juntos se habían adaptado a aquel orden y aquella limpieza. Pero, en número general, los turcos eran una minoría muy pequeña. Y eso que la reunión se hacía en turco; por alguna razón, el número de turcos quedaba en minoría. En los congresos en turco pasaba lo mismo. En una sala de congresos para mil personas, quizá solo cien eran turcos de verdad. La razón por la que digo «turcos de verdad» es esta: algunos de los demás también eran ciudadanos turcos, pero todos ellos, además de venir antes del cristianismo, tampoco eran turcos de origen; por ejemplo, armenios, griegos, sirios. En realidad, ¿de dónde es el origen de cada uno de nosotros? Lo único que sé es que todos venimos de Adán y Eva. Lo que quiero decir aquí es que había muy pero muy pocas personas que, siendo musulmanas, se hubieran hecho Testigos de Jehová. Y eso a mí no me interesaba en absoluto. El ser humano es valioso a los ojos de Dios. Además, como habíamos visto de sobra en los alemanes lo que significa hacer distinción entre naciones, ya nos daban asco esos sentimientos. Por eso, si digo que odio el nacionalismo, creo que no mentiría. Mejor dicho, hacer distinciones y tomar partido, llamar malo a lo bueno y bueno a lo malo: para mí toda la vileza está justo ahí. Aunque a primera vista los Testigos parecían no tener esto, por la influencia de la sociedad, también dentro de los Testigos alemanes existía esa enfermedad de mirar a los extranjeros con ojos de menosprecio e inferioridad. Aun así, comparado con los demás alemanes, era una influencia pequeña. Y eso también era normal. Porque a mis propios ojos también existían un montón de aspectos de nuestra propia sociedad que me parecían absurdos y que no me gustaban. Hay una frase que se supone dijo Mahoma: «Yo soy árabe, pero el árabe no es de los míos», y esa frase yo también me la aplicaba a mí mismo; pero al ver esto casi en el odio que cada turco siente hacia el otro, terminé guardándomelo por dentro. Casi todos los turcos se odiaban unos a otros. No podían separarse los unos de los otros porque no les quedaba más remedio, pero no por amor. Si miramos las cosas con esos ojos, en realidad no sería erróneo decir que toda la gente del mundo se odia entre sí. Las cosas que defienden y a las que se aferran no son por el amor que se tienen mutuamente; la humanidad solo defiende y ama su provecho y sus intereses.

No lo olvido nunca: mientras paseaba con el tío de un amigo mío, que había venido de Turquía a Alemania para comprar maquinaria, no paraba de contarme lo poco fiables que son los turcos, sus fraudes, sus porquerías. En realidad, cuando lo pienso, él mismo hacía la mayoría de las cosas que criticaba. Naturalmente, no quise ofenderlo tampoco y, cuando le dije: «Hermano, en realidad quizá nosotros también, sin saberlo, cometemos los mismos errores», el hombre enseguida entendió lo que quería decir y, muy acaloradamente, me dijo: «Lo sé, si el turco es vil, el más vil de todos ellos soy yo». Por más que intenté contenerme, me reí mucho con esa palabra tan sincera suya. Para mí, el mayor enemigo del turco era, otra vez, el turco. Por eso ningún Estado nos ve como peligrosos. Que vean que hay solidaridad, que hay unidad, y verás cómo entonces empieza otro tipo de odio. De hecho, como entre los religiosos turcos sí existe esa clase de unidad, el Estado alemán y toda Europa enseguida tomaron postura contra ellos. En situaciones así, no solo el alemán, sino todos los Estados del mundo toman postura. Esto vale para toda nación y comunidad que esté en minoría en ese lugar. Por ejemplo, el odio y la enemistad hacia los judíos en la Alemania de Hitler surgen de estas razones. Quizá la enemistad de los turcos entre sí, sin saberlo, nos servía de protección en estos países extranjeros. Pero la enemistad, sean cuales sean los resultados que traiga, es algo muy repugnante. Como el Estado conoce el fondo del asunto, no trata tan mal a esa nación, pero entonces es la sociedad la que se vuelve mala y llena de odio. Y los políticos, diciendo: «De sentimientos tan exagerados como estos recojo votos para mi provecho», no toman ninguna medida contra esa enemistad. Y, además, ¿qué medida iban a tomar? ¡Que anunciaran: «Esta nación de por sí es enemiga entre sí, no le hagáis vosotros encima enemistad»! ¡Y encima si la mayor fuente de recolección de votos del político viene por ese camino! Además, con la llegada de Merkel al poder, todas estas reglas se han corrompido también, y con la política que el Estado inició contra los turcos bajo el nombre de «integración», se volvió a la enemistad hacia los judíos de los años 1939.

Se me ha venido a la mente una historia. El rey de un país mandó apresar a gente de naciones mezcladas —por la razón que fuera— y, como castigo, ordenó arrojarlos a un pozo profundo. Había un alemán, un inglés, un americano, un francés y, entre ellos, también dos turcos. Al cabo de un tiempo el rey los perdonó a todos y dijo: «Abrid la tapa que hay en la boca del pozo, que salgan todos y se marchen». Como el pozo era profundo, cada uno solo podía salvarse subiendo pisando la mano y el hombro del otro. Fueron saliendo uno a uno. Al final, en la boca del pozo aparecía una mano, un pie, una cabeza, y enseguida volvían a desaparecer. Todos miraban perplejos y decían: «¿Por qué estos no logran salir de ninguna manera?», y entonces alguien de allí dijo: «Los que están en el pozo son turcos, cuando uno quiere salir el otro lo tira hacia abajo, por eso». Por desgracia, como nación estamos en una situación igual que la de este chiste.

En Estambul nos subíamos mucho a los transbordadores. Aquellos viejos transbordadores eran de los años cincuenta y sesenta. En cierta ocasión pusieron en servicio un transbordador espléndido, recién restaurado. Además, lo habían hecho muy bonito, clásico, con la tapicería interior y todo. Parecía evocar los años 1800. Sé que me quedé maravillado. Enseguida, ya el segundo día me subí al transbordador y, ¡qué veo!, como si hubieran pasado por una zona de guerra y hubieran entrado bandidos en el transbordador. ¡Los asientos, los cojines cortados a cuchillo! ¡Aquellas maderas barnizadas rascadas con hierros! No puedo describir lo mucho que me enfurecí y me apené.

Estas enemistades, en nuestro país, empiezan ya en la educación del hogar. Otro día, yendo a la escuela en el tren de cercanías, vi a un amigo en la estación, y él también se subió al mismo vagón. Por casualidad no había nadie más aparte de nosotros. Mi amigo se sorprendió mucho de esta situación y, para asegurarse, miró el compartimento de un extremo al otro y me dijo: «De verdad que no hay nadie más aparte de nosotros». Yo le dije: «Bueno, ¿y qué hacemos, pues?», y justo en ese momento este, gritando «¡haaaaay!», echó a correr y salió volando con los pies sobre los asientos. Todos los asientos quedaron llenos de las huellas polvorientas de sus pies. Y en el cuero verde se veían perfectamente. Cuando le dije: «¿Qué haces, te has vuelto loco?», me respondió sin aliento, sorprendido por mi pregunta: «Pero si no hay nadie». ¡Y me miraba a la cara con ojos inexpresivos! ¡Fíjate en esa lógica! Y eso que no era un mal chico. En ese momento no sé por qué disfrutó de semejante arrebato.

Nuestra educación de la conciencia es o nula o absurda, alejada de la lógica. En nombre de Dios se dice: «Calla, no lo hagas, es pecado, hereje, infiel»; o bien, como recompensa, se ofrecen las huríes del paraíso y, como castigo, los fuegos del infierno, los calderos de alquitrán. Esa es nuestra educación religiosa. Y nuestra famosa Educación Nacional en la escuela se enseña así: «Abróchate el cuello, ponte de pie, cuando me veas cuádrate con las manos juntas, no repliques, aunque estés reventado, al ver a un viejo levántate en el autobús o en el tren y cédele el sitio». Aquellos niños jovencísimos salen de madrugada de en medio de la miseria, de las chabolas, de los agujeros que no puedo ni llamar casas. Hasta la noche los hacen trabajar en los trabajos más malos, sucios y pesados, según en manos de qué persona con o sin conciencia hayan caído. El único lugar donde ese pobre puede sentarse y descansar son aquellos vehículos del transporte. Es más, corre por delante de sus amigos para poder agarrar y sentarse en el sitio que quiere. Con sus últimas fuerzas lo consigue y se sienta. Y luego se le planta delante un viejo. Dentro de aquel pobre empiezan entonces un montón de luchas. ¿Debe hacer como que no lo ve, o debe fingir que está dormido? Al final es vencido, no aguanta, se levanta y dice: «Siéntese, tío» o «Siéntese, tía». Y aquel que está de pie delante lo mira con una mirada como diciendo «¿Por qué has esperado tanto, canalla?», como si esos sitios fueran solo suyos por derecho. Y eso que, al comprar el billete, los dos pagan el mismo dinero. Esta es nuestra idea del respeto y la educación de la conciencia que damos a esos niños. Sí, quizá se levante, pero con odio. En Europa, en cambio, es todo lo contrario, casi no se le da ningún valor a esos ancianos. Las dos cosas a las que más valor dan son los niños pequeños y los perros pequeños. Allí, en una entre un millón de veces que un joven se levante y le ceda el sitio a un anciano, esa persona se siente muy agradecida y da las gracias. Porque ellos no se crían con esa obligación ni con esa conciencia. Por eso, que ese joven se levante y ceda su sitio muestra solo su propia iniciativa y sus sentimientos. Y como lo hace sin ninguna obligación ni presión social, el otro lo aprecia mucho. Ellos también tienen, por supuesto, en otros temas, sus educaciones de la conciencia que —igual que las nuestras— no logro entender, con las que, mediante la presión social, dan a la persona un sentimiento de obligación. Igual que entre nosotros, cuando meten en el asunto la religión y a Dios, nadie chista y la gente comete toda clase de porquerías escudándose en esos nombres, entre ellos valen del mismo modo el nacionalismo y el patriotismo. Cometen toda clase de porquerías escondiéndose detrás de esa palabra, y así reciben su educación de la conciencia. Y hay muchas más cosas como esta, claro.

Con el ejemplo que doy sobre los ancianos, ¿acaso pretendo ser un irrespetuoso? En absoluto. Ni una sola vez, jamás, he oído que a un joven que cedía así el sitio esa persona le dijera: «Ay, hijo mío, chiquillo, siéntate. Vosotros ya os reventáis de la mañana a la noche». O: «Muchas gracias, hijo, que Dios te lo pague», o: «Por favor, no te levantes, hijo, yo ya estoy jubilado y he salido a pasear y a dar una vuelta, vuestras condiciones son más duras». Solo aquellos jóvenes que ceden el sitio a esas damas y muchachas elegantes —cosa que ya de por sí hacen con gusto—, a esos les dicen: «Ay, muchas gracias» o «Merci», y eso ya le basta a ese niño o a ese joven, porque lo hace con gusto.

Enseñamos a respetar a los mayores, pero también a amar a los pequeños. En cambio, aquellos pobres no ven ni la letra «A» del amor. Dentro de ellos, sin darse cuenta, solo crece odio. ¿Qué le costaría a ese que llaman anciano rebajarse un poco y mostrar un sentimiento de gratitud, un amor que no tiene? Mira, ahora viene la parte más interesante del asunto. Aquellos niños crecen pasando por estas miserias y dificultades, y llega un día en que ellos mismos envejecen. Y ellos mismos les hacen a otros las mismas cosas. Pero ¿por qué no les haces tú también a ellos lo que en su día tú querías para ti? ¿O por qué le haces tú también a otro lo que no querías que te hicieran? ¿Solo porque nadie lo hace? Avanza tú solo por el camino en el que crees, ¿qué te cuesta? ¿Es que tampoco has oído nunca aquello de que, aunque ardas, alumbras a los que van detrás de ti? No, ese también piensa en su comodidad del momento. Que el círculo vicioso siga girando. Y eso que uno de los dos mandamientos más grandes dice, dice Dios: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». ¿Quién hace esto? En Mateo 22:36-40 está escrito así:

Uno de ellos, un experto en la Ley sagrada, para poner a prueba a Jesús, le preguntó lo siguiente: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante en la Ley sagrada?». Jesús le dio esta respuesta: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y más importante mandamiento. Y el segundo, semejante al primero, es este: Amarás a tu prójimo (a las personas) como a ti mismo. Toda la Ley sagrada y las palabras de los profetas dependen de estos dos mandamientos». En este amor, ¿hay acaso alguna distinción de lengua, raza, color, nación, nativo, extranjero, sexo, religión, pequeño, grande, viejo, joven, guapo, feo, listo, tonto o cualquier otra? Dad vosotros mismos la respuesta.

Los Testigos se habían ganado mi simpatía. Estas no eran cosas naturales en el entorno que nosotros conocíamos. Pero con el tiempo iba a ver también otras religiones que tenían ese mismo orden y esa misma limpieza.

En las reuniones a las que asistía entre los Testigos se trataban temas relacionados con la Sagrada Escritura que yo había leído. En cambio, afuera, en la vida cotidiana, nadie hablaba de estos temas. Ni conocían este libro ni querían conocerlo. Todos los pensamientos de los amigos que había en mi entorno de entonces estaban, como está escrito en el Evangelio, o en su estómago o en su vergüenza. (Filipenses 3:19) Vivían prácticamente para eso, trabajaban para eso, daban la batalla por eso. Y estos sentimientos también los tienen los animales. Entonces, ¿qué era lo que nos hacía diferentes? Si era la inteligencia, también usábamos nuestra inteligencia en estas mismas cosas. Y los animales, si no usan su inteligencia, tienen sus instintos. En resumen, no teníamos ninguna superioridad sobre el animal. Al contrario, los animales son más virtuosos, más pacíficos, más conformes que nosotros. Algunas personas usan esa palabra, «animal», como insulto entre sí. Los animales, en el cumplimiento de las responsabilidades que les corresponden, es decir, en vivir en armonía con la naturaleza, son muy superiores a nosotros los humanos. Nosotros, como seres humanos, no cumplimos con nuestra responsabilidad para con esta Tierra que Dios nos dio de regalo. Al contrario, sobre todo abusamos de ella a propósito. Pero eso no se puede decir de los animales. ¿Hay acaso pruebas que demuestren lo contrario?

Cuando empezamos a asistir con regularidad todos los domingos a aquellas reuniones, algunos Testigos también se nos acercaban al final de la reunión. Querían hablar con nosotros y animarnos. Yo, en cambio, como había leído pero no encontraba ninguna razón para verlo mal, les hacía preguntas sobre el Corán. Porque me decía: seguro que ellos conocen este libro y me lo van a mostrar a mí también. Con Josef hablé una o dos veces sobre este tema. Pero Josef nunca había leído el Corán, y quizá tampoco lo había visto. Sin embargo, para él todo lo que estuviera fuera de la Sagrada Escritura era falso. A pesar de que me influía en muchos temas, comprendí que en este asunto no iba a poder aprender nada de él. Por eso, dentro de las reuniones que se hacían en turco, pensaba: «El problema respecto al Corán seguro que estas personas lo han vivido, por eso lo conocerán». Tenía dentro de mí la impresión de que aquellos lugares eran la fuente misma del conocimiento sobre este tema. Aun así, no tenía en mí ningún pensamiento ni creencia fanática del tipo «este Corán es forzosamente verdadero» o «tiene que ser verdadero». Un sentimiento así tampoco lo tenía respecto a la Sagrada Escritura. A pesar de no conocer ninguno de los dos libros, ni tenía sobre ellos el prejuicio de «estos son muy pero muy verdaderos», ni tenía tampoco el pensamiento contrario de «tíralos, son falsos». Y menos aún, como hacen mucho nuestros turcos, era yo un criterio superior sobre un libro que ni siquiera había tomado en mis manos. Empecé primero por la Sagrada Escritura —digamos que quizá fue también una casualidad—, y después por el Corán. A medida que iba leyendo y comprendiendo la Sagrada Escritura, sentí simpatía y la amé muchísimo. Estos sentimientos no puede tenerlos uno sin haber conocido antes aquello. El Corán, por su parte, no hace sino confirmar aquellos libros que vinieron antes de él. Dios hace esto conforme a la cultura, al estilo, es decir, a la manera de expresarse de una persona de Arabia que no sabía leer ni escribir. Esta regla es un método que usa Dios y que vale para todos los profetas. Los profetas reciben de Dios las palabras que les son reveladas, sí, pero en general esas palabras están en armonía con su propia manera de expresarse. (1 Corintios 14:26-33) Por ejemplo, aquellos primeros cuatro escritores del Evangelio, los apóstoles que llamamos Mateo, Marcos, Lucas y Juan, redactaron el mismo suceso de una forma que se ajusta a su propio estilo y punto de vista. Y Dios quiere que sea así. Mira lo que dice el Corán sobre esto:

Nosotros lo hemos hecho fácil (al Corán) en tu lengua, para que reflexionen y tomen ejemplo. Corán, Duhán 44:58

Que el conocimiento que hay dentro del Corán no pertenece a Mahoma lo confirmé, y cada vez con más seguridad, en todas mis investigaciones. No es posible que una persona escriba verdades como estas. Y lo interesante del asunto es que esa persona, es decir, Mahoma, fallece sin escribir nada de nada. Como hemos dicho, ni siquiera sabía leer ni escribir. Todo este Corán queda en la memoria de aquellas personas. Se dice: «Los árabes tienen una capacidad de memorización tremenda». En mi opinión, esto no lo tienen solo los árabes, sino todo ser humano. Basta con que la persona esté en esas condiciones. Por ejemplo, de niño había un hombre al que iba a cambiar marcos alemanes en el mercado negro. Resulta que no sabía leer ni escribir. Lo supe después por mi amigo. Es más, era su tío. Según decían, tenía en la memoria cientos de números de teléfono. Y no solo números de teléfono, sino que este hombre se veía obligado a poner en su memoria nombres, direcciones y muchas cosas más. No tenía otra opción. Su única otra opción podría ser aprender a leer y escribir. Por alguna razón, tampoco hacía eso. Y eso que conducía coche (sin carné), compraba casas, abría negocios. Tampoco era una persona rara. A su manera, era alguien muy exitoso. En una época en Turquía en que casi nadie tenía coche, este hombre se subía a un Mercedes. El profeta Mahoma también era comerciante. Aunque no supiera leer ni escribir, es seguro que usaba su capacidad de memorización. En un programa de la televisión alemana llamado «Wetten dass» había visto a un hombre que se sabía de memoria aquellas dos gruesas guías de teléfonos. De la página que le dijeras el nombre de quien fuera, enseguida decía el número de teléfono; una cosa tremenda. Y me había quedado asombrado de en qué gastan las personas sus capacidades. Lo que quiero decir con esto es que era algo muy normal que el Corán estuviera en la memoria de Mahoma y de sus compañeros. Hacer un «hatim» significa, al mismo tiempo, recitar de memoria el Corán entero de principio a fin. Y además en árabe. Si no me equivoco, el escritor Aziz Nesin logró esto a una edad muy temprana. Recuerdo que tenía menos de seis años, pero no exactamente. Si eran cuatro o cinco, se me ha olvidado. Estaba escrito en el libro en el que cuenta su vida. Si un niño de tan corta edad puede lograr esto, creo que a aquellas personas les resultaría aún más fácil retener en la mente palabras que estaban en su propia lengua.

Sí, ya había dicho que la manera de expresarse del Corán era entrecortada. Si al fin y al cabo Dios va a dar a conocer ciertas verdades por medio de Mahoma y del Corán que se le reveló, al hacer esto, ¿por qué iba a anular aquellos escritos que ya había hecho escribir de antemano a sus profetas y a hacer escribir un libro completamente distinto, o un libro exactamente igual, otra vez? Por eso el Corán menciona los sucesos antiguos solo con una breve transición, a modo de recordatorio. El original ya está en la Sagrada Escritura, y Dios dice: «Abrid, leed». En las aleyas 2:4, 3:3, 5:48, 5:68, 10:37 está escrito así sobre este tema: (Si escribo las aleyas abreviadas como 2:4, significará aleya 4 de la sura 2, es decir, de la sura de la Vaca. En las demás aleyas se continuará con el mismo sentido. Por ejemplo, 3:3 significa la sura 3, que es la sura de Al Imrán, y su aleya 3.)

—Y a ti te enviamos el Corán como verdad, confirmando los libros que descendieron antes de él y siendo su custodio. Corán 5:48

—Él te dio el Libro con la verdad, confirmando los anteriores. Sura 3:3

—Aquellos que creen en lo que se te ha revelado a ti (es decir, en el Corán revelado a Mahoma) y en lo que se reveló antes de ti (la Sagrada Escritura: Torá, Salmos, Evangelio) y creen de corazón también en la otra vida. Sura 2:4

…Di: «Si sois personas sinceras, traed la Torá y leedla». Sura 3:93

No se puede decir que este Corán sea de otro que no sea Dios. Él solo confirma a los que le precedieron y explica el Libro. Sura 10:37

—Di: «¡Oh, gente del Libro! Si no cumplís los preceptos de la Torá, del Evangelio y de lo que os ha sido revelado de parte de vuestro Dios, no os apoyáis en nada». Sura 5:68

Hay tantísimas aleyas que, antes de que me pusiera a escribirlas, os recomiendo que también vosotros leáis este libro. En todo el Corán no podéis encontrar ni el más mínimo rastro, ni un solo tema que dé cabida a la más pequeña sombra de duda en contra de la Sagrada Escritura. En cambio, a quienes critica y censura, con gran rectitud y verdad, es al mundo cristiano y a los judíos. Y también a los incrédulos y a la sociedad árabe de aquel tiempo. Y aquello que muchos musulmanes también sostienen, eso de que «la Sagrada Escritura ha sido cambiada por los hombres, ha sido corrompida», ni una sola vez aparece en aquel libro. Ni siquiera lo insinúa. Al contrario, el Corán siempre usa aquellos libros como prueba. Tanto frente a los judíos como frente a los cristianos. Con palabras como «Traed y mostradlo de vuestro libro», o «no encontrarán otra cosa en sus propios libros», o «traed la Torá y leedla», nos despierta la convicción de que podemos confiar mucho en estos libros. Si Dios, en la sura de los Romanos del Corán, en las aleyas 55-56, llama la atención sobre una profecía de un tiempo muy lejano, sobre el día de la resurrección, sobre la incredulidad de las personas después de resucitar, ¿por qué no iba a llamar la atención también sobre un tiempo anterior, es decir, sobre el tiempo en que nosotros vivimos, y advertir a la humanidad diciendo «corromperán estos libros»? En cambio, todo lo contrario:

«Nosotros, sí, Nosotros hicimos descender este Libro. Y, sin duda, Nosotros seremos también su custodio» (Sura 15:9), y al decir esto Dios da también en el Corán una garantía. Los musulmanes dicen: «Esta garantía vale solo para el Corán y no incluye los libros que Dios hizo escribir por medio de sus otros profetas». Y sin embargo, otra vez, esta vez el profeta David, en el libro de los «Salmos» de la Sagrada Escritura, conocido como el Zabur (que significa: palabras divinas que se cantan acompañándose de un instrumento musical), profetizando por el espíritu de Dios, dice:

Las palabras del Señor son palabras puras; …Tú, oh Señor, las guardarás; las preservarás de esta generación para siempre. Salmos 12:6-7 (traducción antigua). ¿Es que las palabras que aparecen en el Corán valen para el Corán, pero la palabra de Dios que aparece en la Sagrada Escritura no vale para la Sagrada Escritura?

Cuando el profeta Daniel dijo que no comprendía las palabras, las profecías que Gabriel le contaba, el ángel le dijo así:

Y yo oí, mas no comprendí, y dije: Señor mío, ¿cuál será el fin de estas cosas? Y él dijo: «Anda, Daniel, pues estas palabras están cerradas y selladas hasta el tiempo del fin». Daniel 12:8-9

Pero tú, oh Daniel, guarda estas palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin; muchos hombres investigarán, y el conocimiento aumentará. Daniel 12:4

Aunque Jesús el Mesías vino 600 años después de Daniel, que escribió estas palabras, Jesús nunca dijo: «En 600 años habéis corrompido las palabras de Daniel». Y no solo las de Daniel; tampoco dijo que hubieran «cambiado» las palabras de Moisés, escritas más de 1500 años antes que él. Y eso que Jesús era alguien que decía sin ningún reparo los errores y pecados de las personas. Si se hubiera hecho algo así, ¿iba a callárselo y a ocultar el pecado de aquellas personas en este asunto? Al contrario, Jesús condenó siempre a los judíos apoyándose en aquellas aleyas, les mostró sus errores. Y si prestamos atención otra vez a las palabras que se le dicen a Daniel, el ángel dice allí: «muchos hombres investigarán, y el conocimiento aumentará». Si estos libros iban a ser cambiados, no tendrían sentido ni la investigación ni estas profecías. Si no hay ninguna verdad en medio, ¿conforme a qué iban a investigar estos hombres esas palabras selladas, es decir, ocultas? Además, si Dios no iba a preservar estas palabras, ¿de dónde iban a sacar las personas el conocimiento del tiempo del fin con estas palabras corrompidas? Porque el profeta Daniel no vivió hasta el tiempo del fin. El que le diga «…oh Daniel, guarda estas palabras hasta el tiempo del fin» no significa que sea Daniel quien vaya a hacer esta tarea. Más bien, Dios está indicando que estas palabras serán preservadas y que el sentido de las profecías en algunos lugares quedará oculto. Otra vez, en el Evangelio, Jesús:

«El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán jamás» dice, en Mateo 24:35. Si las personas pudieran corromper estas palabras, ¿en qué se apoyan Dios y sus siervos profetas para hacer tales promesas?

Como he dicho, hay muchas aleyas así. No esperéis que las escriba todas. Pero, frente a las afirmaciones de los musulmanes, eso de decir «estos libros fueron cambiados, pero el Corán no fue cambiado, porque Dios lo prometió», lo he escrito brevemente. Otra vez, como he dicho, ¿es que Dios, cuando promete en el Corán, cumple su palabra, pero cuando la promete en la Sagrada Escritura no la cumple? Qué lógica tan absurda es esta. ¿Es que Dios preserva el Corán por ser palabra suya, pero la Sagrada Escritura, de quién es palabra para que no la preserve? Estamos hablando de un libro así, que ha registrado de manera imparcial el comienzo de la criatura llamada ser humano, quién la creó, el propósito de ese Creador respecto a la humanidad y, además, miles de años de historia humana. ¿Por qué iba Dios a permitir que se borre y se destruya un libro así, que abarca cientos, miles de años de historia humana, que trata las experiencias de aquellas personas, tanto en los asuntos que les sucedieron en relación con su Creador como en los que ocurrieron entre ellas mismas, las experiencias respecto a la humanidad y a Dios? Y otra vez, Dios, que hizo escribir tantos consejos y advertencias, las profecías que se cumplirán en el futuro, los sucesos que también vivieron muchos profetas, para que nosotros aprendamos de ellos, Dios que hizo escribir todo esto con ese propósito, diciendo:

«Y estas cosas les acontecían como ejemplo, y fueron escritas para amonestarnos a nosotros, que hemos alcanzado el fin de los tiempos» (1 Corintios 10:11), ¿por qué iba después a decir de un libro tan valioso «tiradlo a la basura, o hacedle lo que queráis»? Aunque en ningún lugar lo diga, si nosotros lo afirmamos, seguro que hay ciertos pensamientos, sentimientos y creencias equivocados que somos nosotros los que debemos tirar a la basura. Y eso no es un producto de Dios ni de la verdad. Otra vez, si pensamos con lógica, si la palabra de Dios ha sido corrompida, e incluso si no existe eso que llamamos palabra de Dios —porque esto no lo afirman solo los musulmanes, sino que también los cristianos hacen de vez en cuando la misma afirmación—, entonces, ¿conforme a qué va Dios a juzgar a las personas? ¿Conforme a qué nos declarará culpables o justos? Si soy culpable, diré «no lo sabía», y esa será mi excusa. ¿No se presentaría todo el mundo ante Dios con la misma excusa? ¿Permitiría Dios que fuera así? El Dios al que llamamos justo, ¿haría algo así? Si la humanidad, a la que llamamos injusta, no lo hace, ¿por qué iba a hacerlo Dios? ¿Las leyes de qué país están ocultas a sus ciudadanos? Que alguien las lea o no las lea, que las aplique o no las aplique, esas no son razones válidas. Pero, haya leído o no haya leído, sepa o no sepa, cuando la persona es juzgada ante las leyes, excusas como «yo no leí esas leyes, y además la gente las ha corrompido» no la salvan en absoluto, ni se aceptan como disculpa. Porque la ignorancia tampoco es siempre una excusa. De lo contrario, eso lo diría cualquiera. Si el ser humano da tanto valor a las leyes que él mismo dicta, ¿por qué iba Dios a darnos menos valor a nosotros respecto a las leyes, a los principios que nos dio? Aparte de todo esto, Dios le da además al ser humano la ley de la conciencia. Aunque esa sociedad o esas personas carezcan de conocimiento, la conciencia que poseen les guía para distinguir el bien del mal. Por eso Dios juzgará conforme a su conciencia a esas personas que llamamos sin libro y sin conocimiento. Evangelio—Romanos 2:14-16. Y esa conciencia es algo tan sencillo y que todos conocen y comprenden, como «¿Por qué no les hiciste tú también a los demás lo que querías que te hicieran a ti?». O «¿Por qué les hiciste a los demás lo que no querías que te hicieran a ti?».

Nuestra creencia no debe estar en armonía mirando las palabras de estos o de aquellos, sino con aquellos libros que decimos que tenemos en las manos, de los que decimos que son «palabra de Dios». No sería para nada una manera de actuar sabia que tiráramos a la basura el Corán mirando ignorantemente a los musulmanes, el Evangelio mirando a los que dicen «soy cristiano», y la Torá mirando a los judíos. Al contrario, mirándolos a ellos vemos cuánto más fiables son estos libros. Porque, ¿acaso no predican a voz en grito lo que creen, sosteniendo en sus manos estos libros? Pero, cuando tomamos el libro que tienen en las manos y miramos dentro, ver que no viven conforme a esos libros hace, por eso mismo, que sintamos aún más confianza en las palabras de aquellos libros.

Pensadlo una vez: si estas personas hubieran cambiado los libros mencionados, ¿no habrían tenido que hacer cambios acordes a sus propios caprichos? Por ejemplo, a pesar de que en el libro que tienen en las manos dice «amarás también a tu enemigo» (Mateo 5:43-48), la primera y la segunda guerra mundial estallaron, en general, entre países que se hacen pasar por cristianos. En lugar de aplicar la enseñanza de Jesús el Mesías, que dice «si tu enemigo tiene hambre, dale de comer y de beber» (Romanos 12:20), ¡estos se dieron de comer y de beber unos a otros con las bombas más eficaces! Si entrara también en los detalles de las otras religiones, creo que este libro no se acabaría nunca ni alcanzaría la tinta para escribirlo. Que las personas lo tengan en las manos y digan que creen no hace que ese libro sea fiable o no fiable. Escribo también estas explicaciones para que podáis comprender mejor su lógica y la mía en mis discusiones con los Testigos.

En los primeros tiempos en que asistía a las reuniones, se me acercó una señora. No sé cómo, el tema se atascó otra vez en el islam. Recuerdo que dije: «Pero estos no creen en el islam». Ella dijo: «En realidad, nosotros somos musulmanes» y continuó. Me explicó que, según el significado de la palabra, «müslüm» es «el que tiene fe», «man» es «hombre», y «müslü-man» significa «el hombre que tiene fe». Me dijo también que me daría un folleto escrito sobre este tema. Yo había leído aquel folleto. Comprendí lo que quería decir. En realidad, ella también había comprendido lo que yo quería decir, pero con estos duelos de conocimiento querían esquivar el verdadero tema delicado. En mi opinión, la razón por la que esquivan este tema es que, si dicen su creencia, temen tanto ahuyentarte como la reacción del otro. Al mismo tiempo, tampoco quiere ofenderlo. Yo, en cambio, estaba decidido. Lo único que quería era saber cuál era la verdad. Aquella señora dijo: «Voy a llamar a mi marido para que hables de estos temas con él». Los Testigos no son laxos en las relaciones entre hombres y mujeres como la mayoría de los demás cristianos. Es más, a quien tiene una relación fuera del matrimonio, es decir, a quien comete eso que se llama adulterio, lo expulsan de entre ellos. Ya nadie habla con esa persona, no se sienta a comer con ella ni nada. Esta creencia suya se apoya también en aleyas como la de:

Pero ahora os escribo lo siguiente: no os asociéis con quien, llamándose hermano, sea fornicario, codicioso, idólatra, injuriador, borracho o ladrón; con una persona así, ni siquiera comáis. Como en 1 Corintios 5:11.

Mandamientos como estos las personas los han usado la mayoría de las veces según les convenía. Aunque, en un sentido general, las personas no se muestren unas a otras esta decencia y esta fidelidad, estas son reglas que cada persona quiere que se le apliquen a sí misma. ¿Quién quiere ser engañado por su cónyuge? ¿O quién no quiere ser el primero y único en el cónyuge con el que se casará por amor? Entre nosotros, los hombres esperan que la mujer con la que se van a casar sea virgen. Si no es así, esa mujer es una ramera o una deshonesta. En cambio, si es un hombre, ¡con cuántas mujeres se haya acostado, cuantas haya querido, eso no le trae mancha a ese hombre! El Dios que dice «no cometerás adulterio», ¿acaso se refirió solo a las mujeres? No hay una regla tan absurda. Las mismas reglas morales valen para ambos sexos. ¿Cuando lo hace el hombre es inocente, pero cuando la mujer hace lo mismo se vuelve deshonesta y encima culpable? Yo no quiero recalcar aquí que las mujeres, las muchachas, estén bajo presión. Ellas también, es más, cometen adulterio incluso más que los hombres, y también poseen ese espíritu. Aunque muchas veces el hombre haga esto porque no quiere frenar sus sentimientos, o porque no puede frenarlos, muchas veces las mujeres lo hacen sin obtener siquiera placer. Y no confundamos lo que hacen entre sí incluso las más recatadas. En Europa y América, en cambio, las culturas se han desarrollado de otra manera. Otra vez diré lo que he visto yo: entre los alemanes, más del setenta por ciento de las mujeres crían hijos sin padre. A esas mujeres las empujan a ello también las leyes. Porque quedarse embarazada de alguien, y encima de alguien con dinero, es para esas mujeres como el mayor premio de la lotería. Ya ese hombre no puede librarse de encima de ninguna manera. Le hacen pagar a esa persona un precio muy alto. Y el hombre no es un intratable, ni malo ni nada. La mujer, desde el principio, ha hecho su plan en esa dirección. Las leyes, esas leyes del Estado que dice «somos cristianos civilizados», ayudan también a esta situación. Por el dinero que van a cobrar del Estado, casi todas las muchachas alemanas de situación social pobre hacen un hijo cuanto antes. Y el Estado, diciendo «nuestra estirpe se va a extinguir», hace que hordas de gentuza tengan hijos y cría una nueva generación en manos de personas que no tienen ni por debajo de cero una educación familiar. Además, habiendo total libertad, ¿por qué iban a vivir esas mujeres y muchachas bajo la responsabilidad de un matrimonio? Aparte, las relaciones matrimoniales —por la responsabilidad que traen— en lugar de dar felicidad, a esas personas les resultan aburridas. Si la mujer, en lugar de cocinar en su casa, va a servir de criada y gana 10 liras, con esas diez liras compra comida ya preparada de fuera, pero aun así no quiere hacer nada en su propia casa. ¡Prefiere trabajar, incluso a veces servir de criada! Porque, a sus ojos, la gente de su propia casa no merece los trabajos que ella haría en ella. Y, además, en este trabajo del hogar no hay dinero que ganar. Y encima las que trabajan tienen excusa; ya no puedes ni pedirle un vaso de agua, porque está trabajando. ¡Por este camino se dice que se logra la igualdad con los hombres! Si trabajar es un privilegio tan superior que se les concedió a esos hombres, entonces ¿por qué odian al hombre que no trabaja? Qué sentimientos, creencias y costumbres tan absurdos tenemos los seres humanos. De debajo de las relaciones que deberían apoyarse en el amor salen, al contrario, siempre los intereses. ¿Quién puede amar a quién, o, después de estas realidades, aunque alguien tenga un amor verdadero por otro, cómo va a hacérselo creer? El amor es la palabra más usada en estas relaciones matrimoniales, pero no tiene ni fundamento ni pies ni cabeza. El 90 por ciento de los hombres, quizá incluso más, ya son esclavos de sus impulsos sexuales. Incluso el que más se ha disciplinado ha sido vencido, en este asunto de la mujer, por los deseos de su cuerpo. En este tema ni el hombre ni la mujer son mejores ni peores el uno que el otro. Todos están lejos de los estándares morales de Dios. Si la ayuda espiritual nos ha de venir de estas religiones y de estos Estados, es normal que nuestra condición sea también así. Y Dios, por medio del profeta David, expresa una realidad muy amarga:

Dios miró desde los cielos sobre los hijos de Adán, para ver si había alguien entendido que buscara a Dios. Todos se desviaron; a una se corrompieron; no hay quien haga el bien, ni siquiera uno. Salmos 53:2-3, y el mismo pensamiento aparece también en las aleyas 14:2-3.

Sí, dice Dios, no hay ni siquiera uno. Entonces, estos que se envanecen, ¿en qué rectitud suya y confiando en qué hacen esto sin avergonzarse? Y otra vez, apoyándose en qué, sin avergonzarse, pueden decir: «Si no es por nosotros, no os salvaréis»?

Si la moral, no solo en la relación entre hombre y mujer, sino en todas las relaciones humanas, se ha apoyado en engañarse, embaucarse, en el interés y en el fraude, entonces también las exigencias de Dios se han vuelto ya, para las personas, imposibles, pasadas de moda, ideas retrógradas. Y otra realidad es que, por mucho que esas personas piensen en sus placeres, aunque encuentren absurdas las exigencias de Dios, disfrutan enormemente de que se les haga a ellas mismas lo que está escrito allí. Ellos no quieren hacerlo, pero, así como no se oponen en absoluto a que se les haga a ellos, incluso quieren que sea así. ¿Qué mujer llamada moderna le dice a su marido: «De vez en cuando ve tú también con otras mujeres, cariño»? ¿Qué hombre le dice a su mujer: «Mujercita, es bueno que de vez en cuando tengas relaciones con otros hombres»? Hablo de personas normales. También hay personas así, cuyas mujeres, cuyas propias hijas, ruedan películas porno delante de sus ojos, ¡y encima lo perciben como arte! La conciencia de esas personas en este asunto está tan cauterizada que se ha vuelto ya insensible, sin sentimiento. Por eso, de esas personas no esperemos los sentimientos de los que hablaba hace un momento.

Con sentimientos totalmente contrarios a este ejemplo, también hay muchos que, aparentando creer en Dios, cubren a sus mujeres de arriba abajo con un velo total. El mandamiento de Dios en este asunto también les ha venido bien. En realidad lo hace por sí mismo, porque es celoso y no puede confiar. No va a poder soportar ser engañado, y por eso ama tanto estas leyes de Dios. En realidad, que ame a Dios es muy pero muy dudoso. El Dios que quiere que esas mujeres se cubran, que está en contra de vestirse de forma que excite los sentimientos sexuales, también está en contra de mentir, de engañar, del fraude, de las disputas, de la fuerza bruta, de la ignorancia. Pero la boca de estas personas está llena de blasfemias. Sus ojos y sus corazones arden de lujuria. Como los Testigos, respiran enemistad contra todo el que no es de los suyos. Aunque he de aclarar también que los Testigos, al lado de la mojigatería y la vulgaridad de aquellos, en este asunto a veces resultan mucho más civilizados que ellos, casi como ángeles; pero eso es otra cosa. Y todo su amor está en no sé dónde. No pueden tragarse en su orgullo el ser engañados, pero todos los que tienen la oportunidad, cuando meten muy fácilmente en su cama a la mujer de otro, se sienten más hombres. No hay cosa más bonita que engañar al marido de una mujer y acostarse con ella. ¿Acaso cree que su propia mujer no hace lo mismo? Lo hace, pero él no se entera. Que él siga todo lo que quiera empeñado en cubrir a su propia mujer. Los europeos, en la Edad Media, cuando iban a la guerra, les ponían candados a sus mujeres en no sé qué partes, ¡y la llave, en su bolsillo! Quién sabe qué cosas harían ellas en la esclavitud de estos sentimientos. En mi opinión, esta desconfianza que se tienen surge de la ausencia de amor mutuo.

Estos sentimientos sexuales, este placer, no los inventamos nosotros, ni nos procuramos estos sentimientos por nuestra cuenta. Dios regaló estas sensaciones y estos deseos a la humanidad con el fin de que fuéramos felices. Para que los usemos de forma moral, en el camino del amor, dando confianza. Hablo de una felicidad sana; la perversión, los placeres pasajeros no son felicidad. Al contrario, dejan en las personas huellas duraderas y dañinas. Y esos placeres inmorales son cosas que Dios condena. En este asunto yo he cometido muchas faltas. Decir que fue por falta de conocimiento, por ignorancia, perdón, no es disculpa. Y, junto a esto, adornarse a uno mismo con un falso adorno como si fuera purísimo resulta muy repugnante.

Aunque las prácticas de los Testigos parezcan sin duda agradables en este asunto, cuando entras también dentro de ellos, oír que se meten hasta en las relaciones de cama de marido y mujer, e incluso que expulsan de entre ellos a algunos por temas como qué se hace y qué no se hace uno por uno, no dejó de revolverme el estómago. Y lo más ridículo es que a un anciano (la persona que dirige a los creyentes en la reunión, que incluso puede ser muy joven de edad) lo expulsaron a él y a su mujer, a los dos, por haber colgado un cuadro erótico en el dormitorio. Al parecer había en el cuadro no sé qué imágenes que evocaban relaciones perversas. Junto a esto, también había escrito que «no le dieron permiso a una mujer que quería separarse de su marido porque este había tenido relación anal con otra mujer». ¡Porque, como no había tenido relación con los órganos reproductores, no se consideraba adulterio! ¡Válgame! Es una situación como la que dicen en turco: «¿Qué ayuno es este, qué encurtido de col es este?». La junta directiva de los Testigos en América cambió después este pensamiento suyo. Pero el expulsado, expulsado quedó y se fue. Y esto, además, se hizo con la creencia de que «esa persona que expulsamos por no obedecernos ya no podrá salvarse nunca, y Dios la destruirá en el último día». Ellos, con la educación que dan durante años, ya han moldeado la conciencia de sus miembros con eso de «en el último día Dios lo destruirá». Y estas personas expulsadas, con la esclavitud de aquella educación torcida que recibieron durante años y de la conciencia equivocada que poseen, al quedar apartadas de aquella comunidad, se inclinan muy rápido a cometer errores y equivocaciones. Porque lo que aprendieron desde el principio sobre qué hacer es siempre recibir órdenes.

La capacidad de gobernarse a uno mismo, aunque sea a duras penas, existe en toda persona normal. Y la mayor habilidad de estos es quitarle a la persona esta cualidad que tiene en sus manos. Ya esa persona, a partir de entonces, en cada paso que va a dar, pregunta: «¿Qué hago yo?». Y con el tiempo, que las personas expulsadas cometan muchas equivocaciones alegra mucho a aquella junta directiva de los Testigos. Se enorgullecen diciendo: «Mirad, así es como expulsamos de entre nosotros a personas como estas». De todas formas, siempre los culpables son los de más abajo. Se dividen entre los de abajo y los de arriba. ¿La organización cometió una equivocación, se aferró a una creencia falsa, o no se cumplieron las cosas que se esperaban? ¡Pues estos de arriba no tienen ninguna culpa! ¿Una mujer quiso separarse de su marido homosexual porque no lo soportaba y estos expulsaron a esa mujer diciendo «no se puede»? Pues siempre, pero siempre, esas personas son las culpables. Es decir, las de más abajo.

En unos veinte años, ni he visto ni he oído que ellos mismos pidieran disculpas. Cuando la fecha que anunciaron diciendo «va a venir el fin» no se cumplió, los que abandonaron, los que lo dejaron y se marcharon por sentir desconfianza hacia aquella organización en la que habían depositado su esperanza, ¡otra vez son ellos los culpables por «haberse ido»! En su día, ellos mismos, y encima a la fuerza, se habían esforzado por hacer aceptar esa enseñanza falsa a los de más abajo. Según ellos, el culpable no es el que anuncia esta mentira; ¡el verdadero culpable y merecedor del infierno es el que no cree esta mentira, o el que, habiéndola creído, luego al ver que quedó en nada, los abandona! Igual que lo que decía hace un momento sobre las relaciones entre hombre y mujer. Como esa lógica de que el adulterio no es delito cuando lo hace el hombre, sino cuando lo hace la mujer. En ellos también, lo que hagan los de más arriba no se considera delito en absoluto, pero si eso mismo lo hacen los de más abajo, merecen la muerte.

En cierta época estos Testigos también estaban en contra del trasplante de órganos. ¿Os lo podéis imaginar? Si les das autoridad a estas religiones, ¡se meten hasta en tu riñón, en tu hígado, en tu corazón y en lo que tengas! Para que se mantuvieran fieles a estas órdenes mataron a muchas personas, es decir, fueron causa de su muerte. Después, si no me equivoco, en los años 80 declararon la libertad diciendo: «Este asunto es una cuestión de conciencia». Fíjate en la astucia, en la sagacidad. Si dijeran «nos hemos equivocado», entonces se verían obligados a admitir que también pueden estar equivocados en muchos otros temas. Esto lo dicen de palabra, pero en la práctica esta verdad no tiene ninguna función. Y, además, para no cargar sobre sus espaldas el peso de aquellas personas que murieron, recurren a un anuncio de este tipo. En el sentido de: «Es una cuestión de conciencia, en realidad no lo hagáis, pero si lo hacéis, vosotros sois los responsables. Es decir, nosotros no estábamos equivocados en las órdenes que dimos en el pasado». Esto, por un lado, los presenta como inocentes y limpios de lo que hicieron en el pasado, y por otro, los hace más tolerantes. Por eso se libran también de la deuda de disculparse ante aquellas personas de cuya muerte fueron causa y a las que expulsaron de entre ellos. Y esta astucia suya no es divina, sino satánica. Como muchas cosas de sus prácticas. No os extrañéis si pronto hacen un anuncio así también sobre las transfusiones de sangre. Lo hicieron por el trasplante de órganos y por muchas otras cosas, ¿por qué no iban a hacerlo por la sangre? A nuestra Tierra han salido tantísimos fanáticos así. Y aquellos miembros dicen: «Pase lo que pase, estamos con vosotros». No veáis, por favor, este ardor suyo como una fe especial, propia solo de ellos. En la historia y en el presente, no son solo los Testigos de Jehová quienes poseen una fe fanática tan descerebrada, irreflexiva y sin espíritu. El mundo está tan lleno hasta rebosar de personas así que se vomita a sí mismo. Aquellas personas que son expulsadas por razones como estas, con una gran decepción, completamente solas, como ovejas sin dueño, se convierten en presa de los lobos, de las fieras. Y eso que el tropiezo que causó la caída de esa persona lo pusieron ellos mismos. Jesús, para los que son así, dijo estas palabras tan acertadas:

Es inevitable que haya trampas que hagan caer al ser humano en pecado. ¡Pero ay de la persona que sirve de instrumento para estas trampas! A tal persona le sería mejor que le colgaran del cuello una piedra de molino y la arrojaran al mar, antes que hacer caer en pecado a uno de estos pequeños. Lucas 17:1-2

Cuando yo oí estas palabras en aquel entonces, no les di la más mínima importancia. Me decía: «¿Cuál es el lado malo de estos hombres, expulsar de entre ellos?», y por dentro pensaba: «¡Válgame! Entonces, si ser expulsado de entre estos es algo tan malo, qué valiosos son». Y eso que nosotros estamos acostumbrados a aquellos religiosos extremistas de los que leemos en los periódicos, a los que cortan la cabeza, arrancan los brazos, entierran vivos, arrojan bombas, etc., a sus compañeros que no se pliegan a ellos. En este asunto cada religión tiene su mala opresión. Y sus formas cambian en proporción a su poder. Al lado de estos, los Testigos, a mis ojos, eran muy corteses. ¡Su peor lado era expulsar de entre ellos! Más adelante iba a ver, incluso en mí mismo, que esto no se quedaba solo en esto, que su presión sobre las personas, qué destrozos psicológicos provoca.

Es como cuando tomas un medicamento pero sin leer sus efectos secundarios. Y, como por terquedad, ese efecto secundario se manifiesta en tu organismo. Claro, nadie puede saber de antemano en quién se manifestará. Pero, mientras no aparece su efecto secundario, la persona no ve ese medicamento como peligroso en absoluto. En este asunto, mi primer pensamiento indiferente era también así. Pero este efecto secundario —las prácticas de todas las religiones, sus intereses, sus ignorancias, sus egoísmos, su empeño por moldear a las personas— era un efecto secundario que se había manifestado no solo en mí, sino en todas las personas. Yo di el ejemplo llamándolo medicamento, pero en realidad ellos dan veneno. Como he dicho, en este asunto yo muestro a los Testigos solo como un ejemplo de entre ellos.

Los Testigos primero hacen que pongas hielos entre ti y las personas de tu alrededor. Y al hacer esto tampoco están del todo sin razón. Realmente, como pasaba también con mis amigos, sus pensamientos eran siempre los deseos corporales y lo material. En parte, más o menos, yo no era distinto. Personas así, además de no darte gran cosa, encima te quitan las pocas cosas buenas que hay en ti. Este es un problema que todo el mundo conoce. Incluso el peor de entre las personas se queja de alguien. Se lamentan unos a otros diciendo: «No tengo ni un solo buen amigo al que quiera». Sobre temas así, con quienquiera que hable la persona, le resulta muy fácil encontrar partidarios que opinen lo mismo. Pero, para los Testigos, la distinción entre bueno y malo se hace mirando desde un único punto de vista. Sobre todo el que no es de los suyos, creen y hacen creer: «Es peligroso, no es fiable y es malo. Si sigue así y no viene a nosotros, Dios de todas formas lo destruirá en el último día». Incluso los más experimentados de entre ellos, los que llevan años dentro, aunque no piensen así sobre un allegado suyo que no es Testigo y que tiene mejores cualidades que él, por fuera defienden que creen así.

Ellos quieren que uses siempre al servicio de aquellas juntas directivas tu amor en tu relación con Dios, tu obediencia, tu fe, tu sacrificio, tu dominio propio, tu dinero, tu tiempo, tus aficiones, y todo lo que se te ocurra que sea mejor y que ames. Y con estas cosas que tienes en las manos, son otra vez ellos los que determinan qué es lo más correcto que debes hacer o no hacer. Si un Testigo leyera ahora estas palabras, se enfurecería diciendo: «Qué absurdo». Pero, si puede mirar los hechos con sinceridad e imparcialidad, admitirá que es verdad; y a alguien así yo no lo he visto, o es muy raro. Y a esos, de todas formas, los expulsan de entre ellos. La relación que tiene con ellos en su vida, cómo moldean su vida, su tiempo, su placer, sus sacrificios, su obediencia, hasta las cosas que debe leer o no leer, hasta las cosas que puede o no puede comprar, hasta el tema de cómo será incluso la relación entre marido y mujer en el dormitorio, dominándolo, en todo esto siempre está el papel de estas juntas directivas. La única diferencia es que quizá pueda aparecer alguien que rechace lo que yo escribo y diga: «Esto no lo hago por ellos, sino por Dios». Y cuando se le pregunta «¿Quién decide qué harás de bueno o de malo por Dios?», si es que puede responder, será decir: «El esclavo fiel y prudente». Y ese es el mote de su organización en América. Si dice otra cosa, es que ha mentido o esa persona no es Testigo. De hecho, esta condición se la exigen a la persona en forma de promesa ya cuando da el primer paso, mediante el bautismo. A quienes se van a bautizar y unir a ellos les hacen dos preguntas. La primera tiene que ver con Dios y con la fidelidad a Él, y la segunda condición, que es la terrible, es aceptar rotundamente que «su junta directiva es la única organización de Dios en la Tierra». Al que no lo acepta, de todas formas no lo bautizan ni lo aceptan entre ellos. Las iglesias católicas o protestantes de las que ellos salieron también los bautizaron, más o menos, con estas mismas preguntas. Y sin embargo, la promesa que la persona hace a Dios, el bautizarse, en forma de sumergirse en el agua, es un suceso simbólico que expresa que ha sido lavada de sus pecados, que muestra que se ha arrepentido y que quiere llevar la vida que va a vivir conforme a la voluntad de Dios. (Romanos 6:4, Efesios 2:12, 1 Pedro 3:21) ¿Os lo podéis imaginar? En este paso tan importante que la persona va a dar en su relación con Dios, metiéndose ellos en medio, encima le sacan una promesa de tal modo que, pensadlo, qué difícil le resultará más adelante volverse atrás de esa promesa. Si hay que explicarlo de forma cruda, la forma de esta promesa también podría interpretarse así: «Me arrepiento de mis pecados y creo en Dios. Prometo que guardaré sus mandamientos y que también permaneceré ligado a Satanás». Creedme, el asunto es exactamente así de cruzado y enredado. En una promesa que va a hacerse a Dios, una tercera persona, institución, organización, religión que se meta en medio en la Tierra, solo significa esto. Aunque esa tercera persona que causa esta torcedura fuera un ángel, significa esto. Mirad lo que escribe con toda claridad el apóstol Pablo en el Evangelio:

Me asombra que abandonéis tan pronto al que os llamó por la gracia de Cristo, para pasaros a un Evangelio (Buena Noticia) diferente. En realidad no hay otro Evangelio. Sino que hay quienes os confunden y quieren tergiversar el Evangelio de Cristo. Aunque nosotros mismos, o un ángel del cielo, os anunciara un Evangelio contrario al que os anunciamos, ¡maldito sea! Como ya lo dijimos antes, ahora lo repito: si alguien os anuncia un Evangelio contrario al que recibisteis, ¡maldito sea! ¿Busco ahora la aprobación de los hombres o la de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Si todavía quisiera agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo. (Gálatas 1:6-10) Pablo y los verdaderos siervos de Dios se esforzaron siempre por agradar a Dios más que a los hombres. Estas palabras son una prueba de ello. Ellos nunca vieron como un derecho el meterse como una tercera persona entre el siervo y Dios. Este derecho, de todas formas, Dios no se lo dio a nadie salvo a Jesús el Mesías. Ni siquiera Jesús el Mesías puede decir, respecto a alguien incrédulo, malo y que merece ser destruido: «Yo lo salvaré pase lo que pase». Eso significaría que se niega a sí mismo. (Echad un vistazo y leed, por favor, las aleyas de 2 Timoteo 2:12-13; 1 Corintios 11:3; 2 Corintios 11:1-21; Gálatas 5:1) Que los Testigos de Jehová hayan cambiado repetidas veces, desde la fecha de su fundación, este voto del bautismo, tampoco es en vano. Porque en el Evangelio una exigencia de hacer una promesa o un juramento de tal forma no está escrita en ningún lugar, y tampoco existe.

Hay ciertos vendedores astutos. De ellos se dice: «Venda lo que venda, debajo hay gato encerrado». Por ejemplo, esto puede ser incluso un viaje. Por ejemplo, el gato que hay debajo de este viaje que parece tan barato es incluir a quien lo hace en una excursión que debe aceptar obligatoriamente. Mi mujer y yo íbamos a comprar un billete de viaje así, mejor dicho, lo compramos. Menos mal que el señor que vendía el billete era un egipcio decente y pudimos cancelarlo enseguida. Por ejemplo, vendían un billete Alemania-Antalya para tres personas por una semana a 500 euros. Supuestamente todo incluido. Hay una condición, y es que cuando vas allí tienes que participar obligatoriamente en una excursión de un día. Y esto no lo dicen abiertamente. Es algo que ocurre solo cuando vas allí. Hay que dar 90 euros más por persona. ¡Al que no quiere ir le cobran 89 euros! ¡Es decir, no estás obligado, eres libre de ir o no ir! Pero, vayas o no vayas, estás obligado a pagar este dinero. ¡Fíjate en esa libertad! El billete en realidad no es 500, sino 770 euros. Pero ¿cómo es el primer anuncio? En realidad, cuando se echa la cuenta, sale incluso más caro que los viajes de precio normal. Después de comprar este billete, al final nos dimos cuenta por casualidad. La condición de los Testigos también dice: «Si quieres acercarte a Dios, forzosamente, pero forzosamente, tienes que conocerme a mí también». Dicho más claramente, esto significa: en el camino hacia Dios tienes que cargar sobre tus espaldas también toda mi carga. Si, a pesar de la carga, ese camino de verdad llevara a Dios, la persona lo soportaría igualmente, pero es que no lleva.

Este problema no existe solo en nuestra época, sino que existe desde que existe la humanidad. Aunque sea la más pequeña tribu africana, incluso allí hay un dirigente espiritual. Y toda su ocupación es influir en la creencia, en el espíritu de aquella tribu conforme a su propia cabeza y a sus intereses. Y así la gobierna. Ellos lo llaman brujo, o tiene otro nombre. En otros lugares el nombre y la etiqueta de estos cambian, claro. Es obispo, es cardenal, es pastor, es imán, es jeque, es cura, es rabino, etc. ¿Es que se han acabado los nombres y los títulos? Se pegan etiquetas unos a otros según su nivel de educación y de cultura. Entre los Testigos estos títulos están en la lengua de cada uno, pero su significado es más o menos el mismo que el de los demás. Ellos no dicen «pastor» (pastor de ovejas), «cardenal» (elevado, en la cima), «católico» (universal), sino que dicen «pastor», dicen «anciano», dicen «superintendente de circuito» (supervisor), dicen «esclavo fiel y prudente» (Mateo 24:45-51). Y también dicen «organización», que, de todas formas, todas las religiones están organizadas a su manera. Por supuesto, cada uno tomará una etiqueta según su oficio. El carnicero no se pone la etiqueta de verdulero. Aunque sea un mal carnicero, su etiqueta debe ser otra vez el nombre de ese oficio.

Por eso, Jesús, para librarnos de las cargas de tales parásitos, garrapatas, chupasangres, dice así:

«¡Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré! Cargad con mi yugo, y aprended de mí. Porque soy manso y humilde de corazón. Así vuestras almas hallarán descanso. Porque mi yugo es fácil de llevar y mi carga es ligera». Mateo 11:28-30. Los Testigos, sin avergonzarse, les leen también estas aleyas a los que entran entre ellos y se las atribuyen a sí mismos. Es decir, hacen creer a las personas diciendo una y otra vez: ven a nosotros, mira qué dice aquí el Libro; esto somos nosotros, nuestra carga es ligera.

Y esto, por supuesto, no penséis que os lo hacen hacer a punta de pistola. Igual que aquellos corredores que venden el billete de viaje, no hay obligación, pero estás obligado. Una fuerza bruta descarada, de todas formas, no la permiten las leyes de nuestra época. Porque hay también otras religiones rivales mucho más grandes muy parecidas a ellos. Por ejemplo, el catolicismo, el protestantismo, el islam, el judaísmo, con las que de todas formas están siempre en una guerra. Y hay un dicho: «Dos acróbatas no bailan en la misma cuerda». Como ellos también han pasado por los mismos caminos, se conocen muy bien unos a otros. El que tiene más fuerza aplasta al otro. Los Testigos hablan mucho de los tormentos que sufrieron en otros países por parte del pueblo y de las leyes pertenecientes a las iglesias católicas y protestantes. Si los Testigos tuvieran ese mismo poder, creo que no le concederían ni siquiera la oportunidad de vivir y respirar a nadie que no fuera de los suyos, que se les opusiera. Que hacia fuera parezcan simpáticos, partidarios de la paz, surge de que no tienen fuerza para luchar. Y no por su amor ni por aplicar los mandamientos de Dios. Que esto es así lo prueban claramente sus prácticas de unos hacia otros dentro de la comunidad. Porque unos hacia otros sí tienen poder. Sea cual sea ese poder, no dudan en usarlo sin misericordia y sin pensarlo nada. Si el único poder es expulsarte, cortar tu relación con los de tu alrededor, entonces lo hacen. Esta sanción física, y como sanción espiritual, es una intensa educación de reuniones. La educación que allí se da es hacer a las personas esclavas de sí mismos, de su organización. Ese amor que se tienen unos a otros por fuera surge de la necesidad mutua, del miedo a la soledad, de ser una minoría muy pequeña en las sociedades en que viven. El amor de estos es como esa hospitalidad de la que hablaba, la de nuestro país o la de otros países de cultura parecida. En general, es hipócrita y no de corazón. Es decir, no se apoya en el amor.

«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, que también os améis los unos a los otros. Si os tenéis amor los unos a los otros, todos sabrán por esto que sois mis discípulos» (Juan 13:33-34), dice Jesús el Mesías. Sin embargo, salvo aquel primer efecto, cuando entré dentro de ellos no me resultó nada difícil ver cuánto se apoyaba el amor de los Testigos en el interés y en la hipocresía. Si son cuidadosos unos con otros, esto también es porque tienen miedo, pero otra vez no porque se amen. La mayor parte de su tiempo transcurre solo dentro de esta comunidad. En su relación con las personas de aquella comunidad tan pequeña, en general nadie quiere, por supuesto, malquistarse con nadie. Esta situación se parece a que los alemanes del Este critiquen a los alemanes del Oeste. Ellos cuentan que entre los del Este había una solidaridad, una disposición a ayudar. Aunque uno llegara incluso en plena noche, se ayudaban unos a otros. ¿Es que esta sociedad tenía otra salida? El Estado y las circunstancias los empujaron a esa situación. Si tienen un apuro, la persona a la que primero tenderá la mano para pedir ayuda es su vecino. Y su llamar a alguien bueno o malo es también según esa medida. Sea quien sea, ¿eres capaz de hacer lo mejor como ayuda? Entonces significa que eres bueno. Qué carácter tengas, tu personalidad, tus pensamientos y creencias, tu amor y tu odio, no importa. Lo que importa es que en ese momento ayudas, y ya está. ¿Y cuando a él se le estreche el ánimo? Esta vez él también te pedirá ayuda a ti. Sus medidas para decir bueno o malo dependen solo de esto. Esta rueda sigue girando así. Es una necesidad forzosa de la gente de los países pobres, de las sociedades oprimidas. En Turquía también las personas se ayudan unas a otras, a quienes ni siquiera conocen. Con la lógica de «da igual, quizá un día yo también necesite algo de él», puede hacerle esto incluso a una persona a la que no quiere, incluso a quien ve como un enemigo. En el fondo del asunto no hay amor ninguno. En su interior no yace el sentimiento de amar a esa persona como un ser humano igual que él. Los alemanes del Este otra vez se quejan diciendo «en el Oeste las cosas son distintas» y continúan con su queja. «Aquí, si llamas a la puerta de alguien en plena noche, quién sabe cuánto se enfurecerá esa persona», dicen. Pongamos que se le avería el coche. En el Oeste, en cambio, la situación es distinta. Si se te avería el coche, el vecino te dice «llama al servicio de asistencia». ¿Por qué lo despiertas? «Si estás sin dinero y con hambre, ve a pedirle ayuda social al Estado. Antes que pedirme dinero prestado a mí, ve a pedirle un préstamo a tu banco», dice. Los del Oeste, muchas más necesidades humanas como estas, en lugar de andar besando manos y pies, las han vinculado así a instituciones. Por supuesto, hasta cuándo harán ellos también esto, eso también es incierto. El del Este es servicial porque no tiene otra salida. El del Oeste, como su expectativa de ayuda no viene de personas, tampoco él quiere ayudar a nadie. Y, además, esta idea de la ayuda siempre lleva el sentido de «debe ser gratis». Y personas a las que les gusta lo gratis tampoco hay pocas, claro. Pues bien, si se me permite la comparación, el amor de los Testigos entre sí es exactamente así. Pero alguien podría decir: «Hermano, ¿ayudar, sea de la clase que sea, es acaso malo?». Sí, yo también sé que ayudar, sea de buena gana o de mala gana, es bueno, y esto es además un mandamiento de Dios. Pero lo que quiero señalar es la hipocresía de las personas y cuál es el verdadero propósito. Por supuesto, no toda persona que me sonríe significa que me ama, esto también lo sabe todo el mundo. Tampoco se puede decir que toda persona que ayuda lo haga forzosamente por amor. Yendo más lejos, diré esto: aunque la persona se sacrifique a sí misma hasta la muerte, eso no significa que haya hecho esto forzosamente por amor. Quizá estas palabras os hayan resultado ahora muy absurdas. Cuando las leí por primera vez, a mí también me lo parecieron. Aun así, intentaré explicar lo que quiero decir escribiendo las aleyas relacionadas con este tema. En las aleyas de 1 Corintios 13:1-3 del Evangelio está escrito así:

Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tuviera amor, no sería más que un bronce que resuena o un címbalo que retiñe. Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el conocimiento, si tuviera una fe capaz de mover montañas, pero no tuviera amor, no sería nada. Si repartiera todos mis bienes como limosna, y entregara mi cuerpo para ser quemado, pero no tuviera amor, de nada me serviría.

Estas aleyas las he pensado mucho. ¿Cómo puede una persona gastar todos sus bienes para dar de comer a los pobres y, sin embargo, no tener amor? ¿Cómo puede una persona sacrificar su cuerpo para ser quemado y hacer esto sin amor? Y encima esta persona tiene fe. Tiene una fe tan fuerte que puede incluso trasladar montañas. Esta persona puede ser incluso un profeta, pero tener o no tener amor es algo que está en su propia mano; por ejemplo, como el profeta Jonás. La experiencia de este profeta aparece en la sección de Jonás de la Sagrada Escritura. El tema es muy breve y de profundo significado.

Dios va a destruir una ciudad a causa de sus pecados. Y encarga a Jonás anunciar esto en aquella ciudad. Pero Jonás no va a aquella ciudad que Dios le dijo, sino que se sube a un barco que iba en dirección totalmente contraria y, prácticamente, huye. Dios, durante su travesía, hace grandes olas. A todos los que iban en el barco los invade el miedo a la muerte. Aquellas personas investigan por qué, de parte de quién, nos ha venido esto sobre nosotros. Es decir, según lo que aquellos marineros comprendían por su experiencia de años, esta situación, naturalmente, no es una situación natural. Le preguntan también a Jonás, y Jonás lo cuenta todo, y a continuación añade: «Arrojadme al mar y os salvaréis». Los hombres se asustan aún más y esta vez se esfuerzan por remar para llegar a tierra. Pero las olas se vuelven aún más violentas y, al final, hacen caso de lo que dijo Jonás y lo arrojan al mar. Y las olas se detienen y el mar se calma. Y Dios prepara un gran pez, y este pez se traga a Jonás. Jonás permanece tres días en el vientre del pez. Durante ese tiempo suplica a Dios y se arrepiente. Y el pez vomita a Jonás en tierra. Dios le da a Jonás otra vez la misma orden. Esta vez Jonás va y, anunciando en la ciudad, dice: «Cuarenta días más, y la ciudad de Nínive será destruida». (Jonás 3:4) Después va a contemplar cómo será destruida la ciudad y se levanta una enramada en un lugar fuera de la ciudad. Pero, cuando el pueblo de la ciudad y el rey oyen esta noticia, todos se arrepienten. En todo el país se proclama ayuno. Se dice que ni animal ni ser humano coma, que se humillen ante Dios. Se proclama que todos oren a Dios con todas sus fuerzas, que se vuelvan de sus malos caminos y de la violencia. Dicen: «Quizá Dios cambie de parecer y se compadezca de nosotros, se vuelva de su ardiente ira y no seamos destruidos». Dios ve su arrepentimiento y que se han vuelto de sus malos caminos, y desiste de la calamidad que iba a hacer contra aquella ciudad y perdona a aquel pueblo. (Jonás 3:6-10)

Lo interesante del asunto y su relación con nuestro tema del amor empieza aquí. Cuando Jonás ve que Dios no le hizo nada a aquella ciudad, se enfurece muchísimo. Llega a un estado tan furioso y abatido que desea la muerte. Empieza a rebelarse y a discutir con Dios. Mirad, voy a escribir exactamente, en su lugar, las palabras de Jonás:

Jonás se disgustó muchísimo y se enfureció. Oró al SEÑOR así: «Ah, SEÑOR, ¿no dije yo esto mientras estaba aún en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis. Yo sabía que tú eres un Dios clemente, compasivo, lento para la ira, grande en amor y que desiste de castigar. Ahora, SEÑOR, te ruego que me quites la vida. Porque para mí es mejor morir que vivir».

Jonás 4:2-3

¿Os llamó algo la atención aquí en las palabras de Jonás? Jonás, en realidad, está muy furioso y discute con Dios. Hay una situación que lo agota hasta el punto de querer morir. Que esto es así no se comprende solo leyendo estas aleyas, sino que, cuando se lee el tema entero —de unas pocas páginas—, los sentimientos de Jonás se comprenden mejor. Jonás, con estas palabras, dice también por qué acusa a Dios. Los lugares que he subrayado, ¿son maldad para Jonás? Sí, Jonás, en su furia, habla de que Dios es perdonador, compasivo, de que no se enfurece muy rápido, de su amor grande (infinito, sin límites) y de que desiste de castigar. Y como sabía esto, sin hacerle caso a Dios, intentó huir a otro lugar. Y sin embargo, las personas que se enfurecen, ¿no se dicen cosas malas unas a otras? Pero ¿qué tienen de malo estas cosas que Jonás enumera? Según nosotros, ninguna, pero Jonás, a sus propios ojos, ve estas cualidades de Dios como algo malo. Se enfurece diciendo: «¿Por qué perdonas a estas personas?». Se enfurece hasta el punto de querer incluso morir, diciendo: «¿Por qué dijiste que iba a destruir y luego no quemaste ni destruiste?». Y del amor excesivo de Dios habla como si fuera con odio. Porque Jonás mira a aquel pueblo solo desde su propio punto de vista y sin sentir amor alguno. Por eso, que ellos no sean destruidos le parece a Jonás, en cierto modo, como un tiempo y un esfuerzo perdidos en vano. Y, además, Jonás, que es un rígido legalista, no logra comprender en absoluto el amor de Dios que desiste de destruir a aquellas personas malas. Pero, en cambio, se apena muchísimo de que la planta de calabacera que creció en una noche, dándole sombra sin que él le hubiera puesto ningún esfuerzo, se destruya otra vez en un solo día. Y de la planta de calabacera, o del ricino que aparece en la nueva traducción de la Sagrada Escritura, no se apena porque la amara, sino porque lo protegía del sol ardiente y ya no le iba a dar sombra. (Jonás 4:10) Además, que Jonás es una persona recta y rígidamente legalista lo comprendemos también por su comportamiento en el barco. Al decirles a los del barco «arrojadme y os salvaréis», en realidad no les oculta esta verdad a aquellas personas. Jonás no es una persona que solo piense en sí misma. Que es una persona sumamente justa y recta es seguro, pero escaso en amor. Pero Dios también, con esta experiencia que le sucedió, le explicó muchas cosas. De lo contrario, Jonás no habría redactado esto. Porque, frente a la furia de Jonás, la lógica del amor de Dios es muy superior. Frente a esta furia suya, Dios responde así:

Y el SEÑOR dijo: «Tú te apiadas de la planta de calabacera, en la que no pusiste ningún esfuerzo y que no criaste, esa calabacera que en una noche brotó y en una noche se destruyó; ¿y yo no me voy a apiadar de Nínive, esa gran ciudad? Esa ciudad en la que hay más de 120.000 personas que no saben distinguir su derecha de su izquierda, y también muchos animales». Jonás 4:10-11

Es seguro que el amor no tiene relación con el conocimiento, con la fe, con el rango de profeta. Entonces, ¿cómo puede una persona, sin amar, sacrificarse a sí misma, sacrificar su vida? En la aleya dice «si entregaras tu cuerpo para ser quemado». ¿Para quién es fácil esto? Sí, aunque una persona haga incluso una cosa tan difícil, eso no significa que forzosamente lo haya hecho por amor. Entonces, ¿por qué hace la persona un sacrificio así, y encima sin amar? Puede haber muchas razones. La persona puede hacer esto solo por su propio honor. Lo hace por heroísmo, o porque le parece correcto. En ese momento no vio otra salida, o le lavaron el cerebro, es decir, la manipularon. Y, además, hay tantísimas personas que muestran tales heroísmos. Sobre este tema se me vino a la mente una historia que cuentan los musulmanes. A pesar de que esta historia no está escrita en el Corán ni nada, me gusta mucho, y además es significativa.

En tiempos de Mahoma los musulmanes luchaban contra sus enemigos. Durante la batalla, la conducta muy valiente y arriesgada de uno de ellos llamó la atención de sus compañeros. Este hombre, espada en mano, entrando y saliendo desde encima del caballo, desde el lomo del camello, por la nuca del enemigo, desafiaba a la muerte, por así decirlo. Y, según las aleyas que llegaban en aquel tiempo, se anima a las personas no a la cobardía, sino a luchar para defenderse. Otra vez, si vamos a leer del Corán, sobre muchos que temían y volvían atrás, Dios no habla nada bien. En fin, los musulmanes ganan la batalla y algunos se acercan a aquella persona que había mostrado ese valor y alaban su valentía, sus esfuerzos, basados en esa fe suya. Le hacen cumplidos como «si no hubiera personas así, como tú, ¿qué habríamos hecho?». Y él, como respuesta, dice así: «Yo no sé de eso; ¿veis aquel palmeral? Pues bien, ese es mío». Y, continuando, dice: «Si hubiéramos perdido esta batalla, se me habría ido de las manos mi palmeral», y ante esto todos los que lo alababan allí se quedan igualmente petrificados.

No sé si esta historia ocurrió de verdad. Pero el significado que hay detrás llama la atención no sobre lo que las personas hacen, sino sobre para qué lo hacen. A esto en turco antiguo se le llama «saik», y su significado es «la actitud del corazón». A la actitud del corazón con la que una persona hace algo se le llama su «saik». Es decir, el «saik» de aquel hombre, el mostrar valor frente a quienes se esfuerzan por destruir a los musulmanes, no fue porque amara ni al musulmán ni al islam; ama su palmeral, sus propios intereses. Esto, para aquel hombre, puede ser el palmeral, y para otro, otras cosas.

Poco tiempo después de haber entrado entre los Testigos, Bernd me pidió que le ayudara a empapelar las paredes de su casa. Dije: «Claro que voy» y fui. Yo en aquel entonces tenía unos 24 años. Mientras trabajábamos juntos, le hice una pregunta a Bernd. Le dije: «Bernd, ¿tú me quieres?». Ahora que lo pienso, significa que en aquel entonces yo ya me había dado cuenta de algo. Me había dado cuenta, tanto que hice una pregunta así. Las cosas que hacían estas personas parecían muy valiosas a mis ojos. El amor, cuando es amor que viene del corazón, se muestra en cada uno de una forma distinta. Comprender esto a veces es muy difícil. Y encima, en una persona que conoce las Sagradas Escrituras, comprenderlo es aún más difícil. Por eso hice esta pregunta abiertamente. Dentro de mí había, sin duda, una duda, y por eso la había hecho. Bernd dio una respuesta muy clara y nítida. Dijo: «Yo no puedo quererte, porque tú no eres mi hermano». Es decir, yo no era un Testigo de Jehová. La verdad, ¡tampoco me esperaba una respuesta tan clara y tan franca! Pero él dijo lo que le venía del corazón. Años después, cuando hablamos sobre este tema, se defendió diciendo: «Es que nos habían dado esa enseñanza». En mi opinión, en él también estaba la excusa de echarle a la educación que recibieron la responsabilidad del amor que no tenían dentro. Porque frenar un amor que existe es algo muy difícil. Es más, a veces es imposible. La persona no le puede hacer esta pregunta a cualquiera. Esto me lo dijo un compañero de clase. Me dijo: «Igual que todo el mundo huye de preguntas así, hablar de estas cosas requiere valor». Yo estaba muy feliz con nuestra convivencia con los Testigos. Desde que nos habíamos conocido habían pasado quizá 6 u 8 meses o así. Sí, habíamos tenido nuestras discusiones, ya fuera sobre el Corán o sobre otros temas, pero dentro del respeto y con cortesía. Además, yo los había querido mucho. La primera noche que los conocí les había dado mis trajes, que nunca me ponía y que me quedaban pequeños. En aquel momento, sin esperar nada. Quería compartir con ellos todo lo que tuviera. Que esto no se entienda, por favor, en el sentido de blandenguería. Nosotros, como gente de un país mediterráneo, amamos muy rápido, y también nos peleamos muy rápido. Yo siempre me esforcé por no ser así. Siempre intenté evitar ser alguien que ama a las personas con sentimientos de un momento y las odia con sentimientos de un momento. En resumen, yo mantenía nuestra convivencia con ellos con estos sentimientos. Y, además, estas personas ¿no venían a predicarme para salvar mi vida? ¿Sería esto posible sin amor? Pues resulta que sí era posible. Estas actividades suyas de predicación de puerta en puerta, hacerlas no sé cuántas horas al mes, su ardor, sus esfuerzos, sus afanes, podían apoyarse en cualquier cosa, pero no se apoyaban en el amor al ser humano. Pero mi amor no dependía de que Bernd me quisiera. Los niños del barrio se preguntan unos a otros: «¿Tú me quieres?». Si el otro niño dice «no», él también dice: «Pues yo tampoco te quiero». Si hubiera dicho «sí», sonriendo diría esta vez otra vez «yo también». Es decir, lo que diga el de enfrente, él también dice exactamente «yo también». El amor verdadero, en cambio, no es algo que dependa de que el de enfrente ame o no. Y menos aún, ¿acaso el amor tiene condiciones? Mirad qué dice Juan sobre este tema:

En esto consiste el amor: no en que nosotros amáramos a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios nos amó así, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros. Nadie ha visto jamás a Dios; si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su amor se ha perfeccionado en nosotros. 1 Juan 4:10

Los Testigos quieren entender esta palabra «los unos a los otros» solo como los de entre ellos. Aunque en este asunto sus pensamientos sean confusos, en el fondo sus prácticas son exactamente como las palabras que Bernd me dijo a mí. Veamos, ¿dejó Jesús el Mesías un ejemplo así? Cuando estaba clavado en la cruz, sin distinguir siquiera a los que lo odiaban a su alrededor:

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen», dice, en Lucas 23:34.

Yo estas palabras y estos sentimientos los he usado mucho de vez en cuando respecto a los Testigos, diciendo: «Dios mío, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Yo tampoco soy una persona buena y llena de amor, pero tampoco logro resolver qué sentido tiene odiar sin razón. Aunque no sienta nada por alguien que es bueno conmigo, es más, aunque esa situación me incomode, antes que herir ese amor suyo, es mejor que no vea nunca a esa persona. Ya que no puedo vencer mis propios sentimientos, ¿por qué va a resultar herida esa persona por culpa de mi debilidad? Muchos años después, cuando hablamos sobre este tema, Bernd dijo esta vez: «Qué asombro, ¿cómo pude yo decir una cosa así?».

Yo había dicho: «Bernd es una persona muy tranquila, educada, que le da comodidad a todo el mundo». Por eso había escrito también que todos lo quieren y se sienten a gusto a su lado. No se mete con nadie, no le hurga la herida, no le pisa la cola, etc. Yo he oído a todos los que conocen a Bernd hablar bien de él. Todos quieren a Bernd, pero ¿acaso Bernd quería a todos? En mi opinión, este sigue siendo uno de sus mayores defectos. Quizá por eso este acto de amar sea uno de los mandamientos más difíciles de Dios. No solo para Bernd, sino para mí, para todos nosotros, para toda la humanidad, es así. Pero todos los problemas surgen también por eso. Y encima algunas personas, incluido Bernd, hagas lo que hagas durante años, por mucho que las quieras, por muy bien y generosamente que te comportes con ellas, nunca aman, no pueden amar. La educación que hayan recibido, en mi opinión, no puede ser una excusa. La Sagrada Escritura habla del amor de amistad entre David y Jonatán, el hijo del rey Saúl. A pesar de la gran diferencia de edad entre ellos y de la enemistad de Saúl, el padre de Jonatán, con David, en el escrito dice: «Jonatán amó mucho a David, y David a Jonatán». (1 Samuel 18:1-4; 19:1-7; 20:17 y 41-42; 2 Samuel 1:11-12) En el amor, en realidad, no hay excusa; es el odio el que busca excusas.

Hay personas que conozco que no creen en absoluto en Dios. Estas personas realizan activamente muchos sacrificios. Instituciones de ayuda, reuniones, los problemas de las personas, la lucha contra el hambre, la ayuda a las personas que viven en África, etc. En resumen, un montón de actividades sociales. Y sin embargo, esa persona dice que no cree en nada. Con la muerte, para ella todo se acabará. Es decir, no hace lo que hace porque sea mandamiento de Dios ni nada. Cuando uno se fija en personas así, se ve también claramente que no hacen todo esto por amor al ser humano. Todo su móvil es buscar su propio honor a los ojos de la gente y, sobre todo, sentir una satisfacción de sí mismos. Por ejemplo, en la secundaria y en el bachillerato tuvimos muchas profesoras ricas. El sueldo de profesora que cobraban no les alcanzaba ni siquiera para el maquillaje que se hacían. Y aun así trabajaban. Estas personas tampoco eran para nada del tipo que ame a los alumnos. Tampoco puedo decir que amaran trabajar, pero que odiaban quedarse en casa sin hacer nada era seguro. No trabajar en absoluto o vivir con la etiqueta de ama de casa las rebajaba mucho. Tampoco podemos ver el que personas con una intensa actividad social realicen sacrificios como una regla basada en el amor. Además, ser siempre alabadas y recibir respeto también les gusta mucho. Estas personas cuyas fotos vemos posando en los periódicos, con los cheques en la mano, en las ayudas hechas a instituciones benéficas, en mi opinión no hacen esto forzosamente por amor. Esto tampoco debe significar que odien a todo el mundo. Que una persona no sienta amor no significa que tenga enseguida el odio, que es todo lo contrario.

Junto a esto, aunque esa persona tuviera amor al principio, si no tiene cuidado perderá este sentimiento muy rápido, de todas formas. Porque estas tareas están organizadas de tal modo que es como que un obrero que trabaja cada día en una cinta recoja continuamente las mismas cosas, o las junte. Por mucho amor que tenga, aquella situación organizada en la que se encuentra le quita este amor que hay en su interior y lo destruye, lo vuelve monótono. Cuando una persona se enfrenta continuamente a las mismas cosas cada día, con el tiempo perderá sin duda aquella primera sensibilidad. Y encima, si estas cosas, en nombre del sacrificio, tienen que hacerlas continuamente ciertas personas determinadas, todo esto se convertirá un día para ellas en una carga, y ya no podrán llevarla.

Una situación parecida a lo que he escrito le sucede a Moisés. Se estima que el Israel de aquel entonces era de unos seis millones como mínimo. Solo hay 600.000 soldados listos para la guerra. Estos tienen sus familias que no pueden ir a la guerra, sus hijos, sus hermanas, sus madres, sus abuelos, sus abuelas. Y encima las familias de aquel tiempo eran numerosas. Esta cifra, por estimación, decimos que era de 3 a 6 millones como mínimo. Moisés estaba encargado de sacar a todas estas personas de Egipto, de la esclavitud. Y Moisés es la única persona que iba a traer solución a todos sus problemas, sus disputas, todo tipo de asuntos en el desierto. Mirad qué le dice Moisés a Dios al cabo de un tiempo, cuando ya no aguanta; leámoslo en su lugar:

«No puedo llevar yo solo a este pueblo, no puedo cargar con tanto peso. Si me vas a tratar así, si he hallado gracia a tus ojos, te ruego que me mates enseguida y que no vea yo mi propia ruina». (Números 11:14-15) dice.

Moisés se da cuenta de un peligro, y es el peligro de que se destruya el amor que hay en su interior. Porque Moisés no es, por carácter, alguien que vaya a reinar sobre los demás, a oprimirlos. Lejos de reinar sobre aquellas personas, al contrario, es alguien que se ha hecho prácticamente esclavo, sirviente de ellas. En cada una de las insensateces, de los errores de los israelitas, cuando les sobreviene una desgracia, su corazón se abrasa. Cuando Dios se enfurece con Israel y quiere destruirlos, Moisés siempre se mete en medio y prácticamente se desvive por salvar a aquel pueblo con razones muy lógicas ante Dios. Y Dios actúa conforme a sus palabras. Que Moisés es así, por supuesto, también lo sabe Dios, pero, para que también nosotros lo sepamos, para que sirva de ejemplo, Dios hace que se redacte. De lo contrario, de estos sucesos no debe sacarse el sentido de que «las personas gobiernan a Dios». Para Moisés, los problemas, las penas de aquella nación se convierten ya en una carga imposible de llevar. Y sin embargo, ¿acaso Moisés, si hubiera querido, no habría podido descargarse a sí mismo sobre las espaldas de aquel pueblo? Que no era de un carácter capaz de hacer esto lo comprendemos ya cuando leemos todos aquellos registros. Habría muerto, pero aun así no habría hecho tal cosa.

Pensad en este hombre. En aquel tiempo no había ordenador, teléfono, radio, coches rápidos, aviones ni nada, como ahora. Ni siquiera había papel. Este hombre al que llamamos Moisés se ocupa una a una de las penas de todas estas personas. Cada día, durante cuarenta años. Cuando pienso en las excusas respecto a ayudarse unos a otros de las instituciones religiosas más ricas de hoy, ¡a pesar de que poseen cosas como ordenadores, teléfonos, correos electrónicos, poder ir volando en un día a países al otro lado de los continentes, coches con aire acondicionado, etc.! Ni siquiera quieren escuchar, solo escuchar, las penas unos de otros. Los pleitos, las penas que el pueblo de aquel tiempo traía ante Moisés a veces nos parecen a nosotros tan insignificantes. Por ejemplo: el tema de «cómo repartirán la herencia las muchachas que no tienen ningún hermano varón en la familia, si se casan». La respuesta a esto tampoco la sabe Moisés mismo, se la pregunta a Dios. Y Dios responde, y esta respuesta se convierte en ley. ¿Acaso Dios o Moisés reprenden a esas personas diciendo «¿por qué venís con un tema como este?»? No, intenta comprenderlos todos uno a uno. Estos son sacrificios que a nosotros hoy nos parecen imposibles. Estas cosas que escribo son, por supuesto, ejemplos muy contrarios a aquellos corredores que se autoproclaman profetas y dicen «somos el único canal que Dios estableció en la Tierra, si no es por nosotros no os salvaréis». Las aleyas relacionadas con este tema, si queréis, podéis abrirlas y leerlas en su lugar. Éxodo 18:13-25, 32:30-33.

Además, cuando Dios quiere destruir a aquella nación, vemos aún más el verdadero amor de Moisés y su desvelo por aquel pueblo. En ese momento, la propuesta de Dios a Moisés es exactamente esta:

He visto a este pueblo, y he aquí que es un pueblo de dura cerviz (terco); déjame, que los destruiré y borraré su nombre de debajo de los cielos; y de ti haré una nación más fuerte y más grande que él. Deuteronomio 9:13-14.

Pensad en el honor que Dios le dio a Moisés. Sea en la época que sea, incluso la persona que pensamos que es la mejor, ante estas palabras de Dios, ¿no diría «tú sabes, Dios mío, hágase tu voluntad»? Pero no, ¿qué hace Moisés? Sube al monte, ayuna cuarenta días y cuarenta noches, se postra en tierra ante Dios y después cuenta estos sucesos a Israel otra vez con sus propias palabras así:

«Por todo el pecado que cometisteis al hacer lo que era malo a los ojos del SEÑOR para enfurecerlo, me postré en tierra ante el SEÑOR cuarenta días y cuarenta noches, como la primera vez; no comí pan ni bebí agua. Porque temí ante el furor de la ardiente ira del SEÑOR contra vosotros, para destruiros. Pero el SEÑOR también esta vez me escuchó», dice, en Deuteronomio 9:18-19.

¿Qué dijo Moisés para que Dios lo escuchara? Leamos otra vez las palabras de Moisés en su lugar:

Rebeldes habéis sido al SEÑOR desde el día que os conozco. «Me postré en tierra ante el SEÑOR cuarenta días y cuarenta noches, porque el SEÑOR había dicho que os iba a destruir. Y oré al SEÑOR así: "Oh Señor SEÑOR, no destruyas a tu pueblo, tu propia heredad, que rescataste con tu gran poder y sacaste de Egipto con mano fuerte. Acuérdate de tus siervos Abraham, Isaac y Jacob. No tengas en cuenta la terquedad de este pueblo, ni su maldad ni su pecado. De lo contrario, el pueblo de la tierra de la que nos sacaste dirá: 'Como el SEÑOR no pudo llevarlos a la tierra que les había prometido, y como los aborrecía, los sacó de Egipto para destruirlos en el desierto'. Y sin embargo, ellos son tu propio pueblo y tu heredad, a los que sacaste de Egipto con gran fuerza y con tu mano poderosa". Deuteronomio 9:24-29

Esto es el amor verdadero. De alguien así decimos: «lo hacía con amor». Y estas cosas que hizo tampoco fueron en vano. Moisés no se sacrificó forzosamente quemándose en el fuego, sino que mostró su amor de forma activa. La persona que se quema en sentido literal no le sirve de nada ni a sí misma ni a los demás. Como leímos al empezar este tema del amor, en 1 Corintios 13:1-3, el que aquella persona que entrega su cuerpo para ser quemada no tenga amor no le proporcionará ningún provecho. Es más, en nuestra época estas autoinmolaciones se pusieron por un tiempo de moda. A quién y a qué le sirvieron o le sirven tales exhibiciones, eso también es otro tema. Cuando pensamos estos sucesos, cuando los pensamos profundamente, comprendemos mejor por qué el Apóstol de Dios describió así el amor. Hagamos lo que hagamos, al menos nuestra relación con Dios no debe ser superficial. Si lo que hacemos, sea por exhibición, por miedo a la sociedad, por intereses o por lo que sea que se pueda ocurrir, al final no se apoya en el amor, a esa persona no le servirá de nada. Los Testigos, para completar horas y dar informe; el otro, para recaudar dinero para la mezquita, pensando que también le quedarán unas cuantas monedas para sí; y algunos, para ampliar aún más sus aleros, hacen de todo. ¿Que si no lo hay en el mundo? Lo hay. Pero el amor no lo hay en ninguno de ellos. Yo no me refiero a personas individuales una por una; quiero recalcar qué le sale a la humanidad, en general, de los frutos de estas religiones en toda nuestra Tierra.

De las juntas directivas de los Testigos no he visto ni la millonésima parte de las cualidades de Moisés que están escritas arriba. No hacia mí, sino unos hacia otros. Y encima ellos ven a Moisés como alguien pequeño e insignificante. Según ellos, el que supuestamente merece el mayor valor es Jesús. Digamos que es cierto y que tienen razón. Jesús realmente era alguien perfecto, sin pecado. Pensad en lo que se cuenta sobre Moisés y, si Moisés era alguien así, pensad entonces vosotros cómo sería Jesús el Mesías. Y después, ¡comparadlo pensando en que estos fraudulentos digan sobre sí mismos: «Si no es por nosotros no os salvaréis, somos el único canal que Dios usa»!

En aquellas revistas de Despertad también se escriben las experiencias que les han sucedido a los Testigos. Hablan de cómo sobrevivieron en las situaciones difíciles que les sobrevinieron, etc. En general, en estas experiencias que he leído, no he visto la mano de ayuda que uno de los suyos les tendiera, sino siempre los propios esfuerzos de aquellas personas. Y muchísimo menos, de aquellas juntas directivas ni he visto ni he oído ningún, pero ningún, provecho. Ellos promulgan ley tras ley, pero solo se fijan en el tema de a quién van a expulsar de entre ellos. Y aquellos de más abajo están ocupados con todo tipo de servicio, con imprimir lo que se escribe en las imprentas. Todo su mayor provecho entre sí son estas revistas que imprimen. Y, a decir verdad, todo lo contrario: he visto, he vivido, he leído y he oído que las enseñanzas de aquellas revistas, más que un provecho activo, solo dañan; sí, dañan, y con órdenes que empujan a las personas a la muerte, ponen sobre sus espaldas cargas imposibles de llevar. En su día, una carta aduladora que le escribieron con hipocresía a un loco como Hitler —que ningún Testigo conoce—, y después una segunda carta que enloqueció a aquel loco hasta el punto de tomar a los Testigos como un blanco especial, salió de las juntas directivas de estos, de América. Y encima, sin avergonzarse, todavía leen en sus congresos una copia de esta segunda carta diciendo: «Mirad qué gran hombría hizo nuestra junta directiva con Hitler». Ellos en aquel entonces, con las espaldas cubiertas en América, hacen, por así decirlo, hombrías. El propósito no es ayudar a los que viven allí, sino que con las cartas que escriben solo buscan su propio provecho, su capricho y su orgullo. Y sin embargo, lo que les sucedió a los Testigos de la Alemania de aquel tiempo, que murieron, que sufrieron torturas, que fueron blanco del odio de todo el pueblo en vano, lo siguen publicando como experiencias emocionantes. Este no es solo el error de la Alemania de Hitler; hasta nuestra época, durante años, también en la situación de Malaui se dieron frutos terribles semejantes. No tienen amor como para temer cometer errores. En los temas venideros publicaré también la carta que enviamos a la junta directiva de los Testigos sobre este tema a causa de mi mujer. En aquella carta, haciendo también citas del libro de Raymond Franz, que les sirvió más de 40 años y que llegó hasta la junta directiva, y al que después expulsaron de entre ellos, intentaré dar más espacio a estos temas.

Los Testigos predican de puerta en puerta esforzándose enormemente. Reparten revistas, folletos, libritos, y organizan encuentros familiares para atraer a las personas hacia sí. Todos sus pensamientos, sus esfuerzos, sus fuerzas, son predicar y reunir gente para sus propias reuniones y, al final, conseguir que se bauticen para hacerlos miembros. Los que están cansados y sin ganas tienen un único propósito: predicar y completar horas. Escuche o no el de enfrente, venga o no venga, él va siempre a predicar de puerta en puerta. Es más, cuando su hora programada para ese día está a punto de terminar, si alguien de la puerta a la que llama lo escucha y empieza a hacer preguntas, por dentro dice «¡vaya por Dios!». Y procura, cuanto antes, concertar una cita y marcharse. A la organización tampoco le gustan nada estos tipos. El propósito de la organización es atraer fuerzas frescas hacia dentro por medio del bautismo. Porque, como he mencionado arriba, con la promesa lejos de la voluntad de Dios que sacan de la boca de las personas en el bautismo, en cierto modo intentan dominar el espíritu de esas personas. Esas personas ya se han vuelto exactamente como una masa con levadura, y encima ya están listas para hornearse. Ya las usan y las manejan a su antojo. No veáis esto como cosas que ocurren solo en nuestra época. Aunque la técnica y el tiempo hayan cambiado, la naturaleza de la humanidad no cambió. En tiempos de Jesús también había tales religiones y sectas. Contra estas personas hipócritas y esforzadas, Jesús dice palabras muy hermosas y acertadas:

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos (en aquel tiempo, una secta religiosa entre los judíos), hipócritas! Cerráis la puerta del Reino de los cielos en la cara de las personas; ni entráis vosotros mismos ni dejáis entrar a los que quieren entrar. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Recorréis mares y continentes para convertir a una sola persona a vuestra religión. Y, cuando se convierte, la hacéis merecedora del infierno el doble que vosotros». Mateo 23:13-15

Después de esto, reinar sobre esas personas también es fácil. ¿Acaso la promesa que se da en el bautismo no es clara y comprensible? Para que esa persona se vuelva atrás de esta promesa tiene que ocurrir realmente un gran suceso. En general, los que más se expulsan de entre ellos son por adulterio. Todos los años oís que a 300.000 personas se les cortó la relación; el noventa por ciento de esto es por haber cometido adulterio. Estas cifras eran así a comienzos de los años 1990; ahora quizá se hayan duplicado. Después vienen el robo y otros delitos comunes. Y muy pocos son los que apostatan. El significado de la apostasía es estar dentro de ellos y luego oponérseles, ya no aceptar algunas de sus prácticas y de lo que dicen. Los que critican lo que hacen, hacen preguntas y censuran; estos son los más peligrosos. Aquel ladrón, aquel malhechor, aquel que comete adulterio, todos, no tarda un año o dos y vuelven a la misma congregación, a la misma reunión. Y de repente ves que ¡caen del cielo como si se hubieran convertido en hermanos! Y también hay abundantemente entre estos Testigos el asunto de la violación de niños de corta edad. Estas cosas nadie las oye, nadie las conoce, no se hablan; incluso pensar en algo así es un gran pecado. Ellos no quieren que a sus miembros les pase por la mente ni siquiera semejantes cosas. ¡Porque ellos están encargados de protegerlos! Pero aun así, de entre ellos, todos los años entre 300.000 y 400.000 lo confiesan y, diciéndolo abiertamente, han cometido tales cosas. Los que no lo dicen, los que lo hacen en secreto, en mi opinión son muchísimos más, dos o tres veces esa cifra. Mientras no se diga abiertamente, si esta situación no ha caído tampoco en el ojo de los detectives curiosos que hay entre ellos, ni siquiera quieren saberlo. Porque ellos se enorgullecen de estos porcentajes. Diciendo: «Mirad qué bajos son los índices de delito entre nosotros». ¡De lo contrario, si alcanzaran el número de los índices de aquellos católicos, protestantes a los que les tiran piedras, qué harían! La conciencia de estos que cometen delito, de los que he hablado, llega un día en que otra vez los trae a todos de vuelta. Y ellos también les abren los brazos. Solo aquellos que apostatan no han cometido adulterio ni han robado ni han violado a un niño pequeño ni han cometido ningún otro delito vergonzoso. Su mayor delito ha sido hacer preguntas y esforzarse por mostrar las equivocaciones de estos. Estos nunca han vuelto, y ellos tampoco los han readmitido nunca. En este libro mío solo daré algunos ejemplos que conozco bien. De entre estos, el ejemplo más cercano a mí está Bernd y también mi mujer. A Bernd, debo confesarlo, lo empujé yo por detrás. Lo expulsaron de entre ellos por haber dicho: «¿Por qué decís que Dios no siempre ve el futuro?». En este libro ya he publicado tal cual su carta y la de nuestra señora. A nuestra señora, por alguna razón, no logran expulsarla de ninguna manera, ¡y tampoco responden! Lo leeréis más adelante. De estos hay decenas de miles. A Raymond Franz también lo expulsaron por «¿por qué comió con su empleador que había apostatado?». Sin duda las verdaderas razones son otras. Y las verdaderas razones, como he dicho, son no doblegarse ante estos. Empezar a decir ya no siempre «sí», sino «no».

Yo estas cosas que escribo las supe muchísimos años después. Y encima a pesar de no haberme doblegado nunca, pero nunca, ante ellos. Mientras estuve dentro de ellos, muchas de las tonterías que hacían iba a aplicarlas también yo, creyendo que eran mandamiento de Dios. El haber visto y comprendido hasta hace poco muchos de sus trapos sucios lo veo como un regalo de Dios. Los Testigos se comportan con extrema cautela hacia los que no son de los suyos y ponen en medio un terrible muro de secretismo. Por eso ver y comprender su interior lleva tiempo. Como he dicho, en cuanto a la función de estas juntas directivas hay un terrible secretismo. Yo los comparo con las mafias. Las cosas que estos hacen no son cosas que harían los hombres de Dios, y no pueden serlo. Y lo que no logro comprender es cuánto de tontas, perezosas e ingenuas podemos ser realmente las personas. Somos tontos, no sabemos lo que hacemos; somos perezosos, no investigamos; somos ingenuos, creemos sin más. Mejor dicho, queremos creer. Aunque no podamos creer, nos forzamos a nosotros mismos a creer. Yo, para no tener estas características, luché mucho y me esforcé, con gusto, en investigar. Quizá para todo lo demás sí, pero en el tema de Dios me mantuve lejos de tragarme así, de golpe, cada bocado sin investigar. Aun así, no creo haber tenido éxito al cien por cien.

Las personas se meten en tantísimos riesgos que, y encima por nada, a veces se envenenan la vida a sí mismas. Estando con sus amigos, con personas a las que no ama ni conoce de nada, ha defendido a otro hombre que estaba a su lado porque acosó a la mujer de otro, o porque riñó injustamente con otro que estaba a su lado, a pesar de que por dentro no le daba la razón. Si la situación avanza, mueren y matan también. Van a la cárcel, a la tumba. Y a veces quedan lisiados de por vida. Todo esto surge de esa lealtad de «haga lo que haga el que está a mi lado, yo no lo abandono». A pesar de que el que está a su lado tiene el cien por cien de culpa y es un maleducado, ¿qué ha demostrado la persona defendiéndolo? ¿Es esto rectitud, lealtad, hombría? Junto a esto, como en el ejemplo que he dado, si hablas con una persona así, dispuesta a arruinar su vida sin pensar con todas estas cosas, para animarla, sobre Dios, si le explicas, si le dices «lee», si le dices «investiga», de ninguna manera quiere creer. Le da pánico cometer una equivocación. No solo porque no cree, porque lo ve falso, sino que creer en las cosas que son verdaderas le parece como traicionar a su propia religión. Estas religiones, como he usado en la comparación, son igual que un mal amigo. Mientras las personas mueren por nada por la equivocación de sus amigos, de sus religiones, de sus Estados, de sus líderes, de sus políticos a los que no aman, ¡en cambio, por la rectitud, por la vida eterna, por alguna razón se comportan con mucha cautela, con muchísimo cuidado, hilando finísimo, hasta para mover siquiera un dedo!

Los Testigos, yendo de puerta en puerta, cuentan a las personas las cosas que supuestamente creen y, por este medio, quieren abrirles los ojos. Se esfuerzan por demostrar cuán equivocados y malos frutos han dado las religiones. En los temas que dicen sobre esas religiones, la mayoría de las veces tienen razón. Intentan contar cómo aquellas sangres bajo la tierra derramadas en las guerras a lo largo de la historia, aquellas sociedades que sufrieron amargo tormento por la religión, han caído bajo el efecto de la religión, como una especie de droga espiritual, opio, heroína. Hay personas a las que visitan así durante años. Cuando hablan entre sí sobre ellas, mencionan, meneando la cabeza sin sentido, «¿cómo es que todavía no sale de esa religión?», y dicen que no logran comprenderlas en absoluto. Y ellos mismos, ¿cómo son ellos mismos? Ellos se aferran a aquellas juntas directivas quizá de una forma más incomprensible, más descerebrada, con una terquedad más fanática que los miembros de todas las demás religiones. Al menos los demás, aunque sea de vez en cuando, escuchan también otra creencia; estos ni siquiera se dignan a tales cosas. Estas personas que a los demás les dicen «toma, toma, lee estos libros nuestros, estas publicaciones nuestras, trabaja sobre ellos, subráyalos», por la pequeña imagen de otra religión, o de un libro que parezca que va a ir contra su propia religión, se resisten incluso a tomarlo en la mano. Cuando a estas personas que van de puerta en puerta a corregir a todo el mundo se les hace lo mismo a ellas, no solo no escuchan en absoluto al de enfrente, sino que ni siquiera le muestran tolerancia. Y a veces, cuando en una predicación llaman a la puerta de una persona fanática que tiene su misma mentalidad, aquellas personas los echan, les sueltan los perros por detrás y los reprenden desde las ventanas. Y ellos cuentan en sus congresos: «Qué mala es la humanidad de este mundo».

Esto, por supuesto, tampoco debe significar que no escuchen nada. Escuchan muchas cosas y a muchas personas que son absurdas y disparatadas. A lo que me refiero es que les da pánico los que las conocen, los que hablan de temas lógicos, efectivos hasta el punto de llegar al corazón. Para ellos esto es un gran peligro. Lo que ellos mismos hacen cada día, cuando lo hacen otras personas, ¿por qué no lo comprenden o no pueden aceptarlo?

No entendáis, por favor, estas palabras mías otra vez como que valen para todos ellos. Aunque sean muy pero muy pocos, es una realidad que también hay personas valiosas entre estos. Pero esto es así en general en todo el mundo. La razón por la que hablo de estas personas no es hacerlas ni muy muy buenas ni muy muy malas. Quiero explicar que esa creencia de «nosotros somos completamente distintos», que hay en las enseñanzas que dan, no es cierta y no puede serlo. Vivir bajo una bandera, una comunidad, una religión, un gobierno no hace automáticamente iguales a todas esas personas. Que la persona haya entrado en esa religión, que haya venido a ti, no significa que sea forzosamente como tú. ¿Acaso todas las personas que usan las mismas cosas de la misma marca tienen el mismo carácter? Solo en esos anuncios se esfuerzan por mostrarlo así, nada más. Y nunca es verdad. Los ejércitos, lo militar, el nacionalismo, las religiones, o cualquier otra cosa que esté organizada, defiende esta lógica. Ellos dicen, con esta lógica: «Si está dentro de nosotros, es de los nuestros; debe pensar como nosotros, debe creer como nosotros, debe gustarle como a nosotros, etc.». No es para nada cierto. Ellos también saben que no es cierto, pero su propósito es la sugestión. Yo a esto lo llamo la lógica del molde. Que Mao obligara a todos en China a vestir la misma ropa también sale de esta lógica, no solo de la pobreza. Según ellos, en cambio, esto son la monserga de la igualdad, la justicia. En realidad, meterán a todo el mundo en el molde que quieran para que gobernarlo, mantenerlo bajo control, les resulte fácil. Y todo esto tampoco es porque sean iguales o justos ni nada. Sino que es para, en la dirección de sus intereses y su provecho, dominar mucho más fácilmente a esas personas y poder reinar sobre ellas de forma más fácil y cómoda. Otra vez, esto tampoco debe significar que todo lo que hizo Mao esté equivocado. Si no hubiera existido Mao, el inglés, el americano, Europa habrían dejado hecha jirones a China hasta ahora, habrían destruido a esa nación con el opio y con todo tipo de humillaciones.

Los Testigos se reúnen tres veces por semana. Dos veces dos horas y una vez una hora. Junto a esto tienen, tres veces al año, congresos que duran cada uno al menos dos días. Los congresos de distrito suelen durar tres días. Antes hacían incluso congresos que duraban una semana, diez días. Como no hay salas de reunión en cada pueblo, aquella sala a la que uno tiene que ir, la más cercana, está a media hora o una hora de distancia. Y tampoco se va a la hora justa, se va diez o quince minutos antes. Y cuando la reunión termina tampoco se huye enseguida, sería feo. Al menos otra vez unas conversaciones que van de quince minutos a media hora, y la vuelta a casa. Entre ponerse corbata, chaqueta, falda, blusa, arreglarse, etc., todo esto significa que solo para ese día una reunión así se le van cinco horas. Estas cifras son cifras generales. Puede ser incluso mucho más. También depende de en qué país estén. Yo he hablado del régimen en Alemania.

Y encima se espera que estos prediquen todo lo posible. Es decir, se proponen atraer a las personas a sus reuniones, de puerta en puerta, con la Sagrada Escritura en la mano. Antes, cada uno de los llamados precursores tenía que hacer esta tarea al menos 90 horas al mes. Otra vez, que no se malentienda: ¡ninguno está bajo obligación! Ser miembro de una religión bajo obligación, como se cree, en nuestra época de todas formas nadie está obligado —salvo en muy pocos países excepcionales—. Algunas de las razones que empujan a los Testigos a hacer estas cosas son o su propio entorno, o la educación de la conciencia que reciben sin parar, sus expectativas, la afición a ponerse etiquetas, huir de otras responsabilidades, o el miedo. Aun así, estas pueden ser solo algunas de las razones. Y todo esto se lo presentan a la persona bajo el nombre de «Dios lo quiere así». Con esta conciencia desarrollada en las personas en muy poco tiempo, ya se espera de ella que, yendo de puerta en puerta a predicar, recoja fruto. Y el fruto es atraer nuevos clientes predicando. Digo clientes, porque su organización sabe muy bien que todo el que llega nuevo se comporta con más generosidad a la hora de echar dinero en la caja. No se puede negar que el dinero es también el mayor problema de toda organización, institución, Estado establecido en el mundo. Y ese dinero que se recauda, en los Testigos, es de dos clases. Una caja es para aquella sala de reunión o de congreso, y la otra caja es la que pertenece directamente a las juntas directivas de América. Yo no eché nunca, pero nunca, dinero en esa caja que iba a América. Porque el gasto de aquellas salas de reunión y demás lo cubren siempre los propios pobres que están dentro. De aquellas juntas directivas de América no pueden cobrar ni un céntimo. O, hasta que cobren, seguramente se les saldrá el ombligo del esfuerzo. Y encima les dan un martillazo en la cabeza diciendo: «¿Por qué no podéis sacar vosotros el gasto para vuestra necesidad?». Pero todas las construcciones, los edificios comprados, material y espiritualmente, se consiguen siempre con los medios de aquellos pobres. En sus obras trabajan gratis, con la fuerza de la fe. Ni siquiera se contrata a un obrero ajeno de fuera. Y toda la propiedad de aquellos edificios pertenece a las juntas directivas de América. Aunque esta situación cambie sobre el papel según la ley y el régimen de cada país, quien tiene siempre la última palabra es aquella junta directiva. Pensad que estos entran ya entre los dueños de edificios gigantescos de Nueva York. Qué es de estos dineros no se le explica a nadie. Incluso entre ellos, los que saben exactamente qué es, hay solo unas pocas personas que se cuentan con los dedos. En sus informes, las cifras de las fortunas patrimoniales que declararon en algún momento del pasado son muy risibles. Calculan su valor de forma tan astuta. Por ejemplo, ¿el valor de venta de un edificio es un millón? Ellos muestran su valor como cien mil. Y tampoco mienten, porque ese edificio les cuesta a ellos ese dinero. Con el sentimiento de «estáis sirviendo a Dios», en todas las obras han hecho trabajar siempre gratis a sus propios miembros. Y lo único que gastan es solo el dinero del material. El arquitecto, el ingeniero, el obrero, todos estos son de los suyos. Por supuesto, el gasto de esa obra también sale terriblemente bajo. Así, ahorran tanto en impuestos como en muchas cosas. Pero cuando esa cosa se vende, nadie se entera. Porque entonces aquel lugar cuyo valor se mostraba como cien mil se está vendiendo por un millón. Los dineros que recaudan de esas personas los administran a su antojo. En los últimos años, como todo el mundo, también ellos perdieron mucho dinero en la Bolsa. Quién sabe cuántos millones con sus dólares. No lo enredemos más. Y junto a esto, expulsan de entre ellos a una mujer viuda, sin nadie, diciendo «¿por qué trabajas en la limpieza del cuartel militar?». Porque, según ellos, lo militar y el servicio militar son obra de Satanás. Y ellos mismos, en la Bolsa, han hecho inversiones enormes esperando ganancias en el mismo lugar que las empresas que fabrican material de guerra. Como todo el mundo, también ellos de vez en cuando pierden. Pero a aquella mujer viuda se le muestra como ilícita la ganancia del dinero, urgente solo para su sustento, para su vida, que gana haciendo de limpiadora, porque viene de la defensa, de lo militar. Sobre personas como estas, Jesús el Mesías dice:

«Sí, atan cargas pesadas y difíciles de llevar y las ponen sobre los hombros de las personas, pero ellos no quieren moverlas ni con un dedo». (Mateo 23:4) ¿No es esto muy acertado?

Como Hitler, las personas que menos aman son los ancianos, los enfermos, los que tienen problemas; en resumen, las personas que, sea por lo que sea, no pueden ir a predicar. Aunque ellos, como Hitler, no puedan matar y quemar a estas personas, no las aman mucho ni les dedican tiempo. Otra vez, como he dicho, no hablo de personas individuales una por una. Estas cosas que cuento son la política de la junta directiva que domina sobre ellos. Que en sus revistas quieran animar diciendo «visitemos a los ancianos» y demás es pura pose. ¿Por qué? Porque les han puesto sobre las espaldas a sus miembros una carga tal que el que esa persona visite además a un anciano, a alguien necesitado, sea del tipo que sea, requiere un sacrificio terriblemente grande. ¿Qué dijimos hace un momento? Echad vosotros la cuenta. Ir dos veces por semana a las reuniones, de cinco a diez horas, incluidos vestirse, desvestirse, la preparación especial en casa. Esto hace al mes unas 40 horas. Otra vez, a lo que llaman cada semana un estudio de un libro de una hora se le va dos, dos horas y media. Esto hace al mes 8-10 horas. Sin contar las preparaciones, digamos que al mes, en el peor de los casos, se le va a la predicación entre 5 y 10 horas. Los que hacen estas cinco o diez horas son sus ancianos sin ganas. Los jóvenes, para tener también más oportunidades en el matrimonio, eligen el precursorado, que es de 90 horas al mes. Ahora se ha vuelto de 70 horas; en mi época, como he dicho, era de 90 horas. Echemos una cuenta así, a grandes rasgos: 90 + 40 + 10 + = 140 horas. Este es el tiempo que un precursor gasta al mes en predicar y en el culto. Otra vez, este cómputo de horas no empieza desde que ese precursor sale por la puerta de su casa. ¡Sino que debe empezar a contar sus horas cuando empieza a tocar los timbres de las puertas de las casas a las que va! En los congresos se enfadan mucho con los que suman y anotan sus horas de predicación junto con los largos viajes en coche. Junto con las reuniones y la predicación, en el peor de los casos, es decir, el que no es precursor, a esta persona esta tarea le lleva 55-60 horas al mes. Dentro de este tiempo no están para nada los congresos, las reuniones de servicio, el estudio que hace de aquella revista, como estudiando en casa, para la investigación de la revista del domingo, el subrayar los lugares importantes para responder, etc. Es decir, estas preparaciones no están incluidas en este tiempo. Y encima, en esas reuniones suyas hay escuelas de oratoria. Por turno, cada uno va a dar un discurso de al menos cinco minutos en el escenario. Yo estas preparaciones ni siquiera las he calculado. Conozco a quienes, para dar un discurso de cinco minutos, dedican todo un día, o cada momento libre a lo largo de una semana. Junto a todo esto, además, estas personas tienen que trabajar y ganarse el sustento. Si sus padres son Testigos y tienen dinero, esos hijos siguen siendo precursores durante largos años por el afán de la ayuda que va a venir de los padres. Porque esos padres se enorgullecen entre sí por este medio, diciendo: «Mirad qué hijos criamos». Y en el lugar al que van, si encuentran una puerta abierta, ya la mayor ganancia de estos es lo que comen y beben gratis allí. Y esto también es algo que queda a la misericordia y la generosidad del dueño de la casa.

Las personas a veces se parecen a los insectos. Es decir, son expertas en adaptarse según la dureza de las circunstancias. Van a la casa de las personas generosas que conocen según un plan semanal. En el mismo día no se hacen dos visitas a familias generosas. Porque, después de salir de aquel lugar donde llenó la barriga, ¡no le queda sitio en el estómago para comer en otro lugar, como para ir! Por eso reparten sus planes de forma ordenada, para que toda la semana la barriga se le llene sin apuros. Y con esto significa que van a ahorrar casi más del 80 por ciento del gasto de cocina. Estas cosas que cuento son así en los ambientes turcos. Los alemanes no se dan ni un vaso de agua del grifo unos a otros. Quién sabe qué otros métodos habrán desarrollado ellos también en esos ambientes. Sea bueno o sea malo, perezoso, una gran parte del tiempo de los Testigos transcurre así.

Bajo estas circunstancias, ¿quién puede ya ir a visitar a aquellos ancianos, a los necesitados? Y encima si este necesitado del que hablamos es también Testigo como ellos. Es decir, no va a poder mostrar esta visita en el informe como «prediqué». A los que no son de los suyos los llaman «mundanos», y a alguien así, si no va a escribir informe, de todas formas ni siquiera se pasa. ¡Salvo las puertas jugosas! Informe significa las explicaciones que cada Testigo está obligado a dar una vez al mes, sobre el papel, acerca de las horas que hizo a lo largo de ese mes relacionadas con la predicación, las revistas y libros que repartió. Otra vez, cuando digo «obligado», entended siempre esta tarea así: hay un dicho en turco, «o guías este camello o te vas de esta tierra»; con esto, hablando claro, los Testigos también dicen «o haces lo que nosotros queremos o te vas de nuestro lado». Esto se manifiesta en forma de todo tipo, de todas clases de presiones. Y encima son presiones que parecen dulces. No esperéis que recurran forzosamente a la fuerza bruta ni nada. Por ejemplo, ¿que una vez no fuiste a la reunión? Enseguida te preguntan por teléfono, o en la siguiente reunión. «¿Qué tal, qué te pasaba? ¿Ocurrió algo?». Supuestamente hacen todo esto porque se interesan, porque se quieren unos a otros. Y nadie quiere mentir tampoco. Y encima, ¿acaso esta persona no quiere servir a Dios? A esta pregunta, en unos 20 años, ni he visto ni he oído a un Testigo que dijera «pues es que ese día no me apetecía nada venir». Aunque lo hubiera dicho incluso un Testigo que no conocemos, se oye; yo no lo he oído. Una respuesta así es una gran mala educación. Aun así, si alguien hace algo así, ya se pregunta por la actitud de su corazón, se investigan sus razones, si hace falta se le visita en casa. Si ven en esa persona una falta de ganas que no les gusta, ya la actitud de todos hacia ella cambia en un instante. Si hace falta, se le echa de un patadón de entre ellos, para que no le sirva de levadura a los demás; ¡este es el pueblo de Dios, ¿acaso es fácil pertenecer a él?! Todas estas cosas que cuento también las saben aquellos vejestorios cententarios que son dirigentes en las juntas directivas. Por más que ellos hayan puesto tan difícil el que se visite a los ancianos, ¡a muchos hermanos y hermanas en la fe, hombres y mujeres, que dan servicio 24 horas a los vejestorios de aquellas juntas directivas, se les regalará el derecho a entrar en el paraíso! Ellos tampoco tienen que ir a predicar. ¡Porque la tarea que hacen es más valiosa y más sagrada que todo!

Poseen una terrible red de información. Por ejemplo, lo cuento exagerando un poco: si el Testigo de África le hubiera dado una bofetada a su mujer, esto se oye y se habla entre muchos Testigos de Europa. ¡¡¡Y les da pánico el chismorreo!!! Que yo creía en el Corán y con qué ardor lo defendía casi lo han oído todos los Testigos que asisten a las reuniones en turco de toda Europa. Estos religiosos tienen tantísimos aspectos interesantes que no se acabaría de contar. Sí, he dicho religiosos, no he dicho solo Testigos. Los Testigos, como he dicho, son solo un ejemplo. Todos son más o menos iguales. Estas situaciones cambian en proporción al poder, la fuerza, la inteligencia, la cultura y la capacidad de coacción de cada uno. Todo esto se hace, se hace hacer, siempre en nombre de Dios. Según se me vayan ocurriendo, más adelante volveré a contar los aspectos interesantes de estos.

Con estas cosas que he contado arriba quiero recalcar lo siguiente. Cuando una persona entra dentro de una religión tan intensa, a esa persona ya casi no le queda nada de lo que se llama una vida privada. Es que no tiene tiempo como para que le quede. Sí, quizá las personas puedan tener mucho tiempo libre; pues bien, eso también lo quieren estas juntas directivas. ¡Qué no querrán esas juntas directivas! Tu sangre, tu vida, todo tu tiempo, desde la relación con la mujer que tienes en tu cama hasta en qué trabajo puedes o no puedes trabajar. Desde los órganos de la persona hasta la libertad de mente, de pensamiento y de creencia, desde su espíritu, sus pasos, su forma de hablar, desde su pelo, su barba, hasta la ropa que va a vestir. Para la persona que va a dar un discurso, la ropa tiene que ser obligatoriamente un traje; cada cosa tiene su regla. Ya esa persona no puede pensar en otra cosa. Y toda la educación que reciben es: «Los más correctos somos nosotros, pronto vendrá el fin y, salvo a nosotros, Dios destruirá a todos; e id a predicar esto a todo el mundo». La hacen girar siempre en este círculo, acostada y levantada. ¡Como el caballo de la noria! Todo lo que hay en este mundo es malo. Y el único lugar donde refugiarse son ellos mismos. Dios les da a estos sus mandamientos una a uno y a su debido tiempo por medio del espíritu. Estos son su única organización que ha elegido en la Tierra. Multiplica sin parar estos discursos siempre en la dirección del mismo objetivo. Tienen en las manos una Sagrada Escritura de 1400 páginas, ¿que si no hay tema? ¡Todas las buenas cualidades escritas en ese libro están en estos, y todas las cosas malas pertenecen a aquellas religiones, personas, mundanos que no son de los suyos!

Si a una persona, cuando está en la calle, en lugares distintos, tres o cinco personas le dijeran «¿dónde está tu cabeza, yo no la veo?», esa persona, aunque no crea a ninguna, cuando llega a casa mira sin falta al espejo. Y en el camino se palpa la cabeza con la mano. No lo digo para que os riais; esta es la psicología humana. Antes, en la época anterior al comunismo, en China torturaban a los comunistas. Naturalmente, también hacían torturas psicológicas. Por ejemplo, hacían experimentos con las personas a las que condenaban a la pena de muerte. Para llevar a cabo la ejecución, sacan al hombre de su celda. Cómo se siente la persona que va a morir, imaginadlo vosotros. Sientan a este hombre en un sillón y le atan las manos, los pies, los ojos. Los guardias de alrededor, con el dorso del cuchillo, es decir, con el lado no afilado, le trazan una raya en las muñecas como si se las cortaran. Después le hacen correr, hábilmente, aguas tibias por las muñecas hacia abajo. Y esto lo hacen para que sienta la sensación de la sangre que corre de sus muñecas cortadas. Y los guardias que hacen esta tortura, con palabras como «¡cuánta sangre ha corrido! ¿Todavía no ha muerto? Yo digo que le queda como máximo un minuto ya», acababan del todo con esa persona. Y esta, no aguantando esta situación, se le paraba el corazón y moría. Y sin embargo no le sangraba nada, no le cortaron nada, pero él lo cree así. Y esto puede matarlo. Con que los de enfrente lo influyan con cosas como «cuánta sangre le ha corrido», la persona se mete del todo dentro de esa situación. Y ella también, ya no por que se le haya acabado la sangre, sino por el efecto que le da el miedo de «se me ha acabado la sangre, tengo que morir», su corazón no aguanta y, deteniéndose, muere. Como con todo conocimiento, el conocimiento del mundo de la psicología también lo usan otra vez en perjuicio de las personas. Para manipular a las personas, es decir, para cambiar su pensamiento y su mente influyendo por todos los medios, hacen grandes esfuerzos. Las religiones de los países que van por delante en el aspecto económico usan sobre las personas métodos de influencia psicológica casi diabólicos. Las religiones de las sociedades ignorantes se conforman con la fuerza bruta. La fuerza bruta, en realidad, es menos peligrosa que las demás. Los que recurren a la fuerza bruta, de todas formas, no pueden influir en el espíritu de esas personas. Pero los que aplican de forma sistemática una presión espiritual, psicológica, se hacen con esas personas por completo. Y encima sin necesitar siquiera usar la fuerza. Igual que en el ejemplo del sol y la tormenta. Y sin embargo ambos son un gran poder. Como he dicho, estos métodos son cosas que ningún hombre de Dios haría, a las que no recurriría. Porque, si Dios quisiera, influir en las personas le es tan fácil, pero Él lo hace de una forma muy distinta. Él siempre deja libres a las personas y a los ángeles a la hora de decidir.

Sobre este tema también hay muchos ejemplos. Por ejemplo, como en la relación de Dios con el faraón, el rey de Egipto en tiempos de Moisés. Muchas personas o entienden mal estas aleyas, o no las entienden, no les encuentran sentido. Yo escribiré este ejemplo para mostrar la forma de la presión de Dios sobre las personas. Mi propósito es recalcar cuán lejos estamos de Dios nosotros, las personas. Estamos tan ajenos a los métodos que Él nos pide y que Él mismo aplica que quiero explicar esto.

Dios encarga a Moisés que libere al pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto. Estos sucesos ocurren aproximadamente en el año 1500 a. C. El Egipto de aquel entonces es también potencia mundial. Es decir, no hay nadie más fuerte que él. Moisés, con su hermano Aarón, va con la vara que tiene en la mano ante el rey de este país y le va a decir: «Deja libre al pueblo de Israel». ¿Y ese hombre va a decir «de acuerdo» enseguida? Por supuesto que no; de hecho, por este camino, con muchas calamidades milagrosas, Dios quiere doblegar a aquel rey. Estas son muchas coacciones físicas. Los ríos se convierten en sangre y los egipcios se quedan sin agua. Todos los lugares se llenan de ranas. Las langostas dañan a todo el país. Cae granizo y causa mucha pérdida de bienes y de vidas. Salen mosquitos, y todo el país y las personas sufren tormento de tanto rascarse. Una densa oscuridad cubre Egipto tres días y tres noches. Y en la última calamidad que doblega al rey, Dios golpea a los primogénitos de Egipto. Entre ellos muere también el hijo del faraón. Pero, mientras ocurre cada una de estas calamidades, el rey de Egipto le dice a Moisés: «Está bien, dejaré libre a Israel, suplica a tu Dios para que esta calamidad se aparte de encima de mí». Y Moisés suplica a Dios, y la calamidad se aparta. El faraón, en cambio, cada vez no cumple su palabra y se echa atrás. Después viene otra calamidad más. Mirad, en las aleyas que causan que él se eche atrás está escrito exactamente así:

…Como el SEÑOR había dicho, el corazón del faraón se endureció, y no los escuchó. Éxodo 8:19

…Y también esta vez el faraón endureció su corazón, y no dejó ir al pueblo. Éxodo 8:32

Pero el faraón, viendo que se le había dado un respiro, endureció su corazón, como el SEÑOR había dicho, y no los escuchó. Éxodo 8:15

La aleya interesante viene ahora:

Y el SEÑOR endureció el corazón del faraón; no los escuchó, como el SEÑOR había dicho a Moisés. Éxodo 9:12

…Pero el SEÑOR endureció el corazón del faraón, y no dejó ir a los hijos de Israel. Éxodo 10:20

En algunos sucesos se trata de la terquedad del faraón, mientras que en otros ¡es Dios quien endurece el corazón del faraón! Yo, cuando leí estas aleyas por primera vez, me sorprendí. ¿Cómo es que Dios quiere que Israel sea liberado y luego endurece el corazón del faraón? Yo sabía que para Dios todo era posible. Ya que era así, me decía por dentro: ¿no debería, antes que endurecer el corazón de aquel rey, ablandarlo? Durante mucho tiempo no comprendí, por supuesto, qué significaba esto. Los Testigos tampoco lo sabían. Le he rezado mucho a Dios para que me diera entendimiento y sabiduría. Y creo que siempre me lo dio, a pesar de que no lo merecía. Este cambio lo conoce y lo comprende la persona misma, si es que esa persona no es ingrata, claro. Como dice Juan:

…y todo lo que pidamos, lo recibimos de Él; porque guardamos sus mandamientos… Y en esto conocemos que Él permanece en nosotros, por el espíritu que nos dio. 1 Juan 3:22 y 24b.

Sí, vengamos a por qué Dios endureció el corazón del faraón. En realidad, ¿qué significa que Dios endurezca el corazón de una persona?

Pensemos primero en los sentimientos del faraón ante aquellas calamidades. Sin duda, al principio, ante estas calamidades él solo se enfurecía. Este hombre es alguien acostumbrado a luchar y a ganar también esas luchas. Enfrente tiene un enemigo que es carne y sangre. Sabe qué debe hacer, cómo debe luchar. Pero la persona que ahora ve como su enemigo es Dios, y en esta situación tiene las manos atadas. Llama a sus magos; si Moisés convirtió la vara en serpiente, quiere que ellos también lo hagan. Y ellos también lo hacen. Hasta cierto límite; después de eso, ellos tampoco pueden hacerlo y aceptan que en este asunto está el dedo de Dios. (Éxodo 8:19)

Ante aquellas calamidades milagrosas que hizo Dios, ninguna persona puede permanecer serena, tiene miedo. Y encima estas son cosas que no han ocurrido nunca en ningún lugar del mundo. También al faraón le pasaba, de vez en cuando, según la intensidad de aquella calamidad, que tenía miedo, que se le estrechaba mucho el ánimo. No cada vez. Porque a veces esta dureza de su corazón venía de él mismo, mientras que otras veces era Dios quien endurecía su corazón. No metamos todas estas aleyas en el mismo saco. Entendámoslas exactamente como están escritas. Por ejemplo, si para aquel suceso está escrito así, es así; y si para el otro suceso está escrita otra cosa, es de otra forma. Es decir, el significado de cada frase escrita es distinto. Si en unos pocos lugares aparece que Dios endureció el corazón del faraón, no entendamos que en todos los sucesos Dios endureció su corazón. Donde y cuando esté escrito, solo entonces Dios endurece su corazón.

Y con esto Dios muestra que está en contra de algo. Dios no quiere la decisión que el faraón toma por ablandársele el corazón a causa del miedo, y por eso le quita el miedo que hay en su interior. La decisión que toma por el efecto del miedo no es valiosa a los ojos de Dios. Solo las decisiones que se toman con libre albedrío, viniendo del corazón, sin ninguna presión, porque es lo correcto y cuando comprende su error, esas sí son valiosas a los ojos de Dios. Que ante aquellos milagros y calamidades cualquier persona, quienquiera que sea, se quedaría horrorizada, también lo sabe Dios muy bien. Que esa persona diga «sí» a causa del miedo y la presión, que tome una decisión así, es muy natural, pero no verdadero. Que tome esa decisión con su libre albedrío, sin la presión del miedo, viniendo del corazón, es una decisión auténtica. Dios le da mucha importancia a esto. Por eso le quita aquel miedo que hay en su interior. Y esto, para él, aparece en el libro como «Dios endureció su corazón». De hecho, lo que llevó al faraón finalmente hasta la destrucción es su espíritu siempre terco, soberbio, egoísta, déspota, engreído.

En otro ejemplo, después de que los israelitas salieron de Egipto, Dios habla en persona con tantísima gente de una sola vez. Dios dice todos esos mandamientos conocidos como los diez mandamientos de modo que los oiga todo el pueblo de Israel. Por haber oído las palabras de Dios en voz alta, todas esas personas tienen tanto miedo que van a morir.

…y cuando el pueblo lo vio, temblaron y se quedaron a lo lejos. Y dijeron a Moisés: «Habla tú con nosotros y escucharemos; pero que Dios no hable con nosotros, para que no muramos».

Y Moisés dijo al pueblo: «No temáis, porque Dios ha venido para probaros y para que su temor esté delante de vosotros, a fin de que no pequéis». Éxodo 20:19-20

Este pueblo que le expresaba así sus miedos a Moisés, en muy poco tiempo, y encima en menos de 40 días, ¡iba a hacer un becerro de oro y a adorarlo como si fuera Dios! Estas personas con las que Dios mismo habló, ¿cómo pudieron hacer algo así? Al leerlo, a nosotros nos parece imposible, pero no olvidemos que nosotros somos iguales. Solo que, cuando lo leemos sobre el libro, podemos ver la totalidad de los sucesos, y por eso nos parece imposible. No logramos comprender a esas personas. Si miramos con imparcialidad, veremos que, al enfrentarnos a un suceso y a una situación semejantes, nosotros mismos también nos parecemos a esas personas. Lo que causó que hicieran semejante insensatez, algo que no cabe en la lógica, fue que aquel miedo se fuera de sus corazones. Y aquel miedo que había en su interior se fue a causa de sus corrupciones, a causa de que no sentían amor ni aprecio por Dios. Después de esto, el carácter de esa persona, sea el que sea, salió otra vez enseguida. Como el faraón. Cuando se le quitaba el miedo, es decir, cuando se le endurecía el corazón, el faraón mostraba entonces su verdadero carácter. Hay un dicho: «Le dieron la presidencia al gitano y lo primero que hizo fue colgar a su padre». Que no se entienda, por favor, que con esta palabra denigro a los gitanos ni nada; esto se ha convertido en refrán. Y su significado es mostrar la actitud del corazón que sale a la luz cuando alguien que no lo merece asciende de repente. Qué cosas yacen en el interior de cada persona, ni ella misma lo sabe. Y esto, las cosas que posee o bien lo reprimen más, o bien lo sacan más a la luz.

El temor de Dios es un regalo que da Dios. La persona no puede poseerlo por sí misma. Solo si Dios quiere, entonces Dios le da este temor a esa persona como regalo. En la Sagrada Escritura, el profeta que aparece como Isaías, o con su nombre en la nueva traducción como Yeşaya, expresa este tema de una forma muy hermosa por medio de la oración a Dios:

Porque tú eres nuestro Padre; aunque Abraham no nos conozca e Israel (es decir, se refiere a su antepasado Jacob) no nos reconozca, tú, oh SEÑOR, eres nuestro Padre; desde la eternidad tu nombre es nuestro Redentor. ¿Por qué, oh SEÑOR, nos haces desviar de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te temamos? Vuélvete por amor de tus siervos, de las tribus de tu heredad. Isaías 63:16-17

El profeta Isaías conocía muy bien el valor del temor, del temor que se sentiría por que se estropee una buena relación entre Dios y el siervo. Y suplica a Dios que le dé este temor. Esta oración nos da al mismo tiempo información también sobre la personalidad de Dios. Aunque las personas se descarríen por permanecer lejos de este temor, Dios no les da a las personas de las que no está complacido este temor que se debe sentir hacia Él. En una persona puede existir este temor. Y mientras esté en una buena relación con Dios, puede sentir este temor. Pero, una vez obtenido, tampoco hay una regla de que vaya a quedarse en esa persona para siempre. En cuanto la persona se aleje de Dios, ese temor también la abandonará. Como se ha dicho, esto es solo un regalo. Y el regalo, Dios no se lo da a la fuerza al que no lo quiere. Este temor, ¿en cuántas personas creéis que existe? El temor de Dios que se intenta darnos es solo un temor castigador, destructor, ciego, cojo, que deja lisiado, basado en la violencia física. Y sobre todo, los que tienen la palabra en esas religiones, ellos mismos en persona intentan asustar a las personas con estas cosas. Y las cosas con las que asustan las hacen ellos mismos y se las atribuyen a Dios. Y esto lo sabe todo miembro de esa religión que quiera saberlo.

En realidad, el temor de Dios debe ser como los sentimientos que se sienten por una persona a la que amas mucho y a la que al mismo tiempo respetas. Debe ser como un temor que se siente por ofenderla, por enfurecerla sin motivo y perderla, por que esa relación se estropee, sea por la razón que sea. No busquemos violencia debajo de todo temor. La persona teme a su mujer, a su marido, a los que ama mucho. Este temor no es porque surja de la violencia, sino un temor que se siente porque surge del desvelo por que su relación se estropee. Es más, la persona teme incluso a su hijo pequeñito. El que muchas veces haga lo que pueda para no darle tristeza es por esto. De lo contrario, ni la mujer ni el hijo van a pegar a esa persona, a dejarla lisiada, a dejarla ciega. Estos temores del ejemplo que doy no son por violencia, sino un temor que se siente por el amor, por la paz, por que se estropeen las buenas relaciones. Pues bien, el tipo de temor que Dios busca y al que da valor debe apoyarse así en el amor y el respeto. El profeta Yeşaya también suplica a Dios para sentir este temor y poseerlo.

Debo hacer una explicación más. Cuando digo temor, de esto también hay variedades. Hay un temor que le da a la persona amargo tormento. Este temor no es para nada edificante. En el temor que recibimos de Dios, en cambio, en lugar de sufrir tormento, se teme que se estropee la buena relación con Dios. Y para que no cometa delito, este temor se convierte también en una protección para ella. Por ejemplo, las personas temen a las alturas. Este temor es un temor sano, protege a esa persona. En los niños pequeños no hay tales sentimientos. Si sueltas a un niño de un año y medio, se va incluso a un precipicio y salta. Y al saltar, encima ríe. Porque tales temores en él todavía no se han desarrollado. Y esto, por supuesto, le hace daño a ese niño. Por eso se procura que detrás de los niños haya siempre un vigilante. En resumen, lo que quiero explicar es que no todo temor es malo; al contrario, los temores del tipo que llamamos sano nos protegen, y el temor que da Dios es también así. Sobre todo, si esto es un regalo, la persona debe disfrutar de este regalo. Porque la cosa que me da dolor no es un regalo. O al menos yo no la veo como un buen regalo. El profeta Nehemías lo expresa así en su oración a Dios:

«Oh SEÑOR, te ruego que tu oído esté atento a la oración de este siervo tuyo y a la oración de tus siervos que se deleitan en temer tu nombre». Nehemías 1:11

Es decir, la persona debe deleitarse en este temor. Tampoco se puede decir que todo el mundo vaya a deleitarse en este temor. Muchas personas ven estos sentimientos como aburridos, como esclavitud. Y Dios, por supuesto, tampoco les dará a ellos este regalo a la fuerza. El temor de Dios es un regalo solo para los que conocen su valor, para los que lo quieren, no para todos. Igual que tememos que se estropeen nuestras relaciones con las personas con las que estamos disfrutando mucho, y este temor no nos incomoda, sino que, al contrario, nos deleitamos en él y damos pasos para consolidar aún más nuestras relaciones, esto también es así. Cuando se dice temor de Dios, las personas se sorprenden. Como las religiones, los religiosos, con estas palabras hacen siempre fanatismo* y las usan para oprimir a las personas bajo presión en la dirección de sus propios objetivos e intereses, hacia estas palabras se ha acumulado ya en las personas un rechazo. Por eso, cuando se habla del temor de Dios, las personas se alejan con odio de este sentimiento. (*fanático: estar ciegamente ligado a una creencia y no pensar en otra cosa aparte de ella)

Junto a esto, también dijimos que no todo temor es provechoso. También hay personas que temen hacer lo correcto. Que mienta porque tiene miedo, en lugar de decir la verdad. Este tampoco es un temor sano, del que Dios se complace. En la época en que se escribió el Evangelio, a los seguidores de Jesús se los trató muy mal. Los mataron, sufrieron torturas, etc. Ellos también tuvieron miedo, pero vencieron este miedo y no negaron ni abandonaron lo que era correcto. Aunque Dios sin duda no se deleitó de los dolores que sufrieron, sin duda se complació mucho de la fe basada en el amor que mostraron y de su apego a Él. De todas formas, Dios odia la cobardía de hacer lo correcto. En Apocalipsis, que es el último libro del Evangelio, sobre tales cobardes está escrito así:

El que venza heredará estas cosas, y yo seré su Dios y él será mi hijo. Pero en cuanto a los cobardes y a los incrédulos, a los abominables, a los homicidas, a los que cometen adulterio, a los hechiceros, a los idólatras y a todos los mentirosos, su parte estará en el lago que arde con fuego y azufre. Esta es la muerte segunda. Apocalipsis 21:7-8

¿Os lo podéis imaginar? A los ojos de Dios, la cobardía es exactamente igual que la hechicería, la idolatría, el homicidio, el adulterio. Pero este era un tipo de temor que llamamos no sano. El temor que se siente, sea por la razón que sea, hacia decir la verdad, hacia hacer lo correcto, pues bien, esto es muy repugnante. A las personas que están bajo grandes dolores y torturas las comprendemos, pero el vender la verdad y evitar hacer lo correcto muchas veces es por valores e intereses que se pueden llamar cero.

El temor del faraón tampoco era un temor sano. Se doblegaba ante Dios a causa del temor que sentía por aquellas calamidades que le sobrevinieron. A pesar de que esto era correcto, no era aceptable a los ojos de Dios. Porque esta no era una decisión que viniera de su corazón, de su interior. De hecho, cuando Dios le quitaba este temor, el faraón se transformaba en un león contra Dios. Y lo que Dios ha hecho aquí es hacer que salga a la luz el verdadero rostro de la persona. No en el sentido de, como muchos entienden, «Dios le da a la persona un corazón aún más duro para que se oponga a Dios». ¡Como si tomara la bondad que hay en el interior de alguien bueno y le colocara maldad! Dios nunca hace tal cosa ni se digna a ello. Lo más importante que Él quiere es que sus criaturas lo amen con su libre albedrío, crean y sean felices obedeciendo. El que quiere andar en los caminos de Dios debe saber que, si lo hace con su libre albedrío, amando a Dios, será aceptable. Las tiranías, las presiones, las coacciones que estamos acostumbrados a ver en las religiones no son el método de Dios, sino solo el de las personas.

A los que hacen de líderes en la religión les da pánico que ese pueblo ignorante al que llaman «de más abajo» sea libre. La junta directiva de los Testigos, al parecer, habla de estos miembros llamándolos «el populacho, la chusma». (Está escrito en el libro de Raymond Franz) Para aquellos religiosos dirigentes, en la Edad Media, de vez en cuando el valor del pueblo era aún menos valioso que el de un cerdo. Porque, según ellos, el cerdo les llena la barriga. Si no tienen ningún provecho de ese pueblo, el cerdo, a su modo de ver, es por eso más valioso. Lo que siempre me esfuerzo por explicar con estos temas es mostrar el valor que Dios da al amor y al libre albedrío. Que Dios, junto con todas las maldades, permita incluso a Satanás, depende de si la persona va a usar o no estas dos cualidades. Estas son cosas que el mundo y, por lo tanto, Satanás, siempre se esfuerzan por quitarnos de las manos: el libre albedrío y el amor. Porque Dios es el que más quiere que usemos estas dos cualidades nuestras para acercarnos a Él. Las religiones, en cambio, son las que más se esfuerzan por embotar y destruir estos sentimientos nuestros. Y muestran este empeño sin cansarse nunca, sin aflojar. Cuando ante estos empeños, estas fuerzas, estas coacciones suyas nos rindamos y nos acobardemos, pues bien, es entonces cuando significa que hemos perdido. Estas personas, viniendo en nombre de Dios, con exigirnos cosas que en realidad son enemigas de Dios, en cierto modo buscan nuestro perjuicio. Que ellos mismos hagan también estas mismas cosas no significa que esas cosas sean correctas. A decir verdad, ninguno de los que se sientan al frente y hacen llover órdenes hace, en general, él mismo en persona lo que dice. Por ejemplo, los miembros de la junta directiva de los Testigos, al parecer, la mayoría no iban ni a predicar, ni al estudio de libro, ni a las reuniones. Y si lo hacían, muy pero muy rara vez, asistían a reuniones para verse sobre determinados sucesos. Que predicaran de puerta en puerta era tan poco que se cuenta con los dedos. Que esto es así lo escribe otra vez Raymond Franz en su libro. Raymond Franz, cuyos padres eran Testigos, vivió también sirviendo activamente a los Testigos durante 40 años. Empezó a decir no a algunas cosas y a toda prisa lo expulsaron de entre ellos. En resumen, Franz usó su libre albedrío, las cualidades del amor que sentía por Dios y por las verdades; toda su culpa es esta. No dijo «amén» a todo lo que decían. Usó una palabra que las personas menos aman: dijo «no». Estas mismas cosas nos suceden también a nosotros, y que vendrán cosas aún peores Dios se lo hizo decir a sus profetas. Las profecías hablan también de que, a medida que nos acerquemos a los últimos días, las maldades aumentarán aún más y de que a las personas que sienten amor por Dios se les hará mucho tormento. Pero cobremos siempre valor con estas palabras. Dios anima así a Josué, a quien encargó después de que muriera Moisés:

«Esfuérzate y sé valiente; porque tú repartirás como herencia a este pueblo la tierra que juré a sus padres darles. Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te ordenó; no te apartes de ella ni a la derecha ni a la izquierda, para que tengas éxito dondequiera que vayas. Este libro de la ley (sharía) no se apartará de tu boca, sino que meditarás en él día y noche, para que cuides de hacer conforme a todo lo que está escrito en él; porque entonces harás próspero tu camino, y entonces tendrás éxito. ¿No te lo he ordenado? Esfuérzate y sé valiente; no desmayes; porque el SEÑOR tu Dios está contigo dondequiera que vayas». Josué 1:6-9

Con estas palabras alentadoras, Dios nos da garantía, nos dice que estará siempre con nosotros. Si andamos en sus caminos, si guardamos sus mandamientos. Pero, si tememos y nos acobardamos ante hacer lo correcto, ante el que tengamos enfrente, quienquiera que sea, entonces no saquemos tampoco de nuestra mente estas palabras que Dios le dijo al profeta Jeremías:

«…Y tú, ciñe tus lomos, levántate y diles todo lo que yo te ordene; no te acobardes ante ellos, no sea que yo te haga acobardar delante de ellos». Jeremías 1:17

¿Quiénes eran aquellos ante los que este profeta Jeremías no debía acobardarse ni temer? Los sacerdotes, los líderes religiosos, el rey, los gobernantes y su propio pueblo. A Jeremías también la mayor reacción le iba a venir de los religiosos y de los gobernantes. Los religiosos que dicen que sirven a Dios, por desgracia, siempre han sido ellos los enemigos de los profetas de Dios. Si no lo creéis, abrid las Sagradas Escrituras y leed. Las palabras de los profetas relacionadas con los últimos días encajan también muy bien con nuestra época actual. Todas estas dificultades realmente pueden sobrevenirnos mientras estamos vivos. Mostrar esta fe y este amor no es fácil, pero tampoco es imposible. Además, no tenemos otra salida. Es también imprescindible que nos forcemos con ganas y con alegría a vivir conforme a estas palabras que Dios les dijo a sus siervos Josué y Jeremías. Por supuesto, si es que queremos salvarnos y ser realmente felices.

Situaciones difíciles y sabiduría

Viernes 13 de febrero de 2004

Después de conocer a Bernd y a Schmid, en el plazo de un mes tuvimos una relación muy rápida e intensa con los Testigos. Con estos muchachos, que teníamos más o menos la misma edad, nuestra convivencia era para nosotros como una amistad. Es decir, estábamos juntos porque nos gustaba estarlo. No teníamos ninguna expectativa ni interés, ni yo ni mi hermano. Aunque mi hermano llegara a pensar «con el tiempo tal vez me case allí con alguna chica», en mi opinión eso no puede llamarse un mal interés. Quiere decir que nuestro hermano valoró que los Testigos miraran con seriedad el asunto del adulterio. De todos modos ya sabemos que esas son las cualidades que todo hombre y toda mujer buscan. Además, si buscar esposa siendo soltero es un delito...! Por otro lado, también pienso que estar con los Testigos sin sentir ningún amor hacia Dios ni ninguna curiosidad por conocerlo, solo para casarse, por amistad, es en mi opinión la mayor insensatez. Y nuestro hermano hizo con ellos justamente un comienzo tan necio. ¡Todos, salvo él mismo, se dieron cuenta de esta situación!

Mientras estábamos con los Testigos, ya en los primeros días me di cuenta de algo. Por ejemplo, mi interior deseaba con enorme intensidad las conversaciones sobre temas espirituales. El conocimiento de Dios, investigar, hablar, discutir y demás ampliaban mi perspectiva y disfrutaba tremendamente. Sentía dentro de mí una gran hambre por estos temas. Pero Bernd y Schmid no eran así en absoluto. Por ejemplo, mi hermano hacía preguntas, y muy lógicas, cuya respuesta hasta yo conocía por entonces. Yo los observaba a ver qué iban a decir. «Bravo, muy buena pregunta», decían, y las dejaban sin respuesta. Yo, en cambio, para que la pregunta no quedara abierta en la mente de mi hermano, daba la respuesta. Pero a nuestro hermano nunca le agradaban las cosas que yo sabía y siempre decía: «Tú cállate y deja que hablen ellos». Estos sentimientos suyos hacia mí, la mayoría de las veces, mientras me alcanzaba la paciencia, los tomaba con normalidad.

Somos tres hermanos de una misma madre, pero de carácter los tres no nos parecemos en nada. La mayoría de las veces somos entre nosotros como perros y gatos. Nuestras edades ya casi han llegado a los cincuenta y seguimos igual. ¡Con mi hermano siempre nos ha ido así! Quizá sería más correcto si dijera que como todo hermano. Los hijos de una misma familia, no se sabe por qué, se vuelven como enemigos unos de otros. Y encima estos sentimientos de odio, celos y envidia se les dan a los niños como si fueran de nacimiento. Sí, en realidad son rasgos defectuosos que recibimos de nacimiento, pero por desgracia nosotros mismos también los desarrollamos. Simplemente en cada uno la dosis es distinta. Como también dijo Jesús el Mesías: «Un profeta no carece de honra salvo entre los de su propia casa». Aunque uno sea profeta, es despreciado por los de su propia casa. Pero los extraños no ven a esa persona con esos ojos. También los hermanos mayores de David envidiaban a David del mismo modo. Yo he visto muy, muy pocos hermanos que se amaran entre sí. En fin, no voy a entrar en estos temas, no vaya a ser que el libro se alargue en vano sin sentido.

Schmid y Bernd, en sus visitas, daban la impresión de estar haciendo un trabajo. A veces estábamos juntos hasta las dos de la madrugada. Estos dos amigos, por lo visto, se alojaban en una misma habitación. Cuando pasaba de la medianoche, yo les decía que se quedaran a dormir con nosotros. Estos muchachos estaban en tal estado de agotamiento, agotados y desganados. Cuando Schmid se despatarraba a punto de caerse del sillón, casi estirando los pies hacia el suelo, mi hermano y yo nos dábamos codazos. Y a veces veíamos la televisión con la cara y los ojos de Schmid como ausentes. Yo le decía: «Si quieres ve y lávate la cara o algo, Schmid, no te cortes, compórtate como en tu propia casa». Qué le voy a decir, puede pasar que un chico se sienta incómodo en casa ajena. Aunque su manera de sentarse y de levantarse no mostrara que estuviera incómodo, aun así pensaba que no es como en su propia casa. En cambio, cuando venían a nuestra casa, por lo general Bernd decía: «Voy a pasarme por casa de los míos», y llegaba tres o cuatro horas más tarde de la hora que había dicho, o no venía en absoluto. Como venían en un solo coche, cuando Bernd no venía Schmid se veía obligado a dormir en nuestra casa. A Schmid le molestaba esta situación. A nosotros tampoco nos agradaba. Una vez que habíamos entrado entre los Testigos... Errores, todos cometían. A mí me sorprendía mucho que ellos los cometieran. Que estos hombres, que en apariencia parecían muy humildes, con palabras llenas de sabiduría y colmados del conocimiento de Dios, fallaran en cosas tan sencillas, me sorprendía muchísimo. Además, esta gente es europea, es decir, alemana. Nosotros somos turcos. Es decir, ¡a los ojos de los europeos nosotros somos gente simple, ignorante, poco desarrollada, sin cabeza! Si es así, ellos deberían mostrar cualidades superiores a las nuestras. Nunca tuvimos un pensamiento racista. Al menos para mí personalmente era así. Si hacía alguna distinción y prestaba atención a algo, era a lo que decían, a lo que proclamaban acerca de Dios. Además, a estos jóvenes que dedicaban 90 horas al mes a predicar, naturalmente los miraba haciendo una distinción. Y encima con lupa. Yo también amaba a Dios, pero cuando ellos aparecieron ante mí me quedé desconcertado. Como dije, además eran uno o dos años menores que yo. El sacrificio que hacían era grande a mis ojos. Pero eso duró hasta que llegué a conocerlos a ellos y a sus cuerpos gobernantes. Conocerlos tampoco lleva tanto tiempo. Se veía claramente que estos muchachos hacían el trabajo que hacían a la fuerza, bajo una presión. Se obligan a sí mismos, y esa congregación también los obliga. Entonces la calidad de la valiosa labor que realizan, para quien la observa desde fuera, resulta ser cero. Pero él mira esa curiosa hora suya: «cuántas horas he estado predicando». Como dije, es para escribirlo a fin de mes en el informe. ¡A ver, andad de puerta en puerta noventa horas cada mes! ¡Y después esperad alegría! Y así conquistarás a la gente para Dios. Al contrario, en mi opinión, después de ver a estos, aunque esa persona fuera a venir, no viene, huye. Porque si el destino que le tocaría imitar es este, ¿no dirá «gracias, hermano mío, que Dios te bendiga, no lo quiero»? Seguro que también hay quienes no lo dicen. Ellos miran, ven y perciben los hechos definitivamente desde otro ángulo. El número de estos, en unos cien años, ha llegado a nivel mundial a unos 6 millones. Para algunos es mucho; en mi opinión, para toda la actividad que despliegan, es poco.

Al principio, exactamente como me pasaba a mí, seguramente también estos muchachos empezaron viendo esta labor como algo muy valioso. La presión ya existe. En fin, ¿quién ama a Dios y no da todo su tiempo, incluso su vida, para servir a Su voluntad? E incluso si no lo ama, ¿quién puede decir «yo no amo a Dios»? ¿Acaso hay alguien que no conozca esos sentimientos cargados de presión sobre las personas? Cuando en alguien estos sentimientos comienzan a investigar, con el tiempo se desarrollan. No en todos, claro. Pero que una persona pase por su interior, con seguridad, «yo estoy haciendo lo que Dios quiere», ¿no hace feliz a esa persona, no tranquiliza su conciencia? Pertenecer a una religión, y encima trabajando intensamente. De modo que sus días y sus noches transcurrirán solo en ese ambiente. Estos eran como obreros a destajo sin sueño que trabajan catorce horas al día. Cuanto más agotado y cansado se ve su aspecto, tanta más alegría siente. Como diciendo: «Mirad todo lo que soporto por esta labor». El musulmán en Europa extiende su alfombra de oración y reza entre los camiones tráiler y los aparcamientos. En mi opinión, en ambos casos los sentimientos que se experimentan son los mismos. ¡Ojalá supiera que quienes lo miran no lo ven en absoluto con los ojos con que él cree! Por desgracia, la persona misma no lo sabe. O lo sabe, pero gracias a la educación que ha recibido, no le importan en absoluto esos ojos malignos a su alrededor.

En Turquía, en los ambientes religiosos, a aquellos niños tan pequeños qué cosas les hacen hacer a la fuerza. Con la presión de la conciencia, con presión, con amenazas, con golpes; se les hace servir, según dicen, a Dios. Por supuesto, esto no es solo en Turquía; la presión religiosa existe en todas partes. En los países árabes, si la policía ve por la calle al hombre que el viernes no va a la mezquita, ¡lo persigue con el palo! Y si vieras a esos niños que crecen bajo la presión religiosa, cuánto esfuerzo despliegan. Pero todos están tristes, infelices, lo hacen a la fuerza, con odio. Hacia donde apunte ya la brújula de la comunidad religiosa en que se encuentra, hacia ese objetivo corre sin parar. No debe desviarse ni un milímetro. En nuestra tierra hay miles de religiones y sectas. Todas gritan: «Solo nosotros tenemos la verdad». Todas son terriblemente amantes del dinero. Lo que más aman es lo material. Justo del tipo que dijo Jesús.

Coláis el mosquito y os tragáis el camello. Mateo 23:24

Aman recibir mucho más que dar. Sus cabezas siempre funcionan en esa dirección. Y para hacer su trabajo de la manera más hábil posible, no vacilan en recurrir a cualquier truco de malabarista. Nuestro hermano lo contaba: estas situaciones eran lo que más lo hacía sufrir a él también. Con rabia decía: «Vaya donde vaya con estos, nunca sacan ni sueltan ni cinco céntimos». Porque en mí no habían depositado tanta esperanza, pero en él habían puesto más. Y bien, ¿qué esperanza era esta? ¿Atraerlo hacia dentro, o ahuyentarlo? Según sus palabras, atraerlo; según su comportamiento, ahuyentarlo. Nuestro hermano también decía: «Que paguen no lo que como yo, sino lo que comen ellos mismos». «Vamos, que a uno o a otro lo aguanto, pero encima vienen los demás», se lamentaba una y otra vez. «Y no es una vez, ni dos, ni tres; es siempre y para toda la eternidad que estos son así», decía. Una vez, así, iban a entrar por la puerta de casa de alguien a recoger no sé qué cosa y salir. Aquel que era Testigo era un estudiante de último año de bachillerato, de 21 años, que vivía con sus padres. Y en el bolsillo, del tipo que lleva escorpiones como los demás. Nuestro hermano lo había aguantado mucho. Y ese muchacho, cuando salían de casa, con prisa cogió dos de las manzanas que había sobre la mesa. En la habitación, como si no hubiera nadie. Pero desde dentro una voz áspera: «¡Te has comido tu ración de manzanas!», dijo su madre, y él, balbuceando «sí, sí, está bien», volvió a poner la manzana en su sitio. El hermano decía: «Yo me puse rojo como un tomate». ¡Los padres de este joven también son Testigos! Quizá si los Testigos vinieron a nuestra casa cien veces, a la fuerza y con dificultad yo habré ido apenas unas pocas veces, y eso para que no quedara feo. Lo que fuera que hacían, yo sabía cuán a la fuerza lo hacían, y ellos también lo dejaban ver. Lo hacen por deber, en absoluto por gusto. Solo que los turcos que había entre los Testigos no eran tan así. Los turcos de las reuniones turcas, o de las reuniones donde se hablaba turco, no eran de la clase que cuela el mosquito y se traga el camello. Pero si les dabas algo en préstamo, si se iba, no volvía; y ese es otro tema aparte.

Un día caluroso estábamos esperando, ya preparados, para ir a la boda de unos Testigos conocidos. Lo que menos me gusta es ir a bodas. No me gusta nada de lo que se hace solo por cumplir con la costumbre. Quizá las bodas me parecían así. Ese día otros Testigos iban a venir a nuestra casa y saldríamos juntos. Vinieron, pero como venían de lejos, nuestra hermana había sudado por el camino. «Ay, yo no puedo ir así», dijo. Para que se lo pusiera en la boda, mi mujer le dio su vestido más bonito. Y le sentó bien, y encima justo. Y aquella ida fue una ida sin retorno. No mentiría, creo, si dijera que no volvimos a ver ni el vestido ni a aquella Testigo. Y si la vimos, nos dio vergüenza decir «oye, ¿y nuestro vestido?». Los Testigos que iban a venir a visitarnos telefoneaban un día antes de venir y nos daban instrucciones sobre cómo debíamos prepararles la comida. Esta gente también podía ser así de descarada. Se decidía la comida según sus deseos, y cuando iban a venir se preparaba esa comida. ¡Y estos eran los hermanos de las reuniones turcas! Algunos, para no venir con las manos vacías cuando nos visitaban, venían con chocolate o caramelos cuya fecha había vencido hacía 6 meses o un año. Detrás de ellos, tal cual, sin abrirlos, los metía en la basura. Y estos eran alemanes, de al menos 50 años, y de los notables de la congregación. En una conversación con uno de estos notables, porque dije: «Dios siempre ve el futuro», con rabia se levantó, arrojó su abrigo hacia su mujer y, «vamos, levántate, nos vamos», hizo el macho. ¡Su mujer salvó la situación y volvió a poner en su sitio a este hombre! A mí, de la vergüenza que sentía por ellos, me corría el sudor por la espalda, y a mis ojos se empequeñecían muchísimo. De entre los miles de sucesos tan simples con los Testigos, solo he contado unos pocos. Viví muchos episodios apretando los dientes y conteniéndome. Aquellos comportamientos simples, repugnantes y vulgares que ellos tenían eran quizá de una clase a la que ni siquiera se rebajarían aquellos a quienes ellos llaman los peores mundanos. Muchos otros muy simples y aún más nauseabundos me dio vergüenza incluso escribirlos. Además, son cosas con las que uno se topa a diario en el mundo. Quizá cosas que hace casi todo el mundo. Estados, naciones se devoran unos a otros por dinero y, urdiendo toda clase de intrigas, también obran con vileza; sí, puede ser. Pero esta gente, y encima esta gente que difama al mundo entero, se comportaba así. Además, ¿qué es, según ustedes, con toda evidencia, que esta gente que dice que Dios no salvará a nadie salvo a ellos mismos sea así? Yo, en cambio, nunca les daba importancia a estas cosas. Y al decir que no les daba importancia, lo atribuía a la personalidad de esa persona, no a la religión a la que pertenecía. Pensaba: puede pasar, gente torcida hay en todas partes. Y aunque el noventa y nueve por ciento fuera así de torcido, en mi opinión estos eran delitos ruines y vulgares.

Nosotros también teníamos por aquel entonces deudas hasta el cuello. ¿Acaso quien vive así no tiene deudas? Seguramente será por la educación que recibimos de nuestra madre; nos habíamos acostumbrado a ser manirrotos. Sufrí muchísimo, pero muchísimo, el dolor de vivir endeudado. Por entonces, además de no tener ni cinco céntimos, a esa joven edad tenía una deuda total de 50 mil marcos. Tampoco teníamos ni un limonero. ¡Menos mal que todavía tampoco lo tenemos! Los que no entienden se equivocan preguntando: «¿Cómo pueden ser estas deudas?». 15 mil marcos eran la deuda del servicio militar. Cuando empecé a trabajar mi coche era un cacharro viejo. Tan pronto funcionaba como no. Obligado, para no perder mi trabajo, me había comprado un coche pequeño, barato pero nuevo; mejor dicho, lo había alquilado por 3 años bajo el nombre de leasing. El matrimonio lo celebramos en Turquía, sin boda ni nada. Hasta el vestido de novia lo dio la hija de nuestro casero. Aun así, los muebles y todo lo demás me cayeron sobre los hombros en el plazo de un año. Y encima estás en un país extranjero y para que ganes dinero se espera de ti que gastes muchas más fuerzas que un animal. Si vas a trabajar como un alemán, ¿por qué te iban a contratar los tipos? La lógica de todos ellos es así. Con un alemán se divierte, conversa, bebe alcohol y charla juntos; ¿y contigo qué va a hacer? Es decir, no tiene ningún provecho. Se entienden, se protegen, se cubren unos a otros. Se ven unos a otros como personas. Pero a nosotros nos veían como los animales que alquilaban, y de cuando en cuando se comportaban así. La mayoría de los turcos no se daba cuenta de esto. Porque en su propio país habían visto lo mismo unos de otros. Como no conocían ni la lengua ni las costumbres del alemán, no entendían y eran manejados. Los turcos que entre ellos eran señores de verdad y se daban cuenta de estas situaciones, ya de por sí regresaron enseguida. Algunos se enfadaban con el alemán y regresaban, se arrepentían de lo que veían en su tierra y volvían de nuevo. Y esta clase de gente, por lo general, se encerraba en su caparazón y vivía con relaciones sociales y comunitarias tan limitadas que casi ni existían. Pero yo, al ver que los alemanes hacían a los turcos cosas que no se harían unos a otros, faltas de respeto, engaños, injusticias, decía: quiere decir que, si un hombre quiere, puede llegar a ser así de ruin. Aquella señorialidad, respeto, lógica, ostentación, como en toda persona, quiere decir que en la mayoría de estos también eran pura pose. Tampoco en los nuestros faltaban la mentira, la suciedad, la vulgaridad. ¿Todos? Si uno o veinte de ellos eran así, en medio los ochenta restantes entraban en el mismo saco, y a veces esta proporción es justo la inversa. Los alemanes son distintos unos con otros, porque se temen entre sí. Nosotros, en cambio, en minoría, estamos desamparados; por eso, ¿por qué o de quién iban a temer? Cuando la situación es así, ves el verdadero rostro de esa persona. Es decir, adaptan su comportamiento del tipo «según sea el hombre». Mi padre también decía siempre: «Se trata a cada uno según quién sea, hijo». Aquello por entonces me parecía a mí también lógico. Sin embargo, para los alemanes tratar «según el hombre» dependía únicamente de que fueras turco o extranjero. Fueran cuales fueran tus cualidades, no tenía ninguna importancia. Por muy señor que fueras, por muy honrado que fueras, aunque fueras hermoso, limpio y bueno. Solo que algunos alemanes que a tu alrededor se daban cuenta de esta situación, por su propio interés, y porque tú tampoco tenías a nadie, te saludan como si fuera un favor. Sin embargo, Dios no mira en absoluto con buenos ojos esa lógica de «trato a cada uno según quién sea». A través del rey Salomón dice así:

«No digas: Como me hizo, así le haré; pagaré a cada uno según su obra.» Proverbios de Salomón 24:29.

En este país llamado rico vivíamos bajo semejantes cargas. Tienes coche y no puedes montarte, tienes ropa y no puedes ponértela, tu comer y tu beber, todo con reloj. Podía subir al coche cuando iba al trabajo. Deseaba tanto ir así, a dar una vuelta. Ponerme la ropa que había comprado. De tanto acarrear leña no podía ponérmela. Por lo general también trabajaba los sábados. Quedaba solo un domingo, y como ya toda la semana me había quedado sin fuerzas, ese día apenas si buscaba descansar. Esto era esclavitud moderna. Yo no menosprecio el trabajo que hacía con esto, pero la moral y el entorno que teníamos eran como si no existieran. En realidad no teníamos a nadie. Los turcos se reunían entre sí en los cafés. Y en otros lugares temían que se les fuera mucho dinero. Además, aquella atmósfera indeseada también los agobiaba. Por lo general los sitios a los que iban eran los cafés griegos que ellos mismos regentaban o que no funcionaban bien. Una vez que entrabas en estos lugares, el olor se te metía hasta la piel. Sobre todo si la estación era invierno —y la estación de Alemania por lo general es siempre invierno—, como todo estaba cerrado, al llegar a casa te sacabas una lavadora entera de ropa. Y eso que había salido de casa impecable. A tales lugares fui muy poco tiempo. No disfruté nada. Lo peor era el olor y la suciedad; otro problema no tenía. Aunque el olor a tabaco se te impregnaba también en los restaurantes alemanes que parecían los más limpios. Por entonces tenía también un mal hábito como el juego, y a esos lugares casi se venía justamente solo por eso. Si hubiera habido ambientes limpios, quizá yo también iría a menudo. Quiere decir que también los turcos que iban allí tenían necesidad de gente. A los turcos no los dejaban entrar en las discotecas y demás, ni siquiera les abrían la puerta. Yo me enfurecía mucho con esta grosería. Es más, más tarde oí que habían puesto matones turcos en las puertas. Y esto los alemanes lo hacían para que no les cayera la mancha a ellos. Como en tiempos de Hitler, que hicieron aniquilar a los judíos por manos de judíos. Yo no comprendí estas situaciones hasta que tuve mi propio negocio.

Más adelante nosotros también abrimos un pequeño restaurante, pero un local muy pequeño. Tenía una mesa para diez personas. Y dos personas podían comer de pie. Mis peores clientes eran los turcos, y los mejores, los que no daban problemas, los alemanes. El turco, de por sí, cuando viene a comer en tu local un durum de pan con döner, entra con un aire como si no viniera a comer döner en tu local sino a comprarte el establecimiento. En mi opinión esto es una situación que nace de la ignorancia, de la falta de modales. Los tipos comen fuera muy rara vez. Y encima tiembla por los tres céntimos que va a dar. Pero esta gente, sin ningún reparo, juega y echa a los dados el sueldo de un mes, y lo pierde, y no se les quema el alma; pero para un durum de döner, o para cosas como queso y pan que comprarían en el súper, ¡se ponen tan exigentes! Y además, ¡tampoco hay forma de contentar a aquellas personas que son acarreadores de leña peores que yo! Y encima quiere saber todo de ti. En qué crees, de dónde eres, cuántos kilos de döner cargas, cuántos bienes tienes; y si no le gustan las respuestas a preguntas como esas, adiós muy buenas, ¡tampoco vuelve a venir donde ti! A cuál de todos voy a contar. El dueño de nuestro local también era turco. Los conflictos, los problemas, los juicios que vivimos con él no los vivimos con ninguno de nuestros clientes, con nadie.

En realidad ninguno de nosotros tiene superioridad alguna sobre el otro; por eso Dios nos manda ser perdonadores. Porque Él mira los hechos desde un ángulo mucho más claro y también nos conoce muy bien. Si no somos perdonadores, si no tenemos amor, acabamos así, en el estado en que está nuestro mundo actual. En mi opinión no hacen falta descripciones largas y largas.

Cuento estos temas aburridos con detalle para que puedan hacerse una imagen en la mente de nuestra vida allí. Para poder lograr que nos entiendan mejor a mí y a nosotros. La situación de los alemanes entre estos Testigos era buena hasta un punto incomparable con la nuestra. A ellos tampoco les llovía dinero del cielo, pero naturalmente tampoco tenían nuestras cargas. Su propio país, sus casas, sus padres, sus abuelas, sus tías, todo lo tienen y de sobra. También nosotros tenemos parientes así, pero ninguno sirve de nada. Al contrario, si están, causan perjuicios. A los jóvenes alemanes, de cada pariente que muere, les queda algo. Otra ventaja: al menos vivir en su propio país los hacía mucho más aventajados que nosotros. El alemán más pobre hace de antemano preparativos para el futuro de su hijo: seguro de vida, dinero, un montón de otros ahorros. Con esto, cuando aquellos jóvenes se lanzan a la vida, cubren sus carencias como el carnet o el coche. Y una vez que ha adquirido un oficio, empieza a trabajar en ese oficio ya sin ninguna carga. El dinero que gana le queda en la mano sin deudas ni gastos pendientes. A partir de ahí piensa en cuántas casas construirá o comprará. Ya no pensará más que en amontonar. Se muere su tía y queda dinero, se muere su abuela y queda dinero, bienes. Si mueren sus padres, todo le queda a él. A nosotros solo nos quedarán las deudas y, aterrados de que estemos obligados a pagarlas. Y mientras viven, tienes que proporcionarles siempre apoyo material. No sé si esta era una situación válida no como nación, sino quizá solo para nosotros personalmente. Aunque dijera como nación, seguramente tampoco estaría diciendo algo incorrecto. Nosotros, aquellos tres céntimos que teníamos en la mano, también se los enviábamos para que les sirviera de ayuda. Para el alemán no existe ninguno de tales problemas. Al contrario, ellos siempre reciben de sus padres. Y además al alemán tampoco le gusta nada dar algo a nadie sin recibir a cambio. En mi opinión, de nuevo, por lo general toda persona es así. La diferencia entre ellos es la del débil-aficionado o la del fuerte-profesional.

A los alemanes tampoco nadie les regaló su fortuna. Los tipos guerrearon, masacraron, robaron, mataron, murieron y perdieron; y de nuevo, esforzándose y afanándose, trabajando, se elevaron. América tampoco se les ha quitado todavía de la nuca. Esto significa que solo les han dado dinero y tributo. ¡Con América, si no lo recibe, ya de por sí declara la guerra! Pero otra realidad es que esta riqueza que poseen los alemanes se debió a América. No solo gracias a la laboriosidad, el talento y las cabezas de los alemanes. Y encima son tipos que despojaron hasta los dientes y las joyas de las personas que mataron. ¿A dónde creen que desapareció todo aquel material? Si después de aquella guerra Rusia no hubiera estado como rival frente a América, Alemania ahora no habría podido ser ni siquiera tanto como una Checoslovaquia. Mejor dicho, sería mucho más correcto decir que sería apenas lo que era la antigua Alemania Oriental. Seguramente en estas inversiones América también pensó en su propio interés, pero al final, en mi opinión, Alemania salió ganando. Solo que, si siguen enfadando a América, la cosa se les pondrá algo difícil a los alemanes. En otro tiempo el otomano era así. Antes de él está Bizancio, está el Imperio Romano, están Babilonia, los medos y los persas, Asiria, Egipto. Todos eran iguales. ¡Cómo va a ser distinta la América de ahora! El fin de todos ellos llegó; de un modo u otro, ninguno es eterno.

Bernd y Schmid también eran como aquellos muchachos religiosos de los nuestros. A pesar de que yo era muy fogoso en estos temas, decían: «Es porque eres más nuevo, por eso eres así». Estas palabras las cribaba siempre en mi cabeza, las pensaba. Quiere decir que con el tiempo mi alegría también se iría. ¿Con el tiempo yo también, como estos, perdería mis sentimientos hacia Dios? Entonces, ¿qué valor tendría eso a los ojos de Dios? Los hombres de Dios, Abraham, Jacob, Moisés, David, Job, Noé, los apóstoles y cuantos profetas hubo, ¿acaso también estas personas perdieron con el tiempo su corazón ardiente hacia Dios? Muchos años después habría de aprender que la relación con Dios de estas personas que se hacen pasar por devotas, en realidad, desde el principio, había sido siempre tan escasa que casi era cero. Sus obras, sus sacrificios, sus esfuerzos y lo que fuera que hacían, siempre eran para gente como ellos mismos. Con Dios no tenían relación ni de lejos ni de cerca. Aquel nombre «Jehová» que usaban era solo un talismán, una etiqueta, como un chicle en la boca. No conocían a Dios como Dios, no amaban a Dios como Dios, y no les agradaba lo que a Él le agrada. Como dije, todo se reducía a mandamientos de hombres y a la obediencia a ellos, eso es todo. Que estos también eran así lo confesaban los propios antiguos Testigos después de pasados los años, después de haber salido de entre ellos. Y aunque ellos no lo confesaran, las obras que yo veía en ellos coincidían exactamente con lo que he contado. De hecho, sea cual sea la religión de este mundo a la que pertenezca una persona, si ama a Dios de corazón y con todas sus fuerzas, entra automáticamente, pero con seguridad, en grandes problemas con esas religiones. Esta situación es como un tornillo y una tuerca que no encajan entre sí. Por mucho que uno se esfuerce, no encajan uno con otro. Yo, como temía volverme como ellos, para no perder tampoco mi alegría, empecé a leer de nuevo el Libro Sagrado, que ya había terminado de leer con gran gusto. Esta vez leer todo ese libro que había terminado en un año me llevó seis semanas. Leía una media de unas ocho horas al día. No leía para haberlo leído, sino con gusto, para entender. Y encima con un gusto mucho mayor que la primera vez. No me apené en absoluto por no trabajar y quedarme sin empleo. El Libro Sagrado lo valía todo. Con él era como si uno no buscara ninguna cosa. En el Libro Sagrado estaba Dios, estaban Sus palabras. Y esto era para mí algo tremendamente grande. Aquellos escritos de allí y sus significados no eran pensamiento humano. También había leído el Corán. Justo por aquellos días estaba investigando si el Corán era o no erróneo, si venía del hombre o de Dios. A veces la falta de dinero también me ponía en situaciones muy difíciles. Y sobre todo cuando la gente de tu alrededor entiende que estás agobiado, se vuelven aún más terribles.

Justo enfrente de nuestra casa había un restaurante alemán donde trabajaba mi mujer. Empezaron a aumentar continuamente las horas de trabajo. Aquel trabajo que había empezado como ocho horas al día subió a 10 horas. Y junto a esto el dinero que recibía se reducía aún más. Es decir, si por la hora de su sueldo pagaban 10 marcos, ¡por las horas que pasaban como horas extra pagaban 5 marcos! Y eso que debería haber sido justo al revés. Sabían que lo que arrancaran era ganancia. ¡Ellos eran, según se decía, personas queridas y notables de su propio pueblo! En mi opinión la mayoría eran tipos que no valían ni cinco céntimos. Me esforcé mucho para que mi mujer dejara aquel trabajo. Y sin vergüenza encima nos amenazó. Fealdades como estas las hay en todas partes del mundo. Las hay, e intento explicar que las personas que tanto se alaban a sí mismas no tienen las obras dignas de esa alabanza.

Antes las leyes de los alemanes al menos estaban un poco del lado de la justicia; ahora también eso se acabó. Con la unificación entre Este y Oeste surgió una generación completamente nueva. El país se llenó y rebosó de policías, fiscales, médicos, abogados y jueces que aceptan sobornos, que hacen daño especialmente al extranjero, que dictan decisiones torcidas con la idea de que protegen su patria, llenos de odio, lejos de la justicia. Si uno de entre ellos estaba del lado de la rectitud y, por ser justo, defendía a un extranjero, a ese también lo declaraban traidor a la patria. El único tema del que hablan en unidad, sin disputar entre sí, es difamar a los extranjeros y en especial a los turcos. Cuando yo llegué a Alemania tenía 10 años; dentro de estos tipos había odio, he llegado a los 45 años y de nuevo lo hay, y encima aún más. Ahora, cuando en algún sitio no hay ningún turco, ¡esta vez difaman a los alemanes del Este! Del turco al alemán nunca le vino daño, pero al revés siempre ha ocurrido. No se sorprendan si la mayor desgracia se la trae de nuevo un patriota racista que salga de entre ellos mismos. Aunque Hitler tampoco salió de entre estos, el tipo era austríaco. Si estos no pueden sacar tales desgracias de entre ellos mismos, esta vez las importan de fuera.

Mi oración a Dios es siempre que, aunque tenga alguna culpa, no caiga en manos de hombres. Que mi castigo lo dé Dios. Esto también lo aprendí del rey David. Dios envía Su profeta a David y ante él pone tres formas de castigo por el pecado que había cometido y le dice: escoge.

Así dice el Señor: Yo te propongo tres cosas; escoge para ti una de ellas y te la haré. Y Gad (el profeta) vino a David y le dijo: Así dice el Señor: Toma lo que quieras: o tres años de hambre; o tres meses de ser consumido delante de tus enemigos, alcanzándote la espada de tus adversarios que te acosan; o bien tres días la espada del Señor, y peste en la tierra, y el ángel del Señor haciendo estragos en todos los confines de Israel. Y ahora mira qué respuesta he de llevar al que me ha enviado. 1 Crónicas 21:10-13

David, a pesar de estar en una situación muy difícil, toma una decisión con sabiduría y dice:

Estoy en gran angustia; caiga yo ahora en manos del Señor, porque sus misericordias son muchísimas; que no caiga yo en manos de hombres. Crónicas 21:14

Yo también oro para que sea siempre así para mí. Pero ¿me dará Dios el derecho de elegir, como se lo dio a David? ¿Acaso soy digno? Y como esta decisión también la tomará con seguridad Dios, soy feliz, porque Él es a la vez justo y misericordioso.

Las personas siempre se quejan de los sucesos y de las duras condiciones que les caen encima. Cuando se les dice «lean los Libros Sagrados, investiguen», siempre tienen una excusa. Como quiero recalcar que ninguna excusa puede mantenernos lejos de acercarnos a Dios, escribo también estas experiencias fastidiosas nuestras.

Tampoco puedo pasar sin mencionar de nuevo un suceso de años atrás. En aquel comienzo, poco tiempo después de conocer a Bernd y a Schmid, ocurrió un contratiempo del todo inesperado. Encargamos una cama para nosotros. A la cama que los inquilinos turcos anteriores a nosotros habían dejado al marcharse se le habían reventado los muelles, y ya se nos clavaban en el cuerpo. La cama llegaría una semana después y pagaríamos su importe. Yo pensaba que iría al banco y sacaría el dinero. No teníamos dinero, íbamos a pedir prestado al banco. Siempre nos lo daban, ¡pero esta vez no nos lo dieron! No quedó banco en un radio de cincuenta kilómetros que no buscáramos; ninguno nos dio ese dinero de la cama. Me quedé asombrado. Me agobié mucho pensando qué iba a hacer. Y hasta entonces con los bancos tampoco había habido ningún pequeño engaño, mentira, deuda impagada ni nada, pero no lo dan. ¡Su excusa era mi desempleo! «¡Ay, atolondrado de mí! ¿Por qué encargas antes de tener el dinero en la mano?», me enfadaba conmigo mismo. Quedaban dos días o así para que llegara la cama. Y nosotros no teníamos ni una esperanza ni dinero. Dejando de lado la cama, incluso llegué a odiarla, pero ¿qué le íbamos a decir al hombre que traería la cama? Cuando no nos quedó ningún remedio, la última esperanza que se me ocurrió fueron Bernd y Schmid. Con gran vergüenza los llamé y les expliqué la situación. Si daban el dinero, para que se sintieran seguros hasta que se saldara la deuda, íbamos a hacer un acuerdo y a entregarles nuestros pasaportes. Con la condición de dar cada mes una cantidad determinada y devolverlo todo en tres meses. Bernd dijo: «Voy a hablar con mi amigo, y luego vuelvo a llamar». Después nos llamaron y dijeron que lo darían. Nosotros, en cambio, del agobio pasábamos las de Caín. Nos habíamos alegrado mucho, y encima nos habíamos sorprendido. ¿Cómo se me iba a ocurrir pedir prestado a estos muchachos que apenas acababa de conocer? Cuando vi a Bernd, quedé en ridículo de la vergüenza. Y él, ¿no me dice por el camino?: «Yo, cuando vi que tú eras así de bueno, ya había dicho: seguro que de debajo sale algo». ¡Cuánto deseé morir en aquel momento, desaparecer mientras iba sentado a su lado en el coche! Viví con aquella vergüenza y no morí. Aún hoy, pasados casi 20 años, siento gratitud hacia los dos. Nosotros pagamos y terminamos en tres meses, como dijimos, el dinero que les habíamos tomado. Que Dios los bendiga. Y aquella cama se convirtió en la cama que más he odiado en mi vida. No pasaron seis meses, cuando con todo el mobiliario de la casa, y en especial con aquella cama, le traspasamos la casa a un turco. Al salir de casa cogimos solo nuestras pertenencias personales. Al muchacho que se hizo cargo de aquella casa se lo vendimos todo, pero todo. Con una parte de ese dinero íbamos a pagar la deuda, ¡y con otra parte iba a ir a América, al cuerpo gobernante de los Testigos, a decir: «El Corán también es palabra de Dios, ¿no podrían estar ustedes equivocados?»!

Así, como a todo el mundo, a nosotros también nos ocurrían apuros de dinero. A pesar de ello procuré no ver nunca el dinero como un señor. Siempre lo vi como un sirviente. Justamente esa es la razón por la que expongo y cuento todos estos temas. Que la gente valore el dinero por encima de todo. Todos saben que el dinero tiene poder de coacción. Sea lo que sea lo que uno quiera, si tienes dinero en la mano, le haces decir al que tienes enfrente: «Sí, se puede, de acuerdo, lo hacemos, como usted mande» y demás. Ya no necesitas esforzarte más, da el dinero y toma lo que quieras. Aunque sea una persona, ¿quieres comprarla? Hay tantísima gente que se vende por estos papeles. Quizá sería más correcto decir: ¿acaso hay alguien que no se venda? En este tema del dinero, Napoleón fue seguramente el estadista más franco. Como al mismo tiempo era militar, tampoco sintió la necesidad de hacer política, y expresó este problema abiertamente. Este hombre habló siempre de apuros de dinero. ¿Acaso hay alguien que no sepa que el dinero es un poder, que se vive por él y que la razón que subyace en la raíz de toda fealdad es, de un modo u otro, el dinero? El siervo de Dios, Salomón, dice palabras muy sabias sobre este tema. Allí:

Porque la sabiduría es escudo, y también lo es la plata; pero la ventaja del conocimiento es que la sabiduría da vida a los que la poseen. Eclesiastés 7:12

Estos versículos eran versículos que me asombraron. Dios también sabe qué es el dinero, su poder de coacción, cuánto valor le dan las personas. Y lo expresa de una manera que hace pensar, comparándolo. Compara la sabiduría con la plata, es decir, con la riqueza. El significado en el diccionario de la sabiduría —del sabio, en el turco nuevo— es conocer la causa de las cosas. Es decir, qué ocurre por qué. Esto vale para todo. Desde que caiga la lluvia, desde los fenómenos de la naturaleza, hasta la psicología humana, conocer y comprender las causas de esas cosas. En cierto punto esto también significa el conocimiento de poder prever, en lo que hagas, su desenlace, los resultados que traerá. Como si fuera clarividencia. Al mismo tiempo, la sabiduría tampoco es un conocimiento ciego. En un conocimiento que sabe la causa de las cosas hay automáticamente también entendimiento. Una persona puede ser sabia, pero esto no garantiza forzosamente que se comporte con sabiduría en todo tema. Hay muchos hombres sabios que han sido vencidos por los deseos más simples de su cuerpo, y encima a sabiendas. En la historia y en nuestros días hay tantísimos ejemplos así. Y el ejemplo más notorio y evidente es el sabio Salomón, que escribió y sabía estas cosas. Él también se descarrió a causa de las muchas mujeres que tomó y, en el final de su vida, cometió pecado contra Dios. En ese tema se comportó sin sabiduría. Este asunto está escrito en 1 Reyes 11:1-14. Que él se comportara sin sabiduría en ese tema tampoco significa que esa persona no poseyera sabiduría. En resumen, poseer algo es una cosa, y usar o no ese algo conforme a su propósito es otra cosa. ¡Cuántos hombres sabios ha habido con cuyos consejos se han conquistado grandes ejércitos invencibles! Estos hombres, ellos mismos, quizá no hacen de hecho nada acorde al sabio consejo que dan. Ni siquiera pueden empuñar una espada o cualquier otra arma. No se puede decir, claro, que porque no tengan estas habilidades sean consejeros sin sabiduría y vacíos. O pensemos en el profeta Jonás. Dijo: «Si no me arrojáis del barco, no os salvaréis». Este era un consejo sabio para la salvación de los que estaban en aquel barco. Jonás comprendió la causa de las olas, la tormenta y el crecer del mar. Al describir la sabiduría dijimos «comprender la causa de las cosas». Quiere decir que Jonás también era, a su manera, un hombre sabio. Pero este consejo sabio que dio no podía llevarlo a cabo él mismo. Por ejemplo, él no podía saltar al mar. Tenían que arrojarlo ellos. Porque él no puede hacerlo, porque no tiene valor, ¿se dice de ese hombre que es alguien sin sabiduría? ¿Se dice que el consejo que dio era sin sabiduría? Estos ejemplos son una prueba de que no es así, y hay muchos otros ejemplos semejantes.

El principio de la sabiduría es el temor del Señor; buen entendimiento tienen todos los que cumplen sus mandamientos. Así está escrito en Salmos 111:10, en la parte de la Torá conocida como el Zabur.

De estas palabras hay que hacer una distinción. Si una persona posee sabiduría y no se comporta conforme a ella, a esto se le llama falta de entendimiento. Algunas personas también juzgan el ser sabio según los éxitos de esas personas en su vida. Hay personas que parecen muy exitosas. Estas han progresado y se han elevado mucho. Pero, dejando de lado la sabiduría, además estas son personas sin juicio. Quizá son talentosas en algunos temas. O detrás de esas personas hay personas sabias. Y la mayor razón de que ellas hayan progresado y subido muy alto es que nuestra tierra ha sido entregada al dominio de Satanás.

Injusticias y sucesos torcidos como estos están extendidos por todas partes de nuestro mundo. Una de las mayores razones que les proporcionan a esas personas ascender y crecer es que quizá nunca han usado sus sentimientos de amor y de misericordia. Esto también puede ser que sean egoístas, egocéntricas y crueles. Sus habilidades para la guerra, la lucha y la intriga pueden predominar. Puede ser aprovecharse de las posibilidades de sus allegados, etc... Ahora bien, el hijo de alguien cuyo padre es presidente ni recoge patatas en el campo ni hace de basurero para ganarse la vida. El ascenso de esta gente tampoco depende de su sabiduría. Puede depender de un montón de otras razones, pero no de su sabiduría, de su discernimiento. Y tampoco hay una regla que diga que la sabiduría lleve a una persona a una situación muy rica y espléndida. En realidad, quien posee sabiduría ya de por sí no ve el dinero como felicidad, como para esclavizarse a él con tal de obtenerlo.

La fuente de la sabiduría es Dios. De nuevo, esto no significa que toda persona sabia crea en Dios. Así como Dios da de comer, de beber y sacia a todos los que viven sobre toda la tierra; así como hace salir su sol sobre buenos y malos, también da la sabiduría a las personas que la buscan.

Un limpiabotas tiene fe en Dios y cree en Su existencia. Junto a él, un profesor, a pesar de tener conocimiento en muchos temas, niega a Dios y Su existencia. Esto no significa que él tenga menos conocimiento que el limpiabotas. Pero solo en este tema de creer en Dios, ¿quién es más sabio? ¿No es el limpiabotas? Decimos el limpiabotas, pero de nuevo no según su conocimiento. El conocimiento del profesor acerca de Dios es muchísimo más superior que el de ese limpiabotas. Sin embargo, conforme al versículo de arriba, el profesor se comporta sin entendimiento en este tema. Mientras que uno no ha leído ni una sola página del libro en el que dice creer, el otro solo ha leído e investigado en ese tema innumerables libros. En realidad el profesor sabe la causa de las cosas, pero no cree. Y esto muestra que él ve ese conocimiento sin valor y no lo aprecia como es debido. Su sabiduría, en el punto del provecho propio, es en cierto sentido vacía y sin sentido. Aquella sabiduría que obtuvo con mucho esfuerzo y trabajo no tiene ningún valor a sus propios ojos. Por el otro lado, mientras que a la persona que con muy poco, pero muy poco conocimiento, cree y tiene fe en Dios de corazón se le llama «sabia», a aquel profesor sin fe se le llama «sin sabiduría». Porque no conocer el valor de lo que se posee en la mano también es falta de sabiduría, falta de juicio. Por eso, en Proverbios de Salomón 23:23 dice:

«Compra la verdad, y no la vendas; también la sabiduría, la instrucción y el entendimiento.»

Si el dinero se gana a cambio de un esfuerzo, las cosas que compramos con dinero son en realidad cosas que adquirimos con nuestro esfuerzo. La sabiduría también se obtiene a cambio de esfuerzo. Leer, investigar, pensar y devanarse los sesos, las observaciones, todo esto requiere esfuerzo y tiempo. Por este medio la persona ha comprado, en cierto sentido, la sabiduría. Y para comprar algo tampoco es forzoso dar dinero. Aprender la verdad a veces es una labor muy trabajosa. Aprender la esencia, el trasfondo de algo requiere esfuerzo, paciencia, empeño, valor y, muchas veces, también amor. Muchas personas, con sus esfuerzos, sus sacrificios, con todo su corazón, han llevado una vida así para servir a Dios y ser aceptadas por Él, y por esta causa prácticamente han dado batalla. Pero luego, con otra verdad basada en un conocimiento posterior, esa persona se derrumba y se trastorna, y también abandona a Dios. Todo lo que había obtenido lo tira de golpe como si fuera a la basura. Y esto también ha ocurrido a causa de otra verdad que aprendió. Por ejemplo, como que un cristiano no consiga comprender y aceptar que el Corán también viene de Dios. No cree ni logra de ningún modo tragar esa nueva verdad que aprendió. Lo mismo vale también para un musulmán. Por eso, que junto con los viejos valores que poseía todos se derrumben y desaparezcan de golpe nace, en realidad, de que desde el principio, sin darse cuenta, mantuvo en el nivel más bajo el valor que daba a la verdad, a lo verdadero. Quizá esta es una de las personas que más usa la palabra «verdad», pero no ha conocido su valor y no se ha esforzado para obtenerla. Aquello que aprendió como verdad siempre lo ha recibido servido, sin hacer nada él mismo. Que difunda esto que ha aprendido también a su alrededor, ¿lo hace superior a un loro? Lo explica, pero él mismo tampoco conoce su esencia y quizá tampoco la comprende. Como mucho, de tanto pulir, cree que sabe. Ese algo que también ofrece a los demás lo ha aceptado él mismo tal cual, eso es todo. Que él haga algo en este tema, que investigue, que indague, que discuta, incluso puede que le esté prohibido de manera indirecta. Y además la fidelidad de tales personas hacia Dios es condicional. Ponen a Dios, en cierto punto, condiciones, reglas. Como diciendo: «Mira, si tal cosa es así o asá, entonces yo tampoco creeré en ti». ¡Como si en su mente amenazaran a Dios!

De nuevo, quiéralo o no, me vinieron a la mente los Testigos. Ellos quieren que aceptes no la verdad auténtica, sino forzosamente la verdad que ellos mismos ofrecen. Y sobre el Libro Sagrado que tienen en la mano y del que dicen «léelo», dicen: «Tú no puedes entenderlo, solo lo entiende nuestro cuerpo gobernante». Por este medio bloquean los caminos que llevan a la verdad. Que en la Edad Media la iglesia prohibiera muchos libros y verdades nace de esta filosofía. La terrible miseria de aquella época es producto de los religiosos fanáticos de cabeza de piedra. Los miembros de los Testigos también se han dejado arrastrar bastante por semejante aire. Cuando oyen algo nuevo de fuera, si la mayoría se opone, ellos también se oponen. Y eso que en este tema no tienen ni conocimiento ni amor. Y sobre todo, si por esta causa da batalla y de algún modo después ve y comprende que estaba equivocado, esta vez tira y arroja también las otras cosas en las que creía. Porque ya se ha ofendido. Por mucho que en su vida haya predicado siempre el ser humilde, si la verdad es distinta de lo que ha aceptado, esta vez su orgullo no le permite jamás aceptar la otra. Miren, presten atención: digo lo que ha aceptado, no digo lo que cree. Porque sus fes se apoyan en personas, no en el conocimiento de sus propias investigaciones. Esas personas lo han educado sobre qué debe aceptar. Si no lo acepta, ya de por sí nunca lo aceptan entre ellos. Y el orgullo también, por esta razón, se interpone en medio y más adelante se convierte en tropiezo para esa persona. A las personas que han aprendido con sus propios esfuerzos, sin sufrir presión en la investigación, les resulta mucho más fácil aceptar otras novedades. Estos pensamientos que escribo, semejantes a un acertijo, a una filosofía, las personas que no los han vivido en su vida no los comprenden bien. Cuando la persona quiere dar sentido a su vida y empieza a dar batalla por alguna verdad o creencia, tales problemas también le saldrán al paso a menudo.

Escribo esto para que no piensen que la verdad y la sabiduría se obtienen tan fácilmente. ¿Acaso en nuestros tiempos esto ha cambiado? A pesar de que obtener conocimiento es fácil hasta un punto incomparable con los tiempos antiguos, tampoco puede negarse la existencia de muchos otros obstáculos. Miremos en lo más simple nuestra propia vida y veremos que es así. ¿Qué turco o musulmán toma en la mano el Libro Sagrado, lo lee, lo investiga y no encuentra reacción? ¿Qué cristiano toma en la mano el Corán, lo lee, lo investiga y no encuentra reacción? Como excepción, si esa persona dice: «Pero yo estoy investigando lo increíbles y absurdos que son estos libros», entonces es otra cosa. Pero toda sociedad tiene un camino trazado, invisible, no escrito en papel. Esa línea que es como invisible no aparece en los códigos legales de las sociedades, y por eso se le llama «línea invisible». Pero en cuanto cruzas esa línea, encuentras reacción. Tanto en nuestro país como en Europa existe ante las leyes la libertad de creencia. Pero esta no es la línea que traza esa sociedad. Aquella libertad queda sobre los papeles. Las reglas propias de la sociedad son distintas de sus leyes. Las leyes de nuestro país también son, más o menos, como las de los países de Europa. Pero como sociedad, nuestra línea, el camino sobre el que andamos, es muy distinto.

Por ejemplo, las leyes de Alemania están en contra de la xenofobia. Como incluso los que hacen estas leyes conocen la línea de la sociedad que es distinta de esas reglas, para recoger votos usan estos sentimientos del pueblo. Por muchas leyes contrarias que promulguen, estas leyes no afectan fácilmente a la línea que traza la sociedad. Solo la asustan, eso es todo. Y ellos también piensan otros caminos y de nuevo la aplican. He intentado contarles, siquiera un ápice, lo que hemos vivido en cuestiones relacionadas con el odio del pueblo alemán, nosotros que hemos vivido años en este país sin meternos en nada. Las prácticas, los sentimientos, las formas de comportarse van siempre, pero siempre, en la dirección de esta línea. A esta línea, si quieren, llámenla odio, llámenla falta de misericordia, llámenla egoísmo-interés, llámenla reglamentismo, llámenla pensamiento de molde, llámenla creencia, o, en su forma más fina, llámenla cultura, y seguro que encaja. En progresar, en aprender las verdades, en la educación, en llegar a tener entendimiento y en obtener sabiduría, por lo general estas líneas siempre han sido un obstáculo para las personas. Toda cultura tiene sus lados buenos y también sus lados malos. Cuando buscas la sabiduría, la verdad, a Dios, todas estas culturas, por muy buenas que sean, tienen rasgos que serán un obstáculo; esto no lo olviden en absoluto. Mientras vayas conforme a lo que tienen en la cabeza, mientras te amoldes, si no te metes en nada, qué maravilla. Pero cuando empiezas a hacer preguntas a las creencias vacías, a las tradiciones y costumbres absurdas de esas sociedades, también empieza la reacción. Por eso Salomón, como conocía la dificultad de obtener estas cosas, dice: «¡cuidado, no las vendas!».

Algunos versículos sobre el tema de la sabiduría y que muestran que Dios ha dado a Satanás gran autoridad sobre la tierra: Job 21:7-14, Job 32:9, Eclesiastés 4:13, Lucas 4:6, sura Al-Araf (7ª) 13-15, sura Al-Hiyr (15) 33-37, sura Sad (38) 71-87

El temor del Señor, esa es la sabiduría; y apartarse del mal es el entendimiento. Job 28:28

Sobre el tema de la sabiduría, por ejemplo, los Proverbios de Salomón son un libro muy hermoso. Trata del valor y de la fuente de la sabiduría. Por favor, ábranlo y léanlo en su sitio. Yo, para que no les cueste trabajo abrir estos libros, escribo esos pasajes de cuando en cuando tal cual. Pero tampoco puedo escribirlos todos. Para quienes tienen ordenadores, los versículos que he preparado en forma de archivo PDF se abren solos al pasar por encima. Yo también veo que es una gran facilidad. Aun así, si algunos pasajes los leen abriendo ustedes mismos el libro, creo que sentirán simpatía hacia estos libros que hasta ahora no conocían en absoluto, en los que ni siquiera se les había pasado por la mente leer; y de cuando en cuando también desaliento. Mientras se llenan de sentimientos de alegría y de aliento al leer en estos libros las cosas buenas que ustedes mismos también hacen, mirarán en cambio con desaliento que las cosas que quizá hacen desde que nacieron, como por naturaleza, sean vistas por Dios como malas. Pero no se desanimen ante esas exigencias supremas de Dios. Que esos lados suyos que son deficientes no los desanimen. «Porque el hombre es esclavo de aquello por lo que es vencido», dice Jesús el Mesías. (Juan 8:31-32) Si son vencidos por su pecado, su cobardía, su pereza, sus deseos, sus hábitos, entonces quiere decir que se han vuelto esclavos de ello. Si deciden hacer lo bueno, lo correcto, y toman sobre ustedes estas cualidades, entonces quiere decir que poco a poco se van convirtiendo en siervos de Dios.

Si volvemos de nuevo a este tema del amor al dinero, sobre esto Jesús el Mesías hace distinciones claras y nítidas. Primero dice así:

«No os acumuléis tesoros en la tierra. Aquí la polilla y el orín los corroen y consumen, y los ladrones penetran y roban. En su lugar, acumulaos tesoros en el cielo. Allí ni la polilla ni el orín los corroen y consumen, ni los ladrones penetran y roban. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón.» Mateo 6:19-21

Con estas palabras Jesús, en realidad, da un consejo sabio contra quienes corren detrás de lo material y han hecho de este camino su meta. Dice: en lugar de correr detrás de estos valores, corran detrás de los valores espirituales, es decir, detrás de una buena relación con Quien los creó. Después dice estas palabras acerca de este amor al dinero:

«Nadie puede servir a dos señores. O aborrecerá al uno y amará al otro, o se apegará al uno y despreciará al otro. No podéis servir a la vez a Dios y al dinero (mamón).» Mateo 6:24

Dios hace una distinción así de tajante. En una persona que tiene amor al dinero, que haya también amor a Dios es prácticamente imposible. Naciones, pueblos, religiones, organizaciones, ejércitos, personas, todos corren detrás de él. Leímos cómo el profeta Abraham, con su dinero, con su vida, viniendo de todo su corazón, sirvió a personas que no conocía en absoluto. Vivamos usando la riqueza que poseemos conforme a estos ejemplos. No nos dejemos vencer porque otro nos vea como bobos, como tontos. Ser generoso es un regalo que viene de Dios, un favor. Jesús dijo: «hay más felicidad en dar que en recibir». Busquemos esa felicidad. Cuando todo termine y ya no haya remedio, ¿adónde podremos llevar lo que hemos amontonado? Salomón también señala algunas realidades amargas sobre este tema con estas palabras:

Un hombre a quien Dios da riquezas, bienes y honra, y nada le falta a su alma de todo lo que desea, pero Dios no le da facultad de comer de ello, sino que lo come un extraño; esto es vanidad y penosa aflicción. Eclesiastés 6:2

Si la persona no puede disfrutar de esa riqueza, ¿de qué sirve? ¿Acaso el problema común de todos los ricos no es ser felices? Mientras que para el pobre cosas como estas no son un problema tan grande, en los ricos salen a la luz de una manera mucho más marcada. Mientras que los niños pobres son muy felices con sus amigos, en medio de la carencia, de la basura; el niño solitario en medio de los ordenadores, de toda clase de juguetes electrónicos y de la abundancia es muy infeliz. Y además las personas que tienen tantas cosas, sean niños o adultos mayores, se aterran también de compartir. Si a aquel niño solitario le llevan un amigo, en poco tiempo empieza enseguida la desavenencia. La situación del pobre, del humilde, no es así. ¿Acaso en ellos tampoco hay desavenencias? Claro que las hay, pero se necesitan unos a otros, y esto también los une entre sí. Aquel que lo tiene todo usa la posibilidad de decir: «Yo no te necesito». El pobre no tiene tal posibilidad para usarla. Si la tuviera, él también la usaría enseguida, y esta es otra realidad. ¿Acaso es feliz? No; ya de por sí lo que quiero explicar aquí es que la riqueza no trae felicidad. Las personas ven como valiosas las cosas detrás de las que corren, las fortunas de esos ricos que cuentan con la boca hecha agua, porque son difíciles de alcanzar. La riqueza material es difícil de obtener, pero no significa la llave de la alegría, de la felicidad. ¿Qué provecho o qué felicidad hay para nadie en la riqueza de una persona que lo tiene todo pero es avara, tacaña? Incluso en la publicidad ya se proclama: «todo es más hermoso cuanto más se comparte». Es seguro que los ricos tampoco viven solos. Pero por lo general todos ellos están rodeados de aduladores. Se afanan por hacer lo que le agrada y, por su propio interés, intentan congraciarse con él. ¿Acaso esto les da felicidad a esos ricos? Quizá solo al principio sí, pero con el tiempo lo hallará muy fastidioso. Él, haga ya lo que haga, sabrá también de memoria cómo se comportarán los demás con él de manera hipócrita.

A causa de los derechos que se les han dado a las mujeres en Europa y en América, esas mujeres les amargan la vida a esos ricos. Diga él lo que diga, la mujer hace lo contrario. Como está acostumbrado a dar órdenes y esos aduladores lo han acostumbrado, ¿acaso la mujer tiene los mismos derechos para adularte? Y si encima ella tiene un hijo, ya piensa tú. Mientras espera en guardia a que esos enemigos que imagina vengan de fuera, de un sitio del que nunca se lo esperaba, del propio regazo, le sale de golpe. Así son también las riquezas y las felicidades de círculo vicioso de nuestro mundo. He dado uno o dos ejemplos de entre los cientos de miles de nudos ciegos que hay. Mientras no conozcamos el valor del amor, de amarnos unos a otros, tampoco esperemos que toda clase de penas y desgracias se aparte de nuestra cabeza.

Mejor es un plato de hortalizas donde hay amor, que un buey engordado donde hay odio. Proverbios de Salomón 15:17

Junto a esto, el valor tan excesivo que dan al dinero un devoto, las personas que se afanan en el camino de Dios, deja a uno asombrado.

Esta recaudación de dinero, o esta situación de necesidad, también aparece en tiempos de Moisés y de otros profetas, o de los reyes. Por ejemplo, si de nuevo damos un ejemplo de Moisés: para que la tienda de adoración que Dios ordenó se hiciera en el desierto, hacía falta material. Y encima del mejor. Y Moisés lo proclamó. Nadie daría a la fuerza, sino de corazón. Pero con lo que trajo el pueblo surgió un problema. A ver qué era este problema, cómo está escrito, leámoslo en su sitio.

...Tomaron de delante de Moisés toda la ofrenda que los hijos de Israel habían traído para la obra del servicio del santuario, a fin de hacerla. Y ellos seguían trayéndole cada mañana ofrendas voluntarias. Y todos los sabios que hacían toda la obra del santuario vinieron cada uno de la obra que estaba haciendo, y hablaron a Moisés, diciendo: «El pueblo trae más de lo necesario para la obra que el Señor ha mandado hacer». Entonces Moisés mandó, e hicieron pregonar por el campamento, diciendo que ni hombre ni mujer hiciesen ya más obra para la ofrenda del santuario. Y así el pueblo fue impedido de traer más. Éxodo 36:3-6

Cuando leo estos versículos me quedo asombrado. Había una obra que había que hacer, y para esa obra hacía falta toda clase de ayuda material y espiritual del pueblo. Como no había presión ni obligación, el pueblo lo hacía con alegría. Surgió un problema: ¡¡¡el pueblo traía más de lo necesario!!! Enseguida se proclama a aquellos millones de personas: «¡Alto! ¡Ya basta, no traigáis más!». Cuando uno lee estas cosas, hacia aquellos que dicen «si no estamos nosotros, jamás os salvaréis», se llena a la vez de rabia y ríe amargamente por dentro. Nunca jamás, ni una sola vez, he oído a estos que proclaman «no recaudamos dinero, pero en los congresos tampoco tenemos dinero», a los que recaudan ayuda para la mezquita, a los que dicen «haced donativos a la iglesia», decir: «basta ya, no echéis más dinero en las cajas, no traigáis más de lo que necesitamos». Si acaso en todo el mundo han oído ustedes algo así, díganmelo, por favor. Dejemos el tiempo presente: ¿han oído ustedes en toda la historia alguna vez algo así? Todos son como lobos codiciosos de este mundo, y de la clase que no conoce la saciedad. ¿Vino de más? Sonriendo dicen: «la bendición de Dios, Jehová ha bendecido a su pueblo». Y la bendición también significa el ensanche de sus propios aleros, el fortalecimiento de sus poderes aplastantes. «¡Uf!», y así, según ellos, se asegurará. De nuevo por un tiempo. Después, de nuevo en los congresos, en las reuniones, en las mezquitas, en las iglesias, en las sinagogas (el lugar de adoración de los judíos), hará gritar a sus mercachifles para recaudar dinero. Moisés no hizo así. Él no miró las cosas valiosas que llegaban con los ojos de ellos. Detuvo al pueblo. Sin embargo, las religiones de nuestros tiempos, con ese dinero que llega de más, juegan en las bolsas y pierden. Compran máquinas de imprenta cada vez más modernas cuyo valor es casi de millones. Cambian el modelo de sus coches con más frecuencia. Y si aún sobra —y sobra mucho—, con eso también compran edificios. ¡Como que Jehová ha bendecido a su pueblo! Que se pregunte por el estado del pueblo y que a aquellos miembros que se retuercen en la pobreza se les haga una ayuda de cinco céntimos, ni lo he visto ni lo he oído. Solo que las personas de entre ellos que tienen iniciativa hicieron lo que fuera con sus propios medios. Y encima estos, según se dice, ayudaron a la antigua Yugoslavia. Allí también, haciendo distinción, de nuevo se ayudaron a sí mismos, no a todos. Y la ayuda también la hizo aquel cuerpo gobernante de nuevo a costa de estos que están más abajo. Sin tocar con la mano, para estas cosas, ni un céntimo de lo que recauda en su propio tesoro. Al que entra en ese cuerpo gobernante ya de por sí no sale más. Igual que la iglesia católica romana. Se dice que la mayor fortuna del mundo está en ellos. Y esto también es una realidad que ellos mismos y todos proclaman. De nuevo, la mayor fortuna mobiliaria e inmobiliaria del mundo es de esta iglesia católica romana. Es decir, dinero en efectivo y fortuna en bienes. Sus joyas, sus rubíes, sus brillantes, aquellas magníficas vestiduras bordadas de oro, coral, rubí, también las tienen ellos. Estos eran así en la Edad Media y de nuevo así. No echan delante de nadie ni un mendrugo de pan seco. Siempre piden «da, da», y no hay forma de saciarlos ni de dinero ni de bienes. Dónde está Moisés y dónde están estos. Y a sí mismos se ven muy superiores a Moisés. Y quién es Moisés, dicen. Uno bueno, pobretón, pero nosotros somos mucho más sabios que él, tenemos muchas más posibilidades... «En realidad no era más que un idiota», dirán, pero no se atreven.

En los nuestros también, al describir la capacidad, la inteligencia de una persona, se dice «un hombre como un genio» o «una mujer». De aquella persona como un genio se cuentan las astucias que ha hecho, cómo se ha hecho rica, cómo ha engañado a la gente. «Palabra que te quita hasta los calzoncillos por debajo sin que te enteres», así, en nuestra sociedad se relata a tales personas alabándolas y alabándolas. Por el otro lado, a las personas honradas, decentes, generosas, que tienen misericordia con todos, «no es más que un bobo tonto, no tiene nada de nada», y así arrasan a esa persona por los suelos. Moisés también, porque el pueblo trajo mucho, por eso dice: «¡Alto! ¡Ya no traigáis más!». ¡Dios me libre, qué hombre tan poco espabilado este Moisés! ¡¡¡Como si demasiados bienes sacaran un ojo!!!

Cuando yo contaba este ejemplo en casa, mi mujer saltó enseguida: «Antes la gente tenía cierta sobriedad de ojos». Aunque temas como estos se hablaron durante años en nuestra casa, ¡en fin, las opiniones de mi señora son otra cosa! Primero le miré la cara a ver si estaba bromeando. Sin embargo, aquel pueblo de los tiempos de Moisés era una sociedad codiciosa, que no escuchaba razones, rebelde, ingrata y que tenía toda clase de defectos de nuestros tiempos. Y todo lo que les cayó encima les cayó ya de por sí a causa de estas razones. A pesar de lo mucho que se les dijo, un hombre no aguantó en la guerra y robó cosas como ropa y oro, y las enterró dentro de su tienda. Y por esto también Dios abandona a Israel, y ellos son derrotados delante de sus enemigos. Solo que Dios dice de nuevo la razón, y después de que esa persona y su familia, todos juntos, sufrieron el castigo de ser aniquilados a causa de su codicia, el pueblo se salva. (Josué, todo el capítulo 7) No veamos las buenas cualidades como si fueran del todo normales. Esto nunca fue normal. Ni en tiempos de Abraham, ni de Moisés, ni de Jesús, ni de Mahoma. Ahora, en nuestros tiempos, la situación tampoco es distinta. Si la bondad de una persona cambia según el lugar y las circunstancias, su bondad ya de por sí es vacía. Quien es de verdad bueno y recto debe reflejar esta cualidad siempre, en todo lugar y bajo todas las circunstancias. Nadie está sin faltas; el punto que defendemos no es este. Aquellas personas tan valiosas también se encontraron de cuando en cuando dentro de faltas y pecados. Pero estas personas siempre se examinaron a sí mismas y se disciplinaron. Y esto haciéndolo durante toda una vida. En el libro de los Salmos, David:

«Pruébame, oh Señor, y ponme a prueba», dice. (Salmos 26:2) ¿Cuántas personas hay que puedan decir así? ¿En quién hay un corazón semejante? David lo dijo. Puso empeño en que su corazón, su actitud y sus comportamientos hacia Dios y hacia las personas fueran impecables, sin mancha. Personas así tampoco son de la clase con que uno se topa siempre por casualidad en la calle, en las esquinas. Por eso Dios hizo poner por escrito las actitudes de su corazón, sus relaciones con Dios, sus vidas, sus faltas. Porque todo esto también se escribió para que nos sirviera de consejo. (1 Corintios 10:6-13) De modo que, mirándolos y aprendiendo la lección, corramos hacia la misma meta hacia la que corrían ellos, hacia Dios. Ellos también eran personas pecadoras como nosotros. Descendieron del mismo hombre que nosotros, de Adán y Eva. Dios quiere decir: «Si ellos lo hicieron, vosotros también podéis hacerlo». A nosotros nos presentaron a los profetas como inalcanzables, como si fueran seres sobrehumanos. Esto es porque con ello Satanás quiere romper nuestro valor, quiere que creamos «jamás vosotros podréis ser así». Por eso los musulmanes no quieren en absoluto creer que Mahoma pecara. Y eso que en el Corán está escrito abiertamente acerca de sus pecados. (Sura 47:19; 66:3-4; 40:55; 48:1-2) Así como los cristianos hicieron de Jesús un Dios, ¿acaso los musulmanes creen que, al hacer según se dice esto, muestran respeto a Mahoma y lo protegen? ¿Acaso Dios hizo poner por escrito tales sucesos para empequeñecer a esas personas, para destruir nuestra confianza en ellas? Al contrario, que se pongan por escrito estas deficiencias suyas muestra que ellos y esos escritos son más fiables. Por encima de todo, Dios da valor a la humanidad para que nosotros también seamos como ellos. Si no, ¿acaso Dios no podría habernos dado a nosotros, la humanidad, las palabras que dan a conocer Su propósito enviándolas con ángeles? ¿Acaso ellos no podrían decir: «Tomad y guardad estos mandamientos, estas leyes»? Si hubiéramos recibido estos libros por medio de ángeles y en ellos aparecieran las experiencias de ellos, entonces ¿quién de nosotros tendría el valor de andar por este camino? Al menos yo por mi parte diría: «Dios mío, yo no puedo ser como ellos ni puedo hacer las cosas que ellos hicieron». Pero Dios no hace así. Porque nos ama y quiere ayudar a la humanidad. Por medio del libre albedrío que nos ha dado, para animarnos a hacer Sus propios deseos, quiere alentarnos. Encarga a personas que, como nosotros, tienen faltas, iras, alegrías, debilidades, deseos, lo bueno y lo malo que haya, pero que son semejantes a nosotros. Dice: «Mirad las vidas de estos y vosotros también sed como ellos». Quiere decir: «Si ellos lo hicieron, hacedlo vosotros también».

Di: «Yo no os digo que tengo los tesoros de Dios; ni digo que conozco lo oculto; ni digo que soy un ángel. Yo solo sigo lo que me es revelado.» Di: «¿Acaso son iguales el ciego y el que ve? ¿Es que no reflexionáis?» (Sura Al-Anam) 7:50

Sin embargo, este propósito bueno y sabio que Dios hizo decir a Mahoma la gente no ha logrado comprenderlo de ningún modo. Por eso los cristianos hacia Jesús, los judíos hacia Moisés, los musulmanes hacia Mahoma, sienten una debilidad mayor que hacia Dios. Es más, van más allá y los adoran. Los cristianos ponen a Jesús al mismo nivel que Dios todopoderoso. Creen en la existencia de tres Dioses: Dios-Jesús-Espíritu Santo. Ensalzar a estos profetas como seres sobrehumanos y el deseo de verlos así también existía en los árabes de los tiempos de Mahoma. Miren qué exigencias le hicieron a Mahoma aquellas gentes para creer.

Dijeron: «Jamás creeremos en ti hasta que hagas brotar para nosotros de la tierra un manantial;

o hasta que tengas un jardín de palmeras y viñas y hagas correr por en medio de él ríos caudalosos;

o hagas caer sobre nosotros el cielo en pedazos, como pretendes; o traigas ante nosotros a Dios y a los ángeles;

o tengas una casa de oro; o subas al cielo; y no creeremos en tu subida al cielo hasta que nos bajes un libro que podamos leer.» Di: «¡Gloria a mi Señor! ¿Qué soy yo sino un hombre, un Mensajero?»

Y lo que apartó a los hombres de creer, después que les llegó la guía, no fue sino que dijeron: «¿Ha enviado Dios como mensajero a un ser humano?» (Al-Isra), 17:90-94

Así, justamente como aparece en el Corán, las personas piensan de este modo. Que Mahoma fuera un ser humano como nosotros, no solo ahora, sino también los que no creían en aquel tiempo se opusieron y no pudieron comprenderlo. Y por eso también lo negaron. Las personas que se imaginaban en su mente como profetas no eran sino disparates producto de su fantasía. La escasez de agua de los árabes existía en aquellos tiempos. Por eso, entre las cosas que anhelaban, que deseaban, siempre hay agua en abundancia, ríos.

Los judíos también tenían actitudes semejantes hacia Jesús. Ellos en este tema son más experimentados. Porque casi todos los profetas salieron de Israel. Sus experiencias, sus conocimientos no son simples como los de los árabes, pero sus corazones y sus comportamientos tampoco son distintos.

Salieron los fariseos y empezaron a discutir con él; y para probarlo, le pidieron una señal del cielo. Y él, dando un profundo suspiro en su espíritu, dijo: «¿Por qué esta generación pide una señal? En verdad os digo: no se le dará señal a esta generación.» Marcos 8:11-12

La persona a quien le piden señal, en quien no pueden creer, abre los ojos de los ciegos, sana a los cojos, a los sordos, a los paralíticos, a los tullidos, a los enfermos y lisiados de nacimiento. Ante sus ojos resucita tres veces a los muertos. Con dos o tres peces y unos pocos trozos de pan sacia a miles de personas, dos veces, y dejan sobras. No puedo escribir todos los milagros; entonces tendría que escribir de nuevo el Evangelio. ¡A la persona que hace cosas así este pueblo le pide milagro! Los corazones de los tipos ya no son de carne sino de piedra, y sus ojos no ven. En realidad, si miramos bien, los ciegos literales vieron a Jesús y tuvieron fe en él. Los de estos, en cambio, tienen el espíritu oscurecido, y sus ojos espirituales ni ven ni sienten.

A pesar de todos esos milagros que venían uno tras otro, y de que el propio Dios habló de una vez con millones de personas, y a pesar de tantos otros sucesos incontables, ¿acaso creyeron en Moisés? Bien, ¿qué habían hecho estas personas? Lo mencionamos en temas anteriores: cuando Moisés subió 40 días al monte junto a Dios, hicieron un becerro de oro y lo adoraron. (Éxodo, todo el capítulo 32) Cuando lean todos estos escritos sagrados, hay sucesos así, sin fin. Estos libros escriben los ejemplos de cuán descompuestos, sin fe, desobedientes, incapaces de entender razones y malos somos nosotros, la humanidad, en nuestra relación con Dios. Durante tantas generaciones, en distintos tiempos, por desgracia esto ha sido siempre así. Hay muy pocas excepciones. Por eso, cuando nos afanemos por buscar al Dios verdadero, no busquemos grandes multitudes de partidarios. Aquellos que tienen muchos partidarios están, en igual medida, otro tanto de lejos de Dios. De nuevo, cuando vayan a leer estos libros, que no les sorprenda leer que las personas que creían y con sus buenas obras eran gratas a Dios, por lo general fueron empujadas, perseguidas, encarceladas, decapitadas y muertas por esa sociedad. No piensen: «Esto era solo en aquel tiempo». Dios no nos dice por medio de estos libros que, al tener fe en Él y cambiar nuestra vida y a nosotros mismos, tendremos abundancia de posadas, baños, fortunas y amigos. Sin sumergirnos en las expectativas de nuestros sueños, comprendamos todo tal como Él lo escribió abiertamente. Tengamos con Dios una relación incondicional. En la guerra de independencia de Atatürk y en su gran discurso, leímos y oímos siempre las expectativas por la nación, la patria y la bandera. Estas expectativas existen también en todas las naciones del mundo. De las personas se esperó ir a la muerte incondicionalmente, y todavía se espera. El lado de Atatürk que más me gusta es que no tuviera relación con los religiosos, pero esta vez, como los comunistas, arrasó por los suelos la fe en Dios. Seguramente halló más simpática la vida y la cultura del inglés. Por una cuestión de vestimenta firmó matanzas. Al final digamos que él también era una persona pecadora. En estos países extranjeros he recordado mucho aquellas palabras suyas: «Qué feliz es quien puede decir soy turco».

Mientras que de nosotros se espera ir a la muerte incondicionalmente —y esto lo esperarán los políticos—, bien, ¿acaso Dios no lo va a esperar? Los religiosos maldicen a Atatürk. Ya de por sí, quien maldice, en realidad ha dejado claro lo que él mismo es. Como nación, o suben a Atatürk a los cielos, o encarcelan al que lo critica. ¿Es esto amor a Atatürk? A los profetas también los tratan así, ¡pero después de matarlos! Y luego los divinizan y los adoran. Casi te ordenan hacer la ablución incluso al llevar su nombre a la boca. Sin embargo, con sus obras están tan lejos de estas personas. Si amas y ensalzas a alguien, haz también las obras que él hacía, para que al menos sea creíble. «Si quieres deshacerte de alguien, o lo crucificas o lo conviertes en ídolo», dice un profesor hindú de filosofía.

Entre los Testigos, si una persona no va a la reunión y tampoco tiene un motivo válido, ya se vuelven enemigos suyos. Sin embargo, si ir a esa reunión es algo tan hermoso, tan valioso, tan incomparable, ¿no debería en realidad apenarse pensando «por qué se perdió esta cosa tan hermosa»? Sin embargo, ellos dejan ver abiertamente este odio suyo. Y el otro también se asusta, y aunque no quiera, de nuevo viene a esa reunión. Aunque duerma allí, aunque no entienda, aun así viene. Se le llama haber venido. Tampoco es que sea como para no poderse dormir, hombre. Yo no me opongo a esos que duermen; me opongo a los que presionan diciendo «tienes que estar aquí forzosamente». ¿A quién le dijo Jesús a la fuerza «tenéis que escucharme forzosamente»? Yo aquí dije reunión; ustedes digan mezquita, el otro diga iglesia, el otro diga lugar de adoración, diga sinagoga, etc.; todos son iguales, no cambian.

Imaginen en su fantasía que en un día determinado, en un lugar determinado, los frutos de los árboles justo a esa hora se volverán de oro. La fruta del que venga a recoger justo en ese lugar y a esa hora quedará siempre como oro puro. Supongamos que, si no se recoge cuando pasa aquel tiempo, la cualidad de oro de la fruta también pasa. ¿Quién no iría allí? ¿Acaso te presionarían porque no viniste? Al contrario, ¡es más, no dirían «menos mal que no vino»! En semejante interés ni siquiera se lo darían a conocer a nadie. Vamos, digamos que es muy bienintencionado y ama a esa persona, y se lo dio a conocer. Esta vez él también, ¿no debería apenarse por él diciendo «no viniste, mira cuánta fortuna te perdiste»? Esto es solo un ejemplo. Los religiosos, en cambio, dejando de lado el oro, según dicen te llevan por el camino que va a la vida eterna. ¿Cuál es más valioso? ¿La vida eterna o el oro? ¿Alguien dice «mentira»? Bien, ¿por qué le rechinas los dientes al que no viene a la reunión, a la adoración? ¿Le rechinaste los dientes porque no vino a recoger oro?

Los que venían a Jesús, en cambio, o venían siempre con alegría, o para acechar la ocasión por enemistad. Lo interesante del asunto es que no había ninguno que viniera a la fuerza. Tanto el enemigo como el amigo venían con gusto, por su propia voluntad. Nadie forzaba a nadie diciendo «por qué no viniste». Pero cuando la persona es vencida por algo y hace esa labor a la fuerza, esta vez envidia la libertad del que no la hace. Odia el valor, la indiferencia, la libertad de aquel para usar esa libertad. Lo envidia y también lo deja ver, y encima de todas las maneras. Ya, hasta donde le alcancen el poder y el valor, aplica también esa coacción.

Un tipo, en el mes de Ramadán, por adoración, ayunó todo el día bajo el sol ardiente. Se quedó sin fuerzas y se retuerce. El que tiene enfrente come algo a lengüetazos y bebe cosas frías. Le da vueltas la cabeza y, o maldice, o apuñala, o ya de la rabia hace lo que pueda. Mira con odio al que no ayuna. Piensa que si todos fueran como él, entonces este tormento sería más fácil, por eso. Es decir, esa cosa que hace, sea la que sea, como la ve como un tormento, está lleno de odio. Si la hiciera con alegría, estos sentimientos ni siquiera pasarían a su lado. Al contrario, aunque todos coman, beban y no ayunen, él, por ayunar, se alegraría por su fuerte voluntad, por su fe, y sentiría compasión y misericordia por los demás a causa de sus debilidades o de su falta de fe.

Durante años fui a las reuniones de los Testigos. Una ida era exactamente 100 km. Tuve un hijo, con la bolsa del bebé en la mano fui de nuevo, solo. Venían a mí y con hipocresía me decían palabras como: «Vienes desde tan lejos hasta aquí, muy bien» y demás. Yo, en cambio, decía: «Esto lo hago por mí mismo, con gusto». El único lado que me costaba era el odio que ellos me tenían. Notaba que muchos de ellos se enfurecían cada vez que me veían, pensando por qué vengo. Entraba entre ellos como un ladrón y salía también como un ladrón. Esto era porque no decía «sí» a todo lo que decían. Al final me sumé entre estos durante muchos años, hasta que pusieron a todos la prohibición de hablar conmigo. Aquello que muchos de ellos hacían a la fuerza, yo lo hacía con gusto. Porque no les había permitido que me quitaran la alegría que llevaba dentro. Es decir, ustedes son buenos para ellos solo si se convierten en un títere. Yo, en cambio, con lo que hacía, al sentir a Dios en mi corazón y en mi conciencia, era mucho, pero mucho más feliz que ellos. Y este contento no se había dado dentro de un molde que había recibido servido de otros, que me decían «si haces tal cosa así te volverás asá». Creen que, refugiándose en la sombra de otros, escapan de sus propias responsabilidades. Dios no permitirá tales cosas. Cada uno debe probarse en su propio nombre, darse a conocer en su propio nombre y también rendir cuentas en su propio nombre. No tengan ninguna duda; con seguridad también será así.

El fin del asunto es este; todo se ha oído; teme a Dios y guarda sus mandamientos; porque esto es el deber entero del hombre. Porque Dios traerá a juicio toda obra, junto con todo lo secreto, sea bueno o sea malo. Eclesiastés 12:13-14

¡Por qué el Corán supuestamente no puede venir de Alá!

La primera razón famosa por la que una persona se hace cristiana y dice «Mahoma jamás pudo ser un profeta» es el tema de «por qué Mahoma estaba casado con muchas mujeres». Y estos, en la medida de su falta de educación, se meten ya en el dormitorio de Mahoma, ¡casi hasta le sacan los calzoncillos al hombre! ¿A ti qué te importa lo que el hombre haya hecho con su esposa en su dormitorio? Además, ¿quién ha visto lo que hizo? No, como si estos tuvieran cámaras y hubieran filmado las películas de Mahoma. Esta gente ni siquiera sabe avergonzarse. Y les encanta meterse en semejantes temas.

La más famosa, en cambio, es que Mahoma se casó con una niña de 13 años. Dejando de lado que en Asia, África e incluso América y casi en todo el mundo las niñas de 13 años ya hace mucho tienen hijos, casadas o sin casarse, en algunos países de Europa, en las escuelas, a estas niñas de unos 13 años que ellos presentan como inocentes cual bebés, les reparten píldoras anticonceptivas con fines educativos. Una niña que llega a los 14 años sin haberse acostado con un hombre o es alguien muy feo, o tiene un problema, o es una religiosa que hace ese asunto de otra manera. Seguro que también las hay honestas, pero eso es como buscar una aguja en un pajar. Mahoma, en cambio, se casó, ¡miren qué delito! Yo leía tales críticas, pero no me atraían en absoluto. Cuando yo me casé, mi esposa tenía 16 años. Es decir, ¿acaso por eso me convierto en un pervertido? Hacer que niños de entre tres y ocho años rueden películas pornográficas, algo que en Europa, en América, tiene mucha demanda, ¿no es acaso una de las habilidades de los países que se hacen pasar por cristianos? No comparo a Mahoma con esta gente, pero quiero recalcar que si según la cultura de aquel país uno se casa con una niña de 13 años, eso no es perversión. Además, las personas tienen constituciones diferentes. Hay chicas que, a pesar de tener veinte años, aparentan 13. Y también hay chicas que, a pesar de tener 13 años, muestran un desarrollo como el de mujeres de 20-25 años.

Como dije, estas críticas no me satisfacían en absoluto. Yo solo decía que en la Santa Escritura muchos profetas tenían más de una esposa, e incluso que Salomón tenía mil esposas. Si por estas razones Mahoma no era profeta, entonces ¿no habría que decir que los como Abraham, Jacob, David y Salomón tampoco eran profetas? Según ellos, cuando vino Jesús, prohibió estos matrimonios con muchas mujeres. Que semejante prohibición no aparece en ninguna parte del Evangelio lo advertiría 19 años después. Este tema lo traté al comienzo de mi libro, bajo el título «¿Prohibió Jesús el matrimonio con muchas mujeres?». En aquel entonces yo no poseía estos conocimientos. «Si Alá lo permitió de antemano y si vivir bajo la ley sirve como un instructor para comprender a Jesús, ¿por qué no habría de darse esa misma educación a los árabes?», decía yo, oponiéndome a sus críticas.

«Porque mediante la ley se llega a la conciencia del pecado» dice en Romanos 3:20.

«Es decir, la ley (sharía) fue nuestro instructor hasta la venida del Mesías, para que fuésemos justificados por la fe» dice en Gálatas 3:24.

Por ahora dejemos este tema a un lado, y desarrollemos nuestro asunto observando las religiones y la educación que ellas imparten. La demostración de estos temas a veces parece muy difícil, pero cuando se investiga se encuentran un montón de pruebas fácilmente comprensibles.

Por ejemplo, respecto a los falsos profetas o a las organizaciones religiosas, Jesús dijo de manera sencilla: «Por sus frutos los conoceréis». (Mateo 7:15-20) En verdad este es el camino más correcto y sencillo. Cuando por primera vez, reflexionando profundamente, apliqué estas palabras a los musulmanes o a los cristianos, habría tenido que desechar tanto el Corán como la Santa Escritura por falsos. Solo que se me escapaba una diferencia. Si yo, mirando a las religiones, dijera que estos libros son falsos, cometería una injusticia. Por más que esas religiones digan que representan a estos libros, eso no las hace ni creíbles ni fiables. Además, dejando de lado que representen estos libros, ¡ellas dicen que hasta representan a Alá! Si tuviera que decidir mirando sus frutos, entonces tendría que alejarme también de Alá. ¿Acaso no son estas religiones una de las mayores causas que alejan a las personas de Alá?

Ante todo, en todas estas religiones existe un método terrible de opresión. Sean cuales sean sus propias enseñanzas, exigen que todos las acepten sin cuestionar ni preguntar. Y a quienes no aceptan estas enseñanzas, si es necesario, los llevan hasta la horca. Hablo continuamente de temas que todos conocen, aunque sea superficialmente. Desde los cristianos cruzados de la Edad Media, los religiosos otomanos que cortaron la cabeza a Çelebi diciendo que «voló», los católicos que quemaban a quienes leían la Santa Escritura, los que excomulgaban entre ellos a quienes traducían ese libro declarándolos hijos de la muerte, hasta Galileo, que por decir «la tierra es redonda» salvó su cabeza por un pelo de esos religiosos; los Testigos de Jehová que expulsaron de inmediato de esa religión, diciendo «te has dejado llevar por Satanás», a quien hizo dar sangre a su hijo que estaba a punto de morir por pérdida de sangre; hasta los que expulsan de entre ellos a una persona, diciéndole «no eres digno de la salvación», por decir «Alá lo ve todo, tanto el pasado como el futuro». Al tratar algunos de estos temas, que son tantos que no cabrían en decenas de miles de libros, procuro recalcar continuamente también estas presiones suyas. ¿Pueden provenir tales conductas de los verdaderos siervos de Alá? ¿Podemos decir que cometen semejantes errores sin saber, por conocer las cosas erróneamente? Lo importante no es el conocimiento erróneo; de lo que hablo es del modo de comportarse hacia las personas a quienes, según su criterio, declaran «tú estás equivocado», y de la forma en que se ensañan con esas cosas. Sin distinguir quién tiene razón y quién no, hablo de las reacciones que muestran ante los temas que no les gustan. A una persona que sinceramente cree en algo equivocado ni se le mata, ni se le quema, ni se le declara hijo del infierno. Además, sea sincera o no, ¿quién puede querer dominar mediante la presión las creencias y los pensamientos de las personas? ¿Dónde queda el uso de la fuerza y la presión, y dónde el amor, la alegría y el libre albedrío; cuál de estas cosas quiere Alá de nosotros? ¿Quiere que se venga a Él a la fuerza, o con alegría y con un alma dispuesta? Si Alá no diera valor a que se haga con alegría, con voluntad, y prefiriera que se haga a la fuerza, ¿quién es más poderoso que Él? ¿Qué nos creemos que somos nosotros para decirle a la gente, con presión y a la fuerza, «ven a Alá, cumple sus mandamientos»? Y encima si esos mandamientos no los ha inventado Alá, sino ellos mismos. Francamente, estos frutos no provienen de Alá, sino de Satanás, de los genios, del mundo, de las pasiones de las personas, de sus egos. Alá, en cambio, siente asco y dice:

…Él que les dijo: «Este es el descanso; dad descanso al cansado; y este es el reposo», pero no quisieron oír. Por eso la palabra del Señor será para ellos mandamiento sobre mandamiento; mandamiento sobre mandamiento; ley sobre ley; ley sobre ley; un poco aquí, un poco allá, para que vayan y caigan de espaldas, y sean quebrantados, y caigan en la trampa y sean apresados. Isaías 28:12-13

En verdad, según las palabras de este versículo, no nos presentaron a Alá como Alá, sino tan solo como alguien que impone mandamiento sobre mandamiento, ley sobre ley. Esto significa que su propósito era hacernos caer y quebrantarnos. ¿De quién creen ustedes que salen estas religiones? Según el versículo de arriba, ¡es seguro que esto no proviene de Alá!

Ahora bien, ¿acaso Moisés, siervo de Alá, no gobernó nunca? ¿No hubo personas a quienes condenó a muerte? Claro que las hubo. Pero en esos episodios que aparecen en la Santa Escritura, Moisés no ejerció presión; al contrario, Moisés gobernó sobre las personas que se esforzaban por ejercer presión. La diferencia es enorme. Hicieron un becerro, ¡y lo adoraron como a un dios! No se contentaron con quebrantar la palabra del pacto que habían dado a Alá, sino que se esforzaron por arrastrar también a otros. ¿Sucedieron estos hechos una sola vez, cinco veces, diez veces? No, en la historia de la Santa Escritura leemos que tales hechos ocurrían continua e incesantemente.

Puede ser que una persona o una comunidad mire al becerro con ojos de dios. Moisés no los mató por eso. Al fin y al cabo, Moisés era alguien que había vivido en Egipto y crecido con esas costumbres. También conocía a los cientos de dioses de allí. Porque adoraban algo equivocado, ni les declaró la guerra ni los odió. ¿Acaso no tenía poder? El poder de las plagas que Moisés trajo entonces sobre el Egipto, ¿no venía de Alá? ¿No podría ese poder haber destruido a Egipto? La libertad de pensamiento y de creencia la da primero Alá. Además, si por eso hubiera que destruir a aquellas personas, entonces ¿no tendría Alá que destruir también a todos los que viven sobre la faz de la tierra? Cuando llegue el momento eso también ocurrirá, pero si Alá luchó contra los egipcios, la razón fue salvar a aquellas personas que ellos mantenían bajo opresión, a quienes esclavizaban a la fuerza. Quienes ejercían la opresión eran los egipcios, no Alá. Al egipcio y al faraón que usaban la fuerza, Alá solo les dio una lección. Y aun así buscando su provecho. Quiso decirles algo a los egipcios de aquel tiempo. Y no solo a los egipcios, sino que con ello quiso decirles algo a todas las naciones del mundo.

Alá tampoco obligó a Israel y a los muchos pueblos mezclados que salieron de Egipto a aceptar sus mandamientos. Todo aquel pueblo no salió de Egipto tras Moisés como quien va al destierro, con grilletes, encadenados como cautivos. Al contrario, salieron riendo, jugando, saltando, brincando, con entusiasmo, y se libraron de los egipcios. (Éxodo, Nueva Traducción 15:19-20) Tampoco estaban obligados a seguir a Moisés. Si ya los egipcios no los querían, ¿acaso no había otro país, otra tierra a donde ir? Porque, ante las condiciones que Alá dijo hablando a todos ellos de una vez, sobre la base de la promesa que ellos dieron diciendo «haremos todo lo que Alá diga», a esos que adoraban el becerro, y encima a los que ejercían presión sobre aquellas personas para que lo adoraran, a esos Moisés los mató. Sin embargo, aquellas personas no estaban obligadas a aceptar las condiciones de Alá. Todos ellos eran libres de reunirse y apartarse de aquel pueblo, e ir a donde quisieran. No, pero si decidían vivir allí, en aquella sociedad en la que vivían, también era obligatorio que cumplieran la promesa dada. Pero ellos usaron la libertad que se les había concedido, no en su propio nombre, sino en forma de ejercer presión también sobre la libertad de otros. ¿Acaso los que hicieron el becerro no sabían a qué y a quién había prometido Israel? Si ellos mismos no iban a cumplir aquella promesa, ¿por qué arrastran a otros tras de sí? Todas las religiones de nuestro tiempo también se parecen a aquellos que entonces hicieron el becerro. El dios que presentan diciendo «este es su Alá» es un ídolo que ellos mismos inventaron en sus corazones, no el verdadero Alá. Estos caminan a la manera de las obras de sus antepasados de entonces. Por lo demás, el camino que siguen no es ni el mandamiento de Alá ni lo que hicieron Moisés, Jesús o Mahoma.

«Pues bien, nosotros también, por estas razones, expulsamos de entre nosotros a quienes no aceptan íntegramente nuestras enseñanzas, ¿por qué se ve esto con malos ojos?», es como si me llegara al oído la voz de los Testigos.

Es que su autoridad no llega más que a esto. La autoridad de sus antepasados de la Edad Media era mayor, ya vimos lo que hacían. Esto no demuestra que los Testigos de hoy sean misericordiosos ni nada por el estilo. Ahora bien, yo veo con buenos ojos —al contrario— el hecho de la expulsión de entre ellos, por el propio bien de la persona expulsada. Por desgracia, esos expulsados, debido a una educación errónea de la conciencia que han recibido, se hunden a sí mismos en una gran depresión y van hacia la ruina. Sin embargo, cuando alejarse de aquella zona defectuosa y peligrosa significa vida para ellos, ellos lo perciben como muerte. Y esto ocurre gracias a esas enseñanzas bajo cuya influencia estuvieron durante años y bajo la cual quieren permanecer. Además, el porqué y el para qué de la expulsión de esa persona ni siquiera tiene mucha importancia. A veces, respecto a esas personas que expulsan de entre ellos por delitos vulgares y viles, quizás el mundo entero les dará la razón a los Testigos. Pero esa es una decisión superficial. Cuando se mira el trasfondo del asunto, el mayor responsable de las influencias que empujaron a esas personas hacia esas cosas es, a veces, la educación y las prácticas perversas y torcidas de los propios Testigos. Este efecto secundario puede manifestarse en cada uno de una manera distinta. Uno viola a niños, otro se vuelve homosexual, otro puede hacer cosas más perversas. Cuando se investiga la causa de todo esto, por lo general lo que empuja a esas personas a semejantes conductas es el ambiente de presión en el que se encuentran. Y déjenme decirlo abiertamente: así como un mal amigo también arrastra a la ruina al que es bueno, si lo incita y presiona a hacer cosas que jamás esperaba, esto es exactamente igual. Solo que quien traba amistad con esa persona que llamamos mala tampoco es inocente. A lo largo de la vida todos somos engañados. Aunque haber sido engañado, dejarse engañar, no es una excusa, tampoco es un delito absoluto. Pero después de darse cuenta de que uno ha sido engañado, continuar deliberadamente por ese camino, eso sí que le acarrea culpa a la persona. ¿Qué dice Alá respecto a estos temas? Leamos:

-La persona que, sabiendo que será maldecida, no da testimonio de lo que ha visto o de lo que sabe, ha pecado y sufrirá el castigo de su culpa.**

-Si alguien sin saberlo toca cualquier cosa considerada impura, el cadáver de un animal salvaje, doméstico o pequeño, queda contaminado y es considerado culpable.

-Si alguien sin saberlo toca a una persona considerada impura o cualquier cosa procedente de una persona que lo contamine, en el momento en que comprenda lo que ha hecho será considerado culpable.

-Si alguien, sea cual sea el asunto, para hacer el mal o el bien, jura sin pensar y sin saber lo que hace, en el momento en que lo comprenda será considerado culpable.

-Cuando una persona cometa uno de estos pecados, deberá confesar su pecado. Levítico 5:1-5

Estas son algunas citas de las leyes de la sharía que le fueron dadas a Moisés. Más que las leyes, lo que nos interesa es cómo mira Alá aquello que la persona ha hecho por ignorancia. Hay algunos casos en que, cuando se comete un delito sin saber, en cierto punto la persona todavía no es culpable ante Alá, pero cuando se da cuenta y comprende, se vuelve culpable. Y hay otros casos en que, aunque no lo sepa, se le considera culpable. Es decir, a veces no saber no es excusa, y otras veces, aunque no saber se acepte como excusa, aun así hay que pagar el precio. Es decir, nunca hay librarse sin pagar diciendo «soy inocente». Sobre nuestra faz de la tierra tampoco hay persona que no cometa pecado. Por más recta que sea esa persona, aunque sea profeta, aun así no hay persona que no cometa pecado. (Eclesiastés 7:20; Romanos 5:12; sura El Creyente, 40:55; sura La Victoria, 48:2; sura Fusilat, 41:6)

Las leyes también funcionan con esta lógica. Decir «yo no sabía» no es excusa. Aunque en verdad no lo sepa, eso no lo salva. Si es un caso hecho a sabiendas, adrede, la pena de por sí es más severa. Por ejemplo, respecto a alguien a quien has causado la muerte atropellándolo con el coche, se dice «accidente», pero aun así la persona queda sujeta a una pena que varía según las leyes de aquel país. Pero si atropellas a esa persona con el coche deliberadamente, eso ya no se llama accidente, se llama asesinato. Y su pena, sin duda, será muy distinta.

Un cristiano, en cambio, sabe y debe saber con claridad que toda la humanidad es pecadora y que continuamente peca, con y sin querer. De lo contrario, no conoce, no ha comprendido el significado del porqué murió Jesucristo el Mesías. Si las verdades son así, ¿cómo puede una persona, una organización, una religión, una institución, decir: «Solo lo que nosotros decimos es correcto, no hay verdad fuera de nosotros, solo nosotros entraremos en el cielo y en ningún otro lugar puede hallarse la salvación fuera de nosotros»? ¿Cómo puede hacer semejante pretensión y encima esas personas creerlo y ponerse en fila tras ellos?

Ninguna religión reconoce ni puede reconocer, confesando sus culpas, que «también hay religiones mejores que nosotros». Eso para ella significa derrota. ¿Y qué dice Alá?

«Cuando una persona cometa uno de estos pecados, deberá confesar su pecado».

Según estas palabras, todo ese asunto de pedir perdón, de confesar la culpa, se espera solo de los miembros de esa religión. En mi relación de casi 20 años con los Testigos, ni una sola vez leí ni oí que en algún momento se hubiera escrito que su cuerpo gobernante declarara personalmente: «Con lo que hicimos en tal fecha lo echamos todo a perder» o «con las reglas absurdas que impusimos también les amargamos la vida». ¡Eso significa que son impecables! ¡Sus únicos defectos son de palabra, y encima solo el de no ser perfectos! Estas religiones, en lugar de aplicar la palabra de Alá que dice «deberá confesar su pecado», no se limitan a recurrir al secretismo o a la terquedad; además defienden esas inmundicias suyas. (Romanos 1:28-32)

La Iglesia católica pidió perdón por lo que le hizo a Galileo en una fecha que se considera reciente. ¿Cuánto hace ya que se demostró que la tierra es redonda, y cuándo pide perdón la Iglesia? ¡Como si solo existiera este tema por el que pedir perdón! En realidad, ellos son tanto más limpios y sin mancha que los ángeles, ¡que nosotros no nos damos cuenta! ¡Como si esta fuera su única culpa! Además, como dije, si acaso la tierra no fuera redonda sino plana, si la tesis de Galileo también fuera errónea, ¿qué pasaría? ¿Por qué te dispones a matar a ese hombre y odias todo lo que existe llamado investigación y conocimiento? Uno escribirá, el otro leerá. El otro aprenderá de lo que él escribió y aprenderá aún más y hallará algo más correcto. ¿Cómo se produce el progreso? ¿Acaso los religiosos se esfuerzan por lograrlo imponiendo prohibiciones? ¿O más bien tienen éxito en impedir el progreso? Al leer la historia decimos de inmediato: «tuvieron éxito en impedirlo». Los Estados, los gobiernos, tampoco son distintos en este asunto, pero los religiosos en esto no tienen rival.

En resumen, la razón del matrimonio con muchas mujeres y que Mahoma no pudiera ser profeta, y que el Corán tampoco pudiera haber sido revelado por Alá, seguía sin entrarme en la cabeza. Y esto era así incluso con el conocimiento que yo tenía entonces. Para que yo pudiera decir «el Corán no es palabra de Alá», en mi opinión, tenían que existir razones mucho más válidas. Además, aquellas religiones que presentan el matrimonio con muchas mujeres como si fuera algo malo, al separar a las personas unas de otras por estar casadas con muchas mujeres, con la prohibición del matrimonio a los religiosos, la homosexualidad entre los sacerdotes, el casar a dos hombres o dos mujeres en la iglesia, el forzar a sus deseos perversos a los niños bajo su tutela, etc., ellas mismas estaban metidas en pecados enormes y repugnantes en este asunto. Y todavía es así, y aún peor. Ellos, en cambio, como si esta fuera su única culpa, ¡piden perdón cientos de años después a Galileo, de quien ni los huesos quedan ya!

Por razones como estas, en mi opinión, esas personas no denigraban al Corán, sino a sí mismas. Por eso, si el Corán no era palabra de Alá, tenía que hallar razones válidas más allá de los matrimonios de Mahoma.

Desde que conocimos a Bernd y a Schmid habían pasado más o menos unos cuatro meses. Entretanto, una vez por semana, los domingos, asistíamos sin falta a las reuniones. Entre semana también, las visitas de Bernd o de Schmid me alegraban. Para mí el tema más importante era conocer al verdadero Alá y saber qué es lo que Él quiere de nosotros. Aunque estando juntos habláramos de otros temas indirectos, el asunto de nuevo tenía relación con Alá. Como ellos iban a predicar de puerta en puerta, tenían ciertas experiencias con la gente. Su experiencia general, sin embargo, era acerca de la indiferencia de las personas y, por consiguiente, de su ignorancia. Incluso los más fervientes, los que parecían interesados y no dejaban títere con cabeza, con el tiempo mostraban con sus actos y palabras que no eran sinceros. Entre los turcos también era así. Es indudable, además, que cada nación tiene sus propias características. Las mismas experiencias las viví yo también más adelante. Advertí también que Bernd y Schmid pensaban que esto era así conmigo, que tenían la sospecha de que yo también podía ser una persona insincera, fingida, igual que estas personas. Ellos querían estudiar conmigo un librito o un folleto que también era de sus propias publicaciones (leer a fondo en forma de preguntas y respuestas). Yo, en cambio, para cambiar la opinión que tenían de mí, decía: «tomen el libro que quieran y háganme preguntas, yo he leído aquí todas las publicaciones que han sacado los Testigos». Bernd, que por casualidad me hizo preguntas de varios lugares, se asombraba y reía de las respuestas que yo daba. En verdad había leído una gran parte de las versiones en turco de estos libros que ellos publicaban. Aunque yo les dijera «los he leído», eso no los satisfacía. O no lo creían, o encontraban más provechoso que, en lugar de leer rápido y pasar de largo, se asimilaran estos temas reflexionando profundamente en forma de preguntas y respuestas. A ellos también les habían enseñado así. La Santa Escritura, en cambio, solo la usaban con el fin de mostrar los versículos que aparecían en sus propias publicaciones. No decían «mira lo que ha dicho nuestro cuerpo gobernante», pero querían decir «mira, lo que está escrito aquí, qué acorde y probado está con este libro de Alá». Respecto a la Santa Escritura, ellos mismos no podían tener siquiera ningún comentario, ninguna creencia ni pensamiento propios. De esto me daría cuenta mucho más adelante. Cómo debía ser su fe lo decidía su cuerpo gobernante en Nueva York, América. En qué y cómo hay que creer, qué es cada cosa, cuál es su significado o cuál no lo es, cómo se aplica y cómo no se aplica. Como digo, desde el tema de la autosatisfacción de los jóvenes hasta las relaciones sexuales de los casados; desde la sangre del enfermo, su riñón, hasta su corazón, en todo tema, en todo lo que ni siquiera se les ocurriría, qué es correcto y qué es incorrecto, qué debes hacer y qué no, esos cuerpos gobernantes suyos lo deciden y lo dicen. Han acostumbrado a este pueblo de tal manera que, si a alguno de ellos le entran ganas de orinar, ¡casi que preguntarán «¿puedo hacerlo, hacia dónde sería más correcto hacerlo?»! Qué alimentos se pueden comer, en cuáles puede haber sangre o la hay y no se comen, e incluso tienen prohibiciones tajantes. En resumen, si ve ese alimento en su mesa, en su nevera, esto puede ser razón suficiente para que a esa persona la expulsen de entre ellos, tildándola de alejada de Alá, desobediente, pecadora e hija de la muerte. Depende de la reacción que muestre la persona. Al lado de esto, que los musulmanes no coman cerdo queda en cero a la izquierda. A las instrucciones de esos hombres a los que llaman cuerpo gobernante en América, cuyo número cambia de vez en cuando, compuesto generalmente por entre 12 y a veces 18 personas, y de los cuales el más joven en mis tiempos tenía 80 años, debes obedecer al pie de la letra. Si dijeron «ve a la muerte», ya ellos lo formularán como sea, ¡pero de esos miembros también se espera que vayan a la muerte sin hacer preguntas, sin objetar! De dónde sacan estos hombres el atrevimiento de hacer ejercer, en nombre de Alá, una presión tan terrible y repugnante sobre las personas, todavía no logro entenderlo. En realidad la respuesta es sencilla: cada uno viene por su propio pie, dócilmente; iría a decir «los culpables son los que vienen», pero aun así no me sale la lengua. Porque yo también caí en este hoyo. Dejando aparte solo el tema de la religión, ¿existe sobre la faz de la tierra una persona que pueda decir «yo nunca me he dejado engañar»? Sea cual sea el tema, sin duda nos hemos dejado engañar, hemos creído, nos han embaucado. Que las personas engañarían y serían engañadas está escrito también en el Evangelio como una de las señales de los últimos días. (2 Timoteo 3:13) Sería un error decir «nosotros nos dejamos engañar, somos tontos, y algunas personas son listas y nunca se dejan engañar». Todos somos iguales en este asunto de dejarse engañar. A la persona que cree tener al mundo entero girando en su dedo, otro la está haciendo girar en el suyo.

Pues bien, un día yo estaba discutiendo acerca del Corán con esos jóvenes que recibían la educación de estos. Otra vez estábamos en nuestra casa, esta vez ellos eran tres personas, yo estaba solo. Al defender tales temas yo siempre estuve solo, y así seguí. Yo, con emoción y curiosidad, procuraba dar respuestas a estos. Cuando digo emoción y curiosidad, esa curiosidad mía era acerca del Corán, pues yo entonces ni siquiera había decidido qué era este libro. Por eso escuchaba con curiosidad a ver qué salía de estos. Y la razón por la que también sentía emoción era que yo estaba en la posición de defender el Corán frente a estos. En realidad no tenía en absoluto la intención de hacer de abogado del Corán, pero por las pruebas que ellos exponían, tampoco podía decirse «este libro no puede venir de Alá». Las razones que ellos exponían eran cosas absurdas. Las razones que decían podían encajar en la lógica de quienes no conocen la Santa Escritura, pero para alguien que conoce la Santa Escritura eran muy ilógicas. Todavía, por todo el mundo cristiano, sea cual sea la religión o secta, siempre se denigra al Corán con las mismas tácticas. Las estupideces por las que dicen que el Corán supuestamente no puede venir de Alá, a veces las veo y las leo incluso en sus páginas de Internet. Sin embargo, con estas críticas suyas no solo niegan el Corán, sino también la Santa Escritura en la que dicen creer. Las únicas razones que a lo sumo podrían darles la razón son las propias enseñanzas y prácticas inventadas de los musulmanes. Tomando las prácticas de los musulmanes, se intenta reducir el Corán a cero, pero eso no es el Corán mismo. Igualmente, si se toma al mundo cristiano basándose en enseñanzas y prácticas inventadas, la Santa Escritura también puede reducirse a una nada, pero eso no es la Santa Escritura.

En aquella discusión nuestra que duró hasta la mañana íbamos saltando de rama en rama. Por ejemplo, otra vez de las más famosas: empezando por «por qué se casa con muchas mujeres», pasando por «por qué se le corta la mano al que roba», al final nos quedamos en este versículo escrito en el Corán:

…Y os creamos. Luego os dimos forma (figura) y luego dijimos a los ángeles: «¡Postraos ante Adán!». Se postraron. Solo Satanás no fue de los que se postraron. Al-A'raf 7:11

Después de crear a Adán, Alá dice a los ángeles: «Postraos ante Adán». No, pues Alá no podía decir semejante cosa. Alá supuestamente no querría que se adorase a nadie fuera de Él. Yo decía: «Alá con esto no quiere que los ángeles adoren a Adán, sino que respeten a Adán, es decir, al ser humano, que es obra de sus propias manos». No, esto tajantemente no era así ni podía serlo. Como ejemplo mostraron pruebas de las palabras del apóstol Juan en el libro del Apocalipsis, al final de la Santa Escritura. Allí, cuando el apóstol Juan quiere inclinarse ante el ángel, el ángel le dice:

«Cuidado, no lo hagas; yo soy consiervo tuyo y de tus hermanos los profetas y de los que guardan las palabras de este libro; adora a Alá.» dice en Apocalipsis 22:9.

Juan aquí, quedando bajo el efecto de aquellas cosas que vio, pudo haberse dejado llevar, a sabiendas o sin saberlo, por un espíritu como si se postrara ante el ángel cual si fuera ante Alá. Para que esto no fuera así, el ángel dio un mensaje no solo a Juan, sino a toda la humanidad. De nuevo, como dije, a pesar de todo esto, no toda inclinación puede significar adoración. Está escrito que Abraham se inclinó hasta el suelo ante los invitados que había convidado. (Génesis 18:2) Está escrito que hasta los profetas, ante los reyes, «incluso cayeron rostro en tierra». Por ejemplo:

Y he aquí que, mientras aún hablaba con el rey, llegó el profeta Natán. Y anunciaron al rey: He aquí el profeta Natán. Y cuando llegó ante el rey, se postró rostro en tierra ante el rey. Así está escrito claramente en 1 Reyes 1:22-23. El profeta Moisés se inclina ante su suegro, ¡quien según muchos cristianos es sacerdote no de Alá sino de los ídolos! Moisés, por conocer a su suegro y saber de qué y de quién era sacerdote, aplica por completo el consejo que ese hombre le dio. (Éxodo 18:5 y 24; el conocerse de este sacerdote y Moisés aparece en los versículos de Éxodo 2:15-22) Sin embargo, si alguien que no es de los suyos le diera a los Testigos un consejo del tipo «vayan a la derecha», ellos, por terquedad, aunque sea equivocado, irían a la izquierda. ¡Porque según ellos todo el que no es de los suyos proviene de Satanás! Igualmente, según su lógica, después de Abraham, tampoco surgió profeta alguno de ningún lugar fuera de Israel. ¡Alá no habló con nadie fuera de los israelitas ni lo nombró profeta! Con tales pretensiones creen cerrar todas las puertas a la posibilidad de que el supuesto Mahoma fuera profeta. Volviendo de nuevo al suegro de Moisés, ¿desde cuándo ha aceptado Alá un sacrificio de manos de sacerdotes de ídolos? Igualmente, ¿a cuál de tales sacerdotes de ídolos ha admitido Alá especialmente a su presencia y le ha dado de comer y de beber? (Éxodo 18:9-12) En ambos episodios, al suegro de Moisés, que era sacerdote de Madián, Alá lo aprueba.

Con el conocimiento que yo tenía entonces no se me ocurrió mostrar estos versículos en su lugar. No podía retener de memoria dónde estaban como para que se me ocurriera. Pero por más que dijera cosas en el marco de esta lógica, tampoco logré convencerlos. Además, ellos de nuevo decían, insistiendo: «Aunque aquellas personas se hayan postrado e inclinado así, lo hicieron por su propia cuenta, lo que hicieron no era correcto, Alá no lo había mandado». ¡Y precisamente por eso el Corán no podía venir de Alá!

Con estas discusiones iba a advertir algo. Los Testigos, en realidad, no mostraban, no podían mostrar, ellos mismos la sinceridad —es decir, una rectitud que viene del corazón— hacia las personas de quienes esperaban que fueran sinceras. A las personas que dicen «soy musulmán» o «soy cristiano» o «soy judío» o «soy budista», hagas lo que hagas, uses las pruebas que uses, la situación es la misma también con sus sectas: no puedes de ninguna manera convencerlas. Y más aún si les da la sensación de que las estás contradiciendo. En realidad, aunque les expliques una creencia que su propia religión también acepta, pero de la que ella no es consciente, no sabe, ellos tampoco creerán. Como sabía esto, yo también, de vez en cuando, hacía tales acrobacias con los que se hacen pasar por religiosos. Y encima lo hacía para mostrar, para ayudar, cuán insinceramente y a ciegas tomaban partido esas personas. En realidad no es algo agradable. Con ejemplos entenderán mejor lo que quiero decir.

Por ejemplo, a un Testigo que contradecía al Corán, haciendo como si leyera del Corán con él en la mano, le leí de memoria un pasaje escrito en el Lucas del Evangelio. Había advertido también que él, como muchos Testigos, llevaba el Evangelio en la mano pero no sabía qué había escrito dentro. Respecto a ese pasaje que él creyó que yo leía del Corán, decía: «lo sé, los musulmanes cuentan mucho historias así», y riendo recalcaba que era absurdo. Luego le puse el Corán en la mano y le pedí que él también le echara un vistazo. Decía «no hace falta, te creo» y demás, pero yo insistí en dárselo. Lo tomó y miró y miró, y no encontró ese pasaje que yo había leído. Sin alargarlo más, le dije «en realidad este pasaje que leí de memoria está escrito en el libro de Lucas del Evangelio, no en el Corán». Aunque con el tiempo usé otras tácticas, por más que sus conductas y su terquedad me enfurecieran, no volví a hacer tales cosas y procuré no hacerlas. Después mi conciencia me reprochó. Aunque esto también lo hice en un momento tan relajado y en el que hacía sentir cómodo a aquel amigo, siendo huésped en nuestra casa. Entre nosotros no había formalidad alguna. Hacíamos bromas y nos reíamos juntos. Aun así, esto me dio el temor de que, en lugar de ganar a esa persona, pudiera hacérmela perder. Quizás tampoco había ganado a las personas por otros caminos, pero tenía la conciencia tranquila. Esto me pareció como un usar mal, de manera presuntuosa, los conocimientos que poseía. Más que esforzarme por tener razón a toda costa, debía hablar con el pensamiento de cómo puedo ayudar a quien tengo enfrente. Con estos ejemplos quise contarles cómo creen las personas a ciegas. Sea Testigo, sea católico, sea cual sea la secta del musulmán, por desgracia esto es así.

Sin embargo, yo apreciaba a ese muchacho. Pero después de este suceso empezó a mantenerse bien alejado de mí. En mi opinión, la mayor razón de que se alejara era su propia ignorancia e insensibilidad. Tenía miedo de ser rechazado. Por lo demás, no tenía un mal sentimiento hacia mí. De lo contrario, al casarse, entre las poquísimas personas que invitó, no me habría invitado especialmente a mí también a su boda. De los que estaban allí, la única persona que no era Testigo de Jehová era yo. No lo olvido jamás: en la pausa del mediodía de un congreso de distrito, aquel amigo, su padre, yo y mi hermano habíamos ido a comer a un restaurante italiano. Después de la comida, cuando todos habían sacado su cartera para pagar su cuenta, el padre dijo algo que nos asombró mucho: «esta vez la cuenta no la pagan los jóvenes, la pago yo», dijo. Mi hermano y yo nos quedamos tan asombrados que, con la boca abierta, nos quedamos petrificados mirándole a la cara, pensando si se burlaba, si bromeaba. Íbamos a ver por primera vez semejante generosidad de un Testigo. Ya habíamos creído tajantemente que todos tienen un escorpión en el bolsillo. Un tiempo después, como siempre, en una reunión de domingo lo volví a ver. Estaba sano y fuerte, ¡y un día después me dijeron que había muerto de repente! Me había entristecido, han pasado años, y aun así no lo he olvidado. Sin embargo, no lo conocía en absoluto. Solo lo veía así, de lejos, una vez por medio de esta comida, y también cada domingo en las congregaciones, como a muchos Testigos.

Junto con esos tres jóvenes testigos con los que discutí acerca del Corán, nos habíamos quedado sentados toda la noche, hasta que amaneció. Debido a las acaloradas discusiones, cada uno de nosotros habíamos quedado como borrachos. Bernd, al irse, me dijo: «Yo me voy a acostar. Tú siempre andarás así en disputas, yo en cambio les tengo lástima» y, mirándome también con enojo, se fue. Bernd, de todos modos, siempre, por más razón que yo tuviera, les tuvo lástima a los demás. Para Bernd, más que la cuestión de qué es correcto y qué es incorrecto, importaba la cuestión de «por qué no aceptas y contradices y encima nos cansas a nosotros». Aquella palabra suya tenía un sentido como de «o acepta y ven, o no aceptes y vete, pero no nos canses». Porque yo, cuando hablaba con ellos, no hablaba sobre mis propios pensamientos particulares, sino sobre los temas escritos en estos libros. Y lo que defendía no era ni mi propio pensamiento ni la orden, religión o secta que estuviera detrás de mí y de la que fuera miembro. Con todo el corazón y toda la sinceridad quería conocer la verdad y la defendía. Que esto era así, más adelante hasta mis enemigos me lo confesarían.

La Santa Escritura entera, que había leído en un año y con la que fui al servicio militar, la había leído por segunda vez en 6 semanas. Enseguida después empecé a leerla por tercera vez. Entretanto también había leído el Corán dos veces, y empecé a leerlo por tercera vez. Aquella discusión nuestra que duró hasta la mañana, y este tema con el que ni ellos ni yo lográbamos de ningún modo quedar satisfechos, quedó como congelado. Como dije, al leer la Santa Escritura por tercera vez, leía con otro ojo, a la luz de tales discusiones, más atentamente.

Probablemente habrían pasado unos dos o tres meses; de nuevo, mientras leía la Santa Escritura, me asombré, pero qué asombro. En el libro de Hebreos del Evangelio leía los versículos que escribían exactamente estas líneas:

…Y (Alá), cuando introduce al primogénito en el mundo, dice de nuevo: «y adórenlo todos los ángeles de Alá». Hebreos 1:6

Sin embargo, nosotros habíamos discutido hasta la mañana más que nada sobre este tema. Según ellos, esto que solo estaba escrito en el Corán, pero que Alá nunca exigiría hacia nadie fuera de sí mismo, estaba escrito en el Evangelio acerca de Jesús. Al ver estas verdades, por supuesto, uno se alegra mucho. Yo empecé a esperar con ansias aquel domingo. Fuimos a la reunión y, al final de la reunión, se iría de picnic, y a nosotros también nos preguntaron «¿vendrán?». ¿Cómo no iba a ir? En un momento se desató una lluvia tremenda, ya se sabe, Alemania. Schmid, yo y mi hermano, apresurados, todos habíamos corrido a refugiarnos en los coches. Justo ahora es el momento, pensé, y le dije a Schmid: «Schmid, ¿te acuerdas de cuando estuvimos en disputa hasta la mañana y ustedes dijeron: 'que Alá pidiera a los ángeles que se postraran ante Adán, como está escrito en el Corán, sería una exigencia imposible'?». Schmid, ni un ruido, pero escucha. Él estaba sentado delante del coche y nosotros detrás. Yo justo detrás de él. «Mira, te voy a leer un pasaje», dije, y abriendo la Santa Escritura y diciendo su ubicación, leí en voz alta ese pasaje que escribí arriba. Cerré el libro y me callé. A ver qué sale de este joven idealista y creyente, tanto mi hermano como yo esperamos así. El interés de mi hermano no era acerca del tema. Como dije al principio, él se interesaba por otras cosas. Pero también esperaba con curiosidad a ver qué haría Schmid en esta situación. Tras cierto silencio, como si nada hubiera pasado, este se volvió hacia mi hermano y, con su turco a medias, le hizo una pregunta completamente distinta, del tipo: «¿Vas a venir tal día a tal lugar?», como si no me hubiera oído en absoluto. Comprendí que lo hacía a propósito y me tiré por los suelos de la risa en aquel coche tan estrecho. Me burlé abiertamente de esa hipocresía que había mostrado de manera grosera. Al mismo tiempo también me enfurecí. Al ver de qué modo tan payaso me reía, mi hermano tampoco pudo contenerse, y también soltó la carcajada. Para mí esto era una hipocresía cien por cien, sin sombra de duda. Ver esto llevó tiempo y esfuerzo. Este joven, que parecía haber tenido fe, ser idealista, que por causa de los Testigos había abandonado a su padre y a su madre e incluso su hogar, en el asunto más sencillo recurrió a la hipocresía. Sin embargo, ¿qué esperaba yo, y qué clase de reacción mostró él? Con este versículo que mostré de la Santa Escritura me había llenado de aún más enojo. Además, ¡estas personas estaban empeñadas en defenderme la Santa Escritura y en mostrar que el Corán era falso! Con tales conductas, ¿a quién iban a ganar? No sé a quién iban a ganar, pero se estaban perdiendo a sí mismos. En el libro de Apocalipsis, el último libro del Evangelio, se vendían como una ramera de las religiones falsas —comparada con Babilonia—. Yo, a la edad que tenía entonces y a pesar de ser una persona del país que llaman ignorante y atrasado, del que provengo, sabía y veía estas cosas. Ellos eran a lo sumo dos o tres años menores que yo, es decir, teníamos las mismas edades, y siendo personas que poseían la cultura y habían recibido la educación de uno de los países supuestamente más ricos de Europa, ¿podía yo decir que no sabían, que no veían? Entonces no lo dije, y ahora tampoco puedo decirlo. Solo digo: que Alá perdone estas cosas insensatas que hicieron.

De nuevo, este suceso que escribí arriba es solo uno de cientos, de miles, y experiencias similares las volverán a leer más adelante. No me es posible poner por escrito todas las experiencias y sucesos que viví en casi veinte años enteros. Solo trataré en este libro algunos de los más fáciles de comprender.

Sin embargo, ¿así se comportaría una persona sincera frente a este acercamiento mío de esta manera? Yo, por mi parte, pensé qué haría si estuviera en su lugar. En realidad Schmid no se había asombrado en absoluto ante ese versículo que leí. No sé si aquella noche de nuestra discusión conocía este versículo. O si lo conocía pero no lograba establecer una conexión, tampoco lo sé. Pero estos eran tres personas en aquella discusión. Ninguno soltó el tema y aquel día insistieron sin falta en él. No era el tema, era su sinceridad lo que resultaba convincente. Sin embargo, era falsa, pero yo no lo sabía. Pero la reacción posterior de Schmid no mostró en absoluto su asombro. Una persona que no sabe, al oír estos versículos, dice «dámelo y le echo un vistazo». Toma la Santa Escritura en la mano, lo lee con sus propios ojos. Se asombra y comprende que se equivocó, pide perdón. Si lo aprendió después, tras aprenderlo llama por teléfono, lo cuenta y pide perdón. El que se hayan aferrado a un tema equivocado tampoco los obliga a aceptar el Corán. Pero si hay un error, ¿no hace falta que se repare? Esto ninguno de aquellos tres de aquella noche lo hizo. ¿Iba esto a significar derrota para ellos? ¿O acaso ellos también reflejaban el estilo de gobierno de sus cuerpos gobernantes? En realidad, al comportarse de esta manera fueron derrotados. ¿Podía yo ya seguir confiando en que aquellas personas fueran sinceras? Mi confianza, de todos modos, poco a poco ya había empezado a perderse.

De nuevo, en una ocasión, frente a mi búsqueda ferviente de las verdades acerca del Corán, ¡Schmid planteó que en nuestra casa podía haber un genio! Estas investigaciones que yo hacía, según él, solo podían provenir de los genios. Ante mi risa, dijo: «esto no tiene por qué estar en ti, puede estar en algún objeto y demás, es un maleficio o algo así». Yo también le ayudé a que registrara toda la casa. Desde las bragas de mi esposa hasta mis calcetines, desde la cuchara de la cocina hasta la escobilla del retrete, no quedó lugar que no registráramos. Al final encontró un rosario musulmán y esto no le gustó. «Si te molestó, tíralo a la basura», dije, y lo tiramos. ¡Con tal de que él se quedara tranquilo por dentro! Yo me acercaba a ellos de esta manera, y ellos, en cambio, me odiaban. Me miraban con enojo a mí y a lo que decía. Las hipocresías y falsedades que hacían eran para ellos como si fueran una buena obra. ¡Porque, según ellos, lo que sea que hace lo hace por Alá! Aunque mienta, lícito; aunque cometa falsedad, lícito; haga lo que haga, ¡con tal de que nosotros también seamos de los suyos! ¡Digamos siempre «sí» a lo que ellos digan!

De nuevo, en una ocasión, una familia nos invitó a su casa. La mujer, alguien que quería caminar unos pasos por delante de su marido. Como en general todas las mujeres Testigos. Ellos habían empezado a venir a las reuniones después de nosotros. Es decir, nuevos. Nuevos, pero como el programa es muy intenso, en tres o cuatro meses podían cambiar muchas cosas. Su marido era turco, ella también era inmigrante, pero olvidé de dónde. Sería yugoslava o búlgara. Eran personas buenas y sencillas. Esta mujer, mientras éramos huéspedes en su casa, me contaba por qué había abandonado su fe en el Corán. Los Testigos le habían mostrado un versículo del Corán, o por casualidad lo vio ella misma. En aquel pasaje se hablaba acerca de a quiénes podían mostrar las mujeres sus adornos, sus atavíos en otras traducciones. (An-Nur, sura 24:31) Es decir, ante quiénes no estaban obligadas las mujeres a cubrirse el cabello, los brazos y demás. En este versículo se cuentan sus tíos, sus padres, sus hermanos y demás. Me leyó estas cosas y dijo que por eso había perdido su fe en el Corán y les había dado la razón a los Testigos. Levantando la cabeza del Corán, la miraba a la cara con asombro. «¿Por qué, hermana?», dije. «Pues está escrito en el Corán», dijo. Bajé de nuevo la cabeza al Corán y miré, repasé los versículos anteriores y posteriores y demás, no, yo no comprendí nada. Levantando de nuevo la cabeza, pregunté: «Hermana, yo leo lo que está escrito, pero por estas cosas que aquí están escritas, créeme que no logré entender por qué ves el Corán como un libro increíble. Por favor, si hay algún pasaje que yo no comprenda, que no vea, muéstramelo», dije. «Pero cómo no lo ven», dijo, y volviéndose hacia mi esposa, dijo «díselo tú». La nuestra también decía: «Créeme, yo tampoco lo entendí». Esta, sonriendo un poco, dijo: «pero miren, aquí dice que las mujeres pueden mostrar sus adornos a estas personas, e incluso a su padre, qué cosa tan vergonzosa», y solo entonces comprendí el problema de esto. Los adornos que allí se mencionan, esta mujer los había entendido como los órganos sexuales. Para no dejar lugar a dudas, pregunté, dijo «sí». Traté también de explicarle, pero ella decía «no, la palabra que aquí aparece como adorno significa lo que yo entiendo». Esta vez le mostré también el versículo que en la Santa Escritura dice «vuestro adorno no sea el externo de trenzar el cabello». (1 Pedro 3:3) Esta vez dijo: «¡Ah, sí, de verdad!». Era sincera, y mucho más sincera que los Testigos veteranos. Pero con el tiempo también a ella la habrán corrompido. Yo, en cambio, me asombré de que ella entendiera así este versículo. En mi opinión, aunque dijera que quizás esa mujer no dominaba tanto el turco, no, no puede ser. Respecto a este versículo, había hablado con un Testigo que la visitaba continuamente, y además una mujer Testigo turca, y esa también, diciendo «sí», había apoyado esta comprensión errónea suya. Y aquella mujer tampoco era una ignorante. Pues bien, la que me explicó el significado literal de la palabra «musulmanismo» y llamó a su marido, también era ella. Después, ese matrimonio testigo se divorció. Por qué razón, no lo sé; al hombre también lo cortaron de su relación con las reuniones. Pero aquel hombre fue con empeño y, aunque fuera años después, tomó otra mujer y de nuevo se metió entre estos. En realidad ellos tampoco eran malas personas, pero tampoco podía llamarse bueno a las cosas que hacían. Habían huido de las estupideces de los musulmanes y se habían hecho Testigos. Esto, en mi opinión, es como caer al mar y aferrarse a una serpiente; si se queda en el mar se ahogará, se aferra a la serpiente, y la serpiente lo picará y lo matará. Si el mar es el musulmanismo, la serpiente es el cristianismo o los Testigos.

Como dije, su propósito es «ven, ven como sea que vengas». Y «tira este Corán, tíralo por la razón que sea». Estas conductas suyas yo entonces las veía como ignorancia individual. En cuanto a lo correcto de esto, entonces creía de corazón que entre ellos habría algunos que lo supieran y que lo dirían abiertamente. Mi esperanza de que ellos sin duda lo sabían aún no se había perdido. En realidad, ¿no es asombroso? Como dicen los Testigos, ¡qué cabezota resulté ser!

¿Mataron a Jesús o no lo mataron?

Ya todos los Testigos de la sala de reuniones habían oído hablar de mi búsqueda de la verdad acerca del Corán. La imagen que se ha creado del Corán en todo cristiano y también en los Testigos es de mucha ignorancia, simpleza, estupidez y de lo peor que pueda venir a la mente; según ellos, todo eso solo podía derivarse de «creer en el Corán». Los que provenían de la comunidad musulmana, aunque su número fuera aterradoramente escaso, aceptaban esta religión a la que antaño pertenecían y, por consiguiente, el Corán, como una vergüenza congénita que arrastraban desde una ignorancia y una incultura del pasado. También miraban con desprecio, como a «pobres imbéciles», a las personas que creían en el Corán o que buscaban la verdad acerca de él, y con ello creían engrandecerse. Ese sentimiento lo toman de aquellas personas que se hacen pasar por cristianos. Sin duda un cristiano viviría exactamente lo mismo en medio de los musulmanes. Yo, en cambio, todavía no sabía, estaba indeciso, pero no me avergonzaba en absoluto de investigar la verdad. Muchos quizá hagan este asunto por aparentar, con hipocresía, como si estuvieran investigando, como si le dieran valor. Nada de eso me importaba ni me interesaba. Yo buscaba la verdad ante todo por mí mismo, para mí. Mientras algunos, por vergüenza, ni siquiera querían tocar estos temas, otros los abrían precisamente para burlarse.

Me veía como quien apenas está al principio del camino. A mis propios ojos, junto a aquellos Testigos que estaban dentro de este intenso programa, yo era un cero a la izquierda. Sus esfuerzos, sus reuniones, sus congresos y el hecho de que fueran a predicar a todos con la Sagrada Escritura en la mano me despertaban la impresión de que forzosamente debían de ser muy instruidos y experimentados. Y con esto me refiero al conocimiento acerca de Dios. Había quienes eran Testigos desde hacía años. Y además provenían del islam. Pero cuando hablaba con ellos, solo me quedaba atónito. Ninguno tenía un conocimiento correcto y cabal, ni sinceridad alguna en este asunto. En realidad no querían siquiera saber, ni mucho menos hablar de estas cosas. Para ellos este tema estaba cerrado, había quedado en el pasado, era algo enterrado en las profundidades de la tierra. También les incomodaba que yo saliera a la luz de esta manera. Quizá, a diferencia de ellos, yo investigaba, leía, pensaba y discutía. Lo que más incomodidad causaba de todo era que yo hacía todo esto de corazón; sin ningún interés propio, sin ser fanático ni tomar partido, de forma libre y en libertad. Según ellos, en cambio, ¡yo iba por el camino de mi cabezonería!

Uno de los que veían esta sinceridad mía me propuso que hablara con el superintendente de circuito. La persona que mencionó estaba precisamente esa semana hospedada en su casa, y me dijo que «ayudaría a fijar un plan para el encuentro». Porque ellos miran a la gente que defiende así el Corán como a un «enfermo desahuciado». Ni siquiera quieren perder el tiempo con ellos. Así que habían creído en mi sinceridad. Y a mí me alegró mucho ese acercamiento suyo. Tanto la esposa de este hombre como él mismo eran turcos. En los temas anteriores lo mencioné: este amigo era el marido de aquella mujer que intentó explicarme el significado de la palabra «musulmán» y que, a quien iba camino de hacerse Testigo, le ayudaba a entender los adornos mencionados en el Corán como si fueran sus órganos sexuales. Lo bueno de ellos era que no eran como los demás Testigos, ni como los otros hermanos en la fe alemanes, tacaños, interesados, con la mentalidad de «¿qué te saco a ti?». Personas así había muy pocas entre ellos. Los demás vivían a costa de ellos. Me alegré mucho con este asunto del encuentro. Dije: de acuerdo, ahora sí que aprendería con seguridad lo verdadero. Porque hasta entonces yo nunca había hablado con alguien que conociera y comprendiera el Corán. Gente que creía conocer el Corán había mucha, pero de quien lo comprendiera y quisiera comprenderlo, ninguno. Se fijaron el día y la hora. Ese día iría a la reunión, y al final de la reunión hablaríamos con aquel superintendente de circuito que se hospedaba en casa de este hermano. El superintendente era un matrimonio alemán que sabía turco. Y sabían turco muy bien.

Dejemos este tema a un lado por ahora y hable un poco también de esos superintendentes de los Testigos. Como he dicho, los Testigos no se presentan, como en la Iglesia Católica, con palabras de origen latino o griego. Por ejemplo, la palabra «católico» significa en realidad «universal». O «pastor», que quiere decir el que apacienta el rebaño. «Cardenal», en cambio, significa «alto, superior». La palabra que en latín es «obispo» es en griego «epíscopos»; nosotros lo llamamos «piskopos», y su significado en otomano es «nazır» (superintendente), y en turco «vigilante». La diferencia de los Testigos en estos títulos religiosos consiste únicamente en que están en la lengua que se habla en ese país. Y no mentiría en absoluto si dijera que yo mismo acabo de aprender estas cosas hace poco. Este es también uno de los puntos en los que los Testigos se oponen terriblemente a las iglesias católicas o protestantes. Sostienen que, al darse tales rangos a sí mismos, se oponen a la enseñanza de Jesús. El versículo al que se refieren es aquel en el que Jesús dijo así:

Pero vosotros no os hagáis llamar Rabí (maestro); porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre a nadie en la tierra; porque uno solo es vuestro Padre, el que está en los cielos (celestial) (Dios). Ni os hagáis llamar señores; porque uno solo es vuestro señor, el Mesías. Pero el mayor de entre vosotros será vuestro siervo. Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. Mateo 23:8-12

Con estos versículos Jesús dijo claramente: no os deis tales rangos a vosotros mismos. Las personas, en cambio, por la ambición que poseen, para ejercer presión e infundir temor, se deleitan en usar rangos. Y más aún si esos rangos no se entienden. Muchas personas y religiones interpretan también este versículo de formas distintas. Por ejemplo, los baptistas, que en turco quiere decir «los que bautizan». Ellos no llaman «madre» ni «padre» a sus hijos. Tenemos vecinos así viviendo enfrente de nosotros. Los hijos llaman a sus padres por sus nombres propios. Por ejemplo, si el nombre del padre es Ahmet, ese niño de tres años no le dice «padre» a su padre, sino que en lugar de «padre» le dice «Ahmet». Porque según ellos ¡la palabra «padre» es únicamente un título de Dios! Un funcionario eclesiástico que había leído mi libro por internet subrayó que «entre los baptistas no existe tal cosa». Y yo digo: puede que sea así, y que esta costumbre solo la aplique esa familia según su propio criterio. ¿Qué más puedo decir?

Palabras como superintendente, vigilante, anciano, apóstol aparecen también en el Evangelio, pero ellos, a diferencia de los otros, no convirtieron estas palabras en títulos. ¿Qué significa esto? Es decir, ¿qué quiere decir que existen tales nombres pero no como títulos? Las palabras de Jesús en realidad son muy claras, porque Él no se detiene en las palabras. El significado de este «todos vosotros sois hermanos» es tanto espiritual como, en cierto sentido, literal, y no superficial. Jesús dice claramente: que nadie entre vosotros se engrandezca sobre otro, ni se haga señor o gobernante. Sea con lo que sea que yo me engrandezca, sea ese algo una palabra, sea una vestimenta como el turbante o la sotana, con esa cosa con la que me engrandezco me habré tomado un título para mí mismo. Esto es algo que Dios y Jesús no piden de los hombres. De nuevo Jesús dice: ¿acaso alguno de entre vosotros quiere ser grande? «que sea siervo entre vosotros» (Mateo 23:9-12; Lucas 22:24-27). Los títulos, los nombres, los rangos dependen de cómo se usen. Si se usan para oprimir, para dominar, para ser gobernante —y en toda religión y organización los títulos se usan de esta manera—, pues bien, a esto se opuso Jesús. Porque también los religiosos de la época de Jesús dominaban de esta manera al pueblo. Ellos habían recibido esos rangos, encima, de Dios. Jesús conocía muy bien estos problemas. Por eso les dijo a los judíos y a todos: «no llaméis a nadie Rabí (maestro-instructor)». No es que Jesús tuviera alergia a la palabra «maestro». Jesús se oponía a las presiones, a la crueldad, a las torturas que se ocultan detrás de esa palabra, y a todo lo que hubiera más lejano de Dios. Entre los Testigos hay un orden de los de abajo y los de arriba, de los que son de arriba y los que son de abajo. Esto no aparece mucho en sus publicaciones. En esas publicaciones se ve, como en las visitas del papa, un rostro sonriente y una mano que saluda a la gente. Cuando entras dentro, en muy poco tiempo comprendes que no son así, y ellos mismos te lo hacen ver. Ellos te hacen sentir quién es de abajo y quién es de arriba. En resumen: no entendamos siempre de manera superficial lo que leemos. En el Evangelio aparece: «la letra mata, mas el espíritu da vida» (2.ª Corintios 3:6). Demos valor a las cosas espirituales, y así también aumentará nuestro entendimiento.

En estas religiones cuántas otras anormalidades más hay, no se acaban de contar. ¿De cuál de ellas hablaremos? ¿Acaso yo conozco lo más verdadero de todo? Rotundamente no. Pero si yo me pongo a ejercer presión sobre las personas, si digo «lo más verdadero soy yo, no hay nada fuera de mí», pues bien, eso significa que ha comenzado la anormalidad. Los profetas, en nombre de Dios, dijeron a aquellas comunidades a las que fueron enviados cosas que en absoluto les agradaban. Aquellas personas no lo hicieron en nombre propio, ni por una suposición, ni por sentimientos vanos. Dios habló claramente con aquellas personas y les ordenó que lo dijeran. Ellos no se enaltecieron sobre aquella comunidad, sino todo lo contrario: se humillaron y sirvieron.

Volvamos otra vez a los superintendentes de estos Testigos, sin desviar el tema. Estos superintendentes se eligen meticulosamente de entre los Testigos. La primera y mayor cualidad que se espera de ellos es la lealtad al cuerpo gobernante de los Testigos en América. Solo después eligen de entre ellos según quién pueda hacer mejor este trabajo. Tienen incluso escuelas para esta labor. El candidato a superintendente va también a esa escuela. Este superintendente recorre y da vueltas por el circuito o la región asignada y, por lo general, visita la misma congregación (sala de reuniones) cada seis meses. Allí se queda una semana o diez días y luego se va a otra congregación. A esa semana ellos la llaman «semana de servicio». Esa semana se sale a predicar todo lo posible. Es decir, en la congregación viene una mayor vivacidad en el ir de puerta en puerta esa semana. Todo esto, de nuevo, debe ajustarse siempre al reglamento de aquel cuerpo gobernante. Si ha habido quienes han intentado salirse de esta línea, sus ancianos se lo reportan al superintendente. En realidad reportan todo. Dentro de esto puede convertirse en tema incluso cómo se acostó un hombre con su esposa. Si en esa relación han cruzado la línea, se acabó. Por ejemplo, la mujer le hizo sexo oral a su marido. Con perdón, pero cómo ven no sé qué partes de estos, quién lo cuenta, todavía no lo sé. Ellos lo oyen, lo saben y, si es necesario, esa familia es expulsada de entre ellos, o solo el hombre es expulsado. ¡Si se arrepienten y no vuelven a hacerlo, eso ya es otra cosa!

Mientras lea este libro mío, tenga a su lado un limón o algo así. También puede ser colonia. Puede que necesite olerlo de vez en cuando por las náuseas. Quizá también se retuerza de la risa. Por si acaso, tenga el pañuelo en el bolsillo, ¡nunca se sabe!

Por supuesto que en la visita de ese superintendente no siempre se dan tales temas. Y supongo que no todo bobo va y les cuenta tales cosas a esos ancianos. En mi opinión, estas porquerías salen de manos de las mujeres de la congregación, pero en fin. Quizá de este modo se vengan de aquellos maridos. Cuanto menos aplica un Testigo estas reglas absurdas de ellos, tanto más protección tiene. Esta protección se da sin saberlo, de forma natural. Pero si la persona toma en serio esas reglas de ellos, y creyendo con todo el corazón que «Dios está con ellas» se pone a obedecerles en todo y hace todo lo que se le dice, no es nada difícil que, con el tiempo, sin darse cuenta, caiga en grandes problemas, en depresiones espirituales, e incluso vaya a parar al manicomio, o al hospital, y por último al suicidio. Este tipo de personas hacen aquellos cambios que se imponen a sí mismas, forzándose bajo la presión de la organización, creyendo que Dios lo quiere. Y es entonces cuando empiezan los problemas. ¿Por qué en Francia los Testigos están en el nivel más alto de las gráficas en casos de suicidio en comparación con otras religiones? Como he dicho, la mayor protección de los que no caen en esta situación proviene de que no cumplen exactamente lo que se les dice. Sobre este asunto, algunos de ellos desarrollan métodos como de acróbatas. No cumplirán del todo esas reglas, pero aparentarán que las cumplen. La mayoría manejan la situación haciendo tales acrobacias. ¿Acaso no se sabe? Todos lo saben, y solo el propio acróbata no conoce esta situación, o no quiere conocerla. Como estas cosas son así en todas partes, tampoco entre los Testigos es diferente. Obedecer los mandatos de los hombres solo daña al hombre, y así ha sido siempre, sea cual sea el estilo de gobierno. Los Testigos encubren estos casos de suicidio porque para ellos son una gran deshonra. Es más, si esa persona no tiene familia Testigo en la congregación, ni siquiera se va a su funeral. Antes, ir al funeral de una persona que había hecho esto era pecado y estaba prohibido para todos ellos. Ahora, para evitar asustar a los demás miembros, lo han dejado libre. Y sin vergüenza pueden decir incluso: «a Dios no le agradan los que se suicidan». ¿Cómo llegaron esas personas a ese estado? ¿Quiénes fueron la causa? Por temor a que del asunto salga una porquería que les pertenezca, ninguno de ellos quiere siquiera saberlo. Con estas explicaciones he intentado mostrar cómo está organizada una religión y, mostrándolo también desde este ángulo, algo de la función del superintendente dentro de esa organización.

En fin, el hermano y yo fuimos a aquel encuentro. En aquel entonces yo apenas había leído el Corán de principio a fin una sola vez. Este Corán, la traducción de Osman Nebioğlu, me lo había dado mi madre cuando volví del servicio militar. Es el Corán que más me gusta. En la traducción de este Corán no se ha metido ningún comentario, ninguna explicación ni ninguna de las tantas paparruchas de los musulmanes. Quizá todos los Coranes sean iguales, pero en la mayoría se introducen junto a los versículos tantísimas explicaciones e interpretaciones erróneas que, de este modo, se corrompe el sentido original del Corán. Esos lugares donde está escrito el comentario los reconoces enseguida. O se escriben en letra negrita, o van entre paréntesis. O están en forma de otro tipo de letra más pequeña. Es decir, no aparecen en el Corán original. Algunas de estas explicaciones ayudan, pero la mayoría son pura patraña. Por eso he amado mucho la traducción de Osman Nebioğlu. Este hombre deja todo el entendimiento y toda la interpretación al lector. Hay tantas religiones, sectas, confesiones y grupos con tantísimas interpretaciones sobre estos temas, que ¿qué entendimiento debería introducir uno en el Corán como el verdadero? Además, ¿acaso el comentario, el entendimiento, entran dentro del Corán? Haz eso en otro libro, en una revista, en no sé dónde, pero no en el Corán. Creo que —aunque sean pocos en número— aquellas personas hicieron este trabajo con buena intención, viéndolo como algo útil para hacer aceptar sus propias creencias y pensamientos. Digo que no es correcto, pero solo eso. Además es innecesario y sin sentido. De cómo, en la época de Atatürk, Mehmet Akif reunió a los principales de todo el mundo musulmán para interpretar el Corán y de cómo al final se dispersaron con la decisión de «nosotros no hemos podido hacer este trabajo, Dios no nos ha dado este entendimiento», hablaré brevemente en mi libro bajo el título «¿Es Mahoma el último de los profetas?».

Vengamos ahora a aquella cita mía con el superintendente. Después de la reunión, recogimos también al superintendente y fuimos a aquella casa en el coche de nuestro hermano. Un hombre cortés. Su manera de hablar y todo eso me gustaba mucho. Esos de quienes se dice «es alguien que sabe comportarse», exactamente así era. La mayoría de estos superintendentes eran así. Este, en cambio, se tomaba su labor más en serio. Y estas eran justamente las cualidades que yo buscaba. Me emocionaba mucho pensar que me mostraría lo verdadero del asunto. Sentía por él un gran respeto, amor y también admiración. No solo por este superintendente, sino por todos los que hacen bien su trabajo y, por supuesto, son talentosos. En el coche se sentó atrás, a mi lado. Sin embargo, nosotros le habíamos reservado el asiento delantero del coche. Al hombre lo abrazaría y besaría, tan lleno de amor estoy, pero pienso: ¿y si resulta indecoroso? Además, ahora nos hemos reunido para un asunto serio, «deja las tonterías, contrólate», me decía por dentro. Sin duda le habían contado mucho también acerca de mí. Por eso se sentaba a mi lado, para que hubiera una cercanía. Con preguntas generales intentó conocernos. De todos modos era un camino de quince minutos. En fin, llegamos a la casa. Schmid, los dueños de la casa —aquel matrimonio—, yo, mi esposa y el hermano. En la habitación había algunas personas más que no recuerdo. Nos habían esperado. Después de sentarnos, el superintendente sacó una carpeta enorme. Yo miraba así. El interior de esta carpeta estaba lleno solo de críticas al Corán. Luego esta carpeta llegó también a mis manos. Esta carpeta acerca del Corán la había preparado un Testigo de Jehová alemán. «¿Qué fue de este hombre después?», pregunté. Lo habían expulsado de entre ellos por otras razones. No sé qué habría hecho, pero ¡seguían usando las críticas sobre el Corán de aquel hombre al que denigraban!

El superintendente hurgó entre las páginas de aquella carpeta enorme y enseguida encontró lo que buscaba. Yo no tenía ninguna preparación en estos temas. El Corán y la Sagrada Escritura solo los había leído, nada más. Pero lo que vi allí me habría de animar en adelante a estar preparado. Yo pedí permiso: «¿puedo ir al lavabo?». Solo iba a lavarme las manos. Estando allí solo:

«Dios mío, ¿quién soy yo para defender el Corán, o para discutir delante de estos hombres acerca de estos libros? Lo único que deseo es conocer y comprender la verdad. Te lo suplico: si las cosas que ellos van a decir son verdaderas, que salgan ellos con la razón y que yo lo comprenda; pero si ellos están equivocados, ayúdame para que yo les diga y les explique lo verdadero, tu voluntad», oré diciendo así.

El superintendente me dijo: «¿La Sagrada Escritura es para ti la palabra de Dios?». «Sí», dije. «Bien, ¿hay en ella cosas escritas de forma equivocada, que puedan ser erróneas?», preguntó. Era una pregunta de concepto amplio, pero yo quería entrar enseguida en el tema, de forma breve, para que comprendiera: «Yo creo en la Sagrada Escritura hasta la coma y el punto», dije. Él: «Es decir, si este libro es de Dios, y el Corán también es de Dios, no deberían escribir cosas que se contradicen, deberían estar en armonía entre sí, ¿no es así?», dijo. Lo que decía era cierto, «sí», dije. De nuevo dijo: «Las leyes pueden cambiar de tiempo en tiempo, pero los hechos ocurridos no cambian, ¿no es así?». Y al ver que yo no comprendía del todo lo que quería decir, lo explicó: «Si en un lugar, respecto a una persona, está escrito que murió, pero en el otro libro figura que no, que no murió, ¿acaso no es esto una contradicción?». «Sí, tienes razón, hermano», dije. «Entonces, ven, abramos primero la Sagrada Escritura», dijo, y abrió el libro de Mateo del Evangelio. Allí se hablaba de que Jesús fue clavado en la cruz y matado. También todos aquellos apóstoles de los primeros cuatro libros del Evangelio hablan de que Jesús fue matado, y esto es el tema de todo el Evangelio, y es una verdad. De lo contrario, la razón de la venida de Jesús a la tierra no tendría sentido. Yo no objeté en absoluto y leímos estos versículos. Por ejemplo, en Juan 19:28-33, en Lucas 23:33-46, en Mateo 27:45-56, y en muchos otros lugares estaba escrito que Jesús murió, que fue matado. «Ven ahora, abramos también el Corán», dijo. Abrimos la sura de las Mujeres, es decir, la sura 4, versículo 157, y empezó a leer.

Y por su decir: «nosotros hemos matado al Mensajero de Dios, el Mesías Jesús, hijo de María». Pero ellos ni lo mataron ni lo colgaron. Sin embargo, así lo creyeron. En realidad, también los que discrepan sobre esto están en la duda. No tienen ningún conocimiento sobre ello. Solo siguen su suposición. En verdad no pudieron matarlo. Antes bien, Dios lo elevó hacia sí.

Los versículos de arriba están en su forma escrita sin comentario. Él, en cambio, los leyó en su forma escrita con comentario. Porque el mundo musulmán, basándose en este versículo, y solamente en este versículo, interpreta y cree que «no mataron a Jesús, sino que a otro, creyendo que era él, lo mataron en su lugar». Dizque con esto quieren proteger a Dios y decir que «Dios no permitiría que se hiciera semejante maldad a su profeta». Cuando el superintendente leyó el versículo con este comentario que menciono, dije: «hermano, aquí no dice tal cosa». Cuando los demás también me apoyaron y dijeron que aquellos lugares leídos no estaban escritos en el Corán, sino que eran comentario —cosa que el superintendente sabía mucho mejor que todos nosotros—, sin ninguna objeción dijo «de acuerdo» y leyó la forma escrita en el Corán sin comentario, tal como la escribí arriba. Lo que quería decir estaba claro. Mientras que en todo lugar del Evangelio dice que Jesús fue matado, ¿por qué aquí en el Corán figura que no fue matado? Yo, por dentro, leí el versículo una o dos veces más. En realidad había algo que se quería contar en el versículo, como si estuviera escrito de forma que despertara duda. No decía claramente ni que fue matado ni que no fue matado. Figuraba que «siguen su suposición».

Yo no había quedado muy satisfecho. Y dije: «Hermano, aquí se habla de suponer, porque los judíos, no creyendo en Jesús, creyeron que lo habían matado, es decir, que lo habían aniquilado para siempre», dije. Y puse también un ejemplo, «pongamos». «Hablé de un testigo presencial que va a declarar en el tribunal en contra de alguien. Pero esa persona, con el propósito de matar al testigo presencial, le da un golpe fuerte en la cabeza con algo y huye. Muy seguro de sí mismo dice: «listo, ya me libré de este testigo». Pero en el siguiente juicio ese testigo llega al tribunal con la cabeza vendada. Es como cuando esa persona, al amigo que le pregunta «pero si te habías librado de él», le dice: «qué asombro, yo creía que había muerto»». Aquí el significado de diccionario de la palabra «creer/suponer»:

1. En el sentido de, admitiendo la posibilidad de que algo ocurra o no ocurra, inclinarse más a creer que puede ocurrir. 2. Parecer, presumir. Ejemplo: «Creyó que este gesto mío era algo puramente sentimental». 3. Pensar que algo o alguien… es. Ejemplo: «El doctor, cuando vio por primera vez a Sevim, la enferma, había creído que no estaba en sí». «Al salir del cine, creyendo que era su marido, por error se toma del brazo de otro». (Institución de la Lengua Turca)

Yo en aquel entonces, por supuesto, no expliqué los significados de diccionario de esta palabra. Además, tampoco sabía si en el texto original del Corán aparecía la palabra creer/suponer. Pero, aunque muchas de las traducciones que he leído estén traducidas bajo la influencia del comentario, o bien figura como «suponer» o bien como «creyeron». Otra verdad es que, cuando uno lee este versículo, puede que no comprenda con certeza qué ocurrió. Ya lo digo: en mi opinión esto no es más que acrobacia. Si, al hacer un comentario sobre un libro, el comentario que hacemos está en armonía con todo el libro, entonces quizá podamos decir que lo hemos entendido correctamente. Digo «quizá», porque, aunque el comentario que hacemos sobre algunos temas parezca concordar con los demás versículos, decir de forma tajante «esto es esto» a veces es realmente difícil. Y en este versículo, ¿acaso Jesús fue matado o no fue matado? El Evangelio dice tajantemente que fue matado. Y el Corán, ¿qué dice realmente sobre este tema? ¿Acaso solo hay este único versículo que arroje luz sobre este tema? Gracias a Dios, la situación no es así. Aquí escribiré versículos del Corán acerca de si Jesús fue matado o no. Decidan ustedes si Jesús murió o no, y si el Corán está o no en armonía con el Evangelio. Jesús le dice a Dios:

No les dije sino aquello que tú me ordenaste. Les dije: «Adorad a Dios, mi Señor y vuestro Señor», y fui testigo de ellos mientras estuve entre ellos; pero después de que tomaras mi espíritu y me separaras de ellos, tú quedaste como vigilante sobre ellos. Y tú eres testigo de todas las cosas. Maida, 5:117

¿Qué significa que se tome el espíritu de alguien que está vivo? Esto también puede seguir pareciendo dudoso según los musulmanes. Ellos, con este versículo, dicen: «sin que Jesús muriera, su espíritu fue elevado al cielo». Sí, Jesús fue al cielo vivo, pero esto no significa que antes no hubiera muerto. Hay otro versículo más; a ver qué dicen ustedes a esto. En la sura de María, en el versículo 33, hablando de Jesús, se escribe así:

«La paz esté sobre mí el día que nací, el día que muera y el día que sea resucitado» dice Jesús el Mesías en el Corán (19:33).

Yo en aquellos tiempos, por haber leído el Corán unas cuantas veces, no me sabía de memoria el lugar de estos versículos. Ni siquiera me venían a la mente. Porque yo no había leído el Corán bajo la influencia de la enseñanza ni de unos ni de otros. Pero tales discusiones y acrobacias habrían de impulsarme a leer el Corán mucho, muchísimo.

Yo, en aquella discusión, dije: «entiendo que esta palabra «creer/suponer» no puede ser en modo tajante una prueba de que aquello ocurrió o no ocurrió», y continué: «Se hace evidente que este versículo da una explicación de manera que sea una advertencia para los judíos. Porque en verdad ellos creen que vino alguien llamado Jesús y que lo mataron como a un impostor que se declaraba a sí mismo Mesías», dije, y abrí la parte de Mateo del Evangelio. Al final de Mateo, a partir de 28:2, después de que Jesús fuera matado y puesto en una cueva, los líderes religiosos de los judíos ponen guardias a la entrada de la cueva para que sus discípulos no roben el cadáver de Jesús y digan luego que resucitó. Porque Jesús, estando vivo, había dicho de antemano que sería matado y resucitaría al tercer día. Para los religiosos judíos, en cambio, estas palabras no eran más que una impostura. Ahora vengan, leamos esos versículos en su lugar.

Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María vinieron a ver el sepulcro. De pronto sobrevino un gran terremoto; porque un ángel del Señor descendió del cielo y, acercándose, removió la piedra y se sentó sobre ella. Su aspecto era como un relámpago; su vestidura, blanca como la nieve. Y de miedo de él los guardias temblaron y se quedaron como muertos. Y el ángel respondió y dijo a las mujeres: «No temáis vosotras, porque sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí; porque ha resucitado, como dijo» (resucitó)versículo 11…Mientras ellas iban, he aquí que algunos de los soldados de la guardia vinieron a la ciudad y contaron a los principales sacerdotes todas las cosas que habían acontecido. Y ellos, reunidos con los ancianos y habiendo tenido consejo, dieron mucho dinero a los soldados y dijeron: «Decid: sus discípulos vinieron de noche y lo robaron mientras nosotros dormíamos. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros lo persuadiremos y os evitaremos la preocupación». Ellos tomaron el dinero e hicieron como se les había enseñado; y **esta versión se ha divulgado entre los judíos hasta el día de hoy. Mateo 28:1-6 y 11-15

En resumen, entre los judíos se dijo: «Jesús no resucitó y murió, pero sus discípulos lo robaron del sepulcro y difundieron que había resucitado». Ante esto, el Corán, así como subraya claramente a los judíos que el Mesías al que esperaron durante cientos de años era Jesús, también les cuenta que intentaron matarlo, aniquilarlo para siempre, pero que no lo lograron. Y el hecho de que esto lo subrayen no solo los discípulos de Jesús de aquel entonces, sino que, siglos después, en Arabia, alguien que no tenía ni de lejos ni de cerca relación alguna con el judaísmo —Mahoma— destacara estas verdades como profeta y por la revelación que recibió de Dios, ¿acaso no es una muy hermosa advertencia para los judíos? Al fin y al cabo, ¿acaso los profetas de Dios no vinieron siempre para advertir a las personas, para encaminarlas de lo erróneo a lo verdadero? A aquel superintendente le dije: «En mi opinión, estos versículos quieren contar esto».

No hablamos mucho, eso fue todo. No tenía tiempo y debía marcharse, nos levantamos. Mientras íbamos hacia la puerta me hizo una pregunta más, todavía no la he olvidado: «¿Podría ser que estés equivocado en tu fe en el Corán?», dijo. Tras pensar un poco, dije: «sí, podría estar equivocado». Sonriendo, dijo: «Entonces todavía hay esperanza». Aunque no me presentó ningún motivo que me satisficiera, yo aun así dije «podría estar equivocado». Quizá yo estaba ciego y no veía, era falto de entendimiento y no podía comprender. ¿No podría ser? Yo siempre creo que en mí mismo yace toda clase de maldad. Si no lo sé, pienso que quizá con el tiempo me daré cuenta.

¿De veras no pudimos hablar aquel día porque el superintendente no tenía tiempo? Puede ser; como he dicho, estos hombres no van a dedicarme el plan de toda la semana. Acerca de que el Corán no podía ser de Dios, ¿solo estaba escrito este tema en aquella carpeta enorme? Como he dicho, más adelante un Testigo me mostró esa carpeta en el coche. «No puedo dártela, pero míralo ahora en el coche cuanto quieras», dijo. Había un montón de cosas que parecían lógicas, tanto enseñanzas y prácticas erróneas de los musulmanes como acrobacias de palabras con este tipo de críticas. Pero yo ya estaba muy decidido a una cosa. Leería el Corán una y otra vez, y además elaboraría, tanto sobre el Corán como sobre la Sagrada Escritura, algo así como un índice, con los temas ordenados alfabéticamente, para poder encontrar fácilmente qué está escrito dónde. Aquellos lugares que preparé en aquel entonces pueden encontrarlos al final de mi libro. No solo para poder discutir mejor con los Testigos, sino que muchas veces lo hice también para que fuera más fácil al conversar con los que dicen «soy musulmán». Aunque esto no sea del todo posible, en realidad quise preparar ese índice pensando en personas de toda comunidad, de toda religión. Así leía e investigaba el Corán, y al mismo tiempo también la Sagrada Escritura. Conté hasta que leí cada uno diez veces. Pero luego, al llegar a las 17 o 18, ya no pude contar más, olvidé cuántas veces lo había leído. Mi memoria tampoco es tan buena. Además, en mi opinión estos números tampoco tienen importancia. Todavía me vienen a la mente los versículos y temas más sencillos, pero no puedo encontrar sus lugares. O me cuesta trabajo encontrarlos. Con los CD sobre la Sagrada Escritura muy bien preparados de los Testigos y de otras traducciones, me resulta fácil buscar en el ordenador. También hay un CD del Corán. Han hecho el programa tan anormalmente. Y encima el que tengo en mano es supuestamente el mejor. En realidad estaría mejor si dijera que es un curso de lengua árabe. Más que el Corán, le han metido dentro toda clase de paparruchas. No importa, hasta eso me basta. Estas facilidades, en cambio, solo empezaron a aparecer 15 años después de aquellas investigaciones mías. Yo ni siquiera podía comprender el turco de aquel entonces de la Sagrada Escritura. Estaba escrita en el turco antiguo de los años 1920. Más adelante traduje todas las palabras extranjeras incomprensibles de toda la Sagrada Escritura. Y esto solo lo hice en mi propio libro. Lamentablemente no le fue de provecho a nadie más que a mí. A los que tenían quejas sobre este asunto les propuse: «Tomen, escriban en su libro los lugares que yo he traducido», pero ¡todos vieron incluso el tomarlo y copiarlo ya hecho como si fuera mucho trabajo! O bien su orgullo no les permitió tomarlo de mí y aceptarlo. Ahora, gracias a Dios, han sacado la nueva traducción de la Sagrada Escritura. Se comprende más fácilmente. No sé si es cuestión de costumbre, pero el espíritu de la traducción antigua no está allí. Con esto no digo en absoluto que haya muchos errores ni nada por el estilo, pero, aunque sin importancia, hay errores. Aunque a veces hay informaciones más esclarecedoras, yo no encontré en esta nueva traducción el espíritu de aquel libro antiguo.

Pondré un ejemplo. El tema aparece en el libro de Samuel y trata acerca de Elí, que era el sumo sacerdote de aquella época (1.º Samuel 4:18). El lugar que en la traducción antigua figura para Elí como «era anciano (es decir, había envejecido) y pesado», estos lo han traducido como «viejo y gordo». Es viejo y es pesado; no todo hombre pesado es gordo. Es de estatura alta, es huesudo; además, el cuerpo viejo le resulta pesado. En fin, hay lugares insignificantes como este. Es un error sin valor, pero deja en uno una impresión equivocada. La Sagrada Escritura ya da la impresión de que un hombre así, como sumo sacerdote, no era un tipo que estuviera comiendo sin parar. Y además estas personas ayunan a menudo. Todavía no puedo comprender por qué tradujeron ese lugar como «gordo». Ni siquiera en las traducciones a otras lenguas hay semejante disparate. Aparte de esto, han traducido todo el libro con otro estilo. Quizá las palabras turcas los forzaron a esta situación, puede ser, no lo sé. Como he dicho, junto a esto hay también lugares hermosos que, al contrario que la traducción antigua, arrojan luz sobre el tema justo del modo opuesto. ¡Por favor! Que nadie vaya a creer que con esto quiero decir «la Sagrada Escritura se corrompió» ni nada por el estilo. Mucha gente tiene este pensamiento, y esta afirmación les conviene enseguida. ¡Tales personas son expertos críticos, comentaristas con un conocimiento terrible sobre este libro que ni siquiera se han molestado en leer una sola vez de principio a fin! Además, todo libro que se traduce sufre forzosamente cambios. Ya sea el Corán o la Sagrada Escritura. Lo importante son los significados de las palabras que allí aparecen.

En la que ya era la última visita del superintendente a aquel circuito el fin de semana —porque estos cambian de circuito cada tres años—, me había dicho: «Quién sabe, cuando vuelva de nuevo, tú serás un Testigo bautizado». Aunque yo por dentro sentía que esto era muy difícil, para no herirlo dije: «quizá tengas razón, hermano». En realidad eran personas muy corteses. Por más que sirvan a la puerta equivocada, y por más que yo encuentre erróneas la mayoría de las cosas que hacen, esto no cambia el valor de algunos de ellos. Ojalá hubieran usado los talentos y los esfuerzos que poseen en pro de las verdades de Dios, con sinceridad, sin temor y conforme a la libertad que Dios nos ha dado. Se han hecho esclavos de los hombres, y además se afanan por hacer lo mismo con los demás. Todos estos esfuerzos suyos, en cambio, están muy lejos de los mandatos y principios de Dios. Como muchas personas, cada uno es, a sus propios ojos, el más recto. He dicho «como toda persona», pero la diferencia entre las personas tan activas en las religiones y las demás personas comunes es muy grande. El otro al menos emprende el camino pensando que ha cometido, que puede cometer, un error; pero estos no aceptan ningún error propio. Al hablar de palabra, con falsa humildad, aceptan una pecaminosidad general, pero en la práctica no. Solamente que se temen muchísimo unos a otros. Entre ellos aprietan los dientes al escuchar sus propios errores. Pero de quien sea de fuera, no les importa en absoluto. Por dentro pasan por su mente y así lo creen: «pase lo que pase, yo siempre soy superior a esto, y Dios me ama a mí mucho más que a esto». Sin embargo, en el interior de aquel libro que llevan día y noche en la mano se exige justamente lo contrario de estos comportamientos. En este libro yo puedo parecer que arraso con los Testigos. Sin embargo, en los 15 o 20 años que estuve entre ellos, yo amé a estas personas, creí también en muchas de sus cosas. Así como no dije ni una sola mala palabra sobre ellos afuera, hablé siempre para atraer a las personas hacia ellos. En este asunto yo tampoco era diferente de ellos. Uno comprende, muchos años después, que las verdades son muy distintas. Yo siempre decía sobre ellos: «son así por lo que no saben», y miraba los sucesos con buena intención. De igual modo, entre ellos hay millones de miembros que tienen este mismo punto de vista. Ellos tienen paciencia pensando que muchas de estas cosas mejorarán aún más con el tiempo. Tales pensamientos, además, solo los guardan en su interior. Aunque sean marido y mujer, no pueden hablar de estos temas entre sí. Ya lo digo: porque se mueren de miedo unos de otros. De todos modos, por desgracia, el mayor enemigo sale del interior de la propia casa del hombre. En Mateo 10:34-36 Jesús el Mesías expresa esta verdad. Solo que no olvidemos también esto. Con tales palabras Jesús no impulsó a las personas a la enemistad, sino que profetizó las verdades, las cosas que iban a ocurrir, que se realizarían. Amargo, pero cierto. En aquellos versículos se escribe así:

«¡No penséis que he venido a traer paz a la tierra! No he venido a traer paz, sino espada. Porque he venido a poner división entre el hijo y su padre, entre la hija y su madre, entre la nuera y su suegra. Los enemigos del hombre serán los de su propia casa.

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. El que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que salva su vida, la perderá; y el que pierde su vida por mi causa, la salvará. El que os recibe a vosotros, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; y el que recibe a un hombre justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.

Y cualquiera que dé a uno de estos pequeños tan solo un vaso de agua fría por ser discípulo mío, de cierto os digo que no quedará sin recompensa.» Mat 10:34-42

La moraleja del relato

Lunes, 01 de marzo de 2004

Yo, a raíz de estas conversaciones con los Testigos sobre el Corán, mientras me proponía dejar el Corán, con las cosas que ellos sacaban a colación me aferraba al Corán con una curiosidad aún mayor. Al mismo tiempo, también me asombraba. Aquellas personas tenían muy poco conocimiento sobre este tema y, además, tomaban partido a propósito. Ahora bien, si alguien me preguntara: «¿Acaso los musulmanes saben más?», por supuesto que diría «no». Al fin y al cabo, ¿no ocurrió todo esto también por la influencia del mundo musulmán? Gracias a la insensatez y a las malas obras de los musulmanes, ¿acaso estas personas no se consideran a sí mismas con la razón? Solo que el cristianismo tampoco es diferente. En pocas palabras, mirando al musulmán, al cristiano, al judío, no se puede hacer un juicio verdadero sobre estos libros. Si se les cree a ellos, esa tampoco será una fe grata a Dios. Ellos, por el contrario, alejan al ser humano de estos libros. Si es mentira, mirad nuestro mundo y ved, gracias a los frutos de aquellos religiosos, cuántas personas tienen conocimiento e interés por estos libros. Muy pocas; solo de vez en cuando han surgido, de cada religión, contadas personas valiosas. Y a ellas también, según su época, las han excluido, ya sea tachándolas de «locas», o encarcelándolas, o matándolas.

Pero, entonces, ¿cómo se le puede dar conocimiento a una persona desinteresada? Sí, es muy cierto, pero en otra verdad, con las cosas que ellos dan y enseñan como conocimiento a quienes se les acercan, lo que pretenden es únicamente que les sirvas, esclavizarte a ellos, y por eso esas personas no han sentido interés. Con esas palabras adornadas e infladas que dicen, echan cebo delante de la gente. (2 Pedro 2:18-19) Para que venga y quede atrapada en el anzuelo. Estas no son en absoluto personas desinteresadas. Si no tuvieran ningún interés, para empezar no habrían ido allí. Pero, como digo, los interesados que ven estas realidades se vuelven, con toda razón, desinteresados. Aquellas religiones, en realidad, con sus obras roban a las personas de Dios y las alejan de Él. ¡Y para ellos eso es un gran éxito! Porque, de todos modos, no sirven a Dios.

En estos temas mucha gente piensa erróneamente, y yo también había pensado así. Por ejemplo, decimos que los Testigos de Jehová expulsan de entre ellos al que se sale de la línea. ¿Acaso los expulsados de entre los Testigos no son, en realidad, una pérdida para esa organización? Yo pensaba que los partidos, los equipos, miran a la mayoría y que cuantos más miembros tengan, más se alegran. Como estos expulsan de entre ellos a quien dice cualquier cosa, decía yo, no se dignan a echar cebo a la gente como los demás. Sin embargo, la táctica del cuerpo gobernante era completamente distinta.

Ellos también echan cebo, pero lo hacen partiendo del principio de que, en lugar de tener mil de los que no les venga provecho, mejor tener uno solo, pero que sea alguien que obedezca su palabra. Dicho de forma tosca, esto también encaja en cierto modo con aquel refrán que dice «donde hay mucha gente, hay mucha porquería». Ni siquiera los quieren, diciendo que solo serían una carga. Como aquel coronel de nuestra clase de seguridad nacional que decía: «Antes que alimentar a una brigada de infantería, mejor alimento a un regimiento de comandos». Es decir, la lógica de que, en lugar de diez mil soldados de infantería piojosos, que haya mil comandos. Esto también lo sabe y lo aplica el cuerpo gobernante de los Testigos en América. Además, el asunto no está en la cantidad ni en la escasez, sino en el beneficio. Ellos necesitan burros fuertes, vigorosos, con dinero, que los lleven sobre sus espaldas. ¿Por qué habrían de necesitar la multitud estos hombres? ¿Acaso van a recoger votos como para buscar la multitud? Ese es el trabajo de los políticos. ¿Habéis visto alguna vez a los reyes gritando a voz en cuello en las plazas para explicarle algo al pueblo? La realeza pasa de padre a hijo; ¿para qué habría de cansar el hombre encima sus cuerdas vocales? Cuando de vez en cuando se dignan a aparecer, saludan con la mano entre el pueblo y, sea aceptado o no, si es que van a dar algo, dan también un discurso cualquiera. Ese pueblo borrego se vuelve loco por esto. ¡Casi se aplastan unos a otros por ver aunque sea de reojo a aquel ser sobrehumano entre la multitud!

Cuando miro a Inglaterra en este asunto, me pregunto: ¿qué sentido tienen esta realeza, esta reina y este principado? ¿Qué le dan estos al pueblo? Que reciben, seguro que reciben, pero ¿por qué el pueblo de esta Inglaterra tan astuta, con brazos largos como un pulpo en el mundo, sigue todavía mirando a aquellos reyes? ¿Son los reyes tan poderosos que no consiguen de ningún modo bajarlos de ahí? En realidad, es todo lo contrario: la mayoría de ellos incluso se enorgullece de sus reyes y reinas. Todas aquellas revistas y publicaciones más famosas, de portadas brillantes, coloridas, recargadas y adornadas, cuentan casi exclusivamente sus historias. Toman sus fotografías. Si atrapan a uno de ellos mientras hace pis, este tema se convierte en un gran acontecimiento. ¡Cómo! ¡El rey ha orinado! O que a la reina vieja se le trabó el pie y trastabilló. Vaya, ahí tienes una noticia. Es la reina, claro que es un acontecimiento que se le trabe el pie. Que se han besado en sus dormitorios; sigue leyendo estas cosas durante meses. ¿Os parecen aburridas estas cosas? La gente se vuelve loca. Además, esas revistas no trabajan por caridad de sus padres. Quiere decir que hay quien las compra y las lee, y por eso estos hombres publican tales noticias. A veces alguien corriente, de fuera, entra en este palacio como novia. Así como para los Testigos es jugar al golf en el cielo con los ángeles sobre las nubes, así es para esa persona entrar en el palacio. Pero muy poco tiempo después de haber entrado dentro, la persona sufre una gran decepción, se le revuelve el estómago, le viene tal arcada que no puede contenerse de vomitar y huye también de esa vida. Empieza a sacar sus trapos sucios. No todo es tan importante, pero, para colmo, encima pide lo que ellos más aman, es decir, dinero, algo como una indemnización. No pasa mucho tiempo desde entonces. ¡Ah, mira eso! Ocurre un accidente, y aquella mujer y su amante mueren, desaparecen. ¡Válgame Dios, válgame Dios, mirad qué casualidad! Y encima se organiza un funeral tal que hace exclamar «vaya, vaya», fastuoso. Todos los que hacen este asunto están que se van a volar de alegría, ¡pero si no fuera por esos viles periodistas! Y tendréis que ver a la gente que va a ese funeral: han venido en manada. Millones, millones de cabezas de piedra. Aquella cosa que llaman cabeza que llevan sobre los hombros es lo mismo que lo que llevan debajo de la cintura. No hay ninguna diferencia.

¿Por qué cuento estas cosas? ¿Acaso quiero hablar de política o algo así? No, hacia ese asunto no tengo ningún interés ni afecto. Quiero hablaros de nosotros, los seres humanos. A aquellos reyes y reinas, nosotros los hacemos reyes o reinas. Los tomamos sobre nuestra espalda y los cargamos. Nos hemos agachado, nos hemos puesto la silla de montar sobre la espalda y esperamos. En fin, esto lo hemos hecho, claro está, para que alguien se siente. Digamos que, desde el punto de vista político, es así. Con todo esto, aun así, hemos dicho: «No, esta carga tampoco es suficiente». Sobre nuestra cabeza hemos puesto, bajo el nombre de religión, papas, imanes, rabinos, presidentes, dirigentes, organizaciones, y los hemos montado sobre nuestra espalda. Y encima, quien se ha hecho burro de quien sea, tiene que alabar por fuerza a aquel que carga sobre su espalda. No permite que se le diga nada en contra. Quizá no lo alaba porque ame a aquel que carga sobre su espalda, porque lo considere valioso. Que a cada rato le diga «¡arre!», que le clave el palo en el trasero, que lo espolee con los talones, ¡sobre todo si las espuelas son de púas y de estrellas de hierro como las de los vaqueros de Texas! Con todo esto le duele el cuerpo, pero aun así, diciendo «hay muerte, pero no hay vuelta atrás», tiene que alabar por fuerza a lo que carga y ponerlo por las nubes. Porque si dice algo malo, ¿no le dirán: «¿Por qué los cargas, hombre?»? Si dice que no tiene ninguna otra opción, quedará al descubierto que es un burro. Y ese ser humano que se ha vuelto burro se avergüenza mucho de esto. A veces no soporta los dolores, se rebela, huye a otro lugar y se refugia en el establo de otro. Sin embargo, ¿acaso se libra uno de la burrería cambiando de establo? El dueño del establo de allá, al ver esto, se vuelve loco de alegría diciendo: «Nos ha llegado un burro gratis». Y aquel que se hace a sí mismo burro también piensa por dentro: «Este nuevo amo es mejor que el otro; mira qué contento se ha puesto al verme». En cambio, el dueño del establo, como lo encontró gratis y a la mano, se alegra por haberlo encontrado a la mano, pero no le da ningún valor. Tal como es el valor de las cosas obtenidas gratis, así es también él. ¿Cuándo se da cuenta de esto aquel burro? ¿Cuándo se le agota toda la fuerza y queda inservible para todo? Lamentablemente, por lo general así es. Y para entonces ya es demasiado tarde.

¿Ríen más los ancianos o los niños? ¿Dijisteis los niños? ¿Es que esto es así porque el niño es tonto y los ancianos son sabios? Si la risa es una señal de alegría, entonces ¿quién es más sabio? ¿Decís: «Anda ya, qué tiene que ver una cosa con la otra»? ¿Quién no quiere vivir siempre acontecimientos que le hagan reír desde el corazón? Asombroso, ¿todos? ¿Por qué esto no es posible a medida que uno envejece? Los burros tampoco ríen mucho. Aquel bello rostro suyo siempre está triste. Los burros que están en mejor situación son los de los zoológicos de Alemania, o de algún otro país de Europa. No tienen que cargar ninguna carga ni nada. Son cautivos, pero sin carga. Con este ejemplo he hablado de los burros literales. Pero los seres humanos semejantes a burros, ni en Europa, ni en América, ni en Asia, ni en ningún otro lugar del mundo, se encuentran en absoluto en buena situación.

¿Cómo van a reír los ancianos? Cualquiera que haya sido la vida que hayan vivido, al mirar así su vida, su pasado, sobre la espalda de quien se hayan montado y de quien se hayan bajado, mientras usaban a aquel como burro, otro se ha montado sobre su espalda, y otro más sobre la del otro. Que al final se le salga el alma al que quede más abajo. Y se le ha salido, pero esta vez el que estaba justo encima ha bajado al fondo del todo. Sin embargo, ¿por qué no queremos ponernos de pie sobre nuestros dos pies, en lugar de sobre cuatro patas? Dios creó al burro como burro, y al ser humano como ser humano. ¿Por qué no somos capaces de conocer nuestro valor como seres humanos? Perdón, me refería no solo al nuestro, sino al de los demás, al de toda la humanidad. Creedme, incluso aquellos que se suben a la espalda y se hacen cargar, serán más felices cuando empiecen a caminar sobre sus propios pies. Por culpa nuestra, a esos hombres se les han entumecido los pies, ya no pueden caminar. En cuanto se caen, ¡se arrastran por el suelo como gusanos! No les sostienen los pies como para levantarse. Nosotros los malcriamos. Y encima, pobres también ellos; creyendo que hacemos el bien, en realidad ¡cuántos males nos hacemos unos a otros! O los aplastamos, los matamos, los eliminamos, o los tomamos sobre nuestra espalda y decimos: «Ya ni siquiera vayas al baño, hazte de vientre sobre mi cabeza».

En otro tiempo, sobre Israel, la nación escogida de Dios, no había ni rey ni gobernante. No había quien cobrara impuestos, ni quien tuviera deuda de servicio militar. El único impuesto que había que pagar era, si uno había pecado, llevarle un sacrificio al sacerdote para mostrar su arrepentimiento. Según la ley de entonces, como el sacerdote era el mediador entre Dios y el siervo, la persona, en cierto modo, le entregaba el sacrificio a Dios. Y esto solo si lo aceptaba y lo declaraba diciendo «he cometido una falta»; eso es todo. Más adelante, unos 400 años después de haber salido de la esclavitud de Egipto, estos hombres vienen a Samuel, el profeta de la época, y le dicen: «Pon sobre nosotros un rey, como lo hay en las demás naciones». Samuel se enoja mucho. Mirad lo que Dios le dice entonces al profeta Samuel:

Pero cuando dijeron: «Danos un rey para que nos gobierne», esta palabra pareció mala a los ojos de Samuel. Y Samuel oró al Señor. El Señor dijo a Samuel: «Escucha la voz del pueblo en todo lo que te digan, porque no te han desechado a ti, sino que me han desechado a mí, para que yo no reine sobre ellos». 1 Samuel 8:6-7

Pero Dios continúa y dice: «Sin embargo, adviérteles claramente y diles cómo los gobernará el rey que reinará sobre ellos».

Veamos qué es lo que les hará a la fuerza ese rey que quieren, cuál es la norma de este asunto. Leamos, y fijaos bien: todo esto lo dice Dios.

Samuel comunicó al pueblo que le pedía un rey todo lo que el Señor había dicho: «Así será el gobierno del rey que reinará sobre vosotros: Tomará a vuestros hijos y los destinará a sus carros de guerra y a sus escuadrones de caballería. Correrán delante de sus carros de guerra. Nombrará a unos jefes de mil y a otros jefes de cincuenta. A algunos los pondrá a arar su tierra y a segar su cosecha, y a otros a fabricar sus armas y el equipamiento de sus carros de guerra. Tomará a vuestras hijas como perfumistas, cocineras y panaderas. Tomará vuestros mejores campos, viñedos y olivares y se los dará a sus servidores. Cobrará el diezmo de vuestros granos y de vuestras uvas y lo repartirá entre los funcionarios del palacio y sus demás servidores. Tomará vuestros esclavos y esclavas, vuestros mejores toros y vuestros asnos, y los hará trabajar en su propio provecho. Cobrará también el diezmo de vuestros rebaños. Y vosotros seréis sus esclavos. Cuando estas cosas se cumplan, clamaréis a causa del rey que habéis escogido. Pero aquel día el Señor no os responderá».

¿Os dais cuenta de lo que Dios quiere decir? Al pedir un rey, ellos en realidad, ¿no están diciendo claramente: «Seamos esclavos no de Dios, sino del ser humano»? Mirad lo que sigue diciendo este pueblo que oyó todas estas verdades:

Pero el pueblo no quiso escuchar la voz de Samuel. «No», dijeron, «que haya un rey que nos gobierne, para que así seamos también nosotros como todas las naciones. Nuestro rey nos gobernará, marchará delante de nosotros y librará nuestras guerras». 1 Samuel 8:19-20

Ahora bien, ¿qué apuro tiene esta gente que a la fuerza anda buscándose una desgracia sobre su cabeza? Si era un rey lo que querían, Dios ya era el rey sobre ellos. Efectivamente, ¿acaso no dijo Dios: «Me desechan para que yo no reine sobre ellos»? ¿Era Dios un mal rey, para que pidieran que el ser humano, que es mejor, fuera rey? Al leerlo decimos: «Qué absurdo». Pero en la práctica, nosotros somos exactamente como aquellos israelitas. ¿Qué decían ellos? «Seremos como las demás naciones». ¿Por qué les atraen por dentro las otras naciones? ¿Cuál era su aspecto superior? Tenían ejércitos, soldados, reyes. A primera vista, ese orden les resulta agradable a los ojos. Ejércitos organizados, uniformes iguales, formaciones en filas ordenadas: todo eso les parece muy pero que muy bueno. Tan bueno que ya ni siquiera quieren ver la verdad. Ahora bien, ¿quiénes forman estos ejércitos? En realidad, ¿qué se creen? Al que llaman rey, ¿acaso lo hará él todo por sí solo? No, al contrario: en realidad, se lo hará hacer todo a ellos. Y encima por la fuerza. Además, les hará cargar también su propia carga. Ese rey tomará las cosas más valiosas que tienen en sus manos. Sus hijas, sus jóvenes, lo mejor de los alimentos, lo más delicioso de las bebidas: todo lo usará ese rey para su palacio y sus servidores. Dios solo dijo brevemente que esto sería así. Pero en la historia de la Sagrada Escritura leemos que aquellos reyes les trajeron sobre sus cabezas desgracias mucho más terribles.

No miremos el asunto como si solo aquellos israelitas de entonces fueran muy insensatos y malos. Porque lo que eran ellos, eso somos nosotros también. Ellos fueron escogidos y puestos por escrito únicamente para que fueran un ejemplo para la humanidad. (1 Corintios 10:6-11) Si Dios se hubiera propuesto hacer escribir la historia y las experiencias de todas las naciones, pensad ya vosotros cuántas Sagradas Escrituras habría. La gente no coge a leer ni siquiera esta única que hay. Sí, la gente de aquel entonces no era en absoluto diferente de la gente de nuestro tiempo. Que no nos asombre la técnica actual y demás. Los miedos de la gente, sus angustias, sus envidias, sus celos, sus amores al dinero, sus ambiciones, sus odios, sus sentimientos de interés propio, sus perezas, etcétera, también existían entonces. Volvamos a hacer la misma pregunta: ¿cuáles eran las razones que empujaban a esta gente a esa situación? ¿Por qué preferían a un ser humano en lugar de a Dios?

Al comenzar el tema, hablé de cómo los seres humanos se convierten a sí mismos en burros. Quizá percibáis estas palabras como si fueran un cuento, una broma o un insulto. De seguro los hay entre vosotros que dicen: «Anda ya, ¿acaso el ser humano se hace jamás a sí mismo así?». Pensadlo un momento. Repasad en vuestra mente, según vuestro conocimiento, la historia de la humanidad. Siempre hay alguien por encima de nosotros. Y adondequiera que él haya ido, nosotros hemos ido detrás. Y la mayoría de las veces nos han llevado a la nada, nos han traído desdicha, han sido un dolor para la humanidad. En fin, no hablemos de todo lo que nos ha caído encima, sino hablemos de por qué éramos burros para que esas cosas nos cayeran encima. Como digo, uno que espera así sobre cuatro patas, con la silla de montar sobre la espalda, ¿qué quiere decir en realidad? ¿No es esto: «Súbete a mi espalda y llévame adonde quieras, que yo te cargaré»? Es decir: que yo no piense nada, que no me caliente la cabeza, que tú cargues con todos los problemas y penas, que yo haga lo que tú digas. ¿Acaso aquel a quien tomó sobre su espalda no tendrá sus propias penas y problemas? ¿Acaso pensando únicamente en tus penas y problemas te va a proteger, para que tú te hagas su burro? En un peligro, ¿acaso te protegerá y se lanzará él delante? ¿O te empujará al peligro y huirá él? Por supuesto que te empujará delante, y él huirá; esto ya es así por su propia naturaleza. ¿Acaso siendo burro se queda uno lejos del peligro? Cuando dices: «Dejadme, que yo no piense, que no me esfuerce», ¿acaso se te quitarán de encima esos problemas y dificultades? El avestruz, cuando ve el peligro, hunde la cabeza en la tierra; ¿acaso eso lo protege del peligro? Pues bien, el no pensar en estas y semejantes preguntas y problemas es lo que nos ha llevado a hacernos burros como aquel Israel de entonces. A algunos les gustaba subirse a la espalda, mientras que a otros les gustaba cargar sobre la espalda.

En el trasfondo de estos asuntos siempre yacen la pereza y el miedo. El ser humano teme equivocarse. Teme tomar decisiones erróneas. No logra salir del embrollo pensando en los problemas. Entonces, odiando la responsabilidad, huye. Piensa que otro ser humano cargue con todas estas penas. Cree que con esto se alivia, que estará cómodo. El ser humano, de todos modos, siempre es optimista. Es optimista porque teme a las realidades, a la verdad. Que el rey le hace tal mal al pueblo; dice «da igual», «a mí no me pasará». Que de lo peor va a ocurrir tal y cual; de nuevo se dice por dentro «esta situación no me alcanzará a mí». Las cosas malas siempre serán para los demás; él mismo siempre queda fuera de aquellos malos acontecimientos. Ojalá que él no piense jamás, con tal de que no se vea obligado a tomar esas decisiones. Que otros las hagan en su nombre. Que otros piensen en su lugar y calculen, supuestamente, cómo alcanzar el bienestar. Aunque lo hagan con el dinero de su propio bolsillo, pues qué más da. ¿Acaso esos de arriba entran a los parlamentos con el dinero de su propio bolsillo? ¿Acaso se comen gratis unos a otros como gallos de pelea? ¿Acaso les declaran la guerra a otros países confiando en sus propios hijos? No, todo esto, pero todo esto y aún más, lo hacen tomándolo de ti y de mí. Él declara la guerra, tú y tu hijo morís. Él gasta el dinero, tú y yo pagamos. Él causa daño, toma decisiones erróneas, y el castigo por ello lo sufrimos tú y yo. Ellos ni siquiera mueven su diminuto dedo meñique para tocar estas cargas. Aquellos a quienes ponemos por encima y les decimos «por favor, gobiérname tú», con corbata y chaqueta, con coche oficial y chofer, comiendo las mejores comidas, usando a los mejores sirvientes, todo ello sacándolo, arrancándolo de tu vida, de tus uñas, de tu carne. Esos hombres se sientan en aquel sillón con 70 kilos, y ya en el primer mandato pasan a tener 120 kilos.

Antiguamente, los reyes se escogían de entre los más valientes. Hacían rey al hombre más esforzado. En la guerra también lo enviaban al frente para que realizara hazañas y los protegiera. Ahora la época ha cambiado. Los hombres más pusilánimes, los que se mueren de miedo ante su esposa, los que no pueden hacer que su hijo les obedezca, gobiernan estados y les declaran la guerra a otros. Y dejemos ya lo de gobernar estados: estos gobiernan el mundo. Él mismo, en cambio, siempre está protegido. A su alrededor está lleno de burros que irán a la muerte sin pestañear para proteger su vida.

A estos los hemos tomado sobre nuestra cabeza; en fin, digamos que pase. Como si todo esto no fuera suficiente, y encima, ya que nos acostumbramos a esta situación, hasta en nuestra relación con Dios nos hemos buscado un cabecilla. «¡Ay, por favor, yo no puedo, no sé hablar, ni siquiera sé orar; habla tú con Dios en mi lugar, cree tú en mi lugar, piensa tú en mi lugar, investiga tú en mi lugar, aprende. Ora tú por mí, garantiza el cielo, yo estoy contigo. Yo hago lo que tú digas, con tal de que tú estés por encima de mí». Diciendo así una y otra vez, hemos hecho mediadores en nuestra relación con Dios a aquellos que no podían aguantarse y se hacían encima en los calzoncillos. ¡Y acaso ellos van a dejar que se los aplaste bajo estas cargas! Se han subido a la espalda de esos burros, les han apretado la garganta y encima dicen: «Traednos todo lo que tengáis, malos, perezosos, pecadores, herejes hipócritas, Dios nos lo dice así». Y aquellos lo han traído, han temblado de pies a cabeza ante esas personas. No han temido al Dios verdadero ni la diezmilésima parte de lo que les han temido a ellos.

Supongamos que aquellos a quienes hemos puesto sobre nuestra cabeza, quienesquiera que sean, son buenos, e incluso pensemos que son personas muy buenas. Que no tengan ni una sola mancha en ellos. Supongamos que es así. Pues bien, ¿de qué provecho nos será esto? ¿Pueden salvarnos esas personas? ¿No hemos leído «no» en las palabras de Dios? Si lo hemos olvidado, recordémoslo de nuevo del libro del profeta Ezequiel; allí:

Vino a mí la palabra del Señor: Hijo de hombre, cuando un país pecare contra mí obrando traición, y yo extendiere mi mano sobre él, y le quebrantare el sustento del pan, y enviare sobre él hambre, y talare de él a hombres y a bestias; aunque estuvieran en medio de él estos tres varones, Noé, Daniel y Job, por su justicia (rectitud) solo salvarían sus propias vidas, dice el Señor Jehová. Ezequiel 14:12-14

…….aunque estuvieran en medio de ella Noé, Daniel y Job, vivo yo, dice el Señor Jehová, ni a hijo ni a hija salvarían; por su justicia solo se salvarían a sí mismos. Ezequiel 14:20

¡Asombroso! Así está escrito. Quiere decir que, por muy bueno que sea un ser humano, el que nos coloquemos detrás de él no nos salva de ninguna manera. Con nuestra rectitud, con nuestras buenas obras, nosotros mismos podemos esperar la salvación de Dios, pero no de aquel hombre recto a cuyo faldón nos aferramos. Dios mismo dice claramente que aquella persona, en su propio nombre, solo se salvará a sí misma, y que no podrá salvar ni a hijo ni a hija. ¿Por qué la gente no quiere entender estas verdades?

Esta verdad es así cuando uno se pone detrás de alguien bueno; pues bien, ¿cómo será si nos ponemos detrás de alguien torcido y malo? ¿Nos salvarán las excusas: «Fue por su culpa, yo hice lo que él dijo, esto ocurrió porque fui detrás de él»? Por favor, abrid la Sagrada Escritura y leed desde 2 Reyes 17:7 hasta el versículo 23. Ved el final de Israel, este pueblo que el mismo Dios había escogido, y por qué este final les cayó sobre la cabeza. Sobre lo que significa ir detrás de aquellos reyes, naciones y de los que ponemos por encima, escribiré tan solo un versículo relacionado con nuestro tema.

Todo esto les vino a los israelitas por haber pecado contra el SEÑOR su Dios, que los sacó de Egipto rescatándolos del yugo del faraón de Egipto. Porque adoraron a otros dioses y vivieron según las costumbres de las naciones que el Señor había expulsado de delante del pueblo de Israel y según las normas que habían establecido los reyes de Israel. Los israelitas hicieron en secreto cosas que no agradaban al Señor su Dios… 2 Reyes 17:7-9, Nueva Traducción

Pues bien, hemos visto adónde los llevaron aquellos reyes que a la fuerza pidieron diciendo «queremos un rey sobre nuestra cabeza». Con sus propias leyes y normas destruyeron a aquella nación. ¿Acaso en la historia de la humanidad esto solo le ocurrió a Israel? No; esta enfermedad de poner a alguien por encima, de crear presidencias, realezas, primeros ministros, papados, muftiatos, esclavos fieles y discretos, domina sobre todas las naciones y pueblos, y en nuestro tiempo, aplicándose de una forma aún más severa, domina sobre toda la humanidad. Esta pasión es la pasión de «yo no puedo, tú de seguro lo harás mejor». Qué situación tan miserable y digna de lástima la nuestra. Con lo que he escrito no he hecho ninguna broma. Tampoco he exagerado con las cosas que he contado. Creedme, lo que hacemos nosotros no lo hacen los burros, ¡pero nosotros, los seres humanos, sí lo hacemos!

Muchas personas dicen: «Es que no puede ser de otra manera». Según ellas, es imposible que sea de otra manera. Sin embargo, Dios, con el ejemplo que dio sobre Israel, mostró que esto sí puede ocurrir. Y encima hizo poner por escrito ejemplos que muestran cómo vivieron, durante casi 400 años, sin rey, sin cabecilla, sobre seres humanos pecadores y errados como nosotros. Pues bien, ¿acaso aquella nación entonces no tenía problemas? Claro que los tenía; entonces, ¿cómo resolvían estos problemas? La sección de los Jueces de la Sagrada Escritura habla únicamente de estas experiencias. Los males que les caían encima siempre ocurrían por sus propios pecados, es decir, por sus inmoralidades. Pero cuando suplicaban, aun así Dios se compadecía de ellos y sacaba de entre ellos a un libertador. Sin embargo, estos libertadores no se les imponían encima como reyes ni nada por el estilo. Aquel tampoco tenía ninguna diferencia con las demás personas. De vez en cuando el deseo de los israelitas de hacer un rey existía también en su época, pero los jueces siempre rechazaron este deseo suyo. En los versículos 8:22-23 del libro de los Jueces está escrito claramente. Cuando quisieron hacer rey sobre ellos a aquel juez y a sus hijos, dicen: «Ni él ni sus hijos gobernarán sobre ellos; el SEÑOR reinará».

En los problemas y pleitos que había entre ellos, en cada ciudad estaban los sacerdotes de Dios, los levitas, que juzgaban por medio de los llamados ancianos, personas de palabra y de confianza. También ellos, de vez en cuando, aceptaban sobornos y dictaban juicios torcidos. Debemos aceptar que problemas de este tipo existirán en todas partes. ¡Cuántas personas inocentes han sido condenadas a muerte por una calumnia, por una injusticia! Aun siendo así, estos jueces que dictan juicios torcidos no significan por fuerza un rey ni un gobernante. Aunque los jueces tenían autoridad sobre el pueblo, esto no era como un rey, como un presidente. Solo estaban limitados como jueces. Además, cuando ocurría un suceso, como nación tomaban todos las decisiones como si fueran un solo hombre. Ante un problema se reunían así, se esforzaban hasta que ese problema se resolvía, y luego se dispersaban de nuevo todos a sus casas. No había ni cabeza ni cola: todos como si fueran un solo hombre. También había ocasiones en que discutían, y de seguro también en que reñían. La mayor ayuda y medida para ellos era la palabra de Dios. Ni siquiera en eso existía la obligación de aceptar que lo que dice una sola persona es lo correcto. También había pleitos que nunca lograban resolver; entonces le consultaban a Dios, le preguntaban. Y Dios respondía. Si alguien pregunta: «Ahora, si nosotros preguntamos, ¿nos responderá Dios también?»; quienquiera que sea vuestro rey, quienquiera que sea vuestro presidente, por medio de quien os acercáis a Dios, ¿acaso Dios no os dirá: «Id a él, ¿por qué venís a mí?»? (Jueces 10:10-14) ¿Es injusto al decir esto? Aun así, Dios es perdonador; nosotros vivimos refugiándonos en sus misericordias. Aunque aquel pueblo de entonces también tenía sus pecados, su rey era Dios. Naturalmente, en sus problemas y grandes dificultades le consultaban a Dios. Pero la confianza que los actuales Testigos de Jehová muestran a sus cuerpos gobernantes bajo el supuesto nombre de lealtad —traer a Dios como problema una pregunta del tipo «¿dónde hacemos pis?»—, eso estos hombres no se lo llevaban a Dios. Por muy rey que Dios fuera sobre sus cabezas, también les ha dado a los seres humanos la mente, las capacidades, la aptitud y las cualidades para gobernarse a sí mismos. Y quería que ellos usaran también estas cualidades. Es decir, Dios está a favor de que los seres humanos sean activos. Dios no quiere criar personas pasivas, cobardes, que tienen dificultad para saber qué hacer, perezosas, como ocurre en las religiones, en los estados, en los gobernantes. Estos frenan a las personas, ahogan sus capacidades, las aniquilan. Porque la criatura llamada ser humano, por muy que se haya rebajado a sí misma, es el único ser que posee la creación más superior sobre la faz de la tierra.

El ejemplo más evidente y hermoso relacionado con este tema está escrito en el libro de los Jueces, en el lugar que va del capítulo 19 al capítulo 21. En total tres capítulos o secciones. Trata sobre una tribu que con el tiempo se volvió inmoral dentro de Israel y sobre lo que hizo. Allí se narra cómo todas las tribus de Israel se reunieron como si fueran un solo hombre y cómo dictaron sentencia sobre aquella tribu que estaba en contra de ellos. Las palabras que aparecen en ese versículo son exactamente así:

Y todo el pueblo se levantó como un solo hombre y dijo: «Ninguno de nosotros irá a su tienda ni volverá a su casa. Y ahora, esto es lo que le haremos a Guibeá: subiremos contra ella por sorteo»… Jueces 20:8-9

Entre ellos no hay ningún presidente, rey ni gobernante. El pueblo mismo es el presidente, la cabeza, el gobernante. Todos y cada uno de aquella nación en persona. También los hay muchos entre la gente que piensan: «Esto ahora no puede ser; los de entonces lo hicieron, pero nosotros no podemos hacerlo». Sin embargo, el supuesto comunismo comenzó con una filosofía parecida a esto. Pero de debajo de estas palabras lo que salió en realidad fue un régimen de opresión mucho mayor. Con este escrito mío no digo, de todos modos, ni que vayamos a volver a ser como aquellos israelitas de entonces, ni que algo así vaya a ocurrir de nuevo. Las cosas que esperaremos no pueden ir, de todos modos, más allá del mensaje que dan los libros sagrados en las palabras de Dios. También sabemos por estos libros que, en el futuro, quien gobernará la tierra como rey desde los cielos no será un ser humano, sino Jesucristo. Y quien lo ha nombrado rey es el mismo Dios. Ya no volverán a ocurrir cosas así de todos modos. Sino que todos estarán llenos de amor unos hacia otros, y nadie podrá establecer sobre otro imposiciones ni normas como la opresión, el gobernar o el dominar. A esto se le llama el paraíso. Y este paraíso no lo establecerá ningún ser humano. Porque la fuerza humana no puede lograrlo. Es decir, necesitamos una fuerza sobrehumana, a Dios.

Con todo esto, tampoco queremos oponernos a los gobiernos actuales ni nada por el estilo. Porque no hay ningún gobierno que no sea de Dios, o que Dios no haya permitido. En el Evangelio está escrito así. (Romanos 13:1-7) Pero que esto no signifique que Dios acepta y aprueba cada cosa mala, fea y alejada de Dios que hacen los gobiernos. Así como Dios no da el castigo al instante en cada maldad nuestra, sino que nos permite, del mismo modo también permite a los gobiernos. Que el que Dios no dé el castigo al instante no nos envalentone. Lamentablemente, sí nos envalentona. El sabio Salomón escribe en el libro del Eclesiastés que esto es así:

Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal. Eclesiastés 8:11

Volvamos de nuevo a los que dicen: «Esto es imposible; aquellas cosas que ocurrieron en el pasado son cosas que nosotros no podríamos lograr». Sin embargo, cuando la gente lee estos libros, por lo general lanza contra los judíos frases como: «Aquella gente era muy mala, terca, cabezota y sin fe». Si ellos, con esas características que se dicen malas, pudieron pasar siglos sin rey, y nosotros somos mejores que ellos, ¿por qué ahora nosotros no podemos, según dicen? Cuando nos conviene, ellos pueden y nosotros no; o, al revés, ellos son la peor nación y nosotros no: ¿es esto justicia? Como digo, no hay diferencia entre ellos y nosotros. Ellos también vinieron de Adán, y nosotros también. ¿Hay quienes digan que venimos del mono? Claro que los hay; en la humanidad hay de todo, ¡qué cosas! Aunque viniéramos del mono, sigue siendo del mismo género. ¡No preguntemos de quién vino el mono! Porque esos listos, por esta vía, dejan de investigar su propio linaje humano y se ponen a investigar el linaje de Dios, y, haciendo una pregunta como «¿entonces de dónde vino Dios?», quieren salir con la razón, a la fuerza, en lo de haber venido del mono. Con una pregunta así, ¿acaso creen que han demostrado la verdad? ¿Acaso la gente tiene la razón por hacer preguntas cuya respuesta se desconoce? Hace un momento les dije burros a los seres humanos, pero hice una comparación. Estos, en cambio, no usan lo de venir del mono como una comparación; creen exactamente que es así. ¿Acaso creen que escaparán de las realidades forzándose a sí mismos a creer una mentira? Que continúen. ¿Qué dijimos? Como nadie puede traer salvación en nombre de otro, si van a poder rendir cuentas, que continúen. El alma es su propia alma, el cuerpo su propio cuerpo, y Dios es el Dios de todos nosotros, pero llegará el día en que cada uno rendirá cuentas ante Él.

Porque Dios llevará a juicio toda obra, junto con toda cosa oculta, sea buena o sea mala. Eclesiastés 12:14

El Corán y las Sagradas Escrituras

Cuando comparaba las Sagradas Escrituras con el Corán, se me hacía —de nuevo, según mi parecer— cada vez más imposible no creer que el Corán proviniera de Dios. Cuanto más leía y cuanto más investigaba, más creía en el Corán. Y sobre todo cuando hablaba con quienes sostienen que el Corán no puede ser palabra de Dios, precisamente por las razones que ellos aducían. Quizá sin saberlo, sin darse cuenta, estaban denigrando las mismas Sagradas Escrituras en las que decían creer. Porque cada vez que decían, según su criterio, «esto no puede ser, Dios no querría algo así, no, Dios nunca hizo algo semejante», yo encontraba en las Sagradas Escrituras el mismo suceso o uno parecido. O cuando hablaban de acontecimientos históricos diciendo «este suceso no aparece en las Sagradas Escrituras, esto está mal escrito, esto nunca ocurrió», al investigar encontraba en las Sagradas Escrituras indicios de ese suceso, indicios que muy lógicamente conducían a él. Junto a esto, me llamaban también la atención las verdades que el Corán arroja con gran claridad sobre aquel suceso y que no aparecen en absoluto en las Sagradas Escrituras. Explicaré todo esto dando ejemplos, para que lo que escribo se entienda más fácilmente.

Cuando los cristianos toman el Corán en sus manos, por alguna razón quieren ver unas Sagradas Escrituras idénticas hasta en el punto y la coma. Y los musulmanes, cuando toman las Sagradas Escrituras en sus manos, con la misma mentalidad quieren ver un Corán. Más que los sucesos y significados que hay dentro de esos libros, a veces buscan de verdad hasta las mismas palabras. Su modo de comparar las Sagradas Escrituras con el Corán se basa en una lógica de crítica del tipo: «si en un sitio se usó tal palabra, ¿por qué aquí no se usó?». Como si buscaran billetes falsos, pero en sentido literal. Investigar es hermoso y también necesario. Es más, cuanto más minuciosamente se haga ese trabajo, más valioso será. Yo no estoy en absoluto en contra de eso. Al contrario, en todo este libro defenderé precisamente estas ideas. Volviendo de nuevo al método de buscar billetes falsos, con él las personas investigan esos libros con semejante lógica, o bien se oponen a ellos, o eligen el camino de no creer y desechar esos libros. Porque entre un billete falso y uno verdadero no debe variar ni un punto, ni una letra, ni un trazo, ni un color, por pequeño que sea. Este asunto de los billetes tiene cientos de características más que podrían enumerarse. Desde el grosor del papel, hasta el hilo que lleva dentro, su marca de agua, las líneas que brillan bajo una luz especial, todo tiene que ser igual. Con esta lógica no se comparan ni las Sagradas Escrituras con el Corán, ni los libros de otros profetas. Es más, si intentáramos comparar incluso los mismos libros en el mismo idioma, pero en otras traducciones, entonces volveríamos otra vez al asunto que los musulmanes y la Iglesia medieval gritaban a voz en cuello. Y ese es: «Estos libros no pueden traducirse y resultan erróneos». La traducción al turco del Corán hecha por dos traductores distintos, ¿es acaso idéntica hasta en el punto y la coma? ¿O dos traducciones de las Sagradas Escrituras vertidas al mismo idioma son idénticas hasta en el punto y la coma? Si en este trabajo de comparación empleamos ese método literal de buscar billetes falsos, el final de este asunto conduce a decir «entonces todos son falsos». En este asunto de la traducción, los que se oponen a leer esos libros en la propia lengua tienen también la misma lógica. Se mueren de miedo hasta por un error de punto y coma. Y no porque den valor a la palabra de Dios ni porque sean minuciosos; sino porque ellos mismos tampoco entienden lo que dice en esos libros ni quieren entenderlo. Pero tampoco quieren que nadie esté por delante de ellos. Y los que sí saben pero se oponen están en contra de que se aprendan las verdades que allí hay. Y esto, francamente, es un miedo que sienten a que la gente, tras leer y aprender estas informaciones que ellos hacen parecer casi imposibles de leer para el pueblo llano, se quite luego de la espalda a esos chupasangres junto con sus cargas. Y encima lo hacen, dizque, con buena intención, con el pretexto de que quieren proteger a esas personas. Se erigen también en protectores con una lógica como: «¿Acaso se le da palabra de Dios a esta gente ignorante? ¿Qué será luego de nosotros? ¿Podrán entender esto esos descerebrados?». En realidad, ese pueblo al que llaman descerebrado, si aprende, romperá sus cadenas. Quién sabe si quizá esas personas, por este camino, se quiten la esclavitud que llevan atada a la espalda desde hace miles de años y se desnuden de sus cargas. Y así fue, en efecto, a medida que aumentó el conocimiento. En cuanto empezó a traducirse esta Biblia, después empezaron los movimientos, las rebeliones. No era ningún milagro que aquellos clérigos supieran qué destino les aguardaba cuando estos libros llegaran a manos de todos. Según su propia expresión, «aunque leyera estos libros cualquier cabeza de ganso», ya difícilmente diría «amén» a todo lo que ellos afirmaran. En pocas palabras, al intentar mantener a la gente alejada de estos libros, su único objetivo era proteger sus propios intereses y beneficios, y para que así sea siguen trabajando aún con gran empeño.

Se publicó la Biblia que Martín Lutero tradujo por primera vez al alemán en Alemania en el año 1534. También hay personas que ya antes habían hecho este trabajo en Inglaterra, traduciéndola al inglés. A tales personas la Iglesia les declara la guerra. A estas personas las quema vivas en las plazas. Pero por más presión que ejercieran, no lograron de ningún modo impedir este trabajo a su antojo. El mismo asunto se vivió también en la historia de los musulmanes y aún se sigue viviendo. Además, en aquellos tiempos la impresión de libros y la imprenta o no existían o eran muy nuevas. Y eso, bajo la presión de la Iglesia. Cuando se inventó la primera imprenta, la Iglesia seguramente puso el grito en el cielo. Después se ablandaron, y solo saludaron ese invento a condición de que se imprimieran libros conformes a sus propios fines. De lo contrario, según ellos, ese invento era obra de Satanás. Otra vez las mismas historias y los mismos sucesos. Y oponerse a toda novedad diciendo que es obra de Satanás tampoco es ajeno al islam. El mundo islámico simplemente va detrás de ellos en cuanto al tiempo. ¡Probablemente porque tenemos la cabeza un poco más fina, empeñados en aprender siempre demasiado tarde la lección de estos sucesos vividos en el pasado!

En 1789 tiene lugar la Revolución Francesa y esa mentalidad salta a todo el mundo. Con ella, quien más golpes recibió fue la Iglesia católica. Estos constituyen el eslabón inicial de los sucesos que, al romperles las uñas a aquellos clérigos, condujeron por el camino de su aniquilación. Y todo esto surge siempre del conocimiento. Cuanto más conocimiento tengas, más fácil te resulta librarte de la asnería y convertirte en ser humano. Es decir, te desnudas de las cargas que llevas a la espalda. Y como los clérigos sabían esto, en aquellas fechas no quisieron ni oír ni hacer oír ni siquiera la letra «C» de la palabra «Conocimiento». Todo lo que se llamaba conocimiento les repugnaba. Desde la redondez de la Tierra hasta la gravedad, hasta estos conocimientos los incomodaron. Cortaron, colgaron, quemaron. Como los actuales Testigos de Jehová. Metieron sus narices por todos lados en ese pueblo. Con esto no he hablado de los musulmanes, ¡todavía sigo con los cristianos! Porque el mundo cristiano presenta el islam y, por consiguiente, también al Imperio otomano como bárbaros. En sus propios libros de historia los enseñan como enemigos de la civilización. En toda forma de gobierno y administración del mundo, esto la mayoría de las veces es también cierto. Aun así, uno quiere gritarles por dentro con las palabras de Jesús: «Hombre, ¿cómo es que no ves la viga que tienes en tu propio ojo y sí ves la paja en el ojo ajeno?».

Que así sea, esta enemistad es igual en toda nación y en todo país que la alberga. Hasta dos vecinos que viven en casas contiguas, a puertas cerradas siempre despellejan al otro. Que vayan más allá y acaben en pleitos judiciales es un suceso cotidiano y corriente en esta Europa de la civilización más avanzada. Dicen que hay decenas de miles, cientos de miles de casos así. Son sucesos tan nimios. O la rama del árbol del jardín de un hombre se ha inclinado hacia el jardín del otro, ¡o el perro de aquel se ha meado en el jardín del otro! ¡La rueda trasera de su coche en el parque, aunque no moleste en absoluto, está sobre su terreno! Hay sucesos aún más ridículos y anormales, pero me parece vergonzoso e innecesario escribirlos. Si por razones semejantes las personas se han vuelto enemigas a muerte unas de otras, ¿cómo no van a ser enemigas del otomano? Y encima, para aniquilar a este otomano, aquellos clérigos organizaron las Cruzadas. Todavía me asombro. Tantos pueblos, toda Europa se reúne y ataca al otomano. A cada una de esas hordas de saqueadores la Iglesia de aquel tiempo les prometió el paraíso. Ahora se burlan porque Sadam declaró la yihad. Bien, ¿y qué siguen haciendo los que se hacen pasar por cristianos? Sadam declaró la yihad y quiso recurrir a estos trucos rancios y caducos, pero no funciona. En realidad, es que el enemigo es fuerte, si no, ¡también funcionaría!

¿Qué diferencia hay entre estas sociedades, estos pueblos, estas personas? Por favor, decidan ustedes y díganlo ustedes. ¡Cómo se envanecen unos frente a otros, cada uno diciendo: «Yo soy muy superior a ti»! Esa Europa supuestamente del lado de la humanidad, que Estados Unidos ya ha izado del todo la bandera de la desvergüenza, mientras estos se desgañitan hablando de derechos humanos, libertad, democracia, todos esos pueblos, en cada guerra que se hace contra los musulmanes, sienten en su interior una satisfacción. Por cada musulmán que muere, saborean casi como el placer de una ganancia. Yo he visto estos sentimientos incluso en los Testigos de Jehová, que dizque es la religión cristiana más internacionalista que hay. Son personas que, sin hacer ninguna distinción de raza, lengua o nación, anuncian de puerta en puerta el Reino de Dios a la humanidad. ¡Llevan, dizque, la noticia de la salvación diciendo «venid a nosotros, os salvaréis»! Si tales enemistades raciales, menosprecios, existen incluso en su interior… Entonces, ¿de dónde viene esta enemistad?

—De dondequiera que les venga a los musulmanes, a ellos debe de venirles de la misma fuente. ¿Qué es esta fuente, o quién es? La misma pregunta la formula la protagonista de la novela de Aziz Nesin titulada Tatlı Betüş. Decía: «¡Ah, si pudiera encontrar la fuente de esta suciedad!». El apóstol Santiago, con el espíritu que recibió de Dios, explica así la fuente de este odio y rencor en las personas:

¿Quién es sabio (prudente) y entendido entre vosotros? Que muestre por su buena conducta sus obras hechas con la humildad que nace de la sabiduría.

Pero si en vuestro corazón tenéis rencor, envidia y egoísmo, no os jactéis, ni neguéis la verdad.

Una sabiduría así no es la que desciende del cielo, sino que es una sabiduría que viene del mundo, del yo, de los demonios.

Porque donde hay envidia y egoísmo, allí hay confusión y toda clase de maldad.

Pero la sabiduría que desciende del cielo es ante todo pura, luego pacífica, apacible y dócil. Está llena de misericordia y de buenos frutos. No tiene favoritismo ni hipocresía. Santiago 3:13-17 (Traducción Nueva)

En realidad, ¿acaso este solo versículo no explica la fuente de la suciedad? En la sección inmediatamente siguiente a esta, es decir, en el capítulo 4, el apóstol Santiago habla de verdades mucho más interesantes. Por favor, abran ustedes mismos las Sagradas Escrituras y léanlo en su lugar.

Con el tiempo, estos clérigos también se dieron cuenta, por supuesto, de que la época y los tiempos habían cambiado. Perdieron a tantísimos de sus miembros. Ahora han cogido los libros en sus manos y así van de puerta en puerta. Pero no os engañéis, esto es solo la apariencia externa. La práctica, en cambio, es igual que la mentalidad que poseían en la Edad Media. Solo cambiaron de táctica. Aunque tengan otro nombre, otra etiqueta, e incluso a veces estén bajo otro techo, siguen cantando la misma canción. «Lo que nosotros digamos, eso es lo correcto, nadie más que nosotros puede entender estos libros. Camina por ese camino milímetro a milímetro, letra por letra, tal como yo diga. Aunque leas estos libros, solo los entenderás si estás junto a nosotros, pero si te obstinas y vas a tu aire diciendo »yo sí que entenderé« y lees, te darás de bruces». Y contra esa cabeza son ellos los primeros que golpean. Siempre la misma vasija, el mismo baño. ¿Que vuestro problema era el conocimiento? Vienen diciendo: tomad, aquí tenéis conocimiento. Al oficio de hacer malabarismos con las palabras hoy se le llama abogacía o política. Y sin embargo, este trabajo ya lo saben hacer hasta los que despachan gasolina. ¡¿Los clérigos van a ir detrás de todo esto?!

Recuerdo de cuando era niño que decir con sinceridad «creo en Dios», o rezar, era como algo de lo que avergonzarse. ¿Acaso era así solo en nuestro entorno? Cada lugar es seguramente distinto. Nosotros tampoco éramos ateos que no creían en Dios. Creíamos a nuestra manera, como esa clase progresista a la que llaman ilustrada. Por eso, en nuestro entorno familiar, el culto, la religión y demás no gozaban de ninguna simpatía. Éramos de esos que solo tenían la religión en el documento de identidad. En los años setenta y ochenta, entre los musulmanes de Europa había ciertas cosas que gozaban de más simpatía o que se practicaban. Las más famosas eran no comer carne de cerdo y, además, el pañuelo en la cabeza, que se basa en los celos de los hombres. Y este asunto quieren por fuerza atribuírselo a Dios para no quedar en ridículo. Como digo, es una práctica que se basa únicamente en los celos. Y no, como también dije en temas anteriores, porque amen a Dios, por el deseo de cumplir sus mandamientos sin falta, por ser alguien honrado, recto, de palabra fiable y honesto. Si fueran personas que, haciendo todo esto, dieran también importancia a la fidelidad entre los cónyuges, en fin, aún se podría decir algo. En cuanto tenían la primera oportunidad ansiaban meterse en la cama con la esposa o la hija de otro, pero a sus mujeres les hacían poner el pañuelo en la cabeza. Y el pecado de la carne de cerdo es aún más interesante.

Percibamos los sucesos no solo como Testigos y musulmanes, sino como los conceptos de cometer pecado que se implantan en el subconsciente de las personas. Cuando nosotros vinimos a Alemania, el asunto más llamativo que veíamos en los musulmanes como deber y obligación religiosa era, como digo, la cuestión de la carne de cerdo. Aunque en un momento dado también el vino, como bebida alcohólica, pareció un asunto, ¡intentaron salvar el islam aferrándose al rakı en lugar del vino! Los hombres que hacían esto, siendo mentirosos que mentían tanto como respiraban, poco fiables, estafadores, pendencieros, jugadores, bebedores, que no cuidaban debidamente de su casa, con una vida maloliente, decían: «Pero nosotros no comemos carne de cerdo». Hasta les daba reparo comprar carne de vaca o de ternera en una carnicería alemana, es más, la mayoría ni la compraba. Porque, según ellos, aunque se lavara, esa máquina, ese cuchillo, había tocado carne de cerdo, es decir, era impuro. En aquellos tiempos no había tiendas turcas, ni carnicerías, ni productos alimenticios pertenecientes a ellos, nada. Esta abundancia de alimentos y verduras en Alemania vino de las culturas de países extranjeros. Si dijéramos que al principio no había nada al gusto de los turcos en cuanto a alimentos y verduras, no mentiríamos. Es más, los turcos compraban ovejas vivas y las degollaban a escondidas en los sótanos. ¡Para que se les escurriera la sangre, para que no las tocara una mano que hubiera tocado cerdo, para que lo que iban a comer no fuera impuro! Los alemanes que veían esto se asombraban y ponían el grito en el cielo de la rabia. En verdad, nuestros turcos pusieron el asunto de no comer carne de cerdo por encima de todo lo demás. Cada uno de aquellos primeros en llegar acabó frecuentando burdeles una y otra vez. Tomaban amantes entre las mujeres alemanas y yugoslavas, teniendo con ellas hijos ilegítimos, y descuidaban a sus mujeres e hijos en Turquía. Tanto las mujeres como los hombres que vinieron a Alemania se vieron obligados a caer en estas situaciones. El Estado alemán, en lugar de traer a matrimonios, separó a esas familias una a una, las desgarró y las trajo a su país para trabajar. Fue esa política del Estado la que empujó a esos hombres a semejante vida sucia. Al principio, por alguna razón, pensaran lo que pensaran, no quisieron traerlos juntos como familia. La mayor razón era que esas personas echaran raíces en su país. Cuando vieron que les hacían hacer los trabajos más sucios, ese temor se disipó. Porque, ¿a quién no le gusta el lujo de tener sirvientes y criados trabajando?

Los turcos se inscribieron juntos, marido y mujer, en las oficinas de contratación de trabajadores para venir a Alemania. Tenían también hijos y demás. A quien le tocó primero el turno, ese fue admitido. El otro tenía que esperar. A veces un año, a veces dos años, a veces por un tiempo indefinido. Solo si la mujer o el marido lograban cumplir las duras condiciones que imponía aquel alemán, entonces, haciendo una solicitud, podían traer a la familia que se había quedado atrás. Los que no podían cumplir estas duras condiciones acabaron frecuentando una y otra vez lo que encontraban aquí y allá. Tuvieron hijos con ellas. Y las leyes obligaban a pagar por la fuerza una indemnización a personas con las que habían tenido ese hijo y con las que nunca habían formado una familia. Las mujeres que se vieron obligadas a dejar a su marido y vinieron solas a Alemania también frecuentaron una y otra vez a otros hombres. Y los maridos que asimismo dejaron a sus esposas y vinieron solos, sin echar durante años ni siquiera una carta a su hogar, dejando a esas mujeres en Turquía en la miseria, necesitadas, con un montón de hijos, tomaron amantes en Alemania. La justicia alemana no quiso saber de los hijos y las esposas de estos hombres en su patria. Años después, cuando yo iba a hacerme ciudadano alemán, cuando quisieron saber si tenía o no un hijo de la esposa de la que me había separado quince años antes y me dijeron que si no traía ese documento no sería admitido en la ciudadanía alemana, quiéralo o no, me vinieron a la mente estos sucesos. ¡Así que, al entrar en la ciudadanía alemana, investigan si tienes o no un hijo de aquella esposa de la que te separaste hace quince años ante las leyes de aquel país! ¡Es decir, dizque te dicen «no eludas tus obligaciones»! ¡Pero si no quieres ser ciudadano alemán, puedes eludirlas! Todas estas prácticas son tan ridículas, injustas, inhumanas y absurdas.

¿Por qué se vio obligada aquella gente a vivir sucesos tan feos e inmorales? Como dicen, «con el ejemplo no hay error», así que pongamos un ejemplo. Supongamos que vas a encerrar a unas personas en la miseria. Sin darles nada ni alimento alguno. Y ante sus ojos habrá panes, pero el que robe será castigado, será matado. Observarás cuál no roba, es decir, quién es honrado, o quién va a robar, es decir, quién es deshonrado. Al que no robe y muera de hambre, honrado; y a los que roben dirás «matadlos». En ambos casos el resultado es la muerte. Según ellos, uno muere como honrado y el otro como ladrón. Y esto también es una lógica. Es la lógica de lo ilógico. Los alemanes aplicaron primero esta lógica a los trabajadores turcos que trajeron. Y sin embargo, en Alemania ve a algún sitio sin cerrar tu coche con llave y que esto lo vea un policía, y no será nada raro que te lleves una multa. Y su razón la explican con orgullo. Dicen: «Al dejar la puerta del coche abierta estás incitando a la persona al robo» y explican: «Si tu coche hubiera estado cerrado con llave, esa persona no se habría atrevido a cometer ese robo, habría pasado de largo». Es decir, defienden la lógica de que una persona normal y corriente, que ni siquiera tiene relación alguna con el robo, cuando se le presenta delante una oportunidad de fácil acceso, también puede robar. Muy cierto, ¿no? Pues bien, cuando este Estado trajo a los turcos a trabajar, ¿dónde estaban su conocimiento, sus leyes, su lógica? No les dieron ni siquiera el valor que le dan a un ladrón, o a una persona que podría ser ladrona, en su propio país. De estas experiencias vividas quiero explicar lo siguiente: Dios juzgará también a las personas según los valores que ellas mismas no cumplían pero esperaban de los demás, estando en las mismas condiciones. Una persona puede ser muy simple y estar llena de errores. Normalmente, cuando nos disponemos a juzgar a esta persona, se le pregunta «por qué no cumplió los valores esperados». Esa persona no ha pensado en estos valores, o nunca se le ha acostumbrado a cumplirlos. Su educación y su nivel pueden ser incluso muy bajos. Supongamos que, sin tener en cuenta nada de esto, a esa persona se le castiga, se le ejerce presión, se le empuja fuera de la sociedad, etc. Si esto es justicia, tampoco debe olvidarse esto: ¿acaso no se esperarán esos mismos valores también de aquel que juzga, del que se afana por castigar, de los que empujan fuera de la sociedad? Si una persona no da ninguna importancia a estos valores, ¿acaso ante la reacción del otro no le dirá «hermano, ¿por qué esperas tú de los demás las cosas que tú mismo no cumples?»? Por eso Jesús:

«No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis, seréis juzgados; y con la medida con que midáis, se os medirá.» dice en Mateo 7:1-2.

Sí, aquella gente, aunque fuera por las circunstancias, mientras hacía toda clase de cosas alejadas de Dios, no comía cerdo. Bien es verdad que también me he topado con turcos que, muy apurados y porque les apetecía, comían en aquellos lugares de diversión salchichas de cerdo hechas a la parrilla. Cuando estos hombres cometían toda clase de fechorías, su conciencia estaba insensible, ¡pero cuando comían cerdo su conciencia los atormentaba durante días, meses, quizá toda una vida! Esta situación se parece a la regla del día del sábado* sobre la que los judíos hacían tanto hincapié para matar a Jesús. Como el que odiaran a Jesús por qué curaba en día de sábado a personas con la mano seca, jorobadas, paralíticas, ciegas, tullidas. Los Testigos también hacen toda cosa fea, en secreto o abiertamente, pero no aceptan sangre. El judío mata a Jesús porque no guardó el día de sábado. El musulmán no come carne de cerdo pero comete toda fechoría. El Testigo de Jehová muere por no aceptar sangre y declara hijo de muerte al que la acepta, pero se ha pasado toda la vida con la mirada siempre puesta en buscar intereses de tres al cuarto, sin poder ver la diferencia entre el negro y el blanco. Estos son uno o dos ejemplos de entre un millón de las educaciones religiosas que recibimos del mundo. (*Día del sábado o del descanso: trabajar 6 días y descansar el séptimo, no trabajar. Uno de los diez mandamientos que Dios dio a Moisés.)

Con el tiempo, si para entonces la familia aún no se había desmembrado, los trabajadores turcos trajeron a sus esposas y maridos. Cada una se puso el pañuelo en la cabeza. Hasta la que no lo llevaba se lo puso. Y sin embargo, hicieran lo que hicieran aquellos hombres estando aquí, durante ese tiempo quién sabe qué hicieron allá también sus esposas, qué se vieron obligadas a hacer. O lo que hicieron las esposas de los que vinieron aquí primero, quién sabe qué hicieron allá sus maridos. ¿Acaso no había chismes, peleas, enemistad, mentira, adulterio, deshonra entre aquellas de cabeza cubierta? A mi parecer no eran menos que las otras. Quizá, por hacerse a escondidas, es aún más feo, pero ¿quién puede decir que eran menos que las otras? La otra al menos se muestra tal como es, lo que sea. En cambio la que dice «creo», y encima en nombre de Dios, hace además este asunto por debajo del velo. Y la mancha no le llega solo a esa persona, sino que, como dije en temas anteriores, le llega también a Dios, lo cual es muy espantoso. Yo no digo que esas personas «se destapen el trasero», pero, hagan lo que hagan esas personas, aquello con lo que llaman la atención sobre sí también quedará manchado. Puesto que hacen estos comportamientos en nombre de Dios, atraen la atención hacia el Dios en el que dicen creer. Ya lo haga con el pañuelo en la cabeza, ya lo haga pegando la bandera turca en su coche. El pañuelo atraerá la atención hacia su fe, y la bandera hacia su nacionalidad. A aquello hacia lo que atraen la atención, con sus obras le traerán o bien mancha o bien honra. Aunque se hagan mil cosas buenas, esta regla no cambia: toda la atención se atrae siempre sobre las pocas cosas malas que se hacen. Por desgracia, nosotros tuvimos miles de fechorías y solo unas pocas rectitudes. ¡Pero como musulmanes no comimos cerdo! ¡Como Testigos de Jehová no aceptamos sangre! Como judíos no quebrantamos el sábado. Y a pesar de toda clase de guerras, crueldades y de nuestros odios hacia las personas, como cristianos no nos perdimos ninguna Navidad. Bravo por esta fe nuestra y por las obras ligadas a ella. ¡Quién sabe cuánto nos estará elogiando Dios por estos afanes nuestros!

Dijimos que los Testigos van de puerta en puerta con las Sagradas Escrituras en la mano. Con el comportamiento de ese Testigo y las cosas que hace, ¿acaso la persona no siente hacia ese libro o bien simpatía o bien frialdad? ¿No es igual también el islam? Imaginaos que todo el que dice «soy musulmán» tuviera una apariencia recta, de palabra fiable, honesta, limpísima, una vida sin malos olores, una fe instruida, una naturaleza pacífica. Y si además, en general, la mayoría de los musulmanes fueran así, ¿qué efecto dejaría esto en todo el mundo? En cambio, si esos que dicen «soy musulmán» están en una situación totalmente contraria a las cualidades que he enumerado, en la suciedad, pendencieros, ignorantes, interesados, carentes de amor y misericordia, groseros, ladrones, sin saber qué es una regla de buena educación, ¿qué efecto dejan? Creo que no hace falta que yo dé ninguna respuesta. ¿Acaso se es musulmán solo cubriéndose la cabeza y no comiendo cerdo? En realidad, por las obras que hacen, esas personas seguirán siendo infieles a ojos de los demás, y los demás seguirán siendo infieles a ojos de ellas. ¡Cuántas personas rectas y limpias hay que comen cerdo, cuántas mujeres fieles a Dios y honestas hay con la cabeza descubierta! Al contrario, ¿acaso no hay muchísimos, tanto hombres como mujeres, tramposos, crueles y deshonrados que no comen cerdo y llevan la cabeza cubierta? ¿No son estas verdades que encierran realidades?

Algunos partidarios de la organización que saben que esto es así, por ejemplo, de nuevo los Testigos, apremian a sus propios miembros por temor a que les llegue una mancha. Prestan muchísima atención, a nivel mundial, a su apariencia externa y a la imagen que dejan. Para que no le llegue una mancha a su nombre. Y esta vez sacan tantas leyes innecesarias, adoptan tales posturas, que esto también acaba con muchos hombres rectos. Los que son torcidos se adaptan enseguida a ese ambiente estricto y hacen otra vez sus malabarismos. Pero el hombre recto queda aplastado. Estas situaciones seguirán siendo así hasta el fin del mundo, es decir, hasta el fin de este sistema. En los libros de Dios se dice una y otra vez: «El poder y la justicia del hombre no podrán cambiar estas cosas». (Santiago 1:20)

Como dije, hablar y discutir sobre el Corán con cada Testigo que se cruzaba en mi camino no me llevó a la conclusión de que «el Corán no puede ser palabra de Dios». Les preguntaba: «¿No tenéis acaso alguna publicación escrita por vuestro cuerpo gobernante sobre este tema, y no vuestras propias opiniones?». Porque, en cuanto encontraban un pequeño resquicio, sometían a la persona a un bombardeo de palabras sin ningún reparo; pero cuando se veían apurados, en una situación en la que no podían responder, decían: «¡Nosotros hacemos lo que dice el cuerpo gobernante, que es el esclavo fiel y discreto!». Puesto que eran robots sin personalidad, yo también quería saber qué decían sus fieles y discretos amos sobre este tema. Bernd investigó, lo encontró y sí existía. En estas revistas, cuyo nombre turco es ahora La Atalaya, en alemán, en las revistas llamadas Wachtturm del 15 de septiembre de 1965, se publicó una serie sobre el Corán. Porque sobre el Corán salían diversas voces de cada cabeza. Y qué voces tan absurdas y carentes de sentido. No las escribo en este libro, porque me parecieron muy carentes de sentido e ignorantes. Sin embargo, intentaré escribir las que parecían lógicas de entre ellas. Aun así, no me es posible escribirlas todas; solo intentaré tratar una parte de los puntos que me vienen a la mente y que considero importantes.

Me trajeron esta serie de escritos y la leí. El tema duró en estas revistas, que salen cada quince días, desde el 15 de septiembre hasta el 1 de noviembre. Aparte de estos escritos, yo directamente no leí en ninguna publicación de los Testigos que escribieran nada negativo sobre el Corán, ni oí que lo publicaran. Al contrario, en sus publicaciones en turco, para atraer a los musulmanes, usan versículos citados del Corán. Para animar a leer, investigar y creer en las Sagradas Escrituras, los versículos del Corán aparecen con frecuencia. Aunque no creen en el Corán, dicen: «pero mira, en tu libro también dice así». A mi parecer no está mal. Mientras se hable de verdades, no hay que ver como una estafa que las personas recurran a tales caminos. Por un lado, mientras que en las publicaciones que salen solo para el sector musulmán se presenta el Corán como una buena fuente de estímulo, las verdades reales intentaban ocultar su repugnancia hacia este libro. A mi parecer, precisamente esto no está bien. En lugar de esto, si dijeran abiertamente: «Amigo, yo no creo en este libro y no puede provenir de Dios, pero cuando incluso en el libro en el que dices creer se te ordena creer en nuestros libros, ¿qué es esto que hacéis vosotros?», les diría «ven que te bese en la frente». ¡Dizque, mientras cultivan la flor, temen que se rompa si tiran de ella por la raíz para que crezca! A las personas primero se les acercan con palabras tan corteses, y luego le clavan una estaca a la raíz de esa flor de la que hablaban.

En fin, vayamos a los temas que aparecen en estas revistas. Más adelante, yo, por estos temas, iría incluso hasta la mismísima Nueva York. La versión turca de estas series nunca salió. Yo los leeré de la versión alemana y de nuevo pondré por escrito abajo los temas más importantes. De todos modos, no es tan largo, es algo de unas 15 páginas. Y no percibáis estas ideas como si fueran solo de los Testigos de Jehová. Estas críticas son ideas que todo el mundo cristiano, e incluso los musulmanes, creen fácilmente. Una persona que dice «soy musulmán» ha recibido de nacimiento esta etiqueta de musulmán, pero su mente y su corazón están muy lejos del verdadero islam. Lo mismo vale para las personas que nacen bajo el nombre de cristiano, judío y otras religiones. En general, la identidad religiosa de cada uno permanece tal como la recibió de nacimiento. Muy pocas personas se disponen a hacer un cambio. Y si ese cambio es correcto o no, es otra cuestión. Abajo intentaré tratar, tomándolo de aquellas publicaciones de los Testigos de aquellas fechas, el tema de la increíbilidad del Corán, escribiendo los temas bajo epígrafes.

La pregunta sobre su credibilidad – La Atalaya del 15 de septiembre de 1965

Bajo este párrafo se dice: «¿Qué pruebas y milagros hay de que Mahoma fuera profeta?». Se hace una comparación con Moisés y se da un ejemplo. Se aborda que, cuando Moisés fue comisionado como profeta, le preguntó a Dios: «¿Y si no me creen? Si no escuchan mi voz y dicen: «El Señor no te ha enviado», ¿qué pasará?». (Éxodo 4:1-31) Y se menciona que Dios resolvió ese problema con los tres milagros que le mostró. El pueblo, al verlo, también cree. Asimismo se escribe que, durante cuarenta años en el desierto, los israelitas fueron testigos de incontables milagros por medio de Moisés. Por ejemplo, truenos, relámpagos, terremotos, fuego, humo, etc. (Éxodo capítulos 7 al 15; 19:16-18; y Deuteronomio 8:14-16)

Luego se compara a Mahoma con Jesucristo. Es más, cuando el profeta Juan estaba en la cárcel, envió a sus discípulos a Jesús para preguntarle: «¿Eres tú el Mesías, o debemos esperar a otro?». Y Jesús envía una noticia alentadora: «Los ojos de los ciegos se abren, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia». A los religiosos de aquel entonces Jesús también les da la siguiente respuesta: «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras que hago». (Mateo 11:5; Juan 10:37-38)

En cuanto al Corán, se señala que allí está escrito que «quienes no creían en Mahoma y querían ver de él un milagro lo calificaban de mentiroso y farsante». Sí, existen tales versículos, pero algunos de los pasajes que indican los Testigos son versículos que no arrojan luz sobre el tema ni tienen relación con él. Aun así, os escribiré tal cual los lugares de los versículos que ellos escribieron allí. Los pasajes que subrayo son los versículos más apropiados al tema. Quizás hayan cometido un error. (Sura 2:112; 10:40; 11:18; 17:91/95; 21:5-6)

Los Testigos continúan y escriben que, en el Corán, a quienes escuchaban a Mahoma se les dice una y otra vez que él es solo un mensajero y un amonestador. Pero se dice que esto no es más que desviarse del tema principal. Y el tema principal es que «¿por qué Mahoma no hizo milagros como Moisés, como Jesús?! En el pasado, a pesar de que los profetas hacían milagros, la gente tampoco les creía. Sin embargo, eso no impidió que Dios hiciera milagros». (Sura 3:184-185, 5:42; 9:70) Así lo afirman los Testigos de Jehová en su revista de las publicaciones de la Torre.

Respuesta relacionada con el tema:

Es seguro que los Testigos de Jehová, que comparan a Mahoma con Moisés, al menos no han entendido las Sagradas Escrituras como es debido. Al final del quinto libro de Moisés, llamado Deuteronomio, después de la muerte de Moisés, aparece el siguiente versículo:

«Y nunca más se levantó en Israel profeta como Moisés, a quien el Señor conociera cara a cara, en todas las señales y prodigios que el Señor le envió a hacer en la tierra de Egipto, al Faraón y a todos sus siervos y a toda su tierra, y en toda aquella mano poderosa y en todos aquellos hechos terribles que Moisés hizo a la vista de todo Israel». (Deuteronomio 34:10-12) A pesar de que después de Moisés vinieron muchos profetas, estos versículos llaman la atención sobre el hecho de que, en cuanto a señales y milagros, ninguno se comparará con Moisés.

A continuación viene Jesucristo, a quien también comparan. Moisés, profetizando 1500 años antes acerca de la venida de Jesús, dijo lo siguiente antes de su muerte:

El Señor tu Dios levantará para ti, de entre vosotros, de entre tus hermanos, un profeta como yo; a él escucharás. (Deuteronomio 18:15)

¿De cuántos profetas habla la Sagrada Escritura? ¿Acaso solo Moisés y Jesús fueron profetas de Dios? No, había al menos más de 40 profetas escritores. Estos son las personas que escribieron la Sagrada Escritura y le dieron esta forma. Mientras que Dios tiene también profetas mencionados por nombre que no escribieron en la Sagrada Escritura, hay además muchos profetas cuyo nombre ni siquiera se menciona. (1 Samuel 10:10; 1 Reyes 13:1-32; Hechos de los Apóstoles 21:9-10) Ahora, pensad vosotros en su número.

Si vamos según el razonamiento de los Testigos y decimos «solo el hacer milagros convierte a una persona en profeta», entonces tendríamos que decir que en la Sagrada Escritura hay también muchos profetas farsantes como Mahoma. Ellos no hicieron milagros, pero son aceptados como profetas. Solo quiero mostrar un versículo que lo escribe claramente.

Y muchos vinieron a él y decían: «Juan, a la verdad, ninguna señal hizo; pero todo lo que Juan dijo de este hombre era verdad». (Juan 10:41)

En el registro que aparece en el Evangelio, aquellas personas aceptan y dicen abiertamente que Juan el Bautista no hizo ningún milagro. Si, basándonos en estos escritos de los Testigos de Jehová, no vamos a aceptar a Mahoma como profeta, entonces tampoco Juan, ni Ezequiel, ni Jeremías, ni Isaac, ni David, ni Salomón, ni muchísimos otros profetas hicieron cosas como bajar fuego del cielo, partir mares, convertir ríos en sangre, resucitar muertos, abrir los ojos de ciegos de nacimiento, mostrar nubes de humo, columnas de fuego y demás. Según la crítica de los Testigos, entonces todos estos hombres eran farsantes ¡¡¡y Dios no los envió!!!

Pero dejemos a un lado la lógica de los Testigos y vayamos a cuál es la característica que hace de un profeta un profeta. Sobre este asunto, Dios le da a Moisés una pista.

Pero el profeta que con soberbia hable una palabra en mi nombre que yo no le haya mandado hablar, o que hable en el nombre de otros dioses, ese profeta morirá. Y si dijeres en tu corazón: ¿Cómo conoceremos la palabra que el Señor no ha hablado?; cuando el profeta hablare en el nombre del Señor, y no se cumpliere aquello que dijo ni aconteciere, es palabra que el Señor no ha hablado; con soberbia la habló el profeta; no tengas temor de él. (Deuteronomio 18:20-22)

Es decir, que un profeta debe tener al menos una profecía que haya dicho y anunciado aún en vida. Y esto, por supuesto, no puede esperarse que se cumpla 500 años después. De lo contrario, Dios no habría dicho: «Si aquello que dijo no se cumple, ha mentido, lo matarás». Porque esa persona, quienquiera que sea, no vivirá 500 años. Es decir, que ese profeta, estando aún vivo, debe pronunciar una profecía que haya de cumplirse en un tiempo cercano. Mahoma cumple esta condición. De todos modos, ya me referiré a ello en los temas siguientes. Aun así, ¿acaso un profeta no puede profetizar sobre cosas que se cumplirán 500-1000 años después? Claro que puede, pero no es eso lo que se quiere decir; lo que se quiere decir tiene que ver con la fiabilidad de si esa persona es profeta o no. Pero, aun así, no olvidemos que también profetas mentirosos, a pesar de no haber sido enviados por Dios, tanto hicieron prodigios como dijeron cosas que sucederían en el futuro, y sucedieron. Porque Dios también advierte lo siguiente sobre este asunto:

Cuando se levantare en medio de ti un profeta, o soñador de sueños, y te diere una señal o un prodigio, y si se cumpliere la señal o el prodigio de que te habló, diciendo: «Vayamos en pos de otros dioses que no conocéis, y sirvámoslos»; no escucharás las palabras de tal profeta o soñador de sueños; porque el Señor vuestro Dios os está probando, para saber si amáis al Señor vuestro Dios con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma. Deuteronomio 13:1-3

Estos versículos no nos presentan de nuevo como condición, respecto a la característica de un profeta, que sea necesario que haga milagros. Al contrario, indican que incluso farsantes que no tienen relación alguna con Dios pueden hacer tales señales y prodigios. Dios ya nos mostró claramente ejemplos de esta clase en Egipto, en la relación entre Moisés y el Faraón, para que entendiéramos qué pueden hacer los magos. Aquellos magos también convirtieron ríos en sangre, invocaron ranas y estas obedecieron, convirtieron la vara en serpiente. Los versículos de Éxodo 7:10-11 y 21-22; 8:6-7 hablan de estos asuntos. Aquellos magos que podían hacer esto no eran de Dios. Aun siéndolo así, ellos también tienen cierto límite, y ante lo que vieron que no podían hacer, ante ese límite en que se detuvieron, incluso ellos lo aceptaron abiertamente y dijeron: «el dedo de Dios está en esto». (Éxodo 8:18-19) ¿Acaso Dios no sabía cuánto poder tenían o dejaban de tener aquellos magos? ¿Por qué no le dio a Moisés desde el principio un milagro que ellos no pudieran hacer? Para que nosotros lo entendiéramos. Dios elige este camino para subrayar que las personas que hacen esta clase de obras no tienen por qué ser necesariamente de Dios. Juan, que profetizó sobre los últimos días, en su libro llamado Revelación o, en la nueva traducción, Apocalipsis, no escribe en vano que el opositor de Dios, comparado con una bestia, hará señales tan grandes como para bajar incluso fuego del cielo. Apocalipsis 13:11-17

De alguien como Jesús, en todos los Evangelios (es decir, en los libros de Mateo, Marcos, Lucas y Juan), vemos y leemos que aquel pueblo siempre pedía milagros. Ahora bien, si a pesar de que aquellas cosas milagrosas ocurrían ante sus propios ojos estos hombres decían: «Muéstranos por fuerza una señal», y si Jesús no responde a esa petición suya, eso no convierte a Jesús en farsante. Porque Jesús responde así a esas exigencias insistentes de ellos:

«¡La generación mala y adúltera reclama una señal! Pero no se le dará ninguna señal, sino la señal de Jonás». Luego, dejándolos, se fue. Mateo 16:4

Jesús no les dice a aquellas personas: «¿No os da vergüenza? ¿Acaso no hice tantos milagros ante vuestros ojos?». Y el suceso al que Jesús se refiere como la señal de Jonás es su resurrección al tercer día después de ser muerto. Es decir, así como Jonás permaneció tres días en el vientre del pez, Jesús también usó este ejemplo. Y cuando resucitó, se apareció solamente a la comunidad de creyentes, no a los incrédulos. Por lo tanto, los incrédulos no tenían ninguna razón para creer que Jesús había resucitado. Con esta lógica, los judíos todavía no creen que Jesús sea el Mesías. No se diferencian en nada de los Testigos, ni tampoco de todos los cristianos. Así como los judíos no creen en Jesús, los cristianos tampoco creen que Mahoma sea profeta de Dios. Y por las razones que exponen para no creer, yo digo: «no se diferencian los unos de los otros».

Después de todas estas verdades, sobre todo el que Mahoma no haya hecho ningún milagro aumenta aún más mi confianza en esa persona. Porque si este hombre hubiera sido un farsante, con la enorme cantidad de seguidores que tenía en aquellos tiempos, inventar y hacer algo como un milagro no le habría costado nada. Si las revelaciones que le llegaron a Mahoma no fueran de Dios sino de Satanás, y hubiera sido incluso engañado, entonces ¿no podría al menos haber hecho las cosas que hicieron los magos del Faraón? También escribo esto como respuesta a los cristianos que sostienen la afirmación de «¿por qué Mahoma no hizo ningún milagro?».

Siempre acortaré los temas, de lo contrario todos ellos se alargarán demasiado. Vayamos al segundo tema.

El milagro literario del Corán - La Atalaya del 15 de septiembre de 1965

Bajo este párrafo, los Testigos intentan decir que resulta cómico que los musulmanes recalquen que «el propio Corán es un milagro como obra literaria». Los musulmanes, subrayando que «el mismo Mahoma no habría podido escribir estos textos», dicen que es un milagro. Afirman que también el Corán recalca que «nadie podría producir un libro igual o semejante a este libro». (Sura 2:24-25; 10:38-39; 17:89)

«Ha de admitirse de manera indiscutible que no puede decirse que otras partes del Corán tengan el mismo valor. Una buena obra literaria no hace repeticiones innecesarias», dice en las publicaciones de la Atalaya. Mientras que hay continuas repeticiones sobre Jesús, Moisés, Adán y otros más, el hecho de que en la sura 55, en 79 versículos, aparezca 31 veces «¿cuál de los favores de vuestro Señor negaréis?», hace que, a causa de estas repeticiones innecesarias, el Corán no pueda considerarse una obra literaria. (Yo no he visto ningún Corán con 79 versículos en esta sura; todos terminan en 78 versículos. Seguramente él miró otras traducciones. En inglés o algo así. Puede ser.)

Los Testigos tienen también críticas sobre los nombres de las suras. Por ejemplo, que la araña solo se mencione de manera indirecta y apenas en medio de la sura 29, que la abeja se mencione en la sura 16, la hormiga en la sura 27, y que en la última llamada bakara, cuyo significado es la vaca, en esta sura de 287 versículos, la vaca solo se mencione apenas media docena de veces.

El escritor de historias Carlyle, incluso él, quien ensalzó al héroe profeta Mahoma, dijo: «El Corán no debe percibirse como una obra de milagro literario». Esa misma persona, delante de mucha gente, dijo: «No he leído un libro tan aburrido, confuso y mal enlazado».

También un historiador llamado Gibeod, uno de los críticos más agudos incluso del cristianismo, dijo que el Corán, junto a cierta belleza, contenía repeticiones aburridas y muy alargadas.

A los musulmanes que dicen «pero no hay que olvidar tampoco que Mahoma no sabía leer ni escribir», él responde que hay que recalcar que Mahoma era un comerciante exitoso. De hecho, menciona que también se casó con aquella rica viuda que era su empleadora.

En resumen, a la luz de todos estos hechos, no puede decirse en absoluto que el Corán haya sido revelado por Dios.

Respuesta sobre el tema:

En primer lugar, como yo no soy hombre de letras, sería incluso indecoroso que hiciera críticas sobre estos asuntos. En segundo lugar, me sorprende que la gente espere tales cosas de estos libros, de las advertencias que Dios envió a los hombres. Ya sea la Sagrada Escritura, ya sea el Corán, estos contienen la información que Dios dio a la humanidad acerca de sí mismo y diversas verdades. Por ejemplo, relatan la creación de la Tierra y de la humanidad. Son como una guía que muestra el camino a la humanidad. Con todo esto, estos libros dan el propósito de Dios, sus mandamientos, sus consejos, las esperanzas relativas al futuro, conocimientos y las verdades sobre muchísimos temas que no podría enumerar. Pero algunas personas esperan otras cosas, como: «¿Dan estos libros información sobre un trasplante de órganos o sobre cómo bajar la tensión arterial?». ¡Pero si estos libros no son libros de medicina! Sin embargo, lo que escriban sobre medicina, eso es correcto. O tampoco dan información detallada sobre la construcción de una casa, sobre cómo debe edificarse. Y tampoco percibamos este libro como si fuera un libro de arquitectura o de ingeniería. Pero lo que escriba sobre un tema relativo a la arquitectura, eso es correcto. Es más, algunos quieren sacar la percepción de que es un libro que contiene asesoría fiscal, problemas sexuales, obra literaria, poesía, información política. Aunque de vez en cuando se hable también de todos estos temas, estos libros no deben percibirse por sí solos como ninguno de ellos. Si hay una verdad, es que, sobre estos temas de los que habla —sea poco o sea mucho—, lo que dice es correcto y acertado.

Pero, por supuesto, tampoco se puede pasar por alto sin dar respuesta a estas críticas que hacen los Testigos. Como dije al principio, mientras estas personas quieren denigrar el Corán, terminan denigrando el libro que sostienen y defienden en sus manos. Al hablar de una obra literaria, ¿no es importante lo que esperamos de esa literatura?

Vengamos primero a los nombres de las suras. Sea la Sagrada Escritura, sea el Corán lo que tengamos en las manos, los números de los versículos dentro de ellos, las secciones o capítulos, las suras o los nombres de esas suras han sido puestos por los hombres. No es que, al ser revelados estos libros, se revelara «tal versículo con tal número, tal sura o capítulo con tal número». Este es un método que los hombres idearon para que fuera más fácil para nosotros, y en mi opinión un método muy útil. Estos versículos y suras dentro del Corán tampoco están ordenados según el orden cronológico. Es más, algunos de los que traducen el Corán se enojan por esta situación y los ordenan según el tiempo de su revelación. ¡Yo no sé cómo pueden confiar en que sabrán esto con total exactitud, sin error! Nuestro hermano mayor el señor Yaşar Nuri hace así, pero en mi opinión a veces resulta confuso y difícil para el lector. Aun así, lo miro con respeto. Esto también debe existir. Porque a mí me resulte difícil, no por eso se dice necesariamente que sea incorrecto, ¿verdad?

Las suras del Corán al que estamos acostumbrados están ordenadas de manera que al principio vienen las que tienen más versículos, y luego van hacia las que tienen menos. Ellos hicieron esto con la lógica de que, cuando el lector empieza a leer con el primer entusiasmo, avance rápido, y de que después, cuando su ritmo baje, no se aburra con las suras pequeñas. No entiendo qué diferencia hay, como Ali Mehmet o Mehmet Ali. ¿Lo importante es el orden cronológico o el sentido de todo esto? Esto no es una serie de televisión para que perdamos su orden. Que el hermano Yaşar no se enoje conmigo. Si tuviéramos en las manos un Corán ordenado según ese orden cronológico que él hizo desde el principio, y alguien como el señor Yaşar tomara el Corán y trajera una novedad como el orden ya acostumbrado que existe ahora, supongo que tampoco lo miraría con mucha simpatía. Porque, ¿qué diferencia hay entre lo uno y lo otro? La única dificultad surge al hacer investigación, al mostrarle versículos a alguien. El Corán que tiene en sus manos está ordenado de una manera y el que tengo en mis manos de otra. Por otro lado, si me opongo a la novedad, ¡lo que no me dirán! Digamos, pues, que seguramente también tiene su lado útil. Además, el señor Yaşar es una persona que, con valentía, expresa verdades sobre cosas que yo he proclamado durante años y por las que a los ojos de todos me llaman loco, trastornado. Por ejemplo, en el tema de la circuncisión y las costumbres vacías de los musulmanes o las fiestas religiosas. Aunque no pueda darle la razón en todo, le estoy agradecido porque expresa verdades dignas de respeto. Si todos fueran tan diligentes y valientes como el maestro Yaşar, creo que el islam estaría hoy en otro lugar.

En fin, lo que queríamos explicar eran los nombres de estas suras. La gente de aquella época dijo «¿qué nombre le pongamos a esta sura?», y según su criterio, de qué tema se hablara poco o mucho, ese nombre le pusieron. ¿Y qué pasa? Como dije, estos nombres y números son un método hecho para que nos sea más fácil investigar, abrir y encontrar sus lugares, igual que en la Sagrada Escritura. Los capítulos, los números de los versículos, el nombre del libro en la Sagrada Escritura fueron puestos después por los hombres. Con estas cosas no se estropea ningún sentido dentro de aquel libro. Si los hechos son así, ¿por eso este libro no podría ser de Dios? ¿No hay las mismas y semejantes cosas también en la Sagrada Escritura? Por ejemplo, aunque el libro de Samuel lleve el nombre de Samuel, no lo escribe todo la misma persona. Bajo este nombre otro profeta continúa escribiendo. El final del libro de Moisés es igual. Los cristianos no consideran que Moisés escriba el final del libro conocido como «el quinto libro de Moisés», el «Deuteronomio», o en turco más nuevo el «Yasanın Tekrarı» (la Repetición de la Ley). No logro entender de nuevo qué diferencia hay. Lo que ellos hacen es una enfermedad de nombres, etiquetas, puntos y comas. O la lógica de buscar moneda falsa. ¡Por qué no quieren mirar el sentido que hay en las palabras de esos libros!

La persona que dice que en la sura 55 del Corán se hacen 31 veces las mismas repeticiones, seguramente, pero seguramente, o no ha leído nunca la Sagrada Escritura, o recurre deliberadamente a semejante estupidez. Por ejemplo, el capítulo 53 del libro de los Salmos y el capítulo 14 hablan casi exactamente de las mismas cosas. Son palabra por palabra iguales. En los cuatro Evangelios, Mateo-Marcos-Lucas-Juan hablan de los mismos sucesos. Esto para mí no es un absurdo. Al contrario, Dios hace que se dé testimonio, por boca de cuatro testigos, de que Jesús es el Mesías. Pero sigamos hablando como su falta de juicio y comparemos el Corán con la Sagrada Escritura. Gracias a Dios, dicen que creen en la Sagrada Escritura. Sin embargo, ¡están tan lejos de las verdades que contienen esos libros!

En los Salmos, de nuevo, en el capítulo 107, aparece a menudo cada 5 o 6 versículos, igual: ¡Que den gracias al SEÑOR por su bondad, y por sus obras maravillosas para con los hijos de los hombres! Si de nuevo, según su lógica, hemos de ser faltos de juicio, seré falto de juicio, como dijo Pablo. En el capítulo 136 de los Salmos, en este capítulo de 26 versículos, aparece 26 veces: «Porque para siempre es su misericordia». ¡26 repeticiones en 26 versículos! Y estos hombres, en una sura de 79, es decir, 78 versículos, defienden diciendo «cómo va a poder escribirse 31 veces la misma cosa» que este libro no puede ser de Dios. ¡Mirad el motivo! Sigamos de nuevo. En 1 y 2 de Crónicas; en 1 y 2 de Reyes de la Sagrada Escritura también se relatan los mismos sucesos. La primera diferencia más llamativa es que, mientras el libro de Reyes habla de las historias y sucesos del Israel de las diez tribus y además del reino de Judá de dos tribus, que se había convertido en otro reino dividido; el libro de Crónicas habla solo de la historia y los sucesos del reino de Judá. De vez en cuando, si este reino estaba en colaboración con los reyes de Israel, esto también se trata brevemente en el mismo libro, nada más.

En mi opinión, estas repeticiones son muy útiles. Son verdades que arrojan luz sobre el entendimiento y sobre refutar las interpretaciones erróneas. Cuando se relatan los mismos sucesos, pero con pequeños cambios y mirando desde ángulos distintos, uno llega a tener un entendimiento mucho más claro y nítido. Algunos, con un conocimiento superficial, con la lógica de «¡Ah! Mirad, aquí dice así y allí dice de otra manera», creen que refutan estos libros. Igual que los que critican el Corán o la Sagrada Escritura. O como el método de buscar moneda falsa en sentido literal.

No penséis que esta falta de juicio la hacen los cristianos. Las mismas cosas las hacen también los musulmanes, ¡y eso teniendo en sus manos un Corán escrito de tal manera que no tienen ninguna prueba de que la Sagrada Escritura sea falsa! «Enojarse con el infiel y romper el ayuno», como dicen, es un dicho que encaja justo con este ejemplo. De vez en cuando hablaré también de sus ejemplos.

El libro de los Salmos, en la lengua original hebrea en que fue escrito, es realmente una obra literaria. Por ejemplo, el Salmo 119 fue escrito así, dentro de un esquema de rima. Al traducirse a nuestra lengua, por supuesto este esquema desaparece. También hay tales lugares en el Corán. Pero en otra lengua esta característica se pierde. Porque, al traducirse, lo que nos interesa es, por supuesto, el sentido. Como no sé árabe y, como dije al principio, tampoco soy hombre de letras ni nada, no puedo dar mucha información sobre estos temas. Estos no son libros escritos solo para poetas literarios, para amantes de la literatura. Aun siendo así, estas personas encuentran una gran satisfacción en estos libros. En algunos lugares, cantar como canciones, con instrumentos musicales, los versículos de las llamadas ilahi, es decir, de las escrituras sagradas, es realmente una obra de arte. El significado de Salmo es precisamente ese. En los poemas, en los himnos, hay repeticiones llamadas estribillo. Es muy normal que veamos de vez en cuando tales repeticiones tanto en la Sagrada Escritura como en el Corán.

Yo no puedo comprender su valor. Porque, como dije, al no saber esas lenguas y al no ser hombre de poesía, rima ni literatura, no puedo explicaros ni probaros estos temas. Esto, es decir, cantar himnos, lo hacen tanto los musulmanes como los cristianos y los judíos. Que la situación, como en todo tema, también en este se haya salido de madre, eso es otra cosa. Por eso, estas repeticiones que aparecen en esos versículos no son para aburrir al lector. Cuando los seguidores de Jesús del primer siglo eran golpeados con palos y arrojados a las mazmorras, con los pies sujetos al cepo, cubiertos de sangre, encontraron consuelo cantando himnos en aquellas mazmorras. (Hechos de los Apóstoles 16:22-25). Creo que en la Sagrada Escritura el más famoso en este tema es el profeta David. De hecho, Salmo significa «himno tocado con instrumento musical». El nombre de este libro, que los musulmanes conocen como Zebur y que también aparece así en el Corán, aparece en la Sagrada Escritura como Salmos. En la nueva traducción turca de la Sagrada Escritura también dejaron esta palabra así, en su forma antigua. Uno de los escritores de los Salmos es también su alteza David. Fue escrito por inspiración, con el espíritu que recibió de Dios, de manera que llevara valor profético, y que hubiera facilidad para cantar como himno los sucesos futuros, los consejos, los consuelos, las esperanzas. Por ejemplo, el Salmo 119 fue escrito según un esquema de rima, es más, cada verso comienza con aquella letra inicial. Fue escrito en su lengua original (hebreo) en armonía, desde el número de sílabas hasta la rima y la secuencia de letras. Como dije, yo soy realmente muy ignorante en estos temas, e incluso al explicarlos puedo cometer errores. Lo mismo vale para el Corán. Hay tales versículos aquí y allá. Por eso, en su tiempo, los adversarios de Mahoma lo acusaban llamándolo «un poeta loco». Saffat (37):36 y El Hakka (69):41 Por eso no es una anormalidad que veamos tales repeticiones tanto en el Corán como en la Sagrada Escritura. En mi opinión, quienes no consideran normales estas situaciones son los anormales.

Los maestros de voz bonita, el gusto por recitar mevlit, también provienen de este asunto. Como dije, incluso esta forma de cantar himnos se usa de manera distorsionada. Detrás del muerto no se recita nada para el muerto, sino que es un alivio que se hace para los que quedan atrás. Por ejemplo, cuando Judá fue al destierro a Babilonia, el libro llamado las Lamentaciones de Jeremías fue escrito con este propósito. Mersiye significa «elegía». Generalmente se recita detrás del muerto. Lo hacen para expresar el dolor que la persona o las personas sienten, para relatar las bondades de aquella persona, para aliviarse. Y no con el propósito de decir que el alma del muerto vive, que si no se recita entre esa gente sufre, y patatín y patatán.

¿Es el Corán un confirmador de las escrituras sagradas del pasado? 1 de octubre de 1965, La Atalaya

La segunda serie de La Atalaya sobre este tema comienza bajo el título anterior, y de nuevo he intentado traducirla tal como aparece a continuación.

Entre 250 y 300 millones de musulmanes reconocen que el Corán, el libro sagrado del islam, fue inspirado por Alá. (Esta cifra era así en los años de 1965; en los años 90 eran 800 millones, y ahora (2009) son 1.400 millones.) Y presentan como prueba de que allí está escrito así los versículos que dicen: «Te enviamos el Corán como la verdad, confirmando los libros que descendieron antes de ti y siendo su guardián.» Sura 5:47-49.

Y continuando aún: «Sin lugar a duda alguna debe aceptarse también que Alá no es de confusión, sino más bien pacífico y ordenado. Como también está escrito en la Biblia, para que demostremos que Alá es verdadero y que todo hombre es mentiroso, las revelaciones que él dio deben estar también en armonía unas con otras. (1 Corintios 14:33; Isaías 1:18; Romanos 3:4) Que esto es así lo vemos tanto en las escrituras hebreas de la Torá como en las escrituras griegas del Evangelio del cristianismo. Y cuando investigamos, se ve que estas están en armonía unas con otras. (¡Que vaya a contárselo a otro, a ver quién se lo cree!) Esto es así aunque los libros escritos en hebreo, compuestos por 39 libritos (los libros que los musulmanes conocen como Torá y Salmos), fueron redactados por más de 30 autores distintos en fechas diferentes, a lo largo de un lapso de tiempo de siglos. El Evangelio escrito en griego, compuesto por 27 libritos, no solo está en armonía consigo mismo, sino que además fue redactado de manera que también confirma las escrituras hebreas.

Por eso Jesús, al decir a las personas religiosas de aquel tiempo: «Escudriñáis las Escrituras, porque pensáis que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí.» (Juan 5:39), confirmó esta situación. Y por esta misma razón se menciona que el apóstol Pablo también elogió a los de Berea, que querían investigar los libros de las escrituras sagradas del pasado y hallar las pruebas de si este mensaje que se les decía era o no verdadero. Los Hechos de los Apóstoles 17:11; 2 Timoteo 2:15; 3:15-17.

Es decir, con esto vemos que estas escrituras sagradas escritas en griego y en hebreo se confirman con razón unas a otras. Si el Corán también pretende haber sido escrito por inspiración de Alá, ¿no deberíamos esperar que también él estuviera en armonía con las demás escrituras sagradas? Ya veremos.»

Hasta aquí la lógica de la introducción es magnífica. Y continúa. El tema de las patrañas, la demagogia (palabrería) y los malabarismos empezará ahora.

«En todas partes de las escrituras hebreas está escrito que el nombre propio de Alá es Jehová, y lo mantienen en el más alto nivel. (Éxodo 6:3; 2 Samuel 7:23; Salmos 83:18, etc.) De igual modo, Jesucristo y sus discípulos también insisten en la importancia de este nombre. (Juan 17:4,6; 18:37; Hechos 15:14) Aunque este nombre por lo general no aparece en muchas traducciones del Evangelio, en el antiguo manuscrito griego de la Septuaginta está claro que los primeros cristianos usaban Jehová, el nombre de Alá.

¿Cómo es esta situación en el Corán? A pesar de que el nombre Jehová aparece 6961 veces solo en las escrituras hebreas, por más que lo buscamos en todas partes del Corán no lo vemos ni una sola vez. Que el nombre de Jehová Alá no aparezca en el Corán significa que este tampoco confirma los libros sagrados escritos antiguamente. El Alá del Corán es sin nombre…», dicen en esta serie.

Respuesta relacionada con el tema:

Es indudable que los Testigos de Jehová usan este nombre como si fuera un amuleto, un talismán, incluso convirtiéndolo en un ídolo en sentido meramente literal. Lo mismo o algo parecido hacen los musulmanes con el nombre de Mahoma. Los hombres no pronuncian el nombre de Mahoma sin recitar antes una bendición. Es más, está clarísimo que los escritores se hartan de esta regla, pues en lugar de «Sallallahu Aleyhi ve Sellem», que significa: «Que la oración y la paz sean sobre nuestro Profeta» o «Que la paz de Alá sea sobre vosotros», siempre lo escriben abreviado como «S.A.V». ¡Por desgracia, al hablar no pueden escapar de esta regla! ¡Como si fuera absolutamente necesario ponerle a Mahoma un apellido inventado por ellos mismos! Ni los Testigos de Jehová hacen la voluntad de Jehová, ni los musulmanes hacen la voluntad de Mahoma. Por alguna razón, la humanidad enferma de esconderse detrás de tal nombre, etiqueta o letra. En vez de ensalzar las letras, si de veras valoras a quienes dijeron esas palabras, andad por el camino que ellos indicaron. Jesús dijo una hermosa palabra:

No todo el que me dice: «Señor, Señor», entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Mateo 7:21

Y a los que creen que se salvarán mostrando un respeto hipócrita, con solo usar como loros las mismas palabras o refugiándose detrás de estas palabras, Jesús responde en la continuación del versículo: «Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.» Mateo 7:23

Vengamos al nombre propio de Alá. Nadie sabe con certeza cómo se pronuncia el nombre propio de Alá. Que tiene un nombre es seguro, pero cómo se dice no se sabe con certeza. Porque este nombre se escribió en hebreo. Y en hebreo no hay vocales. Es decir, se llaman vocales a las letras que por sí solas suenan sin sílaba, como A, U, O, I, E, O. En hebreo esto no existe. Si en algún lugar aparece el nombre de Alá, aparece en la forma «YHVH». Al hablar o al leer, la persona coloca por sí misma esas vocales entre esas letras. Por eso, incluso esos famosísimos Testigos de Jehová se ven obligados a aceptar esta situación y dicen: «aunque no se conozca la manera exacta de pronunciar este nombre, nosotros lo usamos así».

La Sagrada Escritura traducida al turco se llevó a cabo en tiempos de los primeros otomanos, por parte de alguien llamado Ali Bey, uno de los escribas del sultán Mehmet IV. No es tan antigua. La traducción, publicada en 1827 con caracteres árabes, fue publicada de nuevo, tras la revolución del idioma, en los años 1941 con los caracteres latinos que usamos ahora. Y esta se hizo tomándola directamente de la traducción de Ali Bey. Allí también entró el nombre de Alá como JEHOVÁ. Seguramente esta forma de pronunciación era la más usada, pues después de los años 1930 también los Testigos dejaron el nombre de «Estudiantes de la Biblia» y adoptaron el nombre de «Testigos de Jehová». Las demás iglesias cristianas, molestas por que los Testigos se aferraran a este nombre, organizaron una política de oposición con una intensa campaña. Publican críticas para poner en duda este nombre. Ellos también aceptan que es el nombre propio de Alá, pero pretendiendo que «no se dice así, sino asá». Es decir, lo hacen diciendo «Yahvé» en vez de «Jehová».

Otra verdad es que, hasta que aparecieron los Testigos, aquellas iglesias cristianas y el papado ocultaron bien este nombre e intentaron prácticamente eliminarlo. Los judíos tienen miedo hasta de pronunciar este nombre, porque es uno de los diez mandamientos.

«No tomarás en vano el nombre de Alá, el Señor; porque el Señor no tendrá por inocente al que tome su nombre en vano» dice. (Éxodo 20:7 y Deuteronomio o Repetición de la Ley 5:11)

El mundo cristiano, en cambio, aunque está escrito en las Escrituras Sagradas originales, quita a sabiendas este nombre y lo cambia por SEÑOR, o Alá, o Amo. ¡Es más, en la nueva traducción turca de la Sagrada Escritura han eliminado por completo este nombre! Para los Testigos, en cambio, este nombre se ha vuelto un chicle en la boca. Los musulmanes se oponen diciendo: «¿Cómo va a tener nombre Alá?». Sin embargo, el comienzo de cada sura, cuyo significado mucha gente no conoce, es Bismillahirahmanirahim, es decir Bismillahi Rahmani Rahîm, que significa En el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso. Su turco exacto significa En el nombre de Alá, el Protector, el Perdonador. Los musulmanes, por su parte, empiezan a decir tonterías diciendo que Alá tiene 99 nombres. Alguno muestra la palma de su mano y dice: «mira, estas líneas significan 99 en árabe», y a partir de ahí, inspirándose en eso, sigue diciendo tonterías a diestra y siniestra. Los atributos de Alá, por supuesto, son muchos. Pero una cosa es el nombre y otra el atributo. Esta diferencia se enseña ya en la escuela primaria, y quienes no escucharon bien las clases de turco lo han olvidado. No importa, vamos a refrescarlo de nuevo.

El atributo no define el nombre de una persona, sino su característica. Por ejemplo, «Ahmet el gordo»: aquí gordo es un atributo dado a esa persona. O «Ömer el alto»: de nuevo, aquí la palabra alto es el atributo de esa persona. Dijimos que Alá también tiene muchos atributos. Perdonador, protector, altísimo, sabio, fuente de amor y de poder, todopoderoso, etc.: estos no son los nombres de Alá, sino sus atributos, y son acordes con su característica. Pero el nombre, es decir el nombre propio, es distinto de estos. Aunque ese nombre tenga también una característica y un significado, aun así es un nombre. Por ejemplo, el nombre İhsan significa «perdona». Por eso los imanes al final de la oración dicen «concédenos tu favor, oh Señor». Es decir, significa concédenos, regálanos, danos lo que pedimos. En sociedades como la nuestra, mientras la gente valora que los nombres tengan significado, se desea también que llegue el día en que sea un atributo de esa persona, es decir una característica. Hay niños con el nombre Hikmet. Al poner este nombre, el padre y la madre desearon que ese niño tuviera características sabias (de sabiduría). Pero si el niño más adelante se hace ladrón y va a la cárcel, allí su atributo será ladrón y su nombre Hikmet. Es decir, se dirá Hikmet el ladrón. Los nombres pueden tener significados, y aun siendo así, esto no es su atributo, sino el nombre propio de esa persona.

Después de estas breves explicaciones, ya podré seguramente responder al escrito anterior. Que el nombre propio de Alá no aparezca en el Corán se presenta de nuevo como una prueba de que este libro no puede provenir de Alá. En todo el Evangelio, de principio a fin, este nombre no se encuentra ni en los textos originales ni fue usado por Jesús. Los versículos que arriba los Testigos dieron como «prueba» los escribiré tal como están en su lugar. En todas las traducciones es así, incluso en las propias traducciones que hacen los Testigos está escrito exactamente como abajo. Porque los Testigos, aunque no aparezca en el Evangelio, en los lugares de los textos originales donde figura Señor o Alá, en las traducciones que ellos mismos sacaron ¡los tradujeron como «Jehová»! Aunque para mí no tenga importancia, esto es una arrogancia terrible en nombre de Alá. ¿Quiénes somos nosotros para, sacando la autoridad de dónde, poder cambiar las palabras de Alá? Los musulmanes y las personas de otras religiones que encuentran este tipo de traducciones gritan a voz en cuello, con razón: «estos libros fueron alterados». ¿Y acaso creen que actuando así se justificarán a sí mismos? Además, ¿quién no sabe que estas alteraciones se hicieron así? Todo el que investiga un poco lo sabe. Para quienes se muestran a sí mismos como justos y esperan incluso sacar provecho de ello, la confianza de la gente se desvanece aún más. Que continúen, no nos incumbe.

Sí, dijimos: «En el Evangelio Jesús nunca, ni una sola vez, aparece escrito ni figura hablando u orando con Alá llamándolo Jehová». Ahora iba a escribir los versículos que ellos darán como prueba. De hecho, los han dado de tres lugares. Uno:

Yo te he glorificado (enaltecido) en la tierra, habiendo acabado la obra que me diste que hiciese. Y ahora, oh Padre, glorifícame tú junto a ti (en tu presencia, a tu lado), con aquella gloria que tuve contigo junto a ti antes que el mundo fuese. He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra. Juan 17:4-6

Segundo versículo:

Pilato le dijo: «¿Así que tú eres rey?». Jesús respondió: «Tú lo dices, yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz.» Juan 18:37

¡No he podido entender qué tiene que ver este versículo con el nombre de Alá! ¡Ellos lo dieron como prueba! Digamos que es un error. Puede pasar, de vez en cuando yo también lo cometo.

Tercer versículo:

Hermanos, oídme: cómo Alá visitó primero a las naciones para tomar de entre ellas un pueblo para su nombre Los Hechos de los Apóstoles 15:14

Los versículos que he escrito arriba figuran exactamente así tanto en la Sagrada Escritura antigua, la traducción donde aparece el nombre Jehová, como en las propias traducciones de los Testigos. Todas las pruebas sobre este tema no son más que ese tu nombre, para su nombre que aparecen en estos dos lugares. En todos los Evangelios esta situación es la misma. La traducción a la que llaman Septuaginta es la versión traducida al griego de toda la Sagrada Escritura escrita en hebreo, redactada en los siglos III-II antes de Jesús. También allí la palabra Jehová que aparece, si es que aparece, está escrita de nuevo en su forma hebrea, es decir como «YHVH». Y se supone que en esas traducciones hay añadidos, como los que hacen los Testigos, y por eso no gozan de tanto interés ni fiabilidad. Como dije, en realidad son cambios sin importancia para mí. Pero lo cuento porque quizá pueda ser importante para quienes, con cosas como puntos, comas y nombres, dicen «no, esto es palabra de Alá, no, no lo es».

La situación más interesante e importante relacionada con este nombre es que en ninguna de sus oraciones ni conversaciones Jesús se dirigió a Alá ni lo llamó Jehová. Esto es así en todas las traducciones que conozco y he oído hasta ahora. Sin embargo, a pesar de que los Testigos usan este nombre en todas sus oraciones y enseñan que «las oraciones de quienes no lo usan ni siquiera son aceptadas», la verdad es así. Es decir, ¡si Jesús viviera ahora entre nosotros, los Testigos con toda seguridad lo expulsarían de entre ellos por no usar nunca el nombre de Alá! Y esto es así según la propia crítica que ellos hacen arriba. Si hay algún Testigo que pueda mostrar que Jesús oró con este nombre en algún lugar del Evangelio y probar lo contrario, si este nombre aparece aunque sea en el más mínimo lugar, que lo prueben. En 20 años no me lo han podido probar. Por eso, si el Corán no es palabra de Alá, tenemos que decir que el Evangelio tampoco es palabra de Alá. Si los lugares de arriba donde solo se menciona «tu nombre» son una prueba, en el Corán todas las suras excepto una dicen: «En el nombre o con el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso», entonces ¿no deberían contarse estos lugares como pruebas mucho mayores de que Alá tiene un nombre propio?

El fuego del infierno — La Atalaya del 1 de octubre de 1965

«Las Escrituras hebreas indican que la paga del pecado es la muerte:

Porque los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben… Eclesiastés 9:5 (Génesis 3:19; Ezequiel 18:4). En el Evangelio también se confirma que esto es así. Allí:

«Porque la paga del pecado es muerte» dice. Romanos 6:23. En los ejemplos que usó Jesucristo, algunos versículos podrían aparentemente entenderse de otra manera. Asimismo, el fuego que aparece en el libro del Apocalipsis tampoco debe entenderse literalmente. (Lucas 6:19-31; Apocalipsis o Revelación 20:14)

El Corán, en cambio, ¡cuán lejos está de este asunto! En tres cuartas partes de las suras, cientos de veces habla del fuego del infierno y del tormento eterno. Hasta el punto de que «mientras arden y arden, sus pieles se renovarán». (Sura 2:207; 4:57; 25:14)

¿Cómo puede ser así un «Alá que perdona y es misericordioso», mencionado en cada sura salvo en una (la novena)?», dicen.

Respuesta al respecto:

Este Testigo no ha mencionado a los cristianos que durante siglos han predicado el fuego del infierno. Sus iglesias están adornadas con imágenes de personas empujadas dentro de calderas que hierven con brea. ¿De dónde han sacado los cristianos esta enseñanza? ¿Acaso empezaron a creer en el Corán?! 1900 años después salieron los Testigos y dijeron: «no existe el tormento del infierno». Si ellos dijeron eso, pues bien, ya se acabó todo. ¿No son ellos, al fin y al cabo, la religión más verdadera?!

Pero aun así se ven obligados a admitir algo: «En la Sagrada Escritura había, en algunos lugares, situaciones que podrían malinterpretarse así. Pero eran solo comparaciones. No debían entenderse literalmente.» Oye, hombre, si en algunos lugares aparecen las mismas cosas que en el Corán, y estas no deben entenderse literalmente, ¿por qué en el Corán todo debe entenderse literalmente? ¿Acaso en el Corán no hay comparaciones y ejemplos con sentido simbólico? Igual que el cristianismo, el islam, e incluso los hindúes y los budistas, todos enseñan el fuego del infierno. En sentido literal, como las imágenes de las iglesias cristianas. En las imágenes hay demonios verdugos que, con lanzas de tres puntas en sus manos, empujan hacia dentro a quienes quieren salir de aquellas calderas de brea. Estas imágenes, por lo general, siempre las ha hecho el mundo cristiano. Aunque los musulmanes lo enseñen, yo no he visto en nadie más que en los cristianos fuegos del infierno tan ampliamente ilustrados. ¡Pero los Testigos son algo totalmente distinto! ¡Por eso hay que darles una respuesta aparte!

En los propios versículos que ellos aportan, «serán atormentados con fuego y azufre, día y noche por los siglos de los siglos» no aparece solamente en Apocalipsis 20:10, el último libro del Evangelio. Jesucristo habló constantemente de un tormento del infierno. También los versículos los aportan ellos mismos. Esto no aparece solo en Lucas 16:19-31, sino en muchos lugares. Por ejemplo, el fuego del que habla Pedro no puede ser en absoluto simbólico. Esta profecía sobre los últimos días, así como el «agua» de los días del diluvio de Noé no fue simbólica sino que se cumplió literalmente, del mismo modo el «fuego» del que se habla en el versículo siguiente, en el mismo lugar, tampoco puede ser simbólico. 2 Pedro 3:6-7. Y si consideramos también las palabras que dijo Juan:

Juan respondió a todos así: «Yo os bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo. Ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y con fuego.» Lucas 3:16

...será reo del fuego del infierno. Mateo 5:22, la parte final. Estas palabras del versículo Jesús no las usó dando un ejemplo.

...recogerán de Su reino a todos los que hacen el mal y los arrojarán al horno ardiente. Mateo 13:41-42. Aquí tampoco Jesús habló dando un ejemplo. Por favor, mirad también vosotros todos los versículos; espero que así lo entenderéis mejor.

...Luego dirá a los de su izquierda: «¡Apartaos de mí, malditos! ¡Id al fuego eterno (perpetuo) preparado para el diablo y sus ángeles!» Mateo 25:41.

…Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán: unos serán enviados a la vida eterna, otros a la vergüenza y al desprecio eterno. Daniel 12:2

No sé si tantos versículos bastan. Con estos versículos yo no estoy defendiendo la brea del infierno ni la existencia de su fuego. ¿Por qué Alá, que en tiempos de Noé destruyó con agua a los seres humanos de la tierra, no habría de hacer de nuevo esta obra de destrucción, esta vez en parte también con fuego? Además, es seguro que después de la resurrección existirá un infierno. Y allí tampoco, según el entendimiento de los Testigos, tal como les conviene, se refiere a personas que irán a la muerte riendo y jugando. Ellos dicen que «el Alá del Corán no tiene nombre», pero en sus propias enseñanzas son sectas descerebradas que enseñan que «Alá no siempre ve el futuro». ¡Y son unos farsantes que expulsan de entre ellos a quienes, con el propio libro que tienen en las manos, demuestran que «no, sino que Él sí lo ve y esto es un atributo de Alá»! Son sectas, religiones y confesiones que arrasan por completo la Sagrada Escritura que creen defender. Son la «ramera embriagada de vino» que aparece en el libro del Apocalipsis. Y el vino que beben está compuesto de la sangre de las naciones y los pueblos. Ebrios de beber sangre, chupasangres. Sobre ellos, en el último libro del Evangelio, el Apocalipsis, dice: «Babilonia la Grande, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra». Está escrito en Apocalipsis-Revelación 17:4-7. Y quienes nos ofrecemos a ellos para que chupen nuestra sangre también somos nosotros. Somos, lamentablemente, nosotros los seres humanos, tontos, descerebrados y perezosos. Y ellos, por supuesto, chupan. Los hemos consentido tanto que, sin saber ya qué hacer, se han embriagado de beber sangre y se tambalean dentro de sus propios vómitos. Mirad lo que dice Alá acerca de ellos y de los que son como ellos:

Hasta los sacerdotes y los profetas se tambalean y vacilan por efecto del vino y de la bebida; se tambalean y vacilan por efecto de la bebida, están vencidos por el vino. Tienen visiones falsas, son inconstantes en sus decisiones. Las mesas están llenas de vómito, no hay lugar sin inmundicia. «¿A quién pretende enseñar?», dicen, «¿a quién transmite su mensaje? ¿A niños recién destetados, recién apartados del pecho? Porque todo lo que dice es mandato tras mandato, mandato tras mandato, regla tras regla, regla tras regla, un poco aquí, un poco allá…» Isaías 28:7-10

…Por eso la palabra del Señor será para ellos «Mandato tras mandato, mandato tras mandato, regla tras regla, regla tras regla, un poco aquí, un poco allá»; y así, que caigan de espaldas y se lastimen, que queden atrapados en el lazo y sean apresados. Isaías 28:13

¿No son estas palabras justamente las que corresponden a esta gente, como si estuvieran escritas para ellos? Esto no lo dije yo, lo escribí tal cual de las palabras de Alá.

Para empezar, el infierno descrito en el Corán y en la Sagrada Escritura no se describe con exactitud en ninguna religión. Ni el musulmán, ni el Testigo, ni el católico, ni el judío. Todas sus enseñanzas son disparatadas, invenciones que salen de sus propios corazones. Los Testigos fueron a las personas hartas del cuento del infierno con una nueva versión y dijeron: «no existe ningún infierno». Y que precisamente por eso reunieron muchos seguidores, también está escrito en sus propias publicaciones. Al explicar este tema del infierno con los versículos del Corán, dejaré la decisión en vuestras manos.

No esperemos este infierno del que se habla en las Sagradas Escrituras en lugares aparte. Es decir, miremos si en el Corán existe o no la lógica de que todos los buenos van al cielo y los malos hierven en calderas de brea. Y al final, comparémoslo con la Sagrada Escritura. Veamos, leamos cómo será, según lo escrito en el Corán, aquel día de la resurrección (el juicio final).

El día en que llegue la Hora, los pecadores jurarán que no permanecieron más de una hora. Así de tergiversadores son siempre. Pero quienes recibieron el don del conocimiento y de la fe dirán: «En verdad, según el Libro de Alá, permanecisteis hasta el día de la resurrección. Hoy es el día de la resurrección; pero vosotros no lo sabíais.» Sura Ar-Rum 30:55-56

Examinemos un poco este versículo. Es seguro que en el versículo anterior habla de dos tipos de grupos de personas. Un grupo, creyentes; el otro, tipos incrédulos y tergiversadores. Ahora bien, ¿cuándo ocurrirá este encuentro? Claramente escribe que en el día de la resurrección. Y aquellos que niegan, ¿qué dicen? El lugar al que se refieren cuando dicen «no permanecimos más de una hora» son sus tumbas, es decir, el lugar donde están los muertos. Así es, para la persona que muere y resucita el tiempo es cero. ¡Cómo va a saber cuánto tiempo pasó estando muerta! Por eso, según este versículo, los incrédulos, hallando de nuevo absurdo creer en la resurrección y en Alá, dicen: «solo permanecimos como una hora». En este versículo nos llama la atención algo más. Es un hecho que estas personas resucitadas no están en algún espacio distinto, como en los cuentos musulmanes y cristianos que nos cuentan, sino en la tierra, en el mundo. ¿Existe en el Corán una prueba así? Y hay pruebas muy claras. En un lugar escribe lo siguiente:

Allí viviréis, allí moriréis y de allí seréis resucitados y sacados. Al-Araf, sura 7:25

¿Dónde vivimos? En el mundo. ¿Dónde morimos? En el mundo. Pues bien, entonces, según este versículo, ¿dónde seremos resucitados y sacados? Asimismo, en Ta-Ha, sura 21:105, escribe lo siguiente:

En verdad, después del Recuerdo, habíamos escrito en los Salmos: «Mis siervos justos heredarán la tierra.»

Sí, este versículo aparece en el libro de los Salmos, en 37:29, y dice lo siguiente:

«Los justos heredarán la tierra y morarán en ella para siempre.»

Hay muchos otros versículos que se entienden en este mismo sentido. Así pues, es seguro que este día de la resurrección y el paraíso estarán en la tierra. Mejor dicho, hagámonos esta pregunta: «¿Cuál era, en el principio, el propósito de Alá respecto a la tierra?» Cuando Adán fue creado, fue creado en la tierra. Según la creencia de los musulmanes, no en los cielos. Si aquel árbol del que no debían comer estaba en los cielos, ¿en qué parte de estos cielos crecía?! Y aquellos animales a los que Adán puso nombre en el paraíso, ¿dónde vivían? Que Alá dijera «salid de ahí» o «bajad de ahí», por alguna razón, para esta gente significa «bajad de los cielos»! ¿Acaso el jardín del Edén de entonces no podría haber estado sobre una colina llana? Que Alá les dijera «bajad de aquí» es muy lógico y está en armonía con la Sagrada Escritura. Sea como fuere, el paraíso estaba en la tierra. De hecho, a causa de estas enseñanzas tan disparatadas de los musulmanes, de los cristianos que son como ellos y de todas las religiones, en las personas solo se ha desarrollado duda y desconfianza hacia estos libros. En el Corán, respecto a la creación, se habla de la formación del aire, del agua, de los árboles, de los animales y, al final, de la creación del ser humano. Todo esto, según los musulmanes, ¡no estaba en el mundo sino en otro lugar! Sus creencias, lamentablemente, son una enseñanza que no se basa en el Corán. O no saben pensar profundamente, o aman más los cuentos que se inventan en su imaginación. Que Alá creó a Adán en la tierra, en el mundo, todos estos libros solo lo confirman. Las demás enseñanzas no se basan en ninguna verdad, sino que son un disparate y no pueden probarse.

Si el paraíso estará en la tierra, entonces ¿dónde estará este infierno? Puesto que también en este versículo del Corán aquellos que no creen resucitan en el mismo lugar, e incluso se habla de su tergiversación; entonces, si pueden hablar cara a cara con los del paraíso, es seguro que están en el mismo lugar.

Pues bien, ¿estarán el paraíso y el infierno en el mismo lugar? Según el versículo, sí. Entonces, ¿qué clase de cosa es el infierno? Lo diré enseguida, sin alargarme, e investigadlo vosotros. Cuando Adán no obedeció, ¿qué le hizo Alá? ¿Lo arrojó a la brea y lo asó en el fuego? En realidad, Adán era inmortal; de lo contrario, la muerte no se le habría dado como castigo. Al volverse desobediente, empezó a envejecer y murió. ¿Qué dice el Libro?

Y dijo el Señor Alá: «He aquí que el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; y ahora, no sea que extienda su mano y tome también del árbol de la vida, y coma y viva para siempre»; así el Señor Alá lo echó del jardín del Edén, para que labrara la tierra de la cual fue tomado. Génesis 3:22-24

…Y todos los días que Adán vivió fueron 930 años, y murió. Génesis 5:4

No existe eso de que «los muertos andan entre nosotros», como los absurdos que nos enseñan. Porque Alá le dijo a Adán: «…porque de ella fuiste tomado; porque polvo eres y al polvo volverás» (Génesis 3:19). Alá nunca le dijo, como si le hiciera un juego de manos: «Harás como que mueres y luego seguirás viviendo como espíritu en los cielos». Quienes se interesan por invocar espíritus y se ocupan de estos asuntos creen que quien produce las manifestaciones que ven es el propio muerto. En realidad, estas manifestaciones las hacen los demonios, que conocen bien las características de esas personas. Y los que observan suponen, por las respuestas que reciben, que entre ellos anda el que ha muerto. Porque en las Sagradas Escrituras está escrito claramente que aquellas malvadas criaturas espirituales sienten enorme placer en jugar siempre con los seres humanos y arrastrarlos a la nada, a la depresión y, finalmente, a la muerte. Esto es la verdad de las Sagradas Escrituras. Por eso, esos invocadores de espíritus no invocan las almas de los muertos, sino a los demonios, y conversan con ellos. Antes yo no creía en absoluto en tales cosas. En realidad es una verdad, y no aceptar la existencia de criaturas espirituales que no vemos con nuestros ojos equivale a negar a Alá. Porque si tales criaturas espirituales no existieran, resultaría que hay que pensar que todas las desviaciones y perversiones malignas de nuestro mundo las hace únicamente Alá, lo cual mancharía a Alá y sería no una verdad, sino una calumnia insolente.

Sí, volvamos a la continuación de nuestro tema. Sea cual fuere el castigo que Adán recibió cuando cometió el delito, ese mismo recibirán, después de resucitar, las personas de las que se dice que «merecen el infierno». Adán, por haber cometido el delito, perdió la esperanza de la vida eterna, envejeció y murió. Pero en la resurrección, es decir, después del juicio final, habrá una diferencia. En el tiempo presente, tanto el bueno como el malo envejecen, mueren y desaparecen. Pero en la resurrección solo empezarán a envejecer aquellas personas incrédulas que persisten en su obstinación y odian a Alá. Por eso en el Corán aparece «se les reconocerá por sus rostros» sura 55:41; «algunos rostros se ensombrecerán y comprenderán la calamidad» (Sura 75:21-23). Asimismo, que se diga «sus pieles se renovarán», ¿no es acaso lo que ocurre también hoy en la vejez? El Corán se refiere a lo que ocurre en la vejez y a que la piel del ser humano se arruga, adoptando una forma igual a la de haberse quemado. ¿Es igual la diferencia entre la piel de una persona joven y la de alguien de 80 o 90 años? O aunque sea muy joven, mirad una piel quemada por el fuego a causa de un accidente. ¿No guarda semejanza precisamente con la piel de aquella persona de 80 o 90 años? Todos los indicios y el castigo que Alá ha dado desde el principio a quien comete un delito muestran esto. Si Alá dio este castigo a los primeros seres humanos, Adán y Eva, después de la resurrección dará el mismo castigo también a las personas malvadas. Y además, ¿por qué habría de cambiar Alá? Versículos relacionados con este tema: Génesis 2:17 y 3:19; Isaías 65:20; Santiago 5:3; Apocalipsis 20:14; Sura 73:17; Sura 7:48

Además, en un versículo Alá dice claramente: «Porque Yo, el Señor, Yo no cambio» (Sagrada Escritura-Malaquías 3:6).

Aunque tengan sentidos simbólicos, estas comparaciones usadas acerca del fuego y del infierno están muy bien empleadas tanto en el Corán como en la Sagrada Escritura. Lo que no logro entender es lo siguiente: cuando se usan en la Sagrada Escritura, se explica su significado y se reflexiona e investiga si son simbólicas o no; pero cuando aparecen en el Corán, ¿por qué deben entenderse tal cual?! ¡Ni siquiera se acepta que pueda haber ningún sentido simbólico! A propósito de este tema, me vino a la mente el árbol del Zaqqum del Corán, relativo al infierno. Se sabe que las hojas de este árbol son amargas e incomibles. Se cuenta que el fruto de este árbol es para quienes se consideran merecedores del infierno. Ahora, pensad: en un lugar donde todo es fuego, ¿cómo crece un árbol? ¿En qué fuego están enterradas las raíces de estos árboles? Así pues, ¡en el infierno hay también tierra, hay árboles y hay agua! Sura 37:64 Es seguro que viven junto a los habitantes del paraíso, con quienes están en un diálogo constante, solo que con el tiempo habrá entre ellos una frontera. ¿Dónde está ese lugar? (Sura 7:48-50; Lucas 16:19-31)

¿Quién fue el que le dio a Adán la orden de convertir toda la tierra en un paraíso? ¿Iba a anularse esta orden que Alá dio por el hecho de que Adán pecara? ¿Acaso Alá renuncia a Su propósito a causa de los errores y pecados que cometen los seres humanos, o cualquier criatura que sea? ¿Puede anularse Su orden? Si Alá dio entonces la orden «multiplicaos, llenad la tierra y sometedla» para que el paraíso abarcara todo el mundo, esa orden también se cumplirá. De esto no tengo ninguna duda. A los que no creen les aconsejo que investiguen. Además, investigar estas cosas, ¿no vale la pena por una vida eternamente feliz?

El Corán acerca de Jesucristo - La Atalaya del 1 de octubre de 1965

La idea que aquí se aborda es un tema que todos hemos oído y conocemos, acerca de Jesucristo y de si es o no el hijo de Dios. Este asunto es una disputa eterna entre musulmanes y cristianos. Por eso, más que todas esas pruebas y comparaciones suyas, yo trataré aquí lo que el Corán escribe sobre este tema. Si está o no en armonía con las Sagradas Escrituras, decídanlo ustedes mismos. Aquí conviene señalar también lo siguiente. Que yo sepa, entre los cristianos, como secta o como religión, solo los testigos de Jehová no adoran a Jesucristo como Dios. Un crítico, en la carta que me envió, escribió que «hay también otros», es cierto, pero yo no los conozco. Aunque son cristianos, la comprensión que tienen de este tema se apoya en las Sagradas Escrituras y, sin saberlo, también en el Corán. Durante los años de mi relación con los Testigos, este fue el primer tema que examiné con más atención. Es más, por eso mismo llegué a sentir simpatía por ellos. Si ellos también hubieran defendido la adoración de Jesús, tal vez nunca más habría querido volver a verlos. Hay que hacer esa distinción respecto de los Testigos. Como se suele decir, «golpea al valiente, pero reconócele también lo que le corresponde»; así debe ser también.

Los cristianos dan un valor sumamente exagerado a que Jesucristo sea el hijo de Dios. Tanto es así que incluso adoran a Jesús. Como dije, esto no es broma; realmente lo adoran como Dios, y además como Dios Todopoderoso. En realidad esto es algo terrible. Porque, tanto leemos en la Torá que Dios «es uno y que no hay un ser como Él, que es alguien sin igual ni semejante», como vemos que Jesucristo siempre dio esa gloria a Dios. (Deuteronomio 6:4 y 5:7-8; Juan 5:19; 12:49-50; Mateo 22:36-38) Sobre este tema, esta vez hay explicaciones muy hermosas escritas por los Testigos. Porque ellos vieron esta verdad en las Sagradas Escrituras y por ello cayeron en una gran separación con las iglesias católica y protestante. Yo creo que este es el mayor problema entre los Testigos y todo el resto del mundo cristiano. Ellos no adoran a Jesús como Dios. Por eso los Testigos abordan a menudo este tema de los «tres Dioses» (padre-hijo-espíritu santo) y las cuestiones de si Jesucristo es o no Dios, y lo tratan en sus publicaciones. Como dije, sobre este tema, hasta donde yo sabía, suponía que los Testigos eran los únicos que tenían esta creencia cristiana. Por eso, explicar este tema a los Testigos es más fácil que explicárselo a una comunidad perteneciente a otra religión cristiana.

En el Corán, en cambio, se dice muchas veces: «Dios no tiene hijo», y también: «Dios tampoco tiene hija». (Sura 53:21) Asimismo, en respuesta al interés que los cristianos muestran hacia María, la madre de Jesús, hasta el punto de casi adorarla; Dios no ha tomado ni esposa ni hijo dice (sura Los Genios, 72:3). También los versículos más claros dicen lo siguiente:

Pregúntales ahora: ¿acaso Dios tiene hijas y ellos tienen hijos?

¿O acaso creamos a los ángeles hembras y ellos estaban presentes?

Cuando dicen así, es de su propia invención: «Dios engendró»; y en verdad son mentirosos. Sura Las Filas; 37:149-153. Otros pocos versículos paralelos del Corán sobre este tema los pueden encontrar en las suras 43:16-81; 23:91; 5:116; 6:100; 10:68; 9:31; 39:4.

Así pues, en realidad Dios se opone no solo a la paternidad de un hijo, sino también, según los conceptos derivados de una absurda obsesión de los hombres, a que tenga hijas, a que engendre hijos y cosas semejantes. Enseñanzas de esa clase, y sobre todo esta inmundicia, provienen del papado del mundo católico que se dice cristiano. Ellos hicieron a Dios padre de hijos mediante la relación entre hombre y mujer, e implantaron esta creencia hasta en la conciencia oculta de las personas. Esta es una de las mayores advertencias del Corán contra el cristianismo de aquel tiempo, y en nuestra época esas creencias suyas tampoco han cambiado.

Cuando Dios se dio a conocer a los hombres, empleó comparaciones. A veces se comparó con un señor, a veces con un rey, a veces con un gobernador; y para mostrarnos su cercanía y su amor hacia nosotros, a veces se comparó con un Padre. (Malaquías 1:6-8; 1 Samuel 8:7) Además, en realidad la palabra «Padre» significa en el diccionario: «El que da causa a la existencia». Todos los seres vivos que viven en toda la tierra y en el cielo existen y han llegado a existir gracias a Dios. Por eso, aun por el significado del diccionario, Dios es también Padre de todos ellos. Al fin y al cabo, ¿no es el mismo Dios quien puso este principio, esta regla? ¿De quién es el orden establecido que hace que las personas se multipliquen, que sean madres y padres? ¿Acaso Dios no habría podido también hacer posible multiplicar a los hombres en los campos como las semillas de las hortalizas y las frutas? ¿Por qué estableció Dios el orden de la reproducción por vía de la relación sexual y de la dependencia de los hijos, necesitados, respecto de la madre y el padre? Así, al acercar a las personas unas a otras, al mismo tiempo ellas viven los sentimientos de ser hijos y, más tarde, al tener también hijos propios, los sentimientos de ser madre y padre. ¿Para qué todo esto? Lo que se pretende es que puedan captar qué significan traer algo al mundo siendo madre o padre, la responsabilidad, el amor. Yo creo que Dios estableció este orden suyo para que lo conozcamos mejor y también lo comprendamos. Los sentimientos y las situaciones que teníamos de niños hacia nuestros padres, y que incluso nunca pudimos aceptar, un día llegamos a encontrarnos nosotros mismos, como madres y padres, dentro de esas mismas o parecidas situaciones. Entonces los comprendemos mejor y empezamos a alejarnos de aquel tajante juicio, de la acusación. En un tiempo éramos gobernados, y más tarde nosotros gobernamos a nuestros hijos. Con muchas más experiencias adquirimos entendimiento y sabiduría en nuestra vida. Esto tal vez no sea válido para todos. Pero, en general, estos son sentimientos que todos experimentan. Unos intentan matar ese sentimiento en su interior, otros lo sacan a la luz y lo aplican. Mientras adoptamos y mantenemos vivas las cosas que consideramos valiosas, también destruimos, antes incluso de que salgan a la luz, las cosas que a nuestro parecer carecen de valor. Todo esto forma nuestra personalidad. Y sobre si esta personalidad es buena o mala, al final será sin duda Dios quien lo decida. Aprendiendo de sus palabras, también nosotros podemos prever de antemano, más o menos, cómo se decidirá acerca de nuestra propia personalidad.

En el Corán hay tantos pasajes relacionados con que los cristianos hacen a Jesús Dios bajo el nombre de paternidad, que uno se queda perplejo sin saber cuál escribir. Por ejemplo, en la sura La Mesa Servida está esta explicación:

Dios dijo: «¡Oh Jesús, hijo de María! ¿Dijiste tú a la gente: «Aceptadme a mí y a mi madre como dos dioses aparte de Dios»?» Él respondió: «Tú eres excelso. Jamás diría una palabra a la que no tengo derecho. Si lo hubiera dicho, Tú lo sabrías. Tú sabes lo que hay en mi alma. Pero yo no puedo saber lo que hay en Tu pensamiento. El único que conoce todo lo oculto eres Tú. Yo solo les dije lo que me ordenaste: «Adorad a Dios, mi Señor y vuestro Señor»… Sura 5:116-117

¿Hay también en el Evangelio versículos que apoyen estos versículos? Leámoslos:

«Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios» dice Jesús en Juan 20:17. ¿Es lógico que alguien que fuera Dios Todopoderoso dijera estas palabras? Con estas palabras, Jesús dice que el Dios de él, el de sus discípulos, e incluso el de todos los hombres, es el mismo y es uno solo. Dios también, al crear al hombre, dijo: «Hagamos al hombre semejante a nosotros». Con esto se refería a sí mismo y a todos los ángeles que había creado. Y ese aspecto de semejanza no consiste en que cada uno sea, como Él, Dios Todopoderoso, sino en que Dios dio también a los ángeles y al hombre las cualidades que Él posee. Como también enseñan los Testigos, estas son las propias cualidades que Dios posee, como la justicia, la sabiduría, el amor y el poder. Con todas estas cualidades, Dios es además santo. Ser santo es también la mayor cualidad de Dios. Esta cualidad la dio también al hombre. En Levítico 11:44-45 Dios dice: «Sed santos, porque yo soy santo». Con todo, nadie es santo como Dios. (1 Samuel 2:2) Y con estas palabras, Dios tampoco dijo: «¡Todos vosotros seréis un Dios de igual valor que yo!».

Debo hacer una pequeña aclaración más. Palabras como Dios, Deidad, Señor no son necesariamente solo títulos del Dios Todopoderoso. Por ejemplo, Dios dio también estos títulos a los ángeles y a los profetas que pronunciaban la palabra de Dios. Salmos 82:6, Juan 10:30-38, y en un versículo muy claro y comprensible sobre este tema, en el Evangelio, en 1 Corintios, desde el versículo 8:5 hasta el 7, el apóstol de Dios, Pablo, dice lo siguiente:

«Pues aunque haya algunos que se llamen dioses, sea en el cielo o en la tierra —como hay muchos dioses y muchos señores—, para nosotros, sin embargo, hay un solo Dios, el Padre; de él proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un solo Señor, Jesucristo; por medio de él son todas las cosas, y nosotros por medio de él. Pero no en todos los hombres hay este conocimiento» escribe. Fíjense también en que subraya que el Dios Todopoderoso, sin igual ni semejante, es uno solo. Lo que se menciona en el Corán: «tomar por dioses, dejando a Dios, a Jesús, a María, a sus sacerdotes y a sus rabinos» es precisamente una advertencia muy hermosa para el mundo cristiano. (Sura El Arrepentimiento, 9:31) Existen los títulos de Deidad, Señor, Dios, pero con ellos no se refiere únicamente al Dios Todopoderoso, aunque tampoco se les puede dar la gloria que debe darse al Dios Todopoderoso. Para nosotros Dios es uno y no tiene igual ni semejante.

Por ejemplo, «maestro» es un puesto, un título. Hay muchos maestros, pero cada uno tiene su propia personalidad y su propio nombre. Cuando Dios creó a las criaturas celestiales, tampoco es incorrecto calificar a esos seres como cada uno un dios. Que esto es así lo dicen también los profetas. Pero nunca son singulares como el que los creó. Por eso, dado que Dios es el Dios de todos esos dioses, tiene un nombre especial propio y exclusivo de Él. En la Sagrada Escritura en turco aparece como Jehová. (Éxodo 6:2-3; Isaías 42:8) No sé si se pronuncia Jehová o Yahvé. Lo que sí sé es que Dios, con este nombre, es distinto de todos los demás dioses que ha creado. Otro asunto que tampoco sé es la razón por la cual Dios ya no usa este nombre suyo, en particular, ni en el Evangelio ni en el Corán. Raymond Franz da sobre esto una explicación: «Dios, al cumplir su propósito respecto de la humanidad mediante Jesucristo, completó la tarea correspondiente a este nombre». ¿Será posible? Yo de nuevo digo «no lo sé». Hay un solo Dios Todopoderoso que creó todas las cosas, o que dio causa a que fueran creadas. Este Dios, a quien nadie ha visto pero que ha hablado, no es un secreto oculto, desconocido ni misterioso.

Este tema que intento explicar puede parecer absurdo tanto a los musulmanes como a los cristianos. Por más que intente explicarlo con muchas pruebas, la mejor explicación la pueden encontrar en las Sagradas Escrituras, el Evangelio y el Corán. Por favor, al leer estos libros, esfuércense por leer sin quedar bajo la influencia de las enseñanzas que hasta ahora han dado tanto los musulmanes como los cristianos. Si nos oponemos a algo, preguntémonos a nosotros mismos por qué. También yo, en los primeros tiempos, cuando llegué a la parte del Evangelio de las Sagradas Escrituras, la ira que sentía hacia Jesucristo era indescriptible. Era como si fuera igual que los judíos de aquel tiempo. Aunque conocía el final del libro, yo también me ponía del lado de los judíos que quisieron matar a Jesús. Es algo así como ver una película, verla hasta el final, y luego, al volver a verla, esperar otro desenlace. Me dije a mí mismo: «Sabiendo y creyendo que Dios envió a Jesús; si Dios dio todas estas facultades a Jesús, ¿quién soy yo para enojarme con él?». Un día, un día en que ya no pude vencer esta ira, dejé el libro y me dije a mí mismo: «Este libro no se lee así». O aceptaría y conocería a Dios tal como Él se dio a conocer con sus propias palabras, o debía dejar todo esto. ¿Acaso iba a acercarme con ira a las verdades de Dios? Además, ¿de dónde me venía esta ira? Me detuve y reflexioné. Era una ira que, durante años, las prácticas de musulmanes, judíos y también cristianos habían introducido en nuestros cerebros, en nuestro subconsciente, contra Jesús. Ni siquiera nos dábamos cuenta. Lo mismo vale para los cristianos. En ellos también existe el mismo odio hacia los musulmanes y los judíos. Desde su punto de vista, sus razones también pueden parecer justificadas. Por más que uno no se interese por la religión, aunque no sea religioso, sin duda ha sido influido por la sociedad en la que se crió. Es seguro que este odio no puede venir de Dios. Cuando yo pretendía romper cadenas de esa clase, al creer en los testigos de Jehová, casi extendía mis manos hacia otra cadena. Por eso, ni siquiera quiero escuchar a personas que, perteneciendo a una religión, denigran a los Testigos o a otras religiones. Ninguna de sus palabras me parece siquiera fiable. Esto es igual que el partidismo por un partido o por un equipo. Sea cual sea aquel dentro del cual estés, quiere decir que eres lo mismo. Ninguno es de Dios. Lo escribo claramente de nuevo: ninguno es de Dios. Si alguien me dice: «¿Acaso solo tú eres de Dios?», mi respuesta es: «Así como no le he dicho a nadie «seguidme», tampoco digo «el más correcto soy yo». Y mucho menos muestro la locura, como ocurre sobre todo con los Testigos, de decir: «Sin mí no os salvaréis». Pero todas las religiones trabajan con estos eslóganes. Precisamente porque ellos afirman estas cosas, digo que ninguno puede ser de Dios. Sus falsas actitudes de humildad ya no engañan a nadie. Las verdaderas prácticas y obras de todos ellos están ya, de todos modos, a la vista de todos. Todos somos uno y hermanos. Nadie tiene derecho a engrandecerse sobre otro y a envanecerse en nombre de Dios. Dios no da ese derecho. Si vosotros os hacéis esclavos de personas así, ¡qué puedo decir! A la primera oportunidad, romped esas cadenas; ya es hora, es más, ya pasó, digo. Hacedlo, además, por vuestra salvación y quizá por la de vuestros seres queridos, pero hacedlo sin falta.

¡Vengamos al absurdo de las preguntas de si Jesús es el Dios Todopoderoso o si hay tres Dioses! De nuevo, en un lugar Jesús, en su oración antes de su muerte:

«Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como Tú quieres», así oró dice el Evangelio en Mateo 26:39. Si Jesús fuera también el Dios Todopoderoso, ¿oraría Dios a Dios diciendo «hágase tu voluntad»?! Las pruebas en realidad están a la vista de todos. Pero, en cuanto el cristianismo fue aceptado como religión por el Imperio romano en el siglo tercero, a partir de entonces empezaron a desviarse así. Al fin y al cabo, ¿con qué propósito se revela el Corán? Dios lo hace para advertir a estas tres comunidades.

La primera razón, los judíos.

Esta comunidad, la que Dios eligió, la descendencia de Abraham, de la que salió la mayoría de los profetas y, en resumen, no se ha visto que Dios se interesara tan de cerca por ninguna otra nación. Y en cuanto a un salvador, este se espera desde el principio, es decir, desde Adán. Después del pecado de Adán, Dios dice también claramente en el Corán:

Dijimos: «Descended todos de aquí. Luego os llegará de mí una guía. Quien siga la senda de mi guía, no tendrá temor; no se afligirá». Sura La Vaca, 2:38, y también la sura Ta-Ha, 20:123. Pero no hay ningún versículo ni prueba clara de que esta guía sea Mahoma u otro profeta. Aparte de Jesucristo, ni Mahoma ni ningún otro profeta dijo «yo soy él», es decir, la guía salvadora, o «soy el Mesías». En cambio, el Corán da a Jesús un lugar que ningún profeta ha tenido. Además, según el Corán, la única persona que resucitó y fue elevada junto a Dios, y que continúa viviendo allí, es Jesús, y él es el Mesías. (Sura 3:55; 19:33; 4:158)

Más adelante, aunque hay muchas profecías acerca de esta guía, este orientador o salvador, Moisés dijo antes de su muerte: «El Señor levantará de entre vosotros un profeta como yo». (Deuteronomio 18:15) Y dicen que esta persona, en el Evangelio, en Hechos de los Apóstoles 3:22-26, es Jesucristo. ¿Y creyeron los judíos en esto? No, ellos negaron que Jesús fuera el salvador o el Mesías, igual que los musulmanes. Los musulmanes no niegan que Jesús sea el «Mesías»; ¡es que no saben lo que significa Mesías! Y cuando lo aprenden, niegan su significado, igual que los judíos. No pueden comprender que Dios envió, para que hubiera salvación de los pecados de la humanidad, un sacrificio en compensación por el pecado de Adán. Para ellos esto es algo muy absurdo. (1 Corintios 2:14) Los judíos tenían y siguen teniendo estos sentimientos. Los musulmanes, en cambio —a causa del Corán— no pueden negar a Jesús por completo como los judíos, pero, al decir «las Sagradas Escrituras fueron alteradas», recurren a otra forma de negación.

Esta palabra Mesías, o la espera del Mesías, es muy importante. Los musulmanes solo conocen su significado como pasarse la mano por la cabeza durante la oración, frotarse el cabello con la mano al hacer la ablución. Y también llaman «mesh» a los zapatos de cuero que se ponen en los pies para no tener que hacer la ablución ni verse obligados a lavarse los pies antes de cada oración. Sobre este tema no saben mucho más. El Corán, en cambio, se refiere continuamente a Jesús como el Mesías, y quienes mejor conocen su significado son los judíos. Porque ellos siguen esperando a un Mesías. Algunos, en nuestra época, ¡creen que el Mesías es Öcalan, el líder de los kurdos! Esta vergonzosa creencia la tiene también mi hermana. Se lo inventó ella sola, ¡y la única que lo cree es ella misma! Cuando ni siquiera Öcalan diría tal cosa, se esfuerzan por hacérselo creer también a él. Como Hasan Mezarcı, harán que digan que no está en su sano juicio, para que salga de la cárcel. No sé si está en su sano juicio o no, pero es seguro que, con esa mente suya, asumió su papel en la matanza de tantos inocentes. ¿Acaso no hay locos en la tierra? Pero dejar sueltos por las calles a locos peligrosos tampoco es cosa de gente sensata. Además, la humanidad espera al Mesías como un salvador, no como una organización mafiosa que masacra, trafica con heroína y comercia con prostitutas. Y mucho menos hacer estallar bombas al azar aquí y allá, y decir, con el nombre de personas que mueren también al azar: «haremos publicidad de salvación y daremos a conocer nuestro nombre». Esperan al verdadero Mesías, que mientras vivía nunca tuvo enfermedad corporal alguna, y Jesucristo, además, no volverá en un cuerpo. En cambio, ¡Apo llama continuamente al médico! ¡Qué asunto es este! Además, Jesús no vendrá como alguien que solo apoya a los kurdos, sino para separar a toda la humanidad, de cualquier nación, pueblo o raza que sea, entre buenos y malos.

Nuestro tema era la «respuesta a los judíos». Si les dijéramos: «¡El Mesías vino, os espera en İmralı!», han venido tantos falsos mesías que, ¿en cuál habrían de creer? Al verdadero Mesías que sí vino, de todos modos, no lo aceptaron. Pero fíjense: por alguna razón, en nuestros días, todo el que quiere darse a conocer en el mercado lo hace diciendo que es el «Mesías». Al musulmán, al cristiano y al que adora al fuego, a todos les subraya que es el Mesías. Sin embargo, aunque sea falso, ¿no cabría esperar que, cuando un musulmán enloquece, diga «yo soy Mahoma»? ¿O no sería mucho más razonable que, cuando un kurdo alevi enloquece, diga «yo soy el venerable Alí»? Pues no, ¡pero estos, por alguna razón, siempre Mesías! No en vano dijo Jesús acerca de las señales de los últimos días:

Jesús dijo: «Cuidad de que no os engañen. Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: «Yo soy», y «el tiempo se ha acercado». No los sigáis. (Lucas 21:8)

Vengamos ahora al verdadero tema y al verdadero significado del Mesías. En Israel, los reyes y los sacerdotes eran ungidos antes de comenzar su función. Esto se hacía derramando sobre la cabeza de esa persona un aceite fragante, preparado con especias particulares. (1 Samuel 10:1 y 16:13; Levítico 4:3; 2 Reyes 9:3.) Ya fuera sacerdote o rey, esto debía hacerse sin falta antes de comenzar su función. En sentido simbólico, para que hubiera una señal sobre su cabeza, este mandato lo había dado Dios. A este acto, realizado por mano de hombres, se le llama «ungir». Jesucristo, en cambio, no es ungido por mano de hombre, sino por el espíritu de Dios. (Mateo 3:16; Marcos 1:9-10; Lucas 3:21-22; Juan 1:30-34; sura La Mesa Servida, 5:110). Que Jesús fue nombrado por Dios como rey y también como sumo sacerdote se explica muy hermosamente en el Evangelio, en el libro de Hebreos, desde el capítulo 7 hasta el capítulo 11. Para comprender mejor el significado de estas cosas, es imprescindible que lean las Sagradas Escrituras por completo. En resumen, Dios elige a Jesucristo para ser rey y sacerdote sobre todo. Esto se explica así en un versículo:

Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos… La esencia de lo que decimos es esto: tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono del Excelso en los cielos, ministro del lugar santo y del verdadero Tabernáculo que levantó el Señor, y no un hombre. Hebreos 7:26 y 8:1

Los versículos anteriores muestran que Jesús posee estas cualidades. Además, en ningún lugar ni del Corán ni de las Sagradas Escrituras se habla de que ningún hombre, salvo Jesucristo, sea «sin pecado». Los musulmanes miran con ira los versículos que muestran que Mahoma también era pecador. Ellos quieren ver a un Mahoma idolatrado, no conforme a las verdades de Dios, sino dejándose vencer por sus sentimientos. Desprecian que los cristianos adoren a Jesús, pero, con actitudes y conductas solapadas, van tras los deseos que ellos mismos inventaron en sus corazones, como adorando a Mahoma. Lo que Jesús dijo acerca de los judíos es una palabra que se aplica perfectamente también a los musulmanes:

«No penséis que yo os voy a acusar delante del Padre; hay quien os acusa, Moisés, en quien tenéis puesta vuestra esperanza. Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí; pues de mí escribió él. Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?» Juan 5:45-47

Estas palabras Jesús las dijo a los judíos de aquel entonces. En cuanto a los musulmanes de ahora, al leer esos versículos, por favor pongan el nombre de Mahoma en lugar de Moisés y así comprenderán mejor lo que se quiere decir. ¿Qué diferencia hay entre los musulmanes y los judíos, entre los judíos y los cristianos, entre los cristianos y los musulmanes? En mi opinión, ninguna. ¿Es una diferencia la diferencia de conocimiento y de etiqueta? Si no se aplica, ¿de qué sirve? En ese caso, a mi parecer, hay que llamar más digno al que no sabe nada. Al menos, quizá tenga excusa.

Este tema del judaísmo lo podemos cerrar brevemente así. El Corán da testimonio acerca del Mesías que los judíos todavía esperan y dice: «aquel Mesías en quien no creísteis era Jesús». Sura 5:15; 27:76; 2:62; 2:111; 2:113; 5:41-47.

La segunda razón, los cristianos.

El mensaje que el Corán da al cristianismo es breve y muy claro. Advierte: «Vosotros, no solo no creísteis en Jesús como corresponde y lo idolatrasteis, sino que además os inventasteis que él es un tercer Dios». Dice: «Cargasteis también sobre vuestras espaldas prácticas que Dios no ordenó, que no mandó hacer, y las embadurnasteis por toda vuestra cara». Por ejemplo: el sacerdocio, el estado de monja, la prohibición de casarse, azotarse a uno mismo, es decir, imponerse castigo, la enseñanza de la trinidad, etc. Sobre este tema, escribiré uno o dos versículos generales muy importantes.

«Dios es el Mesías, hijo de María», quienes dicen esto son sin duda incrédulos. Sin embargo, el Mesías había dicho: «¡Oh hijos de Israel, adorad a Dios, mi Señor y vuestro Señor!»…

«Dios es el tercero de tres», quienes dicen esto también se han vuelto incrédulos. Sin embargo, no hay más Dios que un Dios único. (Sura La Mesa Servida, 5:72-73) Algunos versículos paralelos a estos versículos están también en el Evangelio, en Juan: 12:49; 20:17; Lucas 22:42. Como dije, como cristianos, los únicos que tienen la comprensión correcta sobre este tema puedo señalar que son solo los Testigos. Ellos, conforme a las Sagradas Escrituras que tienen en sus manos, vieron que Dios no es tres. Así que verlo y comprenderlo no era tan difícil. Yo, en cambio, ¡todavía me asombro de cómo lo vieron! En fin, miren de nuevo lo que el Corán dice a estas comunidades:

Ni el Mesías ni los ángeles más cercanos rehúsan ser siervos de Dios… Sura Las Mujeres, 4:172

Un versículo sobre que Jesucristo es siervo de Dios está escrito también claramente en el Evangelio. Allí, el apóstol Pedro dice lo siguiente acerca de Jesucristo:

Dios levantó a su Siervo y lo envió primero a vosotros, para bendeciros apartándoos de vuestros malos caminos. (Hechos de los Apóstoles 3:26) Aquí se habla claramente de que Jesús también es un siervo de Dios. Los cristianos, por alguna razón, nunca piensan en el absurdo de que alguien que fuera Dios fuera siervo de otro Dios. Si volvemos de nuevo al tema de la paternidad, esta calificación de «hijo» no es un título dado únicamente a Jesús. Aunque es seguro que Jesucristo tiene ante Dios un lugar especial y aparte, las Sagradas Escrituras hablan también de todos los ángeles que están en los cielos como hijos de Dios. (Job 1:6; 2:1, Génesis 6:2) Estos versículos en la Nueva Traducción de las Sagradas Escrituras se tradujeron como «seres divinos». Pero en las Sagradas Escrituras escritas originalmente en hebreo se dio una nota al pie de que ellos son «Hijos de Dios». En la traducción antigua, en cambio, aparece claramente como «hijos de Dios». Aparte de todo esto, al decir a todos los israelitas: «Vosotros sois hijos del Señor vuestro Dios», Dios, por su amor, considera dignos de este título también a los hombres, y hasta a los hombres pecadores. (Deuteronomio 14:1) También los profetas, con este conocimiento y fe, oraron a Dios y por eso se acercaron a Él llamándole «Padre». (Isaías 63:16; 64:8; 1 Corintios 8:6; Juan 3:7-10)

Sobre estos temas, tampoco crean que los cristianos sean tan entendidos ni nada por el estilo. Por muy ignorante que sea el musulmán en estos temas, igual de ignorante es el cristiano. Y eso aunque tienen en sus manos aquellas Sagradas Escrituras de contenido tan rico. Y quienes están llenos de conocimiento se han desviado, han quedado bajo la influencia de la iglesia, no han podido librarse de sus dogmas. (Dogma: son las enseñanzas fundamentales e inmutables que acepta el mundo católico cristiano. Por ejemplo, la enseñanza de los «tres Dioses» es uno de sus dogmas.) La gente común no tiene ningún interés en leer ni investigar estos libros. En otro tiempo, sí se leían, se investigaban, e incluso se los hacían memorizar a aquellas personas. Sin embargo, estas personas, aunque pagan cada mes su cuota a la iglesia, a causa de las decepciones que han vivido con aquellos religiosos y de sus propias inclinaciones al pecado, se enemistaron con Dios y lo abandonaron por completo. Salvo en ciertas ocasiones, la mayoría ni siquiera pisa la iglesia. Y eso, por lo general, con el propósito de una boda o un funeral.

Tampoco esperen encontrar en mí toda la información sobre las cosas que escribo aquí. Estos escritos míos solo pueden ser un comienzo para todo investigador. Mi propósito no es escribir aquí la explicación de todas las Sagradas Escrituras y del Corán. Además, si esperan que explique cada uno de los versículos que allí aparecen, a mi parecer eso sería injusticia. ¿Cómo voy a daros en un libro todo mi conocimiento sobre este tema? ¡Y encima de manera comprensible! Esto no es posible. Al menos para mí, por ahora, es así. Lo repito, por favor investiguen por su propia cuenta, oren, ustedes mismos son responsables de sí mismos. En lugar de creer de inmediato ni en lo que aquí se escribe ni en otros que dan alguna enseñanza, deben investigar ustedes mismos, personalmente. Quienes se aburran y se dejen llevar por la pereza recibirán su recompensa. Para ellos la situación será mucho más difícil. Sé también que el conocimiento por sí solo no salvará al hombre. Pero, sin conocimiento, salvarnos es muy difícil, es más, salvo muy raras excepciones, puede ser incluso imposible. El conocimiento es, en cierto punto, un instrumento para abrir la puerta de la salvación. Entrar o no por esa puerta es algo propio de cada persona. Si el conocimiento es, por así decirlo, como una llave, un instrumento, una herramienta para abrir esta puerta de la salvación, quien no tenga ningún conocimiento no tendrá tal cosa ni en su mano, ni en su mente, ni en su corazón. (Mateo 25:1-13) Nuestro Dios es muy misericordioso, pero no nos veamos a nosotros mismos como sabios amantes del placer, ni a Dios como alguien lleno de la debilidad de la misericordia. Nuestro Dios, cuando es necesario, puede ser también un Dios que se venga y que no tiene compasión; esto es algo que depende de nosotros. Por favor, abran y lean aquellos pasajes de Proverbios, en el capítulo 1, desde el versículo 22 hasta el 33; allí está escrito el final de quienes aborrecen el conocimiento. Más adelante, bajo otros temas, escribiré también estos versículos.

El mundo cristiano, en cambio, aborreciendo el conocimiento y el informar, apedreó a quienes leían las Sagradas Escrituras, colgó del cuello de la gente aquel libro y los quemó vivos, declaró hijos de muerte a quienes los traducían. Aborrecieron casi toda clase de conocimiento y a quienes querían adquirirlo. A cristianos así, ¿acaso se dice «qué necesidad hay de una advertencia como el Corán»? ¡Y encima se hace mirando a este mundo musulmán! Vosotros sois lo mismo que ellos. Cuanto vosotros aplicáis aquellos libros que lleváis en vuestras manos, otro tanto los aplican ellos. Cuanto vosotros aborrecisteis en la Edad Media, y todavía aborrecéis, el conocimiento que contiene las verdades, otro tanto lo aborrecen ellos, y por eso están en este estado.

La tercera razón, los árabes y todos los incrédulos.

La tercera razón más importante de la advertencia del Corán son los árabes, y además los árabes ignorantes de aquel tiempo. Es verdad, ¿acaso la venida del Corán hizo mucho mejores a aquellas personas? Para aquel tiempo, sí, pero más adelante todas ellas, de tanto en tanto, se corrompieron de nuevo. Cuando miramos la historia, vemos que a las naciones que aplicaron con fe las palabras del Corán les vino bien. Así como toda nación que se apartó de Dios y se corrompió acabó desapareciendo con el tiempo, así les ocurrió también a ellos. Como vimos en los ejemplos de la historia de Israel, que en el pasado dominó el mundo, ahora también Dios solo tolera con paciencia a esas naciones. Además, en vez de ocuparnos de la pregunta de si los árabes se volvieron buenos o malos con la venida del Corán, cuando miramos el mundo que posee estos Libros Sagrados (Torá-Evangelio-Corán), está claramente a la vista que existe un horror general. En todo asunto ya hay un fraude, injusticia, guerra, robo, avaricia, odio, rencor y terror. Cuando los estados hacen terror, su nombre pasa a ser guerra, y a esto se le llama «rectitud, hombría, amor a la patria y heroísmo». Y, si es necesario, para sus propios intereses, con su dinero, sus armas y con todo, esos mismos estados forman terroristas particulares. Además, quienes luchan contra ese terror convierten en infierno aquellos lugares en los que entran bajo el nombre de «traeremos salvación, democracia». ¡Recordé la guerra de Vietnam, que en mi niñez oía continuamente en las noticias! ¿Quién no conoce ya el fraude, el secretismo, los saqueos, los crímenes, las matanzas de aquellos que están al mando, y aquellas maquinaciones que urden, siempre en perjuicio de la humanidad? El deseo común de todos ellos es el dinero, la glotonería, el placer, la lujuria, la pereza y el orgullo; por ese fin se devoran, se pisotean, se aplastan, se despedazan unos a otros. No en vano Dios compara a estas naciones con bestias en las Sagradas Escrituras. (Daniel capítulo 7 y Apocalipsis capítulo 13) Lo que hacen estos estados, gobiernos, organizaciones y administraciones solo lo pueden hacer las bestias. Pues bien, si estos estados, naciones, pueblos, tribus y nosotros mismos, como individuos, nos hemos corrompido tanto, no busquemos la culpa de esto ni en el Corán, ni en el Evangelio, ni en la Torá. Si hay una fealdad, debemos buscarla en nosotros mismos. Aun con toda la atención que recibió de Dios, ¿qué le pasó a Israel? En las Sagradas Escrituras se dice: «siempre hicieron infamias». Por favor, abran de nuevo el libro de 2 Reyes, desde el 17:7 hasta el 18, y léanlo de allí mismo.

Vengamos a las advertencias del Corán. A aquella sociedad que enterraba vivas a las niñas y adoraba ídolos, Dios envía un mensaje de advertencia por medio del profeta y del Corán. El Corán habla de que hay un Dios que crea todas las cosas y de que es un solo Dios, de otros libros suyos venidos con anterioridad y de los profetas. Al hablar también de la esperanza de la resurrección que ha de ocurrir en el futuro, del paraíso eterno y de la vida feliz eterna, señala asimismo que para los malos habrá un amargo día del juicio. A mi parecer, mostrar como prueba todo el Corán, en vez de versículos uno por uno sobre estas cosas, es una verdad indiscutible. Aun así, unos pocos versículos: sura 6:19, 10:37-39; 7:2; 3:3; 2:2; 10:57; 10:48; 16:64; 16:101. Si escribimos algunos de allí mismo:

Di: «Lo ha hecho descender el Espíritu Santo desde tu Señor como verdad, para afianzar la fe de los creyentes, y como guía hacia el camino recto y como buena nueva para los musulmanes (las personas que creen). Sura Las Abejas, 17:102

Alabado sea Dios, que hizo descender el Libro sobre su siervo y no puso en él ninguna torcedura. Como advertidor que anuncia un castigo severo; y para dar buenas nuevas a los creyentes que obran bien de que alcanzarán hermosas recompensas… Sura La Caverna, 18:1-2

Asia y, por consiguiente, Arabia no había sido una región donde se predicara y se trabajara como en Europa en tiempos de los primeros cristianos. Dios no permite esta situación a los apóstoles de aquel entonces. (Hechos de los Apóstoles 16:6) Más adelante, la venida de Mahoma y del Corán nos muestra el propósito de Dios que ha de cumplirse en el futuro. Sobre este propósito, Dios había hecho una promesa a Abraham. Allí Dios dijo a Abraham lo siguiente:

En cuanto a Ismael, te he oído; he aquí que lo he bendecido, y lo haré fecundo (fructífero), y lo multiplicaré en gran manera; será padre de doce príncipes, y haré de él una gran nación. Génesis 17:20

Los cristianos casi odian a Ismael, el hijo de Abraham. Incluso en sus películas Ismael es de cabello oscuro, velludo y moreno; en las películas sobre Isaac y Jesús, siempre ponen en esos papeles a unos que son rubios de ojos azules. Según ellos, la raza rubia y de piel clara, que se les parece, es la raza superior, y la raza morena es una raza inferior, simple, mala. Ellos no adoran a Dios, sino que adoran siempre a demonios. Este es el espíritu que los europeos y los americanos quieren dar a su mundo imaginario y al subconsciente de sus sociedades, y esto es natural. También en la Europa de la Edad Media, cuando en los otomanos, en los árabes que combatían a caballo, había superioridad, esta vez, todo lo contrario, a los ojos de aquellas sociedades estas personas claras, de un color pálido como el queso, parecían muy insignificantes. Si los enanos hubieran dominado el mundo, entonces también creo que ellos harían a Jesús y a Moisés enanos en sus películas y en su imaginación. Si la raza negra hubiera dominado el mundo, entonces también a Jesús, a Moisés y al venerable Abraham se los mostraría sin duda como negros muy negros. Digamos que la psicología humana es normal, pero es una normalidad estúpida. Los partidismos tan insensatos de las personas, el rebajar a quienes no se les parecen, a quienes no son de los suyos, ha nacido siempre de la pasión por engrandecerse a sí mismas a toda costa.

Dios, en cambio, acerca de Ismael no dice «lo maldeciré», sino todo lo contrario, dice: «he aquí que lo he bendecido». Y en Génesis 21:13:

«También del hijo de la sierva haré una nación, porque es tu descendencia» al decir esto, Dios no está «adulando» a Abraham. Porque Abraham llega a tener más adelante 4 hijos más, es decir, en total 6 hijos, cuatro más aparte de Ismael e Isaac. (Génesis 25:1-4) Como hijos de Abraham, Dios no da a todos ellos una palabra de bendición. Esto solo lo hace acerca de Isaac e Ismael. Pero, si hay una diferencia, es que el salvador, es decir, el Mesías, vendría de la descendencia de Isaac. En efecto, si observan la comparación, cuando Dios hace una promesa acerca de Ismael, al decir «También del hijo de la sierva», este «también» se refiere a alguien que posee las mismas cosas. Es decir, Dios, claramente, respecto de la promesa que dio a Isaac, quiere decir, con una comparación, que Ismael también será una nación semejante. Aquí de nuevo no comparemos a Israel y a los árabes al pie de la letra. Dios, en realidad, muestra que concentró toda su atención en Israel hasta que viniera el Mesías. (Gálatas 3:16 y 19) Por eso hizo escribir su interés por Israel para que fuera un ejemplo para todas las naciones del mundo. De lo contrario, como suponen los judíos, los Testigos, los cristianos o los musulmanes, Dios jamás y en ninguna época favoreció a determinada nación, sociedad o raza dejando abandonados y sin dueño al resto de los hombres que había creado. Dios no es un Dios que esté bajo el monopolio de una sola nación, religión o raza. Hay muchas naciones, religiones, sectas y organizaciones que quieren estar en esa fantasía. Es más, si digo que todas son así, hablaré con más exactitud. Por eso quieren dar a conocer a Dios a las personas de esa manera. Es decir, como los antiguos judíos. Quieren decir: «Solo nosotros somos santos y solo nosotros nos salvaremos. Vosotros sois hijos de muerte, personas abominables». Jesús, en cambio, dice lo siguiente a las sociedades, religiones, naciones, pueblos y razas tontas y engreídas que piensan así, y también a los mismos israelitas de aquel entonces que así se creían:

De nuevo os digo la verdad: había muchas viudas en Israel en tiempos de Elías, cuando el cielo permaneció cerrado tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país.

Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda que había en Sarepta de Sidón.

En tiempos del profeta Eliseo había muchos leprosos en Israel. Sin embargo, ninguno de ellos fue sanado, sino Naamán el sirio.

Todos los que estaban en la sinagoga, al oír estas palabras, se enfurecieron de ira.

Se levantaron, echaron a Jesús fuera de la ciudad, y lo llevaron a la ladera del monte sobre el que estaba edificada la ciudad para despeñarlo. Lucas 4:24-29

¿Acaso con este mensaje Jesús no muestra que Dios da importancia no a la etiqueta, sino a las personas valiosas en sí mismas? De cualquier nación, pueblo o raza que sean.

Dios cumple siempre la palabra que da. Pero también debemos prestar atención a esa palabra dada. Ahora explicaré lo que quiero decir. Algunas palabras de Dios están sujetas a condición, mientras que otras son incondicionales. Por ejemplo, Dios, al decir a David: «Si tus hijos andan en mis caminos y guardan mis leyes, siempre estarán delante de mí», pone una condición. (1 Reyes 2:1-4) Esa es la condición de permanecer fiel a Él, pero la promesa que dio a Abraham acerca de Isaac e Ismael es incondicional. Es decir, Dios, que prometió a Abraham un salvador, por muy malos, corruptos y alejados de Dios que fueran los de la descendencia de Isaac, el hijo de Abraham, ese salvador vendría igualmente de esa descendencia. Para Ismael la situación era la misma. Pues bien, al decir «algunas promesas no están sujetas a condición», quise explicar esto. (Génesis capítulo 17, versículos 5-8 y 15-21)

Por todas estas razones, Dios da a Mahoma la misión profética, es decir, a alguien que en Arabia era de la descendencia de Ismael. Este tema es algo que muchas personas no podrán comprender fácilmente solo con el Corán, pero para quienes conocen todas las Sagradas Escrituras son pruebas basadas en ver cómo se cumplió la palabra de Dios. Escribiré las frases relacionadas con este tema, seleccionadas de dentro de algunos versículos.

Hoy os he perfeccionado vuestra religión y os he completado el favor. Sura La Mesa Servida, 5:3

Con estas palabras Dios subraya que algo se ha completado, y eso es una palabra dada. Sí, y esta palabra la había dado a Abraham acerca de Ismael. Continuando, el Corán escribe lo siguiente sobre este tema:

Cuando Abraham e Ismael levantaban los cimientos de aquella Casa (la Kaaba), oraron: «Dios nuestro, acéptanos lo que hemos hecho. Tú eres el que todo lo sabe, el que todo lo oye.»

«¡Oh Dios nuestro! Haznos a ambos siervos tuyos. Y de nuestra descendencia suscita una nación que te obedezca. Muéstranos nuestros ritos de adoración: acepta nuestro arrepentimiento. Porque Tú eres el que acepta el arrepentimiento y el Misericordioso.»

«¡Oh Dios nuestro! Envía entre ellos un mensajero de ellos mismos, que les recite tus versículos, les enseñe el Libro y la sabiduría, y los purifique. En verdad Tú eres el Poderoso, el Dueño de la Sabiduría. Sura La Vaca, 2:127-129.

Con estos versículos Dios subraya, en cierto punto, que esta oración se cumplió. Al cumplir los deseos tanto de Abraham como de su hijo Ismael, y también respecto de aquella Casa cuyos cimientos levantaron, Dios muestra que escuchó sus oraciones. Aquel lugar cubierto de negro que se encuentra en la actual Kaaba y que los musulmanes visitan es aquella casa que hicieron Abraham e Ismael. En las Sagradas Escrituras no están los detalles de estos temas. Da la impresión de que Abraham expulsó a Ismael y a Agar, y de que después nunca más se volvieron a ver. Y esto, de nuevo, es así gracias a las enseñanzas erróneas bajo cuya influencia hemos quedado. No es el mensaje de las Sagradas Escrituras. En cambio, cuando Abraham envejeció y murió, Ismael vino y, junto con su hermano Isaac, enterraron a su padre. (Génesis 25:8-10) Así que entre ellos había una estrecha comunicación. Se veían y también tenían noticias unos de otros. Y eso, dentro de las posibilidades de aquel tiempo, aunque vivieran en lugares distantes, a cientos de kilómetros. Sobre este tema daré versículos de ambos libros. Acerca de Ismael, Génesis 16:10; 17:20; 21:13 y 18. Sura 2:133; 3:84; 4:163; 19:54; 38:48; 21:85. Estos versículos presentan a Ismael tanto como profeta cuanto como una buena persona. Estas son verdades que se oponen por completo a la educación que dan el mundo cristiano y los judíos. Si Dios no hubiera tenido un plan respecto de Ismael, ¿no habría tenido que dejarlos a su suerte, ya desde el momento en que fue expulsado, e incluso abandonarlos a la muerte? Pero no, no lo hace, y repite también a Agar, la madre de Ismael, la palabra que dio a Abraham. Y además, muchas veces. Génesis 16:10-12 y 21:14-21. Aquí hay un versículo interesante sobre Ismael. Porque estos son versículos que suscitan mucha antipatía en cristianos y judíos. Allí, acerca de Ismael, dice literalmente lo siguiente:

Dios estaba con el muchacho, y él creció; y habitó en el desierto, y creciendo llegó a ser arquero. Génesis 21:20

Un versículo semejante a este está escrito también acerca de la niñez de Jesucristo. Allí:

El niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él. Lucas 2:40

¿Se refieren estas palabras a personas que ganaron la maldición de Dios? ¿O, por el contrario, a quienes ganaron su bendición? Estas son verdades que se oponen a las enseñanzas falsas y ajenas a las Sagradas Escrituras de los cristianos. Los musulmanes, en cambio, con el cuento que se inventaron de Ismael en lugar de Isaac, lo narran confundiendo a Ismael con Isaac. Es más, la patraña de la Fiesta del Sacrificio es una costumbre muy parecida a la de los cristianos, que celebran la Pascua con huevos y conejos en el día de la muerte de Jesucristo. Esta Pascua, con sus huevos y conejos, no tiene ninguna relación con la muerte de Jesús; del mismo modo que Ismael tampoco tiene ninguna relación con el sacrificio ni con la Fiesta del Sacrificio que enseñan los musulmanes. En el Corán, sobre este tema, no hay un nombre preciso, palabra por palabra, sobre quién sería sacrificado. Pero tampoco hay ningún versículo que sea contrario a las Sagradas Escrituras. Quizá este tema no esté tan detallado. Pero solo se escriben verdades, no hay nada falso ni erróneo. Si más adelante el mundo islámico se desvía hacia patrañas, esto no proviene de una información escasa o excesiva del Corán. Si dudan, que traigan la Torá y la lean. Entonces tendrían información sobre quién sería sacrificado. Y este mandato no lo doy yo, sino que lo da Dios en el Corán.

…Di: «Si sois personas veraces, traed la Torá y leedla» Sura La Familia de Imrán, 3:93. ¿Y qué hicieron los musulmanes? ¿Acaso creen que, al decir «estos libros fueron alterados», se libraron de las verdades? El Corán no dice «fueron alterados» acerca de estos libros; todo lo contrario, dice: «Si sois personas veraces, traedlos y leedlos». Versículos paralelos: sura 40:53-54; 4:47; 3:99. Por último, un versículo de advertencia perteneciente a estos tres grupos que son musulmanes, cristianos y judíos:

Cuando se les dice: «Creed en lo que Dios ha hecho descender», dicen: «Creemos en lo que se nos hizo descender a nosotros», y no reconocen lo que vino después. Sin embargo, esto es una verdad que confirma lo que tienen. Diles: «Si erais creyentes, ¿por qué matasteis antes a los profetas de Dios?» Sura La Vaca, 2:91

Decid: «Creemos en Dios, y en lo que se nos reveló, y en lo que se reveló a Abraham, a Ismael, a Isaac, a Jacob y a sus hijos, y en lo que fue revelado, y en lo que se dio a Moisés y a Jesús y a todos los profetas de parte de su Señor. No hacemos ninguna distinción entre ninguno de ellos. Somos de los que se someten a Él.» Sura La Vaca, 2:136

Por favor, díganme: aunque estas palabras están escritas en el Corán, las últimas palabras que subrayé, ¿qué musulmán las cumple, las aplica creyendo de corazón y las cree? Yo todavía no lo he visto. ¡O el Corán dice disparates, o los musulmanes! Lo lógico es la incredulidad del mundo musulmán y que sean ellos los que dicen disparates. Si dicen que creen en el Corán y, a la vez, no cumplen lo que allí está escrito, en su opinión, ¿cómo se llama a esto?

Arriba contamos tres comunidades religiosas. Judíos, cristianos, y los árabes que iban a ser musulmanes, antes incrédulos ante Dios. El Corán, en cambio, es un libro conforme a la justicia de Dios que expresa también su propósito, porque desde el principio, desde Adán, siempre se habló de un Mesías salvador. Se dijo: «Vendrá, vendrá». (Génesis 49:9-10; Deuteronomio 18:15 y su versículo paralelo, Juan 5:46; Salmos: 22:16-18, 30:2-3, 40:6-7, 110:1, y también su versículo paralelo, Mateo 22:42-46, Lucas 20:42-43, Proverbios 8:22-36; Isaías capítulo 7:14 y todo el capítulo 53; Daniel 2:44, 9:24-26, Miqueas 5:2; Zacarías 12:10; Oseas 11:1) y muchas otras profecías como estas dijeron que vendría Jesús, es decir, el Mesías, y quedaron escritas en los libros. Todo esto aparece en los libros que son las Sagradas Escrituras de los judíos, que los musulmanes conocen como la Torá y los Salmos. Aquel Mesías salvador esperado vino, y el Evangelio lo confirmó, pero los judíos no creyeron. Más tarde, salió un hombre de un lugar que no tenía ninguna relación con el judaísmo y proclamó ser profeta de Dios. Este hombre también habló del Mesías y trajo información esclarecedora que confirmaba que aquel Mesías era Jesús. Este hombre del que hablo es Mahoma, y la información que trajo quedó escrita en el Corán. Les pregunto: ¿qué testimonios o pruebas más claros y nítidos que estos debía haber usado Dios?

Dios se acercó a los hombres con tantísimas pruebas y, si los hombres tergiversaron todo esto y no quisieron comprenderlo, ¡qué podemos decir! Ellos convirtieron estos Libros en algo como los locales de sus propios partidos, los transformaron en equipos de fútbol. Dijeron: aquello es tuyo, esto es mío. Se separaron, se dividieron en decenas de miles de pedazos. Se devoraron unos a otros y todavía se devoran. Con sus sentimientos sucios, repugnantes, feos, egoístas, interesados y llenos de envidia, gobernaron solapadamente a millones, a miles de millones, poniendo por delante el nombre de Dios. Y los que somos burros fuimos, en manada tras manada, detrás de ellos. Y todavía vamos. ¿A quién defendimos? ¿Por quién luchamos? ¿Por qué morimos, o matamos y destruimos? ¿De quién hacemos de abogados? Aquel a quien pretendemos defender, ese que decimos, ¿acaso es Dios? ¿Acaso Dios necesita un abogado, un mercader, ser defendido? Y mucho menos por parte de quienes con sus obras son sus enemigos; no, en absoluto, ni puede serlo. ¿O acaso creemos que Dios es también un bandido como nosotros? En cierto tiempo, Dios dijo a las personas que llamaba «mi pueblo» estas palabras tan certeras:

Pero he aquí que vosotros confiáis en palabras inútiles y engañosas.

«Robar, matar, cometer adulterio, jurar en falso, quemar incienso a Baal (un ídolo), ir tras otros dioses que no conocíais, ¿y venís a presentaros delante de mí en el templo que me pertenece para hacer todas estas abominaciones, y decís: estamos seguros? ¿Se ha convertido para vosotros en cueva de ladrones este templo que me pertenece? He aquí que también yo lo he visto», dice el SEÑOR. Jeremías 7:8-11

Las enseñanzas del islam — La Atalaya del 1 de octubre de 1965

Aquí, mientras que en algunos temas se toma el Corán como prueba, otras veces se intenta refutar el Corán a la luz de las enseñanzas del mundo islámico. Por ejemplo, apoyándose de nuevo en la enseñanza del Corán, la publicación alemana de La Atalaya del 1 de octubre de 1965 escribe que en el islam no aceptan el sacrificio por el pecado. Sobre este asunto no ha dado ni un solo versículo del Corán como prueba. Un versículo así, en efecto, no existe, yo también lo sé; pero tampoco existe un versículo que lo contradiga. He dicho una y otra vez que, así como el Corán no es una copia del Evangelio, tampoco es una copia de la Torá. Cuando los profetas escribían las revelaciones que recibían, no hacían la labor de copiar un libro en otro lugar. Cada uno escribió aquello que le fue revelado.

Vengamos ahora al conocimiento de que Jesús entregó su cuerpo como rescate por el pecado de toda la humanidad. Si los judíos, que poseían una ley de mil quinientos años, no comprendieron que el Mesías pudiera ser el sacrificio por el pecado (Juan 6:32-71), ¿acaso el Corán tendría que haberle explicado de nuevo a aquella sociedad pagana e ignorante que no sabía nada, el sacrificio de Jesucristo y su oficio de Rey y Sacerdote según el orden de Melquisedec? (Hebreos capítulo 7) ¿Quién iba a comprenderlo? Además, ¿para qué se escribió el Evangelio? ¿Es el Corán un libro que arroja y descarta el Evangelio, o, por el contrario, un libro que defiende ese libro de principio a fin? Sura 3:45-59; 4:171-172; 5:47 y 66-68, 110-117. Estos versículos están solo en las primeras cinco suras, aproximadamente los que encontré de inmediato. Todo el Corán ofrece una explicación en la dirección de estos versículos. En uno de ellos, además, se escribe lo siguiente:

Di: «¡Oh, gente del Libro! No os apoyáis en nada mientras no cumpláis los preceptos de la Torá, del Evangelio y de lo que os fue revelado de parte de vuestro Señor.» …Al-Maida, sura 5:68.

Si el mundo islámico ha desechado estos libros a causa de las obras y enseñanzas de quienes dicen «soy cristiano», esa es su propia ignorancia. Del mismo modo, desechar el Corán mirando a los musulmanes procede de esa misma ignorancia. Y desechar la Torá mirando a los judíos tampoco debe de ser difícil. Pero, por más que estas sociedades que hemos mencionado se hayan nombrado a sí mismas representantes de estos libros, se parecen a los reyes que se colocan la corona sobre la cabeza por sí mismos. Con sus obras y sus prácticas, y sobre todo con sus enseñanzas, están muy, muy lejos del contenido de este libro. Si entre ellos hay algunos valiosos, esos no son sino individuos aislados. De hecho, todos estos chupasangres viven gracias a la publicidad que hacen precisamente en torno a esos individuos aislados. A tales personas las queman y las matan mientras viven, y luego les construyen mausoleos.

Y encima, ¿acaso el mundo cristiano, como si lo hubieran comprendido tan bien ellos mismos, arroja piedras al islam por lo de que «Jesús se sacrificó como rescate y salvador de toda la humanidad, en lugar del pecado de Adán»? Si las iglesias, el papado, los Testigos y todas las sectas y órdenes que se hacen pasar por cristianas lo hubieran comprendido, ¿acaso se presentarían a sí mismos como salvadores? ¿No son estos los que dicen «si no es por nosotros, no os salvaréis», los que, si hace falta, gritan a voz en cuello de puerta en puerta por las calles «Dios solo nos usa a nosotros en la tierra»? Sin embargo, Jesús habla de que hay un solo mediador, es decir, un solo intercesor, entre Dios y los hombres, y los Evangelios escriben claramente que ese mediador es él mismo y que Dios le dio ese rango. Leámoslo del propio texto.

Porque hay un solo Dios, y un solo Mediador entre Dios y los hombres.

Y este es Jesús, el Mesías, que es hombre y que se entregó a sí mismo como rescate por todos. Este es el testimonio dado en el tiempo oportuno. 1 Timoteo 2:5-6

Si quienes han tenido el Evangelio durante dos mil años no lo han comprendido, ¿quién iba a comprenderlo cuando las mismas cosas se escribieran en el Corán? Además, ¿acaso el Corán les prohíbe estos libros a quienes quieren comprender? Qué ilógicas se vuelven las personas cuando se empeñan a toda costa en tomar partido por un bando. Los tipos a los que algunos llaman «fanáticos ciegos» han de ser esta clase de personas.

En el párrafo siguiente, los Testigos abordan a los hijos de Noé. Dicen: «En el Corán se escribe que, durante el Diluvio, uno de los hijos de Noé no entró en el arca. Semejante dato no existe en las Sagradas Escrituras».

Es cierto: en el Corán hay muchos otros detalles que no están en las Sagradas Escrituras. Cuando leemos las Sagradas Escrituras, la situación es la misma. También allí hay muchos detalles que no están en el Corán, e incluso sucesos que en el Corán no aparecen en absoluto. Uno es un libro de 1400 páginas; el otro, de 300 páginas. Mientras que uno fue escrito por unos 40 autores a lo largo de 1500 años, el Corán le fue revelado a una sola persona en unos 20 años aproximadamente. ¿No son también normales diferencias como estas? Creer, dentro de la Torá, solo en el libro de Isaías, de Ezequiel o de los Salmos, y buscar todas las verdades únicamente dentro de ellos, sin creer en los libros de los demás profetas restantes, comparándolos también con los otros, es, en mi opinión, un comportamiento carente de sensatez. En toda la Sagrada Escritura, ciertos nombres y sucesos no se mencionan en absoluto cuando fueron puestos por escrito en aquel momento, mientras que el detalle sobre ese asunto lo escribe otro profeta mucho después. Por ejemplo, cuando leemos el libro de 2 Pedro, Pedro habla de una verdad que es muy difícil comprender de esa manera en la Torá.

Por ejemplo, se habla de un profeta llamado Balaam. El suceso ocurre en tiempos del profeta Moisés, después de la salida de Egipto. El rey de Moab llama a este profeta para que maldiga al pueblo de Israel. Cuando leemos en la Torá todo lo relativo a este asunto, no nos encontramos con que ese profeta hiciera algo alejado de Dios. Pero lo hizo. Esto lo dice tanto Jesucristo en el libro de la Revelación de Juan como lo escribe el apóstol Pedro. También la forma en que se desarrollaron los sucesos de aquel entonces demuestra que pudo ser así. Porque los israelitas lo matan en la guerra, y esto seguramente lo hacen sabiendo algo. En el suceso mencionado, aunque el profeta cada vez no decía lo que el rey deseaba, sino lo que Dios le decía, al final le dio un consejo diabólico a aquel entristecido rey de Moab. Le dijo: «Si tú quieres que estos sean aniquilados, que Dios los abandone, enviad a vuestras hijas hacia ellos, que fornishen con ellos y adoren ídolos; entonces Dios los abandonará». Y en efecto sucede así, y Dios hiere y castiga a decenas de miles de personas. (Números 25:1-3 y 9) ¡Y quien dio este consejo diabólico fue el profeta de Dios! Conmovido por las súplicas del rey ante él, por lo muy bien que lo trataba, el profeta cree que le ayuda al darle semejante consejo. Para comparar, mirad 2 Pedro 2:15-16 junto con el libro de Números desde el capítulo 22 hasta el 24, Revelación 2:14; Judas 11. Pero esta verdad que he escrito, como he dicho, no aparece en absoluto en la Torá. Solo siglos después el Evangelio arroja luz sobre este asunto. Seguramente Israel conocía este detalle, aunque fuera de oídas, pero que nosotros lo sepamos leyendo únicamente los libros de Moisés (los cinco primeros libros de la Torá) es imposible.

En el error de aquel profeta he caído yo también de vez en cuando. Por no herir a quien tenía delante, con el único fin de complacer a esa persona, he hecho cosas que a Dios no le agradan. No sé si complacía a esa persona, pero Dios seguramente no quedaba complacido. Me vinieron a la mente mis compañeros del servicio militar. Cuando fui al ejército, había leído las Sagradas Escrituras solo una vez. Les ayudé en la búsqueda de mujeres durante sus permisos de fin de semana. Yo no iba a hacer nada, pero les ayudaba. Al volver por la noche al cuartel, mi conciencia me perturbó mucho. En realidad no había pasado nada, pero aun así lo que yo había hecho no era correcto. Yo no iba a hacerlo, pero ayudaba a que otros lo hicieran. Para ser sensibles en estas cuestiones hacen falta fe, amor, una conciencia muy bien educada, sabiduría y, por tanto, conocimiento. Porque, si estos sentimientos se usan mal, entonces es muy fácil convertirse en esclavo de una rectitud dura y sin comprensión, y ser como un Testigo fanático, o un musulmán, o los judíos que mataron a Jesús, o algún otro tipo de exaltado religioso. O, al contrario, como en el caso del profeta Balaam, cuando se mira la historia, del pensamiento de «cómo complaceré siempre a los demás» han surgido obras muy corrompidas. Ni lo uno es correcto, ni lo otro. Yo mismo suplico mucho a Dios para tener la capacidad de discernir estas cosas, y especialmente todos deberíamos suplicarle que nos ayude en todo asunto.

Otro tema semejante aparece también en la segunda carta que Pablo escribió a Timoteo, en 3:8. Los nombres a los que se alude con Janes y Jambres no aparecen en el libro del Éxodo, en 7:11. Estos nombres solo aparecen en el Evangelio, y una sola vez. ¿Es por ello el Evangelio un libro inventado? Hay muchos más ejemplos como este y semejantes también en el libro de los Reyes y de las Crónicas. Es más, quienes no comprenden todo esto o no quieren comprenderlo, lo niegan diciendo: «estos libros son falsos y han sido alterados». En realidad, ellos tienen la misma mentalidad y el mismo punto de vista que el cristianismo y los Testigos que critican el Corán; la diferencia está solo en el cambio de color y de etiqueta.

Vengamos ahora a ese hijo de más de Noé, del que no se habla en las Sagradas Escrituras pero sí se menciona en el Corán. En las Sagradas Escrituras hay también, en otros lugares, pruebas que se refieren a Noé y a sus hijos. Todas ellas hablan siempre de que Noé tenía solo tres hijos. (Génesis 5:32; 6:10; 10:1) Entonces, ¿quién es este cuarto hijo que aparece en el Corán?

En el Corán, acerca de las esposas de Noé y de Lot, se dice: «No eran buenas». Leámoslo de nuevo del propio texto:

Dios pone como ejemplo para los incrédulos a la mujer de Noé y a la mujer de Lot. Ambas estaban bajo la protección de dos de nuestros siervos justos; pero los traicionaron. Por ello, ellos de nada les sirvieron ante Dios. Y se les dijo: «Entrad en el fuego junto con los que entran». Sura 66:10

Esta explicación del Corán aparece en las Sagradas Escrituras de una forma muy escueta, solo respecto a la mujer de Lot. También allí, la mujer de Lot, cuando no debía mirar atrás, no escuchó la palabra del ángel, miró hacia atrás y se convirtió en una columna de sal. Las personas de fe superficial piensan que el único delito de aquella mujer es ese, y pueden creerlo así. (Génesis-Creación 19:17-26) Igual que el profeta Balaam, al que Moisés mató en la guerra. Con el solo conocimiento de la Torá, hasta podría deducirse que aquel hombre fue muerto durante la guerra sin más, por accidente, sin saberlo. Del mismo modo, sobre que la mujer de Noé era mala y que tenía otro hijo, no hay en las Sagradas Escrituras una explicación detallada. En realidad, sobre su mujer no da información en ningún lugar. Y bien, ¿acaso, por no haber entrado en semejante detalle, uno de estos dos libros debe ser absurdo y erróneo? Puede ser que en las Sagradas Escrituras en algún lugar no se entre en detalles, mientras que en otros lugares hay información detallada. Basta, sobre este asunto, con leer del Evangelio a Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Cada uno de estos apóstoles escribió mirando los mismos sucesos desde un ángulo distinto, con un estilo de narración diferente y entrando en detalles diferentes.

De las explicaciones que se hacen en el Corán sobre el hijo de Noé, no hay ningún punto del que pueda decirse «no, esto es imposible que sea así». Si Dios nos dio en el Corán semejante pista sobre la mujer de Noé, ¿por qué no habría de ser que ese niño, que Noé creía suyo, fuera de otro por medio del adulterio? Porque el Corán escribe que ellas traicionaron. Es más, Noé, por el dolor que sintió al no entrar ese hijo suyo en el arca, suplica: «Dios mío, tú ibas a salvar a toda mi familia». Y Dios, como respuesta, le dice: «¡Oh, Noé! Él en verdad no era de tu familia; no hizo buenas obras». No sabemos si Dios le dio a Noé más información. (Sura Hud 11:37-48). A la luz de estos versículos, no se me ocurre otra explicación más que hacer este comentario. Además, concuerda con los versículos y es muy lógico. No puede decirse que sea imposible, porque en nuestros tiempos los niños nacidos de esas relaciones ilegítimas se han vuelto cosas más naturales que comer pan con queso. Y si el mundo en tiempos de Noé no era peor que nuestro mundo actual, tampoco era, según los medios que poseían, muy diferente. (Génesis 6:5-7) Algunos podrán decir: «Si es así, ¿por qué Dios no mató a esa mujer?». Así como ahora Dios tampoco mata a todo el que comete adulterio, tampoco lo hizo entonces. No olvidemos, además, que después del Diluvio no quedó sobre la tierra ningún ser humano aparte de Noé y su familia. Ocho personas en total. Y, además, con eso ¿se iba a castigar a Noé o a su mujer? Además, Dios no pone con el Diluvio de Noé un fin eterno a toda la maldad. La condición de ser pecador y la estirpe humana perversa continúan también después de él. Si Dios, sabiendo esto, perdonó a la mujer de Noé y no la mató, ¿por qué habríamos de ver esta situación con ojos de incomprensión? La mujer del profeta Job también era una necia, incrédula y pecadora, y Dios tampoco la mató. Al contrario, en los registros consta: «Después de que Job sanó de su enfermedad, tuvo muchos hijos de aquella mujer y vivieron felices y juntos». (Job 2:7-10 y 42:10-16) ¿Por qué todo esto no habría de poder ser así? Según los Testigos, no puede ser. Claro que no puede ser si escriben un versículo y ocultan los demás. No hay objetividad; cómo va a haberla.

¿Se ha alterado la Sagrada Escritura? 1 de octubre de 1965

Este tema, en cambio, se trata de una manera totalmente opuesta. ¡Esta vez, con las pruebas que toman del Corán, demuestran que la Sagrada Escritura no ha sido alterada! ¡Qué asombro: mientras el Corán es un libro del que se dice que «no puede provenir de Dios», ahora se convierte de repente en un libro que defiende la Sagrada Escritura! ¡Este truco se ha vuelto también una táctica que casi todos los misioneros cristianos han usado últimamente al atraer al musulmán hacia su propio lado! Es más, escribiré aquí también los versículos que ellos mismos aportan. Solo que esta vez yo también coincido con el punto de vista de los Testigos, ¡pero no con la falaz hipocresía que ellos poseen!

El mundo islámico afirma que la Sagrada Escritura, es decir, la Torá, los Salmos y el Evangelio, ha sido alterada. Y esto no es más que un enorme disparate. Si la Sagrada Escritura, siendo palabra de Dios, pudiera ser alterada, entonces tendríamos que decir que el Corán también ha sido alterado del mismo modo. Sin repetir siempre los mismos temas, déjenme escribir los versículos que los Testigos aportan sobre esta cuestión. La Vaca, Sura 2:39, 40 y 76-79; 3:71-72 y 79; 4:52, 137; 5:16, 47-50, 66-68; 10:95. Los Testigos han tomado todos estos versículos de una sola sura. Lejos de que estos versículos indiquen que la Sagrada Escritura ha sido alterada, al contrario: estos versículos solo apoyan la Sagrada Escritura y dicen «léanla». ¡Que el mundo islámico, que se desgañita gritando «la Sagrada Escritura ha sido alterada», reflexione, y tal vez se avergüence! Si nos atrevemos a abrir una puerta diciendo que la palabra de Dios puede ser alterada, no solo empezaríamos por dudar de Dios y de la palabra que Él dio, sino que no nos quedaría ningún fundamento del que pudiéramos decir que es palabra de Dios. Y con ello, además, haríamos a Dios injusto. Porque si Dios no pudo preservar el conocimiento que permite distinguir lo verdadero de lo falso, ¿cómo podrá juzgarnos en el futuro? Él, en cambio, cuando juzgue a toda la humanidad, lo hará de manera justa. De lo contrario, ¿no dirían todos: «Dios mío, yo no sabía, no teníamos en nuestras manos ninguna prueba que mostrara qué era verdadero y qué era falso. Y TUS libros, que podríamos haber leído, los seres humanos los habían alterado. Por eso actué a mi antojo, hice lo que me pareció correcto según mi propio criterio»?

Miren a todo el mundo: en medio de tantas culturas y leyes tan mezcladas, díganme ustedes qué es lo correcto. ¿Es esto posible? En un país incluso beber cerveza está terminantemente prohibido, mientras que en otro lugar se bañan con whisky. Y además esto se ve con buenos ojos. En un país está permitido en la calle casi todo, salvo una relación sexual, con la mayor desvergüenza, mientras que en otro país, por haber tomado a su esposa de la mano, ¡se puede mirar a esa persona como si cometiera una gravísima indecencia e incluso llegar a ser apuñalada y asesinada! Mientras en África las mujeres andan completamente desnudas, en otro país con la misma temperatura ¡las mujeres están cubiertas hasta los ojos! ¿Podemos decir cuál es lo correcto entre estos extremos tan opuestos? Si Dios no puede preservar su palabra, vengan entonces y encuentren ustedes la verdad. ¿Haría algo así un Padre lleno de amor? Miren lo que dice Jesús acerca de este tema:

Porque todo el que pide recibe, el que busca halla, y al que llama se le abre la puerta.

«¿Qué padre de entre ustedes, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, en lugar de pescado le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?

Así que, si ustedes, aun siendo de corazón malvado, saben dar buenos regalos a sus hijos, ¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?» Lucas 11:13

Si nosotros pedimos a Dios conocimiento para distinguir el bien del mal, ¿acaso nos lo ocultaría y dejaría que los seres humanos lo corrompieran? Dios promete en estos tres libros: «Yo preservaré mi palabra». Salmos 12:6-7; Isaías 34:16; Mateo 24:35; Juan 5:39; del Corán: Sura 6:34; 6:115; 5:48; 2:91.

Los escritos siguientes de los Testigos denigran el Corán de esta y de otras maneras semejantes. Yo no me he propuesto traducirlo todo palabra por palabra, como hice al principio. Sin embargo, he abordado las críticas más importantes dentro de mi respuesta. Y otra vez, una de las razones más importantes era qué características debía tener un profeta de Dios para ser profeta. Sobre este tema ya había escrito, señalando su versículo. Se decía: «Si aquello que un profeta dice no ocurre ni se cumple, ese profeta ha mentido en el nombre de Dios». En el libro de la Repetición de la Ley, o Deuteronomio, 18:20-22. Solo que tampoco podemos tomar este versículo como «esta es una medida absoluta» para un profeta. Porque, como también había escrito, aunque ese profeta sea un profeta falso, lo que dice puede llegar a cumplirse. Esto también está escrito en Deuteronomio 13:1-3. Cuando se profundiza mucho, a veces puede resultar muy difícil comprender si una persona es profeta o no. Porque también lo que dice un profeta falso puede cumplirse. A pesar de que todo esto es así, aquello que el profeta comisionado por Dios dice en vida debe cumplirse sin falta. Esto es una condición. Por eso necesitamos también, en grado extremo, el conocimiento. Pero si ese conocimiento se da conforme al dogma, las interpretaciones y las doctrinas de un Testigo, de un católico, de un musulmán, de un judío o de cualquier religión, entonces todas estas religiones considerarán sin falta, pero sin falta alguna, mentiroso y falso a aquel verdadero profeta de Dios que venga. Como todas las religiones trabajan en total oposición a la voluntad de Dios, así como en el pasado, en cuanto no aceptaban a los profetas que venían, se les oponían e incluso los mataban, ahora también, si viniera un profeta, todas estas religiones que he nombrado y las que no he nombrado no lo aceptarán. ¡Uno de los primeros que se opondrán son los Testigos de Jehová! ¿Cómo puede ser que Dios, sin pedirles permiso, haya nombrado profeta no a uno de su cuerpo gobernante, sino a otra persona? Ese profeta solo podría pedirles permiso a ellos, y aunque el mundo entero alabara a esos por causa de aquel profeta, aun así apenas dirían «bueno, que pase». Si conviniera al pulso y a los intereses del pueblo, y si él estuviera dispuesto a decir «sí» a todo lo que estos digan, entonces tal vez. Por otro lado, el hombre que hiciera todo esto ya no sería, ni podría ser, un profeta de Dios.

Pero quedémonos en nuestro tema e investiguemos si hay al menos una profecía que debiera cumplirse en vida de Mahoma. El significado de la profecía era «que se anuncien de antemano las advertencias y la palabra de Dios y los acontecimientos que ocurrirán en el futuro». Y a la persona que anuncia y proclama esto se le llama profeta. En términos sencillos, esto es así. En esta última serie de escritos de los Testigos acerca del Corán (1 de noviembre de 1965), también se aborda este tema. Ellos sostienen que el segundo versículo de la sura de los Romanos es en realidad una profecía absurda. Ya lo dijimos: una vez que alguien toma partido a toda costa, diga lo que diga el otro, para el que ha tomado partido eso siempre es absurdo, es erróneo. En este versículo, el Corán habla de que los romanos serían vencidos y de que luego volverían a vencer. Con los «romanos» de estos versículos se alude al antiguo Bizancio, o con su otro nombre, al Imperio Romano de Oriente. Y quienes los derrotaron fueron los persas, un pueblo de una región del actual Irán. Mahoma dice de antemano, otra vez, que dentro de tres a nueve años los romanos vencerían. (Los Romanos, sura 30:2-4) Los Testigos sostienen respecto a esta profecía que, en aquel tiempo, cualquiera de perspicacia aguda también podría haberlo dicho de antemano. Porque, se dice, los romanos eran en aquel entonces la potencia mundial del momento, y que vencieran es normal. Sin embargo, no olvidemos que la primera vez fueron vencidos. ¿Y qué decir de que lo dicho tuviera que ocurrir precisamente entre esas fechas? No se dice seis meses ni dos años. Tampoco se dicen doce años. Se habla de que ocurriría dentro de tres a nueve años. Aunque estos tres a nueve años parezcan una cifra flexible, aquellas palabras se cumplieron entre esas fechas. Mientras que en nuestro tiempo todo puede calcularse mucho mejor, aun así vemos que incluso en los cálculos de los países que dominan el mundo se equivocan muchísimo. Eso significa que no es tan fácil decir con exactitud los acontecimientos futuros con una perspicacia tan aguda. ¡Y siendo así, ¿cómo lo supo Mahoma?! Yo no me detendré demasiado en este tema. Porque para mí hay profecías más importantes cuyo cumplimiento era aún más imposible. Por supuesto, este tema no es abordado en absoluto por los Testigos. Por ejemplo, después de que Mahoma proclamara que era profeta, como intentaron matarlo, se vio obligado a huir de aquel lugar. Si no me equivoco, a su lado había solo una persona, nadie más. Bajo muchas condiciones difíciles, con el tiempo esos partidarios se multiplican. A pesar de ello, para prever la realidad de que Mahoma regresaría de nuevo a aquel lugar y de que, además, todo el pueblo de aquella región aceptaría el islam, verdaderamente hay que ser profeta. Y eso está escrito en la sura de la Conquista, en el versículo 27. Allí:

Dios confirmó a su Mensajero el sueño verídico que le había mostrado. Si Dios quiere, entraréis seguros en la Mezquita Sagrada, sin temor, unos con la cabeza rapada y otros con el cabello recortado. Él sabe lo que vosotros no sabéis. Además de esto, dispuso una victoria cercana. Sura 48:27

Todos estos acontecimientos, que Mahoma inició prácticamente él solo, se cumplen en su vida. Una de las cosas de las que más se enorgullecen los Testigos es también de su número. Con las últimas cifras actuales han superado ligeramente los 6 millones en todo el mundo. En cambio, los demás cristianos, de quienes dicen: «la maldición de Dios caerá sobre ellos, nadie salvo nosotros podrá salvarse», son más de 2 mil millones, ¡y justo después viene el islam! Según las últimas cifras que conozco, 1.400 millones. Si la bendición está en el número, ¿no tendrían entonces estos Testigos que ver a Mahoma como alguien exitoso, como alguien que recibió bendición de Dios? Yo no quiero detenerme en las cifras. Los que se enorgullecen de estas cifras son los Testigos. Yo intento mostrar lo ridículos que son. Si hay una verdad, es que las profecías que Mahoma pronunció en vida, incluso aquellas dos profecías difíciles de creer, se cumplieron. Que la gente lo acepte o no lo acepte, esto es una realidad de la historia del islam. Quien no lo quiera aceptar significa que tampoco acepta las profecías que aparecen en la Sagrada Escritura. Algunos, alegando que aquellos acontecimientos mencionados fueron redactados después de haber ocurrido, califican de fraude las profecías de la Sagrada Escritura. ¿Y saben quiénes? ¡En general, los pensadores cristianos que son los representantes de este libro! ¡Ojalá estos no piensen más!

De nuevo, incluso los Testigos, en los últimos párrafos, refiriéndose a una realidad, subrayan que con la proclamación de Mahoma de sí mismo como profeta, al menos durante un tiempo cayó en la situación de una persona nada querida. Con palabras semejantes, por decir así, quieren decir: «¡tengan cuidado, miren, si ustedes se ponen a defender el Corán, podrían entrar en la clase de personas no queridas, como Mahoma!». Y los que dicen esto son, por decir así, los que animan diciendo «sigan las huellas de Jesús el Mesías». Cuando llevaron a Jesús a la muerte, no tenía a su lado ni una sola persona que tomara su partido. Fíjense: no digo «cuando lo llevaron a pasear», digo «cuando lo llevaron a la muerte». ¿Por qué lo mataron? ¿Acaso porque abrió los ojos de los ciegos, sanó a los cojos, hizo que los sordos oyeran, que los mudos hablaran, que los paralíticos caminaran y que los muertos resucitaran? Todo esto lo cumplía Dios en aquella persona. ¿Por qué? Porque quería decir: «Crean en él, YO estoy con esa persona». (Juan 11:32-42, especialmente el versículo 42) ¿Y qué dijo Jesús? «Si a mí me hicieron esto, cuánto más les harán a ustedes». (Juan 16:20) Pero miren lo que el propio Jesús dice a semejantes personas fraudulentas e hipócritas:

¡Vamos, terminen la obra que comenzaron sus antepasados!

«¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparán del castigo del infierno?

Por eso yo les envío profetas, sabios y escribas. A algunos de ellos los matarán y crucificarán; a otros los azotarán en sus sinagogas y los perseguirán de ciudad en ciudad.

De este modo, seréis responsables de la sangre de toda persona justa derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Berequías, a quien matasteis entre el templo y el altar.

En verdad os digo: de todo esto será responsable esta generación.

¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas, pero vosotros no quisisteis! Mateo 23:32-37

Después de leer estos versículos, cuando uno lee los últimos ánimos que los Testigos escriben acerca de Mahoma, «cuidado, no sean como él, no era alguien muy querido», ¡qué creíbles resultan! Como dijo Jesús, estos son justamente «víboras hipócritas». Califican a las Naciones Unidas (ONU) de «congregación de Satanás», pero mientras estas no les pongan límites, siguen siendo allí miembros. En sus explicaciones dicen que se hicieron miembros de las Naciones Unidas para obtener información de la biblioteca de archivos que hay allí. ¡El pueblo de Dios en la tierra se alimenta del alimento de las Naciones de Satanás! ¡Qué asombro: Dios da a esta gente, por medio de Satanás, el alimento con el que alimentará a su pueblo! Por otro lado, a alguien que hace tareas de limpieza en un cuartel para ganarse el sustento lo expulsan de inmediato de entre ellos diciendo «has servido a Satanás». Miren la lógica. Déjenme decirles algo mucho más claro. Sin duda, todos en el mundo tienen sus errores y también sus pecados. Pero al creer en semejantes personas hipócritas y seguir tras ellos, no solo amontonamos delito sobre delito, error sobre error; sino que, además, al cargar voluntariamente sus inmundicias sobre nuestras espaldas y hacernos partícipes de ellos, pisoteamos todos los valores bajo nuestros pies. A causa de esos valores que así pisoteamos, sin duda Dios nos mira con ira. Después de todo esto, ¿todavía, sin vergüenza, esperamos la salvación? ¡Y encima, siendo el único pueblo digno de ella sobre la tierra! Miren la aberración en la fe, y luego sigan llamando a estos «el pueblo elegido de Dios».

¿Existe alguna profecía escrita de antemano acerca de Mahoma?

Bajo este tema también hay puntos que criticar. Los pensadores islámicos han dicho: «En el Evangelio se menciona que Mahoma vendría como profeta». En aquel tiempo yo tampoco conocía el significado de ese versículo. Ese pasaje está escrito en Juan. En los versículos 16-17 y 25-26 del capítulo 14 se entiende que se refiere al espíritu santo; pero, a su vez, en los versículos 26-27 del capítulo 15 de Juan y, lo más importante, en el versículo 13 del capítulo 16, es seguro que no se habla del espíritu santo, sino de una persona. Vamos a tratar este tema un poco más a fondo.

Jesucristo y algunos otros profetas, al pronunciar profecías, a veces abordaban dos acontecimientos y tiempos distintos bajo una misma profecía. Por eso puede parecer que todo se refiere a un solo acontecimiento. Por ejemplo, la profecía que tiene que ver con un fin universal es una cosa; la profecía que tiene que ver solo con el fin de Jerusalén y del templo no se trata bajo otro tema, sino que se trata bajo el mismo tema. (Véase Mateo 24:1-31 ; Marcos 13:1-32 ; Lucas 21:5-28). Uno solo puede ver esta diferencia cuando investiga con atención. También, por ejemplo, que Jerusalén sería devastada está escrito claramente solo en el versículo 21:20 de Lucas. En las demás profecías, en cambio, todo se relata como si fuera uno y el mismo acontecimiento. Aunque Lucas escribe el tema desde otro ángulo, deja en el lector otra impresión. De modo que, esta vez, cuando la persona lee lo que está escrito en Lucas, puede suponer que este acontecimiento es solo para Jerusalén y esperar que, inmediatamente después de este acontecimiento, venga un fin. Los que leen a Mateo y a Marcos, en cambio, pueden entender que se refiere solo a la profecía de un fin universal. La verdad es que Jesús, como conocía la semejanza entre los acontecimientos que ocurrirían en los últimos días y los acontecimientos que sobrevendrían a la Jerusalén de aquel entonces, relató ambos temas bajo una misma profecía.

En pocas palabras: así como aquellas profecías relatan en un mismo lugar dos acontecimientos distintos pero semejantes, así es también la profecía de Juan acerca de Mahoma. En esta profecía se habla de un «Consolador». Este Consolador, que es el Espíritu Santo, fue dado a todos aquellos creyentes después de la muerte de Jesús. Y ellos, de manera milagrosa, comenzaron a hablar en las lenguas de naciones que no conocían ni habían aprendido de antemano. Además, este espíritu vino sobre aquellas personas de una manera visible a los ojos. (Hechos de los Apóstoles 2:1-4 y 10:44). Pero Juan 15:26 también escribe lo siguiente:

«Cuando venga el Ayudante que yo os enviaré de parte del Padre, es decir, el Espíritu de la Verdad que procede del Padre, Él dará testimonio de mí.

Con este versículo no se puede demostrar claramente si se dice o no algo acerca de Mahoma o de un profeta. Pero Juan 16:7-14 está escrito de una manera que no admite duda alguna. Leamos juntos las palabras de Jesús sobre este tema.

«Os digo la verdad: os conviene que yo me vaya. Porque si no me voy, el Ayudante no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré.

Y cuando Él venga, mostrará al mundo su culpabilidad en cuanto al pecado, la justicia y el juicio venidero. En cuanto al pecado, porque no creen en mí.

En cuanto a la justicia, porque voy al Padre y ya no me veréis.

En cuanto al juicio, porque el soberano de este mundo ya ha sido juzgado.

Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar.

Sin embargo, cuando Él, es decir, el Espíritu de la Verdad, venga, os guiará a toda la verdad. Porque no hablará por su propia cuenta, sino que dirá solo lo que oiga, y os anunciará las cosas que han de venir.»

En el Evangelio, cuyo idioma original es el griego, al decir «Él» se refiere a una persona de sexo masculino. En turco es difícil percatarse de esto. En turco, a partir del pronombre que se usa para una persona, distinguir su género es imposible, tal como ocurre en este ejemplo.

Dijimos que el Evangelio se escribió en griego. Se tradujo también a muchísimos idiomas. A algunos idiomas, como el árabe, el griego, el inglés, el francés y el alemán, se les llama idiomas ricos. Es decir, cuando se usa una palabra, generalmente tiene un solo significado. En los idiomas pobres, en cambio, una misma palabra puede usarse con muchos significados. Por ejemplo, «çalmak» en turco significa tanto robar como tocar un instrumento musical. O «gül», que significa sonreír, y al mismo tiempo se refiere a una flor. «Yat» significa acuéstate, y a la vez se refiere al bote en el mar. Hay muchísimos ejemplos como estos. Esta situación existe también en los idiomas que llamamos ricos, pero, en comparación con los idiomas pobres, es menor. Además, entran en juego muchísimas diferencias gramaticales. Otra vez, en turco, cuando se dice «O», eso puede referirse a una mujer, a un niño, a un hombre; incluso puede referirse a un objeto. Ahora, en el turco nuevo, cuando se habla de Dios y de los profetas, lo escriben con «O» mayúscula. En nuestra época todos eran iguales. Aun así, no sé si en la gramática del idioma turco existe exactamente tal cambio. Esta diferencia se puede ver en la nueva traducción del Libro Sagrado en turco frente a la vieja traducción. Al menos al hablar de Dios y de Jesús se ha hecho así. En cuanto a las personas, en cambio, se sigue el viejo método que conocemos. Pero en griego, en alemán y en inglés, cuando se dice «Él», sin falta se entiende si es hombre o mujer, objeto o niño. Porque en esos idiomas se usa una palabra distinta para cada género. Por eso es difícil demostrar esta cuestión a partir del Libro Sagrado en turco, pero aun así hay muchos otros métodos de demostración. Espero que lo entendáis mientras explico el tema.

Además, ¿qué es el Espíritu Santo? Esto también hay que explicarlo.

El Espíritu Santo no es una persona, sino la fuerza activa de Dios. Es como la mano o el brazo de una persona; la mano y el brazo, en cambio, no son una persona. Es decir, si mi mano golpea a alguien, no puedo decir: «yo no lo hice, sino que mi mano lo hizo». Dirían que estoy «loco» y meterían al hombre en el manicomio. O tampoco es normal la persona que habla con la mano. Sin embargo, ¡cuántas cosas hacemos con la mano! Pero todo esto, y los miembros de nuestro cuerpo (como la mano, el brazo, el pie, el ojo, la boca), los dirige nuestro cerebro; en pocas palabras, los dirigimos nosotros. De lo contrario, estos órganos que hemos enumerado no tienen ni capacidad de pensar, ni inteligencia para ejercer una acción propia, ni voluntad ni nada por el estilo. Si hay que compararlo, el Espíritu Santo es así también, es decir, es la fuerza activa de Dios. Solo esto sabemos. Acerca de que Dios creó el mundo con su poder y del uso de su espíritu, está escrito lo siguiente:

La tierra estaba desordenada y vacía; y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo; y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Génesis 1:2

Como los Testigos no creen en la trinidad, sus conocimientos acerca del espíritu de Dios también son semejantes a lo que yo he explicado. Ellos también dicen, acerca del espíritu de Dios: «esta es Su fuerza activa». A diferencia de las religiones católica y protestante, no ven al Espíritu de Dios como una persona. Estos conocimientos están en armonía también con el Libro Sagrado y el Corán. De hecho, las religiones del cristianismo, como prueba, apoyándose sobre todo en estas palabras proféticas que Jesús dijo acerca de Mahoma, hacen del Espíritu Santo una persona y lo adoran como Dios. Intentaré explicar con pruebas lo que quiero decir.

En un versículo, en Mateo 12:32, se dice: «Al que hable una palabra contra el Espíritu Santo no se le perdonará, ni en este siglo ni en el venidero». Lo que en este versículo se quiere decir con Espíritu Santo es sentir odio contra el propio Dios en persona, contra sus obras, contra lo que ha hecho y lo que hará. Si el Espíritu Santo fuera, como cree el mundo cristiano, un tercer Dios distinto de Dios y de Jesús, ¿no debería entonces este versículo enumerarlos a todos? Es decir: Dios, Jesús y el Espíritu Santo. ¿Por qué dice solo Espíritu Santo? Si vamos a creer, otra vez, como el mundo cristiano, según este versículo la persona podría odiar a Dios, ¡pero no al Espíritu Santo! Y esto qué absurdo sería. Aquí, en realidad, lo que se quiere decir es únicamente Dios, y el Espíritu Santo no es una persona aparte de Él. El Espíritu Santo no es sino Su fuerza, Su poder, Su fuerza activa para ejercer acción.

Acerca del Espíritu Santo, como he dicho, los Testigos, gracias a Dios, tienen en parte una comprensión correcta. Pero, a causa de la comprensión errónea que tienen en otros temas, este conocimiento correcto que poseen también los hace caer en su propia trampa. De hecho, si entendemos bien un versículo e interpretamos mal otro, deberíamos darnos cuenta de algo: y es que en algún punto hemos cometido un error. La otra alternativa es no aceptar nuestro error e intentar, a la fuerza y a duras penas, hacer que las demás explicaciones que hemos dado encajen unas con otras. El ejemplo más claro que quiero explicar sobre este tema será justamente el de si lo que se quiere decir con estos versículos que acabo de mencionar es Mahoma o el Espíritu Santo. Vengamos a aquel versículo de Juan que no admite discusión alguna.

Sin embargo, cuando Él, es decir, el Espíritu de la Verdad, venga, os guiará a toda la verdad. Porque no hablará por su propia cuenta, sino que dirá solo lo que oiga, y os anunciará las cosas que han de venir. El versículo de Juan 16:13.

Después de estas explicaciones, pensad de nuevo en el versículo que he vuelto a escribir arriba. Jesús dice: «No hablará por su propia cuenta». En primer lugar, el «Él» que aparece aquí se refiere a una persona de sexo masculino. Nadie tiene objeción alguna a que sea así. Como he dicho, dado que el turco es pobre en este punto, a nosotros nos puede costar entenderlo. En segundo lugar, al decir «no hablará por su propia cuenta», significa que Él tiene la capacidad de hablar por su propia cuenta. Y esto quiere decir claramente que existe su propia voluntad. ¿Cómo podría el Espíritu Santo tener la capacidad de hablar por su propia cuenta? Nuestra mano también es una fuerza, pero ella no puede hacer nada por sí misma. Dejemos la mano: ni siquiera nuestra boca puede hablar por sí misma. Si no tenemos un impedimento físico, todo depende de nuestra voluntad; dirigimos todos estos órganos nuestros desde nuestro cerebro.

Continuando de nuevo acerca de aquella persona, Jesús dice: «dirá solo lo que oiga». Y encima, quienquiera que sea este, tiene también la capacidad de oír. ¿Acaso nuestra mano, nuestro brazo, oyen? Si el Espíritu de Dios es Su fuerza activa, ¿cómo podemos decir que posee estas características? Sí, el espíritu santo posee estas características, pero no como una persona. Nuestros oídos oyen, pero el oído no es una persona con género. Porque al decir en la profecía que Él no hablará por su propia cuenta, sino que dirá solo lo que oiga, está clarísimo que tiene una personalidad propia. Aparte de que tenga su propia voluntad, tenga sus propias facultades de oír y también la capacidad de hablar, además será una persona, y por si fuera poco, una persona de sexo masculino. Acerca de Dios también se usa el pronombre de persona masculina, esto es cierto. Pero en ningún lugar del Libro Sagrado, salvo en este versículo que está escrito solo en Juan, se escribe algo así acerca del Espíritu Santo, y en Juan tampoco se quiere decir el espíritu santo. Porque el «Él» que aparece aquí no es el Espíritu Santo, sino una persona de sexo masculino, un ser humano.

Por mucho que forcemos este versículo, no podemos torcerlo de ninguna manera hacia otro lado, ni como el mundo cristiano ni como los Testigos. Pero cuando se dice que es un ser humano, una persona de sexo masculino, un profeta, las palabras de Jesús encajan a la perfección. Esta vez el significado de aquellas palabras resulta más comprensible y lógico.

Porque un ser humano tiene su propia voluntad, es decir, la capacidad de decir y de oír por su propia cuenta. Que haga esto no por su propia cuenta, sino porque otro se lo dice, quiere decir que obedece, y esto también se atribuye a un ser humano. Nuestra mano y nuestro brazo, si pertenecen a nuestro cuerpo, ¿acaso se dice «mi mano me obedece»? La gente nos miraría con cara de tontos. Porque la obediencia no se espera de cosas inanimadas. Nuestra mano es como una herramienta, un utensilio, una máquina, un ordenador. Que se muevan no las convierte en un ser vivo con personalidad. Yo, en cambio, me refiero a seres vivos que tienen libre voluntad, que pueden pensar, que tienen inteligencia y sentimientos. La obediencia solo se espera de ellos, es decir, de las personas. Si hacemos del Espíritu Santo algo que posee una voluntad propia, al decir que no habla por su propia cuenta, sino lo que oye, no solo se convierte en una persona aparte, sino que al mismo tiempo pasa a tener una voluntad y una personalidad aparte de Dios. Y con esto convertimos a Dios en un tronco ciego, en un ídolo sin mano ni brazo, es decir, sin fuerza ni poder. Pues así es: si toda la fuerza está en el Espíritu Santo y él es otro Dios, entonces significa que el Dios que nosotros conocemos no tiene fuerza alguna. En este tema, la lógica y la creencia cristianas funcionan exactamente así. Esos son lugares donde abundan los conocimientos disparatados acerca de Dios.

El Corán, por su parte, confirma este tema del que hablo y dice lo siguiente:

Y recuerda cuando Jesús, hijo de María, dijo: «¡Oh, hijos de Israel! Yo soy el Mensajero de Dios para vosotros, confirmador de la Torá que vino antes de mí, y anunciador de un Mensajero que vendrá después de mí, cuyo nombre será Ahmad…» Sura As-Saff, 61:6

En este tema también los puntos que criticar son grandes. Ahmad significa el alabado, aquel a quien se da gracias. Los cristianos, en cambio, dicen: «Jesús dijo »consolador«, no dijo »alguien alabado«». Ya lo dije: las personas que hablan así, o no conocen el libro que tienen en las manos, o lo hacen a propósito. Si el nombre de Mahoma no hubiera sido Ahmad, sino otro nombre árabe que significara consuelo, ¿acaso ellos habrían creído en eso? Definitivamente no. Con tal de que la persona quiera objetar, encuentra tantísimos caminos. Aclaremos también este tema poniendo un ejemplo del Evangelio.

Dijimos que hay muchas profecías acerca de Jesucristo. Basta con detenernos en una sola. Y además, en el Evangelio, estos son los versículos relativos al nacimiento de Jesús. El apóstol Mateo lo escribe explicándolo todo. Allí dice:

María dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque Él es quien salvará a su pueblo de sus pecados. Mateo 1:21

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que el Señor había anunciado por medio del profeta, diciendo: «He aquí, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel». Emmanuel significa Dios con nosotros. Mateo 1:22-23 (Isaías 7:14)

El apóstol Mateo explica también el significado de Emmanuel. El nombre Jesús, por su parte, significa «Dios Salvador» o «Dios Salva». Así como estos nombres no son palabra por palabra iguales en las profecías acerca de Jesús, también hay profecías escritas con otros nombres de muchos significados distintos acerca de Jesús. A veces se dice Siloh (Génesis 49:10), a veces Emmanuel, y a veces se expresa como el Verbo, es decir, la Palabra. El versículo de Juan 1:1 y 14.

Nota: El versículo 1:1 que aparece en el apóstol Juan no es erróneo, pero puede ser malentendido. Allí se dice: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios». En realidad, decir «el Verbo era un dios» habría sido más significativo y distintivo. Porque en temas anteriores leímos que existen muchos dioses, e incluso que Dios calificaba a sus profetas como dioses. Para poder distinguirlo, en esta oración debería haberse dicho «un dios». Porque esos versículos hablan tanto de Dios como de Jesús. De lo contrario, resulta difícil hacer la distinción de otra manera. Traducciones así fuerzan a la persona a creer necesariamente según la mentalidad cristiana. La traducción del Libro Sagrado que los propios Testigos hicieron es también, de vez en cuando, como esas traducciones sesgadas que estos mismos cristianos hacen por influencia de sus propias enseñanzas. No digo que sea errónea, pero, al traducir sus libros, tienen mucho afán por usar necesariamente palabras acordes con sus enseñanzas. Es decir, de ninguna manera hay imparcialidad.

Si resumimos brevemente el tema así: en cuanto a los nombres anunciados de antemano acerca de Jesucristo y de otros profetas, no esperemos que aquellas personas vengan palabra por palabra con ese mismo nombre propio. También acerca del profeta Juan se dice «la voz del que clama en el desierto». Sin embargo, el significado del nombre de Juan no es ese. Juan significa «Dios es misericordioso». Decir «que clama en el desierto» era subrayar una profecía acerca de que él, efectivamente, llamaría a la gente al arrepentimiento en el desierto y los bautizaría de sus pecados; no su nombre. (Juan 1:21-23)

Siendo así todas estas verdades, ¿cómo puede esperarse que necesariamente, palabra por palabra, el nombre de Mahoma fuera igual como «Consolador» y no «Ahmad»? Aquí las palabras tienen significados como calificativos. Así como Emmanuel, «Dios está con nosotros», tiene un significado, también el nombre Jesús, que significa «Dios Salvador», es significativo. Así como Ahmad significa «el alabado», también «consolador» es significativo, y estas expresiones se cumplieron sobre aquellos profetas. Pero así como los judíos, tal como hicieron estos, no creyeron en Jesús, tampoco es nada nuevo que estos no crean en Mahoma. Además, si la persona que escribió o proclamó este Corán hubiera sido un impostor, ¿por qué habría alargado tanto el asunto? Habría dicho: «Jesús habló acerca de mí, el consolador que menciona allí soy yo». Algunas personas pueden pensar: «¡Ah, ojalá hubiera sido así!». ¿Acaso, si hubiera sido así, estos habrían creído? No; esta vez habrían dicho que era aún más impostor. En realidad, si Mahoma hubiera sido de verdad un impostor, entonces creo que los primeros en creer en él habrían sido los que se hacen pasar por cristianos; pero ese es otro tema.

Tampoco he tratado párrafo por párrafo todos los temas de aquí. Algunas partes, de verdad, ni siquiera merecían la pena escribirse. El artículo «La Atalaya» que publica el Cuerpo Gobernante de los Testigos, aun aceptando incluso las revelaciones que recibió Mahoma, escribe que estas voces no provenían de Dios, es decir, del ángel Gabriel, sino de los genios, de los espíritus malignos. ¡Qué decir de una organización tan impostora y organizada, que se atribuye ser el único canal que Dios usa! Y bien, ¿de qué fuente obtienen y dicen esos frutos podridos que ellos poseen, que proclaman, todo lo que he escrito en este libro? ¿Van a decir que de Dios? Sí, y sin vergüenza lo proclaman así. Acerca de los miembros que abandonan la organización a causa de la impostura, de la injusticia, de la soberbia y de muchas otras cosas repugnantes, al decir «Dios cribó a su pueblo con el harnero», no solo defienden únicamente sus propios errores, sino que además atribuyen a Dios todas esas cosas repugnantes que hacen.

En mi opinión, el camino por el que ellos van es fácil de entender, pero es difícil entender a quienes los siguen. Estos pobres desgraciados, como los burros, han cargado sobre sus espaldas los fardos de aquellas personas impostoras, y ellas, desde la mismísima América, les gritan «¡arre!» a toda esa gente del mundo entero. Por favor, demostremos que somos seres humanos y no burros, y entendámoslo ya. Y este asunto de gritar «arre» no penséis que es una característica propia solo de los Testigos. Yo, por lo general, sobre esta religión trato mis escritos poniendo el énfasis en los temas relacionados con ellos, y por eso uso sus nombres, nada más. De lo contrario, en nuestra tierra hay muchos Estados, opresiones, organizaciones, religiones y sectas que dejan pequeños a los Testigos. ¿No está acaso claramente a la vista que el mundo, hasta cierto tiempo, no está en la voluntad de Dios, sino en la voluntad de Satanás? De no ser así, ¿acaso pediríamos con fervor en nuestras oraciones que la voluntad de Dios se haga en la tierra así como en los cielos? (Esta es la oración modelo de todos los cristianos, Mateo 6:10)

Estas son todas las respuestas que voy a dar a esta serie de escritos que los Testigos escribieron acerca del Corán. Como estos temas se tratan continuamente en mi libro, aceptadlos también como respuestas correspondientes a estos. Omití algunas partes que aparecen en estas series pero cuya respuesta escribí bajo otros temas. Por ejemplo, había mencionado de qué cosas hablé con el ministro de medio ambiente. Por eso, temas que aparecen también en la revista, como «¿Fue Jesús ejecutado o no fue ejecutado?», no los volví a tratar aquí una y otra vez.

Preparativos para el viaje a Estados Unidos

26 de marzo de 2004

Si quieres conocer a alguien, escúchalo también de labios de su enemigo. Yo también creí en el Corán después de escuchar a esta gente. En toda mi relación con los Testigos, las pruebas más contundentes que recibí de ellos de que el Corán «no puede ser palabra de Dios» eran precisamente lo que aquí escribí. Ni siquiera mencioné sus disparates. Había quienes decían cosas y más cosas. Como dije, cada uno decía algo según su educación y su capacidad. Yo, por mi parte, creía que hacían esto por ignorancia. Pensando que todo esto se debía a la culpa del mundo islámico, escribí cartas al Cuerpo Gobernante de los Testigos sobre este y otros temas. Y las cartas regresaban a los responsables de la congregación a la que asistía, diciéndoles: «ocúpense de esta persona». Y ellos seguramente respondían: «nos ocupamos, pero no quiere entender». Por muchas cartas que escribiera, la respuesta era siempre la misma. Y la respuesta la hacían redactar a alguno que estaba allí en el departamento de escritura. Es más, en una ocasión, aunque envié cartas traducidas una por una al inglés, por separado, a cada uno de los miembros del Cuerpo Gobernante, por correo certificado con acuse de recibo, aun así no llegaron a manos de las personas que yo quería. Entonces me dije: «pues iré yo mismo al lugar donde se encuentran y les explicaré personalmente los asuntos en los que creo», y fui. En realidad no tenía nada de dinero para emprender semejante viaje. Al contrario, tenía muchas deudas. Había trabajado en una empresa de construcción, y esta había quebrado sin pagarnos nuestro dinero. Estábamos en tal aprieto en cuanto al dinero que a veces ni siquiera teníamos para comprar 10 marcos de gasolina e ir una vez por semana a la reunión.

Como la estructura arquitectónica de la casa en la que vivíamos era antigua, los que vivían en el piso de arriba entraban y salían de la casa pasando por delante de la puerta de nuestro dormitorio. También al sótano más bajo había que pasar por nuestro recibidor. Cuando nos mudamos por primera vez a esa casa, había dos muchachas con aspecto de hippies. Aunque, sin razón aparente, los anillos y demás de mi señora desaparecían, ambas eran personas comprensivas en cuanto al ruido. Cuando llegaban a casa, si se había hecho tarde, tomaban sus zapatos en las manos y subían así aquellas escaleras de madera. Aunque nosotros no éramos de la clase de personas a las que tanto molesta el ruido, la buena educación de estas muchachas nos agradaba mucho. Poco después de que nos mudáramos a esa casa, si no me equivoco cosa de año y medio, ellas también se dispersaron y se fueron a otros lugares. Después de ellas se mudó a la casa una familia huida de Alemania Oriental, cuyo hombre pesaba 130 kilos. En aquel entonces el bloque oriental todavía no se había abierto. Tenían dos hijos varones y también un enorme perro negro. Que aquel hombre bajara y subiera las escaleras era algo espantoso. Era como si por las escaleras rodaran hacia abajo sacos de cien kilos. Marido y mujer, chicos y grandes, todos eran iguales. Por más que les dijimos, por más que les suplicamos de todas las maneras, nada, no sirvió. Cuanto más les decíamos, más ruidosos parecían volverse ellos. A pesar de que los dos pisos de arriba eran suyos y tenían ocho habitaciones, sus hijos hacían sonar el domingo por la mañana en el recibidor la trompeta que les habían comprado. Convivir con esta gente era algo espantoso. Además, el hombre de la casa era muy curioso. Cada vez que querían sacar a su perro a la calle, pasaban por delante de nuestra sala de estar. Nuestras puertas eran de vidrio esmerilado, pero, aunque el interior no se veía nítido, se veía. Este hombre no pasaba con su perro mirando hacia delante. Primero se detenía delante de nuestra puerta, echaba una buena mirada dentro y después seguía. Nuestros nervios habían empezado a alterarse. También le contamos esta situación al dueño de la casa. Resultó que a él también le dolía el alma. Le pagaba el alquiler una vez y tres veces no lo pagaba. O lo pagaba cuando le venía en gana, según su capricho. En aquel entonces yo leía la Sagrada Escritura. Por muy malas que fueran las circunstancias, no me importaba en absoluto. Mejor dicho, durante mucho tiempo no me importó. De todos modos, aunque fuera un animal, con esa gente cualquiera acabaría gruñendo. Yo dije: salgamos de la casa sin gruñir. Esa me pareció la decisión más sensata. Me vino a la mente un dicho que aparece en el Corán. Era un versículo que decía algo así como: «Si os oprimen, ¿acaso no había lugar adonde ir?». Es decir, era un consejo en el sentido de que «en lugar de discutir, si tienes la posibilidad, es más sensato ir a otro lugar». El dueño de la casa nos decía: «Por favor, no se vayan ustedes, yo los echaré a ellos de la casa». Y yo le decía: «No, hombre, no vaya usted a hacer semejante cosa por nosotros». Y él decía: «No es solo por ustedes, tampoco nosotros los queremos a ellos, y también nos apena por ustedes». Pero echarlos a ellos era como hacer saltar una zanja a un camello. El hospital donde trabajaba mi señora tenía viviendas para el personal. Aunque no lo deseaba en absoluto, dije: «vamos a mudarnos allí por un tiempo». Porque mudarnos a las viviendas del lugar de trabajo era para mí como venderme a aquel empleador. Cuanto mayor es la dependencia de las personas, tanto más insoportables y espantosas se vuelven ellas. Hay que darles esas facultades lo menos posible, pero la mayoría de las veces no se puede. En efecto, después de mudarnos, mi esposa se quejaba todos los días de aquel lugar de trabajo. A la muchacha la agobiaban con toda clase de cargas, y en aquel entonces nos amargaron la vida. Porque los responsables de aquel lugar de trabajo miraban tu situación de necesidad, y su comportamiento y su actitud eran acordes a ella. Aunque se diga que no es así, yo cuento lo que vi y lo que viví. Caer en manos de la gente es algo espantoso. No hago distinción de si es alemán, ni turco, ni de ninguna otra nación; digo persona, y basta. Como hacen las personas de mente estrecha, al menos me he vuelto lo bastante sensato como para no separar a la gente por naciones. Como vivimos en Alemania, de vez en cuando cuento también sus lados buenos y malos, y nada más.

Alquilamos la casa a la que nos íbamos a mudar. Nos mudaremos dentro de tres meses. También le comunicamos al dueño de la casa en la que vivíamos que nos íbamos. Ah, entretanto, sin querer, mejor dicho sin haberlo planeado, tuvimos también un bebé. En realidad, fue sobre todo por ese bebé por lo que quisimos irnos. Con muchísimo esfuerzo lográbamos dormir al niño y, en cuanto estallaba un ruido, se despertaba de inmediato. Y otra vez a bregar. Mudarse era muy costoso, pero yo decía: «no importa». Además, aquellas viviendas a las que nos íbamos a mudar eran dos habitaciones diminutas. Eran casi la mitad de la casa en la que vivíamos. Es decir, la mayor parte de nuestras cosas no cabría en aquella vivienda. Yo no pensé en nada de esto. Porque vivir en aquella casa había empezado a parecerme mucho más peligroso. Para mí se estaba convirtiendo cada vez más en una gran prueba.

Nuestra alacena de la cocina estaba fuera. Poníamos allí los alimentos y la fruta que comprábamos. Sin embargo, las cosas del refrigerador estaban dentro de la cocina. Teníamos un gasto extraño en la cocina. Sé que a veces compraba 6 o 7 kilos de plátanos. Quizá, sin haber comido ni uno solo, en cinco días se acababan todos los plátanos. Yo pensaba que era mi señora quien los comía y decía: «pero qué feo lo que hace». ¿Es que no podía dejarme al menos uno? Nosotros estábamos todo el día en el trabajo, y aquella alacena no tenía cerradura ni nada. Yo tampoco me digné a ponerle una. En realidad, hacer algo así me parecía muy feo. Solo una vez, al regresar de vacaciones, como ya cualquiera, aunque fuera ciego, lo vería, vinieron y nos dijeron lo que se habían llevado. Y, según ellos, habían tomado dos aceites y también un poco de pasta. Yo dije: «que aproveche». ¿Qué iba a decir? ¡Esta situación nuestra llevaba años así! Aun así digo: que aproveche. Y ellos, mientras vivían arriba, seguro que decían: «de todos modos hemos encontrado a unos turcos primos». Que lo digan; no eran ellos los únicos que decían que nosotros éramos primos. O bien te estafan y dicen «turco tonto», o bien, si no pueden estafarte, te odian y dicen «turco sucio». ¡Hagas el bien o seas malo, el resultado es siempre el mismo! Esto no lo puedo decir de todos. Quizá haya también muchas personas de carácter. Personas que de ningún modo se venden. Aunque muy, muy pocas, las hay. Semejantes personas están repartidas por todo el mundo. Sea de la nación que sea, así es. Pero puede que nosotros no las hayamos conocido.

Un amigo mío al que conocía desde la infancia tenía una tienda. Yo iba allí a hacer las compras. El día que alquilamos aquella casa fui allí también y con alegría dije: «me mudo de casa». Por decir algo. Al mismo tiempo hacía la compra y conversaba con el amigo. Llegué a casa y este me llamó por teléfono. Me dijo: «Si te mudas de casa, hay un amigo, un buen muchacho, su esposa y demás están en Turquía; ¿por qué no le traspasas la casa a él?». Cuando le decía: «esto no está en mis manos», me preguntó: «¿venimos a ver la casa junto con ese muchacho?». De nuevo le dije: «Claro, vengan, pero esto no es algo que esté en mis manos». Vinieron; el muchacho, por más años que llevaba casado, no había podido traer a su esposa, no sé si porque no encontraba casa o por qué. Él vivía desde hacía años en una habitación, en la vivienda del personal. No era un lugar apto para quedarse con la familia. Vio nuestra casa; por qué yo quería irme de la casa lo sabía también aquel amigo, pero aun así se lo expliqué. Dijo: «no importa». Como no tenía nada, necesitaría comprarlo y hacerlo todo de nuevo. Yo dije: «Si quieres, te lo dejamos todo, hasta las cortinas, el tenedor y la cuchara, y nos vamos así». Lo decía como en broma, y este lo aceptó. ¿Cómo no íbamos a ponernos de acuerdo también en cuanto al dinero? ¡Como si yo fuera el dueño de la casa y nosotros tomáramos las decisiones! Ellos me dijeron: «Tú hazlo, y ya está», y se fueron. Yo se lo conté todo tal cual al dueño de la casa. El hijo del dueño de la casa era un caballero. La casa la había heredado de su abuela. Justo ese año, a causa de la unificación del este y el oeste, había surgido entre los alemanes un amor por lo de Alemania Oriental. También ellos, como todos, querían dar su casa a los que venían del este. Aunque hubo quienes vinieron a verla, la casa no les gustó. Al final salió como nosotros queríamos, salió, pero hasta una semana o diez días antes de la última mudanza no dijeron que sí. Durante dos meses y medio pasamos las de Caín preguntándonos qué iba a pasar. Cuando ocurrió, me alegré tantísimo que decía: «con este dinero justamente iré a Estados Unidos». Es más, con ese dinero que recibí salpé también una de mis muchas deudas de crédito. Le había rogado muchísimo a Dios. Creo que Dios había aceptado estas súplicas mías. El muchacho que se mudó a esa casa resultó ser también una persona de espíritu conforme y un caballero. No me quedé tranquilo con el dinero que dio, y aunque le dije: «te dejo también la lavadora, y además no quiero nada de dinero», él dijo: «no puede ser». Me dije para mis adentros: «qué asombro, ¿es que también hay personas así?». Junto con nuestro bebé de ocho meses, tomando solo nuestras cosas personales, salimos de aquella casa.

Mis gestiones para obtener el visado e ir a Estados Unidos se concretaron en apenas tres meses y medio tras la mudanza. Por miedo a que, si el dinero se quedaba en mis manos, se acabara, actué muy rápido. Cierto es que de nuevo no nos quedó ni un céntimo y nos endeudamos, pero por fin pude ir. Y de haber ido, ¿qué pasó al fin y al cabo? Lo que pasó también lo iré contando poco a poco.

Cuando hacemos algo, si nuestra expectativa es conforme a nuestra propia cabeza, es imposible no llevarse una decepción. Por más que creamos dominar esa cosa, no somos más que humanos; nuestra fuerza, nuestra inteligencia, nuestras capacidades y nuestro conocimiento son limitados. Y menos mal que es así. ¡Vemos a quienes creen que su fuerza y su inteligencia son ilimitadas! La humanidad huye hasta de su entorno, de su sombra. Si no conocemos nuestro lugar, podemos volvernos como esas personas desagradables. En cuanto a las expectativas conformes a nuestra cabeza, yo pienso en un ejemplo vivido que aparece en la Sagrada Escritura, y esto me hace conocer mi lugar, me tranquiliza. Y ese ejemplo trata de un comandante de un ejército.

Este hombre tiene la enfermedad de la lepra. Y en aquel entonces la lepra no tiene cura. Una muchacha que habían tomado cautiva de Israel para que sirviera en su casa dice: «¡Ah! Ojalá mi señor estuviera delante del profeta que hay en Samaria, entonces lo curaría de su lepra», indicando así que podría ser curado de esa enfermedad. Se ve que la muchacha llegó a querer a aquella familia y a aquel hombre. Que era un hombre querido lo entendemos también por cómo hablan con él sus soldados. Se dirigen a él llamándolo «padre». Esto no es como los padrinos de la mafia de nuestros tiempos actuales. Es seguro que se trata de una palabra que aquellas personas le dicen desde el fondo del corazón a un hombre recto, honrado, indulgente, de palabra fiable y bondadoso.

Aquel jefe del ejército, cuyo nombre era Naamán, va al rey y le cuenta lo que había dicho aquella muchacha. Y el rey es el rey de Siria, y en aquellos tiempos Siria es también un reino poderoso. El rey dice: «Anda, ve, que yo enviaré una carta al rey de Israel». Naamán toma consigo regalos de oro, plata y ropa, y la carta se envía al rey de Israel. Y en la carta el rey de Siria escribe: «Ahora, cuando te llegue esta carta, he aquí que te he enviado a mi siervo Naamán para que lo cures de su lepra». Cuando el rey de Israel lee esta carta, rasga sus vestiduras. Rasgar las vestiduras es en Israel una costumbre que expresa un suceso triste, angustioso. Y dice: «¿Acaso soy yo Dios, para que me envíe a este hombre? Pero comprendan, se lo ruego, miren cómo quiere buscar pleito conmigo».

El rey de Israel piensa que el rey de Siria ha hecho esto como un pretexto para guerrear. El hombre tiene razón: ¿cómo va a curar un rey a un leproso? Además, este rey de Israel no era muy creyente, y era también alguien cuya relación con Dios era mala. Pero cuando el profeta Eliseo se entera del asunto y de que el rey había rasgado sus vestiduras, envía hombres donde él y dice: «¿Por qué has rasgado tus vestiduras? Que venga ahora a mí y sabrá que hay profeta en Israel». Y Naamán va y se detiene con sus caballos y su carro a la puerta del profeta Eliseo. Eliseo, en cambio, sin siquiera salir fuera, envía a su criado y le manda decir: «Ve y lávate siete veces en el río Jordán, y tu carne volverá a su estado anterior y quedarás limpio». Pero Naamán se enoja muchísimo y se va. Empieza a refunfuñar: «Yo creía que saldría fuera, que oraría invocando el nombre de su Dios, que agitaría sus manos y demás sobre la parte leprosa, y que la lepra se curaría. ¿Acaso no hay aguas mejores en mi propio país, para que me diga: «ve y lávate en el Jordán»?», y así, refunfuñando, se vuelve con enojo.

Cuando sus soldados ven este enojo suyo, mientras estaban cerca del río Jordán, se acercan a él y le dicen así: «Padre, si el profeta te hubiera mandado una gran cosa, ¿acaso no la habrías hecho? Cuánto más ahora que te dice: «Lávate y queda limpio»». Qué camino tan lógico y fácil de aplicar. Este consejo también convenció a Naamán, y por eso lo aplica de inmediato. Y el hombre de Dios, conforme a la palabra de Eliseo, se sumerge siete veces en el agua del Jordán. Su carne vuelve enseguida a su estado anterior, como la de un niño pequeño, y queda limpio. (2 Reyes, todo el capítulo 5)

Este hombre, quién sabe cuánto se habrá alegrado y a la vez avergonzado. Es seguro que era un caballero. De inmediato, con todo un séquito de hombres, regresa donde el profeta. Se detiene delante de él y dice: «He aquí, ahora he conocido que en toda la tierra no hay Dios, sino solo en Israel; y ahora, te ruego, recibe un regalo de este siervo tuyo». El profeta, en cambio, responde: «Vive el Señor viviente delante de quien estoy, que no aceptaré nada». Por más que insistió, no acepta.

Después, el criado del profeta, que había visto todo esto, se dice para sí: «Mi señor no ha aceptado nada de la mano de este hombre», y corre a escondidas tras Naamán. Al ver quién viene, todo el séquito se detiene. Y el nuestro dice: «He aquí que ahora mismo, después de ti, han venido dos jóvenes de los hijos de los profetas; te ruego que les des un talento (seguramente unos 34,5 kg) de plata y ropa de repuesto, pues mi señor me ha enviado a ti». Y Naamán dice: «Ten la bondad de tomar 2 talentos. Y lo instó, ató dos talentos de plata en dos bolsas junto con dos mudas de ropa de repuesto, y los dio a dos de sus criados, y los llevaron delante de él», dice así la escritura. El criado codicioso toma todo esto y lo esconde en su casa. Después, como si nada hubiera pasado, se presenta delante del profeta Eliseo. Y Eliseo le pregunta: «¿De dónde vienes, Guehazí?». Y él dice: «Este siervo tuyo no ha ido a ningún lugar». Y Eliseo le da esta respuesta: «Cuando aquel hombre se volvió de su carro para salir a tu encuentro, ¿acaso no fue mi corazón contigo? ¿Es momento de tomar plata, ropa, olivares, ovejas, ganado, esclavos y esclavas? Por eso la lepra de Naamán se te pegará a ti y a tu descendencia para siempre». Y el criado sale al instante de delante de él en un estado leproso, blanco como la nieve.

De este suceso hay tantísimas lecciones que sacar. Ojalá pudiéramos comprender lo equivocadas que son nuestras expectativas conformes a nuestra cabeza, nuestra falta de fe, nuestra ambición, la codicia y la falsedad. Y ojalá, al mismo tiempo, supiéramos también el valor de la hidalguía, la rectitud, la fidelidad a Dios y el espíritu conforme. Porque dentro de esta lección están también estas cosas.

En nuestra escuela secundaria teníamos un profesor de turco. Le decían İrfan el Loco. Se enfadaba sin razón alguna y empezaba a gritar salpicando saliva por la boca. Ni siquiera se sabía a quién le gritaba. Le había contado lo de este profesor a mi madre. Le dije: «de todos modos le dicen loco». Y mi madre me dijo: «No tengas miedo de ese hombre; las personas cuyo apodo es «loco» son buenas; teme tú a los que tienen por apodo «astuto, avispado, listo»». No olvidé estas palabras y empecé a mirar a este profesor con ojo más atento. Lo que decía mi madre resultó cierto. Y además la clase de este hombre era muy interesante. Mejor dicho, aplicaba un método al que no estábamos acostumbrados. Por ejemplo, después de tratar un tema en clase, nos preguntaba la idea principal del tema. En su primera clase, un chico levantó la mano y respondió. Lo escuchó, y luego le hizo con la mano la señal de que se sentara. Nosotros, creyendo que aquel chico había dicho algo equivocado, volvimos a levantar la mano; también los escuchó a ellos y les dijo «siéntate». Escuchó lo que dijo la tercera parte de la clase y no dijo ni «correcto» ni «incorrecto». Y nosotros empezamos a pensar para nuestros adentros: «Ya no queda idea principal ni nada, lo hemos dicho todo, ¿qué quiere este hombre de nosotros?». Comprendió esta situación y se enojó con nosotros. Dijo: «No existe una idea principal como una especie de molde». «Cada quien, según lo que haya entendido a su manera, esa es su idea principal. Yo no os pregunto qué quiso decir el autor, os pregunto cuál es para vosotros la idea principal. Además, ¿quién puede saber a ciencia cierta qué quiso decir el autor?»; que dijera esto nos dejó a todos asombrados. A la vez habíamos dicho «¡uf!» aliviados, y a la vez nos habíamos puesto a pensar. Al menos para mí sigue siendo un método así de estimulante y a la vez muy valioso. Porque aquellos profesores que buscaban respuestas de molde nos habían sacado el alma.

Imaginad a distintas personas leyendo una misma novela policíaca. Alguno lee esa misma novela y se hace policía; otro lee esa misma novela y se hace ladrón. Quienes ponen la regla de que «todos, a fuerza, deben apreciar y admirar al policía» son personas de mente estrecha. Aunque el propio autor de ese libro lo haya escrito con la intención de que se admire al policía, no hay ninguna regla de que a todos les guste ese policía. Las verdades, de todos modos, la mayoría de las veces son distintas de lo que se espera. En algunas películas también yo deseo más que se salven los ladrones que roban el banco. No sé si es porque interpretan el papel protagonista, o porque la película da más información sobre ellos y le hace ganar la simpatía del espectador; puede ser. Es más, aunque adivinemos el final de la película, aun así deseamos de corazón que ganen ellos. No es que nosotros vayamos a robar ni a asaltar bancos. Además, cuando los policías, las naciones y los estados se vuelven ladrones, la gente también empieza a mostrar la tendencia a mirar ya con otros ojos a los personajes corrientes de aquella película. Las personas de pensamiento de molde no pueden ser flexibles ni indulgentes, y no pueden comprender cosas así. En el libro Los miserables (Victor Hugo) había un jefe de policía. Era un zopenco enfermo del deber. Ni siquiera a él sus sentimientos de humanidad, sus sentimientos de conciencia, le permitieron al final cumplir aquel deber. Venció el pensamiento de la organización, no pudo cumplir el deber que debía cumplir. Esta vez se mató a sí mismo y se liberó de aquella personalidad de molde. Este no es más que un suceso que aparece en una novela, pero su lado real es enorme.

Lo que he contado se parece también mucho a la situación de los fanáticos religiosos. Los miembros que no logran soportar aquellas cargas, o se suicidan, o van a parar al manicomio, o viven de por vida enfermos del alma, deprimidos. Porque aquellos pordioseros que están a la cabeza se afanan siempre por darles sentimiento de culpa. Dándoles la sensación de que «solo si haces lo que nosotros queremos podrás estar tranquilo», se esfuerzan por amasar así la conciencia de sus miembros. Por eso los Testigos de Jehová predican, y si no predican, su conciencia se inquieta, se reprochan a sí mismos. Dicen: «Hacemos esto en nombre de Dios», pero la verdad de fondo yace en la obligación de rendir informe. Y esto es el deseo de aquellos pordioseros que están a la cabeza, no el de Dios. Cuando entrega su informe lleno de muchas horas, ese mes siente alivio. Por supuesto, esto es también una verdad implantada en su subconsciente y que ninguno de ellos aceptaría abiertamente. Ya dije que antes el rango de precursor bajó de 90 horas de predicación al mes a 70 horas. A partir de entonces ningún precursor hizo, a modo de regalo, 20 horas más de más cada mes. Si hay unas pocas excepciones, yo no las oí. ¿Y por qué será? Pues estos son los efectos de la presión de aquellos pordioseros. En cambio, quien lo hace con alegría no presta ninguna atención a estas cosas. Decir «¿qué hice en nombre de Dios? Un momento, que voy a anotar las horas» es en realidad una gran falta de educación cometida en nombre de Dios. No sirve para otra cosa que para quitarle a uno toda la alegría. Y con el tiempo solo desarrolla odio hacia ese camino. Pero aquellos pordioseros que están a la cabeza necesitan nuevos clientes, nueva sangre. Si no, ¿quiénes les untarán las palmas por debajo? ¡Quiénes les darán su papilla a la hora! Cuanto más se predica, más clientes se reúnen. Cliente significa dinero, dinero significa poder, poder significa que para ellos significa seguridad. Andan por los caminos de sus antepasados anteriores a ellos. Y luego les dicen a los recién llegados: «Entrad, burros, también vosotros a este establo», «cargad nuestra carga, ¡arre!». ¡Y encima quien hace hacer todo esto es Dios! Aplicad de corazón, contra la persona a la que más amáis, este sistema que ellos mandan aplicar, y ya veréis; no pasará mucho tiempo sin que empecéis incluso a odiarla, y no os extrañéis. Aunque no la odiéis, sin duda vuestro amor se apagará. En realidad, ¿no es este, a sabiendas o sin saberlo, el verdadero objetivo de ellos? Todos vosotros habréis oído que el objetivo de Satanás es siempre enfriar a las personas respecto a Dios, hacer que lo odien y robárselas a Él.

Bien, ¿cuál era la definición del amor según Dios?

El amor es sufrido, el amor es bondadoso. El amor no tiene envidia, no es jactancioso, no se envanece.

El amor no se porta indecorosamente, no busca su propio interés, no se irrita fácilmente, no lleva cuenta del daño.

El amor no se regocija de la injusticia, sino que se regocija con lo que es verdad.

El amor todo lo soporta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta.

El amor nunca deja de ser. 1 Corintios 13:4-8

Una persona que fuera a dar a conocer a Dios con semejante amor, ¿llevaría o no la cuenta de las horas? Decidid otra vez vosotros. No se ha visto que ningún profeta hiciera semejante disparate. No se ha oído ni está escrito que ningún Apóstol ni los discípulos de Jesús cometieran semejante falta de educación.

Cuando el profeta David era rey, quiere a toda costa saber el número de su ejército. Como si los éxitos que poseía dependieran de ese número. Y Dios se enoja con él, y este suceso causa la muerte de muchas personas. (2 Samuel, todo el capítulo 24, y 1 Crónicas, todo el capítulo 21; por favor, leedlos, es interesante) ¡Y estos, con eso de hacer rendir informe y contar horas, creen que ponen empeño en la gente! A la fuerza, con odio. Lo que se quiere decir, por supuesto, es siempre la coacción de la conciencia y la presión psicológica. Con estas reglas que ponen, se parecen al hombre que edifica una casa sobre la arena. Cae la lluvia, vienen las inundaciones, y la ruina de esa casa es espantosa. En tiempos de Jesús, dijo estas palabras dirigidas a los hombres que andaban en sus enseñanzas torcidas y deformadas. (Mateo 7:24-27) Yo, personalmente, no puedo escribir semejante informe y decir «prediqué tantas horas porque amo a Dios». ¿Es esto acaso una medida de mi amor a Dios? ¿Acaso Dios no sabe lo que hago? Este asunto queda solo entre Dios y yo. Tampoco hace falta que nadie lo sepa. Bien, ¿qué diferencia hay con los que abren su alfombra de oración en la calle y rezan? ¿Qué diferencia hay con los que, por haber ayudado, se hacen fotos a lo grande delante de los periodistas con un cheque en la mano? ¿Qué diferencia hay con los Testigos que van de puerta en puerta en nombre de Dios y luego anotan la cuenta de ello en el informe y llevan las horas? ¿Y qué dijo Jesús?

«¡Prestad atención! No hagáis vuestras obras justas delante de la gente para llamar la atención. Si lo hacéis así, no recibiréis galardón de vuestro Padre que está en los cielos.

Por eso, cuando vayas a dar limosna a alguien, no toques trompeta delante de ti para anunciarlo. Los hipócritas hacen así en las sinagogas y en las calles para ganar la alabanza de la gente. En verdad os digo que ya han recibido su galardón.

Cuando tú des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha. Así, la limosna que des quedará en secreto. Y tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará.

»Cuando oréis, no seáis como los hipócritas. A ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles para que todos los vean. En verdad os digo que ya han recibido su galardón.

Vosotros, en cambio, cuando vayáis a orar, entrad en vuestro cuarto, cerrad la puerta y orad a vuestro Padre que está en lo secreto. Y vuestro Padre, que ve lo que se hace en secreto, os recompensará.

Cuando oréis, no repitáis palabras vanas como los paganos. Ellos creen que por su mucho hablar podrán hacerse oír.

¡No os parezcáis a ellos! Porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad antes de que vosotros se lo pidáis. (Mateo 6:1-8)

Jesucristo, que dijo estas cosas, hacía la voluntad de Dios; entonces, ¿de quién hacen la voluntad los Testigos? ¿No se entiende esto con toda claridad por las palabras de Jesús? Acerca de aquellos informes de horas tienen también su cuento de que «son necesarios para las estadísticas». ¿Por qué necesitan las personas una información que despierta un propósito equivocado? Como también mencioné hace un momento, ¿acaso David no quiso, con un propósito igual a este, hacer contar a sus soldados? Bien, ¿por qué el querer saber su número fue un delito a los ojos de Dios? Porque con esto David estaba en el peligro de desarrollar una actitud espiritual de confiar, no de corazón en Dios, sino en el número de sus soldados. Por eso pagó, y pagaron, el precio de nuevo de una manera grave. (2 Samuel capítulo 24 y 1 Crónicas capítulo 21) ¿O es que los Testigos también, con eso de contar horas, se afanan por demostrar lo trabajadores que son?

En este viaje mío a Estados Unidos y en mis expectativas sobre muchos otros temas, siempre me viene a la mente el ejemplo de Naamán. La experiencia que él vivió me ha sido una gran lección, y todavía lo es. No podemos evaluar un suceso solo según lo que a nuestros propios ojos es correcto y esperar de él a toda costa un cambio conforme a nuestra cabeza. Además, nuestro conocimiento sobre estos temas a veces es tan escaso. Yo, por estas y otras razones semejantes, aprendí que siempre debemos dar lugar a la voluntad de Dios. Esto lo entiendo cada vez mejor a medida que pasa el tiempo. Nosotros estamos en la tierra, y el Señor en los cielos. (Eclesiastés 5:2) Nadie puede ser como Él, nadie puede pensar como Él. Habrá muchas cosas que tendremos que soportar, muchas cosas que tendremos que aguantar, muchas cosas que no podremos comprender. Pero nadie que espere al Señor con todo el corazón, sin dudar, y que confíe solo en Él, será jamás avergonzado. (Romanos 10:1-13)

Yo tenía que ir a Nueva York. En aquel entonces yo creía que esta gente cometía sus errores sin saberlo. Además, no me parecía que Dios me hubiera dado ni a mí ni a nadie el derecho de tener otro pensamiento. Con esto quiero decir lo siguiente: Dios, con aquellos conocimientos míos, no me daba el derecho de tener, desde donde yo estaba sentado, pensamientos como: «esta gente no atiende a razones, de todos modos lo que hacen lo hacen a propósito; digas lo que digas, es en vano». Esto significa un juzgar absoluto, y Dios no nos designó a nosotros como jueces de esa manera. Ese es asunto suyo, no nuestro. Además, con esto tampoco podemos poner una regla tajante de que «yo lo hice así» o «yo creí así». Yo fui a Estados Unidos porque creía tal como aquí lo escribí. Si tuviera los conocimientos de ahora, quizá no habría ido. Pero estos conocimientos, estas experiencias, tampoco le vienen a uno por sí solos donde está sentado. Otra persona, en un suceso parecido a este, quizá habría hecho otra cosa. Estas cosas cambiarán sin duda según las posibilidades, las capacidades, el conocimiento de aquellas personas, su amor por esa cosa y su fe.

De nuevo tengo que hacer una aclaración, porque algunas cosas podrían malinterpretarse. Por ejemplo, el Apóstol Pablo dice en 1 Corintios 6:1-5: «¿Acaso no os juzgáis los unos a los otros entre vosotros?». El juzgar que aquí se quiere decir y lo que yo quiero decir son muy distintos. Pablo dice: juzgaos los unos a los otros en un suceso que es totalmente evidente, en el pecado, en la fealdad, en la inmundicia. Esto vale para personas que han aceptado unas mismas normas morales y de vida divinas, no para un extraño. Es más, el hombre del que Pablo dice: «Sacad de entre vosotros a semejantes personas», ¡se había tomado a la mujer de su padre! Y juzgar a tales personas no puede ir más allá de sacarlas de entre vosotros. De nuevo Pablo, incluso acerca de esta persona, dice más adelante que, por haberse arrepentido, se le vuelva a admitir entre ellos. Pablo lo indicó en la carta que escribió en 2 Corintios 2:5-11. Y la forma de juzgar de la que se habla tampoco era quemar vivo en el fuego ni cortar la cabeza, como ha hecho la iglesia hasta este último siglo nuestro. La forma de juzgar que Pablo quería decir es simplemente apartar de entre ellos a quienes, aunque le dieron su palabra a Dios, no viven conforme a esa palabra. Aquí Pablo tampoco quiso decir, como los Testigos, que, después de dejar de forma sistemática a la persona sin ninguna otra persona a su alrededor y hacerla dependiente solo de uno mismo, se la eche de entre ellos declarándola merecedora del infierno por haber dicho que «Dios ve siempre el futuro». Tampoco dijo jamás que se pueda declarar hijo de muerte a quienes no crean en sus propias enseñanzas o en las fechas que inventaron, como 1878-1914-1918…1975. Si ellos pretenden poseer una autoridad tan grande, que no olviden que sufrirán también un juicio igual de grande. Y quienes crean a los que dicen: «Seguidnos, no temáis, que vuestro pecado caiga sobre nosotros», que no tengan tampoco muchas esperanzas de salvarse. Si el pueblo de Israel se salvó por seguir a sus reyes y a sus sacerdotes con sus obras torcidas y retorcidas, entonces ellos también se salvarán. Pero si aquellos no pudieron salvarse, tampoco estos se salvarán. Es así de sencillo.

Bien, ¿acaso las cosas que escribo en este libro no son juzgar a todas estas religiones?

Yo solo saco a la luz sus obras, y sobre esas obras me esfuerzo por mostrar y demostrar, a partir de los libros, el juicio de Dios. Si esto es un juicio, no soy yo, sino Dios, quien ha juzgado. Y esto será exactamente como dijo Jesús:

Al que oye mis palabras y no las guarda, no lo juzgo yo. Porque yo no vine a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo. Hay quien juzgará al que me rechaza y no acepta mis palabras. La palabra que he hablado es la que lo juzgará en el día final. Porque yo no hablé por mí mismo. El Padre mismo, que me envió, me mandó lo que debía decir y lo que debía hablar. Sé que su mandamiento es vida eterna. Por eso, lo que hablo, lo hablo tal como el Padre me lo ha dicho. Juan 12:47-50

¿No indica Jesucristo con esto claramente qué es lo que juzgará a una persona? Yo también, con todo lo que aquí he escrito, he puesto mucho cuidado en no hablar de una justicia, una rectitud y una verdad conformes a mi propia cabeza. Con las palabras que me esfuerzo por demostrar a la luz de las Escrituras Sagradas en las que ellos dicen creer, ya sea la Sagrada Escritura, ya sea el Corán, intento explicar el juicio que caerá sobre sus cabezas. Esos libros tampoco los escribí yo, para que digan «se lo inventa de su cabeza». La decisión, en cambio, la tomará cada quien por su cuenta. Al hacer esto, ¿acaso cometo yo un delito por advertir a una persona, a una sociedad, a una religión o al mundo entero? No, todo lo contrario; saberlo y no advertir, ese es a los ojos de Dios el verdadero delito. (Ezequiel 3:18-21) Ojalá aquellas religiones, naciones y personas fanáticas, mojigatas, chupasangres, ladronas de almas, que no tienen más provecho que quitar vidas y que solo llevan a la gente a la infelicidad; sí, ojalá todas ellas se volvieran al Dios verdadero e hicieran su voluntad. Pero, dado que no lo hacen, si esta gente estuviera conmigo, ¿acaso yo también, por sus obras, no las juzgaría echándolas de entre los míos? Sin duda lo haría. Ea, entonces, ¿cuál es la diferencia? La diferencia no está en juzgar; en realidad, la diferencia está en qué y por qué se juzga. Si no, sea quien sea, ya sean los Testigos, ya sea la iglesia, o alguna otra religión o nación, nadie puede decirles «¿por qué juzgáis?». Por supuesto que habrá también juez, se juzgará también, y también se castigará al culpable. Yo no me opongo a que juzguen; me esfuerzo por mostrar los temas que juzgan, cómo lo hacen y esas obras sucias suyas lejos de Dios. En resumen, con este libro me esfuerzo por escribir cómo los culpables juzgan a los inocentes. No lo habéis leído al revés: en nuestro mundo, los culpables juzgan a los inocentes. Las personas merecedoras de juicio condenan a los inocentes. Coronaron a quienes debían ser esclavos, sirvientes, y los sentaron sobre nuestras cabezas; fueron ellos quienes juzgaron a esta humanidad. En este libro hablo de estas cosas al revés, no de que juzgar sea algo malo. Salomón, el hijo de David, explica mejor lo que quiero decir sobre este tema.

Hay una injusticia que he visto debajo del sol,

que se asemeja a un error procedente del gobernante:

Los ricos (riqueza espiritual) se sientan en puestos bajos,

mientras los necios son nombrados en puestos altos.

A los esclavos sobre caballos,

y a los príncipes caminando por el suelo como esclavos vi. Eclesiastés 10:5

Esto es lo que quiero explicar. Más que ninguna otra cosa, quiero dar un mensaje a la humanidad que sigue a estos. Porque a esos explotadores los entiendo, pero a quienes se dejan usar, a quienes son burros, y encima lo hacen de corazón… a estos no puedo entenderlos. ¡Despertad! Esta voz que intento hacer oír, para que os libréis de la burrez y os hagáis humanos, es el propósito de Dios, que nos creó desde el principio. Por eso, no seamos burros, sino humanos, y hagámonos todos juntos humanos. Animémonos también los unos a los otros en estos temas. Porque todos tenemos necesidad de ello. Ninguno de nosotros es superior a otro. El señor de las personas que vemos como las más bajas es Dios; y el señor de las personas que vemos como las más elevadas es también el mismo Dios. Todos somos esclavos suyos. ¿Qué esclavo tiene sobre otro esclavo más derecho que su señor? Ninguno. Entonces, ¿con qué derecho nos elevamos sobre aquellos esclavos como si fuéramos señores?

El amigo a cuya tienda dije que iba tenía un pariente. Este vivía también en un lugar cercano a Nueva York. Este amigo dijo: «Tienes que verlo a toda costa; en un lugar extraño que no conoces, al menos te ayudará». Aunque yo no quería serle una carga a nadie, ante esta insistencia suya, que era además algo que me tranquilizaba, acepté. De inmediato avisó a aquel pariente, lo arregló, y este me esperaría en el aeropuerto con mi nombre escrito sobre un papel en la mano. Estas personas tan atentas no tenían ninguna relación con la religiosidad ni nada por el estilo. Si dijera que, a pesar de tener sus faltas, la hidalguía y el espíritu conforme que vi en estas personas no los he visto en ninguna de las personas religiosas que se jactan de servir a Dios de forma activa desde hace 20, 30 e incluso 40 años, no estaría mintiendo.

Nunca lo olvido: un Testigo al que yo apreciaba. En la congregación a la que asistíamos era también un responsable como anciano. Un día vino a visitarme junto con alguien recién nombrado en aquel salón de reuniones y que además ganaba dinero con ese trabajo. A los que hacen este trabajo les llaman «precursor regular». Yo, en cambio, con mi conocimiento de ahora, a aquellos pobres les llamo «burro regular». Entre estos tampoco son pocas las zorras que piensan en su propio beneficio. Este, a aquel funcionario recién llegado, en nuestra casa le rendía, por así decir, un informe sobre mí, exactamente igual a como habla con el tutor el maestro del niño que ha cometido una falta. «Que como yo tenía orgullo de vida y engreimiento, me había aferrado al Corán, y por eso no lograba llegar a la verdad de ninguna manera». Esta palabra, «verdad», es un término que los Testigos usan muchísimo. ¡Todo aquel que no cree ni acepta su organización y lo que dicen no está en la verdad! La verdad está solo en ellos, ¡y solo ellos la conocen! Y aplican un programa intenso para hacer creer esto también a todos sus miembros. Y aquellos miembros, con un orgullo y un engreimiento seguros de sí mismos, al decir «llegué a la verdad en tal fecha», se refieren al día en que se bautizaron para hacerse Testigos. Y la razón de la venida de aquel anciano del que hablo era poner al corriente al precursor regular recién nombrado en aquella zona de lo que sucedía por allí y presentarle a esas personas. Que hablaran así de mí no me importaba, pero esta hipocresía de aquel hombre del que dije que apreciaba me irritó. Estos tienen tanto miedo los unos de los otros que ni siquiera le tienen ese miedo a Dios. Yo también, al dar respuestas cortantes ante aquella actitud suya, se formó un ambiente tenso. Cuando por fin se iban, aquel anciano del que dije que apreciaba me dijo: «¿Sabes que yo te quiero?». Y yo, sin darle la respuesta que él quería, dije: «Las personas que conocen la Sagrada Escritura pueden ser muy peligrosas». Esta no era la respuesta que él quería, y volvió a preguntarme lo mismo. Y yo, de nuevo, dije: «Hermano, las personas que conocen estos libros, si no caminan por su camino, se vuelven muy peligrosas; ¿de dónde voy a saber yo si me quieres o no?». Creo que se irritó muchísimo, sin razón. En realidad, verdaderamente es así. Cuando digo «conocer las escrituras sagradas», me refiero al conocimiento de distinguir el bien del mal. Una persona corriente no puede distinguir el bien del mal. Tenga la edad que tenga, termine las escuelas que termine, este mundo no le enseña el conocimiento para hacer la distinción entre el bien y el mal. Semejante persona hace el bien al azar, y también el mal. Esa persona se comporta según su cabeza, según su ego, según su deseo y lo que su interior anhela, y sobre todo según la cultura que posee, como se le antoje. Todo lo que conocen como maldad está solo dentro del marco de las leyes. Lo que ordene la ley de aquel país, hacerlo es bondad, y no hacerlo es delito, y trae castigo tras de sí. Y a eso que traerá castigo tampoco lo llama a la fuerza «esto es malo», sino que solo teme su castigo. Pero en secreto quebranta estas leyes en cada oportunidad y está dispuesto a quebrantarlas. Además, si quebranta estas leyes sin sufrir ningún castigo, encima se jacta de ello. Estas personas, así como pueden ser muy misericordiosas, pueden ser también muy crueles. Como el soplo de un viento, ni ellas mismas saben cuándo ni hacia dónde soplarán. A diferencia de estas, las personas que han leído las escrituras sagradas y las han aprendido reciben formación en hacer la distinción entre el bien y el mal. Por lo general, aquellas personas también, al final, eligen el camino de hacer lo que es malo. Pero esta vez van camino de ser profesionales en hacer el mal. O al menos, después de este conocimiento que ha recibido, sabe mejor lo que hace. En el próximo tema me referiré a estos un poco más ampliamente.

Se supone que empecé estos temas para hablar de los preparativos del viaje a Nueva York. Aun así, antes de escribir brevemente sobre lo que sucederá allí, quiero referirme a un tema más que es importante. Y es el tema de la conciencia. Si no conocemos su significado, podemos tener dificultades para captar el valor de los temas que trato.

La conciencia

El significado de la palabra «conciencia» en el diccionario es «la capacidad de ver la diferencia entre el bien y el mal». Alguien que ha sido educado con las palabras de Dios, que llamamos las Sagradas Escrituras, también empieza a ver la diferencia entre el bien y el mal, y, si quiere, puede desarrollar esa capacidad. Por medio de estos libros, y conforme a la cultura que ha adquirido, aprende que muchas de las cosas que creía buenas son en realidad absurdas e incluso dañinas; mientras que algunas de las cosas que creía malas resultan ser mucho más útiles y humanas. Voy a poner el ejemplo más sencillo. Por ejemplo, en ninguna parte de nuestro mundo está prohibido fumar. No me refiero a los lugares especiales donde no se debe fumar. Cualquiera puede llevar consigo una cajetilla de cigarrillos y comprarla. En pocas palabras, ante las leyes esto no es un delito. Pero un testigo de Jehová no compra cigarrillos, esté en cualquier parte del mundo que esté. A sus ojos esto es malo. Y bien, ¿acaso los demás no saben lo malo que es el cigarrillo? Es más, hoy en día en las cajetillas se escribe con letras enormes «el tabaco mata». Sí, pero ¿quién lo pone en práctica? Si el médico, el doctor, el profesor, el ministro, el primer ministro, el maestro, el juez, el soldado, el policía lo fuman, por más que escribas lo que escribas, esa persona no se verá afectada por ello. Lo compra y vuelve a fumarlo. Hasta se ríe del sentido de esa advertencia, se burla de ella. Pero un testigo, desde su infancia o desde que entró en esa religión, aprende que esto no le agrada nada a Dios. Y, por lo menos delante unos de otros, todos lo ponen en práctica. Es decir, no es una enseñanza que se quede solo en palabras. La persona que ve esto también se ve influida y dice «si ellos pueden hacerlo, yo también lo haré» y deja el cigarrillo. Es decir, la conciencia de la persona y la educación dada a esa conciencia la hacen dejar el cigarrillo. Con este ejemplo he comparado a la gente corriente con los testigos, que se tienen por religiosos. Cierto es que a la gente corriente tampoco se le enseña que «el cigarrillo es beneficioso», pero el entorno echa a perder la situación. El propio maestro que da largos y extensos sermones sobre lo dañino que es el cigarrillo también fuma. Por más influyente e imponente que hable, si esa persona no lo pone en práctica ella misma, todos esos discursos provechosos son vanos, no tienen ni pueden tener efecto alguno sobre nadie.

Pongamos otro ejemplo más, para que tal vez pueda explicar mejor cuán diferente puede funcionar la conciencia conforme a la educación recibida. Por ejemplo, si un niño, a causa de un accidente de tráfico, está en peligro de morir por pérdida de sangre, toda la gente del mundo, sea cual sea su clase, su cultura, su fe, sea quien sea, su conciencia la obliga a dar sangre a ese niño, y hasta desea que se le dé. Pero un testigo de Jehová ni le da sangre a ese niño, ni permite que se le dé sangre a ese niño —aunque sea su propio hijo—. Ese niño muere ante sus ojos. Y lo hace con una conciencia tan tranquila. Es más, hasta cree que con ello ha hecho un gran sacrificio delante de Dios. Como decía, mientras que la conciencia de todos los demás recurre automáticamente a todos los medios para mantener con vida a esa persona, el testigo de Jehová se queda impasible como una piedra, y gracias a la educación que ha recibido su conciencia no lo inquieta en absoluto en este asunto. Al contrario, si acepta sangre, se inquieta muchísimo. Estos eran ejemplos que mostraban cómo, en la educación de la conciencia que da una religión, sus miembros se comportan en cuanto al cigarrillo y a la sangre. Mientras que uno es correcto y provechoso, el otro, a causa de la educación recibida, es erróneo y conduce a la muerte.

Justo mientras escribía este tema, leímos una noticia en Internet. En Estados Unidos, ¡un enfermo denunció ante los tribunales al médico que lo había salvado de la muerte por haberle dado sangre! Supongo que enseguida han adivinado ustedes quién era ese enfermo. Sí, un testigo de Jehová. Aunque perdió el juicio, apeló y acudió a un tribunal superior. Después no sabemos qué pasó. Son cosas que se oyen todos los días entre los testigos. Esta persona hace todo esto a causa de la educación que ha recibido. Su conciencia le dice: «En este asunto tú tienes razón». La creencia y la práctica que describo aquí también las tenía yo. Y durante años. Sin haber investigado nunca a fondo, yo también acepté esta creencia de los testigos como un burro sin cabeza. Es decir, ¡uno de los burros de los que hablo en este libro soy yo mismo! Eran tantos los temas en los que no estaba de acuerdo con esta gente, que no sé a cuál de ellos objetar. Y como no le tenía ningún miedo a la muerte ni a nada por el estilo, había aceptado este tema tal cual, sin darle mucha importancia.

Me vino a la memoria un médico del hospital. Antes de la operación me hacía preguntas. Y yo le había dicho: «Pase lo que pase, no me den sangre». Al hombre se le trastornó la cabeza. ¡Y encima le expliqué este asunto mostrándole versículos de las Sagradas Escrituras! De hecho, lo que más me avergüenza es haber hecho esto en nombre de Dios y con sus palabras. No pasó nada y en la operación no hizo falta sangre ni nada. Pero mi conciencia sigue inquieta por lo que hablé con el médico, por aquel conocimiento de burro que yo tenía entonces. Ese médico, que la mayoría de ellos de todos modos no creen mucho en Dios, y encima el burro que tenía enfrente, que era yo, intentando demostrárselo con la palabra de Dios, ¡diciendo «si hace falta sangre, no me la des, mátame»! Si este médico tenía aunque fuera una pizquita de simpatía hacia Dios, tal vez también se le fue. Cierto es que los médicos, igual que los testigos de Jehová, están dentro de una unión organizada. En principio, en nuestro siglo actual, tampoco hay mucha diferencia entre ellos. Ellos también arrastran la verdad por el suelo, aceptan todo por sus intereses, y dejan a los testigos en ridículo. Los más terribles son los médicos alemanes de la época de Merkel. Su diferencia con los de la época de Hitler es que son más profesionales. Las cabezas, en cambio, son las mismas, y sacan su poder de la ley. Que Dios no nos deje caer en sus manos. En fin, volvamos a mi creencia acerca de la sangre. En realidad, sería más correcto que dijera que son creencias aceptadas perezosamente, sin investigar. Solo porque otros lo dijeron así. Y también esta burrada surge de la creencia de que «ellos han investigado mucho y con toda seguridad saben lo correcto mejor que nosotros». En este asunto no vivimos nunca ningún suceso malo en nuestra vida. ¿Pero y si lo hubiera habido? ¿Y si por esto hubiera abandonado a mi hijo, a mi mujer a la muerte? Con los conocimientos de ahora, ¿qué haría yo con esa conciencia? Es terrible, es una vergüenza lo que hacen y hacen hacer estos religiosos.

Dijimos: «La conciencia funciona conforme a la educación que ha recibido». Pongamos también otros ejemplos, para que se entienda más fácilmente. Por ejemplo, un hombre roba, o es un carterista, o mata a un hombre, pero cuando llega a su casa duerme roncando tan tranquilo; mientras que, junto a él, otra persona, por haberle hablado con palabras duras y quizá hirientes a alguien que ni siquiera conocía, está inquieta continuamente todo el día y toda la noche. No para de dar vueltas de la angustia. No puede dormir, se le quita el apetito. Y eso que a este hombre nadie lo castiga. Es más, tampoco lo va a castigar. Pero esta inquietud se la da su conciencia. Sobre este tema, el versículo acerca de una experiencia del profeta David aparece en 1 Samuel 24:5 y 2 Samuel 24:10. Allí:

…Después de esto sucedió que, por haber cortado la orilla del manto de Saúl, el corazón de David lo condenó.

…Y después de haber contado al pueblo, el corazón de David lo inquietó. Dice (traducción de la antigua Sagrada Escritura). Es más, en algunas traducciones —y por lo visto ese es el sentido que sale también del original— para su conciencia aparece la palabra «golpeó» en lugar de «lo inquietó». La conciencia no puede golpear al hombre en sentido literal, pero le causa una gran inquietud en sentido espiritual, de modo que no es incorrecto que digan «lo inquietó», ni que digan «lo golpeó». Y lo que yo quiero expresar es cuán influyente es nuestra conciencia en nuestro espíritu, en nuestro mundo interior y, por consiguiente, con todo ello, sobre nosotros mismos.

Y bien, ¿acaso el otro hombre, el que hace maldad, no tiene conciencia? Es más, ¿no llaman a este tipo de personas «sin conciencia»? En realidad, la conciencia existe en todo ser humano, pero su forma de funcionar depende de la educación recibida. Si conforme a la educación que hemos recibido y en la que hemos creído hemos aprendido qué es bueno y qué es malo, nuestra conciencia hace esa distinción. Y antes de pasar a los ejemplos sobre esta pregunta, tratemos otra pregunta más. Por ejemplo, por otro lado, también hay personas que recibieron una muy buena educación de la conciencia y luego se vuelven malas. ¿Qué le pasa a la conciencia de estas personas que pueden hacer maldad?

Eso que se llama la conciencia de una persona no es un órgano que se vea con los ojos ni nada por el estilo. Dijimos que son nuestros sentimientos en nuestro mundo interior, nuestra capacidad de discernir. En las Sagradas Escrituras a esto a veces se le llama «corazón». Esto tampoco se refiere al corazón literal de esa persona. Se refiere a sus sentimientos, a sus emociones que salen de su interior. Y si quisiéramos comparar nuestra conciencia, pongamos unos cuantos ejemplos comparándola con uno de nuestros órganos de los sentidos, la nariz, para que el tema se entienda más fácilmente.

Por ejemplo, un olor extraño que llega a nuestra nariz nos alerta de inmediato. Respiramos una o dos veces más, pensando «¿será posible?». Nos alerta de nuevo. Por ejemplo, cuando nos levantamos temprano por la mañana para ir al trabajo, olemos nuestro calcetín viejo. En ese momento captamos el olor, lo apartamos un poco, lo miramos, lo olemos de nuevo, y esta vez es como si el olor hubiera disminuido; pero todavía huele. Tras apartarlo y mirarlo de nuevo, lo volvemos a oler; ahora el olor ha disminuido mucho y ya no nos huele tan horrible, así que nos ponemos ese calcetín y vamos al trabajo. El calcetín siempre es el mismo calcetín, el olor siempre es el mismo olor, ¿cuál es la diferencia? Igual que nuestra nariz nos alerta, tampoco hace esa alerta eternamente. Si acostumbramos nuestra nariz a ese olor, su voz de alerta también se irá apagando poco a poco. Nuestra nariz, que en la primera fase dice «¡huele horrible!», en la segunda fase dice «huele», en la tercera «bueno, huele un poco», en la cuarta «se aguanta», en la quinta «tampoco huele tanto», en la sexta «qué va, yo no noto nada», en la séptima dice «no lo noto para nada» y realmente no lo nota. En pocas palabras, a esto se le llama «nuestra nariz se acostumbró a ese olor». Por ejemplo, yo pongo en mi coche un ambientador de aroma de vainilla para que huela a chocolate por dentro. Pero este olor no me huele por más que me suba al coche. A un extraño le huele, pero a mí no me huele. Sin embargo, yo sí noto ese olor en el coche de otro extraño. En el mío no. Porque mi nariz y mi mente se han acostumbrado a ese olor de mi coche. Me he acostumbrado a ese olor en el subconsciente y para mí ya es natural, por eso no lo noto. Pero como no espero notar ese mismo olor en otro sitio, mi nariz lo percibe de inmediato. La gente que trabaja en oficios tan intensamente olorosos conoce bien esta situación. Por ejemplo, alguien que por primera vez huele gasóleo continuamente de la mañana a la noche, cuando llega a casa o tiene náuseas o se le sale todo por dentro de tanto vomitar. La gente que ha hecho de tales trabajos su oficio ha vivido al principio las mismas experiencias con las mismas quejas. Más adelante, con el tiempo, su nariz se ha acostumbrado a ese olor, y ya no se inquietan. O para alguien que trabaja por primera vez en la cocina de un restaurante la situación es igualmente la misma. Esos olores de comida le revuelven el estómago a la persona. Se pueden dar un montón de ejemplos así.

Nuestra conciencia es igual. Por muy buena educación que hayamos recibido, ante un suceso que se debe o no se debe hacer, esa conciencia, igual que nuestra nariz, primero nos alerta con fuerza, luego esa fuerza disminuye, más tarde nos alerta con calma y después, —sobre todo si somos tercos— esperamos hasta que esa voz desaparece y hacemos aquello que no deberíamos hacer. O pasamos de largo sin hacer aquello que deberíamos hacer. Y no diríamos ninguna mentira si dijéramos que nuestros deseos y anhelos ahogan esa voz de nuestra conciencia. Si además convertimos en oficio esas cosas que no deberíamos hacer, entonces esa conciencia, al revés, llega un día en que nos condena cuando no hacemos esa cosa. Nos dice: «¡Vago! Mira, no lo hiciste, hoy no atropellaste a nadie, no estafaste a nadie, no cortaste a nadie». Sobre este asunto, Salomón, con el espíritu que recibió de Dios, escribe así:

Porque ellos no duermen si no hacen mal; y se les quita el sueño si no hacen tropezar a alguien (si no ponen una zancadilla). Los Proverbios de Salomón - Proverbios 4:16

Mientras que hay quien, cuando comete un pequeño error, siente una inquietud terrible en su conciencia, ¡a las personas de este versículo se les quita el sueño cuando no hacen maldad! ¿Acaso estos hombres no tienen conciencia? Sí que la tienen, pero esa conciencia funciona tanto conforme a la educación que recibió como conforme a la manera en que ha reprimido y ahogado con insistencia esa conciencia. Pongamos de nuevo un ejemplo muy sencillo. Mientras que en Arabia la conciencia del hombre que no va a la mezquita el viernes se inquieta, en ese mismo lugar la conciencia de un cristiano se inquieta si va a la mezquita. O mientras que un católico devoto se inquieta cuando no va a la iglesia el domingo, si obligas a entrar en esa iglesia a un musulmán devoto que vive en ese mismo lugar, esta vez es su conciencia la que lo inquieta. Por qué entró en esa iglesia. Porque para estos dos grupos religiosos esos lugares son abominables. Sin embargo, mientras que los que van allí van diciendo «estoy adorando a Dios», ese mismo lugar le causa una gran inquietud a la conciencia de una persona que ha recibido otra educación de fe.

Por ser un tema delicado, el apóstol Pablo subraya que hay que tener cuidado en este asunto. Y no olvidemos nunca que una buena conciencia no se forma por sí sola. En este asunto cada uno debe esforzarse personalmente muchísimo. La educación que cada persona recibe de niño en casa es distinta, poco o mucho. Nuestros padres nos crían de la manera que a sus ojos consideran correcta. Tampoco puede decirse que ellos sepan qué es lo correcto y qué lo incorrecto en todo asunto. Es más, en este asunto entran también muchos sentimientos torcidos. Pero tener una conciencia correcta y escuchar su voz es muy importante, sobre todo en cuestión de fe. Por eso Pablo dice así:

«Ten fe y una buena conciencia; algunos, por haber abandonado la buena conciencia, naufragaron en cuanto a la fe.» 1 Timoteo 1:19

La esencia del punto que quiero explicar con todo este libro es precisamente esta. En mi opinión, la mayor tarea de esas religiones que creemos que nos acercarán a Dios es dominar la conciencia de las personas y hacerlas naufragar delante de Dios en cuanto a la fe. Las religiones y los estados son los más expertos en asustar a las personas ejerciendo presión para dominar esa conciencia. Es más, un dictador llamado Hitler, que vivió en la historia, cauterizó la conciencia de su pueblo con esas insinuaciones, diciendo «que eso que se llama conciencia no existe, que es un invento de los judíos». Y si nosotros, los seres humanos, cumplimos cosas en las que no creemos por miedo, por interés o por otras razones, entonces ya significa que estamos empezando a cauterizar nuestra conciencia. Y la persona que abandona una buena conciencia, tal como dijo Pablo, significa que también empieza a naufragar en cuanto a la fe. Sin embargo, sin fe es imposible acercarse a Dios. (Habacuc 2:4; Hebreos 11:6) Si la persona no presta oído a la voz de su conciencia y la ahoga continuamente, llegará un día en que la conciencia incluso de esa persona que decimos que recibió la mejor educación y la correcta a los ojos de Dios funcionará de manera muy distinta. Se volverá insensible para hacer la distinción entre el bien y el mal. En este sentido debe entenderse eso de que la conciencia se ha cauterizado.

Para poner sobre los animales ciertas marcas o letras que dejen claro a quién y a dónde pertenecen, aprietan sobre su cuerpo un hierro candente que tiene grabada esa figura. Tras un tiempo, esa piel quemada del animal, que sufrió muchísimo dolor, deja de sentir por completo. Porque los nervios de ahí han muerto. Ya aunque le claves una aguja ahí, no lo siente. Porque está cauterizado. La conciencia de una persona también puede cauterizarse así. Por lo general, la propia persona, el entorno en que se encuentra, la educación que ha recibido, sus necesidades, su ego y un montón de influencias más le dan forma a la conciencia de la persona. Que alguien que ha hecho todo tipo de maldad llegue a su casa y duerma roncando como si no hubiera pasado nada es precisamente por esto. No es que esa persona no tenga conciencia, sino que a la conciencia que tiene solo le ha dado, o le han dado, otra forma. Cosas que a algunas personas les parecen malas, a otras personas no les parecen malas. Su conciencia en este asunto es insensible, está sin sentir. Y tampoco tiene por qué ser necesariamente insensible o estar sin sentir. Como en el ejemplo de la mezquita y la iglesia, la conciencia de esas personas está funcionando, pero con sentimientos de fe basados en conocimientos distintos. Por eso debemos tener mucho cuidado con la educación que recibimos.

Como los religiosos conocen esta situación, les encanta darle forma a la conciencia de las personas. Una vez que le han dado esa forma, ya está. La persona se convierte en un robot programado. Digas lo que digas, hagas lo que hagas, no es nada fácil hacerla volver de ese camino.

Puesto que nosotros los seres humanos fuimos creados así, más que ninguna otra cosa debemos aceptar sin falta, sin falta alguna, que podemos equivocarnos. Y esto no solo de palabra, como los testigos, como las iglesias cristianas, como los musulmanes y los judíos, sino que debemos aplicarlo con todo el corazón, con obras y con sinceridad. Por eso estamos obligados a aceptar que también puede haber errores en la educación que recibimos o en nuestra propia comprensión. Si creemos que hemos recibido una educación sin ningún error y nos vemos a nosotros mismos sin defecto, y además lo creemos de corazón, entonces significa que nos hemos vuelto fanáticos. A estos también se les puede llamar «los de creencias absolutas». Los mayores errores, las mayores atrocidades, las mayores injusticias han surgido de que las personas no han podido aceptar, creyéndolo con sinceridad, que pueden equivocarse.

¿Significa esto que también en las cosas en las que somos correctos y tenemos razón vamos a dudar, a titubear siempre? Es más, sobre este asunto el apóstol Santiago:

«Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que se la pida a Dios, que da a todos generosamente, sin reprochar; y le será dada.

Pero que la pida sin dudar nada, con fe. Porque el que duda se parece a la ola del mar que el viento arrastra y zarandea.

Que ese hombre, así de cambiante e inestable en toda su vida, no espere recibir nada del Señor.» dice. (Evangelio - Santiago 1:5-8)

Aquí lo que se quiere decir es que se subraya que la firmeza y la fe que hay que mostrar sin dudar deben pertenecer a Dios. No que digamos, respecto al conocimiento que recibimos y a nuestra propia rectitud, sin la menor duda: «el más correcto soy yo», sino que, con un pensamiento que diga: «nosotros somos seres humanos pecadores, el conocimiento más correcto está en manos de Dios y se lo da a quien quiere», siempre debemos dejar lugar a que nosotros mismos podamos equivocarnos. Escribo de nuevo estas palabras, tal como las he repetido muchas veces en mi libro: «Hasta que seamos perfectos delante de Dios, es decir, hasta ser sin defecto en el paraíso, hagamos lo que hagamos en el conocimiento y en nuestras obras a Sus ojos, siempre seguiremos siendo un pecador, un idólatra». (Romanos 7:18 y 7:23-25) Con esta conciencia, el profeta David dice así:

Si tomaras en cuenta las iniquidades (las maldades), oh Jehová, oh Señor, ¿quién podría mantenerse en pie? (Salmos 130:3)

De lo contrario, no tendría sentido que fuéramos imperfectos, es decir, defectuosos, pecadores. ¿Quién en este mundo puede defender que él es el más correcto en el conocimiento y en la práctica? Por eso, en nuestra relación con Dios es muy importante que tengamos una conciencia correcta. No digo con la conciencia correcta de otro; así como cada uno es responsable de su propia conciencia, cada uno también rendirá cuentas en nombre de su propia conciencia. Conforme a ella se nos considerará culpables o inocentes. Y por eso no tenemos derecho a ejercer presión sobre la conciencia de nadie. Si lo hacemos así, esto no será salvación para esa persona, sino al contrario, tal como dijo Pablo, puede hacerla naufragar en cuanto a la fe en Dios.

«…En resumen, todo lo que coman y beban, todo lo que hagan, háganlo todo para la gloria de Dios…» 1 Corintios 10:23-33

Esto es lo importante, Dios mira esto. Cuando leí el Evangelio por primera vez, estas palabras también me sorprendieron muchísimo. Es decir, qué quiere decir esto, si no hay nadie que haga lo exactamente correcto, y si no sabemos ni sabremos qué es lo correcto por entero al cien por cien, entonces ya nada tiene sentido, me dije. ¿Eran en vano las investigaciones, las averiguaciones sobre Dios, nuestra adoración, etc.? Porque de esta explicación parece salir ese sentido. Si, se haga lo que se haga, no hay nadie que sepa exactamente si es correcto o incorrecto, ¿conforme a qué se nos juzgará? Precisamente este es el tema que quiero explicar con este escrito.

Ante todo, sin duda debemos educarnos delante de Dios en la medida de lo posible. Solo por medio de esta educación podemos tener una conciencia que funcione bien y correctamente. Y esto tampoco será al cien por cien. Que seamos defectuosos lo impedirá de vez en cuando. Pero que seamos defectuosos, pecadores, no es un impedimento para adquirir conocimiento e investigar y ser diligentes en hacer lo más correcto. Es decir, tal vez no tengamos una conciencia correcta que funcione al cien por cien, pero, al adquirir siempre conocimiento, investigar y educarnos, disminuirá nuestro índice de cometer errores. Que seamos pecadores no debe llevarnos al desánimo, sino al contrario, con esta conciencia debe dirigirnos a ser aún más diligentes. Sin embargo, también seremos responsabilizados por cómo aplicamos los conocimientos que recibimos. Y bien, si el conocimiento nos carga con responsabilidad, entonces, ¿no adquirimos ningún conocimiento? Miren, el apóstol Pablo, por medio del espíritu que recibió de Dios, dice lo siguiente:

En el día en que Dios juzgue las cosas secretas de los hombres por medio de Cristo Jesús, conforme a mi evangelio, los que pecaron sin ley, sin ley también perecerán; y los que pecaron bajo la ley, por la ley serán juzgados; porque no son justos (correctos) delante de Dios los que oyen la ley, sino que serán tenidos por justos los que cumplen la ley; pues cuando las naciones que no tienen ley hacen por naturaleza las obras de la ley, ellas, no teniendo ley, son ley para sí mismas; su conciencia da testimonio junto con ellas, y sus pensamientos, acusándose (culpándose) o defendiéndose entre sí, muestran que la obra de la ley está escrita en sus corazones. Romanos 2:12-16

Así que, se sepa o no se sepa, no existe eso de escapar del juicio. ¿Conforme a qué? Conforme a nuestra conciencia. Y bien, ¿de dónde va a saber esa conciencia qué es correcto y qué es incorrecto? Si lo explicamos de manera breve y muy sencilla: «Así como tú tampoco le haces a otro lo que no quieres que te hagan a ti; si le haces a otro las cosas que quieres que te hagan a ti, no quedará ningún problema». Este es un principio, y durante miles de años la conciencia de las personas funcionó conforme a este sencillo principio. ¿Acaso una persona que hace estas cosas siente inquietud en su conciencia? Seas Satanás, seas ángel, cuando aplicas esta regla la maldad desaparece, deja de existir. (Lucas 6:31; Mateo 22:36-40) ¿Tan difícil es entender esto? Si queremos y buscamos este principio tan sencillo, tampoco nos resultará difícil sentirlo en nuestra conciencia. Por muy poco educados que seamos, nuestra conciencia ya nos guiará en muchas cosas. Leyendo, aprendiendo, nosotros solo aumentamos la calidad de esto y hacemos el bien no por casualidad, sino con un conocimiento consciente, de manera profesional. Cuanto más se hace la maldad con conocimiento y profesionalmente, también nosotros debemos ser expertos en ser buenos y en hacer el bien contra ella. De lo contrario, es posible que seamos como terneros locos que, solo por buena intención, a causa de la ignorancia van de aquí para allá sin saber lo que hacen. Nosotros, en cambio, no somos terneros ni burros, sino, como dije, seres humanos.

Por más que nuestra conciencia haga por naturaleza una simple distinción entre el bien y el mal, Dios no nos recomienda adquirir conocimiento, sino que nos lo ordena. (Proverbios de Salomón 1:29) La sola buena intención y una conciencia que funcione en parte correctamente, a causa de la ignorancia, quedan reducidas a nada. Porque Satanás, con su dominio sobre la tierra, muestra una gran maestría en estos últimos días que vivimos, presentándonos como buenas las cosas que son malas y estropeando nuestra conciencia al manipularla. Es seguro que necesitamos el conocimiento mucho más que en los tiempos antiguos. Y no solo porque vivamos en los últimos días, sino también porque la maldad en nuestra tierra está tan hábilmente extendida por todo el mundo de una manera nunca antes vista. Precisamente por eso, en nuestra época necesitamos el conocimiento divino tal vez mucho más que nunca. No seamos perezosos ante esto en la medida de lo posible. Puede que no nos sea posible investigar en los libros que tenemos por sagrados qué hacer en ese momento ante un suceso y encontrar la respuesta de inmediato. Por eso, eduquemos nuestra conciencia de tal modo que, aunque no tengamos esos libros con nosotros, las experiencias que allí aparecen y las palabras de Dios en nuestra mente y en nuestro corazón puedan guiarnos en todas partes, en todo asunto.

Después de todo esto, si todavía dudamos, si no sabemos, si no podemos distinguir qué es correcto y qué es incorrecto, pidámosle todo esto y nuestras aflicciones a Dios, sin ningún reparo, con plena rectitud de corazón y con sinceridad, que Él nos lo dará. Jesús dijo así:

«Yo les digo esto: pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen a la puerta, y se les abrirá. Porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama a la puerta se le abre.

¿Qué padre de entre ustedes, si su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pescado, le da una serpiente en lugar del pescado? ¿O si le pide un huevo, le da un escorpión?

Si ustedes, siendo de mal corazón, saben dar buenos regalos a sus hijos, ¿no es mucho más seguro que el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?» Lucas 11:9-11

También nosotros, en las cosas correctas, cualquiera que sea nuestra carencia, sea conocimiento, sea capacidad de discernir, o sea buscar la verdad, estemos seguros de que, si se lo pedimos a Dios, nos lo dará. Pero sin esperar que sea a nuestra manera, como el comandante sirio Naamán. Las personas le suplican a Dios por muchas cosas, pero esperan que esas cosas se cumplan siempre conforme a su propia voluntad, a sus propios deseos, y no a los de Dios. Por lo general, el ser humano le ha dado la espalda a Dios en las cosas que ha visto que no salían a su manera. Así como no puede soportar aceptar su propia insensatez, sea cual sea, ¡encima ha culpado a Dios en este asunto diciendo «¿por qué me dejaste caer en esta situación?»! Sin embargo, tal como se dice que «de las pérdidas, lo que se recupera es ganancia», darse cuenta y volver de ese camino, haya hecho lo que haya hecho la persona en el pasado, le traerá la salvación.

Por ejemplo, algunas personas, mientras eran ejecutadas, se dieron cuenta y, por haber mostrado un verdadero arrepentimiento, Dios también las aceptó. Otras, en cambio, al revés, no sienten ningún remordimiento. Cuando mataban a Jesús, a su derecha y a su izquierda también habían sido condenados con él dos malhechores. Mientras que uno se arrepiente y reconoce su crimen con humildad, el otro, de manera todavía descarada, aunque ni siquiera tenía nada que ver, blasfema contra Jesús. (Lucas 23:39-43) Este ejemplo no nos muestra que todo el que sea condenado a muerte se vaya a arrepentir sin falta. Y a aquel que se arrepiente, Jesús le dice: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». Jesús le anuncia a ese malhechor condenado la buena noticia de que se le concede una salvación magnífica. Y con esto no se defiende un pensamiento como el que cree el mundo musulmán: «haga lo que haga, al final recito la shahada, es decir, me arrepiento y me salvo». Venga, digamos que hiciste lo que hiciste y que, como el malhechor colgado junto a Jesús, al final Dios también te perdonó porque te arrepentiste de corazón. Pero no olvides tampoco que, así como aquel condenado perdonado pagó el precio de las insensateces que hizo hasta morir con clavos en el cuerpo en la cruz del tormento, tú también lo pagarás. El propósito de Dios en todas sus escrituras sagradas y el conocimiento que nos da es tratar de vivir en este mundo sufriendo lo menos posible. Podemos ver también estas palabras suyas como un manual de instrucciones. Así como un televisor, un instrumento musical, un aparato electrónico tienen un manual de instrucciones, también debemos aceptar las palabras de Dios como un manual de vida perteneciente a este mundo.

Dije que alguien que no tiene nada que ver con la religión ni nada por el estilo da mejores frutos que la gente muy religiosa. Las personas que saben muy bien se vuelven todavía peores que las que no saben. Por eso también los judíos se han ganado el odio de muchas naciones en el mundo. Una persona corriente no puede entender la razón de esto. Solo juzga mirando sus malas obras. Pero si una nación, una organización religiosa se ha vuelto terrible, esto también surge del conocimiento que han recibido para distinguir el bien del mal. Lamentablemente, mucha gente que posee este conocimiento quiere obtener no lo que es bueno para todos, sino solo lo que es bueno para sí misma. Y en esa dirección, si hace falta, pisotea a todos y sigue adelante. Ya hace las cosas que hace no de manera aficionada, sino de manera profesional. Al fin y al cabo, ¿cuál es la diferencia entre un aficionado y un profesional?

Esto lo dijeron de manera sencilla en una película y no lo he olvidado. Por ejemplo, un fotógrafo aficionado saca 100 fotos y capta lo que se busca en una sola foto. El fotógrafo profesional saca una foto y ya ha captado esa foto que se busca. Lo que aquí se quiere explicar es la diferencia entre el que sabe lo que hace y el que no. Al que tiene conocimiento, experiencia, se le llama profesional; y al que no tiene conocimiento ni experiencia, aficionado. En cuanto al bien y al mal, la situación es exactamente así. ¿Cuál alcanza su objetivo: la maldad hecha conscientemente, de manera profesional, o la hecha de manera aficionada? Mientras que de la hecha de manera aficionada solo un diez o un veinte por ciento alcanza su blanco, la otra va directo al blanco. Y por lo general sin fallar nunca.

Pongamos otro ejemplo muy sencillo. En Alemania un turco abre una tienda de döner. No pasa mucho tiempo cuando otro turco, que no entiende de ese negocio y que ni siquiera tenía en mente hacer tal negocio, al verlo, abre de inmediato a su lado o en la calle de atrás otra tienda de döner igual. Empieza entre ambos una competencia. Se comen el uno al otro. Bajan y bajan los precios. Es más, trabajan a pérdida para arruinarse el uno al otro. Los clientes alemanes se ríen por lo bajini de esta situación. Como dije, aunque nuestros turcos se han convertido en una nación nada querida, ningún estado los vio como peligrosos, porque su mayor enemigo son ellos mismos. Y encima, ¿por qué iban a ser sus enemigos? La maldad que se hacen unos a otros ningún enemigo la sabe ni la hace de todos modos. Ni siquiera lo necesita, porque ellos ya se están devorando unos a otros a cada momento.

Ahora pongamos un ejemplo de una nación que es judía. Digamos que también ese fue y abrió una tienda de döner en cualquier lugar. Otro judío que ve esto se pone a pensar y dice: «¿qué le hace falta a este döner?» y va y abre, ya sea junto a él o en la calle de atrás, un horno y hace pides. Al vender esos pides a ese döner, dejemos la competencia, hacen que toda la gente de ese lugar dependa de ellos. Esta dependencia no se logra a la fuerza, por supuesto. Se logra con la calidad, la disciplina y el orden. Como trabajan unos con otros, también se ayudan unos a otros. Porque el uno vive gracias al otro y el otro gracias al uno. Que uno ayude al otro significa en realidad ayudarse a sí mismo. Mientras que uno de la gente de estas dos naciones se esfuerza a pérdida pensando cómo arruinar al otro, el judío del segundo ejemplo se esfuerza pensando cómo prosperar. ¿Cuál es más rentable? Y encima sin necesidad de competir ni de hacerle maldad a nadie. Y con esto no defiendo ni que los judíos sean los elegidos ni el racismo de los alemanes. El que abrió esa segunda tienda de döner, sea de la nación y la raza que sea, eso no tiene importancia de todos modos; yo aquí subrayo cómo las personas pueden ser diferentes según la educación que reciben. Dijimos que la conciencia es la capacidad de distinguir el bien del mal. Pero repito de nuevo, lo que enseñemos como bueno, la conciencia lo llama bueno, y las cosas que aprendemos como malas también son malas para nuestra conciencia. En los ejemplos de arriba todos se pusieron en marcha creyendo que se hacían o que se harían un bien a sí mismos, no a los demás. Y si esto está en armonía con las leyes de los estados, para ellos de todos modos tampoco hay ningún problema.

La mayor razón de que en la Alemania de Hitler se odiara a los judíos era también la solidaridad de los judíos entre sí y, por consiguiente, sus éxitos. Era la Torá que poseían los judíos y, por consiguiente, el conocimiento de Dios, su lealtad entre sí, el verse a sí mismos como superiores a las demás sociedades y creerse una nación elegida por Dios. Y en muchas ocasiones era evidente que el conocimiento de Dios que usaban no era de la clase que le agrada a Dios. Así como a ellos les encantó tanto la embriaguez de ser una nación elegida, a los alemanes también les gustó mucho tal embriaguez. A las naciones les encanta beber tales bebidas y embriagarse con ellas. Y encima usando estos conocimientos no para ver cómo son útiles para todos, sino solo para ver cómo son útiles para sí mismos. Estas cosas también hacen que crezca el odio en las personas. Por más que los alemanes odiaran a los judíos, influidos por los éxitos de los judíos, hicieron ellos mismos las mismas cosas que aquellos habían hecho para tener éxito, y todavía las hacen con gran placer. La idea de la raza alemana superior se desarrolló tomando como ejemplo a los judíos que odiaban. Igual que algunos turcos que llevan largos años en Alemania se vuelven nacionalistas. Sin embargo, mientras que el nacionalismo no les importaba lo más mínimo, influidos por los alemanes también ellos se aferraron al nacionalismo. En la religión la situación es la misma. Que alguien que no tiene nada que ver con la religión ni con el estado, influido por el afán, por el odio de otro, y enfadado con el otro, vaya y se aferre a su propia religión es por esto. Aquí les he contado de nuevo esos sucesos que llaman «quítalo de uno y dáselo al otro». ¿Por qué el ser humano hace con gusto las mismas cosas que ve en otros y que odia? ¿Acaso para que también los demás lo odien a él?

Estas personas aprenden palabras como «ámense unos a otros, bendigan a los que les hacen mal, debes amar a tu prójimo como a ti mismo» y ya observan con atención a los que están a su alrededor a ver «quién no me hace todo esto tal cual a mí». A sí mismas nunca se miran. Ni por asomo les pasa por la mente un pensamiento como «¿A quiénes no les estaré haciendo yo esto, para hacérselo?». Precisamente así aprendimos nosotros los seres humanos el conocimiento que Dios nos dio sobre el bien y el mal, y así lo aplicamos también. (Mateo del capítulo 5 al 7)

Aquel anciano que me preguntaba «¿Sabes que yo te quiero?», desde aquel día ni siquiera me dejó responder en las reuniones. Y eso que yo de todos modos llevaba años sin responder y no era ningún fanático de ello. Con palabras como «¿por qué no responde? mira, no es sincero» siempre me culpaban también por esto. Y yo, para que ellos quedaran contentos, había empezado a dar respuestas en los temas en los que yo mismo creía y con los que estaba de acuerdo, cuando esta vez tampoco tardaron mucho en ponerme prohibiciones. Cierto es que en aquel momento solo aquel anciano aplicaba esta situación, no los demás. Más adelante, en cambio, todos empezaron a aplicarla, pero eso es aparte. Y eso que por lo general estos siempre están unidos. Aunque todo lo que hacen lo deciden juntos, contra mí este anciano había tomado una decisión por su cuenta. En realidad no era una mala persona, tampoco era buena. Era como todos. ¡Así empezó a mostrarme aquel cariño que aquel día me preguntó con insistencia! Si de verdad me quisiera, no se dejaría influir por mis palabras. Y yo, en respuesta a la insensatez de aquel hombre aquel día, solo dije: «Le tengo miedo a la persona que conoce las Sagradas Escrituras», ¿acaso no tenía razón?

Si lo resumo brevemente sin alargar más el tema, dijimos que la palabra de Dios le enseña al ser humano el bien y el mal. Sobre la verdadera bondad y rectitud, Dios es la máxima autoridad en todo el universo. Nadie puede saber sobre este asunto mejor que Él. Y nosotros, qué haremos con las cosas que aprendemos en este mundo de Satanás, contrarias a las leyes y principios de Dios, es algo que está en nuestras propias manos. Si decidimos hacer lo que es malo según Dios, como sabemos muy bien lo que hacemos, ya realizamos ese trabajo de manera más profesional. Y si decidimos hacer el bien, la situación es igualmente la misma. Esta vez, como sabemos qué es el bien, hacemos con inteligencia el bien que queremos hacer, sin embarrarlo. La persona que tenemos enfrente saca provecho de ello. No vean hacer el bien con ojos de que es fácil. En este asunto estamos obligados a formarnos. Miren lo que dice Dios sobre este tema:

«Mi pueblo es insensato, no me conoce. Son hijos necios, no tienen entendimiento. Saben bien hacer el mal, pero no saben hacer el bien». Jeremías 4:22

Sí, así como tenemos que tener conocimiento para hacer el bien, también debemos ser diligentes en educar nuestra conciencia, que está ligada a ello. Dije: «La conciencia no se educa por sí sola». Recibir una educación correcta de la conciencia puede parecer casi imposible en este mundo en que vivimos. Desde las televisiones, las radios, las noticias, las películas y los periódicos, nuestro mundo realmente nos educa con todo lo que hay de malo y vano. Todo esto y nuestro entorno avanzan, y encima con pasos firmes, de una manera que se esfuerza por cauterizar o estropear la conciencia que Dios nos dio por naturaleza desde el nacimiento, dotada de muchas cosas buenas. ¿Acaso no existe también la educación que es buena, que es correcta? Sí que existe, si queremos. Y en abundancia. Somos otra vez nosotros mismos, es decir, nosotros mismos en persona, quienes hacemos que esta educación que parece imposible sea como si fuera imposible. Lo fácil, en cambio, es lamentablemente elegir hacer lo que es malo. Pero su principio y su final son siempre dolorosos, desdichados, y su final significa desaparecer a los ojos de Dios. Si nos esforzamos por una conciencia que funcione bien y correctamente, salvaremos vidas. No olvidemos que con esto me refiero tanto a nuestra propia vida como a la de los demás. Por eso, en la educación de la conciencia que recibiremos, hagámonos siempre a nosotros mismos, sin reparo, esta pregunta: Lo que he aprendido como bueno, ¿para quién es bueno? Y lo que he aprendido como malo, ¿para quién es en realidad malo? Si en ambas preguntas la respuesta no es «Dios», entonces significa que estamos recibiendo una educación equivocada de la conciencia.

Sobre este tema he intentado escribir muy poco. En todos los temas intento escribir muy poco. Aun así, los que me critican dicen «has soltado un carro de palabras». Espero estar escribiendo cosas que sirvan para despertaros en vuestras mentes y en vuestros corazones. En cuanto a la conciencia, a darle forma, o a dejar que otros dominen nuestra conciencia, a autorizarlos sobre nosotros, por favor no seamos burros. No tomen en absoluto a la ligera estas cosas por el hecho de que no puedan tocarse con la mano ni verse con los ojos, por estar relacionadas con valores espirituales. Estas cosas tienen una influencia muy grande a la hora de hacer amargo o dulce nuestro vivir, nuestra vida y, sobre todo, nuestro futuro. Y sobre todo tienen grandes funciones en la relación que tenemos o que tendremos con nuestro Creador. Espero que ustedes investiguen este tema de manera más detallada. Yo, por estar relacionado con mi libro, quise sin falta que lo supieran, aunque fuera poco.

Nueva York-Brooklyn

En realidad, en lo que respecta a mi propósito, hay muy poco que contar sobre este viaje. Aunque era alguien a quien no conocía en absoluto, la mayor cercanía la recibí allí de un pariente del amigo del que hablé, el de la tienda, que intentaba vivir trabajando bajo condiciones difíciles. En el aeropuerto me esperaba con mi nombre escrito en un papel que tenía en la mano. Se llamaba Hasbi, trabajaba en la cocina de un lugar junto a la carretera que era motel y restaurante. Tenía una hermosa esposa estadounidense. Más adelante oí que se había separado de aquella mujer. En mi opinión también, aquella señora, como muchas mujeres de nuestro tiempo, no era de las que aman la vida familiar. Aunque Hasbi me dio la habitación en la que se alojaba cuando estaba soltero, en el motel donde trabajaba, y me hizo dormir allí, encima pagó a la fuerza el precio de la habitación al dueño del establecimiento. Y eso que estaba casado, pero aun así no había dejado esa habitación. Con su esposa se quedaban en otra casa. El alquiler de la casa era casi tanto como un sueldo mensual que ganaban. Por lo que entendí, ponían el sueldo de uno en el alquiler y con el sueldo del otro se mantenían. El dueño del establecimiento no quería cobrarle a Hasbi por la habitación, pero yo me quedé asombrado con admiración de que él, a toda costa, pagara por mí el precio de aquella habitación. La generosidad y la hospitalidad que este hombre mostraba trabajando en condiciones tan difíciles, en un país cuya lengua ni siquiera conocía bien; eran en todo sentido superiores a las de aquellas personas muy religiosas que se jactan pronunciando discursos de amor en congresos, reuniones, mezquitas e iglesias, y que hacen todo en el nombre de Dios.

Me quedé junto a él dos noches y un día. Cuando digo «junto a él», lo bueno del asunto es que en el lugar donde me quedaba estaba solo, y era una habitación de motel. Me incomoda mucho estar de invitado. Pero allí estuve tan a gusto. La primera noche, cuando llegué del viaje, enseguida había pedido una pizza. Por ejemplo, cuando dices una pizza para cuatro o para tres personas, no vienen tres pizzas distintas, sino que el diámetro de la pizza crece, como una rueda enorme. Una pizza tan buena no la comí ni en Alemania, ni en Italia, ni en ningún otro lugar. Después, estando solo, comí pizza en Nueva York; estaba buena, pero no como aquella. Cuando llegó la hora de acostarme, me llevó a su habitación en el motel.

La primera noche que dormí allí, ¡no oí el ruido de dos personas que en las habitaciones de enfrente se estaban comiendo vivas, que pelearon hasta quedar cubiertos de sangre y se destrozaron mutuamente hasta el punto de no dejar en la habitación un solo objeto en pie! No sé si fue por estar sentado ocho horas en el avión, por el aire distinto de aquel lugar, o por sentir un cansancio excesivo. No sé por qué, mientras estuve por allí siempre padecí ese agobio de cansancio. Por la mañana, delante de la puerta estaba lleno de policías. Hasbi después me llevó y, mostrándome aquella habitación, me decía: «¿Ves esta habitación? Es igual a la habitación en la que te quedaste tú. Mira, no ha quedado nada en pie. El suelo y todo está cubierto de sangre.» Pregunté cómo había pasado. Dos amigos habían entrado en la habitación con dos cajas de cerveza. Mientras bebían y charlaban, surgió un desacuerdo y se pelearon. Se rompieron las botellas de cerveza en la cabeza el uno al otro. Hasbi me decía de nuevo: «Estos son gente salvaje, criminales.»

En aquel único día que me quedé en su habitación, hacia el mediodía, por si yo pasaba hambre, había hecho preparar tostadas. Vino corriendo con platos llenos de comida. No había posibilidad ni probabilidad alguna de comerme toda aquella comida. La trajo con las manos ardiendo y enseguida corrió de nuevo al trabajo. Quizá gastó conmigo también aquel medio descanso de media hora. Hasbi cumplió todos mis deseos. Confiándome también a un amigo suyo, me despidió hacia el lugar adonde iba. Al despedirnos, en la oscuridad, había puesto algo de dinero en un rincón de su coche, donde por la oscuridad no se veía en absoluto. Mi conciencia no lograba aceptar de ninguna manera que él, encima, hubiera gastado por mí el dinero que ganaba bajo aquellas condiciones. Entró en el coche y, enseguida, poco después vio aquel dinero, y me asombré de nuevo de cómo me lo devolvió a la fuerza. Cómo lo vio, qué clase de ojos tenía, todavía me sorprende. Vamos, aunque dijera que este hombre es orgulloso y que le dio vergüenza aceptar cuando le di aquel gasto que hizo por mí, al menos, aun viendo aquel dinero en la oscuridad, debería, como todas las personas que conozco, haber hecho la vista gorda. No fue así: lo vio y me lo devolvió a la fuerza. Este hombre, con su hospitalidad, me avergonzó muchísimo. Que Dios lo bendiga y lo ayude. Lo que vi en aquella persona a la que llamé extraña, no lo vi en personas a las que conozco desde hace años y por las que hice muchos sacrificios. Este amigo del Mar Negro mostraba, y encima con gusto, el amor al prójimo que Dios espera de cada persona. Bravo otra vez. De ninguna manera volví a ver a este buen hombre, ni le fui yo de utilidad alguna. Aun así, con esperanza digo: tal vez algún día.

Después de despedirme de él, me hospedé en casa de unos turcos que vivían en un lugar cercano a Brooklyn. Solo iba a quedarme la noche y partiría por la mañana. Y eso también por insistencia de ellos. Porque Hasbi me había confiado a ellos. Apenas habíamos empezado a charlar con ellos sobre por qué había venido allí y demás, cuando, al hablar yo del tema del Corán, se creó un ambiente tenso. Y eso que eran temas sencillos. Por ejemplo, cuando dije que Dios no ordena en el Corán que nos circuncidemos, o que la manera de rezar repitiendo en árabe como un loro es un invento de los hombres, y cuando encima quise mostrárselo en el texto mismo, se subieron por las nubes del todo. Y eso que yo, como invitado, me acogía a su buena educación y quería, con este tipo de preguntas, atraer su interés hacia el Corán. Sabía también que se enfadarían, pero estos temas me parecían vitales y necesarios. Ellos, en cambio, creo que los oían por primera vez. La casa era su casa, y yo era el extraño. Tampoco sabía el idioma, pero me pareció una descortesía irme de allí a las once de la noche. Además, empecé a contar lo que conté solo porque ellos me preguntaron a toda costa qué hacía. Si no, no tenía la intención de arrastrar a nadie a ningún lado. Sin embargo, mi propósito de siempre es ganar a las personas para Dios, incitarlas a investigarlo. Aquella noche me quedé allí, pero eso mejor pregúntenmelo a mí. El que me había traído allí también desapareció del mapa. Y yo pensaba para mis adentros: que venga y que me libre. Lo único que quería era ir a un hotel y recobrarme. En aquel lugar indeseado me levanté al amanecer. Fui en silencio a la cocina. Estos cuatro o cinco hombres habían alquilado juntos esta casa, una auténtica casa de obreros solteros. Si en lugar de decir que era Estados Unidos me dijeran que aquello era Estambul, el barrio de Tophane, lo creería enseguida. Miré por la ventana a ver si acaso era solo el lugar donde ellos se alojaban el que era así, y otros lugares eran distintos. El aspecto exterior de todas las casas y también las cortinas eran como las de ellos. ¿Qué otras cosas indignantes vería y oiría todavía en este país, el más rico del mundo, el más superior en técnica bélica? Y encima, en ese lapso tan corto de tiempo.

El tiempo parecía haberse detenido y de ninguna manera lograba pasar. Yo estaba sentado en la cocina, esperando así, sin hacer ruido alguno. Era domingo por la mañana, y todos dormían también. Sobre todo los turcos no se levantan antes de las doce, y eran apenas las seis, es decir, el amanecer más temprano. Uno de ellos se levantó. ¡Al parecer iba a ir a trabajar en domingo! Era también el más decente de entre ellos. Me dijo brevemente: «Si tú nos trastocas también la fe que poseemos, ¿de qué nos aferraremos por aquí?» Después de decirlo, tenía que irse enseguida, y se fue. ¿Acaso aferrarse a la mentira protege al ser humano? En aquel país que llamaban extraño, ¿taparse los oídos a las verdades les serviría de guía? Además, ¿no habían acabado ellos también, como nosotros, esclavizados a aquellos países por todas esas cosas absurdas que creen y hacen? Eran apenas las seis. ¡Ay, qué voy a hacer! Como fuera, el tiempo también pasó junto con las tórtolas que yo contemplaba mirando por la ventana, y el que me había traído allí, gracias a Dios, se despertó. Serían las once, o algo así. Le dije: «Por favor, si me vas a hacer un favor, simplemente llama un taxi y dale esta dirección.» Nada, a toda costa quería llevarme él. Le digo «no te molestes» y demás, pero no me escucha. Aquella noche él no se había quedado mucho entre nosotros y apenas se enteró de los desagradables acontecimientos de los que se habló. Y aunque se enterara, todos ellos se temen unos a otros respecto a estos temas. Igual que los Testigos o las personas de otras religiones. Además, era alguien que no tenía relación alguna con la religión ni nada. En mi opinión, ninguno de ellos era religioso. Habían venido a Estados Unidos, y cada uno libraba una lucha terrible para sobrevivir. Esa lucha yo ya la conocía bien por lo de Alemania.

Por fin nos pusimos en camino. Por el camino, resulta que su coche estaba averiado o algo así; supuestamente entró un momento a un taller. Un momento, pero que no iba a terminar de ninguna manera; esperamos. El mecánico también era turco. Me asombré, en todas partes había turcos. Yo decía que me las arreglaría hablando en alemán, pero en Nueva York saber turco era más útil. Desde el taxista hasta el mecánico, desde el dueño del restaurante hasta el camarero, había turcos. Más tarde, cuando me quedé solo y me instalé en un hotel, mientras paseaba por las calles de Nueva York-Manhattan, ¡vi a una mujer, como aquellas personas sin hogar que duermen bajo los puentes en la calle, que echaba maldiciones en turco a todo el mundo! No podía creer lo que oían mis oídos. Nadie la entendía y a nadie le importaba. Ella, en cambio, seguía echando maldiciones en turco a todos. Mientras esperaba con los peatones para cruzar la calle de un lado a otro, ella pasó caminando junto a nosotros. Se notaba que la mujer dormía en las calles. Su cabello era rubio. Fantaseé así: «Quizá en los años sesenta se casó con un soldado de la flota estadounidense que vino a Estambul, y así vino aquí.» Las chicas turcas de aquella época, como todos, se morían por lo de América. Al ver a aquella mujer, dije para mis adentros: «El final del nido familiar formado solo con esa intención acaba así.» El ambiente de aquellos lugares me lo asemejé al Estambul de Taksim. Esto, claro, en versión americana.

Aquel amigo, que al final se dio cuenta de que me había puesto nervioso por lo mucho que esperábamos en ese taller, por fin me mandó llamando un taxi para que fuera al edificio central de los Testigos en Brooklyn. Por fin dije para mis adentros: «¡Uf!» Apenas llegué frente al edificio y bajé del taxi, había un coche delante de la puerta y dos personas que se notaba que eran marido y mujer, de pie frente al edificio. ¡Los domingos, en realidad, no había nadie por allí! El hombre tenía pinta de que iba a entrar a coger algo y salir. La mujer también esperaba en la puerta. Bien, dije: estos ya me ayudarán y me he salvado. Tenía mi maleta en la mano. Adonde fuera, tenía que arrastrarla también. En Estados Unidos, ya sea un taxi o quien sea, no existe la costumbre de poner en el maletero la maleta de alguien que la lleva en la mano. Adonde fuera a ir, metía en el asiento trasero del coche también aquella maleta enorme. ¡No sé por qué, no la ponían en el maletero! Se quedan mirando así. Es que no hay sitio en sus maleteros. Una vez, por casualidad, vi el interior de uno de sus maleteros: era indignante. No sé si llamarlo tienda de chatarra o desván de casas de gente descuidada; en fin, así tenían el maletero. Había venido aquí con la idea de quedarme al menos cuatro semanas. Además, sabía cómo se decían en inglés las palabras «hermana» y «hermano». A ellos les dije: «¿Eres tú hermano y tú hermana?» «Sí», dijo la mujer. Pero solo pude mostrar una expresión de que me alegraba mucho, y dejé claro que no sabía nada de inglés. También entendieron que yo tenía algún apuro relacionado con ellos. Como aquel día era domingo, iban a ir a la reunión. Se habían detenido frente a este edificio principal solo un momento para coger algo. El marido me llevó con ellos con una expresión que parecía decir «¿Y tú de dónde has salido, hombre?», y me llevaron a aquella reunión. En la reunión la mujer se puso nerviosa. Decía algo, corría de aquí para allá, pero yo no entendía. A las personas con las que hablaba se tocaba el cuello con la mano y demás, así que entendí, me acerqué a ella y la miré como diciendo «¿cuál es el problema?». ¡Resulta que me buscaba corbata y chaqueta! Dije «No problem» y pregunté por el aseo, señalando la maleta. Es decir, como diciendo «aquí dentro hay de todo». Me mostró el aseo. Entré en el aseo y me desvestí y me puse todo lo que aquella mujer quería: chaqueta, corbata, pantalón de tela, ¡todo para que quedara contenta! Cuando salí del aseo, me miró así, y como diciendo «ahora sí que sí», se le tranquilizó el interior y fue a sentarse en algún sitio en las primeras filas. Y no volví a verla nunca más. ¡Pero bueno, ella ya está tranquila! ¡La mujer, acostumbrada a ver en el establo un burro con ronzal, seguramente se incomodó al ver a uno sin ronzal!

La sala de reuniones era como un vagón de tren, estrecha y algo larga; unos cuantos negros barrigudos, corpulentos pero de aspecto dócil, esperaban de pie al fondo, como los porteros de las discotecas. Y este hombre que me trajo, con un aire serio y siempre ocupado, daba órdenes continuamente a diestra y siniestra. No entendí lo que les dijo a aquellos negros, pero mientras hablaba con señas de la mano, como diciendo «prestad atención a este», me sentó al fondo del todo, ante los ojos de aquellos negros. Ellos, a todo lo que él decía, o le decían alguna palabra muy corta, o siempre asentían con la cabeza. Él también fue a sentarse en algún sitio de las primeras filas. Debía de ser junto a su mujer; desde atrás no lo veía. ¡Una reunión de dos horas y encima en inglés! Me digo: ya tengo el pescuezo más fino que un pelo, qué le vamos a hacer, aguantaremos. Gracias a Dios terminó la reunión, y este hombre encontró por teléfono a alguien que hablaba alemán. Me pasó el auricular. Aquel hombre me preguntaba: «¿Para qué has venido, qué quieres?» Y yo digo: «He venido para hablar con ustedes.» Pero él dice «¿sobre qué?». Aunque le dije «no puedo explicarlo por teléfono», insistía a toda costa «solo dime el tema y basta». Le dije: «Voy a hablar sobre el Corán.» Bien, ya entendieron. Diciendo «mañana a las ocho vendrás al edificio central», me dijo «pásale otra vez el teléfono a esa persona», y ya podía imaginar lo que habló con él. La reunión se disolvía, y estos me endosaron de nuevo, dando órdenes militares, a un pobre desgraciado del que tampoco entendí lo que hablaba. Se notaba que aquel hombre era un pobre desgraciado del lugar, de esos a los que uno puede subírsele fácilmente a la espalda, y a la vez su guardián. A los más pobres desgraciados siempre se los usa como burros; esto es así en Asia, en América, en Europa y en África. Junto a este pobre desgraciado había también una mujer negra, enorme como medio mundo, a la que llevaba y traía a la reunión. Seguramente era Testigo o alguien interesado; se notaba que él la llevaba y la traía. Por lo que recuerdo, en el coche estaban su propia mujer y sus hijos gemelos de un año y medio, ¿y encima me metieron a mí en medio? O quizá su mujer vino con otros y nos encontramos en la casa, no lo sé, se me ha olvidado. Llevó a la mujer negra en coche hasta el metro, o algo así. Se notaba que él hacía también los trabajos de recoger y repartir. Esto lo sabía yo también por nuestras reuniones. En cuanto ven a un pobre desgraciado, enseguida se le acercan y le dicen, mira, ¿me traes esto?, ¿me llevas aquello? Siempre echan las cargas sobre otro. Pero él también, como un burro, debe de ser un pobre desgraciado incapaz de negarse. ¡Porque aquellos de arriba del todo no quieren ocuparse de cosas tan simples!

Yo ya estaba cansado de estos viajes. La falta de sueño, los ambientes distintos y agobiantes me habían abrumado. Ahora estaba también junto a estos pobres desgraciados. Digo «llévenme al hotel», y ellos dicen «no, no puede ser». ¡Qué clase de hospitalidad! ¿Significa esto «aquí, a toda costa, vivirás como nosotros decimos»? Hasbi, sí, un Hasbi, qué persona tan comprensiva, decía para mis adentros. Estaba tan cansado ya que lo único que quería era acostarme y dormir, aunque fuera en un pajar o en un establo. No, no lo encontré. ¡En América la cama se ha vuelto un objeto muy lujoso! Me quedaría junto a estos Testigos, a cuya casa había llegado, hasta la mañana siguiente, y después me encontraría con los de arriba del todo para hablar.

Llegamos a la casa de estos pobres desgraciados. Ellos me dicen algo, pero yo no entendí. Les dije, señalando con la mano, que lo único que quería era ya dormir. Claro, obedeciendo la orden de aquel que da directivas, el buen hombre me había recogido, me había traído a su casa, ¿qué más podía hacer? Ni tenía la posibilidad. No tenían cama para dormir ni siquiera para una sola persona aparte de ellos mismos. Tienen cocina, ¡pero el café lo compran en el restaurante de abajo! Hasta el huevo estrellado en la sartén lo compran siempre ya hecho, no lo hacen ellos. Esta situación la había visto en el desayuno de la mañana. ¡Así era América! A mí qué me importaba de estos, además yo estaba muy cansado y en aquel momento no quería nada más que dormir. En aquella casa suya de dos habitaciones había un sofá, y su casa estaba como en un estado de que fueran a mudarse. Él me señaló con la mano aquel medio sofá, dije «vale». Es decir, me acurrucaría allí y dormiría, como se duerme dentro de un coche. Y ellos se fueron de la casa. Yo, más que dormirme, me desmayé, por así decirlo. No sé si fue el aire distinto, si era la primavera, si el viaje, si el ánimo, o si todo a la vez, pero yo estaba acabado. En aquella casa como de dos habitaciones, cuyo aseo ni siquiera sabía dónde estaba, como un nido de cigüeña por el que había que andar saltando por encima de algunas cosas, mientras yacía desmayado sobre aquel medio sofá, cada dos por tres venía un montón de gente a la puerta. Hablaban a gritos. «Ay Dios, seguramente han venido con sus invitados, y yo durmiendo, quedará feo, voy a levantarme», me digo, y aunque, diciendo «quedará feo», me enderezaba a la fuerza, no venía nadie, y aquellos que hablaban a gritos se iban, y yo volvía a caerme de lado y a desmayarme de nuevo. Esto pasó así quizá diez o veinte veces. Cada vez, medio desmayado, como un tentetieso, me enderezaba un poco en aquel sofá estrechísimo, y luego, plum, volvía a tumbarme. No sé cuántas horas pasaron; gritaban delante de la puerta, pero ni venía nadie ni se iba nadie, no había nadie en casa. Parecía que había venido y se había ido un montón de gente. Cuando ya empezaba a volver en mí, se me abrieron los ojos y así, medio desmayado, miraba fijamente a un punto. Miro sin moverme lo más mínimo. No sé si estoy durmiendo o si estoy desmayado. ¡Ah! De pronto veo delante de mis ojos un pequeño ratón. Dije: no puede ser, es una alucinación. Él no me hace ni caso. Se pasea delante de mis ojos de aquí para allá. Los ratones solo me gustan en los dibujos animados de Tom y Jerry. Yo, poco a poco, empecé a volver en mí. El ratón se paseaba dentro de la cocina, encima de los armarios, por todas partes. Uno de los cajones de la cocina estaba entreabierto, y él intentaba meterse dentro. Me dije: bien, en cuanto entre, cerraré el cajón sobre él, y así, en guardia, esperaba desde donde estaba tumbado. Entró y, rápidamente, fui y empujé enseguida el cajón. Pero el ratón había salido por detrás del cajón y se había ido. Da igual, que al menos no ande por en medio; no me gustan nada los ratones. No me gustan porque son sucios. De niños, en casa cuidamos toda clase de animales. Habíamos cuidado en nuestra casa incluso un acuario enorme lleno de los ratones de la escuela. Se habían reproducido y se habían vuelto un montón. Como mi madre amaba mucho a los animales, gracias a Dios saciamos de niños esos sentimientos nuestros. Aun así, los ratones que se pasean libres por la cocina, por la casa, me revuelven el estómago.

Ya me levanté poco a poco. No había nadie en casa y de nuevo empezaron aquellas voces de multitud. Resultó que era ese tipo de teléfono del hombre que llaman «con contestador automático». Al grabar en cinta la voz de los que hablaban, la había conectado a un altavoz tan malo que se oía también desde fuera. Hermano, además qué alto había puesto el volumen. Yo nunca en mi vida había visto un contestador de esa clase. Y encima, esas cosas por aquel entonces no estaban tan extendidas como en nuestra época. Ni siquiera existía todavía eso que llaman teléfono móvil. Por eso me había asombrado. Todavía aquellas voces son una pesadilla que no puedo olvidar.

Hacia la noche estos volvieron a casa. ¡Uf! Al parecer íbamos a ir a comer juntos. Qué malo es a veces no saber el idioma, pero también qué bueno es a veces. Junto a ellos había también una mujer algo mayor. Resultó ser la madre de la mujer. En mi opinión, ellos venían de un país del sur. No sé si México o algún otro país. En mi opinión, el hombre, por su aspecto, era de origen europeo. Los hijos gemelos se parecían clavados el uno al otro. No había diferencia alguna. Seguramente, como dije, tenían alrededor de un año y medio.

Todos juntos fuimos a un restaurante que este hombre decía que era muy bueno. Hacían bistec. Mucha parte no se podía comer, con hueso, con cartílago; la peor carne que he comido. Seguramente era carne de toro o algo así. El hombre pregunta, que qué tal, ¡y qué voy a decir! Como preguntaba a menudo demasiado, ya no pude ser hipócrita, y para que no se molestara, señalando los huesos de mi plato como diciendo que mucha parte no se podía comer, aun así movía la cabeza como diciendo «bien, bien». Para lo que era aquella comida, era además un lugar muy caro. Yo, como de todos modos les estoy siendo una carga, había pagado por todos. Una comida tan cara y un timo así nunca volví a comerlo en América. Quizá aquel buen hombre me llevó a un lugar del que siempre oía hablar y hablar pero al que no había podido ir, y como en ese momento yo era su invitado, lo consideraba en su mente muy famoso, no sé. A veces me pasa a mí también. Aquel restaurante que llevamos a un invitado diciendo que es el mejor y que en nuestra mente decimos que es el mejor lugar, resulta ser una porquería. Es un lugar al que nunca hemos ido pero que de lejos parece agradable. Y en cambio, los lugares a los que vamos siempre son mucho más de calidad y más baratos. No sé si es que, como nosotros vamos siempre a esos lugares y nos hemos hartado, pensamos que ese invitado también se aburrirá. Pasan estas cosas; en mi opinión, aquellas personas eran pobres y buena gente. Cuando volvimos a casa por la noche, nos entró la preocupación de dónde iba a dormir yo. Por lo que el hombre contaba, muchas personas que, como yo, venían a hablar a aquel edificio central, se habían alojado siempre en su casa. Esta vez sentí aún más lástima por el hombre. ¿Quién sabe por qué razones vinieron también aquellos? Así que, según la categoría, a estas personas se las endosaban a él o a algún otro. Cuando dije que iba a hablar sobre el Corán, ¡me endosaron a estos! Por quien más pena sentí fue por estas personas en cuya casa iba a quedarme. Y eso que, si me hubieran llevado a un hotel adecuado que conocieran en aquella ciudad, con eso me habrían hecho el mayor bien que podían hacerme. En resumen, el hombre intentó hacerme dormir a mí también en el suelo, sobre algo, en su propio dormitorio. Dije: por favor, no lo hagas, el hombre tiene una sola habitación, ¡y encima estaría yo en medio de ellos! Abajo tenía un garaje en el que, incluso de pie, había que tener cuidado al girarse a un lado y a otro. Por todas partes había un garaje. Como los maleteros de los coches que vi. Hasta para estar de pie hay que escarbar, y encima estábamos a finales de marzo. Dije: «Yo dormiré aquí.» Aunque dijo «no puede ser» y demás, yo lo forcé y lo conseguí. Con un poco de su ayuda también, escarbamos e hicimos sitio. Digo «¡ay!» y, para mis adentros, me daba también consuelos moral por un lado, diciéndome a mí mismo: «Ante lo que padecieron los apóstoles de los tiempos antiguos, ¿qué es esto que me pasa a mí?» Porque no tenía ningún otro remedio. El hombre me dijo algo como «¿acaso se puede dormir aquí?» y demás, pero yo, diciendo «yes, yes», me acosté en aquel garaje sobre una cama plegable portátil, finísima y bastante hundida en el medio, en forma de «V», con la condición de no girarme ni a la derecha ni a la izquierda. Cómo me acosté y cómo me levanté, eso solo lo sé yo. De esa manera, por la mañana fuimos enseguida al edificio principal y él me metió dentro, cuando justo en ese momento llegó a la calle un policía de tráfico. Se había parado en un lugar prohibido, o algo así, y para que no le pusieran una multa, se fue corriendo con su barrigón. Tampoco a este hombre volví a verlo nunca. Después de volver a Alemania, le hice escribir a Bernd una tarjeta en inglés y les di las gracias. No llegó respuesta ni nada. En su casa, en la pared detrás de la puerta de entrada, tenía tarjetas clavadas sobre una tabla; quizá haya clavado también mi tarjeta allí.

Así que por fin había podido llegar al lugar al que quería llegar. Padecí todos estos apuros para llegar a este lugar, pero, gracias a Dios que llegué, pensaba para mis adentros. Un hombre alto de cabello blanco, junto a un alemán de estatura media cuyo único diente delantero de la boca se había amarilleado, me metieron en una pequeña habitación. Aquellos lugares estaban ordenados, dispuestos como las salas de reuniones de los Testigos. Al fin y al cabo, era el edificio central de los Testigos. Nada más entrar, al fondo a la izquierda, una pequeña habitación. Estos empezaron a hacerme preguntas. El nombre de mi padre, si había hecho el servicio militar o no, si lo había hecho dónde lo había hecho, si estaba casado o no, mi hijo, etc. Me pidieron el pasaporte, y también se lo di. Me preguntaron también cómo había ido a Alemania. Todas estas preguntas, creo, duraron unos veinte minutos, más o menos. Puede ser, me decía, tienen que hacerlo por su propia seguridad. Pero ¿de quién, por qué tenían miedo estos? Además, aquel entonces no era una época en la que América librara una guerra contra el terror y demás, como ahora. Durante toda esta conversación, aquel hombre de diente amarillo que sabía alemán y que hablaba conmigo no me gustó nada, pero nada. Era un engreído, un miserable. Después de que estos terminaran las preguntas de seguridad propias de un servicio de inteligencia, me dijeron: «¿Por qué has venido aquí?» Yo dije de nuevo: «Para hablar con ustedes sobre el Corán.» Y en cuanto sacaba de mi maletín las series de escritos que ellos mismos habían publicado, este del diente amarillo dijo «nuestra conversación ha terminado» y se puso de pie. Aquel de cabello blanco, que más adelante supe que era Albert Schröder, uno de los miembros del cuerpo gobernante, aunque se le enrojeció el rostro, se plegó a la miseria de aquel de diente amarillo y se puso de pie también. Yo, desde donde estaba sentado, los miraba e intentaba con prisa guardar las revistas y demás en mi maletín. Y estos me esperaban de pie, como diciendo «venga, ya lárgate de una vez». Aunque dije «por favor, denme media hora para que explique un poco», se obstinaron como piedras diciendo «no». Y eso que habían malgastado su tiempo conmigo media hora con preguntas absurdas; ¡qué les habría costado dedicar media hora de su tiempo a esta persona que venía desde siete mil kilómetros de distancia! Yo cogí mi maleta y salí de allí. Me alejé unos cincuenta metros del edificio, me apoyé en un muro y me senté en el suelo sobre las escaleras de piedra. Pensaba para mis adentros: «Quizá se les ablande el corazón y me vean y me llamen.» Cuando me senté al pie de aquella escalera de piedra, serían las nueve de la mañana. Estuve sentado así ocho horas. Se me veía también desde delante de todo aquel edificio. Nadie me llamó. Me decía: «Ahora, ¿qué voy a hacer? He venido en vano, ni siquiera pude hablar.» Me decía para mis adentros: «Si al menos me escucharan, que acepten o no acepten, pero que escuchen.» Durante aquellas ocho horas de espera, sin saber en absoluto qué iba a hacer ni adónde iría, orando continuamente a Dios en mi interior, estuve sentado así, hablando conmigo mismo.

Por mucho que me sentara, no había nadie que fuera a venir y decir: «Por favor ven, cuenta lo que quieras contar, y luego te vas otra vez.» Me vino a la mente Moisés. Aquel hombre se ocupaba de todas las disputas, roces, peleas de los israelitas, hasta de sus asuntos más pequeños, de todos sus problemas. Es algo terrible que, para un pueblo obstinado y rebelde cuyo número era de millones, uno solo se siente de la mañana a la noche e intente resolver sus problemas. Hasta que el suegro de Moisés, que era sacerdote de Dios en Madián, vio esta situación y le dio consejo para que no se debilitara, Moisés hacía este trabajo él solo. (Éxodo 18, todo el capítulo) Estas personas, en cambio, con esta técnica, con todas estas comodidades, ¡ni su tiempo ni su orgullo les permiten hablar con una persona que viene, sea quien sea y para lo que sea, desde miles de kilómetros solo para hablar! ¿Dónde está aquella abundancia y comodidad en la que estos viven, con aire acondicionado, con «pan en la mano y agua en el lago», con una mano en la mantequilla y otra en la miel; y dónde está Moisés, obligado a ocuparse siempre de aquel pueblo rebelde, en el desierto árido donde no se encuentra ni una sombra! Me dirán: «¿Acaso Moisés y estos hombres son comparables?» Sí, tienen razón también, pero la razón por la que los comparo con Moisés mediante este ejemplo sencillísimo es por sus propias palabras. Estos se consideran tan superiores a Moisés. Como dije, ¡hasta Jesús, para ellos, solo podría estar a un nivel que aceptaran, y siempre que no les contradijera! Así piensan, así se comportan, y sus cuerpos gobernantes tienen también tales frutos. Estos están llenos de un orgullo, una soberbia y un engreimiento que los hacen considerarse superiores a todos. Aunque un Testigo diga que estas últimas frases mías son absurdas, sus prácticas y sus enseñanzas confirman lo que escribo. Además, ninguno de ellos ha vivido con ellos estas experiencias que yo viví, para poder saberlo. Solo unos poquísimos de entre los que han salido o han sido expulsados de ellos conocen un poco mejor aquella religión. Las experiencias que han obtenido acerca de ellos ya no son las de alguien que dice siempre «sí», sino que se han vuelto muy distintas al decir «no». Coged cualquier publicación de La Atalaya y leedla. Estos siempre se alaban a sí mismos. Y en cambio, David y su hijo Salomón dicen así:

Porque, aunque el SEÑOR es excelso, mira al humilde, mas al altivo lo conoce de lejos. Salmo 138:6

Alábete el extraño, y no tu propia boca; el ajeno, y no tus propios labios. Proverbios de Salomón 27:2

Yo, al menos, no me encontré con una sola revista de «La Atalaya», o con su antiguo nombre «La Torre del Vigía», que estuviera en conformidad con estos dos versículos. Hablan mucho de la humildad. Esa cualidad que esperan de los demás, quieren que se muestre siempre hacia sus propios cuerpos gobernantes. Según ellos, en este mundo todos deben ser humildes. ¡Pero solo hacia sus propios cuerpos gobernantes! Todo tipo de orgullo, soberbia, engreimiento, robo, maldad, violación de niños, etc., entre ellos, hasta cierto punto lo perdonan. Pero a quien se opone a aquel cuerpo gobernante suyo, jamás lo perdonan. Ya lo digo: yo entiendo, y entiendo también, a aquellos peces gordos de arriba, pero a los burros que se inclinan ante ellos y dicen «súbete a mi espalda», a esos jamás los entendí ni podré entenderlos. A veces me incluyo también a mí mismo. Por casualidad me vinieron a la mente estos versículos.

No confiéis en los gobernantes (los príncipes), ni en los hijos de Adán, en quienes no hay salvación. Salmos 146:3

El temor del hombre tiende una trampa; mas el que confía en el SEÑOR está seguro. Proverbios de Salomón 29:25

Con estas palabras, Dios no tiene el propósito de mostrar a los hombres como enemigos unos de otros. Por otro lado, está en contra de que la honra, la gloria que solo se le debe dar a Él, se dé a los hombres, y de que de esa manera se les obedezca y se les ensalce. Los hombres, no sé por qué, están siempre muy inclinados a estas situaciones.

Aunque yo hubiera esperado allí no ocho, sino ochenta horas, no habría servido de nada. Estaba muy cansado. Se me ocurrió una idea. Ya venía pensando continuamente en no irme sin hablar con estos. Y para que me ayudara, le suplicaba continuamente también a Dios. Unos días después, estos tenían que reunirse para conmemorar el día de la muerte de Jesús. Había encontrado más bien un valor para hablar con aquel Albert Schröder de cabello blanco, que estaba en el cuerpo gobernante. Necesitaba saber en qué sala de reuniones de Nueva York estaría él aquel día. Y quería probar de nuevo mi suerte allí. Porque él también, temiendo a aquel canalla que tenía al lado, había caído en la hipocresía. Aunque no supiera su idioma, el que a aquel hombre mayor se le enrojeciera el rostro ante la actitud que mostraba aquel canalla fue para mí una buena señal. Me levanté de nuevo y fui a aquel edificio. Pregunté a qué sala de reuniones iría él aquel día. Me lo dijeron, y tomé también la dirección. Pensando «ahora me subo a un coche, voy al hotel y hasta ese día descanso», me subí a un taxi. El taxista era negro. Le dije que buscaba un hotel. Es más, como sabía que quedarme en un hotel durante un mes entero me saldría muy caro, pensé: espera, se lo preguntaré a este taxista, quizá pagando me quede en su casa, y se lo pregunté. Hasta que se lo expliqué se me salió el ombligo, pero lo entendió. Continuamente se detenía y llamaba a casa, pero no encontraba a su mujer. Sin duda tenía que preguntarle a ella también esta situación. Pero si Schröder tampoco me escuchaba, o si incluso después de escucharme mi asunto aquí terminaba, entonces regresaría a Alemania. Que yo me quedara allí un mes saldría muy caro. Como el taxista, de todas formas, no encontraba a su mujer para pedir permiso, yo le dije: «Llévame a un hotel, ya hablaremos por teléfono otra vez.» Al mismo tiempo, me decía que quizá pudiera regresar también en una semana. El taxista dijo: «Por una semana no vale la pena.» Le dije: «Pero eso solo podré saberlo dentro de dos días», y le dije que me llamara por teléfono. Para el hotel, intenté explicarle que no fuera muy caro, pero que tampoco fuera un lugar indigno. Este hombre también era buena persona. Buscó bastante y preguntó, y al final encontró un lugar a 89 dólares la noche. En ese dinero no estaban incluidos ni la comida ni el desayuno. Había lugares a cinco dólares la noche, ¡pero qué clase de lugares! El gerente del hotel era un hombre algo mayor que sabía alemán. Él también se ocupó mucho de mí. No sé por qué, me dio hasta el número de teléfono de su casa. Que el director de aquel hotel de lujo, en un lugar como Manhattan, me mostrara semejante trato, me hizo tomarle cariño a aquel hotel. Ya lo dije: la bondad siempre la vería quizá en personas que no conocen a Dios y que no sienten la necesidad de hacerle publicidad.

Cuando entré en la habitación, no puedo explicar el alivio que sentí. Me duché y me acosté. Me despertaba una y otra vez viendo pesadillas, y volvía a dormirme. Desde que había salido de viaje no había llamado a casa ni una sola vez. Cómo iba a llamar. No me gusta nada llamar por teléfono desde los lugares a los que voy. Porque a todos les duele el alma, lo sé. Solo si yo mismo encuentro una posibilidad, entonces llamo. Y en un país extranjero, desconocido, esa posibilidad casi nunca se le presenta a uno. Además, por aquel entonces no había móviles ni cibercafés ni nada, como ahora. En cuanto entré en la habitación llamé enseguida a casa. Yo, con alegría, tenía la esperanza de que hablaríamos por teléfono; la mía, en cambio, como acusándome, decía continuamente «¿por qué no has llamado?» y lloraba a lágrima viva y ni siquiera me oía. Escuché también dos o tres minutos de esta sesión de llanto. Después de calmarla y consolarla, colgué el teléfono y me acosté. Y eso que al salir de casa se lo había dicho continuamente: «No podré llamar, no te preocupes.» Una característica de mi señora es también que, digas lo que digas, ella actúa, piensa y espera igualmente según la expectativa, la fantasía que tiene en la cabeza. Cuando me acosté serían las seis de la tarde, y dormí unas tres horas, más o menos. En realidad, ya iba a dormirme, pero en todo el día no había comido nada. Seguía en pie con aquella carne de toro de la que el día anterior no había podido comer ni medio pedazo. Hacía unas treinta horas que no me había entrado nada en la boca. Ni comida ni bebida. Antes de eso había estado también junto a los turcos, y tampoco había comido nada. Tenía dinero, en ese aspecto estaba tranquilo. Un ayuno de unos pocos días así no me haría nada. Pero en los ayunos muy prolongados me ardía mucho el estómago. No quería pasar así toda la noche también. ¡Y no era fácil, había venido a ver a los hombres de Dios!

Me levanté y, vistiéndome, salí a la calle. No sé adónde iré. Pero el hotel estaba justo en el centro de Manhattan. Miraba a mi derecha y a mi izquierda diciendo: hacia donde gire seguro que encuentro algún sitio como un restaurante. Justo cuando esperaba en la acera, a mi derecha dos mujeres jóvenes de baja estatura hablaban entre sí en turco. Dije: esto seguro que es una alucinación. Me acerqué a ellas; no era una alucinación, de verdad eran turcas. Les pregunté: «¿Conocen ustedes algún lugar para comer?» Ellas dijeron: «Nosotras también estamos buscando.» Empezamos a buscar juntos. Encontramos un restaurante que era de autoservicio. Coges tú mismo tu comida en una bandeja y pagas en la caja. Mientras hablaba con la chica, le dije: «¿Qué platos me recomendáis, acaso? Vosotras, como vivís aquí, lo sabéis mejor.» ¡Y el camarero detrás del mostrador va y dice en turco «comed esto»! Él también era turco. Después incluso nos hicimos amigos con aquel muchacho. Aquellas mujeres que vi en la calle resultaron ser madre e hija. La mujer había venido de Turquía a visitar a su hija. La hija había venido a Nueva York diciendo que iba a cuidar niños, o algo así. Eran gente de Adana y de buena posición. Solo que la pobre mujer tenía una gran herida. Mientras comíamos en el restaurante, no paró de llorar y me lo contó. Acababa de perder, muy recientemente, a su hijo, muy joven, en un accidente de tráfico, y encima en un accidente de tráfico terrible. Chocó por detrás a gran velocidad contra un tractor que llevaba largas estacas puntiagudas. Aquellas estacas se le clavaron por todo el cuerpo. Lloraba y contaba a la vez. Y yo, hasta donde me llegó la lengua, quise darle esperanza. Le hablé de la esperanza de Dios de resucitar a los muertos. Le dije que con esta vida no se acaba todo, que Dios no nos creó a los seres humanos para que desapareciéramos para siempre, y demás. Al principio escuchó con interés y demás, pero cuando terminaron las comidas, y al oír que yo también estaba casado, o algo así, cambiaron de repente. Quizá se retrajeron de mí y de los temas relacionados con la resurrección de los que hablé, no lo sé.

Después aquel muchacho, el camarero turco, se acercó a mí, hablamos juntos y enseguida quedamos. Él también era otro pobre desgraciado. Se había criado en Alemania, en Berlín. Después sus padres habían hecho el regreso definitivo a Turquía. Él también había terminado la escuela superior de hostelería en Estambul. Se había enamorado de una chica, pero la chica se casó con otro hombre rico. Él también se enfadó y se dolió mucho por esta situación. Decidió, como fuera, no quedarse en Turquía, y encontró trabajo en un barco de pasajeros extranjero. Cuando el barco atracara en Nueva York, huiría con un amigo que estaba en su misma onda. Y huyeron. Aun bajo las condiciones más difíciles, gracias a la educación que había recibido, había podido protegerse allí. Este también hizo algo que no me gustó nada. El dinero del taxi en el que fuimos a pasear por mí, lo pagó siempre él mismo, de un modo que no aceptaba negativa alguna. En aquel entonces me dolía tanto el alma. Yo, para este viaje, ya había apartado cierta cantidad de dinero, pero estas personas estaban bajo condiciones muy difíciles. ¿Acaso se les puede coger dinero, o se les puede ser una carga? Después tomé su dirección y nos carteamos. Un par de veces tuvo pequeñas peticiones, y estando en Alemania se las envié por correo. Le hablé siempre de la esperanza que Dios tiene para nosotros, la humanidad. Tanto en las cartas como cuando estaba allí. Pero estas personas llega un día en que se hartan de estas conversaciones. Cuando regresé a Alemania, le había dicho «te enviaré una Biblia en turco», y se la envié. Después las cartas se cortaron, dejamos de escribirnos, no escribió más. Lo que me asombraba era encontrarme con personas así en un lugar de lo más inesperado. Y eso que las personas, en general, son muy tacañas, interesadas y demás, ¡de dónde me habían salido estas! Y encima, todas estas personas vivían bajo condiciones muy difíciles. Que Dios proteja a personas así. No lo digo solo porque me trataran bien a mí; ellos trataban así a todo el mundo. Esto, en mi opinión, era una característica suya. Durante todo este viaje mío, ¿dónde estaban las personas con las que quería hablar, con las que quería reunirme, y dónde estaban estos pobres desgraciados? ¿Cuáles, en vuestra opinión, complacen a Dios? En mi opinión, los que son humanos, por supuesto. Jesús el Mesías dio un ejemplo muy hermoso sobre el amor al prójimo, es decir, al hombre. Todo cristiano conoce también esta historia que contó Jesús el Mesías como la del «buen samaritano». Si queréis, abrid y leed vosotros mismos, de su lugar, este pasaje que se encuentra en el libro de Lucas del Evangelio, los versículos 10:25-37. De nuevo, como dije, el amor que aparece en estos versículos lo vi, no en los que enseñan continuamente esos versículos, sino en los que ni siquiera mencionan el nombre de esas cosas, en los que no las conocen, vi la verdadera amistad y el verdadero amor; por desgracia esta es la verdad. De nuevo me vino a la mente Napoleón Bonaparte. Había dicho: «Cada uno lucha por lo que no tiene.» Seguramente estos religiosos enseñan las cosas que no tienen en sí mismos, y se jactan de esas cosas que no tienen. Jesús el Mesías dio una señal más muy clara sobre las características de las personas que eligió como suyas. Y esa era que estos no tendrían ni sus enseñanzas ni sus conocimientos. A los que están de su parte, es decir, a los aceptos ante Dios, Él los describió de esta manera:

Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros. Como yo os he amado, amaos también vosotros los unos a los otros.

En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros.» Juan 13:35

Esta era la medida. ¡Los Testigos supuestamente estaban muy llenos de amor los unos hacia los otros! Esto era algo que, en mi experiencia de casi 20 años, no había visto mucho. La mayoría de las veces, en los congresos y reuniones, que suelen ser formales y falsos, abrazarse unos a otros es algo que hace todo el mundo. Es un hecho que los miembros de cualquier club, los que usan la misma marca de motocicleta, las personas que son miembros del mismo partido y siguen al mismo equipo de fútbol, muestran también en aquel estadio, unos hacia otros, una cercanía incluso mayor y más generosa. Entonces, si estas personas, según los Testigos, son paganas, y ellas poseen tales buenas características, ¿qué superioridad tienen entonces ellos mismos sobre estas personas? ¡En los congresos dejan limpios los estadios! Si los otros ensucian, el trabajo del personal de limpieza es justamente ese, limpian. ¿Es esta la diferencia? Además, ellos, para que les salga barato, se hacen cargo también de la limpieza del estadio que alquilan, y por eso están obligados a dejarlo limpio. Es decir, de nuevo hay intereses materiales de por medio. Si la característica es la ayuda mutua, ¿acaso los que no conocen ni reconocen a Dios no se ayudan más unos a otros? De nuevo, si se abrazan y se besan, poned atención cualquier día en la estación de tren más sencilla o en el aeropuerto, fijaos en aquellas personas que se encuentran; ellas también se comen vivas unas a otras, pero cuando se ven, ¿acaso no se abrazan? Decidid vosotros mismos, después de leer este libro, quién posee y quién no posee el amor al prójimo, es decir, al hombre. Yo no lo vi en los Testigos. Más bien, ese amor natural, verdadero, no lo vi en ninguna persona que dice ser «religiosa». No digo que no exista; digo que yo no lo vi. Si de nuevo nos quedamos como tema en los Testigos, el que dice «lo veo» o es hipócrita o es ciego. Como dije, no hablo de los espectáculos naturales que todos muestran unos hacia otros; hablo del amor verdadero. Si no, habría que declarar al Papa de la Iglesia católica el hombre más lleno de amor. Las peleas, las desavenencias que aquellos Testigos que trabajan como misioneros en otros países tienen entre sí en los mismos lugares donde viven, el que se roban unos a otros los bienes en las casas que comparten, lo escribe claramente en su libro Raymond Franz, que fue miembro del cuerpo gobernante salido de entre ellos. ¡Las personas de las que habla Raymond Franz, que dice que era imposible sobreponerse en aquellos lugares a los que él mismo fue con el encargo de resolver este tipo de problemas, son los propios Testigos, que predican el paraíso y dicen «nadie se salvará salvo nosotros»! Estas personas, que en sus predicaciones dicen a la gente: «En el paraíso no habrá cerraduras en ninguna puerta», mientras vivían juntos, protegían hasta los armarios de su habitación unos de otros con candados.

En aquel hotel donde me quedé pasé muy buenos días. ¿Hay algo tan hermoso como la libertad? La libertad es uno de los sentimientos más hermosos que Dios ha puesto en nuestro interior. Aunque Satanás y la humanidad se empeñen en estropear también este sentimiento, Dios puso este hermoso sentimiento en el interior de los hombres de modo que su existencia se conserve hasta la eternidad.

La Sagrada Escritura habla de una mujer. Cuando el profeta Eliseo pasaba casualmente por el lugar donde vivía aquella mujer, esta lo obliga a comer en su casa. Cada vez que el profeta pasa por ese camino, aunque a veces pasa hasta un año sin que pase, pues cada vez esta mujer invita al profeta Eliseo y a su criado a comer en su casa. Un día esta mujer le dice a su marido: «He comprendido que este hombre que siempre pasa junto a nosotros es un santo varón de Dios. Vamos, hagámosle sobre el muro un pequeño aposento alto, y sucederá que, cuando venga a nosotros, se quedará allí.» (2 Reyes 4:8-37) Sobre esta mujer, la Sagrada Escritura habla diciendo: «era una mujer importante» (2 Reyes 4:8). Con esto Dios quiere expresar lo valiosa que era aquella mujer. La mujer era hospitalaria y comprensiva. A aquel profeta le manda hacer un aposento aparte para que de verdad esté cómodo. Así que la necesidad de un lugar aparte para estar cómodo está en toda persona. Y sin embargo, ¿acaso invitarlo a su casa no era ya algo muy grande? ¿No habría bastado con eso? ¿No habría podido pensar también: «¿Y cuándo va a volver de nuevo?»? ¿Valían la pena estas molestias? Y además, es seguro que esta mujer no buscaba su propia honra en las cosas que hacía. Algunas personas lo hacen, pero se quedan de pie enfrente mirando, esperando que se las alabe. Es seguro que esta mujer no era de esas. En el bien que hacía buscaba, no su propio provecho, sino el provecho y la comodidad del otro, tal cual. Su propósito tampoco era reunir gente a su alrededor por aburrimiento o para chismorrear. De nuevo, es uno de los temas breves pero muy hermosos de la Sagrada Escritura, que se lee de un tirón. Os recomiendo que lo leáis.

Mientras escribía esto, me vino a la mente otro suceso que viví hace muchos años. Tendría unos veinte años. Habíamos ido a Chipre en coche y habíamos gastado hasta no dejarnos ni un céntimo en el bolsillo. No nos había quedado ni dinero para echar gasolina al coche, y nos habíamos hospedado en Mersin junto a unos desconocidos. Algo así tampoco lo vi nunca. Nos prepararon una mesa tal que en aquella mesa en el suelo había de todo. Empezamos a comer, pero no había nadie a nuestro alrededor. Es más, yo había buscado sal y no la había encontrado, y esperé y esperé por si venía alguien, pero no vino nadie. Resulta que ellos nos habían preparado la comida y se habían ido. No sé adónde se habían ido. Quizá habían pasado a otra casa de al lado. Pero lo habían hecho solo para que estuviéramos cómodos. Y encima nos dieron dinero y nos despidieron. El hombre tenía una familia numerosa. Su oficio era taxista. Nos llevamos con nosotros también a su hermano y fuimos a Estambul. De hecho, primero habíamos conocido a aquel hermano suyo. Mientras esperábamos el barco en Mersin, habíamos pasado por un taller, y este trabajaba allí. Unos días después de llegar a Estambul, nosotros pagamos el dinero a aquel buen hombre y, comprando también el billete de su hermano que iba con nosotros, lo subimos al autobús. Aquel muchacho no le llevó de vuelta a su hermano mayor ese dinero. Era un poco mentiroso. Según lo que él contaba, en Ankara había mucha nieve y el autobús no había podido seguir; había tenido que quedarse días en un hotel en Ankara, ¡y el dinero se había acabado! Sentí tanta lástima por aquel hermano mayor que nos había mostrado esta humanidad. Yo también en aquel entonces era estudiante. Tampoco tenía tanto dinero como para darle una vez más a aquel buen hombre. Después le escribí también una carta pensando que este canalla seguramente le habría contado a su hermano mayor otra cosa. No recibí respuesta ni nada. Qué iba a decir el pobre hombre; si escupe para arriba se le cae en el bigote, y si escupe para abajo en la barba. Lo que hizo aquel muchacho fue una insensatez suya. Pero, a pesar de que han pasado tantos años, no puedo olvidar a su hermano mayor. Personas así hacen el bien que hacen sin esperar recompensa alguna. Porque es lo correcto, porque son humanos. Y sobre todo, aunque sea con un conocimiento mínimo, estas personas son así porque aman a Dios, aman a los hombres.

Las personas que poseen estas características son, a ojos de los Testigos, paganas y personas que nunca se salvarán. Ahora se me ocurre: aquella noche además nos habían dado los mejores dormitorios, un dormitorio enorme y limpísimo. Conmigo había también una mujer tres años mayor que yo y el amigo cuya hermana mayor llevábamos a Chipre. Era el año 1980. Quizá pudiera ser también 1981. Ojalá me encontrara una vez más con aquellas personas. Este amor, esta gratitud que sentía en mi interior todavía no puedo olvidarlos. Y quizá nunca los olvide. Pensad en el bien que este hombre nos hizo. Y en cambio, si en su lugar hubiera estado un religioso, habría pensado así: «Cuando se fueron de vacaciones seguro que tenían dinero; quién sabe qué golferías y qué vagabunderías hicieron para acabar así; que ahora sufran su castigo.» Y tendría razón también en pensar así. Es más, el amigo que estaba conmigo, diciendo «de perdidos al río», había invertido todo el último dinero que teníamos en cartones de cigarrillos Marlboro. Habíamos gastado hasta no quedarnos ni dinero para pan. Estas personas, en cambio, nos ayudaron sin pensar ni esperar nada. El religioso persigue hasta el pan que da: cómo te lo comiste, a qué parte del estómago fue y dónde lo vas a expulsar. Los religiosos de este tipo de los que hablo, por el bocado que dan de comer, sacan en su mente hasta radiografías del estómago del hombre. Si te comiste su pan y encima haces algo que no le gusta, mete el brazo y te saca de nuevo aquel pan del estómago. Estas son las diferencias entre los que conocen a Dios y los que no lo conocen. Creed o no creáis, yo escribo lo que viví, lo que vi, los acontecimientos de la historia, las escrituras sagradas. Hay un dicho: «Al que le pique, que se rasque»; a mis lectores que no quieran creer, yo quiero darles esta respuesta. También hay religiosos que, por su cultura, son muy hospitalarios y generosos. Ellos también, después de dar de comer y de beber, y de dar dinero, ponen bombas por todo el cuerpo y dicen: «Ve a tal lugar y explota junto con esas bombas, que Dios también te pondrá en el paraíso.» ¡Todos estos son sirvientes de Dios! Ya lo digo, me muero de miedo de las personas que empiezan diciendo «en el nombre de Dios». ¿Qué quiere decir, que las personas que creen en Dios son siempre así? Yo también creo en Dios, pero no encuentro en mí nada de lo que jactarme. Estas religiones, en cambio, dejando de lado el jactarse, ¡encima dicen que solo ellas tienen la autoridad de vender el billete para ir al paraíso!

Cuando estaba en Nueva York, un día antes fui en taxi a la dirección donde estaba la reunión a la que iría aquel hombre de cabello blanco, miembro del cuerpo gobernante, con quien quería reunirme de nuevo con una última esperanza, para conocer el lugar y la distancia. Después regresé en metro al hotel donde me alojaba. Este asunto del metro de Nueva York me había gustado mucho. Todo el día, vayas adonde vayas, un dólar. Y también aquellos nombres de las calles eran muy agradables. La mayoría de las calles estaban numeradas; equivocarse era como algo casi imposible. Hasta en las paradas te bajas según esos números. Habían montado un sistema de transporte que hasta alguien con un poco de cabeza aprende en tres o cinco minutos. Y encima, hasta alguien que no sabe nada de idioma puede arreglárselas con esto fácilmente. En París también hicieron el sistema de metro según este principio, pero aun así no es tan fácil como el de Nueva York. En Europa, buscar aquellos lugares con los nombres que les ponen a las calles, como nombre y apellido, es la muerte. Estos, dándole a una gran parte de aquella ciudad enorme tales números, facilitaron encontrar las calles.

Por fin llegó el día que iba a ser mi última esperanza. La importancia de aquel día era también, por la muerte del Mesías, de verdad muy significativa para toda la humanidad. El significado de este día lo he tratado hacia el final del libro, bajo el tema «Un día muy importante».

A pesar del tráfico de Nueva York, pude llegar a aquella reunión a tiempo. Nada más entrar, mi vista buscó a Albert Schröder y lo encontró. Me acerqué enseguida a él y me reconoció. Me preguntó en alemán: «¿Cómo estás?» Él era de origen alemán, pero había nacido y se había criado en América. Aunque, cuando se hablaba alemán, entendía un poco, él mismo no podía hablarlo. Yo había creído que este hombre tenía unos 65 años. Cuando regresé a Alemania, mientras hablaba con Bernd, él lo conocía por las revistas y me dijo: «Tiene que tener más de ochenta.» No lo creí y dijimos: «El que yo vi quizá era su hijo.» Después, cuando encontró su foto en una revista y me la mostró, dije: «¡Ah! Este era el hombre.» Y él dijo: «Y este no es un padre-hijo ni nada, es él mismo.» De verdad, para ser una persona de más de ochenta, era alguien que se había conservado muy vigoroso. Si todavía está vivo, ahora debe de tener cien años. Ante la pregunta que me hizo, yo dije que «estaba bien» y le di las gracias, y de nuevo, como suplicando, entré enseguida en el tema y dije: «Por favor, escúcheme media hora y me iré de nuevo como vine. Que no haya venido en vano desde miles de kilómetros de distancia.» Lo entendió y dijo: «Ven mañana a tal hora.» Se lo agradecí muchísimo y le supliqué también, por favor, que no volviera a traer a aquel traductor. Solo mirándome a la cara y algo asombrado, asintió con la cabeza como diciendo «de acuerdo». Durante aquella reunión estuve muy contento. Al día siguiente fui también enseguida a la hora que había dicho. Esta vez tenía a su lado otro traductor. Resultó ser alemán, y como era arquitecto, se encontraba allí para trabajar en algunos cargos. ¿Sabéis eso que dicen de «un hombre dulce como el azúcar»? Pues este era así. ¡Dónde estaba el otro miserable y dónde este hombre! Los dos tenían la misma cultura, creían en las mismas cosas, venían del mismo país. La diferencia, en cambio, era tan lejana como el polo sur del polo norte. Albert Schröder nos llevó a su habitación de arriba. Subimos a su habitación en ascensor. Mientras caminaba detrás de él, me llamó la atención: Albert llevaba en los pies unas zapatillas de casa cerradas por delante. Me sorprendí, pero luego pensé que este hombre se queda aquí como en su casa. Es más, «como» sobra: aquel lugar ya era su casa. Entramos en su despacho y me llamó la atención otra situación que me sorprendió. No pude estar del todo cien por cien seguro, pero desde la ventana de aquel despacho él podía verme en el lugar donde estuve sentado durante ocho horas. En mi opinión, me vio. Me dio vergüenza levantarme y mirar por su ventana hacia el frente. Además, en realidad tampoco tenía importancia. Se sentó a su mesa y detrás de él, en estantes llenos que ocupaban toda la pared, había libros. Nosotros, junto con aquel arquitecto, nos sentamos uno al lado del otro frente a él. Yo entré enseguida en el tema. Saqué aquellas críticas sobre el Corán que escribí en los temas anteriores. Estas series de escritos ya las habían escrito ellos mismos, y empecé a explicar. Como desde el principio indicaba continuamente que no tenía mucho tiempo, iba a abordar los temas más importantes. Ya sabía que estas personas, de todas formas, no tenían conocimiento sobre el Corán. Su conocimiento era tanto como para que un hombre estafador se declarara a sí mismo profeta. En resumen, para ellos el Corán era un libro que venía de Satanás y de los genios. En realidad, cuando se mira al mundo musulmán, uno tampoco puede pensar gran cosa distinta. Cuando se mira con el mismo ojo al mundo cristiano, uno tampoco puede pensar cosas buenas.

Yo hablé de forma breve y concisa unos quince minutos, más o menos. Con la traducción del traductor y las respuestas de Albert Schröder, traducidas de nuevo para mí, esta conversación nuestra duró en total unos 35-40 minutos. El resumen del tema que quería explicar era este. Dije: «Quienquiera que haya escrito estas series de escritos, sin saberlo, no solo critica el Corán, sino también la Sagrada Escritura.» Me miraba a la cara asombrado, como diciendo «¿qué quiere decir esto?», y continué: «Si según los escritos de aquí el Corán no puede ser palabra de Dios, cuando se mira con el mismo principio y la misma lógica, la Sagrada Escritura tampoco puede ser palabra de Dios.» Enseguida di unos cuantos ejemplos. Sobre cómo se compara a Mahoma con Moisés, sobre las características que se buscan y se esperan para ser profeta, etc., que no volveré a escribir las mismas cosas para no aburriros. En resumen, expliqué dando versículos sobre solo unas cuantas de las cosas que escribí arriba acerca de esta serie de escritos. Todo era cosa de quince minutos. Pensad vosotros qué podría explicar. Escuchó toda mi exposición y yo me callé. Me respondió así: «Nosotros no recalcamos que la persona que escribió este escrito no cometerá errores.» Cuando dijo eso, esta vez yo, al mirarlo a la cara como diciendo «¿y esto qué quiere decir?», dijo: «Pero nosotros solo corregimos las equivocaciones respecto a la Sagrada Escritura.» Esta respuesta era tajante; pensé que ante este pensamiento y esta decisión de nada servirían las súplicas y demás. Dije: «Hay cientos de millones de personas que dicen creer en este libro.» ¿No había que ayudar a esas personas? Dijo que «existen tantísimas religiones» que con eso, ¿acaso quería decirme «a cuál vamos a ayudar»?

En realidad, Albert o no había entendido la situación o no quería entenderla. Los que en primera instancia necesitaban ayuda eran ellos mismos. Lo que había que corregir primero eran ellos mismos. Si yo hubiera ido a él con una mentalidad como la suya diciendo: «Vosotros estáis equivocados, nosotros estamos en lo cierto», entonces ni siquiera me habría escuchado. Están tan seguros de su propia rectitud que ni siquiera podía pensar en otra cosa; pues eso es todo. El traductor que estaba a mi lado era una persona tan decente que, esta vez, Albert le hablaba continuamente de forma dura y regañándolo. ¡Qué cosa, junto al otro miserable Albert era como un gato que ha derramado la leche, y junto a este hombre decente era como un león! Qué clase de cosa es la humanidad. Siempre está llena de contradicciones. Quien era digno de honra, de respeto, de ser amado, en mi opinión era este hombre. Sin duda puede que haga algunas cosas mal. Es más, no es más celoso que aquellos miserables. Esto también puede ser, pero es humano. En un apuro y en una aflicción, los hombres solo de estos pueden esperar amparo. De los otros no se puede decir lo mismo. Las cosas que se llaman amor, misericordia, comprensión, no están ni siquiera en el diccionario de esa clase de personas a las que llamamos miserables.

En mi opinión, fue una conversación cómoda y agradable. Al menos mi conciencia ya se había tranquilizado. Yo tampoco creía, por aquel momento, que fuera a hacer algo más que esto. Además, no busqué mi propia voluntad, sino, con todo el corazón, la voluntad de Dios, cualquiera que fuese. ¿En qué medida sirvió? No lo sé, quizá sirvió, quizá no. Pero estas personas tampoco tienen mucha excusa para decir «no lo sabíamos».

Después, cuando nos separamos de Albert, abajo en el vestíbulo aquel arquitecto se sentó un poco más conmigo. Porque él también había entendido nuestra conversación y lo que yo quería decir con mis palabras. ¿Sabéis qué dijo? «Tú hablas de tal manera que uno no puede responder, pero esto no demuestra que tengas razón. Hay ciertas lógicas que asombran al hombre, pero no son ciertas.» Cuando dijo eso, le pregunté: «No lo he entendido bien, ¿me lo puedes explicar un poco más claro?» Puso un ejemplo: «¿Es Dios omnipotente, es decir, es todo posible para Dios?», dijo. Dije: «Sí.» «En ese caso, ¿puede Dios crear una piedra tan grande que no pueda moverla de su sitio?», preguntó. Al principio no lo entendí bien, me pareció como un juego de palabras. Volví a preguntar y, después de entenderlo, me entró la risa. Era una pregunta muy interesante. Respondieras como respondieras, el resultado empequeñecía a Dios. Según esta lógica, Dios no podía ser omnipotente. La pregunta era tan hábil y engañosa que por eso me había hecho reír. El arquitecto me comparaba con esta lógica. De nuevo, según esta lógica, también se podía hacer callar a cualquiera que dijera la verdad. En realidad, esta postura tiene el propósito de aniquilar todas las medidas que quedan fuera de aquello en lo que uno mismo cree. Después, a lo largo del camino, pensé en lo que hablamos. El arquitecto también se había tragado esta lógica, de modo que allí se había vuelto un burro. Hay que aceptar que estos pueden tener suficientes cebos así como para engañar a un arquitecto. La pregunta se hace de tal manera que el poder y la omnipotencia de Dios se miden comparándolos con la lógica humana. Para que un hombre pueda responder a semejante pregunta, primero tiene que conocer a Dios y su poder. Y nosotros, cuando ni siquiera podemos conocer del todo nuestro propio poder, las capacidades de nuestros hijos, lo que es y lo que puede hacer la esposa que tenemos en nuestro seno, ¡cómo podríamos meter en una medida todo el poder de Dios!

Estamos hablando de Alguien que tiene el ojo puesto en la energía dentro de todos los núcleos atómicos y en todo lugar que aún no conocemos ni vemos, el creador de todo esto. Aunque Dios hiciera una piedra tan grande, esa piedra lleva ya, hasta en todas sus moléculas, en sus átomos, la existencia de la energía de Dios. Si quien dirige todos los movimientos, los seres vivos, el desarrollo dentro de toda aquella piedra es de nuevo Dios mismo, ¿podríamos nosotros comprender estas cosas? El que crea y domina no lo que hay sobre la faz de la tierra, sino hasta las cosas que hay debajo de la tierra, es de nuevo Él mismo. Junto a esto, ¿qué es toda la tierra, qué es todo el espacio y el universo? Y el que lo crea todo es Dios; el que crea los fríos glaciares, y el que congela el agua haciéndola más dura que la roca más afilada, el que funde el material más sólido, el hierro, el bronce, y lo convierte en líquido, el que crea el sol es también Él mismo; el que los ve hasta en sus partes más pequeñas que un átomo, y encima programa estas cosas, es de nuevo Él mismo. Nosotros decimos estas cosas de palabra, ¿pero las entendemos? ¿Acaso podríamos crear un ser vivo tan pequeño como un mosquito? Ahora, al parecer, con los genes se hacen seres humanos y otros seres vivos. Hacer lo que ya existe es como injertar un árbol. Los que sepáis cómo se injerta un árbol seguro que lo entendéis. Por ejemplo, si pensamos en una rosa roja y una rosa blanca, colocar un trozo tomado de una de ellas dentro de la otra es algo que hasta un campesino analfabeto hace con la mano izquierda. Y que junto a aquella rosa roja, en la misma rama, empiece a brotar también una rosa blanca, no es el milagro del hombre que lo hizo, sino de Dios, que lo creó de esa manera. Nosotros, todo lo que hemos hecho hasta ahora, lo hacemos aprovechándonos de las cosas que Dios creó. Es decir, intentamos hacer algunas cosas a partir de las cosas que existen, pero no creamos.

También debemos detenernos en las palabras «crear» y «hacer». Por ejemplo, usamos mucho el término «persona creativa». En realidad lo hacemos por costumbre. Sería más correcto decir «hacedor». Con esto queremos recalcar cuán capaz es esa persona. En realidad, crear es una característica que pertenece solo a Dios. Porque crear es producir algo que no existía en absoluto. Por ejemplo, en la Sagrada Escritura se habla de que Dios hizo al hombre del polvo. Este asunto lo explica distinguiendo las palabras «hacer» y «crear». Estos versículos que aparecen en Génesis 2:3 y en Génesis 1:26, en la Nueva Traducción de la Sagrada Escritura en turco, no sé por qué, se ha usado la palabra «creemos», que queda fuera de todas las demás traducciones, lo cual no es correcto. No pasa nada, esto es solo un dato detallado, no os asustéis, no es una cuestión de vida o muerte. En los trabajos de traducción siempre se cometieron errores así, y Dios permitió también esto. Pero decir «las palabras de Dios fueron cambiadas, no creas en ninguna» es una cosa; decir «investiga estas cosas y encuentra lo correcto» es algo muy distinto. No quiero confundiros deteniéndome en las palabras, pero quiero ayudaros a distinguir algunas cosas.

Después, cuando Dios, dándole de su espíritu, sopló en la nariz de Adán el aliento de vida, con eso quiere decir que lo creó. Cuando dice que Dios hizo al hombre del polvo, se expresa que la materia prima del hombre se hallaba en el polvo. Hay algo, y de ello se hace al hombre, es decir, de las cosas que existen. Por supuesto, quien creó de antemano también aquella cosa que existe es de nuevo Dios. Al acto de producir a partir de algo que existe se le llama hacer, mientras que a producir algo que no existía en absoluto se le llama crear. Yo obtuve esta comprensión de todas las escrituras sagradas.

Un hombre de ciencia, afirmando que el hombre se compone de 20 aminoácidos, creyó que a lo largo de toda su vida solo había tenido éxito en los experimentos que hizo sobre cuatro de ellos. Yo creo que, aunque con todos estos materiales obtenidos se encontraran también los 20, en tiempos más adelantados podría incluso hacerse un hombre. Pero ¿cómo se dará la vida? ¿De dónde vendrá la fuente de la energía necesaria para hacer vivir a aquel hombre? ¿Quién le dará el espíritu a aquel hombre? ¡No todo se hace con la bomba del corazón! En un Salmo (el Salterio) se escribe así:

Escondes tu rostro, y se aterran; les quitas el aliento, mueren y vuelven a su polvo. Envías tu espíritu, y son creados; y renuevas la faz de la tierra. Salmos 104:29-30

Así que el acto de crear a un ser humano se produce del espíritu que Dios da. El acto de hacer al hombre, en cambio, significa producir a partir de las cosas que existen. Por ejemplo, de la madera se hace una mesa. No se dice «he creado una mesa», sino «la he hecho». Porque la madera, que es la materia prima de la mesa, ya existe. Aquella mesa se ha hecho dando forma a algo que existe. En las Escrituras Sagradas, a lo que se hace de la nada, sin nada de esto, se le llama crear, y esto también es solo una característica de Dios. Esta característica, así como Dios la da a quien quiere, también puede retirarla. Es seguro que en la faz de la tierra existen las composiciones y las mezclas capaces de producir al hombre. Como prueba de esto hay también unos cuantos versículos.

Por ejemplo, en los días de Noé, aquellas criaturas del cielo de las que el libro habla como «hijos de Dios». Estos, al ver que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron o hicieron para sí cuerpos humanos según sus placeres. En este asunto no puede ser que Dios haya ayudado a aquellos ángeles, porque esto no estaba en conformidad con la voluntad de Dios. Además, ¿por qué iba a ayudarlos en algo a lo que Dios mismo se oponía? (Génesis 6:1-4. Sobre este asunto, en cambio, la nueva traducción en turco ha puesto una nota al pie del versículo 4. Esta vez, además, la nueva traducción está traducida de una manera más clara y comprensible que la antigua traducción. En aquella nota al pie también acepta que estos podrían ser ángeles.)

Bien, ¿cómo tomaron los ángeles estos cuerpos humanos?

Cuando se hacía al hombre, los ángeles estaban junto a Dios. Ellos lo vieron y lo sabían. De esa manera hicieron ellos también al hombre.

Bien, ¿cómo pusieron en movimiento aquel cuerpo y le dieron vida?

Los ángeles ya son criaturas espirituales. En los Evangelios leemos continuamente que no les es nada difícil, con sus espíritus, entrar en los cuerpos vivos de hombres y animales. (Lucas 8:26-39 y 11:14-16) El ángel que puede entrar en el cuerpo de un hombre vivo puede también entrar en el cuerpo de un hombre no vivo y, con su espíritu, dar vida a ese cuerpo. En este caso el ángel no está creando a aquel hombre, sino haciéndolo, porque todo lo que usa y produce ya existe en la faz de la tierra.

El espíritu que hay en el hombre depende de su propio cuerpo. En los ángeles, en cambio, no existe este problema. Es seguro que, por naturaleza de su creación, los ángeles son muy distintos de nosotros y también poderosos. Algunos quieren interpretar que el versículo 6:1-2 del libro del Génesis, con lo de «hijos de Dios», se refiere a los hombres. Sí, Dios también les dijo a los hombres: «vosotros sois hijos de Dios el SEÑOR.» (Deuteronomio 14:1; Romanos 8:14) Con estos versículos se refiere a ser acepto ante Dios. No debe sacarse el significado de que el padre corporal de todos ellos era Dios. Que los ángeles se casaran con las hijas de los hombres, en cambio, era, muy al contrario, un comportamiento no acepto ante Dios. Por eso la expresión «hijos de Dios» de este versículo no se refiere a eso. Ellos, en sentido literal, eran ángeles, no hombres. Ellos no tienen padres corporales como nosotros. Ni tienen la posibilidad de casarse entre sí y reproducirse como los hombres. (Mateo 22:29-30) Fueron creados directamente por Dios. Que no obedecieran y se volvieran pecadores es otra cosa. Porque tanto Génesis 6:1-4 como 2 Pedro 2:4-5 hablan de estos ángeles desobedientes de la época de Noé. Recalca que ellos pecaron con estas cosas. Es más, es tan seguro que pecaron que, si no, cuando Noé entró en el arca, ¿no tendrían que haber estado también en aquella arca estos ángeles que habían tomado cuerpos humanos? En cambio, ellos, con la llegada del diluvio, dejaron aquellos cuerpos y volvieron de nuevo a la vida espiritual en los cielos. Los Testigos tienen también una enseñanza parecida sobre este asunto.

Abrí todo este tema a raíz de la pregunta que hizo aquel arquitecto. «¿Puede Dios crear una piedra más grande que Él mismo?» O, si multiplicamos esta lógica ilógica: «¿Puede Dios aniquilarse a sí mismo?» Como el genio dentro de la botella en la historia de Aladino. Aquel genio puede entrar dentro de la botella, ¡pero cuando se le pone el corcho a la botella no puede salir! Estas son lógicas humanas, cuentos. Nosotros no podemos meter a Dios y sus capacidades, como en los ejemplos dados, dentro de un conocimiento limitado que tenemos en nuestra cabeza. Que sea Omnipotente, es decir, que todo sea posible para Él, tampoco significa que Dios pueda hacer todo. Por ejemplo, Dios nunca se niega a sí mismo ni niega la palabra que ha dado. Entonces no se puede decir enseguida: «¡Ajá! Así que Dios no es omnipotente.» O Dios no puede mentir. Si quisiera, ¿acaso no podría? Pues esto sería como negarse a sí mismo. Por ejemplo, en el versículo del Evangelio-Tito 1:2 se escribe así:

Dios, que no puede mentir, prometió desde la eternidad…

¿Nos ha demostrado este versículo que Dios no es Omnipotente? Al decir que no pudo hacer semejante cosa, ¿acaso se pierde la característica de Dios de ser Omnipotente? Muy al contrario; pero lo importante es qué entendemos nosotros por la expresión «Omnipotente». Al decir que todo lo puede, que no hay nada imposible para Él, no se pretende que Dios sea un Dios que renuncie a sus propios principios y a su rectitud y se suicide a sí mismo.

Aquel arquitecto, de todas formas, quiso recalcar que esta expresión era absurda. Al mismo tiempo, con este ejemplo que dio, insinuaba que yo también decía absurdidades sobre el Corán. Según los Testigos, todo pensamiento y creencia que se les opone es, de todas formas, absurdo. Como no podían responder a mis pruebas con las palabras de Dios, me pusieron semejante etiqueta. Con esto, en realidad, quizá sin saberlo, expresó que un hombre está cerrado a todo pensamiento y a toda lógica y, como dije, quiere decir «no puede haber otra verdad más que mi propia creencia». Esta mentalidad, esta lógica, ¿no es una prueba de cuán fanáticos pueden llegar a ser los hombres? Porque el propósito que subyace a esta lógica es ese. Quienes hacían juegos de palabras con aquella serie de escritos eran en realidad ellos mismos. ¿Sabéis eso de «el ladrón astuto acusa al dueño de la casa»? Pues el pensamiento de este arquitecto era, en mi opinión, así. Cuando con aquel ejemplo que dijo tendrían que haberse acusado a sí mismos, estos intentaron acusarme a mí o al Corán. Por qué es muy sencillo; ¡porque para ellos el Corán nunca puede ser palabra de Dios!

Un hombre puede que en ese momento no logre responder enseguida a quien tiene enfrente. Es más, en este asunto su conocimiento también puede resultar insuficiente. Mi propósito en este asunto era, de todas formas, despertar su curiosidad hacia sus errores. Pero, se diga lo que se diga, oponerse a todo pensamiento y opinión, e incluso a las pruebas tomadas de aquellos libros en los que ellos mismos dicen creer, y decir: «Por mucho que pruebes, no puedes tener razón», no es, en mi opinión, jamás una respuesta. O decir con desfachatez: «Nosotros solo corregimos las equivocaciones que hemos cometido respecto a la Sagrada Escritura» es, en mi opinión, aún más descaro. Si hay un error, sobre todo si mancha además el nombre de Dios, esto debe corregirse sin falta. No se libra uno diciendo: «¿Acaso, por no creer nosotros en el Corán, estamos manchando el nombre de Dios?» Como digo desde el principio, estas personas, en realidad, si hay una verdad allí, al despreciarla, no desprecian el Corán, sino que desprecian también aquella Sagrada Escritura que sostienen en sus manos. Si al menos manchan aquello en lo que dicen creer, ¿qué es esto sino manchar el nombre de Dios? Y encima de una manera que no tendrá excusa.

Quiero volver de nuevo a la lógica relacionada con el juego de palabras que dijo aquel arquitecto. Si se espera que los hombres estén en esta lógica, al menos aquellos Testigos de Jehová que van de puerta en puerta con la Sagrada Escritura en la mano, ¿con qué cara y con qué lógica pueden decirles a esas personas: «Mirad, por lo que está escrito aquí, nuestro camino es el correcto»? Diga lo que diga al que tiene enfrente, por mucho que se esfuerce en convencerlo, ¿acaso esa persona no puede decir también, como hizo el arquitecto: «El que yo no pueda responderte no demuestra que tú tengas razón»?

En cambio, investiga, busca respuesta, indaga, di «no lo sé», pero no empujes a esa persona con el revés de la mano sin escucharla. Las personas con semejante lógica ni escuchan a Moisés, ni escuchan a Jesús, ni escuchan a Mahoma. Por lo tanto, tampoco escuchan a Dios. ¿Por qué predicaba Jesús? ¿Por qué hacía aquellas preguntas que hacen reflexionar a la gente? ¿Por qué puso ante los ojos sus injusticias y acusó a los que hacían estas cosas? Pero los que no querían creer en Jesús y en los profetas de Dios tenían también una lógica igual que la de aquel arquitecto. «Hablas con una lógica a la que no se te puede responder, pero esto no demuestra que tengas razón. ¿Es Dios omnipotente o no? Si es Omnipotente, ¿puede hacer una piedra que no pueda mover de su sitio? Tú también te pareces a las personas de esta mentalidad, y eso es todo. Nuestro tema queda cerrado.» ¿A que es muy fácil? Con esta respuesta le tapas la boca a cualquiera. Todas las religiones quieren decir, sin vergüenza y creyendo en esta lógica: «Nadie es ni puede ser verdadero salvo nosotros, es más, nadie tiene siquiera derecho a ello.»

¿Y si todos empiezan a pensar así, como aquel arquitecto? ¿A quién podrían atraer entonces los Testigos hacia sí? Esta religión, que espera de todos espíritu investigador, comprensión, sentido común, objetividad, lo busca yendo de puerta en puerta a las personas, pero ella misma no lo muestra en absoluto. ¿Con qué cara llaman a las puertas de las personas? Encima intentan hacer que crean también en ellos; sin vergüenza, ¿con qué cara? Mirad qué dice de nuevo Jesús sobre semejantes personas:

«No juzguéis a otro, para que vosotros no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis a otro, seréis juzgados vosotros; y con la medida con que midáis, se os medirá a vosotros. ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga (el tronco) que está en tu propio ojo?

¿O cómo dirás a tu hermano: «Deja que yo saque la paja de tu ojo», teniendo tú una viga (un tronco) en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga (el tronco) de tu propio ojo, y entonces verás mejor para sacar la paja del ojo de tu hermano.» Mat 7:1-5

Esta fue la idea central de mi viaje a América. No penséis que dejé a aquellas personas y me alejé enseguida de ellas. De nuevo, como dije, soy tan cabezota que, hasta que ellos ya me echaron y marcaron a los que hablaban conmigo, y es más, hasta que expulsaron de entre ellos a aquellas personas por haber hablado conmigo, yo no pensé nada malo de ellos. Solo que tampoco acepté jamás sus absurdidades. A pesar de ser así, con el tiempo me di cuenta de que incluso yo, que no digo «sí» a todo lo suyo, era esclavo de algunas de sus enseñanzas absurdas.

Engañar a las personas y usarlas no es nada agradable. Este tipo de sucesos despierta odio en las personas. Yo, personalmente, y debo decir gracias a Dios, no odié a ninguno de ellos. Esto tampoco significa que acepte, o que mire con indulgencia, sus feas características, sus prácticas, sus hipocresías, las cosas que hicieron o causaron a tantísimas personas metiéndose en su sangre. De estas características suyas sí que odio. Hasta mi propio hijo tiene características que odio. Pero esto tampoco significa que lo odie a él personalmente. No amo ese lado feo suyo, lo censuro, pero lo amo a él y alabo también sus lados buenos. Tampoco creo que todos vayan a pensar, mejor dicho, a creer como yo. Y menos mal que es así. Si no, todos los hombres serían iguales como robots, y qué aburrida sería la faz de la tierra. Aprendí de Dios, de sus profetas, del Mesías, que hay que creer así, dando libertad. Por eso quiero recalcar que estas personas juegan con fuego. No es bueno tomar a las personas por tan tontas, memas y burros. Personalmente, no desearía en absoluto estar en su lugar. ¡Ay de ellos! (Lucas 10:10-14)

No penséis, por lo que he escrito, que solo la creencia y el pensamiento de esta religión sobre el Corán eran erróneos. Yo escogí ese único tema, que es el más importante. Estas personas, mientras hacen que otros los escuchen a ellos y, de nuevo, muestran a todo el mundo como equivocado, no toleran ni siquiera una crítica minúscula que se les haga. Hasta que hablé con ellos de un pensamiento de quince minutos se me salió el alma; el resto pensadlo vosotros. Bien, si los Testigos son así, ¿cómo serán los otros? En mi opinión, todos estos son igual de miserables.

Después de estos sucesos pasó bastante tiempo. Unos nueve años. A Bernd lo seguía viendo de vez en cuando. Como dije, yo me he esforzado en mostrar muchas absurdidades no solo de sus enseñanzas sobre el Corán, sino también de las que tienen sobre el libro en el que creen. Esto lo hice hablando también con cada Testigo que veía a mi alrededor. Con esto se alejaban de mí aún más.

Un día, en una conversación con Bernd, me había dicho: «¿Qué crees que debería hacerse?» Él no creía, no aceptaba en absoluto que estas personas pudieran ser fanáticos cabezas de piedra como yo contaba. Y yo le dije: «¿Crees tú, al menos, que Dios ve siempre el futuro?» Porque los Testigos tienen enseñanzas absurdas, confusas y cómicas sobre que Dios vea el futuro.

En esto de ver el futuro, comparan a Dios con una emisora de radio o de televisión. Dan también un ejemplo elástico diciendo que si quiere lo ve y si quiere no lo ve. Porque, como según la Sagrada Escritura no podrían demostrar esta enseñanza, han escogido una enseñanza así de elástica. Si dijeran que no lo ve, no cuadraría, porque hay un montón de ejemplos que prueban lo contrario. Si dijeran que lo ve, esta vez saldría a la luz lo absurdo de su propia enseñanza. En mi opinión, de todas formas, por su ignorancia, por la corrupción de sus corazones, y con el orgullo y el engreimiento de «nosotros lo sabemos todo», difundieron una enseñanza así de absurda. Con Bernd había hablado mucho sobre este tema. Aunque no pudiera decirlo abiertamente, él había creído que Dios ve siempre el futuro. Y yo, en aquella conversación nuestra, le recalqué, por ejemplo, que él podía escribir una carta sobre este tema. Además, ¿no era acaso su deber? Cuando uno lleva años junto a estas personas en las que cree, si ellas tienen un error, ¿no le corresponde también ayudarlas? Bernd se aferró a este pensamiento planteado por casualidad. Dijo: «Yo la escribiré.» Bernd es un poco lento para hacer una tarea. Mejor dicho, es como todo el mundo. Mientras que en las cosas que traen dinero, de las que va a disfrutar, es rápido, en las cosas que no le gustan mucho o que son arriesgadas es muy lento. Pasó el tiempo y yo preguntaba continuamente: «¿Qué pasó, escribiste la carta?» Al final se escribió una carta corta junto conmigo. Aun así le advertí: «Mira, Bernd, después de enviar esta carta estos hombres te expulsarán de entre ellos. Tu suegro, tu suegra, tu mujer y cuantos Testigos más haya a tu alrededor te causarán problemas», así le advertí siempre. Él se rio y dijo: «Para empezar, en las reuniones el anciano soy yo, y la respuesta a esta carta me llegará a mí.» Le dije: «Si a raíz de esta carta ellos quieren expulsarte, aunque la respuesta te llegue a ti o le llegue a otro, no cambia nada.» Él no creía estas palabras mías. Estas palabras le parecían como si yo le estuviera gastando una broma. Es que él no pensaba nada negativo sobre la organización en la que se encontraba. Se reía diciendo: «¿Acaso se expulsa a alguien por algo así?» Efectivamente, envió la carta. En muy poco tiempo lo quitaron del cargo de anciano. Si no se hubiera asustado y retirado, ya entonces lo habrían expulsado. Como dijo «sí» a sus reglas y condiciones, alargó un poco el asunto con esto, pero lo quitaron enseguida del cargo de anciano. Yo publico abajo esta carta que él envió a los cuerpos gobernantes de los Testigos. Unos cinco años después de que lo quitaran del cargo de anciano, como esta carta se publicó bajo el nombre de «Una carta» en la página de Internet que yo organizaba, «http://mesias.de», esta vez lo expulsaron del todo de entre ellos. Publico la carta abajo, tomándola tal cual estaba en aquellas páginas de Internet. A esta persona, que había sido Testigo de Jehová casi hasta los cuarenta años, y que había pasado unos 15 años haciendo de precursor y sirviéndoles, por haber dicho «Dios ve siempre el futuro», según ellos esta persona se volvió ya hijo de muerte. Es cierto, a ojos de aquellas personas murió, pero a ojos de Dios vive. Yo pensaba que Bernd, con esto que hizo, había dado en aquel entonces los primeros pasos en el camino hacia la salvación. Pero él también, por desgracia, no eligió el camino hacia la salvación, sino, como todos los que salen de entre ellos, el camino del mundo, de sus placeres, de ir tras los deseos que durante años anheló en secreto y no pudo cumplir.

La carta que en aquel entonces causó la expulsión de Bernd está abajo; la decisión es de nuevo vuestra, de cada persona por sí misma. Con estas cosas que he escrito, decidid de nuevo vosotros qué frutos da esta religión de la que he hablado.

La carta de Bernd

Queridos hermanos:

Con esta carta quisiera plantearles una pregunta que me ocupa desde hace mucho tiempo. Al principio había pensado dejar este asunto un tiempo en paz. El versículo de Romanos 14:23 de la Biblia, que aparecía en el programa de lectura de las Santas Escrituras, me obligó a escribir esta carta. Allí dice: «Todo lo que no proviene de la fe es pecado». Y yo, por el servicio que presto como anciano en la congregación turca de Neckarsulm, y por hallarme también en la condición de maestro de los hermanos, tengo la convicción de que al menos yo mismo debo creer en aquello que enseño.

Mi pregunta tiene que ver con que Jehová vea el futuro. Lamentablemente, en los libros y revistas de las publicaciones relacionadas con esta cuestión, este tema siempre se ha confundido: ver el futuro con predeterminar. Es más, mientras que esta frase se encuentra en el libro alemán «Einsichten» bajo el epígrafe de la predeterminación, en el libro de temas de conversación se escribe, de una manera muy sencilla y comprensible, que ambas cosas no tienen ninguna relación entre sí. Esta teoría, la de que Jehová Dios predetermine las cosas que harán los hombres, no concuerda ni con la lógica ni con el amor de Jehová. Sino que, todo lo contrario, el que Él vea el futuro y use esta cualidad es una señal de su amor. Por eso, en el artículo de La Atalaya aparecen estas palabras, para mí completamente incomprensibles: (en el número alemán de la Wachtturm, 53/p.468 párrafo 13)

«…Él no usa su capacidad de conocer el futuro para inmiscuirse en los asuntos de sus criaturas. Él no es un Dios receloso, desconfiado, que constantemente quiere buscar defectos en los pensamientos, los propósitos y los corazones de sus criaturas y causarles dificultades».

¿Por qué aquí se presenta el ver el futuro como algo malo? ¡Cuando, todo lo contrario, se podría decir que «el dar a conocer sus advertencias en cuestiones relacionadas con las sociedades es una expresión de la misericordia que muestra hacia la humanidad»! En la continuación de la Wachtturm alemana del 15.04.1998 sobre este tema, se usa como prueba el suceso del sacrificio del hijo de Abrahán. No puedo estar del todo de acuerdo con esto. Puesto que Jehová conoce muy bien a sus criaturas, podemos decir que el solo hecho de conocer la actitud del corazón de Abrahán habría bastado para que Dios supiera de antemano cómo se comportaría él. ¡Y eso sin contar con que además ve el futuro…! Pero que Jehová diga, no obstante:

«…ahora he comprendido que temes a Dios, pues no me has negado tu hijo único» (Génesis 22:12) no significa que Dios no viera de antemano lo que Abrahán haría. (Además, el que lo dijo en realidad no fue Jehová, sino el ángel)

Es posible que encontremos en las Santas Escrituras muchos ejemplos como este. (Ej.: que Jehová, después del pecado de Adán, le dijera a Adán: «¿Dónde estás?» / o que le dijera a Caín: «¿Dónde está tu hermano?» como en Génesis 3:9; 4:9). Si partimos del conocimiento de que Dios ve todo de antemano, por supuesto surgirán también algunas preguntas fundamentales.

Pregunta: Si Dios sabe que Adán comerá del fruto prohibido, ¿por qué se lo prohíbe?

Para muchas personas, esto parece una prohibición sin sentido. Pero Adán fue creado perfecto (sin defecto), a imagen y semejanza de Dios. Si él no obedeció el mandato de Dios, ¿de quién es la culpa? Más adelante Dios envía a la tierra a alguien perfecto como Adán, a Jesús. Y que este resistiera muchas pruebas, dificultades, hasta la muerte, es una prueba de que Dios tiene razón y de que no hizo nada equivocado en lo relativo a Adán.

Jehová vio el futuro de ambos. ¿Por qué había de hacer culpable a Dios este ver el futuro? ¿Acaso no animamos también nosotros a nuestros hijos a obedecer? Aun sabiendo que no siempre nos obedecerán. El profeta Ezequiel debía advertir al pueblo de Israel. ¡Y eso a pesar de que Jehová Dios sabía de antemano que «nadie lo escucharía»! (Ezequiel 3:7) Vemos otro ejemplo en el libro de Deuteronomio de Moisés, 31:16-19, 29. Esta verdad también resulta clara en las palabras del cántico que Jehová quiso que el pueblo de Israel aprendiera. Dios hace un pacto con los israelitas. Aunque sabe que ellos no permanecerán fieles a ese pacto, aun así no se abstiene de un pacto semejante. El cántico de Moisés sería un testimonio contra el pueblo de Israel. Y con ello Jehová quedó limpio de toda acusación. Por todos estos principios, ¿por qué no habría de interesarse Dios de la misma manera por las personas? Y eso a pesar de que en las Santas Escrituras hay muchas señales de que lo hace. Por ejemplo, los dos hijos de Aarón, el hermano de Moisés, Nadab y Abihú, con un privilegio especial, junto con su padre, con Moisés y con 70 jefes (o ancianos) elegidos del pueblo, vieron la gloria de Dios en el monte y comieron delante de Él. (Éxodo 24:1,9-11). Poco tiempo después, estos dos hijos de Aarón, en su servicio a Dios, ofrecen con ligereza un fuego de incienso equivocado. (Éxodo 10:1) A pesar de estos privilegios que Dios les mostró y concedió, por haberse comportado con un espíritu frívolo, Dios, al matar del cielo con fuego a estos dos hombres, muestra claramente que ellos merecían la muerte. También en este caso nadie puede culpar a Dios.

La desobediencia de Adán es también un ejemplo semejante a estos. Y, tal como ustedes quieren dar a entender, Jehová nunca se sorprendió ante estos sucesos que se desarrollaron. Todo lo contrario, el apóstol Pablo escribe en su carta a los Romanos: «Porque la creación fue entregada a la vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la entregó a la vanidad» (Rom 8.20-21). ¿Y por qué? Pablo da la respuesta también en la Biblia, en los versículos del capítulo 9:19-24 de su carta a los Romanos.

Nosotros sabemos por qué Dios permite el mal. Esto no ocurrió porque el pecado de Adán fuera una sorpresa inesperada para Dios. Todo lo contrario, Dios eligió este camino para traer una solución definitiva y duradera. En La Atalaya (en el alemán, 53 p.469 párrafo 14) se escribe: «Jehová no está obligado a ocuparse de personas individuales al realizar su propósito». Por supuesto que es cierto, pero comparar en este asunto a las personas con la actitud de un jardinero hacia los insectos no concuerda en absoluto con el espíritu de las Santas Escrituras. Es más, Jesús había dicho: «Todos sus cabellos están contados». En las Santas Escrituras vemos, en cambio, que Jehová, al prestar atención a lo que hacen sus siervos, les da valor. (Ej.: que Dios le dijera a Satanás: «¿Te has fijado en Job? No hay nadie como él en la tierra», es también una prueba clara de que conoce a toda la humanidad del mundo. De lo contrario no habría podido hablar así (Job 1:8). El profeta Elías también, al desafiar a los adoradores de Baal, sabía muy bien que él y su pueblo no eran un insecto sin valor a los ojos de Dios. Todo lo contrario, no dudó de que Jehová lo ayudaría. Este desafío de Elías era para mostrar la impotencia de los que adoran a dioses falsos.

Si leemos las Santas Escrituras de principio a fin, no encontraremos ni siquiera la más pequeña señal de que Dios no vea, o no quiera ver, el futuro, ya sea sobre las personas o sobre las sociedades. Nuestro Jehová Dios no está bajo el mando del tiempo, sino que, dominando el tiempo, está por encima de él. Y además, ¿por qué habría de usar esta cualidad suya solo de vez en cuando y no siempre? ¿Está demasiado ocupado? ¿Puede algo así plantearse respecto a Dios? Si es Él quien crea la tierra, el cielo y las cosas que hay en ellos, las visibles y las invisibles, y quien mantiene continuamente su existencia, ¡cómo nos atrevemos nosotros a pensar así y a ponerle límites! Que Él vea el futuro es, más que una capacidad, una cualidad que posee, como el amor, la misericordia, el poder y la justicia. Y un Dios que use estas cualidades solo de vez en cuando no sirve de nada. Él posee estas cualidades en todo momento y las usa. Puede que no comprendamos por qué Jehová hace ciertas cosas, pero eso no nos da el derecho de meterlo en límites. En realidad, el que Dios vea de antemano el futuro muestra más bien que Él está lleno de amor y de sabiduría.

Quizás un ejemplo sencillo nos permita ver esto. Un padre de familia sale de viaje por una semana. Le deja dinero a su hijo, que se quedará solo en casa, para que cubra sus necesidades imprescindibles. Y eso aunque el padre sabe, es más, está seguro, de que el hijo no usará ese dinero conforme a su propósito. (Por eso el hijo quizá pase incluso unos días con hambre.) Pero ¿acaso el que el padre sepa esto exige que se vaya sin dejar nada de dinero en casa? Antes bien, advirtiéndole de antemano a su hijo, le dice: «Este dinero te alcanza cómodamente para una semana. Está en tus manos usarlo con propósito o no». Por mucho que el hijo no se comporte conforme a la advertencia de su padre, este hijo no podrá jamás culpar a su padre. Todo lo contrario, por las palabras de su padre reconocerá que él tenía razón, y quizá en el futuro haya aprendido la lección. Un versículo que apoya este ejemplo se escribe también en Romanos 3:3-5. Allí:

«Pues bien, ¿qué si algunos judíos (también se podría decir todos los hombres) resultaron infieles? ¿Acaso su infidelidad anula la fidelidad de Dios? ¡De ninguna manera! Aunque todo hombre sea mentiroso, ha de reconocerse que Dios dice la verdad. Tal como está escrito: «Para que resultes justo en tus palabras y venzas la causa cuando seas juzgado». Pero si nuestra injusticia hace resaltar la justicia de Dios, ¿qué diremos? Hablo con lenguaje de hombres: ¿Es injusto el Dios que castiga con ira?» dice.

Otra pregunta relacionada con que Jehová vea el futuro sin límites es también:

—Entonces, ¿por qué Dios eligió a Saúl y a Iscariote? A pesar de que sabía y veía lo que ellos harían al final.

Si un jardinero ha advertido de antemano la enfermedad de un árbol del jardín, mientras vea que no perjudica a los frutos de ese árbol ni a los árboles del jardín, no lo cortará. En Juan 15:1-2:

«Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no da fruto, lo corta; y todo pámpano que da fruto, lo poda y lo limpia para que dé más fruto.» se lee.

De igual manera, cuando Saúl e Iscariote fueron elegidos, eran hombres útiles y buenos. ¿Por qué habría Jehová de recortar entonces algunos de sus derechos? Solo hasta que hallara injusticia en estos hombres, y más aún cuando hasta ese momento eran además buenos hombres. Si pensamos, por ejemplo, en Saúl, cuando fue elegido era seguro que no había en su pueblo nadie mejor que él para esta tarea.

Por todo esto, tampoco podemos cargar sobre Dios ninguna injusticia. Por supuesto que un tema tan amplio como este no se puede explicar del todo en una carta de dos páginas. Pero yo con esta carta he tocado algunos temas fundamentales. Yo no puedo creer en el pensamiento y la enseñanza de que «Dios ve el futuro de vez en cuando, o lo ve si quiere verlo». Por mis conversaciones con los hermanos, veo también que muchos, como yo, creen y piensan en este mismo sentido.

Mi ruego para ustedes será, por favor, que se ocupen de nuevo de este asunto con oraciones a Dios. Especialmente de esa explicación de La Atalaya. (Wachtturm 15.4.98 alemana)

Su hermano y compañero de servicio, que espera su respuesta llena de amor fraternal.

Una breve aclaración:

Los testigos de Jehová no creen que Dios vea el futuro en todo momento. Rechazan rotundamente que supiera de antemano que Adán cometería pecado. Sus opiniones al respecto no solo no se basan en las Santas Escrituras, sino que sus explicaciones son tan confusas e incomprensibles como la creencia del mundo cristiano en la trinidad.

A la persona que escribió esta carta la destituyeron enseguida de su cargo de anciano y la reprendieron delante de toda la congregación por esta creencia suya. Con la amenaza, además, de que si hablaba abiertamente de este asunto se le cortaría por completo la relación. Al final, por haberse publicado este escrito en «http://mesias.de», ¡declararon dos veces que se había cortado su relación con ellos! Para este asunto, tan solo con un único versículo de entre nosotros, de entre miles:

No hay ninguna criatura que Dios no vea. Todas las cosas están desnudas y abiertas ante los ojos de Dios, a quien hemos de rendir cuentas. Biblia-Hebreos capítulo 4:13, el versículo.

Piensen ahora ustedes qué clase de vida ha comenzado para Bernd. Porque casi todos sus parientes, su esposa y todo su entorno cercano son testigos de Jehová. Pero, pase lo que pase, Bernd dio el paso hacia la libertad. Quien prueba el sabor de esto se vuelve un asno difícil de manejar. ¡O se arrepiente, vuelve atrás y se vuelve un asno completo! Todo esto son cosas que dependen del motivo de Bernd, es decir, de la actitud de su corazón. Estas palabras no valen solo para Bernd, sino para Bernd y para todas las personas que son como Bernd.

Actas del juicio

Publicado en http://mesias.de

Después de conocer a los Testigos, cualquier persona con sentido común aprende a mantenerse alejada de todas las religiones y confesiones. Porque, como he dicho, si quieres conocer bien a alguien, no lo escucharás solo de boca de su amigo, sino también de su enemigo, para poder obtener una información imparcial. Tan cierto como es lo que los Testigos escriben sobre las iglesias cristianas, igual de cierto es lo que las iglesias que se les oponen escriben sobre los Testigos. Hay una gran diferencia entre la mirada de quien observa un suceso desde fuera y la perspectiva de un ojo parcial que está dentro. Y sobre todo, cuando se mira con imparcialidad a cada una de todas estas religiones, uno ve sin duda la existencia de un espíritu común que es el mismo en todas ellas. No hagamos esto separándolas solo como Testigo, protestante, católico, musulmán. En realidad, ellos son parte de este espíritu que ha llenado toda la tierra. Y es seguro que este no es el espíritu de Dios. La razón que nos empuja a pensar así sobre todo esto son las lecciones que hemos aprendido de la historia pasada: que ninguna religión ni confesión ha ejercido, o ha podido ejercer, su función conforme a la voluntad de Dios. Ellas no han sido más que una mancha, una vergüenza y, al final, un objeto de odio para el nombre de Dios. Siempre existen personas individuales, hombres concretos, que hacen la voluntad de Dios. O grupos muy pequeños que, en ciertos momentos, aparecen por poco tiempo y desaparecen. O bien murieron, o ellos mismos se apartaron del camino que habían iniciado, o fueron engañados. Como por ejemplo, en el siglo tercero después de Jesús, cuando el cristianismo se convirtió en una religión aceptada también por el Estado. Mientras ellos veían esto como una bendición, por otro lado, sin darse cuenta, se vendieron al dominio de aquel Estado.

Todas las Sagradas Escrituras, en las que creemos porque son la palabra de Dios (la Torá, los Salmos, el Evangelio, el Corán), nunca le han dado a nadie, a ningún ser humano, el derecho de dominar sobre otro ser humano o sobre la fe de las personas. El apóstol Pablo dice claramente en 2.Corintios 1:24:

«No que nos enseñoreemos de vuestra fe, sino que colaboramos para vuestro gozo.»

La humanidad, en cambio, para cumplir sus objetivos, siempre ha defendido ponerse del lado de lo que está organizado. A primera vista, este pensamiento puede parecer tanto correcto como lógico.

Si Dios estuviera a favor de organizarse —que no lo está—, ¿quién, qué religión o qué confesión podría organizar mejor que Dios? No hay que confundir conceptos como la educación o el pacto con las organizaciones. Sobre este tema intentaré tratar con algún detalle, aunque brevemente, en el capítulo 3 que viene justo a continuación, bajo el título «Organización y Dios». Sin duda os recomiendo que lo leáis con atención.

En el pasado, Dios organizó y guio al pueblo de Israel, al que había escogido como su propio pueblo, de una manera que ningún ser humano habría logrado. ¿Y qué resultó de ello? Cuando miramos toda la larga historia de la Sagrada Escritura, leemos que Israel fue siempre desleal a Dios y que se vivieron muchos sucesos vergonzosos e inhumanos. Y al final de todo, aquellas personas mataron a Jesús el Mesías, quien en sentido espiritual es el hijo de Dios. (No entendamos aquí esta cuestión del hijo ni con la locura de las iglesias cristianas de hasta ahora, ni con el disparate de la ignorancia y la falta de entendimiento de los musulmanes. Que nuestro entendimiento sea únicamente a la luz de la Sagrada Escritura y del Corán, sin añadir ni quitar nada.)

Que Israel se comportara de forma tan mala e infiel no significa que Dios les hubiera dado una educación equivocada. A la luz de todos estos sucesos, Dios da a todas las naciones, lenguas y pueblos, en resumen, a toda la humanidad, un mensaje que sin duda debemos comprender.

Salvo el amor, no importa qué ley, qué presión ni qué fuerza usemos: ninguna de ellas nos acerca a Dios ni logra hacérnoslo amar. (Gálatas 3:10-14) De entre todos, la nación de Israel era solo un ejemplo. Nosotros, todas las naciones y toda la humanidad, no somos mejores que aquellos israelitas de los que hablan las Sagradas Escrituras.

En Gálatas 3:23-25 está escrito así:

Antes de que llegara la fe, estábamos encerrados bajo la Ley (la sharía), prisioneros de la Ley hasta que la fe que había de venir fuese revelada. Es decir, la Ley fue nuestro ayo hasta la venida del Mesías, para que fuésemos justificados por la fe. Pero, una vez que la fe ha llegado, ya no estamos bajo la tutela de (ninguna) ley (ni de ningún ayo).

Si no fuera así, Dios no habría abolido la sharía. Aquí, de nuevo, nos vemos obligados a hacer una pequeña aclaración. El islam y el Corán se presentan como el retorno de la sharía. En realidad, de principio a fin del Corán no encontraréis nada que sea un retorno a la sharía. Cosas como la vestimenta de las mujeres, hacer un acuerdo escrito al vender o al comprar, o por cualquier otro motivo cuando sea conveniente, que todos los musulmanes visiten al menos una vez en su vida la Meca, ayunar, no mentir, no robar, etc., cosas semejantes están escritas también en el Evangelio. Por ejemplo, que las mujeres se vistan con recato, que la palabra de una persona no tenga validez sin al menos dos o tres testigos, no abandonéis vuestras reuniones, no comer sangre, que quienes aman a Jesús (que en la parábola aparece como el novio) ayunarán después de que él sea quitado de en medio de ellos: palabras como estas están escritas claramente también en el Evangelio. Estas cosas nunca pueden compararse con las leyes de la sharía que Dios dio por medio de Moisés. El propósito de aquellas leyes era preparar a la humanidad y a Israel para el Mesías que había de venir. Eran leyes que mostraban la justicia, la misericordia y el poder de Dios. Las costumbres de los musulmanes, sus tradiciones inventadas —por ejemplo, la circuncisión de los hombres, las formas de culto, sus muchas reglas sin sentido, las fiestas religiosas, como también las hacen los cristianos— no son un mandato de Dios escrito en el Corán. Muchas de sus prácticas, o bien están inspiradas en la Torá, en parte por influencia de los judíos, o bien son mandamientos de hombres y sus costumbres. El propósito de la sharía era poner al descubierto el pecado de los seres humanos. Que Jesús el Mesías viniera y muriera por el pecado de todos los seres humanos era para mostrar la justicia de Dios y, sobre todo, su misericordia. (Evangelio-Romanos 3:19-31)

Ahora volvamos de nuevo a nuestro tema principal, es decir, a las religiones, a esas religiones organizadas. Siendo todo esto así, esas religiones siguen gritando y diciendo: «¿Acaso no está escrito: «no abandonéis vuestras reuniones»? ¿No había también en las congregaciones, en tiempos de los apóstoles, el servicio de ancianos? La organización de Dios siempre ha existido sobre la tierra. Y ¿acaso no dijo Jesús: «Donde dos se reúnan en mi nombre, allí estoy yo, el tercero, en medio de ellos»?»

Con estas y otras palabras semejantes que toman de las Sagradas Escrituras, se presentan a sí mismos ya sea como Moisés, ya sea como el sumo sacerdote Aarón, a veces como Jesús el Mesías, e incluso, taimadamente, como si fueran un reflejo de Dios. Ante miles de personas dicen, sin siquiera sonrojarse y de manera oficial, que son los voceros de Dios y que esta misión les ha sido dada solo a ellos. Y ante estas palabras, por desgracia, aquellos miembros los cubren con una lluvia de aplausos.

Yo quiero, una vez más, poner como ejemplo a una de las más famosas de estas religiones y confesiones. Sobre cómo se han desarrollado a sí mismas en el último siglo, esta será solo un ejemplo de entre miles de religiones y confesiones. Con su antiguo nombre «Organización Torre de Vigía» (Tarassut Kulesi Teşkilatı), y con su actual nuevo nombre en turco «Organización Torre del Vigilante» (Gözcü Kulesi Teşkilatı), el fundador de esta religión conocida como los Testigos de Jehová es el estadounidense Charles Taze Russell.

¡Así empezaron!

Como se desprende de las advertencias fundamentales que se ven claramente en los escritos de Russell de aquella época, su libro sobre la pertenencia a una organización religiosa, en inglés «The Kingdom Come», apareció en el año 1909. Su traducción al alemán, bajo el título «Dein Königreich Komme» (Venga tu Reino), se imprimió en 1914, y allí, en las páginas 177-179, Russell, el fundador de los Testigos de Jehová, escribió exactamente lo siguiente (traducido del alemán):

Dentro de las «confesiones cristianas» de Babilonia hay muchos grados distintos de esclavitud. Algunos se liberan de la esclavitud personal total y del cautiverio de no poder tomar decisiones; por otro lado, de una manera que exige el romanismo (la religión cristiana ligada al régimen del antiguo Imperio romano), se ligan a confesiones protestantes que, bajo otro nombre, se asemejan a los mismos principios dogmáticos* (*creencias religiosas fijas e inmutables), y se esfuerzan además por atar de buena gana a otros a esa misma creencia. Si hemos de reconocer la verdad, con el cambio que hace al pasarse a una confesión de la iglesia protestante, uno alivia las pesadas cadenas de la iglesia romana de la Edad Media. ... Pero ¿por qué habría de llevar necesariamente cadenas humanas? ¿Por qué esclavizar nuestra conciencia? ¿Por qué no permanecer en la libertad con la que el Mesías nos ha liberado? ¿Por qué permitir que los hombres esclavicen nuestras conciencias y arrojar a un lado la libertad de investigar? ¡Vemos que este asunto de la esclavitud no se intentó solo en los tiempos antiguos, sino que también en nuestra época lo intentan personas que se llaman a sí mismas ilustradas y renovadoras! ¿Por qué no decidimos poseer la libertad de fe de los apóstoles de los tiempos antiguos? Ser libres; para crecer tanto en entendimiento como en misericordia y amor, a causa del maravilloso plan que Dios revelará «en los tiempos que Dios ha fijado».

Quien se liga a cualquier organización sabe que ello consiste en adoptar su creencia fundamental y en no salirse de esa creencia de ningún modo, ni poco ni mucho. Pero más adelante, aunque hayan aceptado de buena gana la esclavitud, comienzan a pensar por sí mismos y, a causa de la luz que reciben de otras fuentes, a causa de las verdades que adquieren, apartan a un lado el placer del sectarismo, y entonces, o bien fingirán, con hipocresía y en secreto, seguir andando por aquel camino, o bien tomarán con sinceridad una postura a favor de su fe. Hacer esto requiere esfuerzo y, al mismo tiempo, se echa a perder la situación cómoda que se posee. A la persona que no piensa en esa comodidad, sino que la arroja a un lado, que busca la verdad con sinceridad, esa religión o confesión la presenta, con acusaciones insensatas, como si estuviera traicionando a la confesión a la que pertenece, como «alguien que no sabe adónde va», etc. Porque si una persona se hace pertenecer a una confesión, ya se espera que pertenezca por completo, no a sí misma, sino a esa confesión. A partir de entonces, esa confesión toma las decisiones sobre qué es correcto y qué es incorrecto respecto a esa persona. Y ella misma, junto a ello, debe ser un miembro fiel y digno de confianza que pertenece a esa confesión. Y para que esto sea posible, debe aceptar como creencia todas las decisiones que esa confesión haya tomado. Además, no solo debe pasar por alto su propio pensamiento, sino que también debe dejar de investigar. De lo contrario, esa persona crecerá en entendimiento y se apartará de esa confesión, convirtiéndose en una pérdida para el nombre de la confesión.

Todos estos lazos de esclavitud, estas confesiones los ven no como una cadena oxidada, sino como un collar de joyas, y los perciben, bajo la identidad de una medalla, como rasgos de carácter. Han llegado tan lejos en engañarse a sí mismos que, a muchos siervos de Dios, a causa de su libertad, intentan crearles un sentimiento de culpa acusándolos con palabras como «habéis elegido el camino fácil». Y aquellos que quieren liberarse de esta esclavitud, por desgracia, como consideran una vergüenza pertenecer únicamente al Mesías de Dios, encuentran más correcto decir que pertenecen a la esclavitud conforme a la creencia de una confesión.

Por ello, avanzando poco a poco en el conocimiento, estas personas honestas y sedientas de verdad creen que progresan pasándose de una confesión o religión a otra, como bautista, metodista, presbiteriana, adventista, etc., etc. Pero tal vez, después de estas experiencias, al alejarse de todas las organizaciones humanas, esa persona querrá verse a sí misma aprovechando la libertad que el Mesías ha provisto, ligándose de ahí en adelante solo a Dios y a sus santos con un lazo de amor suave pero fuerte. Creciendo en conocimiento y entendimiento, como en tiempos de los apóstoles del primer siglo. 1.Cor.6:15-17. Efes.4:15-16

Ojalá aquellas personas hicieran aquí lo que dice Russell. ¿Cuántos muestran esta sabiduría, este valor y esta manera de actuar? Como he señalado más arriba, Russell es el fundador de los Testigos de Jehová. Lo asombroso es que la propia organización que él fundó, es decir, los Testigos de Jehová, no tarda nada en convertirse en algo mucho más terrible que las religiones y confesiones que él criticaba. Veremos si esto es así o no leyendo tanto los escritos de Russell como las actas del juicio que se recogen más abajo. En sus escritos siguientes, Russell continúa:

Si una persona vive sin estar atada a las cadenas de una religión, por lo general se siente insegura. Y este sentimiento proviene de un pensamiento equivocado. Este pensamiento salió por primera vez del Papa, quien recalcó que, para salvarse y ganar la aprobación de Dios, las personas tienen necesariamente que ser miembros de una organización humana.

Estos grupos distintos, organizados por hombres, muy diferentes de la comunidad de hermanos de los tiempos de los apóstoles, son aceptados por lo general por las personas cristianas como una compañía de seguros del cielo. … Pero ninguna organización en el mundo puede dar un billete que lleve al cielo. Que ser miembro de una confesión o de una religión no es en absoluto una garantía de recibir la vida eterna, hasta el partidario más fanático de esa religión lo aceptará. Todos, quieran o no, deben aceptar también que la membresía en la verdadera iglesia* (*en el sentido de casa de Dios) no se hace en la tierra, sino en el cielo. Pero estos engañan al pueblo afirmando que, para poder ser parte del cuerpo del Mesías, es decir, de la verdadera iglesia, es obligatorio ser miembro de una religión. Aunque el Señor nunca ha negado a nadie la membresía de los que vienen a él por medio de una confesión, ni nunca ha rechazado a los que buscan la verdad con sinceridad, aun así, sin consultar tales obstáculos, ¡anima directamente diciendo «venid a mí»! Nos llama diciendo: «¡Venid a mí! Y tomad sobre vosotros mi yugo y llevad mi carga, porque mi yugo es fácil y mi carga es ligera, y hallaréis descanso para vuestras almas.»

Ojalá hubiéramos escuchado antes su voz; entonces habríamos sido librados y protegidos de las muchas pesadas cargas del sectarismo, del pantano del escepticismo, y de las seducciones del orgullo y del pensamiento mundano.

«Cuánta sinceridad, sabiduría y verdad contienen estas palabras que Russell usó en aquel tiempo. Conforme al conocimiento que hemos adquirido de las palabras de Dios, yo también apoyo el mismo pensamiento. La libertad que Dios dio a los seres humanos —aunque no la merezcamos— la abandonamos y nos hacemos esclavos de los hombres en nombre de Dios. Pero a la Organización Torre del Vigilante no le lleva nada de tiempo organizarse de un modo al que Russell se oponía y desviarse hacia un rumbo completamente distinto.

Sin embargo, Russell, que fue el fundador de esta organización, desde el principio no solo estaba en contra de toda clase de organizaciones, religiones y confesiones, sino que, en otras palabras, incluso odiaba «tener una etiqueta». Cómo, más tarde, y en muy poco tiempo, siguieron un rumbo distinto lo leemos en los siguientes escritos, tomados de las actas del juicio celebrado en Inglaterra en el año 1954. No quiero hacer ningún comentario sobre ellos. Por favor, leedlos vosotros mismos y, decidiendo vosotros mismos, decidme cuál es la diferencia entre la actitud de la Iglesia de la Inquisición de la Edad Media y la Organización Torre del Vigilante. Sí, hay una sola diferencia: que los Testigos no poseen el poder que tenía la iglesia en aquellos tribunales de la Inquisición. Y con esto no están ni mejor ni peor que ellos.

Estos pensamientos que hemos leído más arriba eran los puntos de vista y las explicaciones que se sostenían antaño. Entonces, ¿por qué esta actitud tan llamativa y distinta, que aún hoy sigue siendo la misma, y este desviarse hacia un rumbo totalmente opuesto?» escribe en su libro Raymond Franz, que anteriormente fue miembro del Cuerpo Gobernante de la Organización Torre del Vigilante.

¡Y así se volvieron!

*El acta del juicio existe solo en inglés. Nosotros hemos intentado traducir al turco a partir del libro de Raymond traducido al alemán. Continúa, y Raymond Franz dice:

Yo mismo, respondiendo como garante en este asunto, quiero recalcar que el hecho de que la Organización Torre del Vigilante se vea a sí misma como el único canal que Dios usa en la tierra es una pretensión muy grave. Ser el único canal que representa a Dios en la tierra. Quizá estas declaraciones que hacen los representantes de la Torre del Vigilante sean las expresiones más claras hasta ahora. A raíz de esto, este proceso de 1954, que toda la humanidad esperaba y que era una respuesta a su mensaje, se celebró en Inglaterra. Este proceso se conoce como «el caso Walsh». Este proceso, además, es una demanda presentada contra Inglaterra por un ministro religioso que estaba dentro de los Testigos de Jehová, para poder tener los mismos derechos que los ministros religiosos de la misma iglesia. Por lo que recuerdo, había oído de boca de mi propio tío (Fred Franz, que después fue presidente de la Torre del Vigilante hasta su muerte el 22 de diciembre de 1992) qué papel había desempeñado él en este proceso. Pero hasta hace poco no comprendí exactamente cuál era el contenido del asunto, a partir de las declaraciones de los Testigos ante el tribunal, sino hasta que leí las actas.

Aquí publicaremos, con permiso del Keeper of the records of Scotland, algunas partes de las declaraciones de los Testigos, tomadas de las actas oficiales del juicio. Uno de esas tres personas que declararon allí es Fred Franz, que en aquel entonces era vicepresidente de la Organización. Primero se recogen en las actas su declaración y, después, la declaración de algunos Testigos que le siguen, donde «S» significa la pregunta y «C» la respuesta. (Quien hace la pregunta es el Fiscal de la Corona de Inglaterra; quienes dan las respuestas son personas de la Organización Torre del Vigilante.)

S: ¿Trabaja usted en la labor de impresión y distribución de folletos y libros de contenido religioso que se imprimen con regularidad y de vez en cuando salen al mercado? C: Sí. S: ¿Diría usted también lo siguiente: que el propósito de estas publicaciones religiosas, de las publicaciones que salen cada quince días, es hablar sobre las enseñanzas que contienen? C: Sí. S: ¿Las enseñanzas de estas publicaciones son una norma dentro de su asociación? C: Sí. S: ¿Es libre aceptar estas normas, o bien todo el que quiera ser y seguir siendo miembro de esta asociación está obligado a aceptarlas? C: Están obligados.

Con esta declaración de Fred Franz, vicepresidente de la Organización Torre del Vigilante, se dice claramente que, en adelante, todo el que quiera ser y seguir siendo Testigo de Jehová está obligado a aceptar las explicaciones de todas las publicaciones de la Organización Torre del Vigilante, sin ninguna alternativa ni libertad de elección. Responde que esto es una «obligación». El desenlace de esto lo veremos también en las declaraciones siguientes:

S: Es decir, ¿en la práctica el objetivo es hacer surgir una nueva sociedad de la humanidad, verdad? C: Sí. Habrá una nueva sociedad mundial bajo unos nuevos cielos, porque el cielo anterior y la tierra anterior serán destruidos en la guerra de Armagedón. S: Entonces vengamos al pueblo del nuevo mundo. ¿Allí solo habrá Testigos de Jehová? C: Al principio solo habrá Testigos de Jehová. El resto de los escogidos* (*los 144.000 que vivirán en los cielos y que ahora están compuestos solo por Testigos de Jehová) estarán por poco tiempo en la tierra, porque tienen que permanecer fieles hasta la muerte en su cometido sobre la tierra. Pero los que son de las otras ovejas* (*los que vivirán en la tierra), si obedecen siempre la voluntad de Dios, podrán vivir eternamente en la tierra.

Aceptar esta situación equivale a decir vida o muerte. ¡Porque, según esto, los que sobrevivirán a la guerra de Armagedón «serán solo Testigos de Jehová»! Pues bien, si un miembro de la asociación no puede aceptar por su conciencia cierta enseñanza de la organización, y no encuentra estas enseñanzas suyas confirmadas como prueba en las Sagradas Escrituras, ¿por esta razón se le expulsa de la asociación? Y ¿cuál es la situación de aquellos que han sido expulsados de la asociación y que no aceptan ser readmitidos? Cómo son los que toman tal postura se explica en las declaraciones de los Testigos exactamente así:

S: Si la situación se desarrolla de este modo, ¿se aplica realmente esta pena disciplinaria (es decir, la expulsión de entre ustedes)? C: Sí. S: No le haré más preguntas sobre este tema, pero ¿hay situaciones desesperadas que parezcan tan graves que, considerándose ustedes con razón, expulsen a alguien y jamás lo readmitan para recuperarlo? C: Sí. En realidad, una expulsión así lleva a la persona en cuestión a la destrucción, al quedar fuera de la asociación, si la persona no se arrepiente nunca y no corrige su camino. Para ella ya no hay esperanza de vida en el nuevo mundo. Hay ciertas cadenas de pecado que causan la expulsión, y una de ellas es blasfemar contra el Espíritu Santo, que es un pecado tan grave que jamás puede revertirse.

Después, el Fiscal de la Corona británica dirige la atención hacia ciertas enseñanzas, hacia enseñanzas que la Organización Torre del Vigilante cambió y abandonó posteriormente. Algunas de ellas tienen que ver con enseñanzas históricas que se pueden ver claramente. ¿Qué ocurrirá si una persona comprendió el error de aquella enseñanza que entonces era común y no la aceptó? ¿Qué postura tomará la Organización hacia las personas que se encuentren en esta situación? Como explicación, la declaración de los Testigos:

S: ¿Es cierto que el pastor Russell fijó el año 1874? C: No. S: Pero ¿es cierto que él aceptó que este tiempo sería antes de 1914? C: Sí. S: ¿Qué tiempo señala? C: Dijo que el tiempo de las naciones se cumpliría en 1914. S: En lugar de cualquier otro tiempo, ¿no consideró él mismo el año 1874 como un tiempo determinado? C: En general se entendía que 1874 era la segunda venida de Jesús en espíritu. S: ¿Dijo usted que se entendía en general? C: Es cierto. S: Y esto también se proclamó como verdad, y todos los Testigos de Jehová estaban obligados a aceptarlo. C: Sí. S: Y ahora esto no se acepta, ¿no es así? C: No. S: Cuando el pastor Russell llegó a esta conclusión, la interpretó de ese modo tomando fundamentalmente el libro de Daniel, ¿no es así? C: En parte. S: Y en especial Daniel capítulo 7 versículo 7 y Daniel capítulo 12 versículo 12. C: ¿Daniel 7:7 y 12:12? ¿Qué había dicho usted, sobre qué fundamento lo había construido? S: El tiempo de 1874 que él mismo fijó era la fecha que señalaba la segunda venida de Jesús el Mesías. C: No. S: ¿No dijo usted como qué había puesto él esa fecha? Yo tomé esto de lo que ustedes dijeron. Entonces debo haberle entendido mal. C: Él no ligó estos versículos a 1874. S: ¿Entendió estos versículos según la entrada en el plan del reino oriental en el año 539? C: Sí. 539 fue una fecha que él usó al hacer sus cálculos. Pero 1874 no se construyó sobre este entendimiento. S: Pero estos cálculos ya no son aceptados por el Cuerpo Gobernante de la asociación, ¿verdad? C: Es cierto. S: Entonces significa que tengo razón; mi empeño es sacar a la luz la postura de la asociación. Es decir, ¿aceptar estos cálculos erróneos era deber y obligación de los Testigos? C: Sí. S: ¿La asociación debe aceptar que quizá dentro de unos años aceptarán como «erróneo» lo que ahora proclaman como verdad? C: Entonces tendremos que esperar. S: ¿En ese tiempo intermedio todos los Testigos de Jehová habrán ido en pos del error? C: Habrán ido en pos de lo que está escrito en los libros, pero que nosotros hemos entendido de manera errónea. S: Puede ser, un error.

De nuevo, sobre las publicaciones que salen, se pregunta cuán grande es la autoridad de la Organización Torre del Vigilante. Sin embargo, aferrándose otra vez a la expresión que el vicepresidente de la organización dijo en un momento, «estas enseñanzas no se hacen aceptar bajo obligación a la persona», como se verá, el interrogatorio continúa exactamente así:

C: Para ser un siervo ordinado* (*ordenado, constituido), esa persona tiene que tener necesariamente entendimiento sobre estos libros. S: Pero ¿no llega la persona a la condición de siervo constituido por medio del bautismo? C: Sí. S: Entonces, en el bautismo la persona tiene que conocer estos libros. C: La persona tiene que comprender el propósito de Dios que se expone en los libros. S: Y lo que se expone en estos libros ¿es interpretación de la Sagrada Escritura? (Se refiere a las publicaciones de la organización) C: Ellas presentan la interpretación de la Sagrada Escritura o de las expresiones tomadas de ella; las personas, en cambio, al leer primero la interpretación y después los versículos, ven que estas interpretaciones se apoyan en los versículos de las Sagradas Escrituras. Los apóstoles dicen: «Examinadlo todo, retened lo bueno». S: De su situación yo he entendido lo siguiente —si me equivoco, por favor corríjame—: un miembro de los Testigos de Jehová está obligado a aceptar todo lo que esté escrito en los libros que yo les he mostrado, en cierto modo como si fuera la Sagrada Escritura y como la interpretación verdadera. C: Pero él no lo hace bajo obligación; a la persona, como cristiano, se le da el derecho de investigar en las Sagradas Escrituras, hasta que vea en la Sagrada Escritura la prueba del conocimiento que posee. S: Y ¿qué hará esa persona si no ve en las Sagradas Escrituras lo que se dice en la enseñanza dada, o al revés? C: Las publicaciones que salen se hacen para que apoyen las expresiones de los versículos, y por eso allí se presentan. S: Si una persona ve que hay una diferencia entre las Sagradas Escrituras y las publicaciones que salen, ¿qué debe hacer? C: Usted tendría que traerme a alguien que pudiera mostrarme que esto es así; solo entonces yo podría responder a esta pregunta, o esa persona lo hará. S: ¿Con esto está usted diciendo que cada uno de sus miembros tiene el derecho, después de leer las publicaciones y la Sagrada Escritura, de tener por sí mismo una opinión sobre qué interpretación se ajusta mejor a la Sagrada Escritura? C: Eso vendrá--- S: ¿Dice usted sí o no, y explica también por qué? C: No. ¿También debo decir el porqué de esto? S: Sí, si usted quiere. C: Los versículos se dan con el propósito de apoyar lo que se expone. Si una persona abre los versículos y mira, verá que la explicación entre lo que se dice y el material que se da está apoyada; después de esto tendrá, respecto al material, un punto de vista conforme a los versículos, un entendimiento conforme a los versículos. Exactamente como dice Hechos de los Apóstoles capítulo 17, versículo 11, allí dice así: Estos (los de Berea) eran más nobles que los de Tesalónica y recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así. Nosotros también damos instrucciones para que anden por el camino de la excelencia, como aquellos de Berea, para que investiguen los versículos y vean si estas cosas son así. S: Con esto quiere decir que, en realidad, un Testigo no tiene ninguna alternativa más que aceptar lo que está escrito ya sea en las publicaciones de la Torre del Vigilante, ya sea en las revistas Despertad. ¿Y debe aceptarlo todo como una norma y seguirlo? C: Está obligado a aceptarlo. S: ¿Hay esperanza de salvación para las personas que viven en lugares adonde no llegan sus publicaciones, si solo leen la Sagrada Escritura? C: Leen la Sagrada Escritura, sí. S: ¿Puede hacer una interpretación correcta de la Sagrada Escritura? C: No. S: No quiero que usemos versículos el uno contra el otro, pero ¿no dijo Jesús: «El que cree en mí, vivirá»? (Juan 11:25) C: Sí.

La declaración de este testigo significa lo siguiente: para que las personas del siglo XX lleguen al entendimiento de la Sagrada Escritura, las publicaciones de la Organización Torre del Vigilante, que es el canal de Dios, son la única buena noticia y el único camino. Quienes no aceptan el contenido de sus publicaciones pierden el favor de Dios, e incluso son condenados a muerte. Esta era la declaración de un solo testigo, es decir, de Fred Franz, vicepresidente de los Testigos de Jehová. A Inglaterra vinieron otros dos representantes del centro para dar sus declaraciones. ¿Acaso sus declaraciones apoyan la declaración del vicepresidente? El siguiente testigo es el asesor jurídico de la asociación, Hayden C. Covington. Ahora veremos las explicaciones de su declaración:

S: ¿No es acaso necesario, en asuntos religiosos, hablar sin falta la verdad? C: Sí, sin falta. S: En su opinión, ¿debe hacerse de vez en cuando algún cambio en las interpretaciones de las Sagradas Escrituras dentro de una religión? C: Sí, y hay muchas razones para ello, como vemos, en las interpretaciones sobre las Sagradas Escrituras. Nuestro punto de vista se va aclarando cada vez más, porque lo vemos con el tiempo mediante el cumplimiento de las profecías. S: Pero ustedes —les pido disculpas por lo que voy a decir— ¿hicieron una profecía falsa? C: ¿Nosotros? Yo no creo que hayamos proclamado una profecía falsa; había ciertas explicaciones que eran erróneas, o mejor dicho, sería más correcto decir que eran prematuras y fuera de lugar. S: Si se trata de la segunda venida del Mesías, ¿no es este un punto de vista profético muy importante en nuestro mundo de hoy? C: Lo es; de hecho, lo que proclamamos con empeño es que poseemos la verdad. Para mostrar, en el material que poseemos, la mejor posibilidad que tenemos a mano en la que nos apoyamos, no podemos esperar poseer un conocimiento perfecto. Si hiciéramos eso, entonces no podríamos decir nada. S: Detengámonos con más detalle en este tema. ¿No era la segunda venida del Mesías en 1874 la noticia que los Testigos de Jehová creían y difundían? C: No tengo conocimiento sobre esto. Usted habla de cosas sobre las que no tengo conocimiento. S: ¿No conoce la declaración del señor Franz? C: Tengo noticia de la declaración del señor Franz, pero no tengo conocimiento sobre los temas que él relató. Usted mismo oyó lo que él dijo. Por eso, sobre este tema, no puedo responder como si estuviera en su lugar. S: Por favor, no me meta a mí en el asunto. C: La única fuente que conozco es lo que he oído aquí en la sala del tribunal. S: Usted investigó las acciones de ellos. C: Sí, pero no todas. Yo no leí los 7 libros relacionados con las explicaciones de los versículos, ni tampoco lo del 1874 que usted acaba de mencionar. Sobre este tema no tengo ningún conocimiento, absolutamente ninguno. S: Entonces tómelo oyéndolo de mí. La asociación proclamó que el año 1874 sería la segunda venida del Mesías. C: Supongamos que fue así; entonces esto no es más que una suposición. S: Una profecía falsa que fue proclamada. C: Un anuncio falso, o una profecía errónea que no se cumplió, se cometió un error o una equivocación. S: ¿Y esto tenía que ser aceptado por todos los Testigos de Jehová? C: Sí; comprenda usted que tenemos que estar en unidad; no podemos tener una unidad corrompida, no podemos permitir que un montón de personas vayan por caminos distintos. También de un ejército militar se espera que se mueva en el mismo orden. S: ¿Acaso cree usted en la autoridad dada a un ejército de alcance mundial? C: Nosotros creemos en el ejército cristiano de Dios. S: Entonces, ¿cree usted en la autoridad de los ejércitos de alcance mundial? C: No podemos proclamar tal cosa. Nosotros tampoco predicamos contra ellos; simplemente, como consideramos a los ejércitos militares de este mundo como parte de la Organización de Satanás, no tenemos ninguna parte con ellos. Tampoco predicamos contra la guerra. Solo queremos, exigiendo nuestro derecho legal, quedar libres de ellos, eso es todo. S: Vengamos al punto principal. ¿Que se proclamó una profecía falsa? C: Lo acepto. S: ¿Y esa profecía tenían que aceptarla los Testigos de Jehová? C: Muy cierto. S: Si un miembro de los Testigos, llegando por sí mismo a una conclusión, piensa y también dice que esta profecía es falsa, ¿se le expulsaba de inmediato de forma natural? C: Sí, si lo dice y además continúa causando inquietud. Si toda una organización cree en algo, aunque sea falso, y después sale alguien que empieza a llevar sus propios pensamientos al pueblo, entonces comienzan los desacuerdos y la inquietud. Debe venir de la fuente correcta, de la dirección de la organización, del Cuerpo Gobernante, y no de abajo hacia arriba. De lo contrario, todo el mundo tendría tales conjeturas y la organización se dividiría en pedazos y se iría por miles de caminos distintos. Nuestro objetivo es estar en unidad. S: ¿Unidad, cueste lo que cueste? C: Unidad, cueste lo que cueste. Porque nosotros creemos y estamos seguros de que Jehová Dios usa nuestra organización por medio del Cuerpo Gobernante. Aunque de vez en cuando se cometan errores. S: ¿Y la unidad, imponiendo por la fuerza una profecía falsa? C: Lo acepto. S: Y cuando una persona defiende sus propios puntos de vista, aquello que ustedes llaman falso, la persona expulsada, ¿ha ido en contra del pacto, aunque haya sido bautizada? C: Es cierto. S: ¿Como usted dijo ayer, se hace digna de muerte? C: Yo lo creo. S: ¿Dice usted sí o no? C: Yo digo sin falta que sí, y además sin ninguna vacilación. S: ¿Se califica usted a sí mismo como una «religión»? C: Por supuesto que sí. S: ¿Y llama a esto cristianismo (seguir a Jesús)? C: Sin ninguna duda. S: Si tomamos en cuenta todos sus errores juntos, en realidad, con una declaración totalmente cruzada, las diferencias de opinión, y quizá también las normas que ustedes han mostrado respecto a los escritos que han publicado desde la fundación de la asociación, y con esto quiero decir que había diferencias, cosa que usted también confirmó. C: Sí. S: De nuevo, añadiendo usted libremente, la persona, por no haber aceptado sus puntos de vista proféticos sobre el tiempo, debe contar con ser expulsada de la asociación, aun sabiéndose que esto quizá le traerá a esa persona desenlaces llenos de aflicciones espirituales. C: Sí, yo he dicho estas cosas y una vez más he comprendido que son así.

Según la declaración de esta persona, que es Testigo de Jehová y representante de la asociación, de un seguidor del Mesías se espera que, sea lo que sea aquello que ve en la palabra de Dios, cree y acepta como verdadero, lo acepte como falso para que no se rompa la unidad. Mientras no se salga de las normas de la enseñanza de la organización, sea lo que sea lo que lea en la Sagrada Escritura, sin tenerlo en cuenta para nada, no debe hablar de ello ni explicarlo. Por ello, aunque las cosas que lea en la palabra de Dios puedan verse clara y nítidamente, esto no basta. Para que se produzca un cambio, esa persona debe esperar que este venga de la fuente correcta, de la dirección de la organización, del Cuerpo Gobernante. Es decir, este trabajo no debe ser de abajo hacia arriba, sino de arriba hacia abajo. De nuevo, sea lo que sea lo que la persona lea en la Sagrada Escritura, esperando que el entendimiento venga de la fuente correcta, del Cuerpo Gobernante, debe creerse y explicarse tal como ellos le dicen y le permiten. Y defendiendo semejante expectativa extraordinaria. Cueste lo que cueste, tiene que haber una unidad obligatoria. Aunque sea «aceptar por la fuerza enseñanzas que se apoyan en el fundamento de una profecía falsa». No aceptar esto significa la expulsión de la asociación, y esto significa «ser digno de muerte». En la práctica esto es: «Una persona puede leer de las palabras que el Señor hizo escribir, pero aun así esa persona no puede aceptarlas y actuar según lo escrito, ¡si el que supuestamente es el Esclavo del Señor (la organización) dice otra cosa!»

La postura que toma la organización se comprende aquí de un modo muy simple y fácil. Para declarar viene un tercer Testigo de Jehová. Esta persona, que es representante de la oficina central, en su declaración es el «secretario responsable de la tesorería» Grant Suiter; leeremos al mismo tiempo sus declaraciones y explicaciones relacionadas con su cometido en la organización:

S: ¿En qué condición debe estar el siervo que vaya a tomar un cometido en la asociación? C: Como se ha hablado con él previamente, debe haber cumplido las exigencias que se esperan de él. Debe ser maduro, sensato y poseer también entendimiento espiritual. Al mismo tiempo, debe haber asistido a la Escuela del Ministerio Teocrático mencionada. Debe poder dirigir en el servicio del campo (la obra de predicar de puerta en puerta), estar capacitado para enseñar y poseer también las demás capacitaciones que señalan las Sagradas Escrituras. Sabe usted, uno no puede establecer una regla de que alguien pueda ser experto en nada que no señalen las Sagradas Escrituras. S: En general se dice así. Pero cuando en la práctica llegamos a la realidad... él tiene que ir a la escuela del ministerio teocrático (que ustedes han fundado), ¿no es así? C: Sí. S: ¿Y allí encuentra una biblioteca? C: Sí. S: ¿No se espera de él que conozca los temas relacionados con las enseñanzas que ha sacado la asociación? C: Muy cierto. S: Según el punto de vista de los Testigos de Jehová, ¿puede esta persona comprender las Sagradas Escrituras sin las publicaciones de la asociación? C: No. S: ¿Solo puede tener un entendimiento correcto por medio de las publicaciones? C: Sí. S: ¿No es esto una norma? C: No. S: Usted oyó las declaraciones. En esencia, ¿es cierto que se dieron cuenta de que el entendimiento sobre el año 1874 era erróneo, y de que 1925 también era un punto de tiempo erróneo? Estos dos puntos: se pusieron delante de todos los Testigos de Jehová como verdad y se les hicieron aceptar, y además de forma incondicional. C: Es cierto. S: ¿Confirma usted que había que aceptar aquello que era falso? C: No, no exactamente. Que estos puntos fueran erróneos se debió a nuestros errores, pero lo importante es lo que en general ha salido a la luz. En todos estos años de servicio de los Testigos de Jehová, desde su fundación, la Pennsylvania Corporation se ha acercado continuamente a las personas y ha puesto en sus corazones el propósito y la palabra de Dios y su justicia fundamental. Y esto ha sido para ellos una fuerza espiritual. Tomando postura conforme a su conocimiento, han enaltecido el nombre de Jehová y han proclamado su reino. Durante años, este objetivo ha sido inculcado por los Testigos de Jehová en la mente de las demás personas. Uno no puede comparar la adoración a Jehová Dios, que es el significado del tema principal, mirando de forma simple a los puntos erróneos que se han corregido en los temas secundarios.

Según la insistente afirmación del secretario de la tesorería, cuando dice «uno no puede establecer una regla de que alguien sea experto (tenga autoridad) en nada que no señalen las Sagradas Escrituras», aun así, igual que en la declaración de aquellos dos representantes que le precedieron, dice que todos solo pueden adquirir un conocimiento correcto sobre las Sagradas Escrituras por medio de las publicaciones de la Organización Torre del Vigilante. A pesar de que sacaron profecías falsas, en aquel tiempo se le cargó a cada Testigo de Jehová que esto era una verdad incondicional. Y esto se explicó de nuevo con insistencia como que en aquel tiempo era «verdad». El secretario de la tesorería, en cambio, sostiene: «lo importante es lo que en general ha salido a la luz». Por ello dice que no hay que emitir malos juicios sobre la Organización, y sigue añadiendo; recalca que los errores proclamados eran «puntos secundarios» y que «lo que se proclamó era, como asunto principal, la adoración a Jehová Dios». Califica de injusticia poner el mensaje principal y los errores del mismo modo dentro de un mismo recipiente. El secretario de la tesorería también señala: «Uno no puede comparar estas cosas simplemente de esta manera». En esta última petición suya hay un lado tan cierto. Pero, como se muestra tanto en la propia declaración de Suiter como en las declaraciones de las otras dos personas, la organización, mientras pide que se la trate con indulgencia y equidad cuando se la juzga a ella, sin mostrar ella misma ninguna indulgencia ni tolerancia, puede dictar sobre las personas juicios que ella misma no aceptaría. Se comprende que quieren que se muestre tolerancia hacia ellos, pero, respecto a las cosas erróneas que enseñan a sus propios miembros, del mismo modo que no aceptan objeción de nadie, al que las hace oponiéndose lo expulsan de la asociación diciendo que es digno de muerte. Y esto se hace sin distinción alguna. Sin mirar cuánto acepta o no la persona el mensaje relacionado con el tema principal, o cuán sinceramente se entrega o no a Jehová Dios. No, sino que esa persona debe aceptar todo el mensaje tal cual, por entero, tal como lo enseña la organización, todo, con la condición de que estén incluidos los errores, todo en bloque. La otra opción es ser expulsado. La organización, presentando como sin importancia los errores que ha publicado, mira esas publicaciones como cosas secundarias. Pero cuando estos errores no se aceptan y ven objeción, entonces adquieren una importancia terriblemente grande. Una importancia tan grande como para garantizar la expulsión de la persona. A estas personas que no aceptan los errores tal cual, Dios, sea quien sea, las mira con mucha ira, dicen. Y que esa persona, contra el mensajero de Dios que lleva su nombre, insista además diciendo: «Uno debe examinarlo todo y tomar solo lo bueno y correcto, tal como viene del Dios verdadero», eso es completamente imperdonable, dicen. Al salir fuera de la organización, Dios no la considera digna de la vida, dicen. Aunque todo esto parezca increíble, estas personas que declaran encuentran lógicas tales explicaciones.

Estas cosas me traen a la mente aquellos versículos de los Proverbios de Salomón, que son un pensamiento fundamental:

Pesa falsa y pesa cabal son abominación a JEHOVÁ, y la balanza engañosa no es buena. (Proverbios de Salomón 20:23).

En realidad, lo que aquí parece imposible de creer es esto: con qué ojo tan serio mira Dios incluso los asuntos comerciales corrientes y cotidianos (sea quien sea, que una persona deshonesta use a sabiendas pesos distintos, ya sea al vender o al comprar). Cuánto más entonces, ¡cuánta importancia da Dios a las medidas que las personas usan en las cosas relacionadas con el interés espiritual! Mientras las personas exigen que se les muestre una medida de indulgencia y tolerancia, ¿no querrán lo mismo hacia los demás? El verdadero mensajero de Dios, Jesús el Mesías, dijo así en Mateo 7:2:

Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, se os medirá.

No solo con las declaraciones de este juicio, sino que, por el contrario, la Organización Torre del Vigilante espera continuamente de los Testigos de Jehová y de todos que pasen por alto sus errores, que los miren con tolerancia y que los pesen cubriéndolos con sus otros aspectos buenos. Pero no muestran estas medidas a las personas que tienen bajo sus juicios. Aunque estos sean pensamientos que no tienen tanta importancia, si no se ajustan a la enseñanza de la Organización Torre del Vigilante, no se ven como un error humano, algo que quizá con el tiempo se corrija, sino que, al contrario, según la organización: «es un fundamento para la expulsión». En realidad, en una imagen general, aunque esas personas tengan un pensamiento o una opinión distinta, el hecho de que muestren las características de un seguidor del Mesías nunca, por alguna razón, se tiene en cuenta, y todo esto no cuenta. Ella debe pensar igual que la organización. Jesús el Mesías, en cambio, con sus palabras muestra claramente que no mira con buenos ojos a quienes usan medidas tan distintas. En el peso de los temas tratados en este juicio en Inglaterra, no hay razón para que creamos que estas tres personas que declararon representaban solo sus opiniones personales. Y eso a pesar de que ellos, en sus declaraciones en este juicio, tenían como objetivo que el Estado los aceptara como una organización religiosa. Quizá por ello sus declaraciones se hayan visto afectadas, pero aun así, los «Legisladores» que reinan sobre ellos como norma expusieron la verdadera política de la organización. Los documentos o certificados del pasado y del futuro lo muestran. Las experiencias que yo mismo he tenido en el Cuerpo Gobernante no hacen sino confirmar estas cosas... Dice RAYMOND FRANZ.

Esta página se ha escrito con la ayuda del libro «Auf der Suche nach der Christlichen Freiheit» (en alemán), de su autor Raymond Franz (que en el pasado fue miembro del Cuerpo Gobernante de la Organización Torre del Vigilante). Quiero darle las gracias desde aquí por sus valiosas experiencias, su sinceridad y sus esfuerzos. Su primer libro, «Der Gewissenskonflikt» (nombre en alemán), puede conseguirse en casi cualquier librería. Su segundo libro, «Auf der Suche nach der Christlichen Freiheit», también quiero recomendarlo desde aquí a todos. Quienes deseen adquirirlo en alemán, tanto en CD como en forma de libro, pueden solicitarlo por escrito en la dirección que sigue más abajo. Por desgracia, todavía no existen ediciones en turco de estos libros ni de estos CD.

Herbert Raab, Lübecker Straße 40, 45145 Essen- Alemania.

Además, como ha pasado mucho tiempo, si no la han quitado, es posible conseguir de nuevo ambos libros en la página http://www.ausstieg-info.de.

Lunes 12 de abril de 2004

La organización y Dios

Organización: 1) Preparación, disposición, orden. 2) Institución, agrupación.

Organizado: 1) Estructurado, agrupado. 2) Ordenado, dispuesto. Organizar: Ordenar, agrupar, estructurar en un organismo… Diccionario básico del turco, Kemal Demiray.

El significado de organización en el diccionario alemán: 1) Edificar conforme a un plan. Agrupación, orden, la forma de algo. 2a) En un grupo: sociedad, unión, la reunión de personas agrupadas con un mismo fin. b) Estar juntos, estructura, edificio. La instrucción, la orden de una institución.

Forma de organización: Ciertas reglas. «La forma de organización determina el modo de dirigir una empresa».

Organizador: 1) Preparar según un plan determinado. «Los políticos son organizadores a la hora de anunciar o dar a conocer algo».

En relación con nuestro tema, los significados de estas palabras en otros diccionarios deben de explicarse más o menos de la misma manera. Esta palabra surgió en el siglo XVI; en griego es organon y deriva de la palabra órgano.

El significado en el diccionario de organon, es decir, de órgano, es: «Conjunto de instrumentos, instrumentos musicales, instrumentos de un fin»; ergon, «trabajo, obra de arte, labor, deber».

La palabra organize, que entró en la lengua francesa en el siglo XVIII y que después es igualmente paralela a esta palabra órgano, significa «hacer existir órganos». Proviene del nombre latino organum y significa igualmente «instrumentos de trabajo». Es decir, hacer conforme a un plan, dar forma.

En las Sagradas Escrituras esta palabra organización no aparece ni una sola vez (me refiero a la Torá, los Salmos, el Evangelio y el Corán). No se ha encontrado en ningún lugar, ni en sus lenguas originales, ni entró en las traducciones de la Sagrada Escritura hechas después de que esta palabra se produjera en el siglo XVIII. Y quiero señalar, además, que esta investigación la hicieron los propios testigos de Jehová, y que el resultado ellos mismos lo aceptaron con pesar como una verdad, a puerta cerrada. Ninguno de sus miembros lo ha oído. Si no lo hubiera leído en el libro de Raymond Franz, a quien expulsaron de entre ellos, tampoco yo lo habría oído. Porque los testigos de Jehová son una organización y a sus miembros se les enseña a jactarse de esta organización a cada oportunidad. Lo que quiero explicar aquí no van a ser solo ellos; descendiendo mucho más profundamente que el significado del diccionario de esta palabra, intentaré explicar brevemente lo que en realidad significa para nosotros, la humanidad, su fuerza, sus efectos, dando ejemplos de la historia; y sobre todo, a partir de las palabras de Dios, si Él apoya la organización, si es un Dios Organizador en el sentido que nosotros entendemos, o no. Para explicar las verdades que subyacen bajo esta única palabra, en realidad podrían escribirse incluso libros muy extensos. Como digo, yo intentaré una vez más, en la medida de lo posible, dar una explicación breve, pero sobre todo en nuestro propio campo, en la manera en que nos concierne.

Con un pensamiento sencillo que todos conocemos, ¿podemos decir «hay cosas bien organizadas o cosas mal organizadas»? De un modo muy simple, ¿acaso el ser humano puede explicar todo así?

Nunca lo olvido; cuando teníamos apenas unos 15 años, tenía un amigo cuyo padre era carbonero. Un día fui de invitado a dormir a su casa. Por una razón que desconozco, veía que mi amigo, con las respuestas insolentes que le daba a su padre, lo enfurecía. Delante de mí mi amigo se había vuelto como un león. En realidad, a pesar de que le tenía mucho miedo a su padre, ante ese comportamiento suyo me asombraba, me asustaba y me avergonzaba a la vez, pensando: «justo ahora que yo estoy aquí, ¿por qué ocurre semejante disgusto?». En ese momento, seguramente con el propósito de subrayar la ignorancia de su hijo, el padre preguntó irritado: «A ver, dime, ¿cuántas clases de carbón hay?». Porque su padre era carbonero de oficio. Y él, enseguida, con insolencia: «Como en todo, dos clases», mientras yo pensaba para mis adentros: «¡vaya, no lo supo!», el padre siguió preguntando. Con un aire enojado, pero como quien logra su propósito: «¿Y cuáles son?», y al preguntar esto, nuestro amigo, con total desfachatez: «El buen carbón y el mal carbón», ¿debía reír o llorar? Era seguro que su padre, igual que yo, tampoco esperaba semejante respuesta. Cada vez que recuerdo este suceso, todavía me río a solas.

Bien, si partimos de aquella mentalidad de ese amigo, ¿acaso también nosotros podemos decir: «hay buenas organizaciones y estas son buenas, hay malas organizaciones que son malas porque están mal organizadas, o por muchas otras razones»? Solo que no olvidemos enseguida esto. La nota de valoración buena o mala que damos o que vamos a dar, ¿en base a qué la damos o la daremos? ¿Según el poder de crecimiento material de esa organización? ¿Según la cantidad de miembros que posee? ¿Según su fuerza? ¿Según si tiene voz, ya sea en la política o en las actividades internacionales, entre ellas? ¿Según su fin? ¿Según su plan y el objetivo ligado a él? ¿Según lo muy popular que sea? ¿Según si es aprobada por todos, o por una gran masa? ¿Según el lazo de unidad entre sus miembros? Para abreviar, diciendo etcétera, etcétera, y todo lo demás que pudiera enumerarse, ¿en base a cuál de todo esto valoramos para poder decir que una organización es buena o mala? Algunos podrían decir: «según todo ello». Si se piensa a fondo, en realidad no es una pregunta fácil, ¿verdad?

En nuestra tierra casi todo está organizado. No acabaríamos de enumerarlo. Dando solo unos pocos ejemplos, quizá podamos clasificar los más famosos. Actividades políticas, militares, religiosas, nacionales, comerciales, terroristas, mafiosas, deportivas, educativas, sanitarias, etc., etc. Ahora, ven y ponles nota a las instituciones organizadas por cualquier razón bajo estas clases: a las sociedades, a los ejércitos, a las religiones, a los políticos, a los terroristas, a los cazadores de hombres, a los que trabajan al margen de la ley, a los hospitales, a las instituciones educativas; ¡diciendo bien organizada o mal organizada! Esa institución organizada, mientras para unos obtiene muy buena nota, para otros es una institución terrible, peligrosa y que debe ser destruida. Mientras uno sacrifica por esa organización incluso su propia vida, otro le declara la guerra a esa organización y se sacrifica en ese empeño.

Aunque en cierto sentido el mecanismo de funcionamiento de todas ellas se basa en los mismos principios, dentro de estas clases yo daré el peso de nuestro tema a las organizaciones religiosas. Con las clases que he enumerado he ampliado especialmente el campo de influencia de este tema. Más que despertar el interés del lector, quiero subrayar que este tema concierne personalmente a cada ser humano. Todos nosotros, todas las naciones y pueblos del mundo, estamos bajo la influencia de estas organizaciones. Toda la humanidad vive dentro de los campos de esta influencia. En esta influencia, ¿en qué clase organizada entra el ser humano? No voy a discutir si entra bajo la influencia de solo una, dos o cientos de clases, y no de las demás. Pero, como digo, toda la humanidad vive bajo la influencia de estas cosas organizadas. Quiéralo o no, va y trabaja en un lugar de trabajo fundado bajo esa influencia. Igualmente, en ese campo de influencia comercia con muchos lugares, edifica o derriba, recibe educación o la imparte, ayuda o recibe ayuda, y así sucesivamente. No sé si aún existe en nuestra tierra un ser humano que viva solo en una isla como Robinson; y si lo hay, es una excepción. De la persona que vive sola, sin relación de ningún tipo con nadie, podemos decir que vive fuera de la influencia de las organizaciones. ¿Qué quiero decir con este escrito mío? Sin hacerlo más enigmático, entremos ya en el fondo del tema.

En realidad, como también he dicho arriba, lo que atrajo mi interés hacia este tema es que la palabra organización no aparece ni una sola vez en ninguna de las Sagradas Escrituras. En las Sagradas Escrituras tampoco aparecen nunca las palabras cigarrillo o teléfono. Porque en aquellos tiempos no existía lo que se llama cigarrillo ni teléfono, y por eso no aparecen. Si Dios es un Dios organizador, incluso si, como algunos afirman, esta es una característica suya, no podemos compararla con algo desconocido o inexistente en aquel tiempo como el cigarrillo o el teléfono. ¿No debería haber, al menos, otras palabras que demuestren que Dios posee esta característica, u obras hechas por Él en ese sentido? Me pregunté a mí mismo por qué no aparecen estas cosas en las Sagradas Escrituras. En realidad, la primera y más importante razón es que Dios nunca ha tenido necesidad de una organización ni ha organizado a los seres humanos. No se asombren de inmediato; intentaré explicar la razón de esto en la medida de mis posibilidades, incluso a veces con repeticiones que quizá parezcan excesivas e innecesarias.

El fin de las organizaciones es primero planificar algo y luego esforzarse por realizar ese plan. Sea cual sea el fin, es así. Pero Dios, y el ser humano que Él ha creado, no pueden tener necesidad de una organización. Porque Dios ha puesto su voluntad, sus mandamientos, en la mente y el corazón de sus criaturas, y ellas los cumplen por naturaleza y con deseo. Esta voluntad conforma su ser. Esto tampoco significa que sean robots creados, o animales que se mueven por un sexto sentido. Ellos lo hacen porque es lo correcto, usando su inteligencia y sus capacidades, gozosos y con deseo. Si, al mirar nuestro mundo humano, vemos que la situación es exactamente lo contrario, es a causa de que Dios ha permitido a Satanás (que en otro tiempo fue un ángel) y de que Satanás ha tomado al mundo bajo su influencia. Esta frase que uso ahora puede parecer ridícula a la perspectiva general del mundo. Yo, como he dicho desde el principio, escribí este escrito con el propósito de resolver qué relación tiene la organización con Dios. Para los seres humanos que creen en Dios según su propia cabeza, o que no creen en absoluto, el significado de este escrito es muy endeble. Pero para quienes desean conocer la verdad de forma imparcial, más que resultarles interesante, contendrá conocimientos que salvan la vida.

Sí, como he dicho, el hecho de que Dios haya puesto su voluntad en la mente y el corazón de sus criaturas no las convierte en robots. Sabemos, por las Sagradas Escrituras, que Dios dio la libertad de escoger lo bueno y lo malo, de hacerlos o no, no solo a nosotros, la humanidad, sino también a sus criaturas espirituales del cielo. Si hacer la voluntad de Dios está escrito en nuestra mente y nuestro corazón, ¿cómo es que podemos hacer lo malo?

En realidad, para que un ser humano perfecto, es decir, sin defecto, hiciera esto, tendría que forzarse a sí mismo. El primer hombre, Adán, y Eva eran perfectos. Que perdieran, siendo desobedientes, sus características de perfección, no fue solo por forzarse a sí mismos a hacer esa mala obra; leemos y sabemos que también los forzó una influencia externa. Y es seguro que la influencia que los incitó fue una criatura espiritual muy sabia, astuta y poderosa. Una serpiente o un animal no pudo engañar, con su inteligencia, conocimiento y experiencia, a un ser humano de creación muy superior a él mismo. Pero en las Sagradas Escrituras leemos que quien hizo esto fue Satanás, cuyo nombre significa el que se opone a Dios, el que se rebela, el que se subleva, siendo antes un buen ángel hasta que se halló en él culpa. (Ezequiel 28:11-19) De lo contrario, la serpiente no es una criatura que hable ni que piense con tales características. Sin embargo, mientras Satanás hablaba con Eva, con el fin de influir más en ella, eligió un espectáculo como si hiciera hablar a la serpiente. Dicho de forma breve y concisa, podemos decir también que «la engañó». (En la Sagrada Escritura, todo el capítulo 3 del Génesis, Apocalipsis 12:9; en el Corán la sura de Al-Araf, sura 7, de las aleyas 11 a 25, y Ta-Ha, sura 20, de la aleya 115 a la 124.)

Ahora pueden preguntar qué relación tienen estos conocimientos con la organización. Si nuestro fin es investigar qué significa el pensamiento de la organización en relación con Dios, entonces necesitamos, aunque sea un poco, un conocimiento sobre la identidad de Satanás, el enemigo de Dios. Si, como afirman muchos, decimos: «Yo no creo en lo que no veo», o si solo nos influye lo que vemos con nuestros ojos, nuestro campo de influencia en el conocimiento se queda únicamente en esa serpiente que habla. Y durante miles de años, al meter estas cosas en la mente de nuestros hijos con un entendimiento literal, tal como está escrito, en realidad nos hemos convertido, a sus ojos, en contadores de cuentos. Mi propósito no es solo mostrar a la persona que está detrás de esa serpiente, sino esforzarme por sacar a la luz también los conocimientos sobre los fines de esa persona, el camino que sigue y su campo de influencia. Puesto que la tierra le fue entregada a él por un tiempo determinado, tenemos también la obligación forzosa de conocerlo. Porque, y lamentablemente, hacemos muchas cosas porque él lo quiso así. O bien, lo que hacemos no complace a Dios, sino solo a Satanás. Yo escribo este escrito también con el propósito de separar las obras de Dios de las de Satanás.

Puesto que la humanidad, como he mencionado arriba, se volvió imperfecta, es decir, defectuosa a los ojos de Dios, naturalmente también la voluntad de Dios que había puesto en el corazón y la mente de los hombres empezó ya a funcionar de manera defectuosa, no perfecta. Por eso no vemos, al mirar la historia de la humanidad, el orden que es la voluntad de Dios y que Él puso en su corazón. Porque funcionan de manera defectuosa. Si damos ejemplos de los animales, quizá pueda explicar mejor por qué Dios no tiene necesidad de una organización y qué significa lo que afirmo: «Dios pone su voluntad en la mente y el corazón de sus criaturas».

Por ejemplo, las abejas, las hormigas. Aunque no hay nadie al frente que les ordene, que les diga haz esto así y aquello asá, todas trabajan con un mismo fin y de manera ordenada. (Proverbios o refranes de Salomón, capítulo 6, aleyas de la 6 a la 9). Quien las creó así es Dios. Y estas son solo dos especies de animales, entre millones, que todos conocemos. Este orden que vemos sobre estos animales en la naturaleza ni lo organizaron ellos, ni Dios los creó de forma que necesitaran una organización. El orden y la armonía de la naturaleza, que da al ser humano paz y sosiego —por más que nosotros, los humanos, nos hayamos esforzado por convertirla en un infierno—, ese orden y armonía que en algunos lugares aún nos causa sosiego con solo mirarlo, no es el éxito del pensamiento de la organización. La mente humana organizada se ha esforzado por corromper esa naturaleza y destruirla.

En realidad, si digo abiertamente que la organización es un sistema que usa Satanás, no se asombren en absoluto. Porque él, al no ser como Dios ni poseer la característica de la creatividad, halla el camino más fácil para alcanzar su fin en organizar. Y de este modo ha tomado al mundo bajo su influencia. Piensen en un presidente, o en un rey, y en un montón de personas bajo su mando. Satanás aquí domina a esa gran multitud con solo unas cuantas personas. Pero esta es una práctica muy contraria al principio y al fin de Dios. Dios jamás apoya esta forma, aunque la ha permitido. Veremos muchos ejemplos de esto en la Sagrada Escritura, en la relación de Dios con Israel. De hecho, por eso Dios tampoco fue partidario de que a Israel lo gobernara ningún rey humano. Pero el pueblo de Israel vino a Dios diciendo: «Nosotros también queremos, como las demás naciones, un rey al frente», insistiendo neciamente. (1 Samuel de 8:4 a 22, y de 10:17 a 20, y también todo el capítulo 12; por favor, léanlos y compárenlos. Los que quieran pueden leer en el Corán las aleyas de la 246 a la 252 de la sura Al-Baqara, sura 2. Solo que, si no toman en sus manos la Sagrada Escritura, tampoco entenderán bien la relación de esos pasajes con nuestro tema.)

Los partidarios de la organización, uniendo con la organización el hecho de que el pueblo de Israel fuera educado y ordenado mediante los mandamientos que Dios dio por medio de Moisés, pretenden demostrar con ello que Dios también apoya lo mismo. Su fin, en realidad, como en el ejemplo de los israelitas, es siempre poner al frente un rey, un presidente, un gobernante. Yo antes pensaba: «Quienes tienen esta enfermedad de gobernar se han apoderado de los seres humanos». Aun siendo así, una verdad amarga es que el número de personas que tienen la enfermedad de ser gobernadas es mucho mayor. Vemos claramente los ejemplos de esto tanto en la Sagrada Escritura, en la insistencia de Israel por poner sí o sí un rey al frente, como en toda la historia de la humanidad. (Jueces 8:22-23)

Vengamos ahora a si el fin de la obra de Dios en tiempos de Moisés tenía o no forma de organización. A esta pregunta decimos abiertamente que no. ¡El hecho de que en los significados del diccionario de la palabra organización haya palabras como orden y disposición no significa que todo estado de orden y disposición lo logre necesariamente la mentalidad de la organización! Igualmente Dios es ordenado y ha dado y da leyes, pero eso no muestra que Él esté a favor de la organización. Hablamos de conceptos y características completamente distintos. No son pocos los que, confundiendo estos conceptos entre sí, defienden el pensamiento de la organización. Ellos afirman: «El orden y las leyes no pueden aplicarse si no se estructuran en forma de organización». En un lugar hay tanto orden como ley, pero para aplicarlos no es necesario que allí haya sí o sí una forma de organización. Sin embargo, los seres humanos pueden recurrir a organizarse pensando en cómo pueden aplicarse ese orden y esas leyes. Y por ser un camino muy fácil, han recurrido a él. Y con ello han servido no a los seres humanos, sino a las leyes. Mientras que las leyes, supuestamente, se dictaron para servir al ser humano, llegó el día en que los seres humanos empezaron a servir a las leyes. (Marcos 2:23-27) Junto a esto, como siempre hace Dios, sin organizar, estas cosas pueden dejarse también al conocimiento, la responsabilidad, la conciencia, la inteligencia y las capacidades de esas personas, libremente, sin necesidad de organización ni agrupación. De hecho, así fue en Israel mientras aún no había rey y hasta que los israelitas quisieron un rey, un hombre como ellos, al frente. (Jueces 17:6; 21:25; 1 Samuel 8:7-8) Incluso el propio Moisés, mientras estuvo 40 años en el desierto junto a Israel, pecador y con muchas faltas, jamás intentó gobernarlos en forma de organización, ni hacerlos esclavos de Dios. (Deuteronomio 12:8) Como dijo Moisés: «Nadie puede hacer todo lo que es recto a sus propios ojos». Pero todos pueden hacer sin duda las cosas que son rectas a sus ojos, a condición de no corromper la ley y el orden. Volviendo a estas palabras de Moisés escritas en Deuteronomio 12:8, digo que, para no ver esta verdad, hay que estar de veras ciego. Miren lo que dice Moisés en Deuteronomio 12:8:

«No haréis conforme a todo lo que nosotros hacemos aquí hoy; cada uno hace todo lo que es recto a sus propios ojos.» En realidad, con estas palabras Moisés dejó claramente expresada la forma de conducta de Dios y la suya propia hacia aquel pueblo terco, desobediente y de dura cerviz durante los 40 años en el desierto. En pocas palabras, subrayó la libertad que poseía aquel pueblo. Aunque, al leer los libros de Moisés, tengamos la impresión de que Dios es alguien muy severo, con estas palabras es imposible no ver, en realidad, cuánta libertad da Dios. Dar libertad significa dar valor. En la medida en que en un lugar se restringe la libertad, en esa medida se da poco valor a los seres humanos que viven allí. Dios, en cambio, siempre ha dado valor al ser humano que creó. Aunque a veces esa humanidad no lo mereciera. Del hecho de decir «Dios reina como rey por encima de todo» no puede deducirse que Él hace esta obra en forma de organización. El Mesías tampoco usará jamás la forma de organización en la obra de convertir la tierra en un paraíso como rey. ¿De dónde lo sabemos y podemos decirlo con seguridad? Mirando las enseñanzas de Jesucristo cuando estuvo en la tierra y el camino que siguió. (Mateo, capítulos 5, 6 y 7; Juan 8:32)

Como he dicho, hay que no confundir algunas cosas. La diferencia entre un pacto o contrato hecho entre dos o muchas personas, y la obligación ligada a él de que las personas lo cumplan, por un lado, y la organización, por otro, es incomparable. Entonces esto se parece a comparar manzanas con peras. Sin embargo, hablamos de dos cosas distintas. Los significados del diccionario de organización también se explican en esa dirección. Alguien puede ver que, para un fin, es necesario hacer un plan y organizar, agrupar a los seres humanos para poner ese plan en práctica. Es un punto de vista, pero pisotea los valores humanos y los mete en la forma en que está nuestro mundo actual. El pacto, en cambio, es una responsabilidad que ambas partes aprueban y asumen. Sea como sea y por las razones que sea, un contrato firmado trae consigo responsabilidades. Se arrepientan luego o no, las personas deben cumplirlo. Si la organización, la agrupación, la institución, etc., determinan un modo de gobernar, el pacto o contrato no tiene ninguna semejanza con esto. Yo hago un contrato con alguien sobre cualquier cosa, pero eso no me mete necesariamente en un lazo de organización con él. Puedo tomar prestado o prestar; esto tampoco significa que yo esté organizado con esas personas, o que comparta con ellas las mismas instituciones organizadas. Pero un contrato tiene aspectos comunes que unen a ambas partes entre sí. Porque ambas partes deben cumplir el contrato hecho. Solo que, después de esto, quizá ambas partes sientan la necesidad de organizarse en cuanto al modo de cumplir aquel pacto, o no la sientan. Eso es algo que solo esas dos partes deciden. Es decir, para cumplir un contrato no es necesario organizarse sí o sí. Algunos seres humanos, al cumplir una responsabilidad, un trabajo, un deber o cualquier fin, se hacen esclavos sí o sí de las reglas que ponen; otros, en cambio, lo hacen libremente, sin atarse a reglas rígidas, usando su conocimiento, su inteligencia, su sentido de la responsabilidad, su amor, su educación, su deseo, su iniciativa, su honor, su conciencia, su fe, etc.

En una sociedad organizada, agrupada, las personas no tienen libertad de decidir por sí mismas en muchos asuntos. Solo si se ajustan al plan y a los deseos de esa organización; y eso, por supuesto, es la excepción. Al aplicarse ese plan, se dan órdenes a las personas y se reciben órdenes. Les guste o no, todos deben ajustarse a ello. Ya sea que se los organice, ya sea en un pacto, debemos aceptar que ambas partes tienen, por supuesto, responsabilidades que deben cumplir obligatoriamente. Si un pacto trae consigo responsabilidad, ¿por qué las personas no habrían de cumplirla libremente? Pero la organización jamás da, ni puede dar, libertad. Y si la da, al cabo de un tiempo deja de ser organización. Bien, ¿qué pasa entonces? Ya pasa lo que sea. Además, eso alarga nuestro tema y se sale mucho de él. Bien, ¿la diferencia está solo en dar libertad? Veamos si la diferencia se queda solo en esto.

Dios hace un pacto con los israelitas. Bajo este pacto, todo Israel y la muchedumbre mezclada que vivía con ellos firman diciendo: «Sí, escucharemos todo lo que Dios nos diga». En los pasajes de la Sagrada Escritura, desde el capítulo 20 de Éxodo hasta el capítulo 24, Dios dice de antemano, con este pacto, qué esperará de aquel pueblo y una parte de sus condiciones. Al dar estas condiciones, en el hecho de que aquella nación las guarde y en el deseo de entrar o no en este pacto, Dios quiere oír la voz de su libre voluntad. Bien, ¿qué dicen ellos? Éxodo 24:3 dice exactamente así:

«Vino Moisés y contó al pueblo todas las palabras del Señor y todas sus ordenanzas; y todo el pueblo respondió a una voz, y dijeron: Haremos todas las palabras que el Señor ha dicho.»

Sin embargo, después de recibir esta palabra, Moisés sube al monte y permanece allí 40 días y 40 noches para aprender los detalles de otros mandamientos dados por Dios, basados en el mismo principio, y cómo guardarlos. (Éxodo 24:12)

También podemos comparar esta situación con lo siguiente. Dos personas hacen un contrato. Una le vende un coche. Por supuesto, hasta que el comprador pague el precio del coche que ha comprado, ese contrato sigue vigente. Y quien vende el coche es tan buena persona que, para que el comprador pueda cumplir el pacto y no quede como mentiroso, ¡incluso le presta ayuda material y moral! Pues bien, Dios, si queremos explicarlo de manera sencilla, hizo su pacto con el pueblo de Israel con un fin basado en este principio. Al decir «Dios dio a Israel mandamientos que debían guardar», los metió en un pacto de alianza semejante a este. Y dio estos mandamientos para educarlos en el camino de la vida. No para meterlos en un molde y organizarlos. Que caminaran en cierto orden al emigrar, que descansaran de cierta manera y muchos otros detalles eran para la disposición y el orden que debían tener. Un montón de mandamientos que había que organizar, desde la tienda de adoración hasta los detalles que indicaban cómo transportar aquellos objetos sagrados, todos eran para objetos, cosas, cosas sin vida, no para dominar la mente humana. Cuando el ser humano entraba en el asunto, las leyes servían a ese ser humano. Si con el tiempo estas se usaron mal, la culpa no era de Dios, sino de aquellos seres humanos. Los sacerdotes y los levitas que los ayudaban fueron nombrados como representantes. Eran intermediarios entre Dios y el pueblo para aplicar los mandamientos de Dios, no los que reinaban sobre el pueblo. El que ejercieran de jueces no significa que gobernaran como un rey. Juez no significa rey. Sí, si hay un rey, los jueces deben juzgar conforme al fin de las leyes que el rey ha puesto. En Israel, en aquel entonces, el gobernante supremo que podía llamarse rey era en realidad Dios. Por eso, el papel de jueces de los sacerdotes y los levitas, que veían los pleitos sobre el pueblo, no revela que fueran reyes. Entendemos aún mejor su relación con el pueblo de Israel por el libro de Jueces. Jueces, capítulo 17, aleya 6:

«En aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que era recto a sus propios ojos». Al estar escrito así, vemos mucho mejor que aquellos sacerdotes y levitas que representaban a Dios no tenían el pensamiento ni el espíritu de la organización. Además, no olvidemos esto: las leyes de la Torá trajeron muerte a la humanidad. Tocaré este tema de vez en cuando en mi libro. Porque donde hay un gobernante humano, allí hay también instituciones organizadas, seres humanos. Si Dios los hubiera unido en forma de organización, no habría permitido una libertad como la que está escrita así. Por esto, es decir, porque cada uno hacía lo que era recto a sus propios ojos, ¿acaso los castigó Dios? No; sino que, incluso cuando abandonaron a Dios y se volvieron a los ídolos, ni siquiera entonces los castigó la mayoría de las veces, sino que los dejó, retiró su mano de ayuda. Si en Dios hubiera pensamiento de organización, jamás habría permitido tales cosas. No quiero decir con esto que Dios jamás castigue. Sino que digo que en el pensamiento de la organización no hay libertad, personalidad, fe, amor, misericordia ni nada de eso. La mentalidad de la organización, al contrario, destruye estas cosas. En el pensamiento de la organización está el recibir órdenes y vivir, pensar y hablar únicamente conforme a esa orden. Esa persona no puede decir: «Pero yo también pienso esto». Ni siquiera puede decir «según lo que yo entiendo, creo así». Y «yo quiero hacerlo no de esta manera, sino de esta otra» jamás lo dejan decir. La forma de organización, sea una sociedad, sea militar, sea unida bajo el nombre de mafia o de religión, no hace de sus súbditos sino esclavos. Y con el tiempo, sin duda, un día llegan a desaparecer. Y el que los destruye es también aquel ser humano partidario de la organización. Si lo escribo más claramente: por lo general a la organización la destruyen sus propios miembros vinculados a ella. Pero luego esas personas fundan de nuevo otra organización bajo otro nombre, como si fuera mejor, y eso es aparte. El resultado siempre es el mismo. Esta situación es como un círculo vicioso. Como quien gira alrededor de un círculo, la humanidad ha estado dando vueltas cometiendo siempre los mismos errores. Por eso no es en vano que algunos seres humanos zanjen brevemente el asunto diciendo: «La historia no es sino repetición». Y tienen razón.

Porque la humanidad, hasta derribar a un rey tirano, ha dado la vida, ha dado tantas víctimas, y lo ha derribado. ¡Y luego ha puesto al frente a otro rey! ¡El sistema es la organización, solo que en ese momento los nombres son distintos! Quitaron las monarquías, las dictaduras, el comunismo, etc., etc., y trajeron un orden democrático, capitalista. En realidad el sistema es de nuevo el mismo, la organización; ¿no es seguro que los resultados también serán los mismos? Es cuestión de tiempo. ¿Dónde están los faraones de Egipto, dominadores del mundo? ¿Dónde están los asirios? Y bien, ¿dónde están los reyes de Babilonia, de Media y de Persia, sus ejércitos? Alejandro Magno, el Imperio Romano y tantos otros, ¿dónde están su poder, sus riquezas, sus terrores, sus imágenes deslumbrantes? ¿Acaso no eran todos ellos naciones muy bien organizadas, dominadores del mundo, ejércitos? Todas estas naciones, ejércitos, religiones, creencias, culturas y riquezas que hemos enumerado como organizadas y que no hemos enumerado, desaparecieron juntas. El bloque comunista de nuestro tiempo también está entre ellos. Bien, ¿acaso creen que la América capitalista permanecerá eternamente? Es más, está escrito en la Sagrada Escritura que su fin vendrá de una manera aún más inesperada. ¿Cuál de todos estos nombres que hemos enumerado no estaba organizado? Y estaban organizados de una manera que podría llamarse muy buena. Ahora, en cambio, no queda ninguno, y el fin de los que quedan está cerca.

Dijimos que está escrito que el pueblo de Israel, en tiempos de los jueces, «cada uno hacía lo que era recto a sus propios ojos». Sin defender si el que cada uno hiciera lo que era recto a sus propios ojos era correcto o incorrecto, yo quise subrayar la libertad que poseían. El que, en los grandes sucesos, cuando estaba en juego la vida humana, todo el pueblo se reuniera en un solo pensamiento, tampoco demuestra que tuvieran el pensamiento de la organización.

Por ejemplo, cuando un hombre era huésped en la tribu de Benjamín, y los benjaminitas violaron a la fuerza a la mujer de ese hombre y la maltrataron hasta que murió. Luego, todo Israel se reunió como un solo cuerpo contra ese acto abominable. Este tema se trata en los capítulos 19, 20 y 21 del libro de «Jueces» en la Sagrada Escritura. Y al hacer esto, no vemos que el pueblo tuviera el pensamiento de la organización. Había un problema y este problema fue abordado por todos como si fueran un solo hombre. Los asuntos en los que les costaba tomar una decisión los resolvieron preguntando a Dios. Allí está escrito exactamente así:

«Todo el pueblo se levantó como un solo hombre y dijo...» Jueces 20:8)

En la organización esto no existe. En la organización, al contrario, un hombre se levanta y decide en nombre de todo el pueblo. Si en la organización hay un problema, ese problema lo tratan sus presidentes, gobernantes, ciertas personas privilegiadas, en secreto, a puerta cerrada, y en esa dirección se toman decisiones. Y después de esto, no se admite que nadie diga «no» a su aplicación. Todos, crean o no en esa decisión, la hallen correcta o no, la acepten o no, están obligados a hacerla. Como los propios testigos se comparan con jactancia, ellos funcionan conforme al orden de un ejército militar. Aquí no se refieren a los ejércitos del cielo, sino a los ejércitos militares de la tierra, que ellos mismos ven como malos. Los testigos presentan el orden de ellos como algo digno de imitar. Si todos los ejércitos militares están bajo la influencia de Satanás —porque esto lo dicen los propios testigos—, entonces, según este pensamiento, no ha de sernos difícil entender bajo la influencia de quién están organizados los testigos. En realidad, con su propia boca se sentencian a sí mismos.

Bien, ¿qué se le hizo a la multitud que no vino junto con todo aquel pueblo reunido en el tema que mencioné hace poco del libro de Jueces? De aquella multitud que no vino, todos, salvo algunos, fueron pasados a espada y muertos. Ahora uno pregunta: «¿Qué diferencia hay aquí respecto al pensamiento de la organización?». La primera mirada engaña al ser humano y saca una conclusión de que es lo mismo. Pero arriba había mencionado: «no confundamos el pacto con la organización». El que los israelitas de aquel entonces se reunieran como un pueblo en la investigación de aquella sangre inocente derramada, fue a causa del mandamiento que Dios había dado por medio de Moisés. El responsable de la sangre inocente derramada debía ser castigado sin falta. De lo contrario, Dios haría responsable de la sangre de aquella única persona a todo el pueblo. Esto estaba dentro de las leyes a las que ellos habían respondido «sí» en el pacto que hicieron con Dios. ¿No es justo que quien no cumple el pacto sea castigado? (Deuteronomio 19:10; 21:1-9)

¿Acaso, inspirándose en este suceso, las organizaciones religiosas no afirman ahora también lo siguiente?:

«Nosotros también tenemos nuestras reglas y principios. Estos la persona los aprende y los enseñamos claramente antes de unirse a nosotros. Si luego alguien no se ajusta a estas reglas y principios, ¿por qué, al castigarlo nosotros dentro de nuestra propia autoridad, no nos parecemos a la organización de Dios, o por qué la organización viene a ser únicamente un método que usa Satanás?!».

La diferencia en realidad es muy simple, pero hay que explicarla. Primero, el hecho de que en los sucesos que aparecen en el libro de Jueces, o en sucesos semejantes, se castigue al culpable, se reúnan todos juntos y cosas así, no los convierte de nuevo en una organización. Como he dicho, para cumplir un deber, una responsabilidad, la justicia, un castigo o el amor, la misericordia, etc., no es necesario organizar sí o sí su disposición. Y segundo, así como ninguna organización de la tierra dice siempre la verdad a sus miembros, esas palabras infladas que ellos dicen: «nosotros les dijimos todo de antemano», no son sino trampas preparadas para atraer a la persona a la trampa de esa organización. Y muchísimo menos se dignan jamás a consultar una decisión con sus miembros.

Demos el ejemplo más simple, y decidan ustedes si es así o no. Este también lo daré de los testigos de Jehová, que son los que más usan entre ellos el nombre de organización. Vuelvo a señalar: no vayan a verme, con estos ejemplos míos, como si estuviera solo contra ellos. Este escrito mío vale para todo lo que esté organizado y moldeado según ese orden, sea político, comercial, religioso, para todos. Si tratara cada uno por separado, no bastaría con escribir un libro de mil páginas. Por eso, en general, hablo de una organización y de sus ejemplos. El principio en realidad es el mismo y vale para todos. En fin, vengamos al tema que afirmo y a su ejemplo.

Es cierto que, hasta entrar entre los testigos, la persona pasa por cierta educación. Esto se hace en casas o en salones de reunión, mediante lo que llaman juntos «estudio», investigaciones. Ellos han organizado así este asunto. Puede ser, no es nuestro tema. Yo lo escribo para que puedan hacerse en su mente una imagen de cómo hacen este asunto. Por ejemplo, ellos enseñan así en sus publicaciones:

No solo debemos analizar las cosas que creemos personalmente, sino también las cosas que enseña cualquier institución religiosa en la que nos hallemos. ¿Están sus doctrinas totalmente de acuerdo con la palabra de Dios, o se basan en las tradiciones de los hombres? Si amamos la verdad, no tenemos razón para temer una investigación así. Aprender cuál es la voluntad de Dios respecto a nosotros y cumplirla debe ser el sincero deseo de cada uno de nosotros. Juan 8:32 (En el folleto publicado por los testigos de Jehová, cuyo título en turco es «La verdad que lleva a la vida eterna», página 13. Antiguamente los testigos se jactaban de este libro diciendo que era el tercer libro más impreso en el mundo hasta entonces, después de la Sagrada Escritura y del libro de la doctrina de Mao. Y de verdad se imprimió en cientos de millones de ejemplares y en muchas lenguas.)

Los testigos, con muchas otras exhortaciones e incitaciones como la escrita arriba, defienden que, si la persona ama la verdad, no debe rehuir hacer preguntas ni investigar su propia religión. Este empeño que se pone en animar a los seres humanos a estar tan apegados a la verdad es una obra muy valiosa. Pero, ¿qué dijimos?: «Una organización no aplica ella misma tales palabras infladas, sino que las usa como cebo para atraer hacia sí». Exactamente así es también la situación en los testigos. Toda esta sinceridad, esta sed de verdad, el preguntar e investigar sin temor, etc., duran solo hasta hacerse testigo. Una vez que la persona entra entre ellos, debe aceptar cada enseñanza suya tal cual es, incluso hasta el punto y la coma. A pesar de que aceptan haber cometido errores, si una persona dice que duda de alguna enseñanza, que no puede creerla, la expulsan de inmediato de entre ellos diciendo: «al oponerse al canal que Dios mismo usa, ya no podrá salvarse jamás; Dios también lo destruirá en el último día». Ya ninguno de estos vuelve a hablar con ella, no la saluda, ni siquiera si por casualidad pregunta un camino le responden. Con el fin de defender su propia razón, muestran incluso como prueba las aleyas escritas sobre este tema en el Evangelio por los apóstoles. (Carta 2 de Juan, aleyas 9, 10, 11.) Miren, allí está escrito exactamente así:

Todo aquel que se adelanta y no permanece en la enseñanza de Cristo, no tiene a Dios; el que permanece en la enseñanza, ese tiene tanto al Padre como al Hijo. Si alguno viene a vosotros y no trae esta enseñanza, no lo recibáis en casa, ni lo saludéis. Porque el que lo saluda participa de sus malas obras.

En realidad, precisamente esta aleya nos hace decir: «es una prueba de que esta organización no puede ser de Dios». Porque los que no permanecen en la enseñanza que ellos mismos enseñan son, en realidad, ellos mismos. Su verdadero deseo y práctica, en sus propios escritos, no es otra cosa que decir: «investiga tu propia religión, ¡pero jamás a nosotros!». La diferencia entre sus enseñanzas y sus prácticas es terrible. Por eso, con el tiempo cada testigo se da cuenta de esto: incluso todo pensamiento que parezca negativo hacia la organización basta para que seas expulsado. Por eso, a pesar de un montón de faltas suyas, intencionadas o no, aunque ellos jamás sienten la necesidad de pedir perdón por estos errores; lo que se espera de los miembros —la orden de «aunque sea mentira, tú cierra la boca y defiende la organización cueste lo que cueste»— a esto ellos lo llaman «unidad». Por eso sus superintendentes oradores, en los congresos, con un libro marrón en la mano, ¡aplauden incluso a quien dice: «Si la organización dice ‘este libro es negro’, este libro es negro»! Y una consigna muy famosa entre ellos: «Antes que ir solo por el camino recto, iré por el camino equivocado junto con la organización»; estos pensamientos son siempre este pensamiento y esta idea de la organización que Satanás ha impuesto con insolencia a la humanidad. En la Alemania de Hitler la situación tampoco era nada distinta. En realidad, tampoco es distinta en el gobierno de Merkel en el siglo XXI. Hitler, a quien llamamos dictador, también organizó su propia estructura con una expectativa igual que la de estos testigos hacia el pueblo alemán. La única diferencia entre el régimen de Hitler y los testigos es el poder. Si ellos hubieran alcanzado el poder que Hitler tenía en aquel entonces, en mi opinión harían que Hitler pareciera poca cosa. Con estos dos ejemplos, tomando una organización religiosa y otra política, no quiero decir que su único punto en común sea el estar organizadas. Quiero señalar que ese poder, que ejerce la misma presión sobre los seres humanos, propio de la política que siguen y persiguen, lo obtienen del estar organizadas. Y con esto no entremos en la distinción de buena organización, mala organización. Porque toda institución humana organizada, sea buena o mala, recibe órdenes de una sola fuente. Toda la mayoría restante debe aplicarlas. ¿Qué ser humano está libre de errores y no comete pecado? Si todo ser humano acepta que se cometerán errores y faltas, y cuando metemos dentro de esto también las maldades hechas intencionadamente, ¡venid a aplicar esa orden con fidelidad! Puede ocurrir, hay una enfermedad, pero no se puede obligar a nadie a que esa enfermedad se le contagie a cada ser humano. Si el 98 por ciento acepta una orden dictada o una decisión tomada y dos no la aceptan, la organización obliga a que la enfermedad se contagie también a esas dos personas. Lo que intento comparar con la enfermedad eran nuestros pecados, faltas y maldades. Y las organizaciones no han logrado sino la propagación de estas. Como he dicho de nuevo, Dios, en cambio, aborrece estos pensamientos y sistemas, y dice:

No irás tras la mayoría para hacer el mal; y en un pleito no testificarás desviándote tras la mayoría para pervertir la justicia. Éxodo 23:2 Y también:

Si tu hermano, hijo de tu madre, o tu propia hija, o la mujer de tu seno, o tu amigo que es como tu propia alma ...... te dijera: sirvamos a otros dioses, no consentirás con él ni lo escucharás; y tu ojo no le tendrá lástima, ni lo encubrirás... Deuteronomio 13:6-8

Así de evidente es la diferencia entre Dios y la organización. Las organizaciones defienden la unidad cueste lo que cueste; Dios, en cambio, defiende y ordena la rectitud cueste lo que cueste. ¡Por supuesto, si queremos oír, si queremos ver! Dios jamás ha estado a favor de una unidad de la mayoría que no le agrade, que pisotee sus principios y leyes. Y a los números no les hace ningún caso. Cuando pensamos en el diluvio de Noé, antes de trastornar toda la tierra, Dios salva solo a una familia que podía contarse con los dedos, es decir, a ocho personas. Antes de destruir las ciudades de Sodoma y Gomorra, eligiendo a Lot y sus hijas, salva solo a tres personas. Aunque el número de israelitas que salieron de Egipto era de millones, Dios hace entrar en la tierra prometida solo a dos personas de entre los contados. En el diálogo que hubo entre Satanás y Dios, Dios, al decir: «En toda la tierra no hay ninguno como mi siervo Job», es un Dios que no se avergüenza de que en toda la tierra haya una sola persona respetuosa de su voluntad. Al contrario, aunque su número sea una sola persona valiosa, Dios se jacta de esa persona, porque es digna. (Génesis 7:1 y 23; 1 Pedro 3:20; Génesis 19:29; Números 14:26-30; Job 1:8) Para las organizaciones, en cambio, estos números son un deshonor que les hace enrojecer el rostro, que les causa una gran vergüenza. Porque ellas se jactan no de valores superiores, sino de sus números, sus estadísticas, su fama y sus riquezas, y presentan todo esto como éxito.

¿No podemos también pensar así: «¿Qué tiene que ver la organización con mentir, con la hipocresía?»? Si dentro de una organización se miente, eso es una cosa; ¿acaso mostrar la organización como mala e incorrecta en el sentido literal de la palabra es otra cosa completamente distinta? Daré otro ejemplo más para que se entienda del todo lo que quiero decir.

La policía y la gendarmería están encargadas de prevenir la ilegalidad en la sociedad. Pero que los policías, la gendarmería, acepten sobornos, mientan, se parcialicen apartándose de la justicia, es incorrecto. Sí, y también es cierto. Pero esto no demuestra que la función policial, encargada de prevenir la ilegalidad en la sociedad, sea incorrecta. Dentro de las organizaciones también hay, aunque sea en forma de pequeños grupos, quienes cumplen lo que se dice al pie de la letra y jamás se dignan a mentir ni nada por el estilo. Y estos ni han engañado a nadie ni han recurrido a otro fraude. Aceptemos que existen, y que pueden haber existido, también instituciones organizadas así, aunque muy pocas. En realidad, este es el estándar que todas las organizaciones quieren tener. Y esto es lo que quiero explicar bajo este tema. El problema no está en que los testigos sean mentirosos y hagan fraude e hipocresía. El problema tampoco está en si esa organización es siempre correcta y honesta o no. El problema, sean los testigos o sea toda la humanidad, está en que estén organizados. Las organizaciones, además de la habilidad de que un microbio diminuto que salga de dentro de ellas se propague a la máxima velocidad a todos, no hacen sino socavar la libre voluntad, la libertad y valores como el ser gozoso en el ser humano. El ser humano solo puede desarrollar ese noventa por ciento de su inteligencia que no usa, que está vacío, si es libre. Y Dios creó al ser humano con este fin. Si digo que las organizaciones se inventaron para destruir estas cosas por completo, creo que de nuevo diría la verdad. Las organizaciones, al estar en la enfermedad del pensamiento rígido, se esfuerzan por hacer de los seres humanos robots sin sentimientos, que no piensan, con la conciencia corrompida o que no sienten, privados de la capacidad de decidir. Porque para ellas hay un objetivo, y sea cual sea ese objetivo, el ser humano está en último plano. Es más, para el gobernante de toda institución organizada, el ser humano es solo un obstáculo para alcanzar ese objetivo. Ellos siempre miran al ser humano con este ojo y este entendimiento. Es algo así como que el mayor problema que ve un granjero que ama la leche y se gana la vida con ella sean las vacas. Al decir «ah, qué bueno sería que hubiera leche sin esas vacas», con la actitud que tiene no hace sino mostrar a qué y a quién da valor. Por otro lado, si pensamos en un pastor que se ha encariñado con amor con esos animales, muchas veces ordeña la leche de las vacas para que no les cause peso. Él no ve ni la leche ni el dinero en el nivel más alto. Los valores que tiene en lo más alto son sus seres queridos, es decir, en este caso esos animales. Aunque Jesús dio muchos ejemplos sobre este tema, yo escribiré uno.

Por esto Jesús dijo otra vez: «De cierto, de cierto os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que vinieron antes de mí, ladrones son y salteadores, pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; entrará y saldrá, y hallará pastos. El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia. Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas. Mas el asalariado, que no es el pastor ni el dueño de las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye; y el lobo las arrebata y las dispersa. El hombre huye. Porque es asalariado y no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor; conozco a los míos. Como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre, así los míos me conocen a mí. Y yo pongo mi vida por mis ovejas. (Juan 10:7-15)

En el ejemplo que da aquí, Jesús habla del amor de un pastor, tan grande que da su vida por las ovejas. Si se han fijado en este ejemplo, Jesús no habla de los interminables problemas de las ovejas, de cuánto cansan y estorban a su pastor, ni de sus necedades ni nada de eso. Porque el buen pastor de que se habla, al mirar el objetivo, no ve el dinero, sus intereses, su propia gloria ni su propia vida; sino a sus seres queridos, es decir, únicamente a sus ovejas. Porque su felicidad está también en el amor a sus ovejas. Y su objetivo está en que ellas tengan vida, vida en abundancia.

Aunque he escrito este tema de la organización muy brevemente en comparación con su contenido, aun así, después de leerlo hasta el final, intenten hacerse una imagen en su mente.

Muchas veces los seres humanos han conocido a Dios como a alguien que los castiga constantemente cuando no guardan sus leyes. Sin embargo, Dios, con el pacto que hizo, dio a la humanidad leyes que solo le proporcionan beneficio y provecho en el camino de la vida. Y para que guarden estas leyes, Dios no fuerza a la humanidad, sino que aconseja de la siguiente manera:

A los cielos y a la tierra pongo hoy por testigos contra vosotros de que he puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida. Deuteronomio 30:19.

Sin embargo, el pensamiento de la organización no da libertad de escoger, obliga. Como he dicho, por honesta que sea. ¿Acaso Dios no da también esa libertad solo por un tiempo determinado a quien no vaya a aceptar sus pensamientos? ¿Cuál es la diferencia? ¿La diferencia está en la cuestión del tiempo y la paciencia? Al final, ¿acaso Dios y las organizaciones no destruyen a quien no se ajusta a sus pensamientos? Sí, pero Dios no hace esta obra en forma de organización. No podemos meter de nuevo en el mismo saco a Dios y a las organizaciones porque ambos maten. En uno, la persona va a la vida o a la muerte libremente, con las decisiones que ella misma toma; en el pensamiento de la organización, en cambio, las personas, sea bueno o sea malo, hacen esa cosa siempre bajo presión y coacción. Es decir, la persona hace algo sin siquiera saber ella misma qué es y sin poder decidir. ¿Y por qué Dios, que es justo, aborrece este método? Porque Él está a favor de que se manifieste claramente lo que cada uno es. De lo contrario, ¿por qué habría de permitir Dios que Satanás dominara el mundo? Y esto solo se logra con la libertad, no con la presión. El fin de Dios es dar gozo, libertad, eternidad. El fin del otro no es ninguna de estas cosas, ni puede serlo. Aunque quisiera, no lo logra.

Volviendo de nuevo a las decisiones que se dan a cambio de un delito, en el pensamiento de condenar a muerte a un culpable tomando una decisión justa, no hay sí o sí un defender la organización. Es más, al contrario, ese juez debe tener un pleno sentido de libertad al tomar su decisión conforme al conocimiento de justicia y rectitud que posee. El que un juez condene a muerte al culpable tampoco significa que apoye sí o sí el pensamiento de la organización. Igual que el que Dios juzgue al culpable y lo condene a muerte tampoco significa que Él tenga el pensamiento de la organización. Sería un completo disparate que las organizaciones, hallando un tema de semejanza relacionado con el matar y castigar, dijeran: «mira, nosotros también hacemos como Dios». En nuestro mundo hay muchos estados y modos de gobierno, como la monarquía, la dictadura, el comunismo, la democracia, etc. Aunque estos difieren entre sí, la ley penal existe en todos ellos. ¿Acaso, por tener ley penal, son todos iguales? En realidad hablamos de cosas muy distintas. Pero, a causa de la educación equivocada que hemos recibido y de lo que hemos visto en los sistemas distorsionados de la tierra, nos cuesta distinguir estas cosas y las confundimos entre sí. ¿Qué tiene que ver la organización con que alguien cometa un delito y se le dé un castigo por ello? No confundamos las leyes con la organización. Es cierto que Dios ha dado muchas leyes, pero aun así no es un Dios organizador sobre los seres vivos que creó. Además, aborrece que se escoja la forma de organización para aplicar las leyes que dio.

Si quieren, supongamos también que la organización es beneficiosa. Comparémosla con un medicamento beneficioso para la humanidad. Por ejemplo, no podemos negar que la aspirina hace bien para el dolor de cabeza. Pero los seres humanos, a quienes en el paraíso jamás les dolerá la cabeza, tampoco tendrán necesidad de aspirina. Por más que una persona enumere los beneficios de la aspirina, esto carece de sentido para Dios y para sus siervos en el paraíso. ¿De qué me sirve a mí el beneficio de algo que jamás voy a usar? De nuevo, una persona puede decir: «a nosotros ahora sí nos duele la cabeza, y por eso la usamos». La aspirina era solo una comparación; aun así, quedémonos en esta comparación. Los partidarios de la organización no dicen: «la aspirina la usan seres humanos defectuosos, enfermos». Si en el ejemplo que dimos la organización es la aspirina, ¡dicen: «Dios usa siempre este medicamento, lo usará y lo hará usar eternamente»! Los testigos se desgañitan diciendo: «la organización de Dios existió siempre», y el disparate ya está aquí. Además, presentan a Dios como si necesitara la forma de organización. Si continúo con el ejemplo de la aspirina, en pocas palabras ellos quieren decir que Dios usará esa aspirina no solo ahora, sino «eternamente».

Digamos que existe una organización religiosa que me da la razón en lo que he explicado y acepta este pensamiento. Supongamos que ellos ven el gobernar a los seres humanos en forma de organización como un orden temporal hasta que se establezca el paraíso. Aun así, nadie puede afirmar que este método sea aceptado como correcto para acercar a los seres humanos a Dios. Ni ahora ni en el paraíso. Y si lo hace, no puede esperar apoyo de Dios. De hecho, es evidente que ninguna religión ha visto tal apoyo. Si esto es una solución, un medicamento, Dios jamás tiene necesidad de este medicamento y no lo usa. Dios creó a las criaturas que hizo de una forma que necesitaran solamente a Él. No de una forma que necesitaran el método de la organización que he comparado con la aspirina. El que todo el mundo aplique este sistema de organizarse tampoco muestra que ellos hagan sí o sí lo correcto. Jesucristo, en un ejemplo, dijo a los seres humanos que intentaban ponerlo a prueba las siguientes palabras, que nos exigen no confundir los asuntos del mundo con los asuntos de Dios:

Le enviaron sus propios discípulos junto con los partidarios de Herodes, y vinieron a Jesús diciendo: «Maestro, sabemos que eres una persona honesta, que enseñas el camino de Dios con honestidad, que no favoreces a nadie. Porque no haces distinción entre las personas.

Bien, ¿qué dices? Dinos, ¿es lícito conforme a la Sagrada Ley pagar tributo al César, o no?».

Jesús, conociendo sus malas intenciones, dijo: «¡Oh hipócritas! ¿Por qué me ponéis a prueba?

¡Mostradme la moneda con que pagáis el tributo!». Le trajeron un denario.

Jesús les preguntó: «¿De quién es esta imagen, esta inscripción?».

«Del César», dijeron. Entonces Jesús les dijo: «Pues dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». Mateo 22:16-21

Ya hemos aceptado que los estados de la tierra, e incluso quizá todo, funcionan en forma de organización. Tampoco es cuestión de que nosotros, los seres humanos, salgamos y nos libremos de estas organizaciones. Sabemos que Dios también permite estas situaciones solo hasta un tiempo determinado. Pero podemos estar seguros de que Dios recibe con aborrecimiento que recurramos a semejante camino en nuestra relación con Él. Por esto, Jesús, en un lugar, con estas palabras suyas, hace una distinción entre los asuntos de Dios y los asuntos de los gobiernos organizados (el César).

En la historia, con sus edificios de gruesos muros de piedra, cada uno capaz de mantenerse en pie al menos mil años, el sistema de los tribunales de la inquisición de las iglesias cristianas, que amenazó y aterrorizó con cortar la cabeza a Galileo por decir «la tierra es redonda», y que obligó a Galileo a retractarse de la verdad científica que había planteado, es la organización. Dios, en cambio, jamás da semejante castigo. ¿Acaso Dios mató a sus ángeles por tener un conocimiento o una suposición equivocada? (Al-Baqara, sura 2:30; 1 Pedro 1:12; Efesios 3:9) No; tampoco en el paraíso matará a ningún ser humano por tener un conocimiento equivocado. De nuevo, no confundamos la perfección, es decir, la ausencia de defecto, con el conocimiento infinito. Cometer pecado es una cosa; el conocimiento equivocado, la suposición equivocada, es otra. Ya había tratado esto bajo el tema de la perfección.

Fueron también estas iglesias cristianas organizadas las que quemaron vivos a esos seres humanos por leer la Sagrada Escritura, y que declararon hijos de muerte y persiguieron a quienes tradujeron ese libro para que se entendiera en su propia lengua. Bien, ¿qué les pasó a estas iglesias? ¿No siguen todavía en pie? A pesar de que sus funciones siguen siendo terribles, la historia escribe que, gracias a Dios, se les rompieron aquellas largas uñas. Vemos que esto es así, aunque sea en parte, en nuestro tiempo. Entre ellas hay algunas sectas diminutas que, de nuevo por ejemplo, son los testigos, los adventistas, los bautistas (baptistas), la iglesia libre, los mormones, los kaplancíes, los jomeinistas, etc. Aunque estas se esfuerzan con muchas ilusiones por alcanzar el poder de la iglesia de la Edad Media, también podemos alegrarnos mucho de que no sean una religión mundial. ¡Piénsenlo una vez: si los testigos de Jehová fueran una religión mundial! ¿A quién le quedaría eso llamado libertad? Cuando su número era de 4 millones, expulsaban de entre ellos a 36 mil personas al año únicamente por esta razón. Por supuesto, entonces esta forma de expulsar cambiaría enseguida, porque la autoridad que las leyes les reconocen es por ahora solo esta. Piensen ustedes cuánta sería su autoridad si su número fuera de 2 mil millones. Ahora, si lo llevamos a proporciones: si a 4 millones son 36 mil al año, si fueran 2 mil millones cada año deberían ser excomulgados 18 millones de seres humanos. Dentro de estas cifras no hay asesinatos, robos, adulterios ni un montón de sucesos de delitos comunes. Estos son solamente personas que no han creído, o no han podido creer, en la enseñanza de los testigos, o que les han dicho: «tenéis un error». ¡Según este cálculo, y estas cifras estadísticas de los testigos van más o menos en la misma proporción cada año, aproximadamente cada tres años se ha rodado la cabeza de un número de hombres equivalente a todo el estado de Turquía! ¡Casi 60 millones de seres humanos. Miren el éxito! Porque esta organización se jacta encima de tales éxitos. Dicen: «Todo esto lo hacemos así para que no se rompa la unidad», y sus miembros, lamentablemente, también aprueban este pensamiento.

En cierta ocasión, una mujer miembro de los testigos presentó una queja a la organización. Pidió permiso para separarse de su marido. Porque los ancianos y responsables de su propia congregación le decían a esa mujer: «Si te separas de tu marido, habrás pisoteado el mandamiento de Dios y te expulsaremos de entre nosotros». Dios, en el Evangelio, dice: «que no ve con buenos ojos los divorcios por ninguna razón, salvo el adulterio» (en Mateo 5:32). Y el marido había tenido relaciones sexuales con una mujer, ¡pero anales! En otro ejemplo semejante, un hombre había tenido relaciones sexuales con otro hombre. Y aún más repugnante, había quienes hacían este acto a veces también con animales. ¡La organización responde: «no, no puedes separarte»! ¡Porque en aquel entonces ellos no consideraban tales relaciones como adulterio! ¡Y encima esto era, supuestamente, el canal de Dios!

Pasa el tiempo, gira la rueda, y los pensamientos de esta organización también cambian, y a quienes están en tal situación les reconoce la posibilidad de divorciarse. Pero entonces, a quienes fueron expulsados por no escuchar a la organización y divorciarse porque su estómago no lo soportaba, aquellas personas a quienes les dijeron «Dios te destruirá en el último día», ¿qué les pasa a ellas? ¿Acaso luego alguien va y pide perdón diciendo: «nos equivocamos»? No; al contrario, ¡para que esa persona vuelva es ella la que debe pedir perdón! «Porque quien nos abandonó demostró en realidad que no nos era fiel, que no vivía en unidad con nosotros en toda situación», dicen estos. Es decir, como se deduce que «ellos no son amigos fieles», para que esa persona que se fue vuelva y sea aceptada, ¡es necesario que ella pida perdón! ¿Y cómo y con qué palabras debe hacerlo? Por ejemplo, ¿debe decir así: «Lo sé, ahora ustedes también piensan como yo pensaba en aquel entonces, pero yo, pasara lo que pasara, no debí adelantarme a ustedes. De ahora en adelante estoy dispuesto a ir incluso a la muerte con los ojos cerrados, con tal de que ustedes ordenen»? ¿O debe decir «esto que hice no fue humildad, y al oponerme a ustedes me engrandecí a mí mismo»? Si no dice algo parecido a esto, de todas formas no la vuelven a admitir entre ellos. El nombre y la forma de ser humilde, según ellos, son así. Aunque conozcas la verdad, debes callar; no tienes derecho a adelantarte. ¡Pero cada día debes ir a predicar y anunciar la verdad a los seres humanos! ¡Debes decirles la verdad sin desanimarte ni cansarte! ¿Y qué verdad? Y a los de dentro, ¡jamás alces la voz! ¡Aunque sea verdad, no te adelantes a nosotros diciéndolo tú! Bien, ¿esos asnos que tienen que hacer todo esto por qué salen o salieron de su propia religión? ¿No podía esperar allí también la verdad? ¿Por qué se adelantaron y fueron insolentes diciendo: «no, ustedes nos ocultaron el nombre de Dios; no, ustedes nos mintieron, nos enseñaron mal, hicieron o nos hicieron hacer oraciones en una lengua que no entendíamos, adoraron a la Trinidad»? Así que esto solo es insolencia cuando se hace contra los testigos, ¡pero si se hizo contra otra religión, ese testigo es aplaudido en el congreso! Si obedecer cueste lo que cueste es el nombre de la humildad, si es tener paciencia, ¿por qué estas características han de mostrarse solo cuando se entra en el partido del testigo? ¿No debe mostrarse la forma correcta de actuar en todas partes, hacia todo el mundo? Pues bien, en el pensamiento organizado no existe esta lógica. Se comportan así, tienen la lógica de que solo ellos tienen razón, y dan frutos así también. Como he dicho, en este tema los testigos son solo uno de decenas de miles de ejemplos.

Algunos seres humanos, a pesar de todos estos ejemplos, todavía pueden decir: «¿acaso metes en el mismo saco a los dictadores organizados y a todas las religiones organizadas con el fin de servir a Dios?». ¿Existe tal cosa? Es decir, ¿creen ustedes que existe una organización religiosa que sirve a Dios? ¿Acaso el fin no es entender el significado de la organización? Por esto yo digo: «sigan leyendo».

Por ejemplo, de un motor o una máquina siempre se espera que funcione. Igual que los órganos, como las organizaciones. Las muchas piezas de estas máquinas, unidas entre sí, deben continuar siempre su función en armonía. Pero el ser humano no puede compararse con estas. El ser humano es un ser creado con sentimientos y dignidad, capaz de pensar, con inteligencia, con libre voluntad. Comparar con esto las cosas sin vida, o comparar al ser humano con una máquina o con órganos porque se mueven, es terrible. Las organizaciones, en cambio, esperan que sus miembros de dentro funcionen en unidad como una máquina. Con esto, desde el ejército hasta las religiones, las fábricas, los hospitales, los terroristas, los sicarios, las mafias, las escuelas, los estados y casi todo lo que continúa su función en la tierra, ellas quieren que todas las personas trabajen y funcionen como una misma máquina, un mismo órgano, un mismo motor, tomando siempre posición del lado de ellas. Así como de un motor se esperan ciertas cosas sin preguntarle su estado ni sus pensamientos, sin recibir de él ninguna vacilación ni objeción, las organizaciones esperan las mismas cosas de sus miembros. Por supuesto, una organización también ha dado derechos a sus miembros, que son seres humanos. Por ejemplo, vacaciones, descanso, reposo, comer y beber. Hay también la obligación de dar y hacer las mismas cosas a las máquinas. Una máquina también requiere mantenimiento, reparación y energía. Las máquinas, si no descansan y no se les hace un mantenimiento regular, se estropean muy pronto. El fin de la criatura espiritual que llamamos Satanás es esforzarse por asemejar a un robot, a una máquina, a un órgano, a ese ser humano, para detenerlo contra Dios, que creó al ser humano con características muy superiores. Por esto ha establecido su propio orden en toda la tierra. Y el orden más importante que usa es también la organización. En hundir toda la alegría, la felicidad, el espíritu, el amor, las capacidades de pensar, la capacidad de decidir de la humanidad, y lo más importante de todo, en cauterizar la conciencia de los seres humanos en el tema de la fe, la organización es un orden destructor. Pero todas estas características que he enumerado y todas las que no he enumerado, si se van a usar en beneficio de esa organización, entonces todo se recibe con agrado y con amor. Pero cuando se usa la palabra «no» contra sus fines, sus objetivos, sus intereses, eso significa el fin de esa persona.

Después de este tema, escribiré también otro pensamiento, muy ligado a este, que arroja de nuevo luz sobre él, bajo el título «¿A quiénes usa Dios?».

¿Acaso el apóstol Pablo no comparó también a todos los creyentes con muchos órganos en un solo cuerpo? (1 Corintios 12:12-31) En la Sagrada Escritura se usan muchas comparaciones. A veces un pastor, a veces una oveja, a veces una semilla, a veces un granjero. Lo importante es el significado que subyace bajo ellas, no las cosas comparadas. Pablo también, con esa comparación, da un ejemplo que apoya lo que hemos escrito. Dice: protéjanse, apóyense unos a otros. Quiere decir: las capacidades de todos ustedes son distintas, no se ensoberbezcan unos sobre otros. De ninguna manera dice que, si tu mano te causa un problema, la cortes y la deseches, como los testigos. Ni tampoco dice que, porque tu ojo sea feo, lo saques para que se caiga. Al contrario, nos anima a mantenernos lejos de despreciarnos unos a otros, diciendo: «al que es feo le prestamos aún más cuidado». Con esto, el apóstol Pablo no dice: «para que no se rompa la unidad, cubran toda clase de suciedades unos de otros y defiéndanlos».

De nuevo, debo señalarlo para que no sea un pensamiento confuso. Cuando Jesús dice: «Si tu ojo te hace tropezar, sácalo; más te vale entrar con un solo ojo al paraíso que ser echado con dos ojos al infierno», en absoluto quiso decir que nos saquemos el ojo. Porque, mientras que en las leyes de la Torá dadas por medio de Moisés se trata de que el ciego, el cojo o cualquier otra persona con defecto no puede servir en el altar, en otra aleya Dios ordena que no os hagáis heridas ni cortes en vuestro cuerpo. ¿Acaso Jesús, con los ejemplos que dio, pisoteó estos mandamientos, o las cosas que quería decir con cortar y desechar eran, en lugar de nuestros órganos, nuestras faltas, nuestros malos hábitos? (Mateo 5:27-31; Levítico 21:5-6 y 21:16-24) ¿Quién se saca el ojo porque mira donde no debe mirar? ¿Qué es más fácil, o más aplicable de inmediato? ¿Sacarse el ojo o dominar ese ojo?

A causa de la imperfección de la humanidad, es decir, de que es defectuosa, propensa al pecado, y de que la tierra está en una situación terrible bajo el dominio de Satanás, las naciones, los estados, por muchas razones, hallan el camino más fácil en organizarse. (Lucas 4:5-6; Corán – Al-Araf, sura 7, de la 11 a la 18; Al-Hiyr, sura 15, 37-39) Digamos que esta situación, aunque sea difícil, vaya, es comprensible. Pero jamás y en absoluto puede hacerse, ni debe hacerse, en nombre de Dios. Además, ¿en nombre de Dios quién y para qué habría de organizarse? Si Dios hubiera querido, ¿no habría podido crear robots que funcionaran como nuestros órganos? Y no dudemos de que lo haría de la mejor manera. Sin embargo, Dios crea al ser humano de una forma semejante a sus propias características. No de una forma semejante a un órgano, una máquina, un motor, un robot. Él es el Dios de quienes lo buscan con libre voluntad, con deseo y de corazón.

Las organizaciones tienen sus leyes, sus reglas. La Torá también tiene sus leyes, sus reglas. La Torá se dio a Israel mediante un pacto. Este era el pacto entre Dios e Israel. Aunque la ley —la Torá— no significa organización, su aspecto común es que ambas son «reglistas». Miren lo que dice Dios sobre el tema de la Torá:

Porque todos los que dependen de las obras de la Torá están bajo maldición; porque escrito está: «Maldito todo aquel que no permanezca en todas las cosas escritas en el libro de la Torá para hacerlas.» (Deuteronomio 27:26) Y es evidente que ante Dios nadie es justificado por la Torá; porque: «El justo por la fe vivirá.» (Habacuc 2:4) Y la Torá no es de fe; sino: «El que las hace vivirá por ellas.» (Levítico 18:5) Para que la bendición de Abraham viniera a las naciones en Cristo Jesús, y para que recibiéramos por la fe la promesa del Espíritu, Cristo, hecho maldición por nosotros, nos redimió de la maldición de la Torá; porque escrito está: «Maldito todo el que es colgado en un madero.» (Deuteronomio 21:23)

Si la Torá es tan mala, ¿por qué dio Dios la Torá? La respuesta es así:

De modo que, para que fuésemos justificados (hechos justos) por la fe, la Torá fue nuestro ayo (nuestro educador) para llevarnos a Cristo. Pero venida la fe, (la fe de tener conciencia de que somos pecadores) ya no estamos bajo ayo. Porque todos sois hijos de Dios en Cristo Jesús por la fe. (Gálatas 3:24-26)

Estas aleyas, al tiempo que nos subrayan cuán importante es la fe, señalan también que no seremos contados como personas justas por las obras de la Torá. Porque ningún ser humano defectuoso, es decir, pecador, podía cumplir sin falta aquellas leyes. Puesto que por esto Dios, haciendo a la Torá maldición en el cuerpo de Cristo, nos redimió de la maldición de la Torá; porque la Torá trajo a la humanidad, a causa de los pecados, no la vida, sino la muerte. Por esto Dios, que aborrece todo lo que trae muerte a la humanidad, anula incluso el pacto que Él mismo dio. Si recuerdan, había dicho: «no confundamos la ley con la organización». Si Dios maldice el que la Torá, aquellas leyes con las que Él nos educó, cause daño al ser humano, ¿con qué ojo vería las organizaciones de los seres humanos, que no tienen ninguna relación con la ley, las reglas ni la rectitud? Como muchos musulmanes, y en cierto lugar también los judíos, imaginan en sus fantasías, dicen «el Corán ha restituido la Torá». Esto no es sino una afirmación de quienes no saben qué es la Torá. En realidad el Corán no ha traído ninguna Torá ni nada por el estilo. Esto no es sino una invención de los judíos fanáticos, de los enfermos de la Torá. Es posible leer con frecuencia estos problemas también en los escritos de los apóstoles en el Evangelio, hace miles de años. Si leen esos escritos, ustedes también verán que los enemigos de Dios apegados a la Torá tampoco han cambiado en nuestro tiempo.

Puesto que Dios, dando importancia a la fe, anuló la Torá junto con sus reglas, ¿acaso después de esto trajo una ilegalidad sin reglas, a nuestro antojo? Miren, sin Torá, sin ser organizados, cómo haremos nosotros los seres humanos las cosas que son correctas; leamos:

…Y también el Espíritu Santo nos da testimonio; porque después de haber dicho: «El Señor dice: Este es el pacto (acuerdo, alianza) que haré con ellos después de aquellos días: Pondré mis leyes sobre su corazón, y las escribiré sobre su mente»,

«y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades», dice. (Hebreos 10:15-17; 8:7-13; Jeremías 31:33-34) ¿Existe una organización que pueda lograr todo esto?

La organización no hace sino corromper todas estas cosas que se han de lograr, ¿y acaso no vemos, en la historia y ahora, con ejemplos vivos, que las ha corrompido? Yo aquí he comparado las leyes de la Torá con la organización para que entendamos más fácilmente cuál es el verdadero fin de Dios con nosotros. En mi opinión, estas organizaciones religiosas son otra versión muy mala de la Torá, que se basa en mandamientos humanos y por su forma de aplicación. ¿Es posible atar a la humanidad a ciertas reglas, mandamientos, presiones? ¡Y encima por medio de otros seres humanos que son como ella misma! ¿Tan simple fue creada la humanidad? Cuando Dios al principio dijo a Adán: «dominad la tierra», con esto no se refería al ser humano, que es como Él mismo, sino a los animales y las plantas que viven en la tierra. (Génesis 1:28 y 9:1-7)

La palabra del Señor ya está esparcida por toda la tierra. Todos pueden, la mayoría de las veces, comprarla y leerla gratis o por muy poco dinero. La Sagrada Escritura y el Corán, la mayoría de las veces gratis, o se obtienen a cambio del precio de dos o tres paquetes de cigarrillos. Si el propósito es fundar una religión organizada para anunciar y enseñar esta palabra, esto, al contrario, es evidente que corrompe —lo digo una y otra vez— el significado que dan las Sagradas Escrituras, su contenido y lo que se quiere expresar; y esas organizaciones lo han corrompido, es evidente.

Durante los primeros tres siglos los cristianos que vivían no tenían una organización. Cuando fue aceptado como religión de estado por el imperio romano, esto también significó el comienzo de aquella época repugnante del cristianismo posterior. ¡Porque empezaron a ser organizados! Entre ellos entraron un montón de lobos chupasangre. Sacaron rangos diversos, enseñanzas absurdas. Papas, cardenales, obispos, curas, monjas, la creencia en la Trinidad, la prohibición de casarse, la confesión, los tribunales de la inquisición, las cruzadas, guerras, etc., etc. ¿Hay quien no conozca sus frutos? Estos frutos son siempre los frutos de la organización. Solo el estar organizados logra propagar en tan gran escala este microbio surgido de una sola cabeza.

Puesto que las organizaciones son tan eficaces en propagar un mal microbio, entonces ¿no deberían ser eficaces también en propagar las cosas buenas? Sí, las organizaciones parecen ser muy eficaces en alcanzar rápidamente un objetivo. Si el objetivo aquí es Dios, el ser su alegría, Dios ya ha puesto en nuestra creación estas características que se esperan del ser humano. Y también ha dejado al criterio de cada persona ese buen juicio de lo rápido o lo lento de este asunto. Porque no todos los seres humanos son iguales. Y en cuanto a hacerlas o no, Dios no mira, como he dicho, a la coacción, la presión ni la amenaza, sino solamente a nuestra libre voluntad. Acercarnos a Dios sin quererlo desde dentro, con aversión, en realidad nos aleja de Él otro tanto. Aunque con semejante acercamiento creamos estar cada día, día y noche, delante de Él, esto no hace sino enfurecer a Dios. Pero para las religiones organizadas esto es un gran éxito. Porque ellas dan valor solamente a la apariencia externa.

Las características que Dios valora, que hacen del ser humano un ser humano, como acabamos de enumerar hace poco, nuestras emociones y sentimientos, nuestras capacidades de pensar, nuestra inteligencia, nuestra capacidad de decidir, nuestro amor, nuestra conciencia y cosas semejantes, son los frutos que el espíritu da (nuestras obras) en esa dirección. Mientras que deberíamos dar mucha importancia a usarlas y desarrollarlas, todas las organizaciones trabajan solapadamente para bloquearlas y destruirlas. Incluso ordenan abiertamente: «¡No pienses! ¡No decidas! ¡No escuches nunca tus emociones ni tus sentimientos! ¡No desarrolles una idea por ti mismo!». Diciendo: «Nosotros pensamos por ti, decidimos, creemos y tenemos fe por ti. Si tienes que sentir amor y odiar, también eso te lo daremos nosotros de la manera que queramos», quieren y esperan que se los siga solo a ellos, y encima que se les obedezca incondicionalmente. A quienes muestran una conducta distinta a esto, siempre están dispuestos a hacerles la mayor maldad que esté en su mano. Y la hacen en la medida de su autoridad, de su poder. Por la razón que sea, las personas que se oponen, según ellos, han cometido una gran traición. Y en esta situación, ¿quién quiere ser un traidor?

Como he tocado en cada tema, había defendido que debemos aceptar que nosotros, la humanidad, podemos cometer errores. Fundar una organización significa que la persona o personas que están al frente, o que se pongan al frente, tienen la autoridad de gobernar. ¡¿Cómo demuestra esa una, tres, cinco o quinientas personas que están al frente que son más inteligentes y libres de error que todos los seres humanos del mundo, que ellas serán lo más correcto?! Aunque yo esté muy por delante en edad y conocimiento de un niño de 10 años, ha habido veces en que he visto que incluso ese niño de diez años tenía más razón que yo. ¿No hemos pasado todos por experiencias así? Ya, según nuestro orgullo, nuestra soberbia o nuestra humildad, hemos mostrado una reacción. Contando también una experiencia que pasé, intentaré ayudarles a entender qué cosas tan terribles pueden hacer los gobiernos en forma de organización.

Había alguien con quien yo hacía investigación sobre la Sagrada Escritura y el Corán. Sé que con esta persona, con la que después trabé amistad, muchas veces nos sentábamos en su lugar de trabajo hasta las cuatro de la madrugada hablando de Dios. En realidad, su conocimiento sobre Dios, su fe y, creo, también su amor a Dios, sin duda no eran como los míos. Con esto no pretendo engrandecerme a mí mismo y empequeñecer a esa persona. Si él también hubiera investigado como yo, y hubiera dedicado su tiempo y su interés a estos temas, quizá habría tenido mucho más conocimiento que yo, y también en cuanto a fe y amor podría haber estado por delante de mí. Por ejemplo, mientras que él vio la Sagrada Escritura por primera vez en su vida cuando estaba conmigo, yo había leído e investigado de principio a fin tantas Sagradas Escrituras que no sabría decir su número. Es decir, en este tema yo era claramente, sin lugar a ninguna duda, más conocedor y experimentado que él. O más bien, así lo creía yo. Con ese amigo hablábamos y discutíamos de todos los temas. Pero en aquel entonces el conocimiento que yo tenía, por estar influido por los testigos, era equivocado en el tema de recibir y dar sangre.

Que esto era equivocado puedo decirlo hoy con tanta facilidad. Vivimos con esta creencia unos 19 años. Gracias a Dios, no nos pasó una amarga necedad. Tengo un hijo, y si a causa de un accidente hubiera necesitado sangre, creo que me habría opuesto hasta la muerte a que «se le diera». Ya digo que menos mal que no vivimos un suceso tan amargo. Pero hay decenas de miles, incluso millones de seres humanos que viven así como testigos de Jehová. ¿Saben cuál es lo más amargo? Es que un día llegues a entender que esa creencia tuya era infundada y que, en lugar de ser aceptable a Dios, eres objeto de su furia. Al mismo tiempo, te das cuenta de que has sido engañado, te enfureces terriblemente, te dejas llevar por la ira. Sobre todo si has vivido también un suceso amargo. Por ejemplo, ¡si has causado la muerte de tu hijo, al que llamas tu único pequeño, de tu esposa, de cualquier otra persona a la que amas, al no dejar que se le diera esa sangre, y encima has luchado en este tema como un león lleno de fe! Y luego te das cuenta de que te equivocaste. Piensen, por favor, en la conciencia que tendrán. Y encima, después de todo esto, si la persona es pobre en el tema del perdón, puede hacer incluso cosas mucho más disparatadas. Ya digo, menos mal que no nos pasó un suceso amargo en este tema. Sí, en este tema de la sangre aquel amigo se oponía con fuerza y defendía que estaba a favor de recibir sangre y salvar la vida. Y yo, supuestamente con pruebas de la Sagrada Escritura y hablando de que la medicina y los médicos de nuestro mundo también, en cierto sentido, son seres humanos y cometen errores, me esforzaba por que él tuviera la misma opinión y creencia que yo en el tema de la sangre. En realidad, no puedo decir que tuviera éxito sobre este amigo, ni en los temas que le enseñé bien ni en los que, como este, le enseñé mal. Sobre la enseñanza del tema de la sangre, gracias a Dios digo que fue así, y sobre otros temas también me habría gustado decir lo mismo, pero lamentablemente. En fin, aun así, nunca se sabe.

Vengamos ahora al punto más crucial del tema. Piensen que yo, en este tema en el que creía —y encima con el corazón más sincero—, hubiera sido el presidente de una organización religiosa. ¡Habría quemado a aquel amigo! A él, a su familia y a miles. Porque yo creía así, y para aplicar esta creencia habría querido que todos fueran como yo. Y encima con la mejor intención. Aunque no tuviera ni el más mínimo interés ni mala intención, habría hecho todo lo que estuviera en mi mano para que todos siguieran mi necedad. Ya no sé qué habría hecho conforme a mi conocimiento y mis creencias. Si digo que habría estado dispuesto hasta la muerte de mi hijo, imaginen ustedes el resto.

Hay una religión y esta está organizada. Digamos que yo soy su presidente. Una religión con millones, incluso miles de millones de miembros. Por muy buena persona que sea y por muy conocedor que sea de los demás en el tema de la religión y de Dios, con el ejemplo que di han visto el resultado. Yo, en este tema de la sangre, tuve durante muchísimos años una creencia tan asnal. Llegó el tiempo, cambió la época, y me di cuenta de mi asnería. Al escribir estos escritos me dije a mí mismo: «menos mal que no era el presidente ni nada de tal religión». Aunque, de todas formas, ya no aceptaría gobernar a los seres humanos con responsabilidades como las de un presidente, un gobernante, semejante necedad, digamos que en fin. Pero, ¿saben cuántos seres humanos hay en la tierra aficionados a estos asuntos y enfermos de ellos? Pues bien, solo el estar organizados logra esto. Y esforzarse por «asegurar la unidad» en esa organización no requiere sino ser un asesino, un criminal, odio y un corazón de piedra sin comprensión. En los gobernantes de todas las instituciones organizadas estas características están presentes multiplicadas. E incluso si al principio no hay tal actitud de corazón, el estar organizado, un día llegará y les hará adquirir también esta actitud mental. Para que sean así, con toda clase de presiones amenazará prácticamente hasta la muerte a esos gobernantes, y si es necesario incluso los destruirá. Es decir, quien vuelve mala a la organización no son únicamente los gobernantes de arriba. En su función, seas cabeza o seas cola, la organización sin duda un día llegará a ahogarte y a tragarte. Con ahogar y tragar quiero decir: que la persona se venda, traicione a Dios, sea forzada a pisotear —aunque no quiera— bajo sus pies los valores superiores. Y esto solo lo logra el organizar a los seres humanos.

En tiempos de Hitler, se le hace saber al comandante del campo un asunto que una ingeniera judía que trabajaba en un campo judío insistía en que se hiciera en una obra. El comandante del campo escucha a la ingeniera y luego hace fusilar a la ingeniera allí mismo y dice a sus soldados: «Hagan la obra de todas formas como ella dijo». Este es también el método de dar la razón de un régimen dictatorial organizado. Da la razón, pero matando. Mata porque: «¿Cómo te opones tú a nosotros?». Si la ingeniera no se hubiera opuesto, aquel lugar edificado neciamente se habría derrumbado. Esta vez la ingeniera habría sido fusilada de nuevo. Porque, teniendo ella la responsabilidad, ¿por qué no hizo lo correcto, o hizo mal su trabajo? Según este suceso, hacer lo correcto y oponerse a su necedad significa la muerte, y callar y no oponerse también significa la muerte. Ahora alguien dirá de nuevo: «Hermano, ¿por qué relacionas la organización con la enemistad, el odio, el asesinato y el matar del ejemplo que diste?». Cierto, en la apariencia externa parece no tener ninguna relación. Solo que no olvidemos que, si esta enemistad, este odio, esta criminalidad se convirtieron en el deber de cada uno de aquellos seres humanos, esto lo logró el que un puñado de hombres que tenían esto en la mente lo organizaran así. La mentalidad de esas pocas personas, al organizarse, se ha impuesto a toda una nación, y encima con un entendimiento de deber, de patria-nación. Las mismas cosas se viven de nuevo en la Alemania de hoy, pero no es nuestro tema. En cambio, si no hubieran estado organizados, todos estos sentimientos negativos habrían desaparecido junto con solo un puñado de hombres. Bien, ¿qué habría pasado si aquel puñado de hombres hubieran sido buenos? Primero hagamos esta pregunta: «¿Existe el ser humano bueno?». ¿No dijimos que, a causa de nuestros pecados, no hay en la tierra tal ser humano? Y esto lo dice claramente Dios. (Salmos 53:2-3) Y aunque hubieran tenido buena intención, a lo sumo habrían sido de nuevo como nuestro mundo. ¿Qué estado, país o nación de nuestra tierra puede alguien mostrar como ejemplo para la humanidad? ¿No hemos leído que Dios tiene un pleito con todos los pueblos y naciones de la tierra?

Si todas las verdades son así, ¡ven tú a organizar a la humanidad diciendo que la vas a acercar a Dios! Ya digo, esta mentalidad de la organización siempre ha destruido a la humanidad. Si aún no hemos desaparecido en su totalidad, la primera y mayor razón es Dios, y la segunda razón es que los seres humanos no escuchan exactamente las órdenes de esas organizaciones; que usan su iniciativa, su conciencia. Y, además, por lo general las leyes de los estados no se meten, como los religiosos, hasta la sangre, la ropa interior, el riñón y el alma del hombre, sino que de vez en cuando dan libertad. Y esto alarga la duración del asunto de la desaparición. Es decir, hace daño y tortura poco a poco. Es algo así como cuando alguien de constitución muy fuerte tiene cáncer: el cáncer matará al enfermo, lo matará, pero su constitución sana alarga el tiempo y no hace sino hacer sufrir más al enfermo, eso es todo.

Encontramos otros ejemplos semejantes en el islam después de la muerte de Mahoma. Si Mahoma hubiera sido inspirado por Satanás, sin duda habría inculcado esta idea de la organización a los que se hicieron musulmanes ya en su vida. Pero no; la pelea de «quién estará al frente» empieza después de su muerte. Mahoma ni quiso ni dijo «hagan» semejante cosa. Por esto los musulmanes todavía están en una guerra. Las sectas, las divisiones, los odios, los derramamientos de sangre, siguen originándose de que están a favor de poner al frente un jefe y de ser organizados. El fin es el deseo de esclavizar a los seres humanos a sí mismos bajo el nombre de la unidad. No a Dios, sino a sus propios deseos. Porque he dicho muchas veces que Dios quiere una adoración que venga del corazón. (Éxodo 25:2; Juan 4:23-24) Estos, en cambio, sin mirar en absoluto al corazón del hombre, a su pensamiento, su fe, su conciencia, su amor, su conocimiento ni al valor que da a Dios, quieren únicamente alcanzar el fin que ellos mismos se han propuesto. Y cuál es ese fin que han ideado lo saben solo ellos y Dios. Pero esos miembros asnales de ningún modo lo saben, ni quieren saberlo. Y detrás de todo esto está también Satanás. Como he dicho, puesto que para él gobernar a unas pocas personas es más fácil que gobernar a unos cientos de millones, ha recurrido siempre al método de organizarlo todo. Y que esta palabra cree en la mente de los seres humanos asociaciones como ser ordenado, organizado, exitoso, es también una habilidad suya. Así es, cuando se dice organizar, ¿qué se asocia en la mente de ustedes?

Con estos escritos que he escrito, no quiero decir «dejen a la humanidad a su suerte y que cada uno haga o no haga lo que quiera, que degüelle, cuelgue, robe, mate». Tampoco digo «cada emoción, pensamiento, voluntad, inteligencia y capacidad de decisión de los seres humanos son siempre correctos y funcionan sin defecto». Oponerse al pensamiento de la organización no significa defender la ilegalidad. Digo que, si hay una rectitud, si hay que hacer algo que debe hacerse, y si detrás de todo esto el objetivo es acercarse a Dios y amarlo, esto de ningún modo se hace ni puede hacerse en forma de organización. Por un breve tiempo, pueden parecer exitosas a quienes las contemplan desde fuera. Pero su realidad y su interior están llenos de ocultamiento, hipocresía, fraude, ostentación. Y con estas características no se acerca uno a Dios, sino que se aleja de Él por completo.

Quizá también nosotros, en el tema de la fe en Dios, podamos ser miembros de una religión, una secta o una cofradía que funcione en forma de organización. Pero cada uno debe arrojar de sí su vieja personalidad pecadora y equivocada, tal cual es. Debemos hacer como dijo Jesús: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame». (Lucas 9:23)

En este tema, dar y mostrar el amor, la obediencia, la confianza y la fe que solo y únicamente deben darse y mostrarse a Dios, así como el funcionar como un órgano, a instituciones que se proponen esto y continúan su función en forma de organización, no le corresponde a la humanidad.

Sin duda en nuestro mundo hay muchos yugos. Es decir, se llama yugo a eso que se pone en el cuello de ese animal para arar el campo o para tirar del carro. Por supuesto, es seguro que esto es una carga. ¿Quién quiere ponerse un yugo en el cuello y tirar de una carga? Jesucristo expresa esta verdad así:

«¡Venid a mí todos los que estáis cansados y cargados! Yo os daré descanso.

Yo soy manso y humilde de corazón. Entrad bajo mi yugo y aprended de mí, y así hallarán descanso vuestras almas. Porque mi yugo es fácil de llevar, y la carga que os daré es ligera.» Mateo 11:28-30

No olvidemos jamás, una y otra vez, esta verdad: sin duda, pero sin duda, Dios creó a los seres humanos de una forma que necesitaran de Él. Es decir, ninguna criatura puede continuar su existencia sin Dios. Esta es una característica que pertenece solo a Dios. Algunos seres humanos, al decir «yo seré libre», intentan romper todos los yugos. No puede haber algo tan absurdo. Nadie es libre en la tierra en ese sentido. Sean reyes, sean esclavos, todos tienen yugos que deben llevar. Cada ser humano vive bajo el gobierno de un estado. Quiéralo o no, paga impuestos a ese gobierno, está obligado a cumplir sus leyes. De nuevo, le guste o no, es gobernado por esas personas. Para los gobernantes la situación tampoco es muy distinta. También ellos tienen a quienes deben rendir cuentas, y tiemblan de miedo unos de otros. La libertad entre ellos se parece a la guerra de lobos hambrientos. Por más que se hagan llevar sobre las espaldas del pueblo, tampoco ellos tienen una libertad plena. Es más, a veces son mucho más esclavos que las personas comunes. Ni siquiera pueden salir tranquilamente a tomar aire fuera. En pocas palabras, seamos quienes seamos, estas son cargas que a los seres humanos les vienen automáticamente de nacimiento, sin querer, o que después tomamos también nosotros mismos queriéndolo. No quiero entrar en el tema de si es correcto o incorrecto; solo quiero señalar una verdad relacionada con esto. Cristo Jesús, por conocer esta verdad, dice: «entrad bajo mi yugo y aprended de mí, y hallarán descanso vuestras almas». Como he dicho, hay algunos yugos que el ser humano ya lleva por obligación. Como los impuestos que se pagan, la lucha por la vida, el servicio militar, la familia, la escuela, las obligaciones del lugar de trabajo, etc. Pero, aparte de estos, por lo general tenemos una libertad en cuanto a cuál de otras cargas que asumimos vamos a escoger. ¿Cuáles son estas cargas que asumimos encima libremente? Por ejemplo, casarse, tener hijos, asumir tareas activas dentro de ciertas instituciones, etc. Y lo más importante, pertenecer a una religión. Aunque no siempre nos den esta libertad, aun así podemos escoger. Por esto, si se fijan, Jesucristo dice «entrad bajo mi yugo». Esto es algo que la persona debe hacer con libre voluntad. De lo contrario no habría dicho «entrad», habría dicho «yo os pondré mi yugo». En uno se hace libremente, mientras que según la otra expresión se hace por obligación, o sin preguntar el pensamiento y el deseo de esa persona. A nosotros, sin preguntarnos así, a la fuerza, se nos han puesto de nacimiento muchos yugos más que aquí no he enumerado.

Dios, en cambio, por ser un Dios que da libertad, quiere que sus siervos también vengan a Él no a la fuerza, sino amándolo. Y jamás recurre al camino de organizar. Cuando leemos en los Evangelios sobre Cristo Jesús, ni los discursos que dio a miles de personas, ni las ayudas que prestó, ni el que alimentara y saciara a miles de seres humanos, ninguno de ellos se realizó de forma organizada. Al contrario, estos sucesos ocurrían siempre en el momento, sin esperar y por el propio deseo de los seres humanos. Jesús no dio cita a nadie. Tampoco dijo «hoy váyanse, vengan tal día». Y muchísimo menos quiso que sus discípulos hicieran algo, o lo siguieran, con presión, con amenaza, con fuerza bruta. Ni los metió bajo semejante obligación. El valor que dio a los seres humanos podemos entenderlo también por las preguntas que les hacía. Su fin era hacer que los seres humanos, usando sus propias capacidades, vieran las verdades. A nadie que viniera a Él lo echó ni lo despidió con las manos vacías. Y a quienes no lo quisieron y lo abandonaron, de nuevo los dejó a su propia voluntad. Porque si fuera necesario presionar, ¿acaso puede haber alguien más poderoso que Dios para presionar? Todos saben que en fuerza y poder no tiene igual ni semejante. No; y si es atemorizar, en este tema de nuevo la mayor superioridad es siempre de Dios. O más bien, ¿a qué asemejaríamos a Dios, con quién lo compararíamos? Con nadie, porque no tiene igual ni semejante. Al crearnos a su imagen, el Señor nos dio a sus criaturas de sus aspectos, de sus características semejantes a Él. Como todos aceptarán, el creador jamás puede compararse con la criatura. Nosotros, en cambio, al presionar a los seres humanos en nombre de Dios, ¿acaso creemos que lo protegemos? ¿O creemos que lo representamos con fervor? Al dar castigos a los demás, ¿vemos que Él nos nombró como jueces? Con nuestras obras, nuestras palabras, la actitud de nuestro corazón, nuestra vida, ¡y encima estando tan lejos de Él! (Mateo 14:13-21; 15:29-39; 20:29-34; Juan 6:66-69)

Junto a todo esto, por más que Dios quiera atraernos a Sí con libre voluntad, a quienes no vengan a Él y aborrezcan su orden tampoco los forzará, pero sin duda un día los destruirá. Sobre este tema están escritas las siguientes palabras:

Porque el que me halla, halla la vida, y alcanza el favor del Señor. Pero el que me menosprecia, a sí mismo se daña; todos los que me aborrecen, aman la muerte. Proverbios 8:35-36

Bien, ¿acaso el que Cristo Jesús sea rey en los cielos y los 144 mil elegidos —número que también puede ser simbólico— tengan como reyes y sacerdotes la tarea de convertir la tierra en un paraíso, no es también una forma de organización? Escuchemos la muy hermosa respuesta a esto de boca del propio Jesús:

Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todas las cosas que oí de mi Padre. Juan 15:15

Ellos, junto con los seres humanos, asumirán la tarea de convertir el mundo en un paraíso dentro de este entendimiento. Y esta tarea estará escrita en su corazón. No por estar organizados. Como las hormigas, las abejas, los pájaros, los peces, siendo que el ser vivo llamado ser humano posee una creación cuánto más superior a ellos. ¿Qué organización tiene un acercamiento como el que dijo Jesús arriba?

Piensen en el trabajo más simple de su mente. Quizá nosotros, con nuestro conocimiento habitual, decimos: «Si ese trabajo no se organiza, de ningún modo se hace ni se realiza». No olvidemos que las cosas que a nosotros nos parecen imposibles son posibles para Dios. Yo aquí, a efectos de dar un ejemplo, dije que sea en su imaginación algún trabajo muy pequeño. Por ejemplo, ¿acaso también el trabajo de hacer del mundo entero un paraíso es un trabajo pequeño? No, esto tampoco lo afirma nadie. Pues bien, esta tarea Dios se la dio, al comienzo mismo, a Adán y Eva. ¿Qué les dijo? ¿Cómo los organizó? ¿O cómo iban a ser organizados ellos al hacer este trabajo? Leamos de su lugar qué está escrito:

Y los bendijo Dios; y les dijo Dios: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sojuzgadla; y dominad en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todo lo que se mueve sobre la tierra. Génesis 1:28

¿Cómo iban a cumplir ellos este enorme mandamiento dicho en una frase? No siendo organizados, sino con alegría. Porque en su corazón y en su mente ya estaban por naturaleza las cosas que cumplirían este mandamiento. Ellos, solo forzándose a sí mismos, abandonando estas características que poseían, lamentablemente no obedecieron, vencidos por el fraude de Satanás. Eso es todo.

Además, cuando Dios creó al ser humano, no dijo que dominaran unos sobre otros. En la Sagrada Escritura está escrito: «Llega el día en que el dominio del hombre sobre el hombre se daña a sí mismo». (Eclesiastés 8:9) Y también:

«...Porque DIOS ama al que da con alegría.» (2 Corintios 9:7) Esto no lo logra la mentalidad de la organización.

Puesto que esto estaba en su mente y en su creación, ¿por qué fueron desobedientes? Así es, es una pregunta oportuna.

En realidad, este ejemplo de la primera humanidad demuestra claramente que Dios no los creó en el pensamiento de la organización. Porque ellos no eran robots que cumplen órdenes. La razón más importante fue que fueron engañados. Y para pisotear aquel mandamiento tenían que forzarse a sí mismos. Se forzaron y lo pisotearon. Lo que hicieron y lo que iban a hacer, lo realizarían poseyendo una libre voluntad. Y no tenían ninguna dificultad en aplicar los deseos de Dios; al contrario. La dificultad y el dolor que les sobrevino dominaron después de que fueran desobedientes. Se alejaron de las promesas de Dios y no hicieron sino ser infelices. Y ya no era cuestión de que vivieran eternamente felices y de que, convirtiendo la tierra en un paraíso, la dominaran. Bien, ¿acaso con la desobediencia de Adán desapareció esta esperanza? No. Miren qué dice Dios sobre cómo, sin organizar, después de que los muertos sean resucitados, convertirá de nuevo esta tierra nuestra en un paraíso. Volveré a escribir esta aleya que di al comienzo del tema:

...Pondré mi Torá en su interior, y la escribiré sobre su corazón; y yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Jeremías 31:33b

Si Dios estuviera a favor de la organización, no diría la escribiré sobre su corazón, diría, como hacen todas las organizaciones, «haré que se los escriba en los libros de leyes».

Después de que Adán cometiera pecado, Dios, en la dirección de esta verdad, dice a Satanás, y al mismo tiempo a la humanidad y a los ángeles, palabras con carácter de profecía, y dice:

Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente de ella; ella te atacará la cabeza, y tú le atacarás el talón. Génesis 3:15

Sabemos que atacar el talón hace daño, mientras que atacar la cabeza mata. Esta profecía sobre Satanás significa un fin claro y nítidamente comprensible. Como enseñan algunos, ¿acaso creen que Dios no sabía qué iban a hacer Adán y Satanás, y que se dejó llevar por el pánico por las cosas que vio de repente?! A la cabeza de las organizaciones religiosas que difunden enseñanzas tan ridículas están los testigos de Jehová. Sin embargo, en la afirmación de Satanás relacionada con la humanidad, Dios, con confianza, sin dudar en absoluto —Dios de todas formas no duda, porque todo el futuro es claro y nítido ante los ojos de nuestro creador—, por esto dice a Satanás: «él te aplastará la cabeza». Si Dios dudara, diría: «Yo te aplastaré la cabeza». Pero Dios está seguro de la obra que hace. Nosotros también podemos estar seguros, porque sus promesas se cumplirán. Y todo esto, no de forma organizada, sino de una manera que Dios ha planeado. Y Él, como leímos, promete que realizará su plan escribiéndolo en la mente y el corazón de sus criaturas. Si esto no estuviera escrito en la mente y el corazón de sus criaturas, el que se aplaste la cabeza de aquella serpiente sería también una profecía falsa. Si Dios dice estas cosas desde el comienzo mismo del asunto, entonces significa que Él está seguro de lo que ha puesto en nuestro interior y nuestro corazón. Hasta ahora jamás se ha visto ni oído que Dios hiciera una profecía falsa. Investiguen y miren los libros, y si la hay, díganmelo a mí también.

¿Es mejor, más hermoso y, lo más importante, más dador de felicidad, que algo se haga viniendo del corazón; o por orden, por presión, por miedo? Por supuesto decimos que viniendo del corazón. Pues bien, este es el orden de Dios; ¿existe una organización que pueda hacer y lograr esto? El sabio Salomón, con el espíritu de Dios, dice así:

El temor del hombre pone lazo; mas el que confía en el Señor mora seguro. Proverbios 29:25

Así que entender cuán en contra está el Señor del pensamiento de la organización no es en absoluto difícil. Las organizaciones, con amenaza, con presión, a la fuerza, con ocultamiento, atemorizando, establecen su dominio sobre esos seres humanos y, montándose sobre sus espaldas, quieren alcanzar sus objetivos. Y el objetivo es hacer servir únicamente a sus intereses egoístas, a fines que ni ellos mismos saben exactamente si son correctos o incorrectos. Jamás quieren que esos seres humanos a los que arrastran tras de sí, sobre cuyas espaldas se montan y a los que ponen en el lugar de asnos, se enderecen sobre sus propios pies como seres humanos y caminen. ¡Si van a afirmar lo contrario, piensen de nuevo y demuéstrenlo! Los seres humanos se han empeñado en decir: «Por favor, pónganos al frente a alguien que nos gobierne, alguien como nosotros», o «pónganos a nosotros al frente, miren qué bien los gobernaremos, y déjennos toda su fe, su pensamiento, su razón, su vida. No teman, nosotros rendiremos cuentas de ello», y la humanidad, con gran gusto, ha llamado a esto ser organizada. Y encima se han convencido a sí mismos de que «sin ser organizados no se hace nada». ¿En un lugar trabajan dos personas? Les han puesto al frente a una tercera persona que los organice. ¿Saben cuántos organizadores así hay? Pero la humanidad se ha acostumbrado tanto a esta situación que, si no les pones a alguien al frente, ¡han llegado a no hacer nada! Y los partidarios de la organización, al ver esto, gritan a voces: «¡Vieron, miren, si no estamos nosotros, nada funciona!».

Los profetas de Dios y el Mesías están muy lejos del pensamiento y la actitud de la organización. Como he dicho a menudo al explicar nuestro tema, así como Dios no tiene necesidad de un régimen de presión que traiga tal infelicidad, que impida el desarrollo en el ser humano, al contrario; ama al que, de entre sus criaturas, hace y da con alegría según sus capacidades. Solo entonces se manifiesta la capacidad que cada ser humano posee. La mentalidad de la organización, en cambio, se propone ahogar y destruir valores como la capacidad, el conocimiento y la fe de todos, y reunirlos en una mentalidad originada de unas pocas personas. Y viendo esto como un gran éxito.

Bien, ¿por qué vemos siempre las cosas organizadas como una presión?

No solo en los temas espirituales, sino en realidad incluso en cualquier trabajo, organizar a los seres humanos, la mayoría de las veces, no da alegría. Porque cuando se pone en práctica un plan hecho, quiénes deben trabajar en ese trabajo lo determina la organización, no las propias personas. Y las organizaciones no se limitan a disponer a esos seres humanos solo como órganos, sino que también esperan que trabajen y funcionen como órganos. ¿Quién de nosotros, si su corazón hablara y dijera «hoy no quiero latir», se lo permitiría? ¿O si nuestros riñones dijeran «voy a tomar dos semanas de vacaciones», lo recibiríamos con agrado? Lo que esperamos de nuestros órganos es que funcionen, a ser posible siempre y sin ninguna vacilación, solo conforme a nuestro deseo. Porque esto significa vida para nosotros. Semejante expectativa solo puede mostrarse hacia cosas sin vida, órganos, máquinas, herramientas, pero jamás hacia el ser humano. ¿Empequeñece esto al ser humano? Al contrario, lo hace valioso. Por más que los robots trabajen mucho más que el ser humano, por más conocimiento que almacenen en su interior, aunque no tengan necesidades como dormir, ir al baño, comer, el ser humano que hace e inventa el robot es mucho más superior a él. ¿Han visto u oído alguna vez un riñón que ríe, un hígado que se alegra, un bazo, una máquina, un ordenador, un motor que muestren su amor? ¿Acaso estamos locos para creer en tales cosas y hablar sobre ellas? Pero organizar a los seres humanos para un fin significa quitarles su alegría y esforzarse por reducir a cero también la calidad de lo que queremos obtener, sea lo que sea. Piensen en todas las cosas útiles que se han inventado. Casi todos los que las inventaron hallaron esas cosas siendo libres. De todas formas, las cosas inventadas manteniendo bajo presión, a la fuerza, con amenaza, han tenido más perjuicios que beneficios para la humanidad.

El empeño de la persona que entra en una organización por este camino, aunque al principio sea libre y con muchísimo deseo, ¿cuánto tiempo sigue así? Sin duda un día llegará y aquellas cosas que hace se volverán monótonas a sus ojos, el valor que da, el respeto y la alegría que muestra desaparecerán. Dios, en cambio, no quiere aceptar ni siquiera el sacrificio de la mano de quien da sin deseo, con mal corazón. (Génesis 4:4-5) La organización, en cambio, no mira estas cosas. En ella hay números como el número, la fuerza, la comodidad, ese poder llamado éxito, la estadística. El espíritu, el amor, la misericordia y el perdonar están muertos para ellas. Miran y dan valor a las cosas físicas, es decir, las que se ven por fuera. Y tampoco es que los testigos de Jehová sean la única institución de nuestro mundo que se ha organizado. Desde que se fundó el mundo y desde que el pecado entró en el mundo, los seres humanos se han afanado por organizarse. (Génesis 11:1-9) Echen así una mirada a la historia de nuestra tierra y a la humanidad. Decidan ustedes cuánta felicidad han obtenido, disponiendo qué cosas y cómo. Yo creo que el lugar con el que nos atemorizan, llamado infierno, no será tan terrible como el mundo de los sistemas que hemos establecido.

A la luz de todos estos conocimientos, si todavía van a preferir ir por el camino equivocado confiando en la luz de una organización, antes que ir solos por el camino recto, por supuesto eso es algo que ustedes decidirán. No olvidemos también esta aleya:

Así dice el Señor: Maldito el varón que confía en el hombre, y hace de la carne su fortaleza, y cuyo corazón se aparta del Señor. Porque será como la retama en el desierto, y no verá cuando venga el bien, sino que morará en los sequedales del desierto, en tierra salada e inhabitable. Bendito el varón que confía en el Señor, y cuya confianza es el Señor. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no temerá cuando venga el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se afanará, ni dejará de dar fruto. Jeremías 17:5-8

Si vamos a pensar con lógica, si Dios fuera un Dios organizador, ¿acaso habría dejado sin castigo, ya al comienzo, que Satanás se rebelara contra Él? ¿No habría matado y destruido a Adán, o a su hijo Caín, que cometió el primer asesinato? Al contrario, cuando Caín dijo a Dios: «...sucederá que cualquiera que me halle, me matará» (Génesis 4:14-15), Dios dijo: «Por tanto, cualquiera que matare a Caín, siete veces será castigado», y puso una señal sobre él para que quien lo hallara no lo matara. Sin embargo, ¡una organización tendrá su plan, y al aplicar este plan le saldrá al paso un obstáculo! ¡Y esa organización tendrá poder ilimitado! ¿Qué hace? Lo arrolla y pasa por encima. Las organizaciones son como un virus mortal. No vean como éxito el que se hayan propagado rápidamente y hayan tomado al mundo bajo su influencia.

Por último, debo señalar también esto, para que lo que he escrito no se malentienda. A causa de las características defectuosas, pecadoras y propensas al mal que poseemos, se haga lo que se haga —aunque no crea que el ser organizados sea sí o sí necesario— aun así puede hacerse. Lo corto de la vida humana, en las cosas que se quieren obtener rápidamente y con impaciencia, hace que este parezca el camino más fácil. Es más, en este sistema mundial satánico, incluso puedo decir que estamos obligados a organizar algunas cosas. Porque no podemos oponernos a este sistema que ha tomado al mundo entero bajo su influencia. Pero lo digo una y otra vez: a pesar de todo esto, siendo organizado nadie puede establecer una buena relación entre él y Dios, ni puede hacer que nadie la establezca. Lo que Dios espera y a lo que más valor da de quienes vienen a Él es que nos acerquemos a Él libremente, con amor y alegría. Aparte de esto, los temores, las presiones, las amenazas, el anotar las horas, el hacer ostentación en las plazas, las adoraciones día y noche engañándonos a nosotros mismos con que garantizaremos el paraíso, el correr de puerta en puerta con la Sagrada Escritura, la Torá, el Corán en las manos diciendo: «Nadie se salvará excepto nosotros, por eso vengan a nosotros», y un montón más de actitudes y comportamientos groseros, originados de la vanidad, que no podría enumerar, son abominables a los ojos de nuestro creador. Aunque las organizaciones logren todo lo que es abominable a los ojos de Dios, no pueden lograr dar una verdadera alegría y libertad, ni acercar a los seres humanos a Dios por este medio. Jamás lo han logrado en ninguna época, y jamás lo lograrán en ninguna época.

Conforme a la promesa del Señor, correr con nuestra propia personalidad hacia el tiempo y el objetivo en que toda la tierra será convertida, lejos de Satanás y sin organización, con alegría, en un paraíso, y no ser perezosos espiritualmente: esta es la tarea que nos corresponde. Porque esta obra Dios la cumplirá no de forma organizadora, sin mantener a nadie bajo presión, de una manera en que sus criaturas serán felices, libres y gozosas. Anunciando esta buena nueva a todos, corramos hacia ese objetivo. Que todo esto lo lograremos sin duda, junto con Cristo Jesús, que es rey en los cielos, con las características semejantes a Dios que poseemos, sin necesidad de ninguna organización, gracias a las magníficas características de nuestra creación que aún no comprendemos, Dios lo promete a toda la humanidad. Que todos los que tienen el corazón en el Señor confíen solo en Él, con valor y una fe decidida.

¿A quiénes usa Dios?

Hay palabras, expresiones y dichos que usamos sin prestarles demasiada atención, sin darnos cuenta. Los pronunciamos tal como nos vienen a la boca, tal como los sentimos por dentro. No voy a escribir cuidando los puntos, las comas ni la gramática del idioma. Pero sí trataré de subrayar los efectos que las palabras despiertan en nuestra mente y cuánto poder de imposición tienen sobre nosotros los seres humanos. Si las palabras que salen de nuestra boca no tuvieran importancia, no se habrían hecho famosos refranes como «la lengua no tiene hueso, pero rompe huesos». Es más, en la Biblia el apóstol Santiago dice lo siguiente acerca de la importancia del uso de nuestra lengua:

Fíjense, aun los barcos, con ser tan grandes y ser impulsados por fuertes vientos, son dirigidos hacia donde quiere el timonel mediante un timón muy pequeño. Así también la lengua es un miembro muy pequeño del cuerpo, pero se jacta de grandes cosas. Fíjense, una chispa muy pequeña puede incendiar todo un bosque. La lengua también es un fuego, un mundo de maldad entre los miembros de nuestro cuerpo. Contamina todo nuestro ser. Inflamada por el infierno, enciende el curso de nuestra vida. (Nueva Traducción M.K. Santiago 3:4-6)

Con todo esto, resulta muy oportuno que nos detengamos en la importancia de las palabras, ya que nuestra lengua no es solamente un órgano de carne, sino que por medio de ella salen las palabras de nuestra boca.

El apóstol Pablo también, en su carta a los 1.º Corintios (14:10-11):

Quizás haya en el mundo muchas clases de sonidos, y ninguno carece de significado. Por tanto, si no conozco el significado del sonido, seré un bárbaro para el que habla, y el que habla será un bárbaro para mí, dice.

Precisamente después de esta explicación de Pablo, todos debemos admitir que las palabras que se usan llevan un significado, y que deben llevarlo. Nosotros también debemos saberlo. Pueden llevar un significado tan grande que, por la palabra que sale de nuestra boca, resultamos culpables o justos. ¿Podríamos decir que los que poseen la habilidad de usar estas palabras con la mayor agilidad son los políticos y los abogados? Aunque sin duda no exista tal regla, lo cierto es que al menos estas dos clases de personas deben ser muy meticulosas en el uso de las palabras. Y esta regla vale para todos. Hay personas con capacidad para hablar, y son influyentes. A veces estas personas, solo por su capacidad de hablar, pueden arrastrar tras de sí a millones de personas. Otras tienen talento para escribir. Pueden expresar muy bien en sus escritos lo que quieren transmitir, y penetran con facilidad en las mentes y los corazones del lector. ¿Acaso de ellos no se dice «es un buen escritor»? Todo esto, en cierto punto, proviene también del arte de usar las palabras.

También en el problema que les sobrevino al primer hombre, Adán, y a Eva, Satanás pudo influir en sus mentes y corazones gracias a las palabras que usó con mucho cuidado, con esmero, pero de forma insidiosa. Y esa influencia arrastraría tras de sí a toda la humanidad. En resumen: debemos admitir que las palabras a veces tienen una fuerza capaz incluso de destruir nuestra vida.

Las palabras «usar» y «ser usado» tampoco se ven muy bien en la relación con las personas, sea cual sea el tema. Aunque sea el dueño de un negocio, que decir acerca de las personas que emplea pagándoles un sueldo, e incluso un muy buen sueldo: «Yo uso a estos», resulta una expresión dicha de forma irrespetuosa. Existiendo tantas formas de expresarlo como «estos trabajan para mí», «están a cargo de mi negocio», o «son mis obreros, mis empleados», decir «yo uso a estos» no es agradable. Aquí la palabra «usar» adquiere un sentido negativo. De hecho, el uso jamás puede tener un buen significado ni un buen efecto sobre las criaturas dotadas de inteligencia.

Junto a todas las religiones, sectas y organizaciones que afirman ser usadas personalmente por Dios, esto es también algo que muchas personas creen dentro de sí acerca de sí mismas. Es decir, muchas personas creen que Dios las usa personalmente. En realidad, mientras que nadie ve con agrado ser usado por otro, ¿por qué esta palabra «usar», cuando proviene de Dios, se ve con buenos ojos? Sin embargo, cuando leemos las Sagradas Escrituras, no dice, ni siquiera insinúa, que Dios haya usado a nadie. Que comisionó a sus profetas, que les ordenó, que los hizo intermediarios, que los envió como mensajeros con un mensaje, sí; pero bajo la palabra «usó» no hemos encontrado tampoco una sola palabra ni en el Corán ni en el Libro Sagrado.

¿Por qué, cuando esta situación es hecha por un ser humano no se ve con agrado, pero nosotros decimos: «Pero es Dios quien lo hace»? Que Dios use a las personas es, en realidad, una enseñanza contraria a las características del Dios que se presenta en los Libros Sagrados. Dios creó a los seres humanos y a sus ángeles en los cielos dándoles libre albedrío. En todo asunto, sea cual sea, en todo aquello que sea conforme a su voluntad, Dios tiende su mano de ayuda a las personas, y lo ha hecho. Pero no usa su libre albedrío. Eso significaría oponerse a sus propios principios.

Semejante forma de expresarse es, en realidad, para decir: «Somos esclavos de Dios, Él hace con nosotros lo que quiere, y también nos usa». Y se dice: «Con esto nos rebajamos delante de Él», y así se les mete esto en la mente a las personas. ¿Acaso creemos que con esto estamos siendo humildes? No, todo lo contrario: con esto estamos rebajando a Dios. De todos modos, usar y ser usado rebajan a ambas partes. Si Dios usa, entonces se deduce como si Él tuviera necesidad de la persona a la que usa, y con esto también se empequeñece a Dios. Y la persona usada —a quien también creó Dios— resulta rebajada, reduciendo a la nada su libre albedrío, sus capacidades, su sentido común y demás. En cuanto a las maldades y las inmundicias que cometa, se le atribuyen a Dios. Dios ni le ha hecho tal cosa al ser humano que creó, ni quiere que se haga.

Cuando miramos a Adán y Eva, que todos conocemos, a la primera humanidad, vemos que es así. Solamente los sucesos que ocurrieron en el jardín del Edén, en el paraíso, entre Adán, Eva y Satanás, son las pruebas del mismísimo principio. Y Dios, en su juicio entre estas tres personas únicamente, da castigos justos. Cuando comió del fruto prohibido, ¿cómo se defiende Adán? Abramos el Libro Sagrado y sigamos cómo fue esto. Ante el hecho de que Dios dijera: «¿Comiste del árbol del que te dije que no comieras su fruto?», en Génesis 3:12b del Libro Sagrado Adán:

«La mujer que pusiste junto a mí me dio del fruto del árbol, y yo comí», responde.

En realidad, bajo esta respuesta yace la siguiente defensa de Adán: yo no tengo culpa, la mujer que tú me diste me hizo hacer esto. Y con esto sale un sentido, como si Dios le hubiera dado a Adán algo muy malo. Es decir, en realidad, ¡Dios también es culpable!

¿Qué dice la mujer, es decir, Eva? De nuevo, en Génesis 3:13:

Jehová Dios preguntó a la mujer: «¿Qué es esto que has hecho?». La mujer respondió: «La serpiente me engañó, por eso comí».

¡Asombroso, en estas dos personas tampoco hay ningún culpable! Todos son culpables, pero estas dos no. Sus defensas lo demuestran. Aunque han pasado más de seis mil años, ¿ha cambiado la humanidad? Lamentablemente, si ha cambiado, ha cambiado hacia un camino aún peor. ¿Los salvaron estas defensas? No. Además, si Dios los estuviera usando, ¿acaso habría lugar para que le desobedecieran?

Sin abordar toda la historia del Libro Sagrado, vengamos a nuestros días. También en nuestra época la humanidad, las religiones, las organizaciones, las sectas afirman: «Dios nos usa», «Somos el único canal de Dios sobre la tierra», «Si no estáis con nosotros no podéis salvaros», «Solo los que están dentro de nosotros pueden tener esta esperanza de salvación». Incluso muchos que pasan por eruditos religiosos sostienen la creencia de que tanto el bueno como el malo son usados por Dios. De hecho, así es también el significado que se desprende de esta palabra «usar». Como si Dios hubiera tomado las cuerdas en su mano y nos hiciera bailar a nosotros, la humanidad, que somos las marionetas.

Si alguien llamado religioso comete un delito, esto pasa a ser «Satanás me lo hizo hacer». Si hizo obras dignas de alabanza y de las que jactarse, esta vez pasa a ser «¡Yo lo hice! Dios me usó». Si os fijáis, la persona no se echa encima ninguna culpa, pero sí se lleva la gloria. ¿No se parece esta situación a la historia de Adán y Eva?

Pongamos un ejemplo. Que sean de nuevo los testigos de Jehová. Que no se enfaden por los ejemplos que doy acerca de ellos. En realidad, esta situación se debe tanto a las cosas que ellos afirman, como al hecho de que los conozco bien. Ellos, diciendo: «Dios nos usa y somos el único canal que Dios usa sobre la tierra», lo proclaman de puerta en puerta en todo el mundo desde hace más de cien años.

Los testigos en su día esperaron el fin para el año 1914. El fin no llegó. Después esa fecha se lanzó a 1918. Tampoco llegó. También esperaron en las fechas de 1925, 1935, 1975. En realidad, estas fechas y los errores que cometieron no tienen ninguna importancia para nosotros. Pero ellos, al expulsar de entre sí a quienes no creían en estas fechas, ponen de manifiesto la existencia de otra cosa que consideran muy importante; es decir, que poseen autoridad sobre las personas. Y al que no agacha la cabeza lo expulsan. ¡Y encima diciéndole que nunca más podrás salvarte! Lo leímos en las actas judiciales. Muchos de los testigos que perdieron la confianza a causa de estas fechas abandonaron su organización. Y bien, ¿qué hizo esta organización? ¿Dijeron acaso: nos equivocamos, pedimos disculpas, estábamos errados? No. Ellos, todo lo contrario, se defendieron de la siguiente manera:

«Algunos se metieron en grandes expectativas respecto a las fechas. Y como no salió lo que esperaban, abandonaron la única organización de Dios sobre la tierra. Dios, por este medio, permitió que fueran probados. Y a los que cayeron en esta prueba los pasó por el tamiz, y así purificó a su pueblo».

De nuevo, si os habéis fijado, en estas explicaciones suyas ellos mismos no tienen ninguna culpa. Y las fechas erróneas que proclamaron tratan de presentarlas como si «Dios quiso» que fuera así, para probarlos. Y a los que se fueron por no poder permanecer fieles los señalan como los que no pasaron por el tamiz. ¡Y ellos mismos, limpísimos!

¿Comprendéis ahora, aunque sea un poco, por qué las organizaciones religiosas dicen «Dios nos usa»? Con esto, en realidad, son ellos quienes usan a las personas. Y sus defensas son siempre como las de nuestros antepasados Adán y Eva. Esta vez diciendo: «Dios probó a su pueblo». Venid, leamos el Libro Sagrado para ver si acaso este asunto de la prueba es así.

Que la persona tentada (probada) no diga: «Dios me tienta (prueba)». Porque así como Dios no puede ser tentado (probado) con males, tampoco tienta (prueba) él a nadie. Biblia - Santiago 1:13

Y ellos, en sus explicaciones, ¿no quisieron decir «Con una mentira Dios probó a su pueblo»? Igual que Adán al decir: «La mujer que pusiste junto a mí me dijo que comiera, y yo comí». ¡Toda la culpa y la responsabilidad son de Dios!

Esta situación es igual a la de los niños que van a la escuela: cuando sacan una mala nota dicen «me la puso el maestro», y cuando sacan una buena nota dicen «yo la saqué». O bien dicen que Dios nos usa y se llevan la gloria, o bien dicen «Dios probó y pasó por el tamiz» y no quieren aceptar la culpa de ninguna manera. En nuestra opinión, ¡los testigos en este asunto no son menos maleducados que las demás religiones! Porque de la misma manera están manchando el nombre de Dios.

Además de lo que hemos contado, ¡también hay quienes se dejan usar voluntariamente! Ellos dicen: «Pensad vosotros en nuestro lugar, tomad las decisiones, creed también vosotros por nosotros. Creemos que nos salvaremos por medio de vosotros». Esto también es una esclavitud voluntaria hacia las personas en nombre de Dios. El objetivo es huir de la responsabilidad, nada más. No en vano ellos también dicen: «Si nosotros no estamos, de todos modos no podréis salvaros». Estas religiones son, como dijo Charles Taze Russell, el fundador de los testigos de Jehová, «como un conjunto de empresas que venden billetes para ir al cielo». Y las personas parecen muy contentas con el billete que han comprado. En nuestra opinión, más bien es que ellas no quieren ver otra salida. Es siempre ese sentimiento perezoso de aprovecharse de lo ya hecho. ¡La idea de: hazlo tú todo en mi lugar, compra también el billete, y que yo entre al cielo! Pero ¿qué dice Dios para dejar al descubierto la falsedad de las promesas de estos estafadores que prometen la salvación? Por medio del profeta Ezequiel:

Jehová me habló así: «Hijo de hombre, si un país me es infiel y comete pecado, y yo extiendo mi mano contra ese país y lo privo de toda clase de alimento, y envío hambre sobre él, y destruyo a los hombres y a los animales; aunque estos tres hombres, Noé, Daniel y Job, estuvieran allí, con su justicia solo podrían salvar su propia alma». Así dice el Señor Soberano Jehová.

«…O si envío peste sobre aquel país y, para exterminar de él a los hombres y a los animales, derramo sobre él mi furor con sangre; aunque Noé, Daniel y Job estuvieran dentro de él, vivo yo, dice el Señor Jehová, no salvarían ni a hijo ni a hija; solo salvarían su propia alma por su justicia.» Ezequiel 14:12-14 y 19-20

Asombroso: todos estos preciados profetas no pueden salvar ni una sola alma fuera de la suya propia. Y sin embargo, estas religiones modernas y también antiguas de nuestra época se atreven a decir: «No temas en absoluto, únete a nosotros, solo por medio de nosotros puedes entrar al cielo». Y Jesucristo:

«Dejadlos; son ciegos guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en un hoyo» (Mateo 15:14). ¿No son estas palabras dichas exactamente a propósito para ellos?

Y bien, estos que dicen «usadnos», ¿cómo se defenderán a sí mismos?

Por más que Adán y Eva trataron de echarle la culpa a otro, esto no los salvó. Lo curioso del asunto es que, si hay un delito de por medio, no se sabe por qué siempre pasa a ser «yo no, él me lo hizo hacer», pero cuando hay una buena obra, entonces se jactan diciendo «yo lo hice». Si cuando hay un delito no quiere tener parte en el castigo, entonces cuando hay algo bueno, ¿no debería tampoco tener parte? ¿Acaso no es esto lógico y justo? Quien incita, quien empuja al delito quizás, sin duda, exista, pero esa persona aun así no puede decir «soy totalmente inocente».

Otra pregunta es: «¿Acaso Dios no usó al pueblo de Israel para ser ejemplo a todo el mundo y para llevar a cabo su propósito?». En medio de la ruina moral de la tierra prometida, ¿no usó de nuevo a Israel para que destruyera a aquellas naciones idólatras? Sobre este tema, veamos qué dice Dios. Y prestemos especial atención a las palabras que Dios usa con meticulosidad. En el libro del Deuteronomio, o de la Repetición de la Ley, del Libro Sagrado, se escribe lo siguiente:

No porque fueseis más numerosos que todos los pueblos os amó Jehová y os escogió, pues erais el más pequeño de todos los pueblos; sino porque Jehová os amó y quiso guardar el juramento que hizo a vuestros padres, os sacó Jehová con mano poderosa y os libró de la casa de servidumbre, de la mano del Faraón, rey de Egipto. Deuteronomio 7:7-8

Aquí Dios, respecto a Israel, no dice «usó», dice «escogió». ¿Es esto una diferencia? ¡Por supuesto! Cuando se es escogido para una tarea —ya sea una persona, una sociedad, una nación, un partido—, esto es un honor, una distinción que se le ha concedido. Y al mismo tiempo es una responsabilidad. Si esa responsabilidad no se cumple, si no se actúa como es digno de ella, esto es culpa del que fue escogido. El escogido no ha actuado de manera digna hacia quien lo escogió. Significa que ha abusado de su confianza y de su buena voluntad. Pero cuando entra en juego la palabra «ser usado», surge una situación y un pensamiento distintos. El usado, mientras cumple esa tarea, esa responsabilidad, se libra de rendir cuentas por todos los errores que llegue a cometer. Quiere subrayar que es un siervo bajo órdenes. Por ejemplo, dice: «A mí me usó Dios». ¡Habrá quién pueda pedirle cuentas a Dios! ¿Os habéis dado cuenta de cuán astuta es la táctica? Como he dicho, ¡este tipo de personas siempre están dispuestas a recibir la gloria que se les vaya a dar! ¡Pero son inocentes en todas las inmundicias que cometen! No tienen culpa, porque han sido usados. Cuando quieren, ¡qué insidiosamente pueden usar las personas las palabras! ¿Hace falta que digamos que Satanás es maestro en dominar nuestra mente? Y esto, por lo general, ocurre por medio de palabras hábilmente escogidas.

Pensad en un trabajo que hayáis hecho. Y que ese trabajo sea muy pero que muy valioso. Sea para quien sea y por lo que sea que lo hayáis hecho. ¿Con qué ojos veríais que la persona que os encomendó ese trabajo exitoso dijera, aun con muy buena intención: «A él lo usé yo»? No podemos decir que nadie lo vería con buenos ojos. ¿Por qué? Porque ese trabajo que vosotros hicisteis, aunque quizás fuera a cambio de un sueldo, de dinero, e incluso aunque lo hayáis realizado usando como medio los recursos de esa persona, que diga acerca de vosotros «a él lo usé yo» os reduce a cero. Todas vuestras capacidades, vuestras prioridades, vuestro conocimiento, vuestra formación, vuestro amor, vuestros pensamientos, vuestras preocupaciones, vuestros esfuerzos, vuestra buena voluntad, vuestra voluntad, todo, pero todo lo que empleasteis para ese trabajo, todo esto significa cero.

El ser humano usa una herramienta. Martillo, pico, lápiz, pala, ordenador, coche, avión, barco, etc. Ninguno de estos tiene las cualidades ni las características propias del ser humano que enumeramos arriba. El ser humano usa estas herramientas, y quien es alabado y digno de ser alabado es el ser humano. Aunque hayamos realizado nuestro trabajo con la herramienta más valiosa, aun así, quien hizo esa herramienta es un ser humano, y por medio de ella es él quien es alabado. Es decir, lo que se alaba es el conocimiento, el talento, la capacidad, la voluntad que posee, el pensamiento y el esfuerzo de ese ser humano. A la lámpara, porque alumbra en la oscuridad, y sobre todo si se enciende justo a tiempo, alabamos su luz. Pero el objetivo es alabar al ser humano que está detrás de esa luz, el que la inventó. De lo contrario, la lámpara, el coche, el martillo son cosas inertes. No tienen voluntad, ni capacidad de pensar y de razonar, ni amores, ni odios, ni esfuerzos, ni sentimientos. En resumen, en aquello que hace el ser humano, sea lo que sea lo hecho, esto es fruto de su falta de juicio o de su juicio. O bien es fruto de su error, de su mala intención, o de su atención, de su buena intención. Lo que quiero decir es que, sea lo que sea lo que la persona haga, aunque se interpongan muchas influencias y factores, esto le pertenece a esa persona misma.

Alguien talentoso puede mostrar su talento en un trabajo en el que entra. Es más, digamos incluso que ese lugar de trabajo ha sido la oportunidad para que salieran a la luz sus talentos. Pero que la persona que le dio esa oportunidad de trabajo diga aun así «yo lo usé», y pretenda llevarse toda la gloria sobre sí misma por los talentos y la capacidad de aquella persona, revuelve el estómago. Puede ser que, si no hubieran existido esas oportunidades, quizá esa persona ni siquiera se habría dado cuenta de los talentos que poseía. Sea como sea, ese talento aun así le pertenece a esa persona. Para ambas partes, que las personas pretendan usarse unas a otras, aparte de los útiles y las herramientas, es una enorme falta de educación y una vergüenza. Para las personas, lo que puede usarse son únicamente útiles y herramientas, pero jamás debe ser un ser humano.

Yo escribo este asunto pensando en temas que supuestamente se hacen siempre con buena intención. De lo contrario, el significado de la expresión «abusó» ya lo conocemos y lo entendemos todos. Por eso, si este «ser usado» significa reducir a cero la inteligencia, la personalidad, el talento, el libre albedrío y los sentimientos de la persona, ¿por qué las personas, y sobre todo las instituciones y organizaciones religiosas, dicen «Dios nos usa»? ¡Y encima con jactancia! Nosotros, aun siendo personas corrientes, ¿acaso no vemos como un motivo de jactancia el ser usados por Dios? ¿Nunca hemos estado en ese anhelo? Es más, muchos que pasan por eruditos religiosos quieren subrayar que tanto el bueno como el malo, tanto el justo como el estafador son usados por Dios. Según ellos, todo esto lo hace Dios y lo manda hacer. Porque el significado de la palabra es tal que consiste en presentar, como hemos dicho, el libre albedrío de la persona y todas las cosas que el ser humano posee como si no existieran, o como si él no pudiera usarlas por sí mismo. El ser humano cae en la condición de un martillo, una tabla, un clavo. Al fin y al cabo, solo estos se usan, y nuestro límite del uso debe quedarse en estos.

Y bien, ¿acaso el ser humano nunca es usado? ¿Qué quiere decir eso? Por supuesto que es usado, y la humanidad, lamentablemente, se empeña en hacerlo con gran placer y todos los días. Ya sea con dulzura o con amargura, con hermosura o con fealdad, con dinero o gratis, con amor o con odio; o con lo que sea, las personas han hecho y hacen enormes esfuerzos por usarse unas a otras. Esto es, en realidad, una señal de falta de amor, es egoísmo, es engreimiento. Junto a esto, también hay personas que disfrutan «dejándose usar». En realidad, ambas cosas son una situación que Dios no ve con agrado. Por eso abordo este tema sobre todo desde el punto de vista de cuando se hace en nombre de Dios.

«Dios me usa a mí, y yo te uso a ti». Con estos malabarismos de palabras, los religiosos han destruido a muchas personas, se las han robado a Dios y las han alejado. Esta labor de explotar y subirse sobre las espaldas de la gente los religiosos la hacen bajo una humilde tarjeta de presentación como «la clase del esclavo fiel y prudente, vuestros hermanos servidores». Sin embargo, mientras un general, un comandante, un ministro, o cualquiera que tenga alguna responsabilidad y que no tenga que ver con la religión y demás, hace su trabajo amparándose en su propio rango, los religiosos usan a Dios como un rango. Aunque salga de su propia boca, como palabra final dicen: «Esta es la palabra de Dios». En Mateo 7:15 Jesucristo:

«Guardaos de los falsos profetas; vienen a vosotros con vestidura de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces» no lo dijo en vano.

Sin embargo, lo que Dios siempre espera de las personas es que, usando el libre albedrío que nos dio, le amemos a Él con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y nuestra fuerza; y que amemos también a las personas como a nosotros mismos. Marcos 12:29. Esto debemos hacerlo nosotros mismos. De lo contrario, nadie puede hacerlo en nombre de otro. Aquellos que dicen: «Nosotros también animamos a nuestros hermanos a que hagan lo mismo», los están animando a que sean esclavos de ellos, no de Dios. ¿Acaso otro puede pensar por nosotros, otro puede hablar por nosotros, otro puede creer por nosotros? Entonces, ¿qué significado le queda al libre albedrío? ¿Con esto vamos a comparecer ante Dios? ¿Con qué cara?

Como he dicho, no hay ni un solo versículo acerca de que Dios haya usado a nadie. Pero Dios sí nos ordena que usemos todos los valores que nos dio. ¿Dice: haced mi voluntad usando vuestra voluntad, vuestro corazón, vuestra mente, vuestra fuerza, vuestros talentos, vuestras palabras, etc.? Por muy bajos o superiores que seáis en clase, en conocimiento, en talentos y en raza de las que se cuentan en este mundo, en el Deuteronomio; en el lugar que en la nueva traducción del Libro Sagrado figura como la Repetición de la Ley, en el capítulo 30, versículos 11-14, Dios dice personalmente lo siguiente:

Porque este mandamiento que hoy te ordeno no es demasiado difícil para ti, ni está lejos de ti. No está en los cielos, para que digas: ¿Quién subirá por nosotros a los cielos, y nos lo traerá y nos lo hará oír, para que lo cumplamos? Ni está al otro lado del mar, para que digas: ¿Quién pasará por nosotros al otro lado del mar, y nos lo traerá y nos lo hará oír, para que lo cumplamos? Pues la palabra está muy cerca de ti, para que la cumplas; está en tu boca y en tu corazón.

Si os habéis dado cuenta, Dios quiere que usemos las cosas que poseemos. No dice: no os preocupéis por nada, yo os usaré. Ni tampoco dice: usaos los unos a los otros. No, y otra vez no.

Con estas páginas he querido subrayar que, con atribuciones siempre maleducadas y vanas del tipo «Dios me usa a mí, o nos usa», no ganaremos otra cosa que la ira de Dios.

Por último, a los que van tras estas organizaciones, religiones, sectas y otras semejantes creyendo que se salvarán, el Corán hace una profecía muy hermosa:

Después de que el asunto está consumado, Satanás dice: «Dios os prometió la verdad. Yo también os prometí, pero no cumplí mi palabra. En realidad, yo no tenía ningún poder sobre vosotros; solamente os llamé, y vosotros seguisteis mi llamado. No me reprochéis a mí. Reprochaos a vosotros mismos. Ni yo puedo ayudaros a vosotros, ni vosotros podéis ayudarme a mí. Reniego de que antes me asociarais a Dios. Ciertamente, para los descarriados hay un castigo doloroso». Sura de Abraham (14), versículo 22. (Traducción de Osman Nebioğlu)

¿Miente aquí Satanás? Y además, según estas palabras, ¿quiénes son también culpables?

Pertenecer a algún lugar.

Han pasado casi veinte años. En todo este tiempo, desde el día en que conocí a los Testigos hasta hoy, sentí que estaba obligado a aprender muchísimas cosas. En realidad, ya al comienzo de la Sagrada Escritura había creído en la existencia de Dios. Y por encima de todo había amado a ese Dios. Empezando por Adán y Eva, el diluvio de Noé, Abraham, la destrucción de las ciudades de Sodoma y Gomorra, la venta de José como esclavo a Egipto: todo esto se trata ya en el primer libro de la Sagrada Escritura, compuesta por 66 librillos. Con estos temas que se desarrollan en el libro llamado «Génesis», o con su nombre moderno en turco «Yaratılış» (Creación), no me resultó nada difícil creer en Dios y amarlo. Con los ojos que tenía entonces, esa también era para mí una fe suficiente. Pero, por alguna razón, en los seres humanos existe la necesidad de pertenecer forzosamente a algún lugar. Y ese lugar al que forzosamente se ha de pertenecer no es tener una buena relación con el mismísimo Dios, sino que, lamentablemente, se intenta satisfacer esa necesidad esclavizándose bajo el nombre y la etiqueta de instituciones humanas, organizaciones y todo cuanto haya que esté lejos de Dios. Y esto es justamente lo contrario del mensaje transmitido en aquellos libros sagrados. Cuando las personas caminan por ese camino al que pertenecen, después de cierto tiempo se dan cuenta sin falta de algo. Y es que en aquellas instituciones a las que pertenecen existen muchas cosas y muchas imposiciones que no le agradan a Dios. Y esas instituciones, conscientes de ello, ya han hecho de antemano sus preparativos. Enseñan continuamente: «Nosotros también somos imperfectos y erramos, por eso seamos indulgentes». Es una forma de proceder acorde con el refrán que dice: «Quien roba el minarete, prepara su funda». De hecho, esas instituciones, religiones y organizaciones saben perfectamente que sus miembros no están ciegos.

La persona que entra en una religión o en una secta, al principio ni siquiera encuentra la oportunidad de mirarse a sí misma, de ocuparse de sus propias carencias; ¿cómo entonces, con ese conocimiento y experiencia insuficientes, iba a poder emitir un juicio correcto sobre esa religión u organización que se le ha presentado? Por lo general, esos sentimientos de los primeros tiempos son bastante sinceros, pero igual de torpes. Con esto me refiero, por supuesto, a las personas que son verdaderamente sinceras. Otra verdad es que, sea cual sea la religión o la organización, quien pone allí el pie tiene, escondidos en su mente y en su corazón, en realidad muchísimas otras expectativas, metas y sueños ajenos a Dios o al propósito de esa organización. Esto puede ir desde casarse con una chica de allí, hasta que la religión pueda ser un pretexto para que un refugiado permanezca en aquel país; entonces esa persona no duda ni un instante en hacerse miembro de esa religión. Algunos también, para adquirir un cargo en esa religión, subir hasta lo más alto, hacer que todos los escuchen y satisfacer un montón de sentimientos derivados del complejo de inferioridad, pueden llegar incluso a hacer carrera en esa religión. Otros eligen este camino para librarse de la soledad, del sentirse extraños, del desamparo. Aunque podrían enumerarse muchísimas más razones, aquí solo quiero tratar a quienes sinceramente desean acercarse a Dios.

Las personas que vienen con sinceridad y de todo corazón, solo porque aman a Dios, son, lamentablemente, muchísimo, terriblemente escasas. Que diga que esta proporción podría estar en torno al 1 o al 1,5 por ciento, ojalá no sea una pedantería. Porque, al fin y al cabo, solo Dios sabe quién es qué. Lo digo basándome en la experiencia que he adquirido observando a las personas y en mi propio punto de vista. No quiero decir: «Esta proporción es una ley inmutable». También creo que a veces esta proporción no es ni siquiera de 1 entre mil. Si mis proporciones son erróneas, entonces, ¿acaso el sabio Salomón cometió también los mismos errores? Aborda este tema en Eclesiastés 7:28, con el espíritu que recibió de Dios. De nuevo, por favor, ábranlo y léanlo en su lugar.

Sí, hablemos de estas personas sinceras. Que nuestro tema sea que, mientras buscan a Dios, tienen forzosamente el sentimiento de pertenecer a algún lugar. Porque quien es torcido, si quiere, allí donde esté vuelve a hacer sus torcimientos. Esos no son más que tipos parásitos que causan daño. Siempre dicen «dame, dame» y no dicen otra cosa. Sus propias penas y problemas están siempre en primer plano. Durante horas, días, años, incluso durante toda una vida, no haces más que escuchar sus penas, y ellos también te obligan a escucharlos. Hagas lo que hagas, esas personas no solo no se sienten satisfechas, sino que jamás conocen siquiera el significado de apreciar algo. Solo sus intereses y sus provechos están en primer plano. Están siempre llenas de mentira, engaño y fraude. A veces ni siquiera oyen lo que dices. Salvo, claro, si tiene que ver con su propio provecho: eso es una excepción. Como he dicho, en lugar de tratar sobre la desaparición o existencia, la salvación o la ruina de personas de este tipo, yo quiero escribir sobre las personas que tienen valor. A ellas hay que ayudarlas. Solo ellas pueden apreciar y comprender el valor de estas cosas.

Esta enfermedad de pertenecer forzosamente a algún lugar les da seguridad a las personas. Al mismo tiempo, también las satisface. El sentimiento de satisfacción lo entiendo, pero el de seguridad es un poco dudoso. Detengámonos primero en ese sentimiento de satisfacción. La persona ve una confirmación de las cosas que aprende y en las que cree, y por eso entra en un grupo. Esos temas no los encuentra por casualidad en la vida cotidiana, en la calle. Encontrarlos en ese lugar al que pertenece o pertenecerá se convierte en la prueba de que esa persona no está loca, de que no está sola con lo que cree, de que no ha perdido la cabeza. Porque, a causa de lo que investiga, lee y cree acerca de Dios, es su entorno más cercano el que le muestra estas reacciones. Sus seres más queridos empiezan a decir: «Ay, ay, nuestro hijo o nuestra hija se está volviendo loco». Estos son los atributos de quien busca a Dios con sinceridad. Estos atributos se le atribuyen a quien se sale de la costumbre, del orden, de la sociedad. Si esa persona vive en una sociedad musulmana y adquiere conocimiento sobre Dios, va a la mezquita y allí también progresa, por lo general no muestran demasiada reacción. Sin embargo, los que están dentro de la familia, por supuesto, prefieren mucho más que esa persona trabaje en una profesión reconocida, gane dinero y se haga rica. O, si vive en una sociedad cristiana, que esa persona asuma un cargo en una iglesia y tenga el deseo de vivir siempre allí también se ve como algo normal, igual que en las sociedades musulmanas. De nuevo, estas reacciones pueden variar según las posibilidades de las personas y el entorno en que se encuentran. Por ejemplo, si alguien que estudia en la facultad de medicina dice «voy a hacerme hafiz (memorizador del Corán)» y deja la facultad, hasta puede ser expulsado de casa. Entre los cristianos la situación no es diferente. Si los hijos que van a la universidad en una rama relacionada con la medicina o la ingeniería dejan esos estudios diciendo «voy a hacerme sacerdote», esto se recibe con gran reacción en esa familia. Es decir, ante el mismo hecho ellos también muestran la misma reacción. Todos estos lugares de pertenencia de los que hablo eran las religiones ligadas a las creencias arraigadas que aquellas sociedades reciben automáticamente de nacimiento. Y si además ese lugar de pertenencia está bajo un nombre completamente distinto, entonces sí que se desata el apocalipsis. Por ejemplo, esto pueden ser los Testigos de Jehová. Hay muchísimas otras sectas, pero desde el principio yo pongo una de ejemplo. Ustedes, en su imaginación, cambien esos nombres y etiquetas por sí mismos. No teman, encajará exactamente con el tema que voy a explicar.

A partir de entonces empieza un bombardeo sobre esta religión, ya sea desde la familia o desde el entorno. Y esa persona, ante estas oposiciones tan fanáticas, carentes de fundamento y las más de las veces ignorantes, se ve forzosamente obligada a ponerse a la defensiva. La situación avanza con tal rapidez que el asunto puede convertirse de repente en aquella historia del sol y el viento que conté en los libros de la escuela primaria. Cuanto más soplan ellos como el viento, más se aferra la persona a esas cosas. El viento se hace tormenta, y ella emplea otro tanto de fuerza contra esta situación. Si la tormenta arrecia y adopta una forma aún más terrible, entonces, como en la historia, la persona se busca un refugio, una cueva, un hueco. Y adivinar quiénes serán ese refugio no es nada difícil. Por supuesto, los Testigos le tienden la mano a esa persona. La persona, de todos modos, está desconcertada. Ha sufrido una gran decepción con las personas con las que convivió durante años. Incluso, para salvar su vida, o ha huido o ha sido expulsada. Nadie la ha comprendido. Y esa persona todavía no tiene la capacidad ni de sopesar ni de medir los acontecimientos. Ya lo dijimos: es novata. Y las organizaciones aman muchísimo, muchísimo, a esos novatos. De ellos salen los mejores burros. Le pongas a la espalda lo que le pongas, no dice «no», lo carga. ¿Cómo va a decir «no»? No hay casa, no hay familia, ¿dónde están los seres queridos y amigos? No hay ninguno, solo están los Testigos. Los que empujan y arrastran a esa persona hacia la condición de burro han sido, en realidad, ambos grupos. Tanto su familia y allegados como los Testigos y la organización; o cualquiera que sea la etiqueta que tengan.

Este enfoque de «pertenecer forzosamente a algún lugar» ocurre, por lo general, de una manera más o menos parecida a esta. Los que, según dicen, aman a esa persona, han hecho todo lo posible por salvarla. Sin embargo, gracias a su actitud insensata, esa persona se hizo Testigo y dejó que le pusieran la silla de montar en la espalda como a un burro. Si volvemos al principio del asunto, tal vez esa persona nunca hubiera entrado en su seno ni se hubiera convertido en uno de ellos. Simplemente, o por charlar o por tantear el terreno, el hecho de que los temas que mencionaba de vez en cuando provocaran una gran reacción la dejó atónita. Y los temas que mencionaba no eran distintos de una conversación sobre una película a la vuelta del cine, o sobre las tonterías que hacían sus amigos en un encuentro de amigos. Es más, por el tabaco que fumaba a escondidas y que salió a la luz, el alcohol y otras cosas pequeñas ilegales e inmorales, no había recibido tanta reacción por parte de la familia. Pero en cuanto esa persona inclinó su corazón hacia Dios y empezó a hablar de estas cosas, jamás, pero jamás, contó con encontrarse con una reacción tan terrible. La persona ha entrado en una situación que, para ella, carece de sentido. Estas cosas que le hacen son una injusticia. ¿Por qué recibe ahora, por acercarse a Dios, esta reacción que no recibió por todas las cosas malas que hizo en el pasado? Mientras que por aquellas cosas malas que hizo sentía en la conciencia dolor o culpa, justo ahora que va por un camino correcto, ¿por qué se le oponen estas personas? ¿Acaso todo esto no lo quiere también el Dios en el que ellos dicen creer? En realidad, su familia y allegados, que se esfuerzan por salvarla, al contrario, la están destruyendo. Ellos mismos, o bien tienen muy poco conocimiento sobre estos temas, o bien están sumidos en una completa ignorancia e incultura. Hay un dicho que dice: «El medio médico priva al hombre de la vida, y el medio maestro lo priva de la fe»; su ayuda ha sido como la de esos «medios» hombres. Con reacciones como estas, en realidad, se ha empujado a la fuerza a la persona hacia aquel hueco, hacia aquella cueva.

De los Testigos que conozco, exceptuando a los que son Testigos de nacimiento y a los que tienen un pariente cercano Testigo, todos los demás, el 95 por ciento, se hicieron Testigos pasando por esta clase de experiencias o similares. El número de los que caminaron hacia allí libremente, sin sufrir influencia alguna, con sus propios pasos, solo porque amaban a Dios, no llega, como dije, ni siquiera al 1 por ciento. Y a alguien así, un día los Testigos lo echan sin falta, pero sin falta, de entre ellos, o él se va por sí mismo. Si es que, claro, la persona se ha fijado desde el principio a Dios como su única meta y en el ínterin no se ha desviado. Como por lo general estos son héroes anónimos, nadie sabe sus nombres ni lo que fueron. Y a nadie le interesa saberlo. Estos asuntos se mantienen en un secreto terrible. Como todo trabajo sucio, este también se hace bajo secreto. Este asunto de la expulsión o la separación a veces dura 20, a veces 40 años, e incluso más. Una de las características más importantes que hace que la persona sea expulsada y alejada de esa organización es la propia capacidad del ser humano de tomar decisiones. En el próximo escrito hablaré de este tema.

Todo esto era así para quienes reciben reacción dentro de la familia. Pero también están los que no reciben reacción. La familia entera, por las razones que sea, se ha separado de la sociedad en la que se encuentra. Cuando en una familia así entra un pensamiento como este, nadie muestra reacción, sino que primero escucha. Esa familia, por las razones que sea, ya tiene la herida abierta a causa de la presión de la sociedad. Y si encima lo que se le ofrece es una creencia que esa sociedad no acepta, se aferran a ella enseguida y con gusto. Entre los temas que se mencionan están la justicia de Dios, que un día vendrá y tomará venganza, el paraíso y una tierra nueva. Y esta familia, por un lado ha sido tratada injustamente, es decir, tiene necesidad de justicia; por otro lado no tuvo fuerza para hacer nada, así que está a favor de que se tome venganza; y como tampoco tiene gran cosa, el paraíso es para ella el lugar más apropiado. Y estas cosas no las prometen solo los Testigos, sino todas las religiones. Si se han fijado, en todo esto no hay ni pizca de amor a Dios. Solo ven a Dios como un gigante que ayudará a sus propios fines, nada más. De todos modos, ni a los Testigos ni a ninguna otra religión les interesa tanto saber cuánto ama o deja de amar cada uno a Dios. Mientras por en medio pasan palabras tan pomposas sobre el amor a Dios, todos asienten con la cabeza y dicen «ajá», es decir, «sí», nada más. En realidad, es un sentimiento cuyo significado nunca han conocido ni sentido.

Incluso dentro de familias así, no todos dicen enseguida que sí a esta situación. Entonces la presión viene desde la dirección justamente opuesta, es decir, desde esa religión o desde los Testigos. Ahora todo se reúne en esa casa, allí se investiga, se hacen las conversaciones y las reuniones. Aquella persona que no acepta esta situación en la familia, aunque quizá no se oponga, tampoco lo asimila por dentro, pero siente inquietud. Tal vez ni ella misma sepa el porqué. A veces es la más sincera y abierta de todos ellos. Además, esa persona no quiere «romper el ayuno por enfadarse con el infiel». Si la sociedad en la que se encuentra le hizo una injusticia a ella o a su familia, ¿qué tiene esto que ver con todo, digamos que sí, pero con Dios? Amar a Dios y servirle es una cosa; protestar contra la sociedad, tomar venganza y aislarse de ellos es otra cosa. No sé si esa persona piensa exactamente esto palabra por palabra, pero el caso es que su estómago no lo digiere de ningún modo. Puede haber, y por supuesto haya, otras razones. Pero a esta persona no se la deja libre. En la casa donde vive, día y noche, solo se hablan estos temas. Siempre vienen personas así a casa, se leen libros de este tipo. Ahora, antes o después de cada comida, se reza sin falta. Con reuniones, congresos y actividades de predicación, comienza en esa casa una vida intensa. Aquella persona que no les dice enseguida que sí, aunque se esfuerce por no dejarse ver ante los que vienen, de vez en cuando se deja ver sin remedio. Le preguntan cómo está y la acorralan. Ahora bien, esto depende también del rango y las posibilidades de esa persona en la familia. Aunque sea el padre de la casa, si no tiene trabajo ni oficio y encima tiene que depender de lo que le den los hijos de esa casa, ese hombre pasa a ser el último pestillo de la última puerta de la casa. Aunque los de esa familia piensen en el «honra a tu padre y a tu madre» que Dios ordenó por medio de Moisés para cada padre y cada madre, ¡para ese padre no lo piensan! Y su esposa, lo que cualquier mujer sienta hacia el mismo hombre con el que ha estado durante años, por lo general esa mujer también siente esos sentimientos hacia su marido. Es decir, al hombre no le queda ninguna rama a la que agarrarse. Si el hombre arma alboroto y comprende, o intuye por medio de sus experiencias, la hipocresía de estos, esa familia, sin falta con el apoyo también de los Testigos, mete a este hombre por completo en la lista negra. Sin falta, pero sin falta, un día ese hombre estallará ante esta situación. Tampoco tiene otro remedio. O dirá «amén» a lo que ellos dicen, o dirá «no». Si dice «no», eso significa para esa persona salir volando de aquella casa en la que vivió durante años. Sea quien sea, sea lo que sea de esa casa. Ya sea el padre, la madre o el hijo, el destino es el mismo. Es más, he conocido algunas familias que se aferraron a esta religión solo para hacer volar de la casa a aquel miembro de la familia. Solo hay una situación que es una excepción. Y es que, quienquiera que sea esa persona que dice «no», todo el ingreso material y el sustento se producen por su medio y con ella. Aunque en esa casa haya hasta 20 personas, la dependencia que tienen de esta única persona hace que estén obligados a tenerla en cuenta. Y muestran respeto y consideración no porque Dios lo haya ordenado, sino a causa de sus intereses. De lo contrario, Dios es siempre el mismo Dios y sus mandamientos tampoco cambian. El que es variable y voluble es el ser humano. Y como los Testigos captan enseguida este ambiente, tampoco quitan ya de encima de la mesa aquel mandamiento de Dios dado por medio de Moisés: ¡«pase lo que pase, sé respetuoso con tu padre y con tu madre»!

Yo comparo a las organizaciones sobre todo con las alimañas. Se las arreglan para vivir en cualquier situación y bajo cualquier condición. Y según esa situación y esas condiciones, toman forma y cambian. Con tal de que, al final, siempre haya provecho e interés para esa organización.

Ya sea en el primer ejemplo o en el segundo que he dado, las personas están en realidad muy lejos de Dios y de Su voluntad. Para ellas, el deseo más importante es pertenecer a algún lugar. Que la persona entre en algún lugar y que ese lugar se ajuste exacta y plenamente a su gusto o no, no importa, con tal de que pertenezca a algún lugar. ¿Acaso faltan colores en nuestra tierra? Si comparamos estas religiones y sectas con colores, nuestro mundo es multicolor. Satanás también los ha hecho al gusto de cada uno. ¿No te gusta ese? Ven a este color. ¿Es un poco oscuro? No pasa nada, también hay claro. ¿Pero este no te sienta bien? No pasa nada, hombre, elige el que te siente bien. Sea cual sea el tono que quieras, lo hay. ¡Tú solo ven, pertenece a uno de estos! En estos ejemplos, mientras por un lado se siente dolor porque alguien que está en minoría es oprimido, por el otro lado esa misma persona, cuando está en la mayoría, no le da a su entorno ninguna oportunidad de vivir. En ambas situaciones, cuando de por medio hay interés, las personas y las religiones se quedan respetuosamente dos pasos atrás ante quien dice «no». Lo cómico es que a veces ni siquiera las propias personas lo saben. Sino que, mientras los acontecimientos transcurren, la persona se comporta según el acontecimiento en que se encuentre. Es decir, en las decisiones que se toman, en realidad no se ha sopesado plenamente quién es quién ni qué es.

A veces, que la etiqueta no les engañe. Con la etiqueta de «Testigo», esas personas no son diferentes de otras religiones y sectas. Los seres humanos se parecen mucho entre sí. Solo que, gracias a la educación recibida y a su conciencia, en algunos el freno que corresponde a su ego funciona bien y frena sus propios sentimientos, y otros no lo logran. La diferencia está aquí, es decir, en la educación y la disciplina recibidas. Mientras los acontecimientos transcurren, ambos se enfadan o se alegran. Uno frena estos sentimientos, otro los exterioriza sin reparo. No puede negarse que las organizaciones desempeñan un gran papel en disciplinar a las personas. Hay muchas religiones que consideran una insensatez exteriorizar de inmediato e irreflexivamente los propios sentimientos. Como personas así, disciplinadas, pueden ocultar sus sentimientos, pueden parecernos dignas de confianza y de fe. Cuando se mira el interior del asunto, como he dicho, estas personas no tienen ni de cerca ni de lejos relación con el amor a Dios o a las personas. El que vayan de puerta en puerta a cumplir sus horas no es por amor a Dios, sino por miedo a las personas, por otras muchas presiones que no podríamos enumerar y por sus propias expectativas. Lo que me llamó la atención en mi relación con los Testigos fue que el tema de Dios se abordaba como un trabajo, un deber, como un afinador que cumple su tarea. Reuniones, respuestas prefabricadas subrayadas, congresos, actividades de predicación; todo terminaba en esto. Con alguien que hablara con alegría sobre Dios, que conversara sobre estos temas de dentro, del corazón, quizá jamás me topé. Si lo digo así lo describiré mejor: estas personas hacían este trabajo no espiritualmente, sino de manera externa y desalmada. Igual que un trabajo forzado, como un deber que se cumple a la fuerza. Sin embargo, el apóstol de Dios enumera los frutos del espíritu de la siguiente manera:

En cambio, el fruto del espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio. Contra tales cosas no hay ley.

Quiero que lean todos estos versículos que he escrito arriba. En el Evangelio, en la sección que va hasta Gálatas 5:19-26, están escritas tanto las obras de la carne como las cosas que son fruto del espíritu. Por favor, ábranlo y léanlo en su lugar. Dije que el espíritu acorde con el versículo de arriba no existe en ninguna de estas organizaciones. De nuevo, como dije, aunque al principio ese espíritu aparezca temporalmente en personas individuales, esa organización muy pronto destruirá ese gozo de la persona. Y Satanás no espera de las organizaciones más que precisamente esto. La verdadera misión de ellas, es decir, su cometido, sepan o no sepan lo que hacen, es destruir el gozo que las personas tienen hacia Dios.

Debemos aceptar también la existencia de quienes han entrado con sinceridad en organizaciones como estas. Y además creyendo y de todo corazón. Antes que nada permítanme señalar esto: si en una persona existe el espíritu de «que viva mil años la serpiente que no me pica a mí», es imposible que personas así vean la verdad. Pero tampoco debe olvidarse que, si hay por ahí una serpiente y anda dando vueltas, un día llegará y también picará a esa persona. Sea quien sea, en la persona debe existir sin falta el amor al prójimo, es decir, a las personas, conforme al mandamiento de Dios. Si no existe, la persona debe desarrollarlo sin falta. Si es de verdad una persona recta, si tiene sed de justicia y se esfuerza constantemente por hacer algo para su hambre espiritual y por mantenerse en pie, entonces que vea la suciedad de la organización en la que se encuentra es solo cuestión de tiempo. Por mucho que ellos griten «somos imperfectos» y pidan misericordia, con el tiempo la persona verá que esa misericordia solo debe usarse para esa organización y en su provecho. Cuando ante el más mínimo «no» de uno de sus propios miembros, este recibe una patada sin la menor piedad, sin mostrar misericordia, y los de su entorno empiezan a hacer la vista gorda con miedo, que estas personas no olviden que, a partir de ese momento, se están vendiendo y asemejándose a una prostituta. Igual que Israel, que en su tiempo abandonó a Dios. Por medio del profeta Ezequiel, Dios, usando un símil, compara a Israel con dos hermanas y relata su traición hacia Él. En los versículos aquí mencionados, una hermana representa a la Jerusalén de dos tribus, y la otra hermana al pueblo de Israel de diez tribus que Asiria llevó al exilio. (Ezequiel 23:4) Y la prostituta llamada la Gran Babilonia, que aparece en el libro de Revelación, se refiere a todas las instituciones y organizaciones religiosas de toda la tierra. ¡Entre estas están especialmente también los Testigos de Jehová! (todo el capítulo 23 de Ezequiel; todos los capítulos 17 y 18 de Revelación) No entendamos forzosamente la palabra prostituta como una mujer que se vende por dinero. El significado de diccionario de prostituta es también «quien vende los valores que posee». No es necesario que reciba forzosamente una compensación material. A veces esto se hace por placer, a veces solo por miedo. De nuevo, a veces se obtiene provecho de este asunto, y a veces la persona lo hace entregando algo de sí misma. Tal como escribió Dios por medio del profeta Ezequiel, en el ejemplo de Israel. Aquellas dos hermanas que allí ejercían la prostitución hacían este asunto dando además dinero y joyas a sus amantes. Y sus amantes eran las naciones idólatras y sus dioses.

Los Testigos, según parece, echan de entre ellos a quienes, por la razón que sea, les dicen «no»; y yo creo que, si hace falta, también los matan sin pestañear siquiera. Esto depende de cuánto sepa la persona y del peligro que pueda representar. Las personas que saben mucho y pueden ser peligrosas tienen muy pocas probabilidades de sobrevivir. ¿Quién iba a darse cuenta de que sobre uno de ellos cae una muerte súbita que parece natural, díganme por favor? Y además en un lugar donde se vive bajo semejante secreto y bajo el mismo techo. ¿Quién va a querer que se le haga una autopsia a esa persona? Estos sacan de sus bolsillos, a los mejor organizados capos de la mafia, cosas que ni siquiera pasarían por la punta de la mente humana. Cosas así no salen a la luz abiertamente, pero es cuestión de tiempo. Y como además trabajan bajo un secreto muy estricto, por eso no se oye. Personas a las que echaron de entre ellos, como Raymond Franz, sobrevivieron porque no sabían gran cosa que pudiera perjudicarlos. Lo que sabían no eran más que conocimientos generales. ¿Quién sabe sobre las fortunas de los Testigos? ¿Sobre cómo y por quiénes se administran esas fortunas? Es seguro que no lo sabe alguien que estuvo entre ellos más de 40 años, de los cuales solo unos diez transcurrieron siendo miembro del cuerpo gobernante. ¿De dónde iba a saberlo un miembro corriente? ¡Donde está en juego el dinero, y además mucho dinero, qué cosas no ocurrirán! De una organización que trabaja bajo tanto secreto yo jamás podría decir que se le pueda tener confianza. Además, a una institución así, cuando de todos modos está bien claro de quién es la institución de las organizaciones. Y a quienes creen que provienen de Dios, les digo: «ciegos que no quieren ver, sordos que no quieren oír».

Afirmaciones como estas se califican de infundadas mientras no se demuestren. Y yo, si hago una afirmación, digo: «este resultado surge al mirar el camino que ellos siguen». Los Testigos, por principio, funcionan realmente en forma de organizaciones mafiosas. Con las informaciones que reúnen en secreto sobre las personas que no son de su agrado, con la investigación sobre ella y, por último, con la decisión que se toma sobre ella, se le echa encima de repente y, por lo general, el resultado termina con su expulsión de entre ellos. Sus tribunales, bajo el nombre de reunión del comité de ancianos, reunión del comité, no son más que un espectáculo. La decisión ya se ha tomado de antemano. Y a la persona juzgada no se le admite allí ningún defensor, testigo ni allegado. Mejor dicho, no se admite a nadie dentro. ¡Ah! Piensen ustedes qué tribunal tan cómodo, tan alejado de la justicia, es este para esa organización. Si esa persona les dedicó 40 años de esfuerzo, todo esto termina de golpe allí. Y además por razones absurdas y disparatadas. Alguien ha dicho: «Yo tampoco creo todo lo que dice el cuerpo gobernante», o «el año 1914 es una fecha de la que yo también dudo», o «en realidad se equivocan en el tema de la sangre»; palabras como estas significan el fin de la persona en esa organización. Y si hay algo seguro, es que a quién y dónde se digan estas palabras también es muy importante. Entre ellos hay muchísimos del tipo de Iscariote, el que entregó a Jesús, que están enamorados de hacer de policías y que sienten emoción y placer delatándose unos a otros. En una comunidad así, tales conversaciones no se toleran, perdón, no se admiten.

Junto a esto, a un refugiado que acogen en su seno, por más que en su vida esté claramente lleno de mentiras, engaños, fraudes y por todos sus actos, nadie le dice, por las ayudas que recibe del Estado: «¿Qué estás haciendo, amigo?». No le preguntan: «Estafas al Estado mintiendo, engañas a los seguros de enfermedad mintiendo, con mentiras embaucas a los que se te acercan amistosamente para obtener todo tipo de provecho para ti; ¿y encima dices que eres Testigo de Dios?». Al contrario, el hombre tiene cientos de miles de marcos debajo de la almohada, y le hacen rellenar los documentos para la ropa interior gratis, la comida y el dinero que va a recibir del Estado. ¿Es que no lo saben? Y aunque lo sepan, no dicen nada. Ese hombre, muy poco tiempo después, abre un negocio de cincuenta o cien mil marcos e incluso lo lleva a la quiebra. Nadie se digna siquiera hacer una investigación del tipo: «¿No me hiciste rellenar hace poco los documentos para poder recibir ropa gratis del Estado? ¿Y de dónde salió este dinero?»; aparte de eso, como dije, incluso ayudan en fraudes así. Pero por la más mínima palabra que casualmente sea contra la organización y en su perjuicio, hilan muy fino. Por medio del profeta Miqueas, Dios les dice lo siguiente a personas o instituciones de este tipo:

Vendrá el día en que clamarán al SEÑOR. Pero Él no responderá, esconderá de ellos su rostro. Porque hicieron el mal. Así dice el SEÑOR acerca de los profetas que hacen errar a mi pueblo, que cuando tienen algo que comer entre los dientes gritan: ‹Paz›, y contra el que no les llena la boca declaran guerra.

Por tanto se les hará noche sin visión, y oscuridad sin adivinación. Se pondrá el sol sobre estos profetas, y sobre ellos se oscurecerá el día. Y serán avergonzados los videntes*. Serán confundidos los adivinos. Se cubrirán el rostro de vergüenza. Porque no vendrá respuesta de Dios. Miqueas 3:4-7 (*Vidente: al profeta también se le llamaba vidente, así que aquí debe de referirse a los falsos profetas.)

Lo que he relatado era un método aplicado a los que están en contra de ellos, a los que se rebelan. A los que han cometido delitos comunes se les trata de otra manera. Por ejemplo, se ha cometido un robo, se ha cometido adulterio con la esposa o el marido de otro; se ha manoseado a niñas pequeñas, o se han visto películas porno, etc. A delincuentes de este tipo se les comunica de antemano de qué se les acusa. Y si esa persona por lo general dice «perdón», se continúa como si nada hubiera pasado. O, por pura formalidad, se le corta la relación con la congregación durante uno o dos años. Los echan por la puerta delantera y los vuelven a admitir por la puerta trasera. Por ejemplo, ¡a alguien de la misma reunión que violó a una niña de 8 años, unos años después lo ves sentado como hermano en esa misma reunión, en las mismas filas, y además a una o dos filas de aquella niña! Hay muchos casos así. Y sobre todo de aquellos que dicen que no cometen ningún adulterio, muy poco se oye de lo que hacen entre sí. Que a la esposa de un misionero, en el edificio de la sede central de estos en Nueva York, la sorprendieron, si no me equivoco, con otro misionero en una habitación haciendo no sé qué, lo escribe Raymond Franz en su libro «Christliche Freiheit» (Libertad cristiana). Es más, a uno también lo sorprendieron con una mujer de la calle en su habitación del edificio. La avaricia se les ha metido tanto en la sangre que, ¡incluso al hacer ese asunto, para que salga barato y ahorrarse el dinero del hotel, se lleva a la mujer que alquila al edificio donde vive y trabaja! En delitos así, se le da abiertamente a esa persona la oportunidad de prepararse para hacer su defensa. El hecho está claro, el delito está a la vista. ¡Con estos incluso se comportan con muchísima misericordia y comprensión! Hasta les da vergüenza decirle su delito a la cara.

¿Es para entrar entre estos por lo que sentimos dentro el deseo de pertenecer forzosamente a algún lugar? La mayoría de lo que he escrito en este libro tenía que ver con los Testigos de Jehová; si nos pusiéramos a escribir también sobre las demás religiones, ¿cabría en libros? Y esto que he escrito es hasta aquí visto con los ojos de alguien que mira desde fuera. Y si viéramos estas cosas con el ojo con que Dios las ve, hasta en sus rincones más ocultos, quién sabe cuánto vomitaríamos. Incluso ahora nuestro estómago no lo aguanta.

En cambio, a quien está en contra de sus intereses, del provecho de la organización, no le muestran ninguna misericordia ni comprensión, igual que en las mafias. La persona ni siquiera alcanza a comprender qué le pasó, qué le sobrevino. Sin embargo, ¿acaso Raymond Franz no era miembro del cuerpo gobernante? ¿Había en esa organización alguien más grande que estos miembros? El número de estos miembros en aquel tiempo, a nivel mundial, era de 15 a 17 personas. ¿Quién decide la expulsión de ese hombre, sin que él ni siquiera se entere? Eso significa que hay quienes están por encima de ese cuerpo, que trabajan detrás del telón. Y quiénes son estos, nadie lo sabe. De todos modos, el tema más importante es el del dinero, y este se resuelve entre dos, como mucho tres personas. Y como temen que a la cabeza les salgan forúnculos como los de Raymond, estos asuntos se hacen muy en secreto. También es seguro que no tienen ni pizca de amor dentro hacia personas así. Cuando de por medio entra la organización, estos delatan hasta a su madre, a su padre, a su hijo. En esa situación, ¡qué es el amor!

En cambio, cuando el Evangelio se estaba redactando, si miramos a los apóstoles, vemos que ellos seguían un camino completamente distinto. El apóstol Pablo ve que el apóstol Pedro hace hipocresía y se lo dice abiertamente a la cara, allí mismo. No recurre a un camino de tramas, planes e intrigas para ver cómo echar a este hombre de entre nosotros. Allí reprende a Pedro y el asunto se cierra también allí.

Qué conocimiento tenían aquellos apóstoles para discernir los espíritus, vengan, leámoslo en su lugar:

¿Quién es sabio (dotado de sabiduría) y entendido entre vosotros? Muestre por su buena conducta sus obras en mansedumbre de sabiduría. Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad.

Porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa.

Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna. Llena de misericordia y de buenos frutos. No es parcial ni hipócritaSantiago 3:13-18

A la luz de estos versículos, no resulta nada difícil deducir de dónde proviene el espíritu que llega a esta organización. De una organización que posee este espíritu puede esperarse todo tipo de horror y de fealdad. Yo así lo he visto y así lo creo. Y que sus frutos también son así lo demuestra el libro que ellos llaman sagrado y que tienen en las manos. ¿Comprenden ahora la razón por la que digo, sobre estas personas que, por el solo provecho de la organización, se venden unos a otros, venden sus caracteres, sus creencias, lo que saben, la verdad y, si hace falta, todo, «estos, si hace falta, se matan hasta unos a otros»? Que sobre un solo tema, es decir, «si hace falta, incluso matan a quien no les conviene», aunque hoy por hoy sea una afirmación que parece sin pruebas, no se sorprendan si en muy poco tiempo oyen en todo el mundo que es cierta. Como dicen: «esperen a que ocurra». El Vaticano es el padre de estos; allí, según parece, quienes por la noche se acuestan perfectamente sanos, por la mañana salen muertos. Para ellos cosas así son sucesos cotidianos. Y estos son los hijos y nietos de quienes siguen las huellas de sus antepasados.

Una persona que afirma servir a Dios debe estar, antes que nada, abierta a la libertad y a toda idea. Hasta que uno entra en su seno, la libertad la defienden más que nadie estas religiones. Y una vez que uno ha entrado en su seno, contra la libertad se oponen de nuevo más que nadie estas religiones y organizaciones. Todo libro, publicación, revista, película y tema que vaya a estar contra ellas está severamente prohibido. Incluso lo que no está contra ellas, muchas cosas que no pasan su censura también están prohibidas. Y todas estas prohibiciones intentan demostrarlas sin vergüenza a partir de la Sagrada Escritura. En el Evangelio se escribe que, después de la muerte de Jesús, en tiempos de los apóstoles, los que creían quemaron muchos libros de gran valor material relacionados con la magia y el espiritismo. Estos libros no se quemaron por la coacción u orden de aquellos apóstoles, sino que aquellas personas lo hicieron por su propia libre voluntad. Coaccionar, prohibir, no era en absoluto un método que usaran los apóstoles de aquel tiempo. Aparte de esto, en el Evangelio no aparece ningún tema de destrucción escrito contra libros y publicaciones. Como dije, hay este único caso, y ese además es algo que ellos hicieron por su propia libre voluntad. No porque fuera ley, regla o prohibición. No aparece en absoluto nada de que «quemar aquellos libros era una condición de la fe, pues de lo contrario no serían admitidos en esa creencia». (Hechos de los Apóstoles 19:19)

Además, piénsenlo así: en su tiempo, una de las religiones a la que más se le oponían y a la que más reacción recibían eran los propios Testigos. ¿Cómo es posible que una organización así ponga límites a la libertad de lectura y prohíba libros? ¿Acaso esos miembros que llegaron a ellos no llegaron leyendo? ¿Acaso las publicaciones de los Testigos no eran publicaciones que iban contra la religión que la persona tenía entonces? Pero cuando los que estaban contra los Testigos hacían presión a quienes leían sus publicaciones, ¡resultaban ser de Satanás! Y cuando ellos mismos hacen la misma presión a otras publicaciones, ¿qué resultan ser? ¿Cuántos Testigos leen este libro que yo he escrito? O, más exacto sería decir, lo leen abiertamente. El solo hecho de leer este libro abiertamente es razón suficiente para su expulsión de allí. En la Edad Media, escribir un libro requería muchísimo valor. Porque todos los libros primero debían ser aprobados por la autoridad de la iglesia. Si en aquel libro estaba escrita algo que no fuera del agrado de estos, hasta podía acarrear el fin de quien lo escribió. Los europeos hablan de la barbarie del Imperio Otomano y de que destruyó culturas. Al principio, como fueron los otomanos quienes dieron la mayor libertad y valor al arte y al artista, progresaron, mientras que Europa retrocedió. Al no tomar los otomanos lección del ejemplo de estos religiosos que llevaron a Europa hacia atrás, y al nombrar también ellos, por su cuenta, superiores y funcionarios a sus religiosos partidarios de la organización y darles autoridad, tampoco tardaron mucho en volver al estado de la Europa medieval.

¿Por qué será que los otomanos cometieron semejante insensatez? ¿Acaso los otomanos, que veían cómo aquellos saqueadores de las cruzadas iban a la muerte ciegamente, se vieron también influidos por esto? Por orden de sus sacristanes y sacerdotes, toda Europa iba a la muerte sin hacer ninguna pregunta. ¿Acaso los otomanos quisieron poseer también en su propio país exactamente el mismo modelo de este burro? La historia muestra que fue así. De un modo que iba a estar contra toda novedad, los otomanos toman también las mismas decisiones que tomó la iglesia católica romana. Ellos también, diciendo de todo lo que no les convenía: «Esto es obra de Satanás». Ponen prohibiciones a todo lo que no se ajuste a sus intereses, a sus cabezas, a sus conocimientos. Y los Testigos aplican ahora esta regla en el siglo XXI, y además, dejando aparte a América y Europa, ¡incluso en el listo Japón! ¡Decidan ustedes cuánto ha progresado la humanidad! Lo que me sorprende de los japoneses es que, según parece, casi la mitad de cada japonés que se hace Testigo hace de precursor. Y esto significa que esas personas van a predicar de puerta en puerta al menos 70 horas al mes. Como dije, durante muchos años esto eran 90 horas. Ellos entonces también tenían la misma proporción de precursores. Por otro lado, esta situación no debe sorprendernos en absoluto. Los japoneses también, al aplicar su cultura y sus creencias, trabajan exactamente en forma de organización. ¿Acaso una organización enseña lo que es la libertad humana? No se sabe si el modelo de organización de los Testigos de Jehová, salido de América, les resultó más simpático que su propio modelo de organización japonés. Según parece, el japonés le abre una rosca a un hierro del grosor de un cabello y le mete dentro un tornillo. ¡Caramba! Pero, ¿han oído también esa cosa llamada libertad espiritual que se les debe dar a las personas? Decimos «progreso», pero no preguntamos «¿hacia dónde?». No doy estos ejemplos en el sentido de que estoy en contra de los japoneses. Al contrario, quiero decir que, pensando en su inteligencia y laboriosidad en la técnica, sin embargo, en los temas espirituales, en su creencia respecto a su verdadero creador, en la libertad, ¡qué perezosos e insensatos se comportan! De nuevo, en cierto modo, como los seres humanos de cada país.

Durante veinte años, en mi relación con los Testigos y con otras religiones, vi, viví y también oí estas cosas. Pero estas personas prácticamente me azotaron para investigar, para adquirir conocimiento. La otra opción era, o bien decir «amén» a todo lo que decían tal cual, o bien investigar siempre para estar seguro. Nunca me he arrepentido del conocimiento que poseo por esto. Tampoco lo veo jamás como un tiempo perdido en vano. Siempre le rogué a Dios, y todavía le ruego, que nadie se interponga ante mi amor a Dios. Hay tantísimos factores que quieren robarle el ser humano a Dios. Yo creo tal como estas palabras que en el Corán transcurren entre Dios y Satanás:

Él (Satanás) dijo: «¡Señor mío! Puesto que me expulsaste de tu misericordia, yo también les mostraré cosas atractivas en la tierra; y de verdad me esforzaré por extraviarlos a todos. Salvo a tus siervos escogidos».

(Dios) Ordenó: «He aquí, este es para mí el camino recto. En verdad, sobre mis siervos no tienes tú ningún poder. Salvo aquellos extraviados que te sigan». Al-Hiyr, sura 15:39-42

Aquí, hasta Satanás menciona que habrá una distinción. Y que su poder no alcanzará a los siervos de Dios. Cuidado, no vean esta situación, como muchos, como un derecho o un privilegio que se gana automáticamente. Si este es un derecho o un privilegio que viene de Dios, nosotros, con todo lo que pasa por nuestro corazón, con las obras que hacemos, con nuestras palabras y pensamientos, debemos trabajar hasta la muerte para no dejarlo escapar de las manos. Cuando somos rectos, puros e inmaculados, cuando nos esforzamos por mantenernos alejados de toda suciedad, mancha e intriga —lo cual el ser humano pecador, de todos modos, no puede lograr de manera impecable—; pero si nos esforzamos por hacer todo lo que he enumerado con toda nuestra fuerza y nuestra mente, con nuestra alma y nuestro corazón, podemos estar seguros de que también encontraremos siempre a nuestro lado al Señor Dios. Si Él está con nosotros, ¿quién podrá estar contra nosotros, quién podrá vencernos? (Hebreos 13:5-6; Romanos 8:31) Las palabras que Satanás quiso decir en esos versículos deben entenderse de esta manera. Por otro lado, si nosotros lo abandonamos a Él, Él también nos abandonará a nosotros. Hasta ahora, el primero en abandonar a Dios ha sido siempre el propio ser humano en persona. Por eso, aunque cometamos incluso pecado —que también los profetas lo cometieron—, no nos esforcemos por hundirnos aún más en el fondo del pecado, del placer y de la disipación con la idea de «pez que se hunde, va de lado». Esta es una manera vulgar de pensar. Vayamos tras las cosas virtuosas y superiores. El profeta David también cometió pecado, pero se arrepintió. No dijo «pez que se hunde, va de lado» para meterse en más pecado. Y Dios también aceptó su arrepentimiento. Sin duda fue doloroso. No olvidemos esto: todo tiene un precio. No hay nada sin precio. Algunos, por equivocarse en cuanto al tiempo del pago de este precio, se engañan a sí mismos pensando: «esto solo le pasa a los tontos, los listos no pagan precio». Que todo tiene un precio significa que Dios, si quiere enviar a la tierra a alguien como Adán para que sea sacrificado a cambio de nuestros pecados y se ofrezca en sacrificio, está llamando la atención sobre el hecho de que también nuestras acciones tienen un precio. (todo el capítulo 5 de Romanos; en el Corán: La Vaca, sura 2:128; La Familia de Imrán, sura 3:59; El Arrepentimiento, sura 9:111) Con esto Dios muestra que el pecado de Adán tenía un precio, y que este precio solo podía pagarse así. Sí, aunque algunas cosas no las paguemos nosotros mismos en persona, sino que las recibimos como regalo, mostremos al menos nuestro aprecio con obras dignas de estos regalos. Dios nos compró pagando un precio. Tanto el Corán como el Evangelio subrayan esta creencia, siempre que queramos comprenderlo, claro.

Teníamos un profesor de turco, todavía no he olvidado su nombre, İmdat Hoca. Había algunos aspectos suyos que no me gustaban, sobre todo que de vez en cuando recurría injustamente a la fuerza bruta. Pero fue el mejor profesor de turco y literatura que he visto enseñar. Ejercía su profesión con amor, o se esforzaba por hacer lo mejor para ser una persona recta. Un día nos explicó la diferencia entre «simple» y «original». «A algo que nadie ha hecho se le llama original», dijo. «Pero bajarnos los calzoncillos en medio de la ciudad y hacer nuestras necesidades, porque nadie lo ha hecho, no es original, sino algo simple», dijo. «Sí, tal vez tampoco nadie haya hecho eso, pero es feo, es repugnante, y por eso se le llama simple», decía. Y por último: «Hagan cosas tales que sean cosas que nadie ha hecho pero que sean útiles, hermosas y virtuosas; a eso es a lo que se le llama original», todavía no puedo olvidar que dijo esto.

¿Queremos forzosamente pertenecer a algún lugar? Que ese lugar sea nuestro propio Creador. Veamos a todas las demás personas como nuestros hermanos. Ya sean buenos o malos. Ya sean tontos o listos. Sean lo que sean, al menos en el tema de Dios no pongamos a ninguno como señor sobre nuestra cabeza.

«Se deleitan en ser saludados en las plazas y en que las personas los llamen ‹Rabí›. Pero vosotros no os hagáis llamar ‹Rabí› (maestro-profesor). Porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos.

Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra. Porque uno solo es vuestro Padre, el que está en los cielos.

Ni os hagáis llamar 'guía'. Porque uno solo es vuestro guía, que es el Mesías.

El que es mayor entre vosotros, sea vuestro servidor. Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos (la secta judía de aquel tiempo), hipócritas! Porque cerráis la puerta del Reino de los cielos en la cara de las personas; ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren entrar.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque recorréis mares y continentes para hacer un solo prosélito de vuestra religión. Y una vez convertido a vuestra religión, lo hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros.» Mateo 23:7-15

En realidad, deberíamos preguntarnos a nosotros mismos lo siguiente:

La capacidad de tomar decisiones

Todas las organizaciones sobre la faz de la tierra se esfuerzan enormemente por embotar, aniquilar y destruir esta capacidad que Dios ha creado y ha dado a todas sus criaturas dotadas de inteligencia. Lo que más aborrece Satanás es que el ser humano use su libre albedrío y, ligada a él, su capacidad de tomar decisiones. Por supuesto, me refiero a que la use correctamente. Como ocurre con toda capacidad, en esta también se alcanza el éxito solo si se desarrolla. Igual que nuestro cerebro y nuestros músculos. Cuanto menos los ejercitemos y más los dejemos ociosos, llegará un día en que ni siquiera podamos mantenernos en pie, ni siquiera pensar. Un deportista que desarrolla su cuerpo debe entrenar constantemente. Sea cual sea la edad, los músculos humanos siempre se desarrollan y, cuanto más se usan, más se fortalecen. Podemos comparar con esto nuestra capacidad de tomar decisiones. Esta cualidad, que es una capacidad muy valiosa nuestra, solo se desarrolla con el uso y la práctica. Y al revés, si no usamos ni ejercitamos esta capacidad, por más años que tengamos, podemos retroceder hasta la condición de un niño, e incluso de un bebé.

Como la humanidad es imperfecta (no acabada), sin duda cometerá errores y equivocaciones. El objetivo más importante del educador, del maestro que quiere impartir una buena enseñanza, es lograr que su alumno tome decisiones por sí mismo y, a ser posible, decisiones correctas. Pensemos en un aprendiz, de cualquier oficio que sea. El aprendiz comienza ese oficio con el objetivo de que, gracias a la enseñanza que le da su maestro, un día llegue a hacer, tomando decisiones por sí solo, lo mismo que hace ese maestro. Esto es lo correcto, e incluso se espera que el aprendiz un día supere a ese maestro. Sobre esto hay un refrán famoso que dice: «Si el aprendiz no supera al maestro, ese oficio muere». Realmente es así, y así debe ser. Si la humanidad no transmitiera sus conocimientos y experiencias a la generación siguiente, y esos conocimientos quedaran enterrados con ellos, tampoco existirían la ciencia y la tecnología que tenemos hoy. Por ejemplo, cualquier cosa que se haya inventado se ha logrado con la ayuda de conocimientos acumulados durante cientos de años relacionados con ese tema. Si Edison inventó la bombilla, lo hizo combinando muchos descubrimientos y conocimientos del pasado. O los conocimientos, principios y muchas otras cosas necesarias para el motor de un coche fueron preparados de antemano, consciente o inconscientemente, también cientos de años atrás. Los cohetes enviados al espacio se lograron combinando conocimientos comprobables y demostrados que muchos científicos descubrieron y hallaron uno por uno. Se han usado estos conocimientos surgidos como resultado de muchas investigaciones y experimentos realizados en los campos de la física, la química, las matemáticas y la biología. Combinar todo esto de manera adecuada y crear algo requiere destreza, talento; sí, y lo más importante, requiere tomar decisiones. Porque estas no son cosas que puedan lograr personas incapaces de decidir.

En estos últimos cien años que hemos vivido, el ser humano no acaba de contar cada uno de los inventos que se han sucedido uno tras otro. Las máquinas han ocupado el lugar de los animales cuya fuerza la humanidad ha aprovechado durante miles de años. La tarea de dar y recibir noticias, que a veces podía llevar años, en nuestro tiempo se realiza en segundos. Disponemos de una comunicación para dar y recibir noticias de un extremo al otro del mundo que podría llamarse «instantánea», y además con imagen. De la tecnología para matar y aniquilar a seres humanos ni hablo. El hombre ha inventado armas capaces de destruir el mundo varias veces con solo apretar unos botones. Junto a esto, las novedades halladas para la medicina y la salud humana también son asombrosas. Pueden detener las memorias. Yo no puedo entrar en detalles sobre estos temas. Ni siquiera sé fabricar la radio más sencilla que usamos a diario. Hay libros de personas que, aprovechando la energía de una patata, fabrican una radio y la hacen funcionar. No sé si es pereza mía o desinterés, pero nunca sentí la curiosidad de leer esas cosas. Hay millones de otras cosas que no he leído ni conozco. Además, debido a lo corto de la vida humana, tampoco es posible que lo sepamos todo. Y más que por el mero conocimiento, deberíamos sentir alegría por las cosas que queremos aprender.

En resumen, la razón por la que hablo de estos temas tiene que ver con la toma de decisiones. Y esto, más que un tema científico o técnico, abarca conceptos como lo espiritual, lo mental, la voluntad, la disciplina. Como dije, es una de las capacidades más importantes del ser humano. De lo contrario, no habrían sido posibles todos estos avances de los que arriba mencioné apenas una pizca. Además, cuando digo «avance», ¿me refiero también a las cosas que destruyen a la humanidad? Sí. Yo no las veo como avance, pero quiero hablar de la inteligencia que hay detrás de ellas. Aunque una bomba atómica destruya muchos seres vivos, no puede menospreciarse la inteligencia que inventó esa bomba atómica. Que algunas cosas se combinaran, o se restaran, y que al final se usara para el mal, eso es un asunto aparte. Si observamos la realidad del asunto, es también una verdad indiscutible que muchas de las cosas que la humanidad ha hecho diciendo «hemos progresado» no son dadoras de vida para la humanidad, sino en realidad destructoras de ella. Por supuesto, las cosas a las que me refiero bajo el nombre de avance no son solo los inventos que destruyen a la humanidad, las bombas atómicas, el material bélico y demás. ¿Hay quien todavía no conozca la contaminación de los mares, del aire y de la tierra por sus desechos? Aunque esto no tenga relación con el tema del que quiero hablar, uno tampoco puede pasar sin señalar en qué estado nos encontramos.

Así pues, el ser humano es una criatura que evoluciona y muestra progreso. Esto es lo que quiero explicar. Como la vida que vive es muy corta, una de sus tareas más importantes es transmitir a otros sus conocimientos, sus inventos y sus experiencias. Un conocimiento que ha llevado miles de años obtener, a veces el ser humano puede transmitirlo en muy poco tiempo, incluso con unas pocas frases. Por ejemplo, si tomamos como ejemplo sencillo que la tierra es redonda, la humanidad no pudo comprenderlo ni supo de ello durante miles de años. Es más, Galileo, de quien menciono el nombre de vez en cuando, puso su vida en peligro cuando lo dijo. El hombre, atemorizado, retiró ese conocimiento que había propuesto, y así salvó el pellejo. Con estos conocimientos que recibimos en poco tiempo, en cierto modo lo tenemos servido. Al mismo tiempo, cargamos con una responsabilidad. En realidad, deberíamos correr con el objetivo de usar esos conocimientos que poseemos y llegar a ser como el aprendiz que supera al maestro. Que esta palabra «superar» no se entienda como un incentivo a la vanidad. Decir «Mira, yo superé a mi maestro, soy más grande y más listo que él» es la mayor de las necedades. Superaste a ese maestro gracias a los conocimientos que él te dio. Si tú hubieras estado en su lugar y él hubiera sido tu aprendiz, entonces él te habría superado a ti. A las personas les encanta llevarse toda la gloria. Y sobre todo se desviven por decir: «Yo soy muy superior a los demás». Este es el mayor objetivo de las competiciones sobre la faz de la tierra. Vamos a poner un ejemplo comparando este asunto del conocimiento con el peso en kilos. Por ejemplo, ese maestro llegó a serlo con un conocimiento de 10 kilos y quizá encima le añadió otros dos kilos de su propia cosecha. Si formó a su aprendiz con un conocimiento de 12 kilos, es normal que ese aprendiz un día llegue a tener una capacidad de 15 kilos, e incluso debería ser mejor. Por eso, engreírse y menospreciar a los demás es una estupidez.

Aquí solo he tocado unos pocos de los avances que la humanidad ha mostrado durante miles de años. En su historia de existencia de miles de años, la humanidad ha registrado innumerables retrocesos y también avances. Tanto el avance como el retroceso los realizamos usando los valores que Dios nos dio a la humanidad en nuestra creación. O bien los usamos adrede para mal, o bien únicamente para nuestro propio provecho o el de la humanidad. Sea como sea, dentro de estos valores, tomar decisiones es una capacidad muy importante nuestra.

Si volvemos a pensar de nuevo en un alumno o en un aprendiz, la primera experiencia que adquirirán durante la enseñanza que reciben de su maestro será «cometer errores». Sin duda, ese aprendiz aprenderá su oficio cometiendo errores. En su momento el maestro también lo hizo, y el maestro de este, y el maestro de aquel, sin duda aprendieron cometiendo errores. La reacción ante ese error es sin duda distinta en cada maestro o educador. Mientras algunos se abalanzan con mucha dureza sobre un error, otros pueden comportarse de forma más suave y comprensiva. En realidad, un buen maestro experimentado es alguien que sabe medir las capacidades de su aprendiz y se esfuerza por conocerlo. Ya sea en la escuela, en el lugar de trabajo, o en cualquier otro campo de educación y formación, sin duda se cometerán errores. Ese error tendrá con toda seguridad un precio. Puede ser una mala nota, una reprimenda, o toda una serie de otros castigos disciplinarios. Con esto, lo que se intenta grabar en el subconsciente de la persona es el precio del error. A veces incluso puede obligarse a alguien a pagar durante toda la vida el precio de un error. No pensemos únicamente en los errores que cometemos o cometeremos contra los demás. Existe también quedar lisiado de por vida como consecuencia de un accidente, por un error que cometemos contra nosotros mismos. Estos conocimientos desarrollan en nosotros automáticamente el miedo. Queramos o no, empezamos a temer cometer errores.

Como su propio nombre indica, un error no es algo intencionado. Es decir, el ser humano lo hace sin saberlo, sin darse cuenta. La educación y formación que hayamos recibido, cuánto amemos o no amemos aquello, nuestra propia autodisciplina, nuestras capacidades, nuestro entorno y demás, sin duda desempeñarán un papel en este asunto. Temer cometer errores es tan sano como el grado de ese temor lo determine. Un temor excesivo nos vuelve muy pasivos y fracasados. El temor tampoco tiene fin. El ser humano lo ha aprendido todo cometiendo errores. El ser humano aprende a montar en bicicleta cayéndose incontables veces y haciéndose daño. Aprende a conducir un coche, igualmente cometiendo sin duda más o menos errores y accidentes. Si tiene afición por la motocicleta, la situación es la misma. ¿Quién no conoce esta realidad? ¿Quién puede afirmar: «Yo no cometeré ningún error ni accidente en esto»? Y si lo afirma, a esos se les llama sabihondos, engreídos, ignorantes. Ahora bien, ¿no es acertado que quien acepta esta realidad de que se cometen errores y accidentes también sienta temor y que, por temor, se aparte por completo de ese asunto?

Hay dos tipos de temor. Uno sano, que nos protege; el otro insano, injustificado, que nos incomoda e incluso puede enfermarnos. De hecho, en psicología estos se califican de fobia. Por ejemplo, cuando se dice que algunos tienen fobia a las alturas, significa que esa persona teme las alturas. Algunos tienen fobia a subir a un avión. Se mueren de miedo al avión. Tampoco son pocas las mujeres que temen conducir un coche. Incluso entre quienes llevan años conduciendo, dicen que hay quienes tienen la fobia de quedarse atascados en el tráfico. En su subconsciente conducen siempre con este estrés. Dicen que tampoco son pocas las amas de casa que viven cada día con el temor de «qué comida voy a preparar». Temen no saber qué van a hacer. Tampoco es pequeño el número de personas que temen a la oscuridad, a los ratones, a las arañas, al mar, al agua. Con los ejemplos de nuestro tema, en lugar de preguntar si hay quien tema ser examinado o cometer errores, es más correcto preguntar si hay alguien que no lo tema. En mi opinión, no lo hay.

En un momento en que se hallaba de campaña contra el enemigo, un soldado entró de repente en la tienda de Napoleón y lo despertó. A su soldado, que hablaba con emoción diciendo: «Mi comandante, estamos totalmente rodeados por la ocupación enemiga y nos han cercado», él le respondió medio dormido: «Ay, Dios, y yo que temía que íbamos a ser examinados». Así nos contaron esta historia. El hombre no teme al enemigo ni a morir, sino al examen. Así que imaginen ustedes cómo los habrán atemorizado con estos exámenes cuando estaban en la academia militar. Estos son los tipos de temor que todos sienten más o menos.

El temor sano, en cambio, nos protege. Tememos andar por el tejado, tememos conducir un coche o una motocicleta a mucha velocidad. Que temamos estar por primera vez ante una sierra, alterar la paz de la sociedad, a la policía, ser cazados por el radar, estar junto a alguien con una enfermedad contagiosa, etc., es una protección para nosotros. Este sentimiento nos advierte y nos aparta de los peligros. Pongan a un niño de un año y medio sobre el tejado de un edificio y no siente ningún temor. Si lo dejan así, gateando se lanzará él mismo tejado abajo. Y al caer, como se le va el estómago, ¡encima se ríe! Porque estos sentimientos aún no están desarrollados en él. En realidad deberíamos ver estos temores sanos como un regalo que se nos ha dado. Por supuesto, hay también otros tipos de temores. Por ejemplo, en la Sagrada Escritura, el profeta Isaías, o Yeşaya, indica en una de sus oraciones que debemos percibir el temor de Dios como un regalo, de la siguiente manera:

Porque tú eres nuestro Padre, aunque Abraham nos ignore, e Israel (Jacob) no nos reconozca, tú, oh SEÑOR, eres nuestro Padre; desde la eternidad tu nombre es nuestro Redentor. ¿Por qué, oh SEÑOR, nos has hecho errar de tus caminos, y por qué endureces nuestro corazón para que no te temamos?... Isaías 63:16-17

Así que Dios concede el temerlo únicamente a quienes lo desean, como un regalo, no por la fuerza. Por eso, en realidad debemos orar constantemente, pedirle a Dios este temor. Ahora bien, el temor de Dios que hasta ahora nos han enseñado no era un temor sano. Es decir, grabaron en nuestro subconsciente a Dios como un verdugo, un coco, alguien que siempre acecha nuestros errores y espera listo para castigar. Este es un temor insano, más aún, destructor. Sin embargo, al contrario, deberíamos temer que se estropee nuestra buena relación con Dios, temer pecar porque lo amamos. Estas cosas nos protegen de la maldad hacia las personas, del rencor y el odio, de la venganza, de deseos y anhelos absurdos. Es decir, es el tipo de temor que hace crecer al ser humano. Temer que se estropee la paz de conciencia que se siente al practicar estas cosas es edificante y, por tanto, sano. En cambio, los temores que llamamos insanos hacen retroceder al ser humano, impiden su desarrollo y su éxito, y además tienen efectos tan malos que llegan a arruinar la salud espiritual y física de la persona.

En resumen, no hacer nada porque «voy a cometer un error y además tiene un precio» es también una necedad. En ese caso, ni subamos a un vehículo, ni vayamos a la autoescuela ni compremos un coche. Como hay quienes se ahogan incluso en un río que a veces llega hasta la rodilla, no vayamos ni siquiera a pescar. Si partimos con esta mentalidad, hasta salir a la calle por la puerta de casa es peligroso. Y eso sin olvidar el hecho de que gran parte de los accidentes actuales ocurren dentro de casa. El temor a cometer errores siempre nos frenará. Sin embargo, cuanto más nos eduquemos y practiquemos en aquello que tememos, tanto menos erraremos y, aunque no lleguemos al cien por cien, podremos avanzar por el camino de no cometer ningún error. Así que mantener nuestros sentimientos bajo control, disciplinarlos, nos traerá provecho y nos dará felicidad. Saborearemos la felicidad de ver muchas cosas y de vivir muchas experiencias. Además, a medida que nos demos cuenta de las capacidades en las que mostramos progreso, esto nos dará deleite.

Imaginen que le compran un juguete a un niño. Pensemos en un juguete de esos que se construyen y se forman encajando piezas unas en otras. El niño abrirá el juguete con alegría e intentará hacer algo. Si nos ponemos a su lado diciendo: «No, así no se hace, apártate», y por más que nosotros armemos las figuras juntándolas, ¿cuánta felicidad tendrá ese niño? Al contrario, es mucho mayor el deleite que el niño obtiene de lo que hace o deshace jugando por sí mismo. Y sobre todo, la felicidad que ese niño siente con las formas que crea por su cuenta, sin ninguna ayuda, ¿acaso no la siente siempre a lo largo de la vida el ser humano de cualquier edad? Estos sentimientos, como dijimos, son cualidades superiores, capacidades, que Dios nos ha dado. Quienes saborean felicidades como estas comprenderán sin duda lo que escribo. Piensen de nuevo en la felicidad de un niño el día en que aprende por primera vez a montar en una bicicleta de dos ruedas sin que nadie lo sujete. Aparte de la felicidad de lograr y de ser capaz de lograr, mayor aún es la felicidad de disfrutar de aquello.

Como comprenderemos por todos estos ejemplos, el ser humano comete y cometerá errores. Las Sagradas Escrituras también indican que esto será así hasta que un día se llegue a la perfección. Sacar de la realidad de que el ser humano es propenso a errar el significado de que «se retire de todo y no haga nada», ¿acaso no nos obliga a decir, queramos o no: «Esta es una forma de pensar propia únicamente de cobardes»? Cuanto más se ejercita y se educa al ser humano, tanto más se desarrollan sus capacidades en ese ámbito. ¿Hay quien no sepa lo difícil que es tomar decisiones, e incluso tomar ciertas decisiones? Desde comprar ropa, cocinar, decidir qué coche o qué ordenador comprar, en qué trabajo entrar, en qué escuela matricularse, qué rama elegir, ¿acaso no es a veces realmente muy difícil tomar decisiones? Nos habremos topado a menudo con personas que sostienen la carta del menú en el restaurante como si quisieran memorizarla. Les cuesta decidir qué plato elegir. La técnica y las condiciones de nuestro tiempo hacen aún más difícil esta tarea de decidir. Ver que el precio de un aparato electrónico comprado tras pensarlo mucho ha bajado a la mitad un mes después no hace feliz a nadie. O ver por el mismo precio otro modelo mucho más avanzado, con una nueva tecnología, es lo mismo. Y ver que el producto comprado en una tienda es más barato en la tienda que está unos metros más adelante es otra cosa aún. A medida que vivimos experiencias como estas, nos cuesta cada vez más tomar decisiones. Dado que el tema central de este libro mío tiene que ver con las religiones, ¡vengan y decidan ustedes cuál de las religiones de nuestro mundo es la verdadera y cuál la falsa! No es fácil. Además, tomar decisiones y el temor son cosas ligadas entre sí. Uno teme, porque todo error tiene un precio y hay que pagarlo. El temor a pagar el precio le impide tomar una decisión. Y a veces, aunque ve que la decisión que ha tomado es errónea, teme dar marcha atrás enseguida. Sin embargo, no logra actuar según aquello de «cortar por lo sano siempre es ganancia». El temor impide que la persona se desarrolle, que decida, e incluso que tome decisiones correctas. A medida que crece el temor, también crecen nuestros sentimientos de duda. Y todas estas confusiones no son en vano. Claramente son un gran éxito de Satanás. Cuanto más temamos, cuanto más nos empujen a la indecisión, cuanto más miremos con duda aquello que es correcto, tanto más habremos complacido con esto a Satanás. Está claro que no podemos decir que «con esto se complace Dios».

Además, huir de la responsabilidad también aparta al ser humano de hacer cosas y de progresar. El mayor factor en la incapacidad de decidir es el temor a asumir responsabilidades. Como uno sabe que la responsabilidad acarrea obligaciones, huir de ella, mantenerse alejado, o bien cumplir esa orden sin rechistar, sea buena o mala, también procede de esto. Ahora bien, tomar decisiones es necesario. En realidad, por más que queramos mantenernos alejados de ello y huir, nuestra conciencia, nuestra mente y nuestros sentimientos también nos dicen y nos respaldan en que debemos tomar decisiones correctas.

En los experimentos que los médicos de la Alemania de Hitler realizaron con seres humanos, en sus investigaciones sobre cómo matar a ancianos, discapacitados, judíos y gitanos con los métodos más baratos, y en el hecho de que los mataron, estas personas se defendieron así en los tribunales de posguerra: «Nos lo ordenaron y estábamos obligados a obedecer, de lo contrario nos habrían matado a nosotros». Pero la decisión que tomó el tribunal no los libró de ser ejecutados. La decisión fue, poco más o menos, la siguiente: «Para matar y asesinar a seres humanos, «obedecí una orden» no puede ser una excusa», y con esta justicia y lógica esas personas fueron ejecutadas. Su excusa de que «eran asnos de la obediencia» no logró salvarlos. Quitaron y consumieron la vida de muchísimas personas inocentes; y a cambio entregaron una sola vida, la suya. Cierto es que, aunque se ejecutó a veinte de ellos, a decenas de miles, a millones, no se les hizo nada. Y ahora la situación no es distinta. En Alemania se dice, en los congresos de esos médicos, que la población jubilada ha aumentado mucho y que no queda dinero en las arcas. Los dirigentes de arriba les insinúan esta situación de una manera u otra. Y quienes captan la indirecta sin necesidad de que se la digan del todo son los que llegan a jefes en los hospitales. Los demás siempre se quedan de cola. Con estos conocimientos y por el amor a la patria propio de la conciencia típica alemana, en los hospitales las tasas de mortalidad aumentan cada vez más. En muchos casos, el objetivo de esos médicos jefes es también sacarle provecho al hospital gracias a los pacientes que quedan lisiados. Por eso se realizan un montón de operaciones innecesarias y frívolas, una tras otra. Quién debe vivir y quién no lo determina la conciencia del médico jefe de allí. Si eres viejo, estás sin trabajo, te has jubilado o te falta poco para hacerlo, si eres turco o algún otro extranjero que no le caiga bien, si no tienes dinero y recibes ayuda social, significa que tu vida se ha ido al garete. Tampoco quiero detenerme en estos métodos de «hacer que la vida se vaya al garete». Por estas razones, los médicos le hacen al paciente un montón de preguntas personales que no tienen nada que ver con su enfermedad. Como saben que la gente también se harta con estas preguntas, mediante un nuevo invento todos estos datos se cargan en la tarjeta de cada asegurado. En apariencia siempre están en la posición de «con esto te estoy prestando un servicio». Sin embargo, ahora ya no es Hitler ni nadie quien los obliga. Esta vez su excusa es su amor a la patria. Y con todo esto, el pueblo no tiene ningún poder frente a los médicos en el país. Las leyes ni siquiera les dan esa oportunidad. Estas personas también toman decisiones sobre ciertas cosas. Por supuesto, decisiones repugnantes y terribles, pero ellos lo hacen además con una conciencia muy tranquila, con la idea de «estoy salvando a mi patria». Cuanto más hacen cosas así, tanto peor va su situación.

En la historia de la Sagrada Escritura también ocurren sucesos como estos. Antes de que Dios entregara a Israel en manos de sus enemigos por sus pecados y los destruyera, se escribieron estas líneas acerca de sus culpas:

habían andado en las leyes de las naciones que el Señor había echado de delante de los hijos de Israel, y en las leyes que hicieron los reyes de Israel. Y los hijos de Israel hicieron en secreto cosas no rectas. 2 Reyes 17:8-9

Con estos versículos, Dios subraya también el hecho de que esa nación había sido descarriada por sus propios reyes. Ahora bien, ¿quién puede oponerse a la palabra del rey? Esta inclinación ante aquellos reyes de Israel, esta obediencia por temor a perder la vida, ¿acaso pudo salvarlos? No. Al someterse a cosas erróneas, quizá no fueron destruidos a manos de los reyes de Israel, pero sí a manos de sus enemigos. Y encima, provocando la ira de Dios. Que el profeta Daniel y sus compañeros fueran arrojados al foso de los leones y condenados a arder en el horno de fuego por ir más allá de la orden del rey no los atemorizó. Ellos tomaron decisiones correctas, y Dios también los salvó de la muerte para mostrar que habían tomado decisiones correctas aun a costa de su vida. (Por favor, lean estos temas en su lugar, en el capítulo de Daniel de la Sagrada Escritura, que es muy breve. Son temas para leer de un tirón, con emoción.) Aunque no hubieran sido salvados, el hecho de que en el primer siglo y después fueran asesinadas muchas personas de fe que seguían a Jesús, a Mahoma, no demuestra que ellos tomaran decisiones equivocadas. Con esta forma de comportarse ellos no perdieron nada, al contrario, ganaron a los ojos de Dios.

Así que, si el temor a la muerte y la obediencia mostrada a causa de él no pueden salvar al ser humano, ¡cuánto menos pueden esperar salvarse esas personas que se convierten gratis en asnos de las religiones, las organizaciones y los políticos! Y encima habiendo visto, vivido y presenciado sus cosas torcidas. Con frecuencia las personas se parecen a los avestruces que meten la cabeza en la arena para huir de la responsabilidad. ¿Acaso creen que por este medio podrán librarse del peligro?

Debemos aceptar que cada día tenemos que tomar decisiones, grandes y pequeñas. Desde el color del calcetín que nos pondremos por la mañana hasta cuál de los asientos vacíos que encontramos en el autobús, el tren o el barco vamos a ocupar, es así. También nos vemos obligados a tomar decisiones serias. Incluso en la administración más estricta, en un gobierno, una organización o un ejército militar que tenga reglas sobre lo que es correcto y lo que es incorrecto en todo, nuestra situación depende de las decisiones que tomemos nosotros mismos. Con esto, que estemos en una situación mejor o en una peor no cuesta nada de conseguir. Hasta en la forma de la actitud y el comportamiento que adoptemos, veremos los efectos según hayamos decidido nosotros. En resumen, no podemos decir: «Yo no necesito tomar decisiones sobre ningún asunto». Incluso allí donde todo está sujeto a la orden, la regla y el orden, de vez en cuando el que tomemos nosotros mismos decisiones por obligación puede ser incluso vital. Si tomar decisiones es una cualidad tan importante, y teniendo en cuenta el precio de las decisiones equivocadas, entonces ¿qué debemos hacer? ¿Qué debemos hacer para aprender a sostenernos sobre nuestros propios pies al tomar decisiones? Y además, ¿cuál es el secreto para tomar decisiones sin cometer errores, pase lo que pase?

Como dije al principio del tema, cuanto más entrena un deportista, más éxito tiene. Cuanto más practica un alumno lo que aprende, mejor se le graba en la mente y más aumenta su habilidad. Las personas que se dedican a la música necesitan practicar constantemente en ese ámbito, sin distinguir día ni noche. Todo maestro, educador, padre y madre, deportista, soldado, alumno experimentado, etc., sabe que estas son reglas que hay que cumplir obligatoriamente si queremos alcanzar el éxito. Si las realidades requieren que, para desarrollarnos siempre, practiquemos, trabajemos y aprendamos sobre esas cosas, ¿por qué habría de ser distinto en el asunto de tomar decisiones? Si el problema es que cometemos errores, por más experimentados y por más conocedores que seamos, es inevitable que los cometamos. Si nuestro objetivo es no cometer errores, entonces renunciemos a todo. Porque significa que estamos pidiendo algo imposible. Pero si queremos reducir los errores al mínimo, esta es una muy buena actitud de corazón y una forma correcta de pensar. Lo ideal, por supuesto, es no cometer ningún error, pero eso no sería una expectativa realista.

Es lógico consultar cada asunto con las personas expertas en su ramo. El conocimiento que tiene una persona en el ramo en el que es experta no puede compararse con el de alguien que no tiene ningún conocimiento sobre ese tema. Como dije, yo escucho la radio toda mi vida y uso este aparato. Una cosa es haber usado y visto radios de todo tipo, y otra muy distinta es el conocimiento de cómo fabricar una radio. Por supuesto, mi conocimiento sobre este tema no puede compararse con el de alguien que posee el conocimiento y la experiencia de fabricar una radio de la a a la zeta. Si a los dos nos traen una radio con la misma avería, dejando aparte que yo decida qué hacer, quizá se me vaya la vida solo en abrirla sin romperle nada por dentro. La persona experimentada y experta en este tema ni siquiera se pone la mano en la sien para pensar acerca de lo que va a hacer. Sería una necedad comparar mi capacidad de reparar radios con la velocidad con que esa persona usa el destornillador, abre las entrañas de ese aparato, hace todo eso con tal rapidez como si no pensara en absoluto, decide las cosas que hay que hacer, y encima con esa velocidad de tomar decisiones correctas. Junto a esto, si yo también recibo la formación de este oficio, si adquiero experiencia y conocimiento practicando en este tema, tampoco es imposible que un día llegue a ser un experto reparador y fabricante de radios.

Con todos estos ejemplos, lleguemos ya al punto central de nuestro tema. Dado que el tema fundamental de mi libro son las relaciones entre Dios y los seres humanos, estas religiones que se interponen entre ambos, ¿acaso no dirían, valiéndose de las explicaciones de arriba: «Precisamente porque es exactamente así, porque se necesitan personas expertas y conocedoras acerca de Dios, debemos obedecer a las religiones y a los dirigentes que están sobre ellas»? Dejen ustedes lo de «dirían», es que lo dicen. Es más, vengan, vamos a defender este asunto poniéndonos de su parte con ejemplos. Esforcémonos por darles la razón conforme al escrito que estoy redactando.

Imaginen que están enfermos. ¿A quién acuden? Se dice: «Por supuesto, al médico». Digamos que la parte problemática es su diente. En lugar de ir a un dentista, ¿podrían ustedes hacer ese trabajo por sí mismos? ¿O podrían resolver ese problema? En condiciones muy difíciles, cuando la gente se quedaba sin médicos, este trabajo lo hacían los barberos y los herradores. En este asunto del tratamiento a veces se produjeron incluso muertes muy dolorosas. El diente se infectaba, al sacarlo se dañaban los nervios, los músculos del labio, de la mejilla, del ojo dejaban de funcionar, etc. Y aparte de los dolores sufridos, también fueron muchos los que perdieron la vida por hacerse sacar un diente. Hoy en día todos lo saben. Por eso, el que una persona, conozca o no conozca a alguien, se ponga en manos de esa persona fijándose solo en su etiqueta, en la palabra «Dr.» del rótulo, es por esta razón. El motivo por el que lo hace es muy sencillo. Como en los ejemplos que di arriba, el conocimiento, la experiencia y las capacidades de una persona experta en este tema son muy superiores a los de un barbero, un herrador o los nuestros propios. Es más, aunque nosotros mismos fuéramos dentistas, aun así, hacer que ese trabajo lo realice otro colega sería mucho más fácil y exitoso que hacerlo nosotros mismos. Porque ese colega nuestro, al hacer este trabajo, está por su posición en una situación más ventajosa que nosotros.

Acerca de ese médico al que acudimos: ¿Es muy mentiroso o no? ¿Comete adulterio o no? ¿Juega a las cartas o no? ¿Es justo o injusto? ¿Es cruel o compasivo? ¿Bebe y fuma mucho? ¿O cuántas esposas y amantes tiene? ¿Quién hace un interrogatorio y una investigación personal como esta? Yo no me he topado con nadie así. En cambio, lo primero que investigaremos de ese médico es su éxito, o su fracaso, en el ámbito relacionado con su profesión. ¿Tiene la mano suave, hace mucho daño, es muy probable que después nos enfrentemos a un problema? Preguntas básicas como estas son la curiosidad de todo paciente normal. Quizá al final pueda preguntarse también: «¿Es una persona simpática y cordial?». De nuevo, todo esto puede hacerse si nuestro tiempo y nuestras posibilidades lo permiten. De lo contrario, en un entorno totalmente desconocido, en una situación en la que estamos apurados, es muy normal que nos pongamos en manos del primer dentista que se nos presente. ¿Por qué hacemos todo esto? Porque por muy mala que sea esa persona, es más conocedora, experimentada y capaz que nosotros en este tema. Al mismo tiempo, está en juego nuestra propia vida, y por eso necesitamos a un experto.

Vengamos al tema de la religión y de Dios. ¿Es más conocedor y experto en este tema alguien que en su vida solo ha oído de oídas, que ni siquiera ha tomado en sus manos el libro que llama sagrado, y no digamos ya abrirlo; o alguien que durante años tiene experiencia con la gente en este tema, que casi se sabe estos libros de memoria? De todas estas explicaciones que hemos hecho, automáticamente decimos, por supuesto, que el experto. Además, ¿no queríamos ponernos de su parte con estos ejemplos? El problema, en relación con todo nuestro tema, empieza precisamente aquí. Igual que las personas han aceptado la existencia de un experto en cada oficio, también han hecho lo mismo en el asunto de la religión. Han puesto al frente a alguien según sus propios caprichos, su cultura, las cosas en las que querían creer, y le han dicho: «Anda, sé tú nuestro experto en nombre de Dios. Tú eres más conocedor y experimentado que todos nosotros en este tema». Y a nosotros, la lógica de «tú haces mejor que nadie este trabajo», ¿acaso no la dijimos ya respecto a los demás oficios? Los religiosos que se dieron cuenta de esto aprovecharon la oportunidad, por supuesto. ¿Solo los religiosos? ¿No hablamos también de los médicos de Alemania? ¿Hay alguna persona que no haya abusado de su oficio, de su ámbito de especialidad? Sin duda la hay, porque sería erróneo decir que no hay ninguna.

No lo olvido nunca: una vez me lo contó Bernd. Mientras hablaba con un pastor sobre su profesión, el propio pastor le dijo lo siguiente: «Así como uno se hace carnicero, carpintero o mecánico de coches, yo me hice pastor, elegí esta profesión», y en realidad subrayó una verdad muy sincera. Así como ponemos nuestra vida en manos del médico —y nosotros solo hablamos del diente, pero también hay otros de un ámbito mucho más importante—. En temas como enfermedades del corazón, el pulmón, el riñón, el cerebro y muchas más, a las personas que van a operarnos les vemos la cara antes de la operación muy brevemente, quizá una sola vez, o no se la vemos, o ni siquiera nos damos cuenta de haberla visto. A pesar de ello, les entregamos nuestra vida por completo, y encima firmando documentos que contemplan también los errores que puedan cometerse. Estamos hablando de entregar nuestra vida, nuestra existencia; ¿puede esto calificarse de una simple confianza? Claramente decimos que no.

Si aceptamos que esas personas pueden cometer errores y firmamos tales contratos sin conocerlas en absoluto, ¿por qué en el asunto de la religión, en la relación con Dios, yo hilo tan fino? Y encima diciendo abiertamente: «No hay que confiar en ninguna de estas religiones». Hasta ahora no he abordado el asunto mirando su lado espiritual, solo he intentado escribir así mirándolo desde el punto de vista profesional y de la especialidad. Vengamos también a mirarlo desde este otro ángulo.

Dijimos que en todos los oficios el objetivo de un aprendiz es llegar a ser maestro. Es más, mencionamos que incluso puede esperarse que supere a su maestro en ese ramo. Sobre esto, ¿qué dice Dios? Jesucristo dijo lo siguiente:

«El discípulo no es superior a su maestro, ni el esclavo a su señor. Basta con que el discípulo llegue a ser como su maestro, y el esclavo como su señor.» Mateo 10:24-25

Así que Dios también respalda esta lógica por medio de sus profetas. Pero cuando miramos las religiones, vemos una actitud y un comportamiento totalmente opuestos. Ellos, dejando aparte impartir la educación y la formación que respalde que el aprendiz progrese y llegue a ser maestro, más bien prohíben incluso intentar leer y comprender esos libros. Antiguamente quemaban a la gente viva. No hay ruindad que no hayan cometido contra quienes traducían estos libros a sus propios idiomas para que la gente los entendiera. El mundo islámico también vivió y vive, más o menos, las mismas experiencias en este asunto. Todavía, quienes dicen «que el Corán se lea en árabe» y quienes ejercen presión en este sentido no son en absoluto una minoría. Que no los engañe el que los testigos de Jehová de entre ellos vayan de puerta en puerta con la Sagrada Escritura en la mano diciendo: «Lean este libro». Eso es solo una trampa, un cebo que aplican para atraer a la gente hacia dentro, dándole una sensación de libertad e investigación.

De nuevo, Raymond Franz, del que ya he hablado, que en un tiempo sirvió entre ellos a tiempo completo durante 40 años y ascendió hasta el llamado cuerpo gobernante, la máxima instancia, también aborda esta realidad en su libro y escribe lo siguiente: «Al principio, el conocimiento que se adquiere sobre la Sagrada Escritura en el primer año, la persona no puede adquirirlo más adelante en años dentro de la misma organización, ni siquiera con una educación tan intensa». Y continúa: «Porque la organización pretende que esas personas permanezcan siempre como niños en la verdad y no crezcan». Yo también, por mis experiencias, digo: «Es absolutamente así y así lo he visto». Es más, que en los primeros tres meses adquiriera yo conocimientos sobre la Sagrada Escritura que no pude ver en un anciano de unos 40 años, testigo de Jehová de nacimiento y crianza, me sorprendía mucho entonces y no lograba explicármelo. Y eso que estas personas daban en persona discursos de 45 minutos en casi todas las asambleas de distrito y de circuito. Años después me daría cuenta de que la organización impedía deliberadamente que estas personas crecieran en el conocimiento de Dios. Las publicaciones de los testigos, con el fin de respaldar la frase que aparece en el libro de los Salmos (Zabur) «la luz del justo brilla cada vez más», muestran sus publicaciones, cuyos millones de tiradas no cesan una tras otra. Esas publicaciones que sacan, con las que quieren que sus miembros aprendan siempre, giran una y otra vez, de forma aburrida, durante años sobre los mismos temas. Tomen en sus manos algunas de sus publicaciones de hace quince o treinta años, y luego lean algunas de las nuevas que han sacado. Las imágenes y los colores pueden ser distintos, pero los temas son más o menos siempre los mismos. Dirán: «¿Acaso cambia la Sagrada Escritura para que esperemos cambios de estos?». La Sagrada Escritura es desde hace miles de años siempre la misma Sagrada Escritura, ¡pero nuestro tema era esa luz de ellos que brilla cada vez más! Es más, al contrario, cuando prohíben cosas que ya se aceptaban mucho antes y luego, años después, vuelven a permitirlas, se jactan diciendo: «La luz del justo brilla cada vez más». Si eso fuera una luz, ya estaba encendida desde muy antiguo. Fueron ellos mismos quienes oscurecieron esa luz. Al volver a encenderla después, ¿acaso sacaron a la luz o comprendieron algo que nunca existió?!

Por ejemplo, ellos prohibieron durante años los trasplantes de órganos. Luego lo dejaron libre y dijeron que era cuestión de conciencia. La sangre estaba totalmente prohibida y solo era necesario derramarla en el suelo, en la tierra. Ahora, en cambio, muchos de los factores de la sangre están permitidos y no se sorprendan si en muy poco tiempo se permite toda ella y se dice que es «cuestión de conciencia». Un temor que tienen es qué van a decirles a los allegados de tantas personas a las que mataron. Como piensan en esto, van anunciando sus permisos poco a poco, uno a uno, escribiéndolos en sus publicaciones como si fueran insignificantes, de una manera incomprensible. Porque si un día alguien se planta, la respuesta que darán a los miembros está lista: «Nosotros no pusimos tal prohibición, fuisteis vosotros quienes intentasteis de nuevo adelantaros a nosotros y cometisteis errores según os vino en gana», dirán. O creerán que, al decir que este asunto es «cuestión de conciencia», con eso de «nosotros no estamos a favor, pero tampoco nos entrometemos», adoptan una actitud consoladora frente a los allegados de las personas a las que mataron. Estos temas intrigantes no se acaban de contar. Sus métodos también se parecen mucho a los ejemplos de los médicos alemanes que aman tanto su patria. Con eso de «hacer la porquería y luego sacarla como quien saca un pelo de la mantequilla». Como mi punto de peso son las religiones, escribiré sobre este tema para ayudarles a comprender por qué las religiones huyen del conocimiento y de informar a la gente.

Esa Sagrada Escritura que dicen «lean», nunca permiten ni toleran que se crea o se discuta de forma distinta a como ellos la entienden y quieren que se entienda. ¡Aunque la leas, comprenderás como ellos, creerás como ellos, y te comportarás no como ellos hacen, sino como ellos quieren! Los propios miembros de ese cuerpo gobernante que dicen «predicad, venid sin falta a las reuniones y a los estudios de libro», a veces asistían a tales reuniones una o dos veces al año. Es más, según escribe Raymond Franz en su libro, uno de los presidentes de entre ellos jamás, jamás en su vida fue siquiera a predicar.

Mientras las personas de todos los ramos profesionales cumplen, más o menos, su tarea en cuanto a educar y transmitir conocimiento, los religiosos, con la pretensión de que sirven a Dios, e incluso los que parecen muy fervorosos, al contrario, bloquean todos los conocimientos sobre este tema y no han estado a favor de que nadie los conozca. Y no solo los testigos de Jehová de ahora, la iglesia de la Edad Media, el mundo islámico; que los religiosos cumplen esta regla fielmente y sin quebrantarla jamás, lo entendemos también de las palabras de Jesús. Jesús acusó con estas verdades a los religiosos de aquella época que, sentados en la cátedra de Moisés, tenían el encargo de enseñar la ley al pueblo:

«¡Ay de vosotros, expertos en la ley! Porque os llevasteis la llave del conocimiento. Vosotros mismos no entrasteis, y a los que querían entrar se lo impedisteis.» Lucas 11:52

Sin embargo, ¿no debería ser justo lo contrario? Cuando en todos los oficios es así, ¿por qué en el asunto de Dios quienes se ocupan de este trabajo aplican esta regla justo al revés? Sí, en las personas siempre hay sentimientos egoístas como los celos y la envidia. Es más, los alemanes dicen: «El conocimiento es dominio, es poder». ¿Acaso no ocultan estos el conocimiento sobre la religión, sobre Dios, para retener en sus manos ese dominio, ese poder? En otros oficios tampoco se da el conocimiento así, tan fácilmente. Desde el principio siempre hablamos de un buen educador, de un buen maestro. ¿Es bueno todo maestro, todo educador y todo instructor? Por supuesto que no podemos decir que «sí». Ellos tampoco dan sus conocimientos a cualquiera con facilidad. Al fin y al cabo, nuestro objetivo es intentar comprender por qué estos religiosos no educan a sus alumnos. Así que ellos tampoco son buenos educadores, buenos instructores.

La mayor razón que los lleva a huir del conocimiento es el temor de que, una vez que se descubra qué clase de gente son, se les vaya de las manos el dominio, el poder. Miren las religiones de todo el mundo y a sus miembros. Si tomamos esas tres religiones más famosas: «el judaísmo, el cristianismo y el islam», estas personas no saben casi nada acerca de las verdades escritas en sus propios libros. Y si alguien sabe algo, ha sido únicamente por su propio esfuerzo, su deseo y su empeño. No enseñan nada como es debido, ni en las escuelas, ni en las casas, ni en la televisión o la radio, ni en los lugares de culto. Estas no son acusaciones falsas e infundadas, son las realidades que vivimos. En las televisiones que funcionan 24 horas gracias a cientos de canales de televisión y a las antenas parabólicas, los temas fundamentales y principales son el sexo, el destape, la violencia, series interminables sin pies ni cabeza, programas de baile con música y concursos para buscar superestrellas. Los guiones de esas «series familiares» famosas que todos ven con gusto están llenos de intrigas que no se acaban nunca, de temas de amor aburridos y jamás consumados una y otra vez. En los temas que se tratan sobre Dios y la religión no hay nada edificante, solo cosas que provocan burla y, en nuestro tiempo, preguntas relacionadas especialmente con lo que hay de cintura para abajo se han convertido en el tema fundamental de las charlas religiosas. Lo que más les interesa a las personas es lo que hay dentro de los calzoncillos; su corazón y su mente están llenos solo de esto. Vuelvo a señalar que los testigos no están solos en esto. Todas las religiones están en contra del conocimiento y, en el asunto de hacer expertos en el conocimiento de Dios, pretenden que las personas permanezcan de por vida —y eso a lo sumo— como aprendices. Además, como dijo Jesús, ¡ellos mismos no han entrado por la puerta de la especialidad, para hacer entrar a otros! El ramo en el que ellos son expertos es únicamente el de oprimir, explotar, sembrar enemistad, guerrear, causar dolor, hacer creer mentiras, amenazar, el gorroneo, la impostura, el secretismo, la inmundicia, la codicia del dinero, el egoísmo, la vanidad y temas por el estilo.

Hasta ahora, sin mirar aún el asunto en profundidad, he comparado a estos religiosos que se han erigido en representantes de Dios con los oficios de la vida actual y con los programas de educación y formación que estos siguen. Es totalmente evidente que, junto a esos oficios, las organizaciones religiosas son muy, muy malos educadores, malos maestros a la hora de educar a sus miembros. Hablamos de la necesidad que se tiene de un experto; dijimos que confiamos en él sin importar quién sea, ¿no? Por ejemplo, poniendo el ejemplo de los médicos, ¿no dijimos «no ponemos nuestra vida en sus manos»? También dije: «Por muy mal educador que sea este médico, por muy injusto y de carácter tan corrompido que sea, nosotros no nos interesamos por nada de esto, esperamos que alivie nuestra vida, que nos libre de los dolores y, si es necesario, que también nos salve la vida». Por más difícil que sea nuestra situación con ellos, unos por amor a la patria, otros por amor al dinero, otros por amor a no sé qué.

Puede ser; estas personas, así como a veces no son buenos educadores, en muchos temas son también un cero a la izquierda. ¿Por qué a personas así les confiamos nuestra vida, nuestra existencia, y en cambio, como menciono constantemente en mi libro, en el asunto de Dios, en el asunto de la religión, esperamos de las personas encargadas de este trabajo cualidades y virtudes muy superiores? En realidad, ¿acaso no está en juego nuestra vida en ambos casos? La una, para esta vida; la otra, para la vida eterna y el paraíso futuros.

Mirando la práctica, la humanidad, por desgracia, no muestra hacia un dirigente de su propia religión, hacia los que practican esa religión, ni siquiera la investigación que muestra hacia un médico. Van tras quienes dicen «solo por medio de nosotros se entra por la puerta del paraíso» sin ni siquiera verles la cara jamás. Ni los conocen ni saben nada acerca de ellos. Son leyendas que ellos evocan en su imaginación. Llega un momento en que no confían ni siquiera en un médico, pero en cambio a estos les confían, y encima con los ojos cerrados, sin comprender y sin conocer, y creen: «Ellos nos llevarán al paraíso». Diciendo: «Ellos rendirán cuentas a Dios en nuestro nombre», prácticamente les dan un poder notarial general sobre la responsabilidad que atañe a nuestra relación con Dios. Y encima diciendo: «Ordenadnos lo que queráis, nosotros lo haremos». ¡No como seres humanos, sino, por desgracia, como asnos! Ellos, por lo demás, esperan justo eso. Sin embargo, si observamos la realidad del asunto, ni la religión en la que se encuentran ni Dios les interesan tanto. Esas religiones son para ellos como una mascota que llevan, o como un amuleto de la suerte. Pero por esta causa luchan, mueren y, si es necesario, matan también sin ningún reparo.

En la Sagrada Escritura, de vez en cuando se comparan las características de los animales con las de los seres humanos. Por ejemplo, a quienes creen y a quienes se obstinan y no creen se les compara con dos especies de animales: personas como ovejas y personas como cabras. (Mateo 25:32-33; Marcos 6:34; Juan 10:1-15) Estas eran las especies de animales con las que estaban familiarizadas las personas de aquella época. Mientras la oveja es de carácter apacible y reconoce a su pastor, y encima a un buen pastor, las cabras no obedecen con facilidad y, como por naturaleza son mucho más ágiles que la oveja, son también una especie de animal difícil de dominar. Hay también pastores que dicen: «Antes que apacentar diez cabras, me es más fácil apacentar cien ovejas». Con estos ejemplos no se está denigrando a estos animales, se hacen comparaciones tomando como ejemplo sus características. Mientras se subraya que solo será para nuestro provecho si mostramos ante Dios características apacibles como las de la oveja, se subraya que si somos obstinados como la cabra, huyendo ora aquí ora allá del rebaño y de la protección del pastor, nos causaremos daño a nosotros mismos. Esto no es más que enriquecer la exposición con ejemplos. Solo que, si se fijan, ninguno de los dos tipos de animales carga con la carga de nadie ni puede cargar con ella por naturaleza. ¿Se han topado alguna vez con una oveja con una montura en el lomo? ¿O, salvo excepciones, con una cabra que lleve a su dueño sobre el lomo? Eso solo pueden hacerlo el asno, el caballo, el camello. Y esto no rebaja a esos animales. Lo que quiero explicar con la palabra «asno» en mi libro, o el tipo de ser humano con el que quiero compararlo, es en el sentido de poseer características de quien no piensa y solo sirve para cargar peso. Por ejemplo, el asno tampoco es un héroe que, como el caballo, arremete sin temor contra la espada, la lanza, el enemigo. No es en absoluto un animal útil como el camello, que atraviesa un desierto inmenso durante días sin comer ni beber, sin enfermarse con facilidad. Dicen que el camello tiene características asombrosas. Aunque un caballo es mucho más delicado y menos resistente que el camello, dicen que en cuanto a estima aun así se prefiere el caballo. La diferencia entre estos dos tipos de animales y el asno se debe a que el caballo y el camello son más versátiles. Tanto el camello como el caballo, además de cargar peso y ser veloces, corren valientemente y sin temor ante toda clase de armas en una batalla. Junto a ellos, el asno solo puede cargar peso, y eso también bajo condiciones adecuadas. ¡Y si encima le da por su terquedad sin sentido, ni pregunten su capricho! Sobre este tema, el propio Dios, mientras conversa con Job, da datos mucho más interesantes acerca del caballo. Si quieren leerlo, este tema está escrito en el libro de Job, en los versículos 39:19-25.

En resumen, a las personas a las que yo comparo con el asno, en realidad estos religiosos se esfuerzan por reducirlas a ese estado. Ellos no aman ni quieren a personas como ovejas ni como cabras. Ellos necesitan asnos que carguen con sus cargas. Que no piensen, que no hagan preguntas, que teman y, a ser posible, que no muestren ninguna terquedad. A los muy tercos, por lo demás, los apartan enseguida de entre ellos. Aunque amo muchísimo al asno, se siente odio y lástima de que el ser humano se convierta en asno. El ser humano no merece rebajarse a esta condición. Yo escribo estos escritos míos diciendo: «Por favor, líbrense de la asnería». Dios también llama a su lado no a asnos, sino a seres humanos que pueden pensar y que poseen una creación superior, a los que creó a su propia semejanza (imagen). Por eso, si buscamos en este asunto a un experto, un maestro, un maestro artesano, alguien experimentado que nos forme, el mayor ayudante en la educación y la formación es el propio Dios. Él le dio a Jesucristo el encargo del reino en los cielos y a su lado. (Hechos de los Apóstoles 17:31; Daniel 2:44; sura al-Maida 5:158) Junto a esos religiosos que no aportan ni con un capirotazo, nosotros tenemos un rey así, que ha entregado su vida por nuestros pecados. Dios hizo que las vivencias y experiencias de los seres humanos de miles de años se pusieran por escrito en la Sagrada Escritura y en el Corán, repitiéndolas y confirmándolas. Estos libros se escribieron también para que aprendamos qué lección sacar de los sucesos vividos acerca de las experiencias de esas personas.

Y estas cosas les acontecían como ejemplos; y fueron escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de las edades, dice 1 Corintios 10:11

Dije que cada trabajo tiene su experto. Ahora bien, en el asunto de Dios, ¿a qué expertos debemos acudir? ¿En quién podemos confiar? ¿Acaso Dios dice —como en todo oficio— «consultad a quien haya elegido este asunto como profesión»? Casi todos los religiosos, aunque no lo digan abiertamente, ven este encargo como una profesión elegida para ganarse el sustento mientras viven. Dije que ser expertos conocedores de todos los temas no es posible, al menos por lo corto de la vida que vivimos. Sí, esto es cierto, pero ¿debe ser así también en cuanto a conocer a Dios? ¿Puede una persona convertir en profesión, en trabajo, en medio de ganar dinero, el conocer a su propio Creador para conocerlo a Él? Para conocer, buscar y, a ser posible, encontrar a nuestros padres a los que nunca hemos visto, ¿qué cosas hacemos? Mucha gente dice «todo». Respecto a Dios, ¿por qué no decimos: «Yo también haría todo por conocerlo a Él»?

En realidad, Dios quiere que cada uno de nosotros seamos, acerca de Él mismo, maestros artesanos, maestros, expertos muy bien formados. Aunque quizá esto no sea obligatorio respecto a ningún otro tema, sobre este tema sí es un punto al que Él quiere que llegue todo ser humano que ha creado. Si Dios hubiera ordenado: «Poned al frente maestros y andad tras ellos», y hubiera dicho: «Yo solo os pediré cuentas a ellos en vuestro nombre», entonces no habría problema. Yo diría: «Sigamos con la asnería». Pero miren lo que Él dice:

«...Amarás al SEÑOR tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que hoy te mando estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y al levantarte.» Deuteronomio 6:5-7

Mucha gente dice: «Estas palabras las dijo Dios para el Israel de entonces, no para nosotros». Sin embargo, miren lo que se escribe de nuevo hacia el final del mismo libro:

Y no solo con vosotros hago yo este pacto y este juramento, sino con el que está aquí hoy con nosotros delante del SEÑOR nuestro Dios, y con el que hoy no está aquí con nosotros. Deuteronomio 29:14-15……No suceda que, al oír las palabras de este juramento, se bendiga en su corazón diciendo: Tendré paz (bienestar) aunque ande en la terquedad de mi corazón, para destruir a la vez lo seco y lo húmedo. El SEÑOR no querrá perdonarlo, sino que entonces humeará la ira y el celo del SEÑOR contra aquel hombre, y toda la maldición escrita en este libro se posará sobre él, y el SEÑOR borrará su nombre de debajo de los cielos. Deuteronomio 29:19-20

Así que el pacto que aparece en esos libros y las palabras necesarias para la vida, Dios se los ha dado a toda la humanidad. Por medio de todos los sucesos y experiencias vividos en estos libros, Dios quiere educar y enseñar a sus siervos de la mejor manera y hacer de cada uno de nosotros un experto en este tema. Siempre que no nos pongamos, por ignorancia, por terquedad, por pereza, con desviaciones como: «Estos libros fueron alterados, en lugar de estos libros tenemos el nuestro», a separar las palabras de Dios como si fueran partidos políticos o equipos de fútbol. Con eso, así como nunca nos libramos de la asnería, tampoco podremos huir del juicio de Dios. A quien queramos complacer y de quien esperemos salvación, corramos hacia él.

Vengamos a ese famoso ejemplo que puse de entregarnos a nosotros mismos, nuestra vida, a cualquier médico. Para empezar, los pacientes no van al médico a tomar lecciones de él, a aprender de él ese oficio. No podemos esperar que los médicos nos formen como expertos en ese tema. Si queremos ser expertos en este tema, las facultades de medicina pueden ser un comienzo. Lo que esperamos del médico es sacar provecho, a cambio de un pago, de la experiencia que ha aprendido y aplica. Ahora bien, ¿qué decir de confiar nuestra vida a esas personas?

Un sentimiento de confianza como este, como oímos y sabemos con frecuencia, a veces puede significar perder la vida. ¿Quién no sabe ya en nuestro tiempo que existe un factor de riesgo? Si tenemos en la mano otra opción mejor, usémosla sin falta. Por ejemplo, yo, en la época del gobierno del señor Erdoğan, generalmente resuelvo siempre mis problemas de salud en Turquía. Antes de él, Turquía en este tema era peor que la Alemania actual. Su problema no era salvar la patria, sino el dinero, las carencias, el sistema. Pero si no tenemos opción ni dominio sobre cosas como estas, ¿tenemos otro remedio que agachar la cabeza? Además, ¿acaso lo que está en juego es solo perder la vida? ¿Quién de nosotros va a vivir eternamente en este mundo? Si la muerte, por así decir, la tenemos ya lista en el bolsillo, más que cómo vamos a morir, ¿no es más importante qué clase de vida llevamos mientras vivimos? Cómo y qué hacemos mientras vivimos, nuestras relaciones con las personas, nuestro interés por Dios y por sus mandamientos, nuestro deseo de aplicarlos: he ahí las cosas que de verdad importan. En cambio, que muramos a causa de un accidente, una enfermedad, la hora fijada, un desastre natural inesperado, no es tan importante. Nadie quiere morir, Dios también lo sabe, y la muerte de la humanidad no es su propósito. (Eclesiastés 3:11) Por eso Dios también promete que resucitará de nuevo a cada uno de nosotros. (Daniel 12:2; Juan 5:28-29; sura al-Isra 17:49-51; sura al-Hajj 22:7)

Una cosa es hacerse siervo del ser humano en nombre de la religión, mediante una educación muy alejada de Dios, y por este camino ganar únicamente la ira de Dios y al final morir; y otra cosa es confiar en un médico y quedarse en la mesa de operaciones por su error, su inexperiencia o su amor a la patria. ¿A qué le da importancia Dios? ¿A los que viven mucho o a los que viven poco? ¿O acaso no le da ninguna importancia a esto? ¿No son la vida y la muerte absolutas cosas que ya están en manos de Dios? Por eso, Dios no mira las causas que no están en nuestras manos, sino más bien las cosas que están en nuestras manos por medio de nuestro libre albedrío: lo que pensamos, lo que hablamos, lo que hacemos, y nuestro corazón. En resumen, con cada oficio tenemos relaciones en mayor o menor medida. De nuevo, cuando se nos avería el coche, al ir al mecánico no podemos esperar que ese mecánico nos forme como expertos en este tema. Pero es un derecho de un aprendiz que trabaja allí esperar eso. Ese aprendiz ha entrado allí para llegar a ser experto en ese ramo. Pero la expectativa de un cliente es distinta. El objetivo, por lo demás, no es hacer expertos a los clientes, sino a las personas que están bajo nuestra formación.

Ahora bien, ¿qué puede esperar de su religión una persona que pertenece a una religión? ¿Que la institución en la que ha entrado la haga maestra, experta en el asunto de Dios, no es así? ¿O es que esos religiosos entran y salen de allí como un cliente, con el mero propósito de visitar? Cuando hacer expertos es válido para todos los ramos profesionales, ¿por qué habría de estar mal en el asunto religioso? Y además, ¿es que toda persona que vaya a ser experta tiene que ganar dinero? ¿Por qué la tarea de las instituciones religiosas no habría de tener por objetivo que sus miembros posean el conocimiento, las capacidades y la experiencia para tomar por sí mismos decisiones correctas acerca de Dios? ¡Porque religión no significa cada viernes agacharse y levantarse! ¡Tampoco significa ir cada domingo a cantar himnos con la campana de la iglesia! Hay tantísimas instituciones y organizaciones que dan sermones vacíos en las reuniones como si fuera en nombre de Dios. La gente ya se ha cansado de escuchar, se ha hartado, se le han embotado los oídos y han vomitado. Por eso han llegado incluso a no poder oír ni siquiera la verdad. El objetivo, por lo demás, era hacerlos sordos, lograr que no oyeran la verdad, y hartar a la gente y hacer que odie todo lo que pertenece a Dios. Satanás pretendió esto. Por eso, en el Apocalipsis, que es el último libro de la Biblia, hay una profecía de que todas estas religiones serán destruidas en un solo día. (Todos los capítulos 17 y 18 del Apocalipsis. La Babilonia mencionada simboliza a todas las religiones. Al leerlo, por lo demás, se comprende por sus características. Con «voz de esposo, voz de esposa» se refiere de nuevo a las instituciones religiosas. Por lo general, los cristianos se casan en las iglesias. Aunque el método del mundo islámico parezca distinto, ellos también dan importancia al matrimonio religioso. Con estos versículos se hace referencia a esos lugares.) Está muy cerca el momento en que los trapos sucios de todas las religiones de este mundo se pondrán en escena uno por uno. Al mismo tiempo, esta es también la voluntad de Dios. Miren cuán acertadas son las palabras de Dios contra esas naciones, esas religiones, cuando se cumplan todas estas profecías:

Y si dices en tu corazón: «¿Por qué me han sobrevenido estas cosas?»; por la multitud de tu maldad fueron descubiertas tus faldas y fueron violentados tus talones. ¿Puede el etíope mudar su piel, o el leopardo sus manchas? Así también vosotros, habituados a hacer el mal, ¿podréis hacer el bien? Por eso los esparciré como tamo que lleva el viento del desierto. Esta es tu suerte, la porción que yo te he medido, dice el SEÑOR; porque me olvidaste y confiaste en la mentira. Por eso yo también levantaré tus faldas sobre tu rostro, y se verá tu vergüenza. Jeremías 13:22-26

Todo esto les sobrevendrá a las religiones de la faz de la tierra. Si en un tiempo Dios no escatimó a Israel, al que llamó «mi propio pueblo», ni al Templo que había hecho construir, ¿por qué habría de escatimar a las religiones de nuestro tiempo por todas sus fealdades y maldades? Además, ni siquiera las eligió. Si Dios arranca de raíz y destruye por sus pecados a la nación y al lugar de culto que dijo haber elegido, ¿qué no hará como respuesta al pecado de aquello que no eligió?

Cuando llegue el día en que se cumplan estas profecías, creo que esos religiosos fanáticos que han entregado muchísimos años, al ver esto, odiarán todo lo que sea en nombre de Dios. Llenos de sentimientos de haber sido engañados, embaucados, robados, se lamentarán diciendo: «¿Por qué me convertí en asno de estos?». Es como si yo ya viera desde ahora la decepción y el odio de estas personas. El propósito de Satanás con estas religiones, por lo demás, era precisamente ese. Atrajo a las personas hacia sí como si fuera en nombre de Dios, con el fin de enemistar a las personas con Dios. Cada una es como el dinero falso. Algunas están acuñadas de tal manera que distinguirlas de la auténtica requiere un conocimiento y una investigación de muchísimos años.

Mucha gente también dirá: «Yo, así como no espero que mi religión me haga experto ni nada por el estilo, tampoco lo quiero». Libertad significa saber tomar decisiones y, por tanto, responsabilidad. Mucha gente es también consciente de esto. Por eso las personas huyen de la responsabilidad y ven la libertad como una carga. Además, está también el temor de quién va a pagar el precio como consecuencia de las decisiones equivocadas tomadas. Lo vimos en el caso de Adán y Eva; ninguno quiso cargar con la culpa. Al final echaron la culpa a un animal que en realidad no puede hablar, la serpiente. Sabemos que con esto se referían a Satanás. Porque conocían la existencia de Satanás. (Génesis capítulo 3; sura al-Araf 7:22) Nosotros, por más que huyamos de la responsabilidad, resignándonos a ser incluso asnos porque no queremos pagar el precio. ¿Acaso creemos que quien se monta sobre nuestro lomo va a tomar siempre decisiones correctas? Aunque pensemos en ellos con la mejor intención, esto no es posible. Por muy propensos a errar que seamos nosotros, ellos son, más o menos, igual de propensos. ¿Qué ser humano puede conocernos mejor de lo que nos conocemos nosotros mismos y tomar mejores decisiones acerca de nosotros? Justamente esto es lo que quiero explicar desde el principio. Todas estas religiones y estos religiosos, ¿gracias a quiénes viven? ¿No es gracias a nosotros? ¿Según los deseos y anhelos de quiénes funcionan? De nuevo, a fin de cuentas, ¿no es según los nuestros? Si nadie le echa dinero al mendigo, ¿queda algún mendigo en el país? Si nosotros no nos convertimos en sus asnos, tampoco queda nadie que se monte sobre el lomo de las personas. No olviden que, por muy grande que sea la culpa del que se monta encima, quien se hace a sí mismo asno será considerado culpable en el mismo grado. ¿Qué creen que dirá Dios ante excusas como «yo obedecí, fui engañado, temí cometer errores»? En los tribunales celebrados después de la guerra, leímos las sentencias de muerte que dictaron los jueces frente a las defensas de quienes decían: «Éramos siervos de las órdenes, de lo contrario nos habrían matado», y las consideramos justas.

Sobre este tema, en una ocasión Jesús pone el siguiente ejemplo. Lo compara con un hombre que, al partir para recibir la soberanía celestial, confió sus bienes a sus esclavos. Todos hicieron negocios y comercio con esos bienes y aumentaron aún más lo que se les había dado. Solo uno de ellos, atemorizado, enterró ese dinero en la tierra. Luego respondió así a su señor, que vino a pedir cuentas:

Después vino el que había recibido un talento y dijo: «Señor, sabía que eres un hombre duro. Siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en la tierra. ¡Aquí tienes lo que es tuyo!». Su señor le respondió: «¡Esclavo malo y perezoso! Sabías que siego donde no sembré y que recojo donde no esparcí; debiste, pues, haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo lo habría recibido con intereses… Así que quitadle el talento y dádselo al que tiene diez talentos! Porque a todo el que tiene se le dará más, y tendrá en abundancia. Pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y a este esclavo inútil echadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el crujir de dientes». Mateo 25:24-30

Lo que aquí se quiere decir es qué hacemos con la riqueza espiritual que poseemos. Cuál es nuestra reacción ante las verdades que conocemos y vemos. Si por temor ocultamos y enterramos las cosas que vemos, aprendemos y conocemos, nuestro final también será como el de la comparación de ese esclavo perezoso y malo.

¿Quién es el que quiere, o espera, que nosotros y toda la humanidad seamos expertos en este tema?

En la carta a los Hebreos de la Biblia, miren lo que escribe el Apóstol de Dios acerca de cuán necesario es este asunto de la especialidad:

Cuando ya deberíais ser maestros, necesitáis que alguien vuelva a enseñaros los principios fundamentales de las palabras de Dios. Volvéis a necesitar leche, y no alimento sólido. Todo el que se alimenta de leche es un bebé y no tiene experiencia en la palabra de la justicia. Pero el alimento sólido es para los adultos, para los que por la práctica tienen los sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal. Hebreos 5:11-14

Así que lo que Dios pide de la humanidad no es que cada uno permanezca en este tema como un bebé necesitado de leche, sino al contrario: que sean expertos ejercitados, educados, capaces de tomar decisiones a la hora de discernir entre el bien y el mal. Y esto no es algo que quede a gusto de cada uno, un placer, un pasatiempo. Es una tarea obligatoria de todo ser humano vivo, al menos para consigo mismo. Así como no vemos operarnos o ir al dentista como un pasatiempo, sino como algo necesario, esto también debe verse, por lo menos, así. Pero somos libres de hacerlo o no, de ser así o no. El precio, en cambio, cada uno lo pagará por sí mismo.

Además, como se comprende claramente de los versículos de arriba, el objetivo de toda persona que cree debe ser llegar a ser maestro. Como no lo son, el Apóstol menospreciaba a esas personas y, en cierto modo, también las reprende. Así que es erróneo el significado de que, como se nos ha enseñado y aplicado hasta ahora, este trabajo es únicamente tarea de los pastores, los imanes, los rabinos, el cuerpo gobernante, los ancianos, y así debe seguir siendo. Que en la Sagrada Escritura se diga «obedeced a los ancianos que están al frente de vosotros» es algo relacionado con un tiempo, no para siempre. Se espera que la persona un día llegue a estar por encima de estas enseñanzas. Es más, la nueva traducción turca dice lo siguiente en el versículo siguiente:

«…Avancemos hacia la madurez, dejando atrás las enseñanzas elementales sobre Cristo. Y esto haremos, si Dios lo permite.» Hebreos 6:1-2-3. Y en la antigua traducción turca:

«Por tanto, dejando ya la instrucción elemental acerca de Cristo, avancemos hacia la madurez…» Hebreos 6:1

Todos estos escritos, claramente, nos animan a progresar siempre y, al mismo tiempo, también dan órdenes.

Vengamos también a ese famoso versículo que los dirigentes religiosos usan más y que intentan usar como prueba para respaldar el modelo del asno:

Obedeced a vuestros guías y sujetaos a ellos. Porque ellos velan por vuestras almas como quienes han de rendir cuentas. Obedecedlos, para que hagan su tarea con alegría y no gimiendo, pues esto no os sería de provecho. Hebreos 13:17

Que esos guías a los que aquí se refiere los elige cada uno con su propia voluntad, de su propio corazón, es seguro. Si automáticamente existiera un liderazgo, el mayor delito lo habrían cometido de nuevo estos testigos de Jehová. Porque, antes de emprender este camino, cada uno de ellos estaba bajo el liderazgo de otra religión. Pero el que se rebelaran contra esos guías y se sublevaran muestra que no los aceptaban como guías. Esto no está mal. Leímos que, en la época de los sacerdotes en Israel, muchas personas rectas se alejaron de ellos a causa de sus enseñanzas y su modo de vida alejados de Dios. Por ejemplo, el profeta Jeremías, Ezequiel, Isaías, los apóstoles de la época de Jesús y las decenas de miles de personas rectas y anónimas que creyeron en el Mesías, no hicieron de estos sacerdotes sus guías ni los vieron como tales. Y eso que este encargo sacerdotal les había sido dado a ellos por el propio Dios. Además, la ley ni siquiera daba al pueblo la potestad de distinguir entre sacerdote pecador y sacerdote sin pecado. Los israelitas de aquella época también conocían una verdad. Al fin y al cabo, el guía más grande y al que había que obedecer era únicamente Dios. Incluso en ese asunto tenemos libertad de elección. O podemos elegir andar por el camino de Satanás, que significa muerte; o podemos elegir a Dios, que significa vida, nuestro Creador y dueño y, por tanto, quien tiene derecho y autoridad sobre nosotros.

En la segunda frase del versículo, «ellos velan por vuestras almas como quienes han de rendir cuentas», ¿en qué sentido debe entenderse? Mucha gente cree, diciendo: «Miren, ellos rendirán cuentas en nuestro nombre», que se libra de su propia responsabilidad y que será considerada inocente si hace lo que ellos digan. Sin embargo, con estos versículos se subraya la responsabilidad que poseen esas personas que han asumido sobre sí el encargo del liderazgo; no una obediencia ciega que nosotros debamos mostrarles a ellos. Además, ¿acaso la Sagrada Escritura no dice que obedezcamos no solo a vuestros guías, sino también al padre y a la madre, y a las autoridades? Todas estas personas, por supuesto, rendirán cuentas de la responsabilidad que han asumido, o que poseen aunque no la quieran; esto es seguro. Ahora bien, ¿y nosotros? ¿No se nos pedirán cuentas a nosotros? Como he dicho una y otra vez y me he esforzado por demostrar con las Sagradas Escrituras, si excusas como «era siervo de las órdenes, obedecí, temí, no sabía y no aprendí» no han salvado hasta ahora a nadie, tampoco nos salvarán a nosotros. ¿Acaso Dios es despiadado y cruel porque no acepta excusas como estas? Nosotros los seres humanos, según la justicia que poseemos, ¿aceptamos que quienes se nos presentan habiendo ahorcado, degollado y torturado a la gente de forma absurda y cruel digan: «Yo era siervo de las órdenes, estaba obligado, tuve miedo»? ¿Con qué ojos vimos las sentencias que, en aquellos tribunales de posguerra establecidos por los estadounidenses, declaraban que los soldados, oficiales, médicos y jueces de Hitler no lograron salvarse mediante excusas como estas? En realidad, todos las aprobamos y dijimos «fueron sentencias justas», es más, hasta consideramos escasos los castigos dictados. Si nosotros los seres humanos somos tan justos, ¿creen que Dios no nos juzgará a nosotros, que actuamos en contra de esta justicia, al menos según nuestra propia justicia? Ciertamente nos juzgará. Y pueden estar seguros de que nos juzgará, además, no según las palabras de otros, sino según las palabras que salen de nuestra propia boca. (Mateo 7:2; Marcos 4:24)

¡Vengamos a esos guías que velan por nuestras almas! En primer lugar, ellos abusaron de este encargo. Si, a causa de que ellos abusaron de su encargo, yo no me sometí a sus órdenes y les fui desobediente, ¿de quién es la culpa? Hay miles de religiones que están a favor de que palabras como estas que aparecen en las Sagradas Escrituras se les apliquen a ellas mismas incondicionalmente. ¿A cuál de ellas mostramos obediencia y lealtad? A las religiones que quieren que versículos así se les apliquen a ellas, yo les digo: «¿Por qué vosotros no aplicasteis estas órdenes, sino que dejasteis la iglesia, la mezquita, el templo en el que estabais, y encima os hicisteis sus enemigos? Y ahora, ¿pedís y defendéis sin vergüenza esas mismas cosas, igual que esos impostores que se os parecen y que hay en esas religiones de las que salisteis?». Por eso, si no consideramos guías a sus guías y abandonamos esas reuniones, como dije, lo hacemos porque los propios apóstoles que escribieron esto también habían abandonado las religiones en las que estaban, y por eso nosotros hacemos lo mismo. Así que estas personas salieron de entre ellos sedientas de rectitud, de justicia, del conocimiento de la verdad. Y al hacerlo, no hicieron sino complacer a Dios. Si creemos que, al asistir por terquedad, a la fuerza y sin ganas a esas reuniones, estamos adorando y revistiéndonos de una rectitud como quien le echa una limosna a un mendigo, nos equivocamos. Todas las religiones del mundo a las que nos oponemos y sus miembros, ¿no hacen acaso lo mismo? Aunque ninguno tenga relación, ni de lejos ni de cerca, con la religión, con Dios, ni con cualidades como la rectitud, la justicia, el amor al prójimo. Con los mismos ojos con que Dios ve el que ellos visiten esos lugares de vez en cuando como si le dieran una limosna a Dios, con esos mismos ojos mirará a quienes hacen esto. No nos engañemos a nosotros mismos. Y además, ¿acaso Dios permite una obediencia tan ciega como la que las religiones esperan de la gente? (Hechos de los Apóstoles 4:17-20) Miren, en realidad, lo que escribe la Biblia claramente acerca de a quién debemos reconocer como guía en este asunto:

«Pero quiero que sepáis también esto: La cabeza de todo varón es Cristo, la cabeza de la mujer es el varón, y la cabeza de Cristo es Dios.» 1 Corintios 11:3

Como comprenderemos de este versículo de manera indudable, se subraya que la cabeza del varón no es una iglesia, una organización, una mezquita, una sinagoga u otra comunidad religiosa, sino que esta gloria debe darse únicamente al Mesías y, por tanto, a Dios. Sin embargo, estas instituciones, con la enseñanza, la educación y los mensajes que dan justo en contra de este versículo, al forzar con presión a sus miembros a reconocerlas a ellas como guías en lugar del Mesías, han adoptado una postura totalmente contraria al mandato de Dios. Quienes obedecen tercamente a estos, al reunir por su propio capricho y a su antojo, en lugar del Mesías de Dios, guías y maestros así al frente de sí mismos, claramente están rechazando al Mesías. No esperemos que esas instituciones se hagan a sí mismas Mesías en sentido literal. No son tan tontas. Escribo estas cosas fijándome en sus obras y sus palabras. ¿Enseñan ellas que la cabeza de todo varón es el Mesías, o que primero son ellas, y encima forzándolo?!

Y Jesús dijo: Mirad que no seáis engañados; porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: Yo soy, y: El tiempo está cerca; no vayáis tras ellos. (Lucas 21:8) ¿Cómo podría haber una advertencia más clara que esta?

¿Acaso no dicen los propios testigos: «Votar en las elecciones significa despreciar el reino del Mesías que ha sido puesto al frente de nosotros»? Si ellos ven como erróneo entrometerse en la política de este mundo, esperar socorro de otras personas en lugar del Mesías que Dios ha designado —y yo también comparto por completo este pensamiento y esta creencia—, entonces ¿qué debe decirse del hecho de que muestren una obediencia incondicional al cuerpo gobernante, a los presidentes que están al frente de ellos, y a los que sea que se hayan revestido de otras etiquetas? Al menos los demás obedecen a medias a quien ellos eligen; estos, en cambio, ni siquiera pueden elegir a esas personas a las que obedecen incondicionalmente.

«Estoy asombrado de que tan pronto os hayáis apartado del que os llamó por la gracia del Mesías, para seguir un evangelio diferente. En realidad no hay otro evangelio (Evangelio). Solo hay algunos que os perturban la mente y quieren pervertir el Evangelio del Mesías. Pero aunque nosotros, o un ángel del cielo, os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡que sea maldito! Como ya lo hemos dicho, ahora lo repito: Si alguien os anuncia un evangelio distinto del que recibisteis, ¡que sea maldito! ¿Busco ahora la aprobación de los hombres o la de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Si todavía quisiera agradar a los hombres, no sería siervo del Mesías.» Gálatas 1:6-10

A la luz de estos versículos, todas las religiones de la faz de la tierra que presentan de forma errónea a Dios, al Mesías, ¿no están acaso bajo maldición por sus enseñanzas y sus prácticas?

Es muy normal que veamos toda esta hipocresía, a la luz de los versículos y las verdades que hemos leído, en los testigos de Jehová, a quienes llamamos los más laboriosos, cada uno de ellos robots educados. En su relación con ustedes, el que abran pasajes de la Sagrada Escritura que tienen en la mano es un punto al que puede llegar toda persona interesada en un plazo de tres a seis meses. En los años posteriores, en ese conocimiento que aprenden, permanecen igual que un bebé de seis meses. Los más deseosos de conocimiento quizá lleguen hasta los uno, dos, tres años. Pero incluso se ejerce presión para que a partir de entonces permanezcan a lo sumo así, para que no progresen. Hay, por lo demás, un programa intenso para que esa persona se quede donde está, sin poder moverse. Estos programas, para quien mira desde fuera, parecen una educación y un progreso muy buenos. Pero la realidad que conocen quienes han estado dentro durante años es que siempre gira y gira la misma cantinela. Gracias a un programa intenso se pretende impedir que las personas investiguen y piensen por sí mismas. El verdadero objetivo es criar esclavos para la organización, hacerlos dependientes de ella. Cada uno debe vivir sin poder elegir su derecha ni su izquierda, siempre necesitado de ellos. Conceptos como tomar decisiones por uno mismo, la libertad, pensar por cuenta propia, según ellos proceden de Satanás. Por eso, a quien se mantiene en pie espiritualmente le rompen las piernas y le ponen muletas en la mano. Diciendo: «Y esas muletas solo te permitimos usarlas si haces lo que decimos». A quien dice no, le quitan de la mano también esas muletas. Lo que quiero decir con las piernas rotas de la persona es la capacidad de tomar decisiones, esa cualidad valiosa que el ser humano debe desarrollar sin falta. Esta es, por lo demás, una cualidad que ya es muy difícil de obtener en nuestro mundo. Estos, al destruir también esta cualidad que a duras penas se ha desarrollado desde la infancia, dejan a la persona espiritualmente coja y lisiada. La muleta que les dan de apoyo es también únicamente el permiso para vivir dentro de esa comunidad. Y esto se logra destruyendo la relación con todos los que te rodean. Todas las personas que les dicen no y no se unen a ellos son mundanas y de Satanás. Una vez que se entra dentro de ese programa intenso, ni siquiera te queda tiempo para los demás a tu alrededor. Ellos tienen por objetivo, con quienes atrapan, chuparles poco a poco la sangre durante años, durante toda la vida, sin que la persona ni siquiera se dé cuenta, como una mosca atrapada en una telaraña, vaciarlos por dentro y, al final, arrojar fuera el bagazo. No permiten ni toleran que nadie de entre ellos los critique ni siquiera sobre el asunto más sencillo. Voy a contar un suceso que me ocurrió, para que ustedes piensen en el estado al que pueden llegar las personas que no pueden decidir por sí mismas y, de nuevo, decidan ustedes mismos.

Si no me equivoco, esto habrá sido tres o cuatro años antes de empezar a escribir este libro, un día llamaron a nuestra puerta. Era la época en que pasábamos de la primavera al verano. Dos testigos estaban en la tarea de predicar de puerta en puerta. Los dos eran hombres mayores. Aproximadamente de 60 y algo más. Yo los invité a casa. No saben quién ni qué soy yo. Yo, por lo demás, no soy nada, pero la comunicación y el cotilleo entre los testigos son terribles. Quise subrayar que, si hubieran tenido información sobre mí, ni siquiera habrían llamado a mi puerta. Como pertenecían a otra congregación de otra región, en otro idioma, por eso no me conocían. Yo me di cuenta de esta situación y pensé que hablar, conversar en un ambiente así, sin prejuicios, sería mucho más agradable y edificante. Yo no les conté lo que sabía, que los conocía, que había ido durante años a las reuniones, que al final hicieron cuanto pudieron para alejarme de entre ellos, ni nada por el estilo. Estos empezaron a exponer sus conocimientos acerca de Dios. Yo quise mantener el tema en unas preguntas concretas. De nuevo vi en ellos una verdad que ya conocía. Estas personas, una de las cuales llevaba unos 40 años siendo testigo, no sabían ni siquiera qué enseñaba su propia religión sobre los temas fundamentales. Y si lo sabían, lo habían olvidado con el tiempo. Sin embargo, algunos temas eran muy importantes y no eran del tipo que se traga tan fácilmente. Yo pensé y tracé en mi interior el siguiente plan. Ahora, dijera yo lo que dijera a estos hombres, si aquello chocaba con las enseñanzas de su organización, ellos, supieran o no supieran, comprendieran o no comprendieran ese tema, defenderían automáticamente la enseñanza de la organización. Así que dije que haría el asunto justo al revés y lo expondría así. Es decir, defendería la enseñanza de su organización como si fuera mi propia creencia, mi propio pensamiento, y representaría un teatro como si el conocimiento que yo he aprendido de la Sagrada Escritura y del Corán fuera lo que su organización enseña, y como si yo no lograra comprenderlo, como si me opusiera. El fondo del tema era acerca de si Dios ve o no ve el futuro. La organización de los testigos lo rechaza. Si recuerdan los temas anteriores, publiqué tal cual la carta de Bernd sobre este tema. Es más, como se sabe, por este tema al final también expulsaron a Bernd de entre ellos. Sí, ¡vengamos a los hermanos que vinieron a nuestra casa! Yo empecé a hacerles mi pregunta. Empecé a exponer, defendiéndolo tal cual, lo que son las creencias y enseñanzas de los testigos. Desde el principio, cuando les pregunté «¿Ve Dios todo?», ellos habían dicho: «Por supuesto que lo ve». Yo iba a intentar refutar ese pensamiento natural suyo con las enseñanzas de los testigos. Pero ellos creyeron que el tema que yo defendía era mi propio pensamiento. Oía palabras que me dejaban asombrado. Los dos empezaron en realidad a defender las cosas en las que yo verdaderamente creo. Yo, muy satisfecho en mi interior, escuchaba sin dejarlo notar, como si estuviera en contra de ellos. Usando incluso las mejores bazas de los escritos de los testigos sobre este tema, seguí empeñado en oponerme a estos. Los dos, igual que yo hice durante años, intentaron explicarme, y encima con pruebas de la Sagrada Escritura, que Dios ve de antemano todas las cosas. Sentí tanta lástima de estos dos pobres desdichados. Porque estos hombres, naturalmente, no podían sacar del significado de aquel libro que habían leído otro mensaje distinto. Igual que yo. Pero a causa de los espíritus corrompidos, las actitudes y los comportamientos de la organización a la que pertenecían, esta verdad se distorsionaba. Sus enseñanzas de una lógica perversa y de la que no se podía salir procedían por eso. Yo miré a los dos y dije: «Agárrense fuerte, pero no se enfaden conmigo, por favor». Porque lo que había hecho, según yo, en cierto modo no era honesto, pero tampoco había podido pensar otro remedio para mostrarles en qué situación estaban. Este era para mí el método de prueba mejor y más claro. Por lo demás, si en el más mínimo rincón de mi mente pasó burlarme personalmente de esos hombres o menospreciarlos, creo que Dios me juzgará por ello, y creo también que no tengo obligación de mentirle a nadie.

«Sí, yo también creo exactamente igual todo esto que ustedes han contado», dije. «Entonces no queda ningún problema», dijeron, pero mirándome a la cara desconcertados, como quien se pregunta qué querrá decir este hombre. «Para mí no hay problema, pero si ustedes cuentan que creen de esta manera en esas reuniones a las que van, en las que llevan años juntos, tendrán ustedes un problema y, si es necesario, por esto estos los expulsarán de entre ellos; sépanlo también», dije. Los dos rieron sin creerlo. No podían creer que lo que yo les defendía, y a lo que ellos mismos se oponían, fueran las enseñanzas de su propia organización. Este tema que yo abordé aparecía en el libro cuyo nombre en alemán es «Unterredungen» y en turco «Temas de conversación de la Sagrada Escritura». Este tema se trata en un pequeño librito marrón que sacaron los testigos, bajo el tema relacionado con Adán y Eva. Lo abrí y se lo puse delante. Los dos echaron una ojeada y luego se miraron el uno al otro. Yo empecé a salvar la situación. Les dije: «Yo, como también creo como ellos mismos han contado y porque hay muchos temas parecidos, nunca fui uno de los testigos, y a quienes hablan conmigo sobre estos temas de los que estoy hablando con ustedes, los expulsan de entre ellos». Estos pobres desdichados enrojecían y palidecían, pero de ningún modo lograban creer que pudiera ocurrir algo así, exactamente como yo lo contaba. Uno dijo: «Nosotros no tenemos tanto conocimiento sobre estos temas, ¿podemos volver a venir trayendo a alguien conmigo?». El tema que llamaba «este tema», ese hombre de más de sesenta años, con casi cuarenta años junto a los testigos, tenía que ver con que Dios siempre ve el futuro, pero subrayaba que no tenía conocimiento suficiente. Sin embargo, hasta que yo les mostré las publicaciones de los testigos, su conocimiento sobre este tema era más que suficiente. Pero lo que les cerraba la boca a estas personas sobre estas verdades que poseían era la presión de la organización. Esta situación, por supuesto, la organización la saluda con alegría. Cuanto más ignorantes y necios permanezcan, y más cierren la boca ante las verdades, significa que estos podrán bailar tanto más a gusto en el escenario y cabalgar tanto más libremente sus caballos en la plaza. Yo dije: «Vengan, por supuesto», ¡qué iba a decir! Fijamos un día y quedamos.

Esta vez no estaba aquel hombre bromista, cuya esposa era testigo desde hacía años, pero él solo desde hacía tres o cinco años. El hermano que llevaba casi cuarenta años siendo testigo vino, el día que había dicho, con alguien a quien llamaba conocedor. Alto, también de su edad, un engreído. Los hice pasar y nos sentamos. Este hablaba sin parar y no me dejaba hablar en absoluto. Y esto que digo no es ninguna exageración. Sin embargo, el que estaba a su lado también quería que yo hablara, que abriera aquel tema que habíamos conversado juntos, pero era imposible. Yo comprendí que con este hombre esto era imposible. En lugar de abrir aquel largo tema, primero me propuse detenerme en un tema muy sencillo. Y ese se trata, en el segundo tomo de su libro de dos grandes tomos cuyo nombre en alemán es «Einsichten», bajo el nombre «Nabucodonosor», en la página 442, en el tema que está al final del párrafo izquierdo. Allí, donde en la Sagrada Escritura, en el libro de Daniel, justo en el primer versículo del capítulo 2, aparece «en el segundo año de Nabucodonosor», estos, diciendo «con toda probabilidad debe ser el vigésimo año», quieren subrayar con sus enseñanzas que la Sagrada Escritura está escrita erróneamente en este tema. Sin embargo, en todas las traducciones, incluso en sus propias traducciones de la Sagrada Escritura, en todos los idiomas este versículo aparece como «el segundo año». Y este tema era muy fácil de demostrar. Hay muchísimos otros versículos que respaldan esta verdad de la Sagrada Escritura. Es más, yo saqué el cuadro cronológico de este tema y lo publiqué en las páginas de internet, bajo el enlace de cronología de http://mesias.de. Este hombre, en cambio, hablaba siempre él y exponía sin punto ni coma los mismos temas que yo conozco, de los que he vomitado de tanto escucharlos durante años a los testigos. Yo, cuanto más decía «yo esto lo sé, si quieres dame cinco minutos, pero cinco minutos literales, y hablo yo también», este decía: «No, nosotros ya nos vamos a ir ahora, otra vez que vengamos». Yo miro el reloj, pasan otra hora, hora y media más, y este de nuevo dale que dale a la lengua, un hombre como una publicación de La Atalaya que sacan los testigos. Quien lee estas revistas por primera vez quizá se emocione, pero para quien lleva años oyendo lo mismo, son temas terriblemente aburridos y que dan sueño. Yo dije por lo menos unas cinco veces: «Por favor, dame cinco minutos, hablo yo, mira, desde que has venido dices que os vais a ir, han pasado seis horas y media, si ni siquiera me das cinco minutos, esto no se puede llamar conversación ni nada». Era una persona tan descarada como fresca. Y además, igual de engreída. Es más, a pesar de que le dije «tengo un cronómetro, lo traigo también y cuando se cumplan los cinco minutos me callaré», para que creyeran que serían exactamente cinco minutos, nada, no hubo manera. «Nosotros volveremos», dice.

Este hombre había hecho durante años labor misionera en otros países. En sus reuniones estaba claro que este era el más grande y respetable. También podía imaginar que les hacía sudar tinta a esos pobres asnos desdichados. Para comprenderlo no hacía falta ser profeta. Aquel pobre desdichado que nos vino primero se empequeñecía cada vez más, se encogía, delante de la mesa se le puso la cara roja como una remolacha. Se notaba que estaba incómodo. Y encima él no es libre como yo. Yo, por así decir, soy libre, ¡y para que no quedara feo escuché seis horas y media a esa máquina de hablar! Yo, con mi edad, entonces cuarenta, no soy un niño de diez años ni nada por el estilo. Aunque un niño de diez años no aguantaría nada, en fin. De nuevo estos, fijando una cita, dijeron que tenían la intención de investigar un librito conmigo. «Solo que si no me escuchan cinco minutos, yo no hago nada», dije. Qué le voy a hacer, los hombres van a rellenar horas, van a escribir un informe, van a decir que predicaron en un ambiente cómodo y limpio. ¡Y encima cuántas horas! A los testigos, por lo demás, les encanta rellenar horas en nuestra casa. Aunque yo también tengo un límite de estupidez. Cuando se sobrepasa, ¡esta vez la gente me odia a mí!

En fin, estos vinieron aquel día. Y a las ocho, ocho y media de la mañana. ¡Aquel señor lo quiso así! Como si fuéramos a cambiar de turno en una fábrica. Yo también hice mis preparativos el día anterior, encontré la revista que había dicho y la dejé especialmente en la habitación de arriba y bajé. Nuestra casa es de las que se entra desde dentro, del tipo pequeño de dos plantas. Puse también el cronómetro sobre la mesa. Preparé también sus tés, sus cafés, sus aguas, para no tener que levantarme constantemente. Nos sentamos a la mesa, este empezó de nuevo a hablar. «¡Por favor!», dije, «la vez pasada, en seis horas y media, no me diste ni cinco minutos, que no vuelva a pasar lo mismo», recordándoselo con vergüenza y en tono de broma. ¡Me da vergüenza a mí recordarle su torcedura, su falta de respeto! «¿Qué vas a demostrar tú?», dijo. «Un error muy sencillo que ustedes han cometido», dije. «Ven, si quieres, antes de meternos en la investigación, dame ya esos cinco minutos que pido sobre este tema», dije. Comprendí que esta vez también iba a hacerse escuchar solo a sí mismo. En verdad estos hombres buscan asnos, no seres humanos. «De acuerdo», dijo, se vio obligado a decirlo. El que estaba a su lado dice también: «Por favor, abre ese tema de Adán y de que Dios conoce el futuro». Como yo sabía que no podría encajar ese tema en cinco minutos, y como es seguro que también le hablaron de este tema. Iba a desbarrar y a dispersar el tema, y nuestro asunto se iba a ir al agua. ¡Y encima iba a poner patas arriba el conocimiento de ese muchacho de 60 años que estaba a su lado sobre el tema de que Dios ve el futuro! Dije: «Primero, antes que nada, le pongo delante un sencillo tema de matemáticas, a ver qué hace». Porque este asunto de si son dos años o veinte años era un tema que cualquier niño de primaria que sepa contar cifras y sumar y restar un poco podría comprender y resolver. Yo quería ver la reacción de este hombre. Mejor dicho, tengo la intención de mostrarle su reacción al que estaba a su lado. Aunque al principio dijo, para que yo hablara, que «cronometrar y esas cosas es una tontería», cuando empecé a hablar, ¡no dice: «pon en marcha también el cronómetro»! Este hombre, que hablaba de una sola vez más de seis horas sin dejar respirar, ¡en el discurso de cinco minutos de quien tiene enfrente quiere que funcione el cronómetro! Que quiera, la propuesta la hice yo mismo a propósito. Puse el reloj en marcha y mostré, abriéndolo con versículos, que estos dos años escritos en la Sagrada Escritura son correctos y que no pueden ser veinte años, como los testigos siembran de dudas. Cinco minutos después dije: «Si tienen preguntas, por supuesto, eso cuenta un tiempo aparte». ¡Miren nuestra batalla! Para hablar aunque sea cinco minutos, y si es necesario para pasar por encima de él, tengo que pedir largos y largos permisos. Y encima en mi propia casa. ¡Y con la táctica que aplican por este medio, por así decir, se esfuerzan por enseñarme a mí «la verdad»! Después de que terminó mi discurso, este hombre se enfureció, se enfureció de tal manera que espeta: «¿Quién eres tú para poder comprender la Sagrada Escritura?». «Quienquiera que seas tú, yo también lo soy», dije. «¿Quién te da autoridad para comprender esto?», siguió espetando. «Ni siquiera yo puedo comprenderlo, solo el esclavo fiel y prudente de nuestra organización lo comprende y solo ellos tienen autoridad para explicarlo. ¿De quién sacaste tú esta autoridad?», cuanto más decía, «Dios da esta autoridad a toda la humanidad, a sus siervos, además, la palabra de Dios no es algo que sea monopolio de nadie», iba diciendo yo. Pero yo también ya me harté y dije: «Mira, ¿ves a ese hombre que está a tu lado? De él puedes aprender muchas cosas, por ejemplo, la humildad». Entonces él dice de nuevo: «Yo, desde que entré, al ver que no habías traído a la mesa el libro que te dije, que no habías hecho preparativos, comprendí que eras un hombre vacío». ¡Y yo, sin que ni siquiera escuchara mi «Mira, yo he preparado ese libro arriba y, ven si quieres, te lo muestro, pero no lo bajé a propósito», este ya se ha levantado para irse, «¿por qué no me preguntas por qué no lo bajé?», seguí preguntando yo también. «¿Por qué?», dijo. Porque, al darme cuenta de que eres un engreído, un maniático del mando y las órdenes como Hitler, lo hice a propósito. Mira, el hermano que está a tu lado quiere con cortesía que abra un tema, y yo he intentado darte leche como si fueras un bebé, y ni siquiera eso puedes tragar, ¿cómo voy a abrir el otro tema, o cómo voy a explicártelo?», y le miré también a la cara al que estaba a su lado. Aquel muchacho alto de 60 años se enfadó y se fue diciendo: «¡Yo no volveré aquí nunca más!». Estaba claro que enfadé a aquel muchacho de 60 años. Y no pude aguantarme de decir: «Por muy grande que seas a los ojos de todos en la reunión a la que vas, una vez que has entrado por esta puerta, todos somos seres humanos; que piensen quienes te aguantan y te dan autoridad». Este salió disparado y se fue, pero aquel pobre desdichado que estaba a su lado ya tenía además un problema en la pierna, no lograba de ninguna manera ponerse el zapato, la cara roja como el fuego, lleno de vergüenza, él también se fue detrás. Le estreché la mano y dije: «¿Ahora han comprendido lo que quería decir?». Pero él ni siquiera podía hablar. Movió la cabeza muy levemente como diciendo que sí y se fue.

Algún tiempo después, aquel que tenía el problema en la pierna volvió a venir a verme. Pero solo se sentó en la terraza y se bebió una limonada. No entró para nada en estos temas. Yo también me comporté como si no hubiera pasado nada, y él igual. Hablamos muy brevemente del tiempo, de las flores, del agua, y se fue. Nunca más volví a verlo. Era una persona decente. No se sabe, quizá se pasó a verme tan brevemente para señalar que no estaba de parte de aquel maleducado que iba a su lado, que no lo aprobaba. Pero él tampoco pudo librarse de aquella organización. Sin embargo, no sé si aquel engreído que iba a su lado era una persona educada o maleducada, pero en realidad él solo conocía las reglas de la organización y las aplicaba. El otro, en cambio, al usar sus propias prioridades, su humanidad, su amor, sin saberlo no hacía sino untar de mantequilla el pan de esta inmunda organización. La mayor razón por la que estas organizaciones se mantienen en pie es también gracias a la existencia de estas personas bienintencionadas, que usan cualidades superiores y que se han convertido en esclavos entre ellos. Si, como aquel hombre engreído, quisieran cumplir plena y sin falta lo que dice la organización, en muy poco tiempo desaparecerían todos ellos. Sin embargo, esto es algo terrible. Esas personas que se dan cuenta de esta inmundicia, para que no caiga una mancha sobre el nombre de la organización, hacen las cosas humanas que ellas mismas, según su propia conciencia, saben que son correctas, y no lo que dice la organización, y con eso se esfuerzan por dejar como mentirosas a personas como yo. Sin embargo, ¿no deberían esas personas hacer sin falta lo que la organización dice? En cambio, al usar su propia iniciativa y esforzarse por hacer que a algo malo se le diga «esto es bueno», ellos entran justo en esta categoría de la que Dios habla:

¡Ay de los que a lo malo llaman bueno, y a lo bueno malo; que ponen las tinieblas por luz, y la luz por tinieblas; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo! ¡Ay de los sabios en sus propios ojos, y de los que se creen entendidos delante de sí mismos!** Isaías 5:20-21

Este suceso que he contado era solo una de mis miles de conversaciones con los testigos. En la carta que enviamos al cuerpo gobernante de los testigos a nombre de mi esposa, también habíamos hablado de otro suceso vivido. Ese ejemplo vivido era también que, en una reunión en Estados Unidos, unos ancianos se enfrentan a un problema y, sobre este tema, piden por carta a su cuerpo gobernante consejo para que los ayuden. ¡Al no poder decidir si ayudar o no a una madre que, mientras subía sola por las escaleras empinadas para asistir a esa reunión, sostenía el cochecito de bebé de una mujer a la que habían expulsado de entre ellos pero que aún asistía a las reuniones, preguntan al cuerpo gobernante de Estados Unidos: «¿Ayudamos a la madre o no la ayudamos?»! Piensen ustedes en el estado al que las organizaciones religiosas reducen a personas adultas. ¡Estas personas no pueden decidir por sí solas ni siquiera en cosas tan sencillas! Porque no las dejan decidir. Esta carta también la publiqué en mi libro. La leerán en los temas siguientes bajo el título «La carta enviada a la organización».

Si la capacidad de tomar decisiones nos mantiene en pie, entonces debemos decidir también sobre el deseo de poseerla. Es decir, para tomar decisiones también tenemos que tomar una decisión. ¿Vamos a decidir vivir en pie en sentido espiritual, sobre nuestros propios pies, andar, correr, reír y divertirnos; o vamos a decidir empeñarnos en quedarnos postrados, igual que un tullido, sin usar nunca los músculos de nuestras piernas, necesitados de los demás? En el asunto de una fe correcta acerca de Dios, ¿van a andar ellos en nuestro nombre, o nosotros? Aunque ellos pudieran andar, ¿cómo vamos a correr nosotros tras ellos con muletas? Las organizaciones religiosas nunca quieren que tú te desarrolles. Como organización, ellos solo quieren desarrollarse a sí mismos. Para ellos, desarrollarse significa, primero, su propia comodidad, y luego, el número, el dinero, los bienes, hacerse famosos. Jesucristo, para subrayar quiénes son sabios y quiénes necios acerca de los que creen en él, puso un bonito ejemplo relacionado con las personas que, habiendo venido a la boda, esperaban para recibir al novio. Las que estaban preparadas eran sabias, y las que no hicieron preparativos eran necias.

Apartémonos sin falta de esas organizaciones religiosas que se esfuerzan por adormecernos y, al final, por reducirnos a la nada. Empecemos a desarrollar de nuevo nuestra capacidad de tomar decisiones, a educarnos rápidamente para prepararnos para ello. ¡No olvidemos que, como Jesús contó en su parábola, las que llegaron tarde eran las necias! (Por favor, lean en su lugar esta comparación que aparece en Mateo 25:1-13.)

Porque tememos la responsabilidad, ¿vamos a permitir que otros dominen nuestra mente, nuestra fe, nuestro modo de vida, hasta nuestros propios órganos literales, nuestra sangre? Y encima con cosas infundadas, que son solo mandatos de hombres, alejadas de Dios. Es más, ¿vamos a creer, dando insistentemente autoridad a estas organizaciones, religiones y dirigentes, y diciendo «ahora ellos tomarán las decisiones en nuestro lugar», que nos hemos librado de tomar decisiones? Sí, quizá nos libremos de tomar decisiones, pero los que deciden en nuestro nombre, ¿podrán librarnos de las calamidades que nos sobrevengan? Por eso yo digo que «desarrollar esta capacidad de tomar decisiones» es uno de los temas vitales sobre los que debemos reflexionar muy en serio.

Como dije al principio, sin duda cometeremos también errores. Que esto no nos desanime. Cuando un niño empieza a andar, también se cae al suelo incontables veces y se levanta. ¿Acaso por eso le prohibimos andar? Y eso que incluso nosotros los adultos, ¿acaso no nos seguimos cayendo? Muchos científicos de cuyos inventos nos beneficiamos, es más, Edison, a quien algunos de sus maestros de primaria expulsaron de la escuela diciéndole «tú no sirves para nada», es un ejemplo muy bueno sobre esto. Dicen que Edison, a quien expulsaron, tuvo en toda su vida una vida escolar de solo 3 meses. Seguramente los estadounidenses ocultan constantemente esta verdad para que no caiga una mancha sobre su sistema educativo. En el trabajo en el que entró en los ferrocarriles, cuando hizo saltar por los aires el vagón del tren en el que se alojaba como resultado de los experimentos que hacía, también lo echaron del trabajo. Pero ellos eran, aun así, personas decididas y que sabían lo que hacían. Nada pudo quebrar su valor. La humanidad, literalmente, llegó a la luz gracias a personas como ellos. Alguien así registró unas 1300 patentes. Nosotros conocemos a Edison solo porque inventó la bombilla. Sin embargo, es alguien que tiene valiosos inventos de los que fue pionero, cerca de 2000, desde el teléfono que usamos hasta el fax, desde la cámara hasta la bombilla. Si ellos hubieran tenido miedo y hubieran huido de la responsabilidad, ¿habrían podido hacer estas cosas? Si se hubieran puesto prohibiciones a las cosas que investigaba, si se le hubiera impedido, ¿habría podido desarrollarse Edison? Aunque se hubiera desarrollado, quizá le habría sido difícil, e incluso imposible, alcanzar siquiera un uno por ciento de éxito. Yo he dado un ejemplo de cada uno de entre miles de experiencias y personas. Y también, en los temas espirituales, la fe, el amor a Dios, en el camino de la verdad —esa «verdad» que no se les cae de la boca a los testigos, que hacen de ella su chicle—, miren lo que se escribe en la Sagrada Escritura acerca de los ejemplos de las personas que andan por ese camino:

Que Abel ofreciera a Dios un sacrificio mejor que Caín fue gracias a la fe. Sobre este tema, los dos hermanos, tomando decisiones en su propio nombre, ofrecieron algo a Dios. Dios aceptó el de uno y no miró el del otro. Porque sus obras eran malas.

Gracias a la fe, Noé, al ser advertido por Dios sobre sucesos que aún no habían ocurrido, con temor de Dios construyó un arca para la salvación de su familia. Con esto juzgó al mundo y llegó a ser heredero de la justicia que se basa en la fe. Solo confió en Dios, y en este camino estaba solo con su familia en toda la faz de la tierra. Tomó una decisión, obedeció y construyó el arca.

Gracias a la fe, Abraham, cuando fue llamado para ir al lugar que iba a recibir en herencia, escuchó la palabra de Dios y salió sin saber a dónde iba. Él también estaba obligado a tomar una decisión. En este camino, salvo su familia, estaba solo.

Todas estas personas murieron con fe. Aunque no alcanzaron lo prometido, lo vieron y lo saludaron desde lejos, y reconocieron abiertamente que eran extranjeros y forasteros en la tierra. Quienes hablan así muestran que buscan una patria. Si hubieran pensado en el país del que salieron, habrían tenido oportunidad de volver. Pero ellos deseaban algo mejor, es decir, lo celestial. Por eso Dios no se avergüenza de ser llamado el Dios de ellos. Estas personas estaban obligadas a tomar decisiones, y las tomaron. Por las decisiones que tomaron, son mencionadas con estas palabras llenas de aprobación en los libros de Dios.

Gracias a la fe, cuando Abraham fue probado, ofreció a Isaac como sacrificio. Abraham, que había recibido las promesas, estaba a punto de sacrificar a su único hijo. Y eso que Dios le había dicho: «Por Isaac será llamada tu descendencia». Abraham pensó que Dios podía incluso resucitar a los muertos; en efecto, recobró a Isaac de la muerte de manera simbólica. Abraham tomó estas decisiones sin estar bajo el mando de ninguna organización ni dirigente. Sí, Dios ordenó, y él decidió obedecer esta orden. Algunos, en cambio, deciden no obedecer. No crean que, porque Dios llama, todos van a Él como robots montados automáticamente. Dios siempre quiere que las personas tomen decisiones con su libre albedrío para venir a Él.

Cuando Moisés nació, su madre y su padre lo escondieron durante tres meses. Porque vieron que el niño era hermoso y no temieron el decreto del rey. (Porque entonces en Egipto los niños varones israelitas que nacían debían ser matados.) Este matrimonio tampoco tenía a nadie detrás. Ni su pueblo Israel, cuyos hijos también eran matados, quién podía decirle nada a quién. Ni mostraron este valor en nombre de otra organización. Ellos mismos decidieron este valor que nacía de este amor.

¿Qué más puedo decir? Si contara lo relacionado con Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas, no me alcanzaría el tiempo. Estos, gracias a la fe, conquistaron países, hicieron justicia, alcanzaron lo prometido, cerraron la boca de los leones. Apagaron el fuego ardiente, escaparon del filo de la espada. De la debilidad sacaron fuerzas, se fortalecieron en la batalla, pusieron en fuga a los ejércitos extranjeros. Unas mujeres recobraron a sus muertos resucitados. Otros, en cambio, rechazando ser liberados, soportaron torturas con la esperanza de resucitar y alcanzar una vida mejor. Otros más fueron objeto de burlas y azotes, e incluso fueron encadenados y encarcelados. Fueron apedreados, aserrados, pasados a espada y muertos. Anduvieron vestidos con pieles de oveja y de cabra, sufrieron pobreza, aflicciones, opresión. El mundo no era digno de ellos. Anduvieron errantes por los desiertos, los montes, las cuevas y las cavernas de la tierra. Aunque todos estos, gracias a la fe, obtuvieron la aprobación de Dios, ninguno alcanzó lo prometido. Todos los versículos de arriba que animan en cuanto a la fe están tomados aquí y allá del capítulo 11 del libro de Hebreos de la Biblia. Escribí estas cosas para subrayar que también es necesario tomar la decisión de creer. Ustedes también pueden abrir y leer todos los versículos en su lugar.

Todas estas personas, Noé, Abraham, Moisés, David, Jesús, Mahoma, y tantas personas más, mencionadas y no mencionadas, que no hemos contado, todas empezaron solas. Solas, primero tuvieron que creer y luego tomar decisiones, y tomaron decisiones correctas. No temieron mirando a la mayoría. Aunque se burlaran de ellas, aunque las torturaran, aunque las persiguieran con la espada, ellas creyeron y permanecieron firmes en su resolución. No eran personas tercas, desobedientes, que se oponían a todo, rebeldes. Al contrario, en el escrito acerca de Moisés:

«Era el más humilde de todos los que viven sobre la faz de la tierra.» (Números 12:3) así se menciona. Si estas personas empezaron solas, si se opusieron, no se inclinaron y soportaron incluso la muerte, no fue por ser tercas, sino porque amaban a su Creador, la rectitud, la justicia, la verdad, y por eso, porque DECIDIERON andar por ese camino, se comportaron así. Dichosos ellos, dichosos quienes deciden sostenerse sobre sus propios pies. Dichosas las personas humildes como la oveja. Dichosos quienes deciden librarse de la asnería, de cargar peso, de llevar la inmundicia de los demás. Dichosos quienes toman la decisión de proponerse avanzar hacia la especialidad, la madurez, la plenitud, la perfección en conocer la verdad, en adquirir conocimiento acerca de Dios, que es el verdadero dueño de esa vida que llevamos, y en tomar decisiones en la vida.

Atatürk tiene palabras muy hermosas e idealistas que dijo por la patria y la nación. Es más, dije que estas palabras no solo en Turquía, sino en los ejércitos de muchos países, están escritas en sus paredes como refrán para que sirvan de estímulo. Los religiosos no aman en absoluto a Atatürk. ¿Es porque fue una persona sincera, recta, honrada, idealista, o porque se opuso a las religiones, a los religiosos? Yo, sin entrar en ninguno de estos temas, intentaré subrayar una verdad de las palabras de Atatürk relacionada con nuestro tema. Todos conocemos, o hemos oído, su famoso discurso. Allí habla brevemente de que un país fue ocupado por los enemigos, de que sus ejércitos fueron dispersados, de que las armas y todo el material necesario desaparecieron, de que el enemigo se apoderó de todas las instituciones del país. En realidad, cuando uno lee este discurso poniéndose en él e intentando comprenderlo, dice para sus adentros: «No ha quedado ningún camino de salvación». Como Atatürk sabía que esto era así, muestra un camino de solución estimulante, alentador. Diciendo: «El poder que necesitas está presente en la noble sangre de tus venas». El libre albedrío que Dios nos ha dado, que depende de la toma de decisiones, hagamos cuanto podamos por usar y desarrollar esta capacidad nuestra. No podemos impedir que otros dominen sobre nosotros, nos gobiernen, e incluso nos maten. Dios a veces dice que incluso debemos obedecer a esos gobiernos. Todo esto, aunque a veces sea muy difícil, puede aceptarse. Pero para decidir sobre nuestra fe, sobre nuestro amor a Dios, sobre el camino por el que andaremos en este asunto, no temamos, pase lo que pase. No sé si todos tienen o no una sangre noble, pero el poder que necesitamos en este asunto de tomar decisiones, Dios lo ha puesto en la creación de todo ser humano. Si lo desarrollamos, solo entonces habremos aumentado también las probabilidades de tomar decisiones correctas.

En este tema en el que queremos ser expertos, quizá no encontremos a nuestro alrededor ningún guía que nos eduque, y esto también es una realidad. Al decirles a ustedes que el poder que necesitamos existe en nuestra creación, subrayé que tenemos que hacer algo. Así como convertir en energía los alimentos que ingerimos es algo que está en nuestras manos, también la fuerza y las capacidades que están en nosotros solo nosotros podemos sacarlas a la luz usándolas. O bien nos pasamos todo el día tumbados con esos alimentos, engordando la barriga, echando grasa; o bien hacemos deporte y con esa energía desarrollamos un cuerpo sano, o trabajamos y convertimos esa energía en trabajo. Desarrollar una capacidad se parece a esto. En lugar de sentarnos a esperar las cosas que otros van a hacer en nuestro nombre, nosotros podemos, en nuestro propio nombre, adquirir conocimiento y avanzar hacia ser expertos en tomar decisiones. En el ejemplo sobre la radio, el aparato electrónico más sencillo de nuestro tiempo, me había comparado a mí mismo con un experto. Quise detenerme, con esto, en la importancia de ser experto. Por lo demás, saber o no saber cómo se fabrica una radio no es obligatorio ni vital. Pero veamos como obligatorio desarrollar la capacidad de tomar decisiones que Dios espera de todo ser humano. Al hacer esto, no solo nos salvaremos a nosotros mismos, sino que habremos dado el conocimiento y el estímulo que también llevan a muchos a la salvación. ¿Es posible hacer esto completamente solo? En realidad es difícil, pero no imposible. Todos aquellos profetas y científicos, en las cosas que hicieron, que descubrieron, la mayoría de las veces estaban solos. Es más, tenían que luchar contra obstáculos y mucha oposición. Y leemos de nuevo en las Sagradas Escrituras que el precio de amar a Dios y de seguir sus principios es, la mayoría de las veces, aún mayor. Junto a esto, la facilidad para adquirir conocimiento de nuestro tiempo, nuestro mundo no la ha vivido ni visto en ninguna de sus épocas. Muchas de las personas a las que llamamos corrientes disponen también de estas posibilidades. Por eso, encontremos ánimo en estas palabras que se nos dan:

Yo os digo: pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe, el que busca halla, y al que llama se le abre.

¿Qué padre de entre vosotros le da una piedra a su hijo que le pide pan? ¿O si le pide un pescado, le da en lugar del pescado una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le da un escorpión?

Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenos regalos a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan? Lucas 11:9-13

Con el ánimo que dan estas palabras, no nos veamos desamparados como nos hemos sentido hasta ahora. ¿A quién de nosotros, si busca a Dios y su voluntad con un corazón íntegro y sencillo, con sinceridad y franqueza, con rectitud y verdad, y ruega cuando se encuentra en un callejón sin salida en cuanto al conocimiento y el entendimiento, Dios le dirá: «Ah, ahora se ha visto acorralado, que se pierda en la ignorancia»?! ¿Haría Dios una cosa así? Los versículos de arriba nos muestran justo lo contrario de esto. Además, en lugar de una mayoría corrompida, mentirosa, equivocada, la soledad recta, honrada y sincera es más edificante y facilita hallar la verdad. La enseñanza de las religiones sobre este tema es justo lo contrario. Ellos, de nuevo como dije, sin vergüenza dicen: «Antes que hacer solo lo que es correcto, hago lo que es incorrecto junto con la organización, o junto con mi propia religión; es mejor». En cierto modo, cada uno da testimonio por sí mismo de lo que ha elegido.

Aquí debemos aceptar que estamos en la obligación de hacer una distinción. Cuál elegiremos es algo que cada uno sabrá. Uno lleva a la vida eterna, y el otro al odio eterno, la vergüenza y la muerte. (Deuteronomio 30:19-20)

No vean como terminado aquí el tema de mi libro relacionado con la toma de decisiones. Todo el libro se escribió con el fin de respaldar también este pensamiento en esta dirección. Por supuesto, quiero animarlos a que decidan por lo bueno. Pero digo «animar», no digo «decidiré en vuestro nombre». Mientras ustedes no lo quieran, nadie más que ustedes puede decidir en su nombre. Y si lo hace, esto no afecta a la relación de Dios con ustedes. Si, porque ellos hacen el mal, ustedes hacen lo mismo, serán malos a los ojos de Dios. Y si, porque ellos hacen el bien, ustedes hacen el bien, esto no tendrá mucho valor a los ojos de Dios. En la dirección de esta lógica, miren lo que dice Dios:

El SEÑOR de los ejércitos dice así: «Pregunta ahora a los sacerdotes acerca de la ley, diciendo: Si alguien lleva carne santa en la falda de su vestido, y con su falda toca pan, o guiso, o vino, o aceite, o cualquier comida, ¿quedará esta santificada?». Y los sacerdotes respondieron y dijeron: «No». Y dijo Hageo: Si alguien que se ha contaminado por un cadáver toca alguna de estas cosas, ¿quedará esta contaminada? Y los sacerdotes respondieron y dijeron: Contaminada quedará. Y respondió Hageo y dijo: «El SEÑOR dice: Así es este pueblo, y así es esta nación delante de mí, y así es toda obra de sus manos, y lo que allí ofrecen es contaminado». Hageo 2:11-14

¡AH, ESOS!

Martes, 12 de mayo de 2004

Si tú estuvieras de pie ante Dios, y Dios te hiciera una pregunta: «¿Por qué hiciste esto o aquello de esa manera, por qué creíste así?». A esa pregunta, ¿responderías: «Yo lo hice así porque ellos lo quisieron de ese modo; solo porque ellos me lo pidieron»? Algunos se detienen brevemente y responden de inmediato: «A veces sí, solo lo hice por ellos». Como ya lo entendemos de nuestras conversaciones con la gente, quieren decir: «Pase lo que pase, haz lo que te digan y te salvarás, no te meterás en problemas, además no tienes otra opción». Ya sea católico, protestante, musulmán, judío, testigo de Jehová, comandante, presidente, primer ministro, gobernante, etc., la consigna de todas las religiones, de todos los Estados y de todos los ejércitos es la misma. El tema al que aquí daré peso es la relación de las personas con las religiones y aquellos gobernantes que están al frente de las religiones, es decir, ellos.

Tú, yo, él, todos somos imperfectos, falibles, pecadores, pero los que están al frente de todos, solo de palabra dicen que sí, mas en la práctica es como si nunca cometieran falta alguna. Son casi dioses. Aunque cometan una falta, ellos tienen razón. Y nadie, sin siquiera conocer a esos, sin haber visto jamás sus rostros, sin comprender lo que escriben; y más aún, gente que a veces ni siquiera cree en lo que se ha escrito. Solo porque ellos lo dijeron, si es necesario, van incluso a la muerte. Y al morir, creen que están sirviendo a Dios. Pero ¿a qué Dios, acaso? ¿Quiénes son estos ellos?! La humanidad avanza aferrada a un «ellos, ellos», pero ¿quiénes son en verdad estos?

Alguno recibe órdenes de ellos por el líder de algunos kurdos, Öcalan, y hasta se quema a sí mismo. Porque ellos así lo han dicho. Han dado la orden: «En este mitin, que algunos de nosotros se prendan fuego». Y algunos pobres desdichados lo han hecho. Unos por Marx, otros por Lenin, otros por Hitler, otros por Elvis, otros por Napoleón, otros por el Papa, otros por las juntas directivas, y otros por el presidente, el rey o el primer ministro de vaya uno a saber qué, van a la muerte, sea con agrado o sin él. Las personas siempre se han deleitado en tratar como a un dios a un hombre que es igual a ellas. Y sin embargo, por muchos dioses que haya, hay un solo Dios. (Biblia—1 Corintios 8:5, Gálatas 1:8, Apocalipsis 22:9) En la Sagrada Escritura, respecto a este tema, es un ejemplo interesante que, aun cuando Dios gobernaba a los israelitas, estos insistieran en pedir un rey para que estuviera al frente de ellos. En los versículos de 1 Samuel 8:5-7 de la Torá, el pueblo le dice esto al profeta Samuel sobre este asunto:

«Mira, tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos. Ahora, nómbranos un rey que nos gobierne, como lo tienen las otras naciones». Pero el que dijeran «nómbranos un rey que nos gobierne» no le agradó en absoluto a Samuel. Samuel clamó al Señor. El Señor le respondió a Samuel: «Escucha todo lo que el pueblo te diga. Porque no te han rechazado a ti; me han rechazado a mí como su rey».

Me veo obligado a escribir una y otra vez los temas que he mencionado en capítulos anteriores y estos pasajes que tienen mucha relación con este tema. Sí, aunque en este asunto Dios, por medio de su profeta, dijo clara y detalladamente qué desgracias traerían aquellos reyes sobre los israelitas, ellos aun así dicen: «Nosotros de todas maneras queremos un rey al frente». 1 Samuel 8:20

En realidad, como se entiende claramente de este suceso, siempre hemos sido nosotros, los seres humanos, quienes hemos querido poner a esos ellos al frente de nosotros. Y hasta tal punto, que ya no podemos vivir sin ellos. Aunque se construya un simple retrete público, le ponemos un gobernante al frente y nos hacemos gobernar por esos ellos. Hubo un tiempo en que las personas gritaron «democracia, democracia», gobierno del pueblo. En época de elecciones ponen a dos o más personas, cada una peor que la otra, y dicen: «Elegid». Con este medio han cerrado la boca a la gente. Y cuando las cosas salen mal y quedan aplastados debajo, entonces se callan unos a otros diciendo: «Tú lo elegiste, hermano». Sin entrar en el tema de ellos en la política, limitemos de nuevo nuestro discurso a las personas explotadas, usadas y esclavizadas en nombre de la religión, en nombre de Dios. Porque mi propósito es expresar la relación de las personas con Dios y con Su verdad. Al continuar con nuestro tema, subrayemos también un versículo que a los religiosos les encanta usar. En la Biblia, Mateo 10:40, Jesús dice así:

El que os recibe a vosotros, me recibe a mí. El que me recibe a mí, recibe al que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta.

A los religiosos les encanta este versículo. Porque todos dicen: «Lo que aquí está escrito somos nosotros». «Recibidnos así, para que vuestra recompensa sea grande». Pero me veo obligado a escribir también este versículo, que definitivamente no les gusta que se use contra ellos. También en la Biblia, en los versículos de Mateo 7:15-16 y 21 se dice así:

¡Guardaos de los falsos profetas! Ellos se os acercan disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis... No todo el que me dice: «¡Señor, Señor!» entrará en el reino de los cielos. Sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

A quienes esperan entrar en el paraíso, en la prosperidad, por obedecer por orden ajena —incluso sin entender ni creer—, intento explicárselo con ejemplos, empezando por Adán, el antepasado de la humanidad. En los escritos sagrados leemos claramente cómo Adán, tras pecar, enseguida le echó la culpa a Eva, y cómo Eva a su vez le echó esta culpa a la serpiente, pero que con estas excusas no lograron salvarse. Con muchos otros ejemplos, mostramos, dando ejemplos de las Sagradas Escrituras, incluso las conductas erróneas de los profetas, e incluso aquellas que causaron la muerte de un hermano profeta suyo. (Por favor, leed 1 Reyes 14). También, mostrando desde las palabras de Dios, cómo el profeta David y otros reyes, con sus conductas erróneas y corruptas, arrastraron tras de sí a la muerte a multitud de personas. (Por favor, volved a leer todo el capítulo 24 de 2 Samuel). Y no es un secreto cómo los sacerdotes, que representaban a Dios, desviaban al pueblo de Dios. En resumen, por mucho que digas «lo hice porque otro me lo mandó», esto no será una excusa para ti.

«Ama al SEÑOR tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» Biblia—Mateo 22:37

Dios espera que las personas se acerquen a Él con un corazón entero y un alma dispuesta, usando su mente. Con estas palabras, Jesús no quiso decir que las personas puedan alcanzar este propósito nombrando a un gobernante al frente de ellas. A lo largo de la historia, las personas, como si vieran este mandamiento de Dios como algo del todo imposible de cumplir, creyeron que se libraban de esta responsabilidad con las facultades que otorgaban a las personas que ponían al frente. Las personas vieron este amor que se debe mostrar a Dios como una carga que solo ellos debían llevar. Y todavía, con la misma mentalidad y la misma actitud, se obstinan en acercarse así a Dios. Sin aprender siquiera la lección de las páginas de una larga historia llena de dolores que solo ha causado su propia perdición. Aunque muchas veces odian esta situación, aun así han dicho «gobernadnos vosotros, acercadnos vosotros a Dios», y todavía lo dicen. Y el sabio Salomón, inspirado por el espíritu de Dios, dice así, en consonancia con este tema:

Hay tiempo en que un hombre domina sobre otro hombre para su propio perjuicio. Eclesiastés 8:9

Y como aquellos «ellos» que gobiernan también lo saben, prácticamente han esclavizado a las personas que han puesto bajo sus órdenes infundiéndoles miedo, con tortura, con toda clase de presión. Y las personas odian la verdad no porque no la conozcan; sino porque no pueden pagar el precio de la verdad. Y el mayor motivo es que, por temor y por vergüenza, ahogan la verdad dentro de sí.

El miedo de la humanidad no es en vano, claro. Porque estos ellos, pase lo que pase, exigen obediencia incondicional para sí mismos. La palabra «no» es la que más odian. Por eso, atemorizar a las personas que los rodean es un logro para ellos. Piensan: «De otro modo, este pueblo insensato no puede ser gobernado». Es decir, cuanto más atemorizan, más exitosos son. Cuanto más aplastan, mejor lo están haciendo. Cuanto más aniquilan, tanto más poderosos son, quiere decir. Y esa labor de aniquilar no la hacen ellos mismos, esos «ellos». Porque es un trabajo sucio. Quedarían disminuidos a sus propios ojos. Hacen que otros realicen ese trabajo. Es muy curioso: Hitler hizo matar a la fuerza a gran parte de los judíos otra vez por mano de los propios judíos, y les amargó la vida haciendo que se mataran unos a otros por su propia mano. En las religiones la situación es la misma. Ellos nunca ensucian sus manos limpias. Si hay que aniquilar a alguien, excomulgarlo, cortar la relación con él, cortarle la cabeza; para permanecer ellos siempre inocentes y limpios, hacen que otros realicen estos trabajos. Ellos por lo general solo ordenan, ni siquiera quieren verlo. ¡Se les revuelve el estómago! Y los otros, ellos mismos, tiran de la soga del ajusticiamiento de sus propios compañeros iguales a ellos, y encima con placer. Para congraciarse con ellos, para vivir tranquilos un tiempo más.

Ya ni siquiera hay en las personas el conocimiento de eso que se llama una conciencia limpia. El apóstol Pablo, en su servicio a Dios, cuidó mucho esta conciencia limpia y sin mancha. Pablo:

«Digo la verdad delante de Dios y no miento; Dios, a quien sirvo con UNA CONCIENCIA LIMPIA…» continúa así su carta. Sí, la persona debe poder decir: «Todo lo que hice, lo hice con una conciencia limpia, Dios mío, porque te amo, porque era lo correcto». Pase lo que pase, la verdad no debe cambiarse porque este lo dijo o aquel lo dijo. Nos preocupamos unos por otros, como también dice Pablo, incluso por agradar a nuestras esposas. Pero arrojar la verdad diciendo «voy a agradar a los demás» y apartarse de la rectitud, significa vendernos a nosotros mismos.

Hacemos muchas cosas que no queremos, que son vanas. Para agradar al que tenemos delante, para ganar a esa persona, soportamos incluso muchas insensateces. Pero ¡cómo se puede abandonar a Dios! Aun cuando en realidad sabemos que Sus deseos son únicamente para nuestro propio beneficio.

Si un Estado o un comandante, un presidente, una organización religiosa, un primer ministro, o un ídolo, el honor, la gloria, lo material, el miedo, el valor, la altura, la bajeza, las cosas del cielo, las cosas de la tierra, o las cosas debajo de la tierra, pueden separarnos de Dios, entonces significa que no le pertenecemos, así de simple. ¿Nos lo estamos inventando de nuestra cabeza? En el libro de Romanos de la Biblia, en los versículos 8:35 y 38-39:

«¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? ...Porque estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni las potestades, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro».

¿Quién dijo las palabras de arriba? Un ser humano pecador como nosotros. Si él dijo esto e hizo esto; ¿acaso Dios no nos dice a nosotros, por medio de él: «VOSOTROS TAMBIÉN HACEDLO»? Por desgracia, nosotros los humanos no nos esforzamos por las cosas buenas. Por lo general escogemos el camino fácil, feo y corto. En vano morimos y matamos diciendo: «Da igual, yo hice esto por ellos». Con esto creemos que aliviamos nuestra conciencia, la que hemos educado mal. No lo olvidemos, esta conciencia no es la misma conciencia de la que hace un momento habló el apóstol de Dios. No nos damos cuenta de en qué situación tan lamentable hemos caído. ¡¿Acaso lo más correcto es decir «de todas formas aferrémonos a alguien, y que nos lleve a donde nos lleve»?! Son ellos quienes dan forma a nuestra vida. Y encima, ¡estamos tan tranquilos diciendo «esto es responsabilidad de ellos, ellos darán cuenta de esto», que ni preguntes! Es cierto, ellos darán cuenta sin falta en su propio nombre. Pero, ¿en nombre de quién daremos cuenta nosotros? ¿En nombre de ellos? No. ¿En nuestro propio nombre? Sí.

¿Al casarnos le preguntamos al imán con quién, con cuál casarnos? ¿Al entrar en un trabajo consultamos al cura sobre a qué trabajo entrar? Al comprar un coche, jamás vamos al rabino (el religioso de los judíos) a preguntar de qué color y modelo compraremos el coche. Pero en lo que respecta a Dios, ¡se nos parte el alma de miedo con solo salirnos de sus palabras! ¡Porque eso sería una traición enorme contra ellos!

Con todo esto, por supuesto, no queremos decir que todo gobernante sea malo. También ha habido cuantos gobernantes bienintencionados. Por ejemplo, el profeta David, que escribió una parte del libro de los Salmos, y su hijo Salomón también fueron reyes. En la Sagrada Escritura consta que también hubo cuantos reyes que fueron de corazón entero con Dios, junto con sus errores y pecados. Debemos admitir que también vivieron buenos gobernantes que no quedaron plasmados en esos libros. En cierta época, el revolucionario mexicano Emiliano Zapata quizás también se percató de algo que Dios había dicho mucho antes. A su pueblo, en su mayoría gente que ni siquiera sabía leer ni escribir, que vivía de la agricultura y de la tierra, le dijo estas palabras semejantes: «Aprended a gobernaros a vosotros mismos». Los versículos de Eclesiastés 8:9 también respaldan este pensamiento.

Así como gobernar es algo muy difícil, ¡que no olviden los que se deleitan en gobernar que darán cuenta no solo en su propio nombre, sino también en nombre de las personas a las que se deleitan en gobernar!

¿Queremos tomar ejemplo? ¿Acaso Dios no se lo dio a la humanidad? ¿Queremos ir tras alguien? ¿Acaso no hay en las Sagradas Escrituras personas dignas de ser tomadas como ejemplo, y sus obras? Y además, personas probadas y a las que Dios ha puesto Su sello. ¿Qué más queremos? A la pregunta de cómo debemos vivir, «¿cómo debemos agradar a Dios?», leemos de nuevo esta respuesta del versículo de la Biblia, en 1 Tesalonicenses 4:1-3:

«…La voluntad de Dios es esta: que seáis santos…»

¿Qué significa ser santo? ¿Ser santo significa hacer la ablución cinco veces al día, permanecer soltero toda la vida, ayunar durante días e imponernos castigos, repetir innumerables veces suras de memoria que no entendemos, obedecer ciegamente órdenes humanas lejanas de la justicia, ir de puerta en puerta a predicar tantas horas al mes? Si no sabemos su significado, ¿por qué no intentamos aprenderlo de la palabra de Dios, de los libros que dictó por medio de sus profetas? Cuando lo que deberíamos hacer es lo correcto, ¿por qué no arrojamos de encima nuestro el miedo, la pereza, la falsedad, la hipocresía, el egoísmo, el espíritu de adulterio, el amor al dinero y todo lo demás que se le parezca? (Por favor, mirad los versículos de Colosenses 3:5-9 en la Biblia). No dediquemos nuestra mente solo a decir «cómo obtengo mis intereses cueste lo que cueste». Examinémonos a nosotros mismos. Preguntémonos: «¿Qué es lo que pasa por mi mente y lo que hago durante todo el día?». Porque leemos que, antes de aniquilar a la humanidad en los días de Noé, Dios era un Dios que miraba con atención las mentes de ellos. Allí:

«El Señor miró, y la maldad que el hombre hacía en la tierra era mucha, y todo pensamiento de su corazón era de continuo solo el mal», dice, en los versículos de 6:5 del libro Génesis o de la Creación de la Torá:

Así como el Señor aniquiló a los que vivían en la tierra de aquel entonces, ¿por qué el mismo Dios no habría de aniquilar ahora? ¿Acaso somos nosotros mejores que aquel mundo, que aquellas personas de entonces? Os digo que no, todo lo contrario, somos aún peores. Podéis estar del todo seguros de que Dios también aniquilará a los malos. Porque la situación no es como muchos suponen y desean. «El Señor no duerme ni olvida». «El que formó el ojo no es ciego, el que formó el oído no es sordo». Entonces, ¿acaso pensáis que Dios callará siempre por las cosas que ve y oye en nuestra tierra? De nuevo me veo obligado a decir que no. Como también en la Biblia Dios le reveló al apóstol Pedro:

«El Señor no se retarda en su promesa, como algunos la tienen por retardación, sino que es paciente para con vosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento». 2 Pedro 3:9

Quiero llamar vuestra atención: no dice «se retardará», dice «es paciente». Y nosotros vivimos en los últimos tramos de esa paciencia. ¿Cuál debe ser nuestro propósito? ¿Cuáles deben ser nuestras expectativas de la vida, de una vida tan corta que pasamos? ¿Cuáles son las metas para nosotros?

Arrepintámonos y volvámonos de nuestros pecados. Arrojemos de encima nuestro las murmuraciones, el hablar mal de los demás, las enemistades, las tiranías, toda clase de corrupciones. Nuestro propósito no debe ser cambiar a ellos, a los gobiernos, a los gobernantes, a las religiones, a las organizaciones, en resumen, al mundo; nuestro propósito debe ser cambiarnos a nosotros mismos. Dios no nos da la tarea de cambiar el mundo, sino que ordena: «Cambiaos a vosotros mismos». ¿A quién, a quiénes les dice esto? A nosotros, a todos, a toda la humanidad, «porque todos pecaron», escribe. (Romanos 5:12) Por último, quiero animaros a todos con estos versículos. Con la autoridad que recibió de Dios, Jesucristo, en la Biblia—Apocalipsis 22:11-12, dice:

«… Porque el tiempo esperado está cerca. El que hace el mal, siga haciendo el mal. El que es sucio, siga en sus obras sucias. El que es justo, siga haciendo lo justo. El que es santo, permanezca santo. ¡He aquí, vengo pronto! Y mis recompensas conmigo están. A cada uno le daré según lo que haya hecho», dice.

¡Una carta dirigida a la Organización!

Publicado en http://mesias.de

Esta carta que voy a publicar a continuación, y que enviamos a los Cuerpos Directivos de los testigos de Jehová, la escribí en nombre de mi esposa, con su aprobación. A la carta se le añadieron también algunas reflexiones con la ayuda de Bernd. En la Santa Escritura dice: «No pronunciéis juicio sobre un asunto sin que haya al menos dos testigos». (1 Timoteo 5:19) Por eso en el Evangelio la vida de Jesucristo la refieren cuatro testigos: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Según algunas personas, esto son repeticiones sin sentido. Sin embargo, estas personas fueron testigos de las verdades que vieron y vivieron acerca del Mesías, y dieron testimonio de ellas. Además, la manera de ver los acontecimientos es distinta en cada uno de ellos. Acerca de algunos hechos se obtiene información más clara y precisa mediante el testimonio de los cuatro. Mientras uno relata un hecho, otro cuenta ese mismo suceso entrando en otros detalles.

Por eso nosotros también respaldamos esta carta con la firma de tres testigos. Con todo esto quisimos decir que así es. Yo mismo la había empujado hacia allá para que mi esposa se hiciera testigo de Jehová. Mi propósito era que ella también, quizá como yo, se animara, investigara y adquiriera conocimiento acerca de Dios. En aquel entonces yo era, en mis pensamientos, en mi conocimiento y en mis experiencias, tosco e inexperto. Todos deben admitir que el conocimiento general que se nos da acerca de Dios es cero. Por eso también yo, con la idea y el objetivo de que «si mi esposa adquiere conocimiento, entonces amará a Dios», la animé a que se hiciera testigo de Jehová. Pero, tras todos estos conocimientos y verdades, vi que al menos mi conciencia —y no solo la mía, sino también la de mi esposa— no quedaba tranquila con que ella permaneciera allí. También es un hecho que mi esposa no tiene, ni ha tenido, el mismo empeño, conocimiento y deseo que yo respecto a estos asuntos. Eso es algo que cada uno decide por sí mismo; yo solo puedo animar. Lo mismo vale para mi hijo. Nadie es forzado en estos asuntos, ni debe serlo. Solo se puede motivar y despertar el deseo en las personas. Forzar suele despertar odio. No quisiera tener ni siquiera una pizca de sal en esa sopa de hacer que la gente odie el camino de Dios. Vaya uno a saber cuántas cosas hacemos ya sin saberlo, sin juicio. Por eso dijimos: «cada uno de nosotros debe ser experto en este asunto». Si avanzamos por el camino de lograrlo, también serán menores nuestros errores.

La respuesta que hemos recibido hasta ahora a esta carta que escribimos ha sido la pregunta: «¿Quieres seguir siendo testigo o no?». Mi esposa respondió: «Nosotros, mediante esta carta, hicimos una pregunta y queremos una respuesta a nuestra pregunta. ¿No es este nuestro derecho? ¿Acaso no nos enseñasteis así y nos animasteis a salir de la religión que teníamos antes?». La persona que hizo aquella pregunta es un testigo cortés. Él dijo: «Ese es tu derecho». Lo dijo, pero, por algún motivo, hasta ahora no han encontrado ni han enviado a nadie para responder. Ni tampoco se dignaron a escribir una nota.

Yo envié esta carta también a Josef, aquel con quien me conocí por primera vez, que tenía preguntas acerca de Dios y a quien yo apreciaba. Josef envejeció y tiene también sus enfermedades. Como no llegaba respuesta alguna, telefoneé y pregunté: «¿Cómo? ¿Recibisteis nuestra carta?». «Sí, pero aún no la hemos leído», dijeron. ¡Había pasado ya más de una semana desde que la recibieron y no la habían leído! Nos conocemos desde hace unos veinte años. En una ocasión, cuando vinieron a vernos, había hablado con ellos sobre el contenido de esta carta. ¡Por eso, como conocían el contenido de la carta, no la leían para no incurrir en pecado! Cuando Josef me dijo por teléfono: «Somos gente mayor, déjanos en paz», no volví a llamarlos nunca más. Si mi llamada les molesta, no tengo, ni he tenido nunca, la intención de forzar a nadie poniendo el pie en la puerta entreabierta, como hacen los testigos al predicar. Esa es también su decisión, pero por teléfono le dije a Josef: «Pase lo que pase, diga lo que diga la carta, ¿no deberías, no por los años de una persona que conoces desde hace veinte años, sino al menos por las cualidades de esa persona que conoces, abrir esa carta y leerla? Aunque no sea nada, es una muestra de respeto. Si hay un error o una falta míos, muéstramelo tú; si hay una falta o un error de la organización a la que pertenecéis, no les haces ningún favor defendiendo ese error». Prometió leerla, pero no volvimos a saber nada de ellos. ¡Quién sabe, quizá algún día! Un tiempo después me enteré de que había fallecido. Espero que en la resurrección, es decir, en el día del levantamiento, sea, según Dios, alguien totalmente valiente y esforzado.

Sin embargo, él había nacido y crecido como católico. En su juventud, por querer hacerse testigo, por creer que solo ellos decían la verdad, ¡cuántas dificultades soportó y cuántos esfuerzos hizo! Pero nuestro valor y amor por esa verdad serán probados a toda edad, y esto ninguno de nosotros debe olvidarlo.

Publico a continuación, tal cual, la carta que mi esposa envió al Cuerpo Directivo de los testigos de Jehová.

Queridos Hermanos y Hermanas: 10 de octubre de 2003

Con esta carta pretendemos daros a conocer algunas cosas importantes que están en nuestro corazón y que hace mucho tiempo nos inquietan. Callar es cobardía; «en el amor no hay temor», dice el apóstol Juan. (1 Juan 4:18) Nuestro propósito es una compulsión que nace del amor. Mejor dicho, a escribiros esta carta nos obliga el amor que aprendimos de Dios y de su Mesías.

Como aprendimos de vosotros, antes era una conducta correcta investigar la religión en la que nos encontrábamos y, haciendo preguntas, tratar de ver sus errores. Nosotros hicimos exactamente eso. No lo hicimos por obediencia a vosotros, sino porque era lo correcto y la voluntad de Dios.

Vosotros nos enseñasteis que toda clase de mentira es incorrecta; a no dar ni recibir soborno, a no matar, a no negar la ayuda, a no ser hipócritas, etcétera. Por eso hicimos cambios en nuestra vida manteniéndonos alejados de estas cosas. Lo hicimos no por obedeceros a vosotros, sino porque lo consideramos correcto. Y creímos también que nuestro Creador quiere estas cosas así.

Aprendimos también a ser siempre abiertos y honestos; tan abiertos y justos que sin ocultar nada, sin avergonzarnos, sin sentir necesidad de esconder. Porque las personas hacen las cosas malas en secreto, avergonzadas y cohibidas. También intentamos guardar esto. De nuevo, no lo hicimos solo porque vosotros lo dijerais, ni por obediencia a vosotros, sino porque vimos que estas cosas eran correctas y porque son la voluntad de Jehová Dios.

Los puntos que escribimos arriba eran solo algunos de entre cientos de ejemplos. Nuestro propósito es hacer nuestra carta lo más breve posible. Estas eran para nosotros bellas palabras, consejos y estímulos. Nuestro conocimiento con vosotros se remonta a unos 18 años atrás. Tres años después de conocernos, en la familia solo yo me bauticé. Lamentablemente, como durante este tiempo no vimos apenas la aplicación de los puntos que hemos señalado arriba, tal como se predicaban, intentamos poner por escrito —como comprenderéis por lo que sigue de nuestra carta— los más notorios de entre otros cientos de puntos, junto con un hermano que sirvió como anciano y a quien expulsasteis de entre vosotros por decir: «Dios ve siempre el futuro, no de vez en cuando».

Todavía recuerdo muy bien el congreso de distrito celebrado en Alemania en 1988. En aquel congreso, celebrado en un aparcamiento de varios pisos con traducción simultánea a muchos idiomas, toda la comunidad de testigos nos pusimos de pie y, mencionando uno por uno los errores que se cometen y se creen en todas las religiones en general, gritamos con alegría y fe cuánto los aborrecíamos. Estos eran: enseñanzas falsas, evitar el nombre de Dios, la creencia en la Trinidad, vidas inmorales, etcétera. Subrayamos que los aborrecíamos porque no los considerábamos correctos. Cosas semejantes tampoco eran del tipo que se pudiera pasar por alto con la excusa de la imperfección.

Precisamente con este propósito os escribimos esta carta. Esto no significa que nosotros seamos mejores que vosotros, ni debe significar que sepamos más, y mucho menos debe significar que seamos superiores a vosotros. Por decirlo con vuestras propias palabras, escribimos esta carta no «desde arriba», sino como algunos de los «más de abajo».

Lo importante para nosotros era qué espera Dios de la humanidad. No quién posee tal etiqueta o tal poder. Y también aprendimos de Jesucristo que todos somos hermanos. Con pesar debemos decir, de nuevo, que tampoco esto lo vimos en la práctica. En realidad, ¿qué queremos decir? Creo que la continuación de nuestra carta explicará qué queremos decir con estas cosas.

Después de entrar entre vosotros, nos dimos cuenta de que hacer preguntas se miraba con malos ojos y como algo incorrecto. Estas preguntas no eran preguntas sencillas que surgen de la ignorancia. Supongo que no hace falta que diga que a tales preguntas las recibíais con gran agrado. Las preguntas a las que nos referimos eran preguntas que, tras una investigación seria, con pruebas y basadas en evidencias, exigían que reflexionáramos profundamente sobre las enseñanzas de la Organización. A quienes hacen tales preguntas, por lo general, en lugar de una respuesta se les responde preguntándoles por el móvil (la actitud del corazón), el propósito de la persona. Y con ello nos topamos con actitudes y comportamientos cuya respuesta nunca resulta satisfactoria.

Por ejemplo: las interpretaciones sobre cuándo llegaría el fin. (1874-1914-1918-1925-…1975) A pesar de que ninguna se cumplió. Los errores cometidos en estas fechas nunca se confesaron, sino todo lo contrario; estas fechas, y el año 1914, que por algún motivo nunca pierde actualidad, se siguen defendiendo. Aunque esto ahora no tenga importancia para nosotros, lo terrible que notamos es que a quienes no creen en estas fechas los expulsáis de entre vosotros y los declaráis ya lejos de Dios e imposibles de salvar. Y decís que hacéis esto con la autoridad que habéis recibido de Dios. ¡Y vuestra creencia de ser el canal que viene de Dios hace la situación aún más aterradora! Estos son solo números, fechas, pero la creencia que muchos tienen en ellos y los cambios que en ese sentido hicieron en su vida causaron después que esas personas llevaran su vida en situaciones muy difíciles. Algunos, porque venía el fin, hicieron que les pagaran por adelantado su seguro de jubilación; otros vendieron sus bienes y fortunas; otros, tras dejar sus muy buenos empleos, se encontraron después ante el desempleo. ¡Esto llegó tan lejos que se subieron a botes y pasaron varios días en el mar para contemplar la destrucción del mundo!

Otro asunto, la situación de los hermanos en Malaui, es mucho más amarga y terrible que estas. Ellos, por vivir conforme a la orden que recibieron de vosotros, no solo perdieron sus casas y sus campos. Sus mujeres fueron violadas, fueron quemados vivos. Sus campos y casas fueron saqueados, y miles se vieron obligados a huir dejándolo todo atrás. ¿Por qué? Porque su Organización religiosa les había prohibido llevar el «carnet del partido». Es decir, vosotros lo habíais prohibido. Sin embargo, en el país había un único partido, y este carnet era algo que el Estado consideraba necesario que todos obtuvieran, que se conseguía por muy poco dinero y que todos, naturalmente, debían tramitar. Podríamos decir también que era un carnet que hacía las veces de documento de identidad. Pero estos testigos, que se rebelaron por una razón absurda contra el gobierno de partido único que llegó al poder tras la revolución del país, sufrieron todo esto porque, sin motivo alguno, se convirtieron en blanco del odio de aquella sociedad.

¡Y lo más indignante del asunto es que, al mismo tiempo, permitisteis con total tranquilidad que los testigos de México, mediante soborno, obtuvieran un carnet que decía que habían recibido instrucción militar! Mientras los hermanos de México hacían esto con mentira, soborno y fraude, sus conciencias no quedaban tranquilas, y escriben esto al cuerpo directivo de vuestros responsables allí: «Hasta ahora hicimos así, ¿qué hacemos de ahora en adelante?». La respuesta: «No nos volváis a escribir sobre estos asuntos; seguid haciendo como hasta ahora sabéis». Por un lado, en México, a esas personas se les permite hacer algo que es soborno, mentira, fraude e ilegal, mientras que por el otro, en Malaui, se prohíbe obtener el carnet del partido —que es legal y no requiere ninguna mentira ni fraude, ni vender nada del propio carácter— con el propósito de usarlo como documento de identidad. Sin embargo, ese carnet no los obligaba ni a votar ni a tomar partido. De todas formas, como dijimos, es un gobierno de partido único. ¿Quién quiere que sea así? ¡El canal de Dios! ¿Quién de vosotros cargará con el delito de sangre de todas estas personas?

La situación en la Alemania de Hitler tampoco es muy distinta. Todavía leéis con orgullo en vuestros congresos la carta que escribisteis a un loco dictador. ¡Una carta escrita al mismo Hitler! De los testigos de Jehová de América a Hitler. Con estas cartas también se le planta cara a Hitler. Hay un dicho en turco: «pisar la cola de la serpiente dormida»; pues es exactamente una situación así. Después de eso, no debe de ser muy difícil imaginar la situación de los testigos que vivían en Alemania. Cuando escribían una carta tan provocadora a alguien como Hitler, los de América tenían, por supuesto, la espalda cubierta. La primera vez que se leyó una copia de esta carta en un congreso, antes incluso de escuchar el final, me dije para mis adentros: «Los testigos de allí están perdidos». Y realmente lo estuvieron. Aquí, en cambio, se elogia la actitud de los testigos, como ejemplos de conducta que se podían tener frente a la política de Hitler. Lo que no logramos comprender es vuestra provocación. Para nosotros es una conducta asombrosa y muy carente de sabiduría, una conducta que costó la sangre de muchos. ¿Qué corregisteis con aquella carta? ¿De qué os seguís enorgulleciendo? ¿Qué beneficio se vio entonces y después? ¿Os enorgullecéis de ser valientes por plantar cara? Aunque esa carta la hubiera escrito no alguien de América, sino alguien que vivía en Alemania, aun así lo veríamos no como valentía, sino como insensatez. Pero en vuestro caso, no podemos pensar de otra manera que como no solo insensatez, sino como si al mismo tiempo hubierais colaborado en el derramamiento de sangre de muchos y en los sufrimientos de aquellas personas.

Al comienzo de nuestra carta, con «a vosotros no se os puede preguntar» nos referíamos a preguntas de esta clase. Ahora bien, ¿cómo sabemos estas cosas? Porque verdades como estas se desvanecen calladamente dentro de vosotros, entre apenas un puñado de hombres. Pero esto lo revela uno de vosotros. Y además alguien que se sienta muy alto. Un testigo de 62 años que dedicó 43 años de su vida a serviros y pasó sus últimos 9 años en el Cuerpo Directivo. Alguien valioso, distinto de vosotros: Raymond Franz. Sus libros (aún no hay traducción al turco) se han publicado en muchos idiomas. Uno se titula Crisis de conciencia, y el otro, En busca de la libertad cristiana.

En el punto de arriba, cuando escribíamos sobre algunos asuntos de mentira, fraude y soborno, no hablamos de las mentiras corrientes entre los testigos que se consideran comunes. Nuestro tema es cómo un testigo, tras haber dicho, a sabiendas o sin saberlo, algo que contradice a la Organización, luego, por miedo, lo niega ante la ley. O decir cosas que no tienen nada que ver con la verdad con el fin de proteger a la Organización. Y además con la conciencia tranquila. Incluso, si hace falta, ante el tribunal. Al hacer esto, esas personas se ven a sí mismas como si se hubieran sacrificado por su Organización. Así se enseña y ese es el ambiente que se respira entre ellos. Y al defenderse, se tranquilizan diciendo que hasta el apóstol Pedro, en una situación difícil, negó a Jesús. Sin embargo, Pedro no hizo esto de forma planeada, ni recurría de manera sistemática a tales mentiras como vosotros. Otra cosa que noté mientras se predicaba de puerta en puerta es que, cuando se llamaba a la puerta de los musulmanes y se iniciaba una conversación con ellos, ante la pregunta de la persona musulmana al testigo: «¿Has leído el Corán?», el testigo respondía «sí». Sin embargo, era un uso del lenguaje y una expresión que solo servía para engañar al dueño de casa, cuando en realidad solo había leído una o dos aleyas del Corán. ¡Con esta supuesta forma de predicar se sirve a Dios mintiendo!

Mientras en algún lugar de vuestras publicaciones os jactáis de que hasta ahora ningún testigo ha empuñado un arma ni ha matado a nadie, por el otro lado, ¡miles de personas enviadas a la muerte por orden vuestra! El caso de Malaui que mencionamos arriba. ¡Y a Hitler, con una carta prácticamente amenazadora, se pretende «salvar» a los supuestos testigos! Por su causa, las torturas infligidas a decenas de miles de testigos por toda Europa, los tormentos en los campos nazis, etcétera. Son asuntos que todos conocemos. Pero que nunca hayáis asumido semejante insensatez es algo que nos asombra. Otro asunto que nos llama la atención es que, en tantos años, en vuestras publicaciones nunca hayáis pedido disculpas a nadie por nada. Al parecer, a pesar de que decís «somos imperfectos», surge la impresión de que en la práctica os creéis perfectos.

Aunque sabíamos que no sois profetas, os recibimos como si os diéramos el valor de un profeta. Aunque no sois el canal de Dios, os escuchamos como si hablarais de parte de Dios. Yo creo que muchos, como yo, se acercaron a vosotros con el mismo pensamiento y la misma creencia. Todavía siguen sirviéndoos a vosotros, pero no a Dios. Sin embargo, aun así, las palabras de Jesús son esperanzadoras para los que somos como nosotros. Allí:

«El que recibe a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá» dice. Evangelio-Mateo 10:41

Nosotros, con estos pensamientos, mantuvimos nuestra relación con vosotros. Si vosotros no hacéis obras dignas de ello, esa será vuestra carga, no la de quienes creen en vosotros. Pero a quienes se empeñan en usaros a vosotros como una especie de «bastón de fe» para acercarse a Dios —porque lo hacen solo porque piensan en su comodidad o porque tienen miedo—, Dios les quitará ese bastón de las manos en el menor tiempo posible. ¿Cómo caminará entonces este pueblo? ¿No decís vosotros que «antes de que llegue el fin se prohibirán todas las religiones»? Este pueblo, que no sabe distinguir su derecha de su izquierda y al que habéis hecho depender solo de vosotros, ¿qué hará entonces?

Un hermano que, a causa de su enfermedad, sabía con certeza que iba a morir; alguien que creía en Dios y tenía fe de corazón. Un testigo de Jehová. ¡La rapidez con que anunciasteis que cortabais vuestra relación con esta persona ya en el mismo hospital, solo porque, antes de morir, diciendo «déjenme ver a mis hijos una última vez y luego moriré», aceptó una transfusión de sangre para vivir unos días más! ¡Qué clase de rapidez es esta la vuestra! Esa persona ese mismo día se está muriendo de todos modos. ¿A qué venía esta prisa por estamparle, antes de su muerte, la marca de «ya no digno de Dios» e «hijo del infierno»? ¿Porque recibió sangre? Sin embargo, mientras enseñáis que recibir sangre es un gran pecado, todos vosotros recibís por vías indirectas todo lo relacionado con la sangre. ¿Que cómo? Se explica detalladamente en las páginas 143 a 158 del capítulo 2 del libro Christliche Freiheit (en CD) de Raymond Franz. Pero volveremos a tratar este tema más adelante.

Digamos que ese hermano cometió un pecado por recibir sangre. Que no es así, porque si él recibió sangre directamente, vosotros la recibís de todos modos por vías indirectas. (Supongo que no hace falta que os diga que una de las vacunas que administran vuestros misioneros, o de las vacunas relacionadas con la inmunización, se obtiene de al menos 15 litros de sangre; esto es de conocimiento general). De nuevo, supongamos que ese hermano cometió pecado. A alguien que iba a morir esa misma noche, ¿había que decirle: se cortó nuestra relación contigo, estás privado de la misericordia de Dios; en otras palabras, ya no podrás salvarte jamás? ¿Es esto seguir a Jesús? «Misericordia quiero, y no sacrificio», ¿acaso Jesús no lo dijo bastante a los de vuestra clase? ¿Cómo juzgó Jesús a la mujer sorprendida en adulterio? Cuando dijo: «El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra contra ella», ¿no leísteis que todos los judíos se fueron retirando uno a uno, dejaron sola a aquella mujer, y que Jesús tampoco la juzgó? ¿Sois vosotros los que pretendéis ser seguidores de Jesús? Bravo, la verdad. En esto no estáis solos; tenéis tantos ejemplos semejantes en la tierra.

Afirmáis que sois el canal de Dios y que enseñáis por medio de este canal. Los ancianos vuestros que reciben enseñanza de este canal preguntan al lugar que es vuestro Cuerpo Directivo, a Nueva York-Brooklyn:

Una hermana que ha sido cortada de la asociación (de la relación), pero que todavía asiste a las reuniones. Cuando sube con el cochecito del bebé la empinada escalera de la congregación, sola, se da la vuelta y sube tirando del cochecito escalón por escalón. ¡Nadie la ayuda, tienen miedo de incurrir en pecado! Pero aun así, las conciencias que habéis cauterizado debieron de inquietarlos, porque os preguntan: «¿Podemos sostener el cochecito del bebé para ayudarla a subir las escaleras?». ¡Estos ancianos, pobrecillos! Yo, en cambio, digo: «¿No les preguntaron a sus conciencias qué haría Jesús?». Pero no; ellos le preguntan a Brooklyn: «¿Qué debemos hacer?». Habréis entendido por qué los llamo pobrecillos.

¿Qué dice el Señor por medio de Jeremías acerca de vosotros y de los de vuestra clase?

Son sabios para hacer el mal, pero para hacer el bien no tienen conocimiento. Jeremías 4:22

Si en uno de vuestros congresos un orador toma en la mano una Santa Escritura de color marrón y dice: «Si la organización dice ‘este libro es negro’, entonces este libro es negro», y es aclamado con una lluvia de aplausos, ¡qué le diremos a este pueblo! Siempre fue Hitler el culpable, pero ¿qué era el pueblo alemán que lo aplaudía? Cuando oigo estas cosas siento vergüenza. Y respecto a los que aplauden, Jesús ya dijo de antemano que ellos serían suyos. ¿Qué otra cosa son estas enseñanzas sino un reflejo de vuestro verdadero rostro? Escribimos estas cosas también con la idea de que quizá, de algún modo, os provoquemos y consigamos que os avergoncéis. Quizá pretendamos también ayudar, de algún modo, a que algunos de entre vosotros vean la verdad. Escuchad o no escuchéis, pero escribimos para que, cuando llegue el día de Dios, no podáis decir «no sabíamos». Y además, ¿acaso no nos advertisteis vosotros a nosotros? De la misma manera, ¿por qué no habríamos de advertiros nosotros a vosotros? Es más, nosotros lo consideramos una deuda. Y además, ¿no es esto también un mandato de Dios? ¡Y al mandarlo, sin preguntar en qué piso nos encontramos! «¿Viene esta carta desde lo más abajo o desde lo más arriba?»; Dios, sin duda, no hará una distinción como la que hacéis vosotros. (Ezequiel 3:18)

Aunque no esperemos que aceptéis vuestro error, aun así os advertiremos. En vuestras publicaciones, las revistas La Atalaya y ¡Despertad!, poned ya por escrito también un poco vuestros propios errores y faltas. Durante todo un siglo vuestra propia boca no ha hecho más que elogiaros a vosotros mismos. ¡Hasta la Iglesia, tras 3 o 4 siglos, con algunas comicidades, también pidió disculpas! (El caso Galileo) ¿O es que vosotros también necesitáis tanto tiempo para pedir disculpas? ¿Se os concederá entonces ese tiempo? Así como vosotros juzgasteis sus errores y pecados, ¿no creéis que a vosotros también se os juzgará así? Ellos, según vosotros, eran hijos de perdición; y vosotros, con estas obras vuestras, ¿de qué sois hijos?

De nuevo, a causa de la presión de la Organización entre vosotros y de la conciencia que habéis moldeado en sus miembros, no es en absoluto pequeño el número de los que, cayendo en depresión, se suicidan. Estas experiencias, que nunca podremos encontrar en las revistas ¡Despertad! ni en las publicaciones de La Atalaya, las leemos y las oímos de aquellos a quienes vosotros llamáis «apóstatas», y de los periódicos. Que en nuestra relación de unos 20 años con vosotros, y en todo vuestro pasado mucho más antiguo, en todas vuestras publicaciones hayáis sido siempre una organización que se elogia a sí misma es, en verdad, otro asunto. Sin embargo, cuán opuesta es esta jactancia al espíritu de la Santa Escritura. En Proverbios de Salomón 27:2 dice:

«Alábete el extraño, y no tu propia boca; el ajeno, y no tus labios» dice.

Cuando os conviene, con citas de las leyes de Moisés, con el fin de amoldarlos a la conveniencia o a la enseñanza de la Organización, usáis los versículos y la palabra de Dios con el fin de dar validez a vuestras propias obras. Pero también sabéis que allí dice: «Demandaré la sangre de una persona inocente de todo Israel». Un versículo semejante aparece en Deuteronomio 21:7,8. En Malaui, en la Alemania de Hitler, en México, y junto a todo esto, personas inocentes que os habían servido fielmente durante años y a quienes expulsasteis de entre vosotros. Y vuestros motivos para expulsarlos: bien porque uno comió con su empleador que había apostatado (y el motivo de la apostasía de aquel empleador fue que, durante un estudio del libro, ante la pregunta «¿por qué dice esto así?» acerca de una publicación de La Atalaya, dijo: «o cometieron un error o una tontería»); bien porque otro, hablando con un amigo, dijo: «Yo tampoco estoy de acuerdo con la organización en todos los asuntos»; esto es motivo para vosotros de que esas personas sean expulsadas. Ese hermano, cuando fue expulsado, tenía 91 años. A este hombre, a quien ya no permitisteis que nadie ayudara, muere tres años después. Y otro es expulsado por decir: «Dios no ve el futuro de vez en cuando, sino siempre». Otro, una viuda, es expulsada por trabajar en labores de limpieza en un cuartel militar para ganarse el sustento. Al mismo tiempo, la esposa testigo de un oficial que trabaja en labores de limpieza en la casa de un general dentro de ese mismo cuartel es vista con normalidad. ¡Porque el general pagaba el dinero de su propio bolsillo, mientras que la que trabajaba en el cuartel recibía su salario del ejército! A otro, que trabaja de jardinero, lo expulsan preguntándole: «¿Por qué cortaste la hierba del jardín de la iglesia?». O a un hermano electricista lo alejan de las reuniones diciéndole: «¿Por qué reparaste la electricidad de la iglesia?». A una anciana abuela: «¿Por qué hablaste con tu nieto, con quien se cortó la relación?», y también a ella la cortan de la asociación (de la relación). ¿Por qué se expulsa a padres y madres porque sus hijos vinieron a visitarlos? ¡Porque los hijos dicen: «Nosotros ya no queremos ser testigos»! Y hace un momento escribimos también con qué prisa y sin misericordia expulsasteis, antes de su muerte, al padre que recibió sangre para ver a sus hijos una última vez antes de morir. Si me pusiera a escribir los miles de ejemplos, no bastarían los libros. Nos vinieron a la mente estas palabras del Señor en el libro de Ezequiel:

«He aquí, yo estoy contra los pastores, y demandaré mis ovejas de su mano, y les haré dejar de apacentar las ovejas; y los pastores no se apacentarán más a sí mismos, pues yo libraré mis ovejas de sus bocas, y no les serán más por comida. Ezequiel 34:10

Anduvieron perdidas mis ovejas por todos los montes, y sobre todo collado alto; y por toda la faz de la tierra fueron esparcidas mis ovejas, y no hubo quien las buscase, ni quien preguntase por ellas. Ezequiel 34:6

Por cuanto empujasteis con el costado y con el hombro, y acorneasteis con vuestros cuernos a todas las débiles, hasta que las esparcisteis afuera; por tanto, yo salvaré a mis ovejas, y nunca más serán presa...» dice el Señor en Ezequiel 34:21.

¿Creéis que Dios no demandará de vuestra mano la sangre de todas estas personas? Si la demandó de las generaciones antiguas, también la demandará de vosotros. Así como antaño desechó de sobre sí a su propio pueblo, Israel, también os desechará a vosotros. Es más, aquellos eran un pueblo llamado por el mismo Dios. Pero ¿quién os eligió o os llamó a vosotros? Vosotros mismos. Frente a las manos ensangrentadas de católicos, protestantes, musulmanes y de tantas otras religiones, ¿creéis que vuestras manos están más limpias por no ir al servicio militar? Decimos que no. No os pongáis a engreíros y a decir: «Aprendiste de nosotros lo de Dios y ahora eres desagradecido». El apóstol Pablo, quien, si hay alguien que merezca gloriarse, es él, mirad qué dice con el espíritu de Dios:

¿Qué es Apolos? ¿Qué es Pablo? Servidores por medio de los cuales habéis creído... yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que da el crecimiento. 1 Corintios 3:5-9

Aquí Pablo subraya que todo el mérito se le dé no al que planta ni al que riega, sino al que hace crecer. Y como este no es ni Pablo ni Apolos, tampoco puede serlo en absoluto vuestra «Organización», que elevasteis hasta los cielos y ensalzasteis casi de forma idolátrica. Entonces, ¿quién lo es? Leímos lo que dice Pablo: dice «el Señor». ¿Hay en vosotros semejante espíritu? Nosotros no lo vimos. Y comprender de qué espíritu sois canal ya no es en absoluto difícil.

Las iglesias adoran y exaltan como Dios a María y a Jesús; los musulmanes le dan esta honra a Mahoma; los judíos, a Moisés; supongo que no hace falta que mencione a los hindúes y a los budistas. Vosotros también, con este valor que le dais a vuestra Organización más que a Dios, estáis dentro del mismo recipiente. Escribimos esto porque os veis a vosotros mismos como los únicos y los más puros de la tierra. También sabemos que con esta carta no despertaremos en vosotros más que odio. Pero el profeta Amós dice así:

«Aborrecen al que en la puerta los reprende, y abominan al que habla lo recto», no en vano dijo Amós estas palabras en Amós 5:10.

Jesucristo dijo: «Nadie viene al Padre sino por mí». (Juan 14:6) Y 1 Timoteo 2:5-6 escribe: «Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres». Vosotros, en cambio, al atar la vida eterna a la Organización, obligáis solapadamente a las personas a negar tanto al Señor Dios como a Jesucristo. Porque, en cuanto a ser mediador, Dios muestra que a nadie más que a Jesucristo se le ha dado esta autoridad. Pero ¿acaso Jesús no advirtió muy hermosamente a la humanidad sobre este asunto? En Lucas 21:8:

«Mirad que no seáis engañados; porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: ‘Yo soy’, y ‘el tiempo está cerca’. No vayáis, pues, en pos de ellos». (libro de la Buena Nueva, es decir, el Evangelio)

¿Acaso en algún lugar de la Santa Escritura hay un versículo que diga: id en pos de la Organización? Lamentablemente, como muy bien sabéis vosotros y como tratasteis este asunto en el Cuerpo Directivo, en ningún lugar de la Santa Escritura aparece siquiera la palabra «Organización», de ninguna manera.

Ahora bien, ¿quién es el «esclavo fiel y prudente» que hasta ahora se nos ha enseñado con tanto ardor? (Mateo 24:45-51) Jesús dice una palabra que arroja luz sobre esta pregunta:

¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos? …Cualquiera que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, y hermana, y madre.

Quienquiera que en la tierra sea conforme a este principio, ese es el esclavo fiel y prudente. Pero, por algún motivo, nunca les leéis a vuestros miembros la parte inferior de ese versículo que tanto amáis. Venga, al menos en esta carta expresémoslo nosotros. Quizá reflexionéis. Porque Jesús habla también de los siervos malos que habrá entre esos esclavos. Y dice exactamente así:

Pero si aquel siervo malo dice en su corazón: Mi señor tarda en venir; y comienza a golpear a sus consiervos, vendrá el señor de aquel siervo en el día que no espera y a la hora que no sabe, y lo castigará duramente, y pondrá su parte con los hipócritas; allí será el lloro y el crujir de dientes. Mateo 24:48-51

También sabemos que os apropiáis de todas las cosas buenas escritas en la Santa Escritura, y todas las cosas malas se las atribuís a quienes no están con vosotros. Como dijimos, escuchad o no escuchéis, nosotros seguiremos hablando. Nuestra conciencia nos obliga a hacerlo. A la luz de los asuntos mencionados arriba, no podéis ser otra cosa que de esa clase del esclavo malo. Porque, si esta parábola de Jesús es una profecía, ¿no se ajusta con toda exactitud a vosotros y a quienes obran como vosotros? No escribimos esta carta con el propósito de recibir respuesta de alguno de los robots que empleáis en el departamento de redacción. Nuestro propósito es que, si nuestras palabras fueron duras a causa de vuestras obras, dirijáis vuestros pensamientos y sentimientos no contra nosotros, sino a reflexionar sobre cómo os libraréis de vuestras obras, de vuestras enseñanzas y de la Organización de la que sois instrumento. Y valorad nuestra carta como algo que viene de muy abajo, con carácter de advertencia, no de enemistad. Aunque no creemos que vayáis a hacer algo así, nuestro propósito es en aras de estas palabras que Dios dijo al profeta Jeremías:

Quizá escuchen, y se vuelvan cada uno de su mal camino, y me arrepienta yo del mal que pienso hacerles por la maldad de sus obras. Jeremías 26:3

De nuevo, como vosotros mismos decís, en ningún lugar de las Santas Escrituras se enseña que las reuniones, o las congregaciones, son la cabeza del hombre. Es más, mientras que en la tierra vaya uno a saber cuántas religiones y sectas cristianas afirman esto, queremos subrayar también que no estáis solos. Pero el apóstol Pablo dice claramente en 1 Corintios 11:3:

...la cabeza de todo varón es Cristo... No dice reuniones, congregaciones, organizaciones ni nada por el estilo. Es más, esta autoridad de ser cabeza no se la da ni al anciano, ni al superintendente, ni a los rangos que se obtienen bajo cualquier otro nombre, ni a los hombres. Sino que, breve y concisamente, dice: «es Cristo». Y los versículos que dicen «sujetaos a los ancianos que están al frente de vosotros», también nosotros los entendemos en el sentido del versículo que dice «sujetaos a las autoridades que están al frente de vosotros». Así como en sus exigencias que están fuera de la voluntad de Dios hay que decir «no» a las autoridades, ¿por qué se habría de sacar una interpretación distinta de estos versículos respecto a quienes se hacen pasar por ancianos?

Esto muestra que Dios no da a nadie más que a la persona que Él ha designado para nosotros la autoridad de ser cabeza sobre nosotros. Solo entonces podemos esperar ayuda en este camino por el que andamos con el impulso del espíritu de Dios.

Al principio, nosotros también fuimos engañados y, gracias a vosotros, también engañamos. Las palabras hinchadas de vuestras publicaciones, por ejemplo, en vuestra revista en alemán Erwachet del 22 de febrero de 1985, Durch Aufgeschlossenheit Gottes Wohlgefallen. En esa revista vuestra que aquí se menciona, se enseña que la persona sea abierta con una honestidad sincera, íntima, que nace del corazón. En realidad, con nuestros ojos de ahora valoramos esto como el cebo puesto para atrapar a la gente en la trampa. De nuevo, la revista Wachtturm del 15 de enero de 1989, una entre cientos, Bist du für neue Gedanken Aufgeschlossen? Es decir: «¿Estás abierto a un nuevo pensamiento?». De nuevo la misma trampa y el mismo cebo. Estos son, como dijimos, solo dos ejemplos de vuestras cientos, miles de enseñanzas. Nosotros leímos estos escritos con gran alegría y fuimos engañados. ¡Con estas palabras, para atraer gente hacia vosotros, se lo predicamos a otros y también los engañamos! Como dijimos, ¡gracias a vosotros!

Hasta que aceptáis a una persona dentro de vosotros, le enseñáis que debe hacer todas estas cosas que se esperan de ella. Por ejemplo: «La persona debe investigar su propia religión, hacer preguntas y sin falta recibir respuesta también. Debe examinar la historia de esa religión, etcétera, etcétera». Pero los mismos principios no son válidos para un testigo de Jehová. Un testigo, sea correcto o equivocado, sin que se le pregunte ningún comentario ni su propio pensamiento, debe creer lo que diga la Organización, vivir así y también morir así. ¿Que la Organización cometió un error? No importa; el lema «antes que caminar solo por el buen camino, camina con la Organización por el mal camino» tampoco os habrá sonado extraño a los oídos, ¿verdad?

En la página 13 del libro de la Verdad (en alemán, Wahrheits-Buch), se escribe qué debe hacer una persona para cambiar de religión. Allí:

«No solo debemos investigar aquello en lo que nosotros mismos creemos, sino también, para ver si es correcto, las cosas que nos enseña nuestra religión. ¿Están sus enseñanzas completas y en armonía con las Santas Escrituras, o se basan en enseñanzas humanas? Si amamos la verdad, no debemos temer hacer semejante investigación. Todos debemos saber sinceramente cuál es la voluntad de Dios y hacerla también», se dice.

¿Por qué no empezar esta investigación inmediatamente por nuestra propia Organización? Preguntándonos: «¿Acaso las enseñanzas que ha habido durante los últimos 100 años se basan en enseñanzas humanas?». «¿Por qué no se cumplió ninguna de las profecías que dijeron?». «¿Por qué, me pregunto, expulsan enseguida de entre ellos a quienes hacen tales preguntas?». Con vuestro programa de lavado de cerebro que preparáis con preguntas de este tipo, ¿creéis que estáis tomando a la gente por tonta? ¿Y qué quiere decir eso de «vete a hacerle esas preguntas a tu propia religión, pero, una vez que hayas venido a mí, que no se te escape ni un pío»? ¿Qué clase de justicia y de rectitud es esta la vuestra? ¡Con todo vuestro intenso programa, no solo habéis enseñado hasta ahora a 6 millones de personas que lo negro es blanco y que el día es noche, sino que además no se pregunte siquiera sobre estas cosas! ¡Bravo por vosotros!

¿Es esta la verdad a la que invitáis a la gente? ¡No aceptar nosotros mismos la verdad, y tampoco permitírselo a quienes la aceptan! Qué bien lo dijo Jesús respecto a los de vuestra clase:

Cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; pues ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que están entrando. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros. Mateo 23:13-15

Pero ¿qué dice C.T. Russell, el fundador de La Atalaya? «Ninguna organización en la tierra puede expedir un pasaporte que conduzca a las glorias celestiales». (Russell Studium Band) Estos eran vuestros pensamientos antiguos. Y ahora, ¿pretendéis considerar como progreso el ir en dirección contraria con una enseñanza y un rumbo completamente distintos, y explicarlo con aquellas palabras de «la senda de los justos brilla cada vez más»? Porque este cambio vuestro es un cambio no hacia lo bueno, sino hacia lo malo. Por eso no se puede comparar con los justos. No lo calificamos como una marcha hacia la luz, sino solo como una marcha hacia las tinieblas, esa vuestra.

Con la creencia de que «muy pronto llegará el fin», que metéis en la mente de todos vuestros miembros, no queréis ni que se construyan una casa ni que compren nada nuevo. Es más, aunque tengan problemas de salud, diciendo «total, el fin va a llegar», sois vosotros quienes los habéis conducido a vivir toda una vida con estos problemas. Mientras miráis con malos ojos a la persona que se compra un coche nuevo y se hace una casa, al mismo tiempo, ¡reunís obreros gratuitos para trabajar en la construcción de vuestros edificios Betel que se van a levantar! Y vi que no se os ponía en absoluto la cara colorada al decir lo que es la enseñanza de la Organización central: «No se te ocurra salirte de nuestra palabra. Esto es por tu propio bien. Total, el fin va a llegar; quítate de la espalda tu carga con respecto al futuro. Pero echa a tu espalda nuestra carga, ¡llévala!». Qué bien dice Jesús en Mateo 23:4-5 y 27:

Porque ellos no hacen lo que dicen. Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres... ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de maldad.

Os jactáis de alargar vuestras franjas y ensanchar vuestros vuelos. ¡Como vuestros antepasados! Pero esos edificios de los que os enorgullecéis, esas modernísimas y carísimas máquinas de impresión de última tecnología, esos coches de último modelo que usáis, todos ellos, así como los obtenéis gratis, también su mantenimiento lo hacéis, de nuevo gratis, cargándolo a la espalda de esas personas a quienes decís que se despojen de sus cargas. Y esos pobrecillos, diciendo «estoy sirviendo a Jehová», lo hacen con buena cara, con amor. No sois vosotros los únicos en este mundo que se procuran beneficio y comodidad con el nombre de Dios. Pero, como vosotros mismos anunciáis, vuestro fin está muy cerca. En ese fin, ¿creéis que os salvaréis? De nuevo os decimos que no. ¿Acaso creísteis que Dios también es un bandido como vosotros?

¿Y vendréis y os pondréis delante de mí en esta casa sobre la cual es invocado mi nombre, para hacer todas estas abominaciones, y diréis: «Librados somos», así? ¿Se ha convertido en cueva de ladrones, ante vuestros ojos, esta casa sobre la cual es invocado mi nombre? He aquí que también yo lo veo, dice el SEÑOR. Jeremías 7:10-11

Con esta carta, como dijo Pablo a los Gálatas: «¿Buscamos ahora la aprobación de los hombres, o la de Dios?» (Gálatas 1:10)

Es seguro que, para manteneros en pie como Organización, necesitáis unidad. Habéis metido esta unidad en el cerebro de vuestros miembros de tal manera que el lema «pase lo que pase, aunque la Organización cometa un error, a sabiendas o sin saberlo, ponte siempre detrás de ella y defiéndela» es para vosotros una forma de conducta muy normal y obligatoria. Si aun en un asunto de fechas, por ejemplo, alguien mira con duda la creencia que enseñáis respecto a 1914, para que esta unidad no se rompa, lo expulsáis de entre vosotros, lo declaráis hijo de perdición y prohibís que nadie lo salude siquiera. Como mencionamos en los asuntos anteriores. Y al que dice «Dios no ve el futuro de vez en cuando, sino siempre», lo expulsáis con la marca de apóstata. Y todo esto lo hacéis enseñando que «era necesario porque temíais que se rompiera vuestra unidad». Con orgullo, os comparáis con los ejércitos militares que marchan con paso uniforme. Mientras por un lado presentáis el servicio militar y las guerras como una parte de Satanás, por el otro decís, sin vergüenza: «somos soldados de Jesús». ¿Cuándo y a quién obligó Jesús, con la disciplina de un ejército romano, a creer algo en lo que no creía? ¿A quién de los que acudían a él echó Jesús? Yo no lo leí, pero si vosotros lo sabéis, decídnoslo.

Entonces, os pregunto: ¿con qué cara podéis ir de puerta en puerta y decir, y hacer decir: «Investigad vuestra religión, y si no salís de ella y venís a nosotros, no os salvaréis»? ¿Vosotros enseñáis a vuestros partidarios que hay que pagar cualquier precio para no romper vuestra unidad, y cuando las otras religiones enseñan esto, por qué es incorrecto? Pensad en el número de todas las religiones de la tierra. Después, calculad los millones de horas de predicación que habéis hecho con esta mentalidad y actitud, y de nuevo, después de eso, comparad todas las religiones de este mundo con ese número del que os enorgullecéis. ¿Es este el número al que llamáis éxito? Y esas personas, que dicen creer en toda insensatez y toman posición detrás de ella para no romper la unidad de su propia religión, ¿son acaso más insensatas, más insensibles, más cabezotas y más malvadas de corazón que vosotros, y al final se ganan la ira de Dios? De nuevo os decimos que no. Sentimos la necesidad de recordaros aquellas palabras de Jesucristo: «Saca primero la viga de tu propio ojo, para que veas la paja en el ojo de tu hermano». De la misma manera, recordamos con aprecio qué hermosa advertencia hizo el apóstol Pedro en su 2ª Carta, 2:18-19, acerca de vosotros y de nuestros tiempos, al escribir:

«Porque a los que apenas se han escapado de los que viven en el error, con palabras vanas e hinchadas... les prometen libertad, mientras que ellos mismos son esclavos de la corrupción».

Queremos volver de nuevo brevemente al asunto de la sangre. Como no teníamos conocimiento sobre este asunto, durante años también nosotros aplicamos en nuestra vida vuestras enseñanzas fanáticas e insensatas. De nuevo, para una información detallada sobre este tema, podéis encontrar la información detallada y científica en el tomo II del libro Christliche Freiheit del hermano Raymond Franz (por ahora, el alemán de este libro existe en CD), en las partes que van de la página 143 a la 158. Nosotros solo intentaremos escribirlo brevemente y, en la medida en que lo entendemos, con nuestras propias palabras. Que nuestro propósito no es dar una conferencia sobre la sangre. Nuestro propósito es mostrar, uniendo lo que entendemos a la luz de la Santa Escritura con vuestras prácticas, cómo se puede ser fanático.

Aceptáis y realizáis el trasplante de órganos. La misma sustancia que hay en los órganos está también en la sangre. La sustancia parecida a la harina que se obtiene separándola del plasma de la sangre se incorpora, como ocurre en nuestros días, a las salchichas, mortadelas y alimentos semejantes. Sobre esa sustancia producida no pone «plasma», sino que aparece en alemán como «Stabilisator» (estabilizante). Y va desde las mesas de todos nosotros a nuestros estómagos. Además, las vacunas, que en un tiempo estaban prohibidas y luego permitisteis por obligación, son cosas corrientes que vuestros propios misioneros hacen administrar. Creo que sabéis mejor que nosotros que estas vacunas se obtienen de al menos 15 litros de sangre. Se informa que, en un estado de América, de toda la sangre que la Cruz Roja obtiene en todo un año, solo el 6 % se entrega a los hospitales como sangre completa. Esto debe de ser más o menos igual también en otros lugares. Y de la sangre restante, como dijimos, analizándola y fraccionándola, se obtienen los medicamentos necesarios. Muchas clases de medicamentos que ni siquiera conocemos, para la inmunidad, para la leucemia, etcétera. Y todos ellos también los recibimos, los recibís. Entonces, ¿qué otra cosa queda que no recibáis?

Como dijo un médico acerca de vosotros, mencionado en el libro de Franz: «A la persona se le recomendará una dieta, se le dirá que coma un sándwich, es decir, dentro del pan, salchichón, queso; y ella lo sacará todo del pan y se lo comerá por separado». Pues eso que vosotros hacéis, de no recibir plasma sanguíneo, es esto. ¡Supuestamente no recibís sangre, pero aceptáis por separado todas las sustancias que hay en la sangre! ¡Y esta es vuestra lógica de «Organización»!

Nosotros no recibimos sangre, porque Dios dice que os mantengáis alejados de la sangre, decís, y colocáis a vuestras congregaciones como centinelas, esperando como ídolos junto a la cabecera del que muere de una enfermedad hemorrágica. ¡No sea que un médico vaya a dar sangre! Y le veláis la cabecera hasta la muerte de esa persona. De palabra, todo esto es para consolar al enfermo. Y con ello, supuestamente, habéis hecho una gran obra delante de Dios. Vayamos a las Santas Escrituras; ¿acaso allí dice realmente que no recibáis sangre, o es esto también como 1914 y como un montón de vuestras enseñanzas hipócritas?

Dios, después del diluvio de Noé:

Pero carne con su vida, que es su sangre, no comeréis. Y ciertamente demandaré la sangre de vuestras vidas... todo aquel que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada. Génesis 9:4-6

Que os abstengáis de lo sacrificado a los ídolos, de sangre, de lo estrangulado y de fornicación. Hechos de los Apóstoles 15:29

Mientras que en ambos versículos y en las leyes de Moisés se dice que la sangre no debe usarse con el fin de comerla, beberla o digerirla, Dios le dice a Noé que no se asesine la vida humana, que se opone al derramamiento de sangre inocente. Al decir «porque su vida está en su sangre», Dios subraya que la vida es sagrada.

De nuevo, ¿cómo expresó Jesús, contra los mismos fanáticos religiosos de su tiempo, el problema relacionado con el sábado? ¿No dijo acaso: «¿Quién de vosotros, si su oveja o su asno cae en un pozo, no lo saca en día de sábado? ¿No pisotea el sábado para salvarlo?»? Pero a alguien que está a punto de morir, salvarle la vida, o salvarle la salud, dando sangre con alegría, sin sufrir ningún dolor y sin perder nada de la propia salud, ¿decís que es incorrecto a vuestros ojos, así? Si Dios, al decir «su vida está en su sangre», subraya que la vida de la persona es sagrada, salvarla, ¿qué otra cosa es sino una obra sagrada? ¿Es más valiosa la oveja o la vida humana? ¿Es más valioso el asno o la vida humana? Para salvar a la oveja y al asno se pisotea el sábado, que es la ley de Dios; y el propósito es no perjudicar el poder económico de esa persona junto con el del asno y la oveja. Porque, mientras que un asno o una oveja que muere al azar en el campo no hace culpable a un pueblo (nación, sociedad), en cambio, por una persona muerta por un motivo desconocido, Dios, al decir «demandaré esta sangre de todo Israel (o de ese país)», muestra de nuevo el valor que da a la vida humana. Dios se opone al uso de la sangre solo como alimento, y eso a causa de nuestra salud. Y mientras muestra que el derramamiento de la sangre de las personas no quedará sin castigo, y que con ello se opone a la matanza, ¿con qué derecho, con los conocimientos y las posibilidades técnicas de nuestro tiempo, prohibiríamos nosotros —y encima con la excusa de que «es un mandato de Dios»— la sangre destinada a salvar la vida de una persona, si es que está en juego la vida?!

Arrojemos de nuevo luz sobre este asunto con una parábola de Jesús:

El que jura por el altar, no es nada; pero el que jura por la ofrenda que está sobre el altar, queda obligado. ¡Ciegos! ¿Cuál es mayor, la ofrenda, o el altar que santifica la ofrenda? Mateo 23:18-19

No nos asombra ver esta misma enseñanza invertida también en vosotros. Sangre significa vida, y si Dios considera sagrada la vida, entonces sois vosotros los hipócritas que prohibís recibir sangre a la persona que se enfrenta a la muerte por pérdida de sangre y por otra enfermedad. ¿Es sagrada la sangre o la vida? ¿Qué santidad tiene la sangre sin vida? ¿Acaso el Creador no las creó ligadas la una a la otra? ¿Es sagrado el altar o la víctima que está sobre él? ¿No es el altar el que hace sagrada a la víctima? ¿No es la vida la que hace sagrada a la sangre? La sangre, esté en quien esté, conserva su santidad mientras mantiene con vida a su dueño. Si nosotros nos damos órganos unos a otros, y esto ayuda a mantener con vida a esa persona, ¿por qué es incorrecta la sangre, que se da por una vía mucho más fácil? Al contrario, con los conocimientos que hoy poseemos sobre la sangre, dar sangre para salvar una vida es, en realidad, un mandato de Dios. De las Santas Escrituras nosotros no podemos sacar una conclusión distinta, como sacáis vosotros.

Pero ¿no eran acaso vuestros antepasados los que enfurecían de rabia preguntando «¿por qué curó Jesús en día de sábado a los mancos, los secos, los ciegos, los cojos, los tullidos?»? Vosotros tampoco sois diferentes de ellos. Supongo que no hay testigo a quien no hagáis memorizar el versículo del libro de los Hechos de los Apóstoles del Evangelio que dice «absteneos de sangre». Si aquellos apóstoles dijeron «absteneos» en el sentido literal de que incluso tocar la sangre es incorrecto, entonces ni siquiera deberíamos operarnos. Según esto, tampoco podríamos comer carne alguna. Porque la posibilidad de que en los animales haya al menos, o como mucho, un 3 % de sangre está recogida en la ley alemana de los carniceros. La lógica de que no haya ni una sola gota es, de todos modos, imposible. Si es que fuéramos a entender estas cosas según vuestra cabeza, por supuesto.

¿Y qué decir de la morfina? ¡Vosotros, que ni siquiera fumáis! ¿Quién de vosotros no recibe morfina durante una operación? ¿Por qué no os sometéis a una operación de corazón despierto, vivo? Al parecer, la morfina, mientras sirve a la persona en la operación, cuando se usa como medio de placer se vuelve dañina o pecado. Pero ¿no podría salir un fanático y decir que os abstengáis de la morfina? Y además de toda clase de forma de ella. Por qué no habría de decirlo, ¡si vosotros habéis sacado ese sentido para la sangre!

La diferencia entre recibir sangre y comerla: la sangre que se come, mezclándose con los órganos digestivos, sale por el conducto (hacia afuera). La sangre que se introduce en el cuerpo, en cambio, permanece como una parte del cuerpo, igual que un órgano. También los órganos que recibimos son ya una parte de nuestro cuerpo, igual que la sangre. Dios, en cambio, estaba en contra de comer sangre y de la matanza. No en contra de salvar la vida.

Nunca lo olvido: cuando me iba a operar, también yo, con la instrucción que recibí de vosotros, hice esa misma vergüenza en el hospital en lo referente a no recibir sangre. Cuando lo recuerdo no siento más que vergüenza. Como siervo de Dios, no temo en absoluto morir, pero siempre he temido la mancha que traería sobre el nombre de Dios al ser un fanático ciego, distorsionando el propósito de Dios. Gracias a vosotros, también hicimos este fanatismo. Al decir estas cosas, ¿acaso pasamos por alto los efectos secundarios relacionados con la sangre? ¿Quién de nosotros, antes de una operación, no aceptó y firmó toda una página escrita con letra diminuta que muestra solo los efectos secundarios relacionados con la anestesia, con innumerables peligros que pueden llevar a la muerte? La situación con respecto a la sangre no es distinta, por supuesto. ¿Acaso la aspirina, que parece lo más sencillo, no tiene sus efectos secundarios?

Hasta el año 1980, también el trasplante de órganos estaba prohibido entre vosotros. Y después, al permitirlo, ¿acaso aceptasteis vuestro error? No. Al decir «de ahora en adelante se puede hacer el trasplante de órganos, pero esto es un asunto de conciencia», quizá hagáis un payasada semejante a esta también en el asunto de la sangre. Pero los que durante años murieron a causa de vuestro fanatismo, los que fueron cortados de la relación, aquellos a quienes dijisteis «ya no eres más que un hijo del infierno que no puede salvarse», ¿qué será de ellos?

Con estas cosas, mientras señalamos cuán superficial es vuestro conocimiento, al mismo tiempo, ver vuestra hipocresía y no decirla significaría solo hacernos partícipes de vuestras obras, cosa que quede lejos de nosotros. Porque vosotros poseéis mucho más conocimiento que nosotros, pero lo usasteis y lo usáis para mal.

¿Somos nosotros más justos que vosotros? No, pero no pretendemos ser justos como vosotros. También hay entre vosotros personas muy valiosas. Es más, aquellos a quienes vosotros llamáis apóstatas son, a nuestro parecer, por lo general aún más valiosos. Porque ellos muestran que vivieron no con miedo, sino con fe, confiando en Dios, no en una organización. Y también la honra se la dan a Dios y a su Mesías como rey, y de nuevo, no a una organización.

Nuestra carta se ha hecho muy larga. Como dijimos, quedan aquí sin tratar otros cientos de asuntos y de vuestras deformidades. Como escribí al principio, a que escribiera esta carta me ayudaron mi marido, que me empujó por detrás para que me hiciera testigo, y un hermano a quien expulsasteis de entre vosotros por apóstata por decir eso de «Dios ve siempre el futuro, no de vez en cuando». De lo contrario, no me habría sido posible reunir yo sola tantos asuntos diversos. Mientras nos alegramos por nuestra propia cuenta de haber visto la verdad, decir que no nos entristecemos por vosotros sería realmente mentira. Nuestra súplica a Dios, con gran tristeza por vosotros, será que os libréis del pensamiento de la Organización y que os acerquéis a Jehová caminando sobre vuestros propios pies, sin confiar en el hombre ni hacer de él vuestra fuerza.

El Señor dice así: Maldito el varón que confía en el hombre, y hace de la carne su fuerza, y cuyo corazón se aparta del Señor. Jeremías 17:5

Toda clase de pensamiento de Organización aleja a la persona de Dios. Sobre este asunto, el hermano C.T. Russell y el hermano Franz tienen explicaciones muy hermosas. Jehová nunca tiene necesidad de una organización. Como dijimos, en la Santa Escritura no se encuentra ni una sola vez esta palabra. Dios, con los mandamientos y las reglas que dio al pueblo de Israel en tiempos de Moisés, tenía solo un propósito educativo; hasta que viniera el Mesías, estas leyes serían su ayo. (Gálatas 3:24) Pero no los organizó. La organización es un método que usa Satanás. Los Estados, las naciones, los ejércitos, los lugares de trabajo, las mafias, los terrorismos, las escuelas funcionan sobre nuestra tierra organizándose. Pero en el paraíso no será así. No serán organizados ni los ángeles del cielo ni nuestra tierra. Y esto será así porque Dios pondrá su propósito en los corazones y las mentes de todas sus criaturas. ¿Todavía no lo entendéis? Si Dios organizó a Israel —que no, no lo hizo—, solo los educó. De nuevo, supongámoslo así, digamos que los organizó. ¿Qué fue de esa organización con el tiempo? Desapareció. ¿Quién puede organizar mejor que Jehová? Es más, Dios aborrece incluso el pensamiento de la organización. Porque esta mentalidad de organización es destructora de la felicidad, del espíritu, de la iniciativa, del pensamiento, del amor, de la misericordia, de la fe y de todo lo que haya en nombre de la libertad. En ninguna institución, sociedad, nación, religión o ejército organizados se valora el pensamiento individual de cada uno. Solo que las personas que están bajo la organización reciben órdenes y están obligadas a cumplirlas. Les guste o no, crean o no, amen o no. La organización tiene por objetivo el cumplimiento de la orden. Aunque esto parezca muy necesario para nosotros, la humanidad imperfecta, Dios nunca usa este método. No lo decimos en el sentido de que Dios no manda. Pero en el pensamiento de la Organización hay esclavizar. Dios, en cambio, nos llama a ser libres. Tanto en el presente como en el tiempo venidero. Jesucristo, antes de su muerte, a sus discípulos:

Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre os las he dado a conocer. Juan 15:15

¿Acaso se ve en estas palabras algún pensamiento o propósito de organización? ¿Qué organización es tan clara y nítida como las palabras de Jesucristo? Este sistema de organización lo usa desde hace miles de años solo Satanás. Dios, en cambio, lo aborrece. Y el mejor ejemplo aparece después del diluvio de Noé. Todo el pueblo del mundo, organizado, con pensamientos, lengua y propósitos únicos; este pueblo del mundo, que es el ideal de vosotros los testigos, es la primera BABEL. Leímos en la Santa Escritura su comienzo y su fin, y la reacción de Dios hacia ellos, cómo Dios, antes de que pudieran edificar la ciudad que estaban construyendo, confundió sus lenguas y cómo se dispersaron. Recomendamos a todos que lean, una y otra vez, en Génesis 11:1-9, la reacción de Dios, que está en contra de una organización «unida a cualquier precio» como la que vosotros pretendéis. En el primer siglo, en tiempos de los apóstoles, ¿existe un término como la palabra organización? Pero cuando, en el tercer siglo, ellos fueron organizados como religión de Estado de Roma, justo después de eso el cristianismo se hundió en sus estados de la Edad Media y en su vacío espiritual y sus abominaciones de hoy. Esto, de todos modos, solo lo logran las organizaciones.

Sin embargo, «... DIOS ama al que da con alegría», dice en 2 Corintios 9:7. Esto no lo logra la mentalidad de la organización. La organización no mira a la alegría, al amor, a la misericordia. Ellas miran a los números, a las estadísticas, a las horas, a sus fuerzas, a sus cifras, a sus apariencias. Y todo esto, al cabo de cierto tiempo, no ocurre con amor, sino solo con presión.

Sobre este asunto hay muchas más cosas que escribir. Pero, como nuestra carta se ha alargado más de lo necesario, nos conformamos con escribir solo esto.

Nosotros, con esta carta, no escribimos cosas que vosotros no sepáis. Las cosas que subrayamos en nuestra carta son, creemos, quizá solo una diezmilésima de vuestras obras. Escribimos esto solo con el propósito de subrayar que hasta esto son cosas que también nosotros sabemos, oímos y aprendimos sobre vosotros al vivirlo. Y esto nos bastó, y hasta nos sobró. Nosotros habíamos salido de aquella antigua religión que dejamos sin mostrarle el cuidado, la tolerancia y la lealtad que os mostramos a vosotros, y sin investigar tanto aquella religión. Con esto no queremos decir que sintamos arrepentimiento, sino subrayar que tampoco vosotros sois distintos de ellos.

Como dijimos, si estas cosas que escribimos fueran sucesos que ocurrieran a vuestras espaldas, sin que vosotros lo supierais, sin vuestro conocimiento, entonces, al advertiros, podríamos esperar que las cambiarais, las corrigierais y pidierais disculpas. Pero, todo lo contrario, escribimos estas cosas que vosotros hacéis a sabiendas y con gran secretismo para que las oigan muchos que, como nosotros, no las conocen. Escribimos esta carta para que quienes se empeñan en permanecer fieles a una organización que tiene estas obras, que llevan no a la vida eterna, sino a la muerte, no puedan decir «no lo sabía».

Os agradecemos el tiempo que nos habéis dedicado.

La congregación a la que pertenezco es la congregación alemana de Murrhardt, a la que nunca pude ir. En realidad, la congregación a la que podía ir fácilmente y podía entender era la turca de Neckarsulm. Por motivos que no logro comprender, prácticamente me empujaron a la fuerza hacia allá. (¡El motivo que oí de forma indirecta es que, al ir a las reuniones, yo le llevaba noticias a mi marido y hacía labor de espionaje! ¿Qué se hace allí en secreto? Y además, ¿qué peligro puede surgir de que mi marido se entere de ello? ¡Todavía no lo hemos podido resolver!)

N. Kiper I. Kiper B. Penack

2ª Carta

A

Wachtturm Gesellschaft 19 de enero de 2005

Am Steinfels

65618 Selters/Taunus

Escribo de nuevo esta carta para llamar la atención sobre la carta que escribí con fecha del 10 de octubre de 2003. De todos modos, ya no esperábamos que llegara de vosotros una respuesta a las cosas que escribimos.

Con el tiempo también entendemos mejor que las organizaciones tienen las características de llevarnos no a la vida, sino, todo lo contrario, a la muerte. Dios ha querido siempre que le sirvamos con las decisiones que las personas toman libremente por sí mismas. (Gálatas 5:1) Pero Dios nunca ha querido una organización que, con un enfoque esclavizador como el que vosotros planeáis, os proponéis y aplicáis, piense, hable y tome decisiones en nombre de toda la humanidad, y esto es también contrario a Sus principios. (Lucas 12:57) Este sistema que vosotros aplicáis es solo un ejemplo que habéis tomado de este mundo. ¿Acaso vosotros mismos no os comparáis con los ejércitos de este mundo, con sus órdenes militares? ¡Y encima cuando decís que ese orden y disposición es una parte del sistema satánico! Mientras mis pecados, o los nuestros, ya son tan grandes como para llegar hasta los cielos, ¿cómo y por qué habríamos de cargar además con los vuestros?!

El que yo dejara mi propia religión del pasado fue por motivos mucho más leves y que se pueden considerar mucho más insignificantes en comparación con las cosas que vi y soporté en vosotros. Aunque sus pecados quizá hayan pasado a la historia como más grandes y peores que los vuestros (el motivo: como existen desde hace siglos, el número de sus miembros es también incomparablemente mayor que el vuestro), yo no había permanecido entre ellos hasta investigarlos y obtener información precisa, como hice con vosotros. Con esto quiero subrayar que no le mostramos a aquella religión la paciencia, la comprensión y la tolerancia que os mostramos a vosotros. Con estas palabras tampoco pretendemos elevarnos por encima de nadie. Sino que, como acabamos de señalar, queremos subrayar que tampoco tenemos la intención de hacernos partícipes de los pecados insensatos y premeditados de otros.

Por eso tampoco estoy a favor de tener relación alguna con las obras de vuestra organización. No creo en absoluto, como pensáis vosotros, que deba haber una organización, ni que antiguamente Dios tuviera siempre una organización que lo representara. Como religión a la que pertenecer, os rechazo con una decisión firme. Pero esto tampoco debe significar que hayamos cortado y arrojado de nuestros corazones a las personas que os pertenecen. Aprendimos de Dios a no hacer distinción de ninguna persona por el color de su piel, su lengua, su religión o su nacionalidad. Pero calificamos como algo vergonzoso ante Dios y de gran mala educación que entre Dios y yo (o, personalmente, entre cada persona en concreto) tenga que haber, además de Cristo, forzosamente unos mediadores. (1 Timoteo 2:5) Por todos estos motivos, ¡os ruego encarecidamente que se elimine de todas partes mi nombre, que muestra que os pertenezco! Por favor, no tengáis a mal que os pida también una breve carta de confirmación de vosotros de que habéis cumplido este deseo mío.

Con nuestros sinceros saludos.

Nota: Para que podáis comprender enseguida el contenido del asunto, os envío también adjunta la carta que envié con fecha del 10 de octubre de 2003.

N. Kiper I. Kiper B. Penack

3ª y Última Carta

A

Wachtturm Gesellschaft

Am Steinfels

65618 Selters/Taunus

14 de julio de 2005

A la Organización de las Publicaciones de La Atalaya

Con esta queremos enviaros nuestra última carta. A pesar de que os rogamos especialmente, enviándoos carta dos veces, y de que os pedimos por escrito una respuesta breve y sencilla, o al menos que confirmarais que ya no os pertenecemos a vosotros ni a vuestra organización y que tampoco apoyamos ningún pensamiento de organización, hasta el día de hoy no hemos oído de vosotros ni una reacción ni una sola voz. Comprender el motivo por el que no reaccionáis en este asunto no nos resulta en absoluto difícil. Como ya de por sí dejamos la Organización por nuestra propia iniciativa, tampoco cabe, por supuesto, la situación de la expulsión de la asociación, que es vuestra forma de amenaza y venganza sobre nosotros. Como también señala Raymond Franz en su libro, con nuestras propias experiencias no hacemos más que confirmar, una y otra vez, la idea de que «una de las cosas que la Organización nunca puede tolerar es que la persona se vaya por su propia cuenta y, por tanto, que la organización ya no tenga ningún derecho sobre esa persona».

Algo de lo que también estábamos seguros desde el principio era que, con toda clase de crítica que dirigiéramos a la organización, atraeríamos sobre nosotros vuestra ira. Y, por otro lado, a causa de este sentimiento que habéis inculcado a todos vuestros miembros, ninguno de ellos es capaz siquiera de mostrar el valor de criticaros. Sin embargo, ¿no cabría esperar una forma de conducta distinta de personas que van de puerta en puerta predicando con la Santa Escritura que llevan en sus manos como palabra de Dios? Cuando fue criticado, ¿cómo se comportó David, que era profeta de Dios y al mismo tiempo el rey gobernante de aquel país? (2 Samuel 12:1-15) ¿Acaso alguien en su tiempo temía criticarse a sí mismo por miedo a atraer sobre sí su ira por criticar a alguien como David? ¡Aunque no tuviera razón! (2 Samuel 16:5-13) Está claramente a la vista que, a pesar de ser rey, él no le transmitía a nadie ese sentimiento. Durante todos los años en que conocimos y estuvimos dentro de vuestra Organización, nunca fuimos testigos, ni siquiera de oídas, de que vosotros tuvierais una actitud semejante a la de David.

Según el conocimiento y la conciencia que poseemos, queremos señalar de nuevo que vuestra organización no se ajusta en ningún aspecto al estándar y a la moral de Dios que aprendimos de la Santa Escritura. Así como ya no esperamos una respuesta a esta carta que escribimos, anunciamos únicamente, como cosa final, que confirmamos la decisión que hemos tomado.

N. Kiper I. Kiper B. Penack

¡Por qué no con todo el corazón, sino con hipocresía!

Publicado en http://mesias.de

En la búsqueda que el ser humano hace de Dios y en la relación que mantiene con Él después de creer haberlo encontrado, hay una cualidad que Dios desea con especial insistencia: ser «de todo corazón». ¿Qué significa este estado de ser de todo corazón? ¿Cómo puede saber una persona si sirve a Dios y cree en Él con todo el corazón, o si es todo lo contrario? ¡Ojalá existiera una especie de máquina medidora que pudiéramos aplicar a nuestro corazón, y así medir y comprender cuánta plenitud de corazón tenemos en ese momento! Claro que no existe tal cosa, pero hay Alguien que sí lo ve: Dios. Y es algo que también nosotros mismos debemos ver sin falta, o al menos esforzarnos por ver.

Si pensamos en un pastel redondo y lo cortamos por la mitad, ¿qué decimos? Decimos que hemos partido el pastel en dos. Este pastel podemos dividirlo, igual que así, en muchos pedazos. Nuestro corazón puede compararse exactamente con esto. Dividimos nuestro corazón para dárselo a los valores que colocamos por encima de todo. Por ejemplo, dedicamos una parte de nuestro corazón a nuestros placeres y aficiones, otra parte al afán de adquirir bienes y propiedades, otra a nuestros hijos, a la belleza, a las personas del sexo opuesto, a nuestro automóvil, al comer y beber, a nuestros muebles, o a hacer carrera, a nuestras preocupaciones, a nuestra pobreza, a nuestras enfermedades y demás cosas parecidas; con todo ello ocupamos y dividimos nuestro corazón. Y si aún queda algún trocito libre, ese pedazo sobrante quizá lo reservemos para Dios, bajo el nombre de culto, como una obligación que cumplimos según la forma que corresponda a los países y a las religiones a las que pertenecemos. Cuanto más ocupan nuestro corazón todas estas y otras cosas semejantes, cuanto más apegamos nuestro corazón a esas cosas, tanto más lo hemos dividido en pedazos. Nuestro Creador, en cambio, quiere de manera terminante que nos acerquemos a Él con un corazón entero, en absoluto dividido.

Si queremos mantener una buena relación con nuestro Creador, deberíamos poder decir, como dijo su siervo David:

«Oh Dios, examíname y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos. Y ve si hay en mí camino de perversidad». (Salmos 139:23-24)

En realidad, tener precisamente una actitud del corazón como esta debería ser algo ineludible para nuestra salvación. ¿A cuántas personas conocéis que se atrevan a orar de este modo? ¿Cuántas creéis que serían capaces de decirle a Dios: «conoce mi corazón, pruébame»? ¿Y vosotros mismos?

Hay personas que ni siquiera soportan oír que Dios posee la cualidad de verlo todo. No son pocos los que llegan a decir: «Si Dios lo ve todo, entonces yo no creo en un Dios así». Otros, aun sin tener ninguna duda de que el Dios en quien dicen creer lo verá todo, viven, piensan, actúan y hablan como si ese Dios en quien creen no viera absolutamente nada. Y si acaso lo ve, ¡ve a todos los demás, pero no a sí mismos!

Cuando leemos estas palabras, a veces nos oponemos de inmediato. ¿Cómo? ¿Es que no debemos trabajar, ni comer, ni divertirnos? Si con los ejemplos enumerados arriba nuestro corazón resulta dividido, y si por eso Dios nos culpa, entonces mejor no vivamos siquiera. Porque todo ser humano hace estas y otras cosas parecidas.

Este es precisamente el tema que debemos comprender. Si no logramos ver y entender esta diferencia, entonces estas palabras no tendrán ningún significado para nosotros. Si ilustro con un versículo por qué Dios quiere que vengamos a Él con todo el corazón, quizá me resulte más fácil explicar el asunto. Veamos entonces: al hacer las cosas que he mencionado arriba, ¿acaso nuestro corazón siempre se divide, o no se divide?

En la parte de Mateo del Evangelio, Jesús, al hablar de los últimos días, advirtió: «Como fueron los días de Noé, así será también la venida del Hijo del Hombre (Jesús). Porque como en los días antes del diluvio, hasta el día en que Noé entró en el arca, la gente comía y bebía, se casaban y se daban en casamiento; y así como no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre». (Mateo 24:37-39)

Ahora podemos preguntarnos lo siguiente: «Yo había oído que en tiempos del profeta Noé Dios destruyó a todos los habitantes de la tierra a causa de sus pecados; pero si Jesús dijo tal cosa, ¿qué quiso decir? Porque si acerca de los últimos días, o de los días de Noé, Jesús hubiera usado ejemplos como: «Las personas serán malvadas, opresoras, inmorales, amantes de sí mismas y del dinero por encima de todo, asesinas, calumniadoras, ladronas, sin dominio propio...», y demás, entonces lo entendería. Pero Él habló de que la gente «comía, bebía, se casaba y se daba en casamiento». ¿Qué hay de malo en esto, o por qué habría de ser pecado?». Preguntas como estas pueden inquietar nuestra mente.

Sí, en realidad comer, beber y casarse no es pecado. Estas cualidades ya se las dio Dios a los seres humanos. Pero si dedicamos toda nuestra mente y todo nuestro corazón únicamente a estas cosas, y no nos importa en absoluto cuál es el propósito de Dios respecto a nosotros, por qué traerá un fin, o qué espera de mí como ser humano, entonces significa que no le damos lugar a esas cosas en nuestro corazón. En pocas palabras: aquello a lo que damos la primera prioridad y el primer plano en nuestro corazón, aquello que consideramos lo más importante en primer lugar por encima de la voluntad de Dios, eso es lo que no está bien. Por supuesto que comeremos, beberemos y nos casaremos. Pero si ponemos estas cosas por encima de todo y les damos el primer lugar antes que a la voluntad de Dios, entonces sí que está mal. Jesús, sabiendo esto, usó este ejemplo respecto a los últimos días. Es un ejemplo muy apropiado para nuestra época. Por desgracia, la gente solo piensa en estas cosas. Aunque en su mente lo tienen todo, no está Dios, no está el conocer su propósito. Estos temas les resultan muy aburridos. Es más, muchas personas, por la miseria de comodidad que poseen, llegan a decir incluso: «Yo no necesito a Dios». En nuestra época, semejante insolencia ya ni siquiera se considera vergonzosa. Para ellos, Dios es como alguien que impide a la gente toda clase de felicidad, que traza límites, castigador y fastidioso. Por eso pisotean las cosas que son sagradas.

Aparte de todo esto, ¿no hay también personas religiosas? Es decir, ¿acaso toda la humanidad está siempre lejos de Dios?

¡La religión siempre ha tenido tanto la mano como la lengua muy largas! Cerca de 2.300 millones que forman el mundo cristiano, 1.400 millones del mundo musulmán, unos 889 millones, más o menos, de hindúes, y aún cuántas más cosas hay sobre nuestra tierra. (*Según el informe de 2009, la población mundial es de 6.790 millones de personas. CIA (ed.) 2009 -Wikipedia-) Todos dicen creer en Dios. La mayoría va a la muerte por esta causa sin pestañear. Pero cuando os adentráis entre ellos, salvo excepciones, ninguno vive en su vida las palabras del libro en el que cree, ni se toma la molestia de aprenderlas. Todo lo contrario: los que sí han aprendido y leído se han metido en la sangre de miles de millones de personas con actitudes fanáticas, carentes de amor, hipócritas, engreídas o de falsa humildad. Y sin embargo, nuestro Creador dice claramente:

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas» dice. (Evangelio-Marcos 12:30-31)

Con estas palabras, Dios deja claro con toda franqueza que no le agrada una relación a medias, y que jamás nos aceptará con hipocresía. Por mucho que en nuestra época, a causa de sus actitudes fraudulentas, las religiones ya no gocen de tanta simpatía sobre estas sociedades, son ellas las responsables de nuestro mundo actual, tan inmoral, pervertido y lleno de dolores. La religión y los religiosos no nos dieron a conocer a nosotros, la humanidad, al Dios verdadero. Con cuentos, con historias perversas, se esforzaron siempre por esclavizar a la humanidad a sí mismos. Coronaron a dictadores y les rindieron el saludo a su manera. No solo colaboraron con los políticos, sino que ellos mismos hicieron política y, usando el nombre de Dios, se procuraron poltronas. Oprimieron a la gente. A las ovejas que apacentaban y que debían proteger no les dieron espiritualmente nada. Solo trajeron muerte, odio, genocidio, racismo, miseria y división. Porque, como también dijo Jesús, todos vinieron con piel de oveja pero en realidad eran lobos rapaces. Para quienes dudan de cuál de ellos tiene razón y cuál está equivocado, Jesús da un ejemplo muy contundente:

«Así, todo árbol bueno da buenos frutos; pero el árbol podrido da malos frutos. El árbol bueno no puede dar malos frutos, ni el árbol podrido dar buenos frutos… Así que por sus frutos los conoceréis. No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre (de Dios) que está en los cielos». (Mateo 7:17-21)

¿Acaso estos religiosos no saben que las cosas son así? La Primera y la Segunda Guerra Mundial transcurrieron en su mayor parte entre el mundo cristiano. Mientras los sacerdotes, con la Santa Biblia en sus manos, oraban a Dios para bendecir a los soldados que al día siguiente irían al frente, esa misma noche, en otra iglesia, el sacerdote de otro país considerado enemigo suplicaba a Dios, con el mismo libro y con una oración de bendición semejante, para que sus propios soldados mataran y aniquilaran al bando contrario! ¡Y eso a pesar de que en el libro que tenían en sus manos leían:

«Amad a vuestros enemigos, y orad por los que os ultrajan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos» ! (Mateo 5:43-45)

¿Cómo se llama a estas oraciones? Yo lo llamo hipocresía; si vosotros conocéis algo mejor, decidlo.

Imaginad que llegáis a casa y desde dentro os llama un grito: «¡Mamáaa! ¡Papáaa! ¡Ayúdame, ayúdame a matar a mi hermano!». Miráis y veis una escena terrible: los dos hermanos forcejean, uno debajo y otro encima, uno tiene un cuchillo en la mano a punto de clavarlo, pero le faltan fuerzas, se esfuerza, y por eso os pide vuestra ayuda! Los dos gritan de la misma manera: «Papá, ayúdame, ayúdame a matar». ¿A cuál de ellos ayudaríais? ¿Decís: «¿Pero qué cosa tan absurda es esa? A ninguno»? Pues exactamente esas cosas absurdas hicieron estos religiosos. Empujaron a millones a la muerte. Por sus intereses, por sus beneficios, por miedo. Estas oraciones no salieron del libro que tenían en sus manos, sino de la corrupción de sus corazones. ¿Eran acaso estos corazones suyos enteros a los ojos de Dios? Decimos: «No». Y Dios sintió repugnancia por lo que hicieron. Ahora bien, ¿aprendieron estas personas alguna lección de aquellos sucesos del pasado? Mirad nuestro mundo y dad de nuevo vosotros mismos la respuesta.

Nuestro propósito no es apartarnos a un lado y culpar a los demás, sino aprender de las faltas de los demás y no cometer las mismas. Porque si en los sucesos de que hemos hablado nos vemos primero a nosotros mismos, si nos examinamos, si nos edificamos para hacer lo bueno como el profeta David; si buscamos a Dios con un corazón entero, en absoluto dividido, incondicionalmente; entonces podéis estar seguros de que, en esta época que vivimos, en la que en cada instante es incierto lo que sucederá, encontraremos al Dios verdadero. Porque está escrito: «Porque Dios busca a los que le adoran en verdad y con la verdad». (versículos 4:6-26 de la parte de Juan del Evangelio)

Con este breve escrito he querido animaros a que toméis los llamados Libros Sagrados —la Torá, los Salmos, el Evangelio y el Corán— y sin falta comencéis a leerlos.

Judaísmo, cristianismo, islam

Publicado en http://mesias.de

A lo largo de la historia, estas tres religiones han sido siempre enemigas entre sí. ¡En realidad, no hay religión que no sea enemiga de las otras! Todas dicen: «nosotros tenemos razón, vosotros estáis equivocados». «Nosotros somos siervos de Dios, vosotros del Diablo; nosotros somos los buenos y los que están en lo cierto, vosotros los equivocados y los malos». Y lo más curioso de este asunto es que para todos los que no pertenecen a su propia religión la salvación está prohibida, aun cuando las obras de esas personas sean incluso mejores que las suyas. Si se empeñan en permanecer donde están, pase lo que pase no podrán salvarse. Dios los destruirá, los quemará en el infierno, los guardianes del infierno no los sacarán de los calderos de brea, etc., etc. Así piensan; así lo enseñan a sus hijos, en la escuela, en los lugares de trabajo. En este punto todos tienen la conciencia tranquila. Por eso tampoco sienten ninguna inquietud. ¡Desde que nacen jamás han recibido la más mínima información que les inquiete sobre lo equivocada que es la enemistad mutua! Cuando a uno de estos bandos le sobreviene una desgracia, el otro bando enseguida se alegra: «así Dios le dio su merecido, ¡bien hecho!», dicen. Y para destruirse unos a otros hacen todo lo que está en su mano. ¡Y encima creen que con ello sirven a Dios! Como desde la infancia recibieron semejante educación de la conciencia, por eso llevan a cabo esta labor de destruir, causar sufrimiento y torturar, y además con la conciencia tranquila. En este asunto cada uno tiene, a su manera, su propio método.

¿Al leer lo que aquí se escribe decís que es «mentira»? Mirad la historia. Escarbad un poco. Por mucho que hayan intentado tapar sus inmundicias, el hedor se percibe igualmente. ¡A quienes no tienen olfato no les decimos nada! A ellos no les gusta la verdad, la realidad. ¡Le temen precisamente porque es verdadera, porque es cierta! Y tienen un montón de excusas. Pero nuestro tema no es sobre ellos.

Lo que he contado era para los que pertenecen a religiones distintas. Ahora bien, ¿qué hacen los que teniendo la misma religión dicen creer en el mismo libro? De nuevo miremos a la historia, y sin ir siquiera muy lejos, miremos a las personas con quienes vivimos codo con codo dentro de nuestra propia religión, que comparten las mismas congregaciones en las mismas iglesias, mezquitas y sinagogas. ¿Podemos acaso decir: «qué amigos son entre sí, es imposible no ver el amor sincero que hay entre ellos, incluso serían capaces de sacrificar su vida el uno por el otro»? ¿Acaso no dijimos que en la primera y la segunda guerra mundial, quienes compartían la misma iglesia, poseían el mismo libro religioso y además recibían bendiciones del mismo grupo espiritual, marcharon al frente a matarse los unos a los otros? En cuanto a los judíos, leemos el odio que se tenían entre sí, las guerras que libraban unos contra otros, en sus propios libros sagrados. Cuando se lee toda la Torá, no fueron pocas las experiencias vividas en este asunto. ¿Y los musulmanes? ¿Qué se puede decir de las guerras despiadadas y las matanzas que durante años libraron entre sí, únicamente por el rencor y el odio que se tenían? Si añadimos a esto las enemistades de los cristianos contra ellos y de ellos contra los cristianos, ¿quién será el que atiza estos odios y rencores sin fin? Que no puede ser Dios, es seguro. Y sin embargo, ¿acaso no hacen ellos siempre estas cosas en el nombre de Dios, por Él?

Al empezar, hablamos del judío, del cristiano, del musulmán y de las enemistades que hay entre ellos. Aclaremos entretanto también esto: por favor, no tomemos por amistad las poses falsas. Esta costumbre de posar es el oficio de los políticos; pero la razón por la que las religiones son mucho más peligrosas que los políticos es: mientras que el político posa en nombre suyo y de su partido, esta pose la hacen los religiosos en nombre de Dios. ¡Puesto que no se puede decir que posar sea la expresión de sentimientos sinceros que brotan del corazón! Y si bien los devotos hacen esta pose igual que el político, por su propio interés, en nombre de su religión, es aterrorífico que al hacer todas estas fealdades usen el nombre de Dios. Por eso Dios, en la Biblia, en el libro de Romanos, capítulo 2, versículo 24, dijo contra todos estos grupos, contra los devotos, las palabras que allí figuran:

«...por causa de vosotros es blasfemado el nombre de Dios entre las naciones».

Lo interesante de estas tres religiones, que son el título de nuestro tema, es que los libros que las tres tienen en sus manos y que consideran sagrados hablan todos del mismo Dios. Según esto, en el libro sagrado de un cristiano está también el libro sagrado que poseen los judíos, y debe aceptarse igualmente como palabra de Dios. En cuanto al libro sagrado que tiene el musulmán en sus manos, allí está escrito que los libros tanto de los judíos como de los cristianos deben aceptarse como palabra de Dios, es más, que es «obligatorio». Allí Dios describe así a Mahoma a las personas que tienen fe:

«Y también ellos creen en lo que se te ha revelado a ti (el Corán) y en lo que fue revelado antes de ti (la Torá, los Salmos, el Evangelio)...» La Vaca, sura 2, versículo 4. Y este no era más que uno de entre muchos versículos.

Como estos dos libros que hemos mencionado vinieron después de los libros sagrados de los judíos, los judíos niegan ambos. Es decir, ¡el anterior no reconoce al que vino después, y de ninguna manera puede aceptarlo! Del mismo modo, los cristianos, igual que los judíos, dicen lo mismo respecto al libro sagrado de los musulmanes y respecto a Mahoma. Por su parte, el que posee el libro sagrado posterior dice: ¿por qué no reconoce él mi libro?, ay, infiel; y así se devoran unos a otros sin cesar. Que sigan pues disputando, uno: «tu libro está equivocado», el otro: «no, tú eres el que no tiene fe». ¡Cuánta sangre han derramado por este camino! Estas guerras han durado miles de años y todavía siguen de la manera más intensa.

Los que ven que estas luchas no tienen salida se han revestido de una política de conceder libertad: «aquello es tuyo, esto es mío, tu religión para ti y mi religión para mí». En realidad, aparentando dar libertad, por otro lado cada cual acecha la ocasión contra el otro pensando «cómo le saco los ojos». ¡Y si no encuentran la ocasión, la crean! Aun cuando no puedan hacer nada, por dentro sienten frialdad, u odian. Y sin embargo Dios ha ordenado que todos los seres humanos se amen unos a otros. (Mateo 5:38-48) Con esto no se pretende que amemos sus errores, sus faltas, sus pecados; pero como seres humanos estamos obligados a amarlos como a nosotros mismos. ¿Cuál de ellos aplica y procura cumplir este mandamiento?

Continuemos de nuevo nuestro tema con comparaciones. Pues bien, así son los que poseen estos libros venidos en tiempos distintos, ¿y cómo son los que poseen el mismo libro? ¡Estos son aún más interesantes! Los que tienen por sagrado el mismo libro, como no logran ponerse de acuerdo entre sí, se han dividido en miles de sectas y religiones. Diciendo: «no es lo que tú entiendes, sino lo que yo entiendo lo que es correcto». En el cristianismo, en el islam y también en el judaísmo la situación es la misma. Los musulmanes han devorado a los musulmanes, los cristianos a los cristianos, los judíos a los judíos. A pesar de haberse devorado tanto durante miles de años, todavía no se han saciado ni han apagado su furia. Y encima estos son los que usan la misma iglesia, la misma mezquita, la misma sinagoga. Después, separándose unos de otros, han fundado otros templos, mezquitas, iglesias, sinagogas, congregaciones, salones de reuniones. Pues bien, ¿qué les ha pasado a estos que se separaron, que fundaron congregación aparte, mezquita aparte, iglesia aparte, templo aparte? A esto respondedlo vosotros mismos con sinceridad. Si sois de los que pertenecen a ellos, ¿os habéis dicho a vosotros mismos «no hay nadie como nosotros»? Mirad, pues os habéis equivocado. Había un anuncio de un banco, y es un buen ejemplo para quienes siempre se ven muy diferentes. En ese anuncio dice exactamente lo siguiente: «en realidad no hay diferencia entre nosotros, pero nosotros somos el banco tal», y se presenta. ¿No es acaso esta una respuesta muy adecuada para quienes, perteneciendo a las religiones de toda nuestra tierra, sin embargo se ven distintos?

No entramos en detalles. Hasta ahora, con los acontecimientos de la historia de la humanidad, en libros, en novelas, en periódicos, ya se ha entrado en estos detalles diciendo lo tuyo, lo mío, lo de ellos. Han hilado muy fino y es evidente que todavía no han obtenido ningún resultado. Alguien que lea estos escritos también podría decir con sinceridad lo siguiente: «de acuerdo, estas situaciones son así, cada uno ha tomado un camino y sigue, pero al final, como en aquel anuncio del banco, ¿no se unen todos los caminos en el mismo lugar? Además, ¿no son estos asuntos enredados como cabello de negro, asuntos de los que no se puede salir?»

En realidad, para alguien que no tiene ningún conocimiento, la situación se ve así desde fuera. Pero nuestro Dios, que nos creó, no ha convertido este asunto, como se supone, en algo de lo que jamás se pueda salir. En realidad es mucho más simple y fácil de lo que se supone. En los pasajes del libro de la Torá que va del versículo 11 al 20 del capítulo 30, del Deuteronomio o Repetición de la Ley, Dios responde así a este asunto:

Este mandamiento que hoy te ordeno no es demasiado difícil para ti, ni está lejos de ti. No está en los cielos, para que digas: «¿Quién subirá por nosotros a los cielos y nos lo traerá y nos lo hará oír, para que lo cumplamos?». Ni está al otro lado del mar, para que digas: «¿Quién pasará por nosotros al otro lado del mar y nos lo traerá y nos lo hará oír, para que lo cumplamos?». Porque muy cerca de ti está la palabra (el verbo), para que la cumplas, en tu boca y en tu corazón. (Yo solo he escrito los versículos 11-14; los versículos del 15 al 20, por favor, abridlos vosotros mismos donde están y leedlos.)

Los asuntos mencionados arriba los he escrito para toda persona que reflexione. Estas preguntas que parecen no tener salida cada persona se las ha planteado a sí misma, y debe planteárselas. Quizá el método de cada uno para buscar respuesta sea o haya sido un poco distinto. Yo personalmente, primero, sin hacerme enemigo ni amigo de nadie, empecé a leer los libros de estas tres religiones tan famosas de las que se habla. Al final me quedé terriblemente asombrado. O bien estos libros que tenía en mis manos estaban mal escritos —cosa que muchos afirman—, o bien estas religiones eran falsas. Tomé los libros que estaban en manos de aquellas religiones, de sus devotos, y los leí: ¡eran los mismos! Los libros no estaban mal escritos. Algunos estaban traducidos de manera distinta, puede ser; se habían usado palabras distintas pero de igual significado, pero aun así eran los mismos. Estoy tan seguro de una cosa que, si estos libros hubieran sido modificados, cada religión lo habría hecho conforme a su propio provecho e interés. Y sin llegar a excesos, se hicieron también sencillas modificaciones de este tipo.

Por ejemplo, la religión de nuestros tiempos llamada los Testigos de Jehová aplicó primero, también entre ellos, el cargo responsable de anciano que existía en las congregaciones de los cristianos del primer siglo. Después, por miedo a que de esos ancianos les viniera algún peligro, el cargo de anciano quedó prohibido durante 40 años. Es más, con el fin de tergiversar la palabra «anciano» que aparece en la Biblia que ellos mismos tradujeron, tradujeron esta palabra como «hombre mayor». Con esta traducción hecha tan solapadamente, en cierto modo se corrompía el verdadero significado de aquel cargo. No es más que un ejemplo de las modificaciones que hicieron para que no contradijeran su propia práctica y sus enseñanzas. Hay más, hay más, pero ya no queda quien no investigue y no las conozca. No entremos en lo que el mundo católico hizo respecto al asunto de la Trinidad en el cristianismo, y demás. Este tipo de modificaciones no nos aleja de Dios. La persona que quiera ser experta por sí misma en estos asuntos, con el tiempo verá sin falta también estos errores. Yo, por medio de estos libros, los vi. Si estos libros hubieran sufrido una modificación grave, entonces yo tendría que creer en una de estas religiones o tirar estos libros a la basura. Decidid de nuevo vosotros si, tras leer este libro mío, me ha sido posible convertirme en uno de ellos o tirar estos libros a la basura. Yo encontré la verdad con la ayuda de estos libros. La perversión de aquellas religiones la vi con la ayuda de estos libros. Si hubieran sido modificados, ¿habría sido esto posible? En tal caso estos libros tendrían que haber adquirido la forma de un libro acorde con la enseñanza de cada uno que los modificara y que tomara su partido.

Vengamos a las locuras que hacen con este libro quienes creen en el mismo libro y aunque en él está escrito lo mismo. Sigamos quedándonos en el mismo ejemplo del que hablé en el tema anterior. Dijimos que la primera y la segunda guerra mundial se libraron entre países en su mayoría cristianos. Estos, en sus iglesias, oraron con el mismo libro al mismo Dios. ¿Para qué? Diciendo: «cuando matemos a nuestros enemigos en el frente, ayúdanos, Dios mío». ¿A quién iban a matar? A los que creían en la misma religión, en el mismo Dios. Pues bien, ¿qué decía el libro sagrado que tenían en sus manos quienes hacían esta oración? Yo lo escribiré tal cual, del lugar donde está.

«Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad también a vuestros enemigos y orad por los que os maltratan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos; porque Él hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos.» Evangelio, Mateo, capítulo 5:43-45.

Estas palabras las dijo el profeta Jesús. El libro del Evangelio se escribió únicamente a la luz de palabras como estas. Preguntémonos de nuevo: antes de ir a la guerra, ¿a qué Dios estaban orando estos religiosos en sus iglesias con estos libros que tenían en sus manos?

La situación de los musulmanes, de los judíos, tampoco es distinta. Y no consideremos la situación únicamente desde el punto de vista de la guerra. Las personas miembros de estas religiones muestran claramente en su modo de vivir, con toda clase de sus obras, que se han alejado de Dios. En la Biblia, en el libro de 2 Timoteo, capítulo 3:1-5, en los versículos relativos a los últimos días, es decir, a nuestro tiempo, está escrito así:

«Pero ten presente esto: que en los últimos días habrá tiempos difíciles. Los hombres serán amadores de sí mismos, avaros, jactanciosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, carentes de santidad y de amor, implacables, calumniadores, sin dominio propio, salvajes, enemigos del bien, traidores, impulsivos, engreídos, amadores de los placeres más que de Dios, teniendo apariencia de piedad, pero negando la fuerza de ese camino. A tales personas evítalas.»

¿Estas profecías escritas iban a ser válidas solo para los musulmanes? ¿O para los cristianos? ¿O acaso para los judíos? No, se habla de toda la humanidad. Puesto que tienen en sus manos estos libros y a la vez dicen «creemos en él» y no se comportan conforme a lo que allí está escrito, ¿qué se dice de estas personas? ¿No es esto hipocresía? ¿No es acaso evidente que, comportándose lisa y llanamente en contra de lo que está escrito en sus manos, se han opuesto a las palabras del pacto que hay entre ellos y Dios? Sean aquellos libros verdaderos o falsos, ¿no son ellos los que dicen «nosotros creemos en esto» y no cumplen las palabras de allí? Al menos por eso son culpables y darán cuentas. ¿Con qué ojos mira Dios a quienes practican semejante hipocresía y falsedad? Aquel Dios del que hablamos dará sin falta a cada uno la retribución conforme a sus obras. (Apocalipsis 22:11-12)

¿Qué he querido decir con todo lo que he contado? En realidad, como hemos visto en las comparaciones, tampoco tener la misma religión, creer en el mismo libro, glorificar al mismo Dios ha traído una solución. ¿Y qué hay de los que son de religiones distintas? También para ellos esto solo ha sido una excusa para odiarse unos a otros. Las personas no han expresado abiertamente sus intereses, su egoísmo, sus provechos y todas sus feas características, sino que se han valido de estas como excusa. Porque a quien más han amado ha sido a sí mismos, y para odiar han encontrado la excusa muy fácilmente. La diferencia de religión, la diferencia de idioma, el color de la piel, la nacionalidad, el partido, el equipo, las cosas que se poseen, etc., a la humanidad le han bastado y le han sobrado como motivo para odiar.

Porque dentro de muy poco tiempo, Dios anunció de antemano, por medio de sus profetas, como una señal antes de que llegara el fin, que todas las religiones de la tierra serían prohibidas. (Apocalipsis capítulos 17 y 18; Daniel 8:9-12 y 11:30-31... 36-38) ¿Creéis acaso que entonces las personas se amarán más unas a otras y sus problemas se resolverán? No. Cómo serán las personas en los últimos días lo leímos arriba en el libro de Timoteo de la Biblia. Entre los motivos por los que se escribió la carta a Timoteo, no estaba únicamente el asunto de la religión como causa de odio. ¿Puede ser feliz semejante humanidad? ¿Puede vivir en paz? ¿Qué hará Dios con la humanidad de semejante mundo? Y lo más importante, una pregunta que debemos hacernos a nosotros mismos también debería ser esta: «¿Qué debo hacer yo?». Con el versículo que escribí arriba he mencionado que esto es muy sencillo.

Primero, quitémonos de encima esa enfermedad de la religión y las etiquetas. ¡Y no dejemos un asunto tan importante en manos de nuestros líderes religiosos! Como dijo Dios por medio de Jesús:

«¿Por qué no discernís por vosotros mismos lo que es justo?»

Sí, ¿por qué de verdad no hacemos esto?

Mostremos comportamientos acordes con estas palabras de la Biblia, Lucas 12:57. Con esta pregunta, Jesucristo, con el espíritu de Dios, subraya que la humanidad decida por sí misma, que tenga la capacidad de sostenerse espiritualmente sobre sus propios pies, y que con todo ello posea el conocimiento para discernir en su conciencia la diferencia entre el bien y el mal. Esta es una pregunta que se le hace a toda persona con personalidad. Para las personas sin personalidad, cobardes, egoístas, insensatas, sin carácter, esta pregunta tampoco tiene sentido.

No olvidemos este asunto que, incluso en un chiste de Nasreddin Hoca, nos hace reír y a la vez pensar: «el prodigio no está ni en el turbante ni en el hábito, sino en quienes se hacen a sí mismos santos». Si me refiero a los versículos que arriba os pedí, por favor, que leyerais de la Torá, allí el Dios que dice que su nombre propio es Jehová (o Yahvé), por medio de Moisés, en el libro «Deuteronomio» o, en su nueva traducción, «Repetición de la Ley», 30:11-14, dice brevemente:

«...la palabra de Dios está muy cerca de vosotros; el cumplirla está en vuestra boca y en vuestro corazón», reflexionemos profundamente sobre lo que dijo y sobre lo que quiso decir. (En la Torá, en Éxodo 3:15, en la nueva traducción turca, sembrando la duda de que este nombre pudiera ser Yahvé, aun aceptando que Dios tiene un nombre propio, ¡lamentablemente este nombre ha sido eliminado por completo de las traducciones! ¡Seguramente ellos también, enfadados con los Testigos de Jehová, habrán cometido semejante insensatez!)

Para que la palabra de Dios esté en nuestra boca y en nuestro corazón, investiguémosla en las Sagradas Escrituras con oraciones y súplicas conformes a Su voluntad, es decir, a Su propósito. Creo que en el tiempo presente tenemos, más que nunca, necesidad del conocimiento de Dios. Porque este conocimiento puede ser causa de nuestra salvación, y no solo de la nuestra, sino que tal vez, con nuestras palabras y con nuestro modo de vida conforme a Dios, también de la salvación de muchos.

Mirad a los profetas. ¿Cuál era la religión de Moisés? ¿Cuál era la religión de Jesús? ¿Y la de Mahoma? En su tiempo ellos no pertenecían a ninguna religión. Al contrario, los devotos de la época siempre los odiaron, los persiguieron, los mataron, les amargaron la vida. Preguntémonos también nosotros a nosotros mismos tras las huellas de quiénes debemos ir. Si a aquellos profetas los trataron así, si nosotros vamos tras sus huellas, tampoco a nosotros nos tratarán de otro modo. Pero si somos decididos y perseverantes, pase lo que pase, al final alcanzaremos la vida eterna y la felicidad eterna. Tal como está escrito de nuevo en el libro del Apocalipsis:

...y Dios mismo estará con ellos. Enjugará de sus ojos toda lágrima; y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni llanto, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. 21:3-4

He aquí la promesa que Dios, que no puede mentir, hace a los hombres. (Tito 1:2) ¿Quién puede dar semejante promesa? ¿Qué hombre, gobernante o institución religiosa?

Los libros sagrados de estas tres religiones escriben: «nadie más que Dios puede darla». Creed también vosotros como está escrito en aquellos libros. He querido animaros a que os liberéis ya de las cadenas que os esclavizan a los hombres, a las agrupaciones, a las organizaciones, a las religiones, y a que rompáis esas esposas para acercaros a Dios. Porque el camino que lleva a Dios no pasa por ninguno de estos. Este camino está tan cerca de vosotros como las cosas que están en vuestra boca y en vuestro corazón.

Conversación con creyentes y no creyentes

Publicado en http://mesias.de

¿Alguna vez ha conversado con personas que dicen creer en Dios? Ya sean musulmanas o cristianas; sin importar a qué confesión pertenezcan, tienen rasgos comunes en los que apenas notará diferencia. Algunas de estas personas son, además, sinceras. O, mejor dicho, son quienes se esfuerzan por obligarse a sí mismas a creer. Es decir, hacen el esfuerzo. Conversar con estas personas resulta terriblemente aburrido. ¿Que por qué? Pues de eso trata precisamente nuestro tema. La mayoría de las veces, la fe que profesan y los conocimientos que exhiben no tienen fuente alguna. Han creído de memoria, en lo que oyeron de oídas, y encima lo defienden. Y lo defienden con gran fervor, esparciendo espumosos escupitajos por la boca. Y lo que cuentan y defienden está, por desgracia, igual de lleno de disparates. Sin más rodeos, permítanme dar ejemplos, para que mi escrito resulte más vívido.

Conversación con musulmanes:

Dios creó primero a Adán con una estatura de 300 m. Después Adán dijo: «Dios mío, ¿qué has hecho?, esta estatura es demasiado alta para mí, por favor redúcela un poco para que pueda recoger y comer los frutos con más comodidad». ¡Esta conversación entre Dios y Adán, y el que Dios, tras muchas veces, lo llevara a una medida ideal, solo sucedió gracias a las súplicas de Adán! ¡Algunos animales también acuden con los mismos problemas y suplican, y Dios, conforme a sus deseos, actúa y los alivia! ¡Esto seguramente se basa en la lógica de que las criaturas son más inteligentes que el creador!

Al poco tiempo de ser creado, Adán sintió la necesidad de hacer sus necesidades y, con curiosidad, palpó una y otra vez sus excrementos y se los untó por el cuerpo, y en los lugares donde se los untó comenzaron a salir vellos. En resumen, ¡según ellos, el cuerpo de los hombres es velludo porque Adán jugó con su propia inmundicia!

¡Las mujeres de estas personas suelen ver a menudo en sus sueños a hombres de rostro luminoso y barba blanca! ¡Según ellas, cada detalle de todo sueño que ven tiene también un significado! Que si en el sueño está bebiendo agua, que si fue al baño, que si está sentado, o lo que sea, todo debe tener significados completamente distintos. Para esto existen libros de interpretación de sueños. Volúmenes gruesos y gruesos. No leen esos libros sagrados que son la palabra de Dios, pero les encanta consultar cada día las interpretaciones de sus sueños. Y si las conversaciones se hacen más profundas, cuántas cosas más salen. Los «padres emplumados», los «abuelos Nafi», las tumbas veneradas, los santones, los filósofos de la religión a quienes divinizan... A estos les hacen votos, formulan intenciones, les arrojan dinero. Es como si hubieran atado a estos sus vidas y sus esperanzas.

En pleno centro de Estambul, entre tiendas famosas, dentro de unas rejas de hierro, había un ataúd envuelto en tela verde. Yo por entonces era un niño. Digo un lugar, pero no le he encontrado nombre a este sitio que se hallaba entre Sirkeci y el Bazar Egipcio. Cada negocio tenía un nombre, pero este no tenía nombre ni identidad alguna, con rejas de hierro, vacío, sin cristal, ¡y dentro del cuarto había un ataúd! Justo al lado de lo que describo hay un vendedor de billetes de lotería, a su izquierda tiendas de relojeros, pastelerías de baklava y demás. ¡Y sobre el ataúd, dinero! Billetes y monedas de hierro, aunque era una época en que la moneda de hierro tenía valor. El cristal estaba abierto, si es que ni siquiera lo había. Algunos de los transeúntes echan dinero adentro. La verdad es que nunca vi a nadie echarlo, pero tampoco me quedé allí esperando. Seguro que hay quienes lo echan, pues ese dinero había cubierto la parte de arriba del ataúd. Pero entre medias hay rejas de hierro. Se ve que temen que, habiendo tantos hambrientos y pobres, a algún transeúnte le entre la codicia y se lleve ese dinero. Yo mismo, en mis momentos difíciles, más de una vez eché una mirada a aquel dinero y seguí de largo. Si al extender la mano hubiera podido cogerlo con toda seguridad, quizá lo habría cogido. Claro que no soy el único que piensa así, por algo los hombres pusieron rejas de hierro. Quién recogía ese dinero, con qué propósito se recolectaba, para qué lo reunían, cómo lo permitió el Estado, no lo sé en absoluto. Puede que todavía siga allí. La tienda del ataúd vacío envuelto en tela verde. Yo, claro, con mi cabeza infantil de entonces, creía que dentro de ese ataúd había un muerto. Pasaba por su lado con tristeza.

Entender a quien recogía ese dinero es fácil, pero entender en qué cree quien lo echa allí, eso sí que da que pensar. Sin embargo, ¡que una persona que cree haber sido creada según el saber de más arriba eche también dinero allí es de lo más normal! ¡Cuántos otros cuentos hay parecidos a esas fábulas de arriba, que no bastarían todas las páginas de internet ni todos los libros para contarlos! Y no crean que esta creencia es solo del pueblo ignorante. El médico, el ingeniero, el vigilante, el basurero, tienen todos, poco más o menos, la misma creencia. En el versículo 62 de la Sura Nahl (16) del Corán:

«Ellos atribuyen a Dios aquello que ni siquiera a sí mismos les agrada» no está escrito en vano.

Pasemos ahora a nuestra conversación con los cristianos del centro de Europa:

¡Dios no es uno, sino tres!

¡Dios miró la tierra y no lograba de ningún modo entender a los seres humanos, así que se hizo hombre y vino a la tierra! ¡Y este era Jesús el Mesías! Ahora bien, si Jesús fuera el Dios Todopoderoso Jehová; ¿por qué, antes de ser ejecutado, oraría a Dios diciendo: «No se haga mi voluntad, sino la tuya»? (Mateo 26:39) ¿Acaso Dios ora a Dios? ¡Según esas fábulas que ellos llaman fe cristiana, sí lo hace! Según ellos, aunque ambos son lo mismo, la oración era «por cortesía». No es de extrañar oír a quienes hacen semejantes interpretaciones dentro de la lógica cristiana.

También ponen ejemplos. A una persona que quería ayudar a un enjambre de hormigas, las hormigas, con sus diminutos cuerpecitos, empezaron a atacarla. El hombre reflexionó: «Yo lo que quiero es ayudarlas, pero ellas no me entienden; por lo tanto, para ayudar a la hormiga hay que volverse como una hormiga, pensar como una hormiga, ¡para poder ayudarla!». ¡Y quien piensa así, según ellos, es Dios! Sus conocimientos para conocer a Dios no se diferencian mucho del Dios de los musulmanes. ¡Acaso fue un ser humano quien creó a la hormiga, para que pongan tales ejemplos! A estas explicaciones se les llama demagogia. En la demagogia el objetivo es esforzarse por hacer pasar algo falso como si fuera verdadero. Si seguimos esta lógica: los humanos inventaron el automóvil, inventaron el motor, la bujía. Cuando se estropea, vamos al mecánico para que lo repare. ¡Yo hasta ahora no me he topado con un mecánico que fuera una bujía para poder entender que la bujía estaba estropeada! ¡O que fuera un motor para entenderlo cuando el motor se estropea! Si quien inventó estas cosas puede conocer también su causa —y quien lo hizo somos nosotros, la humanidad, y nada puede compararse con Dios—, ¿por qué habría de tomar forma humana Dios, que nos creó, para entendernos? En cambio, cuán claramente expresa David en su Salmo (el libro Zabur) el conocimiento y la capacidad de nuestro creador. En Salmos 139:13; 15-16:

Porque tú formaste mis riñones; me tejiste en el vientre de mi madre... No fue encubierto de ti mi cuerpo, aunque en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra. Tus ojos vieron mi embrión, y en tu libro estaban escritos todos aquellos días que me fueron señalados, sin faltar uno de ellos.

Qué verdades expresa David por el espíritu de Dios, ¡y nosotros en qué cosas creemos! En el capítulo 139, versículo 17 continúa:

¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos!

¡Qué asombro! Mientras David considera preciosos los pensamientos de Dios acerca de nosotros, el mundo cristiano cree que «Dios se hizo hombre para entender al hombre». Y quienes creen lo que aquí escribo son eruditos avanzados en la religión. Así creen y así hacen creer a otros. Y esto era solo un ejemplo entre miles.

Para conmemorar la época en que Jesús fue ejecutado —cuyo verdadero significado, por cierto, casi ninguno de ellos conoce—, ponen un conejo con huevos. Todavía se ignora qué clase de relación hay entre ese conejo y el huevo. Si juntaran el gallo con el huevo, aunque también sería difícil, se podría establecer alguna conexión. La conexión entre el hecho de que el conejo ponga huevos y la muerte de Jesús, llevo 40 años entre cristianos y todavía no he podido aprenderla. Mientras algunos lo interpretan en el sentido de fertilidad, otros creen que en esa estación el cuerpo humano necesita huevos. Y aunque así fuera, ¿qué conexión tienen estas cosas con la muerte de Jesús y la voluntad de Dios? ¡Tampoco se sabe!

En cuanto al día del nacimiento de Jesús, lo celebran dando regalos con hombres vestidos de rojo y de barba blanca. ¡Y no olvidemos los abetos adornados! Ahora bien, es un misterio qué clase de conexión se establece en el Evangelio, cuando Jesús nació en Israel, entre el abeto y el día de su nacimiento. Aunque lean el Evangelio mil veces, no encontrarán semejante cosa.

Y además, cuando ocurren las maldades en la tierra, ¡dicen que la razón es que «como Dios no sabe lo que vamos a hacer, se queda mirando y se pregunta con curiosidad qué haremos»! ¡Y así Dios va adquiriendo conocimiento y experiencia! Esta sería, según ellos, la causa de las maldades. Esta creencia, y otras semejantes, la sostienen incluso quienes se envanecen diciendo: «Somos los más acertados en el conocimiento cristiano». ¿Todo esto ocurre para que sirva de lección a Dios, o a nosotros, la humanidad? ¡Según ellos, sirve sobre todo de lección a Dios!

Sin embargo, en el libro de Job 36:14 dice:

Aun cuando digas que no lo ves, tu causa está delante de él; espera... dice.

En Isaías (Yeşaya) 65:24, de nuevo Dios:

Y sucederá que antes que clamen, yo responderé; mientras aún estén hablando, yo escucharé.

¿Acaso estos versículos no subrayan que Dios posee la cualidad de ver de antemano, antes de que clamemos, incluso para qué habremos de clamar? En realidad, ¡cuán felices deberíamos ser! Él es quien creó todo el universo, lo que hay dentro y fuera de él, y es todopoderoso sobre todas las cosas. Su poder alcanza para todo, posee entendimiento, y es la fuente misma de la sabiduría. Nosotros, en cambio, ¡les enseñamos a nuestros hijos con nuestras fábulas: «Dios había creado a Adán tan defectuoso que, gracias a Dios, Adán le dio la idea y nos salvamos»! Comparamos al ser humano con la hormiga y hacemos analogías poniendo en lugar de Dios al humano que no puede entender a la hormiga. También hay quienes comparan a Dios con un jardinero y ponen en lugar de los malos a las hierbas sin valor. Por eso, así como un jardinero no quiere saber nada de esas hierbas, ¡Dios tampoco vería a los malos ni a todas las cosas, en ningún momento! (Es la enseñanza oficial de los Testigos acerca de Dios. Por eso habían expulsado a Bernd de entre ellos.) Según ellos, también está claro quiénes son los malos. ¡Todo aquel que no pertenece a los suyos es malo! Mientras implantamos estos disparates en el cerebro de nuestros hijos, ¿acaso tranquilizamos sin vergüenza nuestra conciencia diciendo: «Les he transmitido el conocimiento de Dios»?!

¡Y no digamos si encima empezamos a leer las palabras de Dios! Cada vez que leemos y nos levantamos, buscamos un presagio en cada cosa, en cada gesto. En secreto empezamos a vernos como si estuviéramos en el lugar de un profeta, un santón, Moisés, Jesús, Mahoma, según a cuál de ellos encontremos más simpático. No lo podemos decir abiertamente, porque sabemos lo que dirá la gente, cómo se burlará. Pero si supiéramos que van a creernos al cien por cien, proclamaríamos de inmediato que somos profetas, apóstoles, iluminados. ¿Habrá alguien que, tras empezar a adquirir conocimiento acerca de Dios, no haya tenido estos sentimientos? En realidad, al cabo de un tiempo llegamos a ver estos sentimientos como algo normal. Siempre que no traspasemos el límite, claro. Y desear ser profeta tampoco es algo malo. Como dijo Moisés: «¡Ojalá todo el pueblo del Señor fueran profetas!». (Libro de Números, o en la nueva traducción: capítulo 11, versículo 29 del libro Números.) Todo esto puede suceder y, aunque en la mayoría de los casos no podamos calificarlo de malo, sí quiero señalar que mentir es una impostura y no procede de Dios.

«Si alguien piensa ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña» dice el apóstol Pablo en el Evangelio, en Gálatas 6:3.

No solo el musulmán, el cristiano, el judío; por desgracia, nuestra tierra está llena de esta clase de conocimientos disparatados acerca de las verdades de Dios. Lo que presentan como Dios no son más que invenciones. Deidades que crearon a su propio antojo, pero que no son el verdadero Dios. Y ni hablemos de lo que hacen en nombre de Dios, esos actos que llaman adoración, que son una completa vergüenza.

Los musulmanes se circuncidan porque Dios lo quiere, según dicen. Sin embargo, en ningún lugar del Corán está escrito, como tampoco Mahoma fue circuncidado. Pero ellos inventan y, siguiendo las fábulas judías, dicen: «Mahoma nació circuncidado». Tampoco son pocas las fiestas y ceremonias que inventan a su antojo. Como he dicho, no bastarían las páginas para escribirlas todas.

Los cristianos, en cambio, son aún peores; la fecha que inventaron como día del nacimiento de Jesús y esa forma de celebrarlo son un completo disparate. Tampoco en ningún lugar del Evangelio dijo Jesús: «Celebren mi cumpleaños». No solo no lo dijo, sino que ni el mes ni el día están determinados con exactitud ni figuran escritos, y encima no se sabe quién ordenó esa devoción casi idolátrica al 24 de diciembre, conocido como «Navidad», que inventaron de su propia cabeza. Lo cierto es que no andan por el camino de aquel cuyo nacimiento celebran. Y encima, para conseguir votos, en sus partidos alardean diciendo: «Nosotros somos cristianos». ¡Y quienes ponen ese nombre a sus partidos, gritan a voz en cuello, a favor de las guerras que son el deseo de Satanás y no de Jesús: «¿Por qué no participamos también nosotros como país en esas guerras?»! Y cuando llegan al poder, recurren a todo tipo de medios para enemistar a la humanidad entre sí.

No son pocos en la historia los misioneros que, prohibiendo el matrimonio y diciendo «queremos estar más cerca de Dios», ponían en manos de la gente la Sagrada Escritura, y además un látigo para que se azotaran a sí mismos cuando pecaban, mientras cortaban las cabezas de quienes no eran cristianos. Y las abominaciones que había tras las puertas cerradas de aquellas iglesias medievales de altos y gruesos muros ya no son extrañas para ninguno de nosotros. También de entre estos salieron quienes quemaban a las personas por leer la Sagrada Escritura en su propia lengua.

En cuanto a las cofradías musulmanas, ya los que se atraviesan el cuerpo con pinchos, ya los que giran y giran, ya los que caminan sobre el fuego... y cuántas cosas más. Si miran todas estas religiones desde cierta distancia, creerían que han entrado en un circo. ¡Y a esto lo llaman, en sus palabras, «adoración a Dios»! Yo les pregunto: ¿cuántos de la humanidad han adorado de esta manera hasta ahora? ¿Quién de ustedes puede caminar sobre el fuego y girar durante días como una peonza? ¿O acaso clavarse y desclavarse espadas en el cuerpo significa estar cerca de Dios? ¿No hay entre ustedes nadie así? ¡Según esta lógica, entonces, nosotros no estamos nada cerca de Dios y jamás podremos acercarnos!

¡Creen que así sirven a Dios y que se acercan a Él! En estas formas de adoración también hacen cambios según la moda. Llegó el momento, cambiaron los tiempos, y en el cristianismo se adaptaron a aquella época, a aquel tiempo, o más bien a la moda. En algunos lugares el islam, que vive su Edad Media, al ver que los tiempos han cambiado, intenta también adaptarse a la moda actual. ¡Los fanáticos religiosos que en su día cortaron la cabeza a Çelebi porque voló, ahora hablan, mientras están en el retrete, con el teléfono móvil que llamaban «invento de infieles»! Pero ¿cuántos piensan en amoldarse a los deseos, las expectativas y la verdad del verdadero creador? Veamos las palabras que Dios dijo acerca de esta clase de humanidad. Torá-Miqueas 3:5 y versículos 11-12:

Así dice el Señor: «Oh profetas que extraviáis a mi pueblo, que a quienes os dan de comer les deseáis paz, y a quienes no os dan, les declaráis la guerra... Sus jefes gobiernan por soborno, sus sacerdotes enseñan por paga y sus profetas adivinan por dinero; y luego, apoyándose en el Señor, dicen: ¿No está el Señor en medio de nosotros? No vendrá mal sobre nosotros.»

¿Se ajustan o no estas palabras a estas personas? ¿Y qué quiero decir de nuevo? En realidad, mi propósito se entiende con facilidad. Después de hablar con estos creyentes sinceros, quienes dicen no creer en absoluto nos parecen más cabales, más lógicos, e incluso más correctos y fiables que aquellos creyentes. Jesús subrayó en una ocasión una verdad, a modo de advertencia, respecto a los creyentes sinceros y hasta correctos:

«...Porque ciertamente los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con los de su misma clase que los hijos de la luz» dijo. (Evangelio-Lucas 16:8b)

Mis palabras son para quienes, con sinceridad, quieren conocer a Dios —pero al verdadero Dios, el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob, de Jesús el Mesías, de Mahoma— y vivir conforme a su voluntad. No permitan que con fábulas les ahoguen a Dios dentro de ustedes. Porque ellos, trabajando para que se cumpla esta profecía, se esfuerzan por extraviar a la gente.

«Porque vendrá tiempo en que no soportarán la sana enseñanza. Para oír palabras que halaguen sus oídos, reunirán a su alrededor maestros conforme a sus propios deseos. Cerrarán sus oídos a la verdad y se volverán a las fábulas», dice en 2.ª Timoteo capítulo 4:3-4.

No echemos a nuestra espalda las advertencias que Dios hace por medio de sus profetas. Quizá alguno alegue ante nosotros que ha leído estas fábulas en la Sagrada Escritura. Serpientes y asnos que hablan, varas que se vuelven serpientes, pan que llueve del cielo, mares que se abren, ríos que se vuelven sangre, hijas que se acuestan con sus padres que son profetas... etc. (todo lo cual no era la voluntad de Dios. No debemos leer cada suceso de las Sagradas Escrituras en el sentido de que Dios lo respaldaba). ... Todo esto no empequeñece a Dios, al contrario, lo enaltece, y por eso fue puesto por escrito. Pero las cosas que los humanos cuentan con sus propias inspiraciones inventadas, con sus insensateces, con sus defectos, son cosas que empequeñecen a Dios, lo acusan y, con insolencia, no se ajustan a la verdad. Sí, no hay garantía de que descifremos de inmediato, en la primera lectura, el verdadero sentido de lo escrito en las Sagradas Escrituras. Pero Dios da esta garantía a quienes lo buscan:

Si lo buscas como a la plata y lo procuras como a tesoros escondidos, entonces entenderás el temor del Señor y hallarás el conocimiento de Dios. Proverbios de Salomón, capítulo 2:4-5

¿Quién de nosotros dice que el dinero o el oro se consiguen con facilidad? ¿Es fácil buscar tesoros? Nuestro creador también sabe que estas cosas no son fáciles. Y dice que si quienes lo buscan tienen también la disposición de mostrar ese mismo esfuerzo, entonces lo hallarán. Pensemos tan solo en cómo vamos cada día al trabajo por nuestro sustento diario y cuánto empeño ponemos. En la mayoría de los países, aunque lo que ganamos alcanza para más que nuestras necesidades imprescindibles, trabajamos incluso de más para satisfacer nuestros mayores deseos y placeres, para asegurarnos a nosotros mismos. Y eso que la muerte la tenemos todos, en todo momento, como lista en el bolsillo. ¿Por qué habría de parecernos absurdo investigar por conocer a nuestro creador, nuestro dueño, nuestro Dios el Señor —que no nos pide ninguna riqueza material— a cambio de una vida eterna y feliz? Al menos, ¿no lo haría uno por la propia curiosidad? El cambiar nuestra vida hacia una forma de existencia como Él la desea, aunque digamos: «¿acaso todo esto será para nuestro provecho, para nuestra felicidad?», ¿no vale al menos la pena intentarlo? ¿Acaso no hicimos en nuestra vida esta clase de cambios por cosas cuán vacías, absurdas y erróneas? He dado, aunque sea pocos, ejemplos de las religiones, de sus enseñanzas y de sus prácticas, y los han leído. Es más, la mayoría de las veces ellas nos decepcionaron. Hagan lo que hagan las religiones, las naciones, la tierra entera que he mencionado en el tema anterior, nosotros deberíamos querer ser como dijo Miqueas, el profeta de Dios. En la Sagrada Escritura, en Miqueas 4:5, está escrito así:

Aunque todos los pueblos anden cada uno en el nombre de su dios, nosotros andaremos en el nombre del Señor nuestro Dios eternamente y para siempre.

¿Adónde vamos nosotros?

Publicado en http://mesias.de

Quiero preguntar enseguida también lo siguiente: ¿qué y a quién buscaremos en el lugar al que vayamos? Después de leer estos escritos, esta pregunta de «¿adónde vamos nosotros?» es una pregunta que muchos se harán. Muchas personas creen que no podrán salvarse sin pertenecer a una religión o a un lugar. Quienquiera que tome en sus manos uno de los libros sagrados y comience a leer, a investigar, naturalmente siente también dentro de sí el deseo de rendir culto. Por ejemplo, si alguien cristiano de nacimiento está leyendo el Evangelio, que quiera ir a la iglesia; o si alguien musulmán de nacimiento está leyendo el Corán, que quiera ir a la mezquita, por lo general es normal. Además, el ser humano es alguien que quiere compartir. Y en ese asunto, ¿qué puede haber más natural que querer compartir la fe que posee? Y por otro lado, ¿acaso puede una persona educarse a sí misma por sí sola? Excepciones sin duda las hay. Pero el pensamiento general es el pensamiento de pertenecer a algún lugar. Pues bien, cada vez que el ser humano ha comenzado a buscar a Dios con sinceridad, con toda franqueza, es entonces cuando comienzan también los problemas. Porque el desenlace de ese sentimiento interior de tener que pertenecer a algún lugar puede traer más adelante frialdad hacia Dios, hacia las religiones y hacia los valores espirituales, e incluso hasta un sentimiento de odio. O bien aquella sinceridad, aquella franqueza, aquel amor del principio se va, y en su lugar entran la hipocresía, la cobardía de perder algo, y valores completamente distintos que alejan de Dios. Lamentablemente, por lo general esto es así. Las religiones, las confesiones, las cofradías que dicen «Podéis encontrar a Dios aquí, con nosotros», en lugar de acercar a Dios, tienen, por el contrario, características que alejan de Dios. Los que saben y aceptan que esto es así, y que sin protestar continúan por ese camino, son tantísimos. Sin detenernos en las causas de esto, para agradar a Dios, investiguemos la pregunta «¿adónde debemos ir nosotros?» directamente a partir de las propias palabras de Dios.

Cuando, a causa de las palabras que hicieron tropezar a la gran mayoría de sus discípulos, estos abandonaron a Jesús, y Jesús preguntó a los 12 apóstoles que quedaban: «¿Queréis iros también vosotros?», Pedro dijo: «Señor, ¿a quién iremos?» Y mientras hace la pregunta, continúa y enseguida da también él mismo la respuesta: «Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Santo de Dios.» Juan 6:68-69.

Con estas palabras, los apóstoles de aquel tiempo subrayan una verdad. La sociedad en la que vivían, los hijos de Israel, era la descendencia de Abraham, y el pueblo mismo que Dios había elegido. Solo ellos poseían el oficio sacerdotal que representa a Dios en la tierra. A pesar de que Dios los había elegido como nación y les había dado también el oficio sacerdotal, ellos, al decir «¿adónde vamos nosotros?», subrayaron en realidad que en nada de todo aquello había salvación. Porque estos hombres no vieron el rango sacerdotal y la condición de elegidos que como nación habían recibido de Dios como una salvación automática. Esto significaba claramente, a los ojos de los apóstoles de aquel tiempo, que no había ningún otro lugar que pudiera llevarlos a la vida eterna, y, lo más importante, a Dios. Asimismo, según ellos, ni el enorme templo de Jerusalén, ni las innumerables sinagogas de cada aldea y ciudad, ni los santuarios, ni los eruditos religiosos judíos ni las distintas confesiones poseían esas palabras que llevan a la vida eterna. ¿Por qué estos apóstoles no tuvieron en cuenta nada de todo esto? La persona tras la cual iban, es decir, Jesús el Mesías, ¿era acaso muy vistosa? «No», escribe Isaías en el capítulo 53 de su libro. Ellos buscaban una sola cosa: la voluntad del verdadero Dios auténtico y sus palabras. Y era seguro que eso no lo podían encontrar en aquellos lugares que hemos enumerado.

Ahora, en nuestros tiempos, ¿es distinta la situación? En realidad, lo que ha cambiado han sido solamente los asuntos técnicos; en los asuntos espirituales la humanidad siempre amó, y ha amado, permanecer ciega. Y se ha amoldado a ese orden ciego. Veamos: aquellos apóstoles de entonces, ¿qué hacían hasta que Jesús vino? ¿Eran acaso muy religiosos, ejercitándose sin cesar día y noche en los templos y santuarios? No. Algunos eran pescadores, recaudadores de impuestos, personas que se dedicaban a la agricultura, gente corriente. Pero era seguro que dentro de todos ellos existía un gran amor hacia Dios y hacia conocer la verdad. A veces era este un potencial de amor del que ni ellos mismos se daban cuenta. Sí, no nos resulta difícil comprender que personas así estaban buscando algo. Ellos habían odiado la hipocresía, la falsedad, a aquellos que en nombre de Dios oprimen, devoran, explotan a las personas y, cuando lo consideraban necesario, las aniquilaban con violencia. Ellos eran personas que poseían las características que se ajustan a todos los versículos que aparecen en el capítulo 11 del libro de los Hebreos, en el Evangelio. Aquellos versículos muestran que estas personas buscaban una patria. Por eso ellos eran en este mundo extraños, forasteros, prisioneros; e incluso vagaban por los montes y las cuevas. El mundo no era digno de ellos. (Por favor, abrid y leed en su lugar estos versículos que aparecen en el capítulo 11 del libro de los Hebreos, en el Evangelio.)

Primero hay que señalar una cosa claramente. Una persona que lea todos los libros sagrados debe también darse cuenta de lo siguiente:

Ningún lugar puede ser designado como la casa de Dios. Jesús, mientras hablaba con una mujer viuda, dijo que el lugar en el que se debe rendir culto a Dios no estaría ni en Jerusalén (Yeruşalim) ni en ningún otro lugar. Él señaló: «Pero los que verdaderamente rinden culto deben rendir culto a Dios en espíritu y en verdad, pues Dios busca a los que le rinden culto así», y no mencionó ningún lugar determinado. (Juan 4:21-24)

Respecto a este tema, con la inspiración que recibió de Dios, el apóstol Pablo expresó también verdades interesantes. En 2 Corintios capítulo 6:16: «...nosotros somos el templo del Dios viviente; como Dios ha dicho: «Habitaré y andaré entre ellos; y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo»». De estas palabras no se desprende que Dios diga: estad necesariamente aquí, permaneced en este lugar, perteneced a este o a aquel sitio para servirme. Sino que, por el contrario, Dios ordena que salgamos de todos esos lugares y dice: «Salid de en medio de ellos, y apartaos. No toquéis lo inmundo, y yo os recibiré» (2 Corintios 6:17), dando incluso una garantía. Así pues, Dios quiere que con nuestra manera de vivir, con nuestras obras, con la actitud de nuestro corazón, con lo que pasa por nuestra mente, seamos para él como una casa aceptable. Es decir, nosotros mismos, en persona, debemos poseer las características de la casa que Dios busca. Dios, más que en muros de piedra, edificios, construcciones, organizaciones organizadas, presta atención y da importancia personalmente, a cada uno de nosotros por separado. Quiero también subrayar sin falta lo siguiente: Dios no es un Dios que esté en contra de la unidad. Pero un Dios que necesite de la unidad, eso jamás lo es. Todo lo que sea conforme a su voluntad es aceptable para él. Pero estas religiones que, bajo el nombre de «unidad», con todas sus obras y enseñanzas están en contra de Dios, si es que piensan «sin nosotros no hay nada posible», con mis escritos intentaré subrayar que han caído en un terrible engaño. ¡Antes que ellos, sus hermanos los israelitas también pensaron así! Leemos en las Sagradas Escrituras y en el Corán las reacciones que recibieron de Dios y sus consecuencias. Los de nuestros tiempos tampoco serán considerados dignos de una respuesta distinta.

Sin embargo, toda la humanidad y nosotros mismos, morimos de miedo ante la idea de abandonar la religión que recibimos de nacimiento. Nos entra el pánico y ni siquiera podemos pensar en algo así. Aunque no vayamos ni a la mezquita, ni a la iglesia, ni a las reuniones o a otros lugares de culto, aunque no nos juntemos con ellos, no podemos decir así como así «no os pertenecemos». Fuma hachís, toma heroína, dedícate a la trata de mujeres, véndete tú mismo como hombre o como mujer; fijaos, todo esto se ve como inofensivo. No es tan peligroso. Dicen «ay, ay», y supuestamente intentan ayudar. Consuelan y muestran comprensión. Pero en cuanto empiezas a buscar al verdadero Dios, no al Dios de los cuentos que ellos narran, sino a partir de las propias palabras de Dios, te das cuenta de que estos que consolaban, que mostraban comprensión, desaparecen enseguida de tu alrededor. En cuanto empiezas a aferrarte a un conocimiento que no es conforme a tu propia cabeza, sino conforme al deseo de nuestro Creador, es entonces cuando sale a la superficie su verdadero odio. Se abalanzan sobre ti con amenazas, te escupen a la cara, lo proclaman por todas partes: «Este fulano ya no es nuestro hermano». Y a quienes lo oyen no les dicen el motivo. ¡No sea que quizá se contagie! ¡Y qué si a ellos también les da la misma enfermedad! Estos religiosos que quieren extender aún más sus tentáculos, ¡qué hacen entonces! Que quienes lo oyen también piensen ahora sobre esa persona: «quién sabe qué habrá hecho». «¿Qué chanchullo cometió? ¿Acaso robó, o comete adulterio? ¿Era un asesino y no nos enteramos? ¿A quiénes habrá estafado? Tal vez sea un pervertido sexual, o se habrá vuelto un ateo enemigo de la religión y de Dios. ¡Y con lo formal que parecía, la verdad es que jamás me lo habría esperado!» Pues bien, en cuanto empiezan a pensar así sobre esa persona, ¡esas ovejas suyas, esos pastores, ya pueden dormir tranquilos!

¿Qué ha hecho aquel de quien quieren que se piense así? Por ejemplo, puede que haya dicho a los musulmanes: «¿Por qué habríamos de circuncidarnos? Aunque la gente se circuncide, no tenemos derecho a hacerlo en nombre de Dios. Porque en ninguna parte del Corán está escrito que Dios nos pida algo así.» Y ellos, enseguida: «¡Vaya, ¿quién eres tú para meterte con nosotros y con nuestra pinga?! ¡Echad fuera a este hereje infiel, golpeadlo, aniquiladlo, que además es acto de mérito!»

El cristianismo es aún más bonito:

Uno de ellos dice la verdad y afirma: «En el Evangelio no hay un Dios de tres, y Jesús tampoco dijo «celebrad mi cumpleaños», y menos aún nació ese día. Y para recordar su muerte, jamás dijo «repartid conejos y huevos». (Estas son las prácticas de los cristianos en general.) Y Dios ve siempre el futuro; el que Dios vea el futuro no se puede comparar con un canal de televisión o de radio... (Esta es, por cierto, la creencia de los testigos de Jehová.) Es decir, cuando yo estoy orando, ¿ha cambiado Dios ahora a otro canal? ¿Cómo voy yo a saber eso? Estas enseñanzas vuestras no son más que un disparate, nada más. No son sino ídolos que os habéis inventado de vuestros propios corazones. Este Dios que vosotros narráis no es el Dios verdadero.»

«¡Vaya, ¿así que eres tú el que nos da lecciones?! ¡Excomulgadlo enseguida, cortad toda relación con él, que nadie hable con él, y cuidado con saludarlo!» Estas son las medidas que toman aquellos cuyas uñas aún no son largas. Y los de uñas largas dicen: «Golpeadlo en un rincón, aniquiladlo, azotadlo, cortadle la cabeza, expulsadlo de la sociedad. Colgadle al cuello la Sagrada Escritura que lleva en la mano y quemadlo vivo.» Todo esto lo ha vivido la historia de la humanidad, y todavía lo sigue viviendo. Lo que narro no es un cuento, ni exageración, ni una broma.

Aquellos que dijeron la verdad recibieron tal respuesta. Y que sea así, en realidad, ¿no es muy bueno? ¿No debe haber una diferencia? ¿Debemos ser felices por esto? En cierto sentido, sí, ¡y cuánto! Porque que esto sería así lo dijo Dios de antemano. En Juan capítulo 16:2-3:

«Os expulsarán de las sinagogas; es más, viene la hora en que cualquiera que os mate pensará que rinde un servicio a Dios. Y harán estas cosas, porque no conocieron ni al Padre ni a mí» dice Jesús el Mesías.

En realidad, ¿no debería haber un solo Dios y una sola religión? En respuesta a esta pregunta, es como si me llegaran a los oídos un montón de voces. Todas las religiones gritan, todas juntas a una sola voz: «¡síííí!». ¡Por supuesto que, de nuevo, todas del mismo modo se dicen unas a otras: «¡Retiraos todos vosotros del escenario y actuemos solo nosotros»! Sobre este tema hay en el Corán una verdad breve pero clarísima. Los versículos 92 y 93 de la sura de los Profetas (21) dicen exactamente así:

Ciertamente, vuestra religión es una sola religión; y yo soy vuestro Dios, adoradme solo a Mí. Pero ellos disgregaron su unidad y se dividieron...

Qué pensamiento tan lógico, breve y conciso. Y la verdad que hay detrás son los miles de religiones divididas que todos conocemos, con las uñas crecidas, los cuernos hinchados, buscando a quién embestir. El interior de sus uñas está lleno de carne y sangre humanas. En sus cuernos hay huellas de las personas a las que hirieron, mataron, esparcieron por la tierra. De nuevo, el Corán continúa arrojando luz sobre este tema y en la sura de la Consulta (42), versículo 13, dice:

Él (Dios) os ha prescrito como camino a seguir aquello que ordenó a Noé, lo que te hemos revelado a ti, lo que dijimos a Abraham, a Moisés, a Jesús. Ateneos a la religión y no os dividáis en ella... (traducción de Osman Nebioğlu)

¿Qué religión o confesión musulmana aplica y acepta esta verdad? Estos libros del versículo que hablan de Abraham, Moisés, Jesús, están reunidos bajo el nombre de la Sagrada Escritura. ¿Qué musulmán toma estos libros y los lee? Y si los lee, ¿acaso la religión que posee lo saluda? Porque, según ellos, estos libros son los libros de los infieles. Y de nuevo, según este versículo, en realidad lo que niegan es el propio Corán que tienen en sus manos. Que no piensen que serán Moisés o Jesús quienes los declararán culpables. En realidad, quien los declarará culpables es Mahoma, en quien confían. Tal como Jesús dijo a los judíos (Juan 5:45-47):

No penséis que yo os acusaré ante el Padre; hay quien os acusa: Moisés, en quien tenéis puesta vuestra esperanza. Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí; pues de mí escribió él. Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?

Estas mismas palabras de arriba, ¿acaso no las dirá también Mahoma a los que se hacen pasar por musulmanes? Podemos estar seguros de que las dirá, según el Corán, que confirma y aprueba el libro que ellos rechazan y dicen que pertenece a los infieles.

Hay muchas personas repartidas por nuestra tierra que piensan y creen como lo que hemos escrito arriba. Que esto es así lo expresa Dios de forma muy hermosa por medio del profeta Ezequiel en el capítulo 34. Aunque parezca que Dios dijo estas palabras a los dirigentes religiosos del Israel de aquel tiempo, es seguro que se dirige a todos los dirigentes religiosos que creen representar el nombre de Dios. Al mismo tiempo, resulta también evidente que abarca un tiempo que llega hasta el fin del mundo, es decir, de este sistema. Por favor, abrid la Sagrada Escritura y leyendo esos pasajes, sopesad vosotros mismos la veracidad de lo que aquí se escribe. Porque una gran parte de los escritos que escribiré a continuación pertenecen al profeta Ezequiel que aparece en la Sagrada Escritura. Por medio de aquel profeta, Dios dice lo siguiente:

Lo que hacen los dirigentes religiosos:

Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel y diles a ellos, a esos pastores: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que los pastores deben apacentar? Coméis la grasa y os vestís con la lana, degolláis las ovejas engordadas, pero no apacentáis a las ovejas. No fortalecisteis a las débiles, no sanasteis a la enferma, no vendasteis a la perniquebrada ni hicisteis volver a la descarriada, no buscasteis a la perdida; sino que os enseñoreasteis de ellas con dureza y con violencia. Y por no haber pastor, se dispersaron y llegaron a ser alimento de todas las fieras del campo, y se dispersaron. Por todos los montes y sobre toda alta colina anduvieron errantes mis ovejas, y mis ovejas se dispersaron por toda la faz de la tierra, y no hubo quien las buscara ni quien preguntara por ellas. Ezequiel 34:1-6

El juicio de Dios sobre los dirigentes religiosos:

Por tanto, oh pastores, oíd la palabra del Señor: Vivo yo, palabra del Señor Jehová, que por cuanto por no haber pastor mis ovejas fueron saqueadas y llegaron a ser alimento de todas las fieras del campo, y mis pastores no buscaron mis ovejas, y los pastores no apacentaron mis ovejas, sino que se apacentaron a sí mismos; por tanto, oh pastores, oíd la palabra del Señor: Así dice el Señor Jehová: He aquí, yo estoy contra los pastores, y de su mano reclamaré mis ovejas, y les haré cesar en la tarea de apacentar las ovejas, y ya no se apacentarán más los pastores a sí mismos, y libraré mis ovejas de su boca, y no les servirán más de alimento. Ezequiel 34:7-10

La esperanza que Dios da a «los que no pertenecen a ningún lugar»:

Porque así dice el Señor Jehová: He aquí, yo mismo preguntaré por mis ovejas y las buscaré. Como el pastor busca su rebaño el día en que se encuentra entre sus ovejas dispersas, así buscaré yo mis ovejas, y las libraré de todos los lugares en que estuvieron dispersas el día nublado y oscuro. Y las sacaré de entre los pueblos, y las reuniré de las tierras, y las traeré a su propio suelo; y las apacentaré sobre los montes de Israel, en los valles y en todos los lugares habitados del país. Las apacentaré en buenos pastos... Ezequiel 34:11-14

Dios juzgará a esos perdidos con amor y con justicia:

Yo apacentaré mis ovejas y yo las haré recostar, palabra del Señor Jehová. Buscaré a la perdida y haré volver a la descarriada, vendaré a la perniquebrada; fortaleceré a la enferma, pero destruiré a la engordada y a la fuerte; las apacentaré con justicia. Ezequiel 34:15-16

Hablando de las enseñanzas corrompidas y tergiversadas, Dios dice así:

¿Os parece poco pacer en buenos pastos, que también holláis con vuestros pies lo que queda? ¿Y beber aguas claras, que también enturbiáis con vuestros pies lo que queda? Y mis ovejas, entonces, comen lo hollado por vuestros pies y beben lo enturbiado por vuestros pies. Ezequiel 34:18-19

¿Quiénes son estas ovejas de las que habla Dios?

Y vosotras, ovejas mías, ovejas de mi pasto, sois hombres, y yo soy vuestro Dios, palabra del Señor Jehová. Ezequiel 34:31

Entonces, ¿adónde vamos nosotros?

Todos estos versículos nos muestran claramente que pertenecer a una religión, confesión u organización cualquiera determinada no nos salvará. Y a los que esperan ayuda, salvación, de esas organizaciones, hemos leído lo que Dios hizo escribir por medio del profeta Ezequiel. Hemos visto claramente cómo Dios expresa el verdadero rostro de ellos. ¿Acaso puede venir de ellos ayuda para el ser humano? Por el contrario, ellos pueden ser la muerte para nosotros. Pero entonces, ¿de dónde recibiremos aliento? ¿Quién nos apoyará? ¿Quién correrá en nuestra ayuda en un apuro? Y en nuestros días vacíos, ¿dónde pasaremos el tiempo? Respondamos a todas estas preguntas con la palabra de Dios.

-Según lo que Dios hizo escribir sobre aquellos dirigentes religiosos, mientras nuestra tierra está en este estado a causa de las obras de todos estos religiosos, ¿buscaremos aliento en ellos? No olvidemos que Jesús dijo: Dejadlos; son guías ciegos de ciegos; y si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo. (Mateo 15:14)

-En Ezequiel 34:11 leímos también que Dios dijo: «...yo mismo preguntaré por mis ovejas y las buscaré». A Josué, que vino en lugar de Moisés, Dios lo apoya con estas palabras: Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y entonces tendrás éxito. ¿No te lo he mandado yo? Sé fuerte y valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas. Con estas palabras que aparecen en Josué 1:8-9, ¿acaso no nos ha dado Dios a nosotros, la humanidad, una seguridad suficiente?

-Y en un apuro nuestro, Dios acudirá también en nuestra ayuda, conforme siempre a su propia voluntad. Solo que nadie puede obligar a Dios a hacer algo. Sino que lo que él hace es un regalo para nosotros. No olvidemos tampoco que, por haber leído dos páginas de los libros sagrados, nuestras oraciones que abrimos las manos pidiendo desgracia sobre alguien con quien nos hemos enojado quedarán sin respuesta. Pero en el versículo de la Sagrada Escritura, 2 Crónicas 16:9, aparece: «Porque los ojos de JEHOVÁ recorren toda la tierra, para mostrarse fuerte a favor de los que tienen el corazón entero para con él.» Como algunos pretenden, Dios no creó a los seres humanos con el propósito de dejarnos desamparados en la tierra. Él creó al ser humano con un interés tal que conoce en todo momento hasta el número de sus cabellos. (Mateo 10:30)

Divertirse, reír, son cosas agradables. En algunos grupos religiosos, hacer picnics, organizar excursiones, ir de visita, puede también resultar agradable. En lugar de disfrutar de estas cosas con la cabeza y el corazón completamente vacíos, procuremos adquirir el conocimiento de Dios que hasta ahora quizá nunca hemos adquirido, o hemos adquirido muy poco. «Comprad la oportunidad», dice Dios, porque los tiempos son malos. Esta oportunidad no siempre llegará a nuestras manos, de eso estad seguros. Por eso, procurad llenaros, en la medida de lo posible, del conocimiento de Dios que contiene las verdades. Para nuestros placeres ya hacemos incluso mucho más de lo necesario. Y Jesús, antes de ser llevado al cielo, dio un mandamiento muy importante:

«...Id vosotros y haced discípulos a todas las naciones... enseñándoles a guardar todas las cosas que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo.» Mateo 28:19-20. Este mandamiento quiere que todos nosotros seamos maestros. Sí, aprended para que podáis enseñar. Y no lo hagáis, como algunas religiones, yendo de puerta en puerta para cumplir horas y escribir informes. Hacedlo de una manera que agrade a Dios, con amor. Como dijo Jesús, buscad a los que son dignos. (Mateo 10:11; Lucas 10:3,16) A quienes os pregunten quiénes sois, decidles «que no tenéis etiqueta y que lo que hacéis lo hacéis no solo porque Dios lo mandó, sino también por amor hacia las personas y porque es lo correcto». Y no salgáis a recaudar ayuda de nadie; por el contrario, si podéis, ayudad vosotros.

La verdad se encuentra dispersa por la tierra. Que vuestra tarea sea reunirla y recogerla. Escuchad a todos, pero no creáis a todo espíritu. Como dijo Juan, examinad las enseñanzas para ver si son de Dios. (1 Juan 4:1) Y para examinar, no olvidéis que necesitáis un conocimiento completo. Todo lo que nos ha ocurrido nos vino de aquellos escupidores de sermones, de los curas, de la ignorancia. No seamos nosotros como ellos. Tengamos siempre un espíritu capaz de dar algo a los demás. No estemos siempre, como algunos y como el mundo, esperando de los demás. Desarrollemos en nosotros un espíritu conforme a aquellas palabras de Jesús: «Más dichoso es dar que recibir».

Si el conocimiento y la comprensión de la historia que poseo son correctos, cosa en la que también puedo estar equivocado, es posible que Jesús se haya convertido en rey en los cielos, de un modo que nosotros no podemos ver con los ojos, en el mes de septiembre u octubre del año 2005. Sobre este tema escribiré más adelante, abordando sus razones. En internet, en los enlaces, ya he publicado este tema y la prueba cronológica. Si no me equivoco en cuanto a las fechas, cosa en la que también veo que me equivoco, pero cierto tiempo después de que se cumplan las profecías señaladas, todas las religiones desaparecerán de la faz de la tierra. Dios menciona que esto será así en el libro de Daniel, capítulo 11:28-40, y en el libro del Apocalipsis, capítulos 16 y 17. (La ramera o Babilonia de la que allí se habla son las religiones.) Además de estas, Dios muestra claramente en muchas otras profecías que esto será así.

Por último, animémonos y consolémonos con las palabras de aquellos versículos que Pablo escribió a los Colosenses en el Evangelio, y de los que vuelvo y vuelvo a hablar. Colosenses 3:22-25:

...obedeced no como los que quieren agradar a los hombres, sino con sencillez de corazón, temiendo al Señor. Sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; ...porque el que hace injusticia recibirá la injusticia que hiciere; y no hay acepción de personas.

Porque este mandamiento que hoy te ordeno no es demasiado difícil para ti, ni está lejos de ti. No está en los cielos, para que digas: ¿Quién subirá por nosotros a los cielos, y nos lo traerá, y nos lo hará oír, para que lo cumplamos? Ni está al otro lado del mar, para que digas: ¿Quién pasará por nosotros al otro lado del mar, y nos lo traerá, y nos lo hará oír, para que lo cumplamos? Sino que la palabra está muy cerca de ti, para que la cumplas, en tu boca y en tu corazón. Torá; Deuteronomio (repetición de la ley) 30:11-14.

¿Confianza y seguridad, o felicidad?

Martes, 18 de mayo de 2004

Tal vez en una persona que lea todo este libro pueda surgir la siguiente imagen: «No pertenecer a ninguna religión, ser libre, no cargar tampoco con el yugo de nadie». Aunque yo defiendo el ser libre, el despojarse de cargas innecesarias, el no someterse a la esclavitud que pertenece a cualquier religión que sea, si no investigamos su origen ni conocemos sus causas, el sentido literal de estas palabras escritas no pasará de ser palabrería y frases infladas. No olvidemos tampoco que no soy yo el primero en el mundo en dar el mensaje de ser libre. Muchas personas han muerto por esta causa, lo han sacrificado todo por ella; se han escrito muchas novelas, poemas y artículos sobre este tema, se han acuñado refranes y se han rodado películas. Por eso han arrojado a la gente a las cárceles, la han dejado pudrirse en los calabozos, la han torturado; en pocas palabras, han hecho de todo para arrebatarle su libertad. Aunque someterse es algo que la humanidad nunca ha amado, a los seres humanos les ha encantado someter a otros. Han obligado a los demás a hacer aquello que ellos mismos aborrecen. Por alguna razón, esta clase de personas nunca ha dado valor al amor. Y ver que los demás los aborrecen no les ha molestado tanto. Presentándose ante personas que no saben lo que es el odio con obras que las hacían aborrecerlos, prácticamente han forzado a esas personas a odiar por lo que hacían. Aunque nunca ha existido en la tierra un ser humano que no odie a alguien, ellos, con sus obras, prácticamente han creado el tipo de persona que odia. ¿Acaso esas personas querían librarse de sus enemigos, o bien crear enemigos? En realidad, mirándolo con lógica, decimos que cualquier institución, organización, Estado, religión, nación, empresa o familia que siga tal camino, con esa política que sigue solo cosecha enemigos y odio. ¿Quién no sabe que esto es así? ¿Por qué hace la gente semejantes cosas? El odio, el orgullo, el rencor, la vanidad, el interés y toda clase de sentimientos aún más viles y parecidos a estos, ¿por qué hacen que el ser humano haga tales cosas? Algunas personas, además de no sentir ninguna molestia por ser odiadas, incluso lo perciben como obra del poder, como si fuera un blasón de honor.

Otras personas, en cambio, han visto como un logro mayor obtener con amor las cosas que desean poseer. Ellas también pensaron en su propio interés, cometieron fraudes, dijeron mentiras, se engañaron unos a otros, engañaron al pueblo y asesinaron seres humanos. Aun así, se sintieron muy molestas de que los ojos que tenían enfrente las miraran con odio, y calificaron de éxito el ganarse su amor, y de fracaso el perder ese amor. Mientras que el primer tipo de persona no se preocupaba en absoluto por cosechar odio, y para ellas el amor era señal de debilidad, el segundo tipo de persona del que hablo sí dio valor al amor. Se esforzaron por ser amados y, al contrario del primero, vieron el ser odiados como una debilidad y una derrota. Como he dicho, aunque también ellos obtuvieron ese amor la mayoría de las veces con fraude, con secretismo, derramando sangre inocente, es decir, sin merecerlo, tuvieron en más el valor del amor que el del odio. ¿Es más fuerte un rey amado por el pueblo y las personas, o uno odiado? Y si consideramos además su felicidad, su paz interior, ¿cuál está en mejor situación?

Aunque uno de ellos dé valor al amor, aquí he tratado en el fondo con ambos tipos de persona, que poseen cualidades corrompidas. Ahora imaginen, aparte de estos, otro tipo de persona. Aquel que gana el amor con amistad sincera y con rectitud, es decir, con pleno derecho; su felicidad es incomparablemente distinta de la de ambos otros tipos de persona. Él se está ganando el amor de la gente con rectitud, con honradez, con pleno derecho y de una manera que lo merece.

Imaginen de nuevo, con otro ejemplo, tres tipos de deportista. Que los tres hayan ganado la medalla de oro. Ese premio que se les otorga significa que hicieron lo mejor de lo que se esperaba de ellos. Supongamos que un deportista hace este trabajo bajo la presión de su madre, de su padre o de otras personas, esforzándose cada vez, con odio y con miedo. Imaginen además que esa madre, ese padre u otros lo presionan constantemente para que triunfe. Supongamos incluso que se esfuerzan por influir en el jurado. Digamos que, aunque a esa persona no le guste en absoluto ese deporte, los recursos que tiene, el miedo, el orgullo, el empeño y la ambición, con el empujón del jurado, lo llevaron al final a la medalla de oro.

Tomemos al otro tipo de deportista como alguien a quien no le gusta demasiado la disciplina y que no tiene empeño. Que sea alguien que, como todos, ama la diversión, el placer, el vivir. Y que además posee el carácter de poder recurrir, si es necesario, al dopaje y a otros fraudes con tal de triunfar en esa disciplina deportiva. A pesar de todas estas características negativas, que también él gane la medalla de oro en la competición gracias al talento superior que posee de nacimiento y a una serie de coincidencias afortunadas.

Vengamos a nuestro tercer tipo de deportista. Imaginemos que él no solo practica este deporte con alegría, sino que casi toda la alegría de su vida es únicamente este deporte. Y su éxito no depende ni de la ambición ni de la medalla de oro. Por el amor que siente, por el placer que obtiene, con los ejercicios, las pruebas y los descubrimientos que hace siempre, siente felicidad con ese deporte, eso es todo. Quienes vieron ese éxito suyo lo metieron también a él en la competición diciéndole «tienes que mostrarte», y él también ganó la medalla de oro. En realidad él hace esto única y exclusivamente por el enorme placer que siente. Que gane la medalla de oro o que no la gane; el motivo por el que practica este deporte no depende de eso. Si gana la medalla se alegra, pero si no la gana tampoco se entristece.

Por favor, pregúntense ustedes mismos: de estos tres tipos de deportista, ¿de cuál dirían «el más feliz es ese»?

En el ejemplo de aquí, así como la medalla de oro da felicidad a cada deportista, por lo general le da también seguridad. Los tres deportistas han ganado la medalla de oro. La diferencia es que solo uno de ellos no confía en esa medalla. Mientras que para todos el objetivo es la medalla de oro, el objetivo de ese uno no es la medalla de oro, sino ser feliz. Para los otros dos esa medalla es una etiqueta, es fama, es renombre, es un futuro rico y, en función de ello, les da un sentimiento de seguridad. Pero para quien hace esto con placer y felicidad, esa medalla no es más que un regalo, no un sentirse seguro de sí mismo. Se ignora si existe un deportista así. Y aunque exista, tampoco se sabe si el ser humano de nuestro mundo ha podido dejarlo estar sin dañar estos sentimientos suyos.

Un Estado, una religión, un ejército, cualquier institución, o un ser humano; cuanto más cree poseer y cuanto más cree ser poderoso, tanto más cambia esto también su perspectiva, su comportamiento y su modo de mirar a la gente. ¿Qué clase de cambio es este? Aunque puedan enumerarse muchas cosas como causa de este cambio, la causa fundamental más importante es el sentimiento de seguridad que posee. Es decir, el sentimiento de «a mí no me pasa nada, no necesito a nadie, el más poderoso soy yo». La gente cree que este tipo de sentimiento de seguridad da a la persona tranquilidad y felicidad. Y por esta causa hacen todo lo que está en su mano. La pasión por ganar mucho dinero en los juegos de azar, el deseo de hacerse rico, la disposición de la gente a vender toda clase de valores por dinero… El que vendan su cuerpo, su personalidad, a sus hijos, incluso su alma, la mayoría de las veces es por esto. Precisamente por esto las mujeres buscan siempre un hombre rico. No digo que busquen esposo, porque ellas, más que una familia llamada relación de matrimonio, aman mucho más una vida libre y llena de seguridad. Y eso, según ellas, solo se logra con dinero. Aumentar ejércitos, la fuerza militar, comprar edificios y acumularlos, los seguros, el seguro de vida, el seguro de trabajo, incendio, inundación, catástrofe natural, desempleo… etc., los seguros; todos estos son cosas inventadas para vivir en seguridad. Creo que no mentiría si dijera que, en cierto lugar, la gente prefiere mucho más sentir seguridad que felicidad. Ellos creen que la seguridad que se ha de poseer traerá automáticamente tras de sí también la felicidad.

Las cosas opuestas al sentimiento de seguridad son: la inseguridad, la desconfianza, la incertidumbre sobre lo que ha de pasar, la inestabilidad, el peligro, el miedo, la miseria, el arrastrarse, la carencia, el dolor, el pesimismo y, al final, la muerte. ¿Quién quiere estas cosas? Nadie las quiere. Pero ¿acaso la situación es así o no? ¿O acaso, como humanidad, buscamos el sentimiento de confianza y seguridad en lugares muy diferentes y equivocados, y nuestros métodos para obtenerlo son muy insensatos? Vengan, hagamos la investigación de esto.

El oro, la plata, la riqueza; la tierra y su plenitud, ¿de quién son todas estas cosas? Aunque no crea, mucha gente responderá a esta pregunta «de Dios». Nosotros, en cambio, creyendo, decimos «de Dios». Por eso, también en este asunto, nuestro deseo de recurrir a Su sabiduría será el comportamiento más sensato. Ningún psicólogo, ni los mejores médicos del alma que jamás hayan existido, ni nadie que a lo largo de la historia haya investigado sobre los seres humanos, puede conocer a la humanidad tan bien como Dios ni amarla tanto como Él. Porque todos nosotros somos obra de Su mano. Por eso creo que, también en cuanto a la confianza y la seguridad, tomar Sus ideas es un modo de proceder muy acertado y sabio.

Dios, que sabía de antemano que el pueblo de Israel pediría un rey para sí, da con antelación, por medio de Moisés, los siguientes mandamientos acerca de las cosas que el rey debía hacer:

No aumentará caballos para sí, ni hará volver el pueblo a Egipto para aumentar caballos; porque el SEÑOR os ha dicho: «No volveréis nunca más por este camino». Para que no se desvíe su corazón, no aumentará mujeres para sí, ni aumentará para sí mucha plata y oro.

Y sucederá que, cuando se siente sobre el trono de su reino, escribirá para sí en un libro una copia de esta ley, de la que está delante de los sacerdotes levitas, y la tendrá consigo, y leerá en ella todos los días de su vida, a fin de que aprenda a temer al SEÑOR su Dios, para guardar todas las palabras de esta ley y estos estatutos, a fin de ponerlos por obra; para que no se eleve su corazón sobre sus hermanos, ni se aparte del mandamiento a diestra ni a siniestra; a fin de que él y sus hijos vivan muchos años en su reino, en medio de Israel. Deuteronomio - Repetición de la Ley 17:16-20

El caballo significaba antiguamente fuerza militar; muchas mujeres, placer desmedido; el oro y la plata, riqueza. Y Dios ve la vida ligada a todas estas cosas como pasos firmes dados hacia el enaltecimiento del corazón de la persona. Asombroso: nosotros, la humanidad, corremos precisamente tras estas cosas. ¡Y las cosas tras las que corremos Dios las prohíbe! ¿Y por qué será? Sin embargo, ¿acaso todas estas cosas no nos dan placer, sentimiento de confianza y seguridad? Diciendo que vamos a obtener seguridad, ¿acaso no nos esforzamos en realidad por poseer todas estas cosas? El poder, el placer, la falta de reglas, ¿no son las cosas tras las que corre la humanidad? Y todas estas cosas, ¿por qué no las quiere Dios?

En otro lugar, antes de que Moisés muriera, miren lo que Dios dice al pueblo de Israel por medio de él:

Procura guardar hoy Sus mandamientos, Sus ordenanzas y Sus leyes que yo te ordeno; guárdate de olvidar al SEÑOR tu Dios; a fin de que, cuando hayas comido y te hayas saciado, y hayas edificado buenas casas y habites en ellas, y se hayan multiplicado tus vacas y tus ovejas, y se te haya multiplicado la plata y el oro, y todo lo que tengas se haya multiplicado; no se enaltezca tu corazón, y no olvides al SEÑOR tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre, que te condujo por aquel grande y terrible desierto en el que había serpientes ardientes y escorpiones y sequedad, tierra sin agua, que te sacó agua de la dura roca, y que te alimentó en el desierto con maná*, que tus padres no conocían, a fin de humillarte y, al final, para hacerte bien, para probarte; y no digas en tu corazón: «Mi propio poder y la fuerza de mi mano me han hecho esta riqueza». Deuteronomio - Repetición de la Ley 8:11-17 (maná*: aquel alimento parecido a hojaldre con miel, semejante a granos gruesos de semilla, que Dios hizo llover del cielo durante 40 años en aquel tiempo)

Así que este enaltecimiento del corazón, el sentimiento de vanidad, es algo ligado a la riqueza que posee el ser humano y, en consecuencia, a la seguridad que siente. Por eso Dios advierte continuamente a las personas sobre este asunto. Incluso a veces ocurren cosas que dejan al ser humano perplejo. Por ejemplo, otro ejemplo: después de que Dios libró a Israel de la esclavitud en Egipto, les da los mandamientos y leyes que debían guardar. En una de estas leyes estaba «trabajar 6 días y descansar el 7.º día». A esto se le llama día del «sábado o descanso». Ya fuera animal, esclavo o persona, nadie debía trabajar ese día, sino descansar. (Éxodo 20:8-11) Como estaba prohibido trabajar en el día de reposo, en el sexto día debían recoger el doble. Para que al día siguiente nadie trabajara, sino que descansara. Dios hace tales milagros que aquel maná que habían recogido en cantidad suficiente para dos días permanecía dos días enteros bajo el calor sin echarse a perder en absoluto; mientras que, si hacían esto en un tiempo normal, el maná, al quedar hasta la mañana de un día para otro, se agusanaba y se echaba a perder. Con esto Dios daba garantía y demostraba que Sus mandamientos podían ser guardados. (Éxodo 16:14-36) La lógica humana no comprende estos milagros. Simplemente se espera que, por confianza y por fe, se obedezca a Dios. Pero aquellas personas, a pesar de todo esto, no hacían caso, y bien recogían para dos días cuando debían recoger para un día, y el maná se agusanaba y se echaba a perder, o bien salían fuera y buscaban maná cuando no debían recoger. O salían a recoger leña en día de reposo y, trabajando en el día en que no se debía trabajar, cometían delitos que les costarían la vida. (Éxodo 31:14-16 y Números 15:32-36)

Al no descansar y quebrantar este mandamiento que era para su propio beneficio, ¿por qué eran estas personas tan desobedientes, aun a costa de su vida?

En realidad, el motivo es vivir siempre en seguridad. Al ser humano le encanta acumular, ¿por qué? Por si algún día estoy necesitado, lo usaré. Tenemos mucho miedo de estar necesitados. La necesidad, para el ser humano, es realmente terrible la mayoría de las veces. ¿Es también así la necesidad de Dios, que estas personas están siempre con el afán de acumular? Cuanto más cae la humanidad en el afán de acumular, más da Dios, en respuesta a estos sentimientos suyos, justo al contrario, el alimento que han de comer siempre en su día. Recogerás solo para un día, mañana volveré a dar, dice. ¿Hubo alguno que pasara hambre y quedara en carencia? No, ninguno pasó hambre ni quedó en carencia. Aunque caminaron cuarenta años por el desierto, ni siquiera sus sandalias, es decir, su calzado, se desgastaron. ¿Existe un calzado que dure cuarenta años? Es más, ¿podría fabricarse un calzado así incluso en nuestros tiempos? Digamos que puede fabricarse un calzado, pero ¿y un pie así? Miren lo que dice sobre esto, leámoslo tal cual:

Estos cuarenta años tu vestido no se envejeció sobre ti, ni tu pie se hinchó. Deuteronomio - Repetición de la Ley 8:4

A estas personas, en aquel calor del desierto en el que caminaron 40 años, ni se les hincharon los pies ni se les envejecieron los vestidos. Aunque de vez en cuando Dios los dejaba en carencia y los humillaba, esto era para educarlos. (Deuteronomio - Repetición de la Ley 8:2-6) Nosotros, que leemos todo esto, ¿qué decimos? Pensamos que ellos, en realidad, como no conocían a Dios, no confiaban en Él. Aunque las cosas que hacían eran desobediencia al mandamiento de Dios, era para procurarse seguridad. Recogeré para dos o tres días, por si acaso mañana se enferma, o no puede trabajar, o si se estropea su relación con Dios, ¿qué hace? ¿Le vendrán bien uno o dos días? Ahora, en nuestro tiempo, mientras que en las casas de muchos pueblos no hay ni una rebanada de pan, en las casas de muchos otros pueblos poseen acumulación de alimentos suficiente para meses. ¿Solo acumulación de alimentos? Junto a las acumulaciones de ropa, bienes y dinero, hay personas tan enfermas que ni siquiera pueden tirar lo que se llama basura y lo acumulan. Sí, la causa de todo esto es obtener el sentimiento de confianza y seguridad. Esta ambición de acumular es aún mayor en los ricos. Mientras que las personas pobres no tienen dificultad para compartir, el mayor problema de las personas ricas es compartir.

Mi hijo cuenta así su experiencia con los compañeros de la escuela a la que va: «A veces nos prestamos dinero unos a otros, y luego lo traen y lo devuelven. O bien las cosas como comida y bebida que uno comparte con su amigo, en realidad, mientras las hacen las personas de condición normal, nuestros compañeros muy ricos las cosas que comen o las comen a escondidas de los demás, o las esconden sin ninguna necesidad. Además de que él mismo, cuando pide dinero prestado, no devuelve; mientras que dispone cada semana de un dinero de bolsillo que un estudiante normal no consigue en un mes, no presta ni siquiera la más pequeña cantidad de dinero a nadie». Un niño rico, en seguridad y confianza, con estas características, o un adulto, ¿es feliz? ¿Dirán «también él es feliz al hacer esto»? Esa persona hace esto porque teme algo, teme perder, teme ser tomado por tonto y, tal vez, teme cosas que ni siquiera se nos ocurren. No puede comportarse como cualquier persona normal. Quien posee estos sentimientos, con estos miedos que siente sin sentido, ¿es feliz?

Cuando entren en ambientes ricos, echen un vistazo a las calles; o echen un vistazo a las calles de los países ricos. En la calle apenas podrán oír voces de niños y tampoco verán niños. Sin embargo, mientras que los niños de los barrios pobres, los hijos de las personas hambrientas y desnudas, juegan juntos, corretean y gritan; ¿por qué no ocurre esta situación en los niños de los países ricos y acaudalados? ¿Es porque jugar en la calle es muy maleducado, muy insensato? No, tampoco tiene nada que ver con la mala educación ni con la insensatez. El verdadero motivo es que las personas acaudaladas tienen el corazón enaltecido, es decir, son vanidosas, por eso. Siempre habrá problemas entre cualesquiera amigos, y los hay. También hay riñas y peleas. Pero los hijos de las personas acaudaladas, en la relación con otros niños, ante el más mínimo problema, ambos se separan el uno del otro y se van a sus casas. En sus casas tienen juguetes con ordenador, tanques, fusiles, equipos de música, muñecas que hablan, álbumes de películas en vídeo y DVD, teléfonos móviles que hacen fotos y cuyas facturas nunca pagan, y toda clase de cosas que ni siquiera se nos ocurren. El capricho, la incapacidad de perdonar, el egoísmo y la vanidad que se muestran unos a otros ante aquel pequeñísimo problema son por esto. Porque no tienen necesidad, y por eso se van a casa sintiéndose seguros. El hijo de la familia que crece en la carencia, en un país pobre, está necesitado. Está necesitado del ser humano, del amigo, de la compañía. Su juguete, su felicidad y todo lo demás son esos amigos suyos. Para cada uno de ellos la situación es así. Yo he visto que las amistades que se forjan en el internado y en el servicio militar son completamente distintas. De algunas se dice «también la amistad de la cárcel es completamente distinta», ¿por qué? Porque todos están bajo las mismas condiciones de carencia y dificultad, por eso. Y por eso todos se necesitan unos a otros. Esta necesidad no tiene por qué ser necesariamente material. La abundancia hace al ser humano más apretado, más avaro; ¡la carencia, en cambio, generoso! Estas personas que son iguales en cuanto a la carencia se perdonan unas a otras, se protegen, comparten sus sentimientos y se escuchan unas a otras. Lloran juntas en sus tristezas y ríen juntas en sus alegrías. Comparten y sienten felicidad con ello. Pero ¿hasta cuándo? Hasta que también estas personas obtienen aquel sentimiento de seguridad del que se ha hablado, justo hasta entonces. Cuando el sentimiento de confianza y seguridad entra en el interior del ser humano, esa persona prácticamente enloquece. Toda su amistad, su amor, su felicidad de compartir se van. Ya no es alguien que llora con los que lloran ni se alegra con los que se alegran. ¿Por qué? Porque de ahí en adelante no necesita a nadie. ¡Porque también él ya lo tiene todo!

Pero, posean lo que posean estas personas de las que hablamos, aunque tengan habitaciones llenas de juguetes electrónicos, aunque tengan las casas más lujosas, coches y yates, no pueden obtener de ninguna de estas cosas inertes el placer que sienten o reciben de la compañía de un ser humano. La mayor molestia que pueden sentir en su relación con la gente es el sentimiento de «que no se me contagie nada, y que no dañe tampoco mis bienes». Casi toda su molestia está aquí. Y además, en la relación con cada persona, tienen la mentalidad de «esas personas hablan solo por lo que este posee». Y por lo general esto no es mentira. De todos modos, o bien lo ve feo por ser pobre y no lo quiere, o bien, si el que tiene enfrente también está en la abundancia, esta vez, por celos, no lo soporta. Sin entrar en los detalles de esto, lo que quiero decir es que la abundancia produce un efecto negativo en estas relaciones y hace infeliz a su dueño. Sin embargo, mientras que a una persona corriente, incluso pobre, el mero saludo de alguien con rostro amable la hace muy feliz y no le hace pasar por la mente ninguna cosa negativa; la persona acaudalada, por miedo, se esfuerza por mantener su cara aún más seria y torcida ante ese saludo. Siempre tiene dentro el pensamiento y el miedo de «que no me pidan nada, que no se metan conmigo». Por eso, en las sociedades ricas se mira con miedo a las personas de rostro amable, simpáticas y humildes. Es el miedo de «cómo me va a timar y qué me va a pedir». En tales sociedades, el ser de cara torcida, el que esas personas, para no tener siquiera que saludar, hagan como que ni ven a su alrededor en la medida de lo posible, incluso, si es necesario, caminen directamente sin mirar la cara de nadie, es todo obra de esta abundancia, de la etiqueta, del sentimiento de seguridad que según su propia opinión poseen. Esto se ha convertido ya en una educación, en una regla adquirida desde la infancia. Ellos son acaudalados, no necesitan a nadie, y por eso tampoco tienen nada que ver con nadie.

Junto a esto, quienes de verdad son de rostro amable por lo general lo hacen sin duda esperando algo. O están vendiendo algo, o son agentes de seguros, o tienen otras expectativas interminables. Si el nuevo vecino que llega al barrio posee tales características, puede ser también alguien que pide cosas a todos, un problemático, un gorrón. Encontrarse con personas simpáticas que poseen estas características por sinceridad, de corazón, porque dan valor a las personas, sin esperar ningún interés, es como que te toque el mayor premio de la lotería. Los sistemas que viven las sociedades han llevado tales situaciones a este estado, pero sobre todo el propio ser humano. No solo algunos de nosotros, sino que todos poseemos más o menos las mismas características. La mayoría de las veces son las circunstancias y las situaciones las que nos hacen diferentes, nada más.

Las personas mienten, mueren, matan, temen, obran con hipocresía, dicen «a lo recto torcido, a lo torcido recto, a las tinieblas luz, a la luz tinieblas». Bajo lo que temen perder está siempre el miedo a perder la seguridad que poseen o que van a obtener. Tiene casa, tiene coche, tiene trabajo, mujer, hijos. Todas estas cosas le dan seguridad. Tiene un país, una religión, un entorno, amigos, una etiqueta; teme perder estas cosas. Es porque todas estas cosas le dan seguridad. Y aun esto no le basta, se hace un seguro. Piensa en sí mismo, en su casa, en su coche, en su futuro, en su vejez, hasta en la habitación en la que quedará solo en su enfermedad. Porque con estas cosas siente seguridad y comodidad, y vive con estos sentimientos.

Para obtener las cosas difíciles de obtener y deseadas, las personas piensan, y además creen, que «solo con estas cosas se es feliz». ¿Acaso las personas, tras poseer con gran ardor estas cosas, pudieron de verdad ser felices? Los mismos que las poseen dicen «no». Así que estar en seguridad y confianza no basta para hacer feliz al ser humano. Es más, al ver que estas cosas llamadas «seguridad y confianza» a las que las personas se aferran se parecen a las burbujas de jabón, no resulta nada difícil comprender que estas pasiones se han buscado en lugares y fuentes muy equivocados. En realidad, para la humanidad, el punto último al que puede llegar el sentimiento de confianza y seguridad es, en el sentido de la vida placentera, ilimitada e irresponsable de la persona. Para ellos esto significa «llegar a la cima». El mayor objetivo es vivir cómodamente, sin miedo, sin necesitar a nadie. Alguien podría decir: «¿Qué tienen estas cosas de malo?». Yo tampoco defiendo que vivir sin miedo, cómodamente y, a ser posible, sin necesitar a la gente, sean malos sentimientos; solo trato de decir que los métodos de la humanidad para obtenerlos son equivocados. Las personas, para procurarse una vida segura, han pisoteado su honor, su dignidad, su carácter, su felicidad. Y junto a esto, ¿han podido procurarse acaso una vida segura y cómoda? Desde que se fundó la tierra y el ser humano entró en el pecado, jamás ha existido tal garantía. Si hay que decir la verdad, el único motivo que impide las locuras de la humanidad, el que se aniquilen unos a otros por completo, es Dios.

Las sociedades antiguas también, como la humanidad actual, atendieron únicamente a su comodidad, a sus placeres, a estar en la abundancia. Algunos, como les funcionaba la cabeza, no cargaron sobre sus espaldas el peso de nada que los estorbara. Sabían que un rey, un gobernante, unos ejércitos militares constituirían un obstáculo terrible para alcanzar ese propósito. Existían y vivieron en la historia sociedades humanas conscientes de esto. Es decir, ellos se esforzaron por ser felices más que por la seguridad que aportaría la seguridad militar. No aumentaron fortalezas de gruesos muros, ni muchos ejércitos, ni armas, ni caballos. No pusieron a la cabeza ni rey ni gobernante. Alejaron de sí todo lo que los presionara. Y en el lugar donde vivían no faltaba nada de lo que hay en el mundo. No le hacían a nadie ni bien ni mal. Es decir, no tenían relación con nadie. Estas son también las mayores características de las personas que se sienten en seguridad, confianza y placer. Ellos no piden nada a nadie ni dan nada a nadie. Dicen «dejadme, o dejadnos, en paz». Muchas personas, haciendo un comentario equivocado, han sacado también un sentido equivocado sobre este tema de estos laisitas que aparece en el libro de «Jueces» de la Sagrada Escritura. El nombre de este pueblo de Lais aparece en un período muy al principio de Israel, en el que no tenían reyes, en el tiempo en que vivían los jueces. Miren lo que dice sobre ellos la Sagrada Escritura:

Así, los cinco hombres se pusieron en camino y llegaron a Lais. Vieron que el pueblo de la ciudad vivía lejos de toda inquietud, en paz y seguridad, como los sidonios. En la región no había nadie que los dominara ni los oprimiera. Estaban lejos de los sidonios, y tampoco tenían relación con ningún otro. Jueces 18:7

Es más, en algunas traducciones alemanas dice que eran ricos y que no tenían necesidad de nada, lo cual coincide también con las expresiones de aquellos cinco hombres que aparecen en los versículos posteriores. Aquellos cinco hombres de los que se habla aquí pertenecían a los hijos de Dan, una tribu de Israel. Y su propósito era obtener las tierras que Dios les había dado bastante tiempo después de que salieran de Egipto, y vivir allí. Por eso envían de antemano hombres al país que iban a conquistar, para no encontrarse luego con una dificultad. A estos hombres, a los que en nuestro tiempo llaman espías o agentes, en la antigua traducción turca de la Sagrada Escritura se les llama «çaşıt» (espía).

Quien lee los versículos de arriba se imagina un pueblo inocente, tranquilo, ajeno a hacer el mal. En realidad, estas personas, por las características que poseían, se parecen, como en el ejemplo que di, a los niños acaudalados del país rico. Es también seguro que ese pueblo tenía la inteligencia de vivir en parte la libertad de la que escribo en este libro. Ellos no pusieron a la cabeza ni un rey, ni un gobernante, ni ningún otro que diera órdenes, y así se guardaron de convertirse en asnos. Tampoco dieron ninguna importancia a adquirir fuerza militar. Y es normal que un pueblo que sigue tal camino alcance en muy poco tiempo la riqueza y la abundancia. El que no tengan a la cabeza un rey, como en todos los demás países, muestra también que no conocían para nada eso que se llama impuestos. Ni tienen una inversión militar. No hay ni un superior ni funcionarios que, por la burocracia, los presionen para el soborno diciendo «da esto, haz aquello». En pocas palabras, es evidente que eran conscientes de la presión que hay en el orden y el sistema de Satanás, eso que llamamos organización, con multitud de brazos y formas como un pulpo, y parecen estar lejos de estas cosas. Su mantenerse lejos no es porque quisieran rechazar la organización como un método que Satanás utiliza, sino solo por su propio interés, por sus intereses egoístas. La historia de la Sagrada Escritura no escribe que esta nación perdurara a lo largo de muchos siglos. Tampoco tenemos información sobre de dónde vinieron ni de quiénes descendieron. Pero lo que es seguro es que no se puede decir que existieran durante mucho tiempo, como algunos imperios. Ya se comprende que esto sería imposible por el camino que seguían.

En realidad, la causa de su desaparición no era el no tener a la cabeza un gobernante, un rey. Porque, del mismo modo, en aquellos tiempos tampoco había en Israel un rey, un gobernante ni dueños de órdenes que los presionaran. Sí, aunque de vez en cuando, a causa de sus pecados, Dios no los protegía y los entregaba en manos de sus enemigos, la causa de esto no era el estar sin rey ni gobernante, sino, como he dicho, los pecados que provenían de su propia insensatez. En aquellos días, sobre la nación de Israel Él escribe así:

En aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que era recto ante sus ojos. Jueces 17:6

Así que la causa de la desaparición de los laisitas no era el no tener a la cabeza un rey, un gobernante. Ellos, sin duda, siendo personas inteligentes, y por los recursos que poseían, muy rápidamente se hicieron poseedores de abundancia, es decir, ricos. Pero, como son las personas que se han hecho ricas, que están en la abundancia, con el tiempo también ellos, sin duda, se volvieron así.

Molestándolos un poco, alargando este tema un poco más, permítanme tratar de explicar con ejemplos en qué sentido son así las personas que están en la abundancia. Según la experiencia que he adquirido del país en el que vivo, pondré como ejemplo al pueblo alemán. Pero, por favor, no lo perciban solo como el pueblo alemán, sino como todas las personas que están en la misma situación. Aunque la unificación de este y oeste los corrompió en todo sentido, en algunas situaciones los alemanes poseen características superiores a las de muchos pueblos. Mejor dicho, esto era así antes. Sin duda estos cambios también tienen sus causas. De lo contrario, no es un asunto relacionado con el ser alemán ni con la raza. Todos los seres humanos muestran desarrollos según las circunstancias y las situaciones. Cualquier persona que se críe bajo las mismas circunstancias y situaciones, venga de la raza que venga, poseerá también las mismas o parecidas características. La cosa no es el ser alemán, laisita, inglés o americano; de todos modos, como seres humanos, todos venimos de una misma sangre. Y esa es Adán y Eva. La Sagrada Escritura lo escribe claramente así.

…de una sola sangre creó a toda nación de hombres… Hechos de los Apóstoles - Actos de los Apóstoles 17:26. Hay miles de millones de personas de cabeza cerrada que, por su orgullo, su soberbia, la abundancia que poseen y la educación que han recibido, e incluso por su piel, hasta por el color de su cabello, no pueden aceptar que esto sea así.

En fin, sin alargar más la palabra, vengamos a nuestro ejemplo. A los políticos, antes de las elecciones, les encanta presentar al pueblo alemán a los extranjeros como la causa de todo mal. En las ayudas prestadas, en las relaciones con otros países, es también un hecho que antiguamente los alemanes ocupaban siempre los primeros lugares. Cuando se unieron este y oeste, cayeron en sus propias penas, eso es otra cosa. Aun así, oíamos que a menudo los alemanes proporcionaban en Europa la mayor cantidad de apoyo. Pero de muchos de los problemas del país, del desempleo, de la ilegalidad, según los políticos y el pueblo llano, la causa son siempre los extranjeros. Y estos, sobre todo según ellos, son los turcos. Cuando se reúnen, sin ver ninguna oposición, les encanta especialmente denigrar a los turcos. Todos, como si a partir de ese momento, se ponen de repente en unidad. Si uno escucha sus conversaciones, resulta un sentido como si, en realidad, si los turcos fueran su problema principal, cuando no hubiera turcos o si no los hubiera, estos hombres ya no tuvieran ningún problema. En cierto tiempo se reunieron con el mismo pensamiento respecto a los judíos. A ellos, por alguna razón, no sintieron tampoco la necesidad de darles consejos de «tenéis que integraros», como a los turcos de ahora. En cada país de Europa en el que entraban, buscaron a los judíos que eran ciudadanos de allí y los quemaron vivos. Antes que a los obreros turcos adoptaron esta actitud contra los italianos, y antes que a estos, contra los españoles. La cabeza y el alma siguen siempre el mismo camino, solo cambian los tiempos y los nombres.

Los alemanes, en el tiempo en que Alemania Oriental era comunista, daban a cada persona que venía del este cien marcos de regalo. De aquellos alemanes que cobraron este dinero, ¿cuántos fueron inmediatamente a buscar, a ver, al pariente, al hermano, al amigo que habían perdido años antes? Por lo que sabemos, todos se amontonaron directamente en los centros comerciales. Es más, las puertas de aquellos supermercados en ciertos momentos se cerraban, se formaban colas y, dejando entrar de nuevo cierta cantidad de personas, volvían a cerrarse, para que solo así se pudiera comprar. De lo contrario, no habría sido posible mover un brazo en aquellos gigantescos almacenes por la muchedumbre. Junto a esto, los robos, las porquerías y las ilegalidades que se cometían siempre se ocultaron y no se dieron a conocer. Pero si un turco decía «pío», el periódico Bild lo ponía en primera plana, eso es otro asunto. En Alemania, donde permanecí durante años, nadie me regaló cien marcos ni me dijo «ve de compras». Además, ¿por qué habría de decírmelo? Aquellos cien marcos regalados eran para la guerra fría, para derribar el bloque comunista. ¡Es decir, la gente hace hasta el regalo de dinero con la mentalidad de guerrear contra algo! ¡Planificaron muy bien el plan y el programa de esta guerra fría, pero, por lo visto, ninguno pensó en cuál sería el estado del mundo después, si ganaban la guerra!

Aquellos políticos, con sus cabezas cerradas, dirigen estas cosas como quieren, y esto rebasa mucho nuestro tema. Si uno preguntara al pueblo alemán: «¿Qué les parece enviar a todos estos extranjeros, especialmente a los turcos, a sus propios países?»; creo que todos gritarían de alegría «¡hurra!». Los entiendo tan bien. Con los conocimientos que poseen, es como si entonces todos los problemas se fueran a acabar. En realidad, ellos quieren no tener relación con nadie. Cuando digo relación, hablo del miedo que poseen a que cada uno que dice hola les vaya a pedir algo. Pero que sus propios coches, sus máquinas, sus tanques y armas los vendan en los mercados de fuera. Pero que ni el coche ni la mercancía japonesa o francesa entren para nada en sus países. Y que, desde la sandía hasta la berenjena, desde el kiwi hasta el plátano Chiquita, desde el cacao hasta el café, tanto lo que lleva carne como lo que lleva leche, aquellos países les suministren la mercancía.

En Alemania antiguamente había muy pocas personas que supieran qué era la berenjena, la aceituna, la sandía, el melón. ¿Quién no ama tales cosas y niega su provecho? Esto también proviene de aquella lógica de comerse la nata de todo el mundo y «no me dejes el tallo, la basura». Y a eso que llaman tallo y basura también es ser humano. Por muy viles que sean, son personas que, como ellos, vienen de Adán y Eva, del mismo linaje. No se sabe si sus iglesias les enseñaron: «Ellos vinieron de otro planeta; o nosotros no somos de su linaje». Estos son las personas que hacen, que cultivan aquellos plátanos, aquellas sandías, aquellos cafés, el cacao de sus chocolates favoritos. Mientras ellos trabajan en los mejores lugares de trabajo, aquellos que empujan a los lugares más sucios, que no quieren llamándolos «sin cabeza», aquellos «extranjeros sucios», en su propia expresión. Aquellas personas a las que siempre, poniéndoles obstáculos donde pueden, se esfuerzan por hacerles la zancadilla. Personas que nacieron y crecieron en aquel país, que ya son ciudadanos de él. En realidad, lo que en el mundo de sueños de los alemanes quieren de estas personas es: que ellos hagan todos estos trabajos sucios, que él se llene la barriga a precio de balde a las doce de la noche en el restaurante del extranjero, que el domingo en las estaciones de tren coma broches frescos, pan blanco, pollo caliente y toda clase de comidas, en lugares donde más del noventa por ciento del obrero que trabaja es solo extranjero, ¿acaso todo esto estaba en el sueño de Alemania y de los alemanes? Estos trabajos los harán ellos, pero ellos no tendrán ni tolerancia para ver siquiera sus caras. Cuando digan vete, se irá; cuando digan ven, vendrá; cuando digan levántate, se levantará; cuando digan fuera, huirá. ¿Haría un perro estos deseos suyos de sus sueños?

Dijimos que este es el sueño de su pueblo. Querría decir que sus leyes no eran tan simples y feas, pero también estas se quedan solo en el papel. Además, desde que pusieron a la cabeza a Merkel, la hija del imán de la iglesia, venida del este, tanto sus leyes como sus aplicaciones han adoptado una forma que no hace sino pisotear los derechos humanos. La Alemania Oriental derribada se trasladó al oeste. Con la condición de aplicar en toda Alemania Occidental también aquellas cosas feas cuyo derrumbe habían causado. La bendición que poseían antiguamente provenía, aunque en poca medida, de que aquellas leyes suyas fueran humanas. Pero aquellas leyes ya no se aplican con justicia y humanidad como antes. Como he dicho, puse a los alemanes como ejemplo, porque vivo allí y los conozco. Si estuviera en Inglaterra pondría aquel lugar como ejemplo, si estuviera en América, aquel, si estuviera en Turquía, Turquía. Repito: si nosotros los turcos fuéramos alemanes, y los alemanes turcos, ¿qué pasaría entonces? Quizá buscaríamos con vela aquella madurez, aquella caballerosidad que ellos tenían en tiempos pasados, y no la encontraríamos. Mucha gente no sabe estas cosas, ni quiere saberlas. Siempre quieren pensar de una sola manera. Pero, seamos turcos, alemanes, americanos, o lo que seamos, por todo lo que hacemos, un día vendrá y sin falta, pero sin falta, a todos nosotros se nos pedirá cuentas.

Vengamos de nuevo a en qué estado llega a quedar una sociedad a causa de la abundancia. A la situación de ser como los laisitas. El laisita no quiere a nadie, no tiene nada que ver con nadie, ni tiene provecho para nadie. Todo lo que el laisita conoce es su propio placer, su propia falta de límites, su propio interés, la seguridad que él mismo ha adquirido. No crean que también el laisita recibió esta abundancia de regalo de otra persona. No, también él, trabajando con sus propias manos, lo que obtuvo lo obtuvo él mismo.

Bien, ¿cómo eran las relaciones de este pueblo de Lais con Dios? Eran cero. ¿De dónde lo sabemos? Todos aquellos pueblos de la región del país que Israel debía tomar, en realidad, con sus vidas y sus prácticas, se habían ganado la maldición de Dios. Israel, en esto, era como el funcionario ejecutor que iba a cumplir la sentencia de Dios. Con esto no debe deducirse que Dios necesitara al pueblo de Israel. Porque en muchas guerras el número de personas que Dios mató fue mayor que las que ellos mataron. En el libro de Josué se escribe así:

Y sucedió que, cuando huían de delante de Israel, estando en la bajada de Bet-Horón, hasta Azeca, el SEÑOR arrojó sobre ellos desde los cielos grandes piedras y murieron; los que murieron por las piedras de granizo fueron más que los que los hijos de Israel mataron a espada. Josué 10:11 Hay también muchos otros versículos parecidos a este. Con esto se escribe que Dios aprobaba aquellas guerras y que aquellas naciones, de verdad, con toda clase de obras sucias y abominables, merecían ser aniquiladas. Entre estas estaban también los laisitas. (Deuteronomio - Repetición de la Ley 9:4-5; Levítico 20:1-23)

A pesar de todo esto, de entre estos pueblos surge uno. Por temor a Dios, por sus vidas, dicen una mentira para hacer las paces con los israelitas. Les toman juramento y hacen un pacto. (Josué 9:3-27) Aquel pueblo se salva de esta manera. Vemos que a este pueblo que, temiendo a Dios y a Su decisión, vino a hacer las paces con el pueblo escogido, Dios también les perdonó la vida. Sin embargo, este pueblo era el más valiente de aquella región. (Josué 10:1-2) Los demás, en cambio, aunque eran cobardes y débiles, se levantan en cierto lugar a guerra contra Dios. Pero, aunque sea uno solo, surge un pueblo que muestra arrepentimiento. Así que el arrepentirse resulta ser cuestión del corazón. Este asunto no atiende al poder, a la fuerza ni a la valentía. Junto a aquellas naciones que seguían todos estos acontecimientos, el pueblo de Lais estaba en un estado despreocupado, sin relación con nadie, viviendo únicamente para sí mismo, para su placer, para su comodidad. En realidad, ¿gracias a quién saborean esta comodidad? ¿Quién creó a esta nación que gozaba del placer y pensaba en su interés? La tierra y su plenitud, ¿de quién son? Si ellos vivieran, sin duda responderían estas preguntas con soberbia. ¡Ahora lo contarían y lo contarían con palabras como «todas estas cosas las hicieron nuestras manos. Somos más inteligentes que todos. La raza superior somos nosotros»! Sin embargo, precisamente para que no pensaran pensamientos así, viles y parecidos, ¿qué había ordenado Dios al pueblo de Israel? Vengan, leámoslo de su lugar:

«No digas: "Por mi justicia me ha introducido el SEÑOR para tomar esta tierra en posesión"; sino que es por la maldad de estas naciones que Él las echa de delante de ti. No es por tu justicia (rectitud) ni por la rectitud de tu corazón que entras a poseer su tierra; sino por la maldad de estas naciones…» Deuteronomio - Repetición de la Ley 9:4-5

Estas palabras eran para los israelitas, que debían cumplir la sentencia de Dios. Y de nuevo, ¿qué habíamos leído?

«y no digas en tu corazón: "Mi propio poder y la fuerza de mi mano me han hecho esta riqueza".» Deuteronomio - Repetición de la Ley 8:11-17

Sí, los laisitas pensaron así. Ellos confiaron en las obras de sus propias manos. Creyeron haber construido el paraíso a su gusto. Aquellas actitudes suyas egoístas, interesadas, que solo pensaban en sí mismos, estaban lejos de Dios. Se habían convertido en una nación soberbia. Se parecían a los niños en la educación de los ricos acaudalados y caprichosos, a sus padres. Habíamos dicho de antemano que, por lo general, toda riqueza y abundancia trae consigo un corazón engreído y soberbia. También en los laisitas se había desarrollado esta actitud del corazón. Su estado ético y moral tampoco debía de ser diferente del de las otras naciones. Dios escribe cómo estas naciones, junto a muchas de sus abominaciones, se rebajaban a sí mismas teniendo incluso relaciones sexuales con animales.

Vengamos a las relaciones turco-alemanas actuales de las que hablamos y dejamos a medias. ¿Hay alguien que no esté de acuerdo con las opiniones sobre Turquía que Yaşar Nuri Öztürk escribió en su libro titulado «Respondo»? ¿Acaso Dios no los dispersó por todo el mundo por el soborno, el fraude, por amar el dinero más que cualquier cosa, porque, además de no amar la rectitud, son enemigos de las personas rectas? ¿Han escarmentado todavía? No, de nuevo el mayor enemigo del turco es el propio turco. Prácticamente disfrutan haciéndose el mal que pueden unos a otros. Si los alemanes y muchos otros pueblos de otros países odian a los turcos, no digo que sin duda tengan razón en cada uno de sus odios, pero ¿acaso decir que no hay aspectos en los que tengan razón no me convertiría en un fraude y un mentiroso? El motivo por el que escribo estas líneas es que tal vez se avergüencen y saquen una lección de este estado suyo rebajado y despreciado, de lo que se han hecho unos a otros y a la humanidad. Para comprender y sacar una lección hace falta un corazón recto y humilde. Por otro lado, también el turco y el kurdo pueden ser así, y recibirán de Dios lo que les corresponda, o ya lo han recibido. ¿Y el pueblo alemán? ¿Acaso no son también ellos probados? Pueden estar seguros de que también ellos recibirán de estas pruebas la parte que les corresponde. Cada pueblo y cada nación, cada individuo uno por uno, recibirá de Dios lo que le corresponda. ¿Cuál fue el final de los laisitas? Leamos cómo se escribe:

Los hijos de Dan siguieron su camino… y llegaron a Lais, a un pueblo tranquilo y confiado, y los pasaron a espada; y prendieron fuego a la ciudad. No hubo quien la librara; porque estaba lejos de Sidón y no tenían relación con nadie. (Jueces 18:26-28) Las palabras de estos versículos expresan el castigo que Dios dio contra las obras de aquellas naciones. Porque sus obras eran malas. Incluso cuando se acostaban y se levantaban, en sus mentes y en sus fantasías tenían siempre solo sentimientos como maldad, egoísmo, placer pervertido, odio. Con estas características suyas, con la riqueza y el bienestar que poseían, ellos estaban tranquilos y confiados. Y esto duró solo hasta que vino sobre ellos la sentencia de Dios.

Escribí este texto sobre estos laisitas porque temía también la existencia de personas capaces de sacar, tras leer este libro, un sentido sobre la libertad que fuera exactamente el del espíritu de los laisitas. Mucha gente no comprende el sentido de la libertad. Ven la libertad como falta de límites. Sin embargo, la libertad no es falta de límites, sino, al contrario, algo muy limitado, algo que termina en el momento en que dañas a otro, o incluso a ti mismo. Y la libertad tampoco significa en absoluto irresponsabilidad. ¿Es libre alguien que solo piensa en sí mismo, egoísta, egocéntrico, sádico, que disfruta haciendo el mal? En realidad, esa persona es esclava y, al mismo tiempo, sierva de todos estos sentimientos suyos. Jesús el Mesías dice así: «Todo el que comete pecado es esclavo del pecado». (Juan 8:34) Y el apóstol Pedro:

«Les prometen libertad, cuando ellos mismos son esclavos de la corrupción. Porque el hombre es esclavo de aquello que lo domina». 2.ª Pedro 2:19

Todo el mundo dice que ama la libertad. Pero, cuando se mira nuestro mundo, el camino por el que va la humanidad tiene exactamente la forma de esclavizar y ser esclavizado, cosa que pertenece al pecado. Más que las cosas que se dicen y se anhelan, lo importante es cómo las imaginamos en nuestra mente y qué esperamos con sinceridad. Algunos ven, y esperan, que lo que se quiere decir con ser libre es que todos les tengan miedo. Otros, mientras dicen «libertad, democracia», dicen «pero solo si llega al poder el partido que yo quiero, la democracia es buena». Y otros más —por ejemplo, los testigos de Jehová—, mientras hablan con odio de toda clase de pensamiento y creencia que se les oponga, y prohíben a sus miembros incluso hablar con ellos y saludarlos; gritan que están a favor de que en el mundo se dé libertad a toda la doctrina y las prácticas que ellos difunden. Ver que organizaciones e instituciones que dentro de sí no dan libertad a nadie alcen la voz diciendo «dadnos libertad», y por esta razón acudan a los tribunales del Estado, no es un espectáculo sorprendente en nuestro mundo.

Había una película que se llamaba The Beach. Significa la playa. Tal vez se haya proyectado también en Turquía. Si no me equivoco, debe de ser una producción de 1996. El papel protagonista lo interpreta Leonardo DiCaprio. El argumento de la película:

Transcurre en un lugar de paisaje paradisíaco que unos turistas, en su mayoría americanos, que viajan con mochila a la espalda, descubren en una zona vacía de Tailandia que nadie conoce. A que estos turistas vivan allí, unos granjeros con aires de mafia que se dedican al cultivo de droga en el campo, aunque no quisieran, se lo han permitido. Su única condición es que no le dirán a nadie este lugar y que nadie lo sabrá. De lo contrario, este será su final allí. Estos turistas amantes de la aventura, formados por gente de toda nación, viven allí en forma de un pequeño grupo de unas 20-30 personas. Ellos ven este lugar como si fuera el paraíso de sus sueños. Pero ¡el paraíso de sus sueños! Porque es muy seguro que el verdadero paraíso no se compondrá de las personas de carácter que ellos poseen. No contaré toda la película. Ante un problema que surge en esta isla en la que viven, como piensan en su propia comodidad, se revisten de repente de toda clase de actitudes carentes de humanidad. Un tiburón mata a uno de ellos y hiere gravemente a otro. Por miedo a que tal vez se sepa dónde están, ni siquiera permiten que se lleve al herido al médico. En realidad, todas estas cosas las decide siempre una mujer que tiene la palabra allí. Abandonan a la muerte al herido, a ojos vistas, durante días entre dolores. Es más, porque el hombre grita de dolor, ninguno soporta ese sonido y lo echan también fuera de la casa en la que se alojaban. Solo una persona de entre ellos toma siempre posición a su lado, eso es todo. Y en efecto, aquel hombre gravemente herido también muere días después. En aquel paraíso fingido hay también otros problemas como celos, engañarse unos a otros, envidia, etc. Y la última gota que colma el vaso: antes de llegar allí, uno de ellos había dado también a otros el mapa de aquel lugar. Aunque esas personas no habían creído en la existencia de aquel lugar, llegan en un momento totalmente inesperado. Por supuesto, los granjeros ya no hacen la vista gorda ante esta situación.

Al principio aquellas personas ven la comodidad que poseen y aquel lugar de paisaje paradisíaco como un gran premio. El que no todos tengan este privilegio y que se mantenga en secreto aumenta un grado más el atractivo de aquel lugar. Casi no hay ninguna ley ni regla. La ley más importante es que no se quebrante la regla del secreto. Las demás reglas dependen de esta. Para que no se quebrante esta unión que debe mantenerse en secreto, ellos están dispuestos a hacer cualquier cosa. Sea quien sea el que quebrante esta regla, están dispuestos incluso a matarlo, si es necesario, sin pestañear. Así es también el comienzo de las organizaciones que organizan a las personas. A primera vista, el propósito y el objetivo tienen una forma que atiende al interés, a la felicidad, a la comodidad y, sobre todo, al futuro de las personas. Con el tiempo, de repente ves que las personas, más que servir a este propósito, se han vuelto siervas y esclavas únicamente de las reglas que ellas mismas pusieron, para que esta organización no se derrumbe, no se disgregue, no sufra daño. Porque, por bien que el ser humano planifique, en aquellas reglas hay multitud de errores, equivocaciones, vacíos y sorpresas que no vieron ni pudieron calcular. Y cuanto más aumentan los problemas en la organización, tanto más se clavan los ojos de los dirigentes en los problemas de la organización. Ya empiezan a poner ley sobre ley, regla sobre regla. Es decir, aquello que debe mantenerse en pie, que no debe derrumbarse cueste lo que cueste, es la organización. El objetivo se ha desviado ya hacia una dirección muy distinta de los sueños del principio. Lo primero, lo que viene en primer plano, ya no es el ser humano, sino la organización. Por eso, cada organización se esfuerza mucho por presentar su propio derrumbe como el derrumbe también de sus miembros. Esperan de todos sus miembros que vean estas cosas como lazos inseparables el uno del otro. Su objetivo más importante es convencerlos de esto de manera definitiva. Si todos se esfuerzan hasta su último aliento por defender el interés de aquella organización, no queda entre ellos ni una sola persona que respire. Y tal resultado es solo cuestión de tiempo.

De esta película hay también un libro. Cuando vi esta película, se me vinieron a la mente los laisitas. Sin duda su situación tal vez no fuera exactamente la misma, pero, por desgracia, sus actitudes del corazón eran las mismas. Hay muchos pueblos, naciones, religiones y personas que se parecen a los laisitas. Las cosas que las personas hacen para poseer la comodidad, el placer, el privilegio, la seguridad y la confianza tras las que corren, igual que aquellos laisitas, tienen la cualidad de llevar no a la felicidad, sino, al contrario, a la infelicidad. Buscan la confianza y la seguridad en lugares y cosas equivocados. Y por eso no pueden encontrar la felicidad. Solo consiguen amargarse la vida unos a otros y airar a Dios, nada más.

Para señalar que es vano el sentimiento de confianza y seguridad que las personas sienten hacia la riqueza, la fortuna, el poder, la fuerza, la etiqueta, Dios dio muchos ejemplos. Junto a estos, la historia es también un ejemplo muy hermoso. Aquellos egipcios, babilonios, asirios, medos, persas, Alejandro Magno, Roma, tan gloriosos y renombrados de los que hablé también en mi escrito anterior, ¿dónde están? ¿Y aquellos grandes hombres, viven también ellos eternamente? Aquellos reyes temibles, ¿dónde están? Todo el linaje de la humanidad que vivió corriendo tras las cosas tras las que corre nuestro mundo actual, ¿dónde están? ¿Dirán «vivieron y murieron felices»? La historia no escribe en absoluto que fuera así. Aunque algunos fueran así de afortunados, esto tampoco significa que cada uno de sus días transcurriera feliz y en paz. Y no solo en este mundo, sino que ellos hicieron muchas cosas de las que también deberán dar cuenta en el día del juicio. Y de aquel día nadie se librará. Dios ha cumplido hasta ahora todo lo que ha dicho. También en el asunto de los últimos días y del día del juicio, cumplirá sin falta lo que ha dicho.

En realidad, la humanidad no cree, o no quiere creer, ni en una resurrección ni en un día del juicio. Ellos quieren pasar bien la vida que van a vivir en este mundo, eso es todo. Y están decididos a hacerlo de la manera más placentera cueste lo que cueste; la idea principal del asunto es esta. Aun así, ¿por qué habría de recorrer un camino tan trabajoso por algo que al final no me hará realmente feliz? Porque dijimos que todo tiene un precio, ese precio debe pagarse. Si queremos construir una seguridad y confianza engañosas parecidas a las burbujas de jabón, y todo el mundo corre también tras esto, ni siquiera obtenerlo será fácil. Y en cuanto al precio que debe pagarse por ello, estoy a favor de que se piense «¿vale la pena?». Al final, ¿qué es lo que queremos alcanzar? ¿Debemos esforzarnos por ser felices, o por procurar seguridad y confianza? ¿Dicen «estas cosas están de todos modos ligadas entre sí»? ¿Dicen «cómo va a poder ser feliz una persona que no está en seguridad»? Por supuesto que querer confianza y seguridad no es algo malo. Pero el cómo y de qué manera trata nuestro mundo de obtenerlas es muy ridículo y también feo.

Vengan, hablemos primero de esos que se sienten en seguridad y se enorgullecen de lo que hacen. El rey babilonio Nabucodonosor, que estaba en el papel de dueño del mundo de su tiempo, mientras paseaba por la azotea de su palacio en uno de los períodos más brillantes de Babilonia, pasa por su corazón lo siguiente:

… «¡He aquí la gran Babilonia, que yo edifiqué como capital de mi reino, con la fuerza de mi poderío, para gloria de mi majestad!», dijo. Aún no había acabado de hablar, cuando se oyó una voz del cielo: «A ti se te dice, rey Nabucodonosor: el reino se te ha quitado. Serás echado de entre los hombres, vivirás con los animales salvajes. Te alimentarás de hierba como los bueyes. Pasarán siete tiempos, hasta que reconozcas que el Altísimo tiene dominio sobre los reinos de los hombres y que da el reino a quien quiere». Daniel 4:29-32

Si leen la continuación de los versículos, se escribe también que estas cosas se cumplieron enseguida. Y todos estos acontecimientos los escribe y los proclama a todo el mundo más adelante el propio rey en persona. En el capítulo 4.º del libro de Daniel aparecen tal cual las palabras de este rey. Así que este hombre comprendió algunas cosas. En la historia se escribe sobre este hombre que fue un rey muy exitoso. Cuando aún estaba en edad de llamarse niño, ya tenía un ejército aparte de su padre, hacía conquistas, tomaba países. En el año, con unos 21 años, en que subió al trono, guerrea contra Jerusalén, toma cautivos y se los lleva. El profeta Daniel también va entonces desterrado a Babilonia. Los éxitos de este rey se suceden éxito tras éxito. Cuando se multiplican los éxitos, cuando aumentan la riqueza y el poder, viene también el sentimiento de seguridad y confianza. A sus propios ojos, ya nadie puede hacerle nada y el más grande vuelve a ser él mismo. Además, ¡él no necesita a nadie!

«Antes del quebranto viene la soberbia, y antes de la caída, el espíritu altivo (orgulloso)» escribe en Proverbios de Salomón 16:18.

Pero este rey tiene una característica muy buena. Cuando comprende su error, su culpa, se vuelve de inmediato de esa culpa y de ese pecado suyo. No crean que cada rey que aparece en la Sagrada Escritura era así. Al contrario, cuando se les mostraban sus culpas a los reyes, ellos se enfurecían aún más, se volvían aún más inmundos. Aquí quiero comparar a Nabucodonosor con el faraón, rey de Egipto. La historia de cómo Moisés fue al faraón e hizo milagros ante él, de cómo el faraón endureció su corazón ante todas las plagas que vinieron sobre Egipto, y de cómo al final se vio obligado a liberar a los esclavos israelitas, aparece en la Sagrada Escritura. Entre este hombre, que luego se arrepintió de nuevo de la decisión que había tomado y se lanzó a perseguir a los israelitas, que prácticamente se levantó a guerra contra Dios para aniquilarlos, y Nabucodonosor hay una diferencia terrible. Ambos están en posiciones similares. Ambos están en el papel de dueño del mundo de su tiempo. Ninguno de los dos tiene en la tierra un rival capaz de resistir su poder, pero las actitudes del corazón de estos dos hombres son muy distintas la una de la otra. Los mismos errores los comete también Nabucodonosor. La misma testarudez la muestra también él. Pero, ante los milagros que Dios hace, se somete de inmediato y se quita de encima aquel estado orgulloso y soberbio. ¡Y, además, comprende estos errores que hizo y los hace proclamar también por todo el mundo! ¿Qué rey, presidente o gobernante muestra esta humildad? ¿Y, además, hace proclamar por todo el mundo «yo hice tales o cuales insensateces ante Dios»? Sí, en Israel, y sobre todo en Judá, de vez en cuando surgieron tales reyes. Solo que un punto que llama la atención es que estos dos reyes, además de no conocer al verdadero Dios, la educación religiosa, la creencia que habían recibido desde la infancia, estaban muy lejos del verdadero Dios. Es decir, estos dos reyes tampoco eran como los israelitas. Aun siendo así, la reacción de ambos fue muy distinta. Uno declaró la guerra a aquel Dios, el otro con gusto se humilló ante Él.

Dichosos los reyes que son como Nabucodonosor. Errores como la equivocación, el orgullo, la soberbia, la vanidad, todos los cometemos. Cuando entramos en la abundancia y estas cosas nos enaltecen, desde el momento en que nos sentimos en confianza y seguridad, justamente entonces empiezan a desarrollarse en nosotros rápidamente el orgullo, la soberbia, la vanidad, los comportamientos despiadados o sentimientos parecidos a estos. Los profetas, conscientes de este peligro, oraron a Dios así:

Aparta de mí la falsedad y la palabra mentirosa; no me des ni pobreza ni riqueza; aliméntame con el pan que me corresponde; para que, saciado, no te niegue diciendo: «¿Quién es el SEÑOR?»;

Y para que, empobrecido, no robe y no tome en vano el nombre de mi Dios. Proverbios de Salomón 30:8-9

Nadie niega que la riqueza y la fortuna sean poder. También Dios sabe que esto es así. La gente dice: «No hay puerta que el dinero no pueda abrir o cerrar». Hay muchas frases dichas sobre el dinero, muchas cosas escritas sobre su poder y su fuerza. En la Sagrada Escritura, en cambio, se escriben estos versículos muy significativos:

El que confía en sus riquezas caerá; pero los justos reverdecerán como el follaje verde. Proverbios de Salomón 11:28

En el día de la ira de nada aprovechan los bienes; pero la justicia libra de la muerte. Proverbios de Salomón 11:22

Porque escudo es la sabiduría, y escudo es la plata; pero la superioridad del conocimiento es esta: que la sabiduría da vida a su dueño. Eclesiastés 7:12

En realidad, si se mira, el dinero, los bienes, la riqueza, la fama y el renombre, la unión, y muchas otras cosas que las personas desean, no han podido procurar la felicidad. Y no solo la felicidad, sino que tampoco han podido procurar al mismo tiempo la seguridad que se espera, que se anhela. Reyes que durante años fueron un león en sus países, ante un peligro que llega en un día, no han encontrado un agujero en el que huir, en el que esconderse por sus vidas. Y además esto les vino de repente. Sus miles de millones en los bancos, sus palacios, sus ejércitos, su fama, ¿han podido salvarlos? Si esto les llega a la cabeza a los que parecen inconmovibles, ¡imagínense a nosotros, que somos gente corriente!

A qué caminos repugnantes recurren las personas para engañarse unas a otras. Las mujeres, las chicas, planean casarse por primera vez con un marido rico y divorciarse con una gran fortuna, incluso antes de encontrar a ese marido. Forman familias con tal actitud del corazón. Tener hijos, a los ojos de aquellas mujeres de países como Europa y América, aparece solo como un árbol de dinero. Ya es muy normal leer en los periódicos diarios que, gracias a ese hijo, se cobran grandes cantidades de pensión. Las personas no ocultan sus propósitos. Lo que quieren hacer lo hacen abiertamente. Por cosas que antes eran vergonzosas, ahora la gente corre a los tribunales diciendo «es nuestro derecho». Y los tribunales también les dan la razón. La situación de los hombres frente a las mujeres en los países ricos, llamados civilizados, es sencillamente un escándalo. Casi todos los derechos se han dado a las mujeres. El propósito no es proteger ni a la mujer ni al hijo, el verdadero propósito es enfangar a la humanidad en la inmundicia. Y solo tratan de lograr esto ordenando también sus leyes en esta dirección.

Los hombres, por su parte, en cada oportunidad piensan solo en sus placeres sexuales. ¿Montó una empresa? La primera persona a la que contratará será una mujer. Venga o no le venga a esa mujer el trabajo de las manos. Obtiene placer sexual incluso de su compañía. Antiguamente, cuando la mujer iba a buscar trabajo, le decían: «vete tú y que venga tu marido». Ahora, en cambio, cuando el hombre va a buscar trabajo, le dicen: «vete tú y que venga tu mujer». ¡Mi hermana, los testigos de Jehová y casi todo el mundo siguen defendiendo los derechos de las mujeres! Las mujeres de los testigos pegan a sus maridos, y a aquellos pobres no les sale ni un pío. Se avergüenza, y tampoco puede decirlo. ¡Pero que el hombre, si tiene valor, le dé una bofetada a la mujer! Durante estos veinte años en que estuve dentro de los testigos, en las revistas y libros que sacaban no me llegó a las manos ni una sola publicación que no fuera sobre la opresión de las mujeres. Toda la imagen que se da es esta. Ser hombre en Europa y en los países llamados civilizados, y ser mujer en Arabia y en países así; ambas cosas son terribles e inhumanas. Y lo que obliga a las personas a todo esto son, como he dicho, sus leyes. Ambas sociedades opuestas toman también su fuerza de las leyes. ¡Y la ley no la hacen los asnos, los perros que vagan sueltos por la calle! Estas son sus propias leyes, las hicieron ellos mismos. Los reyes del tiempo de Ester que aparecen en la Sagrada Escritura ya no viven. ¡La tierra se llenó de «Vastis, de Jezabeles»! (Los versículos relacionados con el tema, de la Sagrada Escritura, todo el capítulo 1.º de Ester y 1.º Reyes 18:4, 21:25 y 2.º Reyes 9:7) O de hombres de tipo Nabal. Hay que señalar también que a las mujeres que viven al lado incluso de esos hombres llamados tan malos no les falta nada. (1.º Samuel 25:2-38) Pasé por mi mente así toda la Sagrada Escritura; pensé en cuántos hombres hay que torturen a su mujer, que le hagan la vida un veneno, que la inciten a la deshonra, a la inmoralidad, incluso a la muerte. Al contrario, hay muchas mujeres que arrastran a su marido a la muerte, pero el hombre al que yo podría llamar más malo, aparte de este Nabal, no me vino a la mente. Y aun siendo así, ni incitó a su mujer al fraude ni empujó a aquella mujer a un pecado que la llevara a la muerte ante Dios. Como he dicho, lo que le faltaba a la mujer que vivía al lado incluso de aquel hombre era solo espiritual. ¿No podría esta mujer haber sentido esa carencia también al lado de un hombre como David? ¡Y tal carencia la tienen casi todas las mujeres! ¿O acaso me equivoco yo? Las Sagradas Escrituras hablan también de mujeres muy valiosas y de hombres muy valiosos. De nuevo, en aquellas escrituras, en la relación entre marido y mujer, en hacer caer a los maridos en pecado ante Dios y en incitarlos a lo malo, por alguna razón el papel de las mujeres ha sido mucho mayor que el de los hombres.

En los últimos 60 años, el que las mujeres trabajen diciendo «voy a obtener la libertad», por lo general la responsabilidad de sostener a la familia con hijos sin padre, junto con todo esto la carga que recae sobre aquellas mujeres… Nosotros siempre nos esforzamos por hacer justo lo contrario de lo que Dios ha dicho. Con dolores terribles seguimos aún luchando. ¿Estoy yo del lado del hombre, o denigro a la mujer? Ni estoy del lado del hombre ni elogio a la mujer. Como toda la humanidad, expreso sus esfuerzos equivocados y pertenecientes al mal. Cuando miro a los que se esfuerzan por librar la guerra de la igualdad entre hombre y mujer, a los que se esfuerzan por cambiar muchas otras cosas como esta, comparo incluso lo mejor con el vinagre que daña su propia vasija. Esta frase la tomé también del refrán que dice «el daño del vinagre fuerte es para su propia tinaja». La humanidad, con sus mentes agudas, diciendo «cuanto más lejos estemos de Dios, cuanto más hagamos lo contrario de lo que Él ha dicho, tanto mejor nos irá», con lo que hacen se hacen infelices a sí mismos y a su entorno, y amargan también su vida. Por favor, lean pensándolo todo el capítulo 28.º del libro de Deuteronomio, en su turco nuevo Repetición de la Ley, en relación con este tema y con el camino por el que va toda la humanidad. Todas las palabras escritas allí vendrán también sobre esta generación. Y allí no se hace distinción entre mujer y hombre.

Sí, ¿es nuestro tema solo los errores de las mujeres? A la más pequeña de las comunidades que forman las naciones se le llama familia. Si el orden mismo de la familia se vuelve tan poco fiable de esta manera, ¿qué se puede esperar de esa sociedad, de esa nación, de ese mundo? Si, bajo el techo en el que viven, comen, beben y se cobijan, las personas atienden a sacarse los ojos unas a otras, ¿cómo va a mirar con amor al de fuera? ¿Cuántas familias se edifican y se unen con amor? La palabra amor ya ni siquiera se trata como tema en las películas. La sexualidad, sus propios placeres, la ostentación, estas son las cosas que desea nuestro mundo. ¿Acaso no era así también antes? Sí, pero no era tan extendido ni tan a las claras. Gracias a aquellas películas, a los medios, a las escuelas, al entorno, a la educación familiar, a los políticos y, lo más importante, a aquellos religiosos hipócritas, la educación que recibió toda la humanidad no ha sido sino una preparación para un final, para la aniquilación. Como se dice «no deja otra salida», la humanidad también avanza rápidamente, pero de manera segura, por un camino que no dejará otra salida que su propia aniquilación. (Proverbios de Salomón 8:36, Eclesiastés 8:11) ¡Y el propósito común de esta humanidad es también vivir en la supuesta «seguridad y confianza»!

Tratemos también todo este tema mirando a los ambientes religiosos. Hace un momento dije que «las personas, para obtener confianza y seguridad, corriendo tras el dinero, la fortuna, el interés, pisotean todos los valores». Los religiosos llaman «mundanas» a las personas que no son de los suyos. Bien, ¿tras quién y tras qué corren, buscando un sentimiento de seguridad, estos religiosos que creen en Dios? Con mi experiencia de tantos años, ¡no he visto a una sola persona que confíe únicamente en Dios con todo su corazón, y si la he visto no me he dado cuenta! Y aunque existan tales personas, de todos modos ellas, con gran ardor, no se hacen su propia publicidad ni se sientan en todas partes en los primeros lugares como para que yo las vea. Digo, de nuevo, según mi propia perspectiva, que esto es así. Aunque no lo creo en absoluto, ojalá me equivoque muchísimo en este asunto. Las experiencias que adquirí mirando a aquellos que dan discursos tan magníficos y no dejan ni ceniza en la parrilla, a los que durante años, toda una vida, dedicaron casi toda su fuerza a su religión, fueron aún más terribles y sorprendentes. La mayor debilidad y ambición en el asunto del dinero la muestran estos religiosos. Salvo excepciones, en ninguno de ellos hay una plena rectitud ni un dar valor a la verdad. La mayoría de las veces las propias personas ni siquiera son conscientes de esta situación. Si los que se dan cuenta se atreven a criticarlos, entonces dicen sobre esa persona: «Este es Satanás, no habléis con él de ningún modo, es muy peligroso, no lo saludéis siquiera, no leáis tampoco de ningún modo los libros que escriba». Si existe un Satanás, ¿ese individuo vive solo dentro de una persona, y tú huyes de esa persona? ¿Es que este Satanás no toca a ciertos poseedores de etiqueta y solo entra en los demás? ¿Y esa etiqueta de inmunidad la posees solo tú, de modo que ese Satanás no pueda entrar en ti? Como he dicho, incluso cuando hablé con mis rectitudes más sinceras, viendo la verdad como si fuera un peligro, huyeron con un terrible pánico de miedo. ¿Creerán ustedes que hay quienes se hicieron testigos de Jehová, o se quedan allí, solo por miedo a sus mujeres? Esa persona, sometiéndose por miedo a la presión de su mujer y tal vez a que ella lo abandone, ¿cree acaso que sirve a Dios? ¿O se somete solo por miedo a su organización, a su religión, a su entorno, por la inquietud que siente al no saber adónde iría si lo expulsan? Hay también quienes temen perder las cosas que poseen. Si uno ha hecho carrera por ese camino, y solo él sabe con cuántos trabajos llegó allí, son tantos los que temen diciendo «¿acaso se tira todo esto con el revés de una mano?». Quedarse allí les da un sentimiento de seguridad y confianza. Y aquellos matrimonios, no solo hacia Dios, sino también unos hacia otros, habitan en las mismas casas edificadas sobre una hipocresía sin amor, sin confianza, basada en intereses. ¿Es esto lo que les da un sentimiento de confianza y seguridad? ¿Es esta la vida llena de confianza y segura que dicen? Ven el mantenerse fieles a su organización, el no decir no a la religión a la que pertenecen, como una gran lealtad; y el oponerse a sus torceduras, a sus inmoralidades, a sus mentiras, y abandonarla, lo perciben como una traición. Y sus pretextos son, de nuevo, su comodidad y lo que creen su interés.

Uno con el que era amigo hacía estudio con él y su familia, y yo trataba, en la medida de mis fuerzas, de animarlos a leer sus Sagradas Escrituras, a investigar. Un día aquel amigo me dijo: «Si nos ponemos a hacer lo que tú dices, o lo que se escribe en estos libros, nadie volverá a venir a nosotros ni nos saludará». En el carné de identidad de esta persona que menciono ponía «musulmán». Además, este amigo decía que no tenía ni un solo amigo verdadero. Y las personas de las que decía «no vendrá a mi casa, no me saludará» eran, la verdad, personas a las que ni siquiera apreciaba tanto. Aun siendo así, ellas le daban este miedo. En aquel entorno al que no apreciaba, cuya existencia algunos ni siquiera soportaba, no se sabe qué clase de sentimiento de seguridad le daba esto. Esta persona que menciono como amigo no tenía una relación estrecha ni con una religión ni con la religiosidad. De nuevo, como todos, o como una gran mayoría de la humanidad, la religión que poseía ponía solo en el carné de identidad. Si me preguntan, estas personas buscan un pretexto. Sus corazones no están acostumbrados al amor hacia Dios y son ignorantes, y al mismo tiempo desganados. La persona ha ocupado su corazón desde el principio con todo menos con Dios. El nombre de Dios se ha tomado en boca solo en ciertos lugares, bajo ciertas costumbres, reglas y miedos. El que tiene enfrente, para salirse con la razón, ha cerrado y callado sus bocas diciendo «Dios lo ordena así». Porque, una vez que entra esta palabra en el asunto, ¡a ver si te atreves a objetar! Por este medio, muchas personas han visto en su subconsciente a Dios siempre solo como alguien que da órdenes, que pone prohibiciones, castigador. ¡Y a un Dios así, quién lo ama ya! ¿O quién confía en un Dios así? ¿Dónde busca de verdad la humanidad la confianza y dónde encuentra esa seguridad? ¿Cómo son las relaciones humanas entre los que no tienen nada que ver con la religión? Si las personas que aprenden el amor en nombre de Dios, a duras penas, apenas pudieron sacar obras como las de estos ejemplos que escribo, imagínense ustedes a los demás.

Quiero decir claramente lo siguiente: no puede encontrarse una confianza absoluta en ningún lugar fuera de Dios, solo la persona que se refugia a Su lado está en seguridad. Y la verdadera felicidad no depende de ninguna otra cosa, sino únicamente de esto. Porque, como el dueño de todo y quien nos creó es Él mismo, quien mejor sabe con qué seremos felices y con qué seremos infelices es también Él mismo. Las personas que oyen esto, con el propósito de oponerse, dicen enseguida: «pasa hambre a ver si eres feliz, ya veremos». Sin embargo, ¿qué relación tiene con el amor de Dios el quedar en un estado de hambre o de necesidad? Si yo puedo decir: «amo a Dios si me da algo, y no lo amo si no me da», eso ya no es amor. Y con el pan también se quiere decir cómo las personas se venden a sí mismas en aras de lo material. Temiendo la carencia de tales cosas, han sentido siempre inseguridad en sus vidas. Con sus esfuerzos en aras de las cosas que quieren obtener, solo han tenido vidas lejos de Dios. Jesús el Mesías, que sabía muy bien estas cosas, dice al pueblo de aquel entonces y a toda la humanidad estas palabras:

«No acumuléis para vosotros tesoros en la tierra. Aquí la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones entran y roban. En cambio, acumulad para vosotros tesoros en el cielo. Allí ni la polilla ni la herrumbre los consumen, ni los ladrones entran y roban. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.

«La lámpara del cuerpo es el ojo. Si vuestro ojo está sano, todo vuestro cuerpo estará lleno de luz. Si vuestro ojo está enfermo, todo vuestro cuerpo estará en tinieblas. Por tanto, si la »luz« que hay en vosotros es tiniebla, ¡qué terribles serán esas tinieblas!

«Nadie puede servir a dos señores. O aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a la vez a Dios y al dinero.

«Por eso os digo lo siguiente: no os preocupéis por vuestra vida diciendo »¿qué comeremos o qué beberemos?«, ni por vuestro cuerpo diciendo »¿qué vestiremos?«. ¿No es la vida más importante que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? ¡Mirad las aves que vuelan en el cielo! Ni siembran, ni cosechan, ni acumulan alimento en graneros. Y, sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?

¿Quién de vosotros, por más que se preocupe, puede alargar su vida un solo instante? ¿Y por qué os preocupáis por el vestido? ¡Mirad cómo crecen los lirios del campo! Ni trabajan ni hilan. Pero os digo que ni siquiera Salomón, con todo su esplendor, se vistió como uno de ellos. Y si a la hierba del campo, que hoy existe y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no os vestirá mucho más a vosotros, hombres de poca fe?

«Así que no os preocupéis diciendo »¿qué comeremos?«, »¿qué beberemos?« o »¿qué vestiremos?«.

Las naciones andan siempre tras estas cosas. Pero vuestro Padre celestial sabe que necesitáis todas estas cosas. Buscad primero Su reino y la justicia que hay en Él, y entonces se os darán también todas estas cosas.

Por tanto, no os preocupéis por el mañana. Que la preocupación del mañana sea del mañana. Bástale a cada día su propio afán. Mateo 6:19-34. Los versículos paralelos se escriben también en Lucas 12:22-31.

Esta persona que Dios envió a la tierra, a la que dio autoridad para hablar en Su nombre, es decir, Jesús el Mesías, ¿acaso no dice claramente tras qué debemos correr con empeño? Preguntémonos lo siguiente: «¿quién sabe mejor?». Que se engañe el que quiera engañarse. Tras quien y tras lo que corramos, solo de eso podemos esperar confianza y seguridad. Y la felicidad, todos estos ricos dicen que ni ellos mismos ni sus hijos la han encontrado. Y en las religiones, en las personas pertenecientes a las sectas, las cifras de suicidio están mucho más altas que en cualesquiera otras organizaciones. (Este hecho se presentó como el mayor factor en el rechazo de la condición de religión a los testigos de Jehová en los tribunales del Estado francés) Vamos, supongamos que estamos en seguridad y comodidad, aunque sea temporal, aunque sea falsa; pero la felicidad, la felicidad verdadera y eterna, ¿quién puede dárnosla? Sobre quién puede darla, una traducción del Corán da una pista sobre este asunto. Allí se escribe brevemente así:

Él es el Dios del Trono Dichoso. El Creyente, sura 23:116

Aunque esta palabra «dichoso» aparezca solo en la traducción de Osman Nebioğlu, no nos resulta difícil comprender que Dios es un ser dichoso y que este sentimiento se lo da Él mismo al ser humano. Si partimos de la lógica que se escribe en los Salmos: «¿El que hizo el oído, no oirá? ¿El que formó el ojo, no verá?», es muy acertado decir: «¿el que da la felicidad no sabrá qué es la felicidad?». Quien quiere que el ser humano sea feliz, que se alegre, es Dios. En los escritos conocidos como leyes de Moisés se escribe de nuevo claramente lo siguiente sobre una fiesta que Dios quería que se guardara:

El primer día tomaréis frutos hermosos de árboles frutales, ramas de palmeras, ramas de árboles frondosos y sauces de los arroyos, y os regocijaréis durante siete días delante del SEÑOR vuestro Dios. Levítico 23:40

Había fiestas ordenadas por Dios como esta. El propósito era dar alegría a aquellas personas, no oprimirlas con reglas, meterlas en una depresión.

Así como el de la sabiduría, la justicia, el poder y el amor, la fuente de la felicidad es también Dios mismo. Si buscamos la felicidad en esta fuente, creo sin duda que la encontraremos. El que nos mantengamos lejos de las religiones, de las organizaciones, de las sectas, nos proporcionará grandes facilidades para acercarnos al verdadero Dios. Porque estas instituciones, si es que tenéis felicidad, os la arrebatan de las manos. Y luego, por favor, no le atribuyamos a Dios la infelicidad que tenemos o que tendremos.

¿Cuál es la fuente de las riñas y las peleas entre vosotros? ¿No son vuestras pasiones que combaten en los miembros de vuestro cuerpo? Deseáis algo, pero, como no podéis conseguirlo, matáis. Sentís envidia, pero, como no alcanzáis vuestro deseo, os peleáis y reñís. No conseguís, porque no lo pedís a Dios. Y cuando pedís, tampoco alcanzáis lo que pedís. Porque lo pedís con mal propósito, para usarlo en aras de vuestras pasiones.

Vosotros, oh desleales, ¿no sabéis que la amistad con el mundo es enemistad hacia Dios? El que quiere ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios. Santiago 4:1-4

Dios hace que aquel a quien llama «mi amado hijo» nazca en un establo. Lo acuesta en el pesebre de las vacas y los asnos. Así nació Jesús el Mesías, que aparece en el Evangelio y que dio su vida como sacrificio o rescate por el pecado de toda la humanidad. (Capítulo 2.º de Lucas; Marcos 1:11; Mateo 3:17) Puesto que los oros, las platas, los rubíes y toda la tierra son de Dios, ¿por qué los que confían en Él no padecieron la carencia de estas cosas? La respuesta está dentro de la pregunta: porque confiaron en Él. El oro, la fortuna, los bienes no pueden procurar seguridad, son cosas inertes, tampoco traen felicidad. Y el que todos corran tras estas cosas tampoco demuestra que estas cosas vayan a procurar sin falta seguridad y traer felicidad. La humanidad ha corrido siempre tras los líderes, sin saber qué querían, han ido a la muerte porque ellos querían. Con entusiasmo los ensalzaron y se inclinaron ante ellos hasta el suelo. Todos los que vieron esto hicieron lo mismo. Divinizaron a aquella persona que era como ellos. Convirtieron en ídolo el papel moneda inerte, el oro, los bienes, la fortuna. La mente de la humanidad se ha llenado únicamente de bodas que llaman diversión, de bailes, de fiestas, de chismes, de celos, de envidia. Se han acercado unos a otros no con amor, sino con hipocresía, con enemistad. Esta humanidad que durante miles de años ha corrido tras estas cosas, ¿en qué ha quedado luego? Respondan ustedes mismos. Quien todavía espere, obstinado, encontrar felicidad y seguridad allí para seguir tras aquellas cosas; que al menos no espere nada de Dios. En lugar de qué pongamos a Dios, eso significa que convertimos esa cosa en ídolo. Esto puede ser el dinero, puede ser el ser humano, nuestros placeres y, como acabo de mencionar, puede ser cualquier cosa. Repito: de quien y de dónde esperemos las cosas que hay que esperar de Dios, eso significa que adoramos no a Dios, sino a ídolos. Eso que se llama ídolo no tiene por qué ser necesariamente como las figuras de antaño, los tótems de madera, los grandes monumentos. «Aquello que tenemos en el máximo nivel y a lo que damos valor, eso es para nosotros Dios». Sea lo que sea aquello a lo que más valor damos, lo llevamos en nuestro corazón y en nuestra mente. Con ello, toda nuestra vida transcurrirá tratando de obtenerlo o de obtenerlos. La persona comprende el verdadero valor de esa cosa, cuánto está por debajo de sus expectativas y qué falta de valor tiene, solo después de poseerla. No quiero decir demasiadas palabras infladas sobre este asunto. Las cosas de las que hablo son, de todos modos, cosas que todos saben, pero ante las que no se comportan como es debido. Solo que no nos engañemos a nosotros mismos. Si decimos «amo a Dios», pensemos en estas palabras del apóstol Juan:

Porque el amor de Dios es este: que guardemos Sus mandamientos; y Sus mandamientos no son gravosos. Porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, es decir, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el hijo de Dios (no en el modo en que lo entienden los musulmanes y los cristianos)? 1.ª Juan 5:3-5

Escribo estos versículos a propósito. Hasta ahora el mundo musulmán entendió la expresión «hijo de Dios» en el modo en que cree el mundo cristiano. Por eso ni siquiera soportan esta frase. Pero ellos, además de no leer por sí mismos las palabras de Dios ni animar a que se lean, aceptaron el Evangelio y toda la Sagrada Escritura como si fueran algo en monopolio del mundo cristiano. Enfadarse con el infiel y romper el ayuno es esto. ¿Quién puede tomar en monopolio la palabra de Dios? También ellos, mirando al mundo cristiano, se alejaron un tanto más de Dios, de quien ya con sus obras estaban lejos.

Si queremos vencer al mundo, si morimos en nuestra vieja personalidad y en el yo que este mundo quiere darnos, y nacemos en la nueva personalidad creada conforme a Dios, como dice el versículo, entonces venceremos también a este mundo. Es decir, debemos esforzarnos por quitarnos de encima la vieja personalidad y vestir una nueva personalidad. Y esto es algo que está solo en nuestra propia mano. (Juan 3:1-21 y Efesios, en su turco nuevo Efesios 4:17-31)

Los que muestran toda clase de esfuerzos lejos de Dios por la fortuna de este mundo y triunfan, que no se engañen ni se feliciten a sí mismos. Miren lo que dice el Corán sobre este asunto:

Al que quiera este mundo, le damos aprisa de él lo que queremos, a quien queremos; luego le destinamos el infierno como morada, en el que entrará censurado y expulsado. Y al que quiera la otra vida (la vida eterna y el paraíso), y se esfuerce por ella como es debido para alcanzarla, y crea, esos verán su recompensa. El Viaje Nocturno, sura 17:18-19

Todas las cosas de las que he hablado bajo todo este tema molestarán sin duda a muchos, del tipo de los viejos sermones conocidos. En realidad, como señalé en el título de mi tema, las personas buscaron la confianza y la felicidad, al contrario, en lugares que traen inseguridad e infelicidad, y todavía siguen buscándolas en esos lugares. Los ejemplos más vivos están en nuestras expectativas, en nuestros ideales, en las cosas que queremos poseer. Esos valores, hasta ahora, trató de dárnoslos el rumbo de nuestro mundo. ¡Y el estado de nuestro mundo está a la vista! Con este escrito, saltando de rama en rama, con muchos ejemplos, he tratado de recordar de nuevo cosas que ya sabéis.

Así pues, «el que quiere disfrutar de la vida y ver días buenos, guarde su lengua del mal y sus labios de palabras engañosas. Apártese del mal y haga el bien. Busque la paz y vaya tras ella. Porque los ojos del Señor están sobre los justos. Sus oídos escuchan su súplica. Pero el Señor se opone a los que hacen el mal». 1.ª Pedro 3:10-11

¿Es Mahoma el último de los profetas?

El mundo islámico enseña que Mahoma fue el último profeta y que después de él no vendrá ningún otro profeta. Pero una persona que lea el Corán y lo investigue con atención llegará a otra conclusión. Primero definamos brevemente qué significa profeta.

En el diccionario hay una definición de profeta como la siguiente: «Persona que trae noticias de parte de Dios, que comunica a los hombres los mandatos de Dios». (Diccionario turco-otomano, Editorial Bilgi) Sus sinónimos son nebi, resul.

Quizá a este significado del diccionario se le puedan añadir algunas cosas más. Si decimos que es «la persona que dice no solo los mandatos de Dios, sino también sus advertencias, las cosas que ocurrirán en el futuro y sus consejos», creo que la explicación quedará algo más completa. Sea hombre o mujer, o incluso niño, a estas personas con quienes Dios habla directamente o por medio de un ángel se les llama, en pocas palabras, «profetas». Esta comunicación, más que en forma de conversación, consistió en que Dios habló con los hombres sobre determinados propósitos y les encomendó tareas. Tampoco es necesario que esas palabras que dijeron esas personas quedaran forzosamente escritas en libros. También ha habido personas que en su época profetizaron en grupos numerosos y colectivos. Es decir, que Dios habló también con esas personas. O se lo dijo por medio de su espíritu. Y esas personas transmitieron exactamente lo que se les decía a quienes tenían a su alrededor. Además, no es necesario que una persona que es profeta sea también alguien sin defectos, que nunca comete errores, que no dice mentiras, porque semejante ser humano no existe. Que una persona sea profeta tampoco demuestra que se vaya a salvar al cien por cien. Alguien que era bueno al principio anunció al pueblo, como profeta, las palabras de Dios. Como estas personas eran usadas por Dios, pero no eran robots sin voluntad propia, si quieren pueden pecar y alejarse de Dios. Además, un profeta, es decir, esa persona con quien Dios mismo habló, puede haber hecho también cosas que no le agradaron a Dios. Es más, esa persona incluso llegó a merecer la muerte. Explicaré lo que aquí escribo dando ejemplos de algunos sucesos que realmente ocurrieron.

Muchas veces la definición que nos enseñan sobre los profetas y las ideas y conocimientos que se instalan en nuestro subconsciente acerca del profeta casi no tienen nada, pero nada que ver con la realidad. Estas tres religiones que hemos mencionado —el judaísmo, el cristianismo y el islam— eligieron cada una un profeta y sobre todo enaltecieron a ese profeta. Lo enaltecieron tanto que casi lo adoraron en lugar de Dios. Le dieron más honra que a Dios. Como niños de barrio, se pelearon entre sí sobre este asunto diciendo «tu profeta es pequeño, el mío es más grande», se odiaron unos a otros por eso y por ello se declararon guerras. Como si de ningún modo pudieran compartir a esas personas que eran profetas. Al final, estas tres religiones no solo los divinizaron, sino que, como he dicho, al dar a esos profetas la honra que se debe dar a Dios, en realidad convirtieron a esas personas en ídolos. Y esta honra los judíos se la dan a Moisés, los cristianos a Jesús, los musulmanes a Mahoma. Y lo hacen solo de palabra, no haciendo lo que aquellas personas hicieron ni tomando como ejemplo sus buenas obras.

No quiero convertir en tema su hipocresía en este asunto ni sus guerras entre sí en nombre de Dios. Tanto porque lo he escrito una y otra vez en los capítulos anteriores como porque es algo del todo carente de sentido y absurdo. Dejemos a esas personas a solas con su odio, su enemistad y su envidia, y volvamos nosotros a nuestro tema principal.

Sobre el profeta dije «sea hombre o sea mujer». Sí, es algo que sorprende a quienes lo oyen; dicen «¡¿acaso una mujer también puede ser profeta?!». Resulta que Dios también tiene profetas mujeres. En el libro de los Jueces de las Sagradas Escrituras hay una mujer que, según el nombre que yo conozco, aparece llamada Débora (Jueces 4:4). En 2 Reyes 22:14 hay otra mujer más, cuyo nombre es Hulda. Más tarde, en tiempos de Jesús, había otra profetisa llamada Ana. Esta aparece en el versículo 2:36 de Lucas. Asimismo, en tiempos de los apóstoles se menciona a un hombre que tenía cuatro hijas solteras que profetizaban. En el Evangelio no están escritos sus nombres. (Hechos de los Apóstoles 21:9) Pero está escrito claramente que estas mujeres mencionadas eran profetisas de Dios. También ha habido otras mujeres que profetizaron por medio del espíritu de Dios. Por ejemplo, María, la madre de Jesús; Elisabet, la madre de Juan; la profetisa Miriam, la hermana de Moisés; Agar, la esclava de Abraham y madre de Ismael. (Lucas 1:26-45; Éxodo 15:20-21; Números 12:1-2; Génesis 21:17-18) En los escritos no aparece sobre ellas la expresión «era profetisa», pero ellas también profetizaron. También hay quienes usan la profecía en el sentido de «solo anunciar las cosas que ocurrirán en el futuro». En cuanto alguien dice que en el futuro tal cosa será así y tal otra será asá, dicen «está profetizando». Pero la tarea de los profetas tampoco consiste únicamente en hacer anuncios acerca de sucesos futuros.

En el versículo 43 de la Sura del Nahl (16) del Corán se dice: «Antes de ti no enviamos sino a hombres a quienes revelamos; si no lo sabéis, preguntad a la gente del recuerdo.» En el versículo 7 de la Sura de los Profetas (Enbiya) aparecen las mismas palabras. Hay quienes de estos versículos deducen que no existe la profetisa mujer, cosa que no concuerda con el contenido del Corán. Porque acerca de la madre de Jesús se menciona claramente que recibió una revelación por medio de un ángel. (Sura de María) De hecho, si leemos el versículo con atención, allí no se dice únicamente eran hombres. Del mismo modo, en cierta ocasión Jesús el Mesías, al decir «Todos los que vinieron antes de mí son ladrones y salteadores…» (Juan 10:8), no quiso hacer ladrones y salteadores a todos los profetas que habían venido antes de él. Pero todos los que se declararon a sí mismos Mesías eran, en efecto, salteadores. Eso es lo que Jesús quiso decir. Tampoco con esto se refería a las unciones del profeta David, de Saúl ni de todos los reyes de Israel. En resumen, lo que se quiere decir con aquellas palabras que aparecen en el Corán es que a ninguna mujer se le encomendó una responsabilidad como la de los profetas varones.

Asimismo, tampoco es necesario que cada profeta redacte forzosamente por sí mismo las revelaciones que recibió de Dios. Es más, algunos de ellos no pusieron esas palabras por escrito con su propia mano. Por ejemplo, el profeta Mahoma no escribió por sí mismo ni una sola palabra del Corán. Después de su muerte, el resul Osmán, que muchos de los árabes tenían de memoria, puso el Corán por escrito con el propósito de preservar estas palabras. En aquel entonces, para escribir se usaban cosas como pieles de animales, madera, piedra; tampoco hay que olvidar el papiro obtenido de la planta. Como era una clase de papel difícil de conseguir tras muchos procesos, los árabes debieron de preferir las pieles de animales. En resumen, de un modo u otro estas palabras se preservaron y han llegado hasta nuestros días.

El profeta Jeremías hizo poner por escrito las palabras de las revelaciones que recibió de Dios por medio de alguien llamado Baruc. (Jeremías 45:1) Por ejemplo, los sucesos acerca de Job no los redactó el propio Job, sino el profeta Moisés. O las palabras de los profetas y los sucesos que les ocurrieron acerca de Adán, Eva, Noé, Abraham, Isaac, Jacob, Dios se los hizo escribir al profeta Moisés. A causa de este versículo que aparece en el Corán, al menos todos los musulmanes con quienes yo he hablado hasta ahora caen en un asombro como «¡¿acaso puede haber una profetisa mujer?!». Sin embargo, en el versículo no se dice: «Ninguna mujer puede ser profeta». Para entender los versículos hay que leerlos con atención, deteniéndonos a veces en las palabras, y tratar de comprenderlos. Y además nuestro entendimiento debe estar en armonía con el mensaje que da todo el Corán; de lo contrario significa que sin duda estamos cometiendo un error.

Junto a esto dije que de vez en cuando había también grupos enteros de personas que eran profetas. (1 Reyes 18:13; 2 Reyes 2:15) Todas estas personas mencionadas que hemos enumerado eran profetas del verdadero Dios. Porque en la historia también han surgido muchos falsos profetas. En nuestra época la situación no es distinta. Pero los profetas de que yo hablo no son falsos.

Junto a esto ha habido también personas malas que profetizaron con el espíritu de Dios. Aunque estas personas no fueran peores que muchas personas de nuestra época, Dios no estuvo complacido con ellas ni con sus obras. Aun siendo así, Dios en una situación especial hizo actuar su espíritu sobre esa persona; por ejemplo, el rey Saúl. 1 Samuel 10:11-13, o el profeta Balaam. Para información más detallada podéis leer todos los capítulos 22, 23 y 24 del libro de Números, el 31:8; 2 Pedro 2:14-15; Apocalipsis 2:14. Estas personas hicieron un buen comienzo, y entonces Dios estuvo complacido con ellas. Pero no permanecieron fieles, obraron con insensatez. Y Dios retiró su mano de sobre ellas.

También han vivido profetas que dijeron mentiras graves. Aunque hayan dicho esa mentira con muy buena intención, ello causó una pérdida de vida innecesaria y la ira de Dios. Es más, hay a este respecto un ejemplo interesante. Yo he usado estos versículos muchas veces contra los testigos de Jehová. No sé si porque veían la sinceridad que había en mí, o si porque se percataban de las cosas que eran verdad; los sinceros y bienintencionados que había entre ellos me decían así: «Únete a nosotros; si estas cosas que dices son verdad, Dios sin duda se las revelará con el tiempo a nuestro cuerpo gobernante, pero si no son verdad, al menos, al venir con nosotros, habrás salvado tu vida». Porque yo en aquel entonces defendía a los Testigos diciendo: «Una religión que tiene los mejores frutos, es decir, las mejores obras». Por eso ellos trataban de ayudarme en el sentido de: «Ya que somos la mejor religión, ven con nosotros, congela tus propios pensamientos, creencias y conocimientos». Y yo les ponía como ejemplo a este profeta mentiroso que aparece en las Sagradas Escrituras.

Brevemente, allí ocurre un suceso así. Dios encarga a una persona y le dice: «Ve al rey de Israel y profetiza sobre sus malas obras». Solo que le encomienda también: «No volverás por el camino por el que fuiste, no comerás ni beberás nada allí». Después de que este profeta terminó su tarea, aunque aquel rey pecador, impresionado por el milagro que vio, lo invitó a su casa a comer y beber, él no va y le dice la palabra que Dios le había ordenado: «no comas, no bebas». Y en efecto, el profeta se marcha de allí sin comer ni beber y sin volver por el camino por el que había venido.

Todos muestran comprensión ante esta actitud del profeta, sin duda. Pero otro profeta que oye este suceso pregunta a sus hijos: «¿Adónde fue aquel hombre de Dios?». Va enseguida tras él con su asno y lo encuentra sentado bajo un árbol. Este también invita al profeta a su casa. De nuevo aquel profeta repite que Dios le había dicho: «no comerás allí ni beberás agua». Pero este segundo profeta, mintiendo, dice: «Yo también soy profeta como tú; Dios me dijo: «ve, llámalo, dale de comer y beber en tu casa»». Es cierto que aquel hombre era profeta de Dios, pero es falso y mentira que Dios le dijera: «llámalo y dale de comer y beber». El primer profeta le cree y va a la casa de aquel segundo profeta mentiroso. Justo cuando están comiendo y bebiendo, a aquel segundo profeta mentiroso le llegan estas palabras de Dios:

…Así, el hombre de Dios volvió con él y empezó a comer y beber en su casa.

Mientras estaban sentados a la mesa, Jehová se dirigió al profeta que había hecho volver de su camino al hombre de Dios.

Y este dijo así al hombre de Dios que había venido de Judá: «Jehová dice: «Ya que no obedeciste la palabra de Jehová y no cumpliste el mandato que Jehová tu Dios te dio, sino que volviste de tu camino y comiste y bebiste en el lugar donde te dijo que no comieras ni bebieras, tu cadáver no será sepultado en el sepulcro de tus padres.»»

Después de que el hombre de Dios comió y bebió, el anciano profeta le preparó el asno.

Mientras el hombre de Dios se iba, se encontró en el camino con un león. El león lo mató allí mismo. El asno y el león permanecían junto al cadáver tendido en tierra… 1 Reyes 13:19-24

Con estas palabras Dios hace escribir qué clase de errores humanos y defectuosos puede cometer incluso un profeta, aunque sea con buena intención, y cómo mintió. Solo que fijémonos: aquí Dios muestra también que creer en la mentira tiene un precio. ¡Con qué rapidez quiso también dejarse engañar por su comodidad aquel profeta que murió! Algo que a nosotros nos parece sencillo, pero que bastó para la caída de aquel profeta. Estos versículos han sido para mí una gran fuente de consuelo y aliento para aferrarme a la verdad y no desplomarme. Aunque no lo haya logrado del todo, también yo he caído de vez en cuando en tales trampas. Y Dios hizo escribir esta clase de sucesos para que nosotros aprendamos la lección. Frente a los que dicen «pase lo que pase, yo permaneceré fiel a mi religión, a mi organización», la respuesta que da Dios se cumplirá exactamente del mismo modo que se cumplió en este profeta. Sean quienes sean esas personas a las que queremos permanecer fieles. Como dijo el apóstol Pablo, aunque sea un ángel y viva en los cielos, si tergiversa la verdad, no hay que creerles ni andar por su camino. (Gálatas 1:6-10) El verdadero amor exige también esto. Mirad qué le dice Dios al profeta Ezequiel:

Cuando yo diga a la persona mala: «Ciertamente morirás», si no la adviertes, si no le hablas para hacerla volver de su mal camino a fin de salvar su vida, esa persona morirá en su pecado; pero de su sangre te pediré cuentas a ti.

Pero si adviertes a la persona mala y no se vuelve de su maldad ni de su mal camino, ella morirá en su pecado. Pero tú habrás salvado tu vida.

«Si la persona justa se aparta de su justicia y hace maldad, yo la haré caer en la ruina, y ella morirá. Como no la advertiste, morirá en su pecado, y las obras justas que hizo no serán recordadas.

Pero de su sangre te pediré cuentas a ti. Ezequiel 3:18-20

Si decimos que amamos a esas personas, pero por temor a que se enojen o se enfaden decimos «amén» a sus mentiras, a sus fraudes, a sus dictaduras despóticas, pase lo que pase, ¿no encontrarán ellos aún más ánimo en las maldades que cometen? Pero si todos toman postura en lo que es correcto y dicen «no lo acepto, amigo, lo que haces y el camino que muestras no son correctos», quizá esas personas se salven y se vuelvan de sus malos caminos. Y aunque no se vuelvan, además de que se quedan sin excusa, al menos nosotros no seremos responsables de su sangre. Además, tampoco nosotros mismos nos veremos arrastrados junto a ellos a la perdición.

Estos versículos muestran también claramente que Dios no ha dado el derecho a enterrar vivas a las personas porque no nos escucharon, a cortarles la cabeza, a hacer a esa persona toda clase de torturas porque no creyó lo que decíamos. Así como no tenemos el derecho de dañar ni un solo cabello de las personas al querer dominar su fe, todo lo contrario: tenemos incluso la responsabilidad de ayudar a esas personas en sus situaciones difíciles. Es más, estamos obligados a ello. (Mateo 5:43-48; Romanos 12:19-20; Éxodo 23:4-5; Jonás (del Corán), sura 10:99) Estamos bajo esta responsabilidad sin mirar la fe, la opinión, el conocimiento, la raza, el color, el idioma, la bondad o la maldad de ninguna persona. Dios no nos nombró señores sobre la fe de las personas y, al mismo tiempo, verdugos. Las guerras y aquellas leyes que aparecen en la Torá eran sus leyes de Estado. Su constitución como Estado la había hecho Dios. Así como cada país tiene una constitución, ellos también la tenían. Quienquiera que no cumpliera estas leyes, si resultaba culpable ante esa ley, según ese delito a veces incluso se le podía imponer la pena de muerte. Así eran las leyes que Dios dio a Israel por medio de Moisés. Y nadie era ejecutado sin ser juzgado. Los jueces establecían tribunales, y después todos debían acatar la decisión tomada. Y según esa decisión las personas eran castigadas. Es decir, ni las leyes de Dios ni las de los Estados permiten una justicia al antojo de cada uno, jueces al antojo de cada uno, verdugos al antojo de cada uno. Puede ser que todo el mundo se haya extraviado y que solo tú hayas quedado en lo correcto, y aun así no tienes derecho a colgar ni degollar a nadie por ser pecador.

Lo que enseña el Corán a este respecto es solamente en forma de defensa. Permite la defensa frente a un ataque o frente a la maldad que se comete. Y una defensa así tampoco la prohibió Jesús en el Evangelio. Él únicamente dijo: «Los que empuñen la espada, por la espada perecerán». (Mateo 26:52) Con esto Jesús no dijo «no os defendáis». Jesús, y por lo tanto Dios, no da a nadie el derecho a la venganza, a odiar a sus enemigos, a hacer el mal a quienes hacen el mal. Pero cuando alguien es atacado, defender su propia vida es el derecho más natural de todo ser humano. Con todo, tampoco dijo: declarad la guerra a un Estado, a un país, porque no encaja con vuestra manera de pensar o porque no cree. Todo lo contrario: por muy alejadas de Dios que sean las formas de justicia y de aplicación de aquellos países y naciones, esas son cosas que ellos sabrán y de las que después rendirán cuentas ellos mismos ante Dios. De nuevo, sobre estos asuntos decimos solamente que en general es así; de lo contrario, cuando leemos la Torá vemos también que hay excepciones.

En cuanto a las leyes de los Estados en los que nosotros vivimos, el apóstol Pablo escribe así, diciendo «dadles lo que les pertenece»:

Que cada uno esté sujeto a los gobiernos que hay sobre él; porque no hay gobierno que no sea de parte de Dios (que Dios no haya permitido); los que hay han sido establecidos por Dios. (Se ha permitido que se establezcan) Por lo tanto, el que resiste al gobierno se ha opuesto al orden de Dios; y los que se oponen reciben condena contra sí mismos. Porque los gobernantes no son de temer para la buena obra, sino para la mala. ¿Quieres no temer al gobierno? Haz lo bueno y serás alabado por él; porque es siervo de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada; porque es siervo de Dios, vengador para ira contra el que hace lo malo. Por eso es necesario estar sujetos no solo por la ira, sino también por la conciencia. Porque por esto pagáis también impuestos; porque, perseverando siempre con diligencia, son siervos de Dios precisamente para este trabajo. Dad a cada uno lo que le corresponde: al que impuesto, impuesto; al que aduana, aduana; al que temor, temor; al que honra, honra. Romanos 13:1-7

Según estos versículos, a causa de los actos injustos y viles que cometen los gobiernos, los soldados, la policía, Dios no nos da el derecho de oponernos a ellos. Porque cada uno recibirá de Dios la retribución de lo que hizo. Oponernos significa que asumimos el papel de señores contra el orden y la disposición que Dios ha permitido, con lo cual significa a la vez que dudamos de la justicia de Dios en el día del juicio. Los impacientes que no pueden creer, que no pueden esperar las promesas de Dios, reciben condena contra sí mismos y se ven obligados a sufrir dolores sin sentido. Tampoco se quiere decir: «Tragáoslo todo diciendo amén a todo lo que se dice y se hace, sin oponeros». Por supuesto que nos opondremos a las injusticias y, si es posible, haremos oír nuestra voz que no las aprueba, pero al hacerlo, conociendo nuestro lugar, sin sobrepasar los límites que Dios nos ha puesto. De lo contrario, Dios tampoco aprueba una necedad del tipo «no digas nada, de todos modos vendrá el paraíso, hagan lo que hagan, acéptalo». Si todos callan, ¿quién le mostrará su falta al que comete la falta? ¿Acaso callaron Jesús, Moisés, Mahoma y tantos otros profetas? Y además, ¿cómo va a ser falta para esa persona? Quizá lo hace sin saberlo. Y aunque lo hiciera a sabiendas, ¿no acabamos de leer hace un momento, por medio del profeta Ezequiel de Dios, cómo debe advertirse a la persona que comete la falta? Una razón importantísima que nunca podremos aceptar puede darse en el caso de que nos prohíban hacer las cosas que Dios espera de nosotros. Por ejemplo, en el libro de Daniel de las Sagradas Escrituras hay muy buenos ejemplos así que ocurrieron. Por favor, leed vosotros mismos en las Sagradas Escrituras estos pasajes, que están escritos de forma breve. De todos modos, todo ello son unas 16 páginas.

Tampoco podemos decir que los sucesos de la época en que se reveló el Corán se apliquen siempre a todos. En tiempos de Mahoma, Dios ordenó la defensa y combatir contra quienes luchaban para exterminar a los musulmanes. A partir de entonces, el islam pasó a ser la religión de Estado de ellos. Igual que en su momento ocurrió también en Israel, los árabes organizaron su constitución conforme a esta creencia. Las Escrituras Sagradas registran los castigos que deben darse a quienes faltan al respeto a Dios y a este camino y se obstinan. (Deuteronomio 13:6-11; La Peregrinación (Hac), sura 22:39; Mahoma, sura 47:4) Estos versículos permiten claramente combatir contra quienes combaten. Estas son a la vez leyes protectoras de aquella nación para que no se aparten de Dios ni se alejen de la rectitud. Si estas leyes no le gustan a una persona, no está obligada a vivir en ese país, pero si vive en él está obligada a mostrar respeto. Estos versículos del Corán, que se intentan presentar como absurdos e inhumanos, son leyes que existen, con mayor o menor diferencia, en la constitución de casi todo Estado, del mismo modo que aparecen también en la Torá. La diferencia es que una la ordenaron los hombres y la otra la ordenó Dios. Los hombres ven versículos del Corán como «Cortadles la cabeza, apedreadlos, pasadlos a espada» como si fueran una autoridad que se les hubiera dado a ellos. Como se explica en los versículos que hemos leído más arriba, esa autoridad es una autoridad que, en las condiciones necesarias, poseen únicamente las leyes de los Estados constituidos, sus soldados, su policía. En nuestra época no usan la espada, sino bomba, tanque, cohete. Y ellos también, por todo lo que hacen, comparecerán como todos ante el estrado del juicio de Dios para rendir cuentas.

Pero alguien puede salir y decir: «Ellos usan su autoridad de forma muy injusta y para el mal». Puede ser; ¿acaso Dios no sabe esto y tú sí lo sabes? Si Dios lo permite, ¿quién eres tú para no permitirlo? Además, en la tarea de arreglar el mundo no tenemos ni semejante poder ni semejante autoridad. Tratemos de hacer llegar nuestros deseos a Dios con paciencia y oración. Es Dios quien más odia la injusticia sobre la tierra. No olvidemos tampoco que, si porque el que está frente a nosotros hace tal o cual cosa, nosotros hacemos también esa misma injusticia, si iniciamos también la misma represalia, seremos juzgados en el mismo lugar y recibiremos la misma condena.

Imaginad que todos están ante Dios y que Dios los juzga uno por uno. Cuando os pregunte «¿por qué hiciste esto, por qué actuaste así?», ¿qué diréis? ¿Diréis: «Es que aquel había hecho tal maldad, y aquel otro había hecho tal corrupción, y por eso yo también hice tal cosa torcida»? ¿Y no dirá entonces Dios: «Ellos están detrás de ti, también a ellos les preguntaré, pero es a ti a quien pregunto»? ¿Qué diremos? ¿Podemos poner a otros como excusa y hacerlos responsables de nuestros propios errores? En el versículo de Gálatas 6:5 está escrito claramente: «Cada uno llevará su propia carga».

Yo iba a tratar el tema de los profetas y si Mahoma es o no el último profeta, pero me vi obligado a entrar también en estos asuntos. Los temas que he mencionado más arriba son las preguntas que forzosamente hace todo cristiano cuando se habla del Corán y de Mahoma. Al mirar nuestro mundo, es imposible no entrar en estos asuntos. Como he dicho desde el principio, con este libro yo trato de animar a las personas a investigar. De lo contrario, me sería imposible explicar en un solo libro el modo de vida que he aprendido de todas las Escrituras Sagradas y sus explicaciones. Sé también que a las personas que huyen del conocimiento por ignorancia les han sobrevenido y les sobrevendrán cosas muy dolorosas. Aunque se huya de toda clase de conocimiento —quizá sea comprensible—, rechazar los mensajes que han venido de Dios significa jugar con nuestra vida. No puede haber estupidez mayor que entregar el conocimiento acerca de Dios, que nos creó, nos dio forma y tiene un propósito sobre nosotros, únicamente al monopolio de los cuatro hodjas de baba, los curas, los rabinos, los Testigos. Que es así lo dice también Dios en los Proverbios de Salomón (o en los Refranes, 1:23-31).

Por fin, lleguemos a si Mahoma es realmente el último profeta o no. Y además, ¿escribe algo así el Corán?

Hay un solo versículo que apoya esta idea del mundo islámico. En el versículo 40 de la Sura 33, Ahzab, se escribe así:

Mahoma no es el padre de ninguno de vuestros hombres; sino que él es el Mensajero de Dios y el último de los Profetas; y Dios tiene amplio conocimiento de todas las cosas.

Se piensa que una persona, después de leer este versículo, tendría que ser insensata e incapaz de entender para seguir diciendo «Mahoma no puede ser el último profeta». ¿No es así? ¿No está escrito con toda claridad? Este versículo era de la traducción de Osman Nebioğlu. Por desgracia, todas las traducciones al turco que han caído en mis manos están traducidas de esta manera. Digo «por desgracia» porque no es correcto. Y mi atención se llamó sobre este asunto solo años más tarde. Porque, mientras investigaba, ya estaba seguro de una cosa. Para mí, tanto el Corán como las Sagradas Escrituras eran palabras reveladas por Dios a sus profetas. Por esa razón, tenían que estar en armonía entre sí en todos los asuntos. Para la persona ignorante, sin experiencia, o forzosamente parcial, no es así. Quien investigue con sinceridad, con todo el corazón, sin tomar partido en absoluto, comprenderá también que estos libros proceden de una misma fuente. Y así fue como yo lo comprendí. Dejadme que os cuente cómo lo comprendí, y después la decisión sobre si lo aquí escrito es correcto o incorrecto tomadla de nuevo vosotros mismos.

Cuando se lee todo el Corán respecto al tema de que Mahoma sea el último profeta, dejando aparte las Sagradas Escrituras, esta vez el propio Corán cae en contradicción consigo mismo. Permitidme dar ejemplos para que se entienda más fácilmente. Esta vez leamos la Sura Araf, es decir, el versículo 187 de la Sura 7:

Te preguntan cuándo se cumplirá el plazo; di: «Solo mi Señor lo sabe. Nadie sino Él puede revelarlo antes de su tiempo. Él pesa sobre los cielos y la tierra. Vendrá sobre vosotros de repente». Te preguntan como si tú supieras estas cosas. Di: «Solo Dios lo sabe; pero la mayoría de los hombres no lo saben».

Cuando leemos este versículo, vemos también la curiosidad de las personas de aquel entonces acerca de un final. La curiosidad de conocer forzosamente un momento determinado. Esto no es incorrecto, pero depende de con qué actitud de corazón se haga. Dios promete a las personas el paraíso, la vida eterna, dice que llegará el fin de todas estas maldades; ¿qué persona normal cree esto y no quiere conocer esa fecha? Este sentimiento es tan natural. También los profetas quisieron saberlo e investigaron sobre estas cosas. Los apóstoles le hicieron a Jesús preguntas sobre este asunto. Es más, incluso los ángeles del cielo quieren saberlo. (Daniel 12:8-9; Mateo 24:3; 1 Pedro 1:11) Así como buscar y querer conocer semejante conocimiento no es incorrecto, Dios tampoco reprendió a esas personas diciéndoles «¿por qué queréis saberlo forzosamente?». Todo lo contrario: las ayudó a creer en estas verdades. Aunque no dio una fecha que se entienda claramente, también hizo esto por nuestro bien. Sin embargo, como han sido muchos los que engañan y explotan a las personas con esta clase de conocimiento, ya semejante conocimiento se recibe con odio más que con curiosidad. Después de tantos sucesos viles vividos, tampoco puedo llamar «injustas» a esas personas.

Las Sagradas Escrituras, en cambio, frente a esta curiosidad animan a las personas a ser pacientes y, en lugar de fijar la atención únicamente en la fecha de un «final», las animan a progresar en las obras correctas y agradables a Dios. (Hechos de los Apóstoles 1:6-7) Como he dicho, en toda época han salido a la palestra en abundancia embaucadores que explotan esta curiosidad de las personas. Si fueran sinceros y cometieran un error, se notaría por sus obras posteriores. Al mirar el reinado que ejercen sobre las personas, no podemos decir «cometieron el error sin saberlo». Porque, respecto a una organización, a una religión que está alejada de toda rectitud y que nunca admite sus errores, ¿se puede decir «estos se equivocaron con sinceridad»? Las obras sinceras y las que no lo son no son tan indescifrables. El que es sincero pide perdón, explica su error, pide ayuda, es humilde. Pero estas organizaciones, dejando aparte el perdón, expulsan de entre ellos, marcan y declaran la guerra a quienes dicen «no lo creo» a sus mentiras, y los matan, etc. Aunque haya pasado casi un siglo desde las fechas que anunciaron y que no se cumplieron, los Testigos siguen expulsando de entre ellos a quienes no creen. La humildad no ha pasado ni por su lado, ni por delante, ni por detrás. Semejante sentimiento ni siquiera los ha rozado. ¡Como si fueran a pedir ayuda y a decir «venid, investiguemos todos juntos»! Hacer algo así es para ellos la mayor derrota. Quizá se suiciden, según ellos eso es preferible, pero jamás se avienen a pedir perdón y corregir sus errores.

Sin alargar de nuevo las palabras, volvamos al versículo que cité del Corán. El Corán dice claramente: «Nadie sino Él puede revelarlo antes de su tiempo». ¿Qué relación tiene este versículo con si Mahoma es o no el último profeta? En realidad, la relación es grande, y mucha. Si Dios va a revelar a su tiempo un final que ha de venir, ¿cómo ha hecho Dios siempre la tarea de anunciar su palabra? Por medio de personas, es decir, de sus profetas, ¿no es así? Y es seguro que lo hará de nuevo del mismo modo. Pero sin detenernos en un solo versículo, miremos también otros versículos. ¿Es así o no? Veamos: ¿cómo hará Dios esta tarea de revelar? Acerca de aquel día se escribe así en la Sura (El Creyente, Mümin) 40:15:

Él, el Altísimo de los altos, es el Dueño del Trono. Él revela su orden a quien quiere de entre sus siervos, para advertir del día del encuentro. En el día del encuentro saldrán a la luz; nada de ellos le queda oculto a Dios…

El versículo dice claramente que Dios hará este anuncio acerca de aquel día por medio del siervo o de los siervos que quiera. ¿Cómo dijimos que se llama a quienes anuncian la palabra de Dios? ¿No es profeta? Sí, ellos son profetas de Dios, porque dicen Su palabra. Puesto que el fin de las maldades, es decir, aquel día del encuentro, todavía no ha llegado, y puesto que estos versículos están escritos sobre un suceso que ocurrirá en el futuro, ¿por qué habría de escribir el Corán «Mahoma es el último de los profetas»? Acerca de los últimos días, no solo el Corán, sino también las Sagradas Escrituras hablan de la venida de profetas. Por muy convencidos que estén algunos cristianos, igual que los musulmanes, de que después de Jesús no vendrán más profetas, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, o en su nuevo turco «Hechos de los Enviados», 2:17-21, se dice así:

«En los últimos días», dice Dios, «derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres. Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán. Vuestros jóvenes verán visiones, vuestros ancianos soñarán sueños. En aquellos días derramaré mi espíritu sobre mis siervos hombres y mujeres, y ellos profetizarán. Arriba, en el cielo, obraré maravillas. Abajo, en la tierra, se verán señales: sangre, fuego y columnas de humo. Antes de que venga el día grande y glorioso del Señor, el sol se oscurecerá, la luna se volverá color de sangre. Entonces todo el que invoque al Señor (el que invoque el nombre del Señor) será salvo.»

El apóstol Pedro dice estos versículos tomándolos de las palabras del profeta Joel. Algunos dicen que estas palabras se cumplieron ya en aquel entonces, y unos versículos más adelante, al decir «Esto que veis es el suceso anunciado de antemano por medio del profeta Joel», parece que Pedro hace también semejante insinuación. De esto podría deducirse como si toda esta profecía se hubiera cumplido y terminado entonces. Pero, aunque Dios cumplió en parte una porción de esta profecía en la Jerusalén de aquel entonces, aquel no era el día grande y glorioso del Señor. En cuanto al oscurecimiento del sol y el volverse la luna en sangre, se subraya únicamente el tiempo, en los últimos días, en que la ira de Dios se derramará sobre la tierra. Esta parte de la profecía dicha por medio del profeta Joel no se cumplió en tiempos de Pedro. Así como Jesús mencionó en Mateo algunas señales relativas a la profecía de los últimos días, estos asuntos también se subrayan en el libro del Apocalipsis y en otras profecías pasadas. (Mateo 24:29; Marcos 13:24; Apocalipsis 6:12; Joel 2:28-32) En resumen, aquellos sucesos semejantes que se cumplieron a muy pequeña escala en tiempos de los apóstoles ocurrirán en el futuro a escala mundial. Por eso Jesús el Mesías relata los últimos días y los tiempos de los apóstoles en una misma profecía. Al tratarse los aspectos semejantes, dentro de una profecía hay dos tramos de tiempo. Uno es la destrucción de la Jerusalén de aquel entonces; el otro, el fin de los malos en toda la tierra, se tratan en la misma profecía. Sin embargo, cuando se lee con atención y con comparaciones a partir de los escritos de los demás apóstoles, es también fácil comprender la diferencia entre los últimos días y el fin de Jerusalén. (Por ejemplo: Mateo 24:3-28; Marcos 13:5-27; Lucas 21:7-28)

Para no confundiros demasiado la mente, volvamos a la línea principal del tema. Todas estas profecías, tanto en las del Corán como en las de las Sagradas Escrituras, dicen que, antes de que lleguen los últimos días, Dios revelará esto por medio del siervo que quiera. Y si a ese siervo se le llama profeta, pero Mahoma es también el último profeta, sal ahora de este embrollo. En efecto, el versículo con el que siempre tropieza nuestro pie es aquel: «Mahoma no es el padre de ninguno de vuestros hombres; sino que él es el Mensajero de Dios, el último de los Profetas». Hasta que me percaté de esta incongruencia, siempre había mirado únicamente las traducciones al turco del Corán que tenía a mano. Todas eran iguales. Había una traducción del Corán de Süleyman Ateş que tenía también el árabe al lado. Pero yo no sé árabe; aun así, tenía además un Corán en alemán. Traducido directamente del árabe al alemán. Y es seguro que quien lo tradujo era una persona imparcial. Quizá incluso alguien que ni siquiera creía que este libro fuera de Dios. Gracias a Dios que era así, porque en lugar del que, tomando partido, dice «creo», a veces alguien que no cree, imparcial y objetivamente, resulta mucho más útil y puede mostrar la verdad. Estos hombres hicieron este trabajo, además, porque eran expertos en ese idioma; eso es todo. Enseguida abrí el lugar de este versículo y lo leí. Me sorprendí tremendamente y me alegré mucho también. Me sorprendí porque allí no aparecía nada de que fuera «el último de los profetas». Me alegré porque las palabras de Dios estaban en armonía y concordancia. Al traducir ese versículo al turco, dice exactamente así:

«Mahoma no es el padre de ninguno de vuestros hombres; antes bien, es el mensajero de Dios y el sello de los profetas».

Quien lo tradujo puso también debajo una nota al pie: «Con este versículo todo el mundo musulmán deduce el significado de que Mahoma es el último profeta». Es decir, que esta palabra «último» de nuestras traducciones al turco es una situación exactamente igual a la de los Testigos cuando, al traducir las Sagradas Escrituras, se esfuerzan por retorcer los versículos para adaptarlos a sus propias enseñanzas. Es decir, una interpretación basada en su entendimiento, y además una interpretación incorrecta y que no concuerda con el Corán. ¡Ve ahora y dales la razón a quienes dicen «estos libros han sido alterados»! Y encima, el mundo islámico hace esto acerca de las Sagradas Escrituras gritando a voz en cuello. ¿Y qué habría que decir del Corán? Sin embargo, escribe tú ese versículo tal cual, y que cada uno haga la interpretación conforme a su propio conocimiento, conforme al entendimiento que haya recibido o no de Dios. Esto, en realidad, ¡qué gran insensatez es! Aun así, yo no acababa de creerme del todo este versículo de este Corán cuya traducción era al alemán. ¿A quién crees, a todo el mundo islámico o al profesor alemán que tradujo el Corán? Aunque en realidad creerle era mucho más lógico, yo necesitaba más pruebas.

Un día vino a nosotros un árabe que se había hecho testigo de Jehová y que, junto con ellos, predicaba que el Corán no podía ser de Dios. Como el árabe era su lengua materna, podía preguntarle a él cómo aparecía esta palabra en árabe. Y al final de nuestras discusiones se lo pregunté. Era un Corán que tenía la traducción de Süleyman Ateş y en el que, al lado de los versículos en turco, estaba escrito también el árabe. Le dije: «¿La palabra que aparece allí tiene que ver con «sello»?». Él no había entendido lo que yo preguntaba, por eso se puso a explicarme, según él, el versículo entero. Exactamente igual que en las traducciones al turco, es decir, hablaba de que Mahoma sería el último profeta. Cuando pregunté deteniéndome en la palabra, dijo: «Sí, en árabe aparece «sello»». Me había alegrado y a la vez me había asombrado de nuevo. Es decir, que en este asunto el Corán traducido al alemán era correcto. Mi confianza en el Corán se fortalecía aún más cuanto más investigaba.

Ahora algunos podrán decir: «¡Bueno! ¿Acaso de estos versículos sale otro significado, como para que sea incorrecto que digamos que Mahoma es el último profeta?». Si todo el Corán diera una información en la línea de esta luz y este entendimiento, entonces quizá uno no podría decir nada. Aun así sería dudoso. Pero acerca del anuncio del final, cuando el Corán dice: Él revela su orden a quien quiere de entre sus siervos, para advertir del día del encuentro, ¿qué es, sino que esa persona, o esas personas, sean profetas? Precisamente surge también una pregunta así. Es decir, que en los últimos días Dios hará surgir también profetas. Cuando hacemos otra clase de interpretación, entonces los versículos caen en contradicción entre sí.

Por ejemplo, los testigos de Jehová se apropian estas profecías de los Hechos de los Apóstoles y de Joel y dicen: «¡Mirad, esto fue escrito para nosotros, y nosotros también profetizamos al ir de puerta en puerta!». Como he dicho, en nuestro mundo han surgido muchos embaucadores. En mi opinión, ellos ni siquiera quieren conocer ni enseñar el significado del profeta y de la profecía. ¡¿Acaso todo el que toma las Sagradas Escrituras o el Corán en la mano y va de puerta en puerta se convierte en profeta?! Los Testigos que afirman que es así, esta situación significa, en realidad, que con su propia boca muestran hasta qué punto son embaucadores y falsos profetas. Porque Dios dice: «Cuando aquello que un profeta dice no ocurre ni se cumple, ese profeta ha mentido en el nombre de Jehová; no lo escucharás». (Deuteronomio 18:20-22) Por otro lado, como conocen este versículo, dicen «nosotros no somos profetas», y creen que con eso encubren sus fraudes. No son coherentes ni en lo que dicen ni en lo que hacen. Solo tratan de engañar a las personas con trucos gastados y rancios.

Se habla de los libros de Dios, se opina, se discute, se piensa si es así o si es asá. Sobre estas cosas, sin sobrepasar el límite, cada uno puede haber llegado a un conocimiento y a una creencia. Pero todas estas personas tienen que admitir una cosa: «también ellos pueden cometer errores». No me refiero a las personas hipócritas que admiten esto solo de palabra. Admitirá que puede cometer errores y tendrá semejante actitud y comportamiento y, lo más importante, semejante convicción. Decir «yo cometo errores, pero al que no hace lo que yo digo también lo cuelgo, lo degüello y va al infierno» es hipocresía. No encaja con los principios de Dios ni con Su propósito. Pero esta expresión puede usarse en el ejército, en el servicio militar, en las mafias y quizá en todas las organizaciones estructuradas. Un comandante admite que puede cometer errores y, aun así, espera que todos obedezcan esa orden. Y al que no la obedece lo fusila en la guerra, y en la paz lo expulsa del ejército, le da pena de cárcel y demás. Ya escribí en los capítulos anteriores qué esperan las organizaciones. El ejército, el servicio militar, son organizaciones estructuradas. Estas organizaciones, la mayoría de las veces, no tienen relación alguna, ni de lejos ni de cerca, con Dios. Pero, así como Dios permite muchas maldades, permite también que ellas existan; nada más. Las más terribles de entre ellas son las organizaciones religiosas. Los Testigos ven el servicio militar como un instrumento de Satanás y no van al ejército. Y se enorgullecen de aplicar entre ellos mismos las reglas y principios de aquel. Es decir, que, como se entiende también de sus propias palabras, si el orden de los ejércitos militares no es de Dios, sino de Satanás, entonces ellos, con el orden y las prácticas que han establecido, no sirven a Dios, sino a Satanás.

Volvamos de nuevo a aquel versículo: «Mahoma no es el padre de ninguno de vuestros hombres; antes bien, es el mensajero de Dios y el sello de los profetas». En realidad, este versículo tiene un significado muy fácil de entender. Con este versículo, Dios muestra a Mahoma como confirmador de todos los profetas mencionados del pasado. Así como «sello» se usa en el sentido de dar fe de algo, de confirmar algo, también se usa en el sentido de cerrar. Pero en la frase que aparece aquí, y a la luz de todo el Corán, se subraya a Mahoma como alguien que da fe de aquellos profetas del pasado, que los confirma y que trae explicaciones que sacan a la luz sus mensajes. Y además, un versículo parecido a este aparece en el Evangelio acerca de Jesús el Mesías. Allí se escribe exactamente así:

Trabajad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna. Esto os lo dará el Hijo del Hombre. Porque Dios Padre puso Su sello sobre Él. Juan 6:27

Si nos ponemos a decir que con este versículo Jesús es el último profeta, ¿no caeríamos en la insensatez que cometen el mundo musulmán y los cristianos? Es más, algunas traducciones de las Sagradas Escrituras, acertadamente, en lugar de esta palabra «sello» dicen «dio Su aprobación». Y no es incorrecto. En resumen, de esto no puede deducirse un significado de que Jesús fuera el último profeta. Los cristianos, igual que los musulmanes, por eso mismo gustan de rechazar a cualquier profeta que haya venido después de Jesús. Lo mismo hacen también los musulmanes y los judíos.

Pero yo no puedo entender cómo y por qué el mundo musulmán dedujo de este versículo semejante significado. ¿Para protegerse de los falsos profetas? Los embaucadores siempre han surgido y surgirán de un modo u otro. Pero, a la luz de esta enseñanza, ¡¿cuál será la reacción de la humanidad frente a los profetas auténticos que Dios enviará?! Con esta enseñanza, ¿quedó la humanidad protegida de los falsos profetas, o se preparó para oponerse a los profetas verdaderos y auténticos que Dios encargará en el futuro?

No olvidemos tampoco esto: aunque, en relación con las profecías mencionadas, en los últimos días Dios encargue a muchos profetas, también surgirán profetas de Satanás y harán grandes señales y prodigios. Su número puede llegar a ser incluso mucho mayor que el de los siervos del verdadero Dios. Sus señales no serán menores que el poder de los magos que se enfrentaron a Moisés en Egipto. Acerca de que surgirán estos embaucadores, el apóstol de Dios dice así:

Que nadie os engañe de ninguna manera. Porque aquel día no vendrá sin que antes venga la apostasía y se manifieste aquel hombre sin ley que ha de perecer.

Aquel hombre se opondrá y se exaltará sobre todo lo que se llama Dios o es objeto de culto, hasta el punto de sentarse en el templo de Dios y declararse a sí mismo Dios.

¿No os acordáis de que os decía esto cuando todavía estaba con vosotros?

Y ahora sabéis lo que lo detiene, a fin de que se manifieste a su debido tiempo.

Sí, el poder secreto de la iniquidad ya está en acción; pero seguirá cumpliendo su función hasta que sea quitado de en medio quien por ahora lo detiene.

Después se manifestará aquel hombre sin ley, a quien el Señor Jesús matará con el soplo de su boca y destruirá con el resplandor de su venida.

►Él vendrá con la actividad de Satanás, manifestada en toda clase de milagros, señales engañosas y prodigios, y en toda clase de maldad que engaña a los que perecen. ►Los que perecen, perecen porque no se avinieron a amar la verdad y así salvarse. Por esta razón Dios envía sobre ellos un poder engañoso, para que crean la mentira. ◄ De modo que sean juzgados todos los que no creyeron la verdad y se complacieron en la maldad. ¡Perseverad! 2 Tesalonicenses 2:4-12

Sí, tenemos que perseverar. Y necesitamos conocimiento con urgencia. Debemos formarnos de tal modo que lleguemos a ser expertos en este asunto. No siendo de los que corren de aquí para allá detrás de cada voz y de cada cabeza sin saber qué hacen, sino aferrémonos, como personas decididas, instruidas y expertas en este asunto, a las verdades que Dios presenta por medio de aquellos libros que llamamos Su palabra. (Santiago 1:5-8) Oremos en nuestras aflicciones y pidamos siempre ayuda a Dios. Acostumbrémonos a acercarnos a Él por medio de la oración. Y hagámoslo, no con palabras cuyo significado no conocemos —porque esas palabras no nos edifican, sino que solo nos engañan—, sino con una rectitud y una sencillez que broten del corazón. No nos pongamos a poner nada ni a nadie en el lugar de Dios. Cuando examinemos de forma realista, sin darnos cuenta —aunque no lo hagamos directamente—, nuestras expectativas y las esperanzas que hemos depositado en esas personas, veremos que hemos dado a esas personas, en el lugar de Dios, esas expectativas y esa confianza. De lo contrario, nadie admite abiertamente que adora como a Dios a una persona, a una religión, a una institución, a una organización. No nos engañemos, esto no nos traerá más que amargura. Pueden aparecer ante nosotros personas capaces de entusiasmarnos con sus conocimientos, sus palabras, incluso sus vidas honestas. Podemos verlas como buenos hermanos, hermanos mayores, hermanas mayores, pero nada más. Sobre la tierra andan muchos zorros y lobos escondidos tras esta clase de títulos y de falsa humildad, y además por millones. No los olvidéis tampoco, pero perseverad. Porque en 1 Pedro 5:8 dice:

«Sed sobrios y estad alerta. Vuestro enemigo el Diablo anda rondando como león rugiente, buscando a quién devorar.»

Quiero escribir también en este libro algo que me contó mi padrastro, ya fallecido, y que hasta entonces yo no conocía en absoluto. Ingeniero agrónomo, el jubilado señor Nihat, yo lo llamaba «papá Nihat». Fue durante un tiempo director de la granja fundada en Yalova en la época de Atatürk, y llegó a conocer personalmente, cara a cara, al propio Atatürk. La razón por la que menciono esto es que, como persona que vivió aquellos años y, por lo tanto, conocía bien las cosas que ocurrieron en aquellos días, creo que lo que contaba también sería fiable. Yo hablaba con él de temas religiosos, pero cuando hablaba de estos temas conmigo se incomodaba mucho, y creo que también se enfadaba. Todo el que lea este libro mío comprenderá seguramente las razones de su enfado. Cuando subía al coche, durante el viaje, decía largamente cosas en árabe. Se supone que oraba. Era un hombre que había cursado estudios universitarios, un pecador como todos. Tampoco era alguien que se pasara la vida en las mezquitas. Cuando lo conocí, ya se había jubilado hacía tiempo; después de jubilarse, también había ejercido de director o gerente en la fábrica Ülker, había asumido algunos cargos. Lo conocí en la época en que se decía que ya se había apartado de todos estos trabajos y se había retirado a un lado. Era alguien a quien le gustaba mucho conversar. ¡Más exacto sería decir que le gustaba contar, más que conversar! Contaba cosas de antaño, del pasado, despacio, con detalle. Me asombraba que recordara tantos pormenores. Incluso la maestría para encubrir algunos rasgos feos que las personas cultas, o en general las personas instruidas, poseen por naturaleza, es fruto de la educación que han recibido. Junto a la persona ignorante, conversar —por no decir hasta reñir— con una persona experimentada y culta es muy distinto. La persona culta tiene una cierta lógica, teme decir disparates. Quien sabe lo que es aprender, en realidad se da cuenta de que sabe muy poco. Pero una persona ignorante, sin conocimiento, a sus propios ojos lo sabe todo. A sus propios ojos, el más grande sigue siendo él. Así como no tiene eso que se llama lógica, tampoco tiene éxito en el sinsentido. Aunque, ciertamente, en nuestra época distinguir a ambos grupos se ha vuelto imposible.

A mi manera, he hablado mucho con las personas acerca de Dios. La diferencia entre mi manera de hablar y la de un cura, un imán, un teólogo o un especialista en religión es grande. Las personas que hay detrás de estas etiquetas ven por lo general siempre ante sí rostros que les dicen «sí». Por eso sus experiencias son muy distintas. Pero yo, sean creyentes o no, siempre he visto rostros que dicen «no». Como el rostro que dice «no» y el rostro que dice «sí» de una persona son muy distintos, por desgracia yo siempre me he visto obligado a conocer esos aspectos distintos de ellos.

Entre los sencillos temas con los que hacía enfadar a papá Nihat estaban también aquellas oraciones que él leía en árabe. Yo le preguntaba: «Papá, ¿cuál es el significado de estas cosas que dices?». Decía: «Del Corán, tal o cual sura». Cuando le decía: «Bien, ¿y tú conoces el significado de estas cosas?», me respondía: «No». En realidad, que una persona culta, una persona con etiqueta, sobre todo en algo que hace como de forma automática durante toda una vida, no tenga conocimiento de ello, y lo confiese además abiertamente, era, en mi opinión, aun así, un comportamiento humilde. No podría saber si era tan franco porque me quería mucho o porque era inteligente. Una noche, mientras conversábamos, le dije: «¿Quieres oír en turco estas oraciones que lees?». Con curiosidad, dijo: «Quiero». Traje el Corán y leí en turco aquellos lugares que él había leído de memoria durante años. Había sufrido una decepción terrible. Fue como si el color de su rostro palideciera. Se quedó así, sin decir nada. Yo había comprendido sus sentimientos. Porque a mí me había pasado lo mismo. Como aquellas personas que en Sultanahmet lloraban, sin entenderlas, por las cosas que leía el hodja, y golpeaban a los árabes de la mezquita diciendo «¿por qué se ríen de nosotros?».

Al decir aquellas palabras leídas de memoria del Corán, cuyo significado no conoce, la persona cree que hace algo enorme. Por muchos pecados que haya cometido en su vida, es como si con estas palabras quedara lavada, purificada, y su conciencia limpia por completo. A semejante método sin sentido de aliviar la conciencia se le llama drogarse. La persona adormece de este modo su alma, su conciencia. Es como el alcohol, el tabaco, el hachís, la heroína que se introducen en este cuerpo. Las organizaciones llamadas religión hacen también muy bien este trabajo. No en vano dicen los comunistas: «La religión es el opio de los pueblos». En verdad, las personas han usado la religión, en nombre de Dios, como opio, como heroína, y por eso esta frase no es en vano. Y así les ha convenido también a todas las personas que se revisten de una posición de mando y se hacen llevar a hombros de los demás. Los testigos de Jehová alivian esta conciencia yendo a predicar. El judío la alivia golpeándose la cabeza contra el muro de piedra de Jerusalén. El musulmán lo hace con el rosario en la mano, diciendo cientos de veces las mismas palabras que no conoce, postrándose y levantándose una y otra vez. Cada religión tiene sus métodos de aliviar la conciencia según la educación que da, y ese es precisamente también el propósito de Satanás. Él sabe mucho mejor qué es la conciencia que Dios nos ha dado. Con todas esas cosas alejadas de Dios a las que nos empuja y nos incita, no le debe de resultar difícil calcular qué clase de conciencia tendremos. El mejor método es hacer que alguien diga cosas así, sin entenderlas en absoluto, y darle a la persona la impresión de que se ha librado de todas las porquerías que ha hecho. El objetivo es estar tranquilo de conciencia, ¿no? Después, de nuevo a continuar. La humanidad se ha percatado muchas veces de estas cosas que yo escribo. En la mentalidad comunista había esta información que yo escribo. Ellos, en lugar de ocuparse de las aplicaciones erróneas de las religiones, cortaron y desecharon todas las religiones, pero también se alejaron del verdadero Dios. Esta era la aplicación más fácil. Según las profecías, la humanidad hará muy pronto lo mismo de nuevo a escala mundial. ¡¿Por qué será que la humanidad, por razones derivadas de sus propias porquerías, siempre rechaza a Dios?!

Sin duda la persona comete faltas y por ello siente malestar en la conciencia. Puede que la forma de pedir perdón y de expresar el arrepentimiento de cada uno aparezca de manera distinta. Es normal que estas cosas presenten diferencias de una cultura a otra. No es esto lo incomprensible. Lo verdaderamente incomprensible es la forma en que esas personas se presentan ante Dios para pedir perdón y mostrar su arrepentimiento. ¿Acaso se pide perdón diciendo cosas que no se entienden? Hay quienes piensan: «No importa, Dios entiende lo que quiere decir». Por supuesto que Dios entiende lo que quiere decir, pero ¿con eso se edifica la propia persona? ¿Por qué oramos a Dios para que venga el paraíso y para que Su voluntad se haga en la tierra? ¿Acaso el paraíso vendrá por la oración que nosotros hagamos? ¿O Dios traerá el paraíso de todos modos, pase lo que pase? Sin duda, de un modo u otro, traerá el paraíso. Entonces, ¿por qué oro yo en vano por esto? Habrá también quienes piensen: «¿Acaso se ora por algo que va a ocurrir de todos modos?».

Así como damos gracias por las cosas que nos han gustado, que han ocurrido, que se han cumplido, también expresamos las cosas que deseamos y anhelamos que ocurran. Esto muestra el valor y el aprecio que les damos. Y lo más importante, nos edifica a nosotros mismos. Cuanto más ardientemente, con todo el corazón, deseamos algo, más concentramos nuestra atención y nuestra mente en ello. Hay quien pide algo o pide perdón con palabras cuyo significado no conoce en absoluto; y hay palabras que dice una persona con sentido, que sabe lo que pide, que entiende lo que dice y lo anhela de corazón. ¿A cuál de las dos creéis que Dios da valor? ¿De qué manera y con qué palabras esperáis que se os presente a vosotros personalmente alguien que ha cometido una falta, que ha errado? ¿Os resulta más creíble que esa persona os pida perdón en un idioma que no conoce en absoluto, o que lo haga con las palabras que ella misma entiende y conoce? Puede ser, incluso, que el idioma que ella no conoce vosotros lo conozcáis como vuestra lengua materna y que esas palabras tengan sentido para vosotros, pero ¿qué habría que decir de la persona que las dice? Si esa persona no sabe qué significa la palabra que dice, para vosotros no hay diferencia entre quien tenéis enfrente y un papagayo. Y además, en realidad, es una falta de respeto. Ni se pide algo ni se pide perdón como una máquina, de memoria, con palabras que no se entienden. Nosotros, los seres humanos, ¿por qué hacemos ante Dios, en Su presencia, y encima con gusto, cosas que no hacemos, que no podemos hacer, con las personas que son como nosotros?

Papá Nihat también dijo estas palabras durante años, sin conocer su significado: al subir al autobús, al viajar en coche, en un momento de peligro, cuando tenía miedo, o cuando sentía mucha gratitud, o para impresionar a los que lo rodeaban y recibir su respeto, o cuando había cometido muchos pecados. Y además en voz alta, entre murmullos. Cuando la persona dice esta clase de palabras que no entiende, es como si se le despegaran los pies del suelo, como si volara por el aire. Se libra de todas las maldades y siente un alivio. Como yo he leído esta clase de oraciones miles de veces, sé bien lo que decía y lo que ellos sienten. Puesto que todos hacen así, es seguro que ellos también sienten, con mayor o menor diferencia, las mismas cosas.

Y ahora, llegando a oír el verdadero significado de aquello que se dice. Es como si a la persona se le derrumbaran mundos enteros. Cae en un gran vacío, con un sentimiento entre la ira, el odio y la aflicción. Le invade la sensación de haberse engañado a sí misma durante todos esos años. Piensa que ha sido engañada, embaucada. En ese instante es como si dentro de la persona hicieran erupción volcanes, esto es seguro. Y sobre todo, la palabra de Dios pierde su valor a los ojos de esa persona. En realidad, esto significa perderse espiritualmente. Porque Dios dice cosas lógicas, correctas y que hay que hacer de forma activa. Y esto no es un alivio que se alcance murmurando sentado en tu sitio, yendo a predicar de puerta en puerta, apoyando la cabeza en el muro y llorando.

Con el ejemplo más sencillo, mirad qué dice Dios. Por ejemplo: «Haz también tú a los demás las cosas que quieres que te hagan a ti». ¡Di cada día esta palabra en tu propio idioma, entre murmullos! Aplícala a cada persona y siempre. Que tu conciencia te duela precisamente cuando no la cumplas. Es entonces cuando tu conciencia funciona sana, cuando significa que ya no te drogas. La humanidad debería aliviarse haciendo estas cosas, no drogándose con palabras y obras que no entiende.

Entre nosotros había respeto y consideración, pero papá Nihat era alguien con quien yo hablaba también abiertamente de todo lo que pensaba. De nuevo no dijo nada. Fue unos días después; seguramente había empezado a digerir poco a poco los sucesos, porque dijo: «En estos temas nos criaron en la ignorancia». Y yo, esta vez, le dije: «Puede ser, pero echas la culpa únicamente a otros, papá; en realidad también nosotros tenemos culpa». Me contaba largas historias, cuentos. Enumeraba cuatro nombres, como el abuelo Nafi, el papá Hamdi. Según ellos, estas personas eran santos, o qué sé yo, no lo recuerdo bien. Ya digo, no hay lógica en estas cosas, son cosas como de cuento. Un día fuimos de nuevo a algún sitio a comer. Un lugar que papá Nihat conocía. Era verano, un lugar en las colinas altas de Gemlik desde el que se veía el mar. En un rincón dentro del pueblo, algo parecido a un café, parecido a un restaurante, típicamente improvisado pero con unas vistas muy hermosas. Íbamos a comer sentados fuera. Papá Nihat me llevó, y un poco más adelante nos detuvimos ante un pedazo de tierra que tenía una madera, o una barra de hierro, a la que estaban atados trapos de sábanas blancas o jirones de pañuelos. Si dijera que habían plantado tomates, tampoco hay plantas. En la punta de la barra había trapos atados, pero los trapos no estaban atados para sujetar nada. ¡Estábamos, según papá Nihat, ante la tumba de un santo! Al parecer, quienes hacían un voto a este santo ataban estos trapos. ¡Igual que el «padre de los hilos» de Estambul, también estos, en aquel lugarcito, habían hecho una tumba de padre de trapos así! Al ver aquel semblante serio suyo, yo, por supuesto, me eché a reír. No hacía más que reírme. Pero papá Nihat estaba serio. No le hacía ningún caso a mi risa. De vez en cuando yo me enfadaba por dentro y me irritaba con él. Este hombre, que pensaba con lógica en todos los temas, que había ejercido de directivo en muchos trabajos, que tenía experiencias buenas y malas, ¿por qué se extraviaba así en este asunto? Seguramente ni él mismo creía en tales cosas, pero, como un aperitivo digno de la boca de la sociedad, había adoptado estos temas y hablaba de ellos. Mi madre a veces lo escuchaba y a veces le cantaba las cuarenta. Pero papá Nihat tampoco decía disparates frente a las cosas lógicas que se le contaban ni insistía forzosamente en «yo tengo razón». Después de estos datos, llego al tema principal, al suceso histórico que papá Nihat me contó. Porque es una información que tiene relación y conexión con nuestro tema y con el Corán.

Atatürk encargó a Mehmet Akif Ersoy (autor del himno nacional turco) la explicación del Corán. Mehmet Akif era en aquel entonces diputado. ¿Hacía Atatürk esto para librarse de Mehmet Akif —así lo pienso yo ahora—, o realmente Atatürk buscaba una prueba tanto para sí mismo como para Mehmet Akif? No se sabe. Porque Mehmet Akif no era muy partidario, en algunos temas, de la política que se seguía. Pero Atatürk era alguien que creía en su sinceridad. Es decir, que lo que hacía Mehmet Akif no lo hacía con hipocresía, por política, por la etiqueta ni nada por el estilo. Que era una persona correcta y sincera se comprende también por sus declaraciones posteriores. Sin duda, él también era, como nosotros, alguien que cometía errores. Aunque no encajara con la manera de pensar de Atatürk, hemos de admitir también que Atatürk apreciaba a las personas sinceras.

Al decir la explicación del Corán, se quería decir: se haría un llamamiento a todo el mundo islámico, se formaría una comisión compuesta por los eruditos religiosos más destacados de todos ellos, por las personas que conocían el Corán, y se explicaría el Corán palabra por palabra. De hecho, el objetivo de Atatürk era también ese: «¡Qué es lo que sufrimos con estos religiosos! Id, reuníos, explicad esto para que el pueblo no siga tan ignorante», dice. Además, Turquía tenía desde hacía siglos la función del califato. Es decir, si hay que hacer una comparación, así como el papa del cristianismo representa a todo el cristianismo desde el Vaticano y tiene autoridad, para el mundo islámico el Estado otomano era así. Como fecha, no logro recordar exactamente cuándo ocurrió este suceso. Debieron de ser los años veinte. Con este encargo, Mehmet Akif hace el llamamiento en nombre de Turquía, y estos países responden a este llamamiento y se reúnen. Y de nuevo, si no me equivoco, aquel encuentro se celebró entonces en Egipto. Aquella comisión permanecería allí y haría este trabajo, durante todos los años que hiciera falta, hasta explicar todo el Corán. También vinieron clérigos representantes de todos los países del mundo islámico. Pasan, si no me equivoco de nuevo, unos tres años más o menos. Estos consiguen explicar solo tres yuz del Corán, es decir, tres tomos. El Corán se compone de 114 suras divididas en partes que se llaman treinta yuz —digamos treinta tomos—. Colocaron las suras más largas al principio. Después, el número de versículos de estas suras va disminuyendo cada vez más. El lugar que explicaron es, más o menos, una porción hasta la mitad de la sura Ali İmran, que es la tercera sura. Con el tiempo, toda esta comisión se percata de una cosa. Los lugares que tratan de explicar empiezan a no concordar entre sí. Es decir, mientras dicen que el significado de un versículo es tal, después llega un versículo del que sale, sobre ese tema, un significado completamente distinto. Por ejemplo, como el lugar que yo he tratado en el tema de si Mahoma es el último profeta. Más tarde, con la aprobación de todos, se toma la siguiente decisión:

«Nosotros hemos intentado hacer la explicación de este Corán, pero Dios no nos la dio. Venid, destruyamos y aniquilemos todos nuestros trabajos de estos tres años hasta ahora, para que no caigan en manos del pueblo y no propaguen nuestros errores como si fueran verdad». Con esta decisión y con la aprobación de todos —los detalles no se conocen—, todas las explicaciones son quemadas y aniquiladas, y todos se dispersan a sus países. Y a la pregunta de Atatürk «¿qué ha pasado?», Mehmet Akif responde: «Bajá, no hemos podido explicarlo». Y Atatürk sonríe de forma significativa.

Yo aprecio mucho esta sinceridad suya, que tanto me gustó, y esta decisión que tomaron. No forzaron a las personas a creer en los disparates que ellos mismos se inventan diciendo «nosotros lo sabemos todo, y aunque no lo sepamos, esto debe entenderse así», como forzosamente ocurre en muchas religiones y, de nuevo, especialmente entre los testigos de Jehová. A tales personas hay que decirles «bravo» y quitarse el sombrero. Después de esta fecha, todos los países islámicos fundan en su seno instituciones que investigarán y explicarán la religión. La fundación de la Dirección de Asuntos Religiosos en Turquía se produce también por este medio, con esta lógica. No sé tampoco si se funda antes o después de este suceso. O quizá se funde junto con este suceso, eso también puede ser. Lo importante no son los pormenores numéricos y detallados de la fecha; en mi opinión, lo importante es la decisión tomada y el paso dado. Yo he escrito esta explicación para que tengáis información sobre en qué punto estamos en cuanto al conocimiento del Corán. Quienes escriben la vida de Mehmet Akif subrayan su ignorancia religiosa. Sin embargo, fue el propio Mehmet Akif quien dijo, sobre este asunto, «no tengo conocimiento suficiente». ¡Y encima en la tarea de hacer la explicación de todo el Corán! ¿Quién, entre aquellos religiosos que poseían semejante rango y autoridad, ha mostrado hasta ahora esta humildad? ¿Acaso una persona se vuelve ignorante, sin cabeza, por decir la verdad con sinceridad? ¿Acaso ellos han tenido alguna vez, sobre el Corán, un conocimiento como el de Mehmet Akif? ¿Es correcto decir «nosotros lo sabemos todo» y colgar y degollar en nombre de Dios, o es correcto decir «nosotros no entendemos este trabajo y no podemos explicarlo, Dios no nos lo dio»? Y además ellos no hicieron una humildad falsa, sino que dijeron la verdad.

A las personas se les sale el alma por decir «no lo sabemos». Según ellos, esto crea desconfianza en las personas que tienen enfrente. Sin embargo, ¿no debería ser justamente al contrario? De una persona que dice «lo sé todo» y cuyas afirmaciones resultan falsas y erróneas, ¿en qué palabra suya podéis confiar? Puede ser, incluso, que de diez cosas siete resulten ciertas y tres falsas. Pero, respecto a lo que diga a partir de entonces, ¿no dudará uno de si esto también entrará en las tres o en las siete? Creer en las palabras de esa persona, ¿no sería como un juego de azar, como la lotería? Toda persona puede equivocarse. Y aunque se equivoque, también tiene sus aspectos correctos. La persona que no admite esta verdad está cometiendo una insensatez. Lo importante no es que nos equivoquemos, sino nuestra reacción ante ese error, nuestra actitud y nuestro comportamiento. Ojalá todo el mundo tuviera la humildad de personas como Mehmet Akif y la aplicara. Creo que esta respuesta sincera que dio Mehmet, aunque sin duda decepcionó a muchos, Atatürk, en cierto modo, la apreció. Porque Atatürk era una persona idealista. No era alguien como los políticos y hombres de Estado habituales que se venden. Si no hubiera tenido confianza en Mehmet Akif, no lo habría encargado, de todos modos, de este trabajo en nombre de Turquía. Al menos le habría dicho: «Haz lo que quieras en tu propio nombre, pero no lo hagas en nombre de Turquía». Que el diputado encargado por el Estado regresara con las manos vacías al cabo de tres años se vio, sin duda, como un asunto no muy digno de pasar a la historia con elogios. Para algunos se percibió como una derrota. Sin embargo, en mi opinión, de nuevo justamente al contrario, debería ser motivo de elogio. Aunque no poder entender algo produzca tristeza, hay que enorgullecerse de admitir la verdad. Si esperamos el entendimiento de Dios, Él lo da cuando quiere y a quien quiere.

A los funcionarios de la Dirección de Asuntos Religiosos fundada después de estos sucesos, frente al empuje del Estado y a la presión de estos, con la mentalidad de «explicad forzosamente algo al pueblo, incluso cosas que nos convengan a nosotros», y en lugar de los datos absurdos que se dan al pueblo, Mehmet Akif dijo: «Yo no lo sé». Yo digo bravo, y de nuevo bravo. Turquía debería conocer bien este suceso con sus pormenores. Lo he buscado en internet y no he podido encontrar nada. Quién sabe dónde habrán archivado este suceso.

Por último, al cerrar el tema, debo señalar, resumiendo, que en el Corán no hay ningún versículo que diga que Mahoma fuera el último profeta. Sino que, inspirándose en una enseñanza incorrecta y que no concuerda con el contenido del Corán, se escribió así en las traducciones. En las traducciones, en lugar de «el último de los profetas» debería haberse escrito «el sello de los profetas». Así lo escribe el original árabe del Corán. Y esto, en conjunto, según el mensaje que da el Corán y según las profecías que aparecen en las Sagradas Escrituras, debe interpretarse en el sentido de que Mahoma es un confirmador de las profecías y de los profetas. En resumen, este «sello» que se menciona aquí se usa en el sentido de «aprobación». Si a esta interpretación le decimos «absurda» y nos quedamos con la cabeza a la antigua, entonces tendríamos que sacar y desechar del Corán y de las Sagradas Escrituras muchos lugares que, sobre este asunto, no concuerdan entre sí, lo cual sería un absurdo aún mayor. Por favor, abrid vosotros mismos los versículos citados y leedlos en su lugar, decidid vosotros mismos. No me creáis tampoco a mí, investigad vosotros mismos. Aunque yo estuviera en lo correcto, si permanezco fiel con mi conocimiento y mis obras, solo podré salvarme a mí mismo, y eso quizá; pero no puedo salvar a nadie más. Es una regla válida para todos. Y esta verdad la aprendí también de Dios, de Sus palabras. (Ezequiel 14:12-20) Leed también vosotros, investigad, aprended la verdad y enseñadla. (Mateo 28:18-20)

http://www.islamacevap.net

Domingo 30 de mayo de 2004

Por lo general no soy una persona que lea cosas como periódicos o revistas, ni tengo mucho interés en escuchar o ver noticias. Sobre todo, no soporto en absoluto la manera en que ciertos programas de televisión dan una noticia mostrando tres veces seguidas una pelea ocurrida en algún barrio de Adana. Además, esas noticias que llaman «serias», las que informan de la preocupación por cómo Estados Unidos llevará la democracia a Irak, las apago apenas empiezan. Mejor dicho, porque siento repugnancia por las verdades que subyacen a estas noticias, porque me enfurecen, y para no arruinarme el ánimo, no me gusta escuchar noticias ni leer periódicos, ni en Alemania ni en Turquía. He llegado a esta edad y quizá nunca haya habido nada que me alegrara de las noticias que recibimos; sino que siempre ha ocurrido lo contrario. Con esto tampoco defiendo meter la cabeza en la arena como el avestruz y taparse los oídos a todo.

Un día fui a Turquía a ver a mi madre. Mi madre tenía a diario varios tipos de periódicos que compraba. Cuando me aburría estando allí, de vez en cuando echaba un vistazo a los titulares. En una noticia hablaban del premio mayor que había salido. He olvidado de qué juego de azar era, o no lo retuve porque no me interesaba. Ese premio mayor le había tocado a alguien de Bursa y sus alrededores. Los periodistas esperaban ansiosos a ver quién era. Nadie aparecía. Al día siguiente, otra noticia: «Aún no ha aparecido el dueño del premio mayor». Al tercer día, otra noticia más: «La persona que ganó ella sola ese gran premio todavía no ha aparecido». Y debajo continuaba un texto así: «Según las estimaciones, esta persona es un ignorante de tomo y lomo que no lee periódicos, no ve la televisión ni escucha la radio». En cuanto leí esas líneas dije: «¡Mamáaa! Mira, en el periódico están escribiendo sobre mí». Alguien que no lee periódicos, no ve la televisión ni escucha la radio: pues ese soy yo. ¡Así que resulta que soy un ignorante de tomo y lomo!

A mi madre, en cambio, no le gustan nada estas características mías. En realidad, mientras que a mi madre no le gustan muchas de mis características por mi propio bien, algunas de mis características sí le gustan por su propio interés. Por ejemplo, los apuros que paso para cumplir mi palabra cueste lo que cueste cuando prometo algo, o los sacrificios que hago con tal de beneficiar a alguien, esas características mías ajenas a pensar en mí mismo son buenas; pero para muchas personas como mi madre es más importante a quién se las dedico. Si he mostrado estas características por alguien a quien mi madre no aprecia ni valora, entonces me convierto en el hijo más tonto, cabeza de piedra, bobo y loco de mi madre. Pero si es una de las personas que mi madre quiere, que le agrada —incluida ella misma— la que se ha subido a mis espaldas, entonces me convierto también en «ay, mi querido, sacrificado y angelical hijito» de mi madre. Con esto no quiero decir que mi madre humille a la gente clasificándola por categorías, sino que quiero decir que, sea quien sea, un vigilante, un basurero, un director, un jefe; el favor que se haga debe hacerse por alguien que le agrade a ella, y esto, según mi madre, es lo correcto.

Esto no vale solo para mi madre, sino que seguramente es una regla válida para toda la humanidad. Lo importante es qué haces por el partido de quién, y según eso vales o no vales. Si esas mismas cosas valiosas, esas cualidades superiores, esos comportamientos virtuosos, esa fiabilidad, esos logros, esa lealtad los hace y los muestra alguien del partido contrario, entonces esa persona es el ser humano más vil, es un granuja, es peligroso, hay que eliminarlo… y demás. Alguien que no sea de tu propio partido, haga lo bueno que haga, no logra caer bien. De esto extraigo la siguiente regla. Es decir, no importan las cosas que se hacen, sino que es muy importante quién hace qué a quién. Si las cualidades valiosas que posee una persona son valiosas o no, se decide únicamente mirando a quién se las dedica. Si dedica esa rectitud, esa honradez, esa nobleza, esa generosidad a personas que ellos no quieren, entonces esas cualidades se vuelven muy malas; y, al revés, si dedica todo comportamiento malo en los lugares y contra las personas que ellos odian, de pronto se vuelve también muy bueno.

Si yo, por el partido al que estoy afiliado, por la religión, la organización, el Estado, la patria, el ejército, el grupo, la nación, mi mujer, mi marido, mi hijo, etc., miento de una manera que les beneficie, hago fraude, robo, mato a alguien, torturo, me meto en la cama de la mujer de fulano o de mengano —o, si soy mujer, del marido— me vendo, y hago toda clase de cosas asquerosas que aquí no bastaría con enumerar; y sobre todo si estas cosas no se llegan a saber, si quedan ocultas de modo que no manchen a esa organización, partido, religión, nación, patria, grupo, mujer, marido… etc., entonces la persona, con todas estas características, se convierte de pronto en un héroe patrio, en un valiente, en un gran hombre, en alguien valioso, en un intrépido del que no se puede prescindir, en el mejor militante, en el más fiel hermano en la fe, en el mejor cabeza de familia, en la mejor mujer de la casa, en el mejor padre, en la mejor madre, etc. No sé, ¿o acaso he cometido yo un error con estas explicaciones? Decidid vosotros de nuevo. Si vuestras experiencias, vuestra capacidad de sopesar lo que habéis visto, vuestra imparcialidad y vuestra justicia son suficientes, tampoco tendréis dificultad alguna en entender lo que digo.

Hasta los niños del barrio muestran estos sentimientos que posee la humanidad ya en la edad de jugar. Si un mocoso se ha peleado con su amigo y no le habla, ahora los demás también tienen que hacer lo mismo. Es decir, todo el que sea amigo suyo tampoco debe querer a la persona que a él no le cae bien. O, al contrario, tiene que querer a la fuerza a quienes él quiera. Aquí no se plantea distinguir entre las cualidades que se poseen, la justicia, la rectitud o la torcedura. Además, los niños tampoco tienen tanta experiencia como los políticos en preparar este asunto según el gusto del pueblo. Pero con el tiempo también van camino de volverse maestros en esto. Así hablan, así piensan y así viven. Aunque todos seamos más o menos así, tenemos que cambiar y abandonar estas características en edades tempranas. Por desgracia, la gente elige justo el camino contrario en este asunto. En vez de librarse de estas características, siempre desarrollan estas características y, a ser posible, se hacen expertos en ello y van aún más lejos. Además, vivimos en una época en la que el hecho de que los gobernantes digan «hemos matado a cientos de miles de personas» por sus repugnantes intereses no incomoda a los ciudadanos de ese país, ni a las naciones, ni a los Estados. Y si les incomoda, tampoco pueden hacer nada. Y si se incomodan, no es porque sean más humanos, más compasivos, más justos o algo así, sino porque ellos no han podido conseguir ese mismo beneficio. Además, hacer porquerías no está al alcance de cualquier valiente. Es cuestión de poder. Quien es poderoso, también rinde cuentas de otra manera. Mientras que al débil lo ahorcan por haber robado una astilla, el poderoso vacía las arcas y nadie es capaz siquiera de decirle «¿qué estás haciendo?». El débil está obligado a demostrar la verdad que dice, y se hila muy fino. El poderoso miente, y su palabra es ley. Nadie se atreve siquiera a decirle «lo que dices, ¿es verdad o mentira?». Aunque todos sepan que miente, él ni siquiera está obligado a demostrar nada. La demostración se espera del débil, no porque se sea justo. A esa persona se le predica justicia porque es débil. El poderoso ya es de por sí justo. Hasta cada injusticia que comete es un ejemplo de justicia. Algunos insensatos toman ejemplo de las porquerías que hacen esos poderosos y las hacen ellos también. Se atraen desgracias inesperadas. Le apagan la vida. Aquel no lo entiende, se asombra. Sin embargo, ha hecho mucho menos que la porquería que hizo el poderoso, y encima lo tomó como ejemplo. «¡Qué asombro! ¿Qué es esto que me está pasando?», no logra entenderlo de ninguna manera.

Estas sencillas explicaciones nos muestran claramente que la justicia es pisoteada por el suelo, que la verdad es arrojada por tierra, que los valores superiores son destruidos. (Daniel 7:7-28; Apocalipsis 13:1-2; Tesalonicenses 2:1-12) La clase que más me asombra es la de los artistas. El artista es en realidad una persona encargada de hurgar en las heridas de las sociedades, de las personas. Estas personas van sobre las heridas de las sociedades. El objetivo no es soliviantar a la gente, sino incitar a curar y reparar esas heridas, e ilustrar al pueblo. Y a las personas así que surgen de vez en cuando intentan eliminarlas en cárceles, mazmorras, con torturas. Ellos, sin embargo, no renunciaron a hacerlo, y hasta soportaron la muerte. Yo, como he dicho, soy una persona ignorante, pero tengo ojo suficiente para ver a los gigantes que me rodean. A los pequeños ni siquiera los distingo. Y esos que veo como gigantes escriben libros de cuentos infantiles. Hacen traducir estos libros a no sé cuántos idiomas y ganan cifras astronómicas de dinero. No es broma ni nada, son de verdad libros de cuentos. De los héroes que aparecen en estos libros se hacen películas, videojuegos, figuras. Los que hacen esto tampoco son tontos. De esta manera ganan dinero. Ganan porque hay quien compra. Todo el mundo parece contento con su situación. Los artistas se han vuelto solo aficionados al placer y a la diversión. Andan yendo de un partido a otro haciendo alarde. Está claro que no hay ningún problema. Cuando existía el comunismo, a causa de la competencia, había una especie de guerra fría sobre quién era más humano. Como los comunistas no concedían ninguna libertad a quienes no pensaban como ellos, los artistas les tenían un miedo atroz. ¿Acaso la situación es distinta en el capitalismo? Por lo visto, este problema no inquieta a los artistas. Según ellos, lo peligroso, que era el comunismo, ya no existe. Y está claro, de nuevo, que todos los problemas de la humanidad se han resuelto y no quedan más asuntos. Pues entonces, lo mejor será que escribamos libros de cuentos y los compremos. Además, de leer cuentos no viene ningún daño. ¡El daño siempre ha venido de estas verdades! El peligro, el dolor, la cárcel, la amenaza, la muerte siempre han salido de la defensa de esta verdad. Yo no menosprecio ni empequeñezco a quienes escriben esos libros. A todo niño le gustan los cuentos y todos crecimos con cosas así. Tampoco tengo conocimiento para entrar en una discusión sobre su dosis, ni eso tiene que ver con mi tema. Pero la acogida que reciben estos libros muestra el pulso de esas sociedades, de esas naciones. Al artista hay que darle libertad sin falta; por eso los amedrentaban con los comunistas. Bien, ¿y ahora nadie alza la voz porque exista ese mismo miedo? ¿O acaso es porque de verdad están cómodos? El mayor peligro, ¿no está precisamente en esa comodidad, en el miedo a perderla y en la indiferencia?

Además, en cada sociedad se han inoculado ciertos odios determinados. Estados Unidos, sabiendo de ese odio, se ensaña con los países árabes. Por mucho mal que se le haga a un país musulmán, a esos supuestos cristianos se les ensancha el corazón. Miran sin inmutarse lo más mínimo. En aquella guerra de Irak, países como Alemania y Francia que se opusieron a Estados Unidos, tampoco dijeron «no» porque pensaran en la humanidad ni nada de eso, sino porque ya estaban hartos de pagar tributo. Este odio está grabado en el corazón de esos supuestos cristianos desde su infancia. ¿Acaso por ser artista se va a poder sacar ese odio? Y además, ¿quiénes son esos a los que llamamos artistas? Mejor dicho, ¿a quiénes vemos y oímos llamar artistas los gente sencilla y corriente como nosotros? A quienes enseñan el trasero, muestran las piernas y hacen espectáculo con los pechos. Estos son los mayores artistas y los que han triunfado. Las generaciones jóvenes de toda la sociedad van tras ellos y todas se alimentan del sueño de ser una «Superestrella». A los otros, en cambio, ni los oímos ni los vemos. ¿Por qué será?

Con estos escritos no tengo el afán de dar consejos como los hafices ciegos. Que cada cual enseñe lo que enseñe, haga lo que haga. Como aparece en el Apocalipsis, el último libro del Evangelio:

«El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo (recto), practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía. He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra», dice Jesucristo en Apocalipsis 22:11-12.

Puesto que, gracias a Dios, no somos nosotros quienes vamos a recompensar a cada uno según sus obras, por eso tampoco podemos tener el propósito de cambiar a nadie por la fuerza. Ya escribí que Dios no nos ha dado a los humanos tal autoridad. (Hechos de los Apóstoles 17:31) Nosotros solo podemos advertir a las personas, enseñarles, ayudarlas a entender y animarlas, nada más.

Desde que empecé este tema, lo que quería explicar era acerca de que cualidades como la rectitud, la honradez, el sacrificio, la nobleza, la humanidad, la virtud dependen de a quién las muestre uno. Si muestras las buenas cualidades a alguien del partido contrario, del partido que te es enemigo, entonces debes estar dispuesto incluso a la muerte por todas esas buenas cualidades que has mostrado. A causa de esas buenas cualidades que la persona muestra hacia alguien del bando contrario, el entorno la odiará y le hará todo el mal que pueda. Y eso que esa persona está mostrando cualidades que podrían calificarse de superiores hacia todos. Pero según los demás, las cosas buenas pueden mostrarse no a todos, sino a los entornos, organizaciones, naciones, razas, religiones, etc., que ellos determinan. Como he dicho, es cuando muestras y practicas el odio, el fraude, la mentira, la matanza, la tortura y toda clase de maldad contra ese partido enemigo del bando contrario, precisamente entonces significa que eres el mejor, el héroe más superior. En resumen, aquí lo importante no es la naturaleza de las cualidades mostradas, sino contra quién muestras esas cualidades. La consigna de nuestro mundo y la educación moral que imparte van, por desgracia, en esta dirección. El nombre de esto es en realidad falta de carácter. La persona sin carácter y sin honor piensa así y se comporta así. Y las educaciones que recibimos también nos obligan solapada o abiertamente a ser así. Esta obligación la ejercen todos, desde las religiones, los Estados, los partidos, las escuelas, hasta nuestra familia; nuestros padres, la mujer/el hombre que tenemos en la cama. En resumen, creo que no me equivocaría si dijera que es el mundo entero.

También comportamientos erróneos que nacen del miedo o que se hacen por ignorancia nos obligan a veces a ser así. Por ejemplo, si pensamos en el apóstol Pedro, que la noche en que iban a matar a Jesús lo negó tres veces, incluso mirándolo a la cara, diciendo «no lo conozco». A la persona junto a la que había estado y con quien había convivido tantos años en otro tiempo, y de quien él mismo, por sus cualidades y por medio del espíritu, había dicho personalmente «tú eres el hijo de Dios», más tarde, en una situación difícil, por miedo dice que «no lo conoce». Es más, lo niega con maldiciones y juramentos. (Mateo 26:69-75; Lucas 22:54-65) En el Evangelio se dice: «Y saliendo fuera, lloró amargamente». Lo que hizo no fue un comportamiento con carácter ni digno de honor. Pero nosotros decimos a esto: «Cometió un error, pecó». Porque en el más pequeño rincón del pensamiento de Pedro no había hacer algo así. Ni planeó ni quiso hacer algo así. (Lucas 22:31-34; Marcos 14:27-31) Así como nosotros los humanos no nos conocemos a nosotros mismos, la mayoría de las veces creemos conocernos y caemos en el error. Pedro también cayó en un error así. Jesús lo perdonó. Dios también perdona. Yo no me refiero a estos casos. Hay muchas cosas que empujan al ser humano a la falta de carácter. Todos lo hacemos y lo hemos hecho de vez en cuando. Con ello creímos proteger algo, tuvimos miedo por nuestra cuenta, pensamos en nuestro beneficio y demás. De acuerdo, todo eso quizá pueda entenderse, pero lo que yo quiero explicar es que, cuando las personas a quienes mostramos estas cualidades son distintas, lo bueno se vuelve malo o lo malo se vuelve bueno. Es decir, cuando haces algo torcido, dependiendo de a quién se lo haces, se le llama «recto»; y cuando haces algo recto, dependiendo de a quién se lo haces, se le llama «torcido». Contra las personas que así tuercen la justicia y la rectitud, Dios dice «ay de ellos»:

¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo! ¡Ay de los sabios en sus propios ojos, y de los que se tienen por prudentes! Isaías 5:20-21

Sin embargo, una persona recta, sin mirar a nadie, es recta ante todo por su propia dignidad, su honor, su honra. Si esa persona es recta, por muy viles que sean los de enfrente, eso no afecta a su personalidad. No dice: «Si ellos me hacen esto, si son malos, yo también me comportaré como ellos y les haré la misma maldad». Una persona que posee cualidades superiores conserva esas cualidades en todas partes, hacia todos. De la persona tramposa y voluble, ¿quién puede saber con quién y cuándo se comportará bien o hará una jugarreta? ¿Se puede confiar en personas así? Aunque se comporte especialmente bien con nosotros, ¿cómo podemos estar seguros de que un día no nos hará a nosotros también la misma porquería? Quien está dispuesto a hacer trabajos sucios y torcidos, los hace siempre según su capricho y su gana. Nosotros, como sociedad, enseñamos a comportarse según la persona. Mi padre decía mucho esta frase, siempre decía: «según la persona, hijo». A primera vista parece un modo de comportarse muy justo. Pero en realidad empuja solapadamente al ser humano a la falta de carácter, a la falta de personalidad. Este pensamiento quiere decir claramente lo siguiente: «Compórtate según la persona que tienes delante, dale la respuesta según lo que sea». ¿Diréis «¿qué tiene esto de malo?»? Si nosotros estamos siempre en este pensamiento y en esta justicia, ¿cómo podemos esperar nosotros mismos misericordia de los demás? Y si Dios se pusiera a comportarse así con nosotros, ¿quién podría salvarse? Si nos recompensara según nuestras obras y aplicara solo su justicia, entonces, ¿quedaría en la faz de la tierra siquiera un solo ser humano? (Salmos 53:2-3) Por eso Salomón escribe así:

«No digas: Como me hizo, así le haré; daré el pago al hombre según su obra». (Proverbios de Salomón 24:29 y versículos paralelos Proverbios de Salomón 20:22; Mateo 5:39; Romanos 12:17; 1.Tesalonicenses 5:15; 1.Pedro 3:9)

Es decir, sea quien sea el que tenemos delante, ya sea un individuo, una sociedad, una nación o incluso Estados, decir sobre ellos «les pagaré según sus obras» se realiza sin misericordia y, la mayoría de las veces, vendiéndonos a nosotros mismos.

De nuevo estoy obligado a hacer una aclaración. Esta situación no debe confundirse con la defensa que aparece en el Corán y en los Libros Sagrados, ni con la potestad de imponer penas que hay en las leyes constitucionales del Estado. Yo no he leído en ninguno de estos libros una ley o una regla que prohíba a la persona defenderse. A esto se le llama legítima defensa. Es decir, cuando alguien nos ataca a patadas y golpes, con espada o cadena, en la calle o en nuestra casa, no nos atamos las manos ante esa persona enloquecida diciéndole «hazme lo que quieras». (Éxodo 21:24-25; Lucas 22:36 y 49-51; Al-Ma'ida, sura 5:45; Al-Hach, sura 22:39) Pero si es necesario, también se hace esto. En realidad, la defensa debe mostrar un modo de comportarse prudente. Si alguien está haciendo un atraco a un banco con arma, salirle al paso gritando «¡ea!» es una insensatez. Esa persona solo tiene el propósito de coger dinero e irse. Por miedo, podría matar a cualquiera que le salga al paso. Por eso, comportarse prudentemente allí es someterse. Después, lo que haya que hacer ya lo harán, o no lo harán, quienes están encargados de este asunto. La parte que nos concierne es la de que las personas se protejan y se defiendan a sí mismas prudentemente.

Por ejemplo, en Israel, blasfemar contra Dios significaba pena de muerte. Esa persona debía ser castigada como resultado de la decisión dictada por los jueces. Los particulares no podían hacer esto. Esto solo ocurría por decisión de los jueces. El particular, a lo sumo, podía interponer una demanda contra esa persona ante las leyes, o presentar una denuncia. Después de eso, lo que la ley haga o deje de hacer, le guste o no, ya no concierne a esa persona, no puede concernirle. Porque eso rebasa sus límites. En resumen, no todos pueden ejercer de juez. Sobre este tema, de entre muchos ejemplos, solo unos pocos versículos: Éxodo 19:12-13; Levítico 24:16; su versículo paralelo Al-Baqara, Sura 2:178; Mateo 5:40-41.

Jesucristo, ¿no dijo «amad a vuestros enemigos»? ¿No dijo «al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra»? Con esto Jesucristo no incitó a las personas a la falta de carácter. A Jesús lo mataron porque nunca se sometió. Si él también se hubiera sometido y hubiera mirado en silencio sus trabajos sucios, tampoco lo habrían matado. Es más, fue Jesús quien, haciendo con cuerdas un látigo en su mano para expulsar a los mercaderes del Templo, defendió la casa de Dios. (Juan 2:15) Además, en la destrucción de los malvados que conocemos como el fin de este mundo, Jesús asumirá la función de Rey y los destruirá a todos, los matará. (Apocalipsis 2:25-27; Hechos de los Apóstoles 17:31; Daniel 2:44)

Al decir «al que te hiera en una mejilla, preséntale la otra, y amad también a vuestros enemigos», ¿qué quiso decir Jesús? Con esto se anima claramente a que la persona, en lugar de pelearse por su ira, su irritación o su provocación del momento, elija hacer la paz. Y decir «amad a vuestros enemigos» son, de nuevo, palabras que nos ordenan quitarnos de encima los odios sin sentido que se nos han inculcado y que arrastramos generación tras generación, los odios que una nación alberga contra otra; los que las personas de países, religiones y razas albergan unos contra otros. En cuanto al tema de defenderse a uno mismo. En muchos episodios de violencia que aparecen en todo el Evangelio, tampoco se menciona nunca que los seguidores de Jesús mataran a otros con el fin de defenderse. A los que querían seguir a Jesús los apedrearon, los echaron a las cárceles, les cortaron la cabeza; sí, pero ellos hicieron estas maldades con la ayuda y el apoyo del poder del Estado. Aunque tuvieran al Estado detrás, lo que hacían no era un modo justo de comportarse. A veces también ocurrió que el Estado no daba apoyo a estas situaciones. (Lucas 23:13-25; Hechos de los Apóstoles 12:1-3; 18:12-17; 19:23-41) En algunas situaciones, Dios también los salvó haciendo un milagro. En el Evangelio no está escrito que estas personas se defendieran ellas mismas con fuerza bruta. Estaban en la condición de siervos de Dios, y de vez en cuando les venían apuros por eso. Esto no significa que tuvieran las manos atadas. Es más, a veces, al huir de una defensa sin sentido, decimos que se comportaron prudentemente.

Las situaciones de las que yo hablo eran la de qué hacemos cuando nos atacan por delitos simples y viles. ¿Qué hacemos con quien quiere robarnos el dinero, con quien quiere quitarnos el coche, con el ladrón que entra en nuestra casa, etc.? Nuestro objetivo nunca debe ser matar a estas personas. Cueste lo que cueste, el objetivo debe ser solo defenderse, no matar, no destruir. Golpear una sola vez en la cabeza de esa persona con un palo que tengamos a mano, con toda nuestra fuerza, con gran probabilidad puede matar a esa persona. O, con un arma, en vez de apuntar al corazón, a la cabeza o al estómago de esa persona, también podemos herirle la pierna, las manos. Con esto nuestro objetivo es defendernos frente a esa persona. Además de esto, hay muchos otros medios de defensa. Por ejemplo, como el espray que las mujeres pueden llevar en el bolso y que se rocía a los ojos. Provocando un dolor terrible en los ojos de la persona, la deja fuera de combate durante cierto tiempo. Todo esto se hace con fines de defensa. Si es preciso dar por fuerza un ejemplo extremo, como vemos en las películas, en aquellas vidas sin ley de los antiguos vaqueros de Texas, cuando rodean la casa de la gente y hay un ataque de un bandido o de un indio en el que la muerte es segura, que la gente se defienda no es, a mi juicio, un delito. Igual que tampoco podría llamarse errónea la defensa de los indios frente a los blancos que los atacaban para masacrarlos. Sobre cosas así, cada cual debe decidir con su propia conciencia. También ha habido personas que, mostrando un modo prudente de comportarse acorde con lo que dijo Jesús, abrieron sus puertas a esas personas, les dieron de comer y de beber. Y aquel bandido, aquel indio, se avergonzó de la situación y se marchó sin hacer nada. Por eso no vivamos creyendo en las películas. Además, morir tampoco debería asustarnos tanto. A veces también ha habido personas, e incluso apóstoles, que deseaban salvarse de este mundo y morir con la esperanza de resucitar en el día prometido por Dios. (Filipenses 1:20-23; Hebreos 11:35; Eclesiastés 4:1-3) Por eso nuestro objetivo, como dice el apóstol Pablo en su carta a los tesalonicenses:

Pero vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón.

Todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día. No somos de la noche ni de las tinieblas.

Por tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios.

Pues los que duermen, de noche duermen, y los que se embriagan, de noche se embriagan.

Pero nosotros, que somos del día, habiéndonos vestido con la coraza de fe y de amor, y con la esperanza de salvación como yelmo, estemos sobrios.

Porque Dios no nos ha puesto para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, quien murió por nosotros para que ya sea que velemos, o que durmamos, vivamos juntamente con él. 1.Tesalonicenses 5:4-10

Nuestra fe y la actitud de nuestro corazón deben ser de esta manera. Nuestra coraza es el amor, el yelmo, que protege la cabeza, es decir, nuestra mente, debe ser la esperanza de salvación que recibimos del Señor. Con la esperanza que tenemos en la mente y que atamos a nuestro corazón, y al mismo tiempo con el amor que practicamos, podemos ayudar a nuestra salvación. Aunque muramos, moriremos como salvados. Algunas personas ven la muerte como una derrota, una pérdida. Sin embargo, Jesús, antes de ser llevado a la muerte:

«…En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Juan 16:33), según dijo, con la muerte no fue vencido. Al contrario, murió por no someterse a la maldad, pero la venció. A lo que debemos prestar atención y temer no es a la muerte en sentido literal, la que ocurre de manera visible a los ojos, sino que temamos a morir a los ojos de Dios. (Lucas 12:4-5) Aquellas personas rectas que murieron aún viven ante Dios. Podemos estar seguros también de que, cuando llegue el momento, Dios los resucitará a todos. (Mateo 22:32, Mateo 19:16-19, Juan 5:28-29)

Quienes viven en Alemania saben que, con el fin de proteger a las ranas, en determinados meses, a determinadas horas, se cierran las carreteras al tráfico, y fuera de esas horas se impone una limitación de velocidad. Se pone la condición de no ir a más de 30 km por hora. Para que esas ranas no salgan por todas partes del bosque, se cercan sus alrededores con canales y barreras especiales. Se les hacen determinados caminos, canales, para que solo pasen por ahí y no las atropellen al cruzar la carretera. También, pensando en su vida, se han impuesto esas leyes y prohibiciones de tráfico que acabo de mencionar. Estas son cosas muy dignas de encomio en la protección de la naturaleza. Proteger la naturaleza significa en realidad protegerse a uno mismo, proteger a la humanidad. Estas cosas se hacen, o se le hacen hacer al Estado, por la presión de quienes se ocupan de los derechos de los animales. Y lo que a mí no me cabe en la cabeza es precisamente esto. Quienes piensan en los derechos de estas ranas, ¿no piensan en los derechos de las personas? En Irak, por el petróleo, mueren cientos de miles de personas, millones sufren, son torturadas, mutiladas, saqueadas, violadas, quemadas, etc., ¿dónde están los que defienden los derechos de estas ranas? ¿O acaso solo están encargados de defender los derechos de los animales? Los animales defienden los derechos de los animales, eso lo entiendo, porque en la naturaleza la única criatura sin competencia en odiar a los de su especie y matarse entre sí es solo el ser humano. Es decir, ¿están encargados de defender a los de su propia especie y por eso no miran los derechos humanos? ¡Además, esas personas de allí también son musulmanas! Según ellos, quizá esto sea lo que se merecen que les pase. Yo no entro en la discusión de si se lo merecen o no. Sin duda, Dios permite muchas cosas y calla mientras las personas se imparten sus castigos unas a otras por su propia mano. Ay de aquellos que se revisten del papel de juez de este asunto con injusticia, con fraude, con matanza. ¿Acaso creen que ellos no serán juzgados? Así como se juzgó a los otros por lo que hicieron, a ellos también se les juzgará por lo que hacen. Así como Dios permite que a los otros les vengan ciertas cosas, permitirá también, aunque no igual, que a ellos les venga de otra forma una desdicha. ¡Sigamos defendiendo los derechos de las ranas, pero qué hacemos con la humanidad! ¿Abrimos los brazos y prestamos ayudas a los terroristas que matan a miles, a decenas de miles de personas, y después, con la excusa de que combatimos el terrorismo, hacemos a otros comportamientos inhumanos mil veces peores que lo que ellos hacen? Lanzar bombas, masacrar, derramar sangre inocente, es cosa de terroristas; ¿lo mismo, cuando lo hacen los Estados, se convierte en guerra por la democracia? Ya lo he dicho, no importa qué hagas, importa a quién se lo hagas. Por muy asqueroso y malo que sea lo que has hecho, si lo haces al partido contrario, por nuestro beneficio, hasta te dan una medalla.

Sin embargo, Dios, que dice «no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no mentirás, amarás a tu prójimo como a ti mismo», ¿dijo acaso: muestra este modo de comportarte a Hans, a Conny, pero no se lo muestres a Ahmet? ¿Dijo: di siempre la verdad a alguien que sea de tu religión, pero miente a alguien que sea de otra religión? ¿Quiso decir: no puedes robar los bienes de quienes viven en tu propia casa, pero sí los de las personas de fuera? ¿Dijo: si eres hombre, acuéstate con toda mujer y no es adulterio, pero si eres mujer, toda relación tuya sí es adulterio? ¿O acaso, al contrario de todo esto, Dios no dijo a sus siervos que deben ser mucho más cuidadosos en mostrar las cualidades superiores y virtuosas en todo tiempo y en todo lugar, sea contra quien sea? El robo es robo, sean de quien sean los bienes que se roban. Si a las relaciones fuera del matrimonio se les llama adulterio (esta forma de matrimonio puede variar según la ley de cada país), lo haga un hombre o lo haga una mujer, ¿no es el mismo delito? Diga la mentira contra quien la diga y con el propósito que sea, la mentira es mentira. No tiene versión rosa, blanca ni negra. Puesto que las Escrituras Sagradas dicen que el padre de la mentira, es decir, quien la parió y la inventó primero, es Satanás, todo el que miente está apoyando las obras de Satanás. (Juan 8:38-46) ¿Hay aquí alguna distinción? Todas estas cualidades que hemos enumerado, rectas, que la humanidad está obligada a practicar, ¿acaso Dios no impone como obligatorio que todos las practiquen con todos? ¿Acaso existe un Dios que diga: los ciudadanos estadounidenses, alemanes, ingleses, franceses son valiosos, pero a las personas de los demás países puedes masacrarlas y hacer con ellas lo que quieras? Quien creó a la persona de ese ciudadano estadounidense, inglés, francés, alemán llamado el más valioso y superior, ¿no creó también el mismo Dios a la persona más despreciable y más baja en apariencia del país más despreciable? El Señor de toda la tierra y de todo el cielo, ¿no es uno solo? ¿Acaso ese Señor no nos pedirá cuentas de a quién menospreciamos y ante quién nos envanecemos? ¿Creemos que Quien creó el mundo y el universo es tan injusto e indiferente? Si el que Él permita algunas cosas, o según nosotros todas las cosas, nos da valor para hacer maldad, no olvidéis que de todo esto rendiremos cuentas, rendiréis cuentas. (Eclesiastés 8:11,12)

Ay de quienes hallan valor en hacer maldad, de quienes dicen «nadie me ve, hago lo que quiero y no pasa nada», de quienes se engañan a sí mismos diciendo «nadie puede pedirme cuentas». En la historia del mundo han pasado muchos dictadores con esta creencia. Leímos también sus finales. A pesar de que sobre ellos han pasado cientos, miles de años, a algunos aún los recordamos con maldición. Salomón, en el libro del Eclesiastés, da a toda la humanidad este mensaje:

El fin de todo el discurso oído es este: teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala. Eclesiastés 12:13-14

Hemos hablado desde los defensores de los derechos de los animales hasta los políticos. Escribo estos temas porque, al ser de fecha reciente, todos los conoceréis. Por lo demás, si se mira a la historia, las bajezas, injusticias, atrocidades e impiedad que han cometido todos los países dueños del mundo, también las han hecho y las hacen los países que no son dueños del mundo. Por eso Dios dice que tiene un pleito con todas las naciones, con todos los pueblos, sin distinguir a ninguno. Porque todos, sea poco o sea mucho, cometieron y cometen delitos terribles ante Dios.

… «Porque Jehová tiene pleito con las naciones; él es el Juez de toda carne; entregará los impíos a espada, dice Jehová». Jeremías 25:31

Mientras hay una guerra, por mucho que uno no escuche noticias y por mucho que se tape los oídos al mundo, aun así oímos y vemos las bajezas que cometen las personas que combaten allí. Alemania dijo «no» por primera vez a la guerra, mejor dicho, a Estados Unidos. Yo no creo en absoluto que quien lo dijera fuera el pueblo alemán. Si otro partido hubiera estado al frente, y hubiera dicho «sí», esta vez tanto el pueblo alemán como los medios habrían cantado su canción. Ya lo he dicho, los gobernantes seguramente se hartaron de pagar tributo. Como, con la unificación este-oeste, ya no quedaba situación de pagar tributo, ¡los alemanes se opusieron a la guerra! Mientras ocurrían todos estos sucesos, uno, de nuevo, quiera o no, se entera. Por ejemplo, la señora Merkel, del partido de la oposición, gritaba a voz en cuello «¡hagamos la guerra!». En aquellos días, en todo el mundo, con boicots y manifestaciones en las calles hechos por gente que iba desde los verdes hasta los rojos, quizá entre ellos los defensores de los derechos de las ranas, se decía «no a la guerra», pero este partido cristiano de la oposición decía «¡no, pero hagamos también la guerra!». Lo que me llama la atención no es tanto lo que ese partido dice, sino bajo qué nombre lo dice. El partido que entonces estaba al frente era el partido socialdemócrata, y también los verdes. Estos hombres no tienen relación alguna, ni de lejos ni de cerca, con la religión ni con Dios. Yo no he oído nunca que estos hombres, mientras recogían votos, hicieran algo en ninguno de sus discursos explotando la religión, a Dios, usando estos nombres. Yo, de todas formas, ni voto ni sé los nombres de estos partidos. Igual que no sé ni el significado de la mayoría de esos nombres, algunos me llamaron la atención y por eso me vi obligado a aprenderlos. ¡Ya lo digo, soy un ignorante de tomo y lomo! Ninguno me ha interesado. Pero señalo las contradicciones, los fraudes cometidos abiertamente y las hipocresías por estar relacionadas con mi tema. Sí, dijimos que el partido que se opuso a esta guerra eran los socialdemócratas. Los partidos que querían y bregaban por que se hiciera la guerra eran la CDU y la CSU. ¡En el significado de ambos hay palabras relacionadas con el cristianismo! Fijaos, estos son un partido cristiano, es decir, ¡seguidores de Jesús! ¡El mayor partido rival y el partido más querido por los alemanes!

Porque los turcos se pusieron el pañuelo en la cabeza, se arma un escándalo. En Turquía los alemanes se pasean por las playas con los pechos y el trasero al aire, y no pasa nada. En Alemania, a una alemana que ejerce de profesora con el pañuelo en la cabeza según su fe, la destituyen. A una monja católica cubierta por todas partes, en cambio, se la ve con normalidad en esas escuelas. Yo nunca he oído en Turquía un partido como «Partido Democristiano», perdón, «Partido Musulmán Democrático» o «Unión Islámica Democrática». Si se les diera poder, harían echar de menos incluso a estos democristianos, eso es otra cosa. Como Estado, gracias a Dios, hay un entendimiento de laicidad heredado de Atatürk, mejor dicho, hay leyes. ¿Cuánto se aplican? Cada ley se aplica en la medida en que se aplica, así también esta. En Europa parece que no hay problemas así. Sin embargo, allí estos problemas son tanto más solapados e inhumanos, basta con que uno quiera verlos. Ese partido que recoge votos sabe muy bien que consigue muchos votos gracias a la etiqueta cristiana que tienen. Hablando con un alemán mayor, me dijo: «yo hasta ahora siempre les había dado mi voto por ser el partido cristiano, pero oír que están a favor de la guerra me sorprendió mucho». Esta persona había dado su voto solo por su etiqueta cristiana. Y durante toda una vida. Es seguro que quienes son así son mayoría. El partido que más separa y más odia a los extranjeros, a las razas, a los colores, a las religiones, a los artistas, es de nuevo este partido cristiano. Y encima, mientras recogen votos, en las elecciones dicen abierta, abiertamente, según el pulso de esas personas, palabras que halagan los sentimientos de odio del pueblo, en nombre de Jesucristo, de Dios, aquel de quien dicen «somos cristianos». El otro partido, que no habla nunca de Dios ni de religión, no hace estas distinciones. Al menos no las hace de palabra.

Quien también dijo «amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os odian, todos vosotros los seres humanos sois hermanos» es Jesucristo. (Mateo 5:43-44 y 23:8; Lucas 6:35 y 46) Los más inhumanos, despiadados, crueles, intolerantes, los que toman partido y pisotean bajo sus pies la justicia, la rectitud y todo lo virtuoso, son también estos. El otro partido hará las jugarretas y sinsentidos que haga. Aunque sea un partido que, con la excusa de «vamos a pensar en el pobre», llegue al poder y se disponga a encajarle al pobre el mayor timo, haga lo que haga siempre lo hace por su propia cuenta, en nombre de las ideas que ha adoptado como ideal. Lo hace con su propio nombre, sin mezclar para nada, pero para nada, a Dios, la religión, a Jesucristo. Sea lo que sea, no oculta su verdadero rostro escondiéndose tras un nombre. Quizá no sienta la necesidad, porque no duda de sí mismo.

Estas situaciones no son así solo en los asuntos de los partidos, sino también entre los individuos uno a uno. Pensad en un barrio. No os sorprendáis si la persona más despiadada, más ajena a la humanidad, más interesada, más avara, que se cree algo y ni se digna a mirar a la cara a mucha gente, hipócrita y tramposa que vive allí resulta ser, por lo general, alguien de los llamados religiosos. Y, junto a esto, tampoco os sorprendáis si veis que la persona cordial, humana, humilde, impulsiva, que a veces se enfada y luego se arrepiente y pide perdón, servicial, que da tranquilidad a la gente, generosa, es una persona que no tiene relación alguna con la religión. Esta regla no vale solo para Turquía, y además yo escribo estos textos pensando no solo en Alemania o en Turquía, sino más o menos en las personas de todo el mundo. Como cuando, ante un Testigo que me dijo «¿tú sabes que yo te quiero?», le contesté: «yo temo a las personas que conocen la Escritura Sagrada, se vuelven peligrosas». En verdad, que los judíos experimenten de vez en cuando rechazo en todo el mundo también nace de estos comportamientos suyos de creerse superiores. Por el conocimiento que sacan de la Torá, al verse a sí mismos como el pueblo más superior y elegido, siempre han cambiado en proporción inversa. Como aprendieron a distinguir el bien del mal, por desgracia, como toda persona que está en mayoría, en general eligen lo malo, y como también son profesionales en hacerlo, han cosechado rechazo en el mundo. Como en los temas anteriores yo decía que debemos formarnos para ser personas expertas en el conocimiento acerca de Dios, precisamente por estas razones a veces digo: menos mal que no es así. Porque, al contrario, cuando miramos estas realidades, el peligro de que se formen personas expertas en la maldad es mucho mayor. De la otra manera, la persona es también mala, pero lo hace sin saber exactamente lo que hace, en el momento, según sus emociones. El que alguien que ha aprendido la diferencia entre el bien y el mal y se ha vuelto experto en ello haga lo malo resulta mucho más consciente, planeado y profesional. Quizá ahora hayáis entendido por qué veo peligrosas a estas personas. Muy pocas hay que de verdad muestren un cambio positivo con estos conocimientos, y de ellas surja una persona completamente distinta, conforme al propósito de Dios. ¿Acaso, porque la situación y las realidades son así, debemos ocultar la palabra de Dios? Sin duda no. Si estos conocimientos ayudan a sacar a la luz el amor y el aprecio de una persona por lo bueno, o su odio y su vileza, ¿qué puede tener eso de malo? Si estos conocimientos, en esa persona que ya de por sí es mala, hacen su maldad aún más evidente y la llevan a un juicio definitivo, ¿qué es esto sino una facilidad para el juicio de Dios? Lo que maduraría en un tiempo muy largo, con estos conocimientos muestra un desarrollo en un tiempo mucho más corto. O será arrojada a la basura como una fruta podrida, o hallará honra en vasijas valiosas como una fruta buena y madura. Cuanto más sepamos, tanto más rápido nos desarrollará eso. Si nos desarrollaremos en la podredumbre o en la madurez lozana es, de nuevo, algo que está en nuestras manos. En este caso, el conocimiento es solo un material. Lo que hagamos con él es algo que depende de nosotros. Uno hace una bomba para destruir, otro hace medicina para que no perezcan sino que se salven. Estas dos personas son, de oficio, químicos. Adquirir el conocimiento de la religión y de Dios y aplicarlo no es muy distinto de este ejemplo.

Lo que he escrito quizá lo sepa toda persona, lo haya vivido, lo haya experimentado. Quizá lo exprese no como yo, sino de otra manera. O quizá no haya pensado en cosas así, no se rompa la cabeza con ellas. O no se cruce en el camino de esas personas religiosas. Si aquel no le saluda, el otro tampoco le saluda otro tanto, y demás. Nosotros los humanos, viendo muchas cosas que hay a nuestro alrededor y conviviendo con ellas, también aprendemos muchas cosas. Yo he querido reunir en este libro no todas ellas, sino una. Quiero dar a conocer solo un ápice del ser humano y Dios, de la relación del ser humano con Dios. Lo que me esfuerzo por explicar en este tema, enlazando unas cosas con otras, son también las cosas que leí en las páginas de internet que están en el título del tema. Esta página de internet es solo un ejemplo. Así como conté a los Testigos como un ejemplo de entre miles de religiones, estos son también una de las muchas empresas de la Mafia religiosa cristiana. La educación que todos los cristianos reciben contra el islam y su hipocresía. No trataré aquí todas las páginas de ahí. De lo contrario, tendría que escribir cientos de libros más de este mismo tamaño, y ni así bastaría. Escribo estas cosas para que tengáis una perspectiva general, para animaros a investigar y para advertiros de que no caigáis en la hipocresía de tramposos así. Cuidado, no metáis esto en una categoría bajo la distinción musulmán-cristiano. Sed justos y rectos, tratad de entender de manera imparcial y juzgad vosotros mismos según eso. Por lo demás, yo tampoco estoy haciendo aquí de defensor del mundo islámico. Solo intentaré mostrar la hipocresía de las personas que están bajo la etiqueta cristiana.

Cuando entré en internet en esta dirección, http://islamacevap.net/, me llamó la atención la imagen que habían puesto en la portada. Mujeres de negro con la cara velada, con ametralladoras en las manos, en el centro una mezquita, y a su lado otra imagen de una ametralladora. Y justo en el centro, sobre esa imagen de la mezquita, un versículo del Evangelio. Este versículo, que dice Romanos, es exactamente así:

Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. Romanos 12:18

Esta imagen estaba en todas las páginas. ¡Un tiempo después de que se publicara este libro mío en internet, quitaron tal cual estas imágenes y también aquel enlace de las páginas que escribiré poco después en forma de preguntas y respuestas! No quitaron esas imágenes y páginas de ahí porque comprendieran sus errores, sino porque quedaron en ridículo ante sí mismos y se afanaron por dejar por mentirosos a los que somos como yo. Estas son páginas preparadas especialmente contra los musulmanes. Estados Unidos, y por tanto el mundo, empezó una política de difundirlos como amantes de la guerra, como terroristas. Los religiosos de etiqueta cristiana, aprovechando la ocasión, frente a esa supuesta afición suya a la guerra y a esa supuesta afición suya al terror, escribieron un versículo del Evangelio sobre la paz, y quieren decir: «mirad, Dios es un Dios de paz, y los musulmanes en cambio no son de Dios; y el Corán que ellos tienen por sagrado nace de Satanás». Yo llamo a estas religiones «Empresas de la Mafia Religiosa». Y cuando por casualidad leen en algún sitio que se trata algún comportamiento ignorante, insensato y ajeno a Dios que ha cometido el islam, cogen esa página publicada en el periódico y enseguida la añaden a estas páginas de su respuestaalislam.net. También les encanta vivir a costa de los demás. No os asombréis tampoco de ver que muchos de los temas que escribo en este libro —junto con sus versículos— los usan en sus escritos para atraerse a la gente. Ya lo digo, que les encanta vivir a costa de los demás. Publicaré tal cual ese escrito de esta señora periodista que ellos cogieron con gusto y sacaron en sus propias páginas, para poder explicar mejor lo que quiero decir. El suceso ocurrió en la propia ciudad de Múnich, en Alemania. En realidad, la autora lo cuenta dando un ejemplo de entre miles como estos. Ahí dice exactamente así:

Un salón de bodas en Múnich

Mine G. Kırıkkanat

26/11/2003 (leído por 2077 personas)

Fecha: la noche del viernes 21 de noviembre de 2003. Lugar: un salón de bodas en la ciudad de Múnich, Alemania. Dentro hay cerca de mil personas. Pero no se celebra ninguna boda. La congregación con gorro, túnica y barba está sentada en el suelo con las piernas cruzadas, escuchando al hombre de turbante blanco y barba negra que está en la tribuna. Las mujeres de negro también escuchan al hombre, pero no les ha bastado con cubrirse con el chador negro; las han encerrado en una parte del salón alejada del predicador y de la congregación. Fijaos qué cosas cuenta el hombre de túnica y barba: «Una noche, uno de sus compañeros bebe la bendita orina que él, de noche, había dejado en un recipiente bajo su cama. Al día siguiente, Mahoma pregunta: «¿Qué has hecho con mi orina?». El compañero dice: «Tenía mucha sed, creí que era agua y la bebí». Mahoma se ríe. «Ya no te alcanzará el fuego del infierno», dice. Y el excremento de Mahoma también olía a mil maravillas, a mil maravillas. Vosotros no sé, pero yo, si lo encontrara, ¿cómo no iba a beberlo, cómo no iba a beberlo?».

El nombre del predicador escatófilo aficionado a beber orina y comer excremento es Ahmet Ünlü, conocido con el apodo de Cüppeli Hoca (el Hoca de la Túnica), y todos los oyentes son, por desgracia, turcos, apreciados lectores. Esta noticia apareció con la firma de Celal Özcan y las fotografías espeluznantes de Orhan Gedik en la edición europea del periódico Hürriyet del 23 de noviembre, con el titular «Panorama talibán en Múnich». Al final del rito escatológico, el Cüppeli Hoca hizo beber a la congregación que había venido a escucharlo unas aguas «leídas» que él, tras llenar con ellas bidones de plástico de los servicios del salón, había soplado y salpicado de saliva. En el periódico está también la fotografía de aquellos bidones de agua sucia. El monstruo de túnica llamado Ahmet Ünlü, no sé si lo recordaréis, ¡es la misma persona que hizo el comentario «el Señor golpeó los nidos de usura y de fornicación» a propósito del terremoto del 19 de agosto! Digamos que él, de verdad, está enfermo de escatología, es un loco. Bien, ¿y qué decir de las mil personas que lo escuchan y beben las aguas sucias que él «lee»? ¿También esas están locas? ¿Todas? Si la respuesta a esta pregunta es «sí» y todas están locas, ¿cómo se llama la enfermedad que provoca que enloquezcan en masa? El síndrome que hace que los bípedos nacidos «como» seres humanos tengan hambre de la bendita meada y caca, y que les impide comer el impuro cerdo, debe de tener un nombre… No sé si los talibanes afganos predicaban sobre el sabor de la orina y el excremento del profeta Mahoma y decían «ojalá lo tuviéramos para comerlo». Después de matar a pedradas, aplastándoles la cabeza, a las mujeres, niñas y niños que violaban, ¿de quién comieron qué porquería, tomándola por buena obra, para no arder en el fuego del infierno por el pecado en que incurrieron? Pero la turba escatófila radical de la noticia son nuestros talibanes. Es más, ni siquiera son de los kaplancíes, sino de los considerados inofensivos. Y en Alemania, de los nuestros, de esos con pasaporte turco, hay decenas de miles… ¿Y en Turquía? ¿Acaso cuántos cientos de miles o millones? Qué extraño que Alemania tolere en nombre de la «democracia» a estos engendros que representan, no ya el atraso que se conoce de la Edad Media del cristianismo, sino un anacronismo que no se explica con ninguna religión. Y encima abre los brazos incluso a los que han cometido delitos, a los kaplancíes cuya extradición pide Turquía, no los toca y, de hecho, tampoco los extradita. ¿Por qué será? Qué extraño que Turquía haga casi la totalidad de sus importaciones de sustancias químicas desde Alemania. Por ejemplo, digo yo, si alguien tuviera la curiosidad e investigara uno a uno de dónde vinieron esos conocidos productos químicos de inofensividad tal que cualquiera puede comprarlos en cualquier parte, pero que, cargados en cuatro furgonetas, explotan… Así como se importan desde Alemania, quizá saldría a la luz el nombre de una sola empresa, de una única empresa colosal, ¿quién sabe? Pero, claro, semejante investigación no la harán, seguramente, quienes aún no han podido ponerle nombre al terror que usa esas sustancias. Porque, si le pusieran nombre al terror, habría que ponerle nombre al síndrome radical. Si le pusieran nombre al síndrome, se entendería por qué Alemania cobija a algunos. Quizá.

Lo que cuenta esta señora es, esta vez, sobre una de las empresas de la Mafia musulmana, no cristiana. Es cierto que la autora escribe «cosas nunca vistas ni siquiera en el cristianismo de la Edad Media», pero yo no estoy de acuerdo. Ellos también hicieron y siguen haciendo qué asquerosidades. La fiesta conocida como Pascua, que se celebra con el espectáculo del conejo y los huevos, es en realidad conmemorar el momento en que mataron a Jesús. Los cristianos han tergiversado este día y lo han convertido en una forma de costumbres paganas muy alejadas de aquel significado. De entre los que conocen el supuesto significado de ese día, los pervertidos fanáticos se crucifican a sí mismos, se atraviesan el cuerpo con clavos del grosor de un dedo y, bebiendo su sangre, se afanan por gustar los dolores que, según ellos, padeció Jesús. Lo más sangriento de esto ocurre, al parecer, por la zona de Tailandia. También en Alemania oímos de vez en cuando que hay quienes se hacen clavar así en la cruz. Ya veréis esa fiesta: unos que se torturan a sí mismos cubiertos de sangre, otros que beben sangre, otros que se clavan con clavos, otros que se hacen azotar, y qué más y qué más. La época no es la Edad Media, es el siglo XXI. Fijaos, este asunto del látigo no es en absoluto ajeno al cristianismo. Antiguamente, cuando los monjes y las monjas empezaban la escuela, al parecer les entregaban en las manos la Escritura Sagrada y, junto a ella, un látigo. ¡Para que, cuando pecaran, se azotaran y se castigaran a sí mismos! ¡Según ellos, así se hace, por lo visto, la purificación de los pecados!

En mi opinión, aquellos de Múnich se quedan cortos, en nada, al lado de estos. Aquellos al menos comen y beben con gusto la orina y las porquerías unos de otros; estos, además, tras hacer comer y beber a la fuerza a los que consideraban necesario, encima los quemaron vivos. ¡Y así creyeron purificar sus almas! La señora Mine es una autora bienintencionada, quizá alguien con simpatía por el cristianismo. O quizá aún no sabe lo asquerosos que también pueden ser ellos. Si yo también viviera en Turquía, en mi interior no sentiría ninguna simpatía por nuestros musulmanes, y sentiría sentimientos de mucho mayor aprecio por esos cristianos europeos, americanos. La época que vivimos ahora es su edad de oro, por eso. En la época en que el Estado otomano combatía a los saqueadores cruzados, sin duda creo que también entonces los musulmanes eran alguien digno de aprecio, o de simpatía. No solo por ser poderosos; sino también por el bienestar que trae el poder, por sus estándares de riqueza, por el nivel moral justo y superior que se aplicaba entonces.

Cuando, con mi conocimiento y mi experiencia actuales, evalúo sin tomar partido las prácticas de las religiones, las veo a todas como cultivos de microbios de colores distintos pero de la misma esencia, llenos de virus terribles capaces de contagiar a la humanidad, portadores de enfermedades peligrosas. Sé muy bien lo que digo en este asunto.

En mi vida, para orar, fui a la mezquita una o dos veces de niño. Además, hubo unas cuantas mezquitas que miré así, con el fin de pasear y ver. A medida que veía y oía a quienes las representan, no me nacía por dentro entrar en ellas y adorar allí a Dios. Estuve prácticamente al menos 15 años junto a una religión que es cristiana y que, según se dice, tiene el pasado más limpio de todas ellas. También cuarenta años de mi vida transcurrieron entre personas que dicen «soy cristiano». No como los obreros extranjeros corrientes; pasé gran parte de mi tiempo investigando estas religiones y esforzándome por entender lo que decían. Como dijo el apóstol Pablo, gracias a Dios no me sometí a ninguna de ellas ni siquiera por una hora. (Gálatas 2:5)

Por lo general, la gente se opone o toma partido. Yo ni tomé partido ni menosprecié. Pero, en general, como muchos, no tenía simpatía por las personas llamadas religiosas. Sin embargo, la mayoría de quienes toman partido no sabe ni lo que apoya ni a qué se opone. Así se lo han enseñado, y por eso toman partido, por eso se oponen. Y lo que se les ha enseñado es una sola frase: «ellos son los malos y equivocados, nosotros somos los buenos y rectos». Este brevísimo conocimiento que ha aprendido está grabado en su mente y marcado a fuego en su corazón. Son tan fieles en mostrar apego a las palabras que ha aprendido en esta única frase que os asombraríais. A pesar de no saber nada más, mueren y matan por ello. Ni siquiera se les inquieta la conciencia. En realidad ha hecho toda clase de porquerías en su vida, pero, por haber matado a esa persona por este camino, encima cree haber pagado de una vez toda su deuda con Dios. Y con esa tranquilidad va y pasa años en la cárcel. Quizá, si le viene a la mente esa persona a la que mató, en ese lugar donde está preso por ello, ¿empezará a coger en sus manos y a leer el libro que dice creer? Ni eso se sabe. Y encima no en su propia lengua, ¡en árabe! Si es listo —con muy poca probabilidad—, ¿cogerá también consigo el escrito en su propia lengua? Tampoco se sabe. Y estos conocimientos empieza a aprenderlos, además, estando en la cárcel, después de que esa persona muerta se le haya metido en la sangre. Y, de nuevo como digo, eso también quizá. Y de ellos tampoco saca un conocimiento correcto de Dios, sino el sentido de ser un mafioso religioso de bombas.

Las mismas cosas se las hace también al musulmán alguien que dice «soy cristiano». Estos son más listos que aquellos. No mueven ni un pelo por entrar en la cárcel en vano. Pero si es soldado en la guerra, entonces, como nadie le va a pedir cuentas, se ve a sí mismo santificado por cada persona a la que mata, tortura, viola y desnuda. Ni siquiera necesita decir abiertamente estos sentimientos. Yo quiero expresar la tranquilidad que sienten por lo que hacen. En la guerra todos se han comportado despiadadamente con todos, esto es una realidad. Nadie ha mirado la religión de nadie. A pesar de que compartían la misma religión, el mismo libro, no se dejaron afectar por ello. La tranquilidad que se siente al matar a alguien de la misma religión es solo la tranquilidad de haber reducido un enemigo más. Pero el sentimiento que se siente al matar a alguien de otra religión, sobre todo cuando un cristiano mata a un musulmán, es mucho mayor incluso que la conciencia tranquila de quien vuelve de hacer sus devociones. Es que no se ven unos a otros como seres humanos. ¡Sus espirituales, sus sabios de la religión les han inculcado esta conciencia desde la infancia, así los han educado, cómo van a ver!

La página respuestaalislam.net, al publicar este escrito de esta señora periodista, quiere decir: «mirad en qué estado está el islam, vedlo vosotros mismos». Considero a esa señora periodista tan digna y también la aprecio tanto en la labor de dar a conocer en qué estado está el islam y de anunciarlo. Pero, ¡cuando esto lo hacen esas Empresas de la Mafia cristiana sin honor, ajenas a la justicia, que solo hacen que se blasfeme el nombre de Dios, ten simpatía! Esa periodista escribe este texto, es sincera, así lo siente y, como todos, vive también con un montón de errores. Nunca dice: «yo soy el más recto, seguidme y os llevaré al paraíso». ¿Cómo enfadarse con una persona así? Quizá, aunque no tenga relación alguna con Dios ni con la religión, así como no lleva mancha al nombre de Dios, con las verdades que escribe, al contrario, sabiéndolo o sin saberlo, en cierto modo ha dado a conocer también el punto de vista de Dios y le ha servido a Él. Porque de esos actos Dios también siente asco. Pero, ¡cómo comparar a esa periodista con esa mafia religiosa cristiana que se mete de por medio y, aprovechando este texto como ocasión, lo publica en sus páginas por sus propios fines viles y asquerosos! Si en esa imagen que hacen en sus páginas, junto a las mujeres musulmanas armadas y la mezquita, hubiera también la imagen de un sacerdote con una cruz en la mano bendiciendo a los soldados en la primera y la segunda guerra mundial, entonces al menos diría «estos también son zorros astutos». Porque los Testigos son los más listos de todos. En sus revistas hay imágenes así y no toman partido por nadie más que por sí mismos. Porque estos se separaron de esas iglesias queriendo trabajar solo por su propia cuenta. Por supuesto que también sacarán a la luz las porquerías de aquellos. Si dijera que lo asquerosas que son estas religiones lo aprendí sobre todo también de los Testigos, seguramente no estaría mintiendo. Como dije en algún sitio: «si quieres conocer bien a una persona, escúchala también de su enemigo»; pues este principio es de verdad, la mayoría de las veces, justo.

Un pastor de iglesia que leía mis páginas de internet me envió un libro que había escrito sobre los Testigos. Lo que el hombre escribía sobre los Testigos era, en gran parte, correcto y bueno. Apartando a un lado su propia religión, solo denigraba a los Testigos. Los Testigos hacen lo mismo respecto a estos. Quiero decir que, aunque ninguno de los dos grupos sea recto, lo que escriben unos sobre otros era correcto. Porque, si escribiera mentiras y errores, ese libro, esa serie de escritos no tendría ningún sentido ni comprador. Por eso ponen mucho cuidado en escribir verdades correctas unos sobre otros. Junto a esto, hay también el grupo de saqueadores que no sabe lo que dice y que, en su afán de denigrar, al contrario, acaba alabando a las personas que denigra, pero no me refiero a esos. Lo que yo quiero decir es la justicia, la rectitud, la sinceridad, la imparcialidad, etc. Aunque estos dos bandos enemigos entre sí escriban verdades correctas unos contra otros, con ello, es decir, con tomar ciegamente partido por su propio bando, abandonan la justicia, la sinceridad, una rectitud imparcial. En cierto modo, también se venden a sí mismos.

Ese www.islamacevap.net, con lo que escribe, solo se satisface a sí mismo, nada más. ¿A quién puede convencer? Y si convence a alguien, solo lo hace, como él, doblemente hijo del infierno. (Mateo 23:15) ¿Por qué se afanan tanto en tomar a la gente por tonta? Él nació en esa religión, o entró después en esa institución, y con el tiempo también vio cuántas porquerías se cocían dentro, pero no tiene manera de salir. Porque él mismo es igual. Empieza a ocultar todo esto, a decir «los más rectos somos nosotros» y a denigrar a los demás. Atraer a un hombre recto les es imposible; solo pueden atraer a quienes poseen un espíritu y una justicia como los suyos. Y esto es bueno incluso desde el punto de vista de facilitar el juicio de Dios. Muestran al musulmán mientras empuña un arma y, según ellos, demuestran su error escribiendo también un versículo del Evangelio. ¡Eh, hipócrita! Ese musulmán, de todas formas, no conoce el Evangelio, o ni siquiera ha querido conocerlo, pero ¿y tú? Tú mismo sabes dónde está escrito ese versículo, crees también en ese libro, dices «Dios es esto», y después ¡haces las mayores guerras mundiales! ¡Quemas vivos a quienes leen la Escritura Sagrada en su propia lengua, y declaras marido y mujer a dos hombres en tu iglesia en nombre de Dios! ¡Vas a robar el petróleo de esas personas veladas que se han visto obligadas a coger un arma, las masacras, las violas, las desnudas, las bombardeas, las dejas hambrientas y sedientas! ¡¡¡Y después, sin vergüenza, respondes al islam!!!

Aquel Jesús que decís que creéis, al que igualáis con el Dios Todopoderoso y os inventáis como segundo y tercer Dios, ¿qué os dijo? Si escribo solo unos cuantos, quienes lean entenderán lo que sois.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos (los religiosos de aquel tiempo), hipócritas! Porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito (convertido), y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros. Mateo 23:15

«No juzguéis a los demás, para que no seáis juzgados.

Porque con el juicio con que juzgáis a otros, seréis juzgados; y con la medida con que medís, os será medido. ¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga (el madero) que está en tu propio ojo?

¿Cómo puede ser que, teniendo tú una viga (un madero) en tu ojo, digas a tu hermano: «Déjame sacar la paja de tu ojo»? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás mejor para sacar la paja del ojo de tu hermano. Mateo 7:1-5

El hombre bueno, del buen tesoro que hay en su interior saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro que hay en su interior saca lo malo. Y os digo esto: los hombres darán cuenta en el día del juicio de toda palabra vana que digan. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.» Mateo 12:36

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera se ven hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera parecéis a los hombres personas rectas, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de maldad.

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis los mausoleos de los justos. Y decís: «Si hubiéramos vivido en los días de nuestros padres, no habríamos sido cómplices con ellos en la sangre de los profetas».

Así que dais testimonio contra vosotros mismos de que sois hijos de los que mataron a los profetas.

¡Vamos, terminad la obra que empezaron vuestros padres!

«¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno?

Por tanto, he aquí yo os envío profetas, sabios y escribas. De ellos, a unos mataréis, y crucificaréis; y a otros azotaréis en vuestras sinagogas y perseguiréis de ciudad en ciudad. Así seréis considerados responsables de toda la sangre de los justos derramada sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías hijo de Berequías, a quien matasteis entre el templo y el altar.

De cierto os digo que todo esto recaerá sobre esta generación. Mateo 23:27-36

Estas respuestas no se las di yo, estas respuestas se las dio a ellos y a los que son como ellos el propio Jesucristo, en quien dicen creer con hipocresía. Hay tantísimos versículos que podrían decirse sobre estos y que están escritos justo para describir sus cualidades. Habría que escribir el Evangelio entero, y esa es precisamente la razón por la que os animo. Ya seáis musulmanes, cristianos, judíos, o de la Empresa de la Mafia religiosa de la que seáis miembros; aunque hayáis nacido así, por favor, investigad estos libros de manera imparcial, justa, sincera y con todo el corazón, lejos del miedo al entorno y a la sociedad. Y después sed justos y firmes en hacer lo que es recto. Este es el deseo y el mandato de Dios, que es el creador de todos nosotros. En Hechos de los Apóstoles 17:26-27 dice así.

(Dios) determinó de antemano los tiempos de las naciones y los límites de las regiones donde habitarían. Lo hizo para que le buscaran y, aunque fuera a tientas (investigando), pudieran hallarle. En realidad, Dios no está lejos de ninguno de nosotros.

Yo encontré esta página islamacevap.net en internet por casualidad. Ya las primeras críticas que leí sobre el Corán eran muy absurdas, malabarismos de palabras. Vi que en esas páginas también se podían dar respuestas debajo de estos escritos. En realidad, disparates como los que leí ya los había oído de todo cristiano y, sobre todo en mis relaciones con los Testigos, los había discutido mucho. Las críticas de todos ellos eran más o menos las mismas. Por eso no me llamaron mucho la atención. Pero, aun así, miré qué respuestas habían escrito los lectores. Las respuestas eran una vergüenza. En mi opinión, las respuestas las habían escrito unos pobrecillos ignorantes, del tipo que no sabe qué decir ni cómo defenderse. Pero, dado que son estos quienes deciden qué respuesta se publica, es normal que esas respuestas también sean así. Sobre un disparate que escribieron, yo también escribí una respuesta. Pero no apareció, ni esperaba que apareciera. Después ya no insistí, lo dejé.

Junto a las muchas carencias de Bernd, yo sabía también que su mayor problema era no creer en el Corán. Como si entre él y yo hubiera un muro, una frontera que no debía traspasarse, nunca tocaba este tema. En realidad entre nosotros había muchos muros, así que digamos que quizá este también era uno. El tema lo abrí yo y le dije: «en lugar de enterrar este sentimiento que te inquieta, ¿por qué no lo afrontas y resuelves este problema?». No por mí, esto debía hacerlo por sí mismo. Creyera o no creyera, si en medio había una realidad, con que nosotros la tuviéramos por mentira, huyéramos de ella, nos opusiéramos a ella, metiéramos la cabeza en la arena, no podíamos cambiar ni eliminar esa realidad. Si el Corán es o no es la voluntad de Dios, ¿por qué no lo investigaba aún de manera imparcial? Todo esto se lo dije a Bernd, y la razón por la que escribí esta página es sobre todo por los que son como Bernd. Y también intenté animar y dar valor a quienes se oponen a la lógica de esas páginas pero no saben responder. Perseguí el propósito de mostrar que el Corán no es un libro tan barato y simple, y de sacar a la luz la propia hipocresía de quienes lo denigran. De todas formas, una parte de los temas más importantes ya la había respondido contra las series de escritos de los Testigos. Uno no puede retener en la mente todo disparate que se dice durante años. Al menos estas páginas me facilitaron saber contra qué y qué iba a escribir. Yo solo elegiré por casualidad un tema e intentaré responder a sus críticas. Escribiré también las críticas sobre el Corán que les envié y que no publicaron, y mi respuesta. Es decir, publican las cosas que les convienen y desechan lo que no les conviene. Un modo de comportarse que le va perfecto a las empresas mafiosas. ¿Haría algo así un siervo sincero de Dios? De nuevo, la decisión es vuestra.

En el enlace de esas páginas titulado «Errores científicos e históricos en el Corán», al principio decía exactamente así. Digo «decía» porque estos enlaces también se cambian continuamente. La última vez que miré, las páginas habían sido cambiadas por completo (enero de 2011). Y su propósito es siempre el mismo: el Corán es malo y erróneo, salid de ahí y sed vosotros unos borricos; es decir, que la cascada corra hacia ellos. Como he dicho, además, después de que se publicara este libro mío en internet, ¡también quitaron ese enlace tal cual! Yo, lo que leí entonces (año 2004), lo había copiado cortándolo. En las críticas de ahí decía exactamente así:

¿Cuántos días duró la creación? El primer problema que salta a la vista en el Corán tiene que ver con cuántos días duró la creación del mundo por parte de Dios. Si sumáis los días explicados en los versículos de la Sura 41:9,10,12, el Corán dice que Dios creó el mundo en ocho días. Contradicciones en el Corán

¿Cuántos días duró la creación? El primer problema que salta a la vista en el Corán tiene que ver con cuántos días duró la creación del mundo por parte de Dios. Si sumáis los días explicados en los versículos de la Sura 41:9,10,12, el Corán dice que Dios creó el mundo en ocho días (4 días + 2 días + 2 días = 8 días). Pero según la Sagrada Escritura solo duró seis días (Génesis 1:31). Así, el Corán empieza su contradicción con la Sagrada Escritura ya en el primer capítulo de la Sagrada Escritura. Un amigo mío musulmán se opuso a esto y afirmó que el texto hebreo de la Sagrada Escritura en este punto había sido sin duda alterado, y que en el original no eran seis días sino ocho.

Le mostré que en los documentos hebreos, en las escrituras sagradas, no se encuentra prueba alguna de que se haya hecho ninguna alteración. Además, en otras partes de la Sagrada Escritura también se afirma que el mundo fue creado en seis días (por ejemplo, Éxodo 20:11).

Después le señalé que en las Suras 7:51 y 10:3 el Corán coincide con la Sagrada Escritura en que la creación indicada en la Sagrada Escritura duró seis días. Si seis días es erróneo, entonces las Suras 7 y 10 del Corán son erróneas. Pero si ocho días es erróneo, entonces la Sura 41 es errónea.

Mi amigo me respondió así: «entonces el Corán no dice ocho días». Sumé los días mencionados en la Sura 41 como 4+2+2=8. Después esta persona sumó y sacó el resultado 4+2+2=6, y dijo así: «porque el número 4 es divisible por el número 2, y por eso ese número 4 de ahí es en realidad 2». ¡Cuando le mostré que el árabe no dice 2 sino 4, ni siquiera le sorprendió. Siguió defendiendo continuamente que 4=2. De lo contrario, se vería obligado a confesar que el Corán es erróneo.

¡¡¡La respuesta que yo les escribí con prisa, de forma breve, y que de ninguna manera pudo publicarse en esas páginas!!!

Yo me sentí obligado a dar sin falta una respuesta a esta creación de la tierra y a la lógica de ese amigo. ¡¡¡Aunque las respuestas que doy de ninguna manera aparecen en vuestras páginas!!! ¡¿Y no dirá mi amigo: «Estos solo seleccionan y publican las cosas que les convienen»?! Vayamos a vuestra lógica. En el Corán no se dice que la tierra fuera creada en ocho días. En esos versículos no se cuenta por orden como en el Génesis. Por ejemplo, con decir en el Corán el que creó la tierra en dos días (41:9) se refiere a los dos días del principio del Génesis. (Génesis 1:1-8) Con decir el que creó los alimentos en cuatro días iguales habla de la creación de los árboles y los seres vivos. Es decir, los últimos cuatro días de la creación del Génesis. (Génesis 1:9-31) Después se vuelve atrás y se entra de nuevo en el detalle de la creación del cielo, que está dentro de todo esto, y se indica que fue en dos días. Estos dos días de aquí no son distintos de los otros días. La tierra creada dentro de un total de 6 lapsos iguales de tiempo, y, entrando en su detalle, se escribe tratando de nuevo la creación de los cielos del principio en dos días. No se escribe con una lógica como 2+4+2 aparte de esos 6 días de creación. Como vosotros mismos sabéis, en el Corán está escrito claramente que la tierra fue creada en 6 días. ¿Acaso, porque en un versículo se entra de nuevo en el detalle de la creación del cielo, se rompe la regla del orden o algo así? Poner una debajo de otra y sumar todas las cifras que se ven, como un niño que en primaria acaba de aprender a sumar, es una cosa; tratar de entenderlas es otra cosa. Si partiéramos de esta lógica; en el capítulo 1 del Génesis se habla de que se creó al ser humano, y después, en el capítulo 2, se entra en el detalle de que Adán estaba solo y de la creación de Eva. Alguien que parta de vuestra lógica, ¿no diría: «¿acaso en el primer capítulo no se hablaba de una mujer?, ¿de dónde ha salido ahora esta otra mujer del segundo capítulo?»? Y cuenta, una mujer, dos mujeres. Y después, ¡diría «calculando 1+1=2, la Escritura Sagrada es un disparate»! Si encuentra todo esto disparatado porque en el segundo capítulo de la Escritura Sagrada se entra de nuevo en el detalle de la creación de la mujer, ¿es este un modo prudente de comportarse y de criticar? Además, si tomamos toda la Escritura Sagrada con esa mirada, ¿no sería una insensatez terrible? En realidad, vuestras críticas sobre el Corán, más que refutar el Corán, van en la línea de refutar la Escritura Sagrada que creéis defender. En un lugar se cuenta un suceso, y después se entra en sus detalles. Esto es un modo de narrar, un estilo. ¿Acaso todo el mundo debe escribir según vuestro estilo? ¿Solo entonces se tendrá todo por correcto?

Tomar partido ciega a la persona. Si queremos ser el juez de estos asuntos, de un juez se espera imparcialidad y, sobre todo, justicia. Yo no veo en vosotros ninguna de las dos. ¡Os recomiendo que sigáis siendo sensatos! Resulta más creíble y beneficia a la humanidad. Y del conocimiento no huyáis. El islam está en su situación actual por huir de él. El cristianismo no es distinto de los musulmanes de quienes decís «su conocimiento acerca de Dios es ignorante». Por desgracia, nadie mira el tema del conocimiento acerca de Dios como algo necesario y vital, sino que se agarran a las faldas de otros y van tras ellos. Esto no proporcionará salvación a nadie. Al final, cada uno está obligado a rendir cuentas por sí mismo. (Ezequiel 14:13-20)

Nota: Al principio de vuestras páginas hay mujeres veladas con fusiles en las manos. Es seguro que esas imágenes se pusieron ahí con el fin de mostrarlos como amantes de la guerra y de humillarlos. Si ellos se han visto obligados a coger un arma, el Corán en el que creen lo permite. Pero para robar su petróleo, en qué libro de esos países cristianos que entran en su país con bombardeos escribió Jesús que se hiciera algo así? ¿Cuál es, en vuestra opinión, la mayor hipocresía? ¡¡¡Espero que al menos esto que he escrito se publique!!!

Mientras escribía este libro no vi que se publicara. De todas formas, en esa página, sobre este tema solo hay respuestas de cuatro personas. Está claro que no han montado una página tan abierta a toda opinión. Esos enlaces de «responder» no son más que un engañabobos. En esa página que yo elegí por casualidad hay muchos temas. Está llena de críticas escritas sobre el Corán con ignorancia, con mentiras y errores, de oídas y con malabarismos de palabras. Yo mantendré mis respuestas lo más breves posible y escribiré primero su texto y debajo mi respuesta. A quienes no lleguen a un conocimiento suficientemente claro, mi recomendación es que me escriban una carta desde el enlace del «índice del sitio» o del «enviar carta» de la página http://mesias.de, planteándome sus preguntas de forma breve y concisa. Yo, si Dios lo permite y vivo, y además me es posible, intentaré responder. Puede que haya cosas que no sepa; no os llevéis una decepción, investigad también vosotros la respuesta y, si la encontráis, escribídmela a mí también, me alegraré. No es posible que lo sepamos todo, y encima que lo entendamos enseguida. También se puede investigar juntos.

El tema que he mencionado arriba era el primer tema de esa página. Los temas siguientes y mis respuestas son exactamente así:

Noé, el diluvio y los hijos de Noé

Según la Sagrada Escritura, los tres hijos de Noé subieron a la nave y se salvaron del diluvio (Génesis 7:1, 7, 13). Sin embargo, en la Sura 11:32-48 el Corán dice que uno de los hijos de Noé se negó a subir a la nave y se ahogó en el diluvio.

Mientras que la Sagrada Escritura dice que la nave quedó en el monte Ararat (Génesis 8:4), el Corán, en la Sura 11:44, afirma que la nave estaba en la cima del monte Cudi. Estas contradicciones no pueden ser más claras.

Respuesta:

La Sagrada Escritura, de la vida de 950 años de Noé, habla solamente del tema relacionado con el diluvio y muy poco de los temas posteriores al diluvio. En el libro llamado Génesis o Creación este tema son apenas tres páginas. Desde el capítulo 6 hasta el capítulo 9. La respuesta relacionada con este tema ya la había dado en las críticas de los Testigos sobre el Corán. No importa, repitámosla.

Según Noé, ese hijo era su propio hijo, pero ¿no podría ser también de otro? Seguramente la mujer de Noé no es la primera ni la última mujer que tiene una relación con otro y dice «este hijo es tuyo». La Sagrada Escritura, en cambio, no habla nada, pero nada, de la mujer de Noé, de su personalidad, de su carácter. Aunque tal versículo no esté escrito claramente en ninguna parte, el Corán dice brevemente, sin entrar en detalle, que «esa mujer no era buena persona». Sura 11:46 y 66:10.

A quien haga una pregunta como «entonces, ¿por qué Dios no la mató a ella también?»; Dios dejó de matar a tantas personas que debían ser matadas, que ni fue esta la mujer de Noé ni el hijo que vio la desnudez de su padre y se burló. (Génesis 9:20-28) ¿Acaso tenemos derecho a hacer preguntas sobre la misericordia de Dios y a juzgar a Dios? Y encima sabiendo que hay muchas cosas que no podemos entender. Además, con el diluvio de la época de Noé tampoco llegó el paraíso, la maldad siguió imperando. Aquel diluvio solo mostraba el juicio de Dios sobre los malvados. Lo hizo poner por escrito también para que fuera consejo para la generación humana posterior.

El segundo tema es: ¿el monte Ararat o el monte Cudi?

En la Sagrada Escritura no está escrito para nada el monte Ararat. Sino que está escrito exactamente así: Y reposó la nave en el mes séptimo, a los diecisiete días del mes, sobre los montes de Ararat. Génesis 8:4

Aquí no se refiere al nombre de un monte determinado y concreto. Ararat es el nombre de un país, de una región. (2.Reyes 19:37) Estos escritos los pone por escrito Moisés. Alrededor del año 1500 a.C. Y escribe el suceso usando los nombres de los países de su propia época. Porque en la época de Noé ni siquiera existía un país llamado Ararat. Conforme a la descripción de entonces, escribe que la nave reposó sobre uno de los montes del país de Ararat. Hay mucha diferencia entre decir «los montes» y decir «el monte». Uno se refiere a muchos montes, el otro se refiere a un solo monte. Pero sobre cuál reposó con exactitud solo podemos decirlo haciendo una interpretación. Porque en el versículo siguiente, en el versículo Génesis 8:5 de la Sagrada Escritura, se habla de que las aguas menguaron y aparecieron las cimas de los montes. Quienes interpretan basándose en este versículo dicen: «la nave de Noé tuvo que reposar sin falta sobre el monte Ararat, que es el más alto». Porque antes de eso no era posible que aparecieran las cimas de los montes. Además, tampoco se dice que reposó sobre el monte más alto que apareció primero. Por otra parte, esa aparición de los montes, ¿según el punto de vista de quién es así? ¿De Noé o de Dios? Si la nave reposó, como está escrito en el Corán, sobre el monte Cudi que está en Şırnak, desde allí Noé no habría podido ver el monte Ararat de todos modos. Entre ellos hay una distancia de aproximadamente 250 km. Además, como he señalado, en el versículo Génesis 8:4 no dice «el monte», dice «los montes de Ararat». No habla de un solo monte, sino de muchos montes. Según estos versículos, cuál es exactamente el monte es desconocido. Lo seguro es: cualquier monte de entre los montes del país de Ararat.

Si con decir que las cimas de los montes empezaron a aparecer se quiere decir que el Ararat es el monte más alto de la tierra, esto también sería un disparate. Porque hay el Everest y muchos otros montes altos, y sus cimas aparecieron mucho antes. Aunque no tiene que ver con nuestro tema, de nuevo lo que más desconocemos es: entonces ¿acaso estos montes eran tan altos? Porque es también una realidad que, con el diluvio que llegó, la forma geológica de la tierra cambió terriblemente. Y este cambio lo dicen no solo yo, sino también geólogos que no tienen relación con Dios. Si ocurrió de repente justo después del diluvio o si ocurrió con el tiempo, de nuevo no lo podemos saber con exactitud.

Por otro lado, ¿quién sabe con exactitud que las fronteras del país llamado Ararat no se extendían desde el monte Ararat hasta Şırnak? Hay tantísimas cosas que no se saben con exactitud. Incluso es dudoso cuándo fue conquistada por los babilonios Israel, un país que desempeña el papel principal en la Sagrada Escritura. La fecha de la caída de un país dueño del mundo como Babilonia también es dudosa. La fecha del nacimiento de Jesucristo también es así. Tenemos tantísimos conocimientos dudosos como estos. Pero si el Corán, puesto por escrito con el espíritu de Dios unos 2100 años después del libro del Génesis que puso por escrito Moisés, dice monte Cudi, esto es correcto. Y con ello no da un conocimiento contrario a la Sagrada Escritura, sino al contrario, da conocimientos que arrojan luz sobre la Sagrada Escritura. Ni la Sagrada Escritura es errónea ni lo es el Corán. Nosotros no entendemos, no queremos entender, y el que tomemos partido y, por ignorancia y por nuestra falta de entendimiento, llamemos errónea a una cosa no significa que esa cosa sea forzosamente errónea. Lo erróneo son las enseñanzas y las interpretaciones desviadas en las que nos empantanamos y que nos inventamos, convertidas en dogma (en el cristianismo, las enseñanzas fundamentales inmutables).

Errores relacionados con Abraham

El Corán comete muchos errores relacionados con Abraham:

Crítica: 1. El Corán dice que el nombre del padre de Abraham era Azar (Sura 6:74), pero en la Sagrada Escritura el nombre del padre de Abraham es Taré (Génesis 11:26).

Respuesta: 1. Estos nombres y lugares también se han escrito de manera distinta de vez en cuando en la Sagrada Escritura. Esto no es un error ni una mentira. Puede ser la lengua de ese país y también otro nombre por el que se conociera a esa persona. Los turcos, al escribir la historia, escriben «Almanlar», Alemania escribe su propia historia como «Deutschland, Germany». ¿No se refiere a la misma nación y país? Pero los nombres son distintos. Si en el futuro alguien que encuentre estos documentos dijera «cuál lo escribió mal», ¿qué se diría? Es muy raro ver que solo el nombre de Jesucristo se escriba en todas las lenguas exactamente igual, letra por letra. Los turcos dicen «İsa», los alemanes dicen «Jesus». ¡¿Qué tiene esto de error o de fraude?!

Crítica: 2. Abraham no vivió ni adoró en el valle de La Meca (Sura 14:37), sino que, según la Sagrada Escritura, vivió en Hebrón (Génesis 13:16).

Respuesta: 2. Abraham pasó por muchísimos lugares, hizo migraciones de miles de kilómetros y estuvo también en ellos. Es seguro que en todos los lugares a los que fue también adoró. ¡Si el Corán ha llamado la atención sobre una de sus muchas adoraciones en el valle de La Meca, ¿por qué iba a ser errónea?! ¡Abraham, que vivía en Hebrón, ¿con qué compañía aérea voló desde la ciudad de Ur hasta allí, para que a esto se le llame «imposible»?!

Crítica: 3. Como dice el Corán (Sura 37:100-112), el hijo que Abraham llevó para ofrecer en sacrificio no es Ismael, sino Isaac (Génesis 22:1-18).

Respuesta: 3. El Corán, en la sura 37:100-112 y en todo el Corán, no da nunca, pero nunca, ningún nombre sobre el hijo del que se dice que fue a sacrificar. Esas son las enseñanzas e interpretaciones erróneas de los musulmanes, no del Corán. He dicho muchas veces que si nos ponemos a evaluar la Sagrada Escritura basándonos en los miles de enseñanzas disparatadas de los cristianos, «tendríamos que tirar ese libro a la basura». Lo erróneo no son esos libros, sino las empresas mafiosas religiosas que bregan por representarlos. Como vosotros, al decir «está escrito» sobre lo que no está escrito, ellos también son tramposos y mentirosos.

Crítica: 4. Como afirma el Corán, Abraham no tenía solo dos hijos, sino ocho (Génesis 25:1-2).

Respuesta: 4. De nuevo el mismo fraude. ¿Dónde hace el Corán semejante afirmación? Mezclar el Corán con enseñanzas disparatadas y tapar las verdades que contiene el Corán, ese es todo el propósito. De todas formas, estos tramposos tampoco han dado un versículo que lo demuestre.

Crítica: 5. Como dice el Corán, Abraham no tenía dos esposas, sino tres (Génesis 16:1-15; 25:1-2).

Respuesta: 5. Otra afirmación más sin prueba. Antes que nada, aclaremos también esto. Abraham tuvo dos esposas y además una concubina (esclava), Agar, y nada más. Aunque las concubinas fueran también esposa de una persona, no se las tenía por igual que a las esposas. (Génesis 20:17) Cuando Dios hablaba con Abraham, siempre se dirigió a Agar como «tu concubina», no como «tu esposa». ¿Qué pasa si uno dice «tiene tres esposas» y otro dice «tiene dos esposas y una concubina»? ¿Cómo se habla de las mujeres de Salomón? ¿No es separando entre sus concubinas y sus esposas? (Génesis 21:12-13; 1.Reyes 11:3) ¡Sobre este tema tampoco se ha dado, de nuevo, un versículo del Corán!

Crítica: 6. Aunque en la Sura 2:125-127 el Corán dice que la Kaaba la construyó Abraham, no fue Abraham quien construyó la Kaaba (Génesis 25:1-7; Hebreos 11:9).

Respuesta: 6. ¿Acaso quién la construyó? Allí también se refiere a levantar los cimientos de una casa, y esto es también un lugar que está en la Kaaba, cercado por cuatro muros cubiertos de negro. Una casa que hicieron junto con Ismael, nada más. ¿Por qué iba a ser mentira este conocimiento? ¿Y qué queda demostrado con los versículos que da del Génesis? Yo no lo he podido entender. Según vosotros, después de que Abraham enviara lejos a su hijo Ismael, ¿lo rechazó? Sin embargo, cuando leemos la Sagrada Escritura sale un sentido muy distinto. Después de que Abraham muriera, viene también Ismael y lo entierran juntos con su hermano Isaac. ¿De dónde se enteró Ismael, para venir desde tan lejos? Es decir, tenían relación y disponían de la posibilidad de comunicarse. Además, dado que esperaron en aquellos lugares tan calurosos para enterrar el cadáver de Abraham hasta que llegara Ismael, Isaac dio mucha importancia a su compañía. O es seguro que, cerca de la muerte de su padre Abraham, hicieron llamar a Ismael también junto a ellos. Aunque sobre este tema no hay detalles claros, en Génesis 25:7-10, al contrario de lo que suponen los cristianos, Isaac no tenía con Ismael una relación a cuchillo.

Crítica: 7. Como afirma el Corán en la Sura 21:68,69 y la Sura 9:69, Abraham no fue arrojado al fuego por Nemrod. Nemrod, de todos modos, vivió siglos antes que Abraham (Génesis 10:8-12; 11:26).

Respuesta: 7. Sabéis sumar las cifras 2+4+2, pero ¿no podéis calcular cuándo murió Noé y luego cuándo murió su hijo Sem? Según los registros de la Sagrada Escritura, Sem, el hijo de Noé, muere cuando Abraham tenía 150 años. Además, Nemrod era hijo de ellos. ¿Por qué no iba a haber visto a Nemrod? (Génesis 11:10-32; 25:7) ¡Este asunto del cálculo es seguramente para vosotros un problema bastante grande! ¡Por lo visto, vuestra cabeza no da para más allá de 2+4+2!

Este último error es el más grave, porque es un error muy frecuente en el Corán.

Tiempo lineal. En el siglo VII, los árabes (es decir, Mahoma también está entre ellos) no pensaban dentro del concepto de tiempo lineal, que significa ordenación histórica. En Occidente, la gente percibe la historia como el concepto de una línea recta con un principio, un medio y un fin. En Oriente (especialmente en el Lejano Oriente), en cambio, la gente piensa la historia en círculos que nunca terminan.

Se ve claramente que, en la época de Mahoma, los árabes de Oriente Medio ni siquiera tenían un concepto determinado del tiempo. Los relatos y las epopeyas árabes toman los lugares, las personas y los sucesos como si todos vivieran en el mismo tiempo. Por esta razón, a lo largo de todo el Corán se muestran personajes como Nemrod y Abraham, Amán y Moisés, María y Aarón como si vivieran en el mismo tiempo y trabajaran juntos. Precisamente por esta razón, el Corán cuenta el diluvio y Moisés, la Torre de Babel y el Faraón… etc., como si todo hubiera ocurrido en el mismo tiempo. Esta es una situación interesante en relación con la veracidad del Corán, porque el Corán contradice el índice histórico de la Sagrada Escritura y el índice histórico del tiempo normal.

Respuesta:

¡Ay, ay, ay! ¡Mirad qué error tan grave!

Estas personas mencionadas en el Corán, con sus cualidades, los sucesos parecidos que protagonizaron, ya sus insensateces, su falta de fe; o, al contrario, sus comportamientos ejemplares, su fe y su confianza en Dios, se mencionan como si estuvieran juntas, comparándolas. Pero no confundiéndolas unas con otras. De nuevo, como no se da versículo, no puedo dar una respuesta completa. ¿En vuestra opinión, sobre este tema el Corán vuelve a sacar mala nota por su modo de contar? ¡Por lo visto, el Corán, con vuestra nota, suspendió la clase de lengua! Mucha gente que entiende saca algo de estas cosas y aprende una lección. Si vosotros no la sacáis y no entendéis, eso es el defecto de vuestro espíritu, es la causa del odio que se ha asentado en vuestro interior por vuestra ignorante y parcial injusticia, el odio que las religiones y las sociedades en las que estáis han cavado en vuestros corazones.

Errores relacionados con José. El Corán dice que el nombre del hombre que compró a José, hijo de Jacob, era Aziz (Sura 12:21), aunque en la Sagrada Escritura su verdadero nombre es Potifar (Gén 37:36).

Personajes de la Sagrada Escritura. El Corán cae en el mismo error cuando llama a Goliat, Jalut; a Coré, Karún; a Saúl, Talut; a Enoc, Idris; a Ezequiel, Dhu'l-Kifl; a Juan el Bautista, Yahya; a Jonás, Yunus.

Como Mahoma no poseía la Sagrada Escritura (por aquel entonces no existía una traducción árabe de la Sagrada Escritura), decía continuamente mal los nombres, los lugares, las fechas. Cuando los comerciantes paganos, judíos y cristianos se sentaban alrededor de un fuego y se contaban unos a otros sus historias favoritas, contaban los nombres, los tiempos y los sucesos revueltos y enredados.

Respuesta:

El mismo estribillo, las mismas afirmaciones. Los babilonios cambiaron el nombre de Daniel y le pusieron Beltsasar. Cambiaron del mismo modo también los nombres de sus tres amigos. Por eso, si en la historia de Babilonia el nombre de Daniel figura como Beltsasar, ¿ese nombre es erróneo? No quiero alargarlo demasiado, que lean la Sagrada Escritura: hay muchos lugares, cifras y nombres que parecen no concordar entre sí. Que miren las traducciones de la Sagrada Escritura en distintas lenguas: los nombres de ahí también han cambiado al traducirse. Esto es así, claro, para quien no entiende, para quien no se esfuerza por entender. Como diferencia de pronunciación entre Europa y Turquía, cuando a İsa se le llama Jesus; a Mesih, Christus; a Eyüp, Hiob; a Musa, Moses; a Allah, Gott, no es erróneo, ¿y por qué estos sí son erróneos? Además, al contrario de lo que ellos dicen, Yuhanna no era el bautista, era Yahya quien bautizaba. Pero, según los europeos, este nombre figura como Yuhanna. (Sagrada Escritura turca, Mateo 3:1) Y si este asunto está tan revuelto, ¿de dónde entendisteis vosotros a quién se refería con qué nombre? Es decir, se entiende.

¿Acaso el cerebro de la persona que come carne de ganso se vuelve también como el de un ganso? ¿O es que en vosotros la situación es así? ¿Sois una institución muy barata de dentro de las empresas mafiosas religiosas y por eso tenéis un conocimiento de comparación tan simple?

La Enciclopedia Británica dice así: Las desviaciones respecto a las historias de la Sagrada Escritura son evidentes, y en muchos casos es probable que se hayan mezclado con lo que cuentan las narraciones épicas de judíos y cristianos. Se ha escrito mucho sobre de dónde sacó Mahoma este conocimiento. No hay ninguna prueba de si sabía o no leer y escribir. Su dependencia de conversaciones orales explica la razón por la que lanzó conceptos erróneos. Por ejemplo, la confusión de Amán, que era el ministro de Asuero, como ministro del Faraón (Sura 40:38), y la confusión de Miriam, que era la hermana de Moisés, con María, la madre de Jesús.6

La mala comprensión por parte de Mahoma de las historias y enseñanzas de la Sagrada Escritura conduce solo a un conocimiento nacido del rumor. Sobre este asunto de los nombres erróneos, el gran especialista en árabe Canon Edward Sell dice así:

Mahoma desde luego no tomó estas historias del Antiguo Testamento. La confusión de los nombres es bastante notable.7

Respuesta:

La enciclopedia Británica también escribe que las personas no vienen de Adán, sino del mono. Leed la parte que os convenga y decid que esa es la correcta.

En el versículo de la Sura 40:38 tampoco leo yo semejante cosa. Los textos entre paréntesis o los textos escritos en negrita que aparecen en algunos lugares del Corán que tenéis en la mano no están escritos en el Corán, sino que son interpretación. Si sobre Amán está escrito algo así, ¿por eso voy a negar yo el Corán? ¿No puede ser igual la semejanza en el nombre o en el rango de alguien que vivió entonces? En un lugar de la Sagrada Escritura se habla del rey de Judá Uzías, y en otro lugar se habla de esa misma persona como Azarías. Comparad 2.Reyes 15:1-2 con 2.Crónicas 26:1. ¿Por eso vamos a tropezar respecto al Corán o a la Sagrada Escritura?

Hay un montón de libros escritos bajo el título «¿Es la Sagrada Escritura palabra de Dios?», con el propósito de refutar la Sagrada Escritura. Lo que vosotros hacéis con el Corán, ellos lo han hecho con la Sagrada Escritura. Cogedlos y leedlos, y ved las semejanzas que tenéis con vuestros hermanos.

Vayamos a la alfabetización de Mahoma. Que él no sabía leer ni escribir figura claramente en el Corán. (Al-Ankabut, sura 29:48; Al-A'raf, sura 7:157-158) ¡¿Quién escribe un libro con su propio nombre y dice que no sabe leer ni escribir?! Así como no puede haber semejante disparate, las personas conocidas como tramposas no se rebajan, sino al contrario, se ensalzan. Si Mahoma es un tramposo, ¿por qué iba a hacer semejante humildad? Al contrario, ¿no tendría que engrandecerse a sí mismo? En la Sagrada Escritura, en cambio, estamos acostumbrados a ver verdades así solo en los siervos de Dios. (2.Pedro 1:20-21)

Y qué bien se indica que Mahoma no tomó estas historias del Antiguo Testamento. ¡Yo, en cambio, según lo que vosotros contáis siempre, había creído que copiaba al pie de la letra! Así que resulta que no.

Errores relacionados con Moisés. En el Corán hay muchos errores relacionados con Moisés:

Crítica: 1. Como afirma el Corán en la Sura 28:8,9, la persona que adoptó a Moisés no es la esposa del Faraón. Quien adoptó a Moisés es la hija del Faraón. (Éxodo 2:5)

Respuesta: 1. ¿Dónde vive la hija del Faraón? ¿No es en el mismo palacio, o junto a su madre y su padre? El bebé Moisés, en cambio, es israelita y uno de los niños varones israelitas que el Faraón quería que mataran. ¿No pudo la madre, en la adopción de un niño así por parte de esa hija, apaciguar y convencer el corazón del faraón? ¿No pasan también cosas así en nuestro tiempo? Cuando una hija hace algo que no debe hacer, ¿no se esfuerza la persona que hace de madre de esa casa por hacer que el padre de la hija diga que sí, con insinuaciones y palabras? Después, ¿cómo se pasa esto al escrito? ¿Con el nombre de la persona de esa casa que dio la autorización, o con el nombre del hijo de la casa? Y encima, aunque hubiera ocurrido algo así, ¡con qué derecho el Corán, sin pediros permiso, subraya esta verdad!

Crítica: 2. El diluvio de Noé no ocurrió en la época de Moisés. (Compárese la Sura 7:136 con la 7:59). Este error no es de los que se pueden dejar en un rincón tan fácilmente.

Respuesta: 2. Esta crítica, en cambio, ¡qué terrible insensatez! Lo que dicen que comparemos: se da un versículo del Corán relacionado con Noé, y se da también un versículo sobre el faraón y su ejército que se ahogaron al querer cruzar el mar abierto en la época de Moisés. ¡Y después dicen: comparad! ¡Qué comparamos, yo no lo he podido entender!

En la época de Noé hubo un diluvio a escala mundial y los malvados murieron ahogados en el agua. Por ejemplo, ¿comparando Génesis 7:17-22 con Éxodo 14:21-31, se dice que el diluvio de Noé no ocurrió en la época de Moisés? Semejante disparate, de todas formas, no está escrito en el Corán. El Faraón, como resultado de intentar cruzar el mar que Dios abrió para los israelitas, Dios cerró las aguas y ellos también murieron ahogados. ¿Solo por esta semejanza de que estas personas se ahogaron en el agua el Corán dice disparates y confunde el diluvio con Moisés? Sí, tanto en la época de Noé como en la de Moisés Dios hizo que los malvados murieran ahogados en el agua. Y con ello no se ha confundido entre sí ni el diluvio de Noé ni la abertura del Mar Rojo de la época de Moisés.

¿El propósito no es hacer malabarismos? Y estos son muy malos malabaristas. Sobre trucos así solo se arrojan huevos podridos. ¡¡¡Este error tampoco era de los que se dejan en un rincón!!! En el versículo que dan para comparar, en el Corán no está escrito en 7:59 sino en 7:64.

Crítica: 3. El Corán dice que Amán vivió en Egipto en la época de Moisés y que trabajaba para el Faraón en la construcción del muro de Babilonia. (Suras 27:4-6; 28:38; 29:39; 40:23, 24, 36, 37). Pero en realidad Amán vivió en el Imperio persa y trabajaba al servicio del rey Asuero. Para el detalle, véase el libro de Ester.8 Este error, que contradice la Sagrada Escritura y la demás historia escrita, es un error muy grave.

Respuesta: 3. Cuando estas personas ven nombres parecidos como estos en la Sagrada Escritura, ¿qué hacen? ¿Qué tiene que ver la semejanza de un nombre con la semejanza de un suceso y un lugar? Los nombres de los reyes de Judá y de los reyes de Israel, y encima en una ocasión de dos reyes que vivieron al mismo tiempo, eran iguales. Nombres como Joram, Ocozías, Jeroboam eran nombres tanto de reyes de Judá como de Israel. Semejanzas de nombres así hay tantísimas en la Sagrada Escritura. A veces, mientras vivían en el mismo tiempo, tenían también los mismos nombres. (2.Reyes 3:1 y 8:16) ¿No leemos también en la historia: Murad 1º, 2º, 3º, 4º… o Luis 1º, 2º, 3º, 4º…?

¡Este también era un error muy grave! ¿No lo cometen ellos mismos?

Crítica: 4. Aunque en la Sura 7:124 el Corán dice que la crucifixión ocurrió en la época del Faraón, la crucifixión no existía en la época del Faraón.

Respuesta: 4. En ese versículo que se da no se habla de crucifixión. El Faraón habla de que a esas personas «les cortará las manos y los pies en cruz y después las colgará». ¿Semejante modo de imponer una pena significa forzosamente para vosotros crucifixión? Además, ¡ni siquiera se puede demostrar que Jesucristo muriera en una cruz como creen los cristianos! ¿Quién puede demostrar que aquello donde lo colgaron y lo clavaron fuera una cruz con forma de «T»? También hay quienes afirman que era un simple tronco de árbol recto, lo cual, en mi opinión, es más lógico.

Sobre este tema también disparasteis, y encima sin apuntar. Además, ¿de dónde sabéis vosotros cómo se ejecutaban las penas de muerte en la época del Faraón? Mejor dicho, ¡¿hay algo que no sepáis?!

Errores relacionados con María. En el Corán hay muchos errores relacionados con María, la madre de Jesús:

Crítica: 1. El nombre del padre de María no es Imram (Sura 66:12).

Respuesta: 1. Otro más de los mismos temas. En mi opinión, no hace falta responder.

Crítica: 2. María dio a luz a Jesús no bajo una palmera, sino en un establo (Sura 19:22, frente a Lucas 2:1-20).

Respuesta: 2. En esos versículos no se habla de que María diera a luz, sino de que sintió dolores de parto bajo la palmera. Perdón, ¿tenéis algo de escasez de saber leer y escribir? ¡¿Acaso una mujer, cada vez que le vienen los dolores de parto, da a luz de golpe al instante?!

Crítica: 3. Mahoma confundió a María con la hermana de Moisés y de Aarón. Este es un error muy grave, porque muestra que Mahoma no tenía conocimiento sobre las distintas épocas en que vivieron las personas importantes de la Sagrada Escritura.

Respuesta: 3. Este suceso mencionado en el Corán en el versículo de la Sura 19:28 escribe el modo en que se dirigen a María las personas que expresan su asombro por el niño que María dio a luz. Ellos también, dirigiéndose a ella, dicen «¡oh, hermana de Aarón!». Porque Aarón, el hermano mayor de Moisés, era el primer sumo sacerdote de Israel. Esto pasó a la historia de esos israelitas, es una función valiosa a sus ojos. Si se dirigieron a ella así para enaltecer, para alabar a María, ¿por qué debemos entender esto en sentido literal? Bien, ¿por qué a Jesús le decían «oh, hijo de David»? Sin embargo, los Evangelios escriben que él no tenía padre carnal. Además, entre la época en que vivió David y la de Jesús había una diferencia de unos mil años. Solo que María y su marido José venían de ese linaje. Además, David era un profeta al que esa sociedad daba valor. Quienes querían dar valor a Jesús se dirigían a él de esta manera. ¿Por qué, porque se dirigieron así a María, iba Mahoma a confundir la época de Aarón? No solo los judíos, sino todas las sociedades hacen comparaciones así, y es normal. (Rut 4:11-12)

Crítica: 4. En la Sura 19:23-26, Mahoma hizo conversaciones engañosas y milagros para María.

Respuesta: 4. Si además Mahoma no copió al pie de la letra, entonces ¿por qué es un disparate que dentro de este libro haya también algunos temas que no aparecen en la Sagrada Escritura? ¿Acaso mentía Juan cuando, al final de su libro, dijo: «Hay también muchas otras cosas que hizo Jesús; las cuales, si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir»? Venga, digamos que lo decía exagerando, pero ¿qué quiere explicar Juan con ello? Es decir, indica que no se ha escrito todo sobre Jesús. Según vosotros, si no aparece en la Sagrada Escritura, entonces vale, es mentira. Sin embargo, las cosas que cuentan y enseñan vuestros maestros cristianos no aparecen para nada en la Sagrada Escritura, y ¿cómo es que os aferráis tan fuerte a ellas desde hace siglos y creéis que son palabra de Dios?!

Crítica: 5. El que Zacarías no pudiera hablar no duró tres días, como afirma el Corán, sino que duró hasta que nació su hijo (Sura 19:10, frente a Lucas 1:20).

Respuesta: 5. Lo que allí se refiere debe de estar escrito en el sentido de que faltaban tres días para que terminara la función del turno sacerdotal de Zacarías. Los sacerdotes tomaban función en el templo por turnos durante cierto periodo una vez al año. (1.Crónicas 24:1-19; 25:8-31) ¿No pudo el Corán referirse a esto? Sin duda, no pudo hablar hasta que nació Yahya, pero mientras que no poder hablar con la gente en su casa no es tan importante, que Zacarías no pudiera hablar mientras desempeñaba su función en el templo, en respuesta a su falta de fe, era un castigo digno de mención. (Lucas 1:8-23) El ángel Gabriel debió de indicar el suceso desde este punto de vista. El Corán no está escrito como aparece en la Sagrada Escritura, es decir, en forma de copia al pie de la letra. Si cuenta los sucesos desde otro punto de vista —como hacen también en los Evangelios Mateo, Marcos, Lucas y Juan—, pero de manera correcta, ¿por qué no iba a ser así en el Corán?

Conversaciones inventadas. Mahoma, usando las conversaciones de las personas de la Sagrada Escritura, empleó las palabras «musulmán» e «islam», que en aquella época no existían en la lengua de estas personas. Esta situación es tan absurda como si Mahoma dijera «a mí me gusta mucho el Kentucky Fried Chicken».

Está claro que semejante palabra no existía en la época de Mahoma. Del mismo modo, las palabras que Mahoma dice que salieron de la boca de los personajes que tomó de la Sagrada Escritura tampoco existían en la época de la Sagrada Escritura.

En el Corán, algunas de las palabras y expresiones que hay en las conversaciones que Abraham, Isaac, Jacob, Noé, Moisés, María, Jesús y otros no pronunciaron muestran la falsedad de estas conversaciones (Algunas Suras 2:60, 126-128, 132-133, 260; 3:49-52, 67; 6:74-82; 7:59-63, 120-126; 10:71, 72; 18:60-70; 19:16-33).

Respuesta:

Las palabras a las que se refieren son «musulmán» e «islam». Musulmán es una palabra árabe y su significado es hombre que cree u hombre creyente. El significado de la palabra islam, en cambio, es volverse hacia Dios. Si con estas palabras se expresó la fe de Abraham, de Moisés y de otros profetas, y su devoción a Dios, ¿por qué iba a ser un disparate? Esta era la lengua que hablaba Mahoma. ¿O acaso debía decir estas cosas en otra lengua; forzosamente en hebreo, arameo, griego? Si ellos, en su propia lengua, en hebreo, en arameo, dijeron «moriremos como personas creyentes» o «viviremos como personas devotas de Dios», ¿cómo iba a decir esto exactamente palabra por palabra en aquella lengua? Esas palabras las dijo en árabe, en su propia lengua. Además, en aquella época las palabras «musulmán» e «islam» no eran una etiqueta religiosa tan extendida como ahora. Si musulmán es una palabra que subraya el creer, esto no lo empezó Mahoma por primera vez en la faz de la tierra. Solo que en aquella sociedad de su época fue el primero, eso es cierto, pero esto no se refiere al tiempo que existe desde que existe la humanidad. Quien lee el Corán también entenderá que es así.

¿Sabéis cómo se derivó la palabra cristiano? (Hechos de los Apóstoles 11:26) ¿Esta palabra se dice de la misma manera en todas las lenguas? La palabra no es la misma, pero en todas las lenguas su significado es el mismo. ¿Es esto falsificación?

La prueba del agua. La prueba de cómo bebieron agua los soldados de un arroyo no ocurrió en la época de Saúl, en la victoria de David sobre Goliat, sino muchos años antes de este suceso, en la época de Gedeón. Compárese la Sura 2:249-250 con Jueces 7:1-8.

Respuesta:

Saúl, que conocía la historia pasada, ¿por qué no iba a hacer pasar a sus soldados por la misma prueba según le pareciera? Si estas cosas se tratan en el Corán, ¿por qué son motivo de que vosotros tropecéis? ¡Mirad el motivo! Además, en realidad el tema es muy distinto. En el libro de Jueces, en la época de Gedeón, la diferencia de estos soldados que bebían agua era que se arrodillaban y cogían el agua con las manos para beberla. Bebieran las veces que bebieran. Y esto se lo dice Dios a Gedeón y le pide que haga la distinción. Pero el suceso que aparece en el Corán cuenta un tiempo distinto. Saúl (Talut) dice a sus soldados: «Quien no beba de este río, sino que solo tome un puñado, es de mi bando». Este modo de comportarse de Saúl también encaja muy bien con la Sagrada Escritura. Porque Saúl conocía este suceso ocurrido antiguamente, y, por lo visto, pudo recurrir a un camino así según le pareció, para buscar un milagro o una señal. Y no es esta la primera vez que Saúl, según le parecía, metía a sus soldados en situaciones difíciles con palabras y juramentos disparatados. En una ocasión también fue este mismo Saúl quien, hasta obtener la victoria sobre sus enemigos, prohibió a sus soldados comer y declaró ayuno. (1.Samuel 14:24 y 28-33)

Errores históricos normales. En el Corán hay claros errores históricos.

La Enciclopedia Británica dice así: En la explicación de Mahoma relacionada con Alejandro, la descripción de Alejandro presentado como «Dhu'l-Qarnayn» (Sura 18:82) está tomada de la obra titulada El relato del Amor de Alejandro. Una traducción siríaca de esta obra existía entre los cristianos nestorianos del siglo VII (en Arabia).11

A la luz de este claro error histórico, algunos musulmanes modernos defienden que el Corán no habla de Alejandro. Pero, basándose en los comentarios de los musulmanes históricamente conservadores relacionados con este tema, hasta Yusuf Ali llega a la siguiente conclusión: No tengo ninguna duda de que Dhu'l-Qarnayn es Alejandro Magno, el Alejandro cuyo nombre figura en la historia. Este Alejandro que aparece en el Corán no es un héroe de cuento, sino Alejandro Magno, cuyo nombre figura en la historia.12

El Concise Dictionary of Islam también demuestra en este tema que la persona mencionada es Alejandro Magno.13

Crítica: 1. Como ejemplo, en la Sura 105 Mahoma sostiene que el ejército de elefantes de Abraha fue derrotado al arrojarles unos pájaros piedras ardientes encima. Según el registro histórico, después de que en el ejército de Abraha comenzara la sífilis, detuvo el ataque de sus ejércitos contra La Meca y se retiró.10

Respuesta: 1. Sobre quiénes son los mencionados en esa sura no hay ninguna prueba clara. Al menos para mí es así. Pero si con esos versículos escritos en el Corán se subraya semejante realidad, la creeré, como creo las demás verdades de la Sagrada Escritura que no puedo entender o que no se pueden demostrar con el conocimiento histórico. Si nos ponemos a recurrir a las realidades históricas, el que Moisés abriera los mares, el que Israel se liberara de la esclavitud, los milagros de Dios, ¿en qué historia de Egipto está escrito, o quién lo escribe? La enfermedad del rey de Babilonia Nabucodonosor que aparece en el libro de Daniel, ¿en qué historia de Babilonia está escrita? Digámoslo así: ¿qué país, al escribir su historia, lo ha hecho de manera imparcial? ¿Son iguales los escritos históricos de Turquía y de Grecia? Esta situación vale para todos los países del mundo. Hagan lo que hagan, todos lo hacen desde un punto de vista según ellos mismos, y así lo escriben. Ninguno es imparcial y verdadero como la palabra de Dios.

Que el rey de Babilonia, entonces dueño del mundo, estaba enfermo, que comía hierba como los bueyes, que su pelo se le alargó como plumas de águila, ¿qué historiador babilonio lo escribe, es más, lo oye siquiera? Para ellos esta situación es algo terriblemente vergonzoso, por eso lo ocultan. Todas las religiones, los Estados, los ejércitos y demás instituciones semejantes se han unido en forma de organización. Y en la organización se da una importancia terrible al secreto. En los sucesos en los que no se logra el secreto, se recurre a la mentira.

Porque estas explicaciones históricas mundanas no concuerdan con el Corán y la Sagrada Escritura, ¿cuál tiramos? ¿El conocimiento histórico que escriben los seres humanos, o la historia de las Escrituras Sagradas que Dios hizo escribir? ¿Quién es indigno de confianza, el ser humano o Dios? Se han visto y vivido miles de pruebas que muestran que la palabra de Dios es mucho más digna de confianza que todos ellos. ¿Puede decirse esto del ser humano? ¿O acaso vuestro problema es que Dios hiciera arrojar piedras ardientes desde los cielos por medio de pájaros? Leed la Sagrada Escritura y comparadlo con los milagros de Dios en las guerras que sostuvo Josué. (libro de Josué)

Crítica: 2. La afirmación de que la Kaaba fue construida por Adán y reconstruida por Abraham no es correcta. La Kaaba fue construida por los paganos para adorar una piedra negra caída del cielo. Abraham nunca vivió en La Meca.

Respuesta: 2. Nuestro conocimiento sobre la vida de 930 años de Adán es muy escaso. (Génesis 5:5) La Sagrada Escritura no trata dónde vivió ni toda su vida de 930 años. ¿De dónde visteis vosotros si hizo o no las cosas que están escritas en el Corán? ¡Si en aquella época filmasteis a Adán con una cámara, mostrádnoslo también a nosotros! Sin duda es interesante. Se lanza una afirmación, pero no tiene ni fundamento ni forro. Además, sobre este tema tampoco se ha dado ningún versículo.

El tema sobre Abraham también es lo mismo. Abraham vive al menos 70 años más después de enviar lejos a Ismael. (Génesis 17:1 y 17:17 y 17:24-26 y 18:10 y 21:5-8 y 25:7) ¿De dónde sabéis vosotros, de nuevo, que Abraham no visitó a su hijo? Si es la Sagrada Escritura lo que defendéis, ahí no hay para nada semejante versículo. Bien, ¿en qué basáis vosotros la fuente de conocimientos como estos que afirmáis? ¿Acaso Abraham era una persona de tal personalidad como para no hacer esto? ¡Oh, hombres insensatos y de corazón de piedra! Todo esto lo creéis así porque con vuestros corazones torcidos habéis asemejado a esas personas a vosotros mismos.

Según lo que aparece en la Sagrada Escritura —que Ismael vino a la muerte de Abraham para enterrarlo—, esa separación de 70 años entre ellos ni echó a perder ni eliminó su relación. Semejante rechazo ni lo quiso Dios ni lo hizo Abraham. (Génesis 21:8-20) Vosotros, como leéis las palabras de Dios comparándolas con vosotros mismos, ni siquiera podéis pensar que pueda ser otra cosa. Porque cuando vuestras propias organizaciones religiosas dicen sobre una persona «expulsadlo, ya no tendrá parte con nosotros», vosotros ni siquiera saludáis a esa persona. Si está a punto de morir y pide agua, y el mejor de entre vosotros, mientras le da de beber esa agua, se dice para sus adentros «¿acaso estoy pecando ahora?». Hasta señaláis entre vosotros a quien lo hace. Qué terrible generación de víboras sois, si lo supierais. Vosotros lo sabéis, pero qué bueno sería que también lo supieran esos insensatos que hay entre vosotros y quienes os miran desde fuera.

Crítica: 3. En la Sura 20:87, 95 se dice que los judíos hicieron el becerro de oro en el desierto por sugerencia de «los samaritanos». Este era un error tal que, en la época en que se hizo el becerro de oro, en la página de la historia ni siquiera existía un pueblo llamado los samaritanos. Los samaritanos no existían hasta que los israelitas fueron llevados al destierro, primero por los asirios y después por los babilonios. Yusuf Ali, en su famosa traducción inglesa del Corán, evitó traducir este error de palabra, pero el árabe del Corán es claro.

Respuesta: 3. Esta persona que en el Corán figura como Samiri es alguien que se afanaba por sublevar a los israelitas contra Moisés y, por tanto, contra Dios. En la Sagrada Escritura los nombres de los más famosos de estos hombres figuran como Coré, Datán y Abiram. (Números 16:1-5 y 20-35, y Deuteronomio 11:6-7) Pero sobre la persona que hizo hacer el becerro de oro, que dirigió esta obra, no hay en la Sagrada Escritura el nombre de nadie concreto. (Éxodo 32:1-29; Deuteronomio 9:15-21) Estas personas fueron malos ejemplos para el pueblo de Israel con sus comportamientos sin fe y alejados de Dios. Muchos años después, cuando Israel (no el reino de Judá) fue desterrado a otros países por el rey de Asiria, este envía también a sus tierras pueblos revueltos que había traído de otros países. La razón por la que los reyes de entonces hacían este destierro, o este intercambio, es porque al pueblo nativo le resulta más fácil fortalecerse y rebelarse en una región que conoce, y para que no fueran un quebradero de cabeza para el rey. Por eso destierra a países y tierras extranjeras a una gran parte de ellos que pudiera ser peligrosa. Y deja al pueblo débil y despreciado para que labre la tierra. (Jeremías 40:7)

Este nombre de Samaria aparece en la Sagrada Escritura en 1.Reyes 16:24. El rey de Israel Omri compró a alguien llamado Semer, dueño del monte, y a la ciudad que edificó le puso Samaria por el nombre de Semer.

La razón por la que los israelitas no querían a esos pueblos que vivían en Samaria es también que los veían como paganos que vivían en sus propias tierras, que no venían del linaje de Jacob y que estaban lejos de las promesas de Dios. Leemos que esta situación duró muchos años, hasta la venida de Jesucristo. Y a un odio de unos 700 años, como Jesús lo encontró disparatado y sin sentido, dice muchos buenos ejemplos, parábolas que subrayan que los samaritanos podían ser incluso mejores que los israelitas. (Juan 4:6-9; Lucas 9:52-56; Lucas 10:25-37; Hechos de los Apóstoles 8:25) En realidad, las relaciones de los israelitas con las personas de todas las demás naciones no eran como entre ellos mismos.

En el Corán, la sura 20:87-95 habla de alguien llamado Samiri. Este hombre es uno de los que, mientras Moisés estaba en el monte, dirigieron a muchos israelitas para hacer un becerro y adorarlo. Contra los versículos de esta sura no hay en la Sagrada Escritura ningún conocimiento contrario. Si existió alguien de tal nombre e hizo estas cosas, y la Sagrada Escritura pasó sin recoger este nombre, ¿por qué iba a ser erróneo el Corán? Además, en ese versículo no se habla de un pueblo llamado los samaritanos, solo figura el nombre de un único individuo llamado Samiri. En mi opinión, quienes revuelven el asunto sois vosotros. Pero para este islamacevap.net y el mundo cristiano, estos conocimientos añadidos del Corán son siempre un disparate. ¡¡¡Ellos mantienen respecto al Corán la lógica de «¿con qué derecho puede figurar ahí un conocimiento de más que en nuestro libro?»!!!

Crítica: 4. Uno de los mayores errores del Corán tiene que ver con Alejandro Magno, llamado Dhu'l-Qarnayn. El Corán afirma que Alejandro Magno era un musulmán que adoraba a Dios y que vivió hasta envejecer (Sura 18:89-98). Las pruebas históricas relacionadas con Alejandro muestran que Alejandro no era musulmán y que no vivió hasta envejecer.

Respuesta: 4. Quién sea este Dhu'l-Qarnayn mencionado en el Corán, yo no lo sé. No tuve la curiosidad de investigarlo. Es un conocimiento histórico. Los pueblos de Gog y Magog mencionados aparecen también en algunos lugares de la Sagrada Escritura. Sobre Gog, el Antiguo Testamento (la Torá) dice Gog, pero se refiere al mismo pueblo. (Ezequiel 38:1-3 y 17; Apocalipsis 20:8) Pero cuando leemos las profecías escritas bajo estos nombres, vemos que se habla también de sucesos que se realizarán en distintos lapsos de tiempo bajo el mismo nombre. Por ejemplo, en los últimos días se habla de este Gog, respecto al cual es seguro que no habrá un pueblo así con este nombre en sentido literal. Pero, en general, en la Sagrada Escritura y el Corán, los pueblos de Gog y Magog simbolizan a las naciones que se opondrán a Dios. Por haber vivido en otro tiempo y haber hecho las mismas cosas, lo que dejan detrás son solo sus cualidades feas; y comparaciones así hay muchas en la Sagrada Escritura. Por ejemplo, como la comparación de la ciudad de Tiro con Satanás. (Ezequiel 28:11-19)

¿Acaso estos pueblos mencionados en el Corán eran los que existieron en sentido literal, o eran algunos de esos pueblos parecidos del ejemplo? Yo, como he dicho, no lo sé. Pero, de nuevo, sea quien sea ese Dhu'l-Qarnayn, aunque sea Alejandro Magno, sirvieron en cierto modo a la voluntad de Dios, como Babilonia, como Egipto, como los asirios. El profeta Jeremías profetizó sobre muchos pueblos así. Dios hizo poner por escrito que serían destruidos y sus malas obras. Desde el capítulo 46 hasta el capítulo 51 de Jeremías se habla de estos pueblos. En Ezequiel también hay profecías así. Como está escrito en muchos lugares, no doy versículo. Los capítulos 28, 36, 37, 38 de Ezequiel pueden ser ejemplos. De vez en cuando Dios hizo impartir los castigos de los pueblos por la mano unos de otros. Permitió que fueran destruidos. Por esto es la caída de aquellos imperios que parecían imposibles y la de Israel. No alargaré el discurso, porque en mi respuesta se están metiendo también otros temas.

Si ese versículo de aquí se refiere a Alejandro Magno, ¿quién sabe, después de que Alejandro viviera tantas cosas, en qué creía y en qué no creía? Solo hay conocimientos en forma de especulación. Además, ¿de qué época suya habla el Corán? Por ejemplo, mientras que sobre Salomón, que aparece en la Sagrada Escritura, figura que las obras que hizo hacia su vejez no eran buenas ni rectas, el Corán, sin entrar en estos temas, habla solo de las buenas obras de Salomón. (1.Reyes 11:1-13) Esto no es mentira, ni tampoco es un error. Pero, según la Sagrada Escritura, es quizá un conocimiento incompleto, en cuyo detalle no se entra hasta su último punto. Además, cuando Dios quiso que el Corán le fuera revelado a Mahoma, sin duda no pensó tampoco en copiar exactamente una Sagrada Escritura. Esta afirmación disparatada viene de los musulmanes. Y gracias también a vosotros, ellos, sin darse cuenta, sienten odio tanto hacia la Sagrada Escritura como hacia el Corán, del que son ignorantes. ¡Vosotros, que sois muy diligentes en las obras de Satanás, al revestiros de un disfraz de quien supuestamente sirve a Dios con la etiqueta cristiana, solo habéis logrado que la gente se aleje del Dios verdadero! Esto debe de ser un gran éxito para vosotros y para Satanás. Además, en la sura 18:82 se habla de Moisés, pero a partir de la 83 se habla de Dhu'l-Qarnayn.

Problemas científicos. En el Corán hay errores científicos. Por ejemplo, el Corán afirma que Alejandro Magno observó la puesta del sol y encontró que el sol se ponía en unas aguas cenagosas (Sura 18:85-86).

Respuesta:

La curiosidad por investigar el fin del mundo seguramente no la tenía solo esa persona. Que aquellas personas, según sus conocimientos, entendieran siquiera el movimiento del sol jamás puede compararse con nuestros conocimientos actuales. En la puesta del sol, esos lugares donde estaba o adonde iba pueden ser también un lugar donde hubiera grandes fuentes de petróleo, o cenagales literalmente fangosos. (Génesis 14:10) Está escrito que la existencia de pozos de brea así era anterior incluso a la época de Abraham. (Génesis 6:14; 11:3) No son pocos los pensamientos y las expresiones de la gente de que el sol a veces se pone metiéndose dentro del mar, que se esconde detrás de los montes, que sale de las aguas, y expresiones así todavía se usan. Según vosotros, ¡si en el Corán aparece la letra «a», es un disparate; si aparece la letra «b», es mentira! Estas letras que hay en el alfabeto, ¿cómo entraron en el Corán?, ¡parece que no puede ser, que es imposible!

Contradicciones internas propias

El Corán se contradice a sí mismo de muchas maneras. Dado que el Corán afirma en la Sura 39:23,28 que dentro de él no hay ninguna contradicción, la existencia de una sola contradicción bastará para demostrar que el Corán no es la Palabra de Dios.

Crítica: 1. El Corán se contradice a sí mismo sobre si a los ojos de Dios un día es mil años o cincuenta mil años. (Compárese la Sura 32:5 con la Sura 70:4).

Respuesta: 1. «El tiempo que a nuestros ojos es mil años, a los ojos de Dios es como un día», versículos así los hay tanto en el Corán como en la Sagrada Escritura. (Sura 22:47; 32:5; en la Sagrada Escritura conocida como los Salmos, Salmos 90:4; en el Evangelio, 2.Pedro 3:8) Esos versículos son una comparación. Es seguro que Dios posee un concepto del tiempo muy distinto de nuestro entendimiento. ¡Nadie puede decir que el concepto del tiempo de Dios se ajuste al sol o a la luna! Con estas comparaciones se describe a Dios, que existe dentro de la eternidad. Mientras que a nosotros 200-300 años nos parecen un tiempo largo, para Dios 6000 años son en realidad como nuestros seis días. Con estas cosas, en cuanto a aprender a ser pacientes, en cuanto a confiar en Dios y obedecerle en que permita cosas que a nosotros nos parecen imposibles y disparatadas, significan un conocimiento y un entendimiento llenos de confianza.

Vayamos a esos versículos que dicen que no concuerdan entre sí. Los escribiré exactamente, y decidid vosotros.

…Ante Dios, un día es como mil años de los que vosotros contáis. Sura 22:47

…Luego, cada asunto asciende a Él en un día cuya medida es mil años de los que contáis. Sura 32:5

Los ángeles y el Espíritu ascienden a Él en un día cuya medida es cincuenta mil años. Sura 70:4

En los dos primeros versículos creo que no hay nada que no se entienda. Se quiere explicar la diferencia entre el concepto del tiempo a los ojos de Dios y el concepto del tiempo a los ojos del ser humano. Pero en ese último versículo, calificado de no concordante, no se hace tal cosa. Ahí se ha escrito una distancia de lejanía como 50.000 años. Esta es una medida que en nuestro tiempo se usa para el espacio. Como «a no sé cuántos años luz de distancia» y demás. ¿O acaso debía escribirse en kilómetros? ¡Entonces resultaría que no existían los kilómetros! Yo, aparte de islamacevap.net, no veo ni sobre este tema ni en el Corán ninguna semejanza ni ninguna inconsistencia. Lo inconsistente y disparatado es su propio entendimiento.

Crítica: 2. En la Sura 2:58 y 7:161 la misma cita se da con palabras contradictorias. Este problema es un ejemplo de muchos problemas parecidos a este. La existencia de palabras contradictorias es bastante grave, porque los musulmanes sostienen que el Corán es perfecto incluso en sus citas. Los creyentes en el Mesías no hacen tales afirmaciones respecto a la Sagrada Escritura, pero el modo de decir las cosas que hay en la Sagrada Escritura es en forma de resumen de lo que se dijo. Por esta razón, es un hecho bastante natural que los pasajes del Evangelio que registran las conversaciones de Jesús resuman el mismo sermón con palabras distintas unos de otros. Porque estos «resúmenes» inspirados por Dios se hallan de todos modos en pasajes que dan puntos de vista distintos unos de otros.

Respuesta: 2. Estos versículos que dan los leí en su sitio, pensando si el Corán que ellos tienen en la mano y el Corán que nosotros tenemos en la mano se saltan cada uno un versículo, y aun así no pude encontrar ninguna contradicción. Lo mejor será que yo, de nuevo, los escriba tal cual, y que vosotros resolváis las contradicciones que hay en la cabeza de estos.

Y cuando dijimos: «Entrad en esta ciudad y comed abundantemente de ella lo que queráis, donde queráis, y entrad por la puerta con reverencia, y arrepentíos, para que os perdonemos vuestros pecados. Aumentaremos la recompensa de los que hacen el bien». Sura 2:58

Y cuando se les dijo: «Estableceos en esta ciudad y comed de ella lo que queráis; decid: «¡Perdona nuestros pecados!», y entrad por la puerta inclinándoos, para que os perdonemos vuestros pecados. Aumentaremos la recompensa de los que hacen el bien». Sura 7:161

Es imposible entender dónde hay contradicción. En uno dice entrad en esta ciudad, en el otro estableceos en esta ciudad. ¡¿Es esto lo que llaman contradicción?! Si ellos, como he dicho, por esto no creen en el Corán, ¿cómo dicen estas hipócritas víboras que pueden creer en la Sagrada Escritura que tienen en la mano? En la Sagrada Escritura hay cientos de expresiones y modos de narrar que parecen no concordar entre sí. Estos son, para quienes no quieren creer, un motivo muy fácil de tropiezo. En realidad, qué es erróneo y qué es correcto no le importa nada a ninguna de estas personas. Si religión significa chupar la sangre y el sudor del ser humano, estos también quieren decir claramente: «dejad aquello y venid aquí, que de ahora en adelante seamos nosotros quienes os chupemos la sangre», todo su afán es solo por eso.

Crítica: 3. Mahoma dijo a sus seguidores que, durante la oración, se volvieran primero hacia Jerusalén. Después dijo que, como Dios está en todas partes, podían volverse hacia cualquier parte. Y después de esto cambió de nuevo de idea y dijo que se volvieran hacia La Meca y oraran (Compárese la Sura 2:115 con la Sura 2:144). Muchos estudiosos creen que en estos cambios de idea de Mahoma influyó su intento de complacer a los judíos o a los paganos.14

Respuesta: 3. En la Sura 2:115 se subraya que Dios está en todas partes, y ¿acaso esto no es correcto? En la Sura 2:144, en cambio, dice que Mahoma, al adorar, volvía su rostro hacia el este, hacia el Templo que hizo construir Salomón, pero que con este versículo quita esa regla y debe volver su rostro hacia el lugar donde ahora está la Kaaba (la Mezquita Sagrada).

¿Qué semejanza o contradicción hay entre decir en el primer versículo que Dios está en todas partes y, al adorar, volverse hacia una dirección determinada por orden? En la Sagrada Escritura, cuando Salomón dice en su oración: «si oran hacia esta casa, hacia este lugar, escúchalos», ¿acaso creía o subrayaba que Dios estaba solo allí? ¿Acaso Salomón no sabía que Dios está en todas partes? Con volverse hacia esa dirección solo indica que Dios reconoce esa casa, ese lugar, como templo, nada más. Y esto también, solo si permanecían fieles, se oirían sus oraciones; por lo demás, no era una inmunidad automática ni nada. Todo esto está escrito exactamente así en la oración de Salomón y en la respuesta que Dios le dio. Como después de Jesucristo el judaísmo e Israel cayeron del pacto, del acuerdo de Dios, si Dios dio a Mahoma un mandato de no volverse ya hacia ese lugar, es muy correcto y también lógico. Con ello Dios subraya que los aparta claramente de encima de Él. (Todo el capítulo 8 de 1.Reyes. Los versículos más importantes de ese capítulo relacionados con nuestro tema están escritos en 1.Reyes 8:27, 35, 41-42, 44-45, 46-48. Y mirad también Daniel 6:10; Juan 4:19-26.)

Junto a esto, en lugar del afán y la importancia que los musulmanes dan solo a volverse hacia ese lugar, si dieran valor a lo que Dios ha ordenado —no mentir, ser limpios, la humildad, el conocimiento, el amor y la misericordia—, sería mucho más valioso y con más sentido.

Crítica: 4. Al principio se ordenó que Mahoma dijera que, si había un ataque, sus seguidores podían defenderse (Sura 22:39). Después les ordenó ir a la guerra en su nombre (Sura 2:216-218). Esto se hacía con el fin de enriquecerse saqueando caravanas. Pero, a medida que el ejército de Mahoma crecía, también aumentaban sus deseos de saqueo (Sura 5:33). Así, ordenó combatir para atormentar a otras religiones con el fin de obtener más riqueza (Sura 9:5, 29). Aquí parece que la voluntad de Dios cambiaba según los éxitos de Mahoma en materia de matar y saquear.15

Respuesta: 4. Que ellos lean primero el capítulo 31 del libro de Números de la Sagrada Escritura y el libro de Josué. (Josué 6:24; 7:1 y 23-26) ¡¿Las guerras que aparecen en la Sagrada Escritura son un derecho, y las guerras que hizo Mahoma que aparecen en el Corán son saqueo?! Creo que no hace falta en absoluto que responda a este disparate. Diréis: «¿Acaso las demás cosas que escribió este islamacevap.net no eran también un disparate?». Eran un disparate de arriba abajo, pero yo no persigo, de todas formas, ni el propósito de creer en su sinceridad ni el de responderles directamente con mis escritos. Mi propósito es lograr que quienes se encuentran con preguntas así, que parecen disparatadas, no permanezcan fríos por ignorancia frente al Corán, y animarlos a investigar el Corán y la Sagrada Escritura. Al principio de mi libro, por una simple pregunta que le hicimos a nuestro maestro de religión en quinto de primaria, casi nos ganamos una paliza. Semejante conocimiento religioso se nos dio. No es de extrañar que también surjan personas que se hacen pasar por cristianas y que, con disparates así, se disponen a saquear la fe en el Corán. Si así es el que cree, imaginaos cómo será el que no cree. No hace falta pensar, basta con que miréis a vuestro alrededor.

Mirando uno o dos versículos antes y después de los versículos que ellos dan afirmando, leedlo también vosotros y, comparándolo con la Sagrada Escritura, decidid vosotros mismos. Qué es lo que ellos afirman, ¡y qué está escrito en su sitio! Que no os desanimen los versículos que dan uno tras otro. Ellos, de todas formas, no tienen el propósito de animaros a investigar, sino solo el de influir con esos versículos en las personas perezosas, que creen todo lo que oyen, o que dudan.

Crítica: 5. ¿Quién creyó primero? ¿Abraham o Moisés (compárese la Sura 6:14 con la 7:143)? No puede haber dos «primeros».

Respuesta: 5. Si en la época de Abraham el primer creyente es Abraham; en la época de Moisés el primero es también Moisés. ¡Según vosotros, este asunto debería tener patente de orden! Es decir, ¿Moisés, en su propia época, debía decir «yo soy el creyente número 1 millón 789 mil 657 desde que se fundó el mundo»?!!! ¡Qué maravilloso entendimiento y lógica tenéis! Estas personas, como escribí en el tema anterior sobre el primero de los musulmanes, eran, en la época que ellos vivieron, los primeros creyentes de esa sociedad en cumplir la voluntad de Dios. ¿Qué tienen de erróneo estas expresiones?

Crítica: 6. La división del judaísmo y del cristianismo en distintas sectas y grupos se propone en el Corán como prueba de que no son de Dios (Suras 30:30-32; 42:13,14). El propio islam se ha dividido en grupos enfrentados entre sí, y por esta razón, con la misma lógica que usa el Corán en este tema, el islam tampoco puede ser verdadero.

Respuesta: 6. Por primera vez han escrito algo correcto. Sobre este tema, ¿acaso las palabras de Dios que aparecen en el Corán no son muy acertadas y correctas? En este tema coincido plenamente con ellos. Sí, para decir que el mundo islámico, el mundo cristiano, el judaísmo y todas las religiones del mundo están lejos de Dios y se han descarriado, no hace falta ser profeta ni sacerdote ni nada. Las personas han organizado las religiones como los bancos, los partidos, las empresas. El propósito es subirse a la espalda y chupar la sangre.

¿Acaso la Sagrada Escritura aprueba semejantes divisiones? Solo que no olvidemos que, según esta lógica, ni el cristianismo ni islamacevap.net pueden ser verdaderos. Por primera vez han hecho una crítica muy correcta, bravo.

Revelaciones útiles. El Corán contiene versículos que se usaron para el provecho personal y el placer personal de Mahoma.

Crítica: 1. Cuando Mahoma quiso a la esposa del hijo que había adoptado, de repente recibió de Dios la revelación que decía que era posible tomar la esposa de otro hombre (Sura 33:36-38).

Respuesta: 1. Mahoma, como toda persona, era alguien con debilidades y flaquezas. Los musulmanes, influidos por los cristianos, para que fuera rival de Jesús, creado perfecto como Adán, presentan a Mahoma como si tuviera esas mismas cualidades. Todos los profetas, excepto Jesús, eran imperfectos y pecadores. Jesús tenía que ser alguien sin pecado como Adán, para poder ofrecerse a sí mismo como sacrificio en lugar de Adán, en compensación por su pecado. Este rescate era el cuerpo perfecto de Jesús. (Sura 3:55-59; Romanos 5:12-19) Semejante rescate era obligado, por la justicia de Dios, en aras de su gracia hacia nosotros, la humanidad.

Que Mahoma sintiera simpatía por una mujer hermosa, o hermosa según él, o que la deseara, es una debilidad que puede pasarle a todo hombre. Mahoma sintió esta flaqueza por la esposa de alguien a quien había criado como adoptivo. Según las explicaciones que aparecen en el Corán, nunca lo dejó traslucir (digamos que como mucha gente), pero su hijastro se dio cuenta de la situación y se separó de esa mujer.

En la Sagrada Escritura, Dios subraya que es erróneo tomar la esposa del propio hijo, aunque ese hijo haya muerto. (Levítico 20:10-21) Pero casarse con la mujer divorciada de alguien a quien se tomó consigo como adoptivo, se crio, y que en realidad es un extraño a uno por vínculo de sangre, no tiene nada de prohibido. Además, esto tampoco aparece en ninguna parte de la Sagrada Escritura.

Aparte de que Mahoma se dejara vencer por sus débiles sentimientos hacia esa mujer, que esto ocurriera de un modo del que se diera cuenta incluso el hijo que crió como adoptivo, yo tampoco puedo decir que sea correcto. En realidad, versículos así son verdades que demuestran que el Corán es mucho más creíble y digno de confianza. ¿Qué tramposo, o qué estadista, o incluso qué persona corriente hace escribir semejantes debilidades suyas y las anuncia abierta, abiertamente a la gente? Esta franqueza y rectitud solo la hay en la Sagrada Escritura y en el Corán. Si Mahoma, a quien llaman embaucador, es alguien tan sincero y humilde, ¿es esta una cualidad que muestre algún papa del mundo cristiano, o el cuerpo directivo de los Testigos de Jehová, o los notables del mundo islámico? Vosotros vais tras ellos como tras un dios, pero esos tras quienes vais no poseen jamás las cualidades, la rectitud y la sinceridad de ese Mahoma a quien vosotros mismos, con vuestras propias palabras, llamáis «tramposo». Lo escribo para que penséis.

De nuevo, como ejemplo, si pensamos en el profeta David, en un tema parecido a este David comete una insensatez mucho mayor que Mahoma, es más, terrible. Mientras paseaba por la azotea de su casa, ve a una mujer que se bañaba, la hace traer a su lado y se acuesta con ella, y la mujer queda embarazada de él. David envía también al marido, muy noble, de esa mujer a los lugares más avanzados para que muera en la guerra, y el hombre muere. Y después toma a esa mujer como esposa para sí. Es más, Salomón, el hijo de David que fue rey, nació de esa mujer. Todo esto que se hizo Dios no lo deja, por supuesto, sin castigo. David paga de manera severa el precio de esta insensatez que cometió. (2.Samuel, capítulos 11 y 12; 2.Samuel, desde el capítulo 15 hasta el 19)

Junto a esto, lo que Mahoma hizo como delito es solo dejar traslucir sus sentimientos, nada más. Ni hace matar a nadie —tenía posibilidad de ello— ni recurre a otro camino de intriga. Al contrario, es más, dice a su hijo: «No te separes de esa mujer, guarda a tu esposa para ti». Quizá se dirá que resulta hipócrita, pero Mahoma, aun así, hace y dice algo bueno. Si libra una gran lucha para vencer sus propios sentimientos imperfectos, ¿por qué iba a ser esto una hipocresía en sentido negativo? Además, si lo miramos desde este punto de vista, ¡¿quién de nosotros es de una sola cara?! Esta es una crítica que los cristianos usan mucho sobre Mahoma. Sin embargo, el Corán habla no solo de esta debilidad de Mahoma, sino también de otros pecados suyos. (Sura 18:110; 9:117; 47:19; 66:3-4; 40:55; 48:2) Estos son versículos con los que los supuestos musulmanes enloquecen cuando los oyen. Para mí, en cambio, como he dicho, hacen al Corán aún más creíble y digno de confianza.

De los Testigos de Jehová, entre quienes estuve muchos años, yo no vi ni oí nunca, pero nunca, semejante franqueza, honradez y sinceridad. En sus publicaciones no hay ni una sola frase que escriba los pecados de sus cuerpos directivos. Solo por obligación, y eso solo de palabra, dicen «también nosotros somos imperfectos, es decir, defectuosos», nada más. En la práctica, en cambio, son engreídos, soberbios, poseen el orgullo que Dios odia, la crueldad despiadada y sentimientos de interés desmedido. Y no son solo los Testigos de Jehová quienes hacen esto así entre las religiones.

Algunos, por estos versículos, se apartan del Corán, según dicen. Que primero investiguen esas nuevas/viejas religiones a las que se han vinculado, a sus líderes, esos lugares. ¡Si en esta investigación son imparciales y sinceros, me temo que, de los conocimientos que adquieran, vomitarán con arcadas! O, como todos, no lo tragarán por orgullo y lo ocultarán. En lugar de alejarse de esas porquerías, encima servirán a estas páginas llamadas islamacevap.net y consumirán su energía en vano.

Crítica: 2. Cuando quería más mujeres o quería detener las disputas de sus esposas, recibía para ello revelaciones urgentes (Sura 33:28-34).

Respuesta: 2. Los versículos que da son tan disparatados. Aunque recibiera revelaciones urgentes para detener las disputas, ¿qué daño puede tener eso? Es decir, esas revelaciones traían paz, ¿y esto es malo a vuestros ojos? Además, como entendemos claramente también de estos versículos, Mahoma no retuvo a la fuerza junto a sí a ninguna de sus esposas. ¡Esas mujeres que presentan como tortura compartir a sus maridos con muchas otras esposas, no sé por qué, no pueden dejar nunca a ese hombre! ¡Solo hasta que se acaba su interés! A las esposas que desean este mundo de Satanás y menosprecian los valores espirituales, se le revela a Mahoma que les diga las siguientes palabras. Escribiré exactamente los versículos que ellos dan como prueba.

¡Oh, profeta! Di a tus esposas: «Si deseáis esta vida mundana y su adorno, venid, os daré unos bienes y os dejaré de buena manera. Pero si deseáis a Dios, a Su Enviado y la Morada del Más Allá, en verdad Dios ha preparado una gran recompensa para las que de entre vosotras hagan el bien».

¡Oh, esposas del profeta! Quien de entre vosotras cometa una indecencia manifiesta, su castigo será el doble. Esto es fácil para Dios. Y quien de entre vosotras obedezca a Dios y a Su Enviado y haga buenas obras, le daremos su recompensa el doble. Y le hemos preparado un sustento honroso.

¡Oh, mujeres del profeta! Vosotras no sois como cualquiera de las mujeres, si teméis a Dios, no seáis blandas al hablar; para que aquel en cuyo corazón hay enfermedad no se deje llevar por el deseo; y decid palabras mesuradas.

Y quedaos en vuestras casas. No os adornéis con ostentación como en el antiguo paseo de la ignorancia. Levantaos a la oración (cumplid la oración). Dad la limosna. Obedeced a Dios y a Su Enviado. ¡Oh, gente de la casa! Dios quiere apartar de vosotros la impureza y purificaros del todo. Recordad los versículos de Dios y la sabiduría que se recitan en vuestras casas. Dios lo ve todo y conoce toda noticia. Sura 33:28-34

¿Qué tienen de erróneo o de malo las expresiones de este versículo? Yo también le digo de vez en cuando las mismas cosas a mi esposa. ¿Qué debería haber dicho Mahoma, en vuestra opinión, para que fuera mejor? ¿Debía decir: poneos unos pantalones tan ajustados que se os vea no sé qué, o poneos una minifalda con abertura para que los hombres os deseen por dentro? Y al tomar el sol, ¿debía decir tumbaos siempre con los pechos al aire? Puede ser, a las mujeres les encanta por dentro exhibirse. Y los causantes de esto son también los hombres. Cuanto más se descubre una mujer, tanto más intentan también los hombres de nuestro tiempo comportarse con simpatía hacia ellas. Solo por sus placeres sexuales. ¿Qué hombre quiere que su esposa se acueste con otros hombres? Pero casi todo hombre, aunque vea completamente desnuda a cualquier mujer excepto a su propia esposa, prácticamente eso no le molesta. Incluso esos hombres llamados los más modernos europeos de nuestro tiempo actual dicen a su esposa: «muéstrate, pero aun así no te acuestes con nadie». Además, Mahoma tampoco era alguien que traficara con mujeres ni nada. Dios lo encargó como profeta. ¿Qué hay de erróneo en que dijera a sus esposas que se comportaran de un modo digno de esa función? Y encima sin obligar a nadie: dice «la mujer que no quiera puede irse», y se convierte en delito. ¿Qué habría pasado si se hubiera comportado así, como los padrinos de la mafia que dicen: «no puedes ir a ninguna parte, si me engañas te mato»? Yo creo que, hiciera lo que hiciera, a vuestros ojos sería un delito. Y no olvidemos que todas estas palabras virtuosas, favorables a la libertad, en realidad no las dijo Mahoma por sí mismo, sino conforme a las revelaciones que recibió de Dios.

Crítica: 3. Cuando la gente molestaba a Mahoma en su casa, recibía revelaciones útiles y rápidas sobre cuándo debía la gente visitarlo y cuándo no debía visitarlo (Sura 33:53-58; 29:62-63; 49:1-5).

Respuesta: 3. Esta es una acusación más curiosa. ¿Qué pasa, Mahoma, por ser profeta, tenía que estar las 24 horas del día al servicio de la gente? ¿Este hombre no debía tener también, con aquel calor, un tiempo que reservarse para sí mismo, para relajarse? A vuestro papa, a vuestros cardenales, a vuestros obispos, a vuestros sacerdotes, ¿se los puede visitar a cada dos por tres para hacerles preguntas? Sin pedir cita —que de todos modos no se la dan a cualquiera—, ¿quién puede hablar con ellos? ¡Ah, pero a Mahoma le estaba prohibido relajarse, retirarse a solas en su casa, en su tienda, y descansar! ¡Cabezas de piedra! ¿Qué es la buena educación, tampoco lo sabéis? ¡Entonces leed el Corán, quizá lo aprendáis!

Materiales épicos. Mahoma usó como fuente del Corán muchos materiales épicos e imaginarios.16 Como indica el profesor Jomier, uno de los mayores especialistas de Francia en Oriente Medio: Los musulmanes, sin conocer los orígenes históricos de estas historias, las aceptan como si fueran la palabra de Dios. En realidad, dentro del Corán se tratan formas épicas, poéticas y diversos temas religiosos que se sabe que están tomados de otras fuentes.17

Respuesta:

¡Ni se ha dado una prueba ni se muestra un versículo!

Fuentes árabes. El Corán cuenta historias árabes imaginarias como si fueran reales.

Crítica: 1. Las epopeyas árabes relacionadas con los genios imaginarios llenan páginas.18

Respuesta: 1. Afirmaciones sin prueba, no está claro qué quiere decir ni a qué parte del Corán quiere referirse.

Crítica: 2. La historia de la camella que salta de la roca se conocía mucho antes de Mahoma. (Sura 7:73-77,85; 91:14; 54:29).

Respuesta: 2. Que algo se conozca de antes y que Dios dé a conocer lo correcto de ello por vía de revelación, y no de boca en boca, y que se logre también que esto se ponga por escrito, ¿cuál es el problema? Si algo no se puede poner por escrito porque se conoce, si es erróneo que el profeta también lo escriba, entonces habría que dejar de leer la mayoría de los libros que escribió Moisés. Por ejemplo, empezando por Adán y Eva, muchas personas y sucesos relacionados con Noé, Abraham, Isaac, Ismael, Jacob, Job y muchos otros ya eran conocidos de antes por los israelitas. Entonces, ¿habría que decir que Moisés era «un tramposo»? En el Evangelio, los apóstoles escribieron sus cartas llamando la atención sobre muchos sucesos conocidos de antes. No hace falta que dé versículo como prueba. Abrid el Evangelio y, aparte de un montón de citas tal cual del Antiguo Testamento en la parte de abajo, esos temas también se han tratado repitiéndolos. ¡Según vosotros, esto es fraude! ¡Pues que lo sea!

Crítica: 3. La historia de que toda la gente de un pueblo fue convertida en monos por no respetar el sábado al pescar es una epopeya que se contaba en la época de Mahoma (Sura 2:65; 7:163-166).

Respuesta: 3. Así que estos sucesos ya se han vuelto epopeya. Sobre el diluvio de Noé hay epopeyas y libros de cuentos que han escrito muchos pueblos. Estas personas no son ni musulmanas ni cristianas. El que sea así y el que esa verdad entre en sus libros de cuentos, ¿acaso desmiente el diluvio de Noé? Que algo se conozca de antes y que se mencione de nuevo en otro lugar, jamás podré entender qué tiene de erróneo.

Crítica: 4. La historia de las 12 fuentes que brotan que hay en la Sura 2:60 viene de las epopeyas del periodo preislámico.

Respuesta: 4. El mismo estribillo.

Crítica: 5. La historia llamada «Rip Van Winkle» de los 7 hombres y sus animales que despiertan después de dormir 309 años en una cueva (Sura 18:9-26). Esta epopeya podéis encontrarla, como en la antigua creencia árabe, también en los cuentos griegos y occidentales.

Respuesta: 5. Estos «siete durmientes» son una historia que también conoce Europa. Es más, ese nombre, es decir, el nombre de siete durmientes, se lo han puesto a un animal parecido, entre el ratón y la ardilla. Y encima conocen este conocimiento a pesar de que no aparece en ninguna parte de la Sagrada Escritura. El Corán cuenta esta verdad sin indicar el número. Es decir, resulta que era real. La gente, en cambio, lo escucha como un cuento. Esas personas que huyeron y durmieron largos años (309 años) también eran, con gran probabilidad, cristianas. Como los perseguían por su fe, huyeron y se refugiaron en una cueva. ¿Sentís vergüenza porque el Corán escriba sucesos con los que uno se puede enorgullecer en nombre de Dios? Avergonzaos de vosotros mismos, de vuestras obras, de la actitud de vuestro corazón, eso está bien. Según vosotros, todo lo que está escrito en el Corán es fantasía.

Crítica: 6. La historia de los cuatro pájaros cortados que resucitan y vuelan también era una historia bien conocida en la época de Mahoma (Sura 2:260).

Respuesta: 6. De nuevo el mismo estribillo.

Está bastante claro que en las explicaciones de Mahoma de las Suras 21:96; 29:31,46; 37:59; 54:1; y 93:1 usó literatura preislámica como el «Sab'a Mu'allaqat» (Los Siete Colgados) de Imru al-Qays.

Respuesta:

Por favor, esos versículos llamados literatura preislámica, que afirman que Mahoma copió, abridlos también vosotros en su sitio, en el Corán, y leedlos. ¡¿Estos quieren decir que, porque algunos nombres aparezcan también de antes, el Corán no puede en absoluto usar esos nombres?! Si hubo en otro tiempo personas, pueblos llamados Gog y Magog, ¿va a estar prohibido usar estos nombres? Un montón de afirmaciones llenas de disparates parecidos a este.

Fuentes judías. Muchas de las historias del Corán vienen de los libros de exégesis judía, el Talmud y el Midrash, y de escritos basados en muchas tradiciones. Esta situación fue expuesta en 1833 por Abraham Geiger y documentada en 1954 por Abraham Katsh, un profesor judío de la Universidad de Nueva York.19

Respuesta a las fuentes judías:

¡¡¡Un profesor judío lo ha expuesto, un tal fulano judío lo ha documentado, pues ya está, estas son las pruebas más claras y evidentes de que el Corán no puede ser de Dios!!! ¡¿Hace falta otra prueba?! ¡Y encima lo ha hecho en un lugar como Nueva York, caramba! El Corán, de todas formas, no hace ninguna otra afirmación. Figura como «Él, que confirma a los anteriores y ratifica el Corán». Sura 21:24; 35:31; 2:87; 5:48; 6:156. ¡Estos cristianos y los judíos son como el perro y el gato entre sí, pero cuando se meten de por medio el Corán y los musulmanes, de repente se han hecho amigos!

Crítica: 1. La fuente de la Sura 3:35-37 es un libro que contiene historias imaginarias titulado El Protoevangelio de Santiago el Menor.

Respuesta: 1. Con estos versículos se habla de cómo nació María, la madre de Jesús, y de Zacarías, el padre de Yahya. El Corán está escrito sobre este tema entrando en otros detalles que no están escritos en el Evangelio. ¿Los profesores judíos se han opuesto a estas verdades? Los judíos también se opusieron a Jesús. ¿No son ellos quienes llaman tramposos también a Jesucristo y al Evangelio? Además, ¿quién ha tomado estas verdades de quién? Si según ellos son imaginarias, ese es su problema. Para mí son muy lógicas y están en armonía con las verdades de la Sagrada Escritura.

Crítica: 2. La fuente de la Sura 87:19 es la obra titulada El Testamento de Abraham.

Respuesta: 2. Ahí solo aparece la siguiente frase: «Está también en las hojas de Abraham y de Moisés» ¡Solo por esta frase el Corán se convierte en un libro tramposo! Frases así están escritas quién sabe en cuántos libros de religión, o en novelas, aquí y allá. Ya lo digo, según estos, lo que escriba el Corán es un delito. Dan versículos y, según ellos, hacen una prueba muy significativa. Un método muy simple y muy trillado, preparado para los lectores insensatos, para los seguidores de los periódicos ilustrados, para quienes creen de golpe lo que ven y lo que oyen.

Crítica: 3. La fuente de la Sura 27:17-44 es el Segundo Targum sobre Ester.

Respuesta: 3. ¡Pues qué le vamos a hacer! ¿Qué tiene que ver, o qué clase de prueba es esta?

Crítica: 4. La curiosa historia de un hombre a quien Dios «dejó muerto cien años y después resucitó» sin que hubiera ningún efecto malo en su comida, en su bebida o en su asno es un cuento popular judío (Sura 2:259).

Respuesta: 4. Que para mí sea real y para algunos sea un cuento no hace increíble al Corán, es cuestión de poder creer. Para creer, ¿acaso tiene que ser un suceso que ocurra ante nuestros ojos en aquellas fechas? Para creer cada cosa que leemos, ¿acaso hace falta forzosamente que la veamos? Bien, ¿qué significa «fe»? Leed Hebreos 11:1.

Crítica: 5. La resurrección de Moisés y otros materiales vienen del Talmud (Sura 2:55, 56, 67).

Respuesta: 5. Ahí no se habla para nada de que Moisés muriera o resucitara. Solo se habla de que un grupo de incrédulos que querían ver a Dios abiertamente fueron alcanzados por un rayo, y después, por si acaso aprendían una lección, fueron resucitados. El tema mencionado, ¿es de nuevo imposible para Dios? Todo lo demás que está escrito en toda la Torá, en el Antiguo Testamento, ocurrió, pudo ocurrir, ¿pero esto no, no puede? De nuevo digo: «Leed la Sagrada Escritura».

Crítica: 6. La historia de la Sura 5:30, 31 puede verse en las obras de Pirke Rabbi Eleazer, en el Targum de Jonatán ben Uziel y en el Targum de Jerusalén.

Respuesta: 6. ¡Muy bien! Pues ahí lo tenéis.

Crítica: 7. La historia de la salvación de Abraham del fuego de Nemrod viene del Midrash Rabbah (véanse las Suras 21:51-71; 29:16,17; 37:97,98). Además, debe indicarse de nuevo que Nemrod y Abraham no vivieron en el mismo tiempo (véase la página 125). Mahoma confunde continuamente en el Corán a personas que no vivieron en el mismo tiempo como si hubieran vivido en el mismo tiempo.

Respuesta: 7. Yo también lo digo de nuevo repitiéndolo: leed la Sagrada Escritura y aprended a hacer cuentas.

Crítica: 8. Los detalles no basados en la Sagrada Escritura de la visita de la reina de Saba (Sabá) de la Sura 27:20-44 vienen del Segundo Targum sobre Ester.

Respuesta: 8. ¡Bravo! Es decir, no está escrito solo en el Corán. Si os referís a la confusión, con las pruebas que dais solo os veo a vosotros dentro de una confusión.

Crítica: 9. La fuente de la Sura 2:102 es sin duda el Midrash Yalkut. (Capítulo 44). Crítica: 10. En la Sura 7:171, la historia de que Dios levantó el monte Sinaí y amenazó con arrojarlo sobre sus cabezas si negaban la ley viene del libro judío titulado Abodah Zara. Crítica: 11. La historia de hacer el becerro de oro en el desierto, que saltó del fuego con forma completa e hizo sonido de vaca, viene de Pirke Rabbi Eleazer. (Sura 7:148; 20:88). Crítica: 12. Las figuras de los 7 cielos e infiernos que se cuentan en el Corán vienen del Zohar y del Hagigah.

Respuesta: 9.10.11.12. Los mismos temas y las mismas afirmaciones disparatadas. ¿Qué pasa si está escrito en el libro de esos hombres? Sobre alguien como Job escribe Moisés, aunque ¿qué relación tenía Moisés con Job?; ese no se convierte en tramposo, y ¿Mahoma sí se convierte en tramposo cuando dice las revelaciones que recibió? La respuesta de la décima, en cambio, no es como ellos dicen. Cuando Dios hizo caminar a Israel por el desierto, levantó el monte para que les hiciera sombra. Esta verdad no está solo en el Corán, sino también en la Sagrada Escritura, en los Salmos. (Salmos 114:4; Al-A'raf, Sura 7:171)

Crítica: 13. Basándose en el libro El Testamento de Abraham, Mahoma enseña que se decidirá si la gente irá al cielo o al infierno según pesen más sus buenas o malas obras en una medida o una balanza. En la Sagrada Escritura, en cambio, no existe tal concepto de balanza.

Tomado del libro titulado «Por qué no pudimos ser musulmanes», que hay en nuestra sección de biblioteca.

Respuesta: 13. Si nos ponemos a discutir las cosas que están en sentido literal con las comparaciones, tendríamos que no coger nunca en las manos la Sagrada Escritura. Jesucristo contó sus parábolas usando muchas comparaciones. Dios se comparó a sí mismo con una relación padre-hijo, a veces con un gobernador, a veces con un señor. (Malaquías 1:6; Juan 16:25) ¿Acaso dentro de estas comparaciones no hay ninguna palabra «balanza»? Si la hubiera, esta vez diríais: «copió, de todos modos ya estaba escrito en no sé dónde». Todas las personas son pecadoras y todas cometieron delito. Por mucho que Jesucristo muriera por los pecados de toda la humanidad, tampoco hay en el Evangelio una palabra que diga que todos se salvarán. Es decir, según cierta medida, habrá quienes se salven y quienes no se salven. La Sagrada Escritura también da su mensaje en esta dirección. (Daniel 12:2; Juan 5:28) Jesús dio a la humanidad un ejemplo muy bello para los judíos hipócritas de aquel tiempo, sin fe, que no creían en él, como vosotros:

«¿A qué compararé a los hombres de esta generación? Se parecen a los niños sentados en las plazas del mercado, que se gritan a sus compañeros: «Os tocamos la flauta, y no bailasteis; entonamos endechas, y no os lamentasteis».

Cuando vino Yahya, ayunaba y se abstenía de bebida, y dicen de él: «Tiene un demonio».

Cuando vino el Hijo del hombre, comía y bebía. Y esta vez dicen: «¡Mirad a ese hombre glotón y borracho, amigo de recaudadores de impuestos y de pecadores!». Pero la sabiduría queda justificada por las obras que ella misma pone de manifiesto.» Mat 11:17-19

Jesús dijo estas palabras a las personas que no creían en los profetas que Dios enviaba, que tenían dificultad en creer, descarriadas y de corazones encallecidos. No va a haber una diferencia entre esa generación y la generación actual. Es que el ser humano, o no cree y va a la muerte por ello, o cree, y a esa persona en quien cree la convierte en un dios, un ídolo, un Dios. ¡¿No hay lo normal en esto, hermano?! Los judíos no creyeron en Jesús, lo mataron. ¡Y quienes creyeron en él lo convirtieron en el tercer Dios! No pudieron creer en Mahoma, le declararon la guerra. La guerra que empezó entre los musulmanes después de su muerte sobre quién se sentará en qué sillón aún no ha terminado. Y con el respeto disparatado, sin sentido y pagano, casi de adoración, que muestran hacia Mahoma, hacen, según dicen, una competición de meadas con los cristianos. De los judíos no hace falta hablar en absoluto. Ninguna de estas tres religiones que he mencionado ni escuchó a esas personas que enaltecen, ni hizo lo que les dijeron que hicieran, ni las tomó como ejemplo. De nuevo estoy obligado a preguntar: «¿No hay lo normal en este asunto, hermano?».

¿Y habéis leído también el escrito de más abajo? ¡Estos textos los han tomado de la sección de biblioteca, del libro titulado «Por qué no pudimos ser musulmanes»! Quienes no pudieron ser musulmanes por alguna razón, si no pudieron por estas razones, ¿en qué se han convertido, en vuestra opinión? ¿Han seguido siendo, o se han hecho, cristianos? Hay tantísimos tramposos que dicen: «soy cristiano, soy musulmán, creo en Dios y guardo sus mandamientos». No es importante permanecer siendo uno de ellos, todas partes están llenas de ellos. Mostradme vosotros a las personas creyentes, rectas, sinceras, honradas. ¡Es seguro que ellas no esperan en cada esquina de la calle con sus etiquetas en la mano, como vosotros!

En conclusión:

Los cristianos, con los pensamientos y la lógica de esta página que yo elegí por casualidad, hacen la misma insinuación a todo el mundo con el fin de oponerse al islam. No creáis en absoluto que en estas páginas estoy enfadado con ellos. Me irritan sus disparates, y lo que más me disgusta son sus hipocresías, sus mentiras, sus fraudes. Por lo demás, lógicas tan carentes de lógica como las de estas páginas me han sido de gran ayuda para creer investigando el Corán y la Sagrada Escritura. Algunos fanáticos insensatos, como no poseen el conocimiento y la rectitud para responder a personas así, se disponen a matar a personas así. Ellos, en cambio, son aún más cabezas de piedra. ¡Cree tapar así su propia ignorancia! Si no existieran personas así, quizá ni siquiera se me habría ocurrido qué es investigar. Como he dicho, para mí, creer en Dios había ocurrido con leer las primeras 30 páginas de la Sagrada Escritura. Gracias a personas así crecí en conocimiento y me desarrollé en la fe. Por lo demás, creo que mi conocimiento no superaría ni siquiera al de esos hocas de la saliva. Yo, a críticas así, digo «continuad». El valor de algo solo se entiende mejor si hay personas así. Si no hubiera nunca amargura, tampoco existiría el concepto de dulzura. Si Dios ha permitido que existan contrastes así, sin duda tiene también un propósito prudente. En realidad, Satanás y personas así cumplen la función de un tamiz. De nuevo, sin saberlo, con sus malas obras han hecho el bien. Porque gracias a su maldad yo me aferré a lo bueno. ¿Acaso no me habría aferrado si ellos no existieran? Jesucristo expresa una hermosa verdad:

«Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le atrae; y yo le resucitaré en el día postrero. Juan 6:44

Tengamos las actitudes y comportamientos que agradan a Dios, para que también nos atraiga. Y esto tampoco es fatalismo, es algo que está en nuestras propias manos.

Había muchas más cosas que quería escribir en este libro. El libro se va engrosando cada vez más. Y en esta época, ¿quién lee un libro tan grueso? Por desgracia, como Turquía estamos entre los países que menos libros leen. Por eso también intento mantener este libro lo más breve posible. Según mucha gente, no lo consigo. Sin duda ellos también tienen razón en algunas cosas. Escribir según el gusto de todos es de verdad muy difícil.

También hay autores y libros suyos que hacen contra la Sagrada Escritura estas mismas críticas que se hacen contra el Corán. Su lógica contra la Sagrada Escritura, esta vez, y su modo de criticar se parecen exactamente a los de estos que intentan refutar el Corán. Si publicara también sus escritos, en medio hay también quienes no creen en absoluto en Dios, ateos. Sobre ellos también hay tantísimos temas que contar. Como he dicho, no es posible tratar todo esto en un solo libro. Y lo más importante, para entender tanto la Sagrada Escritura como el Corán, podrían hacerse tantísimas explicaciones versículo por versículo. Trasladar todos estos conocimientos al libro sería, al menos para mí, una labor muy trabajosa y grande. Como he dicho, si Dios lo permite, entraré en la página http://mesias.de e intentaré responder si tenéis preguntas por medio del correo. Y esto pensaba hacerlo publicando de nuevo en esas páginas las preguntas y las respuestas de quienes lo permitieran, pero me di cuenta de que también eso era imposible. Solo mi correspondencia con una única persona ha superado las 60 páginas. Vi que ponerse a publicarlo todo sería una labor descomunal. Y más que una labor descomunal, tampoco le encontré sentido. Porque con mis escritos de aquí quiero animar a las personas a investigar, para que —cada cual por su cuenta— tengan una fe y un pensamiento lo mejores y más verdaderos posible. Discutir y hablar amplía los puntos de vista de las personas, pero yo no tengo la pretensión de presentar esto yo solo en estas páginas.

En realidad, todo está en vuestras propias manos, en vuestra voluntad. Por eso, dejando aunque sea un poco vuestra afición a la comodidad, por vosotros mismos y por vuestros seres queridos, por vuestra vida eterna, investigad, formaos, aprended y enseñad. Y lo más importante de todo, procurad establecer una buena relación con Quien os creó a vosotros y a todo el universo. Y esto empieza primero con orar a pesar de todas nuestras maldades, errores y faltas. Orar no es tumbarse y levantarse en el suelo cinco veces al día. Ni tampoco es visitar la iglesia cada domingo. Y desde luego no es ir a predicar de puerta en puerta ni estar presente tres veces por semana en reuniones de cinco horas. La verdadera adoración significa hacer la voluntad de Dios las 24 horas, es decir, todo el día, vivir conforme a ella, pensar y hablar conforme a ella. Aunque, como musulmán, te tumbes y te levantes en el suelo no cinco veces sino quinientas al día, aunque, como cristiano, pases todo el día encendiendo velas en esa iglesia no ya de domingo en domingo, aunque, como Testigo de Jehová, prediques yendo de puerta en puerta 720 horas al mes (esto significa 24 horas cada día), aun así no puedes decir que has hecho las cosas gratas a Dios. Es que no es esto lo que Dios busca. Dios quiere amor, misericordia, bondad. Dice: «Ámalo a Él y amaos unos a otros». Todas las Escrituras Sagradas se basan en estos dos mandamientos. En Mateo 22:35-40 está escrito así:

Uno de ellos, un experto en la Ley, para probar a Jesús, le hizo esta pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?».

Jesús le respondió: ««Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente».

Este es el primero y más importante mandamiento.

El segundo mandamiento, semejante al primero, es este: «Ama a tu prójimo como a ti mismo».

De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y las palabras de los profetas.» Mateo 22:35-40

Si vivimos conforme a estas palabras, Dios sin duda también nos atraerá hacia sí.

Orando, sin ocultarle nada, abrid todo vuestro corazón a Dios con humildad. Junto con esto, prestad atención también a hacer como dicen las palabras de más abajo:

¡Estad atentos! Con una filosofía basada en la tradición de los hombres y en los principios elementales del mundo, y no en el Mesías, con palabras vanas y engañosas, que nadie os tome cautivos. Colosenses 2:8

En este versículo no dice ni los Testigos de Jehová, ni las iglesias católica, protestante u ortodoxa, ni las religiones y sectas musulmanas, ni hocas, sacerdotes, rabinos (clérigos judíos)… etc., dice «nadie». Así que obedeced este consejo de Dios y no seáis esclavos. Porque la voluntad de Dios es:

Él quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres. 1.Timoteo 2:4-5

No conforme a las verdades vuestras que hasta ahora habéis oído de oídas, que la sociedad o vuestro propio corazón os han inventado; sino aprended, entended y creed todo esto como Dios quiere, y esforzaos por pensar de esa manera y vivir de esa manera. Solo entonces podréis tener la esperanza de que Dios estará con vosotros.

¿Igualdad o libertad?

Si alguien te pusiera delante una elección: «hay un país en el que solo existe la igualdad, pero no la libertad; y existe también otro país en el que hay libertad, pero no igualdad». Y tú estás obligado a elegir uno de ellos. ¿Cuál elegirías y en cuál querrías vivir?

Detengámonos primero en el significado de estas palabras, para no cometer errores. De nuevo, en el libro Diccionario Básico del Turco, escrito por Kemal Demiray, estas palabras se explican así:

igualdad, -dad s.1. Condición de ser igual. (1. (Dos o más cosas) que son equivalentes entre sí en cantidad y calidad (sinón. equivalente). 2. Que disfrutan de los mismos derechos, que están al mismo nivel: Las mujeres y los hombres deben ser iguales.

2.social. Condición en la que, cualesquiera que sean las diferencias corporales y espirituales, no existe distinción alguna entre las personas en cuanto a los derechos sociales y políticos. Grado de igualdad gram. Modo de expresar que una cosa no difiere de otra utilizando las partículas como, cuanto, tanto.

hürriyet s. ár. Libertad. (libre 1.el que tiene la fuerza y la capacidad de actuar como quiere (sinón. suelto) 2. el que, en cuanto a gobierno, no depende de otro, que no es esclavo (sinón. libre) 3. el que no está sujeto a reglas (elegir la libertad 1) Escapar y librarse de un régimen opresor. 2) Llevar una vida a su propio antojo.

De forma sencilla, esta es la definición que dan los diccionarios de estas dos palabras. Pero cuando se entra en los detalles de sus significados, sus efectos y consecuencias no son en absoluto como los imaginamos en nuestra mente. Al observar los acontecimientos vividos a lo largo de la historia, en realidad la igualdad y la libertad han tenido efectos muy opuestos entre sí.

La mayoría de las personas a quienes hice esa pregunta inicial, mejor dicho, casi todas, estaban a favor de la igualdad. Que esta realidad es así también lo señala el escritor llamado Eric Hoffer en su libro El verdadero creyente (Los fanáticos). Allí Eric Hoffer dice lo siguiente:

«En un lugar donde la libertad es real, la igualdad es el gran anhelo de las masas, de las sociedades. En un lugar donde la igualdad es real, en cambio, la libertad es el gran anhelo de una pequeña minoría.

La igualdad sin libertad crea un orden social más equilibrado que la libertad sin igualdad».

Está escrito un poco como un acertijo, pero intentemos explicarlo. En un lugar donde hay libertad, el mayor anhelo de la sociedad, de las masas, es decir, de la mayoría, sería la igualdad. Es decir, no quieren la libertad. Quiere decir que la mayoría de las sociedades está a favor de la igualdad. Y en un lugar donde hay igualdad, entonces la libertad solo es deseada por un grupo muy reducido, señala. Además, dice también que una sociedad igualitaria pero sin libertad es más equilibrada que una sociedad libre. Es decir, la libertad trae consigo también el desequilibrio. En realidad es una conclusión asombrosa, pero verdadera. Detengámonos un poco en sus razones. De nuevo, sobre este tema, Eric Hoffer dice en su libro:

«Quienes ven su propia vida corrompida y malgastada buscan más la igualdad y la fraternidad que la libertad. Lo que nunca traerá la igualdad que ellos anhelan es la libertad. El deseo de igualdad es, en cierto sentido, el deseo de ocultar la propia personalidad (anonimato); es decir, como cuando uno de los hilos que forman la tela no se distingue de otro. De este modo, nadie puede compararnos con los demás y sacar a la luz nuestros defectos», dice.

La palabra 'libertad' era uno de aquellos conceptos que los Testigos de Jehová, entre quienes en su día me encontré, más temían, más odiaban y presentaban como el origen de todo mal. Como si fuera una lepra, una dolencia de la que quien la contrae muere inevitablemente, se destruye, un mal del que no hay salvación; esa idea siempre subyacía, solapada, bajo todas sus enseñanzas. Estas instituciones con forma de organización de las que hablo a lo largo de todo mi libro, ya sean religiones o sectas, no están solas en esto. La libertad no es en absoluto bien recibida por ninguna de todas estas instituciones que he mencionado. Aquellas grandes religiones a las que en tiempos pasados les rompieron las uñas; por causas como revoluciones, levantamientos, el Renacimiento, se vieron obligadas a conceder libertad, eso es otra cosa. ¡Pero no por voluntad, sino por obligación! Sin embargo, las explicaciones que dan sobre la definición de esta libertad las religiones y sectas que en el último siglo han brotado del suelo como hongos son las siguientes:

Desobediencia a los padres, insumisión, rebeldía, un mundo lleno de un espíritu de fornicación desvergonzada, gente maleducada, insolente, melancólicos que no saben lo que quieren, borrachera, drogas, quienes hacen cualquier cosa por placer, toda clase de abominaciones que nacen de la falta de límites, etc.; según ellos, en la raíz de todas estas cosas y otras semejantes subyace siempre esa mentalidad de libertad. Explican la libertad asociándola siempre con estas cosas, de modo que en cuanto oigas esa palabra se te ponga la piel de gallina. Como he dicho, vemos que no solo los Testigos, sino muchas otras religiones y sectas, incluso han tenido éxito en captar miembros con estas enseñanzas orientadas en tal sentido.

Aunque las realidades son así, algo atrae a esas personas hacia allí, pero ¿qué es ese algo? Con mi propia conciencia doy testimonio de que la razón que atrae hacia allí a la gran mayoría de las personas que están allí no es Dios. O si acaso una sola persona está allí únicamente por amor a Dios, no sé si de entre mil se hallará quizá una. Y también está el caso de quien pertenece a esa religión de nacimiento, porque para tales personas es la mayoría de las veces imposible ejercer su libertad de elección. Si no encuentran una reacción muy extrema por parte de la sociedad, por lo general tampoco se plantea abandonar de manera abierta la religión que poseen. Aun así, saliéndose de estas categorías, ¿por qué han sentido las personas la necesidad de cambiar activamente de religión?

La mayor razón es porque buscan igualdad en lugar de libertad. Dijimos que todas las demás religiones son iguales. Y si son iguales, ¿por qué sale uno de una para entrar en otra?

Si la religión en la que se encuentra es religión de Estado y sus números han alcanzado cifras aterradoras —por ejemplo, el catolicismo, el protestantismo, el islam—, entonces la persona no encuentra allí ese sentimiento de igualdad. Como dice Eric Hoffer en su comparación, el color distinto de los hilos de una tela se distingue en esas grandes religiones. En pocas palabras, en esas grandes religiones existe, aunque sea poca, esa libertad que ellos comparan con la lepra. Aunque sea parcialmente, existe. Porque estas religiones ya se han convertido en religiones de Estado. Salvo sus dogmas (en el cristianismo, las enseñanzas fundamentales inmutables, como por ejemplo la creencia en un Dios triple), que no interesan en absoluto a esos Estados, sus reglas, sin embargo, se ajustan indefectiblemente a las leyes de esos Estados. Por ejemplo, si es un Estado muy amante de la libertad, esa religión también tiene que serlo; si es un Estado muy partidario de la igualdad, según el caso, de buen o mal grado, pero igualmente tienen que adaptarse. Si es una voluntad dictatorial, en la colaboración con esos dictadores serán de nuevo estos religiosos quienes vayan a la cabeza. Es decir, estas religiones se parecen mucho a ese famoso animal, el camaleón, que adopta el color del lugar donde se posa. La verdadera dirección hacia la que van, muchas de sus creencias, sus prácticas, se las trazan esos Estados. Porque dijimos que los Estados y los ejércitos «son una organización». Las religiones también son una organización. Pero ninguna organización alberga dentro de sí a otra organización que le diga «no», ni siquiera la tolera. En tal caso, se somete a las órdenes de quien sea el más fuerte, o, si dice «no», es aniquilada. Los Estados y los gobiernos son más fuertes que las religiones. Y en la mayoría de los casos decimos: «Gracias a Dios que es así».

Por ejemplo, los Testigos, por haber dicho «no» hacia el año 1914, se pudrieron en las cárceles de Estados Unidos. Bajo qué condiciones fueron liberados después, eso lo saben sus dirigentes y ese Estado. De lo contrario, si el Estado ya los había borrado y aniquilado hacia 1914, ¿por qué habría de cambiar de nuevo de idea y decir: «Ven, nos equivocamos, aunque nos aniquiles nosotros no te tocaremos, organízate como quieras»? ¡¡¡Y encima el Estado que dice esto sería Estados Unidos!!! Como suele decirse: «Anda, hazme cosquillas al menos para que me ría»; pues esto es exactamente igual. Quién sabe bajo qué condiciones se vendieron para salir de allí. Pero sobre estos asuntos ningún Testigo de Jehová se calienta la cabecita, pues estos pensamientos son pensamientos libres, ¡y la libertad es muy, muy peligrosa!

Ahora vosotros, que leéis estos escritos, llegaréis a la conclusión de que yo estoy en contra de la igualdad. Aun así, no decidáis sin haber leído hasta el final. Más que mis pensamientos, aquello a lo que más valor debemos dar y que más debemos tomar como ejemplo deben ser Dios y Sus pensamientos. Veamos cómo mira Dios este asunto de la libertad y la igualdad.

En las Sagradas Escrituras, en lugar de la palabra igualdad, en cuatro o cinco lugares se emplea la palabra 'semejanza'. En las traducciones al turco, de nuevo con el mismo sentido, pero con un significado distinto al de nuestro tema. (Romanos 5:14, 6:5, 8:3, Hebreos 7:15) Estos versículos no se usan en el sentido de igualdad del que ahora hablo, sino en el sentido de «semejante», «cosa idéntica». Por ejemplo, Adán en cuanto a perfección era igual que Jesús, la semejanza de Adán y Jesús. O la semejanza del pecado. Como cuando dos o más personas pecan, sus pecados no se asemejaban entre sí. También: aunque algunas personas no cometieron un pecado semejante al de Adán, también murieron. La palabra igual que aparece en la traducción turca del Corán tiene también significados interesantes. Por ejemplo, las palabras «igual» que aparecen en las suras Nisá 89, Tevbe 19, Hud 24, Rad 16, Nahl 71, 75, 76, Hac 25, Şuara 98, Rum 28, Fatır 12, Zümer 29, Hadid 10 tampoco tienen mucha relación con nuestro tema. También hay lugares que sí tienen relación, y eso lo señalaré más adelante en la continuación del tema.

Una realidad muy importante: las personas confunden la igualdad con la justicia. En realidad, el mayor error nace de aquí. Donde hay libertad hay justicia, y donde hay igualdad también hay justicia, y debe haberla. No debemos confundir estas cosas entre sí. Pero al aplicarlas, de vez en cuando también distorsionarán la verdadera justicia; eso es otra realidad aparte. Antes de explicarlo con ejemplos, quiero recalcar lo siguiente: a los ojos de Dios nadie es igual. Una de las mayores características de Dios es también la justicia, pero, aparte de Sus cuatro mayores características (amor, justicia, poder, sabiduría), no posee una quinta característica llamada igualdad. Porque si Dios fuera un Dios que defendiera la igualdad, entonces se le haría imposible ser justo. De nuevo, para que no se confunda, señalaré también esto: ante Su justicia todos son iguales. Nunca hagamos esto confundiendo la igualdad con la justicia. Ante la ley todos tienen los mismos derechos, están al mismo nivel. (Que se aplique o no es un asunto completamente distinto) De hecho, la igualdad se expresa así también en el diccionario, como su segundo significado. Sin confundiros más la cabeza, intentaré explicar estos asuntos dando ejemplos.

Por ejemplo, pensemos en David, profeta de Dios y rey ungido por Él, y en la persona más insignificante y pobre. Si hay un delito de por medio, estas dos personas son iguales ante Dios. Los derechos de ambos son los mismos. En tal caso, sin que se tenga en cuenta ni el rango, ni la capacidad, ni la riqueza, ni el poder, ni la necedad, ni la pobreza, ni la debilidad de nadie, ambos son iguales ante la justicia de Dios. ¿Acaso no se llama a esto justicia? Por ejemplo, si David, que era rey y al mismo tiempo profeta, hubiera tomado injustamente aunque fuera un solo corderito de un hombre pobre, debía devolverlo cuadruplicado. Ante Dios, su realeza, su riqueza, su etiqueta y demás le importan un comino y le resbalan. (2 Samuel 12:1-6) Con todo esto, David y aquel hombre, aparte de la justicia ante el tribunal del juicio de Dios, nunca son iguales, ni pueden serlo. Las capacidades, los conocimientos, la inteligencia, la fe, el amor y muchas otras características de ambos son muy diferentes entre sí. De hecho, la igualdad que se usa en matemáticas significa lo mismo. 1=1. Pero 1,000001 y 1,000002 no son iguales entre sí. Aunque esta diferencia sea de una millonésima, tan pequeña que no merece ninguna consideración, no son iguales.

En otro lugar, Jesús el Mesías da este ejemplo: Un rey, al salir de viaje a un lugar lejano, entrega dinero a algunos de sus siervos según sus capacidades, para que lo hagan trabajar. Fijaos, no dice que a cada uno por igual, sino que, diciendo según sus capacidades, se le da a cada uno una cantidad distinta. (Mateo 25:14-15)

En otro ejemplo más, dos hermanos de entre los apóstoles (los discípulos de Jesús) hacen en una ocasión, por medio de su madre, una petición a Jesús. La mujer suplica a Jesús por sus hijos: «Por favor, que en tu reino estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Jesús, en cambio, les responde: «No sabéis lo que pedís», y recalca que estas cosas no están en su mano. (Mateo 20:20-23)

Así pues, tampoco en los lugares celestiales hay igualdad; entre ellos hay diferencias de grado. Solo que no olvidemos que, al mismo tiempo, también hay libertad. Y todos, con sus capacidades, con sus esfuerzos, con las características que han desarrollado, pueden cambiar estos grados. Jesús lo dijo de nuevo claramente así:

Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. Mateo 11:12

Aquí no se trata de la tiranía de la fuerza. Para quienes no conocen el versículo, en una primera lectura podría dársele tal sentido. Lo que se expresa es que quienes entran en el Reino de los cielos son personas que no son flojas en el esfuerzo, en la fe, en el amor, en las obras, etc., sino diligentes, esforzadas, que no se rinden enseguida ante este mundo. Así pues, esta selección no se hace según la regla de la igualdad, sino según la ley de la libertad.

También en el libro de Apocalipsis está escrito que, entre las criaturas espirituales de la tierra y del cielo, nadie, salvo uno, era digno de abrir el libro sellado con siete sellos. Así pues, queda de nuevo bien claro que no existe eso llamado igualdad. Y esto no es injusto, sino todo lo contrario, justo. (Apocalipsis 5:1-10)

Pensadlo así: se van a contratar a 10 personas en un lugar de trabajo. Como condición se dice que se contratará a diez personas de tal edad que hayan terminado tal escuela con tal grado. En una sociedad donde hay igualdad, las primeras diez personas que cumplan esas condiciones y hayan presentado su solicitud son contratadas de inmediato. La persona número once, quienquiera que sea, no será contratada. Porque los otros llegaron antes que ella y se dará a todos un trato igual. Sin embargo, aquí, aunque tengan incluso el mismo diploma, aunque la capacidad de esa persona número once, su aptitud, el potencial que lleva dentro, la alegría que en la práctica siente por ese trabajo, su honradez, su fiabilidad, sean muchísimas veces superiores a las de los demás, no es contratada, porque se aplica la igualdad. Pero en las sociedades libres hay competencia. Allí, sus capacidades, su esfuerzo, su resistencia, su lógica, la alegría que siente por ese trabajo, todo esto son puntos a favor. En teoría, las notas que sacó en la escuela pueden no ser diferentes de las de los demás, e incluso pueden ser malas. Esta persona, además de poseer en la práctica capacidades muy diferentes, tiene capacidad de mostrar en la vida laboral un éxito mucho mayor que en la vida escolar. En el tema relacionado con la organización escribí sobre Edison, pero lo repetiré de nuevo. En toda su vida tuvo en total tres meses de educación escolar. Su maestro expulsó a Edison de la escuela diciendo: «Tú no sirves para nada», y encima con el sello de «incapaz de aprender». Y Edison sería más adelante alguien con 2000 inventos y cerca de 1300 patentes. Es decir, no inventó solamente la bombilla, que es la más famosa. La bombilla que inventó no es más que uno de esos 2000 inventos.

De nuevo, uno de los más famosos, el antiguo presidente estadounidense Abraham Lincoln, tuvo en su infancia solo seis meses de vida escolar. Pero mucho más adelante, en su juventud, va a la Facultad de Derecho. Que de los ejemplos que doy no se saque la conclusión de que estas personas no aprendieron nada; todo lo contrario, aprenden muchísimas cosas, pero no forzosamente en las escuelas.

En pocas palabras, en las sociedades partidarias de la libertad las personas deben demostrar sus capacidades. Pero en las sociedades partidarias de la igualdad no hay necesidad de ello, y por eso la persona de esa sociedad está cómoda. El comunismo se hundió por esta razón. Porque, así como lo que se llama competencia es cero, debido a la seguridad que da la igualdad entre las personas, nadie tiene siquiera el deseo de hacer una cosa de más. Da lo mismo el que hace no una sino diez cosas de más que el que no hace nada. Por eso nadie siente tampoco la necesidad de dar vida a ese potencial que lleva dentro. Es más, de esos incluso se burlan, ya sea abierta o solapadamente. Pongamos de nuevo un ejemplo de realidades que la mayoría conoce.

Antiguamente, ya fuera en Bulgaria o en otros países comunistas, allí, cuando querías comer algo o comprar algo, nadie te miraba siquiera a la cara. En los lugares en los que entrabas para comprar algo o comer, te sentías como si hubieras entrado en las oficinas estatales de los países llamados capitalistas. Permitidme dar uno de los famosos ejemplos que yo mismo viví. En Bulgaria, en una tienda en la que entramos, esperamos con las cosas que habíamos comprado hasta media hora en la caja, y no venía nadie. Y las personas que trabajaban allí y que nos veían huían despavoridas como cerdos asustados. Resultó que era su hora de comer y que iba a durar no sé cuántas horas. El espíritu que impide a esas personas dignarse siquiera a decírnoslo es ese espíritu de confianza depositada en la igualdad. En la caja estábamos yo y un camionero alemán de un TIR. Anotar esas mercancías en la caja les habría llevado, todo lo más, tres o cinco minutos, o quizá ni eso. La puerta de la tienda abierta, y nosotros dentro, y nadie nos miraba siquiera a la cara. ¡¿Y por qué habrían de mirar?! Allí hay igualdad, a fin de mes todos cobrarán su sueldo. Qué más les da lo que hayas comprado o dejado de comprar.

Otro suceso más que viví en la antigua Yugoslavia, de nuevo uno entre cientos. En un día muy caluroso me había detenido en un área de descanso de la autopista. En el restaurante donde entré para beber algo frío, nadie me miró durante mucho tiempo. Y no solo a mí; aunque el local estaba abarrotado, no miraban a nadie. De nuevo era su hora de comer, y a los clientes que llegaban no les daban ni agua. Porque aquella persona, hiciera lo que hiciera, cobrará siempre su mismo sueldo y su mensualidad de una manera u otra, y de hecho lo cobra. Entonces, ¡¿por qué habría de esforzarse?! El tiempo giró, la época cambió, el comunismo murió, y en aquellas carreteras surgieron personas que hacían negocios y comercio en pequeñas casetas destartaladas. Te paras con el coche, y los hombres, antes incluso de que bajes del coche, se te echan encima: «Ay, ¿qué necesita?, ¿qué le falta?». Es más, en una ocasión me sobrevino en aquellas carreteras la última gota de una enfermedad de espalda que requeriría que me operaran, y aquel búlgaro que no daba agua daba vueltas a mi alrededor: «Hermano, ¿le llamo a un médico?». Antes de que termines siquiera tu agua, ya tienes tres camareros esperando a tu lado. La mercancía se empaqueta antes incluso de que la tomes en la mano, y demás. ¿Por qué? Porque la alegría de aquel hombre es tanto mayor cuanto más vende. Si no vende, y si en cambio tuerce el gesto, le comprarás enseguida a otro. Si su mercancía es mala, la del otro es buena. Si es vencido en la competencia, ¿cómo puede mantenerse en pie? ¡Y además ya no existe el sueldo de la igualdad! Es decir, hay competencia. Y la competencia obliga a las personas a ser buenas. Si fuera de corazón y no a la fuerza, solo por el dinero y las ganancias, sería más hermoso, claro, pero ese no es nuestro tema. Las mismas personas, el mismo país, e incluso cuando en aquellos tiempos se hallaban en una situación más pobre y miserable, ¿por qué cambiaron así estas personas? En realidad, ellos mismos comprendieron también que fue aquella mentalidad del principio la que los había llevado a ese estado pobre y miserable, pero también pagarán el precio. Con tal de que haya igualdad, estemos cómodos, que nadie nos compare con nadie, que no se noten nuestros errores. Toda la mentalidad era esta. Pero que todo se les proporcione de manera automática. Que tengan su comodidad, sus lujos, sus coches, todo. Y que aquellos del partido lo hagan, no importa cómo lo hagan. Que su propia igualdad nunca se rompa. ¡Como si aquellos del partido fueran más tontos que estos!

Precisamente hablando de estos temas, Bernd, yo y mi señora habíamos salido a pasear. Mi señora dijo: «Parece que en Alemania van a imponer un límite de 130 km/h en las autopistas». La velocidad máxima no superará los 130. En mi infancia, durante aquella crisis del petróleo, si no me equivoco, estaban también estos socialdemócratas y había llegado este límite. Es más, incluso se había prohibido conducir los domingos. Duró un tiempo y luego todo se levantó. Ahora, al parecer, va a llegar de nuevo. Bernd dijo: «No, no llegará; porque para muchas empresas automovilísticas de Alemania esto sería una gran ruina». Yo también dije lo mismo. Pero, de la conversación, me di cuenta de una cosa: mi señora estaba a favor de esta ley. Porque, así como ella odia conducir, otro tanto teme y le da miedo conducir en la autopista. Yo pregunté: «Pero tú querrías que saliera una ley así, ¿verdad?». «Claro que sí», dijo. «¡Qué es eso de que la gente vuele a 200, uno no sabe qué hacer en la carretera!», defendía, argumentando lo mala que era la situación. En realidad, mi señora no tiene ni de lejos ni de cerca nada que ver con la economía del petróleo y demás. Lo único que pensaba sobre el tema era la comodidad que nacía de su propia incapacidad en cuanto a la conducción. Pero ¿acaso ella, como todo el mundo, va a decir abiertamente: «Esto es mi incapacidad, mi falta de experiencia y demás»? Empezó a defender el asunto a favor de la igualdad. Debía ser 130 para todos, que hubiera igualdad. Y cuando le pregunté: «Bueno, y si tú tuvieras las mismas capacidades que nosotros en cuanto a conducir, ¿querrías que saliera esta ley?», tras pensarlo un poco dijo: «No, no querría». Yo empecé a reírme y dije: «Este es precisamente el ejemplo más vivo para el tema que estoy escribiendo». Bernd también se reía. Aunque la libertad parece hermosa, a las personas les encanta limitarse a sí mismas, y en lugar de desarrollar sus capacidades, poner en primer plano su comodidad para reprimirlas y encubrirlas, y por eso apartan la libertad de un empujón y se ponen a favor de la igualdad. Y además lo hacen a costa de ahogar las capacidades de los demás. Mirad qué escribe de nuevo Eric Hoffer sobre este tema, dando ejemplos:

Cuando una persona no posee la capacidad de procurarse una posición, la libertad es para ella una carga fastidiosa. ¿Qué provecho puede tener la libertad de elección para alguien que carece de capacidad? Nos unimos a un movimiento de masas para huir de nuestra responsabilidad personal, o, como dijo un fervoroso joven nazi: «Para librarnos de ser libres». Que los soldados nazis, a pesar de todas las vilezas (maldades, bajezas) que cometieron, afirmaran ser inocentes, no era hipocresía. Que se los considerara «responsables» por haber obedecido órdenes lo veían como una traición. Porque, según ellos, ¿acaso no se habían unido a los movimientos nazis para huir de la «responsabilidad»?

Pero, aun así, no pudieron huir de la responsabilidad. Estas realidades son ejemplos muy buenos para los Testigos de Jehová y para los partidarios de toda clase de organización. Ellos también tienen los mismos sentimientos. Dentro de ellos ni siquiera existe la idea de libertad llamada «elección». Que no voten a los partidos, en mi opinión es para que no caiga sombra sobre las leyes que aplican en su interior, y no por ser neutrales, ni por esas patrañas que sueltan de que «elegimos a Jesús como rey». La responsabilidad ante un delito no pertenece a ninguno de los dirigentes de esta organización que llevan dentro. Si ante un mal suceso alguien ha de ser considerado responsable indefectiblemente, ellos dicen: «No fui yo, yo también obedecí la orden», y se defienden así.

Además, que estos Testigos vayan a predicar de puerta en puerta les viene muy bien a aquellas mujeres. Ellas no quieren ponerle delante ni un vaso de agua a sus maridos que vuelven del trabajo. Y en casa por lo general tampoco lo hay para que lo pongan. Su nombre pasa a ser: fuimos a predicar en nombre de Dios. Los Testigos parece que hubieran resuelto con la predicación las tareas de la casa, esas labores serviles, ese problema que las mujeres de nuestro tiempo más odian. A una mujer así, entre ellos, nadie puede decirle nada. Todo lo contrario, si el marido ha vuelto del trabajo, ¿no debería cocinar y encima atender a su esposa que ha vuelto de predicar? Si el marido también va a predicar, este problema también queda eliminado. Ahora, según el hambre de su barriga, cada cual elige también el lugar al que irá conforme a ello. Se llama primero a la puerta de una casa donde a uno lo tratan bien y donde, cada vez que va, la mesa y la mano están abiertas. ¿No dijo Jesús: «Quedaos en la casa en que entréis, y comed y bebed lo que os den. Porque el obrero es digno de su salario. No os mudéis de casa en casa»? (Lucas 10:7) Aunque estos sean muy aficionados a mudarse de casa en casa, en realidad Jesús dijo esto a los discípulos de su tiempo mientras aún vivían. Pero antes de morir hizo también esta advertencia:

Luego Jesús les dijo: «Cuando os envié sin bolsa, sin alforja y sin sandalias, ¿os faltó algo?». Ellos dijeron: «No nos faltó nada». Entonces él les dijo: «Pues ahora, el que tenga bolsa, tómela consigo; y el que tenga alforja, que la tome también»… (Lucas 22:35-36)

Con esto yo no estoy recalcando que sea malo comer y beber en casa de alguien, sino que me refiero a que es malo que la mayoría entre ellos ponga en primer plano esta mentalidad cuando van de puerta en puerta con el pretexto de predicar. Además, estas cosas apenas ocurren en los ambientes alemanes. Porque el alemán no le da a nadie ni un vaso de agua, por eso no ocurre. Como he dicho, que las mujeres huyan de esa responsabilidad tan simple y que, como excusa, digan «prediqué en nombre de Dios» nace del espíritu de esa organización. Hacen incluso sus planes conforme a ello. Por ejemplo, si tienen tres o cuatro familias conocidas que son generosas y que dan de comer y beber, van a cada una en días distintos. Nunca visitan a estas tres o cuatro familias el mismo día. Procuran ir a cada una con el estómago vacío. De este modo, sus gastos de cocina disminuyen en un 70-80 % en comparación con una familia normal. Y además, cuando hablan entre ellos, intentan presentar la generosidad de aquellas personas como una debilidad pequeña y trivial. Es decir, que quien hace ese bien es él, por comer y beber, no quien da de comer y beber. ¡De qué otra forma va a encubrir su propia inmundicia! También hay quienes no dan valor a estas cosas, claro. Y no porque no le den valor, sino que, por no tener necesidad, no se dignan. A los de esa clase, de todos modos, no solían venirme.

Quienes creen que huyen así de la responsabilidad, mientras solo reciben orden tras orden de su organización, ellos, por su parte, sacan sin parar ley tras ley. (Isaías 28:10-13) Toda la responsabilidad de los demás pasa entonces a ser cumplir estas órdenes. En el fondo, todas ellas podéis contarlas con los dedos de una mano. Predica, asiste a las reuniones, da informe, ayuda (da dinero o tu fuerza, como trabajar gratis para nosotros en las construcciones que levantemos). Y, lo más importante: «¡obedécenos siempre!». El mundo islámico también ha atado el amor a Dios, la fe y las obras basadas en ellas a condiciones inventadas por su propia cabeza. Dicen que los pilares del islam son cinco. ¡Y además tienen 32 preceptos obligatorios! Estas masas organizadas se parecen mucho entre sí. Para no agobiar demasiado se quedarán en cinco condiciones, y a quien quieran forzar le sacarán las 32, para taparle la boca, para atemorizarlo. Todo el deber de los miembros consiste también, precisamente, en cumplir estas condiciones. Yo, inspirándome en los musulmanes, solté para los Testigos cinco de mi cabeza. Vosotros, si conocéis según vuestro criterio, o restaréis o añadiréis por encima. ¡Si hurgáis mucho, de ellos también surge de repente algo así como 32 preceptos obligatorios! Sin embargo, quienes creen que se refugian allí huyendo de la responsabilidad jamás podrán huir, ante Dios, de la responsabilidad que es a su propio nombre. Y encima, mientras creen que van a estar cómodos, por añadidura se convierten en burros al cargar también con los sucios pecados de los demás, y no hacen sino arrastrar las cargas mugrientas de unos y otros. Con que ellos digan: «Yo personalmente no hago tal cosa, solo obedezco. Ellos rendirán cuentas por lo que hacen en nuestro nombre», Dios no los liberará del pecado de los lugares a los que pertenecen. ¿No enseñaban ellos mismos esto? «Salid, abandonad vuestra antigua religión, si no os llevaréis parte de sus pecados». Lo que dicen es muy cierto, además. Entonces, ¿por qué habría de perder validez esta regla para ellos mismos?

No creáis que con esto me estoy alejando del verdadero tema que quiero exponer. La razón por la que explico con ejemplos a los miembros de una organización religiosa elegida al azar es porque quiero que comprendáis cómo abandonan las personas la libertad y cómo aplican también esa igualdad a la que se aferran. ¿Acaso en nuestro mundo la igualdad se aplica de esta manera y la libertad se aplica de una manera muy distinta? El propósito de mi escrito, más que detenerme en las razones distorsionadas con mala intención, es decir: ¿qué pasaría si acaso esas cosas se aplicaran con buena intención?, y sacar a la luz el verdadero propósito de nosotros los seres humanos.

Volvamos de nuevo a los ejemplos que Dios da sobre este asunto de la igualdad. Por ejemplo, después de que Israel saliera de Egipto, de la esclavitud, ellos iban a ir a la tierra de Canaán y a tomar posesión de aquel lugar. A cada uno de ellos, a cada individuo, se le daría tierra por sorteo de manera igual. Si no me equivoco, la única excepción era respecto a dos personas. Estos eran Josué y Caleb, quienes, de entre los 12 espías, trajeron noticias positivas. Solo estos tenían derecho, con un privilegio especial, a recibir su parte en el lugar que ellos mismos quisieran. (Números 13:30-33; 14:20-24 y 36-38; Josué 19:49-50) Dios les había dado esta posibilidad como recompensa.

Junto a esto, Dios impuso además una ley. Pasara lo que pasara, cada 50 años se celebraría un año jubilar. Y esto significaba que, pasara lo que pasara, cada uno volvería a su propia tierra. (Levítico 25:10-13; 27:24 Números 36:4) En pocas palabras, la ley venía a significar lo siguiente: por cualquier razón que fuera, la persona podía haber vendido su tierra, podía haberla perdido bajo condiciones difíciles, y podía también haberla vendido y luego, siguiendo su capricho, haberse lanzado a la aventura. Aun así, el castigo de esto no lo sufriría la generación venidera. Por ejemplo, yo no tengo tierra ni para poner el pie, ni la he tenido. No digo para acostarme, digo para poner el pie. Con las leyes que Dios dio a Israel y con esa parcela de tierra que correspondía a cada individuo, esa persona nacía dentro de un patrimonio con el que podía procurarse su sustento. Nosotros nacemos con la obligación de pagar los errores que cometieron nuestros abuelos y padres, e incluso las deudas que ellos contrajeron como país. Solo este derecho que Dios dio en aquel entonces, ningún Estado de entre los países del mundo lo aplicó ni pudo aplicarlo. Por medio de esta ley no existiría esa clase llamada muy pobre, la clase necesitada. Aunque aquella persona hiciera una necedad y, ocasionándose no sé qué desgracias, perdiera todas sus tierras, esto se impedía con su regreso de nuevo a esa familia en el año jubilar. Y además sin costes de embargo, sin obligación de pagar cierto rescate ni nada. Volvería tal cual, a aquel dueño al que en el principio le había correspondido esa tierra por sorteo. (Josué 14:1-2) Los israelitas, que sabían esto, al vender o comprar una propiedad, calculaban el valor de ese bien según los años jubilares. Por ejemplo, si faltaban cinco años para que llegara el año jubilar, el valor de esa tierra disminuía; si aún faltaban 40-45 años, esta vez, como es normal, su valor también aumentaba. (Levítico 25:14-17)

En el comunismo las personas también fueron propietarias de tierra, y lo hicieron a causa de la igualdad, pero no poseían la libertad. Israel, en cambio, era libre, tenía libertad. En sus tierras, repartidas justa y equitativamente entre todos, podían hacer libremente lo que quisieran. La deja o la vende, la habita o no la habita. Trabaja esa tierra o no la trabaja. Cada uno podía hacer lo que quisiera conforme a la ley de la libertad. El que trabajaba mucho podía también ganar mucho, y el que era perezoso quedaría pobre. Pero no existía la idea de que, a causa de la igualdad, cada cual cobrara su sueldo de una manera u otra.

Bien, ¿y qué sería de quienes cayeron en la pobreza, quedaron viudas, enfermos, quienes no tenían fuerza para trabajar la tierra ni buey ni nada, los extranjeros que después llegaron como forasteros a aquella tierra? Dios dio leyes también sobre este asunto. Por ejemplo, la tierra y la viña se trabajarían 6 años; el séptimo año no se haría ni siembra ni siega. Precisamente en este séptimo año, aquellos forasteros podían recoger todo el producto que creciera en las viñas y en la tierra. Por supuesto, estos no iban a llenar su estómago solo una vez cada siete años. En todos los tiempos normales, lo que fuera que se recogiera en el campo, lo que caía al suelo no se recogería. Eso era para el forastero, para la viuda, para quien no tenía a nadie. (Levítico 23:22) Aparte de todo esto, Dios había ordenado también a todo Israel: «A estas personas, quienesquiera y cualesquiera que sean, nunca los veréis en la miseria y los abandonaréis». Las cosas vitales para su sustento, como por ejemplo la muela superior del molino, por mucha deuda que tuviera, Dios decía: «Nunca podrás tomarla en prenda». O bien ordenaba: «Aunque tomes en prenda el manto de su espalda, se lo devolverás al anochecer», recordando también: «porque él tiene frío». (Éxodo 22:21-27; Deuteronomio 24:17-22; Proverbios 23:10-11) Verdaderamente tenemos un Dios que está a favor de la libertad y que, al mismo tiempo, es abundante en misericordia.

¿Qué quiero decir con todo esto? Lo repito de nuevo: las personas confunden la igualdad con la justicia. Dijimos que donde hay igualdad no hay libertad, no justicia. Tanto donde hay igualdad como donde hay libertad debe haber justicia. Donde no hay justicia no existe ni puede existir ninguna regla humana. Yo no hablo de eso. Y además, la desigualdad, en la mente de las personas, se percibe como humillación. Alguien fuerte, poderoso, rico, y alguien pobre, forastero, que no tiene nada, por supuesto no pueden ser iguales. No hablo ante la ley, sino de la vida cotidiana, de las cosas que poseen. Pero la libertad no humilla a ese pobre. ¿Acaso mi humillación depende de la riqueza del que tengo enfrente? ¿Se ha visto tal disparate? Pero si aquella persona, envanecida por su riqueza, le da una patada al pobre que ve en la calle, o lo insulta injustamente, y la ley calla también, entonces esto es injusticia. Todo el mundo sabe que, incluso en los Estados más honrados de la faz de la tierra, la justicia se distorsiona, no se aplica y se toma partido. (¿Acaso existe siquiera un Estado honrado en la faz de la tierra?) Pero esto queda de nuevo fuera de nuestro tema. Porque si la justicia no va a aplicarse, este problema es igual si no se aplica en las sociedades partidarias de la igualdad, e igual si no se aplica en las sociedades partidarias de la libertad.

Detengámonos un poco más en que la desigualdad se vea como injusticia. ¿Por qué hay tal asociación en nuestra mente? ¿Será quizá porque pensamos enseguida en un tribunal? Porque si la desigualdad se aplica allí, esto sería una injusticia atroz, y su nombre ya no es tribunal. Por desgracia, nuestro mundo está lleno de tales tribunales y jueces. Con la ausencia de igualdad, ante nuestros ojos vienen personas oprimidas, personas despreciadas, personas que no tienen ningún derecho y que no pueden obtener su derecho, esclavos, etc. Sin embargo, los conceptos que comparábamos con la igualdad eran la libertad. A estas personas desdichadas que están dentro de la categoría que hemos enumerado, ¿se les habla de libertad? Y si se les habla, ¿acaso no odian ellos estos conceptos? Así pues, la comprensión de la libertad que hemos tenido hasta ahora es deficiente, o el conocimiento sobre la libertad que nos han dado ha sido introducido en nuestra mente de forma torcida y de modo que provoque una asociación contraria; exactamente igual que en las religiones, en los Estados, en los ejércitos, en los Testigos. Repitamos una vez más cómo se definía la libertad en el diccionario: ¿no decía «el que tiene la fuerza y la capacidad de actuar como quiere»? Dice «la fuerza». Y esta no es solo una fuerza material, sino que abarca también la fuerza corporal y la salud. ¿Puede ser libre una persona enferma y postrada en cama? Sí, quizá sea libre, pero su libertad física está limitada dentro de esa cama. Su enfermedad le ha arrebatado su libertad. Las cosas que puede hacer son muy limitadas. O bien, ¿son libres las personas que tienen una enfermedad del alma, que no pueden controlar en exceso sus pasiones, alcohólicas, adictas a las drogas, etc.? Las Sagradas Escrituras escriben: «La persona se hace esclava de aquel o aquello que la vence». En realidad, dado que somos pecadores, todos somos esclavos del pecado, porque no podemos dejar de pecar. Si el pecado es más fuerte que nosotros y nos vence, entonces ¿no somos esclavos del pecado? (Juan 8:32-34; Romanos 6:6 y 16-17; 2 Pedro 2:19)

De nuevo, la comprensión de la libertad de la que yo hablo es de tal modo que puede realizarse incluso dentro de este estado pecaminoso nuestro. Dije que Dios es un Dios que no está a favor de la igualdad. Bien, si la cosa es así, quiere decir que hay superiores, y que junto a los superiores hay también inferiores. Porque la desigualdad crea esta situación. De nuevo, al decir inferior, no saquemos la idea del sentido de humillación. Con los ejemplos que voy a dar quizá pueda explicar mejor esta situación.

Por ejemplo, los ángeles poseen una fuerza y una naturaleza superiores a las de los humanos. Son criaturas espirituales. Pueden ir de un lugar a otro a gran velocidad. Y al hacerlo no necesitan, como el humano, una nave espacial, ropas especiales ni nada. Por ejemplo, en el libro de Job, al hablar de aquella reunión de esos ángeles, aunque no sepamos dónde está la presencia de Dios en aquella reunión, que Satanás diga que viene de la tierra da a entender que los demás ángeles también son responsables de otros planetas. Si todos fueran responsables de la tierra, no habría hecho falta que Satanás lo especificara además diciendo la tierra. Además, si aquella reunión se estuviera celebrando en la tierra, también sería absurdo que dijera «vengo de la tierra». Bien, ¿acaso Dios no sabía de dónde venía, para preguntarle a Satanás «¿de dónde vienes?»? Por supuesto que lo sabe, pero se emplea una expresión de esta forma para que lo entendamos nosotros, que leemos estos escritos. No para Dios, sino para que nosotros lo sepamos y lo entendamos. De hecho, no hay ni puede haber nada que Dios no sepa. (Job 2:1-2; Lucas 4:5-6; 2 Reyes 19:35) Solo esta información de la que he hablado ya muestra que los ángeles fueron creados superiores al humano. En el Evangelio se habla de que el humano, incluso el humano perfecto, es decir, sin defecto, fue creado de manera que fuera inferior a los ángeles. (Hebreos 2:7) De nuevo, estas expresiones evocarán en nuestra mente significados erróneos. Por ejemplo, como la diferencia entre el animal y el humano. Así como el humano es superior al animal, ¿acaso los ángeles son superiores al humano de esta manera? No, hay una diferencia muy grande; los ángeles y el humano fueron creados a semejanza de Dios, de manera que poseen Sus características, pero los animales no. (Génesis 1:26) El amor, la justicia, el poder y la sabiduría que Dios posee, el humano también los posee, como los ángeles. De nuevo, estas características, tanto de los ángeles como del humano, son limitadas. Además, dado que el humano es pecador, estas características funcionan de manera desequilibrada. En los animales, en cambio, no están todas estas características juntas. También, dado que el humano es una criatura que puede pensar y que posee inteligencia, esta característica lo hace también superior al animal. Si la cosa es así, ya no puede hablarse de igualdad, porque todos poseen una naturaleza distinta. Debemos aceptar una realidad: la humanidad y todo el universo no pueden ser metidos en una igualdad en el sentido matemático. Dije que Dios no está a favor de la igualdad; bien, ¿cómo debe entenderse y cómo debe aplicarse la libertad a la que Dios se refiere? Porque está escrito así:

El Señor es Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. 2 Corintios 3:17

Es más, si leéis todas aquellas leyes de Dios conocidas como la ley de Moisés, veréis que siempre, al final de muchas leyes, hay que dar libertad, proclamar la manumisión (liberación). Dios, en toda ocasión, alentó a las personas y a Israel a que fueran libres. Porque para la humanidad esto es lo más ideal. (Isaías 58:6) Porque el concepto de libertad se corrompe con la esclavitud y la igualdad. En aquellas leyes tampoco se recalcó, con el dar libertad a los esclavos, el sentido de que todo humano fuera igual. Lo que se quería recalcar es el amor, la misericordia, el perdón. Y estas características no tienen ninguna relación con ser libre, con ser igual, con ser esclavo.

Uno de los apóstoles, en el Evangelio, mirad qué dice acerca de aquellos ángeles creados superiores:

¿No son todos espíritus servidores enviados para servir a favor de los que van a heredar la salvación? (Hebreos 1:14) Jesús, en cambio, dejó un ejemplo más claro y nítido.

Además, surgió entre ellos una disputa sobre cuál de ellos sería considerado el mayor.

Jesús les dijo: «Los reyes de las naciones gobiernan a sus naciones con ansia de dominio. Y sus principales se atribuyen el título de bienhechores».

«Pero vosotros no seréis así. El mayor entre vosotros, sea como el menor; y el que gobierna, como el que sirve. ¿Cuál es mayor, el que se sienta a la mesa o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Sin embargo, yo estoy entre vosotros como el que sirve.» Lucas 22:24-27; podéis compararlo también con Ezequiel 18:5-9.

Así es como debe entenderse la desigualdad que Dios quiere, y por tanto también la libertad. Todo conforme a la ley de la libertad, pero con la condición de que en esa ley se aplique sin que nadie sea humillado, despreciado, pisoteado ni se permita que sea oprimido. Siempre debe ser con un espíritu servicial, salvador, que piense en el bien y el provecho de las personas. En esta comprensión, el fuerte debe ser el salvador del débil.

Porque la voluntad de Dios es esta: que, haciendo el bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres insensatos; como hombres libres, y no usando la libertad como velo de la maldad, sino como siervos de Dios.1 Pedro 2:15-17 La libertad debe realizarse en este sentido. No hay una igualdad tal como la que hemos entendido hasta ahora, sino que todos son libres y se edifican unos a otros de manera constructiva.

¿Por qué siempre la libertad y por qué siempre la libertad?

Porque la libertad desarrolla a la persona, la hace crecer, la ayuda a descubrir muchas de sus capacidades y facetas superiores que desconocía. De nuevo, porque el humano que Dios creó es una criatura muy valiosa y debe ser libre. Aunque Satanás, para demostrar que esto no es así, lleve miles de años dando en nuestro mundo esta guerra contra la humanidad, esto es una realidad. La igualdad, al contrario de todo esto, es como un freno. En lugar de desarrollar rápidamente a la persona, siempre le hace frenar. La libertad quiere avanzar; la igualdad, detener. Porque hasta nuestra propia creación muestra que nadie es igual a nadie. Es seguro que aquellos a quienes llamamos hermanos gemelos, que parecen idénticos, gota a gota, tienen muchos lados distintos que se demostrarán con la técnica de la que se dispone en nuestro tiempo, desde sus huellas dactilares hasta sus genes. Y absolutamente nadie está por eso en mala situación. Dado que nosotros, la humanidad, somos muy propensos al mal, como usamos y aplicamos la desigualdad en el mismo sentido que oprimir a los demás, aniquilarlos, envanecernos y avergonzarlos y subírsenos a la espalda, esta palabra provoca en nosotros una reacción atroz. En realidad, todo lo que hemos enumerado no tiene relación con la desigualdad, sino con la injusticia, la falta de misericordia, el no amar. De nuevo, como he dicho, la justicia debe aplicarse de todos modos en las sociedades donde rigen ambas reglas. Junto a esto, como en el ejemplo que di, para alguien partidario de la libertad, a los ojos de aquella persona número once, capaz, que no fue contratada, esto es una injusticia. Al mismo tiempo, es una gran pérdida para aquel lugar de trabajo, para aquella sociedad, para aquel Estado, que no se dé libertad a las capacidades de tales personas y que se las reprima. Por otro lado, en cambio, la justicia a ojos de las personas incapaces partidarias de la igualdad es que se contrate a aquellas diez primeras que llegaron. La número once o es desdichada, o es necia por no haber llegado temprano, por no haber podido llegar. Según ellos, en cambio, esto es justicia. Precisamente esto es lo que quiero recalcar en todo este asunto. El concepto llamado justicia resulta ser también algo que sufre mucho cambio por el efecto de las leyes, de las reglas. A veces, cuando creemos que estamos tomando una decisión muy justa con esas leyes, en realidad, siendo esclavos de esas reglas, de esas leyes torcidas, nos hemos desviado mucho de la rectitud con sus características opresoras, repelentes, aniquiladoras, más que provechosas para la humanidad. La justicia a la que yo me refiero, en cambio, debe ser divina. Ninguna ley fuera de las reglas que Él impuso es justa, y su aplicación solo trae dolor a la humanidad. Por muy justo e imparcial que sea un juez, si las leyes a las que debe atenerse están lejos de la justicia divina, las decisiones que dé ese juez también serán forzosamente torcidas. Como ejemplo, basta con que miréis nuestro mundo.

He conocido a muchas mujeres que, gritando por la igualdad entre hombre y mujer, se enfurecen porque Dios dio al hombre la responsabilidad de gobernar y, solo por eso, niegan a Dios, y el mundo está lleno de ellas. Por esta razón la mayoría de ellas está a favor de la igualdad. Que ellas posean, en los aspectos físico, mental y espiritual, una naturaleza más débil en comparación con el hombre, que vean al hombre como a un rival y quieran limitarlos también como a ellas mismas, todo es para reprimir sus propias debilidades. Habrá igualdad y no habrá libertad. ¡Pero la gobernante también será mujer! ¡Y el hombre, con toda su fuerza, su lógica y su capacidad, servirá a esa mujer! Muy rara vez veréis que las defensoras de la igualdad entre hombre y mujer vayan, junto con los hombres, a trabajar en las construcciones, en las minas, y a hacer de basureras. Cuando antiguamente los hombres que iban a las guerras lo hacían con lanza, espada, escudo y, sobre todo, con la fuerza corporal, ¿dónde estaban aquellas mujeres partidarias de la igualdad? Que no salgan con que «la guerra la hacen de todos modos los hombres por su voluntad». Porque es una realidad que, entre quienes son aficionados a la guerra y libran la guerra de la igualdad, hay más mujeres. ¡Y además hacer la guerra tampoco atiende al sexo! Así como jamás he oído que los grupos de mujeres estén siempre en paz, si dijera que quienes más celos sienten hacia su propio sexo y quienes se critican unas a otras, quienes no se soportan, salen más de las mujeres que de los hombres, ¿acaso mentiría? Cuando se pregunta a las mujeres, prefieren estar en grupos de hombres antes que en grupos de su propio sexo. ¿Por qué será? Confiesan que la convivencia con los hombres es mucho más fácil que con las mujeres, que son de su mismo sexo. No escribo estas líneas para hacer distinción entre hombre y mujer. La razón por la que doy ejemplos de las mujeres es porque arrojarán una luz viva sobre el tema que quiero exponer y porque es de un tipo que todos pueden entender. Tampoco tomo partido por nadie. Solamente apruebo el orden y las leyes que Dios impuso acerca del hombre y la mujer. Y no solo el orden de Dios en cuanto al hombre y la mujer; aunque a veces, a causa de mis pecados, me cueste cumplir estas leyes, apruebo todas las leyes de Dios. Pero si, a causa de mis propias carencias, mis defectos, mis pecados, dijera «erróneas» a las leyes y consejos de Dios, esto sería la mayor de las insolencias. No tengo intención de disputar con nadie sobre estos temas. Como dijo el apóstol Pablo: «El que quiera disputar, que dispute; yo no quiero acostumbrarme a tal cosa». (1 Corintios 11:2-16)

Junto a esto, los hombres, con la responsabilidad que poseen, redujeron a la nada la libertad de la mujer y tampoco cumplieron esas responsabilidades suyas. Ellos, por lo general, usaron esta responsabilidad para su propio placer, interés y comodidad. Algunas mujeres que sacan la conclusión de que Dios pide algo así al hombre, esta vez se han alejado de Dios. Todo esto nace, de nuevo, de la injusticia, de la falta de amor, del egoísmo de ambas partes, no de la desigualdad. En realidad, no es la desigualdad, sino que el ser iguales es lo que da lugar a grandes problemas. Además, una mujer normal no siente vergüenza de ser mujer ni llora a lágrima viva preguntándose «por qué no fui hombre». Ni la mujer se avergüenza de haber parido un hijo, ni el hombre siente una carencia diciendo «por qué no puedo parir, no puedo amamantar». ¡Atención, un momento! Con todo esto hablo siempre de personas normales. Porque, aunque en nuestro tiempo exista esta insatisfacción con el sexo tanto en hombres como en mujeres, no es una mentalidad ni una actitud del alma sanas. Ahora hay casi una insatisfacción general hacia todo. Por más cosas que se posean, los problemas se hacen otro tanto más grandes. ¿Por qué habría de ser infeliz la mujer por poseer una creación distinta a la del hombre? O, al contrario, ¿por qué habría de ser necesario que el hombre sea infeliz diciendo «por qué no fui mujer» solo porque la responsabilidad recae en el hombre? ¿Acaso las personas son infelices preguntándose «por qué no somos como los ángeles»? Volar como un pájaro quizá le guste a todo humano, pero ¿qué humano querría dejar su humanidad y convertirse en pájaro? Y si lo quisiera, lo querría de todos modos con la condición de volver de nuevo a su humanidad. Si de todo esto sale una imagen de desigualdad, quiere decir que no hay una regla que diga que dentro de la desigualdad que poseemos alguien haya de ser infeliz. Sin embargo, que una mujer para un hijo y lo amamante y demás son cosas que acarician los sentimientos de esa mujer. En Europa, especialmente en Alemania, he visto a muchas mujeres embarazadas caminar con la barriga por delante, estiradas, con orgullo. En los tipos extremos, este orgullo se nota mucho más, como diciendo: «Mirad lo que llevo». Con las leyes que los alemanes sacaron por miedo a que su estirpe se extinguiera, aquellas mujeres han sido metidas en este molde. Llevo cuarenta años en Alemania, y por alguna razón ellos siempre vivieron con este miedo. ¡En un país pequeñito no les bastaron 80 millones de personas! Por otro lado, hicieron de todo para librarse de los desempleados, los ancianos, los jubilados y los extranjeros. La filosofía de los kurdos de que «multiplicándonos fundaremos un país y nos salvaremos» es también otra cosa. Por esta razón, las pobres mujeres kurdas paren cada una al menos 8-10 hijos. Mientras que este estado de embarazo de las mujeres es una situación extraña para los hombres, para la mujer resulta incluso motivo de orgullo. Creo que una mujer china, cuando está embarazada, muestra comportamientos muy distintos y opuestos. Porque en China hay un problema de población. De nuevo, las mujeres de nuestro tiempo, empeñándose en destruir estos hermosos sentimientos que Dios les dio en su interior con la naturaleza, con el afán de hacer carrera, ni siquiera pueden disfrutar del sabor de estos sentimientos. Estas mujeres aficionadas a la igualdad ven a esos hijos como un obstáculo para su propia libertad. Y esta vez la libertad se les vuelve de repente valiosa. Manipulándose a sí mismas, dentro de la idea de «me convertiré en una mujer completamente distinta», solo se vuelven infelices y sufren dolor. Su orgullo, como un vinagre acre, yendo más allá de un daño a su propio recipiente, roba también la felicidad de las personas de su alrededor en aras de cosas sin sentido. No puedo dejar de señalar también esto. Es también asombroso que, ante cualquier trabajo, responsabilidad o carga pesada, o ante un aprieto económico, aquellas mujeres que defienden la igualdad esperen comprensión diciendo: «¡Yo solo soy una mujer!». Cuando se ven en un aprieto, la expresión «yo solo soy una mujer» es una de las defensas que más usan las mujeres.

Yo he intentado dar los ejemplos más famosos relativos a la desigualdad. Atribuyamos todos los errores, las maldades, las cosas absurdas que se cometen, no a la desigualdad, sino a la injusticia, a la falta de misericordia, a los celos, a la falta de amor, al egoísmo y a la maldad. Entonces, en mi opinión, nuestra comprensión de este asunto será más realista.

Eric Hoffer, a pesar de todo esto, expresa también estas realidades acerca de quienes dicen «queremos libertad»:

Quienes gritan a voz en cuello «queremos libertad» son aquellos con menos probabilidades de ser felices en una sociedad libre. Las personas incapaces y frustradas cargan la culpa de sus fracasos a la falta de libertad existente. En realidad, lo que ellos quieren es que se acabe la libertad que está abierta a todos. Ellos quieren eliminar la libre competencia y las pruebas despiadadas a las que la persona se enfrenta constantemente en una sociedad libre.

Yo creo que Eric Hoffer redactó estos escritos suyos de aquel entonces en Estados Unidos pensando sobre todo en el régimen comunista. En realidad, en general, los principios que subyacen a estos pensamientos no son en absoluto de la clase que quepa despreciar. Sin embargo, en mi opinión el contenido del libro no es edificante. Aunque todo el libro consista solo en teorías, da que pensar. Se han planteado tesis en forma de puntos, abordando los lados débiles de la humanidad. La información que se ofrece, para las personas corrientes no pasa de ser más que un conocimiento pasivo. Pero las personas que han logrado dominio sobre otras se comportan, con estos conocimientos, de manera más profesional en un sentido malo sobre esas personas. Porque esos conocimientos solo pueden aplicarse en manos de quienes poseen el dominio. ¿Qué podría hacer una persona corriente con esos conocimientos? Por otro lado, es también un librito, este de los escritos de Hoffer, lleno de tesis que ayudan a intentar conocer la psicología humana, y por tanto a decidir los pasos que daremos hacia la persona, a sopesar los sucesos y, lo más importante, a saber qué queremos.

Me vinieron a la mente las palabras de un autor de quien no logro recordar dónde las leí. Con estas palabras que de niño me gustaban mucho, el autor había dicho: «Para las cosas que no puedes hacer, te dicen que eres libre». Por ejemplo, decirle a un hombre necesitado, cuyo aliento apesta de hambre por la miseria: «Hermano, ahí tienes en fila restaurantes a cual más hermoso; eres libre de entrar en el que quieras y comer lo que desees», le resulta a ese hombre más amargo que darle una bofetada. (Santiago 2:16) O decir «eres libre de tomar lo que tu alma desee» nace de una lógica semejante. Con tales palabras se ha hecho que la humanidad odie la libertad.

Quienes no son partidarios del comunismo han visto con mucho gusto la película Doctor Zhivago. Pero cuando se habla con un comunista, él también tiene sus razones justificadas. Sí, ese partidario comunista aceptará también que un médico, con el conocimiento que posee, sus capacidades, la educación que recibió, es diferente de los demás. «Pero si yo también hubiera tenido sus posibilidades, tampoco habría sido en absoluto imposible que yo fuera médico, ingeniero y alguien más capaz», dice. Tienen también mucha razón al decir que en la Rusia zarista no podían ir a la escuela por no encontrar zapatos. Y hay que comprender también a quienes se defienden con razón diciendo que, dejando aparte los zapatos, como no encontraban nada, tampoco pudieron llegar a ser nada. Aunque el comunismo tampoco pudo traerles abundancia, en fin. ¡En teoría, se hicieron iguales!

Si, según las estadísticas, en un barrio de cien personas se comen 100 huevos en diez días, se dice que a cada persona le corresponde 1 huevo cada diez días. Pero, así como las estadísticas la mayoría de las veces presentan las realidades de forma muy distorsionada, en esto la situación no es diferente. Sin embargo, cuando se habla con las personas del barrio, esas personas quizá ven un huevo una vez al año, o quizá ni lo ven. Pero no es mentira que en ese barrio se consuman cien huevos. Quizá haya allí una sola familia que tenga esta posibilidad. Ellos, haciendo tartas y pasteles, pueden tener una vida de abundancia y bienestar. Según vosotros, según estas cifras estadísticas, en este barrio de 100 personas, ¿cuántos están a favor de la igualdad y cuántos a favor de la libertad? La respuesta en realidad es sencilla: si suponemos que aquella familia que consume los cien huevos y vive en la abundancia está compuesta por 5 a 10 personas, ellos querrán la libertad, mientras que las 90-95 personas restantes del barrio estarán a favor de la igualdad. ¿Y acaso no tienen razón? En apariencia, sí, tienen razón. Si el precio de la libertad es la miseria, ser oprimido y arruinarse, todo el mundo está dispuesto a vender tal libertad. Junto a esto, donde hay igualdad, se le da un huevo a cada uno. Sin embargo, a algunas personas tampoco les gusta el huevo. Que le guste o no, como somos iguales, también ella tomará la parte que le corresponde. Esta lógica de la igualdad hace también, a veces, que ese hombre tire el huevo a la basura. Si es compasivo, se lo da a alguien a quien le gusta. Cuando damos los ejemplos mirándolos desde este ángulo —y estos son sucesos reales, vividos—, entonces tanto la igualdad como la libertad les parecen a las personas absurdas y amargas.

Nuestro mundo ha distorsionado ya tanto estos conceptos que a nadie le resulta fácil comprender qué es lo correcto. De nuevo, gracias a la injusticia, la falsedad y la maldad de nuestro mundo, y debido a que las riendas del gobierno están también en manos de malvados poderosos, la libertad, a ojos de las personas, ha perdido de vez en cuando su valor. De nuevo me veo obligado a escribir: así como las religiones y las instituciones religiosas no representaron ni pueden representar a Dios, tampoco ninguno de todos los Estados de nuestra faz de la tierra fue ni pudo ser representante de la libertad. Aunque se haya dicho mucho esta palabra y se haya derramado mucha sangre en aras de ello, al mirar las realidades, la humanidad quizá jamás ha podido proporcionar la libertad que Dios quiso y se propuso.

Algunos pueden preguntar: «¿No podría haber una forma de gobierno en la que existieran ambas cosas?». Tanto igualdad como libertad. Los franceses, al hacer la revolución, defendieron esta idea en su lema diciendo: «igualdad, fraternidad, libertad». No puede decirse en absoluto que tuvieran éxito. Por más que las personas estén a favor de la igualdad, también dan todo el esfuerzo que pueden por romper esa igualdad en aras de sus propios intereses egoístas. Que una libertad injusta reina en toda la faz de la tierra es ya algo sabido. Si en la faz de la tierra —lo cual está escrito que ocurrirá en los últimos días— aparece una aflicción como la hambruna, ¡a estas personas ya las veréis vosotros! (Joel 1:8-20) No quedará ni igualdad ni libertad ni justicia. Diréis: «¿Acaso las hay?». No, pero con estos sucesos a los que se refiere la profecía se recalca que vendrán épocas aún más difíciles para toda la humanidad. Hasta que a todos se los juzgue conforme a sus obras.

Aquellas leyes que aparecen en las secciones de Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio de las Sagradas Escrituras, que muchas personas leen con fastidio, en realidad, cuando las leemos pensando y captando su significado, se ve también que estas leyes de Dios son aplicables a todos, justas, partidarias de la libertad, dadoras de paz a la humanidad. Y además, es también muy importante que Dios apruebe o no un trabajo que se vaya a hacer. A veces los Estados que sacan una buena ley, una ley que parece provechosa para la persona, con estas leyes suyas han salido perjudicados, y que muchas personas usan esos derechos para el mal. Esto ha traído a ese Estado más perjuicio que provecho. Estos Estados tampoco tienen relación alguna con Dios ni nada. Yo creo que Dios no bendice estos asuntos suyos. Aunque las leyes que sacan sean incluso buenas, por eso se ven obligados a obtener malos resultados en lugar de los buenos resultados que esperaban. (2 Crónicas 20:35-37 y 1 Reyes 22:48) Y al final echan toda la culpa a esas leyes. Además, ¿por qué habría Dios de bendecir esas leyes suyas, aunque sean buenas? Llevando una vida alejada de Dios, sin querer dar a Dios ningún lugar en sus vidas, y a la vez, usando todo lo que reciben de Dios —el sol, la faz de la tierra, los alimentos, un cuerpo sano y los placeres que Dios dio en ese cuerpo—, con sus obras diciendo «ay, TÚ apártate de nosotros» y esforzándose por tener éxito a su propio antojo. ¡Y Dios va a bendecir todo esto! ¿Es esto una lógica posible? Todo lo contrario: Dios quiere que veamos claramente cómo salen a la luz las cosas que pueden sobrevenirnos por alejarnos de Él. (En relación con este tema, que cada uno, por favor, lea por su cuenta todo el capítulo 28 de Deuteronomio y, por favor, reflexione.) Y de nuevo el profeta dice claramente:

…mientras estéis con el Señor, Él estará con vosotros; y si le buscáis, se dejará hallar de vosotros; pero si le abandonáis, os abandonará. 2 Crónicas 15:2

La libertad sirve para sacar a la superficie las verdaderas personalidades de la gente. Bajo esa personalidad hay cosas muy hermosas, pero también hay cosas muy atroces. Bajo opresión nadie ha logrado nunca matar y aniquilar las características malas. Dios dio libertad incluso a Satanás. Dejó libre a Satanás para que realizara su idea y su propósito. No tenemos un Dios déspota y dictador. De lo contrario, nadie podría decir tan abiertamente sus pensamientos ante Él. (Job 1:6-12; 2:1-6 y Deuteronomio 9:18-19; 10:10; Éxodo 32:11-14) Y no solo decimos abiertamente nuestros pensamientos, sino que, al mismo tiempo, aunque seamos erróneos y malos, tenemos un Dios que nos da oportunidad y campo. Tenemos un Dios que nos comprende y nos muestra comprensión también en asuntos erróneos que creemos correctos y buenos. (Génesis 18:22-33) Por eso, hacia el final del libro de Apocalipsis está escrito así. (el último libro del Evangelio)

El que hace el mal, que siga haciendo el mal. El vil, que continúe su vil vida. El justo, que siga haciendo lo justo. El santo, que permanezca santo. ¡He aquí, vengo pronto! Y las recompensas que daré están conmigo. A cada uno le daré según lo que haya hecho. (Apocalipsis 22:12)

Es Dios quien da esta libertad. ¿Quién hay que sepa mejor que Él? ¿Quién es el que va a darle consejo a Él y enseñarle diciendo «esto es más correcto»? Nadie puede hacer esto. Y aun así Dios da este derecho a todos. ¿Quién puede dar una libertad así? Es una realidad que, cuando se mira la faz de la tierra desde el espacio, la criatura llamada humano parece mucho más pequeña que una bacteria. Aun siendo así, si Dios les dio esta libertad, ante todo, conociendo el valor de Dios y de la libertad que nos dio, esforcémonos por ser dignos de Él. Él quiere que todo salga a la luz y que no quede nada oculto. Con esta justicia, Dios llevará también a juicio a todos y toda obra. (Eclesiastés 12:14)

He querido escribir este tema conforme a la comprensión que nuestro mundo tiene de los conceptos de igualdad y libertad, y señalar las distorsiones. Por lo demás, soy también consciente de que vivimos en un mundo que jamás ha podido proporcionar en su verdadero sentido ni la igualdad ni la libertad. Mi propósito con este escrito no es traer una solución. Como he dicho, ya sean quienes gritan igualdad o quienes gritan libertad, quiero recalcar su verdadero propósito. Así como quienes quieren igualdad intentan ocultar sus personalidades, también se esfuerzan por reprimir su incapacidad de esta manera. Y cuando se mira a quienes gobiernan a esas personas con la promesa de que les darán igualdad, vemos que ninguno actúa con igualdad. Quienes están a favor de la libertad, en cambio, usando sus capacidades y aptitudes para oprimir a otras personas, se vuelven engreídos, crueles. Dios está en contra de toda regla y ley que limite el desarrollo y las capacidades del ser humano. En realidad, cualquier administración, gobierno, rey, presidente, primer ministro o religión que traigáis a un lugar donde no hay amor, el resultado será siempre como nuestro mundo actual. (Proverbios 15:17)

El que ama a su hermano permanece en la luz, y en él no hay motivo de tropiezo. Pero el que odia a su hermano está en tinieblas, y anda en tinieblas y no sabe adónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos. 1 Juan 2:10-11

¿Acaso será también el año 2005?

He llegado a un tema que había guardado para el final de mi libro y que, en realidad, no quería escribir en absoluto. Aparte de este tema que publiqué en mis páginas de internet, ninguno de los otros temas que escribí provocó reacción alguna. La verdad es que hasta me sorprendió. Que yo esté en contra de todas las religiones, que relate sin distinción alguna todas las cosas negativas que hacen, que hable de lo necios que somos los seres humanos al aferrarnos a los faldones de personas de nada valen y esperar que ellas nos lleven al paraíso, todo eso no provocó ninguna reacción, pero absolutamente ninguna; y sin embargo, solo este tema que ahora voy a escribir sí dio lugar a reacciones. En cierto modo, yo también comparto todas esas reacciones. Me gusta mucho darle la razón a las personas que me critican. Darme cuenta de que me he equivocado, al menos por el hecho de haberme dado cuenta, eso me hace feliz por mi propio bien. Sin embargo, también me entristezco por las personas a las que arrastro a mi propio error. Pero como hasta ahora nadie ha creído (al menos que yo sepa), este temor mío resulta, en cierto modo, infundado.

En cuanto a los años, a las fechas que aquí voy a mencionar y a los conocimientos históricos de que disponemos, seguimos estando en una oscuridad. En efecto, dado que tampoco en el año 2005 se cumplieron las señales ligadas a aquellas profecías, creo que, por ahora, la manera más sabia de entender este tema del que voy a hablar sería, más que fijarnos en una fecha determinada, prestar atención a aquellas señales de las profecías cuya fecha no podemos conocer, pero que en el futuro sin duda se cumplirán.

Algunos dijeron que esto que escribí arroja una sombra también sobre todos los demás temas. De nuevo les doy la razón. Porque este no es un tema tratado por primera vez en nuestro mundo. Ha sido abordado, con buena o mala intención, por muchísimos, y ha llegado a ser un tema que arrastró tras de sí a miles, a decenas de miles, a millones, hacia la nada, la inexistencia, la infelicidad, la desilusión e incluso la muerte. Yo también soy de los que conocen bien todo esto. Escribir este libro y revisarlo ocho veces me llevó mucho tiempo. Quién sabe cuándo se publicará como libro. Quizá no se publique nunca. En pocas palabras, no tenía muchas ganas de incluir este tema en mi libro. Pero luego mi conciencia me inquietó. Y me inquietó muchísimo. Por eso tenía que escribirlo sin falta. ¿Cómo podía escribir algo de lo que ni yo mismo puedo decir que sea cien por cien seguro, algo que miro con recelo? Creo, creo, pero, como muchas personas, yo también puedo equivocarme, y de hecho ya me equivoqué una vez respecto a este tema. Sin hacerlo más misterioso, quiero decir brevemente lo siguiente:

Por favor, no os hagáis ilusiones con el tema que vais a leer a continuación. Si hay algún cambio importante que sea necesario hacer en nuestra vida, ese es precisamente buscar a Dios, que os creó a vosotros y a todos nosotros, y adquirir conocimiento acerca de Él. A fin de que aprendamos por qué Dios nos creó a los seres humanos, cuál es su propósito respecto a nosotros y cuáles son sus planes futuros, y para que, con un estilo de vida conforme a esto, nuestra vida se salve. Y esto es algo necesario, vital y obligatorio de hacer en toda época y en todo tiempo. Esto no debe depender ni de nuestro capricho, ni de nuestras aficiones, ni de si nos gusta o no nos gusta. Como he dicho, es obligatorio y vital. Y como cada persona es responsable de su propia vida, la decisión de sentirse obligada también debe tomarla ella misma. El hecho de que hagáis ese cambio obligatorio en vuestra vida no tendrá absolutamente nada que ver con el tema del que voy a hablar a continuación. De lo que hagáis con la información que vais a leer sois responsables vosotros mismos. Nadie más que vosotros cargará con esa responsabilidad. En el versículo de Gálatas 6:5 de la Biblia está escrito: «Porque cada uno llevará su propia carga». Ni creáis lo que escribo ni dejéis de creerlo, sino investigad si acaso las cosas son así. (1 Juan 4:1; 1 Tesalonicenses 2:3-4) Porque no es un tema de colores y de gustos, sino un tema que concierne a cada lengua, cada raza, cada color, cada nación y, en pocas palabras, a cada ser humano que vive sobre la tierra. Si Dios ha hecho un plan, nadie puede decirle «detente». Lo más sabio es amoldarse a ese plan. Si lo hacemos con alegría, también tendremos nuestra recompensa.

Mientras investigaba las Sagradas Escrituras, me pregunté algo a mí mismo. ¿Acaso yo quería servir a Dios para entrar en el paraíso? Después de pensarlo, mi respuesta fue «no». Bien, ¿acaso yo investigaba acerca de Dios porque tenía miedo de morir? De nuevo, después de pensarlo, mi respuesta a mí mismo fue «no». Bien, ¿acaso yo hacía estas cosas porque tenía miedo del infierno? La respuesta también fue la misma, es decir, no. Entonces, ¿por qué leía yo estos libros, oraba a Dios, investigaba y discutía con la gente? Es más, como si no bastara con ganarme su odio, dedicaba también una gran parte de todo mi tiempo a estas cosas. ¿Por qué hacía yo todo esto? Me he hecho muchas preguntas a mí mismo y me he puesto muy a prueba a mí mismo. (2 Corintios 13:5)

Porque lo más importante es que el ser humano se conozca primero a sí mismo. A una persona que se conoce a sí misma le resultará también más fácil conocer a los demás y sopesar los acontecimientos. Yo, sin pensar primero en los demás ni nada por el estilo, pensé: ¿por qué lo hacía yo?, o ¿por qué iba yo a hacer esto? Como me hacía esta pregunta a mí mismo, también quería conocer yo mismo la respuesta. Es decir, no estaba bajo ninguna presión ni nada parecido. Tampoco me estaban interrogando en un tribunal. En aquel momento tampoco tenía el temor de que fuera una cuestión de vida o muerte. Mi edad, de por sí, era mucho más joven que ahora. Con 24 años, en mi propio mundo, siendo alguien solo con mis responsabilidades y obligaciones, no tenía absolutamente ninguna intención de engañarme a mí mismo con la respuesta a esta pregunta. Cuando, al principio de mi libro, hablaba de una parte de mi vida, ya era alguien que, con las muchas desilusiones que me había dejado este mundo, esta vida, incluso anhelaba la muerte.

Como he dicho, mi desilusión no era del tipo de quien pierde a su amada, su amor, su casa, su coche, su trabajo, a sus seres queridos, a su familia, sus bienes, sus propiedades, su salud, su posición. Cuando pensaba en la vida de este mundo, que nos esforzamos por convertir por completo en un basurero, y en las luchas de la vida entera de las personas, sus guerras, los afanes que emprenden solo para saciarse a sí mismas, sus odios, sus alegrías... y en la muerte que llega de repente tras todo esto, todo me parecía sin sentido. Mi desilusión provenía de estas cosas. Esforzarme por algo ya no valía la pena para mí. Porque, hiciéramos lo que hiciéramos, ¿acaso no terminaba todo y desaparecía con la muerte? Que haya inscrito mi nombre en la historia y me haya hecho famoso, que me hayan erigido una estatua, ¿de qué me sirve todo eso? Que haya llegado a poseer bienes y propiedades y haya dejado tras de mí una familia numerosa y feliz, y que me recuerden con gratitud. ¿De qué le sirven estas cosas a una persona muerta? Como dijo Salomón: Mejor es perro vivo que león muerto. (Eclesiastés 9:2-6) Mi problema tampoco era solo la muerte. Sino continuar aquella vida tan breve, vacía y sin sentido de nuestro mundo, y encima con muchas fatigas, angustias e infelicidad; he aquí lo que a mí me parecía mucho más absurdo. Come, bebe, cásate, ten hijos, trabaja y trabaja, acumula bienes y propiedades, ríe y diviértete de manera falsa o verdadera... y luego, ¡muere! Y eso sin contar siquiera los sufrimientos y las fealdades que se padecen por todo esto.

Como algunos podrían extraer significados perversos de este escrito mío sobre este tema que voy a escribir de corazón, expongo abiertamente mis sentimientos. Estas son preguntas a las que todo ser humano se enfrentará en su vida. Cómo se engaña cada cual a sí mismo, eso yo no lo sé. Pero yo no quería engañarme a mí mismo. Creo que el problema estaba ahí. Menos mal que esto fue para mí un problema; de lo contrario, quizá ni siquiera se me habría ocurrido investigar la verdad y el conocimiento acerca de Dios. Sí, vuelvo a la pregunta que me hacía: «¿por qué hacía o iba a hacer yo todas estas cosas?». Porque, al leer aquellos libros que Dios hizo escribir, tenía que tomar una decisión. Y esa decisión era: o bien hacía estas cosas, o bien las apartaba a un lado. Porque, si me proponía hacerlas, eso significaba ya un estilo de vida para toda la vida. Tampoco era como una bonita película o una novela emocionante, para leerla o verla en un momento y que pase y termine. Después de que ya sea demasiado tarde y la vida haya terminado, hacerse entonces esta pregunta, como hacen muchos, sería un poco tarde. Aun así, esto no debe significar que no se pueda hacer. Aquella persona puede haberse enfrentado a esta pregunta quizá a los setenta años, con sus posibilidades, su mente y su espíritu. Yo, a diferencia, tenía 24 años. Mientras algunas personas deciden emprender un camino así a edades mucho más jóvenes, otras toman esta decisión a edades muy avanzadas.

Me preguntaba a mí mismo: «Si no existiera ninguna de esas cosas como el paraíso, el infierno o la resurrección, ¿aun así haría lo que Dios dice?». ¿Aun así querría adquirir conocimiento acerca de Él y andar por sus caminos? Reflexioné mucho sobre estos pensamientos y los sopesé. Mi respuesta fue: «Sí, aun así lo haría». «Aunque nunca fuera a resucitar, aunque no existiera algo como el paraíso, aunque tampoco existiera el temor al infierno —pues, de todos modos, dentro de mí no había tal sentimiento—, yo aun así haría estas cosas que Dios quiere», me dije. Pero ¿por qué? ¿Acaso no iba a terminar todo de todos modos con la muerte? Sí, supongamos que todo iba a terminar; entonces, ¿por qué iba yo a hacer aun así estas cosas?

Porque eran cosas verdaderas y hermosas. Aunque fuera por una vida breve, si el dueño de todo quiere que las hagamos, yo, por amarlo a Él, haría todas estas cosas. Vivir con dignidad y honor, ser justo y misericordioso, eso, para mí, significaba felicidad. Estas cosas no debían hacerse necesariamente esperando algo al final. La persona que las hace ya estaba, en ese mismo momento, serena y feliz.

¡Cuántos sacrificios hacemos por las personas que amamos! ¿Acaso las personas no van incluso a la muerte en las guerras por reyes y presidentes cuyo rostro nunca han visto? Y encima por reyes, presidentes, comandantes y demás tan estúpidos, tan zoquetes, tan egoístas e interesados, ¿acaso las personas no mueren con entusiasmo, sacrificando por ellos todo lo que tienen y lanzando además gritos de guerra? Estos sentimientos suyos eran naturales, pero los mostraron a las personas equivocadas. La honra, el respeto y la obediencia que el ser humano debería mostrar a su Creador, se los mostramos a personas cuyo hígado no vale ni cinco céntimos. Por amor también se puede morir por otras personas, pero hablo del amor verdadero. Si una persona hizo rey a otra a la que nunca ha visto el rostro, que se sirvió de ella como de un asno y que, con todas sus debilidades, se le parece a ella misma; y si además puso sobre su cabeza a un jefe religioso, a un representante, diciendo «llévame tú a Dios», eso es culpa de esa misma persona. Del mismo modo, si las personas fueron a la muerte con gusto por esperanzas sin fundamento alguno, semejantes a cuentos de hadas; ¿por qué no iba yo a entregar todo lo que hice, mi tiempo para investigar a Dios, mi empeño para conocerlo a Él, mi vida para vivir? ¿Qué era acaso aquella esperanza que los demás tenían al ir a la muerte, para que yo tuviera que servir a Dios necesariamente a cambio de algo? Quizá la razón por la que me puse a prueba a mí mismo en este asunto fue, sobre todo, el tema del amor que aparece en el capítulo 13 de 1 Corintios. Estaba escrito que, por más sacrificios que haga una persona, aunque entregue su propia vida en sacrificio para ser quemada, si no tiene amor, si lo que hace no se basa en el amor, es vano. Y era verdad. Quizá fue sobre todo esta verdad la que me impresionó, y por eso me puse a prueba a mí mismo haciéndome preguntas.

¿O acaso era un interés lo que me atraía a este camino? ¿O codiciaba, como nos enseñaban de niños, el paraíso, las huríes, esas cosas de tener una mano en la mantequilla y otra en la miel? No, tampoco era nada de eso. Porque, aunque fuera en parte, ya había hecho estas cosas y no había podido ser feliz. Y el rey Salomón, hijo de David, no en parte como yo, sino de manera muchísimo más excesiva, hizo estas cosas y no pudo ser feliz. Así pues, el temor de sufrir una desilusión en este camino que ando o que voy a andar era, por tanto, igual a cero. Porque yo no tenía tales expectativas.

Esto tampoco debe entenderse como menospreciar la vida eterna, la esperanza de la resurrección, el paraíso y demás cosas que Dios da como recompensa a sus siervos. Porque la Sagrada Escritura dice: «El que se acerca a Dios debe creer que Él existe y que es galardonador de los que le buscan» (Hebreos 11:7). Como muchos pretenden, este versículo sirve como prueba de que Dios no es alguien insensible, indiferente a todo, pasivo o injusto. Es una promesa que Dios da con el propósito de dar esperanza a sus siervos. No creer en esto equivale, en cierto modo, a negar a Dios. Con esta mentalidad, yo no puse a prueba a Dios, sino que me puse a prueba y me examiné a mí mismo, mi interés, mi empeño y mi amor por esas cosas. Todo lo que no se basa en el amor está condenado a desaparecer y solo conduce a la desilusión. Y también sabía que el amor basado en el interés conduciría a una desilusión mucho mayor. He aquí, de nuevo, por qué me puse a prueba a mí mismo. Como he dicho, con las respuestas que me di a mí mismo, la desilusión que pudiera sentir en el futuro había quedado reducida a nada. Siempre tenemos, y tendremos mientras vivamos, desilusiones grandes y pequeñas, pero, en lo que respecta a la fe en Dios, aferrarse a cosas vanas e infundadas es, en mi opinión, lo más terrible. Y lo más importante es que el apego del ser humano a Dios debe ser incondicional. Si una persona se examina a sí misma de manera imparcial, abierta y honesta, comprenderá también si su fe depende o no de condiciones. Esas condiciones —si es que existen— suelen ser las cosas que hacen que tropecemos y nos apartemos de la fe. En pocas palabras, no se acerca uno a Dios poniéndole condiciones. Por eso, investigaos, poneos a prueba a vosotros mismos, pero, sobre todo, no os engañéis.

Todo escrito revelado por Dios señala un significado, una razón, una advertencia, un consejo. (2 Timoteo 3:16) Los números, las profecías y las señales de las Sagradas Escrituras también fueron escritos, sin duda, para que los entendamos. Dios no hizo escribir estas cosas a sus profetas para pasar el rato, ni para que nadie las entienda, ni para que las personas obtengan provecho de estos asuntos. Si las personas obtuvieron algún provecho de estos escritos y se engañaron unas a otras; e incluso si ellas mismas se dejaron engañar y luego, por la desilusión, llegaron a negar hasta a Dios, esto fue, sin duda, un error en la actitud de su corazón, en sus expectativas. Lo repito: si servimos a Dios por nuestras expectativas, pero única y exclusivamente por nuestras expectativas, no podremos hacerlo por mucho tiempo. En cambio, si nos acercamos a Dios de manera incondicional, con amor, con placer, con felicidad y paz interior, y llevamos una vida digna de Él, entonces nada podrá desilusionarnos. Porque nosotros también nos deleitaremos en las cosas de las que Él se deleita.

Israel había salido de la esclavitud en Egipto junto con mucha gente mezclada. (Éxodo 12:38) ¿Por qué salió también con ellos aquella gente mezclada? ¿Acaso Moisés no había venido únicamente para liberar de la esclavitud a los israelitas? Sí, a pesar de que era así, ¿acaso aquella gente mezclada fue tras los milagros que vio? ¿Acaso no vio todo Egipto aquellos milagros? ¿Por qué no salió todo el pueblo de Egipto junto, sino que salió solo una parte del pueblo? ¿O acaso salieron porque creyeron? Sí, creyeron, pero ¿en qué? Cuando leemos aquellos escritos de la Sagrada Escritura, vemos que la fe y el amor de la mayoría de esta gente mezclada no pertenecían a Dios. Leemos que, entre los que de vez en cuando se rebelaban ante problemas insignificantes y hacían tropezar a Israel, también estaba esta gente mezclada. (Números 11:4) Bien, entonces, ¿cuál era la razón que los hizo salir de Egipto?

La promesa. Sí, la promesa que se les dio los atrajo. ¿Cuál era esa promesa? Una tierra que mana leche y miel. (Éxodo 3:17) Y allí, además, se le daría tierra a todos, sin distinción, con iguales derechos. Es decir, no habría distinción alguna entre israelita y extranjero. (Levítico 19:33-34) El pensamiento de estas personas, y al mismo tiempo el de los israelitas, era, lamentablemente, solo este. Querían salir por fin de aquella vida miserable que vivían, y borrar de un plumazo su mal pasado con un comienzo mejor y más cómodo en un entorno distinto. Sí, este era un deseo que muchos saludaban. Lamentablemente, era muy, pero muy poca la gente que salía por amor a Dios, para ser digna del propósito y del amor que Él les había mostrado. Los ojos de todos ellos estaban llenos únicamente de interés. ¿Qué le sucedió luego a un pueblo con semejante mentalidad y actitud de corazón? ¿Acaso esto les trajo salvación, felicidad o los intereses que esperaban? Todo lo contrario: no solo ninguno de ellos, salvo dos personas, pudo entrar en la tierra prometida, sino que los cadáveres de todos los contados quedaron esparcidos en el desierto y perecieron. Y hasta que no quedó ni uno solo. (Números 14:21-30) Porque Dios no podía estar complacido con un pueblo que pensaba así. En nuestra época la situación no es diferente. Las personas, para librarse del entorno en que se encuentran, porque están oprimidas, cansadas, sin fuerzas para luchar, y por muchas otras razones que no he enumerado, saludan con anhelo un fin. Ellas no quieren conocer al Dios que traerá aquel fin, ni sus razones, sino solo su fecha. Y las religiones, como conocen esta situación, son muy hábiles en untar esta miel en la boca de sus miembros.

Los que critican y acusan mis escritos en las páginas de internet, no sé por qué, siempre me compararon con los Testigos. Dijeron: «¿En qué te diferencias tú de ellos?». Y el tema por el que me comparaban tenía que ver con este tema de entender la profecía que voy a escribir. Para mí, la diferencia es muy sencilla. Además, hay que aclarar también lo siguiente: en este libro no he sostenido, ni sostengo, que yo sea mejor persona comparándome con nadie. Si cometiera semejante necedad, entonces ya no me diferenciaría en nada de los demás. Y tampoco escribo esto con una falsa humildad. Es seguro que existen personas mucho más diligentes, laboriosas, que han hecho sacrificios por causa de Dios que yo. Mi objetivo con este libro mío no es competir con nadie. Como también en los versículos que siempre escribo, la recompensa y el castigo que le corresponden a cada uno están en manos de Dios. Y Dios es justo. Por eso nadie tiene derecho a ensoberbecerse por encima de nadie.

Las religiones, las naciones, sus obras, sus formas de gobierno y sus doctrinas de las que escribí no son algo secreto, y sin embargo las personas se dejan influir por todo esto, se cuelgan tras ellos y van a la muerte. Si yo dije: «No os colguéis tras ellos, no vayáis adonde ellos van, no andéis por sus caminos y, por favor, ved ya de una vez sus obras sucias», eso solo no me hace más justo y recto que ellos. Además, tampoco digo: «Dejadlos a ellos, pero colgaos tras de mí». Si hice un examen minucioso acerca de ellos, ellos han sido la causa de ello.

Por ejemplo, nadie ha escrito nada acerca de mí. Si yo presentara mi candidatura como diputado, primer ministro o líder religioso, y gritara en las plazas: «Quien me elija, quien se cuelgue tras de mí, se salvará; en ningún otro hay salvación», ¿acaso los periódicos no escribirían todos los días acerca de mí y me examinarían, no bajo la lupa de aumento, sino bajo el microscopio? Sin embargo, yo, o cualquier otro, seguiríamos siendo lo que éramos antes. Nadie se ocupaba de mí ni de él. Pero, después de estos asuntos, ¿acaso continuaría esa misma indiferencia? Con esto quiero decir que, por lo que las personas dicen, hacen y pretenden, y por los millones que arrastran tras de sí, es natural que les hagan preguntas. Y nadie quiere conocer la identidad de quien hace esa pregunta; pero sí quieren conocer la respuesta a la pregunta y conocer a esas personas. Y esto es lo normal. Yo tampoco, con las verdades de todos mis escritos, arrojé lodo ni nada por el estilo sobre las religiones; conté lo que ellas hacen. Si esto es lodo, yo solo escribo lo que he visto y lo que he vivido. Que reflexionen sobre esto quienes hacen esas obras y hacen esas promesas. Por encima de todo, mis palabras valen también para quienes hacen que la gente ponga su esperanza en ellos y les cargan una silla de montar sobre la espalda. Sin embargo, por un escrito o una noticia de un periodista, nadie investiga la vida de ese periodista ni quiere siquiera conocer su identidad. Y la mayoría de las veces tampoco la conoce. No sé si alguien tiene derecho a decir, por las preguntas que ha hecho y las verdades que ha sacado a la luz: «¿acaso este hombre es digno de escribir y de ver estas cosas?». Ved lo que yo escribo como la noticia que da un periodista. Si soy un buen o un mal periodista, seréis vosotros quienes lo decidiréis, y Dios también juzgará. Nos pedirá cuentas tanto a mí como a aquellas personas acerca de las que escribo. Pero, si esto que escribo es verdad, entonces, ¡ay de ellos!

Escribí este libro para advertir a las personas, despertarlas; para animarlas a investigar, si es posible, para hacerles amar a Dios, romper todas las cadenas de esclavitud espiritual y ayudarlas y estimularlas a ser siervas únicamente de Dios. Y de nuevo, en cuanto a quienes preguntan en qué me diferencio yo de esas religiones; yo no muestro la desvergüenza de decirle a nadie: «Sin mí no os podéis salvar». Con los Testigos y con todas las organizaciones religiosas verán exactamente lo contrario. Además, con las cosas que escribo, tampoco muestro, ni mostraré nunca, la insolencia de decirle a nadie: «Dios me dio esta comprensión solo a mí, nadie más puede entenderla, y quien dice que la entiende es un impostor». En comparación con los Testigos y con otras religiones, esta es una situación totalmente opuesta. Y, junto con todo esto, tampoco proclamo en absoluto la insolencia de decir: «Quien no crea en lo que yo escribo irá al infierno, Dios lo destruirá sin falta en el último día».

Espero que alguien inteligente diga: «Apenas estás empezando; ten millones detrás de ti y entonces ya te veremos». Sí, esto significa: «Al principio, por ser débiles y estar solos, ellos tampoco tenían uñas. Por eso tampoco les era posible desgarrar y despedazar». Y tienen razón. En cambio, a quienes arrastraron millones tras de sí les crecieron las uñas y las garras, se volvieron poderosos y, en la misma medida, inmundos. Si yo también me creyera algo y fundara una presidencia, ayudantes, ayudantes de los ayudantes, comités, un orden, en pocas palabras, una religión, una organización, creo cien por cien que tampoco me diferenciaría de ellos, ni podría hacerlo. Con esto espero que hayáis entendido mejor lo que quiero decir. Lo que a menudo vuelve inmundo al ser humano es el sistema en el que se encuentra, el que él mismo funda. Cuando miramos a los profetas, ellos no hicieron esto. Si David reinó, fue Dios quien le dio ese encargo. Y ya leímos qué piensa y qué dice Dios acerca de la realeza. A David tampoco le sucedieron pocas cosas por causa de esta responsabilidad. Dios nunca planeó ni quiso, desde la creación, que un ser humano reinara sobre otro ser humano. Ni en materia de religión, ni en materia de que ese ser humano fuera gobernado por otro ser humano. El dominio del ser humano sobre el ser humano solo comenzó después de que el pecado entró en la tierra. (Génesis 3:16) El sacerdocio y los levitas no fueron nombrados como reyes o gobernantes sobre las personas en materia de religión. Su función era mediar entre las personas y Dios. Después de que vino Jesucristo, tampoco quedó necesidad de tal mediador. Las funciones y las leyes que se les dieron eran solo la sombra de las cosas venideras, no la realidad misma. (Hebreos 5:1-10; 8:1-6; 10:1) La humanidad, que conoce estas verdades, sigue afanándose por llegar a ser un líder y por buscar un líder. Si yo, después de estos conocimientos, me exaltara diciendo: «voy a ser útil a la humanidad como líder, presidente o gobernante», también caería en la situación de aquellas personas malditas de las que he escrito y cuyas obras, en cierto modo, me repugnan a lo largo de todo este libro. Ellos atraen esta maldición sobre sí mismos porque son esclavos del sistema que fundaron y en el que se encuentran. Si hubieran andado según las reglas de Dios y no las suyas propias, también habrían quedado libres de esas manchas. En verdad no digo estas palabras solo a aquellos cuyas obras son sucias. Digo estas palabras a quienes toman esas inmundicias sobre sus limpias espaldas y las cargan. Por este medio también se ensucian a sí mismos, y ya se ensuciaron. Y los títulos de aquello que cargan sobre sus espaldas son muy curiosos. Con nombres como «esclavo fiel y prudente», «la clase del esclavo», «siervos que ejercen funciones en la organización», «vuestros hermanos en la fe», etc., ellos, por fuera, se han vestido de piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. (Mateo 7:15-23)

Quizá no me haya cansado ni hartado de escribir algunas cosas una y otra vez en mi libro. Espero haber ayudado a que entren, más que en vuestra mente, en vuestro corazón. En cuanto a mí, no vayáis a entender que, al llamar la atención sobre este año 2005, esté hablando de un fin ni nada por el estilo. Esas son únicamente comprensiones e interpretaciones acerca del momento de un fin definitivo. Los Testigos proclamaron que el fin vendría en el año 1914. Cuando aquel fin no llegó, lo retorcieron y empezaron a decir: «en los cielos se estableció el reino que Dios quería». Como los Testigos, otras religiones y sectas exprimieron este asunto hasta la última gota, creedme, tengo que decir que, aun así, escribo estos textos a la fuerza. Llevo dentro de mí el temor y la vergüenza de que, incluso a mis propios ojos, vaya a parecerme a ellos. Sea como sea, si es un error, este no será ni el primero ni el último error de mi vida. Pero si mi comprensión y estos conocimientos son correctos... ¿Acaso debo ocultar esto por miedo a que se burlen de mí por dudar y a que mi nombre quede manchado? Jesucristo dio un ejemplo muy hermoso sobre este tema; por favor, abrid y leed en su lugar aquellos pasajes de Mateo, hasta 25:14-30. Por eso no quiero ocultar estos conocimientos que tengo. Aunque sea un error, si Dios se pusiera a juzgarnos por nuestros errores sinceros, ¿quién podría salvarse? Pero, por nuestras malas intenciones y por las actitudes de nuestro corazón respecto a lo que hacemos, ciertamente juzgará mucho más.

Aquí hay dos temas en los que se puede errar. El primero es que se puede errar en el tema de las fechas, es decir, de los números. Porque la cifra histórica que tenemos en nuestras manos no está escrita en la Sagrada Escritura. Y, en cierto modo, Dios quiso que esto fuera así. En el pasado, la manera en que se redactaban los libros de historia es muy curiosa. Al relatar un suceso, lo redactaban diciendo «antes/después de un eclipse de sol, o de un eclipse de luna, o de algún otro suceso famoso que se vivió». Es decir, si antes de aquel suceso subió al poder un rey, se toma la fecha de su ascenso al poder para relatar el otro suceso, o al revés. Por ejemplo, se dice: «he aquí que, tantos días después del eclipse de luna de tal fecha, tantos meses o años después subió al poder tal rey». Se usaban métodos como «y luego, tantas semanas, meses, años después, hubo un eclipse de sol», y demás. Yo no soy historiador, pero, cuando lees sus métodos, resulta que, la mayoría de las veces, lamentablemente no es posible decir de manera definitiva, cien por cien: en tal fecha ocurrió tal cosa. En realidad, este método que emplearon para redactar es muy fiable. Porque la luna, las estrellas, la tierra y el sol son medidas del tiempo que no yerran. Pero hay otros hechos que, aun así, nos hacen dudar. Si aquel eclipse de luna volvió a ocurrir diez o treinta años después, entonces el asunto se complica al preguntar cuál será el correcto. Aunque treinta años parezcan mucho tiempo, cuando se investiga dentro de miles de años, vienen a ser como menos de treinta segundos. Los conocimientos históricos que tenemos en nuestras manos, aunque a veces dan muchas pistas, siguen siendo un conocimiento insuficiente y no demostrado. Y encima, los registros perdidos, quemados y destruidos en esas guerras complican todavía más el asunto. Otra razón que complica el asunto son también las historias de estados enemigos, basadas en versiones distintas. Y de estos estados nunca puede decirse que sean imparciales. Y hay que entender además su punto de vista, sus culturas. Solo para el conocimiento en materia de historia, creedme, pueden exponerse libros enormes y pruebas. En pocas palabras, estas son las cifras que tenemos en nuestras manos, de las que no podemos decir que sean cien por cien seguras. Pueden serlo, pero también pueden no serlo. Yo también escribí la información que sigue basándome únicamente en la fecha más popular que tengo en mis manos. Es una fecha que parece la más creíble (586 a. C., la destrucción de Jerusalén) y que ni yo mismo puedo ya creer. Además, como no vivimos en aquellos tiempos, quiero decir que, nos guste o no, estamos obligados a aceptar en este tema lo que se nos ha dado.

Una segunda posible razón de error es que yo pueda haber entendido mal toda esta profecía. Aunque, para mí, sea una posibilidad remota, por supuesto que puede ser. La razón por la que digo «una posibilidad remota» es el estilo narrativo de las profecías del libro de Daniel. En el libro del profeta Daniel, un mismo suceso o uno semejante está escrito varias veces, pero bajo profecías distintas. Acerca de los reinos y potencias que surgirán en el mundo, en un lugar los compara con una estatua, mientras que en otro lugar compara esos mismos reinos con un carnero y un macho cabrío. Y en una profecía posterior se los compara con bestias. (Daniel 2:36-45 y capítulo 8) Los mismos sucesos se relatan cada vez mirándolos desde otro ángulo. En realidad es un método muy sabio, porque este método reduce al mínimo las interpretaciones erróneas que pudieran hacerse. En el libro de Daniel hay muchas profecías así, comparativas y con semejanzas. Quien lea estos libros por primera vez no entenderá nada; por eso, que no se extrañe. Como dicen algunos, las palabras «Si hubiéramos entendido todas las Sagradas Escrituras la primera vez que las leímos, quizá habríamos enloquecido» a veces no son en vano.

Como un suceso se relata varias veces, si en un lugar hacemos una interpretación, estas explicaciones deben estar también en armonía con la interpretación que hacemos en el otro lugar. Si no concuerdan entre sí, significa que estamos cometiendo un error. Como también dijo Mehmet Akif, «la comprensión que Dios dará»; sí, esta es la mayor condición. Aunque parezcan cosas un poco difíciles de probar, para quienes investigan no son tan difíciles. Porque este suceso, que debe cumplirse en muy poco tiempo, no me proporciona ningún interés. Si yo fuera a soltar una patraña a propósito, la soltaría apuntando a una fecha lejana. No puedo saber cuándo saldrá este libro que escribo, pero, mientras corrijo estas líneas, veo que el año 2005 ya pasó hace tiempo y que aquellas señales tampoco se cumplieron. Entonces, ¿por qué sigo yo insistiendo en este tema? Como he dicho, en materia de números, las fechas que tenemos en nuestras manos pueden ser erróneas, pero esto no invalida toda la comprensión de la profecía. Si todo investigador tirara a la basura todas sus investigaciones por no haber alcanzado su objetivo, la humanidad seguiría teniendo que vivir en la Edad de Piedra y no podríamos avanzar. No esperemos necesariamente una exactitud cien por cien de todo. Puede haber ciertos errores, que también los profetas cometieron. El hecho de que creamos que Dios traerá un fin no debe estar ligado a que conozcamos esa fecha. De nuevo, en el tema de las fechas de algunas profecías podemos equivocarnos, pero esto no exige que tiremos a la basura el propósito de Dios respecto al fin. Por eso os aconsejo que prestéis atención a los sucesos, más que a los números de la comprensión que he publicado. Y también miraré con gratitud que alguien descubra los errores que allí se hayan cometido.

Decimos «señales», pero, aunque Jesucristo sea rey en los cielos, ¿de dónde vamos a saberlo nosotros?

Cuando él comience a ejercer su cargo como rey, comenzará también el período de tres años y medio que aparece en el libro del Apocalipsis, el último libro de la Biblia. La mayoría de los sucesos que se cumplirán dentro de estos tres años y medio no son simbólicos, sino en sentido literal. Una señal muy importante es también que todas las religiones serán prohibidas sobre la tierra. Esto lo entienden y lo dicen así también los Testigos y algunas otras religiones, y creo que tienen razón. Pero ellos creen que, en cuanto las religiones sean prohibidas, el fin vendrá en unas pocas semanas. O, a más tardar, en unos pocos meses. Sin embargo, este es un suceso que ocurrirá después de un tiempo de tres años y medio, es decir, de un período de 3,5 años. Y al final de aquellos tres años y medio tampoco vendrá el fin de inmediato. Las Sagradas Escrituras indican, respecto al fin, que nadie conocerá aquel día ni aquella hora, y Jesucristo también dijo siempre lo mismo. (Mateo 24:36) También escribí, además, en este libro, que el Corán arroja luz sobre este tema y dice: «cuando llegue su tiempo, Dios revelará acerca de aquel día y aquella hora por medio del siervo que Él quiera». (El Purgatorio, sura 7:187; El Creyente, sura 40:15)

Si Dios hizo escribir estas fechas a sus siervos los profetas, no quiero decir, como algunos pretenden, «no insistamos en absoluto sobre ellas, porque sería un error y un pecado». No hay ninguna pista de que investigar lo que Dios hizo escribir y hablar, debatir e investigar sobre cuál es lo correcto sea algo erróneo y pecaminoso. (Daniel 12:4; Mateo 28:16-17; Lucas 24:13-35) Todo lo contrario: por ejemplo, los judíos también sintieron mucha curiosidad por cuándo y dónde nacería el Mesías, y lo investigaron. Es seguro que muchas veces también cometieron errores. Por esta curiosidad suya en este tema, Dios incluso dio a algunos respuestas positivas.

Por ejemplo, Dios le dijo a un creyente anciano: «No morirás sin que tus ojos vean al Mesías». Este vio a Jesucristo como bebé en pañales y glorificó a Dios. (Lucas 2:25-35 y Mateo 2:4-5) Sin embargo, Dios podría haber reprendido a esas personas diciendo: «¿Qué os importa conocer estos tiempos? ¿Por qué os obsesionáis con las fechas?». Cuando Jesucristo, después de su muerte, era llevado al cielo, le hicieron una pregunta acerca del tiempo del fin. Jesús les dijo: «No os toca a vosotros conocer los tiempos ni los momentos». (Hechos de los Apóstoles 1:6-7) Creo que aquí es seguro que Jesús se refería literalmente solo a los apóstoles de aquel entonces. Porque, si con estas palabras se refería a todos los tiempos y también a nosotros, que vivimos en los últimos días, entonces ¿por qué habría de hacer escribir Dios libros como el de Daniel y el del Apocalipsis? ¿Por qué habría de llamar la atención allí sobre tantos sucesos que ocurrirán con los números venideros? Además, ¿qué sentido pueden tener unas profecías que nunca se entenderán y que no se quiere que se entiendan? Por otra parte, cuando, en vida de Jesús, los apóstoles le dijeron: «¿cuándo vendrá el fin?», Jesús tampoco los reprendió. (Mateo 24:3) Todo lo contrario: se sentó y les relató las señales de aquellos días. Este es un sentimiento muy natural y espontáneo. No es una curiosidad sin sentido; al contrario, es una verdad por la que debemos sentir curiosidad, por supuesto sin traspasar el límite. Como he dicho, nuestra expectativa no debe ser únicamente un fin; eso solo nos perjudica. En un primer momento, el tiempo que debemos esperar y conocer debe ser: «¿Cuándo voy a cambiar yo mi vida, mi existencia y a mí mismo para vivir como un ser humano conforme a Dios?». Y esto es algo que está en nuestras propias manos. Después de lograr todo esto, lo cual significa un afán que durará bien hasta que venga el paraíso, bien hasta la muerte. Puede que no podamos conocer la fecha de la venida del paraíso, pero la llegada de nuestra propia muerte es posible en cualquier momento. Solo después de tener esta mentalidad, el significado de estos escritos puede protegernos de dejarnos llevar por un anhelo equivocado. Porque entonces nuestra vida no dependerá de que venga un fin. En lugar de esperar aquel fin que Dios traerá, al contrario, con el temor de si acaso este será también nuestro propio fin, nos apresuraremos a vestir cuanto antes la nueva personalidad creada conforme a Dios. Y, para llegar a semejante conciencia, es obligatorio que seamos expertos en estos temas. Si habéis leído este libro desde el principio, entonces habréis entendido también de qué clase de pericia hablo. Y no perdamos nunca de vista esta verdad. Para toda persona que muere, el fin ya ha llegado. Quien ha muerto, hasta el día de la resurrección, no verá ni vivirá ninguno de los cambios posteriores a su muerte. Y la muerte, siendo algo que para todos nosotros está listo en cualquier momento. ¿Hay acaso alguien que viva conociendo el día y la hora de su muerte? Jesús expresa una hermosa verdad sobre este tema.

«Jesús les dijo: «Mi tiempo aún no ha llegado; pero vuestro tiempo siempre está a punto...»» Juan 7:6

Más que esperar necesariamente una fecha, vivamos, actuemos, hablemos, creamos, amemos y hagamos las cosas de las que no nos arrepentiremos en el futuro, con la conciencia de que esto puede ocurrirnos en cualquier momento. Después de la muerte, o cuando nos enfrentamos a ella, aunque uno se arrepienta, es imposible volver atrás. Jesús relató, en el libro de Lucas de la Biblia, una hermosa historia que respalda esto que escribo. Abrid, por favor, y leed vosotros mismos estos versículos, hasta Lucas 16:19-31.

Aunque no pueda decir que esto que escribo a continuación sea cien por cien correcto, sí puedo decir que tampoco he encontrado en este mundo una comprensión cien por cien mejor. ¿Acaso lo que yo escribo debe ser necesariamente correcto por el hecho de que no he encontrado esa comprensión? Por supuesto que no; y precisamente porque lo sé, publico a continuación las razones de mi comprensión. Leedlas y tomad vosotros mismos la decisión.

¡A los pueblos, naciones y lenguas que habitan en toda la Tierra!

Miércoles 16 de junio de 2004

Esta carta, escrita bajo semejante encabezamiento, era la proclamación que un rey soberano del mundo, que vivió miles de años antes de nuestro tiempo, dirigió a todas las naciones y lenguas de la Tierra. Este escrito aparece en el capítulo 4 del libro de Daniel, que forma parte de lo que conocemos como las Sagradas Escrituras (la Torá, los Salmos, el Evangelio). A este rey, llamado Nabucodonosor, Dios le muestra un sueño que en el futuro concierne a toda la humanidad. Si este sueño del que hablamos hubiera tenido que ver únicamente con aquel rey, tal vez el rey no lo habría proclamado «a todas las lenguas, naciones y pueblos». Y aun cuando el rey lo hubiera proclamado, estas palabras no habrían sido escritas por el profeta Daniel en las Sagradas Escrituras, porque el sueño posee carácter profético. Pero no solo por esto; hay también otras razones que nos llevan a pensar así. En pocas palabras, el aspecto más importante de lo que quiero exponer es que este sueño se cumplirá en nuestro tiempo. Para comprender la veracidad de todo lo aquí escrito, os será de gran ayuda tener a mano las Sagradas Escrituras (la Torá, los Salmos, el Evangelio), que son la palabra de Dios. El profeta conocido en las Sagradas Escrituras como Daniel es conocido en el mundo musulmán como Danyal. El Corán no aborda este tema, pero en la última parte de la aleya 93 de la sura Al-i İmran se escribe lo siguiente:

«...Di: Si sois personas veraces, traed la Torá y leedla», con lo cual respalda que debemos considerar la palabra de Dios como un todo indivisible, y lo recalca además con muchas aleyas.

El rey babilonio Nabucodonosor de aquella época, del que aquí hablamos, llegó a ser rey en el año 605 a. C. y reinó durante 43 años. El período más esplendoroso del Imperio Babilónico se vivió en su tiempo. Babilonia, por su parte, desempeñaba el papel de soberana del mundo de entonces. Podría compararse también con los actuales Estados Unidos de América. Esta situación se prolongó hasta que, en el año 516 a. C., el Imperio Medo-Persa conquistó Babilonia. (Esta fecha mencionada se ha obtenido únicamente como resultado del estudio de las Sagradas Escrituras. En cuestión de fechas, la fuente más fiable es esa, porque es la palabra de Dios. Siempre a condición, no obstante, de no olvidar los errores que puedan cometerse en nuestras propias interpretaciones.)

El rey babilonio Nabucodonosor comienza a relatar este sueño, que en el futuro concernirá a toda la humanidad, escribiendo así a partir del libro de Daniel, capítulo 4, versículo 4:

Yo, Nabucodonosor, estaba tranquilo en mi casa y próspero en mi palacio. Tuve un sueño que me atemorizó, y mientras estaba acostado en mi lecho, mis pensamientos y las visiones me sobrecogieron. Ordené que trajeran ante mí a todos los sabios (los versados en sabiduría) de Babilonia para que me explicaran el significado del sueño. Cuando los magos, los astrólogos y los adivinos vinieron ante mí, les conté el sueño que había tenido, pero no pudieron explicarme su significado. Por fin vino ante mí Daniel, llamado Beltsasar por el nombre de mi dios, en quien reside el espíritu de los dioses santos. Le conté el sueño que había tenido. Le dije así: Beltsasar, jefe de los magos, sé que en ti está el espíritu de los dioses santos y que puedes explicar cualquier misterio. Este es el sueño que tuve: explícame lo que significa.

Estas son las visiones que tuve mientras estaba acostado: vi en medio de la Tierra un árbol muy alto. El árbol creció, se hizo fuerte y su altura llegó hasta los cielos. Se le veía desde los cuatro confines de la Tierra. Sus hojas eran hermosas, y tenía fruto tan abundante que bastaba para todos. Los animales salvajes se refugiaban a su sombra, y las aves que vuelan en el cielo anidaban en sus ramas. Toda criatura se alimentaba de él. En las visiones que tuve mientras estaba acostado en mi lecho, vi a un vigilante, un ser santo, que descendía del cielo. Gritó en alta voz: cortad el árbol y sus ramas, arrancad sus hojas, esparcid su fruto; huyan los animales que se refugian bajo él y las aves que anidan en sus ramas. Pero dejad en tierra, entre la hierba, el tocón con sus raíces, rodeado de hierro y bronce. Que se empape con el rocío del cielo, y que tenga su parte con los animales en la hierba de la tierra. Que le sea cambiado su corazón de hombre, y le sea dado en su lugar un corazón de animal. Que pasen sobre él 7 tiempos. Esta sentencia la dictaron los vigilantes, y la decisión la tomaron los santos. Para que toda criatura sepa que el Altísimo domina sobre los reinos de los hombres y que puede dárselos a quien quiera, aun al más despreciable.

¡Este es el sueño que tuve yo, el rey Nabucodonosor! Ahora, Beltsasar (Daniel), dime lo que significa. Porque ninguno de los sabios (los hombres versados en sabiduría, los magos) de mi reino ha podido explicarme el significado de este sueño. Pero tú puedes explicarlo, porque en ti está el espíritu de los dioses santos.

Daniel interpreta el sueño. A partir del capítulo 4, versículo 19

Entonces Daniel, cuyo otro nombre era Beltsasar, se quedó por un tiempo atónito, y sus pensamientos lo atemorizaron. Ante esto el rey dijo: «Beltsasar, que ni el sueño ni su interpretación te atemoricen».

Beltsasar (Daniel) respondió: «Señor mío, ¡ojalá este sueño fuera para los que te aborrecen, y su interpretación para tus enemigos! Viste un árbol que crecía, se hacía fuerte, cuya altura llegaba hasta los cielos y que podía verse desde toda la Tierra. Sus hojas eran hermosas y su fruto tan abundante que bastaba para todos. Los animales salvajes se refugiaban debajo de él, y las aves que vuelan en el cielo anidaban en sus ramas. Oh rey, ¡ese árbol eres tú! Tú creciste, te hiciste fuerte. Tu grandeza fue creciendo hasta llegar a los cielos, y tu dominio se extendió a los cuatro confines de la Tierra. Tú, oh rey, viste descender del cielo a un vigilante, un ser santo, que decía: Cortad y destruid el árbol, pero dejad en tierra, entre la hierba, el tocón con sus raíces, rodeado de hierro y bronce. Que se empape con el rocío del cielo, y que tenga su parte con los animales salvajes hasta que pasen sobre él 7 tiempos.

Oh señor mío rey, el significado del sueño y la sentencia que el Altísimo traerá sobre ti es este: Serás expulsado de entre los hombres, vivirás con los animales salvajes; te alimentarás de hierba como un buey y te empaparás con el rocío del cielo. Pasarán 7 tiempos hasta que comprendas que el Altísimo domina sobre los reinos de los hombres y que da el reino a quien quiere. Se dio la orden de que se dejara el tocón con sus raíces. Esto significa lo siguiente: cuando comprendas que los cielos son los que dominan, tu reino te será devuelto».

Doce meses después, todo esto le sucedió al rey Nabucodonosor. Fue expulsado de entre los hombres. Se alimentó de hierba como un buey. Su cuerpo se empapó con el rocío del cielo. Su cabello creció como plumas de águila, y sus uñas como garras de ave. Al cabo del tiempo señalado, yo, Nabucodonosor, alcé mis ojos al cielo y volví en mí. Alabé al Altísimo. Honré y ensalcé al que vive para siempre. (Daniel 4:34)

Los versículos anteriores deben de tener dos significados de carácter profético. El primero se cumplió literalmente en Nabucodonosor. Probablemente duró 7 años, y después Nabucodonosor recobró la salud. Pero de la interpretación de Daniel comprendemos que también debemos tener un segundo entendimiento. Porque el árbol del que se habla era Babilonia. Por más que en aquel momento Nabucodonosor representara a Babilonia, esta enfermedad suya no significó que el árbol fuera cortado; es decir, no significó la destrucción de Babilonia. Porque en aquel entonces Babilonia no perdió su condición de país que aún seguía en pie y que dominaba los cuatro rincones del mundo. Aunque Nabucodonosor estuviera enfermo, según el sueño, Babilonia conservaba su condición: seguía siendo poderosa, su altura llegaba hasta los cielos, podía verse desde toda la Tierra, sus hojas eran hermosas, su fruto era tan abundante que bastaba para todos, y todos podían refugiarse en ella.

Yo llego a la conclusión de que debemos entender el corte del árbol como el corte o la destrucción de Babilonia. En pocas palabras, después de la destrucción de Babilonia debían pasar 7 tiempos. Este era el período que anunciaba que también Dios domina sobre los reinos de los hombres y que dará el reino a quien quiera. Por eso la raíz del árbol no es destruida, sino que solo queda rodeada por un tiempo. Permanecería rodeada hasta que llegara un rey conforme al deseo de Dios. Ese árbol no representaba, como algunos afirman, el reinado de Dios. Nunca hubo sobre la Tierra un reinado que representara el reinado de Dios. Aunque Dios eligió a algunos de los reyes de Israel, esto no fue el deseo de Dios, sino el deseo de los israelitas. Aunque llegaron al poder reyes con los que Él personalmente quedó complacido, Dios solo lo permitió, pero no lo quiso. Que esto es así se escribe claramente en las Sagradas Escrituras, en 1 Samuel capítulo 12:17. Sabemos, sin lugar a dudas según las Sagradas Escrituras, que el Rey conforme al deseo de Dios será únicamente Jesucristo. En el Evangelio, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, capítulo 17, versículo 31, se escribe así:

Porque Dios ha establecido un día en el que juzgará al mundo con justicia por medio del varón que ha designado; y de ello ha dado garantía a toda la humanidad al resucitarlo de entre los muertos.

Es decir, leemos que esta persona de la que se habla, Jesucristo, es también en el Corán la misma persona. Entre los hombres, él es el único que ha resucitado de entre los muertos, que ha ascendido a la presencia de Dios sin ver corrupción y que vive. Todos los profetas y toda la humanidad tendrán que esperar hasta el día de la resurrección. (Juan capítulo 5:28) Pero a Jesucristo, sin esperar ese momento, Dios lo resucitó. Quien lo desee puede consultar la aleya 55 de la sura Al-i İmran.

¿Qué significan estos 7 tiempos, o cómo deben calcularse? Y además, ¿cuándo comenzarán?

En el último libro de las Sagradas Escrituras, el libro del Apocalipsis, capítulo 12, versículos 6 y 14, comprendemos que 1260 días equivalen a «un tiempo (es decir, 1 tiempo), tiempos (2 tiempos) y medio tiempo». En resumen, un tiempo, tiempos y medio tiempo significan 3,5 tiempos. Cada tiempo equivale a un año, y medio tiempo a 6 meses. Así, un tiempo equivale a 360 días. Ahora bien, si según la regla de las Sagradas Escrituras calculamos un día como un año —regla que se escribe en el libro de Números del profeta Moisés, en el capítulo 14:34, y también en el libro del profeta Ezequiel, capítulo 4:6—; sí, si calculamos un año por cada día, según este cálculo «siete tiempos» equivalen a 7 veces 360 días, es decir, 2520 años. Tras haber explicado, a partir de este principio, qué significan los 7 tiempos y cuánto duran, ¿cuándo debía comenzar esta fecha de 2520 años? En realidad, a partir de las explicaciones dadas hasta ahora, si hemos prestado mucha atención, no debería ser difícil comprenderlo. Además, tengo que volver a señalar la necesidad de conocer e investigar las Sagradas Escrituras. Esta fecha comenzaría con la destrucción de Babilonia. Es decir, en el 516 a. C. Pues según el sueño, en aquel momento el árbol quedaba cortado, y a partir de entonces debían pasar 7 tiempos sobre él.

¿Por qué el 516 a. C.?

En el año 586 a. C., la ciudad de Jerusalén es conquistada por los babilonios. El templo de Dios, que Salomón mandó construir en nombre de Dios y que hoy se encuentra en el lugar de la Mezquita de Omar, es entregado a las llamas. (Esta fecha, en cambio, no se escribe en las Sagradas Escrituras. Por eso partimos de la fecha que escriben las fuentes seculares. Pero también Dios sabía sin duda que esto ocurriría así. No podemos hacer otra cosa que decir: «La fecha más fiable es esta, el 586». Las fechas enciclopédicas y muchas fuentes han respaldado hasta ahora sobre todo esta fecha. Puede que también sea errónea.)

Dios anuncia de antemano, por medio de sus profetas, la destrucción que vendría sobre la ciudad de Jerusalén y sobre el templo construido en su nombre. El anuncio más importante que escribe el libro del profeta Jeremías, en el capítulo 25, del versículo 1 al 11, menciona que este período duraría 70 años. En pocas palabras, el templo de Dios y Jerusalén serían quemados y destruidos, y sobre ellos pasarían exactamente 70 años. Esto también se escribe en el libro del profeta Jeremías, en el capítulo 29, versículo 10.

Sabemos que todo esto se cumplió sin faltar nada. Pues bien, dado que estos acontecimientos tuvieron lugar en el año 586 a. C., si restamos 70 años del 586 no nos resulta nada difícil llegar al año 516 a. C. Así pues, Babilonia es conquistada por los medos y los persas en el 516 a. C., lo cual constituye la caída de Babilonia, es decir, el corte del árbol. Quiero explicar que la medición del período de 2520 años debe comenzar a partir de esta fecha. Dios quiso decirnos, por medio del sueño que mostró a este rey, que en el año 2520-516 = 2005 comenzaría el reino de Jesucristo. (En los cálculos, al pasar de antes de Cristo a después de Cristo, hay una variación de 1 año en medio. La razón que se aduce es que no existe una fecha llamada cero. Y no olvidemos tampoco aceptar que los datos históricos de que disponemos podrían ser erróneos.)

¿Por qué el hecho de que Jesucristo sea rey nos concierne personalmente a nosotros y a la humanidad?

El reino de Jesucristo no vendrá de manera visible a los ojos. Porque Jesucristo es un ser espiritual que vive en los cielos. Así como el ángel al que llamamos Satanás es también una criatura espiritual que no se hace visible a nuestros ojos, pero que sigue ejerciendo su influencia sobre la Tierra, así también el reino del Mesías no vendrá de manera visible a los ojos. Que esto sería así lo dijo Jesús en el Evangelio, en el libro de Lucas, capítulo 17:20-21. Pero sus señales y sus efectos serán vistos por todos en toda la Tierra. (Daniel 7:13-14; Apocalipsis 1:7; Marcos 13:26) El hecho de que Jesús comience a reinar como rey en los cielos significa que entraremos en un período de 3,5 años que muestra que las profecías del último librito del Evangelio, llamado Apocalipsis, comenzarán a cumplirse. Debemos prepararnos desde ahora para que se cumplan, uno tras otro, acontecimientos aterradores que afectarán a todos en la Tierra. Y no pensemos tampoco que, al final de estos 3,5 años, o 42 meses, o 1260 días, Dios traerá enseguida el fin. Porque muchas veces hemos leído en las Sagradas Escrituras y hemos sido advertidos de que nadie tendrá conocimiento de la hora ni del día. (Mateo 24:36). Dos guerras mundiales, hambrunas, terremotos, inundaciones, el aumento de la iniquidad, personas que aman el dinero, un espíritu mundano que ama el placer más que a Dios, la contaminación de la Tierra, quienes se muestran como si estuvieran consagrados a Dios pero que en realidad, con sus obras, lo niegan: leemos que estas son las mayores señales de que vivimos en los últimos días. (Algunas aleyas al respecto: Mateo 24:7, Lucas 21:11, Lucas 21:26, 2 Timoteo 3:2-5) También hay quienes sostienen que estos acontecimientos han sido los mismos desde tiempos antiguos. En mi opinión, para no reconocer que nuestra Tierra jamás había experimentado los cambios de este último siglo, hay que ser realmente ciego, sordo e ignorante.

Es seguro que, mientras todo esto afecta a la Tierra, nos afectará también a nosotros. Porque el libro del Apocalipsis habla también de aquella gran caída de todas las religiones de la Tierra. (Apocalipsis, capítulos 17 y 18). Es decir, se trata de la prohibición de todas las religiones de la Tierra. ¿Cuántas personas que viven en la Tierra no pertenecen a alguna religión? Por eso debemos decidir desde ahora qué vamos a hacer. Porque Dios dice: «Salid de en medio de ellos». (Apocalipsis 18:4) El efecto más importante será que el propio Dios y sus ángeles se ocuparán de cada persona por separado para hacer la separación. Este cuidado ya lo muestra Dios desde nuestra creación, pero el punto que quiero señalar con esta obra de separación es este: el día en que los ángeles de Dios combatan contra los malvados, ¿seremos separados nosotros mismos para la muerte, o para la vida? Debemos preguntárnoslo a nosotros mismos desde ahora. Nadie se encontrará en una situación como la de haberse salvado por casualidad o de haber escapado a la vista de Dios. Mirad, por favor, de nuevo en las Sagradas Escrituras el libro del profeta Amós, capítulo 9:2-3.

¡Por eso!

Esta carta se escribió para animaros a arrepentiros de vuestros pecados y a volveros. De lo contrario, el mero conocimiento de la fecha de un fin que ha de venir no nos proporcionará la salvación. En 1 Timoteo capítulo 2:4 se dice: «Dios, nuestro Creador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de Dios». Por eso, hagamos lo que hayamos hecho, extendamos la mano hacia esta vida eterna a la que Dios nos invita.

He procurado que las aleyas relacionadas con el tema tratado a lo largo de toda la carta fueran pocas, solo para que la carta se mantuviera breve. El propósito es animaros a investigar por medio de la oración a Dios. Sea con un fin crítico o de manera objetiva, pero investigad. Nuestra vida depende de estas verdades sobre las que Dios nos advierte. Además, se ha elaborado una tabla cronológica sobre esta verdad con el fin de facilitaros las cosas. Y esta carta no se ha escrito con el apoyo de ninguna religión ni confesión.

Lo más importante no son las cifras históricas, sino los acontecimientos que han de cumplirse. Vemos que nos equivocamos claramente en cuestión de fechas, incluido yo mismo. A lo sumo, lo que podemos hacer es prestar atención a las señales de las profecías, y aun en esto hemos visto en tiempos pasados que fueron muchos los que se equivocaron.

Por medio de esta carta, deseando que Dios mueva vuestros corazones y que sintáis la necesidad de hacer algo, os digo: permaneced en paz y bienestar.

Árbol = Nabucodonosor

Babilonia = Reino-Dominio

Fue destruida en el 516 a. C.

Y sobre ella pasarán 7 = hasta que llegue el reino de Dios

tiempos.

2520 – 516 = los meses de septiembre-octubre del año 2005 de nuestro tiempo

¡Jesucristo puede comenzar a reinar

como rey en los cielos!

Fuente: De las Sagradas Escrituras (Torá-Salmos-Evangelio) capítulo 4 del libro de Daniel

Fecha de la primera publicación en internet: aproximadamente el martes 3 de septiembre de 2002

Una segunda prueba más

En mi escrito anterior había intentado explicar, a partir del libro de Daniel, que Jesús debía comenzar a reinar como rey en el año 2005, en los meses de septiembre-octubre. De nuevo debo señalar que no puedo decir que hayamos visto esas señales en aquellos años. Creo que las cifras que nos han llegado de las fechas son erróneas. Como he dicho una y otra vez, se han cometido tantos errores y falsedades sobre este asunto, que yo también lo sé. Junto a muchas religiones y sectas, se ha ido, grupo tras grupo, hacia corrientes desenfrenadas con la creencia de que llega un fin. Se fue a los desiertos y allí se esperó a Jesús. La gente se suicidó en masa, sacrificando sus vidas de forma insensata. En nuestro siglo, los más famosos en este asunto de proclamar el «fin» son los Testigos. Ellos se aferraron de tal manera a fechas que en su día proclamaron y que aún no se han cumplido, que a quien les dice una palabra en contra lo expulsan de entre ellos con gran cólera. Todo esto despertó en la gente desconfianza e incluso odio hacia esas religiones, esos grupos, e incluso esas personas. Tal vez para vosotros la situación sea la misma.

Por eso, os ruego que investiguéis si esto que leéis es así o no. Del mismo modo que acepto con toda certeza que podemos equivocarnos, también estoy abierto a toda clase de crítica y reflexión sobre estos temas. Aceptad vosotros también, por favor, que yo puedo equivocarme. Y digo estas palabras no con una falsa humildad, sino porque es la verdad. Si Dios me hubiera hablado directamente, entonces adoptaría una postura tajante. Pero, así como nosotros no somos profetas, solo podemos intentar sacar una conclusión investigando en los escritos de los profetas. Naturalmente, para que se me dé entendimiento en lo que escribo, procuro expresar siempre mis deseos a Dios mediante la oración. Porque solo Él es quien puede resolver todos los secretos. Pero Él es Dios y da ese entendimiento a quien quiere. Nosotros no podemos poner límites a las obras de Dios con insolencia. A Daniel, en el capítulo 12, versículo 4, el ángel le dijo: «En los últimos días muchos hombres investigarán y la verdad aumentará». La Nueva Traducción de las Sagradas Escrituras, por alguna razón, no ha traducido esto de manera tan sencilla y comprensible como en la traducción antigua.

Vayamos a la segunda prueba.

Cuando investigamos el libro de Daniel, leemos muchas profecías. Vemos también que la mayoría de ellas hablan de los mismos acontecimientos, pero entrando en detalles distintos y contándolos desde otro ángulo. Por ejemplo, el sueño del rey de Babilonia, Nabucodonosor, acerca de la estatua. Dios le mostró un sueño de carácter profético sobre su propio país y sobre los países que, uno tras otro, se sucederían como dominadores del mundo. En otra visión, en cambio, se retoma una parte de estos mismos países. (Los medos y los persas, y el reino de Grecia). Y más adelante, los cuatro grandes países dominadores del mundo se cuentan de nuevo, pero de otra manera. (Daniel 2:31-45; la totalidad del capítulo 7 y del capítulo 8). Intentaré explicar de forma muy breve el sueño que aparece en Daniel 2:31-45. Daniel de todos modos lo explica. A diferencia de Daniel, yo escribiré también los nombres de los países, para que lo entendamos mejor. Lo que quiero explicar es exponer estas tres profecías. Porque son datos que tienen relación con la comprensión del año 2005. Os recuerdo una y otra vez: para que podáis seguir lo que escribo, tened junto a vosotros, sin falta, vuestra Sagrada Escritura.

1) (Dan. 2:31-45) La cabeza de aquella estatua, que era de oro puro, era Babilonia. El reino cuyo pecho y brazos eran de plata eran los medos y los persas. El reino cuyo vientre y caderas eran de bronce era el reino griego o de Grecia. El reino cuyas piernas eran de hierro era el Imperio Romano y su prolongación, que ha llegado hasta nuestros días y existe: el reino llamado angloamericano, es decir, Estados Unidos e Inglaterra (Gran Bretaña). Los reinos cuyos pies eran en parte de hierro y en parte de barro expresan diez países (los diez dedos de los pies). Y de nuevo es muy fácil adivinar qué países serán estos en nuestro tiempo. También se los llama las 10 superpotencias.

2) Lo que se escribe en Daniel 7:4-8 y su interpretación en 7:16-28 cuenta, de forma diferente pero conteniendo el mismo tema, estas naciones que de nuevo saldrán a escena, así: la criatura semejante a un león es Babilonia, la criatura semejante a un oso es el Imperio medo y persa. La criatura semejante a un leopardo es el reino griego o de Grecia. La cuarta criatura, espantosa, terrible y muy poderosa, y los diez cuernos que había sobre su cabeza representan también 10 países.

3) Después de esto, el profeta Daniel ve otra visión más en el capítulo 8. El carnero de dos largos cuernos mencionado en el versículo 3 es el Imperio medopersa, el macho cabrío de un solo cuerno es el reino griego o de Grecia, y los cuatro cuernos que salieron en lugar del que se quebró son los cuatro generales que se repartieron el país entre ellos tras la repentina muerte de Alejandro Magno.

Es más, también en los detalles de los últimos días, en la totalidad del capítulo 11 del libro de Daniel se habla de los reyes del sur y del norte. Esta profecía también trata sobre los reyes de la tierra, sobre las potencias. Si aceptamos esto también como una explicación que contiene un tema semejante, será esta cuarta profecía que habla sobre los mismos temas. También sobre estos reinos del norte y del sur se han hecho muchas conjeturas. A veces Francia era Inglaterra, otras veces Francia era Rusia, luego Estados Unidos-Rusia, y ahora, aunque parezca cómico, incluso hay quienes piensan que es Estados Unidos-Irak. Si digo que no lo sé, probablemente sea lo mejor. Sin embargo, no debe de ser difícil adivinar que uno de esos reinos serán los Estados Unidos de América.

En el escrito que titulé «A los pueblos, naciones y lenguas que habitan en toda la tierra», dije que en el sueño que vio Nabucodonosor «el gran árbol simbolizaba el Imperio Babilónico». Además, en la manera en que expliqué la profecía en aquel escrito, había que tomar un acontecimiento determinado y, con su cumplimiento, poner en marcha el cronómetro del tiempo, es decir, contar el tiempo indicado. El estilo profético del libro de Daniel es así. La profecía que en Daniel 9:24-27 relata la venida de Jesucristo también se ajusta a este estilo. Por el ejemplo que daré, comprenderéis de todos modos que lo que voy a abordar ahora constituye una segunda prueba relacionada con el primer tema.

La razón por la que llego al año 2005 es que en un mismo acontecimiento se han propuesto muchas fechas diferentes. Por ejemplo, respecto a un acontecimiento, mientras algunos dicen que la destrucción de Jerusalén, el exilio a Babilonia y el incendio del templo fue en el año 606 a.C., ¡otros historiadores dicen 586! Y yo también, siguiendo el error de otros en cuanto al conocimiento histórico, había esperado que la profecía sobre el año 2005 que ahora voy a escribir se cumpliera en el año 2000. Explico también estos errores míos, porque para poder decir «esto ocurrirá justo en tal momento» es imprescindible que tengamos un conocimiento histórico correcto. Quizás entendamos correctamente la profecía y podamos también explicarla correctamente. Si hay un error en nuestro conocimiento histórico, en la fecha que determinemos no ocurrirá nada; o, mejor dicho, me dejará también a mí por mentiroso. Esto es así solo en cuanto al asunto de las fechas. Y además, ¿no podría estar mi entendimiento completamente equivocado? Que yo crea o no en ello no puede ser una medida. Es decir, deciros a vosotros «esta es la medida» respecto a mi creencia sería, de nuevo, una actitud insolente por mi parte. Hay tantas religiones y sectas que hacen precisamente eso. Sentimos odio, ya las hemos vomitado. ¿Cómo voy yo, sin vergüenza, a seguir sus huellas, a comportarme como ellas? Ellas destruyeron también, por este camino, muchas de las buenas obras que poseían y hacían. No pudieron mostrar humildad y su orgullo no les permitió pedir disculpas por cosas sencillas. Esforzándose por ocultar sus errores, expulsaron de entre ellas sin ninguna misericordia a quienes decían la verdad. Los torturaron, incluso los quemaron vivos. Cuando, por el contrario, debían haberles estado agradecidos. Con su postura militar, cruel y ambiciosa, se convirtieron en mancha y vergüenza para el nombre de Jesús, de los profetas, de Dios. En lugar de abandonar las actitudes y conductas erróneas que habían cometido sus predecesores, por el contrario, al asumir la abogacía de esos errores suyos, cargaron también con sus pecados tal como eran. Como temo a Dios y temo entrar en una mala relación con Él, os escribo una y otra vez las advertencias anteriores. No, no para que seáis solo escépticos. Si dudáis, o si ahora os estoy metiendo en la duda, esto también es para que os sirva de estímulo para investigar.

Sí, la segunda profecía que me hace afirmar que el año 2005, o mi comprensión de aquella profecía, es sin duda correcta, es este lugar que aparece en el capítulo 8 del libro de Daniel mencionado más arriba. Es seguro que el ángel de allí habla de Alejandro Magno. Porque esto lo leemos también en la propia explicación del ángel en Daniel 8:20-21. Con la ayuda de nuestro conocimiento histórico también decimos que este era Alejandro Magno. La parte más importante comienza en el versículo 9 del capítulo 8. Los cuatro cuernos que salieron en lugar del que se quebró, es decir, los acontecimientos que se cumplirán después de los cuatro generales. (Los «cuatro cuernos» simbolizan a los cuatro generales y que se repartirán el país entre ellos). La profecía posterior a eso puede ser la fecha, que yo intento proclamar, en que Jesucristo comenzará a reinar como rey en los cielos en el año 2005. (¡En ese último año aún no vendrá! Pero Jesús puede ser rey en los cielos). Escribo también los números de los versículos tal cual, para que os sea más fácil seguirlos.

9) Y de uno de ellos salió un cuerno pequeño, que creció mucho hacia el sur, hacia el oriente y hacia la tierra hermosa. 10) Creció hasta el ejército de los cielos; y derribó a tierra a algunas de las estrellas de ese ejército, y las pisoteó. 11) Se engrandeció a sí mismo hasta el príncipe de aquel ejército; le quitó el sacrificio continuo, y el lugar de su santuario (su templo) fue derribado. 12) El ejército y el sacrificio continuo le fueron entregados a causa del pecado, y echó por tierra la verdad, hizo lo que quiso y prosperó en su obra. 13) Y oí a un santo que hablaba; y otro santo dijo a aquel que hablaba: ¿Hasta cuándo durará esta visión (este vislumbre) acerca del sacrificio continuo y del pecado asolador, para entregar el santuario (el templo, el lugar de adoración) y el ejército a ser pisoteados? Y me dijo: Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas; entonces el santuario será purificado (limpiado, purificado). Daniel 8:9-13

De nuevo aquí debe ocurrir un acontecimiento, y después de él debe ponerse en marcha el cronómetro del tiempo. Este acontecimiento también, tras las guerras entre los cuatro generales, hace que sea muy importante la fecha de uno de ellos y, por consiguiente, del pequeño cuerno que surgirá. Ese pequeño cuerno, que es un reino que ha podido prolongar su existencia hasta nuestro tiempo, desempeña el papel protagonista en el cumplimiento de toda esta profecía. Un reino que se ha desarrollado desde el Imperio Romano hasta la Angloamérica. Según las fechas, la muerte de Alejandro Magno ocurrió en el año 323 a.C. (Enciclopedia Británica). Esta fecha es la del prolongado desacuerdo entre los cuatro generales y, finalmente, la fecha de la división del país en cuatro partes. Y aquí es donde tenemos datos incoherentes. Hay quienes dicen 301 a.C. (los Testigos), o hay conocimientos históricos escritos. Además, también es difícil creer que ese pequeño cuerno surgiera inmediatamente después de las guerras de estos cuatro generales. Como he dicho, yo también, cometiendo un error en su día, creí en esta fecha y esperé el año 2000. Es decir, avanzando 2300 años desde el año 301 a.C. se llegaba al año 2000. Aquel año que se pierde en medio ocurre, al parecer, al pasar del antes de Cristo al después de Cristo. Aunque en el año 2000 muchas personas esperaron un fin, sus interpretaciones no tienen ninguna relación, ni de cerca ni de lejos, con estas explicaciones mías de aquí. Quizás se dejaron influir por el año 2000 como una cifra redonda, no lo sé. Además, no olvidemos cuántos tipos de calendario se usan en nuestra tierra. Pero mis investigaciones me llevaron también a otros datos históricos. Por ejemplo, que el reparto del país por estos cuatro generales podría haber durado no hasta el año 301 a.C., sino hasta el año 296 a.C. Sobre esto necesito la ayuda de vosotros, de las personas expertas en el tema de la historia. Pero es seguro que no fue 301. Aunque estos cuatro generales hubieran dividido el país en el año 301 a.C., la fecha del cuerno que saldrá de uno de ellos, es decir, del reino, es desconocida. Al menos, esto es así para mí por ahora.

Lo que quiero decir es esto: si sabemos cuándo salió a escena el pequeño cuerno que surgirá de uno de esos cuatro cuernos, cuando le sumemos 2300 años, entonces esta profecía se cumplirá en ese momento. (Daniel 8:14 y 15-26)

Si el significado profético del sueño de Nabucodonosor sobre el árbol llega al año 2005, cuando retrocedemos 2300 años desde el año 2005 llegamos al año 296 a.C. Ese pequeño cuerno pudo haber surgido en esta fecha. Pero la palabra profética que no logro comprender es:

«Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas; entonces el santuario será purificado (purificado)»** lo que se dice (Daniel 8:14)

Con esto, es decir, con «que el santuario sea purificado», ¿qué se quiere decir? ¿La venida de Jesucristo a la tierra para destruir a los malvados? ¿O el comienzo de la función de Jesucristo como rey en los cielos? ¿O la prohibición de todas las religiones a causa del pecado? Es decir, si el sacrificio continuo simboliza la adoración, ¿está llamando la atención hacia el tiempo en que se pondrá fin a esta adoración? Porque si todas estas religiones han traído mancha a Dios, ¿no podría ser también su destrucción una limpieza, un purificar? En Apocalipsis, el último libro del Evangelio, en 14:8:

«Y otro segundo ángel lo siguió, diciendo: Ha caído, ha caído la gran Babilonia, la que ha hecho beber a todas las naciones del vino del furor de su fornicación» dice.

La gran Babilonia de aquí se refiere a todas las religiones de la tierra. Al mismo tiempo, subraya que la profecía de la época de Daniel se cumple. Según la profecía del libro de Apocalipsis, con este acontecimiento se cumplirá ya una Babilonia literalmente destruida, mencionada en el libro de Daniel, y los 7 tiempos (2520 años) que debían transcurrir después. En mi opinión, este es el significado de esta explicación del Apocalipsis y de la palabra que Daniel oyó del ángel.

Pero hay algo más: en los versículos que van del 15 al 27 del capítulo 8 de Daniel, el ángel hace también la interpretación de estas cosas. Esa interpretación dice que ese gobernante mencionado, que se levantará incluso contra el Príncipe de los príncipes, es decir, contra Dios, será destruido junto con él sin que mano lo toque, es decir, no por un hombre, sino por poderes celestiales. Esta expresión de «será quebrado sin que mano lo toque» aparece también en la estatua del sueño que vio Nabucodonosor respecto a esas naciones. Esto significa que será el fin de los dominios de todas las naciones de la tierra. Escribe exactamente así:

Y en los días de aquellos reyes el Dios de los cielos levantará un reino que jamás será destruido, y su dominio no será dejado a otro pueblo; sino que él desmenuzará y acabará con todos estos reinos, y él permanecerá para siempre. Y por cuanto viste que del monte fue cortada una piedra sin que mano la tocara; y que desmenuzó el hierro, el bronce, el barro, la plata y el oro, el gran Dios ha hecho saber al rey lo que ha de acontecer después de esto; y el sueño es verdadero, y fiel su interpretación. Traducción antigua de la Sagrada Escritura, Daniel 2:44-45.

Estos versículos anteriores se referían al sueño de la estatua (las potencias mundiales). En el capítulo 8 de Daniel, en cambio, aparece la visión sobre el carnero y el macho cabrío (el macho cabrío, es decir, el reino de Grecia). Según la interpretación del ángel, puede deducirse el significado del tiempo del fin. Pero la razón por la que no puedo hacer esto aparece en Daniel 8:13:

Oí a un santo que hablaba; y otro santo dijo a aquel que hablaba: ¿Hasta cuándo durará esta visión acerca del sacrificio continuo y del pecado asolador, para entregar el santuario y el ejército (los siervos de Dios, o la gran multitud que aparece en el libro de Apocalipsis) a ser pisoteados?

Pues bien, en esta pregunta el ángel no dice «¿hasta cuándo durará el fin de estas cosas?», sino que parece que el tiempo que quiere saber es cuándo será el momento en que todo este ejército y el sacrificio continuo serán pisoteados. Es más, algunos entendieron estos 2300 días como días literales. Alrededor de 7 años. En realidad, es seguro que los 3,5 tiempos, 42 meses y 1260 días mencionados tanto en Daniel como en el libro de Apocalipsis, estos tiempos escritos de tres formas distintas, son en sentido literal. De lo contrario, estos días no se habrían indicado así, por separado, de una manera que significase lo mismo. También escribe que el dominio de esos diez dedos, es decir, de los diez países, durará solo 3,5 años. (Daniel 7:23-27, Apocalipsis 12:14, Apocalipsis 13:5, Apocalipsis 11:2-3)

Entender los 2300 días de forma literal, en cambio, produce resultados muy carentes de sentido. Si se entendiera como aproximadamente 7 años, cuándo y de qué manera se cumpliese, esta interpretación de ningún modo estaría en armonía con las demás profecías. Los Testigos dicen que estos 2300 días llaman la atención hacia un congreso que ellos mismos celebraron. Estas profecías dadas a Daniel, en cambio, tienen una importancia tal que atañen no solo a los Testigos, sino a todo el mundo. Las iglesias cristianas, por su parte, interpretan esta profecía de una manera completamente distinta.

Además, las enseñanzas de la iglesia creen que el exilio de 70 años del que habló el profeta Jeremías «no es para Jerusalén, sino que significa el fin del dominio de Babilonia sobre las naciones». Por eso también se acepta el año 536 a.C. como la caída de Babilonia. Mejor dicho, se han aferrado tanto a este año 536 que, precisamente por su apego a esta fecha, se ven obligados a hacer semejante interpretación. Es decir, 606-70=536. Según ellos, el reinado de Babilonia sobre las naciones comienza en el año 606 a.C. En mi opinión esto es muy absurdo, porque Babilonia no comienza su opresión sobre las naciones en el año 606. Sí, en el año 605 a.C. por primera vez el rey de Babilonia, Nabucodonosor, sale contra Jerusalén e incluso lleva al exilio al profeta Daniel y a sus compañeros. Después de esto, el rey de Babilonia guerrea dos veces más contra Jerusalén. (Investigad, por favor, sobre este asunto mirando la tabla cronológica que he preparado más abajo). Es decir, como muchos suponen, Nabucodonosor no viene contra Jerusalén una o dos veces, sino tres veces completas. Comprendemos mejor cuándo debe comenzar este período de 70 años y qué significado debemos extraer de las palabras del profeta Jeremías cuando leemos la totalidad del capítulo 36 de 2.Crónicas de la Sagrada Escritura. Allí está claro que el país que había de cumplir estos 70 años de reposo no era Babilonia, sino la ciudad de Jerusalén. Es decir, dicho claramente, Jerusalén debía ser incendiada, destruida y asolada por completo para que el cronómetro (medidor de tiempo) de estos 70 años empezara entonces a funcionar. De hecho, la comprensión más importante que arroja luz sobre las palabras del profeta Jeremías respecto a esos 70 años la encontramos en 2.Crónicas. (Comparando con Jeremías 25:9-12, leed con atención la totalidad del capítulo 36 de 2.Crónicas y especialmente el versículo 21 de ese capítulo). La iglesia cristiana, aferrándose a unas pocas palabras de las expresiones de Jeremías, distorsiona, en mi opinión, el significado de esta profecía. Intentan hacer ver como si los 70 años debieran contarse para Babilonia, lo cual, en cierto sentido, en cuanto a comprender los tiempos, no cambia gran cosa. Pero cuando leemos a Jeremías, allí escribe claramente que deben transcurrir 70 años después de que Babilonia venga contra Jerusalén y contra las naciones circundantes que allí habitaban, y las destruya. (De nuevo, mirad los versículos de Jeremías 25:9-12). En realidad, esto es como aquello de «tanto da Alí Mehmet como Mehmet Alí». Al final, de un modo u otro, es el fin de Babilonia, pero las formas de cálculo no concuerdan con la Sagrada Escritura. Y además, entre mi interpretación y la de ellos hay un vacío, o una diferencia, de veinte años.

Casi todas las religiones aceptan sin falta el año 536 a.C. como la caída de Babilonia. Algunas religiones hacen estas fechas, en cierto sentido, igual que en el sistema de comprensión que yo uso, pero calculándolas de manera un poco inversa. Ellas cuentan 536+70 años hacia arriba y, sacando el año 606, llegan a la conclusión de que Jerusalén fue asolada en ese momento. Al unir, basándose en los datos que tienen, el año 536 y la profecía de Jeremías sobre los 70 años, se equivocan diciendo «listo, todo encaja». Yo, en cambio, retrocediendo 70 años desde la fecha dada de 586, saco el año 516 como la caída de Babilonia. En mi opinión, es muy dudoso que las fechas que tenemos en nuestras manos sean fiables. En algún lugar hay una manipulación, pero ¿en cuáles y cuántos años?

La causa de estos datos en las fechas es también su comprensión de la Sagrada Escritura. Si interpretan mal la Sagrada Escritura, sus explicaciones en los libros de historia también resultan erróneas. Por eso, las fechas que dan los arqueólogos y los religiosos suelen ser opuestas entre sí. Porque el arqueólogo se esfuerza por que la historia se base en pruebas, no quiere dejar este asunto a la comprensión del religioso. A veces tienen razón, a veces no. Lo diré así: de vez en cuando los arqueólogos también se equivocan en sus hallazgos y en las interpretaciones que hacen, y los religiosos también. Pero ambos grupos de ningún modo quieren aceptarlo. Los hallazgos arqueológicos más importantes sobre este asunto son el nombre del persa «Ciro el Grande» escrito en piedras, que llama la atención hacia el año 536. Con imágenes que recuerdan a la guerra, los arqueólogos interpretan esto sin falta en el sentido de la caída de Babilonia. Sin embargo, también hay fechas que escriben que el abuelo del persa Ciro, que conquistó Babilonia, se llamaba Ciro. Y además, ¿por qué esas guerras de las imágenes encontradas han de ser sin falta imágenes de la conquista de Babilonia? ¿No podría haber otro Ciro el Grande? ¿Acaso, porque en la Sagrada Escritura hay una profecía sobre Ciro, este apodo de «el Grande» vale sin falta solo para ese Ciro? Todos estos hombres eran hombres de guerra que hacían la guerra. Ellos también hicieron inscribir sus nombres en la historia con títulos como grande, sublime, excelso. Al final de este asunto, brevemente puedo decir: «lamentablemente, como ocurre con muchos conocimientos históricos, tenemos razones que nos obligan también a dudar del año 536 a.C.». Al tomar como fecha de la profecía que intento explicar el año 536 a.C. y retroceder 2520 años, se llega a los años 1985, y en aquellos años no vimos, de todos modos, que se cumpliera ninguna profecía. ¿No podría estar equivocándome también yo al tomar como punto focal el año 586 a.C. en cuanto al tema de la historia? Sí, puede ser, e incluso ocurrió, pero la mayor razón que me anima es que estas personas interpretan mal la profecía del profeta Jeremías sobre los 70 años. Naturalmente, como yo tampoco viví en aquellos años, hago estas explicaciones basándome únicamente en los datos disponibles. Si ellos también obtuvieron el año 586 basándose en conclusiones erróneas, digo que ninguno de nosotros sabe con exactitud nada en cuanto al tema de la historia. No creo que Dios permita que estos temas se conviertan en algo imposible de investigar y que la verdad salga a la luz. Pero esto tampoco puede ser una excusa para nuestro error.

En fin, digámoslo y vayamos al versículo 12:11 del último libro de Daniel. Estos versículos son una de las pruebas que más me convencen.

Y desde el tiempo en que sea quitado el sacrificio continuo y sea puesta la abominación asoladora... Sí, en mi opinión el ángel llama la atención hacia este tiempo. Si se refiere a la adoración del sacrificio continuo, que este sea quitado no significa que llegue el fin, sino que es el comienzo de acontecimientos peores. Porque con este acontecimiento es necesario que se ponga la abominación asoladora. Sobre esto Jesús también insistió con importancia, es decir, sobre la abominación asoladora. Tiempos en que habrá grandes tribulaciones. En Marcos 13:14-23 y en Mateo 24:15, mientras se refiere al año 70 d.C. y a que la abominación asoladora es el ejército romano, Jesús siempre contó junto con ese acontecimiento el tiempo del fin. Puesto que contó los últimos días y la asolación de Jerusalén del primer siglo dentro de una misma profecía, significa que los acontecimientos se parecerán mucho entre sí. En esta visión de Daniel sobre los 2300 días, en cambio, allí también se ve claramente que el ángel llama la atención hacia el mismo acontecimiento. De nuevo, Daniel 8:13b:

...¿hasta cuándo durará esta visión acerca del sacrificio continuo y del pecado asolador?

Así que la abominación asoladora no es solo el ejército romano de aquel tiempo, sino otro poder que surgirá en los últimos días. Aunque escriben en lugares distintos, todos llaman la atención hacia el mismo acontecimiento. Yo, hablando claro, quiero decir que llama la atención hacia la fecha de la prohibición de todas las religiones. Si supiéramos con exactitud cuándo, en qué fecha, surgió el pequeño cuerno, entonces podríamos determinar también con exactitud la fecha de esa profecía que se cumplirá en nuestros días. Como no podemos saber esto con exactitud, de nuevo conjeturando, ya que Jesús vendrá al dominio del reino en los cielos a finales del año 2005, y como los acontecimientos en cuestión de todo el libro de Apocalipsis también tienen conexión con esas fechas, digo ya que, solo por conjetura pero sin indicar un día exacto, la retirada de las religiones del escenario mundial pudo haberse referido al tiempo que va desde finales del año 2005 hasta finales de los años 2006. Hay algo más claro, y es que, como escribe que estos diez países (tres de entre ellos serán quebrados) estarán en el dominio solo 3,5 años, la eliminación de todas las religiones de la tierra, es decir, la caída de la Babilonia que aparece en Apocalipsis, debe ocurrir dentro de ese tiempo. Dado que hasta ahora estos diez países aún no han tomado oficialmente el dominio y que en los años 2005 y 2006 tampoco se produjeron tales acontecimientos, de ahora en adelante debemos prestar nuestra atención, más que a las cifras históricas, a estos acontecimientos que se cumplirán. Digo que, en lugar de aferrarnos a los datos mundanos que tenemos en cuanto a las fechas, tomar como base las señales de las profecías será una espera más garantizada; de nuevo, en mi opinión, por supuesto.

Si hay algo seguro, son las palabras de Jesucristo, que dice que no pasará la generación que comenzó con la primera guerra mundial en la profecía sobre el fin. (Mateo 24:34, Marcos 13:30, Lucas 21:32) Hasta ahora muchas religiones y sectas, sacando probablemente un número promedio según las estadísticas del banco mundial o basándose en las cifras estadísticas internacionales de muerte, dijeron que la duración de una generación era de unos 80 años. Esto era la lógica humana, pero no podía llamarse la duración de una generación. Dios, en cambio, determina cuánto será la duración de la vida humana y, después del diluvio de Noé, dice que será de 120 años. (Génesis, o con su nuevo nombre de traducción, versículo 6:3). La duración de los años de la generación a la que se refiere Jesucristo también es de 120 años. Esta es una medida exacta para la duración de una generación. Según esta comprensión, el que nación se levante contra nación y país contra país se cumplió por primera vez en el año 1914, con la primera guerra mundial. Si el año 1914 de la profecía es el comienzo de esa generación, y si 120 años es la duración de una generación, es decir, significa que aún hay tiempo hasta el año 2034. Puedo decir con toda tranquilidad que también en esta comprensión creo al cien por cien. Que no se malentienda: esto no significa que el fin vendrá en el año 2034, sino que a más tardar habrá venido para el año 2034.

Además, entretanto, una de las señales que se cumplirán es que las religiones serán prohibidas en todo el mundo por las naciones. Dios también quiere que esto sea así. Porque todas las religiones, haciendo cosas espantosas con Su nombre, se convirtieron en mancha y vergüenza para el nombre de Dios. La fecha que quiero explicar es sobre el tiempo del fin de estas cosas. Para las personas que creen en Dios con sinceridad y rectitud, en cambio, comenzarán tiempos muy difíciles. ¿Qué dijo Jesús sobre los últimos días?:

...todas las naciones os aborrecerán a causa de mi nombre. Mateo 24:9

Sí, nuestro tiempo se ha estrechado mucho. Preguntémonos a nosotros mismos: ¿estamos preparados para hacer frente a todas estas dificultades? ¿Qué aprendimos sobre Dios a lo largo de una vida? ¿Cuánto esfuerzo mostramos nosotros mismos en la dirección de los deseos de Dios? Si los esfuerzos que mostramos son solo por las noches de boda, las fiestas, los viajes, el comer, el beber, la codicia por el dinero y solo por nuestros placeres, ¿qué recompensa podemos esperar? O tampoco nos salvará echarnos sobre las espaldas la carga de una organización religiosa en la que hayamos entrado. ¡Hay tantos burros que llevan carga sobre la espalda! Y la burrada nunca nos salva. Mi propósito con estos escritos es animar a amar a Dios, a investigarlo. No dar miedo de que vendrá un fin, como hacen las religiones. Si para la persona que muere ya ha llegado el fin de todos modos, este momento, de nuevo, como dijo Jesús, es siempre apropiado para todos nosotros. Entonces significa que ya no hay vuelta atrás para todos esos placeres, ambiciones, deseos, guerras, odios y maldades nuestros. Por eso, os ruego que deis peso a este asunto antes que a los cálculos históricos. No he querido ocultar esta información. Por eso he explicado aquí lo que sé. De nuevo, como he dicho, esto que escribo no se entiende con facilidad para las personas que no conocen la Sagrada Escritura. Creo que incluso las personas que la conocen tendrán dificultad para entenderlo. Pero conocer estas cosas, sí, tampoco nos salvaremos solo con conocer estas cosas. Para la salvación, Dios exige de nosotros muchas otras cosas muy distintas.

Cronología de la Conquista de Jerusalén por Babilonia

(Eliaquim)Joacim reina durante 11 años

2.Reyes 23:36 2.Crónicas 36:5

0 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11

0 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11

El año 1 de Nabucodonosor Joaquín reina durante 3 meses

y guerrea contra En su lugar Sedequías es hecho rey y 832 almas al exilio

Egipto. Jeremías 25:1 su reinado dura 11 años. van.

2.Reyes 24:8 2.Crónicas 36:9-11 Jeremías 52:29

2.Reyes 24.18 Jeremías 52:1

El año 8 de Nabucodonosor

2.Reyes 24:12

0 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19

3023 judíos Nabucodonosor

Nabucodonosor sobre la estatua son llevados al exilio asedia Jerusalén

Tiene un sueño y Daniel ayuda. Jeremías 52:28 2.Reyes 25:1-2

Daniel 2:1 Jeremías 52:4-5

Nabucodonosor llega a ser rey de Babilonia

Y se lleva a Daniel. Daniel 1:1 El rey de Babilonia Nabucodonosor a Jerusalén

a.C. 605 En el año 19 de su reinado La captura.

Prende fuego al templo de Dios y a la ciudad.

a.C. 586 2.Reyes 25:8 Jeremías 52:12

Este exilio durará exactamente 70 años, terminará en el 516 a.C.

Cronología de los 7 Tiempos

De Nabucodonosor La caída de Babilonia y el profeta

Su incendio y destrucción de Lo que Jeremías dijo sobre Jerusalén

Jerusalén. a.C. 586 2.Reyes 25:8 el fin del exilio de 70 años.

Jeremías 52:12 a.C. 516 2.Crónicas 36:20-21

0 5 10 15 20 25 30 35 40 45 50 55 60 65 70 AÑO

586 581 576 571 566 561 556 551 546 541 536 531 526 521 516 a.C.

El árbol será cortado y sobre él pasarán 7 tiempos

es decir 2520 años

Daniel 4:14-16 Daniel 4:23

Jesús el Mesías en los cielos como rey

comenzará a reinar. Satanás

La caída de Babilonia a manos de los Medos y Persas será arrojado a la Tierra.

Su destrucción. Daniel 5:30 2.Crónicas 36:22 Daniel 2:44 Apocalipsis 12:7-12

516 416 316 216 116 16 d.C 85 185 285 385 485 585 685 785 885 985 1085 1185 1285 1385 1485 1585 1685 1785 1885 1985 2005

0 100 200 300 400 500 d.C. 600 700 800 900 1000 1100 1200 1300 1400 1500 1600 1700 1800 1900 20000 2100 2200 2300 2400 2500 2520 Año

7 Tiempos= 7 años x 360= 2520 días. Según el

principio de Dios de un año por cada día.

2520 años Números 14:34 Ezequiel 4:6

¡Aquello de cuya presencia nunca se sacia uno!

¿Ha pensado alguna vez cuál es, en su opinión, el mayor y primer problema de una institución religiosa? Deténgase un momento a pensar qué podría ser. ¿Que sus miembros tengan poca fe? No. ¿Que su número sea escaso o abundante? No. ¿Que tenga pocos visitantes? Tampoco. ¿Acaso sus malas obras, su indiferencia, el odio que se tienen unos a otros, las guerras, la falsedad, la ambición, el adulterio, los ojos llenos de lujuria, las mentiras, las intrigas y demás? No, señor. Para no alargarme, diga usted lo que diga, el mayor, el primero y más destacado de sus problemas es siempre el dinero; ese es el primer problema de todas ellas. Aunque coman con tenedores de oro, en vasos de oro, sus comidas servidas en bandejas de oro, aunque las riquezas que poseen en bienes muebles e inmuebles superen con creces los presupuestos anuales de los estados más ricos, aun así su primer problema sigue siendo el dinero. Si no tuvieran esa mentalidad y esa disposición de espíritu, no habrían llegado tampoco a poseer semejante riqueza.

Y bien, ¿ha pensado alguna vez en los estados? ¿Cuál es su principal problema? El de ellos también es el dinero.

¿Y los ejércitos, la milicia? ¿Cuál es su primer y principal problema? Otra vez, el dinero.

¿Cuál es el mayor problema del terrorista? El dinero.

¿Y cuál es el primer y mayor problema de las mafias? El dinero.

¿Cuál es el primer y principal problema de los ayuntamientos, de las gobernaciones, de las escuelas, de los hospitales, de las familias, de las mujeres, de los hombres, de los niños, de los enfermos, de los sanos? Dinero, dinero, dinero.

Piénselo en su mente: ¿acaso su mayor y primer problema, directa o indirectamente, es también el dinero? Con toda probabilidad la respuesta es sí. Napoleón dijo: «El mayor enemigo es el dinero». Ahora bien, ¿por qué parece el dinero el mayor y primer problema de nuestro mundo? A causa de este problema, en toda la faz de la tierra no se ve en nadie una felicidad verdadera. Las sonrisas falsas, las carcajadas mentirosas, las sonrisas tan hipócritas como para engañarnos a nosotros mismos, eso no es felicidad. Cuando a la persona que dice «dinero, dinero» le llega ese dinero a las manos, en ese momento dice «ya está», y cree que ha conseguido lo que quería. Sí, consiguió lo que quería, pero no fue feliz, ni podrá serlo. Es más, el dinero le traerá, y de hecho le trae, junto consigo problemas mucho mayores y desdichas mucho mayores.

La gente expone toda clase de razonamientos y verdades como estos: «Quédate sin dinero y verás cómo ni pan encuentras. Retuércete de hambre y ya te veremos. Cuando estés enfermo, mira cuánto dinero piden por una operación; sin él, ¿acaso te dejarían vivir? La esposa que yace en tu regazo, tus hijos, tus amigos, tus más allegados, si sienten que no tienes ni un céntimo, mira a ver si te miran a la cara siquiera. Sin dinero, ¿podrías sostenerte en pie como religión, como estado, como hospital, como mafia, como ejército?».

El problema no está en la falta de dinero; en realidad, el mayor problema está en esas mentalidades. El verdadero problema, el mayor problema, está en ver el dinero como lo primero de todo. Si atendemos a las cifras, ¿cuál cree usted que es el mayor problema de las religiones, los estados, los ejércitos, las personas ricas, acaudaladas, que no padecen ningún apuro ni escasez de dinero? También el suyo es el dinero, más dinero, más y más dinero. Aunque el dinero ocupa siempre el primer plano, aunque se posea, este problema no desaparece. Es más, cuanto más se posee, tanto más se desea y se anhela. Por supuesto, en la carencia, el problema inmediato de quien está hambriento, desnudo, endeudado, es el dinero. Pero eso a lo que me refiero no es un sentimiento como el hambre del estómago. Ya sabe, el ser humano siente hambre y, tras saciar su estómago, no puede ni mirar la comida; incluso, si comió demasiado, la vomita; pues bien, poseer dinero, ese deseo de anhelarlo, no es un sentimiento de esa clase. Por mucha hambre que tengas en este asunto, aunque comas y comas hasta reventar, esta hambre de dinero es de la clase que jamás llega a saciarse.

Ahora mire nuestro mundo y hágase esta pregunta: en este mundo que desde hace miles de años nos hemos esforzado por convertir en algo mucho peor que el infierno, ¿cuántos cree usted que son los que mueren de hambre? Verdaderamente hay países muy pobres. Junto a un estadounidense que pesa quinientos o seiscientos kilos, hay también en África personas tan hambrientas y débiles que una leve brisa las derribaría por tierra, las haría volar. Ellas mismas a veces ni siquiera son conscientes del hambre de su estómago. Es más, por mucho que les pusieras delante una mesa repleta de las más ricas variedades de comida, no podrían comer. Y si comieran de golpe demasiado, luego lo vomitarían. Porque, igual que aquel hombre de 600 kilos, en esto también hay que acostumbrar el estómago. En cambio ese desdichado, si se excede aunque sea con un cuenco de sopa, después lo pasa mal, es más, su estómago no lo admite y lo expulsa. Aun así, en nuestro mundo no oímos noticias de gente que muera directamente de hambre. Hay quienes mueren de enfermedades, de microbios, y no directamente, sino de manera indirecta, por falta de alimento, por desatención. En verdad, es muy posible que veamos esta situación incluso entre los habitantes de una casa llena de antenas parabólicas, televisores de pantalla grande, teléfonos móviles que hacen fotos y muchísimos otros aparatos de entretenimiento de toda clase. Ellos invierten en esas cosas el dinero que ahorran de sus dientes y de sus uñas. Con lo del diente se alude al alimento necesario del cuerpo, y con lo de la uña, al trabajo con el cuerpo. Forzando estas cosas, esa persona se compra también el VCD, el DVD, el ordenador y el coche. Es decir, es seguro que las personas, en lugar de gastar su dinero en lo más elemental, en lo urgentemente necesario para vivir, como el comer y el beber, si hace falta recortan de ello por sus diversiones y hacen sacrificios mucho mayores. He llegado a esta edad y de verdad no he visto a nadie morir solo porque no comió y no lo encontraba. En la televisión muestran lugares muy pobres, pero ¿qué porcentaje representan de la población de este mundo? Su existencia misma es la prueba de qué mundo tan vergonzoso y desequilibrado hemos construido la humanidad, esas potencias del mundo. Que los países que hacen de dominadores plantándole cara a ese mundo vean el desequilibrio que han logrado en el mundo con su dominio y se avergüencen. Pero, por desgracia, ¡tener una cara capaz de avergonzarse así está muy lejos de ellos! Los que lanzan sobre las cabezas de los países las bombas de último modelo, ¿acaso no pueden lanzar pan a esos pobres? Es que ya no les queda ningún provecho que sacar de ese pobre. Y si tuvieran algún interés, aun así no lanzarían pan, sino primero la bomba, y después, para hacer alarde, ¡el pan!

Vivimos en un mundo donde el dinero más grande se gasta en pastillas adelgazantes, en gimnasios de adelgazamiento y belleza, en operaciones estéticas. Yo digo que solo con ese dinero el pueblo de todo un enorme país podría vivir sin trabajar en absoluto. ¿Quizá estoy exagerando? No lo creo en absoluto.

Con esto quiero decir que poseemos mucho más de lo necesario para vivir. El apóstol Pablo dice: «Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto.» (1 Timoteo 6:8) Y en el versículo anterior a ese dice: «Porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar.» Todos tenemos en nuestras casas con qué cubrirnos varias veces y reservas de alimento para muchos días. Si las verdades pueden verse de forma tan clara, ¿por qué, aun así, el primer y principal problema de todo el mundo sigue siendo siempre el dinero? Todas las mentiras, las inmundicias, las falsedades, los homicidios, las separaciones, los divorcios, la hipocresía, el terror, los asesinos, las guerras, la injusticia, los sobornos, los que a lo recto llaman torcido y a lo torcido recto, las masacres, las torturas, los odios, la infelicidad, los que se venden a sí mismos, la desconfianza de todos unos hacia otros, los suicidios y qué sé yo cuántas cosas más. Y lo más importante: mientras vivimos en un mundo de una humanidad que odia a Dios, y odia adquirir conocimiento acerca de Él, y odia andar por Sus caminos; aun así, ¿por qué el primer y mayor problema, incluso de esas religiones cuyos números superan con creces los miles de millones, sigue siendo el dinero? Mira, si el dinero fuera el último problema, el que viene después de todos esos, lo entendería; pero, ya sea en época de crisis, ya de escasez, ya de abundancia, ¿por qué su preocupación ha sido siempre, en primer plano, el dinero? ¿Ha oído usted alguna vez de una institución religiosa que diga: «Basta, no traigan más, no nos hagan más donativos»? Es que el dinero nunca les ha bastado como para que usted lo oiga.

De nuevo, como he dicho, el problema verdadero yace precisamente en esta mentalidad. Como el mundo entero va tras esta mentalidad, por eso no espere que esas religiones, esas naciones, esos ejércitos, esos estados, esas mafias, esos terroristas, esas familias y esos individuos sean felices ni den felicidad. Esta situación, que para ellos es un problema, aunque no se nos diga abiertamente, yace en el fondo de los discursos de los gobernantes, de los que tienen la palabra, de los dirigentes, de sus leyes, de las medidas que toman y de todas sus prácticas: en el fondo de todo eso yace únicamente esta mentalidad. Hagan lo que hagan, lo hacen de forma que sirva a esta mentalidad.

Ahora decidan ustedes mismos. Ya que suele decirse que en las comparaciones no hay error, vengan, para comprender más fácilmente qué piensa Dios acerca de nosotros, pongamos un ejemplo así. Supongamos que ustedes fueran el creador de todo el universo. Sí, que al crear la tierra crearan todas las cosas y que dentro de ella pusieran, como el cobre, como el hierro, como los demás minerales, también el oro. Que con toda la naturaleza, el cielo azulísimo, los mares, con sus incontables bellezas, adornos y riquezas, con los alimentos, las bebidas, los pájaros, los peces, los animales, tuvieran un único propósito: crear allí al ser humano y verlo también feliz.

Que, después de crear al ser humano, este los abandonara, los negara y se marchara. Que vieran que aquellos hipócritas que dicen conocerlos, en realidad, con sus obras, con sus palabras, con sus mentes, están muy pero que muy lejos de ustedes, siendo malvados. Que el mayor problema de toda la humanidad, según ellos, fuera una sola cosa: el oro, es decir, ¡el dinero! Que, como si no bastaran todas sus maldades, sus vilezas, sus ingratitudes, sus groserías, sus insolencias, sus vanidades, sus soberbias, encima, sin avergonzarse, diciendo siempre «nuestro mayor problema es el dinero, el oro», día y noche, con la fantasía de eso, cometieran también toda clase de repugnancias y fealdades. ¿Qué dirían ustedes de ese ser humano, de esa humanidad? ¿Cómo los tratarían? Y eso que ustedes les habrían dado con creces lo que deseaban, y aún muchísimo más de lo necesario. Pero ese ser humano no se sacia con ello. Ustedes les dan y les dan para que comprendan su necedad, para que entiendan que con ello no se obtiene ni vida ni felicidad ni salud, y aun así siguen queriendo. Cuanto más acumulan, más acumulan; cuanto más amontonan, más amontonan, hasta lo que alcanzaría para generaciones enteras, lo que dejarían a las descendencias. Ustedes les dan tanto que ni tirándolo a la calle podrían acabar con ello, ni podrían calcularlo. Pero no, ellos una y otra vez no se sacian, no se les revuelve el estómago, no dicen «ya basta». Ni siquiera dan las gracias. Recitar de palabra, con hipocresía, antes y después de las comidas, largas y largas bendiciones no es dar las gracias. Yo hablo de hacer la voluntad de Aquel a quien damos las gracias. Por favor, decidan ustedes mismos: una institución así, una religión, un estado, un ser humano, un mundo, sea quien sea, ¿qué recompensa recibirá de Aquel que lo creó?

Y esta es también una verdad que me ha enfriado hacia todas estas instituciones y hacia sus obras. En realidad, su mayor problema no es el dinero, sino el valor que le dan y la creencia de que ha de hacerse cualquier cosa para poseerlo. Aquí está el verdadero problema. Aunque algunos se avergüencen de manifestarlo por fuera, quien tiene esta mentalidad, y qué religión, ¿lleva a la humanidad a la verdadera felicidad? Cuando estuve entre los Testigos, el primer y mayor problema que vi en aquella institución, en aquellas personas, en aquellas mentes, dijéranlo o no lo dijeran, era el dinero. ¿En qué institución no existe esto? Encima, ellos, a diferencia de las demás, no pasan la bandeja en sus congregaciones para recaudar dinero de sus miembros. ¡De las otras, imagínenselo ya ustedes!

En cambio, miren lo que dice Dios sobre este asunto:

Porque raíz de todos los males es el amor al dinero; el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron atormentados con muchos dolores.

Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas; y sigue la justicia, la piedad (la devoción a Dios), la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. 1 Timoteo 6:10-11 (Mateo 6:19-34; Marcos 10:23; Hechos de los Apóstoles desde 4:32 hasta 5:11; lean también, por favor, abriendo y localizando los versículos 8:18-24)

En cambio, muchos, para conseguirlo, hacen padecer y torturan a los demás. Un versículo antes está escrita esta verdad:

Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición. (1 Timoteo 6:9)

Hacia personas conocidas o desconocidas, sin esperar nada, abrí mi corazón, mi casa, mi mesa, mi bolsillo, y ni oí ni vi que ellas lo apreciaran. Solo aprovecharon esta situación en función de sus intereses. Era como si todos tuvieran un escorpión en el bolsillo. No esperé nada de ellos. Estas personas, que no serían capaces ni de pedir un vaso de agua a sus esposas para sus invitados, durante años comieron y bebieron en nuestra casa, e incluso invitaron a sus propios huéspedes para que los agasajáramos. Y no solo no pedir un vaso de agua: ni siquiera me aceptaron en sus casas, y abiertamente pusieron prohibiciones. En realidad, estas personas no aman a nadie más que a sus intereses. Solo piensan en su propia comodidad y en sus provechos. También aquello que sitúan en el punto más alto es, de nuevo, el dinero y sus placeres. He vivido en este asunto sucesos tan repugnantes que no he hecho tema de ninguno de ellos en este libro. Aunque haya excepciones, todos los Testigos, los religiosos, las naciones, los países, las personas, por desgracia, tienen siempre el mismo pensamiento y la misma expectativa. Los que piensan distinto, los anormales, quizá sean los que son como yo.

Quiero volver a preguntar: «Si ustedes estuvieran en el lugar de Dios, ¿qué harían con esta humanidad que han creado?».

¿Debería uno avergonzarse de Jesús o de Mahoma?

Como alguien que venía de la religión musulmana, me avergonzaba de Jesús y de hablar de él. Y esto no se lo decía a nadie. Porque sabía con qué ojos se mira a quienes hablan en ese nombre. Así como un cristiano mira a quien habla de Mahoma como profeta, del mismo modo un musulmán mira a quien habla de Jesús. Pero un versículo me despertó, me hizo despojarme de ese mal espíritu. Yo también venía del islam, y aunque no sentía hacia los cristianos el odio que ellos sienten hacia los musulmanes, en cuanto se decía «Jesús» tampoco es que sintiera mucha simpatía. En realidad, quienquiera que fuese, Dios de ningún modo podía querer que tuviéramos un espíritu hostil. Cuanto más investigaba, más leía y más aprendía, más venía consigo una tremenda simpatía hacia Jesús. Pero aun así me avergonzaba y me daba apuro decir su nombre abiertamente. Por eso, así como luché contra muchas de mis malas costumbres, esta también era una mala costumbre y era necesario luchar contra ella. Miren lo que dice Jesús en cierta ocasión:

«Porque todo el que se avergüence de mí y de mis palabras, de este se avergonzará el Hijo del Hombre* cuando venga en su gloria y en la de su Padre y en la de los santos ángeles», dice en Lucas 9:26. (*la venida de Jesús y el fin de los malvados)

Qué palabra tan lógica, y a la vez tan acertada. Si un cristiano dice que no cree en el Corán, esto es comprensible, pero aun así es una falta. Pero si un musulmán dice que no cree en las Sagradas Escrituras, esto es incomprensible y es una falta doble. Aunque el cristiano diga «no encontré ninguna pista sobre el Corán en el Evangelio», quizá eso sea una excusa; pero ¿qué dirá el musulmán? ¿Qué excusa tiene? Si dice «esos libros fueron alterados», se le responde «el Corán también fue alterado». ¡Como si supiéramos algo y por eso lo afirmáramos! ¿Acaso Dios tiene poder para proteger uno, y no tiene poder para proteger el otro? ¿Puede haber semejante disparate? Además, el libro en el que él mismo dice creer, es decir, las palabras del Corán, ¿no rigen sobre esa persona? Por eso, rompamos esas cadenas de esclavitud que nos envuelven desde que nacemos, de las que ni siquiera somos conscientes, y, libres, investiguemos a Dios con una fe imparcial.

Ante todo, al escribir este libro procuré ser muy breve y no entrar en detalles minuciosos. Estos temas son solo, como dije, una pizca. De lo contrario, sobre cada uno de los temas, si uno quiere, puede escribir libros muy extensos. Mi intención no es aburrirlos. Escribí este libro con el propósito de animarlos, de hacer que investiguen. Siempre hablé de ser libres, de sostenernos sobre nuestros propios pies. Y en nuestra relación con Dios esto debe hacerse sin falta. En cuanto a los demás asuntos, las Sagradas Escrituras escriben claramente que el mismo Dios quiere que seamos respetuosos con los Estados, los gobiernos y la ley, y que les obedezcamos mientras no entren en contradicción con los mandamientos de Dios. Puesto que a todos ellos les ha sido concedido por Dios un cierto tiempo, ¿qué creemos que obtendremos rebelándonos contra ellos? ¿Acaso fundaremos un Estado o un país mejor que ellos? No. No nos diferenciaremos en nada de ellos, e incluso podríamos caer en una situación mucho peor. En lugar de cambiar los países, las naciones, los Estados, las leyes, los ejércitos, el mundo, esforcémonos solo por cambiarnos y corregirnos a nosotros mismos. Y cuando creamos que lo hemos logrado —lo cual es una lucha que durará toda la vida—, entonces, de nuevo, no debemos esforzarnos por cambiar a los demás, sino solo por ayudarlos. Nuestra manera de educar a las personas, de animarlas a lo bueno, no debe ser con un propósito amenazante, lleno de ira. Al contrario, así como advertimos a alguien a quien amamos, a quien es nuestra vida, con el fin de salvarlo, de esa misma manera, con humildad, con amor y comprensión, con dulzura; debemos tratar de hacerlo no de un modo que aleje a esas personas, sino de un modo que ayude a su salvación. (2 Corintios 5:20; 1 Timoteo 5:1-2; 2 Timoteo 2:22-26; 4:1-5) La experiencia que adquiriremos con cada persona será, sin duda, diferente. Cuando no sintamos amor por dentro, no hagamos este trabajo. Al contrario, dediquemos ese tiempo a luchar contra esos sentimientos. Además, no podemos ayudar a esas personas con odio. Y estos distintos sentimientos que tengamos hacia las personas no deben influir en nosotros. Al querer ser buenos, no seamos tampoco tontos ni insensatos. Este ha sido mi mayor problema. No nos engañemos con cosas cuyo desenlace es evidente a simple vista, ni caigamos en la idea de que Dios va a hacer milagros por medio de nuestras manos. Yo había creído de todo corazón que toda persona que aprendiera las Sagradas Escrituras amaría a Dios. Sin embargo, vi que me equivocaba mucho. Al contrario, vi que muchas personas que aprenden estas cosas, que adquieren conocimiento sobre Dios, lamentablemente se parecen más bien a Satanás. Por eso, conozcamos nuestros límites. Al querer atraer a los demás, no «caigamos nosotros mismos en el mismo hoyo», como dijo el apóstol. Y a pesar de estas realidades, no ocultemos esas palabras, sino procuremos ser siempre advertidores, esclarecedores, informadores. La tarea de juzgar no es nuestra, sino de Dios.

Lean sin falta las Sagradas Escrituras y el Corán. Procuren tener una buena y correcta comprensión de lo que allí está escrito. Dios ha puesto esta capacidad dentro de cada persona. Sea poca o mucha, la ha dado sin falta. Pidámosle a Él entendimiento, pidámosle sabiduría, pidámosle ser buenos. Si creen, también lo dará. Aprovechen para estas cosas la oportunidad que tienen. Porque no siempre nos será fácil encontrar esta oportunidad.

«Pidan, y se les dará; busquen, y hallarán; llamen a la puerta, y se les abrirá. Porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama a la puerta se le abrirá. ¿Quién de ustedes, si su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pescado, le da una serpiente? Pues si ustedes, siendo malos, saben dar buenos regalos a sus hijos, ¿cuánto más seguro es que el Padre de ustedes, que está en los cielos, dará buenas cosas a los que le piden?» (Mateo 7:6-11), dijo Jesucristo.

Lealtad

Lealtad: Apego sincero, amistad sólida y fuerte, fidelidad.

Leal: 1. Recto, verdadero. 2. Cuyo afecto y apego son sinceros, fiel.

¿Sabía usted que esta palabra «lealtad», de tan bello significado, es al mismo tiempo una cualidad que puede transformarse en algo muy peligroso? Y dejando de lado su peligrosidad, puede volverse también muy fea. ¿Dice usted que nunca lo había mirado desde este ángulo ni lo había comprendido? Sí, todo lo bueno se corrompe, se altera, se tuerce, se retuerce, se afea y así se nos coloca delante, se nos mete en el cerebro; se nos hace tragar por las buenas y, si no, por la fuerza, y esto es justamente uno de esos casos. Sin embargo, ¿por qué habría de ser la lealtad peligrosa, dañina o fea?

En realidad, sobre este tema de la lealtad podrían escribirse miles de páginas y darse cientos de miles de ejemplos sin igual. Yo escribiré de manera superficial y procuraré, en la medida de lo posible, ser breve.

Aunque, al mirar sus significados en el diccionario, se da como antónimo exacto de esta palabra que despierta admiración la palabra separación, en las personas también evoca connotaciones como traidor, ingrato, cobarde, indigno de confianza, veleidoso, farsante. Junto a bellas cualidades como la lealtad, ¿quién querría ser así? Esta cualidad existe tanto en los animales como en los humanos. Es decir, no nos equivocaríamos en absoluto si dijéramos que es un valor que poseemos de forma automática, de nacimiento. Como todo valor, o bien se desgasta, se aplasta, se pisotea, se destruye, o bien se desarrolla, se embellece, se vuelve útil y da paz y confianza.

Sobre los animales hay muchas historias, miles de ejemplos maravillosos que realmente ocurrieron. El apego que ellos muestran en cuanto a esta lealtad ha sido tema de novelas, películas y leyendas. La lealtad del caballo, que ha servido a la humanidad durante miles de años, su galopar sin pestañear ni acobardarse, sin miedo, contra lanzas, espadas y bombas en la guerra, realmente supera toda razón y toda lógica. Sobre esto Dios dice así a Job:

¿Eres tú quien le da al caballo su fuerza, quien le viste el cuello de crin ondulante? ¿Quien lo hace saltar como langosta? Ese caballo cuyo bufido orgulloso es terrible. Con sus cascos escarba la llanura, salta con toda su fuerza, arremete contra los hombres armados. Se ríe del terror y no se amilana; al ver la espada no se vuelve para huir. Sobre él resuena la aljaba, la punta de la lanza y de la jabalina. Con estremecimiento y ardor devora las distancias, y al oír el toque de la trompeta no puede quedarse quieto. Apenas suena la trompeta, relincha «¡Ea, ea!», y de lejos husmea la batalla, el rugir de los jefes y los gritos de guerra. Job 39:20-25

Estas son palabras asombrosas y verdaderas. Después del caballo, no mencionar al perro sería imposible, pues también la lealtad del perro es muy célebre. En realidad, al examinar la lealtad de los animales, no se puede dejar de ver los aspectos que la distinguen mucho de la de los humanos. Es más, muchas veces su lealtad es, por desgracia, más virtuosa que la de los humanos. Por ejemplo, si tomamos un perro o un caballo, ellos son leales sin fijarse en el sexo, el color, la religión, la creencia, la belleza, la pobreza, la riqueza, la nacionalidad, la bandera, el saber, la ostentación, la carrera, el poder de sus dueños ni en cosas semejantes. No sería exagerado decir que son ciegos en estas cuestiones. En cambio, a los animales ni siquiera les importan esas cosas a las que nosotros los humanos damos tanto valor. Pero, ¿acaso el ser humano no fue creado con cualidades superiores a las del animal? Dios habla y dice así:

Dios ordenó: «Produzca la tierra seres vivientes de toda especie: animales domésticos, reptiles y animales salvajes de toda especie». Y así fue. Dios hizo animales salvajes de toda especie, animales domésticos de toda especie y reptiles de toda especie. Y vio que esto era bueno. Dios dijo: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; que tenga dominio sobre los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos, los reptiles y sobre toda la tierra». (Sagrada Escritura—Génesis 1:24-26)

Aquí leemos con claridad que Dios dio sus propias cualidades en la tierra únicamente al ser humano, no a los animales. Siendo así, cuando comparamos con las realidades de nuestro mundo los valores de los que acabo de hablar, ¿por qué el animal ofrece una imagen superior a la del humano? Junto al animal, que muestra lealtad sin fijarse en ninguna de todas esas cosas que enumeré arriba, el humano es más propenso a ser leal fijándose precisamente en esas cosas; es decir, en el sexo, el color, la religión, la creencia, la belleza, la riqueza, la pobreza, la nacionalidad, la bandera, el partido, el saber, la ostentación, la carrera, el poder e incluso hasta en el equipo al que apoya y en cosas semejantes. Aquí debe de haber un error. ¿Acaso se equivocó Dios y dio al humano lo que debía dar al animal, y al humano lo que debía dar a los animales? Esta es, por supuesto, una pregunta absurda, pero bajo el absurdo hay un impulso que nos obliga a reflexionar seriamente.

Realmente, ¿a quién o quiénes debemos ser leales, y qué debe significar esto? ¿Qué hay que hacer para mostrar lealtad? ¿Cómo se es leal?

El tipo más sencillo que viene a la mente es el de las parejas casadas. Que los cónyuges no se engañen entre sí significa lealtad. ¿En qué cuestión no deben engañarse mutuamente? ¿Acaso piensa usted que solo en cuestiones sexuales, y que las demás no son tan importantes? Mentir, las conductas ocultas, manejar a los que le rodean como títeres mediante la falsedad, aparentando ir o querer no su verdadero propósito interior, sino otra meta, y todo lo demás que haya. Podrían darse toneladas de ejemplos, pero, aunque para muchos esto no sea agradable, ¿acaso se considera que, mientras no haya engaño sexual, todo lo demás es más o menos soportable? ¿Qué pareja no se hace mutuamente todo lo que acabo de enumerar? Es más, no digamos «¿existe alguna pareja que no se engañe mutuamente mediante la inmoralidad sexual?», pues las sospechas traen infelicidad. Pues bien, ¿dónde está la lealtad en todo esto? En el significado de diccionario de la palabra «leal» aparecen las expresiones «recto y verdadero». ¿Quién es recto o verdadero, para que tengamos una familia, una sociedad, unas naciones y un mundo así? La lealtad que quiero explicar y que más deseo subrayar va en una dirección algo distinta. En realidad, si no se llega hasta la raíz del asunto, lo que hacemos no es más que una poda. Cuanto más se poda, tanto más espeso brota, y más se extiende echando ramas y ramaje. Si hay algo dañino y no lo destruimos de raíz, podando un poco de aquí y un poco de allá, aparecerán muchos más brazos y ramas, y crecerá con un tronco aún más fuerte.

En la lealtad no hay mentira, ocultamiento, falsedad, traición ni ego; y si los hay, entonces eso ya no es lealtad. ¿Quién querría que la persona con quien está posea tales características? Ni siquiera los ladrones, ni los asesinos, ni las mafias toleran ni consienten a alguien así entre ellos. Si los sectores más extremos no toleran estas cosas, significa que, naturalmente, hablamos de cosas que a nadie le agradan. Decimos «es algo que a nadie le agrada», y a la vez nuestro mundo está lleno casi únicamente de estos ejemplos. Las odiamos, pero a la vez las hacemos. Cuando nos las hacen nos enfurecemos, pero puede que nosotros se las hagamos a todos. En resumen, de estas realidades ¿podemos extraer la conclusión siguiente?: «Si todos renunciaran por completo a aquello que detestan que se les haga, entonces toda la humanidad ya sería leal entre sí», ¿podemos decir esto? Por supuesto que sí. ¿Fue demasiado sencilla la solución? Lo es, pero no queremos; ellos lo estropean, nosotros lo estropeamos, sucumbimos a nuestros intereses, a nuestros deseos, a nuestra ira, a nuestros egos, a nuestra alma carnal y, sobre todo, a las presiones que más miedo nos dan. Todos se engañan unos a otros, mienten, apuñalan por la espalda, ponen la zancadilla, empujan al abismo; los asesinatos, las guerras, las intrigas no cesan. Escuche cada día las noticias del mundo: están llenas únicamente de esto. Casi todo aquello que manipulan, tuercen, corrompen y presentan ocultándolo, y a lo que llaman noticias, cuenta de todos modos estas cosas.

Por otro lado, tenemos un mundo lleno de grupos, entidades, religiones, comunidades, órganos, organizaciones, partidos, bandas, terroristas que son leales pase lo que pase. Para que seamos leales a quienquiera o cualquier cosa que sean, y para que confiemos también en su lealtad, factores como la lengua, el color, la raza, la nacionalidad, el sexo, el partido al que pertenecen, el equipo que apoyan, el poder, sus rasgos cautivadores, la carrera, la capacidad de sanción, la deuda que tenemos por la gratitud que sentimos, etcétera, desempeñan por supuesto un papel importante. ¿Acaso no es ya un hecho que la práctica en nuestro mundo es exactamente así, a plena vista? Y bien, ¿qué hay de malo en ello?

Si dos o tres amigos van juntos por la calle, y el ambiente se tensa porque uno de ellos le suelta algo a otra persona, o por conductas irrespetuosas y molestas, o porque de algún modo pone a alguien en una situación de agravio, se espera que los otros dos amigos tomen partido a su lado, sin mirar si tiene o no razón. ¡Para ellos, o casi para todos, esto es lealtad! Dejarlo solo en el camino que emprendieron juntos es traición. Este apego empieza ya primero en la familia, en las escuelas se educa en esa dirección, y en la vida laboral se espera con toda seguridad, y es la expectativa absoluta de los Estados, los ejércitos y las naciones. A los hijos se los cría enseñándoles que, haga y diga lo que haga y diga el padre o la madre, siempre tienen razón. Aunque, ya de adultos, los hijos no permanezcan muy leales a sus progenitores, seguirán mostrando a otros aquel primer principio que aprendieron. Y esto ocurre o por elección o por la fuerza. Es decir, la persona escoge según su gusto a las personas, instituciones, religiones, comunidades, organizaciones, partidos, ejércitos y naciones a los que quiere ser leal; o, si por circunstancias creció dentro de ellos, o si posteriormente entró en ellos en función de sus intereses, debe permanecerles leal de forma automática. En realidad, este asunto se parece mucho a un intercambio comercial. Si yo te doy, tú me serás leal, y eso significa que harás todo lo que yo diga sin preguntar, sin cuestionar y sin objetar. Como sus variedades son muy diversas, no quiero entrar en sus detalles, porque el problema está en la raíz, y hacer lo correcto es muy sencillo, muy fácil, pero su precio puede ser muy alto. ¿Cuál es lo correcto en este asunto de la lealtad y cuál es la respuesta correcta a la pregunta del título: a quiénes, a qué y para qué es correcto ser leal?

Hace un momento leímos de las palabras de Dios, del libro de Génesis, que hay una gran diferencia entre los animales y el ser humano. Dios creó al ser humano a su semejanza, a su imagen. Dios dio de sus propias cualidades tanto al ser humano como a sus criaturas espirituales en los cielos, es decir, a los ángeles. ¿Cuáles son? La sabiduría, la justicia, el poder, el amor y, con todas estas cualidades, la santidad. ¿Existen estas cualidades en los animales? Sí, de vez en cuando, pero no todas juntas. Por ejemplo, dijimos que un perro es leal a su dueño, pero no hace ni puede hacer distinciones como verdadero-falso, bueno-malo, justo-injusto, santo-impuro. Si se los adiestra lo hacen, pero eso no es más que una especie de imitación. No es porque sean sabios, justos o santos. Es como el hablar de un loro; o, según el nivel de inteligencia y la especie, puede llegar aún más lejos, pero aun así no poseen cualidades humanas. Nos esforzamos mucho y los adiestramos para enseñar a los animales cosas humanas, pero lo cómico y a la vez amargo del asunto es que nosotros abandonamos, corrompemos y destruimos nuestras cualidades humanas y aquellos valores que recibimos de aquel Dios santo, e intentamos imitar a los animales. Vemos que mediante el adiestramiento volvemos más sensibles las capacidades que poseen los animales, y decimos: ¿por qué no aplicarlo también a los humanos? Y no nos quedamos en decirlo, sino que incluso empezamos a desarrollar en todo el mundo sistemas para educar a la humanidad en esa dirección. En pocas palabras, en la raíz de la educación que recibimos siempre se ha perseguido que mostremos una lealtad animal. Por muy buenas cualidades naturales e innatas que tengamos, con insistencia y sin desistir jamás, sin cansarse, si es preciso con violencia, esas cualidades nuestras se corrompen, se desgastan e incluso pueden desaparecer, hasta el punto de que podemos convertirnos en un monstruo traidor contra nuestros propios semejantes.

Los humanos son curiosos, y a quienes investigan esa curiosidad con sus propios medios se los suele llamar locos, mientras que a quienes lo hacen cobrando un sueldo se los llama científicos. En los años cincuenta y sesenta, algunos de esos científicos intentaron criar juntos a humanos y animales. Trataron de criar a un ser humano, desde su infancia, junto con un mono, un perro o un chimpancé recién nacido. Incluso lo aplicaron con sus propios hijos. Es decir, esos hombres no hacían esto con mala intención. Una cría de mono y un humano, un perro y un humano crecían juntos, y ellos hacían sus estudios. Con el paso de los años, ese ser humano que crecía y se desarrollaba se transformaba de una manera muy curiosa. Aunque en cada experimento se perseguía que los animales mostraran un desarrollo humano según la teoría de Darwin, es decir, que evolucionaran, ¿sabe usted qué ocurría? No era el animal quien imitaba al humano, sino el humano quien imitaba al animal. Si era un mono el animal con el que había crecido, el humano ya no caminaba erguido sobre sus pies, sino que empezaba a caminar sobre las manos como los monos. Si era un perro con el que había crecido, no comía con las manos, sino que comía y bebía la comida y el agua del recipiente usando solo la boca y la lengua. Escarbaba el suelo, emitía sonidos extraños, se sacudía y se rascaba como un animal. Porque el humano es un ser que necesita educación, no fue creado con instintos como los animales. Los animales, sin ir a la escuela, sin tomar clases ni leer libros, hacen lo que les es útil. Ellos poseen estos conocimientos de nacimiento, y esa es la razón por la que se los llama instintos. Como aquellos científicos vieron que los experimentos fracasaban de forma espantosa, no continuaron y los abandonaron; pero aquellos niños, a pesar de haber pasado decenas de años, no lograron socializar entre las personas durante toda su vida, a causa de sus conductas deterioradas. Por más que intentaron corregirlos con terapias durante años, se aprecia con claridad que estas personas quedaron dañadas. Por desgracia, se transformaron de una forma imposible de corregir.

Aunque estos experimentos parezcan extremos, con la educación que la humanidad recibe a escala mundial y las conductas ligadas a ella, la presión que pesa sobre ella, las obras que produce, puede que usted no logre ver que hay un deterioro. Es más, en este asunto se puede estar tan ciego que no nos sorprenda que existan personas muy sinceras que ven nuestro siglo como la edad de oro de la humanidad. Con la tecnología que poseemos, los ordenadores, los teléfonos inteligentes, puede parecer como si el mundo estuviera en nuestro bolsillo. Las condiciones de comunicación y de trabajo, comparadas con el látigo de los antiguos tiempos esclavistas, y junto a los asnos, los caballos y las carretas de bueyes, ir a la escuela o al trabajo en automóviles de lujo escuchando música con auriculares y altavoces que suenan mejor que un concierto, es por supuesto algo completamente distinto. Quienes defienden esta edad de oro son sin duda sinceros, y ahí reside justamente la astucia. Si el propósito es corromper al ser humano, que fue creado a semejanza de Dios, entonces es imprescindible ser astuto. ¿Qué parecido con su Creador puede tener una humanidad convertida en perro, y cuán acorde es esto con el propósito de Él? ¿No son demasiado duras estas palabras? Veamos si es así o no. No tema, al final será usted quien decida.

Quienes, como decía hace un momento, comparan el mundo con aquella edad de oro, no pueden ver que más de mil quinientos millones de personas no tienen agua potable ni retrete propio. Tales cosas no suelen anunciarse mucho. Por ejemplo, Alemania no anuncia el número de personas sin hogar que viven en su país, es decir, de las que viven en la calle, y no quiere que nadie lo sepa. Cada cual solo puede hacer conjeturas. Imagine que, cada vez que quisiera beber agua, tuviera que satisfacer esa necesidad buscándola como los animales del campo. Imagine que, cada vez que tuviera necesidad de ir al retrete, tuviera que buscar un lugar para hacerlo, igual que esos mismos animales del campo. Casi una de cada cuatro personas que viven en el mundo está en esta situación. Y quién sabe qué otras cifras habrá que desconocemos y que, al oírlas, para comprender en qué situación tan lamentable, vil y ridícula nos encontramos, no hace falta ni siquiera ser humano; casi lo entienden hasta los perros. El mundo de la humanidad vive un desequilibrio espantoso. Todos los valores como la justicia, la santidad, la rectitud y el amor son pisoteados, aplastados y destruidos. Mientras unos no encuentran agua para beber, por otro lado, con el agua que gastamos solo en lavar los coches, la humanidad podría cubrir toda clase de necesidad de agua. ¿Acaso no hay agua en el mundo? ¿Es tan difícil hacer retretes? ¿No está la humanidad en deuda con los demás humanos, que son sus propios semejantes, para que todos tengan una casa? ¿No puede haber paz en todo el mundo sin disparar ni una sola bala? Pues bien, para no hacerse estas preguntas hay que ser perro.

No se sabe por qué, pero los humanos son muy aficionados a establecer su dominio sobre los demás. La historia y nuestra época siempre han librado esta batalla. Provocan continuamente desasosiego y guerras por decidir quién dominará el mundo y quién comerá solo su grasa y su nata. Revuelven a los pueblos de los países, masacran naciones, y gracias a los medios de comunicación que tienen en sus manos, procuran que los humanos que han convertido en perros gruñan y, al final, vayan a despedazarse unos a otros, y lo logran con mucho éxito. ¿Cómo puede hacer tales cosas el humano, es decir, el humano creado a semejanza de Dios? En realidad no puede, y por eso es preciso que abandone sus cualidades humanas y se convierta en un perro y, si es necesario, en un monstruo. ¿Quién es el mayor enemigo del ser humano sobre la tierra? De nuevo, es el propio humano, su semejante. ¿Acaso fuimos creados para esto, para llegar a este estado? ¿Era este el propósito del Creador al crear al ser humano? Veamos, leamos cuál era ese propósito:

Dios dijo: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; que tenga dominio sobre los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos, los reptiles y sobre toda la tierra». Dios creó al ser humano a su imagen. Así el ser humano fue creado a imagen de Dios. Los creó varón y hembra. Y los bendijo diciendo: «Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; tengan dominio sobre los peces del mar, las aves del cielo y sobre todos los seres vivientes que se mueven sobre la tierra». (Tora—Génesis 1:26-28)

¿A quién se dio esta orden? Se dio al ser humano, a la humanidad. ¿Qué hicieron ellos? Con sus presiones sobre toda la humanidad y sobre los animales, convirtieron la tierra en algo insoportable, e hicieron y siguen haciendo de todo para dominar unos sobre otros, en perjuicio de los demás. Junto a todas estas fealdades, también los animales y toda la tierra a la que llamamos naturaleza recibieron y reciben, por supuesto, su parte. Que la palabra «tengan dominio» que aparece aquí no la entendamos en sentido negativo, o mejor dicho, en el sentido que la humanidad ha aplicado hasta ahora. Todo lo contrario; debía realizarse de un modo protector, amparador, que diera paz, confianza y felicidad. En pocas palabras, el jardín del Edén, del cual Dios creó una parte en la tierra, debía extenderse a escala mundial. La orden buscaba exactamente esto. La humanidad, en cambio, haciendo justo lo contrario, hizo de la tierra algo mil veces peor que el infierno. Decir solo «la humanidad» también sería injusto: no podemos negar la existencia de Satanás por el hecho de no verlo. Miren lo que el propio Satanás dice acerca de su poder sobre la tierra y sobre el ser humano:

Luego el Diablo, llevando a Jesús a un lugar alto, le mostró en un instante todos los reinos del mundo. Y le dijo: «Te daré el gobierno y la riqueza de todos ellos, porque a mí me han sido entregados y yo se los doy a quien quiero. Si te postras ante mí, todo será tuyo». (Evangelio—Lc. 4:5-7)

¿Acaso mentía aquí Satanás? ¿Estaba engañando a Jesús en cuanto a que todo el mundo le había sido entregado? No; Jesús no le dijo «tú mientes». Vayamos más atrás y prestemos oído a los sucesos y al diálogo que hubo en los cielos cuando fue creado el primer ser humano.

En verdad, creamos al ser humano de barro seco, de arcilla negra moldeada. Y a los genios los habíamos creado antes, de un fuego abrasador. Cuando tu Señor dijo a los ángeles: «Voy a crear a un ser humano de barro seco, de arcilla negra moldeada. Cuando le haya dado forma y le haya insuflado de mi espíritu, ¡póstrense ante él!». Todos los ángeles se postraron al instante. ¡Excepto Iblís! Él se negó a estar con los que se postraban. (Dios) dijo: «¡Oh, Iblís! ¿Cuál es la razón de que no estés con los que se postran?». (Iblís) dijo: «Yo no me postraré ante un ser humano que has creado de barro seco, de arcilla negra moldeada». Dios dijo: «¡Sal, pues, de ahí! ¡Quedas expulsado! ¡En verdad, la maldición caerá sobre ti hasta el día de la resurrección!». (Iblís) dijo: «¡Señor mío! Concédeme entonces un plazo hasta el día en que sean resucitados». Dios dijo: «Eres de aquellos a quienes se les concede plazo, hasta el día del tiempo conocido ante Dios...».

(Iblís) dijo: «¡Señor mío! Por haberme extraviado, yo también les embelleceré (los pecados) en la tierra y a todos ellos los extraviaré sin falta. Excepto a aquellos siervos tuyos sinceros (puros, íntegros, incorruptos)». (Corán—Sura 15, Al-Hiyr 26-40 — Sura 7, Al-A'raf 11-28 — Sura 38, Sad 71-88)

El desorden comienza primero en los cielos, con los celos, la vanidad de una criatura espiritual y, ligada a ellos, su rebelión. No en vano se dice: «este mundo es un lugar de prueba». Pero solo hasta cierto tiempo, no eternamente. Dios concedió un plazo a Satanás, y podría decirse que hemos llegado también al final de ese tiempo.

En cuanto a la lealtad, quiero de nuevo detenerme en el perro, porque el perro es la especie animal a la que más se esfuerzan por asemejarnos. El perro está entre los animales más amigos del ser humano. Es realmente leal y, comparado con el gato, no es en absoluto ingrato ni egoísta; hace por su dueño todo lo que puede y no escatima en absoluto su vida. Oye sonidos que el oído humano no percibe y avisa. Hasta el más pequeño perrito faldero arremete contra un hombre enorme, con tal de poder proteger a su dueño. Con su cuerpo, como un cuervo, en ese instante se cree un león. Es osado como el caballo. Su lealtad al lugar donde come es, de verdad, la de uno de los animales más valiosos que se conocen.

Dios creó y dio en realidad para la humanidad todo lo que hay sobre la tierra, y además en abundancia. Nos dio de comer, de beber, nos sació, nos protegió, pero nosotros nunca le fuimos ni le somos leales. En realidad, no llegamos a ser ni siquiera como el perro al que quieren que nos asemejemos. Nos buscamos dueños falsos, dueños y señores que trabajan en perjuicio nuestro y, al mismo tiempo, en perjuicio de sí mismos. Al final, si sigue usted los eslabones de esas cadenas de servidumbre canina, el extremo llega hasta Satanás, y todos, en realidad, le hacen a él de perros. Aquellos que se ven a sí mismos como los dueños del mundo, y que, con toda clase de dolor, sangre y odio que está a su alcance, hacen que los humanos se maten entre sí mientras ellos observan desde un rincón, viéndose de una especie sin par ni igual, también son perros de Satanás. La perspectiva de Satanás hacia el ser humano, y su simpatía por él, ya la conocemos, la leímos en el Corán. Él ve al ser humano como la causa que lo lleva a una destrucción eterna, a la aniquilación. Su amistad hacia los humanos, piénsela ya usted. Su propósito es mostrar tanto a Dios, su Creador, como a todo el mundo de los espíritus, cuán indigno, vil y bajo es el ser humano. Por eso pidió un plazo a Dios. Para demostrárselo a los seres que llamamos ángeles y que en otro tiempo fueron sus hermanos, creados a semejanza de Dios como el ser humano. Aun sabiendo que su fin es la aniquilación eterna, sin desistir jamás, sin acobardarse ni cansarse, hace su labor con esmero y con gran astucia. Comparado con nosotros los humanos, posee una enorme ventaja. Dejando de lado que conoce todos los idiomas del mundo y que no necesita cosas como dormir, comer o beber, junto a su invisibilidad y a su capacidad de hablar a la mente de los humanos, posee innumerables superioridades. Si un ser humano poseyera tan solo esa cualidad de la invisibilidad que él tiene, seguramente dominaría el mundo. Imagíneselo: cuando quisiera, se vuelve invisible, se hace espíritu. Entra y sale por todas partes y nadie lo advierte. ¡Qué no haría usted! Y encima nosotros tenemos un cuerpo que envejece, que marcha hacia la muerte, enfermo, imperfecto.

Mientras el ser humano no los corrompa, los perros viven conforme a su creación y son leales a los humanos, en especial a sus dueños. Pues bien, ¿quién es el dueño de la humanidad? Dejando de lado solo a la humanidad; ¿quién es el señor de todo el universo, de todo lo visible e invisible? Sabemos que es Dios. Entonces, ¿a costa de pisotear aquellas cualidades semejantes a nuestro Creador que se dieron a toda nuestra creación, dándoles la espalda, elegimos ser perros de humanos que se ven obligados a ir al retrete, y a esto lo llamamos lealtad? ¿Estoy yo denigrando la lealtad? Todo lo contrario: hablo de la necesidad de que el ser humano sea, en cuanto a la lealtad, el ser más virtuoso y sin igual sobre la tierra. Defiendo que aquella cualidad virtuosa que llevamos dentro sea mucho más santa que la del perro.

En los países occidentales el hombre está obligado a defender cada error de su esposa, y ellos a esto lo llaman lealtad. Sus leyes también van en esta dirección. Si el hombre no acepta el error de la mujer, y esta —según el caso— le señala la puerta, el hombre acaba en la calle, fuera de aquella casa cuya deuda él paga. Si es preciso, es echado por la fuerza de la policía. Que diga «la casa es mía» tampoco lo mantiene allí. Alegan el pretexto de que la mujer es la parte necesitada y protegida. Preste atención, ahora el asunto se volverá mucho más ridículo. La mujer ha engañado a su marido con otro hombre, y el hombre, en ese momento, no puede tragarlo, ¡le cuesta! Aquellas civilizaciones occidentales tienen sanciones y leyes que hacen que el ser humano se rebaje tanto y caiga en una situación peor incluso que la del perro. ¿Ha comprendido usted ahora cómo se tuerce y se retuerce la lealtad, y en qué cosa tan fea se la convierte? La mujer no es leal, pero del hombre se espera que sea leal, y encima como un perro. Porque la lealtad del ser humano es muy distinta. La verdadera lealtad, la que Dios puso en nuestro interior, en nuestra creación, es fuerte, fiel, amiga. Un ser humano que posee estos sentimientos no acepta el error del otro por ser su amigo; es fiel; es decir, como posee sentimientos de apego en su amor, dice la verdad. Y lo más importante: a causa de su lealtad hacia SU CREADOR, ese ser humano no puede —ni debe— adular los errores de sus semejantes ni, por miedo a ser abandonado o a perder, cometer traición haciéndose cómplice de sus maldades. Leímos acerca del Mesías; la Escritura dice: «A quien lo niegue, Él también lo negará; pero, aunque ellos no permanezcan leales, Él permanecerá leal, porque no puede actuar contra su propia esencia». Si nosotros cambiamos de forma según las conductas, palabras y actitudes del otro y descendemos a su nivel, significa que actuamos contra nuestra propia esencia. Si la ira basta para arrancarnos de nuestra esencia, de nuestra naturaleza, esto es señal de que estamos en un estado muy débil, cobarde y lamentable. Y crea esto: ningún ser humano leal encubre los errores de a quien ama, no los defiende, no lo incita ni lucha por esa maldad. Eso es precisamente lo que hace un perro. Ese animal entrañable es ciego en estas cuestiones, y no fueron creados con aquellas cualidades humanas. Aun así, aunque muy rara vez, ha habido incluso perros que mostraron cualidades virtuosas.

Junto a la expectativa de lealtad entre cónyuges, existe además la lealtad del nacionalismo y del patriotismo. Puedo poner a los alemanes como ejemplo en esta cuestión. Cuanto más avivan la hostilidad contra los extranjeros sus políticos, sus medios de comunicación y su sociedad, más leal permanece el pueblo a ello. En pocas palabras, se hace parte de aquella actitud hostil, y encima con gusto. Surge un líder como Hitler, todos hacen mucho más que él, y cuando pierden dicen: «nosotros no lo sabíamos». Yo, francamente, a lealtades como estas las llamo hostilidad. ¿Hostilidad hacia quién? Yo la llamo hostilidad manifiesta hacia su propio país, hacia su nación, hacia la gente de su casa, hacia su marido o su esposa; ellos, en cambio, la llaman lealtad. De nuevo en Alemania, a veces en una sola semana se incendian y se prenden fuego 42 lugares donde hay refugiados y turcos, y a nadie le importa, ni siquiera lo convierten en tema de las noticias. Espero que empiece usted a ver la fealdad que señalé en el título de este tema. Cuando cada familia, sociedad, nación, raza, religión, ejército o lo que sea empieza a llamar lealtad a estas fealdades, significa que va hacia una infelicidad eterna, hacia la ruina, la aniquilación y, al final, la destrucción.

¿Acaso Dios, nuestro Creador, no espera lealtad? ¿No quiere también Él que le seamos leales de manera incondicional? Sí; no hay sobre nosotros ninguna autoridad más elevada que Él, ni nadie con tanto derecho como Él. Pues bien, ¿de qué manera quiere que le seamos leales? De nosotros, o del ser humano creado a su semejanza, o de los ángeles, ¿qué espera? Escuchémoslo directamente de las palabras de Dios:

...Serán santos para mí, porque yo, el SEÑOR, soy santo. (Sagrada Escritura—Levítico 20:26)

Así es la verdadera lealtad. ¿Acaso Dios nos pide algo imposible, irrealizable, que no podamos hacer? Si así fuera, se le llamaría «el que no sabe lo que pide», pero Él nos lo ordena, lo cual significa que es posible.

La Sagrada Escritura abarca un tiempo de 4.000 años; el Corán, que llegó unos 600 años después, y los temas que trata de forma breve tienen de nuevo el mismo contenido. La humanidad es siempre desleal y siempre comete las mismas inmundicias, embelleciéndolas y con gusto, y después ¡dice «no tenía ni idea»! Sí, lo dice si es que ha sobrevivido y no ha sido aniquilada.

Me vino a la mente una experiencia que aparece en la Sagrada Escritura. La tribu de Benjamín, del pueblo de Israel. La copiaré tal cual, del mismo lugar. En cuanto a comprender en qué puede convertirse la lealtad, este suceso es un ejemplo real muy aleccionador, distinto pero semejante al de las ciudades de Sodoma y Gomorra.

En aquellos días, cuando Israel no tenía rey, había un levita que vivía en un lugar apartado de la región montañosa de Efraín. Aquel hombre había tomado para sí una concubina de Belén de Judá. Pero la mujer le fue infiel con otros hombres. Luego lo dejó y regresó a Judá, a la casa de su padre en Belén. Después de que la mujer estuvo allí cuatro meses, su marido se levantó y fue tras ella. Quería hablarle al corazón y hacerla volver. Llevaba consigo a su criado y dos asnos. La mujer lo llevó a la casa de su padre. Cuando el suegro vio a su yerno, lo recibió con alegría. Lo retuvo consigo. El hombre se quedó tres días en casa de ellos, comió y bebió con ellos y pasó allí las noches.

Al cuarto día se levantaron muy de mañana. El padre de la joven dijo a su yerno, que se disponía a partir: «Repón fuerzas, come un bocado de pan y luego se irán». Los dos se sentaron y comieron y bebieron juntos. El suegro dijo: «Por favor, quédate también esta noche, disfruta». El yerno se levantó para irse, pero su suegro insistió en que se quedara; y el yerno pasó allí la noche. Al quinto día se levantó muy de mañana para partir. El suegro dijo: «Repón fuerzas, come algo; se irán por la tarde». Y los dos comieron juntos.

Cuando el yerno se levantó para irse con su concubina y su criado, el suegro dijo: «Mira, está anocheciendo; por favor, pasen aquí la noche. El sol está a punto de ponerse. Pasen aquí la noche, disfruten. Mañana se levantarán temprano, se pondrán en camino y te irás a tu casa». Pero el hombre no quiso pasar allí la noche. Tomó a su concubina y con los dos asnos aparejados se puso en camino. Llegaron a un lugar frente a Jebús, es decir, Jerusalén.

Cuando se acercaban a Jebús, el sol estaba a punto de ponerse. El criado dijo a su señor: «Entremos en esta ciudad de los jebuseos y pasemos allí la noche».

Su señor dijo: «No entraremos en una ciudad extranjera que no pertenece a los israelitas. Iremos a Guibeá». Luego añadió: «Vamos, tratemos de llegar a Guibeá o a Ramá. Pasaremos la noche en una de ellas». Así siguieron su camino. Cuando se acercaban a Guibeá, ciudad de los benjaminitas, el sol se había puesto. Se desviaron hacia el camino que iba a Guibeá para pasar allí la noche. Al llegar, se quedaron en la plaza de la ciudad, porque nadie los acogió en su casa.

Al atardecer, un anciano volvía de su trabajo en el campo. Era de la región montañosa de Efraín y residía en Guibeá. Pero la gente de la ciudad era benjaminita. Cuando el anciano vio a los viajeros en la plaza de la ciudad, preguntó al levita: «¿De dónde venís y a dónde vais?».

El levita dijo: «Venimos de Belén de Judá y vamos a un lugar apartado de la región montañosa de Efraín. Soy de allí. Fui a Belén y ahora regreso a la casa del SEÑOR. Pero nadie nos ha acogido en su casa. Tenemos forraje y paja para nuestros asnos, y pan y vino para mí, para tu sierva y para el criado. No nos falta nada».

El anciano dijo: «La paz sea contigo. Yo cubriré todas tus necesidades. No paséis la noche en la plaza». Los llevó a su casa y dio forraje a sus asnos. Los huéspedes se lavaron los pies y comieron y bebieron.

Mientras descansaban, unos hombres perversos de la ciudad rodearon la casa. Golpeando la puerta con todas sus fuerzas, gritaban al anciano dueño de la casa: «Saca a ese hombre que ha entrado en tu casa, para que tengamos relaciones con él».

El dueño de la casa salió a donde ellos estaban y dijo: «No, hermanos míos, os ruego que no cometáis semejante maldad. Ya que este hombre ha venido a mi casa y es mi huésped, no cometáis semejante vileza. Mirad, aquí dentro están mi hija virgen y la concubina de este hombre. Os las sacaré, tened relaciones con ellas y hacedles lo que os plazca. Pero no cometáis con este hombre semejante maldad».

Sin embargo, los hombres no le hicieron caso. Entonces el levita tomó a su concubina y la sacó fuera, entregándosela por la fuerza. Y aquellos hombres yacieron con la mujer toda la noche, hasta la mañana, y la violaron. Al despuntar el alba la soltaron. La mujer, al clarear el día, llegó a la puerta de la casa donde estaba su señor y cayó desplomada. Allí quedó hasta que se hizo pleno día.

Por la mañana, el hombre se levantó y abrió la puerta para seguir su camino. Al ver a su concubina tendida en el suelo cuan larga era, con las manos sobre el umbral, le dijo: «Levántate, vámonos». Pero la mujer no respondió. Entonces el hombre la puso sobre el asno y se puso en camino hacia su casa.

Al llegar a casa, tomó un cuchillo, cortó el cuerpo de su concubina en doce pedazos y los repartió por los doce territorios de Israel. Todos los que lo veían decían: «Desde que los israelitas salieron de Egipto no ha sucedido ni se ha visto algo semejante. Reflexionad, deliberad y decid qué hay que hacer».

Guerra contra los benjaminitas

Todo el pueblo de Israel, desde Dan hasta Beerseba, incluida la tierra de Galaad, salió y se reunió como un solo cuerpo ante el SEÑOR en Mizpa. Los jefes de todas las tribus del pueblo de Israel, pueblo de Dios, estuvieron presentes en esta asamblea. Eran cuatrocientos mil hombres de a pie que empuñaban espada. —Entretanto, los benjaminitas oyeron que los israelitas se habían reunido en Mizpa.— Los israelitas preguntaron: «Contadnos, ¿cómo ocurrió este suceso espantoso?».

El levita, marido de la mujer asesinada, respondió así: «Entré en Guibeá, ciudad de la región de Benjamín, con mi concubina, para pasar allí la noche. Unos hombres de Guibeá, tramando matarme por la noche, vinieron y rodearon la casa. Violaron a mi concubina y causaron su muerte. Tomé su cadáver, lo despedacé y envié cada pedazo a un territorio de la heredad de Israel. Porque esta infamia y vileza se cometió en Israel. ¡Oh, israelitas! Aquí estáis todos. Decid cuál es vuestro parecer y vuestra decisión». Todos los presentes, como con una sola voz, dijeron: «Ninguno de nosotros irá a su tienda ni volverá a su casa. Esto es lo que haremos: subiremos contra Guibeá echándolo a suertes. Para abastecer de víveres al pueblo, tomaremos de todas las tribus de Israel, según su número, diez de cada cien, cien de cada mil y mil de cada diez mil. Y cuando estos lleguen a Guibeá de Benjamín, castigarán a los de la ciudad por toda esta vileza que cometieron en Israel».

Los israelitas reunidos contra Guibeá estaban en completa unidad. Las tribus de Israel enviaron hombres a la tribu de Benjamín, preguntando: «¿Qué es esta vileza que se ha cometido entre vosotros? Entregadnos ahora mismo a esos hombres perversos de Guibeá. Los mataremos y arrancaremos de Israel la raíz de la maldad».

Pero los benjaminitas no escucharon a sus hermanos israelitas. Vinieron en tropel desde las otras ciudades a Guibeá para combatir contra los israelitas. Aparte de los setecientos hombres escogidos de la gente de Guibeá, el número de los benjaminitas que vinieron de las otras ciudades y que empuñaban espada alcanzó aquel día los veintiséis mil. Entre ellos había también setecientos hombres escogidos, zurdos. Todos eran tan buenos tiradores que con la honda alcanzaban un cabello sin errar.

Junto a los benjaminitas también se contaron los israelitas. Tenían cuatrocientos mil soldados que empuñaban espada. Todos eran aguerridos guerreros.

Los israelitas subieron a Betel y preguntaron a Dios: «¿Quién de nosotros combatirá primero contra los benjaminitas?». El SEÑOR dijo: «Judá combatirá primero».

Por la mañana los israelitas se levantaron y acamparon frente a Guibeá. Avanzaron para combatir contra los benjaminitas y se pusieron en orden de batalla frente a Guibeá. Los benjaminitas salieron de Guibeá y aquel día abatieron a veintidós mil de los israelitas. Pero los israelitas, animándose unos a otros, volvieron a formar en el mismo lugar donde el día anterior se habían puesto en orden de batalla. Luego lloraron en Betel, ante el SEÑOR, hasta la tarde. Preguntaron al SEÑOR: «¿Saldremos de nuevo a combatir contra nuestros hermanos los benjaminitas?».

El SEÑOR dijo: «Sí, combatid contra ellos».

Entonces, al segundo día, los israelitas se acercaron de nuevo a los benjaminitas. Y los benjaminitas, ese mismo día, marcharon contra ellos desde Guibeá y abatieron otros dieciocho mil hombres. Todos los caídos empuñaban espada.

Todos los israelitas, todo el pueblo, se retiraron y volvieron a Betel. Allí, ante el SEÑOR, se quedaron llorando, y aquel día ayunaron hasta la tarde. Ofrecieron al SEÑOR holocaustos y sacrificios de paz. El Arca del Pacto de Dios estaba entonces en Betel. Finees, hijo de Eleazar, hijo de Aarón, oficiaba en aquel tiempo delante del Arca. Los israelitas preguntaron al SEÑOR: «¿Seguiremos combatiendo contra nuestros hermanos los benjaminitas, o desistiremos?».

El SEÑOR dijo: «Combatid, porque mañana los entregaré en vuestras manos».

Los israelitas pusieron emboscadas por todos lados alrededor de Guibeá. Al tercer día se movilizaron contra los benjaminitas y, como antes, se pusieron en orden de batalla frente a la ciudad. Los benjaminitas salieron al ataque y se alejaron bastante de la ciudad. En los caminos principales que iban a Betel y a Guibeá, y en los campos, empezaron, como en los combates anteriores, a causar bajas a los israelitas; mataron a unos treinta.

Dijeron: «Los estamos derrotando de nuevo, como la vez pasada». Pero los israelitas se decían unos a otros: «Huyamos, para atraerlos lejos de la ciudad, hacia los caminos principales». Y saliendo del lugar donde estaban, se pusieron en orden de batalla en Baal-Tamar. Y los que estaban emboscados al oeste de Guibeá salieron de repente de sus puestos. Así, diez mil hombres escogidos de todo Israel atacaron Guibeá de frente. La batalla se recrudeció. Los benjaminitas no sospechaban la calamidad que se les venía encima. El SEÑOR los derrotó delante de Israel. Aquel día los israelitas mataron a veinticinco mil cien hombres de los benjaminitas que empuñaban espada. Los benjaminitas comprendieron que estaban vencidos. Los israelitas les dejaron pasar, porque confiaban en los que estaban emboscados alrededor de Guibeá. Los de la emboscada atacaron de repente Guibeá. Se desplegaron por toda la ciudad y pasaron a filo de espada a sus habitantes. Entre los emboscados y el resto de los israelitas se había convenido una señal: prenderían fuego a la ciudad y formarían una gran columna de humo. Entonces los israelitas del campo de batalla se volverían de repente.

Entretanto, los benjaminitas habían empezado a causar bajas a los israelitas, y habían abatido a unos treinta. Como en el combate anterior, creyeron que estaban derrotando por completo a los israelitas. Pero cuando se volvieron a mirar la ciudad, vieron allí la columna de humo que se elevaba al cielo como un torbellino. El humo de la ciudad en llamas cubría el cielo. Los benjaminitas, al ver que los israelitas se volvían, entraron en pánico, pues habían presentido la calamidad que se les venía encima. Aunque se dirigieron hacia los campos, delante de los israelitas, no pudieron escapar del combate. Los israelitas, que llegaban de distintas ciudades, los rodearon y los destruyeron. Persiguieron al resto de los benjaminitas. Los fueron abatiendo por el camino hasta el lugar donde acampaban, al este de Guibeá. De los benjaminitas cayeron dieciocho mil hombres. Todos eran valientes guerreros. Los que quedaron con vida se volvieron y empezaron a huir hacia los campos, hacia la Peña de Rimón. Los israelitas mataron por el camino a otros cinco mil hombres. Siguiéndolos paso a paso hasta Guidom, abatieron a otros dos mil.

Aquel día el número total de los benjaminitas que murieron alcanzó los veinticinco mil hombres. Todos eran valientes guerreros que empuñaban espada. Los que huyeron a los campos y se refugiaron en la Peña de Rimón eran seiscientos. Permanecieron cuatro meses en la peña. Los israelitas volvieron a las ciudades de Benjamín; pasaron a filo de espada a las personas, a los animales y a todos los seres vivientes que allí había, y prendieron fuego a todas las ciudades que encontraron. (Sagrada Escritura—Jueces, capítulos 19 y 20)

En este suceso, junto con decenas de miles de personas inocentes que combatieron, se aniquiló casi una tribu entera. ¿Por qué? Sin embargo, si ellos hubieran entregado a la justicia de Dios a quienes obraron aquella conducta vil y baja entre ellos, y se hubieran corregido a sí mismos, habrían podido salvarse y nada de esto habría ocurrido. Pero no: ¡ellos eran leales entre sí! En este suceso, ¿no está a plena vista de qué clase de lealtad se habla? Estos ejemplos no son en absoluto ajenos a nuestra época. Especialmente los gobernantes de los países a los que llamamos «civilizados», poderosos, «avanzados», y aquellas naciones que les son leales. A pesar de que han pasado más de 3.000 años desde este suceso, recordamos a aquellas personas con una maldición. Llegará el día en que también todo esto que vivimos en nuestra época y nuestro concepto de la lealtad se pondrán por escrito, y las generaciones futuras los leerán con una maldición. ¿Dónde tomaremos nosotros partido, a quién permaneceremos leales? ¿Cómo haremos que nuestro nombre sea recordado después de nosotros?

Un orador de una organización religiosa llamada los Testigos de Jehová toma en su mano, ante decenas de miles de sus miembros, la Sagrada Escritura de tapas negras, la levanta en alto y dice: «Si nuestro cuerpo gobernante dice que este libro es blanco, entonces es blanco», y aquellos decenas de miles de miembros se ponen en pie con gran entusiasmo y colman a aquel orador con una lluvia de aplausos. Todos aquellos miembros, sin excepción, creen —se les hace creer— que solo ellos son dignos de entrar en el paraíso que Dios establecerá. ¿Cree usted que es solo esta religión, que predica en todo el mundo usando únicamente el nombre propio de Dios, la que es así? No, todas son así. Ya sea bajo un ropaje religioso en nombre de Dios, ya sea lo militar, la política, el científico, la educación, la enseñanza, el hospital, la prisión, el terror en nombre de la libertad, cualquier entidad, institución u organización que se le venga a la mente, en todas ellas, de un modo u otro, está el dedo y la presión de Satanás. Y esa presión consiste en hacer que abandone usted su humanidad, su justicia, su sabiduría, su amor y a su Creador, Dios, a quien debe hasta cada aliento que toma, y en hacer que pisotee los valores sagrados. Sujetando el extremo mismo de los eslabones que forman la cadena, Satanás persigue que usted le haga de perro a él. Esta es, precisamente, la lealtad que nuestro mundo espera de la humanidad. Esta presión la ve el ser humano desde su hijo en la cuna hasta su esposa en su regazo, desde su padre y su madre hasta los amigos que cree más queridos. Porque Satanás azuza a todos y pone las circunstancias en un callejón tan sin salida que uno cree que no hay ningún otro remedio. Sin embargo, siempre hay remedios para seguir siendo humano.

No os ha sobrevenido ninguna prueba que no sea humana. Y Dios es fiel (digno de confianza), y no permitirá que seáis probados más allá de vuestras fuerzas. Sino que, junto con la prueba, os dará también la salida, para que podáis resistir. (Evangelio—1 Corintios 10:13)

Aunque a los humanos se los presiona, manipulándolos solapadamente, para que sean perros, muchas personas prefieren con gusto mostrar una lealtad de perro, sin que nadie los obligue en absoluto. El rey David daba de inmediato su recompensa a tales personas. Mientras que para casi todos los gobernantes o para la gente corriente esta clase de lealtad les acaricia el ego y los embriaga de placer, personas del tipo de David la aborrecían. Vamos a leer también aquel suceso del segundo libro de Samuel de la Sagrada Escritura, capítulo 4, tal como está.

Los hijos de Rimón de Beerot, Recab y Baaná, se pusieron en camino. Al llegar a la casa de Isboset en el calor del mediodía, Isboset estaba tendido descansando. Entraron en la casa fingiendo ir a recoger trigo. En ese momento Isboset estaba acostado en su cama, en su alcoba. Los hombres le atravesaron el vientre y lo mataron. Le cortaron la cabeza del cuerpo y se la llevaron consigo.

Recab y su hermano Baaná huyeron y avanzaron toda la noche por el camino del Arabá. Llevaron la cabeza de Isboset a Hebrón, ante el rey David, y le dijeron: «¡Aquí está la cabeza de Isboset, hijo de Saúl, tu enemigo que quería matarte! El SEÑOR ha vengado hoy a nuestro señor el rey de Saúl y de su descendencia».

Pero David respondió así a Recab y a su hermano Baaná, hijos de Rimón de Beerot: «¡Vive el SEÑOR, que me ha librado de toda angustia, que al hombre que me anunció la muerte de Saúl creyendo traerme una buena noticia, lo hice apresar y le quité la vida en Siclag! ¡Esa fue la recompensa que le di por la buena noticia que traía! ¡Cuánto más cuando unos hombres malvados han matado a un hombre justo en su casa, sobre su cama! Ahora, pues, ¿no os pediré cuentas de su sangre, exterminándoos de la tierra?». Luego dio la orden a sus hombres. Y estos mataron a los dos hermanos, les cortaron las manos y los pies y los colgaron junto al estanque de Hebrón. Pero la cabeza de Isboset la tomaron y la sepultaron en Hebrón, en el sepulcro de Abner. (2 Samuel 4:5-12)

David era alguien que ni siquiera podía soportar ni alegrarse por una injusticia cometida contra sus enemigos; al contrario, sentía aborrecimiento; y era un hombre tal que, por estas cualidades virtuosas y superiores suyas, que agradaban mucho a Dios, el SEÑOR amaba a David. Por favor, haga usted ahora la comparación con los gobernantes actuales, en especial con los soberanos de aquellos Estados que dominan el mundo y con sus naciones. Todos son astutos, mañosos, despiadados, ambiciosos, insaciables, enemigos de la humanidad semejantes a monstruos. Y ven el ser así como una obligación, «pues de lo contrario nos aniquilamos, no alcanzamos nuestras metas», y así han convencido a los que los rodean y a sí mismos; o, mejor dicho, los han engañado.

La humanidad de nuestro mundo espera siempre la lealtad de la clase baja, de los rangos inferiores. Es decir, existe la realidad de que los poderosos no están obligados a ser leales a nadie, mientras que los débiles siempre deben ser leales, porque son a la vez débiles y necesitados. Acerca del siervo de Dios, Jesús el Mesías, un versículo dice de nuevo así:

Esta es palabra fiel: «Si morimos con Él, también viviremos con Él. Si resistimos, también reinaremos con Él. Si lo negamos, Él también nos negará. Si nosotros somos DESLEALES, Él permanecerá LEAL, porque no puede actuar en contra de su propia esencia». (Evangelio—2 Timoteo 2:11-13) Así es el concepto de lealtad de los siervos de Dios, y ellos no actúan contra su propia esencia.

El temor del SEÑOR es el principio del conocimiento. Los necios, en cambio, desprecian la sabiduría y la disciplina. (Proverbios de Salomón 1:7)

La importancia del conocimiento es en realidad siempre verdaderamente enorme, y en especial en nuestra época tiene una importancia aún mayor. Aquí no se habla de cualquier clase de conocimiento; hablamos del conocimiento divino, revelado, que viene de Dios. No nos referimos a los conocimientos de ingeniería sobre la fabricación de átomos, las matemáticas, la física, la química. Mediante los conocimientos que llamamos divinos adquirimos la capacidad de distinguir el bien del mal. Porque no poseemos esta base, nuestro mundo está en un callejón sin salida. Por más que creamos cuántas cosas inventamos y cuánto hemos avanzado, otro tanto más daño causamos a nuestro entorno, a la humanidad y a la tierra. Porque, o bien no poseemos el conocimiento del bien y del mal, o bien lo hemos pisoteado y lo hemos arrojado tras de nosotros.

Nuestro mundo está en una confusión espantosa en cuanto al bien y al mal. En un lugar beber cerveza es un gran delito, mientras que en otro casi uno se baña en whisky y, lejos de ser considerado delito, cosecha simpatía. De nuevo, en un lugar andar completamente desnudo es de lo más normal, mientras que en otro que una mujer muestre un cabello se considera vergonzoso e incluso un delito. De nuevo, en un lugar las ratas producen asco y se las extermina, mientras que en otro se come con ellas en la misma mesa y reciben un trato sagrado. Podrían darse muchísimos ejemplos como estos. Cada sociedad, religión, organización y nación defiende que ella está en lo cierto. Claro está, si creyera que está equivocada, ya no haría esa cosa. Como no somos como los animales, fuimos creados de una manera que necesita educación. Por esta razón, el ser humano es la criatura que más tiempo depende de sus progenitores. Los animales, por lo general, apenas nacen se ponen en pie y en poco tiempo pueden valerse por sí mismos. El ser humano, en cambio, fue creado de modo que sea dependiente durante largos años. Como la cuestión de cómo aprovecharán este tiempo de dependencia los padres, la sociedad, el entorno y la educación escolar que se imparte es muy importante, Satanás ha puesto primero su mano sobre estos sistemas. Él conoce mejor que nosotros el dicho «el árbol se dobla mientras es tierno». En pocas palabras, y con claridad, lo que quiero decir es que el conocimiento de Dios no se obtiene en absoluto de forma tan fácil. Que no lo engañe a usted la existencia de un templo, un santuario, una iglesia o una comunidad levantados en nombre de Dios en cada esquina. Esto no significa que allí vaya a encontrar el apego a Dios, la verdadera lealtad, el conocimiento de la distinción entre el bien y el mal. El conocimiento al que se alude se obtiene directamente de nuestro propio Creador, con sinceridad, con todo el corazón, investigando directamente sus palabras.

La sabiduría clama afuera en voz alta, alza su voz en las plazas. Grita en lo alto de las calles bulliciosas, en las puertas de entrada de la ciudad hace oír sus palabras: «Oh, ingenuos, ¿hasta cuándo amaréis la ingenuidad? ¿Hasta cuándo los burlones se deleitarán en la burla? ¿Hasta cuándo los insensatos aborrecerán el conocimiento? Volveos cuando os amonesto, y entonces os abriré mi corazón, os ayudaré a comprender mis palabras.

Pero cuando os llamé, me rechazasteis. Tendí mi mano y no hubo quien hiciera caso. Menospreciasteis todos mis consejos y no quisisteis oír mis amonestaciones. Por eso también yo me alegraré de vuestra desgracia. Cuando os sobrevenga la calamidad, cuando la desgracia venga sobre vosotros como una tormenta, cuando vuestra ruina llegue como un torbellino, cuando caigáis en la angustia y la aflicción, me burlaré de vosotros. Entonces me llamaréis, pero no responderé. Me buscaréis con todas vuestras fuerzas, pero no me hallaréis. Porque aborrecisteis el conocimiento y rehusasteis temer al SEÑOR. No quisisteis mis consejos y despreciasteis todas mis amonestaciones. Por eso comeréis el fruto del camino que seguisteis, os saciaréis de vuestras propias artimañas. Los hombres necios serán víctimas de su deslealtad. Los insensatos se perderán en su despreocupación. Pero el que me escuche vivirá en seguridad, no temerá el mal y hallará paz». (Proverbios de Salomón 1:20-33)

En cuanto al conocimiento, Dios nos amonesta seriamente, con palabras severas. Es posible encontrar en todas partes estos libros, que la mayoría de las veces se obtienen gratis, a lo sumo por el precio de 2 paquetes de tabaco. Es posible conseguir todos estos libros de los que oímos hablar —la Tora, los Salmos y el Evangelio— reunidos bajo el nombre de «Sagrada Escritura», y otro tanto si decimos «el Corán». Quienes tienen teléfonos inteligentes pueden descargar gratis estos programas en sus teléfonos y tabletas y leerlos. Vivimos en una época en que el conocimiento es de lo más difundido y fácil de obtener, y a la vez otro tanto aborrecido. Hay muchas razones, como la pereza, la insensibilidad, el no tener el hábito de la lectura. Siendo todo esto así, la humanidad, no se sabe por qué, va y encuentra más fácil ser asno en un establo. Investigar tranquilamente, con libertad, por cuenta propia, le resulta muy difícil; va y sirve a una puerta que no conoce en absoluto, cuyos resultados no puede prever. Y en cuanto le untan la boca con miel y le dicen «te daremos trabajo, cargo, posición», hace de todo. Le dicen: «Siendo un don nadie, policía, jefe, fiscal, juez, piloto, general, gobernador, diputado, cantante, actor de teatro... lo que quieras, solo con nosotros puedes llegar a serlo», y de hecho lo hacen; estas promesas suyas no son mentira. Sin embargo, ese ser humano, sin darse cuenta siquiera, poco a poco, con la sensación de estar cumpliendo una misión sagrada, se despoja de su humanidad y se transforma en un perro. Quienquiera o cualquier cosa que sea ya el que da todo esto, está apegado a él como si lo adorara, y se ha separado de su verdadero Creador. Ni siquiera se da cuenta. Según él, en realidad, se ha hecho humano desde que entró en todo esto. Cuando antes era alguien a quien nadie miraba a la cara, sin valor, empujado y zarandeado, ahora todos se ponen en pie al verlo, se cuadran. Ahora vaya usted a decirle a esta persona que todo esto está mal. ¡Tan fácil se venden aquellos valores divinos, celestiales, que recibimos de Dios! ¿Para qué? ¿Hasta cuándo? ¿Cuál es el fin de todo esto? Si uno se hace perro y se adiestra de ese modo, ni siquiera puede hacer tales preguntas. Porque aquellos señores tienen un propósito con usted, y expectativas con los huesos que le arrojan delante.

Lo habrá visto usted en las películas estadounidenses, aquel entrenamiento que se da a los soldados novatos. El sargento se acerca hasta la punta misma de su nariz y con toda su fuerza, escupiendo, le grita para dirigirse a usted y provocarlo. Esperan la más mínima insubordinación para molerlo a golpes. El propósito de todo el entrenamiento es precisamente ese. No les importa en absoluto de dónde has venido, de qué clase de familia, qué clase de educación, ni nada por el estilo. ¿Acaso les importas tú? No; solo o sirves a un único propósito, o te aniquilas y desapareces. Allí la palabra «lealtad» se convierte en orden. Ordenan, y debe cumplirse sin preguntar y sin cuestionar. De otro modo, estas cosas no funcionan. Ellos también saben que todos creen que su propia razón es la mejor. Si cada uno tira para su lado, ¿cómo marcha este ejército? Imposible.

El propósito de Satanás está a plena vista, y arrastra a la aniquilación, junto con él, a esa humanidad que aborrece. ¿Para qué tantas palabras? Es así de sencillo. La lealtad de la que hablé arriba no es tan simple como la que hay en la familia, entre cónyuges, entre amigos; su dimensión es de alcance mundial. A medida que en la tierra se multiplican la tecnología y la humanidad, también se han vuelto maestros en usar para mal cada buena cualidad del ser humano. El deseo de ver en el humano la lealtad del perro se remonta a tiempos muy antiguos. Una vez que has convertido al ser humano en perro, ya no le resulta nada difícil llamar «malo» a lo bueno y «bueno» a lo malo; «torcido» a lo recto y «recto» a lo torcido; «luz» a la oscuridad y «oscuridad» a la luz. Aquella muchedumbre de millones se vuelve como un solo cuerpo.

¡Ay de los que llaman bueno a lo malo y malo a lo bueno, de los que ponen la oscuridad por luz y la luz por oscuridad, de los que llaman dulce a lo amargo y amargo a lo dulce! ¡Ay de los que se creen sabios y se tienen por inteligentes! ¡Ay de los que no conocen límite al beber vino, de los que no vacilan en mezclar bebidas, de los que por soborno absuelven al culpable y despojan de su derecho a los justos! ...dice Dios (Isaías 5:20-23)

Al ser humano que se ha convertido en este estado se le puede hacer hacer cualquier cosa. Ya no posee las cualidades humanas. Trabajan con todas sus fuerzas para que la clase de ser humano al que tratan de dar forma en nuestro mundo sea así. Con todos sus medios de comunicación, su televisión, sus películas y series, sus periódicos y revistas, su educación y sus escuelas, su hospital o su cuartel, su terrorista o su asesino... con todo lo que tienen en sus manos, lo usan únicamente en pro de sus feos propósitos. Todos, en conjunto, a sabiendas o sin saberlo, queriéndolo o forzados en contra de su voluntad, de un modo u otro, sirven al propósito de Satanás. El ser humano que se transforma en semejante criatura mata a los profetas de Dios, los apedrea, los persigue y, uniéndose contra ellos, les declara guerras. Nuestra época no es lenta como antes: todo se desarrolla con mucha rapidez. Antes, cosas que llevaban cien o doscientos años, en nuestra época pueden transformarse en 3 o 5 años, y a veces incluso en unos meses.

Debemos decidir a quién permaneceremos leales. Para ser resueltos, debemos adquirir conocimiento. Y este conocimiento, por desgracia, no está escrito en los periódicos ni en las revistas, y es casi imposible que lo encontremos en las televisiones, en YouTube o en Facebook. Nadie, sino nuestro Creador, puede enseñarnos el bien y el mal. Debemos tomar estos conocimientos directamente de su fuente, de las palabras que pusieron por escrito los profetas de Dios, sin hacer distinción entre ninguno de ellos.

Decid: «Creemos en Dios y en lo que se nos ha revelado, y en lo que se reveló a Abraham, Ismael, Isaac, Jacob y a las tribus, y en lo que se dio a Moisés y a Jesús, y en lo que se dio a todos los profetas de parte de su Señor. No hacemos distinción entre ninguno de ellos, y a Él nos sometemos». (Corán—Al-Baqara 136)

Quienquiera que aplique este versículo, que aparece únicamente en el Corán, significa que preserva su cualidad de ser humano. Él posee ya el conocimiento para hacer la distinción entre el bien y el mal, entre lo recto y lo torcido, entre lo santo y lo impuro. Decidamos; que cada uno lo haga por su propia y libre voluntad es algo que Dios mismo quiere. Aunque Satanás y su mundo nunca quieran dejarnos libres en estas cuestiones, es posible.

Alguien le dijo: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?». Jesús dijo a los que estaban allí: «Esforzaos por entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos querrán entrar y no podrán. (Evangelio—Lucas 13:23-24)

Y de nuevo en otro lugar:

«Entrad por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella. Pero estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que lo hallan». (Evangelio—Mateo 7:13-14)

Nuestro Creador nos ha amonestado más que suficiente. Y si nosotros hemos arrojado tras de nosotros todas estas amonestaciones suyas, ¿quién nos ayudará ya? En los últimos versículos del último libro del Evangelio, el Apocalipsis (la Revelación), aparecen estas palabras:

Luego me dijo: «No selles las palabras proféticas de este libro, porque el tiempo esperado está cerca. Que el que hace el mal, siga haciendo el mal. Que el impuro, siga en sus obras impuras. Que el justo, siga haciendo la justicia. Que el santo, siga siendo santo». «¡Mira, vengo pronto! Y traigo conmigo la recompensa que daré. A cada uno le daré según lo que haya hecho. Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin. Dichosos los que lavan sus túnicas, para tener así derecho a comer del árbol de la vida y a entrar por las puertas en la ciudad. Los perros, los hechiceros, los que practican la fornicación, los homicidas, los idólatras y todos los que aman la mentira y practican el engaño quedarán fuera». (Evangelio—Apocalipsis 22:10-15) Amén

Confesará su culpa…

Delito: 1. Comportamiento contrario a la moral y a las costumbres. 2. Comportamiento contrario a las leyes.

Pecado: 1. Acto o comportamiento que se opone a los mandamientos de Dios, que la religión considera falta y que acarrea castigo en el otro mundo. 2. Mal comportamiento que perturba la conciencia de la persona y provoca lástima.

Por más sencillas que parezcan las definiciones del diccionario, cuando se despliegan estas palabras uno cree haber hecho estallar el núcleo de un átomo. Por eso yo no las desplegaré demasiado, de lo contrario habría que escribir libros; mi propósito es tratar el tema de forma breve. Los temas escritos de manera muy extensa aburren pronto a la gente y hasta ni siquiera los leen.

En algunas sociedades el delito y el pecado entraban en la misma categoría. Cualquiera que fuera el delito cometido por la persona, se consideraba al mismo tiempo pecado. Por ejemplo, en tiempos anteriores a nuestra era, el Estado de Israel era así. Ellos habían recibido sus leyes y mandamientos de Dios. Estas reglas y leyes conocidas como los 10 mandamientos abarcaban, en consecuencia, muchos otros mandamientos. (Torá-Éxodo 20:2-17) Algunos han contado uno a uno estos mandamientos y reglas y dicen que eran unos 600; es cierto. El profeta Moisés medió en ello, los descendientes de Aarón, los sacerdotes, fueron designados y encargados para esta labor, la tribu de Leví quedó obligada a ayudar a los sacerdotes, etcétera. A estas leyes se las llama también la Sharía. Ahora bien, mientras que en la enseñanza del Corán casi no se les da lugar a estas leyes y reglas, los musulmanes, inspirándose en los judíos o bajo su influencia, con citas tomadas un poco de aquí y un poco de allá, tratan de establecer por sí mismos una ley y, sin saber ni entender lo que dicen, exclaman: «volvamos a la Sharía». Los hombres no pueden dictar leyes en nombre de Dios, y mucho menos si eso es totalmente contrario al propósito y a la voluntad de Dios. ¿Por qué habría de ser totalmente contrario? Porque toda esa ley y esas reglas y leyes que llamamos Sharía llegaron a su fin con Jesús el Mesías. Aunque los principios no cambien, las leyes, los sacrificios por el pecado y demás fueron abolidos. Aquellas leyes y reglas que dijimos que eran unas 600 tenían un propósito determinado. Mediante aquellas leyes Dios quería hacer que los hombres tomaran conciencia del pecado. En el capítulo 3, versículo 20 del libro de Romanos del Evangelio dice:

Porque ante Su (de Dios) presencia ninguno será justificado (declarado justo) por las obras de la ley, ya que por medio de la ley es el conocimiento del pecado. (Evangelio-Romanos 3:20) Y también:

Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos. Así se lee en el capítulo 2, versículo 10, de Santiago en el Evangelio.

Así es, para ser encarcelado no hace falta cometer todos los delitos que hay en los libros de leyes; basta con uno solo. Por ejemplo: todos se reirán de quien diga: «Deténganse, no me metan en la cárcel, apenas he violado uno solo de diez mil artículos de la ley». Como ningún ser humano puede cumplir todas estas leyes de forma perfecta, ante Dios todos resultaron culpables, y el castigo del delito es la muerte. Y para eliminar ese delito hacía falta una expiación, es decir, había que pagar su equivalente. Con la sangre de los sacrificios de animales no se pagaba el precio del pecado que venía de Adán. (Evangelio-Hebreos 10:1-10) Por eso Dios envía a la tierra a Jesús el Mesías como sacrificio en compensación por el delito de la humanidad. Porque Jesús, aunque hubiera nacido de mujer, no estaba bajo el efecto del pecado que venía de Adán y que había contaminado a toda la humanidad, pues Dios lo tomó de la vida angélica en los cielos e hizo que naciera en la tierra en forma de hombre para esta misión, y, como Adán, era perfecto, es decir, sin pecado. Su misión era ser sacrificio por los pecados de toda la humanidad. Al-i Imran 59- Evangelio-Romanos 5:14-15 -Al-Araf 22- An-Nisa 136

Por tanto, así como el pecado entró en el mundo por medio de un hombre (Adán), y por el pecado la muerte, así también la muerte pasó a todos los hombres; por cuanto todos pecaron.

Y:

Porque así como por la desobediencia de un hombre (de Adán) los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno (Jesús el Mesías) los muchos serán constituidos justos (rectos). Romanos 5: 12 y 19

Porque la paga del pecado es muerte; mas el don de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro. (Romanos 6:23) Diciendo esto, Dios en realidad explica su justicia y el plan de salvación para la humanidad.

Los judíos nunca pudieron aceptar lo que aquí escribo y mataron a Jesús. Todavía la mayoría no lo ha aceptado, y ese mismo espíritu se lo han inoculado, con gran éxito, al mundo islámico, a los musulmanes. La cristiandad, por su parte, equiparando a Jesús con el Dios todopoderoso, adorando a la trinidad, se extravió por completo. Pero mi tema no seguirá por esa dirección, de lo contrario me habría salido del objetivo del título y habría alargado demasiado el asunto con detalles completamente aparte.

En la época otomana también quienes actuaban en contra de la religión cometían delito. Ellos tenían sus propias leyes, pero la religión y las leyes del Estado desempeñaban un papel fundamental en la cuestión del delito. Hay muchos otros países como este. Si el laicismo, del que oímos hablar constantemente, según lo que se aprende en la escuela primaria significa «la separación de los asuntos de la religión y del Estado», el delito es algo que las personas cometen constantemente de un modo u otro. Ya pongas leyes del Estado, ya pongas religión, violarán tanto una como la otra. Pero en las épocas en que los religiosos tenían demasiado poder, como abusaron del asunto, perjudicando la competencia y el progreso frente a los países y naciones vecinos, y sobre todo como actuaban de freno en cuanto al apego a Dios, la gente también perdió su simpatía por ellos. Esta vez se dio el poder en manos de los legisladores, es decir, de los políticos, y estos tomaron leyes de culturas y sociedades completamente distintas, de América, de Inglaterra, de Alemania, de Suiza y de Francia. Estos parecieron distintos de los religiosos, pero causaron a la humanidad más daño que provecho. Estas palabras mías son así en general; muy rara vez, es cierto, surgieron también políticos y hombres religiosos valiosos, y que todavía existen es otra realidad. Además, por muy perfectas que sean las leyes, hay personas imperfectas que piensan en cómo quebrantar esas leyes sin recibir castigo. Por eso poner ley sobre ley y regla sobre regla no resolvió los problemas, sino todo lo contrario; con la ayuda también del diablo, la humanidad se afana en encerrarse en una jaula y aniquilarse a sí misma. (Escrituras Sagradas-Isaías 28:13)

El asunto al que en realidad quiero llegar es el hecho de que las personas cometan delitos, sus reacciones ante sus delitos y las razones. Mire, incluso los primeros seres humanos perfectos, es decir, sin defecto, Adán y Eva, no reconocieron de inmediato su culpa de una sola vez y se esforzaron por presentarse como si fueran víctimas. Vengan, leámoslo tal cual en su lugar:

Y JEHOVÁ Dios preguntó: «¿Quién te dijo que estabas desnudo? ¿Acaso comiste del árbol del que te ordené que no comieras su fruto?»

Adán respondió: «La mujer que pusiste a mi lado me dio del fruto del árbol, y yo comí».

JEHOVÁ Dios preguntó a la mujer: «¿Qué es esto que has hecho?»

La mujer respondió: «La serpiente me engañó, y por eso comí». (Escrituras Sagradas-Génesis 3:11-13)

¿Se dieron cuenta? Estas son las respuestas que da el ser humano al caer en el delito estando sin defecto. En lugar de reconocer su culpa, o bien acusa indirectamente a Dios, o bien a un animal, pero ninguno de los dos reconoce su propia culpa.

Estos sucesos eran así hace aproximadamente 6 mil años. No había otros seres humanos en la tierra; ellos no poseían un mundo lleno de miles de millones de personas. No vivían en megaciudades que rebasan una y otra vez las decenas de millones. La maldad no era en absoluto extendida; olvídese de eso, no existía en absoluto, salvo el diablo. Y este los engañó muy bien y sigue realizando su labor —por muchos miles de millones que seamos— sobre todos, en persona, con esa misma astucia.

Tras el pecado de Adán y Eva pasó el tiempo, la humanidad se multiplicó y se alejaron de Dios. La maldad aumentó automáticamente, el pensamiento y la mente del hombre estaban siempre en la maldad, y Dios puso fin a la humanidad; solo salvó a Noé y a su familia. Esto ocurre también unos 2 mil años después de la creación de Adán. (Génesis 6:5-8)

Después del diluvio de Noé los seres humanos se esparcieron de nuevo por la tierra, y el abandono de Dios siempre fue muy rápido. La maldad aumentó de nuevo y Dios confundió las lenguas de los seres humanos. Cada cual se dividió en lenguas según su tribu y se dispersaron. Babel, de por sí, evoca la palabra confusión. Hasta entonces no había por parte de Dios una Sharía ni leyes y reglas largas y extensas. Por primera vez, hacia el año 1500 a.C., Dios da leyes, reglas y principios por medio de Moisés. Quien quebrantara estas leyes y reglas, grandes o pequeñas, tenía un precio que pagar. En realidad no hay nada sin precio. Todo delito tiene un precio, y ha de pagarse. A veces la sangre y el sacrificio de un animal, a veces las primicias de tu campo, a veces la fuerza de tu cuerpo (trabajo-esclavitud a cambio de tu deuda) y a veces había que entregar la vida. De lo contrario no había perdón. Esta es la justicia de Dios; ya la entendamos o no, ya la aceptemos o no, la justicia de Dios es así. Y conforme a esa justicia y esa rectitud, todas las galaxias lejanas, el universo y todo lo que hay dentro, fuera y debajo de él, prosigue su función sin errar jamás. Si tenemos el espíritu y el entendimiento del diablo, no podemos aceptarla; la entendemos, pero no podemos aceptarla. Cuando se nos aplican a nosotros mismos, todas estas prácticas son buenas, pero en cuanto se vuelven contra nosotros las tildamos de malas, las odiamos, nos volvemos como el diablo, maldecimos a Dios. (Evangelio-Apocalipsis 16:8 y 21)

La relación de estas leyes con nuestro tema es el delito, es decir, el pecado. Lo que era delito significaba al mismo tiempo pecado, porque las leyes las había dado Dios. Quebrantar aquellas leyes significaba directamente pecado. Como he dicho, había que pagar el precio de todo pecado. Este precio lo determinaban los sacerdotes en el marco de las reglas y leyes de Dios. De vez en cuando, por supuesto, también los sacerdotes y los levitas que los ayudaban no hacían esta labor de todo corazón. Aceptaron sobornos, oprimieron al pueblo, cometieron adulterio con las mujeres que servían de corazón en la obra de Dios, dictaron sentencias según los caprichos de la mayoría, tergiversaron las palabras de Dios, etcétera. El pueblo, por su parte, debía acudir a ellos y confesar su culpa. Porque no todo delito se cometía a la vista de todos, a cielo abierto. A veces solo quien cometía el delito sabía lo que había hecho. Y este debía ir a confesarlo y, pagando su precio, librarse de su pecado. Estos precios no siempre eran nada baratos, pero tampoco excedían sus posibilidades. Porque el sacerdote fijaba un precio según la capacidad de cada uno. Si era muy pobre pedía un poco de harina, o le exigía sacrificar dos tórtolas; a alguien rico y acomodado podía pedirle un toro. Y el valor de un toro, para aquella época, no era en absoluto poco. En los años sesenta, nuestros campesinos que solicitaban ir a trabajar a Alemania lo hacían con el propósito de comprar dos bueyes y volver de nuevo a su aldea. Luego, por supuesto, los bueyes fueron sustituidos por un tractor, una casa, después un Mercedes, y así muchos, como nosotros, sin poder regresar definitivamente a su patria, quedaron allá varados sin remedio. De hecho, también el infiel alemán ajustó cada una de sus leyes para que no pudieras regresar, te ató de pies y manos, para que no pudieras marcharte y ser feliz. Sí, ha leído bien, hablamos de una nación que no soporta que seas feliz, que te tiene envidia. En fin, dejemos esto, porque otra vez me estoy desviando del tema.

Nada puede estar oculto para Dios. Los israelitas lo habían aprendido. Y además viviéndolo en carne propia, oyéndolo; Dios les había mostrado con toda claridad sus milagros en toda clase de sucesos. Pero aquella generación se iba y la nueva generación que venía en su lugar echaba muy pronto a sus espaldas aquellos sucesos que habían oído de oídas o leído, y la grandeza de Dios. Daban mucha más importancia a sus caprichos, a sus egos, a sus iras, a sus ambiciones, a sus deseos, a las cosas que apetecían, en fin, a todo tipo de apetito carnal. Miren lo que escribe sobre aquellos tiempos, leámoslo:

Después de que todos los de aquella generación murieron y se reunieron con sus antepasados, se levantó otra generación que no conocía a JEHOVÁ ni lo que él había hecho por Israel. Los israelitas hicieron lo malo ante los ojos de JEHOVÁ, adoraron a los baales* (estatuas e ídolos de piedra hechos con sus manos). Abandonaron a JEHOVÁ, el Dios de sus antepasados, que los había sacado de Egipto. Se apegaron a los diversos dioses de las naciones que vivían a su alrededor y, adorándolos, provocaron la ira de JEHOVÁ. Porque abandonaron a JEHOVÁ y adoraron a Baal y a las astoret* (ídolo).

Entonces JEHOVÁ se airó contra Israel. Los entregó en manos de saqueadores que les quitaban todo; los hizo esclavos de los enemigos que los rodeaban y a quienes ya no podían hacer frente. Como JEHOVÁ estaba contra ellos, según lo había dicho y jurado, cada vez que salían a la guerra sufrían derrota. Estaban en gran aflicción. (Escrituras Sagradas-Jueces 2:10-15)

Después Dios se compadecía de ellos y los ayudaba. De vez en cuando, aunque surgían buenos jueces, reyes, sacerdotes y profetas que enderezaban al pueblo por el camino recto, tras la muerte de estos el pueblo volvía a extraviarse muy pronto. Y Dios retiraba de aquella nación su mano protectora y los dejaba en manos de sus enemigos. ¿Cuántas generaciones transcurrieron así? Créanme que no sé el número, pero no me equivoco mucho si digo que fue hasta que, unos 35 años después de haber matado a Jesús el Mesías, fueron aniquilados por los romanos, desterrados por todo el mundo, y ya no quedó un Estado llamado Israel. Nosotros, en realidad, como nación sabemos muy bien lo que esto significa, lo hemos vivido y lo habremos leído en nuestra historia. En realidad, el Israel que aparece en las Escrituras Sagradas no es más que un ejemplo para todas las naciones, los pueblos, los Estados, las tribus y hasta para toda la humanidad.

Estos sucesos les acontecieron a ellos para que sirvieran de ejemplo a otros; fueron puestos por escrito para advertirnos a nosotros, que hemos llegado al fin de las edades. (Evangelio-1 Corintios 10:11)

Miren, «no hay hombre que no cometa delito», dice Salomón con el espíritu de Dios. (Escrituras Sagradas-Eclesiastés 7:20) Puesto que todo hombre comete delito, es decir, pecado, debe haber también maneras de reducirlo al mínimo. Las hay, pero si creemos que las palabras de Dios son para nuestro provecho. Por la falta de esta fe y porque cometer delito es fácil y está extendido, las personas hallan con gran facilidad valor tanto para pecar ante Dios como para delinquir frente a las leyes. (Escrituras Sagradas-Eclesiastés 8:11) Para ellos, casi todo lo que da placer, lo que les es útil, satisfactorio, emocionante, o está prohibido o es pecado; como los niños que a toda comida sana y provechosa la llaman «insípida» y la apartan. Todo lo que es provechoso lo encuentran aburrido, sin gracia, difícil e innecesario.

Solo que hay algo mucho más importante que el delito, que el pecado, y a lo que Dios presta esmerada atención en nosotros. Porque Dios ya sabe que todos son pecadores, lo dice y ha hecho que también nosotros lo sepamos. Y para todo esto tomó medidas que harán que se perdonen los pecados de toda la humanidad. Bueno, entonces, ¿cuál es el problema? De todos modos somos culpables y seremos perdonados, así que ¿qué habría de malo en decir «hasta entonces, a divertirse y a pasarlo en grande»? Uno de los propósitos de mi escrito es justamente este.

Adán y Eva comieron de un fruto prohibido y el castigo fue la muerte; envejecieron y murieron. Nosotros morimos cometiendo decenas de miles de veces los delitos que ellos cometieron. Cometemos delitos de los más repugnantes, de los más horribles y de los que ni siquiera se pueden soportar ver ni oír. No importa, de todos modos, si Jesús el Mesías es sacrificio por el pecado por nosotros, ¿qué diferencia hay?

La diferencia está en esto: por más que amemos y deseemos los actos que llamamos delito o pecado, ya sean sanciones, ya sean incluso pensamientos, no solo los defendemos a muerte, sino que también blasfemamos contra el Dios que los odia. De forma indirecta o directa, abiertamente o negándolo, ignorándolo, juzgándolo con nuestra cabeza de araña. Y todo esto lo hacemos a sabiendas, no por ignorancia. A esto es a lo que Dios da mucha importancia y lo distingue. Miren lo que dice el Mesías sobre este asunto:

«Todo pecado y toda blasfemia de los hombres serán perdonados, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. A cualquiera que diga una palabra contra el Hijo del Hombre (Jesús), le será perdonado; pero al que la diga contra el Espíritu Santo (el Espíritu de la Santidad), no le será perdonado ni en este mundo ni en el venidero.» (Mateo 12:31-32)

El mejor ejemplo de quien posee este espíritu es el diablo. Aunque conocía a Dios, lo odió a él y a sus obras. Es evidente que se ha esforzado bastante por hacer que todos adquieran también este espíritu que hay en él. No pensemos que el sacrificio del Mesías sea incondicional. Quienes se arrepientan y se conviertan; quienes murieron sin haber tenido la oportunidad, arrepintiéndose y convirtiéndose en la resurrección, es decir, en la resurrección de los muertos, se beneficiarán de este sacrificio y se les perdonarán sus culpas. No quienes no quieran el perdón. En realidad la situación es muy grave. Aquí, mientras hablamos de una vida eterna y del paraíso, hablamos de una aniquilación eterna y de ir a la perdición. Como desde que nacemos vemos la muerte, las enfermedades, la injusticia, las maldades, la mentira y el engaño, los dolores, las desesperaciones, las lágrimas, creemos haber llegado a un estado como de resignación. O bien no vemos otra salida que echarlo todo a nuestras espaldas sin darle importancia, porque creemos que no podremos cambiarlo. De hecho, la trampa que se tiende con astucia es esta: rendirse, hacer que uno se rinda; aquí está la maña del diablo. Sí, no podemos cambiar el mundo entero, su sistema, la muerte, las enfermedades y cuantas calamidades más haya, pero ¿quién nos pide eso? Lo que el Creador nos pide es cambiarnos a nosotros mismos; es muy fácil y además posible, de lo contrario no lo pediría.

¿Qué es el delito? ¿Qué cosas se consideran delito? ¿Qué es el pecado? ¿Qué cosas son pecado y qué cosas son buenas obras?

Conocer las leyes de los Estados es algo casi imposible. Solo sobre el tráfico hay libros de leyes intransportables, tomo tras tomo. Lo curioso es que, así como decir «yo no lo sabía» no salva a la persona, también el fiscal y el juez que interpretan esa ley pueden pensar de manera distinta. Si te han pillado, quiere decir que tienes un problema. Pero este asunto del delito y del pecado tiene una fórmula muy sencilla. De nuevo el Mesías da esta respuesta a quien le hace una pregunta con la intención de ponerlo a prueba:

Uno de ellos, un experto en la Ley Santa, con la intención de poner a prueba a Jesús, le preguntó lo siguiente: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley Santa?»

Jesús le respondió: «»Amarás a JEHOVÁ tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.« Este es el primero y el más importante mandamiento. Y el segundo, semejante al primero, es este: »Amarás a tu prójimo como a ti mismo.« De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los profetas.»

(Evangelio-Mateo 23:36-40)

En realidad es así de sencillo; ¿hay en estas palabras algo difícil que no se entienda? Bueno, si quieren, que sea un poco más detallado. Esta vez viene un hombre sincero y le hace a Jesús la siguiente pregunta, y la respuesta que recibe es esta:

Un hombre se acercó a Jesús y le preguntó: «Maestro, ¿qué bien debo hacer para alcanzar la vida eterna?»

Jesús le dijo: «¿Por qué me preguntas sobre lo bueno? Uno solo es el bueno. Si quieres alcanzar la vida, cumple sus mandamientos.»

«¿Cuáles mandamientos?» preguntó el hombre.

Jesús le respondió: «»No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre« y »Amarás a tu prójimo como a ti mismo.«»

El joven dijo: «Todo esto lo he cumplido. ¿Qué me falta todavía?»

Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes y da el dinero a los pobres; así tendrás un tesoro en los cielos. Luego ven y sígueme.»

Cuando el joven oyó estas palabras, se alejó de allí entristecido. Porque tenía muchos bienes. (Evangelio-Mateo 19:16-22)

Me he reído mucho de la tristeza de este hombre. Otra vez, ¿hay algo que no se entienda en estas palabras? En resumen, lo que es el delito lo aprendemos desde que nacemos. Bien o mal, pero lo que es el delito, aunque muestre diferencias en cada sociedad, nos lo enseñan. Como he dicho, el delito de por sí no tiene tanto valor; lo que tiene valor son nuestras reacciones ante nuestros delitos y nuestro apego a ellos como el de un vicioso; el tema de mi escrito va por esta dirección.

Por ejemplo, ¿por qué la gente no confiesa su culpa? Recurre a toda clase de mentiras, entra por abajo y sale por arriba, arma cielo y tierra, llora y gimotea, monta un escándalo, pero no dice su culpa en tres palabras: «sí, delinquí». Es aquí donde en verdad empieza el problema. Por lo demás, si resbalas y caes y te rompes algo, eso se arregla, se cura; pero muy raras son las personas que, dejándose llevar por un espíritu como el de resbalar y caer al cometer el delito, confiesan. Aunque, en realidad, hasta quien resbala con esos tacones altos no dice «pisé mal, qué zapatos más absurdos, es culpa mía», sino que dice «han derramado algo resbaladizo en el suelo, qué clase de escalera es esta» o «era el camino». Lo entendemos, lo entendemos, pero de ningún modo podemos aceptarlo. Y lo más terrible es esto, el no poder aceptar. A quien no entiende se le explica, se le enseña; ¿pero qué se le hace a quien entiende y no acepta? ¿Qué se le dice a quien entiende que la suma de 2 más 2 es cuatro, pero no puede aceptarlo?

«Cuando el hombre comete un error, puede reconocer su equivocación a solas consigo mismo. Pero cuando otro pone al descubierto su error, no lo digiere», dice Carnegie en su libro.

Ahora bien, con las luchas por no confesar, e incluso por presentar como válidos y correctos los mismos delitos para cometerlos una y otra vez, ¿es feliz nuestro mundo? Todo está clarísimo a la vista, lo vemos y lo vivimos, y por eso decimos con toda certeza «no».

Vale, ante los sacerdotes y las leyes hay que pagar un precio, recibir un castigo; pero ¿en cuántas personas vemos la sinceridad de confesar su culpa dentro de nuestra familia, entre parientes, amigos, en las relaciones de nuestras convivencias? Yo, por desgracia, no la veo en nadie. Pero ¿por qué habría de confesar el hombre su culpa a la vista de todos y mostrar humildad? ¿Acaso no hay en ello un empequeñecerse y un quedar en ridículo? Y si encima has caído en boca de la gente, escoge tú los granos de arroz de entre las piedras. En realidad, no hace falta que confesemos así nuestros pecados a todo el mundo a cielo abierto. Pero al menos, mostrar una disculpa a la persona a quien hemos agraviado y, con toda la sinceridad que podamos, arrepentimiento, y tratar de reparar el daño, es nuestro deber humano. Hablamos de algo que todo ser humano está obligado a hacer. Ahora bien, quienes lean este escrito me arrojan un montón de tesis como «tonto, idiota, ¿sabes lo que pasa después?, a uno se le arruina la vida». Y, para colmo, es cierto. Pero miren lo que dice Jesús el Mesías a esos que se elevan a sí mismos en la mentira y el ocultamiento:

«Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido», en el versículo de Lucas 4:11. Aunque nuestro mundo, es decir, el diablo, trate de mostrar justo lo contrario y hasta lo consiga, no olvidemos que es solo por un tiempo muy breve. No en vano se dice de este mundo que «es un lugar de prueba».

Vi una película, la habían hecho un poco a modo de comedia. Un hombre se promete a sí mismo decir únicamente la verdad durante todo un día. Ya se imaginan lo que pasa, por supuesto. Lo echan del trabajo, su esposa lo deja, sus amigos más cercanos lo abandonan, lo echan de la casa, etcétera. Todo ocurre en un solo día, dicen. Esto, por supuesto, es una película, y es justamente lo que el diablo nos endilga como si fuera la realidad que nos imponen. Además, el hombre había hecho durante años tantos chanchullos y se había salido con la suya, que con la verdad de un solo día se descubre casi todo. En realidad, debería soportar lo que le viene encima. Si una persona se aferra a la verdad desde el principio, como todos lo van a conocer así, no diciendo la verdad un solo día sino toda la vida, su vida no sufrirá de golpe un gran cambio. A las personas rectas este mundo desde luego no les da premio; si hace falta, hasta las clava en la cruz; pero hablamos de la vida eterna, hablamos de un paraíso eterno, y en medio está Dios, y dijimos que quien hace su voluntad permanecerá eternamente, mientras que los demás serán aniquilados eternamente. Para alguien que haya aceptado esta verdad, que la haya asimilado hasta su interior, hasta su espíritu, hasta la sangre de sus venas, hasta el aire que respira, y que haya llenado con ella su espíritu y su mente, ¿qué es ser clavado en la cruz? No es más que un premio.

Sin haber llegado siquiera a la parte del paraíso futuro, ¿cuántos han probado la felicidad y la paz que se alcanzan viviendo en este mundo? Cuántas cosas hace el ser humano, pero no puede saber de antemano lo que sucederá después de haberlas hecho, en qué hundimiento del alma, e incluso en cuánto dolor que llega hasta el suicidio, se retorcerá. Matar a una persona puede aplacar nuestra ira momentánea, pero ¿después? ¿Sabemos qué pasará, qué volcanes estallarán dentro de nosotros? Lo sabemos después de haberlo hecho. En estos sucesos que vivimos mintiendo, haciendo toda clase de maldad, lanzando calumnias por nuestros egos y nuestros intereses, empequeñeciéndonos y envileciéndonos por codiciar unas monedas, al principio siempre sentimos angustia. En realidad el ser humano fue creado maravillosamente a semejanza de Dios. Nuestra mente nos incomoda. No podemos conciliar el sueño, no disfrutamos de nada y, sin ahogarnos en la angustia, buscamos maneras de librarnos de ella. Cuando ocurre esto, por lo general se llega siempre a una encrucijada. O bien confesamos todo lo que hemos hecho y lo corregiremos; o bien, dándonos vueltas y revueltas, retorciéndonos, engañándonos de un modo u otro, saldremos limpísimos de nuestra suciedad. ¡Ah! Ya podemos dormir tranquilos y que venga el día siguiente. Una vez que nos acostumbramos a esto, ya ninguna de nuestras fealdades ni de nuestras culpas nos resultará difícil, por más repugnante y sucio que sea lo que hacemos. Primero fuimos advertidos, llegamos a la encrucijada e hicimos nuestra elección; así de sencillo.

Dos personas llamadas Carol Tavris y Elliot Aronson, una pareja, escriben un libro. Ambos son psicólogos sociales y han enseñado en la universidad. El título de la portada en turco es «No es culpa mía», pero a mí me gustó más el título de la portada en alemán. Allí dice «Aunque esté equivocado, siempre tengo razón». El título original de la portada es «Mistakes were Made», es decir, en el sentido de «Se cometieron errores». Ha resultado un libro de investigación maravilloso y tiene mucha relación con este tema mío. En la contraportada del libro dice lo siguiente:

Se dice que «no hay hombre sin errores»; la vida de cada uno de nosotros está llena de diversos errores… En realidad conocemos esta verdad, pero confesarlo, aceptarlo no es tan fácil… ¿Y por qué?

Cuando las cosas van mal o fracasamos, ¿por qué eludimos asumir la responsabilidad? ¿Por qué los líderes, las personas famosas, no confiesan sus errores, no pueden confesarlos? ¿Por qué se alargan sin fin las discusiones entre las parejas casadas sobre quién tiene razón? ¿Por qué vemos la hipocresía en los demás pero no nos la atribuimos a nosotros mismos? ¿Somos todos mentirosos? ¿O acaso todos creemos de verdad las historias que nosotros mismos contamos? Estos autores nos explican cómo nos engañamos a nosotros mismos, cómo nos justificamos incluso en nuestros peores errores y cómo al final nos hacemos daño a nosotros mismos, y continúan:

Poder decir «me equivoqué, es culpa mía», sin tratar de echar la culpa a otro, sin ponerse a buscar excusas, según el caso no es solo una virtud, sino que es también la única manera de convertir el error en una experiencia educativa e instructiva…

La mayor parte del libro es maravillosa y ha sido sacada a la luz al final de un trabajo objetivo, de una investigación que realizaron durante años sobre nosotros, los seres humanos. Lo recomiendo encarecidamente a todos.

Estando en juego nuestra vida, y además nuestra vida eterna y nuestra verdadera felicidad, ¿por qué, como humanidad, apartamos todos estos valores con el revés de la mano y nos dejamos arrastrar por la incitación de alguien que es nuestro enemigo (el diablo)? ¿Cómo le damos la espalda a quien nos creó, y a Dios, que no nos creó en vano, sino que tiene un propósito? ¿Creyéndonos qué, confiando en qué de nosotros, dejamos de confiar en Dios, que nos da forma y nos crea, y actuamos solo según nuestra cabeza, según los sentimientos que nos vienen de las tripas? Nosotros, que cuando nos meten en el ataúd de cuatro asas quedamos en un estado que por el hedor no se nos puede uno acercar, ¿qué nos creemos que somos?

Aunque leamos todo esto y lo encontremos muy cierto, no lo consideramos realista, aplicable. Decimos: «¿Voy a cometer un delito y confesarlo abiertamente? ¿Voy a convertirme en el chicle de la boca de todos, en objeto de burla?»

Vas conduciendo el coche por una carretera libre y lisa como el aceite. Vas pisando y pisando el pedal del gas hasta el fondo. Es placentero, emocionante. El cuentakilómetros marca los 200, pero en esa carretera se va como mucho a 110. Enseguida te recompones y quitas el pie del acelerador, y se te encoge el ánimo. Hace poco a un amigo al que querías lo atropelló un coche y murió allí mismo. Dices: «Sí, se lanzó a cruzar sin cuidado, quizá fue culpa suya, pero si el conductor hubiera ido despacio no habría pasado». Una joven, en el lugar adonde había ido a hacer estudios superiores, sale de noche a pasear con sus amigos. Mientras cuatro amigos caminan uno junto al otro, del brazo —como entre nosotros aparcan los coches sobre las aceras, solo pueden pasar bajando a la calzada—, y el taxi que viene por detrás, con las prisas de ir a recoger un cliente al aeropuerto, los hace pedazos a los cuatro. De las carreteras se recogen brazos y piernas. Solo a una de ellas se la salva de tal modo que quedará lisiada de por vida. Todo esto te viene a la mente y todo esto lo viste con tus propios ojos, lo viviste; no es una noticia de periódico ni de la tele. Sientes una gran angustia. Vas directamente al primer policía de tráfico que se te cruza y le cuentas a qué velocidad tan alta conducías y le dices que eres culpable. El policía te mira de arriba abajo, calcula lo de ir a 200 en lugar de a 110 y te pone una multa de 500 liras. Y añade: «Ojalá todos fueran como usted». Te acaricia el sentimiento, sientes un alivio, aunque te duele bastante lo de las 500 liras, pero te reprendes a ti mismo diciendo: «era culpa mía, bien hecho». Luego te pones de nuevo en camino y, sea lo que sea, conduces el coche con aún más cuidado. Mientras te pasas al carril izquierdo para adelantar a un camión, el que viene por detrás enciende y apaga las luces largas, y enseguida te apartas. Piensas que a lo mejor lleva a un enfermo o algo así. Luego otro pasa junto a ti a toda velocidad, zumbando. Se ve el interior del coche. ¡La mujer que va sentada al lado del conductor se mira el pelo y se retoca el maquillaje! Si tú ahora vas a 105, ese en esa carretera de 110 va garantizado a 180. Te enfadas y tocas el claxon, pero ni las cornejas lo oyen. ¿Sabes cuántas personas, en ese trayecto de 100 km que hiciste hasta casa después de tu confesión, condujeron sintiéndose culpables y confesándoselo al policía como hiciste tú? Ni siquiera pudiste contarlas. A lo sumo en una hora tras tu confesión al policía, ya estás cuestionando si lo que hiciste fue correcto o no. Empiezas a verte a ti mismo como un pardillo. Dices: «¿Voy a cambiar yo el mundo? Se fueron las 500 liras». Y como tampoco puedes contárselo a nadie, pues te atarían una lata al trasero, subes las escaleras de casa. Y eso que con esas 500 cuántas cosas habrías hecho. Habrías salido a comer con tu esposa, y además muchas veces. Habrías encargado por teléfono los platos más deliciosos hasta la puerta, habrías reído y disfrutado con la familia. Con estos y otros altibajos parecidos dentro de ti, sin poder siquiera dormir tranquilo, te preparas para el trabajo del día siguiente.

Este era el ejemplo más sencillo. Lo hace todo el mundo; hasta los jueces que ven los casos de multas de tráfico confiesan abiertamente que ellos tampoco conducen de forma perfecta y sin cometer delitos. ¿Han dicho: «Vaya, hermano, entonces somos unos completos pardillos»? Y eso que al principio hicieron una confesión con pensamientos muy hermosos y acertados y con arrepentimiento. Bueno, entonces, ¿por qué cambiaron de idea tan rápido después? ¿Dicen que fueron los demás conductores los que provocaron que yo pensara así? Sí, es cierto. Al mirarlos a ellos, se influyeron, y su rectitud, su conciencia, se convirtió de golpe en necedad. Si a cada uno de esos coches que pasaban junto a usted a excesiva velocidad la policía lo hubiera detenido y multado, ¿pensaría entonces también así? ¿Dice «no»? Entonces, ¿de qué, de dónde procede el problema? ¿Nos influye nuestro entorno? Y de qué manera.

Miren lo que dice Salomón en el libro de Eclesiastés:

Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres halla por ello valor para hacer el mal. (Eclesiastés 8:11) Si estas palabras están dichas con toda propiedad también para nosotros, ay de nosotros.

Una mujer le promete a su marido que bajará sus kilos de más, le jura a Dios y pone como testigos a todos los océanos/mares. Y hacen un pacto: si no lo consigue, su marido podrá separarse de ella y poner fin a sus 30 años de matrimonio. En 6 semanas debe perder 6-7 kilos. En realidad no es algo tan difícil ni imposible. Tampoco tiene problema de salud alguno. El hombre lo cree, en realidad quiere creerlo. Adivinen qué pasa 2 meses después. La mujer se echa encima aún más de los 6-7 kilos que debía perder. Bien, dejando aparte que esa mujer no le da valor alguno a su matrimonio ni a su marido, en medio está Dios, está su juramento, está la palabra que dio. Si dice «maldito sea ese marido», lo entendería, pero los otros nunca se entienden. Porque esa persona no solo pisotea todos los valores, sino que se cuenta a sí misma como una nada y se destruye. ¿Acaso esa persona, después de eso, diciendo «ya que el barco se hunde, que se hunda de lado», no lo hará todo, no venderá todos los valores? Cuantos más delitos cometamos y hagamos la vista gorda, más alimentamos el delito. Y lo que se alimenta crece, se desarrolla, se fortalece y se nos presenta como un gigante. Ya no podemos hacerle frente de ninguna manera. Nuestra creencia de tener siempre el control se convierte en una mentira. Este era el juramento y la palabra incumplida de una mujer. Ahora bien, ¿cuántas personas hay en nuestro mundo que juran y prometen que ya no jugarán, que no beberán, que no cometerán adulterio, que no mentirán, que no robarán, que no consumirán drogas, que no traicionarán? Decir «todos» sería lo más fácil y realista, pero vamos a no ser tan pesimistas.

¿Por qué el ser humano no confiesa su culpa? La respuesta por lo general es muy sencilla; sea cual sea el delito que confesaría, no quiere dejarlo, y por eso no lo confiesa. Porque tendría que hacerlo cada día, y si además tiene que pagar un precio, llegará un día en que no podrá pagarlo y ya no tendrá sentido. En el antiguo Israel, quien violaba, a sabiendas o sin saberlo, uno de los mandamientos de Dios, una de todas aquellas leyes, había de confesar su culpa.

—Si alguien peca por haber oído la fórmula del juramento como testigo, y no da noticia de lo que vio y sabe, comete pecado y sufrirá el castigo de su culpa.

—Si alguien, sin saberlo, toca cualquier cosa que se considera inmunda, el cadáver de un animal salvaje, doméstico o pequeño, queda contaminado y es considerado culpable.

—Si alguien, sin saberlo, toca a una persona considerada inmunda o cualquier cosa procedente de una persona que lo contamine, en el momento en que comprende lo que ha hecho será considerado culpable.

—Si alguien, en cualquier asunto que sea, jura sin pensar y sin saber lo que hace, para hacer el mal o el bien, en el momento en que lo comprende será considerado culpable.

—Cuando la persona cometa uno de estos pecados, debe confesar su pecado. Como precio de su pecado debe traer a JEHOVÁ una ofrenda por la culpa*. Esta ofrenda debe ser del ganado menor. Puede ser una cordera o una cabra. El sacerdote hará expiación por el pecado de la persona.

—Si no tiene con qué comprar una cordera, en compensación por su culpa debe ofrecer a JEHOVÁ dos tórtolas o dos palomas, una como ofrenda por el pecado* y la otra como holocausto*. Debe traerlas al sacerdote… El sacerdote hará expiación por el pecado de la persona y la persona será perdonada. (Escrituras Sagradas-Levítico 5:1-6)

En realidad, qué misericordioso es Dios; perdona casi todo y muestra caminos de perdón. Pero las personas no quieren ni ser perdonadas ni apartarse de sus culpas; el problema está aquí. Como he dicho, cometer delito en cierto modo no es tan grave; lo terrible es que nos aferremos a nuestros delitos, que en lugar de dejarlos queramos desarrollarlos aún más. Los Estados, esos países que como monstruos chupan la sangre de la humanidad, las naciones, las sociedades, las familias y nosotros como mundo, no hemos vencido este problema, ni quisimos vencerlo, ni queremos vencerlo.

El que encubre sus faltas no prosperará; mas el que las confiesa y las abandona alcanzará misericordia. (Proverbios de Salomón 28:13)

¿Encuentran ustedes equivocadas estas palabras? Por ejemplo, en lugar de «el que encubre sus faltas no prosperará», ¿dicen «al contrario, precisamente esos son los que prosperan»? Todo el mundo es culpable, la humanidad es culpable, sí; miren a todo ese mundo y digan «nosotros, la humanidad, hemos prosperado». ¿Pueden decirlo? Y como somos culpables y no las abandonamos, tampoco alcanzamos misericordia de Dios. Luego, en las guerras y las matanzas que vemos, mirando a los niños con los brazos y las piernas arrancados, revolcándose en su sangre entre el polvo, ¿decimos con gran soberbia «no hay Dios, si lo hubiera no permitiría cosas así»? Pues así es como ocurre. Y al decirlo ni siquiera nos avergonzamos. En lugar de decir «Dios nos dio nuestro merecido y hallamos lo que nos correspondía», nos resulta más fácil negarlo a Él. ¡Venga, ya podemos dormir a pierna suelta, no es culpa nuestra! Estas cabezas gobiernan el mundo, sobre nosotros domina este espíritu, y lo hemos alimentado y engordado tanto que se ha vuelto un gigante terrible, y ya de ninguna manera podemos dominarlo. Si supiéramos que ese gigante en realidad es una pompa de jabón, si supiéramos que solo está en nuestra mente, y de allí, con asco, lo sacáramos y lo tiráramos, hablamos de algo que aquí desaparecería en un instante. Pero no lo hacemos. Aunque lo hagamos nosotros, los otros no lo hacen. Si lo hacen los otros, los demás no lo hacen, y, como en el delito de tráfico, nos dejamos llevar por el espíritu de «¿voy a arreglar yo este mundo?». No logramos tener la lógica y el espíritu de: «Hombre, mujer, deja el mundo, arréglate a ti mismo, porque el que va a la perdición vas a ser tú».

Mentimos y negamos hasta en las cosas más pequeñas. En casa, cuando yo decía «¿qué es esto?», llegaban las voces de mi esposa y de mi hijo diciendo «yo no fui», sin siquiera saber ni ver por qué lo había dicho. Y yo decía: «Así que en nuestra casa también vive alguien invisible». Esa debilidad suya, ese temor tan grande a la responsabilidad, ese tener en tan poco la confianza familiar viviendo bajo un mismo techo, por supuesto no me resultaba nada agradable. Y eso que no había nada de por medio. Tampoco es que yo fuera alguien que castiga a diestra y siniestra. Mi hijo decía que ese mismo espíritu había también en la escuela. Cuando el maestro regañaba por algo, sin siquiera decir qué era, se alzaban en la clase las voces de «yo no fui». Casi todos los delitos van en aumento porque hacen un efecto dominó. Como conté en el ejemplo del tráfico, otros lo hacen o no lo hacen, sea lo que sea, y enseguida nosotros también vamos detrás de ellos.

El maestro le pregunta a Ali: «¿Quién derribó las murallas de Jericó?». «Maestro, yo no fui», dice, y mientras el maestro le mira la cara desconcertado, suena el timbre. El maestro le cuenta este asunto al director de la escuela. El director dice: «Si él dice que no fue, es verdad. Yo conozco a esa familia, son muy honrados», y el maestro se asombra aún más y, escribiendo la situación, envía una carta al Ministerio de Educación. La respuesta que llega del Ministerio de Educación es exactamente esta: «Reparen de inmediato ese muro y no vuelvan a molestarnos con cosas así. De por sí es una escuela muy costosa; de lo contrario, la cerramos». ¡Vaya! De uno a otro. Quizá ustedes tampoco sepan quién derribó las murallas de Jericó. Los que tengan curiosidad pueden leer el capítulo 6 del libro de Josué en las Escrituras Sagradas.

Hagan lo que hagan, las personas no quieren asumir ninguna responsabilidad ni pagar su precio, pero siguen haciéndolo. Esto significa: «Todos los demás, sea cual sea ese precio, sea cual sea ese dolor, sea cual sea esa angustia, sea cual sea esa vida, sea cual sea ese hogar, que se arruinen y se pierdan, pero yo no soy responsable». ¿No es maravilloso? Supongo que han comprendido cuál es el espíritu que poseemos y que quiero explicar. «Confesará su culpa», dice Dios.

—¿Qué culpa, señor?

—¿Qué delito?

—¿Quién lo ha hecho?

—¿Cuándo lo ha hecho, señor?

—¿A quién se lo ha hecho?

—¿Tiene usted pruebas, señor?

Como a nadie le incomoda cometer delito, ¿cómo va a hacer una confesión? Cuando la persona comete un delito debe sentir incomodidad, tanto que la sienta hasta que lo confiese. Esto los policías, los fiscales, la ley, con amenazas, poniendo a la persona entre la espada y la pared, pueden hacérselo hacer. Hay un montón de cosas que ante las leyes no se consideran delito pero son pecado. Además, hay cientos de miles de engaños que ante las leyes se consideran delito pero que no se pueden probar. Hay delitos de los Estados y nadie tiene poder para nada. Vayan a Estados Unidos y díganle «tú eres culpable». Díganle: «Tienes tanta sangre en las manos y aún no te sacias, eres como un monstruo que come y luego pisa y despedaza con sus patas lo que sobra». (Escrituras Sagradas-Daniel 7:7) ¿Quién escucha, señor? Ni a su pueblo ni a sus gobernantes les importa. Es una minoría muy pequeña, y a esos, de todos modos, no les dejan hacer oír su voz.

En la historia de las Escrituras Sagradas se habla de un solo país, llamado Nínive. En este suceso ocurrido al profeta Jonás,,

El pueblo de Nínive cree en Dios, declaran ayuno y desde el mayor hasta el menor se cubren de cilicio. Y esta noticia llegó al rey de Nínive; se levantó de su trono, se quitó el manto, se cubrió de cilicio y se sentó sobre la ceniza. Por decreto de los grandes hombres del rey se proclamó y pregonó en Nínive: «Que ni el hombre ni el animal, ni el ganado mayor ni el menor, prueben nada, ni pasten ni beban agua; que tanto el hombre como el animal se cubran de cilicio e invoquen a Dios con fuerza; que cada uno se aparte de su mal camino y de la violencia que hay en sus manos. ¿Quién sabe? Quizá Dios se vuelva y se arrepienta, y desista de su ardiente ira, y no seamos aniquilados». (Escrituras Sagradas-Jonás, capítulo 3)

De entre las palabras de Dios, que junto con las Escrituras Sagradas y el Corán abarcan una historia de 4600 años, leemos solo de esta nación como único país que se arrepintió en su totalidad. ¿Qué dijo Jonás para que ellos se convirtieran así? Con el mandato que recibió de Dios, Jonás no habló de forma muy larga ni extensa.

«¡Faltan aún 40 días, y Nínive será destruida!»

Diciendo únicamente estas palabras, Jonás caminó por Nínive, que de un extremo al otro tenía la longitud de tres días de camino. Ya hemos leído su reacción. Y Dios los perdonó. ¿Qué país del mundo creen ustedes que en nuestros tiempos mostraría en su totalidad esta reacción? ¿Qué nación? ¿Qué tribu? ¿Qué grupo? ¿Qué comunidad de parientes? ¿Qué familia, o quién? Lo pregunto con toda sinceridad: ¿a quién conocen en su entorno? Piénsenlo así, a fondo. Yo, por mi parte, responderé desde mi estrecho entorno: no conozco a nadie.

En el libro de Osho se lee lo siguiente:

Al relacionarnos con las personas, no olvidemos que no estamos frente a criaturas racionales. Estamos tratando de comunicarnos con criaturas que actúan por sentimientos, que tienen prejuicios, que se aferran a su honor y a su orgullo.

Vayan ustedes a estas personas y díganles «sois culpables, ¿por qué no lo confesáis y lo abandonáis?». Dale Carnegie, por su parte, dice en su libro estas palabras:

La crítica es una chispa muy peligrosa. Y esa chispa es de tal naturaleza que hace estallar el orgullo humano, que no se diferencia en nada de un barril de pólvora. (El arte de ganar amigos e influir sobre las personas-Dale Carnegie)

Sabemos, hemos leído, hemos oído lo que hicieron a los profetas. Los clavaron, los serraron, los enterraron vivos, los hicieron despedazar por animales, los empalaron, los quemaron vivos… ¿Hace falta seguir enumerando? (Evangelio-Mateo 27:33-51; Hebreos 11:35-40)

Dale Carnegie continúa escribiendo así:

Si eres de esas personas que constantemente ponen al descubierto los errores de los demás, lee cada mañana las siguientes líneas. (Este pasaje lo hemos tomado de la obra «La formación de las ideas» del profesor James Harvey Robinson.)

«De vez en cuando vemos que cambiamos nuestras opiniones sin resistencia ni sobresalto. Sin embargo, si se nos dice que estamos equivocados, nos resistimos y defendemos nuestras opiniones hasta el final. Es evidente que lo que nos importa no son en realidad esas ideas, sino nuestro orgullo amenazado. En las conversaciones entre personas, la palabra »yo« ocupa bastante lugar. Darle a esta palabra el valor que merece es lo más sensato. »Mi« comida, »mi« perro, »mi« casa, »mi« padre, »mi« país tienen el mismo efecto. Nos enfadamos cuando nos topamos con alguien que objeta que nuestro reloj va mal, o nuestros conocimientos sobre los canales de Marte, o que pronunciamos o escribimos mal una palabra, o que decimos mal una fecha. Porque queremos que algo que creemos verdadero permanezca tal como lo sabemos. Ni nos incomodamos por ello ni nos disculpamos por ello. Al final, luchamos por no cambiar lo que sabemos. (El arte de ganar amigos e influir sobre las personas, pág. 37-Dale Carnegie)

En una conversación con una joven alemana de 20 años, ella decía: «pase lo que pase, jamás confieso el delito que he cometido». Cuando le pregunté: «¿Pero tampoco lo confesarías si tu delito estuviera clarísimo a la vista y fueras camino de la silla eléctrica?», fue muy sincera al decir: «ni siquiera en el último segundo, jamás lo confesaría». Yo creo que esta educación no la recibía solo ella. Le habían hecho creerlo de tal modo que le grabaron en el corazón a esta muchacha la lógica de que, si confiesas tu delito, de todos modos perderás, pero si lo niegas tienes, aunque sea de uno por ciento, una posibilidad de salvarte. Su relación con Dios, la muerte, la resurrección, el día del juicio y cosas así les parecían, de todas formas, un cuento. Solo que, si se combate contra los musulmanes, si a estos se los masacra, en el odio y la aversión, entonces todos se vuelven cristianos en unidad. Las personas usan hasta sus creencias en el camino del odio y de la guerra, aunque ellos mismos, sinceramente, no crean en absoluto.

—Lo más importante es que necesitamos una conciencia que funcione sanamente.

¿Qué significa conciencia? Sencillamente, nuestra capacidad de distinguir el bien del mal. Los conceptos de bien y mal mostrarán también muchísimas diferencias según las leyes, las culturas, las creencias, las regiones. En realidad, somos un linaje humano creado de un solo Dios y descendiente de un solo hombre. Cuando debería haber una sola religión, el diablo la ha convertido en una maraña. Por eso:

—Necesitamos una muy buena educación.

Y esta educación solo podemos hallarla en las palabras del Dios único. Y esas palabras son las Escrituras Sagradas (la Torá, los Salmos y el Evangelio juntos) y el Sagrado Corán. Debemos educarnos constantemente con esas palabras, aprenderlas, para que en un suceso nos vengan enseguida a la mente y estén también escritas en nuestros corazones. Y saber todo esto tampoco sirve.

—Debemos tener una fe firme en esas palabras que sabemos, que hemos aprendido.

Y creer firmemente tampoco es suficiente. Santiago dice en sus palabras:

Tú crees que Dios es uno; bien haces; también los demonios creen, y tiemblan. (Evangelio-Santiago 2:19) dice.

También debemos, sin duda alguna y con amor, obedecer y aplicar lo que creemos. De lo contrario será una fe completamente vacía, no beneficiará a nadie ni servirá para nada.

La educación, la fe y las obras tampoco son suficientes; el amor de Dios constituye el fundamento de todo esto. Si no tenemos amor, aunque estemos haciendo buenas obras, con toda certeza llegará un día en que caeremos. Y para amar a Dios necesitamos conocerlo. Por medio de los libros que he mencionado y de oraciones que salgan del corazón nos será posible conocer a Dios y amarlo. En tiempos de Abraham, a quien Dios llamó para sí «mi amigo», no había ningún libro ni escrito. Pero él, a tientas, es decir, usando su mente y su corazón, se convenció de que hay un Dios. (Corán-Al-Anam 74-79; Al-Anbiya 51-70; Maryam 42-58; At-Tawba 114; Al-Mumtahana 4 -Por favor, lean estos versículos abriéndolos en su lugar)

Confesar la culpa da a la persona, ante todo, una gran paz y alivio. Alcanzas la ligereza de librarte de una pesada carga. Ya terminan aquellas discordancias que había en tu mente. Tu alma, como una calma chicha tras olas de terrible tempestad, se asemeja a un mar liso como una sábana, que infunde sosiego. Tú haces esta confesión, antes que nada, para que no se estropee tu relación con Dios. Porque ante Él nada está oculto. No hay nada que no sepa, que no vea. Como tú ya posees esta conciencia y este conocimiento, no ocultas tu culpa. ¿De quién la vas a ocultar? ¿De los seres humanos? ¿Vas a tener miedo de quedar en ridículo ante ellos, o ante Dios? Además, al confesar y reparar aquel delito, nos costará cometer una y otra vez los mismos delitos, porque nos vendrán a la mente nuestra confesión a Dios y nuestro arrepentimiento. Es como orar. Orar edifica a la persona, ¿por qué? En la oración hablamos a nuestro Creador de deseos, de gratitud, de las cosas que nos oprimen, pero cuidamos de que todo esto sea conforme a su voluntad. Debemos conocer a Dios lo suficiente como para saber que oraciones como «hazme salir premiado en la lotería, para que pueda comprarme un vestido de novia más vistoso que el que llevó Zehra en su boda y que vea lo que es bueno» no se ajustan a su voluntad. Los rezos en árabe que decimos sin entender nada, como loros, sin cesar, durante toda una vida, no nos edifican; solo sentimos en la mente un falso alivio, la adormecemos y nos engañamos a nosotros mismos. ¿Es esta mi opinión?

«Cuando oren, no sean como los hipócritas. A ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para que todos los vean. En verdad les digo que ya han recibido su recompensa. Pero tú, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Y al orar, no repitan palabras vacías como los paganos. Ellos creen que por su palabrería serán oídos. ¡No sean como ellos! Porque su Padre sabe de qué cosas tienen necesidad antes de que ustedes se lo pidan. (Evangelio-Mateo 6:5-8)

Solo que Dios dice: «con quien hayan delinquido, a quien hayan agraviado y puesto en aprietos, reconcíliense sin falta primero con esa persona y reparen la situación».

Por tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda. (Mateo 5:23)

Creo que casi el 99 por ciento, por poner una cifra, de los delitos que se cometen no son por necesidad. Y esto no lo digo solo yo. Nuestras mentiras, nuestras envidias, las cosas que codiciamos, nuestra soberbia, nuestros egos, nuestras ambiciones, nuestra ira y cuanto más haya de esta clase, ninguno de ellos es una necesidad nuestra. Deseamos todo esto, pero no es una necesidad nuestra. Miren lo que dice un famosísimo profesor indio de filosofía:

Mata los deseos, y verás que de ellos no sale sangre alguna, porque no tienen alma. Pero cuando matas una necesidad, habrá matanza. Cuando matas una necesidad, morirá también una parte de ti. Cuando matas un deseo, tú no morirás. Al contrario, serás más libre. Al abandonar los deseos surgirá más libertad. Cuando te conviertes en un ser humano de necesidades sin ningún deseo, quiere decir que ya estás en camino, y el paraíso no está muy lejos. (Bhagwan)

En toda religión existe el ayuno, en especial en el mundo islámico. ¿Por qué? ¿Por qué querría Dios que permaneciéramos hambrientos, sedientos o alejados de ciertos deseos? ¿Acaso al comer y beber, comemos y bebemos para Él? En el espíritu del ayuno está el tomar conciencia de qué pocas cosas necesita el ser humano y qué muchos deseos tiene. Es decirle «No» al apetito carnal. Es tomar sus riendas en las manos. Y, además, el ayuno es refrenar las necesidades del cuerpo y enriquecer el alma. Porque estos son opuestos entre sí.

Porque los que son según la carne piensan en las cosas de la carne; mas los que son según el Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el pensamiento de la carne es muerte, pero el pensamiento del Espíritu es vida y paz; porque el pensamiento de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley/las leyes de Dios, ni tampoco puede; y los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Mas ustedes, si el Espíritu de Dios mora en ustedes, no están en la carne sino en el Espíritu… (Evangelio-Romanos 8:5-9)

Todas las escrituras sagradas escritas por inspiración de Dios nos dan este mensaje. El diablo, por su parte, ha construido un mundo que siempre pondrá en movimiento nuestros deseos carnales, que nos abrirá el apetito. Todos los anuncios, nuestro entorno, las cosas que queremos poseer y cuanto más haya, fíjense, siempre están orientados a nuestros deseos, no a nuestras necesidades. Y los delitos que cometemos también proceden de estos. Si un ladrón hambriento roba para saciar su estómago, nadie lo desprecia, dice el profeta Salomón. (Proverbios de Salomón 6:30) De cuantos ladrones, canallas, explotadores, traidores o terroristas asesinos hay, ¿cuántos lo son por necesidad?

Nasreddin Hoca conducía el coche y yo iba sentado a su lado. En cuanto entramos en el barrio —era un día de verano muy caluroso— cerró de inmediato todas las ventanillas del coche. «¿Qué haces?», dije.

«¿Qué quieres decir? ¿Voy a permitir que todo el barrio se entere de que no tengo un coche con aire acondicionado?», dijo.

Los dos sudábamos, aquello era como un horno, pero ¿cómo consientes que tus vecinos se enteren de que no tienes un coche con aire acondicionado? Esto es una necesidad de la mente. El cuerpo dice: «¡Renuncia a eso! ¿Estás loco?». El cuerpo suda, dice «No». Escucha al cuerpo; no escuches a la mente. Las necesidades de la mente las crean otras personas de tu entorno; ellas son insensatas, tontas, necias. (Bhagwan)

Cuando leí por primera vez las Escrituras Sagradas, este versículo me llamó mucho la atención. Allí el apóstol Pablo decía lo siguiente:

La conformidad y la piedad (apego a Dios-apartarse del pecado) son una gran ganancia. Porque nada trajimos a este mundo, ni podemos sacar nada de él. Pero teniendo alimento y con qué cubrirnos, nos contentaremos con ello. Mas los que quieren enriquecerse caen en tentación y en lazo, y en muchos deseos insensatos y dañinos que hunden a los hombres en la destrucción y en la perdición. Porque raíz de toda clase de males es el amor al dinero; y algunos, deseándolo, se extraviaron de la fe y se atormentaron con muchos padecimientos. (Evangelio-1 Timoteo 6:6-10)

Sean realistas y piensen: si se tuviera un espíritu que se contentara con lo que hay de comer y con qué cubrirse, en realidad qué rico es todo nuestro mundo. Alimenta y hace felices a cientos de miles de millones. Bueno, entonces, ¿por qué desde que el ser humano fue creado sigue derramando sangre en el mundo y devorándose mutuamente? ¿Haciéndose vomitar sangre y torturándose los unos a los otros? Porque no hay amor. No confundamos las apariencias con el amor; hablo del amor verdadero. Bueno, ¿y eso qué significa?

Si hablase las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tuviera amor, no me diferenciaría del bronce que resuena o del címbalo que retiñe. Si tuviera el don de profecía, conociera todos los misterios, poseyera todo conocimiento, y tuviera una fe tan grande como para mover montañas de su lugar, pero no tuviera amor, no soy nada. Si repartiera como limosna todo lo que tengo, y entregara mi cuerpo para ser quemado, pero no tuviera amor, de nada me sirve. El amor es paciente, el amor es bondadoso. El amor no tiene envidia, no se jacta, no se envanece. El amor no se comporta con rudeza, no busca su propio interés, no se irrita fácilmente, no lleva la cuenta del mal. El amor no se alegra de la injusticia, sino que se alegra con la verdad. El amor todo lo soporta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta.

El amor jamás se acaba. Pero las profecías cesarán, las lenguas terminarán, el conocimiento cesará. Porque nuestro conocimiento y nuestra profecía son limitados. Mas cuando venga lo perfecto, lo limitado desaparecerá. Cuando era niño, hablaba como niño, entendía como niño, pensaba como niño. Al hacerme adulto, dejé los comportamientos de niño. Ahora vemos todo como una imagen borrosa en un espejo, pero entonces veremos cara a cara. Ahora mi conocimiento es limitado, pero entonces conoceré plenamente, así como fui conocido. Así que estas tres cosas permanecen: la fe, la esperanza y el amor. Y la mayor de ellas es el amor. (Evangelio-1 Corintios 13)

El amor es el problema fundamental de todo el mundo humano. No nos amamos los unos a los otros, no nos amamos a nosotros mismos, no amamos a los animales, a la naturaleza, no amamos la vida, no amamos a Dios, y por eso cometemos delitos constantemente. En la cristiandad el tema que más se predica es el amor, porque este no existe en ellos, o existe terriblemente poco. Fíjense, aquello que más se predica en cada religión es la carencia de esa comunidad de fe. Hablando de amor, se me ha venido a la mente que alguien decía en algún lugar lo siguiente:

Decimos que amamos a los animales, los matamos y los comemos; decimos que amamos los árboles, las flores, y los talamos, los arrancamos; si decimos que amamos mucho al pez, al pato, al cordero, ya han entendido lo que eso significa. Decimos que amamos a las personas y guerreamos constantemente. Me muero de miedo de que alguien vaya a decir que me ama.

Y si acaso amamos, amamos así. Nuestro fruto es aniquilar, despedazar, romper los lazos de la vida. ¡Y luego hablamos de confesar la culpa y abandonarla! Sé que he elegido un tema imposible; aun así lo he escrito porque lo encuentro muy necesario.

Luego me dijo: «No selles las palabras proféticas de este libro, porque el tiempo esperado está cerca. El que hace el mal, que siga haciendo el mal. El que está sucio, que siga en sus obras sucias. El que es justo, que siga haciendo lo justo. El que es santo, que siga siendo santo.»

«¡He aquí que vengo pronto! Las recompensas que daré están conmigo. A cada uno le daré según su obra. Yo soy el Alfa* y la Omega*, el primero y el último, el principio y el fin.

«¡Dichosos los que lavan sus mantos, y así, ganando el derecho a comer del árbol de la vida, entran en la ciudad pasando por las puertas! Los perros, los hechiceros, los que practican la fornicación, los homicidas, los idólatras y todos los que aman la mentira y hacen el engaño quedarán fuera. (Evangelio-Apocalipsis 22:10-14)

¡Odiamos las verdades!

verdad:

Significado 1: Lo que existe como una situación, un objeto o una cualidad, cuya existencia no puede negarse, lo que está en estado de hecho, lo genuino.

Significado 2: Lo que posee cualidades conformes a su original, auténtico.

Significado 3: Fundamental, principal, esencial.

mentira:

Significado 1: Palabra dicha a sabiendas y en contra de la verdad con el propósito de engañar, embuste.

Significado 2: Lo que no es real, infundado, inventado. (Diccionario de la Lengua Turca)

De estas dos palabras que son opuestas entre sí, ¿el significado de cuál amamos más? ¿Amamos las verdades, las decimos y vivimos con ellas? ¿O amamos las mentiras, nos identificamos con ellas y llenamos nuestra vida con ellas?

Las razones por las que las personas recurren a la mentira: obtener beneficio, librarse de una crítica o de un castigo, por vergüenza, por cortesía, por sentir inseguridad, por miedo, para vengarse, para halagar su propio odio, para escapar de la responsabilidad, para bromear e incluso se miente por amor. Estoy seguro de que, a grandes rasgos, podrían enumerarse muchas más razones.

En realidad no hay ser humano que no mienta; es algo terrible, pero esa es la verdad. Todos, sea cual sea la dosis, hacen esto. De acuerdo, las excusas de la mentira son muchas y a veces incluso comprensibles, pero ¿y la verdad? ¿Acaso las verdades también son recibidas, como las mentiras, con simpatía, comprensión e incluso a veces con indulgencia? La mayoría de las veces no; es más, elogiamos a esas personas diciendo «qué hábilmente miente» y, de nuevo, también decimos «qué bien expresa las verdades». Así que a nosotros nos agradan tanto la mentira como las verdades, pero esto varía según la persona, las situaciones, los lugares y los individuos.

Si esto es así, ¿decimos «bah, no es algo tan malo»? Entonces será oportuno plantear la siguiente pregunta: en proporción porcentual, ¿cuánta verdad y cuánta mentira se dice? Mi respuesta personal y directa a estas preguntas es que, mientras se dice un 99,9 % de mentira, hay un 0,01 % de verdad. La mentira está en todas partes. El periódico, la revista, las noticias, la televisión, las películas, las personas, nuestro entorno, nosotros y todo lo que quieras enumerar. Es decir, no hace falta ir a buscar dónde está la mentira, porque está en todas partes en tal abundancia que ha llenado el mundo.

Pues bien, planteemos la pregunta cambiándola un poco: «¿Cuánto amamos las verdades?» Pero hablo de verdades puras, absolutamente limpias. Y bien, ¿cuánto amamos la mentira? A estas también dejemos que sea mi respuesta: mientras que amamos las verdades un 0,01 %, es decir, casi nada, nos encanta la mentira. Que nadie piense que todos mienten a propósito. Los que se esfuerzan por esas cosas verdaderas o por las verdades, no conocen la verdad como para decir lo correcto. Todo en nosotros está amasado con mentiras y ya nosotros hemos llegado a ser un todo con ellas. El número de quienes se aferran a la mentira como si fuera verdad y marchan hacia la muerte no puede calcularse, tanto en la historia como en nuestros tiempos.

De palabra se dice «a nadie le gusta que le mientan», ¿verdad? Pues esa es la mayor de las patrañas. Si te atreves, di tú lo correcto, la verdad, ¡dila y verás!

Así pues, ¿será que nosotros, como humanidad, amamos la mentira y nos mantenemos lejos de las verdades porque hemos visto muchísimos beneficios en la mentira? La respuesta está a la vista con toda claridad; decidan cuánto provecho hemos sacado mirando nuestro mundo. Tampoco hay otro mundo, hay uno solo. Y luego, vuelvan a leer, ¡pensando!, el significado de mentira y verdad escrito al principio. Piensen un poco hacia dónde nos llevarán las mentiras a las que nos aferramos, con las que nos identificamos, y qué obtendremos oponiéndonos con obstinación a las verdades.

El profeta David: «Cada uno miente al otro, adula, actúa con hipocresía». (Salmos 12:2) Han pasado cerca de 3.200 años desde que lo escribió en el libro que conocemos como el Salterio.

«Uno de los atributos más grandes y peores del ser humano es mentir», dice la explicación de Wikipedia.

Miren, yo puedo ver el hecho de que las personas mientan como una gran debilidad. Es más, incluso trato de comprenderlas, no es ese el tema; lo verdaderamente terrible son las actitudes y reacciones de las personas frente a las verdades. Y eso a pesar de que esas verdades tienen que ver, de manera segura, con su futuro, sus intereses y sus vidas. Las personas odian estas cosas. Cuando miramos la historia, al leer los acontecimientos a lo largo de unas pocas páginas —siendo que pueden abarcar 50, 100 años e incluso un tiempo aún más largo—, sacudimos la cabeza, no logramos dar sentido a lo que hicieron las personas de aquel entonces. Si esa historia que leemos ha sido escrita de manera imparcial, leemos de golpe sus comienzos y sus finales en unas pocas páginas, e incluso a veces en unas pocas frases. Mientras que esta información que poseemos en unos pocos minutos y nuestro juicio sobre aquellas personas resultan correctos, justos, sensatos, sabios; si estamos viviendo dentro de los acontecimientos, por desgracia hacemos, vivimos y morimos por las mismas cosas que, al leer, nos hacen sacudir la cabeza sin poder darles sentido, cosas que llamamos insensatas y muy equivocadas. Morir no es lo importante; cuántos profetas, personas justas, también Jesús el Mesías, fueron muertos, pero debemos preguntar «¿por qué?». Por quienes murieron defendiendo lo correcto y la verdad sin doblegarse, no son pocas las personas que sienten en algún lugar gozo de que no cedieran y desean seguir sus huellas.

El gobernador romano de la época, antes de dictar sentencia sobre Jesús el Mesías, hace preguntas:

Ante esto Pilato dijo: «¿Así que entonces tú eres rey?». Jesús respondió así: «Tú mismo dices que soy rey. Yo para esto nací, para dar testimonio de la verdad vine al mundo. Todo el que está del lado de la verdad presta oído a mi voz». Pilato le dijo: «¿Qué es la verdad?». Juan 18:37-38

Pilato no está haciendo una pregunta; con la pregunta que hace, en realidad, a su manera, se da él mismo la respuesta y además es sincero. Al decir «¿Qué es la verdad?», por sus experiencias es consciente de una comparación terriblemente difícil. No creamos que la verdad y la mentira son tan fáciles de distinguir. Se hace con tanta habilidad, con tanta astucia, que a veces distinguirlas está más allá de lo imposible. Ya lo dije, todo el mundo está amasado con mentiras, además la vida de las personas es corta, nos vemos obligados a creer lo que nos ponen delante.

Se dice que en EE. UU. el 72 % de los testigos oculares que comparecen ante los tribunales resultaron equivocados. Lean con atención, se dice «resultaron equivocados», no se dice «mentirosos». Por ejemplo, la inocencia de un hombre que estuvo 17 años en prisión y que constantemente decía ser inocente sale a la luz de nuevo por casualidad. El hecho de que un preso que se le parecía casi hasta el punto de llamarse gemelos, idéntico en el tipo de barba y bigote, fuera culpable y estuviera en la misma cárcel arroja luz sobre el caso y liberan al hombre. Por supuesto, 17 años de su vida se convierten en un desastre. Pero si yo hubiera estado allí, también habría dicho «era este hombre». No solo yo, todos habrían dicho lo mismo y a eso también lo habríamos llamado verdad, porque el parecido es terrible. Pero, por supuesto, no todos esos testigos oculares equivocados se equivocan con sinceridad. Dejando de lado a los que sucumben a sus emociones, a su ira, a su rencor, seguramente también existen quienes, por no encontrar simpática a esa persona, terminan creyéndose ellos mismos la mentira que dicen, como suele decirse, así exactamente.

De los casos difíciles del país se encargaban los reyes. Cerca de 3.000 años antes de nuestro tiempo, un caso interesante del rey Salomón, hijo del profeta David, aparece también en la Sagrada Escritura. El caso es acerca de 2 mujeres prostitutas que vivían en la misma habitación y que dieron a luz a sus bebés casi al mismo tiempo. Una de ellas, seguramente, se queda dormida mientras amamanta de noche y se duerme encima de su bebé, y el bebé se asfixia y muere. Cuando se da cuenta de esto, toma el bebé de la otra mujer y coloca el bebé muerto en el regazo de esta. Pero en el juicio ambas dicen las mismas cosas. A ver cómo sales de este enredo. Diciendo: «¡No, no! Ese es mi bebé, el muerto es el suyo. ¡No! El muerto es el suyo, el que vive es mi bebé». Salomón escucha a estas dos mujeres y toma una decisión sencilla. Dice: «Traigan al niño y pártanlo en dos con una espada, den la mitad a una y la otra mitad a la otra». Mientras una de las mujeres, atónita y sin duda con una angustia terrible, grita: «¡Por favor, señor, deténgase, no lo mate! Denle el bebé a ella», la otra mujer dice: «Háganlo así, que no sea ni mío ni suyo, pártanlo en dos». (1.Reyes 3:26) Entonces el rey dicta su sentencia: «¡No maten al niño! Dénselo a la primera mujer, porque su verdadera madre es ella».

Estos son ejemplos sencillos según la técnica médica de nuestro tiempo actual, pero para aquel entonces era una situación muy difícil, y al mismo tiempo la decisión sabia en el juicio es asombrosa y despierta admiración.

Lo que yo quiero destacar no es tanto quién, de entre las personas, conoce lo más correcto y verdadero de todo, sino el odiar deliberadamente las verdades. Puede ser, algo es falso, es mentira, pero nosotros lo conocemos como verdad y nos han hecho creer en ello. Ya es nuestra verdad. Y con todo el corazón y sinceridad. Aunque digamos que esta situación ha llenado todo nuestro mundo, en realidad librarse de ella es muy simple y fácil. Claro que de nuevo de palabra, pero en la práctica, ¿es así?, vengan a ver.

Yo, de nuevo, no quiero abordar esas verdades sencillas, del tipo que suele llamarse «delito común», que se dicen y son objeto de odio. Por ejemplo:

—¡Ay! Has engordado mucho,

—Esa ropa no te queda nada bien,

—Qué zapatos de tacón tan ridículos, pareces un payaso, muchacha,

—Qué coche tan cutre tienes, me voy a herniar al subir y bajar de él,

—Qué gafas te has elegido; como si dijeran «miren, yo llevo gafas»,

—Con este maquillaje no solo estás fea o cómica, te has convertido en un adefesio,

—Qué inmundicia es esta, todo huele como un basurero,

—¡Dame eso! No eres capaz ni de batir un huevo...

Pues no quiero perder el tiempo hablando de este tipo de verdades. Ya hay muchos artículos escritos sobre ellas y son de los tipos con los que todos estamos familiarizados. Ya dije que hay ciertas cosas de las que «ya se han convertido en nuestras verdades»; pues son estos los tipos. Los ejemplos más hermosos y fáciles que me vienen a la mente son nuestras creencias. Ya seamos ateos, deístas o adoradores del diablo, sin ninguna creencia, no importa. Quiero trabajar sobre nuestras verdades. Porque el concepto que llamamos verdad depende de muchas cosas. Educación, conocimiento, buenos modales, experiencia, fe y, lo más importante, saber, es decir, vivirlo y sentirlo. Aunque incluso estas cosas, la mayoría de las veces, no bastarán para distinguir la mentira de la verdad.

La Navidad es una de las fiestas que los cristianos celebran con mayor importancia. Es decir, según ellos, el cumpleaños de Jesús el Mesías. Sin embargo, Jesús no nació aquel 24 de diciembre y no hay en absoluto tal información ni prueba en ningún Evangelio. La preocupación de la gente, en especial de los niños, es el regalo. De todos modos, los niños no saben nada de Navidad ni de nada; eso se lo enseñan la sociedad, el entorno, los padres. Y aprenderlo con regalos es otra artimaña del asunto. Pasan decenas de años y esos niños crecen, se casan, tienen hijos y la misma cantinela continúa. ¿Qué pasa si alguien como yo aparece y dice «no, hermano, hoy no es el cumpleaños de Jesús ni nada por el estilo; además, los siervos de Dios, los profetas, jamás celebraron ningún cumpleaños. Abran la Sagrada Escritura y miren»?

Los musulmanes y los hombres del mundo islámico circuncidan a sus hijos de niños o después, si se convierten a la religión más tarde. Tal mandato no aparece en ninguna parte del Corán ni puede probarse. Pero ellos lo aplican como mandato de Dios o sunna del profeta y, con bodas y festejos terriblemente pomposos, cortan el pene de los niños. Esta regla y mandato Dios se los dio a los judíos, es decir, a los hijos de Israel por medio del profeta Abraham, y su precepto fue abolido de manera definitiva con Jesús el Mesías, con pruebas del Evangelio. Aunque haya judíos que no creen que Jesús sea el Mesías salvador, el Corán acepta con toda claridad que Jesús es el Mesías. En resumen, ya no es un mandato de Dios. Atrévete a decirles esto y trae el Corán, la Torá y el Evangelio con pruebas y muéstraselos, ¿qué dicen?, ¿cómo reaccionan?

¿Qué creen ustedes que hacen estas personas cuando oyen las verdades y ven también sus pruebas, suponiendo que tengas la oportunidad de mostrarles las pruebas? Ustedes saben la respuesta, así que no me hagan esforzarme. Pues bien, en el mejor de los casos sale de entre ellos algún obstinado, se pone a discutir contigo, a bregar contigo con pruebas y, si ve la verdad, ¿qué creen que hace?

Los del Mar Negro son gente creyente. También entre los cristianos hay personas así, criadas con una educación y enseñanza tan creyentes, y también entre los judíos. Es más, existen miles de religiones, sectas, órdenes, comunidades, y también los que están dentro de ellas. Déjenme contarles mis propias experiencias. Cuando ellos ven, oyen y comprenden las verdades, o bien pelean echando espuma por la boca, o bien dicen con odio «cierra el tema», o, si es como aquel obstinado, discute, forcejea, busca, investiga, reflexiona y luego renuncia a todas sus creencias y ya no cree en nada. Dios, un creador, el que ha hecho existir todo, el que gobierna el espacio, las galaxias, ya para él no existe. ¿Por qué? Es decir, ¿qué ha causado esto? ¿Las verdades? Sin embargo, la persona, quiéralo o no, ¿no dice «en realidad debería haber sido todo lo contrario»? Es decir, ¿no debería haberse acercado a su fe y haberse aferrado a ella con la alegría y el placer de ser más consciente, más informada, con más esfuerzo, y de haber aprendido la verdad divina? Por desgracia no ocurre así; al menos yo, en casi 40 años de experiencia precisamente sobre este tema, no lo he visto ni vivido.

Un bebé que nace no sabe nada. Con las contribuciones de los padres, los parientes, el entorno, la sociedad, el niño crece y se forma. En cuanto a la creencia, su entorno lo va inculcando casi desde el momento en que nace. Como no sabe nada, lo que oye, lo que aprende, lo que ve se convierte en su verdad y se le obliga a que lo sea. Tú apareces y le siembras una duda dentro contra aquello en lo que ha creído como verdad durante tantos años. O no le importa en absoluto y continúa con la misma mentalidad, con lo que la sociedad le dio; o bien se pone a pensar y lo invade una gran sensación de haber sido engañado. Sin embargo, no actúa conforme a las palabras que dijo Jesús el Mesías en uno de sus ejemplos: «Así, pues, todo instructor de la ley que ha sido enseñado para el Reino de los cielos es semejante a un amo de casa que saca de su tesoro cosas tanto nuevas como viejas». (Mateo 13:52) Él lo saca y lo arroja todo. Las verdades que ha oído no lo han incitado a actuar con sabiduría, sino a actuar de manera necia.

El mayor defecto y error es que, al criar a los niños, no se deja una puerta abierta a la posibilidad de que aquello en lo que se les ha hecho creer como verdad, sea lo que sea, pueda ser una mentira, algo equivocado o erróneo. Al contrario, cuestionar la creencia que se posee significa deslealtad, felonía, al final traición, en resumen, un gran pecado y delito. Quizás esos niños hayan vivido viendo también estos ejemplos. Ya para ellos las preguntas, los interrogantes y las dudas nunca son admisibles. Todo aquel que ha adquirido el miedo actúa de la misma manera, porque el precio de aceptar las verdades a veces es muy alto. A ver, ama la verdad o no la odies.

La Tierra la gobierna Satanás. Pidió permiso a Dios por un tiempo determinado y Dios se lo concedió. Jurando además que extraviaría a los seres humanos. (Torá-Job Capítulos 1 y 2; Evangelio-Juan 12:30-31; Juan 14:30; Evangelio-Lucas 4:5-6; Evangelio-Apocalipsis 12:9; Corán-Al-Hiyr 28-43; Corán-Al-Isra 61-65; Corán-Sad 79-84)

Ahora bien, ¿acaso esta frase ha caído del cielo de golpe? Hay pruebas suficientes, pero vengan, planteemos la pregunta cambiándola y respóndanla ustedes mismos. ¿Creen ustedes que es Dios quien gobierna este mundo y que se hace su voluntad? Los cristianos hacen memorizar a sus hijos aquella oración que llaman modelo, la que Jesús enseñó a sus discípulos:

Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre; venga tu reino, hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra... (Evangelio-Mateo 6:9-10), así comienzan la oración. Así que, como en el cielo, en la tierra no se hace su voluntad. Por esta razón casi todas las religiones, incluidas las religiones que no adoran al Dios verdadero, nos enseñan a mantenernos lejos del mundo y de las pasiones mundanas. El siervo de Dios, el apóstol Santiago, dice en el Evangelio estas palabras que no dan lugar a ninguna duda:

El que quiera ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios. (Evangelio-Santiago 4:4)

No tomemos estas palabras a la ligera, del tipo «¿Qué quiere decir, acaso no es Dios quien creó el mundo como para que nosotros seamos enemigos del mundo?». Porque el significado de estas palabras no es ese. El cielo azulísimo, las estrellas de la noche, los mares, los bosques, los pájaros, los peces y una maravillosa creación, por más que sin cesar tratemos de estropearla. No se refiere a esto. Se refiere al espíritu dominante sobre la tierra, a ese poder repugnante y a sus imposiciones, al sistema. Que ese poder es Satanás, cuya dominación, un poder repugnante que podemos comprender fácilmente incluso con nuestra sola lógica, Dios lo hizo escribir claramente muchas veces por medio de sus siervos. (Evangelio-Lucas 4:6; Mateo 4:9; Apocalipsis 12:7-9; Torá-Job 1:6-7; Corán-An-Nisa 118-119; Al-Araf 14-16 y 30; Ibrahim 22; Al-Hiyr 28-38; Sad 71-85)

Si nuestro tema es el odiar las verdades, ¿qué pinta Satanás aquí? Explicamos la palabra opuesta a la verdad como «mentira» y dimos también su significado según el diccionario. Pero en esos diccionarios no hay información sobre la identidad de quien inventó la mentira. Miren cómo arroja luz Jesús el Mesías sobre este asunto:

Ustedes proceden de su padre el Diablo y quieren cumplir los deseos de su padre. Él fue homicida desde el principio. No se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando miente, habla según su propia naturaleza, porque es mentiroso y padre de la mentira. (Evangelio-Juan 8:44)

Así que la mentira surge por primera vez por medio del llamado Satanás, un ángel creado al principio por Dios, una criatura espiritual con libre albedrío como nosotros. (Sagrada Escritura-Ezequiel 28:13-19) Por eso también se le llama «padre de la mentira» y, al mismo tiempo, Jesús el Mesías expresa «la ausencia de verdad en él». Ya que vamos a detenernos en los significados de las palabras, sus efectos, sus imposiciones y consecuencias, ¿no es muy oportuno conocer también su primer surgimiento y sus causas?

Ahora, creo que se entienden más claramente las razones por las que digo «La mentira ha llenado todo el mundo, encontrar la verdad se ha vuelto casi imposible». Las personas que no creen en lo que no ven, ateos, e incluso quienes no pueden aceptar ninguna creencia, al decir «como humanidad, inventamos al diablo para tener una defensa ante las cosas malas que hacemos», tampoco es una afirmación del todo desdeñable, en parte. Digo en parte, porque esta afirmación es mitad verdad, mitad mentira y error. Miren cómo se defenderá el diablo el día de la resurrección frente a quienes lo acusen, leámoslo del Corán:

Cuando el asunto esté concluido, dirá también el diablo: «Ciertamente Dios os prometió lo verdadero. Yo también os prometí, pero resulté mentiroso. Además, yo no tenía poder alguno para obligaros. Solo os llamé y vosotros al instante acudisteis a mí. Así pues, no me reprochéis a mí, reprochaos a vosotros mismos. Ya no puedo salvaros yo, ni vosotros podéis salvarme a mí. Ciertamente, yo antes no había aceptado que me asociarais a Dios. Ciertamente, para los injustos hay un castigo lleno de dolor». (Ibrahim 22)

La razón por la que digo en parte, mitad correcto y mitad equivocado, se basa en estas verdades. Sí, el diablo extravía a toda la humanidad, pero las personas tampoco son inocentes de extraviarse. El diablo dice aquí la verdad. Es decir, no nos salvaremos echándole todo encima al diablo. «Las malas compañías corrompen las buenas costumbres», dice el Evangelio, y es cierto, pero el que sigue a esa mala compañía tampoco es tenido por inocente, no es considerado sin culpa.

Cuando EE. UU. inició la guerra económica con Huawei y China, empecé a reunir información sobre Huawei. China, con la población más numerosa del mundo, en los años 80 pide ayuda a Occidente para saber cómo se fabrica un teléfono, cómo se teje toda una red telefónica en el país. Su propósito está claro: producirlo ellos mismos de forma barata y lograr que su pueblo se beneficie de ello. Aquel Occidente civilizado no les da ninguna información ni les tiende una mano. Esta vez ellos, como suele decirse, empiezan desde cero. Y en menos de 30-40 años se adelantan al mundo con la tecnología 5G. Yo enseguida compré un teléfono Huawei. Compré el teléfono en Alemania barato, en una campaña por esta crisis EE. UU.-China-Huawei. A menos de la mitad de su precio, en una campaña de internet de un día. Junto a él, de nuevo, me regalaron el altavoz Bluetooth de Huawei valorado en 39 euros, que luego llegué a querer mucho. Esta tienda me envió una invitación para compartir mi opinión escribiéndola sobre el teléfono y el altavoz. Lo hacen con todos. Yo escribí que la guerra de EE. UU. contra Huawei no era en vano, que era un teléfono muy bueno y de mucha calidad. Que también me entristecía que fuera tan barato, que era una insensatez que las personas guerrearan unas contra otras y no unas por otras, y hablé también de las ventajas técnicas del teléfono. La tienda me comunicó que «tras una minuciosa revisión, no publicarían este comentario mío». Sin mostrar tampoco ningún motivo claro. Me reí, por supuesto. Son estos los países que siempre arrojan lodo sobre Turquía y hablan de libertad de opinión. Con lo que escribí, expresé las verdades sobre un producto que había experimentado viviéndolo, probándolo, que había comprado pagando su dinero, pero fracasó. Además, no llevaba ni 2 semanas de haberlo comprado; a ver cuántos años aguanta, ¿me dará la misma satisfacción durante años?; con preguntas así me consolé con esta respuesta: «Si EE. UU. está en contra de esta empresa que va camino de ser el teléfono más vendido del mundo, entonces es buena». Porque si conoces a las personas, sus reacciones te dan ciertos mensajes con toda claridad. De la misma manera se ensañaron mucho también con Samsung. Apple-iPhone nunca los dejó en paz y con espías industriales estropeó su software, desprestigió el teléfono en todo el mundo y demás. Como Corea está obligada a ser proestadounidense, la cosa no fue como con China, se vivió en silencio y sin ruido. Corea tampoco puede ni chistar contra EE. UU. Si Samsung fuera de China, habría sido igual que Huawei. Las personas pueden ser tan viles y ordinarias. ¡Tú! No puedes hacer nada mejor que yo sin mi permiso; eso es lo que significa. Esta película también se representa en todas partes del mundo.

¿Qué tienen que ver las verdades o la mentira con el ejemplo que conté arriba? En este caso, ¿quién escucha la verdad de quién? Por más bueno, provechoso para la humanidad, barato hasta el punto de que casi cualquiera pueda comprarlo, y por más que un teléfono y una tecnología los hayan sacado adelante solo con sus propios medios, ve tú y cuéntaselo a EE. UU. o a la tienda de un país fiel a él. No toleran ni siquiera el comentario de una persona corriente. En realidad, se enfurecen porque conocen la verdad. Sin embargo, el iPhone que venden por entre 800 y 1.200 euros también se produce en China y les deja tanto beneficio. Si lo fabricaran en su propio país, quizás ni vendiéndolo al doble de precio se salvarían. Ya dijimos que la Tierra la gobierna Satanás; hablamos del enemigo de la humanidad que siempre ha disfrutado enormemente haciendo que la humanidad se destruya entre sí. Él provoca, llama, y las personas al instante cumplen su deseo.

Estas mismas guerras entre Estados ocurren de igual modo entre las personas, entre parejas, en las familias y entre quienes comparten un mismo techo. Las personas, cortando la rama sobre la que están sentadas, se vuelven aún más repugnantes, más ordinarias, más viles y monstruosas. Y miles de millones de personas simplemente las contemplan. Ya una vez otorgaron la autoridad diciendo «gobiérnennos, nosotros no podemos gobernarnos». En fin, a partir de ahí es más fácil para el diablo. ¿Es más fácil seducir la mente de miles de millones de personas o la de un puñado? Cuantas menos sean, más fácil.

Una escritora que redacta artículos para un periódico alemán dice: «mentimos un promedio de 100 veces al día» y continúa. Diciendo: «Y con esto no me refiero necesariamente a engañar a propósito o a contar cosas que nunca ocurrieron». «Pequeñas cosas, medias verdades, adornar las palabras, exageraciones y demás». La misma escritora dice: «castigamos a quienes dicen las verdades», de lo cual yo, por la verdad de mi vida, he sido testigo innumerables veces en el pueblo alemán. Además, en cuanto a las verdades, no vayan tan lejos, a extraños, a autoridades y demás; en las relaciones con el hijo, la nuera, el cónyuge, los padres, es decir, en resumen, con las personas con las que casi tienes lazos de sangre de primer grado, las verdades son un gran tabú. Todos esos enfados de por vida, enemistades, rencores interminables, incapacidades de soportarse unos a otros, seguramente provienen de que uno haya dicho la verdad y el otro no haya podido tragarla. Si dices las verdades contra la autoridad del Estado y esas verdades están fuera de su línea, estás perdido. En especial las personas de los países que llamamos desarrollados, de los países con alta tecnología y alto nivel de ingresos, son mucho más excesivamente sensibles en este asunto. Ellas, olvídate de que traguen las verdades, ni siquiera pueden hacer gárgaras con ellas. De la misma manera son las personas de la clase alta de los países subdesarrollados. Es decir, querría decir que a medida que aumentan el nivel de bienestar, la etiqueta, el rango, el dinero, los diplomas, aumentan también la soberbia y la vanidad, y que por lo general las personas odian más las verdades en aras de proteger su ego y sus intereses, pero no puedo decirlo porque sería tomar demasiado partido. Porque la verdad o la amas o no la amas. Seas quien seas, ya seas rico o pobre, instruido o no instruido. No llamo ignorante al no instruido ni sabio al que ha ido a la escuela; porque la ignorancia no desaparece con conocimientos académicos. Los diplomas, a lo sumo, no son más que un velo sobre la ignorancia. Cuántos sabios sin saber leer ni escribir hay, cuántos ignorantes sin saber académico también hay. Poseer conocimiento de biblioteca no significa saber. El que escribe libros sobre el amor no significa necesariamente que conozca el amor. Puede haberlo descrito, contado, dado ejemplos muy bien, y aun así no significa que lo conozca. Solo tiene conocimiento sobre ese tema. No lo ha vivido, no lo ha sentido, no ha podido darle el lugar necesario en su corazón, por eso no puede conocer ese espíritu. Esto, si es lícita la comparación, es como la luz para un ciego de nacimiento. Al ciego se le enseña la luz, se le da información sobre el tema, la entiende y con la información que posee sobre ella la describe incluso muy bien, pero nunca la conoce. Para conocer hay que vivir, sentir, experimentar.

Si las personas permanecen pasivas ante verdades o mentiras que no aceptan, es porque no tienen fuerza contra la otra parte. En resumen, la fuerza de la persona que dice la verdad o la mentira juega un gran papel. Si eres poderoso, cuanto mayor sea tu inmunidad, tanto más se encoge tu entorno ante las verdades y mentiras que dices. Solo que no olvidemos, se dice «las paredes oyen», ¿verdad?; si esa verdad o mentira llega al oído de alguien más poderoso que tú, luego no se sabe qué pasa. Tampoco creamos que esos que se quedaron callados lo tragaron; en secreto están cavando la tumba de quien dijo esas verdades o mentiras que no les gustaron. En realidad, qué situación tan amarga, es como si las verdades y las mentiras se pesaran en la misma balanza. Uno ama a la una, el otro a la otra.

Seamos quienes y lo que seamos, si lo que decimos es correcto, es verdad. Si odiamos las verdades, esto tiene una sola explicación, y es: Somos malos. Por más que alarguemos el tema, si amamos la mentira y odiamos las verdades, esto significa que estamos rompiendo nuestra relación con el creador que nos promete un futuro eterno. Miren lo que dice el apóstol:

«Porque nada podemos hacer contra la verdad, sino solo a favor de la verdad» (Evangelio-2.Corintios 13:8)

Con esto se quiere decir que nadie puede hacer nada a favor de la mentira. Proteger la mentira, manipular las verdades, sí, pero nunca será permanente para siempre. Las verdades al final siempre salen a la luz. Algunos incluso podrían decir «hemos hecho navegar nuestro barco con mentiras durante cientos de años, e incluso miles de años», y tampoco es mentira. Porque cuando miramos las creencias religiosas y las historias que escribieron los Estados vencedores, vemos, en efecto, que la humanidad ha sido engañada durante mucho más de miles de años y ha sido obligada a creer en la mentira. Se dice «la mentira tiene las patas cortas, no puede ir muy lejos», pero este dicho no siempre es cierto. La mentira a veces puede continuar no una vida entera, sino hasta por decenas de generaciones. Los que sostienen esa mentira y tratan de protegerla, a veces ni ellos mismos conocen la razón.

Pusieron 3 o 5 monos en una habitación como una jaula. Les prepararon también un buen ambiente en el que podrían vivir. Lo tenían todo y parecían felices. Luego colgaron un plátano encima de algo que estaba en la habitación como un árbol. Uno de los monos enseguida se lanzó y agarró el plátano. Justo en ese momento empezaron a rociarlos por un rato con agua a presión. Luego colgaron de nuevo un plátano y, al tomarlo uno de los monos, rociaban con agua a todos los monos. Después de ciertas experiencias, los monos dejaron de tomar el plátano por completo. El plátano se balanceaba allí arriba, pero ninguno lo tomaba. Además, si alguno intentaba tomarlo, los otros monos se lo impedían y le daban una buena paliza. Luego sacaron un mono de la jaula y metieron otro que no conocía esta historia del agua. Este, por supuesto, al ver el plátano enseguida se lanzó, y detrás los otros lo atraparon y le dieron una buena paliza. Aunque el mono, pensando «quizás sea casualidad», no entendiera nada de esa paliza, cada vez que se dirigía a un plátano y recibía una paliza, él también abandonó el amor por el plátano. Luego sacaron otro mono que sí conocía el suceso inicial del agua y en su lugar metieron otro mono más que no conocía el asunto. La historia de nuevo es la misma y así, así, sacaron a todos los monos del principio que conocían el agua. Los monos de la habitación enjaulada, a los que nunca se había mojado con agua, no se dirigían de ninguna manera al plátano. Por supuesto, había quienes sucumbían a su apetito y se lanzaban, pero también, inevitablemente, recibían una paliza. Quienes hicieron esta investigación, ya conocida y oída por todos, plantearon una pregunta. Si les preguntáramos a estos monos «¿por qué no tomas el plátano, por qué os impedís unos a otros y peleáis?», ¿qué dirían? ¿Dirían, como nosotros, «así ha venido y así va»?

Los trabajos malos y sucios se hacen en secreto o de manera solapada, dándoles una apariencia distinta. Se procura proteger estos trabajos hechos en secreto con mentiras, que no se caigan sus máscaras y no salgan a la luz. La verdad, en cambio, se asemeja a la luz que ilumina el entorno. Todo queda expuesto a la vista y las máscaras caen. Por esta razón muchísimas personas odian la luz, es decir, la verdad.

Y el juicio es este: la luz vino al mundo, pero las personas amaron las tinieblas en lugar de la luz. Porque sus obras eran malas.

«Todo el que practica el mal odia la luz y no se acerca a la luz para que sus obras no queden al descubierto. Pero quien practica la verdad viene a la luz para mostrar que lo que hace, apoyándose en Dios, lo hace», dice Jesús el Mesías en Evangelio-Juan 3:19-21.

En realidad el tema es así de simple y comprensible. Aun así, no esperemos que todo mal se haga en secreto. En especial nuestra época es un ejemplo muy bueno de ello. Las personas declaran abiertamente sus obras y propósitos malos, no los ocultan. Esta verdad contradice un poco la explicación anterior. Ya muchas cosas se hacen a la vista de todos, en público y sin ocultarse.

Por ejemplo, una mujer de unos 50 años se queja ante el micrófono diciendo: «A mí me gusta ver películas porno, pero en Turquía el acceso a esas páginas está prohibido». Ya no se hace publicidad de cigarrillos con vestidos blancos, en medio de un mar azulísimo, en un yate maravilloso. Sobre los paquetes hay imágenes y explicaciones que muestran cuán repugnante se ha vuelto la salud humana, con la frase «el tabaco mata». Los políticos tampoco son diferentes. En lugar de patria, nación y libertad como antes, hacen declaraciones del tipo «¿por qué no somos el protectorado de los países poderosos, por qué no entregamos nuestras tierras; por qué el petróleo de allá no ha de ser nuestro, por qué no hemos de explotar nosotros solos al mundo?». Prostitutas, homosexuales, enfermos de sida, drogadictos, hacen marchas del orgullo en las plazas, en las avenidas. Los Estados apoyan a los terroristas; mejor dicho, no se abstienen abiertamente de convertirlos primero en terroristas y usarlos para que alcancen sus objetivos. Es más, antes de las elecciones prometen al pueblo a una sola voz, mutuamente, «los apoyaremos y les daremos armas por miles de millones de dólares». Las personas ya no ven esto con malos ojos, porque los dos candidatos a presidente que van a elegir hacen la misma promesa. Es decir, no tienen otra opción. Amas de casa casadas desde hace 30 años salen de casa diciendo «ahora quiero tener relaciones sexuales fuera con quien yo quiera» y regresan por la mañana. Ante la cara de su hijo de 28 años y de su marido. A plena luz del día, en la calle, se viola a mujeres, se mata a personas. Los que están alrededor, en cambio, se ocupan de grabarlo en sus teléfonos. Con el deseo de romper el récord de más espectadores compartiendo escenas tan emocionantes desde su cuenta. Los ejemplos son tantos que no se acaban de contar.

Ejemplos como estos se han vivido también en tiempos muy antiguos. No vayan a decir «Antes no era así, ahora se ha vuelto así». Al decir antes, sí, quizás no ocurrió en el breve tiempo y lugar en que ustedes han vivido, pero cuando miramos la historia de la humanidad, miles de años atrás, es posible leer las mismas corrupciones. Que las personas pierdan su pudor, su decoro y se conviertan en monstruos ha resultado muy fácil. Miren lo que dice Dios al pueblo de Israel hace cerca de 2.500-2.600 años:

La expresión de sus rostros testifica contra ellos. Declaran su pecado abiertamente como Sodoma, no lo ocultan. ¡Ay de ellos! Porque ellos mismos se atrajeron esta calamidad.

Por mi existencia, dice el Señor Soberano, tu hermana Sodoma y sus hijas jamás hicieron lo que hicieron tú y tus hijas.

«»El pecado de tu hermana Sodoma fue este: tanto ella como sus hijas eran orgullosas, estaban hartas de pan, eran indiferentes. No tendieron la mano al necesitado, al pobre. Estaban engreídas. Hicieron cosas abominables delante de mí. Por esta razón, como has visto, las barrí de delante de mí... Torá-Isaías 3:9

Cargarás con las consecuencias de tu inmoralidad y de las abominaciones que hiciste. Así dice el SEÑOR. Torá-Ezequiel 16:49-50 y 58

Como todos sabemos, durante miles de años Israel, es decir, los judíos, vivieron en el mundo sin patria, despreciados y expulsados. En resumen, Dios cumplió su palabra. El Dios que mantuvo su palabra contra ellos no pasará por alto a las demás naciones, y no lo hace. Odiar las verdades y amar las mentiras y vivir con ellas, en realidad, olvídate de mantener a la humanidad en su sitio, de impedir su avance; la hace retroceder terriblemente, impide su desarrollo, le da dolores, la vuelve infeliz y fracasada.

Jesús dijo a los judíos que habían creído en él: «Si permanecen apegados a mi palabra, verdaderamente son mis discípulos. Conocerán la verdad y la verdad los hará libres».

«Somos descendientes de Abraham», respondieron, «nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo es que tú dices: »Serán libres«?». Jesús dijo: «Les digo la verdad, todo el que comete pecado es esclavo del pecado». «El esclavo no es un miembro permanente de la casa, pero el hijo sí lo es de forma permanente. Por eso, si el Hijo los hace libres, serán verdaderamente libres. Sé que son descendientes de Abraham. Sin embargo, quieren matarme. Porque en su corazón no dan lugar a mi palabra.

Yo digo lo que he visto junto a mi Padre, y ustedes hacen lo que han oído de su padre».

«Nuestro padre es Abraham», respondieron. Jesús dijo: «Si fueran hijos de Abraham, harían las obras de Abraham».

«Pero ahora quieren matarme a mí, que les he comunicado la verdad que oí de Dios. Abraham no hizo esto.

Ustedes hacen las obras de su padre». «Nosotros no nacimos de la fornicación. Tenemos un solo Padre, y es Dios», dijeron.

Jesús dijo: «Si Dios fuera su Padre, me amarían». «Porque yo he salido de Dios y he venido. No he venido por mí mismo, sino que Él me envió. ¿Por qué no entienden lo que digo? Porque no soportan escuchar mi palabra.

Ustedes proceden de su padre el Diablo y quieren cumplir los deseos de su padre. Él fue homicida desde el principio. No se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando miente, habla según su propia naturaleza, porque es mentiroso y padre de la mentira. Pero yo digo la verdad. Por esto mismo no me creen. (Evangelio-Juan 8:33-45)

A la luz de todas estas explicaciones, vivir con mentiras, mantenerse lejos de las verdades y no darles importancia, u odiarlas, ¿nos hace libres? La persona a quien Dios da muchísimo valor enseñó que «NO». Donde no hay libertad, ¿puede haber felicidad, paz y desarrollo? Jesús dice claramente que quien inventó la mentira es el Diablo-Satanás. Homicida, el que comete matanza, significa el que mata sin culpa, el que derrama sangre. La matanza, la mentira, el no mantenerse apegado a las verdades significa cumplir los deseos de Satanás. Que nadie se engañe. Si la escritora de artículos alemana dice «mentimos un promedio de 100 veces al día», esto en otros países quizás sea mucho más.

Dios dio la Tierra a la humanidad. Satanás, para probar su pretensión sobre los seres humanos, pidió plazo hasta el momento en que los muertos resuciten, y Dios se lo concedió. Al crear a Satanás también, Dios lo creó a su semejanza, sin defecto, como al primer ser humano Adán, como a los ángeles. Es decir, le dio de sus propias cualidades. Tanto los seres humanos como los ángeles fueron creados poseyendo libre albedrío. Pero, si quieren, pueden hacer el mal. Dios dio también la libertad de elegir el mal. (Torá-Génesis 4:6-7)

Algunos, respecto a los muchos crímenes terribles contra la humanidad que se cometen, diciendo «si los seres humanos y los ángeles fueron creados a semejanza de Dios, entonces ¿de dónde sacaron esa maldad que hay en su esencia?», por este camino quieren decir tanto que Dios no existe, que es una invención, como que no creen en la existencia ni del diablo ni de los ángeles. Y, si Dios realmente existe, mostrando también la insolencia de echarle a él toda la culpa. Es decir, quieren decir que la fuente del mal es Dios. Quieren decir «ya que fuimos creados a su semejanza, todo lo que sea malo, todas las abominaciones que hacemos, entonces las sacamos del creador». Quizás no sepan que pensar y creer de esta manera es precisamente el deseo del diablo. Porque Satanás también quiere imponer este pensamiento a todos aquellos a quienes se esfuerza por arrastrar a perecer junto con él. Esta es la lógica que ellos han sacado del «libre albedrío que Dios dio a los seres humanos y a los ángeles». Si la situación fuera todo lo contrario, es decir, si nadie en la tierra pecara e hiciera siempre cosas buenas, como se hará en el paraíso, entonces el diablo alegaría que nosotros fuimos creados como un robot, programados como una máquina, y de nuevo culparía a Dios. Miren cómo el odio puede corromper así los pensamientos de una manera tan ilógica, tan alejada de las verdades. Dios, en cambio, al permitir todas estas cosas, prueba tener razón frente a Satanás y a los que piensan como él. Lo probó innumerables veces, ya sea en Jesús el Mesías, que posee una creación sin defecto, es decir, perfecta, ya sea en los descendientes de Adán, que pecó. Por ejemplo: Abel, Noé, Job, Lot, Abraham, Isaac, Ismael, Jacob, Moisés, David, Daniel, Isaías, Ezequiel, Jesús el Mesías, los apóstoles, Mahoma. Además, muchísimos otros cuyos nombres no han pasado a las profecías eligieron usar esa esencia pura y buena que Dios puso en su interior y se mantuvieron lejos del mal. De hecho, el valor del asunto y el significado de todo esto es ese. El mal y el bien obrarán juntos, es más, la mayoría de las veces la mano del mal se impondrá, pero la persona aun así elegirá lo bueno y morirá soportándolo todo por ello. Y Dios dará como herencia eterna esa maravillosa Tierra que creó precisamente a los tales.

Y ciertamente escribimos en los Salmos, después del Recordatorio: «Mis siervos buenos heredarán la Tierra». (LOS PROFETAS 105)

En efecto, allí está escrito exactamente así:

Los justos heredarán la tierra y morarán en ella para siempre. (Salmos 37:29) Y de nuevo:

«Allí viviréis, allí moriréis y de allí (resucitados) seréis sacados», dijo. (AL-ARAF 25)

Sobre Dios se dice «el Todopoderoso», esa es su cualidad. El Todopoderoso significa «para él todo es posible, el que todo lo puede». Aquí, al decir «todo», hay que tener cuidado; por ejemplo, Dios no puede ser malo, no odia las verdades, no puede mentir, no comete deslealtad contra la palabra que dio.

«Mi apostolado se basa en la esperanza de la vida eterna que Dios, que no puede mentir, prometió antes del comienzo de los tiempos», dice el apóstol Pablo en el versículo Evangelio-Tito 1:2.

Pues bien, ¿qué pasa si miente, si hace el mal, si odia las verdades? Entonces Dios se habría negado a sí mismo.

«Si perseveramos, también reinaremos junto con Él. Si lo negamos, Él también nos negará. Aunque nosotros no seamos fieles, Él permanecerá fiel. Porque no puede negarse a sí mismo.» Evangelio-2.Timoteo 2:12-13

Aunque estas palabras se atribuyan a Jesús el Mesías, por supuesto también son válidas para Dios. Pues bien, ¿y nosotros? ¿Qué pasa con toda clase de bajezas y maldades que cometemos? Nosotros también nos negamos a nosotros mismos y actuamos en contra de nuestra esencia. Al pisotear los valores sagrados, pisoteamos nuestra esencia humana, nuestra creación semejante a Dios.

La ira de Dios se muestra abiertamente desde el cielo contra toda la impiedad e injusticia de las personas que con injusticia impiden la verdad. Porque todo lo que se conoce acerca de Dios está ante sus ojos. Dios lo puso todo ante sus ojos. Desde la creación del mundo, las cualidades invisibles de Dios, es decir, su poder eterno y su Divinidad, se ven claramente al ser comprendidas por medio de las cosas que Él hizo. Por esta razón no tienen excusa. Aunque conocían a Dios, no lo glorificaron como Dios ni le dieron gracias. Sino que cayeron en la necedad en sus pensamientos; su corazón sin entendimiento fue envuelto por las tinieblas. Mientras pretendían ser sabios, resultaron necios. En lugar de la gloria del Dios inmortal, prefirieron ídolos semejantes al ser humano mortal, a las aves, a los cuadrúpedos y a los reptiles.

Por eso Dios, para que degradaran los cuerpos unos de otros, los abandonó a la inmoralidad dentro de las pasiones de sus corazones. Ellos pusieron la mentira en lugar de la verdad acerca de Dios. Adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador. Sin embargo, Dios es digno de alabanza por siempre. Amén. (Evangelio-Romanos 1:18-25)

No estaría mal si dijera que estos versículos son también el resumen principal de todo el tema que quiero explicar. Si amamos y deseamos la vida eterna, la paz y la felicidad eternas que Dios ha prometido, para alcanzar esa vida estamos obligados a amar también las verdades. Por más difícil que sea, por más grande que sea el precio, es imprescindible que no luchemos contra las verdades, sino a favor de las verdades, si es necesario sin vacilar hasta la muerte.

«¡Miren, vengo pronto! Las recompensas que daré están conmigo. Daré a cada uno según lo que haya hecho. Yo soy el Alfa* y la Omega*, el primero y el último, el principio y el fin. ¡Felices los que lavan sus túnicas, para tener así derecho a comer del árbol de la vida y entrar por las puertas a la ciudad! Los perros (personas mentirosas y de una fidelidad semejante a la de un perro, de bajo nivel), los hechiceros, los que practican la fornicación, los homicidas, los idólatras, todos los que aman la mentira y practican el engaño quedarán fuera», dice el último libro del Evangelio, Apocalipsis (Revelación) 22:12-15.

Hebreos 4:2

Hola Markus,

después de nuestra última conversación telefónica he vuelto a reflexionar sobre algunas de las cosas que me dijiste. En realidad, siempre son los mismos argumentos. Para vosotros es importante pertenecer a algún lugar, a una comunidad, a una congregación, a una organización. ¿Por qué no preferimos pertenecer a Dios y a su Hijo, como Él nos aconseja en la Biblia y como nos lo mostraron con su ejemplo los profetas, los apóstoles y muchos otros? Has mencionado varias veces el versículo bíblico de Hebreos 4:2. Ahora he examinado más de cerca este versículo y, al hacerlo, he tomado en mano varias traducciones a la vez.

**Hebreos 4:2**

Porque también a nosotros se nos ha declarado las buenas nuevas, así como a ellos; pero la palabra que fue oída no les aprovechó a ellos, porque no estaban unidos por fe con los que oyeron. – Traducción del Nuevo Mundo

Porque también a nosotros se nos ha anunciado, así como a aquellos; pero no les aprovechó la palabra de la predicación, por cuanto no creyeron los que la oyeron. – Lutero

Porque también a nosotros se nos ha anunciado una buena nueva, así como a aquellos; pero a aquellos no les aprovechó la palabra de la predicación, por cuanto no estaba mezclada con la fe en los que la oyeron. – Elberfelder

Porque también a nosotros se nos ha anunciado el evangelio, así como a aquellos; pero a aquellos no les fue de provecho la palabra que oyeron, por cuanto no fue mezclada con la fe en los que la oyeron. – Bengel

...and for we are having been brought good news according to which even also those, but not benefited the word of the hearing those not having been mixed to the faith to the having heard. – Kingdom Interlinear... porque no estaban unidos con fe confiada con los que la oyeron. – La Buena Noticia (nota al pie)

¡¡véanse también las traducciones turcas de este versículo!!

Las traducciones aquí citadas ya muestran, en realidad, en qué consiste lo esencial: en la fe, no en el reunirse con otros. Supongamos por un momento que este versículo esté bien traducido en la Traducción del Nuevo Mundo (así como en la nota al pie de la traducción La Buena Noticia); entonces significaría que aquí Pablo habla de personas que h a b í a n o í d o la palabra de Dios, pero no sacaron provecho de ella, porque no estaban unidas en la fe con los que o í a n. ¿Qué sentido tienen estas palabras? ¿Quién es el grupo que oyó la palabra y quién es el grupo que la ha oído, con quienes debían unirse? Curiosamente, tampoco el contexto muestra que un reunirse o algún tipo de vínculo entre estos grupos fuera de importancia. Aquí Pablo habla muy claramente de la necesidad de la fe, de la importancia de unir lo oído con la fe. (Heb. 3:18; 4:3) Esta afirmación sería, por tanto, idéntica a lo que Pablo dice en Romanos 10:17: La fe viene, pues, del oír el mensaje, ... (La Buena Noticia). Naturalmente no de forma inevitable, como todos sabemos, pero el oír el mensaje es al menos un requisito previo. Pero no todo el que oye, cree.

Al parecer, la Sociedad WT tampoco utiliza este texto para respaldar la institución de la congregación; al menos yo no he encontrado nada en el Watch CD.

Ciertamente no es un error que intentemos captar el sentido de tales afirmaciones, lo que nuestro Creador quiere decirnos por medio de estos versículos. Al hacerlo, siempre podemos guiarnos por principios que son válidos para todos, en todas partes y en todo tiempo. Si, según tu comprensión de las afirmaciones de Hebreos 4:2; 10:24, 25, es forzosamente necesario reunirse con otros, entonces hay que preguntarse qué valor tiene esa afirmación. ¿Es de vital necesidad para todas las personas en todos los tiempos? ¿Qué pasó entonces con C. T. Russell, cuando se separó de su comunidad religiosa? ¿No transgredió acaso este importante mandamiento? ¿Qué pasa con los otros miles que se han separado de sus iglesias y organizaciones religiosas, solo porque no estaban dispuestos a participar en todo lo que contradecía la Palabra de Dios? ¿Cargaron con ello una culpa? Ciertamente no.

Pero no se trata de si es incorrecto reunirse con otras personas e intercambiar ideas, sino que se trata del modo y la manera en que debería suceder. Un comentarista bíblico escribió el siguiente comentario sobre el tema de las reuniones:

Un examen de las fuentes bíblicas sobre la comunidad de los primeros cristianos revela el hecho llamativo de que sencillamente no encontramos ningún patrón fijo de cómo son las reuniones cristianas. Originalmente, justo después de Pentecostés, los apóstoles y otros se reunían diariamente en el templo para conversaciones y exhortaciones.

La suposición de que la mayoría habría podido seguir haciéndolo así incluso después de ese período inicial es poco realista, y tampoco hay ningún indicio de ello. En relación con las reuniones en el templo se mencionan también las comidas en común con sus hermanos en diversas casas, y dado que las comidas ofrecían con frecuencia a Jesucristo la ocasión de repartir de manera espontánea bendiciones espirituales, probablemente aquí sucedía lo mismo.

En Éfeso, durante los primeros tres meses, Pablo iba a la sinagoga, es decir, una vez por semana cada sábado. Luego dio la espalda a la sinagoga y "hablaba diariamente en la sala [de] Tirano", durante dos años enteros. Es ilógico suponer que entre quienes se reunían con él se tratara cada día de las mismas personas, pues solo unos pocos podían permitirse pasar su tiempo así durante dos años. Sabemos que Pablo estuvo allí día tras día; pero no sabemos con certeza si algún otro estaba presente cada día. Y nada demuestra si los cristianos, después de eso, se reunían en Éfeso —o en otro lugar— con la misma frecuencia. En muchas ciudades del Imperio Romano la proporción de esclavos en la población era muy grande y ascendía tranquilamente a un tercio de los habitantes de ciudades mayores como Roma, Éfeso, Antioquía y Corinto. Muchos de ellos no eran, ciertamente, meros trabajadores, sino que ocasionalmente ocupaban puestos con bastante gran responsabilidad; pero, aun así, es improbable que la mayoría de los esclavos pudieran asistir a las reuniones a su antojo.

Aunque las escrituras cristianas están llenas de toda clase de exhortaciones, aparte de estos relatos en el libro de Hechos no contienen sencillamente nada donde se esboce o recomiende un programa especial para la reunión cristiana, sea en cuanto al tiempo, la frecuencia o la estructura. Existe el llamamiento a reunirse por amor a los hermanos. Se dice cuál es la meta y el propósito esencial, a saber, estimularse unos a otros al amor y a las buenas obras; pero el modo y la forma quedan abiertos.

En esta clase de reuniones informales las personas podían salir de sí mismas, ser ellas mismas, hablar desde lo más íntimo; no tenían que limitarse a repetir un material presentado y participar en un juego catequético de pregunta y respuesta, rígidamente controlado y estereotipado. Las personas se conocían realmente unas a otras, notaban lo que alguien sentía de verdad y no oían meramente cómo alguien expresaba algo que en realidad representaba el pensamiento y las opiniones de otros en lugar de las propias.

Eso es lo que quiero decir. Se trata del espíritu, no de acatar un requerimiento de reunirse. – 2 Corintios 3:6 – la ley escrita condena a muerte, pero el espíritu da vida.

En este punto quisiera intercalar algo fundamental. En relación con la adoración de Dios s i e m p r e se trata del espíritu que hay detrás. No se trata de hacer o no hacer determinadas cosas, sino del motivo que hay detrás. Por eso siempre me ha gustado el texto de Efesios 5:1: Sed imitadores de Dios como hijos amados.

Imagínate a un padre que desea que sus hijos adultos se reúnan cada miércoles en su casa y coman juntos. Ciertamente no es una mala exigencia, pues, por un lado, los hijos se ven unos a otros y los lazos familiares se fortalecen; por otro lado, el padre es tan cariñoso y atento que siempre tiene un oído abierto y consejos sabios para cada uno de sus hijos. Así que cada vez es un estímulo para los hijos cuando están allí. Pero ¿sería sensato y cariñoso por parte del padre insistir cada vez en que todos estén presentes y ofenderse o herirse si uno de los hijos no viene, simplemente porque no le apetece, o incluso tomar entonces medidas disciplinarias? Puede parecer insignificante si uno ve el texto de Hebreos como una ley, un requisito o como un estímulo, pero cambia la imagen que tenemos de Jehová y la que otros reciben a través de nosotros.

Seguiré apartándome decididamente de toda organización que transmita tal imagen de Dios y que abuse de los sentimientos religiosos ejerciendo presión y poder. ¿Crees que exagero? ¿Por qué entonces en los 30 años en que estuve dentro nunca (quizás 1 o 2 veces) oí que alguien no hubiera asistido a la R (reunión) solo porque no le apetecía? Ciertamente esto no era raro que ocurriera, pero ¿quién lo dice? Entonces uno prefiere intentar decir que no se encontraba bien, que tenía dolor de cabeza o algo similar, para evitar discusiones o "intercambios de ideas". ¿Por qué se crea una atmósfera tal que uno no se siente siquiera libre de expresar sus sentimientos? En turco hay un bonito refrán: Zorla güzellik olmaz (aprox. "La belleza no se puede forzar"). ¿Qué gana Dios si asistimos a la R, pero nuestro corazón está en otra parte? Al contrario, si no vas de buena gana, mejor no vayas en absoluto, ¡para que no se desarrolle el odio!

Considerado todo en conjunto, no puedo imaginar que alguien crea realmente en serio que la mera pertenencia a una comunidad reporte de algún modo una ventaja cuando seamos juzgados por Dios. En la Biblia hay una hermosa comparación: Hag 2:12-14. De manera similar a lo descrito en estas preguntas, no podemos volvernos santos por el contacto con lo santo, pero sí impuros por tocar lo impuro. Incluso si suponemos que existe algo como una religión verdadera, la pertenencia a ella no puede reportarnos ninguna ventaja mientras no estemos convencidos de ello de corazón nosotros mismos. Pero si esa comunidad es impura ante Dios, podemos contaminarnos con ella. De ahí también el insistente requerimiento de no tocar lo impuro y de huir de Babilonia. Así pues, la pertenencia a una comunidad no puede causar nuestra salvación, pero en ciertas circunstancias sí nuestra muerte.

Es realmente una lástima ver cómo las personas se aferran a una organización, pues no tiene absolutamente nada que ver con Dios, aunque se realicen algunas buenas obras. Pero podemos estar seguros de que Jehová nos quitará todo (o bien lo permitirá) lo que pongamos en su lugar. Tenemos que aprender a confiar en nuestra vida solo en ÉL únicamente. Tengo la convicción y la confianza de que tú lo ves igual, y hasta hace poco también tenía la convicción de que este es asimismo el empeño de la organización: enseñarnos esto. Pero entretanto lo sé mejor. Ya el solo hecho de que en los primeros meses no me encontrara tan bien me mostró que la organización no se esfuerza por educar a sus miembros (seguidores o similares) para que sean individuos espiritualmente fuertes e independientes, sino al contrario: intenta crear una dependencia. Lo muestra claramente, entre otras cosas, al afirmar que nadie puede llegar a Dios sino por medio del esclavo fiel y discreto (¡la Biblia, por cierto, no dice eso!). Luego se me dijo varias veces: ¿Qué vas a hacer sin nosotros? Quien dice algo así revela claramente que quiere ver al otro en la dependencia y no en la libertad dada por Dios. Cristo nos ha liberado, y también quiere que permanezcamos libres. Estad, pues, firmes, y no os dejéis sujetar de nuevo bajo un yugo de esclavitud. ¡Dios os ha llamado a la libertad, hermanos y hermanas míos! Pero no uséis vuestra libertad como una patente para satisfacer vuestros deseos egoístas, sino servíos unos a otros en amor. – Gálatas 5:1, 13

Curiosamente, la palabra libertad siempre tiene un matiz negativo entre las comunidades religiosas, como si quien busca la libertad fuera egoísta. Pero es un deseo natural que nuestro Creador ha implantado en nuestro corazón. Solo cuando somos libres se muestra si somos egoístas o no, pues depende de cómo usamos nuestra libertad. Como dice Pablo: Por lo cual, aunque soy libre respecto de todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más. – 1 Corintios 9:19

En este punto quisiera detenerme de nuevo brevemente en Hebreos 10:24, 25. El contexto muestra que se trata de algo realmente grave. Christian me escribió en una carta que, en su opinión, la importancia de la R incluso se subraya demasiado poco, ya que, según el capítulo 10 de la carta a los Hebreos, hasta puede verse como un rechazo del sacrificio del rescate (o bien Jehová lo ve así). Pero si volvemos a pensar en lo que he descrito arriba, a saber, la relación padre-hijo, entonces uno puede explicarse fácilmente qué se quiere decir con este texto: se trata de nuevo de estimularse mutuamente en el amor y en la fe, no de estar presente en algún lugar, a horas fijas. Algunos incluso llegan hasta el punto de afirmar que cada R es una invitación personal de Jehová y que ausentarse equivaldría a rechazar la invitación, ¡y que con ello se le heriría! La Buena Noticia traduce el versículo así: Algunos se han acostumbrado a faltar a las reuniones de la congregación. Eso no es bueno; más bien, debéis daros ánimo unos a otros.

En primer plano está de nuevo el aspecto del amor y del estímulo mutuo; en eso consiste lo esencial. Se trata de que no seamos como pastores que se apacientan a sí mismos, sino de que manifestemos amor sincero al prójimo mostrando interés y compasión.

Sobre estos dos textos ciertamente habría todavía mucho más que decir, pero al menos quería detenerme aquí brevemente en ellos una vez, para mostrar cómo pienso al respecto y qué es lo que en realidad se nos quiere decir con estos versículos.

Fundamentalmente, en toda nuestra vida se trata de quiénes somos, por qué hacemos algo y qué queremos ser. Nunca se trata de dónde estamos, qué posición ocupamos o similares. Ese sería otro tema interesante: ¡¡la congregación cristiana y la autoridad!!

¡Un día muy importante

Hace aproximadamente 3500 años (1513 a.C.), Dios, por medio de Moisés, libera de la esclavitud a los israelitas de manos de los egipcios, que eran entonces los amos del mundo. Los egipcios les hicieron la vida muy amarga como esclavos. (Éxodo 1:8-14) ¿Quiénes son los israelitas? Con una explicación sencilla, son la descendencia de Isaac, el hijo del muy amado Abraham de Dios.

Dios gobierna sobre Egipto con muchos milagros y maravillas, y también da a los israelitas leyes que debían cumplir. Una de estas leyes es la fiesta de la Pascua. Es un día que los israelitas debían conmemorar con gratitud para recordar el día en que Dios los liberó de Egipto, de la esclavitud. (Éxodo 12:1-14) Este día de liberación ocurre, según el calendario judío, el 14 de Nisán. La noche anterior a su muerte, es decir, el 13 de abril —la última cena de Jesús y el día en que se conmemora el nuevo pacto con toda la humanidad— cae en el año 2027 en domingo, el 21 de marzo.

Para nosotros, sin embargo, su significado no es la Pascua. El día que debemos conmemorar no es el día del sacrificio de la Pascua, sino el día en que, en la cena de la noche anterior a ese, Jesucristo hizo un nuevo pacto. El mundo cristiano conoce ese día como la Pascua, pero en los Evangelios está claramente escrito y es evidente que no es así. Jesús no comió la Pascua aquel día. Si aquel día hubiera sido la noche de la Pascua, no habrían podido matar a Jesús ni a ningún condenado al día siguiente, que era tanto día de fiesta como, el día posterior, día de reposo (Sábado/Shabat). (Marcos 15:42; Juan 18:27; 19:14; 19:31; 19:42)

Y Jesús tomó pan y, después de dar gracias, lo partió: Este es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí, diciéndoles esto, se lo dio. Lucas 22:19

Y continuando, dice lo siguiente:

Y después de la cena, de la misma manera les dio la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros es derramada. Lucas 22:20

Los verdaderos seguidores de Jesús deben ser diferentes de los demás. De lo contrario, al igual que se hace en todo el mundo, no estaríamos conmemorando/celebrando el nuevo pacto de Jesús, sino la Pascua, que cumple la antigua ley. Toda la humanidad fuera de Israel, es decir, nosotros, no éramos esclavos en Egipto. Pero toda la humanidad es esclava del pecado. Y Jesucristo nos liberó de la esclavitud del pecado. Por eso debemos hacer lo que él hizo y lo que él quiere, siguiendo sus huellas. Si comemos este día un día después, es decir, el día de la Pascua, estaríamos demostrando que todavía estamos atados al antiguo pacto. Nosotros también tendríamos que ofrecer sacrificios y cumplir todas las reglas. Con esto no quiero decir: «Nosotros no fuimos esclavos en Egipto, el sacrificio de la Pascua no nos concierne». Por supuesto que todo esto era una sombra de las cosas venideras. (Hebreos 10:1; Colosenses 2:17) Pero vino y se cumplió. Jesucristo vino y cumplió estas cosas, y Dios hizo un nuevo pacto con los hombres. Si actuamos según la antigua ley de los tiempos de Moisés, eso demuestra que todavía estamos bajo el antiguo pacto, e iríamos por el camino de los judíos que no creen que Jesús es el Mesías, o del corrompido y supuesto mundo cristiano que sirve a una información y creencia erróneas.

Sin embargo, aquella noche el Señor Jesús sella un pacto, hace una alianza con toda la humanidad en una habitación que podría llamarse pequeña. El pan que comió y el vino que bebió tienen significados simbólicos. Ya no se sacrificarían corderos u otros animales como antes. Estamos hablando de un día de gran significado. Este pacto, hecho en una cena, en una habitación, con un puñado de hombres, era mucho más valioso que el pacto/la alianza de los tiempos de Moisés. Porque hablamos de un pacto universal que abarca a toda la humanidad sobre la faz de la tierra.

Lo que nos hace dudar en este asunto son las expresiones que aparecen en Mateo 26:17, Marcos 14:12 y Lucas 22:7, que parecen diferentes de Juan. Si investigamos un poco, veremos que ninguna de estas expresiones es falsa o errónea, sino que simplemente se expresan distintos detalles y palabras apropiadas para aquel día. Hay algo seguro, y es que Jesucristo fue ejecutado antes del día de la Pascua. En los Evangelios la expresión de cada uno va en la misma dirección. Examinemos las expresiones de estos apóstoles una por una en su lugar.

El primer día de la Fiesta de los Panes sin levadura,* los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: «¿Dónde quieres que hagamos los preparativos para que comas la comida de la Pascua?» Mateo 26:17

Algunas traducciones de la Biblia han marcado con un asterisco las palabras «el primer día» y han añadido la aclaración: -o «un día antes». En los textos originales:

El día en que se preparaban los primeros panes sin levadura, los discípulos de Jesús vinieron y preguntaron: «¿Dónde preparamos la comida de la Pascua?»

La misma nota al pie se ha añadido también a Marcos 14:12 para la misma expresión. Según estas expresiones, se trata de unos preparativos que se estaban haciendo. En la Torá hay versículos en los que Dios escribe a Moisés que los preparativos para este día debían comenzar 4 días antes. (Éxodo 12:3) Mateo y los demás discípulos de Jesús, y todos los que vivían en Jerusalén en aquellos días, hacían preparativos para esta fiesta; había una afluencia hacia Jerusalén desde todas partes. En Israel, 3 veces al año, en las fiestas, todo varón estaba obligado a presentarse ante Dios en Jerusalén. (Éxodo 23:14-17) Los que vivían en Jerusalén también hacían preparativos para aquellos huéspedes que venían de todas partes. No había hoteles ni nada parecido como en nuestros tiempos; había posadas, pero ¿quién podría encontrar sitio en una posada para tanta gente? Naturalmente, sus conversaciones entre ellos estaban centradas en este tema. ¿Acaso nosotros no usamos expresiones del mismo estilo cuando queremos indicar el momento de un suceso? Por ejemplo, si vivimos en el extranjero en un país cristiano, ¿no usamos expresiones como «encontrémonos en tal o cual sitio en Navidad, en Año Nuevo»? Aunque nunca celebremos la Navidad o el Año Nuevo. Si vivimos en un país musulmán: «estoy en tal sitio en el iftar, ¿dónde comeremos el iftar, a dónde iremos en la fiesta?». Aunque nunca ayunemos. Por eso estas expresiones de Mateo no me ponen en contradicción. Además, Mateo, al narrar los sucesos, lo hace omitiendo algunos detalles.

Por ejemplo, cuando Jesús estaba en la cruz, los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos se burlaban de Él diciendo: «Salvó a otros, no puede salvarse a sí mismo.» (Mateo 27:41) Y continuando,

Los bandidos que fueron crucificados junto con Jesús también lo insultaron de la misma manera. Mateo 27:44 y Marcos 15:32 usan las mismas expresiones.

Sin embargo, esto no es del todo correcto; sabemos que es una información incompleta. Esta vez Lucas 23:39-43 da información detallada.

Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros. Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo. Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso. (Lucas 23:39-43) Así que no fueron los dos.

Pongamos ahora también bajo la lupa la afirmación decisiva de Lucas 22:7: Llegó el primer día de la Fiesta de los Panes sin levadura, en el que debía sacrificarse el cordero de la Pascua.

En el texto griego, sin embargo,

dice: «Llegó el día en que se celebraba la Fiesta de la Pascua». Mientras una traducción determina un tiempo preciso al decir «el primer día», la otra traducción, al decir «llegó el día», puede entenderse también como un concepto amplio de día de 24 horas. De todos modos, el lapso de tiempo del que se habla aquí ni siquiera abarca 18 horas. En lugar de «llegó» también podría haberse usado en la traducción la palabra «se acercó». Muchas veces, y lamentablemente, las traducciones se hacen conforme a la creencia adquirida. Si hay una creencia errónea, en la traducción también resalta el pensamiento de esa creencia errónea. Sea como sea, como he dicho, la expresión común de todos estos apóstoles va en la dirección de que Jesús comió la cena antes de la Pascua. Esto es lo que nos vincula. La infinita sabiduría, poder, conocimiento y justicia de Dios al hacer que estos sucesos fueran escritos por boca de 4 testigos, arroja luz sobre la verdad desde todos los ángulos. No es como algunos piensan: «En los 4 Evangelios se escriben cosas diferentes y contradictorias entre sí». Hay muchos temas como este que pueden parecer contradictorios incluso para quienes los leen por primera vez o muchas veces sin investigar. Esto es así tanto en la Torá como en el Evangelio y en el Corán.

La propia palabra de Jesús lo sella todo.

„He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros … pero no la comeré hasta que se cumpla en el reino de Dios.“ Lucas 22:15–16

¿Qué significa esto?

Jesús NO comió la Pascua aquella noche

Aquella noche NO era la Pascua

La Pascua debía comenzar recién la noche siguiente

Jesús moriría ese día

Por eso no podría comer la Pascua en este mundo

Este versículo sitúa las expresiones sobre el „día de la preparación“ en los Sinópticos (los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas) exactamente en el contexto correcto.

¿Cómo se calcula este día?

Basándome en el conocimiento de la Sagrada Escritura y del calendario que poseo, quiero explicar brevemente cómo se calcula esto. Por alguna razón, esta información parece misteriosa para todos y como si fuera imposible de entender. Hay que admitir que, para alguien que no tiene ningún conocimiento, realmente parece complicado.

Así como la órbita de la tierra alrededor del sol se calcula según una regla determinada, también hay reglas determinadas para calcular el tiempo de la luna. Además, estos sistemas de tiempo en el cielo siguen su curso de manera infalible. (Génesis 1:14) Y no puedo dejar de señalar también lo siguiente: no esperemos que nadie determine este día con exactitud, hora por hora, minuto por minuto. Además, nadie sabe con certeza en qué año fue ejecutado Jesús. Aunque no podamos saber exactamente en qué año murió Jesús, sí sabemos exactamente ese mes y día, es decir, el tiempo en que Dios sacó a Israel de Egipto, de la esclavitud. Además, puesto que Jesucristo quiso que conmemoráramos este día, nosotros también queremos celebrar este día en una fecha general, es decir, en un tiempo como el que Jesucristo hizo con sus discípulos.

En los tiempos de los registros de la Sagrada Escritura, los israelitas no usaban el calendario solar como nosotros, sino el lunar. Para ellos, el mes de Nisán debía considerarse como el primer mes del año. Porque Dios los liberó de Egipto, de la esclavitud, precisamente en ese mes, y les había dicho que consideraran ese mes como el primer mes del año. (Éxodo 12:2) Esto debía celebrarse en la noche de aquel día, es decir, exactamente el día 14 de la luna. (Éxodo 12:6; Números 28:16) En algunos calendarios que usamos, la luna nueva suele representarse como un círculo de color negro oscuro por dentro. Y este es un día en que, al contrario de la luna llena, la luna no se ve en absoluto. Es decir, según nosotros, el día en que cae la luna nueva para el mes de Nisán —que generalmente coincide con uno de los días del mes de marzo—, el día siguiente a ese, en que la luna empieza a verse por primera vez, significa, según los israelitas, el primer día del mes de Nisán. En resumen, contando exactamente 14 días después de la luna nueva, llegamos al 14 de Nisán de los israelitas según el calendario de nuestros tiempos. Por supuesto, también debemos tener presente lo siguiente: igual que en el calendario solar, también en el calendario lunar hay tiempos en ciertos años en los que es necesario rellenar los huecos. Por ejemplo, como en el calendario que nosotros usamos, en el que cada cuatro años febrero tiene 29 días. Como yo no soy experto en este tema, os escribo de la manera en que lo he aprendido y entendido yo mismo. De nuevo, para explicarlo de forma sencilla: al calcular este día, es decir, el 14 de Nisán, prestemos atención a que caiga después del día en que la luna se ve oscura en el calendario, después del 21 de marzo, el momento en que el día y la noche son iguales; de lo contrario, significa que estamos cometiendo un error. Por ejemplo, en el año 2008 ocurrió exactamente una situación así. En ese año, la luna nueva cayó el 7 de marzo y también el 6 de abril. Si aceptáramos el 7 de marzo, 14 días después se llega exactamente al 21 de marzo, el día en que el día y la noche son iguales, y esto no puede ser. Entonces debemos tomar como base la siguiente luna nueva, es decir, como el 6 de abril significa el 1 de Nisán según el calendario lunar, 14 días después, el 20 de abril, es el 14 de Nisán según el calendario judío. De todos modos, a causa de estos ajustes de los meses, ese día nunca puede ser, en sentido exacto, minuto por minuto, día por día, de un año, es decir, de 365 días. Dios también sabe que esto es así. Lo importante no son los minutos, las horas y los números de este día, sino su significado. Como todos inventan algo a su antojo en el tema del tiempo, yo también intento hacer explicaciones sencillas y lo más fáciles de entender posible para que no nos quedemos ignorantes en este asunto. Hasta qué punto lo consigo, eso queda a vuestro criterio.

Basándonos en este principio, si nos ponemos a calcular en qué fechas caerá este día en los años venideros, queda exactamente así. Por ejemplo, como en el año 2006 hubo luna nueva el 29 de marzo, eso significa que el día siguiente equivale al 1 de Nisán según el calendario de los judíos. Entonces, si el 30 de marzo es el día 1 del mes, o contando 14 días después del 29 de marzo, según nuestro calendario el 12 de abril resulta ser el 14 de Nisán de los judíos. Estas fechas también podéis encontrarlas fácilmente vosotros, ya sea por internet o en la mayoría de los calendarios. La fiesta de la Pascua en los años venideros, a partir de ahora, debería ser por orden exactamente así:

12 de abril de 2006 miércoles, 2 de abril de 2007 lunes, 21 de marzo de 2008 viernes, 9 de abril de 2009 jueves, 29 de marzo de 2010 lunes, 17 de abril de 2011 domingo, 5 de abril de 2012 jueves, 25 de marzo lunes 2013, 13 de abril domingo 2014, 3 de abril viernes 2015, 23 de marzo miércoles 2016, 11 de abril martes 2017, 31 de marzo sábado 2018, 19 de abril viernes 2019, 7 de abril martes 2020, 27 de marzo sábado 2021, 15 de abril viernes 2022, 4 de abril martes 2023, 24 de marzo domingo 2024, 12 de abril sábado 2025, 2 de abril jueves 2026, 22 de marzo lunes 2027, 9 de abril domingo 2028, 29 de marzo jueves 2029, 16 de abril martes 2030… caen en estos años y días, y nosotros siempre debemos celebrar este día un día antes.

Según la Sagrada Escritura, yo lo he entendido así. Y con esto no me refiero a cómo se calcula el calendario lunar, sino a que esos días deben celebrarse en tiempos determinados. También hay que señalar sin falta lo siguiente. Junto a nuestros muchos errores, nadie debe decir necesariamente, también en este tema, «yo soy el más correcto» con la pretensión de acertar exactamente el día. Debo señalar de nuevo que, por mucho que demos valor a estas cosas, lo importante no es la fecha, la hora ni el minuto de ese día, sino el valor que siempre damos de corazón a su significado. De lo contrario, hay una gran probabilidad de que, al menos en otro tiempo, muchos —como yo— hayamos podido cometer errores en este asunto.

¿Qué tenemos nosotros que ver con todo esto? ¿Acaso somos israelitas o judíos?

Primero hay que destacar esta verdad. No olvidemos que todo lo que Dios hizo, y a quienes les dijo lo que sea por medio de sus siervos los profetas, en realidad lo hizo y lo dijo para todos los seres humanos. No podemos decir: «Dios habló entonces solo con los israelitas o solo con los árabes, y yo no soy ninguno de ellos». En aquel momento, esas personas podían pertenecer a tal o cual nación. Dios, en su relación con nosotros, no es un Dios que mire nuestra nacionalidad, nuestro color, nuestra lengua, nuestro sexo. Sus palabras son palabras que todos los seres humanos deben leer, entender y aplicar para su salvación. Si Dios eligió a una nación para que sirviera de ejemplo a todas las naciones de la tierra y quiso cumplir su propósito por ese medio, yo digo que nosotros no nos aferremos a estas ideas nacionalistas, que no sirven para otra cosa que para una enemistad insensata. (Deuteronomio 29:14) Porque la lengua, el color, la raza, la nación y el sexo que poseemos por casualidad, por nacimiento, no son en absoluto cosas a las que Dios dé importancia.

¿Qué es esta Pascua? ¿Quiénes debían celebrarla?

Como se ha explicado arriba, a la fiesta que se celebraba en el día en que Israel se liberó de la esclavitud en Egipto se le llamaba Pascua (entre el pueblo también se conoce como Pascua de Resurrección). Esta fiesta tenía sus reglas. Este tema comienza a mencionarse en el capítulo 12 del libro del Éxodo de la Torá, y está escrito entrando en sus detalles. La noche en que Dios mató a todos los primogénitos de los egipcios, no tocó a los israelitas. Ellos debían sacrificar el cordero que debían comer en la fiesta de la Pascua y asarlo al fuego. Para que los primogénitos de los israelitas no fueran muertos, tenían que untar la sangre del cordero en el dintel y en los marcos (las jambas) de la puerta, de modo que el ángel destructor, al venir, no hiriera también a sus primogénitos. En el futuro, las generaciones venideras también debían observar esta costumbre. (Éxodo 12:21-27) Con estos y otros milagros semejantes, también se ponía a prueba su fe. Ellos debían comer esta comida de prisa, vestidos y ceñidos. Y esto era para que conmemoraran aquel día como si lo estuvieran viviendo. Porque la mañana de aquel día habían salido de prisa de Egipto, de la esclavitud.

Sin entrar en más detalles, en resumen, toda Israel debía guardar esta ley o esta fiesta. Un extranjero no podía guardar esta ley ni comer de aquella carne. Pero si un extranjero quería celebrar este día, primero todos los varones debían circuncidarse, y después él y su familia podían comer de aquella carne. En Éxodo 12:43-44 está escrito así:

El Señor dijo a Moisés y a Aarón: «Estas son las reglas de la fiesta de la Pascua: Ningún extranjero comerá de la carne de la Pascua. Pero los esclavos que hayáis comprado podrán comer de ella después de ser circuncidados». Y en el versículo 48:

Si un huésped extranjero que está con vosotros quiere celebrar la fiesta de la Pascua, primero deben circuncidarse todos los varones de su casa; después podrá unirse al pueblo de Israel como uno del lugar y celebrar la fiesta. Pero ningún incircunciso comerá de la carne de la Pascua«, dice Dios.

¿Debían comer todos los israelitas de la carne de esta celebración de la Pascua?

Sí, todos, toda Israel. El sacerdote y el sumo sacerdote, y la tribu de Leví, y el más pobre perteneciente a la tribu más insignificante, y el rico, toda Israel debía comer de ella. En Éxodo 12:47 Dios dice: «Toda la congregación de Israel celebrará la fiesta de la Pascua». Por el contrario, quien no comiera de ella deliberadamente, eso significaba para él ser expulsado de su pueblo. (Números 9:1-13)

Esta ley se aplicó durante más de aproximadamente 1500 años. En nuestros tiempos todavía hay judíos que la aplican y que no creen que Jesús es el Mesías. He dicho que no creen que Jesús es el Mesías. ¿Acaso quien cree que Jesús es el Mesías no celebrará esta fiesta? Precisamente esta es la idea principal de todo nuestro tema. El sacrificio de la Pascua de aquel tiempo señalaba al cuerpo de Jesucristo, que dio como rescate, como sacrificio. (1 Corintios 5:7)

Moisés, poco antes de su muerte, dijo claramente acerca de Jesucristo: «El Señor vuestro Dios os levantará de en medio de vosotros, de entre vuestros hermanos, un profeta como yo. A él escuchad». (Deuteronomio 18:15)

En el libro de Juan del Evangelio, en 1:17:

está escrito: «La Ley Sagrada (la sharía) fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo».

¿Por qué Moisés se comparó a sí mismo con Jesús y no con tantos otros profetas?

Porque Moisés había mediado en la obra de liberar a aquellos hombres de Egipto, de la esclavitud. Jesús, en cambio, medió en la obra de liberarnos a nosotros, los hombres, de la muerte que se nos vino encima a causa de nuestros pecados, ya que no podíamos cumplir aquellos mandamientos ligados a la Ley Sagrada. Dios, por medio de sus profetas, ya destaca que aquellas leyes de la Ley Sagrada señalaban a Jesús. Uno, es decir, Moisés, liberó de la esclavitud al hombre; el otro, es decir, Jesucristo, liberó de la esclavitud a la muerte. En Juan 3:16:

Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su único Hijo. Para que ninguno de los que creen en Él se pierda, sino que todos alcancen la vida eterna.

Generalmente los musulmanes y los judíos no creen en los versículos anteriores. El mundo cristiano, en cambio, cree de una forma asimilada a los judíos incrédulos por las imposiciones de estos. La Pascua de Resurrección, los huevos pintados, el conejo, son todos ejemplos de esta desviación. Estos comportamientos suyos no sirven para otra cosa que para causar la ira de Dios. Los musulmanes dicen que creen así basándose en las palabras del Corán: «Dios no ha tomado un hijo». (Por ejemplo, la Sura Maida 171-172) En realidad, con estos versículos el Corán quiere destacar que se opone al mundo cristiano de fe errónea, que adora a Jesús con una visión del mundo, mediante una relación carnal de Padre-Hijo. Porque los cristianos adoran a Jesús como Dios. Y lo hacen usando las comparaciones de padre e hijo que aparecen en sentido espiritual en el Evangelio. Sin embargo, Dios habla también de sus criaturas en los cielos como hijos de Dios. Incluso usó esta expresión para todos los israelitas pecadores. En el libro de Deuteronomio 14:1 está escrito claramente:

«Vosotros sois hijos del Señor vuestro Dios».

Que Dios, con estos versículos, destaque su cercanía a sus criaturas, ¡no exige que nosotros las adoremos y las pongamos en el lugar de Dios! (Apocalipsis 22:8-9)

Mientras el mundo cristiano se desvía en este tema, los musulmanes, diciendo «haremos justo lo contrario», han caído en otro error. Yo solo intento dar a conocer, por medio de estas páginas, una ínfima parte de las verdades sobre las religiones. Por eso, sin entrar aquí en detalles, tomaré algunas de las religiones y pasaré por encima de los disparates sobre la importancia de este día, tocándolos superficialmente.

En Israel, un día del calendario (24 horas) se divide en dos: día y noche. (Génesis 1:3-5) 12 horas de noche, 12 horas de día. Para nosotros un día tiene 24 horas y el nuevo día comienza a las 00, es decir, después de las 24. En Israel, en cambio, el nuevo día del calendario comienza, según nosotros, a las 18 de la tarde. Para ellos, el final del día es la hora 12, es decir, el comienzo de la noche y de un nuevo día del calendario es las 00, y a esa se le llama la primera hora de la noche. Igual que para nosotros la medianoche, las 24, es las 00. La diferencia es que ellos viven estas 00 dos veces en un mismo día del calendario, una de noche y otra de día. Para nosotros, cuando son las 06 de la mañana, para ellos es de nuevo el final de la noche, la hora 12, y el comienzo del día es las 00, y a esto se le llama «la primera hora del día», pero esto es solo la parte diurna del mismo día del calendario. Por eso, en algunas traducciones, la hora de la ejecución de Jesús como «alrededor de la hora 6», es decir, según nosotros las 12 del mediodía; y la expresión «y hasta la hora 9 el sol se oscureció», significa las 3 de la tarde. Jesucristo come la cena con sus discípulos el 13 de Nisán. Y de nuevo, en el mismo día del calendario, el 13 de Nisán durante el día, al mediodía a las 12, Jesús es ejecutado; según los judíos, la hora 6 del día, y alrededor de las 15 entrega su espíritu; según los judíos, es la hora 9 del día. (Mateo 27:45-50; Marcos 15:33-37; Lucas 23:44-46; Juan 19:28-30) Por la tarde, a las 18 según nuestra hora, según los judíos la hora 12, es decir, a las 00, comienza junto con la noche un nuevo día, es decir, el 14 de Nisán, el día en que se celebrará la fiesta de la Pascua. Al caer la tarde se sacrifican y se comen los corderos. Y justo cuando se sacrificaban los corderos, Jesús fue sacrificado. (Juan 1:29; 1:36; Isaías 53:7; 1 Pedro 1:19) Y su mañana es exactamente el día en que los israelitas salieron de Egipto. (Éxodo 12:6; Levítico 23:5; Números 9:2; 28:16) Generalmente, en el momento de luna llena.

Un versículo que la gente cree contradictorio aparece en Marcos 15:42. Allí no dice «Pascua», sino mirad lo que dice Marcos:

Ya cuando llegó la tarde, por ser el día de la preparación, es decir, la víspera del Sábado (Shabat). Marcos 15:42

Hay quienes creen que esta expresión se refiere como si pasara la Pascua y se hablara del día siguiente, el sábado, es decir, el día de Sábado. Esto, de nuevo, evoca el sentido de que entonces mataron a Jesús el 14 de Nisán, el día de la fiesta de la Pascua. Veamos primero qué significa Sábado/Shabat.

La palabra Sábado (Shabat), en su origen, viene de la raíz hebrea «šbt» (šābath) y significa «descanso, pausa, reposo, detención». Hoy en día nosotros llamamos a esto «días de vacaciones/descanso».

Marcos expresó como «Sábado» también la Pascua posterior al día de la preparación del 13 de Nisán, lo cual no es erróneo. Porque en las fiestas, igual que en los días de Sábado, significaba detenerse, hacer una pausa en los trabajos, descansar. Aquel año la Pascua y el Sábado/Shabat coincidían. Será por eso que Juan también usa las mismas expresiones.

Por ser el día de la Preparación, los judíos pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y los quitaran, para que los cuerpos no quedaran en el madero de tortura en el día de Sábado (porque aquel día era un gran día de Sábado). Juan 19:31

El uso aquí de la palabra Sábado en lugar de Pascua no tiene nada de erróneo. Los cuerpos no podían quedar colgados en la cruz hasta la tarde, ya fuera día de fiesta o día de Sábado. Porque la ley y las reglas eran las mismas. (Deuteronomio 21:22-23; Juan 19:42) Y calificó como «gran día de Sábado» el hecho de que la Pascua y el Sábado vinieran uno tras otro.

Después de todas estas explicaciones, abordemos también estas palabras de Jesucristo que aparecen en Mateo 12:40, que la gente no logra entender, e incluso dicen que «hay error en los Evangelios», y que les parecen incoherentes.

Porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del gran pez, así también el Hijo del Hombre estará tres días y tres noches en el seno de la tierra.

En la explicación de hace un momento, contamos que los israelitas dividían un día de 24 horas en dos lapsos de tiempo, diciendo día y noche. Solo con esta información podemos entender las palabras de Jesucristo. Jesucristo come su última cena con sus discípulos la noche del jueves 13 de Nisán y hace un nuevo pacto. Esa misma noche, quizás unas horas después, es arrestado en un lugar llamado Getsemaní. (Mateo 26:36; Marcos 14:32) Es juzgado toda la noche y deliberan entre ellos para matar a Jesús. Hacia la madrugada lo atan y lo entregan al gobernador Pilato. (Mateo 27:1) Ellos, después de azotarlo y enviarlo de un lado a otro, ante la insistencia del pueblo, aunque no quisiera, Pilato ordena que Jesús sea ejecutado. (Mateo 27:24-26) Alrededor de la hora 6, según nuestras horas a las 12 del mediodía, Jesús es ejecutado. Alrededor de la hora 9, según nosotros a las 15, entrega su espíritu y muere. (Juan 19:14; Mateo 27:45-50; Marcos 15:33-37) Todavía es el día 13 de Nisán. En Mateo 27:57, un hombre rico llamado José, al llegar la tarde, pide el cuerpo de Jesús y, envolviéndolo en un lienzo, lo coloca en su propio sepulcro nuevo excavado en la roca. (Marcos 15:46) Con estas palabras, que no se entienda en absoluto que era la hora 12 del día, es decir, las 00, cuando llegó la tarde. Porque entonces comenzaba el 14 de Nisán, la fiesta de la Pascua. Nadie podía cargar un cuerpo y llevarlo al sepulcro en el día de la fiesta. También podría haberse traducido como «hacia la tarde» o «justo en los momentos en que iba a comenzar la noche». A causa de la fiesta, ya estaban quebrando de prisa las piernas de los condenados, para que murieran rápido. Porque el 14 de Nisán comenzará durante el día a las 12, es decir, a las 00, según nosotros a las 18. Este 14 de Nisán viernes es la fiesta de la Pascua, y el día siguiente, el sábado, era el día de Shabat de los judíos. El día posterior a ese, el domingo para ellos, el primer día de la semana, era como nuestro lunes. Con todas estas explicaciones, calculemos cuántos días y noches estuvo Jesús en el seno de la tierra.

1.er Día: 13 de Nisán durante el día, en la hora 9 (las 15) Jesús muere; hacia la hora 11 aproximadamente, según nosotros hacia las 17, su cuerpo es retirado,

1.ª Noche: en la hora 12 del día, es decir, a las 00, según nosotros a las 18, comienza la fiesta de la Pascua del 14 de Nisán,

2.º Día: 14 de Nisán durante el día,

2.ª Noche: 15 de Nisán sábado por la noche, comienza el Shabat,

3.er Día: 15 de Nisán durante el día, todavía día de Shabat,

3.ª Noche: en la hora 12 del día, es decir, a las 00 (las 18), comienza el primer día de la semana (domingo).

Y al despuntar el alba de 3 días y 3 noches, Jesús ya había resucitado. (Marcos 16:2-6; Mateo 28:1; Lucas 24:1-6; Juan 20:1-17) Y aquella otra palabra más detallada de Jesús también se cumplió exactamente: «Al tercer día resucitará». Su significado: el día siguiente a 2 días completos de 24 horas, el 3.er día, a cualquier hora. (Mateo 27:64; Marcos 14:41; Lucas 9:22; Lucas 18:33; Lucas 24:7) Jesucristo da también este significado del «3.er día» cuando indica el tiempo de cuándo morirá. El estilo que usa es el mismo. (Lucas 13:32)

Un bebé, el día en que nace, no tiene un año, pero ese es su primer año; no se usan expresiones como cero años, cero días o cero año. «El tercer día» significa el día siguiente a 2 días. «El año 11» significa el año siguiente a 10 años. Decir «en su cuarto año» significa el año siguiente a 3 años; decir «era el primer año de Nabucodonosor» significa que recién en ese año se convirtió en nuevo rey. No se escribe la historia con una expresión como «era el año cero de Nabucodonosor». Las fechas de la Sagrada Escritura están escritas según este entendimiento. También podéis ver este detalle en el enlace de Cronología de mi página. (Jeremías 25:1; Jeremías 45:1)

Jesús dijo: «Si no coméis el cuerpo del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros». (Juan 6:53)

¿Qué significaba esto?

Por medio del pecado proveniente de Adán, que pasó a todos los hombres —si se puede comparar, como una enfermedad contagiosa—, y por esto la humanidad se volvió mortal. En el libro que el apóstol Pablo escribió a los Romanos, en 5:12:

dice: «Por tanto, como por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, así también la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron». El Corán arroja una luz comprensible y clara sobre este tema. En la Sura Baqara 38, después de que Adán cometiera pecado, la palabra de Dios hacia ellos es exactamente así.

«...descended todos de aquí. (Es decir, son expulsados del paraíso) Después os llegará de Mí una guía. Y quienes sigan las huellas de aquella guía Mía, no tendrán temor», y con esto Dios llama la atención sobre que para su salvación deben escuchar a esa guía.

En la Sura Al Imrán, versículo 59, dice: «Ante Dios, Jesús es como Adán».

Un versículo similar aparece también en la Sura Ta.Ha, (sura 20) 122. Habíamos destacado hace un momento que Moisés dijo también esas mismas palabras similares. Moisés había hablado de un profeta como él.

Todas estas profecías y Dios mismo señalaron siempre a un salvador. Ni Mahoma ni ningún otro profeta dijeron que ellos fueran ese salvador. (Sura Yinn 21) Vemos que esto solo es así respecto a Jesucristo. Según las verdades del Corán, Él es el único que murió y resucitó y que vive ante Dios, y Él mismo es el Mesías. (Sura Al Imrán, versículo 55.)

El sacrificio de Jesucristo nos salvó a nosotros, a toda la humanidad, del pecado que pasó de Adán y, por consiguiente, de la muerte. Por supuesto, todo esto fue la voluntad de Dios. En Romanos 5:19 y 6:10 y 23:

Porque así como por la desobediencia de un hombre (Adán) los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno (Jesucristo) los muchos serán constituidos justos............ Porque en cuanto (Jesús) murió, una vez para siempre murió al pecado....... Porque la paga del pecado es muerte; pero el don de Dios es vida eterna en nuestro Señor (maestro) Jesucristo. (Hebreos 10:4)

Por eso debemos dar valor a este día, al día de la muerte de Jesucristo, para apreciar y conmemorar lo que Dios hizo por nosotros, la humanidad. Al hacer esto, no estaremos glorificando al mundo cristiano, sino a Dios.

Jesucristo, un día antes de la fiesta de la Pascua (13 de Nisán), de noche, tomó pan, hizo oración de gracias, lo partió, lo dio a sus discípulos y dijo: Tomad, comed, este es mi cuerpo. Tomó una copa, dio gracias y, dándosela, dijo: Bebed de ella todos. Porque esta es mi sangre, la sangre del pacto, que por muchos es derramada para el perdón de los pecados. (Lucas 22:14-20)

¿Recordáis que arriba Jesús dijo: «Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros mismos. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna»? (Juan 6:53-54)

De nuevo, el pan que se come aquí y el sorbo de vino que se bebe tienen significados simbólicos. Lo que se quiere expresar es que el cuerpo de Jesús fue sacrificado para nuestra salvación, para que todos los que creen tengan vida eterna. Aquella palabra que Dios, que no puede mentir, dijo a Adán: «Si comes de este árbol, ciertamente morirás» (Génesis 2:17), no podía retirarse. Dios, que es justo, solo podía perdonar la culpa de Adán si se pagaba un sacrificio, una expiación, sin defecto, exactamente como Adán. Por eso, en el Corán y en los Evangelios, Jesús es comparado con Adán. Cuando Dios creó a Adán, lo creó sin defecto. Sin defecto, pero con libre albedrío. No solo a Adán, sino que Dios creó también sin defecto, pero con libre albedrío, a sus ángeles, que viven en todos los cielos en forma de ejércitos. Por eso no cualquiera podía sacrificarse a sí mismo por Adán. Solo alguien sin defecto como Adán podía hacerlo. Por eso Jesús no tiene un padre terrenal y su nacimiento también ocurrió de forma milagrosa.

Las Sagradas Escrituras llaman la atención sobre que Él vivía también en los cielos antes de nacer, e incluso que, como el primero de los creados, era el portavoz de Dios. En Juan 1:1 y en 14 está escrito así:

En el principio era el Verbo (la Palabra, es decir, Jesús). El Verbo estaba con Dios y el Verbo era un dios. (Muchas traducciones usan la palabra Dios en lugar de dios. En realidad no es erróneo. Ambas tienen el mismo significado. Pero no hay que hacer como el mundo cristiano, que tiene el afán de confundirlo con el Dios Todopoderoso. (Juan 10:32-33). En la continuación del versículo de Juan 1:14 dice así: El Verbo se hizo carne y vivió entre nosotros. Aquí Juan habló claramente de Jesús. No podemos abordar muchas más pruebas, porque procuro mantener mis escritos lo más breves posible.

En estos días el mundo cristiano hace, con conejos y huevos, bajo el nombre de la fiesta de la Pascua de Resurrección, todo lo lejano del mandamiento de Jesús. Ya, desde sus chocolates hasta sus caramelos, hay conejos y huevos. Casi ningún supuesto cristiano conoce su significado, y los que lo conocen dicen que es una costumbre pagana. Pero nosotros queremos celebrar este día conforme al deseo de Dios y a los mandamientos de Jesús antes de morir.

¿Quiénes pueden beber del vino y comer del pan?

Los israelitas tenían que guardar esta fiesta llamada Pascua para conmemorar el día en que se liberaron de la esclavitud. Dios quería que entendiéramos que este día señalaba a un suceso futuro, es decir, que el sacrificio de la Pascua celebrado durante cientos de años era Jesucristo. De este sacrificio podían comer no solo los israelitas, sino al mismo tiempo todo varón circuncidado y su familia. Y bien, ¿qué dijo Jesús? ¿Quiénes debían beber su sangre y comer su carne? Todos. ¿Hizo distinción de cierta clase? Sí. Con razón separó a los que creen y viven dignos de este sacrificio y de esta salvación, de los que no creen y le dan la espalda a un modo de vida digno de esto.

El mundo cristiano, como suele decirse, «exprimió este asunto hasta la última gota», pues exactamente así. Ellos dan estos símbolos siempre y a todo el mundo. Por supuesto que todo el que quiere tomarlos los toma, no se puede impedir. Pero, igual que el sacrificio de la Pascua tenía su ley, esto también tenía sus condiciones. ¿Cuáles eran?

En aquellos tiempos uno se circuncidaba; ahora, en cambio, en lugar de la circuncisión del cuerpo, está el Bautismo, que significa morir a nuestros pecados y volver a resucitar. Es decir, la circuncisión de nuestros corazones. El Bautismo es también una palabra, una proclamación que, aceptando que todos somos pecadores, nos vuelve al arrepentimiento. Todos somos pecadores, pero el apóstol Juan destaca que también en esto hay un límite. En 1 Juan 5:17, al decir «Toda injusticia es pecado, y hay pecado que no lleva a la muerte», distingue también los pecados.

Todos cometemos pecado, pero nuestros pecados que no llevan a la muerte no nos impiden tomar de estos símbolos. Si vivimos una vida digna de Dios y de la muerte de Jesucristo por nosotros, tomar de estos símbolos es necesario y obligatorio. No tomar de los símbolos significa una gran falta de respeto y despreciar el sacrificio del Mesías. Junto con esto, por el contrario, como se dice en 1 Corintios 11:27: «el que come el pan y bebe del vino de manera indigna, comete delito contra el cuerpo y la sangre del Señor». En resumen, los que cometen pecado que lleva a la muerte, aunque estén bautizados, no deben tomar de estos símbolos hasta que se arrepientan y se corrijan a sí mismos.

¿Qué son estas cosas indignas?

Ya muchas cosas no son nada secretas. Hasta las mafias se reúnen en la iglesia mientras derraman la sangre de muchos. O el hecho de que los soldados, antes de combatir, antes de derramar la sangre de muchas personas inocentes, tomen de estos símbolos y oren en la iglesia, no nos hace decir «estos son dignos de la sangre de Jesús». Si en nuestro conocimiento no reconocemos a Dios, si tenemos toda clase de injusticia, maldad, codicia, rencor, envidia, afán de matar, contienda, engaño, mala intención, si somos chismosos, difamadores, aborrecedores de Dios, insolentes, soberbios, jactanciosos, inventores de males, desobedientes a los padres, faltos de entendimiento, infieles a su palabra, faltos de amor, despiadados, con costumbres idólatras; si, sabiendo que quienes se comportan así merecen la muerte, no solo lo hacemos nosotros, sino que también vemos con simpatía a los que hacen estas cosas, no nos consideremos dignos de la sangre de Jesús. (Romanos 1:28-32) Jesús, de todos modos, no enseñó a hacer estas cosas. Hacer estas cosas y aun así participar de esos símbolos no sería más que burlarse, y no hay que olvidar que está escrito que «de Dios nadie se burla». A quienes hacen estas y otras obras semejantes, Dios no los considera dignos de tomar de los símbolos. Es seguro que, como está escrito en el Evangelio de Juan, también hay pecados que no llevan a la muerte. Cada uno debe decidir esto con su conciencia, sin engañarse a sí mismo. Porque, poco o mucho, todos hemos hecho y hacemos estas cosas. Existe el hacerlas siempre con deseo y a sabiendas, como si fueran un oficio; y existe el hacerlas sin planearlas, sin saber, sin querer, por nuestra insensatez del momento, o vencidos por nuestra carne y nuestras emociones, y luego arrepentirse. De estas diferencias, una lleva claramente a la muerte, mientras que la otra nos ayuda a refugiarnos en la misericordia de Dios.

En este caos de las religiones cristianas, hay unos Testigos que yo conozco que rechazan los símbolos. Y, en cierto sentido, no encuentro otra cosa que decir sino: «Esto significa que ellos no aceptan esta salvación». Según ellos, ¡la sangre de Jesús fue derramada solo para 144.000 personas que vivirán en los cielos! Y con esta creencia, han prohibido estos símbolos a todos sus miembros. Y al mismo tiempo, esto significa rechazar la sangre de Jesús. Lo señalaré de nuevo: los Testigos, también en este tema como en muchos otros, hacen lo que su cuerpo gobernante les ordena. Y están obligados a hacerlo; de lo contrario, son expulsados de esa religión, ¡y ya ninguno de ellos les habla!

La humanidad es muy aficionada a ser un robot. Ellos también muestran, jactándose mucho, a sus cuerpos gobernantes, la obediencia que los soldados, los funcionarios y los policías de cada Estado se ven obligados a mostrar. No olvidemos también esto: ¡los hombres obedecen a lo malo, pero son muy escépticos, lentos y cobardes para hacer algo bueno! Ya hilan muy fino para hacer lo bueno y correcto. A sabiendas o sin saberlo, eso solo ellos lo saben: a los judíos les encanta, por alguna razón, poner a Moisés en el lugar de Dios; a los musulmanes, a Mahoma; a los cristianos, a Jesús; y a los Testigos, a sus cuerpos gobernantes. Lamentablemente, los hechos y sus aplicaciones son así y, aunque dan toda la gloria a estas personas más que a Dios, ¡también odian a quienes dicen esta verdad! Del cuerpo gobernante no sé, pero si hay algo que sé, es que ni Moisés, ni Mahoma, ni Jesús pidieron tal cosa a nadie. Si ellos se echaron encima este yugo a sí mismos, ¡qué le vamos a decir! Pero no olvidemos nunca esto: ¡a quien queramos complacer, y a quien más temamos, de ese también recibiremos la recompensa!

¿Cuándo se celebrará?

Al caer la tarde, después de que se ponga el sol, como Jesús nos ordenó, la noche anterior a la muerte de Jesús, debemos conmemorar este día con gratitud. Quizás estos sean temas de los que vosotros, que leéis estas páginas, ni siquiera tengáis noticia. Pero todavía tenéis tiempo por delante para prepararos y obedecer la voluntad de Dios y las advertencias de todos sus profetas. Sin importar lo que hayáis hecho hasta ahora, sin importar quiénes seáis, de qué lengua y nación seáis, de qué edad seáis, esforzaos sin falta por mostrar vuestra gratitud y vuestra fe, aprendiendo cuál es la voluntad de Dios y, al celebrar este día junto con el bautismo que simboliza el arrepentimiento de vuestros pecados, tomando un sorbo del vino que evoca la sangre de Jesús y un bocado del pan que evoca su cuerpo. Mostrad con vuestra vida y vuestros pensamientos que sois dignos del Señor.

En ningún otro hay salvación. Porque no hay otro nombre dado a los hombres bajo el cielo, por el cual podamos ser salvos....... Hechos de los apóstoles 4:12

He aquí vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: „Conoce a Jehová“; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado … Jeremías 31:31-34

Hijo mío, si recibes mis palabras, si valoras mis mandamientos y los guardas en tu mente; si así inclinas tu oído a la sabiduría, si das tu corazón al discernimiento, es más, si llamas en tu ayuda al entendimiento, si invocas la perspicacia, y si buscas todo esto como se busca la plata y lo investigas como quien investiga un tesoro escondido, entonces comprenderás qué es el temor de Jehová (el nombre propio de Dios) y hallarás el conocimiento de Dios... Proverbios de Salomón 2:1-5

13 de Nisán por la tarde, hora 00:00 (18:00)
Aproximadamente la hora 3 de la noche (21:00)
13 de Nisán durante el día, hora 6 (12:00)
Hora 9 del día (15:00)
Hora 00:00 de la tarde (18:00). Comenzó la fiesta de la Pascua del 14 de Nisán.
LA HORA DEL EVANGELIO
LA HORA DEL EVANGELIO
Tres días y tres noches
Tres días y tres noches

¡Por último!

Jueves, 17 de junio de 2004

Aunque muchos lectores sostengan justo lo contrario, he procurado tratar los temas que escribí de manera bastante breve. Admitiendo que a veces quizá los haya alargado innecesariamente, les pido disculpas. Como ya dije, alguien que lea por primera vez lo que he escrito tal vez no comprenda muchas cosas. Sin embargo, quizá pueda llegar a tener alguna comprensión sobre el resultado, y eso también solo quizá. Por eso, además del conocimiento de la Sagrada Escritura y del Corán, es imprescindible el hambre por los valores espirituales. Más que nada, hace falta investigar y comprender si todo esto es realmente así. Yo tampoco espero de ustedes que, con solo leer este libro, entiendan de inmediato casi todo. Al menos, si prestan atención a lo que leen, con el tiempo comprenderán cuánta razón tengo o cuánto me equivoco. Espero que ese tiempo no sea demasiado tarde para ustedes.

Sean los Testigos, sean personas que pertenecen a otras religiones, al final las características comunes de todos ellos se parecen mucho entre sí. Sin que se les explique, sin que se les cuente cómo es y en qué se basa que sea así o de aquel modo, y aun cuando se les cuente, sin comprenderlo; es más, sin que esos miembros siquiera quieran comprenderlo, aceptan tal cual la información que se les da y dicen que «también creen de todo corazón». Cuando se les pregunta el significado de un tema, por lo general, tras un «hmm» y pensarlo un poco, o bien arman una palabrería vacía y desatinada, o bien, si son sinceros, ríen y dicen: «entonces yo tampoco lo había entendido bien». Esto no es broma; de verdad, esas personas han sacrificado toda su vida en aras de cosas que no entienden, y de ser necesario han muerto sin pestañear. A veces aparece alguien como yo y dice cosas distintas sobre estos temas; entonces ellos, como el borracho que, aun sin comprender, nota que ha cambiado el tono de la música, también lo notan y en su interior se dejan llevar por un sentimiento de «este no es de los nuestros, es alguien peligroso». No vayan a imaginar que las personas que describo son ignorantes, insensatas, sin conocimientos, provenientes de sociedades atrasadas. Estas personas que describo son estadounidenses, alemanes, franceses, ingleses, japoneses y muchos más, y siempre son iguales. Las personas de esos países se presentan ante ti con la comodidad de la que gozan y la educación que recibieron, con las cosas que inventaron, sus casas modernas, sus coches, los trabajos ordenados e inteligentes que hacen; y sin embargo defienden ciegamente esa religión en la que se hallan respecto a Dios, que no comprenden en absoluto y que ni siquiera quieren comprender. Frente a la persona en quien percibe que tiene otra creencia, no solo defiende esa religión propia que posee de nacimiento pero que no comprende, en la que no cree y que no aplica en su vida, sino que, dentro de sus posibilidades y de ser necesario, le declara la guerra. Incluso se esfuerza por aniquilarla con toda clase de bombas, misiles, torturas y armas de todo tipo. ¡Cómo se han atrevido esos enemigos a criticar y difamar la religión que él recibió de nacimiento de forma automática!

En cuanto a los políticos que hacen esas incitaciones hostiles, en realidad no les interesan para nada las religiones de las personas. Sus preocupaciones son otras cosas: el dinero, el petróleo, el interés, la lucha por el sillón. Pero esa es la moral que se da a esos soldados descerebrados que sirven de peones. Por más que se empeñen en convertirlos en robots, el soldado también es un ser humano. No piensen que los Testigos son distintos de estos por no ir al servicio militar. Ellos son robots mucho más obedientes. ¡Y del tipo que no oye, no piensa, no puede decidir y no quiere ver!

¿Qué quiero decir otra vez? Si les cuento una de las preguntas que muchas veces les he hecho a los Testigos, quizá lo entiendan. Después de discutir y hablar larga, larguísimamente con ellos sobre un tema, para que se dieran cuenta de que tenían una fe fanática y ciega, les preguntaba así: «Lo que yo cuento, esta creencia, este pensamiento, esta regla, o lo que sea, a la que ustedes se oponen con tanto ardor; si su cuerpo gobernante la proclamara, ¿tendrían algún problema en creerla?»; y al decirlo, la mayoría enseguida respondía: «No, entonces la aceptaría». Y unos pocos, como entendían lo que yo quería decir, esquivando el asunto decían: «pero entonces me lo tendrían que explicar», tratando de crear la impresión de que les obedecen entendiéndolo todo. Sin embargo, cuando ellos proclaman o explican algo, no miran en absoluto lo que tú piensas, lo que crees, ni cuántos sufrimientos han padecido decenas de miles en aras de esa creencia, ni cómo fueron aplastados y aniquilados. Y si entre ellos hay alguno que «rezonga», al primer puntapié lo hacen volar. Y al echarlo, no le dan ese puntapié diciendo «te opusiste a nosotros»; lo arrojan de entre ellos diciendo: «te opusiste al Dios Jehová, este puntapié también te vino de Él». ¡Sea lo que sea lo que esos hombres hagan, es Dios quien se lo hace hacer! ¡Incluso el puntapié lo hace dar en realidad Dios! ¡A ver si te atreves a oponerte! Y el ofendido, mientras se va mirando hacia atrás, arde por dentro diciendo: «¡Ay, qué he hecho!». Según su propio parecer, de verdad ha recibido ese puntapié de parte de Dios. Aunque crea al cien por cien que tiene razón en aquello a lo que se opuso y que causó su expulsión, ellos han manipulado la conciencia de esas personas durante años de ese modo. Además, en ellos no hay distinción de justo o injusto, de equitativo o inequitativo, de correcto o incorrecto. Sea lo que sea, no obedecerles y oponerse significa oponerse al mismísimo Dios. Y encima, como dicen algunos sabihondos de entre ellos, supuestamente primero tendrían que explicarle a uno aquello que no acepta. En ese momento, mientras riñe contigo, ¡qué hombría, qué valentía, qué honradez, y con una pose como si su fe descansara sobre qué cimientos tan sólidos, se te presentará como probado! Los que no conocen ni saben también se tragan estas tretas. Ojalá las personas fueran como se hinchan y como dicen ser. Al menos entonces no serían burros. Sin embargo, sus sistemas educativos son iguales a los sentimientos de patria y nación que se inculcan a los ejércitos militares. Así como a un alemán se le inculca el amor a la patria, a estos se les inculca la lealtad a su organización. Por más virtuosos, superiores, señoriales y dignos de confianza en su palabra que sean los hombres, los reyes del Estado considerado enemigo al que se oponen; es más, aunque su propio rey, sus compañeros, sean moral y éticamente muy inferiores a esa otra sociedad, ese soldado jamás se le pasa siquiera por la cabeza cambiarse de bando hacia el otro lado. Esa es la mayor traición. Para el otro lado la situación es la misma. Aunque hubiera alguien que se pasara del otro lado al suyo, eso también, según ellos, es una gran traición. Por más que hasta el fin de la guerra usen a esa persona en aras de sus propios intereses, jamás confían en ella. Porque también ellos, para sus adentros, piensan sobre esa persona: «Este hombre, si en otra guerra ve que los ejércitos y la nación del bando contrario poseen una moral, una ética y unas cualidades de justicia superiores a las nuestras, ¿quién sabe si no cambiará de bando en contra nuestra?»; y así, sin siquiera dejar vivir a semejante persona entre ellos, la matan o la aniquilan con dulzura. Ocurre un accidente, se envenena, de repente se le para el corazón, o algo así. ¡Y a esas personas que estaban del lado de la rectitud les organizan después ceremonias grandiosas! Les erigen estatuas. Escriben sus nombres con elogios en sus historias. Pero en realidad todo esto es un espectáculo. En verdad, los gobernantes aniquilaron a esas personas porque sintieron que no podrían dominarlas. Ellos necesitan hombres del tipo robot que cumplan sus órdenes de manera incondicional, ciega, cueste lo que cueste, sin reconocer obstáculo alguno. El otro tipo, es decir, las personas capaces de pensar, con capacidad de discernir, de voluntad libre, para ellos son inmundas. El que el físico Albert Einstein se salvara por casualidad de milagro, a punto de ser aniquilado por ser judío, y que Estados Unidos lo acogiera, es también un buen ejemplo de lo que cuento. Y ahora, sin vergüenza, se jactan de él diciendo «premio Nobel de física alemán». Y su jactancia no es por la personalidad de esa persona, sino por ser alemán; el objetivo, otra vez, sacar tajada de gloria para sí mismos. ¡Como si a Einstein le importara mucho ser alemán! Cuando les conviene lo hacen alemán, cuando no les conviene lo hacen judío.

¡Qué creencia y qué educación tan espantosas tenemos! No como país; digo esto en nombre de la humanidad, abordándolo a escala mundial. Esta es la moral educativa que nuestro mundo intenta inculcarnos. Cuando leemos a los siervos de Dios, lo que hicieron, los ejemplos que dejaron, la diferencia es tan grande que no admite comparación.

Al rey David, dos hermanos que mataron mientras dormía en su cama a un rey que podría llamarse enemigo de David, y que trajeron con alegría su cabeza diciendo que «el Señor le concedía venganzas», les responde así en tiempos de David: (¡Por lo visto ese tipo de gente también hacía siempre estas cosas en el nombre del Señor!)

Pero David respondió así a Recab y a su hermano Baaná, hijos de Rimón el beerotita: «Vive el SEÑOR, que ha librado mi vida de toda angustia, que a aquel que me anunció la muerte de Saúl, creyendo que traía buenas nuevas, lo prendí y le di muerte en Siclag. ¡Esa fue la recompensa que le di por la buena nueva que trajo! (Sin embargo, el rey Saúl era alguien que siempre quería matar injustamente a David)

¡Con cuánta más razón, cuando hombres malvados han matado a un hombre justo en su casa, en su cama, es más segura su muerte! ¿No os haré desaparecer ahora de la tierra, tomando de vosotros venganza por él?»

Entonces dio una orden a sus hombres. Y ellos mataron a los dos hermanos, les cortaron las manos y los pies y los colgaron junto al estanque de Hebrón. Pero la cabeza de Isboset (el rey que habían matado) la tomaron y la enterraron en el sepulcro de Abner, en Hebrón. 2 Samuel 4:9-12

Hemos leído la recompensa que dio a aquellos que se daban aires de traer, según su propio parecer, alegres nuevas, por haberse tratado mal incluso a alguien que buscaba la vida de David, que era su enemigo. Sin embargo, la muerte de esa persona significaba para David llegar a ser rey sobre todo el país. Pero David no pensaba en estas cosas. Es decir, David, fuera quien fuera, estuviera contra quien estuviera, mostraba a todos las cualidades superiores que poseía, y quería que todos fueran también así. Si algo así se hiciera en la época actual, a esos hombres se les darían medallas y se les proclamaría héroes en los periódicos. Los alemanes queman cada día, a media noche, las casas de los turcos, y ni siquiera se permite que se difunda en las noticias. ¡Supuestamente para evitar el desorden! Un vago turco golpea a un alemán, y todos los periódicos y el parlamento se ponen de pie. Un mocoso vago alemán de diecisiete años y dos metros de estatura viola por la fuerza a una niña inglesa de trece años, y toda la prensa y el pueblo se vuelven enemigos de Turquía y de los turcos preguntando por qué se detuvo a ese vago. Aquel sale de la cárcel en Turquía en un año, mientras que al turco que golpeó al alemán se le da una condena de doce años de prisión. Y a los que queman en masa a esos turcos ni se les atrapa ni se les castiga. Al mirar estos ejemplos, queramos o no vemos cuán distinta es la comprensión de justicia, moral, hombría y obediencia de nuestra época respecto a la de los verdaderos siervos de Dios. Además, David no era tampoco una persona ciega a las etiquetas. Aunque pensaba en el reino, lo veía como un regalo que Dios le había dado, una tarea, e incluso a veces como una responsabilidad grande y pesada de llevar. Para David, ser rey significaba servir a su pueblo. No de boquilla, sino con obras y de todo corazón, David era así. Y lo que más me interesa de este asunto es la tristeza que David sintió por la muerte de alguien que en cierto punto era su enemigo. ¿Acaso no era Dios quien quería que él fuese rey y quien por ello lo había ungido sobre Israel? Justo ahora, tras todas las penurias que había pasado, ya no le quedaba ningún enemigo. Estas dos personas que se pusieron de su lado también acuden con alegría a David, creyendo haber hecho, según su parecer, un gran sacrificio, un acto de valentía y heroísmo. ¡Y David les hace volar la cabeza! ¿Es esto concebible? ¿Por qué David no se alegró de que su enemigo hubiera muerto, sino que se entristeció?

Porque David no pensaba solamente en su propio interés ni su objetivo era obtener el reino. No tenía la mentalidad ni la disposición de corazón para engañarse a sí mismo diciendo: «cueste lo que cueste, además, ¿no me ungió Dios como rey? Seguramente Él también lo quiso así». El estómago de David no toleraba unir un acto injusto con su propio interés y decir «Dios lo quiso así», ni engañarse a sí mismo diciendo «si esto es una maldad, yo no hice nada, lo hicieron ellos, yo no tengo culpa». Él no se vendió por tales cosas. David hizo activamente obras santas, justas, honradas, virtuosas y de cualidades superiores. Mientras las hizo, Dios estuvo a su lado. Aunque de vez en cuando pecó, su castigo fue grande. Y Dios tampoco ocultó su ira contra él. Pero en este suceso que he mencionado arriba, David creció ante los ojos de Dios, no empequeñeció. ¡Dónde queda la moral, la hombría, la honradez, la ética y la comprensión que Dios da a las personas; y dónde nuestra propia comprensión, nuestra hombría, nuestro nacionalismo, nuestras obediencias, nuestras lealtades, nuestros heroísmos que nos empeñamos en crear! Y encima, sin vergüenza, mientras hacemos tales obras torcidas, usamos Su nombre. ¿Acaso en Romanos 2:24 dice en vano, por medio del apóstol de Dios:

«...por causa de vosotros es blasfemado el nombre de Dios entre las naciones» !

Aquí he dado por casualidad como ejemplo a un solo David. Hay muchos más, tantos que escribirlos todos no cabría en libros. Por eso, sea lo que sea, pensemos no solo en nosotros mismos, ni en cosas viles y sencillas porque así nos las enseñaron; pensemos en los valores superiores, divinos. Sabiendo qué son estos y aprendiéndolo de Aquel que nos creó a nosotros y a todo el universo, abracemos con amor a la verdadera virtud, a las cosas santas, a la hombría, a la justicia, a la libertad, al amor, a la rectitud, a la misericordia, y a quienquiera que haga todo esto, sea de la nación, raza o color que sea. No nos vendamos rompiendo nuestra imparcialidad y desviándonos de la justicia y la rectitud ni siquiera hacia quienes no hacen estas cosas. David no actuó según la injusticia y la maldad de su enemigo. Él vivió con una personalidad que representaba un carácter superior ante todos. Con la conciencia de que ante Dios sería responsable de sus propias obras, se aferró a las obras virtuosas. A pesar de sus errores de vez en cuando, no aflojó. Aferrémonos nosotros también a estas cosas. Como digo, sin fijarnos en la identidad, la etiqueta, la nacionalidad, la raza ni el sexo de quienes tenemos enfrente. Yo aprendí estas cosas de Dios durante veinte años. Dios mira a quienes hacen las cualidades superiores que he enumerado y las que no enumeré por abreviar, e incluso las que ni siquiera sé enumerar, y los elige a ellos. Sin fijarse en la identidad de ninguno, ni en dónde vive, ni en su pasado, ni de dónde viene, ni de qué religión, nación o raza es. (2 Crónicas 16:9; Ezequiel 18:1-32) A todos los que se apartan de sus malos caminos y vienen a Él, quienes y lo que sean, Dios los acepta. (Ezequiel 18:32)

Cuando miro hacia atrás, las cosas de las que me arrepiento de esos veinte años pasados son únicamente mis propios errores y mis obras equivocadas. Nunca me he arrepentido de esos veinte años pasados con los Testigos, ni de las costumbres vacías y los malos hábitos que abandoné. Si no hubiera entrado entre los Testigos, quizá ni me habría entusiasmado tanto como para adquirir conocimiento sobre Dios, ni habría llegado a conocer sus inmundicias por mucho que las oculten. No habría podido adquirir las experiencias que poseo, y jamás habría podido siquiera imaginar en aras de qué cosas tan vacías se venden las personas y se hacen esclavas. En realidad, ¿acaso las personas no se difaman y no se odian ya unas a otras por cualquier motivo? Pero entre esos sentimientos suyos y las cosas que yo digo haber «aprendido» hay una gran diferencia. Yo adquirí estos conocimientos, estas experiencias, esas cosas feas basadas en pruebas y cómo las hacen en el nombre de Dios, creyendo en ellos con sinceridad. Al principio mi objetivo no era oponerme ni hacerme enemigos. Las personas sienten odio mutuo unas por otras a causa de sus malas obras. Con la conciencia tranquila y limpia confieso que no recuerdo haberle hecho mal a ninguna de estas personas, ni haber esperado provecho alguno. Mi hermano, con quien nacimos del mismo padre y de la misma madre, también entró entre ellos. Años después, confesándolo abiertamente, dijo que «entre las razones para empezar allí estaba todo menos Dios». Muchas personas son como él. No solo en su relación con los Testigos, sino siempre y con quienquiera que estén, la idea de buscar a Dios es un sentimiento que ni de lejos ni de cerca han sentido en ningún lugar. Hay miles de millones de personas que tienen también esta disposición de corazón. Además, por medio de ellos no aprendí solo cosas malas, sino también cosas buenas. Que ellos mismos no las hicieran, eso no me incumbió. Si con la información que doy puedo ayudar a que se salve una sola alma en aras de esto, digo que todos esos años que pasé valieron la pena. Aunque fuera por una sola alma humana, ¿no valen la pena su salvación, todas las luchas, todas las penurias? Para mí valen; aunque fuera una sola, vale. También aprendí a pensar así de Cristo.

«¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y una de ellas se descarría, ¿no deja las noventa y nueve y va a los montes a buscar la que se ha descarriado? Y si llega a encontrarla, de cierto os digo que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se descarriaron. Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos que se pierda ni uno de estos pequeños» dice Jesús el Mesías (Mateo 18:12-14)

Si no hubiera visto y conocido a los Testigos, ¿de dónde iba a conocer el Corán? ¿Iba a investigar así? Yo aprendí el Corán gracias a las incitaciones y provocaciones, sin saberlo, de personas enemigas del Corán. Con la Sagrada Escritura ocurre lo mismo. Tampoco yo deseché la Sagrada Escritura mirando a los musulmanes. Si no hubiera existido esa Sagrada Escritura que ellos dicen que «fue alterada», yo jamás habría podido conocer ni comprender las falsedades, las mentiras, la hipocresía de los cristianos, y lo más importante, a Dios, nunca jamás. Con esto no me refiero a personas concretas una por una. Esto lo veo cuando tomo esos libros como medida y comparo mirando a las religiones. En este asunto el musulmán y el cristiano no son diferentes. Hay diferencia de celofán y de envoltorio, nada más. Por dentro, lamentablemente, todos son iguales.

Las cosas que aprendí nunca fueron una carga para mí. Sentí alegría por lo que aprendí acerca de Dios. Gracias a Dios, esa alegría me la hizo saborear en libertad. Si hubiera sido miembro de alguna religión, creo que entonces jamás habría podido caminar por este camino con alegría. Es más, mi ruptura con Dios podría haber sido una gran probabilidad. Considerar un privilegio, por mi parte, escuchar a quienes daban discursos en las reuniones de los Testigos. En cambio, al ver entre ellos a personas que se miraban unas a otras llenas de ira preguntando por qué no había venido fulano a las reuniones, me di cuenta de cuán a la fuerza hacían ellos esto. Como cada uno lo hacía a duras penas y a la fuerza, rabiaban porque envidiaban la indiferencia y la libertad de los demás. Si no, esa falsa preocupación que mostraban no era porque buscaran el bien de esa persona ni porque la amaran. Se enfadaban diciendo: «¿por qué él no viene como nosotros y no padece las mismas penurias?». Yo, en cambio, solo me sorprendía y al principio ni siquiera lo entendía. Pero sabía muy bien que las mismas cosas ocurrían también en el islam. No es poca la presión que sufren, según la sociedad en que se encuentran, quienes no ayunan o no van al rezo del viernes. Y he visto y oído mucho cómo a quien no va al rezo de la fiesta no solo no vuelven a admitirlo entre ellos, sino que además dejan de hacer negocios con él. Yo, en cambio, si ese día venía un orador muy bueno, me entristecía por esa persona que no había venido, y luego trataba de contarle el discurso tanto como lo pudiera retener; y si venía un orador malo y aburrido, esta vez me alegraba por esa persona. Le decía: «menos mal que no viniste, si no del aburrimiento solo te habrías dormido». Según ellos, en cambio, los que somos como yo somos muy peligrosos. ¡Sea lo que sea, siempre hay que venir, y sea lo que sea, siempre hay que alabar, y sea lo que sea, siempre hay que obedecer! En mi opinión, con esto están diciendo abiertamente: «aprended de una vez a ser hipócritas y sinvergüenzas». Lo que en realidad logran es destruir la alegría entre Dios y el siervo. Cada uno de ellos es un misionero diligente y trabajador que opera con este objetivo.

No quiero alargar el libro. Ya se ha hecho suficientemente largo. Creo que por medio de este libro me ganaré también el odio de muchos. En realidad, no he escrito nada nuevo. Todo esto tampoco es un pensamiento nuevo. En toda época las personas han sabido lo que son estos religiosos. O se han alejado de ellos, o los han odiado en secreto. Y si también tenían fuerzas, los han aniquilado. Yo no estoy a favor de que nadie sea aniquilado; debe haber libertad. Con todo, sé por las profecías que a ellos les queda muy poco tiempo. Sea como sea, si con mi libro he podido darles aunque sea una gota de conocimiento, dichoso de mí. De verdad, apenas una gota. Si tenéis sed, si he podido despertar vuestro anhelo, entonces, para beber a saciedad, adquirid el conocimiento de Dios que Dios ordena a todos y que pide por separado a cada uno de sus siervos. Y aplicadlo también en vuestra vida. Sin haceros esclavos de nadie más que de Dios, sin temer, apartando a un lado vuestros vacíos intereses y placeres, hacedlo con alegría. Yo ni terminé facultades de teología ni estudié teología. Creo que si hubiera ido allí, me habrían enseñado todo menos a Dios, todo lo que está lejos de Él. Estas cosas que escribo diciendo que son «apenas una gota» las aprendí y las comprendí como una persona corriente y sencilla. Dios no tiene necesidad alguna de los muuuy sabios, muy eruditos, muy poderosos de este mundo. Al contrario, dice que Dios eligió las cosas viles e inútiles a los ojos de este mundo para avergonzarlos a ellos. (1 Corintios 1:26-31) Yo tampoco me avergüenzo de ser alguien despreciado e inútil según este mundo. Respecto a las faltas de ortografía de este libro que escribí, y desde los errores gramaticales hasta las incorrecciones en la construcción de las frases, por favor, no reparen en mis defectos ni en mi ignorancia. Como los llamados escritores, los artistas, están ocupados en escribir cuentos que agradan a la gente y en exhibir sus cuerpos, yo también, con atrevimiento, tomé sobre mí semejante tarea. No lo hice por ser digno de ello, sino porque me sentí obligado a hacerlo. He puesto mucho empeño en que este libro sea comprensible para todos, con un turco que casi había olvidado. Como dicen de nosotros, ni el turco ni el alemán aprendimos bien; no nos enseñaron. Sé también cómo los periodistas se burlaban del turco de un futbolista de origen turco nacido y criado en Alemania y que se hizo famoso. Sin embargo, esos periodistas que se burlan, así como no saben ni un solo idioma extranjero, quién sabe qué malabares harán también en el idioma que creen saber. Por eso, por favor, quien vaya a criticar este libro, que critique su contenido. No sus comas, sus letras, sus frases, su gramática. Yo admito y confieso que no soy competente en estos asuntos. Por eso, una y otra vez, perdonad.

Más que sobre las faltas de ortografía y de gramática, sobre el contenido de este libro y sobre el odio que muchas personas me tendrán, quisiera decir también lo siguiente. Si estos escritos míos son infundados y mentira, entonces creo que esas personas, esas instituciones, esas organizaciones no tienen por qué temer ni enfurecerse. ¿Quién soy yo para que aguces los dientes contra mí? ¿Acaso la recompensa y también el castigo de todo no están en manos de Dios? Si quienes se enfurecen conmigo se consideran justos en aquello por lo que se enfurecen, y en la presencia de Dios les esperan recompensas, ¡entonces a mí me tocará el tormento del infierno! Por eso, ¿no deberían alegrarse por su propia cuenta y entristecerse por la mía? Pero no; si esto que escribo es exactamente igual a lo que cuento; es más, si a causa de estas razones de las que hablo, aunque sea una entre un millón, solo se provoca la gran ira de Dios, entonces me entristeceré por ellos. Diré: «¿por qué no se arrepintieron de todos estos malos caminos y no volvieron?». Como todos por ello darán cuenta por su propia cuenta, caer en manos del Dios vivo es también algo espantoso. Porque nuestro Dios es al mismo tiempo un Dios que toma venganza. Más que a las religiones y las organizaciones, aconsejo también a las personas que se han hecho miembros de ellas que entren en razón por sí mismas. Porque, culpe quien culpe a esas instituciones, ellas por su propia cuenta siempre son inocentes, ¡son siervos que cumplen órdenes! Por eso, que cada uno se mire a sí mismo y no se esconda tras excusas. Porque tales excusas no salvarán a nadie.

También hubo lectores míos que me acusaron con delicadeza, y también quienes me elogiaron y me valoraron. Algunos, en cambio, me acusaron de difundir falsa profecía. Yo no soy profeta como para que exista uno falso de mí. ¡Dicen que los escritos que escribí encierran un sentido de profecía! Si toda enseñanza que explica a partir de la Sagrada Escritura y del Corán resulta ser profecía, ¿qué es lo que hacen todas las religiones? Y quienes más lo hacen, lamentablemente, son los que me acusan. Yo no me avergonzaría de ser profeta. Si fuera profeta, tampoco tendría reparo en decirlo abiertamente. Pero ¿cómo puedo afirmar algo que no soy? Puede que los conocimientos históricos que escribí o en los que creo, y mi comprensión, sean equivocados. ¡Es que no he leído nada más correcto! Nadie tampoco me ha mostrado nada más correcto, no ha podido mostrármelo, o me lo mostró y yo no quedé satisfecho ni pude creerlo. Pero no; si ellos ni siquiera pueden tolerar que hable nadie más que ellos mismos, creo que con esa clase de intolerancia que poseen solo se llevarán a la perdición a sí mismos y a quienes los siguen. Y encima, aunque me equivoque, soy sincero. No tengo provecho ni expectativa alguna de nadie. Tampoco me esforcé ni me esfuerzo en hacer burro a nadie para que cargue con mi peso. Si yo callo, si aquel calla, si nadie habla, ¿cómo obtendremos la comprensión correcta? Durante miles de años la humanidad de nuestro mundo ha visto lo que las religiones nos han dado. Ellas se han empeñado en tomar y aniquilar hasta esa pizca de verdad que hay en las personas. Si aumenta el número de los que son como yo, ¿qué harán esos religiosos gorrones acostumbrados a chupar la sangre de la gente? Esto se ha convertido en su fuente de sustento; ¿acaso querrían que se lo arrebataran de las manos? Con tantas y tan diversas religiones y sectas, ya hay bastante competencia. ¿Y encima van a tolerar a los que, como yo, sueltan cualquier cosa a diestra y siniestra?

Con el deseo de que todos permanezcáis en la paz que Dios proveerá, quedad con bien.

İhsan Kiper

Alemania, viernes 13 de agosto de 2004

¡Atención!

«Algunos / ciertos derechos del libro están reservados»; sin el consentimiento del autor no se puede hacer ningún cambio en el libro. Sin embargo, sin hacer ningún cambio y con la condición de que sea gratuito, podéis seguir distribuyéndolo tanto como queráis.

Sección 303a, modificación de datos: (1) Quien de manera ilegal borre, suprima, inutilice o modifique datos (Sección 202a (2)) será castigado con pena de prisión de hasta dos años o con multa. (2) Quienes intenten todo esto también pueden ser castigados. (3) Se aplica según la preparación de un delito que conlleva pena conforme a la Sección 202c, párrafo 1. Y además, § 303b, ley de sabotaje informático.

Índices comparativos de versículos

No busque aquí la forma de un índice completo. Estos versículos los saqué a la luz como resultado de mis propios estudios. Preparé este pequeño índice para que resulte más fácil, al hablar con cristianos que dicen «el Corán no puede ser palabra de Dios» o «tres dioses», o bien para mostrar el error de la concepción tergiversada que el islam tiene sobre temas como morir, resucitar o adorar, o para demostrar que las Sagradas Escrituras son palabra de Dios. Espero que este índice, que preparé sobre temas escogidos de manera especial, también les sea de ayuda a ustedes. Las citas del Corán proceden de la traducción de Osman Nebioğlu. Las citas de las Sagradas Escrituras pertenecen tanto a la traducción turca nueva como a la antigua.

DIOS (Corán)

Se ha escrito de forma abreviada como: Número de la sura : Número de la aleya.

20:52 Él ni yerra ni olvida…

3:117 Dios no es opresor

3:112 Dios no es opresor

7:29 Así como Él os creó al principio, así también volveréis a Él

8:51 Dios jamás oprime

9:70 Dios no les había oprimido

11:101 Nosotros no les oprimimos

23:116 Un Dios feliz

29:40 Dios no fue de los que les oprimieron

40:31 Dios no oprime a sus siervos, no lo quiere

42:46 Dios no es opresor de sus siervos

43:76 Nosotros no les oprimimos

50:29 Yo (Dios) no soy opresor de los siervos

4:79 Todo bien procede de Dios

4:117 Dios es justo

16:33 Dios no cometió injusticia

14:47 Dios es poderoso, dueño de la venganza (represalia)

21:108 Vuestro Dios es un único Dios.

10:61 Ni en el cielo ni en la tierra hay nada oculto para Él.

3:2 Él es el que subsiste eternamente y existe desde la eternidad.

6:59 No cae una hoja sin que Él lo sepa

53:32 …cuando aún estabais en forma de embrión en el vientre de vuestras madres, Él es quien mejor lo sabe

30:9 Dios no comete injusticia alguna

32:7 El que crea bella toda cosa que crea

22:47 Ante Él, un solo día vuestro es como mil años. El mismo tema también en 32:5

39:5 El poderoso, el sumamente indulgente es Él

42:51 Nadie ha visto a Dios

43:20 Él no quiere que adoréis a los ídolos

59:22;23;24 Él es un Dios tal que las más bellas cualidades —dar la paz y el silencio, velar, proteger— son suyas.

112:4 Nada es igual a Él

Dios ( Sagradas Escrituras )

1 Juan 4:8 Dios es amor

Éxodo 20:6 Un Dios celoso

Éxodo 34:6 Un Dios muy compasivo y clemente, tardo para la ira, y grande en perdón y en verdad

Deuteronomio 4:31 Un Dios muy compasivo

Salmos 86:15 Un Dios perdonador y misericordioso

Santiago 5:11 El Señor es muy compasivo y misericordioso

1 Timoteo 1:11 Un Dios santo (bendito)

1 Corintios 8:4 No hay más Dios que uno solo

1 Timoteo 2:4 Él (Dios) quiere que todos los hombres se salven y lleguen a la verdad

Job 41:11 ¿Quién me dio a mí (a Dios) primero, para que yo se lo pague? Todo es mío

2 Pedro 3:8 Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día

Juan 1:18 Nadie ha visto jamás a Dios

Éxodo 3:15- Isaías 42:8 Jehová, este es mi nombre para siempre, y este es mi memorial de generación en generación

Infierno (Corán)

23:103 Sus propias almas sufren la perdición

4:97 Cuando los ángeles tomen sus almas

7:50 El agua que Dios vedó a los incrédulos

9:49 El infierno rodea a los incrédulos

9:63 Permanecen en él para siempre

10:54 Cuando vean el castigo sentirán arrepentimiento

11:106 Allí hay gemidos y sollozos

13:34 El castigo en este mundo y el castigo en la otra vida

14:17 Intentará sorberlo, pero no podrá tragarlo de ninguna manera; la muerte lo envolverá

16:27 Estarán en un estado despreciable

18:53 Al ver el fuego comprenderán que caerán en él

25:69 El día de la resurrección su castigo se multiplicará, y él permanecerá para siempre humillado

32:21 Antes de aquel gran dolor probará el dolor cercano

46:20 Seréis castigados con un castigo denigrante

55:41 Serán reconocidos por sus rostros

57:13 Aquel día dirán a los que han creído: «Esperadnos, tomemos un poco de luz de vuestra claridad»

75:21-23 Algunos rostros se ensombrecerán y comprenderán la desgracia

74:38 Cada alma es rehén de lo que ha ganado

78:22-27 La última morada de los rebeldes, para siempre

18:102 Un lugar de permanencia para los incrédulos

47:10 Sufrirán el fin de los que fueron desarraigados

7:37 Alcanzarán el destino escrito en el Libro

20:74 Allí ni muere ni vive

29:55 Aquel día, cuando el castigo envuelva sus cuerpos

34:33 Al ver el castigo sentirán arrepentimiento

36:59 Apartaos hoy, ¡oh pecadores!

38:61 ¡Oh Dios nuestro! A quien nos haya traído esto sobre la cabeza, castígalo el doble

73:17 No podréis protegeros del día que envejece a los jóvenes

104:6-7 Es el fuego de Dios que descenderá sobre los corazones

2:80-81 Quien obra el mal y cuyo pecado cometido lo rodea es eternamente del infierno

17:14 El día del ajuste de cuentas basta con entregar la propia alma

30:55-56 y 20:103-104 Cuando resuciten, de nuevo negarán a Dios

37:62-67 Comer del árbol del zaqqum

Infierno ( Sagradas Escrituras )

Mateo 25:46 Y estos irán al castigo eterno

Mateo 10:28 Temed a aquel que puede destruir en el infierno tanto el cuerpo como el alma

Mateo 5:22 Será reo del fuego del infierno

Mateo 13:42 Los echarán allí al horno de fuego

Mateo 18:9 Es mejor que ser arrojado al fuego del infierno

Mateo 25:41 El fuego eterno preparado para el Diablo y sus demonios y para los malditos

Apocalipsis 20:10 Fueron arrojados al lago de fuego. Serán atormentados día y noche

Apocalipsis 20:14 El lago de fuego, esta es la segunda muerte

Daniel 12:2 Y estos despertarán para la vergüenza y el aborrecimiento eterno

Lucas 13:28 Verán a Abraham y a Isaac, y ellos mismos quedarán echados fuera

Lucas 16:24 Una parábola, un ejemplo relativo al infierno

Isaías 65:20 El niño morirá a los cien años, el que peque será tenido por maldito

Juan 5:29 Los que hicieron el mal resucitarán para el juicio de condenación

Santiago 5:3 Y comerá vuestra carne como fuego

Paraíso (Corán)

3:107 Sus rostros se iluminarán y alcanzarán la misericordia de Dios

7:37 No caerá en la mala situación del Libro

7:44 El lugar donde hallarán lo prometido

7:48 Los de al-A'raf son reconocidos por sus rostros

7:50 El fruto que Dios vedó a los incrédulos

11:105 Una parte desdichada, una parte feliz

44:56 Allí no hay más muerte que la primera muerte

47:15 Correrán ríos de agua, de miel, de vino, de leche

37:59 No sufrir más castigo que la primera muerte

31:9 Allí permanecen para siempre

35:34 Alabado sea Dios, que apartó de nosotros la tristeza

36:56 Ellos y sus cónyuges están entre sombras

7:42 Allí permanecerán para siempre

Paraíso ( Sagradas Escrituras )

Isaías 65:21-25 No trabajarán en vano ni engendrarán para la calamidad

Isaías 65:19 En él no habrá voz de llanto ni de clamor

Daniel 12:2 Vivirán la vida eterna

Amós 9:13 Los montes destilarán vino nuevo

Mateo 5:3 El reino de los cielos es de ellos

Mateo 5:4 Porque ellos serán consolados

Mateo 5:6 Porque ellos serán saciados

Apocalipsis 21:4 Enjugará de sus ojos todas las lágrimas; allí no habrá luto, ni llanto, ni dolor

Apocalipsis 21:7 Los vencedores heredarán estas cosas

Apocalipsis 22:17 Y el espíritu dice: ven; y el que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida

Mundo (Corán)

6:32 La vida de este mundo es diversión y juego; la otra vida es mejor que ella

2:200 Quien desea los bienes de este mundo no tiene parte en la otra vida

2:212 A los incrédulos la vida de este mundo les parece hermosa

3:14-15 Lo mejor que las cosas que parecen bellas en este mundo está en el paraíso, junto a Dios

21:105 Mis siervos buenos heredarán la tierra

4:74 Que combata en el camino de Dios quien sacrifica la vida de este mundo por la otra; su recompensa es grande

8:67 Vosotros queréis los bienes de este mundo, pero Dios quiere para vosotros la otra vida

9:38 ¿Os conformáis acaso con la vida de este mundo en lugar de la vida futura?

14:3 Ellos anteponen la vida de este mundo a la otra vida

17:18-19 A quien desee este mundo, luego le pondremos el infierno por morada

19:104 Cuyos esfuerzos en la vida de este mundo se perderán, y creían que obraban bien

7:32 ¿Quién vedó el buen adorno y el buen sustento que Dios creó para sus siervos? Estos son para los que creen en la vida de este mundo.

7:25 Allí vivís, allí morís y de allí seréis resucitados y sacados

7:54 Vuestro Dios creó los cielos y la tierra en seis tiempos

9:69 Los que tomaron su parte del mundo solo se alegraron por breve tiempo

10:7-9 La morada de aquellos que se contentaron y satisficieron con esta vida mundana y no comprendieron nuestras aleyas es el fuego

10:24 La vida de este mundo es deslumbrante (se explica con un ejemplo)

13:26 La vida de este mundo es, al lado de la otra, un disfrute de corta duración

14:27 Dios fortalece con palabras firmes a los que creen, tanto en la vida de este mundo como en la otra

17:72 Quien en este mundo es ciego, también en la otra vida es ciego y ha extraviado su camino

20:71-72 El fallo de los malvados solo vale en esta vida mundana

20:131 El esplendor de la vida de este mundo es para poneros a prueba; no vuelvas hacia él tus ojos

28:60 Lo que se os ha dado es solo el adorno y la diversión pasajeros de la vida de este mundo

35:5 No os dejéis engañar por la vida de este mundo. Y que el engañador no os engañe

40:39 ¡Oh pueblo mío! Esta vida mundana es pasajera; la otra, en cambio, es la morada permanente

53:29 Apártate de quien vuelve la espalda a nuestra advertencia y da valor a la vida de este mundo

Mundo ( Sagradas Escrituras )

1 Juan 5:19 Sabemos que el mundo entero está en poder del maligno (bajo el dominio del malo)

1 Juan 2:16-17 Todo lo que hay en el mundo no procede de Dios, y las cosas del mundo pasan; el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

Santiago 4:4 La amistad con este mundo es enemistad con Dios

Hebreos 11:7 Noé, por su fe, condenó al mundo

Juan 15:19 Como no sois de este mundo, el mundo os aborrece

Juan 3:16 Porque de tal manera amó Dios al mundo que dio a su unigénito Hijo

2 Corintios 4:4 El dios de este mundo (Satanás) cegó los pensamientos de los incrédulos para que no amaneciera en ellos el Evangelio

Juan 18:36 El reino del Mesías no es de este mundo

1 Corintios 4:9 Fuimos hechos espectáculo (exhibición) al mundo, a los ángeles y a los hombres, como los últimos

2 Pedro 3:6-7 El mundo de los tiempos de Noé pereció anegado por el agua; los cielos y la tierra de ahora están reservados para el día del fuego

1 Juan 2:2 El Mesías es propiciación no solo por nuestros pecados, sino también por los de todo el mundo

Hechos de los Apóstoles 17:31 Porque Dios fijó un día en que juzgará al mundo con justicia

Proverbios de Salomón 2:21-22 Los hombres rectos habitarán en la tierra, los malvados serán arrancados de ella

1 Corintios 7:31 Los que usan del mundo, que no lo usen con exceso

Apocalipsis 11:18 Ha llegado el tiempo de destruir a los que destruyen (corrompen) la tierra

Salmos 37:29 Los justos heredarán la tierra y morarán en ella para siempre

La práctica en las religiones (Corán)

4:142 Se levantan a la oración de mala gana y hacen ostentación ante la gente. Son corruptores.

3:19 Ante Dios, la religión es la del islam

5:63 ¡Qué mal que los hombres de religión no les impidan decir pecado y comer lo prohibido!

6:137 …para llevarlos a la ruina y dejarlos confusos, enredando su religión

10:99 Si Dios hubiera querido, todos habrían creído; ¿acaso quieres tú obligarlos?!

15:91 A los que dividieron el Corán en partes les preguntaremos

16:62 Ellos atribuyen a Dios lo que ni ellos mismos aprecian

21:92 En verdad vuestra religión es una sola religión

30:43 Vuélvete hacia la verdadera religión antes de que llegue aquel día

21:92-93 En verdad vuestra religión es una sola religión. Pero ellos rompieron esa unidad

22:17 ¡Mira! A los que creen, a los judíos, a los sabeos, a los cristianos, a los magos y a los idólatras, Dios se lo aclarará el día de la resurrección.

23:52-53 Vuestra religión es una sola. Ellos discreparon en los asuntos de la religión y se dividieron en grupos.

30:32 Los que se han dividido y fragmentado en su religión

42:13 Hizo de lo que dijimos a Abraham, a Moisés y a Jesús un camino que habéis de seguir. Aferraos a la religión, no discrepéis en ella, no os dividáis.

48:28 La hizo (la verdad traída por el Enviado, Muhammad) superior a todas las religiones

107:4-6 ¡Ay de esos que oran, que hacen sus obras por ostentación!

La práctica en las religiones ( Sagradas Escrituras )

Tito 1:16 Dicen conocer a Dios, pero con sus obras lo niegan

Romanos 2:21-25 Por causa de vosotros se blasfema del nombre de Dios entre las naciones

Mateo 15:9 Isaías 29:13 Enseñando como doctrina mandamientos de hombres, en vano me adoran

Mateo 7:16 Por sus frutos los conoceréis

Romanos 1:28-31 Como no tuvieron a bien reconocer a Dios en su conocimiento, Dios los entregó a cosas indebidas y abominables.

Romanos 1:32 …y aunque conocen el juicio de Dios, según el cual los que hacen tales cosas son dignos de muerte, no solo las hacen, sino que también aprueban a los que las practican.

Ezequiel 33:31-32 Escuchan tus palabras (las del profeta) como una canción, pero no las ponen por obra.

Isaías 9:12 y 17 e Isaías 5:25 Con todo esto, (la ira de Dios) no se apartó, sino que su mano todavía está extendida.

Amós 9:10 Todos los pecadores de mi pueblo, los que dicen «no nos alcanzará la desgracia», morirán a espada.

Mateo 7:21 No todo el que me dice «Señor» entrará en el reino de los cielos. Entran los que hacen la voluntad de Dios.

Lucas 6:49 El que oye mi palabra y no la pone por obra es semejante al que edificó una casa sin cimiento.

Juan 9:31 Sabemos que Dios no oye a los pecadores, pero sí oye a los que hacen su voluntad

Oseas 11:7 Mi pueblo tiende a apostatar de mí; aunque lo llaman al Altísimo, ninguno lo enaltece.

Lucas 21:8 Jesús dijo también: «Mirad que no seáis engañados; porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: Yo soy, y el tiempo está cerca; no vayáis tras ellos.»

Mateo 7:21-22 No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos. Solo entrará el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. En aquel día muchos me…

Casarse (Corán)

2:221 No os caséis con ellas hasta que crean

4:3 Cuatro mujeres son lícitas, pero lo mejor es quedarse con una sola

4:19 Aunque no os agraden, tened paciencia (salvo en caso de adulterio)

4:21 Que los cónyuges sean un solo cuerpo

4:23-25 Los parientes con quienes está prohibido casarse

5:5 Es lícito casarse con las mujeres de la gente del Libro (judía-cristiana)

24:3-4 Solo un creyente se casa con una creyente

24:5 Se exceptúa a quien se arrepiente y se corrige

33:37 No es ilícito casarse con las esposas divorciadas de los hijos adoptivos

Casarse ( Sagradas Escrituras )

2 Samuel 12:8 El Señor dijo a David: Puse en tu seno las mujeres de tu señor.

Eclesiastés 2:8 Adquirí muchas mujeres de las que gozan los hijos de los hombres (el rey Salomón)

1 Reyes 11:3 Salomón tenía 700 esposas y 300 concubinas

Éxodo 21:10 Si toma para sí otra mujer, no disminuirá el sustento de la primera

Hebreos 13:4 Que vuestro lecho conyugal sea sin mancha; porque a los fornicarios y adúlteros los juzgará Dios.

Efesios 5:31 Por esto el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán un solo cuerpo

Efesios 5:28-29 El que ama a su mujer (o a su marido) se ama a sí mismo

Mateo 5:32 El que repudia a su mujer por causa distinta del adulterio la hace adúltera (la empuja al adulterio); y el que se casa con una divorciada comete adulterio

Mateo 19:8-9 Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero desde el principio no fue así.

Génesis 2:24 El hombre se unirá a su mujer y serán un solo cuerpo

1 Corintios 7:39 Que vuestros matrimonios sean solo en el Señor

Deuteronomio 24:1 Si repudias a una mujer entregándole carta de divorcio…

Levítico 18:6-18 Acerca de los matrimonios prohibidos entre parientes

Concepto de pecado ( Sagradas Escrituras )

Romanos 3:23 Por cuanto todos pecaron

Romanos 5:12 Si el pecado entró en el mundo por medio de un solo hombre, la muerte pasó también a todos los hombres.

Romanos 6:23 Porque la paga del pecado es muerte

Romanos 6:7 El que ha muerto ha sido absuelto (librado) del pecado

Lo prohibido y lo lícito (Corán)

16:116 No inventéis diciendo esto es lícito y aquello prohibido

3:93 Antes de que se hiciera descender la Torá, algunos alimentos eran lícitos para los hijos de Israel

2:273 Os hemos prohibido la carne del animal muerto, la sangre, la carne de cerdo y lo sacrificado en nombre de otro que Dios.

10:59 Vosotros mismos hicisteis lícitas o prohibidas algunas cosas

6:145 Entre lo que me ha sido revelado, no encuentro en lo que come una persona nada prohibido, salvo la carne mortecina, la sangre derramada, la carne inmunda de cerdo, o lo degollado en nombre de otro que Dios…

22:30 Se os han hecho lícitos todos los animales, salvo los que se os han recitado

5:87 ¡Oh creyentes! No os prohibáis las cosas buenas y puras que Dios os ha hecho lícitas.

Lo prohibido y lo lícito ( Sagradas Escrituras )

Levítico 11:7 El cerdo os es inmundo

Levítico 11:3 Todo animal de pezuña hendida y que rumia es lícito, excepto los siguientes…

Levítico 11:24 Quien toque un animal muerto queda impuro

1 Timoteo 4:7 Desecha las fábulas impías y de viejas.

Colosenses 2:16 Que nadie os juzgue en cuestión de comida, o de bebida, o de fiesta, o del día de reposo

Hechos de los Apóstoles 10:9-48 Lo que Dios limpió, no lo llames tú común. (La libertad de todos los alimentos prohibidos en la Torá)

Acerca de Ismael, hijo de Abraham (Corán)

3:104 Que surja de vosotros una comunidad que llame al bien y ordene las obras buenas…

3:110 Sois una comunidad excelente

5:3 He completado el favor que os prometí

2:128 De nuestra descendencia haz surgir también una comunidad sometida a Ti

2:133 El Dios de Abraham, de Isaac y de Ismael

3:84 Creemos en lo que se hizo descender a Abraham, a Ismael, a Moisés y a Jesús

4:163 Enviamos revelación a Noé, a los profetas y también a Ismael

19:54 Menciona también a Ismael, era un profeta, un enviado

21:85 Ismael, Idris y Dhu-l-Kifl eran de los pacientes

22:78 Él (Dios) os escogió… La religión de vuestro padre Abraham

38:48 Menciona a Ismael, a Eliseo y a Dhu-l-Kifl. Todos eran de los buenos.

Acerca de Ismael, hijo de Abraham ( Sagradas Escrituras )

Génesis 16:10-12 …le pondrás por nombre Ismael… Su mano será contra todos, y la mano de todos contra él.

Génesis 17:20 En cuanto a Ismael, te he oído; lo bendeciré, lo haré fecundo y multiplicaré su descendencia sobremanera.

Génesis 21:13 Del hijo de la sierva (la mujer de Abraham, madre de Ismael) también haré una nación, porque es descendencia tuya.

Génesis 21:18 Levántate, alza al niño… porque haré de él una gran nación.

Romanos 2:29 Judío es el que lo es en lo interior, no en el cuerpo.

La concepción de la nación según Dios (Corán)

2:124 La descendencia de Abraham no es literal; alcanzan la promesa los que reconocen a Dios

La concepción de la nación según Dios ( Sagradas Escrituras )

Romanos 4:16 El que es de la fe de Abraham es hijo de Abraham

Romanos 4:18 Abraham, padre de muchas naciones

Romanos 9:6 No todos los que descienden de Israel son israelitas

Romanos 9:7 No por ser descendencia de Abraham son todos hijos

Romanos 9:8 Es decir, no los hijos según la carne son hijos de Dios; los hijos de la promesa son contados como descendencia (linaje)

Juan 1:13 Ellos nacieron no de la carne, ni de la sangre, ni de voluntad de hombre, sino de Dios

Juan 8:39 Si fuerais hijos de Abraham, haríais las obras de Abraham

Gálatas 3:7 Los que son de la fe son hijos de Abraham

Gálatas 3:29 Si sois del Mesías, sois descendencia de Abraham y herederos según la promesa

1 Pedro 2:10 Vosotros en otro tiempo no erais pueblo, pero ahora sois pueblo de Dios

Apocalipsis 2:9 Conozco la blasfemia de los que se dicen judíos sin serlo, siendo en realidad sinagoga de Satanás.

El ser humano (Corán)

2:29-30 Todo lo que hay en la tierra fue creado para el hombre

4:28 Dios quiere aliviaros los corazones; el hombre es débil

7:42 A nadie se le impone una carga superior a sus fuerzas

10:11 Si Dios apresurara el mal para la gente como ellos desean apresurar el bien, sus vidas llegarían pronto a su fin.

17:11 El hombre reza por el mal como si fuera por el bien. El hombre es muy apresurado.

17:100 El hombre es avaro.

18:54 El hombre es el más discutidor de todos

21:37 El hombre fue creado apresurado. Yo os mostraré mis signos. No os apresuréis.

22:66 Él es quien os da la vida, luego os hace morir, luego os resucitará. En verdad el hombre es muy ingrato.

33:72 El hombre es a la vez extraviado e ignorante.

80:23 ¡No! El hombre aún no ha cumplido lo que Dios le ordenó.

El ser humano ( Sagradas Escrituras )

1 Juan 1:10 Si decimos que no hemos pecado, hacemos a Dios mentiroso.

1 Corintios 10:13 No se os permitirá ser tentados más allá de vuestras fuerzas.

Salmos 78:32-42 …y no fueron fieles a su pacto (el de Dios), su corazón no fue recto para con Él.

1 Reyes 8:46 No hay hombre que no peque.

Acerca de los incrédulos (Corán)

2:91 Nosotros solo creemos en lo que se nos ha hecho descender

2:85 Creen en una parte del Libro y niegan otra parte

2:170 Seguimos a nuestros antepasados, no a Dios

3:7 Quien tiene desviación en el corazón sigue los diversos sentidos

4:79 Todo bien que te llega procede de Dios

5:72 Quien dice: «Dios es el Mesías, hijo de María», se hizo incrédulo

5:73 Quien dice: «Dios es el tercero de tres» es incrédulo

5:90 La adivinación, el vino, el juego y los ídolos son cosa de Satanás

30:55-56 El día de la resurrección negarán diciendo que permanecieron (en las tumbas) muy poco tiempo

37:59 No sufrir más castigo que la primera muerte

5:104 No sigas el camino de tus antepasados en lugar del camino de Dios

31:33 Guardaos de aquel día en que ni el padre servirá de nada al hijo, ni el hijo al padre

57:15 Hoy no se aceptará rescate ni de vosotros ni de los incrédulos

40:85 Después de ver el castigo, su fe no les sirve de nada

4:18 El arrepentimiento de los que dicen «me arrepiento» cuando llega la muerte, y de los que mueren siendo incrédulos, no es arrepentimiento

22:46 En verdad, los ciegos no son los ciegos, sino los corazones que hay en los pechos.

14:10 En respuesta a las palabras de los enviados, los incrédulos dijeron: «Vosotros no sois sino hombres como nosotros. ¿Queréis apartarnos de lo que adoraban nuestros padres? Traednos, pues, una prueba clara.»

8:38 Di a los que se hicieron incrédulos: Si desisten, se les perdonará lo que hicieron en el pasado.

7:179 En verdad hemos creado muchos genios y hombres cuyo final es el infierno!

Acerca de los incrédulos (Sagradas Escrituras)

Éxodo 20:2-18 Los diez mandamientos completos

Isaías 29:13-14 Este pueblo me honra con los labios, pero aparta de mí su corazón

Isaías 29:21 Por una nada hacen errar al hombre justo

Ezequiel 18:24 Si el hombre justo (recto) se aparta de la justicia que practicaba, morirá.

Ezequiel 18:19 Si el hijo hace lo justo y recto, vivirá y no llevará la iniquidad de su padre

Ezequiel 18:4 El alma que peca, esa morirá

Malaquías 1:6 Si yo soy padre, ¿dónde está mi honra?; y si soy señor, ¿dónde está el temor a mí?, dice el Señor

Acerca de los creyentes (Corán)

4:94 No saludéis buscando ventajas de este mundo

23:96 Rechaza (aleja) el mal con lo mejor.

25:63 Caminan con mansedumbre, y a los que se meten con ellos les dicen «paz» y les hablan con suavidad

25:68 No adoran a otro que Dios, no cometen adulterio, no matan.

25:72 No dan falso testimonio, y de las cosas inútiles se apartan.

25:77 Si no fuera por vuestra devoción y vuestra adoración, ¿qué valor tendríais?

28:54-55 Son pacientes y responden al mal con el bien.

28:88 No adores a otro que Dios; todo, salvo Él, es mortal. El juicio le pertenece a Él.

29:46 No discutáis con la gente del Libro sino de la mejor manera.

10:99 Si tu Dios hubiera querido, habrían creído. No los obligues a creer.

53:32 …No os tengáis por puros; Él es quien os conoce

5:5 Las buenas obras de quien apostata después de haber creído no se recuerdan.

29:64 La vida de este mundo no es sino un juego; la vida verdadera es la de la otra vida (la vida tras la resurrección).

31:14-19 …Respeta a tu padre y a tu madre… pero si se esfuerzan para que asocies a Mí algo de lo que no tienes conocimiento, no los obedezcas… cumple la oración (adoración), no seas arrogante, impide el mal… Al hablar, baja la voz, mide tus pasos…

3:28 Que los creyentes no tomen por amigos a los incrédulos en lugar de a los creyentes.

3:118 ¡Oh creyentes! No toméis por confidente a quien no sea de los vuestros

2:177 Ser bueno no significa volver el rostro hacia el oriente o el occidente

9:23 Si vuestros padres y hermanos prefieren la incredulidad a la fe, no los toméis por amigos

22:11 No adores a Dios de manera vacilante, al borde.

24:26 Las cosas malas son para los malos, y las cosas buenas para los buenos.

41:34 Responde al mal con el bien, y verás que tu enemigo se vuelve para ti un amigo sincero.

45:14 Perdonad; la venganza pertenece solo a Dios.

49:11 No os burléis unos de otros ni os menospreciéis. No busquéis defectos unos en otros. No os pongáis apodos ofensivos unos a otros…

49:12 Evitad las sospechas. Porque algunas sospechas son pecado. No intentéis meteros en las cosas ocultas unos de otros. No os pongáis a murmurar unos de otros por la espalda…

Acerca de los creyentes (Sagradas Escrituras)

Romanos 13:1 Que todos se sometan a las autoridades que están sobre ellos

Romanos 13:7 Pagad a todos lo que debéis: al que impuesto, impuesto; al que aduana, aduana; al que temor, temor; al que honra, honra; cumplid (dad) a cada cual lo que le corresponde.

Efesios 4:23-24 …Aprendisteis a despojaros del viejo hombre, que perteneciente a vuestra manera de vivir anterior se va corrompiendo con los deseos engañosos, a renovaros en vuestros pensamientos y en el espíritu, y a vestiros del nuevo hombre creado según Dios.

Efesios 4:31 Quítese de vosotros toda maldad, gritería, blasfemia e ira.

Efesios 5:18 No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución.

Levantarse, resucitar (Corán)

2:28 Él os dio la vida. Luego os llevará a la muerte, y después os resucitará de nuevo.

2:259 Dios da vida a la tierra después de su muerte

16:38 Que juren que el muerto no resucitará

17:50- 52 Seas lo que seas, resucitarás

17:98 Aunque sean huesos y polvo, resucitarán

18:48 Estarán en filas ante Dios

22:7 La resurrección de los que están en las tumbas el día del juicio

21:105 Mis siervos buenos heredarán la tierra

10:45 El día en que se levanten, como si (en la tumba) solo hubiera pasado una hora

30:50 En verdad Él resucitará a los muertos

35:41 Sin duda Dios guarda los cielos y la tierra de que desaparezcan

39:67- 69 El día del juicio y de la resurrección

30:11 Dios crea primero lo creado, luego lo vuelve a crear; después seréis devueltos a Él

30:25 Con una sola llamada os resucita de las tumbas

36:51 Salen de sus tumbas corriendo hacia su Señor

20:102- 104 Afirman que permanecieron (en la tumba) diez días

11:101- 108 Nosotros no les oprimimos, sino que ellos se oprimieron a sí mismos

7:128 En verdad la tierra es de Dios. La da en herencia a quien Él quiere de sus siervos.

40:11 Ellos dirán: «¡Oh Dios nuestro! Nos hiciste morir dos veces y nos diste vida dos veces.»

14:48 Aquel día la tierra y los cielos serán otro mundo y cambiarán. Se reunirán en presencia del único y Altísimo Dios.

37:19 Con un solo grito empezarán a ver

37:15- 18 Todos resucitaréis

39:68 Aquel día todos mueren, salvo lo que Dios quiera. Luego todos vuelven a levantarse.

46:35 Será como si en el mundo hubieran permanecido una sola hora

7:25 Allí vivís, allí morís y allí sois resucitados.

Levantarse, resucitar (Sagradas Escrituras)

Juan 5:28 En aquella hora todos los que están en las tumbas oirán su voz. Los que hicieron el mal, a la resurrección de condenación…

Daniel 12:2 La resurrección de los buenos y de los malos

Hechos de los Apóstoles 24:15 La resurrección de los justos y de los injustos

Apocalipsis 20:6 Bienaventurado el que tiene parte en la primera resurrección

Juan 6:40 En el último día lo resucitaré

Salmos 37:29 Los justos heredarán la tierra y morarán en ella para siempre.

Salmos 37:11 Los mansos (de carácter apacible) heredarán la tierra

Mateo 5:5 Ellos heredarán la tierra…

1 Corintios 15:22 Porque así como todos mueren en Adán, así también todos serán vivificados en el Mesías.

Isaías 65:17 Porque he aquí que YO estoy creando nuevos cielos y nueva tierra, y de las cosas primeras no habrá memoria ni vendrán al pensamiento.

Lucas 13:28 Cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob y a los profetas en el reino de Dios, y a vosotros mismos echados fuera, allí habrá llanto y crujir de dientes.

Sobre el Libro (Corán)

6:19 Este Corán es para advertiros a vosotros y a quien llegue a alcanzar

2:79 ¡Ay de aquellos que escriben con sus propias manos y dicen que procede de Dios!

2:87 El Libro y los enviados dados a Moisés y a Jesús

2:89 Un Libro que confirma lo que ya tenían, procedente de Dios

4:136 Creer en el Libro y en los anteriores

5:15 ¡Oh gente del Libro! Os ha llegado un Libro que aclara muchas de las cosas que ocultabais del Libro…

5:19 Ha llegado un anunciador de buenas nuevas

6:34 La palabra de Dios no cambia

6:115 Nadie puede cambiar la palabra de Dios

7:2 Un Libro advertidor, exhortador, revelado

15:91 La división del Corán por los que lo fragmentan

2:91 Creen en lo que se les hizo descender y no tienen en cuenta lo posterior

2:85 Creéis en una parte y negáis otra. El castigo de quien de entre vosotros obra así…

5:47 Que quien conoce el Evangelio juzgue conforme a él (aleya relacionada 48:29)

5:48 El Corán, que confirma los Libros, ha venido con la verdad.

5:68 Si no cumplís los preceptos de la Torá, del Evangelio y de lo que se os ha hecho descender de parte de vuestro Dios…

6:156 Para que no digáis: «A dos comunidades anteriores a nosotros se les envió el Libro. Nosotros no entendíamos nada de él.»

4:82 ¿Es que no reflexionan ni comprenden el Corán?

7:198 Quien envió el Libro es Dios, y Él es el protector de los que aman la verdad

21:24 He aquí los Libros que están conmigo y los que fueron antes de mí

3:7 Como una parte de las aleyas es firme y otra parte alegórica, quienes tienen desviación siguen una interpretación errónea

27:76 Este Corán aclara muchas cosas a los hijos de Israel

35:31 Este Libro que te hemos revelado es la verdad misma. Confirma los anteriores

2:231 No juguéis con las aleyas de Dios

3:93 Si sois veraces, traed la Torá y leedla

39:23 Un Libro que aclara todas las cosas una y otra vez

62:5 El estado de quienes, habiéndoseles impuesto la Torá, no la cargaron, es como el del asno que lleva libros

15:9 También nosotros seremos el protector de este Libro

2:63 He aquí que tomamos de vosotros un pacto firme sobre el Libro

4:54 También a la familia de Abraham le dimos el Libro y la sabiduría

10:15 Ellos dicen: danos otro Corán o cambia este Libro. Di: no puedo hacerlo por mí mismo. Tú sigue la revelación.

Sobre el Libro ( Sagradas Escrituras )

Isaías 34:16 Investigad y leed en el libro del Señor; de estas cosas no faltará ninguna

Hebreos 9:19 Moisés tomó sangre y roció con ella el libro mismo

Éxodo 34:28 Moisés escribió los diez mandamientos sobre las tablas

Mateo 24:35 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán

Isaías 40:8 La hierba se seca, la flor se marchita; pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre

Romanos 15:4 Todo lo que fue escrito en las Escrituras se escribió para nuestra enseñanza, para que tengamos esperanza

2 Pedro 1:20-21 Ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, sino que procede del impulso del Espíritu Santo

2 Pedro 3:16 Las personas ignorantes e inconstantes tuercen los pasajes de las Escrituras difíciles de entender, como también las demás Escrituras, para su propia perdición.

Juan 5:39 Escudriñáis las Escrituras porque creéis tener en ellas la vida eterna

Salmos 12:6-7 Tú, oh Señor, guardarás para siempre tus palabras de esta generación

Daniel 12:4 …guarda estas palabras y sella el Libro hasta que llegue el fin. Muchos investigarán y aumentará el conocimiento

1 Pedro 1:24-25 La palabra del Señor permanece para siempre

El Corán y las razones de su revelación

6:19 Este libro es para que adviertas con él a quien alcance

10:37-39 No puede decirse que este Corán sea de otro que Dios. Él confirma a los anteriores y explica el Libro.

7:2 Este libro te fue revelado para que adviertas a los hombres y exhortes a los creyentes

3:3 Él te envió el Libro con la verdad, como confirmador de los anteriores

2:2 Este libro es guía para los que se guardan de contrariar a Dios

10:57 Os ha llegado una exhortación de vuestro Dios, medicina para vuestros corazones, guía hacia el camino recto y misericordia para los creyentes

5:48 Te hemos enviado el Corán con la verdad, confirmando los Libros anteriores y velando por ellos

3:7 Él es quien te hizo descender el Libro. Algunas aleyas son firmes, otras alegóricas. Los que tienen desviación en el corazón siguen esas alegóricas para extraviarse y extraviar…

16:64 Nosotros te hicimos descender el Libro solo para aclarar con toda claridad aquello en lo que ellos discreparon

16:101 Y cuando reemplazamos una aleya por otra —y Dios conoce muy bien lo que hace descender—…

16:102 El Espíritu Santo (Ruh-ul-Kudüs) lo ha hecho descender con la verdad de parte de tu Dios, como guía hacia el camino recto y buena nueva para los musulmanes

27:76 En verdad este Corán aclara a los hijos de Israel la mayoría de las cosas en las que discreparon

5:15 ¡Oh gente del Libro! Os ha llegado un Libro claro que os revela (declara) muchas de las cosas que ocultabais del Libro y que no declara muchas otras

18:1-2 Advertidor, anunciador de buenas nuevas, para dar a conocer las recompensas

18:4 Para atemorizar a los que dicen «Dios ha tomado para sí un hijo»

14:4 No enviamos a ningún enviado sino en la lengua de su pueblo

12:2 Lo hemos hecho descender en árabe para que comprendáis

13:38 …Ningún enviado tiene el poder de traer una aleya sin permiso de Dios

2:185 El Corán, guía para los hombres y portador de pruebas claras, fue hecho descender en el mes de ramadán

36:69-70 No le hemos enseñado poesía. No le corresponde en absoluto. Esto no es sino una exhortación y un Corán que aclara.

38:87 Esto es una exhortación para todas las naciones

40:78 …enviamos enviados… de entre ellos hay algunos cuyas historias te hemos relatado y otros cuyas historias no te hemos relatado…

41:3 …sus aleyas han sido explicadas. Es un Corán en árabe para un pueblo que sabe.

41:44 Si lo hubiéramos hecho un Corán en lengua extranjera, ellos habrían dicho…

43:3-5 Lo hemos hecho en árabe para que comprendáis… ¿Acaso vamos a dejar de anunciároslo por ser vosotros un pueblo rebelde…?

44:58 Lo hemos facilitado en tu lengua para que reflexionen y aprendan la lección

45:20 Este (libro) es una luz para los hombres; para los hombres que han de adquirir certeza…

26:192-193 Ha descendido de parte del Señor de los mundos por medio del espíritu fiel (Gabriel)

3:79 …Sed siervos de Dios conforme al modo en que habéis aprendido y leído el Libro

6:48 Enviamos a los enviados como anunciadores de buenas nuevas y advertidores

12:111 …Esto no es un relato inventado. Solo confirma lo enviado antes de él.

14:1 Te hicimos descender este libro para que, con el permiso de su Dios, saques a todos los hombres de las tinieblas a la luz

16:89 Aquel día haremos surgir de cada nación un testigo contra ellos. Y a ti te traeremos como testigo de estos… Hemos hecho descender el Libro que trae buenas nuevas a los musulmanes.

17:9 En verdad este Corán guía hacia lo más recto, y anuncia a los creyentes que obran el bien su recompensa

17:41 Hemos explicado este Corán de diversas maneras para que se guarden. Pero esto no hizo sino aumentar su aversión.

17:82 …estas cosas no hacen sino aumentar la perdición de los extraviados

21:10 Os hemos hecho descender un libro tal que en él está vuestra honra; ¿es que no razonaréis?

25:1 (Dios) ha hecho descender el criterio (lo que distingue)

38:29 …es un libro para que reflexionen bien en sus aleyas, y para que los dotados de entendimiento aprendan la lección…

46:12 Antes de él estaba el libro de Moisés como guía y misericordia. Y este es un libro tal que confirma en lengua árabe…

50:45 …Tú no eres quien los ha de obligar. Por eso, exhorta con el Corán a los que temen el día del que Yo advierto.

Muhammad Mustafa (Corán)

3:144 Muhammad no es sino un enviado

17:93 ¿Qué soy yo sino un enviado humano?

18:110 Yo soy un hombre como vosotros

9:117 Dios aceptó el arrepentimiento del profeta

25:88 Todo, salvo Dios, es mortal

33:37 …Tú ocultabas en tu interior lo que Dios iba a sacar a la luz y temías a los hombres. Sin embargo, Dios era el más digno de ser temido…

33:40 Muhammad no es padre de ninguno de vuestros hombres; sino que él es el enviado de Dios y el último de los profetas (traducción original = el sello de los profetas)

39:30 Tú y ellos moriréis

47:19 Pide el perdón de tus… pecados.

66:3-4 Si ambos (Muhammad y su esposa) os arrepentís…

29:48 Tú antes de esto no sabías leer, y tampoco escribías con tu mano

32:23 (A Moisés) …no dudes acerca de encontrarte con él

40:55 Pide el perdón de tu pecado

7:188 No tengo poder para procurarme a mí mismo provecho ni daño… tampoco conozco el futuro… soy un advertidor

7:158 Seguid a su profeta iletrado (que no sabe leer ni escribir)

42:52 Tú no sabías qué era el Libro ni qué era la fe

52:29 Tú no eres ni adivino ni loco

53:2-4 Él no habla por su propia cuenta; su palabra no es sino la revelación que se le revela

61:6 Jesús había dicho: «…anunciando la buena nueva de un enviado que vendrá después de mí y cuyo nombre será Ahmed…»

69:40-47 No es palabra de poeta ni de adivino, ha descendido del Señor de los mundos. Si él hubiera inventado palabras en nuestro nombre…

72:21 Yo no puedo haceros ni daño ni bien

80:1-11 Relata el error en que incurrió Muhammad respecto a una persona

48:1-2 Así Dios te perdona tus pecados pasados y futuros

37:37 Muhammad os trajo la verdad y confirmó a todos los enviados

6:50 Yo no os digo: tengo los tesoros de Dios; ni os digo: conozco lo oculto (el futuro); ni os digo: soy un ángel. Yo no hago sino seguir lo que me es revelado…

9:43 ¡Que Dios te perdone! ¿Por qué les diste permiso antes de que se te aclarara quiénes eran veraces en sus palabras y quiénes mentirosos?

17:73 …por poco te desviaron de lo que te habíamos revelado para que inventaras contra nosotros

41:6 …yo también soy un hombre como vosotros…

26:69-82 Recítales también la historia de Abraham… Él es quien, según espero, perdonará mis faltas el día del juicio (dice Abraham).

Muhammad Mustafa (Sagradas Escrituras)

Juan 14:16 Él os enviará otro consolador, el espíritu de la verdad

Juan 15:26 El consolador que os enviaré de parte del Padre…

Juan 16:13 Cuando venga aquel espíritu de la verdad, no hablará por su propia cuenta, sino que dirá lo que oiga

Juan 10:41 Muchos decían: «Juan no hizo ningún milagro, pero todo lo que dijo de este hombre resultó verdad»…

El Mesías Jesús (Corán)

2:38 Luego os vendrá de mí una guía. Quien no siga esa guía mía…

2:129 ¡Oh Dios nuestro! Envía de entre ellos un enviado que… los purifique

3:45 ¡Oh María! Dios te anuncia una palabra procedente de Él (su verbo, su palabra, es decir, Jesús. Ver Juan 1:1-15): su nombre es el Mesías Jesús, hijo de María.

3:53 Creímos en el libro que se hizo descender a Jesús, nuestro Dios. Seguimos al profeta…

3:55 A los que te siguen (a Jesús) los pondré por encima de los que niegan, hasta el día de la resurrección.

2:98 Quien sea enemigo de Dios, de sus ángeles, de sus profetas, de Gabriel y de Miguel (Miguel es el nombre de Jesús en los cielos. Significa «quién como Dios». Ver Daniel 12:1; Apocalipsis 12:7)

2:136 …Creímos en lo enviado a Moisés y a Jesús, y en lo enviado de parte de su Dios a todos los profetas. No hacemos distinción entre ninguno de ellos…

4:150 …Los que quieren separar entre Dios y su Enviado, los que dicen: «Creemos en algunos de los enviados y negamos a otros»…

4:157 En realidad ni lo mataron ni lo crucificaron. Sino que así les pareció. En verdad, los que discrepan sobre esto están en duda… (Según esta aleya, no fue crucificado otro en lugar de Jesús. El Corán, con muchas aleyas, apoya que Jesús fue muerto. No es como suponen los musulmanes. Los judíos, por su parte, creyeron haber matado y hecho desaparecer a un tal Jesús, y esa idea se difundió así entre ellos hasta el día de hoy. Ver Mateo 28:1-15)

4:171 …El Mesías Jesús, hijo de María, es el Enviado de Dios, su palabra que hizo llegar a María, y un espíritu procedente de Él. Creed en Dios y en sus enviados, y no digáis: «(Dios) es tres».

4:172 El Mesías no se avergüenza de ser siervo de Dios. (ver Hechos de los Apóstoles 3:26; Juan 20:17)

5:72-73 «Dios no es el Mesías, hijo de María»…. También los que dicen «Dios es el tercero de tres» se han hecho incrédulos. En realidad no hay más Dios que un único Dios.

5:110 El apoyo de Jesús por el Espíritu Santo

5:116 Dios está claramente en contra de la trinidad

9:31 Ellos, dejando a Dios, toman por dioses a sus rabinos (sabios religiosos judíos), a sus sacerdotes y al Mesías, hijo de María…

5:17 Dios no es el Mesías, hijo de María

3:39 Él es la Palabra procedente de Dios (su verbo, su palabra, es decir, Jesús. Ver Juan 1:1-15)

23:91 Dios no ha tomado ningún hijo, Él es único. (Como los cristianos aceptan a Jesús como uno de tres dioses, esta aleya rechaza una concepción de hijo tal como se aplica entre los cristianos y entre los hombres)

19:33-34 La paz sea sobre mí el día en que nací, el día en que muera y el día en que resucite. Este es Jesús, hijo de María…

20:123 Cuando llegue de mí (de Dios) una guía hacia el camino recto

4:158 En realidad Dios lo elevó hacia sí

5:117 Después de tomar mi espíritu (la muerte de Jesús) y apartarlo de ellos…

9:111 Dios compró a los creyentes sus almas y sus bienes a cambio del paraíso que se les dará. (Ver 1 Corintios 6:20 y la aleya 74:38 del Corán)

3:59 Ante Dios, Jesús era como Adán. (Adán era perfecto, y Jesús también perfecto, es decir, sin defecto. Porque fueron creados directamente por Dios y no tuvieron padre corporal. 1 Corintios 15:45 y Romanos 5:12-19)

2:253 Preferimos a unos enviados sobre otros… Dimos pruebas claras a Jesús, hijo de María, y lo apoyamos con el Ruh-ul-Kudüs (el Espíritu Santo)…

57:27 …Le dimos el Evangelio. Pusimos compasión y misericordia en los corazones de los que lo siguieron. En cuanto al monacato (la condición de monje y monja, y su prohibición de casarse) que ellos inventaron, Nosotros no se lo prescribimos. Ellos lo hacen para buscar la complacencia de Dios; pero no lo cumplieron… Muchos de ellos eran gentes descarriadas.

El Mesías Jesús (Sagradas Escrituras)

2 Corintios 5:20-21 Como si Dios os rogara por medio nuestro, hacemos de embajadores por causa del Mesías. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuéramos justicia de Dios en el Mesías.

Hebreos 4:15 Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo igual que nosotros, pero sin pecado.

1 Pedro 2:22 Porque para esto fuisteis llamados; puesto que también el Mesías padeció por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus pisadas…

1 Pedro 2:24 …para que, muertos a los pecados, vivamos en la justicia, él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero; por sus llagas fuisteis sanados.

Musulmán (significado: hombre que cree) (Corán)

3:19 Ante Dios, la religión es el islam (volverse hacia Dios)

5:111 Los apóstoles:… sé Tú testigo de que somos musulmanes…

3:67 Abraham no fue ni judío ni cristiano, sino que fue un musulmán recto…

23:78 Vuestro padre Abraham os dio el nombre de musulmanes, a vosotros y a los anteriores.

2:132 Abraham lo encomendó también a sus hijos, y Jacob hizo lo mismo: «¡Oh hijos míos! Dios escogió para vosotros esta religión. Morid, pues, siendo solo musulmanes (volviéndoos hacia Dios)», dijo.

3:64 ¡Oh gente del Libro!... «No adoremos a otro que Dios. No tomemos por dioses a algunos de nosotros en lugar de Dios». Si vuelven la espalda, decid: «Sed testigos de que somos musulmanes».

49:14 …No habéis creído; decid al menos: «Nos hemos hecho musulmanes», porque la fe aún no ha entrado en vuestros corazones.

3:52 …Entonces los apóstoles dijeron: Nosotros somos los que te ayudaremos por Dios. Creímos en Dios. Sé Tú testigo de que somos musulmanes.

6:163 No tiene cónyuge ni socio. Así me fue ordenado. Yo soy el primero de los musulmanes. (en su tiempo, Muhammad fue el primero)

10:72 …Solo se me ordenó ser de los musulmanes.

7:126 …Te vengas de nosotros porque hemos creído. ¡Dios nuestro! Derrama sobre nosotros paciencia y haznos morir siendo musulmanes.

7:143 …Me he arrepentido ante Ti. Yo (Moisés) soy el primero de los creyentes. (Él también, en su tiempo, fue el primero de los creyentes)

27:91 …Se me ordenó (a Muhammad) ser de los musulmanes.

26:51 Esperamos que nuestro Dios nos perdone nuestros pecados, porque somos los primeros creyentes.

Acerca de los muertos (Corán)

3:145 Nadie muere sin permiso de Dios.

3:169 Los que mueren en el camino de Dios están vivos ante Dios.

2:154 No llaméis muertos a los que son muertos en el camino de Dios.

27:80 En verdad los muertos no oyen.

31:34 Nadie sabe dónde ha de morir

46:5 No pueden responder hasta el día de la resurrección

23:99 Después de morir, quieren volver.

23:100 Ellos, hasta el día en que resuciten y sean advertidos…

30:52 Tú no puedes hacer oír nada al muerto

35:22 Tú no puedes hacer oír a los que yacen en las tumbas

6:36 …En cuanto a los muertos, Dios los resucitará

21:34-35 No dimos inmortalidad a ningún ser humano antes de ti… Toda alma probará la muerte

Acerca de los muertos (Sagradas Escrituras)

Mateo 22:32 …Dios no es Dios de muertos, sino de vivos

Génesis 2:17 el día que de él comas, ciertamente morirás!

Génesis 3:19 …comerás el pan con el sudor de tu frente hasta que vuelvas a la tierra; porque de ella fuiste tomado; porque polvo eres y al polvo volverás.

Deuteronomio 30:19 Pongo delante de ti la vida y la muerte; por tanto, escoge la vida

Mateo 10:28 No temáis a los que matan el cuerpo pero no tienen poder para matar el alma

Isaías 25:8 La muerte será devorada para siempre por el Señor

Romanos 5:17 Si por el pecado de uno reinó la muerte… con mucha mayor razón reinarán en vida por medio de Jesús el Mesías.

Salmos 115:17 Los muertos no alaban al Señor.

Deuteronomio 18:10-14 No haya entre vosotros quien sacrifique en el fuego a su hijo o a su hija, ni adivino, ni hechicero, ni encantador, ni médium, ni evocador de espíritus, ni quien consulte a los espíritus de los muertos. Porque el Señor aborrece a los que hacen estas cosas. El Señor vuestro Dios expulsará de delante de vosotros a estas naciones a causa de estas costumbres abominables…

Espíritu (Corán)

17:85 …Te preguntan por el espíritu. Di: «El espíritu es asunto de mi Dios, y no se os ha dado sino muy poco conocimiento»

La gran tribulación antes del fin (Corán)

22:1 El terremoto de la Hora será grande

22:2 Aquel día las embarazadas abortarán

22:55 Cuando llegue la Hora, un día sin noche

29:53 Si no fuera por un plazo señalado

31:34 Quien conoce la Hora es Dios

34:30 Se os ha fijado un día

35:45 Él los retrasa hasta un plazo señalado, y cuando llega el plazo…

7:187 Nadie sino Dios puede revelarla antes de su tiempo

40:15 Para advertir del día del encuentro, hace descender por su mandato la revelación a quien Él quiere de sus siervos

84:18 Por la luna cuando está llena

14:31 Antes de que llegue un día en que no habrá amistad

20:129 Si no fuera por un plazo fijado de parte de tu Dios

17:15 No castigamos sin haber enviado antes un enviado

21:97 Cuando se acerque la promesa, los incrédulos quedarán presos del miedo y del desconcierto

21:103 En aquel gran terror los creyentes no se afligirán; los ángeles los recibirán

22:55 Los incrédulos, en cambio, seguirán dudando hasta que de repente les llegue la Hora

43:67 Aquel día los amigos serán enemigos unos de otros, salvo los que se guardan

44:10 Acecha un humo que descenderá visiblemente del cielo

44:15 Apartaremos este castigo por breve tiempo, y luego tomaremos venganza con severidad

39:68 aquel día todos caen desmayados (muertos), salvo lo que Dios quiera. Luego todos se levantan de nuevo

76:11 Por eso Dios los preservó de aquel día

La gran tribulación antes del fin ( Sagradas Escrituras )

Mateo 24:21 Entonces habrá una gran tribulación

Mateo 24:22 Si aquellos días no hubieran sido acortados

Zacarías 14:13 Aquel día habrá gran quebranto de parte del Señor

Daniel 12:1 Habrá un tiempo de angustia cual nunca hubo hasta entonces

Daniel 11:27 Porque el fin será en el tiempo señalado

Mateo 24:29 Inmediatamente después de aquellos días de tribulación, el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor

Mateo 24:36 De aquel día y hora nadie sabe sino Dios

Amós 3:7 El Señor Jehová no hace nada sin revelar su secreto a sus siervos los profetas

Sofonías 1:17 Y traeré angustia sobre los hombres, y andarán como ciegos, porque pecaron contra el Señor; y su sangre será derramada como polvo, y su carne como estiércol.

Zacarías 14:12-15 El Señor los herirá con esto: mientras estén de pie sobre sus pies, se les pudrirá la carne, y se les pudrirán los ojos en sus cuencas, y la lengua se les pudrirá en la boca… la plaga de todos los animales será también así, como aquella plaga.

Acerca de la guerra (Corán)

2:178 En caso de homicidio se prescribió la ley del talión

2:193 Cuando cese la opresión por causa de la religión, no combatas

4:92 No está permitido que un creyente mate a otro creyente

2:190 Combatid en el camino de Dios

2:216 Aunque la guerra parezca mala, se prescribió como obligación

4:74 Combatid por causa de Dios

4:90 Excepto los que se refugian en vosotros

4:93 Quien mate a un creyente intencionadamente, su castigo es el infierno, donde permanecerá para siempre

5:32 …Quien mata a un inocente es como si hubiera matado a toda la humanidad

8:65 ¡Oh profeta! Anima a los creyentes al combate…

9:41 Combatid con los bienes y la vida en el camino de Dios

5:45 Vida por vida, ojo por ojo… diente por diente es el talión… Quien perdone, su perdón le servirá de expiación de su propio pecado

22:39 A aquellos contra quienes se combate se les concedió permiso a causa de la opresión que sufrieron.

22:40 Fueron expulsados injustamente de sus hogares solo por decir «nuestro Dios es únicamente Dios». Si Dios no rechazara a unos hombres por medio de otros…

47:4 Cuando os enfrentéis en combate con los incrédulos, herid sus cuellos… cuando termine la guerra, mostradles bondad…

49:9 Si dos partidos de creyentes riñen entre sí, apresuraos a poner paz y reconciliarlos. Si uno de ellos ataca al otro, combatid contra el partido agresor hasta que vuelva al mandato de Dios.

8:73 Los incrédulos son protectores unos de otros. Si vosotros no hacéis lo mismo, se producirá corrupción en la tierra…

17:33 No matéis el alma que Dios ha prohibido matar, salvo con derecho…

4:84 Combate, pues, en el camino de Dios. Solo serás responsable de ti mismo…

Acerca de la guerra (Sagradas Escrituras)

1 Crónicas 28:3 No edificarás casa para mi nombre, porque eres hombre de guerra y has derramado sangre

Éxodo 32:27 …Que cada uno ciña su espada al muslo… y que cada uno (de los que adoraron el becerro) mate a su hermano, cada uno a su amigo, y cada uno a su vecino.

Números 14:43 …y caeréis a espada; puesto que os habéis apartado de seguir al Señor…

Josué 1:18 Cualquiera que se rebele contra tu mandato en todo lo que le he ordenado y no obedezca tus palabras, será muerto…

Josué 11:18 Josué hizo guerra mucho tiempo con estos reyes.

Jueces 14:19 Con el espíritu del Señor… mató a treinta hombres…

Jueces 4:21 …Jael, mujer de Heber, tomó una estaca de la tienda y un mazo en su mano,… y le clavó la estaca en las sienes…

Éxodo 19:12 …todo el que toque el monte, ciertamente morirá…

Éxodo 22:18-20 A la hechicera no la dejarás con vida. Todo el que se ayunte con una bestia, ciertamente morirá. El que ofrezca sacrificio a un dios ajeno, y no solo al Señor, será destruido.

Deuteronomio 20:1 …Cuando salgas a la guerra contra tus enemigos… no les temerás; porque… el Señor tu Dios está contigo.

Deuteronomio 20:13 Cuando el Señor tu Dios la entregue en tu mano, pasarás a filo de espada a todos sus varones, pero…

Deuteronomio 20:18-21 …para que no os enseñen a hacer según todas sus abominaciones que ellos hacen a sus dioses; y así pequéis contra el Señor vuestro Dios.

Deuteronomio 13:12-17 …Si algunos hombres perversos de entre vosotros… dicen: vamos y sirvamos a otros dioses que no conocíais…, indagarás y averiguarás bien; y si es cierto que se ha hecho entre vosotros esta cosa abominable, pasarás a filo de espada a los habitantes de aquella ciudad… a ella y a todo lo que en ella haya. Todo su botín lo quemarás en medio de la plaza…

Mateo 5:43-45 Oísteis que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, y orad por los que os ultrajan (persiguen, atormentan), para que…

Mateo 5:21-22 Oísteis que se dijo a los antiguos: «No matarás»; y cualquiera que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: Todo aquel que se enoje con su hermano será reo de juicio; y cualquiera que diga: necio, será reo del fuego del infierno.

Mateo 5:38-39 …Oísteis que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo que no resistáis al que es malo. A cualquiera que te dé una bofetada en la mejilla derecha, vuélvele también la otra…

Juan 2:15 (Jesús) Haciendo un azote de cuerdas, echó a todos fuera del templo, junto con las ovejas y los bueyes; derramó las monedas de los cambistas y volcó las mesas,… No hagáis de la casa de mi Padre un lugar de mercado…

Mateo 26:52 …Jesús le dijo: Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que toman espada, a espada perecerán

Ley religiosa / sharía (Corán)

16:124 El día de reposo es para aquellos que discreparon sobre él

16:126 …devolved en la medida del castigo que se os hizo

4:92 Quien mate a un creyente por error…

22:34 A cada nación se le prescribió como rito el sacrificar

22:37 Ni las carnes ni la sangre (de los sacrificios que degolláis) llegan jamás a Dios… Lo que llega a Dios es vuestra devoción.

24:2 A la mujer y al hombre que cometan adulterio, dadles cien azotes a cada uno

24:31 Acerca del velo y la vestimenta de las mujeres

24:60 En cuanto a las mujeres ancianas que ya no tienen esperanza de casarse, no hay inconveniente en que se quiten el velo sin exhibir sus adornos…

24:61 ...No es obligatorio que pidáis permiso para comer en las casas de vuestros parientes…

17:33 No matéis el alma que Dios ha prohibido matar… A quien sea muerto injustamente, dimos autoridad a su pariente…

2:183-184 ¡Oh creyentes! Se os ha prescrito el ayuno, como se prescribió a los que os precedieron…

4:103 …La oración se ha hecho a los creyentes una obligación con tiempos señalados.

30:17-18 Acerca de los tiempos de la oración

42:40 La retribución del mal es un mal semejante… quien perdona, su recompensa está junto a Dios

35:43 No hallarás cambio alguno en la ley de Dios, ni hallarás desviación alguna.

2:179 En el talión hay derecho y seguridad. Así os guardaréis de contrariar la verdad.

Ley religiosa / sharía (Sagradas Escrituras)

Éxodo 20:8 Acuérdate del día de reposo para santificarlo (consagrarlo)

Deuteronomio 19:4-5 Acerca del que mata a su prójimo sin saberlo y huye a la ciudad apartada para él

Deuteronomio 19:19 Lo que pensaba hacer a su hermano, eso mismo le harás a él

Deuteronomio 25:12 A la mujer, por haber hecho algo vergonzoso, le cortarás la mano

Deuteronomio 19:21 Ojo por ojo, diente por diente, herida por herida, golpe por golpe…

Deuteronomio 23:19 …Que haya interés en todo lo que se presta; no prestarás con interés a tu hermano. Al extranjero puedes prestarle, pero a tu hermano no le prestarás.

Génesis 22:13 Abraham tomó el carnero y lo ofreció en holocausto a Dios

Génesis 4:4 Abel trajo de los primogénitos de su rebaño y de su grosura. Y el Señor miró a Abel y a su ofrenda; pero a Caín y a su ofrenda no miró.

Salmos 51:16-17 Porque Tú no te complaces en el sacrificio… El sacrificio de Dios es el espíritu quebrantado y contrito…

1 Crónicas 29:21 …Al día siguiente ofrecieron sacrificios al Señor…

Éxodo 21:12 El que hiera a un hombre y este muera, ciertamente morirá

Levítico 24:16 Cualquiera que blasfeme el nombre del Señor, ciertamente morirá

Éxodo 21:30 Si se le impone un rescate, entonces dará por el rescate de su vida todo lo que se le imponga

Levítico 21:9 Si la hija de un sacerdote se prostituye… será quemada con fuego

Levítico 20:9-10 El que maldiga a su padre o a su madre, ciertamente morirá… La mujer y el hombre que cometan adulterio, ciertamente morirán.

Romanos 3:19 …Los que están bajo la ley… para que toda boca se cierre por sus obras y todo el mundo quede culpable ante Dios.

Romanos 3:20 Porque el conocimiento del pecado es por medio de la ley

Romanos 10:4 El fin de la ley es el Mesías

Gálatas 3:12 La ley no procede de la fe, sino que el que las hace vivirá por ellas. (¡Y como nadie puede hacerlas sin defecto!)

Colosenses 2:16 Que nadie os juzgue en cuestión de comida,… bebida, o de fiesta,… o del día de reposo

Romanos 2:13-14 Los que pecan sin ley… y los que teniendo la ley no la cumplen, también perecerán… no los que oyen la ley, sino los que la hacen serán tenidos por justos

Hebreos 9:22 Según la ley, casi todo se purifica con sangre, y sin derramamiento de sangre no hay perdón

Hebreos 10:1 Porque la ley, teniendo no la realidad misma de las cosas venideras, sino solo su sombra…

Gálatas 3:24 …La ley fue ayo (tutor) para el Mesías

Gálatas 3:19 …¿Para qué sirvió la ley? Fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniera la descendencia a quien fue hecha la promesa (el Mesías), dispuesta por medio de ángeles, por mano de un mediador.

Colosenses 2:14 Dios anuló el acta del pacto que era contra nosotros con sus mandamientos, que nos era adversa, y la quitó de en medio, clavándola en la cruz (la cargó sobre el cuerpo de Jesús)

Isaías 58:4-9 Lo que Dios desea acerca del ayuno (léalo en su lugar)

Satanás y sus demonios (Corán)

7:27 Él y su hueste os ven desde donde vosotros no podéis verlos

37:9 Rechazados, tienen un castigo perpetuo

7:11 …luego dijimos a los ángeles: «Postraos ante Adán»; se postraron, solo Satanás no fue de los que se postraron

7:18 Dios dijo: sal de aquí, despreciado y derribado

17:53 Satanás es un enemigo declarado del hombre

17:61-64 …¿Me voy a postrar ante ese que creaste de barro?…, si me concedes plazo hasta el día de la resurrección, dominaré a su descendencia, salvo a unos pocos. Él (Dios) dijo: ¡vete, apártate!… quien te siga…

20:117 Dijimos a Adán: «Satanás es tu enemigo»

26:221-222 …Los demonios descienden sobre los mentirosos y pecadores

34:20 Se cumplió lo que Satanás suponía respecto a ellos (los hombres)…

35:6 Porque Satanás es enemigo vuestro

36:60 ¿No os ordené, oh hijos de Adán, no adorar a Satanás, porque Satanás es un enemigo declarado vuestro…?

37:158 Inventaron un parentesco entre Él (Muhammad) y los genios…

7:200-201 …Satanás susurra el mal…

38:77-78 Dios dijo: Estás ya rechazado, y mi maldición estará sobre ti hasta el día del juicio

34:14 Si los genios conocieran el futuro, no habrían caído en el castigo denigrante

16:63 …pero Satanás les hizo parecer hermosas sus obras. Hoy él es de nuevo su protector…

41:36 Si Satanás te incita con una insinuación…

38:85 …Llenaré el infierno contigo (Satanás) y con los que te sigan

43:62 Que Satanás no os aparte, en verdad él es un enemigo declarado vuestro

46:29 He aquí que enviamos hacia ti a unos cuantos de los genios para que escucharan el Corán…

114:5-6 De los genios y de los hombres que susurran el mal en el corazón de los hombres

14:22 Después de consumado el asunto, Satanás dice: «Dios os prometió la verdad. Yo también os prometí, pero no cumplí mi palabra. En realidad yo no tenía ningún poder sobre vosotros; solo os llamé… No me reprochéis a mí, reprochaos a vosotros mismos»

18:50 He aquí que dijimos a los ángeles: «¡Postraos ante Adán!»; ellos se postraron, pero Satanás no lo hizo…

16:99-100 Él no tiene ningún poder sobre los que creen

72:1-14 Estos pasajes acerca de los genios, léalos por favor en su lugar

Satanás y sus demonios (Sagradas Escrituras)

1 Crónicas 21:1 Satanás incitó a David contra Israel

Zacarías 3:1 …Me mostró al sumo sacerdote Josué, que estaba de pie delante del ángel del Señor, y a Satanás, que estaba a su derecha para acusarlo

Job 1:6 Entre los hijos de Dios estaba también Satanás

Mateo 12:26 Si Satanás expulsa a Satanás, hay división en él mismo…

Mateo 16:23 Jesús a Pedro: Apártate de mí, Satanás, me eres tropiezo…

Marcos 1:11-13 Jesús… estuvo cuarenta días en el desierto, siendo tentado por Satanás…

Romanos 16:20 Dios aplastará pronto a Satanás bajo vuestros pies…

Levítico 19:31 No recurráis a los evocadores de espíritus ni a los adivinos…

2 Corintios 11:14 …y no es de extrañar, porque Satanás se disfraza de ángel de luz…

Apocalipsis 20:10 El Diablo, llamado Satanás, fue arrojado al lago de fuego y azufre…

Ezequiel 28:11-20 …Hijo de hombre, entona una elegía sobre el rey de Tiro (en segundo sentido, Satanás) y dile:…

2 Corintios 4:4 El dios de este mundo (Satanás) cegó en los incrédulos sus pensamientos, para que no amanezca en ellos la luz del glorioso Evangelio del Mesías, que es imagen de Dios

Juan 14:30 …viene el príncipe de este mundo (Satanás); y él nada tiene en mí

Lucas 4:6 …y el Diablo le dijo (a Jesús): Te daré el dominio de todo esto y su gloria; porque a mí me ha sido entregado, y a quien quiero se lo doy.

Arrepentirse (Corán)

4:17-18 El arrepentimiento de los que dicen «me arrepiento» cuando llega la muerte… no es arrepentimiento

Arrepentirse (Sagradas Escrituras)

Ezequiel 3:18-21 …si el hombre justo (recto) se aparta de su justicia y hace maldad, y yo pongo tropiezo delante de él, él morirá…

Ezequiel 18:21-24 …pero si el hombre justo se aparta de su justicia y hace maldad conforme a todas las abominaciones que hace el malvado, ¿vivirá? Ninguna de todas las obras justas que hizo será recordada; en la traición que cometió y en el pecado que cometió, en ellos morirá.

Acerca del nombre propio de Dios (Sagradas Escrituras)

En la Torá aparece incontables veces que Dios tiene un nombre propio. Como este nombre se escribió en hebreo, siempre se puso en la forma YHVH. En hebreo no hay vocales. El lector pone la vocal por su cuenta. Por eso existen dudas sobre cómo se pronuncia este nombre. Mientras unos dicen Jehová, se observa que quienes no simpatizan con los Testigos de Jehová pronuncian este nombre como Yahvé. En las Sagradas Escrituras que tenemos, las llamadas de turco antiguo, la traducción de Ali Bey, este nombre se pronunció como «Jehová». La traducción nueva, que, como dije, surgió en el último siglo, ha evitado usar este nombre a causa de los Testigos de Jehová, que lo usan como talismán y etiqueta propios, y en su lugar lo tradujeron como «Señor». (Éxodo 3:15) ¡Al parecer, por enojarse con el infiel rompieron el ayuno! Sea de un modo u otro, todos tienen algo de verdad. Es más, pueden tener más de una verdad. También Satanás, cuando iba a engañar a Eva, no dijo que todo lo que dijo fuera mentira. Solo una parte era mentira. ¿Podemos acaso desechar la verdad porque la haya usado alguien, aunque sea muy malo? La verdad es la verdad. Si las demás religiones cristianas, que los ven como rivales, ocultaron durante siglos este nombre a sus miembros y así se hicieron mentirosas, ese es su problema. Y si los Testigos, para obtener provecho propio, hicieron de este nombre su etiqueta y no son dignos de ese nombre (en mi opinión no lo son en absoluto), ese también es su problema.

Además, este nombre no aparece nunca en el Evangelio. El Mesías Jesús nunca usó este nombre. Los Testigos, en las Sagradas Escrituras que ellos mismos tradujeron, sobre todo en el Evangelio, pusieron este nombre en cada lugar donde aparecía Señor o Dios. Los demás cristianos, en cambio, en cada lugar de la Torá donde aparecía este nombre, lo cambiaron por «Dios» o por «Señor». (Lea, por favor, Deuteronomio 4:2 y Apocalipsis 22:19) En el Corán tampoco aparece nunca este nombre. Pero que en ninguno de los dos libros (el Evangelio y el Corán) aparezca este nombre no supone incongruencia alguna. Quizá Dios persiguió en esto un propósito que nosotros no podemos comprender. Por otra parte, a los que viven usando este nombre y buscando la salvación en cosas así, solo les digo que se están engañando a sí mismos. En toda religión hay talismanes idólatras de este tipo. Lo que convierte algo en ídolo son, más que la esencia o el significado de esa cosa, las debilidades absurdas que nosotros mostramos ante esas cosas. Los que buscan la salvación en cosas tan absurdas, en realidad, a causa de su conciencia, que nace de sus malas obras, sienten desconfianza hacia sí mismos. Como su relación con Dios ha descendido hasta un punto que puede llamarse cero, solo sueñan con salvarse mediante esas cosas. (1 Juan 3:20-21) No tiene nada que ver con la fe y el amor a Dios.

Dios tenía un nombre propio y lo usó. Por eso anotaré los lugares de algunas de las aleyas siguientes.

Génesis 15:8 Señor Jehová, ¿en qué conoceré que la he de heredar?

Éxodo 3:15 …El Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, Jehová, me ha enviado a vosotros; este es mi nombre para siempre, y este es mi memorial de generación en generación.

Éxodo 6:3 …Me aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob como Dios Todopoderoso; pero con mi nombre Jehová no me di a conocer a ellos.

Éxodo 20:7 No tomarás en vano el nombre del Señor tu Dios; porque el Señor no tendrá por inocente al que tome su nombre en vano.

Isaías 42:8 Yo soy Jehová, este es mi nombre; y mi gloria no la daré a otro, ni mi alabanza a los ídolos tallados.

Ezequiel 36:22 Por tanto, di a la casa de Israel: Así dice el Señor Jehová…

Oseas 11:7 …aunque lo llaman al Altísimo, ninguno lo enaltece.

Adulterio (relación fuera del matrimonio) (Corán)

4:15 …Retenedlas en las casas hasta que mueran o hasta que Dios les abra un camino

4:16 …Castigad a ambos, pero de los que se arrepientan… absteneos de castigarlos…

24:2 …A la mujer y al hombre que cometan adulterio, dadles cien azotes a cada uno…

4:24-26 También está prohibido casarse con mujeres casadas (aparte están las mujeres que obtenéis como cautivas de guerra)…

24:3 El hombre que comete adulterio no puede desposar sino a una mujer adúltera o idólatra.

Adulterio (relación fuera del matrimonio) (Sagradas Escrituras)

Levítico 21:9 …si la hija de un sacerdote se corrompe prostituyéndose,… será quemada con fuego.

Levítico 20:10 El que comete adulterio con la mujer de otro,… tanto el hombre como la mujer, ciertamente morirán

Levítico 20:14 y si un hombre toma a una mujer junto con su madre, es infamia;… él y las mujeres serán quemados con fuego.

Deuteronomio 25:11-12 …extiende la mano para socorrer y lo agarra por sus partes vergonzosas; entonces le cortarás la mano a la mujer, y tu ojo no se compadecerá de ella.

Juan 8:4-5 Dijeron a Jesús: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Moisés nos mandó en la ley apedrear a las tales; tú, pues, ¿qué dices?»…

Mateo 19:9 …cualquiera que repudie a su mujer, salvo por causa de adulterio, y se case con otra, comete adulterio; y el que se casa con la repudiada también comete adulterio.